Moondreams

Sentada en la cama con los pies en el suelo, Selene pasea su mirada perdida por la habitación. Sus pies descalzos, se balancean rozando levemente el suelo. Intenta que el frío de las baldosas le transmita calma y serenidad. Es su manera de tomar contacto con la tierra. Aunque un par de pisos de distancia la separen de ella y en realidad solo esté pisando una pieza de mármol. Piensa en otro día más. Pero no en el día de la semana, ni siquiera del mes. Piensa en otro día más de la vida. Ese que comienza con la luz del sol y termina con la salida de la luna. Pero… ¿por qué no al revés?

Siempre pensamos que el sol es sinónimo de vida y la oscuridad, que difumina la luna, símbolo de la muerte. La luz del sol es sustento de todos los seres vivos y, por tanto, también lo es para nosotros. Pero, ¿por qué no empieza el día con la salida de la luna? ¿Por qué la noche es el final y no el comienzo?

Mientras su cabeza piensa inconsciente en este dilema, su paciencia se incrementa. Las sombras se van alargando lentamente, camino del crepúsculo. Su mirada contempla la ventana abierta. El cielo se va maquillando con matices amarillos, rojos y naranjas. El aire huele a verde y cantiñea con la vida que revolotea en los árboles. Sin embargo, para Selene el día es solo el tránsito necesario para que renazca la luna. Su luna. En cuanto aparece, se empeñan en mandarla a dormir. Por eso siempre se escapa antes de que salga. Para que nada ni nadie le impida ir a su encuentro.

Lleva horas sentada en la cama, esperando vehemente. Contempla como siguen moviéndose las sombras, en un baile siniestro mostrando el transcurrir del tiempo. Cuando ve que se han alargado tanto que presagian la oscuridad, salta impulsivamente de la cama y se dirige el espejo.

Allí ve a una niña de melena morena y ojos melosos que desafían al tiempo. Su cara es impoluta y solo dos pequeñas arrugas bajo los ojos se atreven a desfigurar una piel fresca e inmaculada. La cría que la mira le muestra la rebeldía propia de la juventud, que se niega a acatar las normas. La que no dejará nunca que le maten sus ilusiones. Le lanza un guiño cómplice y se presta a asearse y vestirse.

Coge su mochila y mete en ella lo imprescindible: su cepillo y la pasta de dientes; una muda, por si hiciera falta; su camiseta de la suerte, con el texto “El día tiene ojos, la noche tiene oídos”; y una libreta de notas con su lápiz favorito…

Cuando comprueba que no se olvida de nada, se vuelve y busca a su leal compañera:

—Moony, no te entretengas, es hora de irnos.

—Estaba buscando mi cepillo —le responde su fiel amiga, trasteando entre los cajones.

—¡Vamos, tenemos que salir antes de que nos descubran!

—¡Aquí está! ¡Partamos raudas y veloces a la aventura! —le dice su osita de peluche, saltando a su espalda y agarrándose a su mochila.

Decidida, se acerca a la ventana y, dejando caer su pequeño cuerpo hacia fuera, se encarama a la robusta hiedra que está abrazada a la pared. Baja con dificultad, pero sin miedo. En unos segundos salva los dos pisos que la separan del suelo, aunque para su edad, parece que estuviera bajando por un acantilado. Cuando se posa sobre el césped, sale corriendo sin hacer ruido. Sus pisadas son tan pequeñas y livianas que parece que no tocan la hierba. El viento se pelea con su blanca melena, haciéndola revolotear en un baile entusiasta, pero ella, sin dejar de sonreír, le reta en una rápida carrera hacia un pequeño montículo de rocas que la resguardarán de las miradas de la casa. Escondida tras esta pequeña colina se dispone a ver salir su admirada luna.

Un niño/a pequeño/a se asuma a un risco, acompañado de su oso de peluche, para contemplar una enorme y hermosa luna llena. El cielo no está todavía negro. Una neblina de nubes blancas le dan marco a la luna en un cielo azul cobalto.
Imagen de Myriam Zilles en Pixabay

—Es preciosa, ¿Verdad Selene? —le dice su amiga Moony cuando el astro se eleva en el cielo.

—Hoy está plena y más bella que nunca. Sabe que iremos a su encuentro —le responde Selene.

Cuando la luna alcanza su máxima altura, salta fuera de las rocas y comienza a correr hacia el bosque. Sus doloridas y achacosas piernas se resisten. Le cuesta dar siquiera un paso, pero su entusiasmo las impulsa a galopar por el bosque. En un claro, entre los árboles, se encuentra su nave, un pequeño, pero potente cohete, listo para despegar.

Se dirige hacia él y sin pensarlo sube su escalinata hasta la puerta. Esta se abre automáticamente y le saluda:

—¡Buenos tardes, capitana! —resuena argéntea la voz de la IA—. Espero que haya pasado un buen día. ¿Dispuesta para el viaje?

¡¡¡Sí, siempre!!! —grita Selene. Arroja su mochila y se acomoda en el asiento del piloto.

—Despegamos, capitana. ¿Rumbo a la luna?

—¡Claro! ¿Hay un destino mejor?

