Despertar con Angustias

Calor asfixiante, oscuridad opresiva y silencio inquietante. Había despertares mejores.

Por mucho que intentaba abrir los ojos no conseguía ver nada. Se sobresaltó un poco y cogió una bocanada de aire. Se asfixió. Quería respirar, pero el oxígeno se negaba a entrarle por nariz o boca. Se empezó a poner nervioso. Tampoco podía moverse. Un peso inerte le aplastaba contra el colchón. Sudaba como si estuviera en una sauna. ¿Por qué sentía tantísimo calor? Estaban en diciembre, se suponía que ya tenía que taparse con el edredón para no tiritar de frío por la noche.

Pensó un instante. ¿Cuándo, cómo y quién le había llevado a la cama? ¿Lo habían atado y amordazado? ¿Estaba secuestrado? ¿Quién iba a pedir rescate por él? Si no iban a pagar ni un céntimo de euro. Seguro que hasta daban las gracias por quedarse con él o quitarlo de en medio.

Intentó calmarse e intuir dónde estaba. Aguzó sus sentidos y prestó atención al entorno. El silencio no era tan rotundo. Un ligero siseo se insinuaba en la habitación. ¿¡Había alguien vigilándolo!?

No le dio tiempo a entrar en pánico, un bufido fétido le roció toda la cara. Olía a salchichas crudas y a… ¿Queso curado? Algo húmedo, pringoso y muy caliente le rebañó toda la cara y le arrebató las gafas que llevaba puestas. Por fin veía algo. ¿Estaba acostado con las gafas de sol?

Consiguió levantar un poco la cabeza y mirar hacia su pecho. Ahora entendía qué le estaba oprimiendo e impidiendo moverse. El mastodonte de Angustias se había acostado encima de él. ¡Solo 110 kilos de pelos y babas! Era la mascota de su exnovia. Le había puesto así, muy ingeniosa la muchacha, porque decía que le recordaba los sentimientos que él le provocaba.

Imagen de Couleur en pixabay.

¿Pero, por qué le costaba tanto respirar? Consiguió, con mucho esfuerzo, sacar un brazo de debajo del lastre melenudo y tocarse la boca. ¿La mare que lo parió? Se había acostado con la mascarilla puesta.

Los recuerdos de la pasada noche irrumpieron dolorosamente en su cabeza.

El cóctel, de Valeriana, Amapola, Lavanda, Tila, Cerveza y Whisky, no había sido una buena idea.

El Circo de la Bruma

Montaje realizado para la entrada.
Sobre un fondo de noche estrellada, se ve la carpa de un circo difuminado tras la bruma.
Una chica, con ojos luminosos, sostiene su preciosa cara entre sus manos (a la derecha). Lleva maquillados, tímidamente, ojos y labios como un clown.
Las líneas discontinuas de una carretera se simulan a la izquierda, teniendo como destino una luna llena, también difuminada.
Montaje realizado a partir de las imágenes de Antranias, Victoria_Borodinova, Duncan Miller, FelixMittermeier, (Pixabay)

Dentro solo se percibe soledad, cansancio, apatía, tristeza. Fuera, la oscuridad lo oprime y, esa infinita línea blanca que va saltando de forma constante, hipnotizándolo, le invita a dar una cabezada. Mantener los ojos abiertos es una batalla insufrible. De nuevo una noche de kilómetros de carretera. De nuevo una noche que se aleja de su familia. De nuevo una noche que falta a la promesa más importante de su vida. La promesa que les hizo a sus hijos.

«Es una reunión importantísima y no puedes faltar a ella», le había dicho su jefe y él, fiel esclavo de la empresa e ingenuo aspirante a un ascenso, se había despedido de su familia y se había vuelto a embarcar en un viaje de negocios hacia el otro confín del estado.

Esta vez ha sido el Halloween. Les había prometido a sus hijos acompañarlos en sus batidas de trato o truco. Pero igual que había pasado en los anteriores, y en otras fiestas, una llamada de teléfono había dado al traste con su promesa. No podía seguir así. Su trabajo era importante. Era el sustento de su familia y la oportunidad de aspirar a una vida más tranquila y cómoda, pero se estaba jugando algo mucho más primordial, el amor de sus hijos y la paciencia de su mujer.

Tan embargado estaba en sus pensamientos que no se había dado cuenta que una espesa niebla se había hecho dueña de la noche. Los faros del coche se reflejaban en esa cortina que le impedía ver con claridad a menos de un par de metros.

Creyendo divisar algo entre la bruma, frena bruscamente. Pone las luces de emergencia y baja la ventanilla. Intenta divisar algo, pero es casi imposible ver nada. Decide bajarse del coche aún a riesgo de ser atropellado. De pronto, unas siluetas apenas se hacen visibles. Con el titilar de los intermitentes se muestran como pequeñas figuras con andares ridículos. No los puede contar, pero está seguro que son muchos y empiezan a rodearle. Cuando uno de ellos se expone a los faros puede ver que es un enano. ¡No! No está seguro. Es un ser pequeño, que parece humano, pero está deforme y desfigurado. Se asemeja a los gnomos de los cuentos que lee su hija. Le tiende una mano y, ante su sorpresa, no tiene miedo. Se la coge y se adentra con él en la niebla. Los demás los envuelven y acompañan en una comitiva tenebrosa.

Sin darse cuenta, se están adentrando en el bosque al que cercenaba la carretera. Extrañas luces parecen señalarle el camino. Se detiene y las mira fijamente, al pasar cerca de ellas, viendo con asombro que son pequeñísimos seres luminiscentes que se mantienen en el aire con sus pequeñas alas. ¿Hadas? Debe haberse quedado dormido y está soñando. Un pinchazo en el trasero le hace continuar andando y pensar que duele demasiado para estar en un sueño.

De vez en cuando, ve unos extraños carteles que se hacen visibles de forma tenue y desaparecen rápidamente.

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Y finalmente, antes de salir a un inmenso claro del bosque, las hadas rodean un último cartel consiguiendo iluminarlo plenamente:

EL CIRCO DE LA BRUMA

Se queda embobado ante la belleza del anuncio, pero un nuevo empujón lo hace salir del bosque y contemplar una impresionante carpa llena de colores y un ensordecedor encanto.