De forma inmediata, los motores comienzan a rugir y un estremecimiento gradual comienza a hacer temblar toda la nave. Mientras, en el exterior, una gran polvareda los va envolviendo y ocultando de curiosas miradas. Propulsado por una gran nube blanca y azul, el cohete va rasgando el aire y se eleva hacia los cielos. Selene siente la brutal fuerza que la incrusta contra el asiento, pero su inmensa sonrisa no deja de iluminarle la cara.

La astronave abandona la atmósfera y se adentra en el oscuro espacio camino del satélite. Selene puede contemplarla en la inmensa ventana que domina toda la consola. Ve cómo se va haciendo cada vez más grande y su corazón trota desbocado.

La distancia se le hace muy corta, para ella han pasado solo unos minutos, y ya está alunizando sobre el regolito que cubre el suelo. En el justo momento que los motores se detienen, salta del asiento y se dirige hacia el traje espacial que se encuentra preparado al fondo de la cabina. Se enfunda en el compacto mono y se coloca el casco.

—¿Lista, capitana? —le reclama la IA.

—¡Lista y dispuesta! —responde Selene.

—Yo me quedo guardando la nave —le dice su amiga, la osa—, disfruta del paseo, pero ten cuidado ahí fuera.

La puerta se abre y la pasarela se despliega hacia el suelo lunar. La noche se deja agujerear por la miríada de estrellas que intentan iluminar tenuemente el astro.

Selene se asoma al exterior e, inconscientemente, aspira intentando impregnarse del olor de la luna. Por un momento, está a punto de abrirse el casco y sonríe ante su torpeza. No, es una astronauta experimentada y no cometerá ese fallo.

Comienza a descender de la astronave y la poca gravedad la hace flotar. No puede evitarlo. Se pone a saltar y, poco a poco, va ganando altura. Comienza un alegre baile que le hace dar volteretas en el aire, brincando cada vez más alto, cada vez más feliz. Sus risotadas parecen escucharse a través de la escafandra y alterar el silencioso eco de la noche lunar.

Sin darse cuenta se está alejando del cohete y va adentrándose en la soledad de la luna. Cuando sus huesos empiezan a quejarse y la avisan de que es suficiente, consigue calmarse y aterriza de nuevo en el suelo. Desde donde está, no puede divisar la nave. Sin embargo, no está asustada porque la luna es su refugio, su hogar. Tan solo tiene que espera a que aparezcan sus anfitriones.

En pocos instantes, tenues siluetas la invitan a seguirlas. Corre, salta y juega con ellas y, después de una corta caminata, las ve perderse en un inmenso agujero que se adentra en el subsuelo. Como unas fauces, produce un estruendoso temblor que parece querer engullirla. Tres inmensas escaleras comunican la superficie con la negrura interior. Las dos laterales son automáticas, una sube y otra baja. La de en medio mantiene sus escalones estáticos invitándola a descender. Le gustaría bajar por esta última, pero está ya muy cansada. Siempre le han dado miedo las escaleras mecánicas, sobre todo las que bajan hacia la oscuridad, parecen lenguas con vida propia que la llevarán hacia el estómago de una bestia hambrienta.

Una escalera central aparece escoltada por dos escaleras mecánicas (se supone que una de subida y otra de bajada) . El ambiente es oscuro y la iluminación incide principalmente en la escalera no mecánica, dejando las otras dos en penumbra y ocultando todo el entorno.
Imagen de Okan Caliskan en Pixabay

Con un ligero encogimiento de hombros, se deja arrastrar por ella y se adentra en la oscuridad. El silencio es fúnebre y denso. Ni siquiera el movimiento de la escalera es capaz de disiparlo. No le asusta el camino porque está acostumbrada a usarlo. Sin embargo, siempre le embarga una inmensa tristeza. Su aventura está a punto de terminar.

La poca luz que la iba acompañando, termina por abandonarla. Las luces de su traje se activan y espantan las tinieblas. Sabe que se puede quitar el casco, allí abajo puede respirar sin dificultad, pero aún aguanta un poco más. El aire no es fresco, pero tampoco huele a caverna. Huele a limpio, a demasiado limpio. Apesta a alcohol y desinfectante.

Cuando llega al último escalón, la escalera la deposita suavemente en el suelo. Ella avanza un paso más y se quita el casco. Espera unos segundos y, con un afligido suspiro, reanuda el camino hacia la negrura. Conforme sus ojos se van adaptando a la oscuridad divisa una solitaria mesa, brevemente iluminada. Encima hay un libro abierto. Se dirige hacia ella y se sienta en la incómoda silla. Alguien, sin preguntar, le pone por delante cubiertos y un plato lleno de un líquido burbujeante. Selene acerca el libro, lo coloca junto al plato y comienza a leer al mismo tiempo que va tomando pequeños sorbos de su cuchara.

A los pocos minutos, alguien la llama:

—¡Selene! —Se escucha en la oscuridad—.  ¡Selene! —repiten de nuevo.

Ella está ensimismada intentando leer en las páginas del libro, pero no la dejan concentrarse.

—¡Selene! ¿Selene? ¡Contesta! ¿Has terminado con tu sopa?

Levanta muy despacio la cabeza, mira el plato con el líquido frío y luego le sonría a la enfermera. No responde, solo hace un gesto afirmativo con la cabeza. La chica se lleve su plato y la deja de nuevo a solas con su libro. Su mirada deambula por la estancia, va despertando de su ensoñación y ve como los demás ancianos también han terminado su cena y se disponen a regresar a sus habitaciones.

Un rayo de luz incide sobre un libro abierto, aproximadamente por el centro de sus páginas. El entorno es oscuro para resaltar la iluminación sobre el libro.
Imagen de Nitin Arya en Pexels

Finalmente, sus ojos se dirigen a una pequeña ventana que deja entrar los tenues rayos de la luna. Estos la dirigen de nuevo hacia el libro, iluminando sus páginas. Sin embargo, ya no puede seguir leyendo. Mientras sonríe, piensa en lo fácil que es viajar con los libros, pero lo difícil que es permanecer dentro de ellos. Lo cierra, suspira, acaricia su portada y la vuelve a leer: «De la Tierra a la Luna» y regresa a la realidad de su habitación.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de las imágenes propuestas.

El Buscador de Historias

Una de las mayores desdichas con las que se puede tropezar un escritor es la falta de historias que contar. Cuando tu mente se vuelve más blanca que la hoja que llora abandonada sobre el escritorio. Cuando la vida no te susurra al oído cuentos y fantasías. Cuando un paseo por el bosque solo te muestra los árboles y un atardecer te parece un fenómeno cotidiano y aburrido. Cuando el niño que vive en ti crece y se muda porque tu imaginación dejó de alimentarlo.

Como era incapaz de contar historias busqué quién me las contara a mí. Alguien que pudiera abrir mi mente y poner sobre mi pluma el mecanismo de creación que había perdido. Salí a preguntar a mis vecinos, pero unos tenían sus vidas ingresadas en sus móviles viviendo otras vidas y otros contemplaban, plantados delante de aburridos televisores, las disputas, los gritos y las enajenaciones mentales del mundo.

Recordé que los cuentos y fábulas siempre han estado en boca de los ancianos y a ellos acudí para que me contaran sus historias. Sin embargo, éstos dejaron de sentirse narradores desde hacía mucho tiempo. Ya nadie acudía a ellos para que iluminaran sus sueños. Para que sacaran del fondo de sus corazones a los niños que se habían dormido en sus profundidades. Así que los ancianos olvidaron las historias y el mundo se desentendió de escucharlas. Se dedicaron a vivir y a contemplar como pasaba el tiempo que se los llevaría en volandas.

Afortunadamente, un amable librero de viejo me dio esperanzas. Me enseñó un libro muy antiguo. Estaba ajado y sus hojas amenazaban con abandonarlo. Su tacto era rudo y apagado. Era uno de esos libros que no atraían por su portada, sino por el misterio que podía albergar en su interior. Acariciando su tapa, el anciano librero me dijo: «Cuenta esta leyenda, que donde el cielo se desborda existe una mujer, una diosa, una maga, tal vez una bruja. Cuenta que es capaz de crear mundos increíbles y fantásticos. Cuenta que su imaginación ha alimentado la fantasía de miles de soñadores. Cuenta muchas cosas que, quizás, solo sean eso, cuentos, pero de qué están hechos los sueños si no de fábulas». Viendo mi desesperanza se apiadó de mí y me regaló el libro. Me indicó que lo leyera pausadamente y con paciencia porque, tal vez si creía, me indicaría el camino para encontrarla.

Lo leí y releí tantas veces que me aprendí pasajes de memoria. Las indicaciones que se mostraban eran tan imprecisas y burdas que eran imposibles de buscar en ningún mapa. Por mucho que leía, en mi cabeza solo resonaba la frase: «donde el cielo se desborda». Sobre la mujer mencionada por el librero poca información había. Solo se hacía hincapié en que «cuando la encuentres, sabrás que es ella». En el libro aparecía uno de los nombres por los que era conocida, pero que no debía ser pronunciado en voz alta, más que en su presencia. Lo busqué en Internet y en viejas bibliotecas, pero por supuesto no encontré nada. El libro era tan antiguo como la leyenda y cualquier referencia a ambos quedaba fuera del conocimiento. Solo tenía una opción, emprender el camino siguiendo la escasa información del texto con la ilusión y la esperanza de encontrar aquel ser legendario y, acaso, ficticio.

Y aquí me encuentro, avanzando por sendas desconocidas, creo que perdido y solo, muy solo. Tantos años escribiendo sobre aventureros que van en busca de su quimera y ahora soy yo el que se ha convertido en uno de los personajes de mis historias. Voy en busca de una leyenda. Voy en busca de mi salvación. Si no la encuentro tendré que olvidarme de escribir porque sin historias que contar no habrá libro que narrar.

Llevo días soportando un tiempo inclemente. Subiendo y bajando montañas inacabables. Atravesando bosques tenebrosos llenos de crujidos y sombras. Intentando dormir en noches sin estrellas que hacen imposible pensar en el renacimiento del sol. Parece que la dama de la leyenda se empeña en ponerme pruebas imposibles para que llegue hasta ella. Sin embargo, no cejaré en mi empeño. Todo sea por volver a encontrar el camino de la creación, porque escribir es lo que da sentido a mi vida. Si no soy capaz de contar historias tendré que contentarme con vivir las que otros escribieron o morirme en vida, desganado y melancólico.