La niebla sigue presente, no deja ver claramente nada, pero lo poco que atisba le hace estremecer. Una gran cantidad de figuras han ido apareciendo entre la bruma: Un perro que no ladra, ruge, porque su cabeza es claramente la de un león; una bella dama, vestida de gasas, que tiene grandísimos ojos de búho y manos y cola de rata; un caballo con cuernos de rinoceronte y orejas de elefante; un viejo, con chistera y bastón, del tamaño de una rata; un águila de dos metros de altura con cabeza de serpiente; un avestruz con dos cabezas humanas que no paran de parlotear…

Sin dejar de andar, se va adentrando en el pasillo que le van dejando y que le lleva ante una figura majestuosa que parece esperarle a la puerta del circo. Es una mujer de una belleza asombrosa. Sus ojos centellean con los colores del ópalo. Su mirada le hace olvidar el pavor y lo fascina. Su tez es exquisita y acaramelada. Su figura sinusoidal y sugerente.

—¡Bienvenido seas, desconocido! —Su voz es aterciopelada, dulce y susurrante.

Con el movimiento de las manos lo invita a entrar en la carpa. Su cuerpo se mueve involuntariamente y se adentra en un mundo, tan fantástico, lleno de magia y fantasía, que le hace dudar entre el sueño y la locura. Lo que ve es indescriptible, portentoso, deslumbrante, narcótico. Como un zootropo, las incesante secuencia de imágenes giran vertiginosas a su alrededor. Irrumpen en su cabeza y es incapaz de discernir la alienación que lo está invadiendo. Sin embargo, se siente feliz, reposado, cautivado por tanta belleza.

Ella le escolta y él percibe que van de la mano. Su calidez le genera una seguridad y una complacencia como hacía mucho que no sentía. Quizás, desde que era un niño y se refugiaba entre los brazos de su madre. Cuando la mira, su mente se queda en blanco y solo puede sonreír y seguir disfrutando de la alucinación que le embarga.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido, ni es capaz de reseñar todo lo que ha visto. Se encuentra de nuevo fuera de la carpa y todos, arracimados a su alrededor, parecen esperar algo.

La mujer está frente a él. Le coge las dos manos y le está hablando. Tarda unos segundos en poder volver a la realidad y prestarle atención.

—¡Tienes que elegir! —le está diciendo.

—¿Cómo? —contesta confundido—. No entiendo…

—Tienes que decidir si te quedas con nosotros o te vas. Has de hacer tu propia elección.

Su delicada voz y sus resplandecientes ojos lo tienen totalmente hechizado.

—Has podido vivir lo que significa pertenecer a nuestra familia. Sin embargo, solo tú puedes decidir si quieres formar parte de ella.

Por un instante, se siente aturdido. ¿Familia? ¿Pertenencia? ¡Él tiene la suya! Duda. ¿La tiene?

Inconscientemente, se mete la mano en el bolsillo buscando su pañuelo. Ha comenzado a sudar y temblar. Al sacarlo, su cartera cae al suelo. Abierta de par en par, muestra las fotos de sus hijos, sonrientes, bellos, inocentes. ¿Familia? Se repite a sí mismo. Vuelve a mirar a la mujer y también a todos los que lo rodean. Ya no ve figuras bellas, caras sonrientes, gestos amables.

—¡¡¡NOOO!!! —grita descontrolado y sale corriendo de nuevo hacia el bosque.

En una vorágine de emociones sigue desbocado y no se detiene hasta que sus temblorosas piernas y su punzante corazón lo obligan implacables. Sigue en medio de la niebla y no ve absolutamente nada a su alrededor. Está perdido, abandonado en medio de esa espesura. ¡No! En realidad está perdido en su propia vida.

Unas extrañas luces estroboscópicas llaman su atención. No tiene nada que perder porque cree haberlo perdido todo ya. Se dirige hacia ellas y comienza a escuchar unos murmullos.

—¡Ey! ¡Aquí está!

Unas manos lo cogen de los brazos, lo sacan del bosque y lo devuelven a la carretera. Varios vehículos están detenidos en ella.

—Parece desorientado y estaba deambulando por el bosque —exclama otra voz.

—¡Vamos! Tienes una herida en la frente y pareces conmocionado —le requiere otra.

Aturdido, ve como las luces se corresponden con un coche de policía y una ambulancia. Lo llevan hacia esta última. En un atisbo de lucidez, consigue ver su coche. Está empotrado contra un árbol.

—¡Te ha tocado la lotería del Halloween, amigo! —le susurra la voz amiga—. Ha sido tu día de suerte y parece que te han dado otra oportunidad.

—¿Otra oportunidad? —balbucea.

—¡Desde luego! ¡Menudo airbag debe tener tu coche, amigo! No sé cómo has podido salir de él y alejarte andando.

Cuando mira a los ojos del hombre, cree ver el destello del ópalo.

— El destino te invita a seguir viviendo. Con un poco de suerte, en unas horas estarás en tu casa y podrás disfrutar del Halloween con tu familia —le susurra.

La cara del médico se difumina porque las lágrimas se convierten en turbias cortinas.

Mientras lo acomodan en la camilla y, antes de que cierren la puerta, cree ver siluetas difusas, pequeñas y deformes en la niebla, que le dicen adiós.

La ambulancia arranca y solo piensa en una cosa.

¡Otra Oportunidad! ¡La Oportunidad de cambiar su vida!

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario especial Halloween
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia a partir de los datos del reto.

Animado Albedrío

Fotografía de un parque ornamental japonés.  Un riachuelo divide la pantalla desde el centro hacia la derecha y luego hacia abajo y a la izquierda. El verde domina la zona izquierda, los árboles la parte superior y flores de color rosa la zona inferior de la fotografía.
El clima de la imagen contagia serenidad y relax.
Imagen de ADD en Pixabay.

Como cada mañana, se deleitaba con su paseo mañanero. Le encantaba aspirar el aire recién bañado por el sol y contemplar como la vida se iba despertando entre los árboles. Se sentía alegre y enérgica. Solo el hecho de poder salir y disfrutar de la naturaleza le entusiasmaba y llenaba de vigor. Le encantaba saltar, bailar y correr por la hierba. Eso sí, intentando no llamar demasiado la atención.

El dulce gorjeo de los pájaros se veía interrumpido por los madrugadores visitantes del parque. Unos iban a correr y sus resoplidos y pisadas retumbaban en el silencio. Otros sacaban el perro a pasear y protestaban por tener que recoger sus excrementos. Aunque algunos, definitivamente, lo dejaban abandonado con mal disimulo. Pensarían que eran abono para el albero, porque césped quedaba ya poco.