Después de luchar contra la desesperanza y bordear la huida, mi corazón no puede contener tanta felicidad y mis ojos son incapaces de abarcar tanta belleza. Creo que he llegado a mi destino. Estoy exhausto, pero eufórico.  He sido capaz de completar el viaje y ante mí tengo el más maravilloso espectáculo que nunca podría haber imaginado. Enormes masas de agua surgidas de las nubes caen formando impresionantes cascadas. Se mezclan creando un maremágnum de increíbles colores que crean inverosímiles arcoíris. El ruido es ensordecedor, pero la belleza hipnótica. Miles de aves gritan y revoletean entre las corrientes. Una de ellas me ha mostrado un camino, casi invisible, que sobrevuela los torrentes. Por él me encamino como si flotara sobre las aguas. No diviso el final avanzando entre nubes, pero mi ansiedad y urgencia se sobrepone al miedo. Después de tanto esfuerzo para llegar hasta aquí nada me va a hacer abandonar.

Imagen de EnriqueLopezGarre en Pixabay

El estrecho camino se ha convertido en una indefinida llanura ocultada por la niebla. Recuerdo el texto escrito en el libro que guardo en mi mochila y que a duras penas ha aguantado el farragoso viaje. Evoco y, tímidamente, balbuceo el nombre que en él aparece: «JessiKhaleshi». No tarda en aparecer una sombra entre la bruma. Vuelvo a rememorar el texto: «¿Eres la señora de Fantépica?» le pregunto con impaciencia y temor. «¿La contadora de historias. La creadora de Mundos y fantasías? ¿Mi salvadora?» insisto. Ella sonríe y me responde: «¿Si así lo crees tú?».

Me acerco ilusionado y sonriente. Me presento y le explico mi desgracia. Le cuento cómo la desdicha se ha cebado sobre mi pluma y cómo las páginas siguen en blanco después de mirarlas eternamente. Le suplico que me saque de ese foso en el que me encuentro. Y ella, con la voz más dulce y hermosa que mis oídos hayan escuchado, me dice: «Me pides que te cuente historias para tus libros. Que te regale los oídos con bellas fábulas para que las conviertas en grandes aventuras. Que abra las puertas que sellan tu mente. Sin embargo, no soy yo quién puede ayudarte».

Mi cara muestra inefable mi desilusión. Mis ojos se anegan de lágrimas que me ahogan. Mastico mi infortunio pensando que no tiene solución. Ella, al ver mi cara, me mira ladeando la suya y sonriendo añade: «Llevas todo el viaje con los ojos cerrados. Has sido incapaz de ver más allá del camino. No has mirado el mundo que atravesabas.

»No has visto cómo aquel cervatillo ha escapado in extremis del lobo que le perseguía. No has escuchado como aquel leñador talaba árboles para venderles calor a sus vecinos. No te has dado cuenta como miles de hormigas sobrevivieron a las lluvias torrencialmente porque trabajaron con la inteligencia del grupo. No te fijaste cómo hay árboles que crecen dónde ninguna otra planta ha sido capaz de levantar un palmo del suelo. Has deambulado mirando sin ver nada.

»No soy yo la que te puede contar las historias que debes escribir. Es tu propio camino el que te ofrecerá el material necesario para que las crees. Yo solo soy la excusa de tu viaje. Has pensando que te serviría en bandeja las historias, cuando es tu misma odisea la que te las ha contado al oído sin que te hayas dado cuenta. Querías conocer aventuras sin levantarte de la silla en la que escribías. Ahora las has vivido. Ya tienes tus historias.»

Y en ese momento, rememorando esos pasajes, vi al cervatillo convertido en un vistoso paje que llevaba una misiva importantísima para el rey. Gracias a sus gráciles movimientos y a sus veloces piernas pudo escapar del lobo-demonio y avisar de la llegada del peligro. Vi que el hacha que usaba el leñador era de mágico oro, la había encontrado en el fondo del río, y se pasó muchos días decidiendo si venderla o quedársela. Cuando la usó, descubrió que era capaz de hablar con los árboles y, con su permiso y ayuda, encontró los que ya estaban muertos. Así consiguió talar maderos, más grandes y en menos tiempo, sin dañar el bosque. Las hormigas eran en realidad una pequeña colonia de seres venidos del espacio que intentaban sobrevivir en un mundo de gigantes. Sus mentes colmenas les capacitaba para realizar, con increíble destreza, inverosímiles empresas. Y aquel árbol, que se levantaba solitario y resistente al agotamiento del suelo, era alimentado desde sus raíces por los seres más pequeños del universo. Tan inteligentes que nunca se dejaban ver, pero que iban de planeta en planeta impidiendo que estos se convirtieran en yermos paisajes. Creaban señales para que los pobladores se alertaran del destino fatal de su planeta. Vi el mundo que me rodeaba, pero que no había sabido mirar. Abrí los ojos de la imaginación y todas las fábulas aparecieron en mi cabeza.

Gracias magnánima señora por tu sabiduría, tu generosidad y tu paciencia. Me has enseñado a ver el mundo y comprender que las historias siempre han estado dentro de mí. Mi niño interior ha vuelto a sonreír porque tiene mil fábulas con las que alimentar su fantasía. Es él el que las inventa y me las cuenta. Ya no tengo miedo a que se aburra y me abandone. Escribir es crear, pero, sobre todo, observar la vida con la inocencia y el encanto de la imaginación.

Relato publicado en el Reto Literario “Un Agosto de Leyenda’
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
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Cuéntanos su historia y qué te evoca.

Una Misión para el STELLA

Relato publicado en el Reto Literario “ImagenA
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

En este relato he querido experimentar con algo que llevaba mucho tiempo rondando por mi cabeza. Unir lectura con música. Mis dos grandes pasiones. Así que, por decirlo de alguna forma, esta historia tiene banda sonora. Aunque, por supuesto, podéis leerla sin escucharla. Sin embargo, si elegís endulzaros con las maravillosas piezas que he incluido, tenéis dos opciones: Pulsar sobre cada enlace que encontréis durante el texto, que os llevará a la canción correspondiente en Youtube, o usar la lista de Spotify que os he creado para vuestra comodidad: El Viaje del Stella.

Como siempre, las indicaciones para el Reto las podéis encontrar en el Blog Fantepika de Jessica. Arriba tenéis el enlace. Espero que os guste.

Imagen de Brigitte Werner en Pixabay

Negro sobre negro. Un negro tan oscuro como la piel del Cancerbero. Negro. Así es el uniforme de Alfons Revisuá. Chaqueta y pantalones negros, pero con chaleco rojo borgoña, con los bordes dorados y botones a juego. Una gorra, también negra, completa su uniforme. Solo queda a la vista su cara en la que sobresale un gran mostacho blanco y frondoso que parece llegarle hasta el pecho. Y sus cejas, también grandes y pobladas, tapan unos ojos inteligentes e inquisitivos.

Al ritmo de Take the «A» Train” interpretado por Oscar Peterson, que suena por los altavoces, Alfons recorre el Stella, su tren, como lo lleva haciendo desde hace lustros. Por supuesto, no es suyo, pero lleva trabajando tanto tiempo en él, sirviendo en sus viajes, cuidando de sus vagones y atendiendo a sus visitantes, que lo considera como su casa. En realidad, sólo lo abandona cuando este necesita alguna limpieza o reparación. Con parsimonia, pero sin desdén, saca el reloj del bolsillo de su chaleco, que pende de una larguísima cadena de oro, y lo mira con fijeza, –¡Perfecto! –exclama– Siempre puntual, preciso y eficiente. –Se refiere, tanto a su reloj como al tren. Dos máquinas perfectas.

El Stella no es un tren como otro cualquiera. Funciona con magia electrokinética y se mueve por raíles ilusorios y quiméricos. Está formado por una máquina vieja de vapor, alimentada por trasgos, y cuatro vagones, dos de pasajeros, una cafetería y un almacén de objetos mágicos. Ha partido de la estación de REM, como es habitual, y se adentra por campos de girasoles que se yerguen inhiestos y altaneros. Luce un sol espléndido y generoso, que hace que el rostro de las plantas se vuelva hacia él con deleite. La brisa las invita a una grácil danza donde, todas al mismo ritmo, bailan con el swing de la melodía que sale por las ventanillas del tren.

Este es un viaje muy especial, un representante de cada familia de la magia ha solicitado billete. Y además, una apreciada y deseada joya está protegida dentro del vagón especial que el Stella protege como la mejor y más segura caja fuerte del mundo. Como es sabido que las familias están en guerra por la supremacía del reino de MagicGalerian, todas las alertas están activadas. Lo que menos quiere Alfons son problemas dentro de su tren. Aunque con el genio que se gastan estos visitantes todo es posible.

El tren inicia su tránsito por los Lagos de Escarcha. SuenaYou and the Night and the Music por Eddie Higgins La falsa vía se suspende mágicamente sobre el agua casi helada y pequeños carámbanos y gotas congeladas adornan el paseo como si una alfombra blanca le facilitara el paso al Stella. Este el momento, en el que Alfons inicia su inspección general. Todo debe estar en su sitio y los pasajeros bien acomodados y en sus respectivos compartimentos. Así, que una visita de cortesía se impone adecuadamente.

El primer vagón alberga a los tres primeros representantes mágicos. El revisor se acerca al compartimento 1A y puede sentir el calor antes incluso de abrir su puerta. Los cristales empañados y sudorosos le dan la alerta y decide usar uno de sus guantes para abrirlo. Con solo girar la manilla el golpetazo de calor está a punto de hacerle perder su valioso mostacho. Dentro la sensación es bochornosa y asfixiante. Un humo condensa todo el recinto y dentro, con su vestido rojo púrpura que hace juego con su cardada melena, está Jafira, la representante de los dominadores del fuego. Su faz muestra una mujer bellísima pero de gesto adusto. Con sus brazos cruzados sobre el pecho lo miro con altanería y casi sin sonreír. Alfons la saluda y le da la bienvenida al tren y decididamente, ante la pérdida de la integridad del mostacho, el uniforme y el propio tren, se despide, rápidamente, y vuelve a cerrar el compartimento para seguir con su inspección.

En el compartimento 1B no parece haber nada sorprendente. Todo está tranquilo. En su interior solo hay una preciosa gata blanca Ragdoll que descansa plácidamente sobre un cojín turquesa de Mohair y juguetea con una bola misteriosa de cristal. Cuando Alfons la saluda, el animal se transforma en Shurcata, una enigmática joven rubia de aspecto angelical que le sonríe tímidamente y lo saluda, para inmediatamente volver a transformarse en la deliciosa gata. En realidad es un Nahual, capaz de transformarse en cualquier animal. Con el temor de que la chica pase de gata a pantera, Alfons omite los protocolos y la deja dormir tranquila para avanzar al siguiente visitante.