Se encontró una almendra y se la guardó.

De banco en banco, se paraba a contemplar a la gente. Se alegraba de ver a personas mayores con la energía suficiente para marchar joviales por los senderos en sus excursiones diarias. Todavía era temprano para que los niños invadieran el parque y pusieran a prueba su vitalidad. En realidad, no se veía demasiada gente. Aunque, sí había algunas parejas que engañaban sus agendas para compartir un rato entre los árboles. Algunas parecían amanecer ya en plena fogosidad.

Se encontró un anacardo y se lo guardó.

Un chico y una chica estaban sentados juntos en el mismo banco, pero, en lugar de iniciar un tierno y delicado acercamiento, empezaron a discutir. Se alejó de los gritos sin entender por qué estaban de mal humor en lugar de disfrutar del ambiente tan fantástico, tan lleno de vida.

Encontró una nuez y se la guardó.

Se adentró en un parterre lleno de preciosas flores y se dejó cautivar por sus olores y sus colores. Eso sí, de ninguna de las maneras se permitió dañar a ninguna. Ni siquiera molestó a las abejas que zumbaban recolectando el polen y el néctar de los estambres. La naturaleza había que disfrutarla y admirarla, pero nunca molestarla o lastimarla.

Encontró varias semillas más y se las guardó.

Un segundo de distracción y un enorme perro le lanzó un ladrido que le hizo saltar varios metros del susto. Mirándolo de reojo, corrió lo más rápido que pudo y se encaramó a un árbol. Con solo dos saltos consiguió llegar hasta la copa. Desde arribó miró al perrazo y se burló de él. Es lo que tienen estos cuatro-patas barrigones, buena vida, mucho genio, pero poca agilidad.

Decidida a no arriesgarse más, se balanceó de rama y rama y, pasando de árbol en árbol, llegó hasta su casa. Guardó todos los frutos secos, que había encontrado, en su almacén y luego se fue al dormitorio para despertar a sus pequeños retoños. Solo se veían sus enormes y peludas colas que le servían como mantas.

—¡Vamos perezosos, arriba, que ya es de día! —Tocando palmas y dando pellizcos los hizo despertarse.

Después de un fructífero desayuno, todos se asomaron entre las ramas para disfrutar de la jovialidad del parque en primavera.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Escribe un relato que hable sobre la Jovialidad.

Moondreams

Sentada en la cama con los pies en el suelo, Selene pasea su mirada perdida por la habitación. Sus pies descalzos, se balancean rozando levemente el suelo. Intenta que el frío de las baldosas le transmita calma y serenidad. Es su manera de tomar contacto con la tierra. Aunque un par de pisos de distancia la separen de ella y en realidad solo esté pisando una pieza de mármol. Piensa en otro día más. Pero no en el día de la semana, ni siquiera del mes. Piensa en otro día más de la vida. Ese que comienza con la luz del sol y termina con la salida de la luna. Pero… ¿por qué no al revés?

Siempre pensamos que el sol es sinónimo de vida y la oscuridad, que difumina la luna, símbolo de la muerte. La luz del sol es sustento de todos los seres vivos y, por tanto, también lo es para nosotros. Pero, ¿por qué no empieza el día con la salida de la luna? ¿Por qué la noche es el final y no el comienzo?

Mientras su cabeza piensa inconsciente en este dilema, su paciencia se incrementa. Las sombras se van alargando lentamente, camino del crepúsculo. Su mirada contempla la ventana abierta. El cielo se va maquillando con matices amarillos, rojos y naranjas. El aire huele a verde y cantiñea con la vida que revolotea en los árboles. Sin embargo, para Selene el día es solo el tránsito necesario para que renazca la luna. Su luna. En cuanto aparece, se empeñan en mandarla a dormir. Por eso siempre se escapa antes de que salga. Para que nada ni nadie le impida ir a su encuentro.

Lleva horas sentada en la cama, esperando vehemente. Contempla como siguen moviéndose las sombras, en un baile siniestro mostrando el transcurrir del tiempo. Cuando ve que se han alargado tanto que presagian la oscuridad, salta impulsivamente de la cama y se dirige el espejo.

Allí ve a una niña de melena morena y ojos melosos que desafían al tiempo. Su cara es impoluta y solo dos pequeñas arrugas bajo los ojos se atreven a desfigurar una piel fresca e inmaculada. La cría que la mira le muestra la rebeldía propia de la juventud, que se niega a acatar las normas. La que no dejará nunca que le maten sus ilusiones. Le lanza un guiño cómplice y se presta a asearse y vestirse.

Coge su mochila y mete en ella lo imprescindible: su cepillo y la pasta de dientes; una muda, por si hiciera falta; su camiseta de la suerte, con el texto “El día tiene ojos, la noche tiene oídos”; y una libreta de notas con su lápiz favorito…

Cuando comprueba que no se olvida de nada, se vuelve y busca a su leal compañera:

—Moony, no te entretengas, es hora de irnos.

—Estaba buscando mi cepillo —le responde su fiel amiga, trasteando entre los cajones.

—¡Vamos, tenemos que salir antes de que nos descubran!

—¡Aquí está! ¡Partamos raudas y veloces a la aventura! —le dice su osita de peluche, saltando a su espalda y agarrándose a su mochila.

Decidida, se acerca a la ventana y, dejando caer su pequeño cuerpo hacia fuera, se encarama a la robusta hiedra que está abrazada a la pared. Baja con dificultad, pero sin miedo. En unos segundos salva los dos pisos que la separan del suelo, aunque para su edad, parece que estuviera bajando por un acantilado. Cuando se posa sobre el césped, sale corriendo sin hacer ruido. Sus pisadas son tan pequeñas y livianas que parece que no tocan la hierba. El viento se pelea con su blanca melena, haciéndola revolotear en un baile entusiasta, pero ella, sin dejar de sonreír, le reta en una rápida carrera hacia un pequeño montículo de rocas que la resguardarán de las miradas de la casa. Escondida tras esta pequeña colina se dispone a ver salir su admirada luna.

Un niño/a pequeño/a se asuma a un risco, acompañado de su oso de peluche, para contemplar una enorme y hermosa luna llena. El cielo no está todavía negro. Una neblina de nubes blancas le dan marco a la luna en un cielo azul cobalto.
Imagen de Myriam Zilles en Pixabay

—Es preciosa, ¿Verdad Selene? —le dice su amiga Moony cuando el astro se eleva en el cielo.