El último compartimento de este vagón, el 1C, está totalmente vacío. Hay chucherías por todas partes y la maleta aparece totalmente desempacada con la ropa revuelta por el sitio. Ante la sorpresa del revisor se escucha una risita suave e infantil e inmediatamente después un tirón de la chaqueta que le hace dar un sobresalto. Sin darle tiempo a reaccionar, una fuerte patada en la espinilla lo hace cojear y caer sobre el sofá. Alfons reprende un taco y con la connivencia del Stella, alertado de las travesuras, un torrente de aire mágico hace que de la nada aparezca Illania, una niña pelirroja de cara tierna e inmaculada que no disimula sus ganas hacer trastadas. Es una elfa ulegemlig, dominadores de la materia y por tanto controlan la invisibilidad. Alfons se recompone y con voz adusta y autoritaria, reprende a la pequeña. –Señorita, ¿le importaría comportarte como la adulta que no eres y dejar sus diabluras? –La niña le mira con un mohín encogiendo su pequeña y dulce naricita y con una picara y traviesa sonrisa le pide disculpas.

Alfons respira profundamente intentando recomponerse y obtener mesura y tranquilidad. Sabe que forma parte de su trabajo soportar las extravagancias y peculiaridades de sus pasajeros. Son gente excéntrica, pero rica y poderosa y el prestigio del Stella nunca puede verse en compromiso. Como dice una de las placas colocadas en la pared: “El pasajero siempre tiene la razón, incluso cuando no la tenga”. Espirar, inspirar, espirar, inspirar… Stella ayuda e irrumpe “It Don’t Mean A Thing If It Ain’t Got That Swing” con Ella Fitzgerald & Duke Ellington. El pasillo se distensiona y la voz de Ella hace que Alfons empiece a mover pies y manos y se olvide del incidente. Bailando deja el vagón y permanece unos segundos en el acople para contemplar el paisaje. Impresionantes cataratas de agua helada dibujan cortinas que adornan las montañas adyacentes. La blancura del hielo contrasta con el verde de los prados y el marrón de los árboles que, aunque cubiertos de una capa transparente, muestran una amalgama de colores incomparable en todo el paisaje.

Temiendo que el revisor se pierda en la contemplación, el Stella cambia de ritmo y conecta a los audios a Albert Nicholas que interpreta “I Found a New Baby. Alfons despierta de su ensueño y cruza al vagón siguiente y se dirige al primer departamento, el 2A. En este caso, lo que primero le llega como saludo es un olor pútrido y pesado. Por las rendijas de las puertas, como tentáculos invisibles, una hediondez insoportable se le enreda en brazos y piernas y lo lleva en volandas hasta el interior del habitáculo. En su interior se encuentra un monje en posición Padmasana, pero levitando. Flotando literalmente como una pluma y dejándose mecer por el movimiento del tren. En realidad no es ningún monje es, Shegun, uno de los representantes de la Magia Negra. Parece que está meditando, pero en realidad le sientan mal los viajes y siempre tiene unos profundos mareos. Cuando Alfons le saluda dispuesto a presentarle su asistencia, un extraño y, en apariencia salvaje, lobo le gruñe. Es Caomhnóir, el guardián del Draíocht Dubh, templo de la Magia Negra. El revisor no se lo piensa dos veces y, con disimulo y presteza, los deja en su práctica meditación.

Un frío inmenso hace que las ventanillas del compartimento 2B aparezcan totalmente blancas. No se divisa el interior y a Alfons le cuesta un mundo abrirlo. El lugar parece un congelador y, al mirar dentro, su mostacho se convierte en un peine de estalactitas. Todo es tan blanco que hace daño en la vista. Un ser, de género indefinido, está sentado inmóvil y aparentemente inerte. Solo los ojos de un azul intenso y marino muestran su vitalidad. Es Catarsis, señor del frío. Con solo mirarlo le ha hecho sentir placer, miedo, alegría, llanto y después frío, mucho frío, una gelidez extrema. Ante tal combinación de emociones cierra raudo las puertas antes de volverse loco.

Por fin, el sexto y último compartimento del tren, el 2C. Pero, ¡qué sorpresa! ¡Está vacío! Dentro no hay nadie, pero tampoco equipaje. Parece que el último pasajero llegó tarde y perdió el tren. –No me lo puedo creer –exclama Alfons–. ¡Esto es imposible en la historia del Stella! –Pero en ese preciso instante, un remolino ventoso y una ligera explosión hacen que el gorro de Alfons salga disparado hacia el pasillo y en el asiento aparezca, cómodamente sentado, un caballero de levita y alta chistera, ambas inmensamente negras. Su ropa está pulcramente planchada e impoluta, como si acabara de salir del vestidor. –Hola Alfons, disculpa esta teatral llegada. Mi nombre es Efertime. No tenía ganas de esperar en la estación y he preferido montarme en marcha –dice el enigmático caballero, representante de la casa controladora del espacio-tiempo. «Vaya», piensa Alfons, «la guinda del pastel».