—Hoy está plena y más bella que nunca. Sabe que iremos a su encuentro —le responde Selene.

Cuando la luna alcanza su máxima altura, salta fuera de las rocas y comienza a correr hacia el bosque. Sus doloridas y achacosas piernas se resisten. Le cuesta dar siquiera un paso, pero su entusiasmo las impulsa a galopar por el bosque. En un claro, entre los árboles, se encuentra su nave, un pequeño, pero potente cohete, listo para despegar.

Se dirige hacia él y sin pensarlo sube su escalinata hasta la puerta. Esta se abre automáticamente y le saluda:

—¡Buenos tardes, capitana! —resuena argéntea la voz de la IA—. Espero que haya pasado un buen día. ¿Dispuesta para el viaje?

¡¡¡Sí, siempre!!! —grita Selene. Arroja su mochila y se acomoda en el asiento del piloto.

—Despegamos, capitana. ¿Rumbo a la luna?

—¡Claro! ¿Hay un destino mejor?

De forma inmediata, los motores comienzan a rugir y un estremecimiento gradual comienza a hacer temblar toda la nave. Mientras, en el exterior, una gran polvareda los va envolviendo y ocultando de curiosas miradas. Propulsado por una gran nube blanca y azul, el cohete va rasgando el aire y se eleva hacia los cielos. Selene siente la brutal fuerza que la incrusta contra el asiento, pero su inmensa sonrisa no deja de iluminarle la cara.

La astronave abandona la atmósfera y se adentra en el oscuro espacio camino del satélite. Selene puede contemplarla en la inmensa ventana que domina toda la consola. Ve cómo se va haciendo cada vez más grande y su corazón trota desbocado.

La distancia se le hace muy corta, para ella han pasado solo unos minutos, y ya está alunizando sobre el regolito que cubre el suelo. En el justo momento que los motores se detienen, salta del asiento y se dirige hacia el traje espacial que se encuentra preparado al fondo de la cabina. Se enfunda en el compacto mono y se coloca el casco.

—¿Lista, capitana? —le reclama la IA.

—¡Lista y dispuesta! —responde Selene.

—Yo me quedo guardando la nave —le dice su amiga, la osa—, disfruta del paseo, pero ten cuidado ahí fuera.

La puerta se abre y la pasarela se despliega hacia el suelo lunar. La noche se deja agujerear por la miríada de estrellas que intentan iluminar tenuemente el astro.

Selene se asoma al exterior e, inconscientemente, aspira intentando impregnarse del olor de la luna. Por un momento, está a punto de abrirse el casco y sonríe ante su torpeza. No, es una astronauta experimentada y no cometerá ese fallo.

Comienza a descender de la astronave y la poca gravedad la hace flotar. No puede evitarlo. Se pone a saltar y, poco a poco, va ganando altura. Comienza un alegre baile que le hace dar volteretas en el aire, brincando cada vez más alto, cada vez más feliz. Sus risotadas parecen escucharse a través de la escafandra y alterar el silencioso eco de la noche lunar.

Sin darse cuenta se está alejando del cohete y va adentrándose en la soledad de la luna. Cuando sus huesos empiezan a quejarse y la avisan de que es suficiente, consigue calmarse y aterriza de nuevo en el suelo. Desde donde está, no puede divisar la nave. Sin embargo, no está asustada porque la luna es su refugio, su hogar. Tan solo tiene que espera a que aparezcan sus anfitriones.

En pocos instantes, tenues siluetas la invitan a seguirlas. Corre, salta y juega con ellas y, después de una corta caminata, las ve perderse en un inmenso agujero que se adentra en el subsuelo. Como unas fauces, produce un estruendoso temblor que parece querer engullirla. Tres inmensas escaleras comunican la superficie con la negrura interior. Las dos laterales son automáticas, una sube y otra baja. La de en medio mantiene sus escalones estáticos invitándola a descender. Le gustaría bajar por esta última, pero está ya muy cansada. Siempre le han dado miedo las escaleras mecánicas, sobre todo las que bajan hacia la oscuridad, parecen lenguas con vida propia que la llevarán hacia el estómago de una bestia hambrienta.

Una escalera central aparece escoltada por dos escaleras mecánicas (se supone que una de subida y otra de bajada) . El ambiente es oscuro y la iluminación incide principalmente en la escalera no mecánica, dejando las otras dos en penumbra y ocultando todo el entorno.
Imagen de Okan Caliskan en Pixabay

Con un ligero encogimiento de hombros, se deja arrastrar por ella y se adentra en la oscuridad. El silencio es fúnebre y denso. Ni siquiera el movimiento de la escalera es capaz de disiparlo. No le asusta el camino porque está acostumbrada a usarlo. Sin embargo, siempre le embarga una inmensa tristeza. Su aventura está a punto de terminar.

La poca luz que la iba acompañando, termina por abandonarla. Las luces de su traje se activan y espantan las tinieblas. Sabe que se puede quitar el casco, allí abajo puede respirar sin dificultad, pero aún aguanta un poco más. El aire no es fresco, pero tampoco huele a caverna. Huele a limpio, a demasiado limpio. Apesta a alcohol y desinfectante.

Cuando llega al último escalón, la escalera la deposita suavemente en el suelo. Ella avanza un paso más y se quita el casco. Espera unos segundos y, con un afligido suspiro, reanuda el camino hacia la negrura. Conforme sus ojos se van adaptando a la oscuridad divisa una solitaria mesa, brevemente iluminada. Encima hay un libro abierto. Se dirige hacia ella y se sienta en la incómoda silla. Alguien, sin preguntar, le pone por delante cubiertos y un plato lleno de un líquido burbujeante. Selene acerca el libro, lo coloca junto al plato y comienza a leer al mismo tiempo que va tomando pequeños sorbos de su cuchara.

A los pocos minutos, alguien la llama:

—¡Selene! —Se escucha en la oscuridad—.  ¡Selene! —repiten de nuevo.

Ella está ensimismada intentando leer en las páginas del libro, pero no la dejan concentrarse.

—¡Selene! ¿Selene? ¡Contesta! ¿Has terminado con tu sopa?

Levanta muy despacio la cabeza, mira el plato con el líquido frío y luego le sonría a la enfermera. No responde, solo hace un gesto afirmativo con la cabeza. La chica se lleve su plato y la deja de nuevo a solas con su libro. Su mirada deambula por la estancia, va despertando de su ensoñación y ve como los demás ancianos también han terminado su cena y se disponen a regresar a sus habitaciones.

Un rayo de luz incide sobre un libro abierto, aproximadamente por el centro de sus páginas. El entorno es oscuro para resaltar la iluminación sobre el libro.
Imagen de Nitin Arya en Pexels

Finalmente, sus ojos se dirigen a una pequeña ventana que deja entrar los tenues rayos de la luna. Estos la dirigen de nuevo hacia el libro, iluminando sus páginas. Sin embargo, ya no puede seguir leyendo. Mientras sonríe, piensa en lo fácil que es viajar con los libros, pero lo difícil que es permanecer dentro de ellos. Lo cierra, suspira, acaricia su portada y la vuelve a leer: «De la Tierra a la Luna» y regresa a la realidad de su habitación.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de las imágenes propuestas.

No es Fácil Ser un Superhéroe

Después de un duro día de batallas siempre me gusta sentarme a pensar sobre mis sufridas aventuras. A veces, creo que no merecen la pena tantas magulladuras, moratones y heridas en el cuerpo, pero, cuando veo la sonrisa en la cara de aquellos a quienes he conseguido ayudar, las ilusiones se me recargan y me empujan a seguir luchando contra los malvados.

No todos piensan así, claro. La gente que me ve por la calle corriendo detrás de un perro malvado, se pone histérica cuando tropiezo con ellos y les tiro lo que llevan en las manos. Son accidentes sin importancia. Un superhéroe no puede evitar ciertas cosas, sobre todo cuando no puede volar. Mis profesores han gastado ya decenas de bolígrafos poniéndome partes y notificaciones. Solo porque en medio de la clase me pongo a gritarles a las malvadas sombras que acechan entre los pupitres. Y mis padres… ¡¡¡Ufff!!! Esto es lo peor. Son los que menos me creen. Quieren ponerme en manos de un psicólogo o un psiquiatra. No sé cuál ha sido su última elección. Dicen que están desesperados, pero es que yo soy así. Soy un superhéroe y no puedo actuar de otra forma.

Hoy la cosa ha sido bastante complicada. Hace unas semanas llegó a clase un alumno nuevo. Un chico que no es de por aquí. Yo creo que incluso es de muy afuera. Tiene aspecto muy distinto a nosotros y habla de una forma muy rara. El color de su piel, sus ojos, su pelo… hasta su risa es distinta. No sé por qué no les gusta a los demás compañeros. A mí me encanta su forma de ser. Sobre todo su amplia, blanca y sincera sonrisa. Porque aunque lo empujen, le den coscorrones, lo tiren al suelo… él siempre responde mostrando ese brillo inocente en su cara. Eso hace que los demás se enfaden todavía más. ¡No sé por qué! No recuerdo su nombre, porque es difícil de pronunciar, pero yo le llamo Robin. Es el compañero perfecto para un superhéroe como yo.

Hoy hemos tenido que enfrentarnos solos a los matones. Solos. Porque el resto de la clase, como siempre, ha mirado a otra parte, y los profesores, siempre despistados con sus cosas, ni se han dado cuenta de la trifulca. Pero les hemos dado para el pelo. Querían quitarle el bocadillo a una chica muy pequeña y tímida. No lo hemos dudado ni medio pestañeo. Nos hemos lanzado en su defensa e, incluso, hemos conseguido que se manchen la ropa. Nosotros hemos necesitado más tiritas y mercromina, pero que sería de un superhéroe sin heridas para contar.

Robin y yo estamos acostumbrados a batirnos en duelo todos los días para defender a los compis más débiles. Aunque terminemos casi siempre en el despacho del director. Él no entiende de superhéroes y, además, siempre piensa que las peleas las empezamos nosotros. Bueno, en eso tiene razón, pero lo hacemos por una buena causa.

Pero esto no ha sido lo más difícil. Al salir de la escuela hemos visto, en uno de los árboles del jardín, cómo un precioso, colorido y gran pájaro estaba enredado entre sus ramas. Sus graznidos sonaban muy fuertes y como con eco. No entendíamos cómo había podido meterse allí dentro él solo. Tal vez, alguien malvado lo empujó allí y luego se fue corriendo huyendo. La gente malvada es así de malvada. Cuando Robin y yo lo hemos visto, no lo hemos dudado ni un pestañeo. Como él es más grande y fuerte que yo, me ha ayudado a subir al árbol para sacarlo de allí. Ha sido un poco difícil, pero al final lo hemos conseguido. Bueno, lo ha conseguido él. Me ha aupado hasta la rama, yo he podido encaramarme a ella y… Parece que el pobre pájaro estaba muy asustado, porque la ha emprendido a picotazos conmigo. Se ha puesto muy alterado y a punto he estado de tirar un nido con huevos que había cerca. Menos mal que mi súper-agilidad y mi súper-velocidad han evitado que se cayeran del árbol. Los huevos, yo he terminado desplomándome encima de Robin. Sin embargo, el pájaro ha salido volando y gritando. ¡¡¡Misión cumplida!!! Otra colección de tiritas y moratones para presumir de la batalla. Pero eso es lo de menos cuando se hace feliz a un pajarete. Aunque el muy travieso no se ha parado ni a darnos las gracias. Estaría demasiado asustado y loco, porque cuando nos íbamos, hemos visto que se empeñaba en volver al árbol. Bueno, él sabrá. No puedo estar todo el día ayudándolo a él, hay más gentes que necesitan de nuestra ayuda.