Suena “Caravan” con Chris Conz Trio. Nos vamos adentrando en el Abismo de Finnis y el blanco y glacial paisaje se va transformando en oscuro y parduzco, así como el ambiente se torna mortecino y tétrico. Las vías mágicas parecen que floten sobre la bruma que deja ver débilmente un precipicio sin fin. El viento al resbalar sobre las rocas, produce el sonido de una respiración agónica que, como una letanía, te va adormeciendo y atrayendo hacia ellas, como grandísimas fauces. Afortunadamente, la melodía camufla los gritos y gemidos provenientes de lo más profundo. La velocidad aumenta de forma pausada y gradual, el Stella quiere salir rápidamente de estos dominios. Recorriendo acantilados, cuevas y páramos el camino se hace infinito. Es el trayecto más siniestro del recorrido que, sin embargo, se mantiene alejado de los pasajeros. El tren los mantiene aislados de la podredumbre e impiden que ni siquiera miren por sus ventanillas.

Cuando ya todo parece fluir en armonía, como una singladura normal del Stella, suena una alarma. Alfons detecta inmediatamente el lugar del incidente y corre por los pasillos atravesando desenfrenadamente los vagones hasta llegar al sábháilte. Allí ve un precioso cofre con las iniciales DSS (Dheivishing Shanchiron Sharraneon) justo en el centro de la sala, aparentemente íntegro, pero está abierto y muestra su interior vacío. El objeto mágico ha sido robado.

El tren entra en un síncope de velocidad y convulsiones. Las paredes vibran y el convoy parece retorcerse. Al clamor de la ensordecedora señal, los seis pasajeros han acudido para ver la causa. Todos muestran en sus interrogantes caras su mejor máscara. Ante las explicaciones de Alfons, todos se miran y se encogen de hombros. Aparentan ser tan inocentes como una gacela que pasea por la sabana, pero pasan de intentar declarar su inocencia a acusarse mutuamente del delito.

–Has sido tú, mocosa –acusa Jafira a la pequeña Illiana.

–¿Yo? –se defiende la chica– tengo las manos demasiado pequeñas para forzar el baúl y cargar con un objeto tan pesado.

–Y, ¿cómo sabes que es un objeto pesado, si no lo has visto? –la increpa Surcata, que pasa de gata a tigre, de tigre a paloma y si no es por el bastonazo que recibe por parte de Shegun, se recorre todo el árbol de la evolución animal. –Vuelve a intentar hacer eso de nuevo y te mostraré el olor de mi dentífrico. –le grita desde el suelo convirtiéndose en un Smilodon, león dientes de sable.

–A ver, por favor, serenidad –comenta con su frialdad habitual Catarsis–. En primer lugar, por qué querríamos robar algo que no sabíamos ni que existía en este tren. Y, con qué fin íbamos a robarlo.

–No disimules, querido témpano –le replica Jafira–. Sabes tan bien como nosotros qué es lo que se mantenía oculto en ese cofre y la importancia que tiene para cualquiera de nuestras Casas. Tal vez, –dice girando la cabeza– Efertime pueda decirnos dónde está.

–Lo siento, pero yo acabo de llegar. Pueden preguntar al revisor. ¿Verdad, Alfons?

A partir de ese momento, las acusaciones, los gritos y los amagos de usar la fuerza o la magia empiezan a tomar un cariz preocupante. Se descubre claramente, que todos los presentes sabían del rumor de la existencia del objeto y que quien lo posea adquirirá el máximo poder para dominar a todas las demás Casas ganando la guerra.

En ese momento, el tren entra en el túnel de SNILUA. Y Suena “Boogie Woogie Stomp” de manos de Rob Río. La oscuridad exterior traspasa las paredes del Stella porque este, previendo la contienda, ha apagado todas las luces. Aprovechando la negrura circundante, aparece un destello de fuego que impacta a un lado de Alfons. Afortunadamente, se acuerda de sus años mozos como bailarín del Beaujoyeulx y con una grácil pirueta evita el impacto. Una bola de hielo cruza longitudinalmente todo el vagón e impacta a través de la puerta en la cafetería. Illania, de nuevo invisible, imparte a diestro y siniestro puntapiés y pellizcos. El bastón del señor del tiempo intenta entrar en razón varias cabezas. Un relámpago proveniente de manos negras, por poco se lleva por delante el bigote del revisor –Qué manía con mi mostacho –exclama él mismo sofocado. Caomhnóir, por su parte, es todo apariencia salvaje, lleva demasiado tiempo como portero del templo, por lo que decide no meterse en la trifulca. Así, sin que su señor se dé cuenta vuelve a su compartimento dónde estará a salvo de estos animales. El vagón es un circo, destellos de fuego y escarcha, gritos, estruendos, estrépitos y explosiones amenazan con hacer trizas el Stella.

La salida del túnel muestra un espectáculo dantesco. El Stella ha vuelto a cambiar el ritmo, Jimmy Smith toca “Root Down (and Get It)”.

Las luces han vuelto y todos se están atacando de alguna forma. Hechizos, armas mágicas o sus atrezos y extremidades sirven para atacarse entre sí. Alfons contempla asombrado la degeneración con la que los seis señores de las grandes Casas de la Magia se están atacando sin contemplación ni piedad. En medio de una batalla ¿imprevista?, ha conseguido esquivar los ataques y mantenerse con vida.