Luego, cerca de casa, una mujer mayor. Mayor quiero decir de más edad. Vamos que parecía vieja. Pero no les gustan que las llames así. Mujer mayor les parece menos insultante. Aunque yo no la estaba insultando. Bueno, pues esta mujer vieja estaba tirando de un carro lleno de trastos y parecía que pesaba mucho y le costaba moverlo. Robin y yo no lo hemos pensado ni tres pestañeos. Sí, un poco más que con el pájaro, porque la cara de la vieja mayor no era muy amigable. No hemos hecho caso de sus gritos y la hemos ayudado a subir el carro a la acera. El escalón era demasiado grande y ella estaba atascada intentando empujarlo. Muchos tiestos de los que llevaba en el carro se han caído al suelo. No se han roto, porque ya estaban bastante averiados. De hecho, creo que eran bastante viejos y muy estropeados y sucios. Pero no seré yo el que le diga a esa señora vieja lo que tiene que comprar o no. Cuando la hemos dejado felizmente, encima de la acera, parece que quería abrazarnos, aunque a mí me ha dado cosa, su ropa estaba un poco sucia. Luego se ha puesto a gritar, supongo que de alegría, pero como no tiene dientes no se le entendía muy bien. Además, parecía que quería bajar el carro de la acera, otra vez. A lo mejor es que es muy indecisa. Quizás es que ha visto como lo hemos hecho nosotros y ha querido probarlo por ella misma. ¡No importa! ¡¡¡Otra misión cumplida!!! No, tampoco nos ha dado las gracias, pero un superhéroe no espera gratitud de la gente. Solo nos contentamos con una sonrisa. Aunque la de esta mujer asustaba un poco, al no tener más que un par de dientes.

Pero el trabajo de hoy no había terminado. Por eso digo que ha sido un día muy duro. Al llegar a casa, antes de despedirnos Robin y yo, hemos visto que mamá se había olvidado de sacar unas cajas para que las recogiera el camión de la basura. Eran unas cinco cajas de cartón muy pesadas. Hemos tenido que sudar bastante y sacar nuestra súper-fuerza, pero después de mucho lo hemos conseguido. Justo por los pelos. El camión ha llegado escasos segundos después de que nosotros hubiéramos sacado la última caja. Los empleados de la basura son muy curiosos y no han dudado ni dos pestañeos en mirar lo que había dentro de las cajas. Se han puesto muy contentos al verlo. Creo que estaban muy felices de que les hayamos ayudado.

Robin se ha ido ya a su casa para comer y estudiar. Yo aún tengo que hacer mi reflexión diaria. Me escuecen las heridas y me siento muy cansado. Sin embargo, ya lo dice mi superhéroe favorito: «¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos».

Necesitaré unos minutos más para dejar aquí al superhéroe y entrar en mi casa siendo de nuevo solo un niño. Aunque antes, intentaré calmar a mi mami. Está como loca gritando: ¡¡¡Quién se ha llevado mis cajas de libros!!! Parece que hay ladrones por el barrio. Está muy claro. Este vecindario no sería lo mismo sin un superhéroe como yo.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de la imagen propuesta.

VadeReto (Mayo 2020)

Logo del VadeReto correspondiente al mes en curso.
Las letras de "Va de Retro", bañadas en oro, se sitúan sobre un libro abierto de color amarillo, con páginas vacías. La segunda "r" de Retro simula caerse para dejar el verdadero nombre del reto.
El libro reposa sobre un marco circular plateado, con relieves de laureles triunfales.
En la parte de abajo, dentro de un rectángulo gris, y en color rojo, aparece el mes y el año, de forma abreviada..

Buenos días/tardes/noches sean…

Este mes llego un poco tarde, pero… como tampoco tenemos bulla 😜.

También seré breve. Siempre intento que nuestro VadeReto sea distinto al anterior y, si es posible, diferente al resto. Aunque ya hemos hecho alguno a partir de una imagen, esta que he encontrado es impactante y sugiere demasiadas cosas:

Su apariencia es la de una imagen triste, sin embargo, podéis darle un giro a la escena y llevarla al terreno que más os apetezca. Dejad volar vuestra imaginación y sacad esa historia que os inspira la fotografía.

Nada más. Espero que todos estéis bien y que este confinamiento esté ya a punto de terminar. Nuestras vidas necesitan regresar a una tímida normalidad.

Y, como siempre, lo más importante, no os olvidéis de DISFRUTAR escribiendo.

Mi Relato para el VadeReto:

No es Fácil Ser un Superhéroe
Después de un duro día de batallas siempre me gusta sentarme a pensar sobre mis sufridas aventuras. A veces, creo que no merecen la pena tantas magulladuras, moratones y heridas en el cuerpo, pero, cuando veo la sonrisa en la cara de aquellos a quienes he conseguido ayudar, las ilusiones se me recargan y me empujan a seguir luchando contra los malvados…

Aquí el relato completo

VadeReto (Abril 2020)

Logo del VadeReto correspondiente al mes en curso.
Las letras de "Va de Retro", bañadas en oro, se sitúan sobre un libro abierto de color amarillo, con páginas vacías. La segunda "r" de Retro simula caerse para dejar el verdadero nombre del reto.
El libro reposa sobre un marco circular plateado, con relieves de laureles triunfales.
En la parte de abajo, dentro de un rectángulo gris, y en color rojo, aparece el mes y el año, de forma abreviada..

Buenos días/tardes/noches tengáis…

Puede que sean Malos Tiempos para la Lírica, como decía Golpes Bajos. Quizás sea al contrario y debamos dejar salir nuestros sentimientos escribiendo. Son momentos jodidos y debemos enfrentarlos juntos uniendo nuestras fuerzas, aunque algunos sigan remando en sentido contrario. Desde aquí siempre he intentando poner una nota de humor y diversión para aislarnos del maremagnum exterior. Por eso, en el VadeReto de este mes se me ha ocurrido algo especial que espero os guste. Ojalá sirva para aliviar tensiones y alegraros el día.

El siguiente audio es de una muy buena amiga, mejor escritora y grandísima persona. Espero que os inspire a escribir algo. En caso contrario, simplemente, escuchadlo y dejad que os contagie. Seguro que os saca algo más que una sonrisa. Solo tenéis que pulsar sobre la imagen siguiente:

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Enlace Alternativo del Audio

Este es el único requisito de este mes. Dejaos llevar por el audio y escribid.

Ya sabéis, la extensión mínima es de 100 palabras y podéis extenderos lo que vuestra creatividad, imaginación y espíritu literario necesite.

Ojalá este momento pase, mucho antes de lo previsible, y podamos seguir disfrutando de nuestras vidas en unión de nuestra gente. Sin confinamiento ni restricciones. Ojalá también esto nos pueda servir de aprendizaje. Está siendo un impresionante paréntesis en nuestras vidas. Necesitamos cambiar nuestros malos hábitos y aprender a convivir con educación, alegría y optimismo. También la naturaleza necesita de nuestro atención. Debemos respetar nuestro entorno y cuidar más nuestro planeta. Es el único que tenemos. Al menos, de momento.

Ánimo, fortaleza y esperanza. Entre todos podremos conseguirlo. Y, por supuesto, NUNCA dejéis de escribir. Es el viento que impulsa nuestra imaginación y nos hace ser más libres.

Dos jóvenes saltan de alegría en la orilla de una playa. Solo se ve sus siluetas, teniendo como fondo una puesta de sol, donde ya se ha escondido el astro.
La imagen es una típica fotografía a contraluz donde las siluetas toman el protagonismo en el centro.
Imagen de Moni Mckein en Pixabay

P.D. Cuarta y última oportunidad para participar en el VadeReto del primer cuatrimestre del 2020. La lista de libros disponibles la podéis consultar en el siguiente enlace:

Sorteo VadeReto

La Gesta de un Héroe Alucinante

Imagen de Sarah Richter en Pixabay

Estaba siendo un día de mierda y la tarde amenazaba con seguir por el mismo camino. Sentado en uno de los bancos del parque, mientras contemplaba cómo las nubes formaban preciosas y curiosas imágenes, mi primo Perrishi llega como un tsunami e interrumpe impunemente mis elucubraciones.

—Manolillo, queashe ahí tan enshimismao. She te van a eshcurrí lash neuronas, tío.

A veces, no sé si su shesheo es porque quiere aparentar buena pronunciación o, simplemente, es muy gilipollas. El hecho es que debería tener preparado un paraguas cada vez que converso con él.

—Aquí estoy, Perrishi, intentando resolver la ecuación del mundo.

—¡Qué dishe, tío! Pa matemática eshtoy yo, ¡anda ya!

Se sienta a mi lado, dándome un tremendo culazo, y me enseña una bolsita llena de hierbas.

—¿No es un poquito temprano para eso, prenda? —le dijo guiñando y con cara de precupación.

Él me responde intentando mostrar cara de villano de peli mala.

—Eshto queshtá viendo, no esh un coshto cualquiera, tío. Esh una cosha nueva que me ha traío el Juantripi. Dishe que te hashe shentí como Shupermán —añade moviendo sus peludas cejas.

—¿Dice? Eso es que todavía no lo has probado, ¿Verdad?

—Esh que ya shabes que no me gusta probá mi materiá. Hay que mantené un límite con el produshto. Uno no puede shé conshumidó de shus mierdas.

—¡Claro, seguro! Quieres mantenerte al límite. ¿No será que quieres que lo pruebe yo antes, para asegurarte de que no te mata? ¿Te crees que soy tu conejillo de indias?

—Avé, Manolillo. No sheas mash tiquishmiquish. Dale solo una calaíta. ¿Qué te va a pashá?

Me estaba empezando a poner perdido a salivazos. Estaba por pedirle que me hablara por señas o escribiéndolo en un papel.

—¿Qué me entren unas diarreas sinfónicas que me hagan llevarme dos días sin salir del váter?

—¡Que shagerao eresh, primo! Ira, yoshtoy asquí pa shocorrerte. Tú le dash una calaíta cortita y shi yo veo que te ponesh morao me pongo a gritá y a llamá a quien haga falta. —¡Ah, bueno! Siendo así, tenía el mayor de los consuelos. ¡Qué elemento!

Como el Perrishi me conoce bien, y sabe que no me puedo resistir a sus mierdas, le hago un gesto de aprobación y le dejo hacer. Además, así evito que siga duchándome.

Se saca un papel del bolsillo, vuelca un poco de la hierba dentro y con una increíble habilidad, producto de sus muchas prácticas, lía el porro con una sola mano. Cierra un ojo, se lo pone delante del otro. Mira la perfección del alineamiento del canuto y me lo pasa.

—Ma queao perfeshto, primo. Anda, tuya esh la pash y la gloria por shiempre —Encima el cabrón se pone litúrgico.

Intento darle una calaíta suave y controlada, pero, como siempre me pasa, estoy a punto de apurar el cigarro de una sola chupada. El humo entra en mis pulmones. Lo dejo deambular por ellos unos segundos y luego, muy despacito, lo voy soltando por nariz y boca al mismo tiempo.

Miro al frente. Levanto la vista al cielo. Observo a mi alrededor y luego al Perrishi.

—¿Qué? —me interroga con impaciencia.

—Yo no noto nada. Creo que te han dado coba, Perrishi.

—¡¡¡Me cago en su putísima mare!!! Le voy a estar dando cates hasta que hable en arameo. —Sí, ha dejado el shesheo. Con el cabreo se le ha olvidado. Será hijodeputa.

—Joder, primo. Siempre te están engañando. ¿Seguro que te habrá cobrado un pastón por esta porquería?

—¡Qué va! Si en realidad se lo he robao, pero me había dicho que era una cosa guapa, guapa. Deja que coja a ese peazo de cabrón. ¡Del Perrishi no se chachondea nadie!

Y diciendo esto, sale bufando y soltando lindezas por su boca. Yo me voy a terminar el cigarro. Tiene buen sabor y es relajante. Además, no tengo más tabaco encima.

Vuelvo a deleitarme mirando el cielo. Durante unos cuantos minutos contemplo cómo las nubes siguen formando curiosas figuras. De pronto, una de ellas se transforma en un inmenso pene. Va creciendo de forma inverosímil y su glande me mira sonriente. Yo intento disimular, buscando conejitos, dragones y florecitas por el cielo. Localizo una que parece una azucena esponjosa, pero que al ver a la enorme verga se transfigura en una impresionante vagina. ¡La mare que me parió!

Desvió la vista del cielo, más turbado de lo normal, y miro al suelo. Una larguísima columna de hormigas realiza su marcial desfile rumbo a alguna parte. Van y vienen, siempre manteniendo la fila, en aparente armonía. En una de estas, todo el batallón se para en seco. Van tropezando unas con otras. Se mosquean y protestan. La que va en cabeza, vaya molondro que gasta la muchacha, se gira y me planta cara.

—¿Se puede saber qué estás mirando? —Yo no respondo. Me he quedado más congelado que la mano de mi suegra—. ¿Te parece divertido contemplarnos trabajar mientras tú estás ahí sentado tocándote los cojones?

Aunque es un ser muy pequeño, puedo escucharla nítidamente. Eso sí, tiene una de esas voces chillonas y machaconas que te taladran el cerebro.