Cansado de tanta estupidez, y sacando un vozarrón totalmente discorde con su cuerpo brama. –¡BASTA! ¡PARAD! Sois señores de las casas más importantes de la Magia y os comportáis como viles y estúpidos hechiceros de segunda clase. Es hora de que dejáis vuestros odios e intereses particulares y argumentéis con inteligencia. Lleváis demasiado tiempo luchando con vuestra estupidez y vuestra bravura y habéis comprobado que de esa forma nunca llegaréis a un acuerdo mínimo de convivencia. Es el momento de usar las palabras y buscar el entendimiento.

–¡No! –contesta el de la chistera.– Uno de los aquí presentes ha conseguido robar el tesoro y ahora nos someterá a los demás. Nadie bajará del tren si no es por encima de mi cadáver.

–Y quién nos dice que no fuiste tú el que lo robaste, querido timewalker, esto no es más que una pantomima para que nos matemos entre nosotros y tú puedas regresar a tu casa con el preciado objeto –le reprende el señor de la casa Negra.

–Si hubiera sido yo, ya estaría fuera de este tren y vosotros habríais sido fulminados. –contesta el de la chistera a su vez.

–Sois muy gallitos y machitos –dice con ironía y desprecio Jafira–. Tal vez debería de quemaros a todos con piedra incluida.

Y de esta forma, todos comienzan de nuevo a gritar y amenazarse en un intento de intimidación que pronto se convertirá de nuevo en otra batalla campal.

Alfons se lleva la mano al bolsillo y, levantando el brazo, truena con voz enérgica, profunda y grave.

–Callaos de una vez y terminad la batalla. El objeto lo tengo yo. –Y diciendo esto, abre su mano y muestra una piedra de luz que los deja a todos cegados–. El objeto nunca ha estado en el cofre. Siempre lo he tenido yo. Todo esto no ha sido más que una treta para atraeros al tren y juntaros a todos, aquí y ahora.

El vagón al completo se queda mudo y absorto. Por unos segundos no saben cómo reaccionar. Han sido engañados y embaucados en una empresa inútil.

–Pero ¿Por qué? –exclama la señora gata–. Esto no puede ser una broma porque hemos estado a punto de matarnos. ¿Quién es el imbécil que ha ideado este teatro?

–Porque es la única forma de que se acabe esta guerra innecesaria, inútil y sin final posible. –explica Alfons.

–Y qué se supone que quieres que hagamos. ¿No te parece que eres demasiado enclenque para enfrentarte tú solo a nosotros? ¿Quieres que te matemos a ti primero y luego luchemos, de nuevo, por ese objeto? –dice entre risas la elfo Illania.

Parece que la batalla se va a iniciar de nuevo, pero esta vez con el revisor cómo único objetivo para arrebatarle el preciado objeto.

–¡No hará falta! –Y mostrando, de nuevo, la piedra de luz con rapidez cierra el puño y con una increíble fuerza aplasta el objeto.

Justo en ese momento, a los compases de Bill Evans, “Like Someone in Love”, el Stella inicia el ascenso hacia la montaña dónde comienza el trayecto del Éter. La piedra de luz ve potenciada su poder y fuerza y hace que el tren se eleve como un pájaro de vapor hacia el cielo y todo su contenido entre en ingravidez. El tiempo se ralentiza. Todos sienten una absoluta calma y candidez. Los pasajeros flotan a la deriva como Nymphaeas en un lago en un sinuoso baile sin rozarse. El silencio se apodera de todo. Las mentes, antes embravecidas se vuelven calmas, pero claras. Todos sienten una tranquilidad suprema que les hace sonreír. La piedra de luz, la magia del tren y el éter crean un campo inmersivo que les aligera sus mentes. No son conscientes, pero sus cabezas parecen reordenarse. La cólera y la animadversión se entierran en lo más profundo de sus cerebros. Todos son capaces de ver ahora con otros ojos a los demás. Ahora es más fácil hablar, dialogar, entenderse. Es imposible discutir.

Cuando el tren alcanza el punto más alto de su recorrido, se recupera la gravedad en su interior y los invitados del Stella se posan suavemente sobre el suelo. Sus caras ya no muestran odio ni rencor. Todos tienen ganas de conversar pacíficamente, de intercambiar su sabiduría.

El tren llega a su destino, Fantasto, y parece que todo se ha solucionado. Se ha firmado un tratado de Paz y Respeto que a todos contenta y que además permite que la solidaridad entre ellos mejore las condiciones de vida de cada Casa. Todos bajan del tren con tal parsimonia y felicidad que cualquiera que los vea creerá imposible lo sucedido pocos instantes antes.

El revisor estira su chaleco, recompone la chaqueta y mira con sonrisa y alegría como los seis se despiden en armonía dispuestos a iniciar una nueva etapa de paz y prosperidad.

Un anciano, de pelo blanco y larga coleta, que se apoya en un hermoso cayado, se aproxima al tren. Saluda al revisor y entra en el vagón. –¡Qué tal Alfons, cómo fue la travesía?

–Perfectamente, maese Foxtail, otro viaje de éxito para el Stella. ¡Como siempre!

Alfons ensancha su sonrisa y, dando unas palmaditas en el mamparo del tren, hace sonar su silbato para que se cierren las puertas y el ferrocarril inicie viaje de nuevo. La luna de Amarhis le espera. El Stella se contonea mientras se eleva hacia el cielo a los compases de “Fly Me to the Moon”, interpretado por las gráciles manos de Oscar Peterson.