—Disculpe usted, señora…

—¿¡CÓMO QUE SEÑORA!? —Del grito me ha destaponado los dos oídos—. ¡¡¡Te reviento la cabeza de una pedrada!!!¡¡¡Soy Señorita!!! ¡¡¡Mezcla de sapo y borrico!!! —Vaya genio se gasta la señ… hormigonera—. ¡¡¡Deja de mirar como trabajamos y levántate ya del banco, que se te van a poner los huevos cuadrados!!! —Tiene que ser por lo menos generala de siete estrellas la muchacha.

Me quedo sin habla y con más mala cara que un bulldog mojado. La hormigona, igual de cabreada que el Perrishi, reinicia el desfile y se lleva a toda la tropa a su incierto destino. Las pobres van con la lengua fuera por el ritmo frenético que les aplica la jefa.

No me da tiempo a levantar la cabeza cuando empiezo a escuchar gritos. Intento localizar los alaridos y enfoco la vista en el edificio de enfrente. Desde el primer piso, una preciosa rubia grita asomada al balcón. Luce una bata de gasa, vaporosa y casi transparente, que deja ver su fascinante cuerpo embutido en su sexy ropa interior. Grita. Me llama gritando. Grita y me insulta. En realidad, no logro averiguar qué es lo que me estaba diciendo. Cierro los ojos, intentando aguzar la vista, y veo que desde detrás de ella sale un mar de humo. ¿Y si no me está llamando a gritos? ¿Y si en realidad está pidiendo auxilio?

Intento levantarme del banco, pero en lugar de andar, me alzo del suelo usando mis alas. Sí, me han salido alas. ¡¡¡Qué fueeerteeee!!! Salgo volando y me acerco al balcón de la chica y esta, al verme, me muestra su más dulce y sensual sonrisa.

—Aquí está tu superhéroe. ¿Te llevo a alguna parte preciosa? —le digo mostrando mi cara más seductora.

—Oh, mi arcángel favorito. Has acudido a mi ayuda. —¿Arcángel? ¿Eso qué es? Me han dicho cosas más raras. Yo me siento más bien como un palomo mareado—. Espera, no puedo salir así vestida, déjame unos minutos que me cambie de ropa.

Su casa se está quemando y ella quiere ponerse un look más apropiado para mi película. No me extraña. Sé cómo se comportan las mujeres conmigo. Nerviosas, atolondradas y sobre todo raras, muy raras. No la espero y me dispongo a entrar también en su casa, pero un gorrión despeinado, apoyado en la barandilla, me interpela:

—¿Eres tú mi amante bandido? —Sí, me lo ha dicho cantando e imitando al Bosé. Gorjea y me silba sin recato—. ¿Te apetece un revolcón entre plumas?

Desvío la mirada, sintiendo mi cara arder. No sé si será de la vergüenza o del calor que sale de la habitación. Penetro en ella y el humo me hace casi imposible ver nada. Busco a la chica, pero no la encuentro. La humareda va tomando forma y, al igual que antes las nubes, se va transfigurando en el esbozo de una silueta. Cuando se define, toma el aspecto de una bruja muy vieja y muy fea.

—Eres una preciosa harpía. ¿Te gustaría una noche loca de magia negra? Ya sabes, ¿nigromancia, orgía con los muertos, borrachera de sangre…?

La leche. ¡Qué miedo y asco! Salgo espetado de la habitación antes de que me ponga las zarpas encima. ¡Qué coño pasa! Todo el mundo se quiere enrollar conmigo. ¡Me habré levantado hoy con el bonito subido!

Salgo al pasillo de la casa y busco al motivo de mi heroicidad. No la veo por ninguna parte, pero escucho trastear en el salón. Entro y me la encuentro en el suelo, a cuatro patas, mostrándome su lindo culo enfundado en un lujurioso tanga rojo. Su contoneo me está poniendo como el fogón de un mercancías. No me lo pienso dos veces, me abalanzo hacia ella, la cojo por la cintura y … me la cargo bajo el brazo. No es momento de lujurias desenfrenadas. Lo primero es lo primero, salir de allí antes de que parezca un pinchito braseado.

Intento regresar de nuevo al dormitorio, para salir por el balcón. Sin embargo, la habitación está inaccesible, las llamas deben haber prendido en la cama y no hay forma de escapar por allí.

La chica grita, gime, patalea, me araña. Está claro que ha entrado en pánico. Me muerde una oreja. ¡Hijadeputa, se ha vuelto histérica!

—Si solo quiero salvarte del fuego, chiquilla —le grito para calmarla.

No surte efecto, me gruñe y me muestra los dientes. No le hago caso y enfilo el portón. Lo abro como los vaqueros en las pelis del oeste. La puerta impacta con tanta fuerza contra la pared que descuelgo todos los cuadros y tiro los libros de las estanterías. Da igual, se iban a quemar. Salgo al descansillo y veo como los vecinos abren sus puertas alertados por mi discreta aparición.

—¡Salvaros vosotros que yo ando un poco liado! —les grito—. Que esta chica parece una princesa, pero pesa como un gorrino cebado.

Ella parece sentirse herida en sus sentimientos e intenta arrancarme la oreja de otro bocado.

—Lo siento, cari, es que me estoy poniendo nervioso. Si en el fondo eres etérea como un ángel —Esto se lo digo resoplando, porque en el fondo pesa tela marinera.

—¡Socorro! —grita una vieja que sale de su casa con una escoba y me da con ella en la espalda.

—¡Gracias, señora! —le digo. La buena mujer está intentando apagarme las alas que han prendido a causa del fuego. Es efectivo, pero no veas como duelen los escobazos. La vieja parece frágil, pero tiene la fuerza de un leñador canadiense.

Pienso en bajar en el ascensor, pero recuerdo las pelis de desastres. Hay que salir siempre por las escaleras. Bajo los escalones de dos en dos y, a veces, de cuatro en cuatro. Más por la inercia que por mi agilidad. Veo peligrar mis dientes en un par de ocasiones. Afortunadamente, son solo un par de pisos.

Los vecinos se asoman al pretil de las escaleras y me gritan. Yo les grito, a su vez, que no me esperen. Que salgan del edificio antes de que sea demasiado tarde. Que no creo que pueda salir y volver a entrar para rescatarlos. Además, tendré que consolar a esta linda doncella que se está poniendo de los nervios. No me hacen caso y siguen gritando. Llaman a la policía. ¡Serán estúpidos, tienen que llamar a los bomberos! Allá ellos.

Enfilo el portal y cruzo la calle. Esta vez lo hago corriendo, no volando. Estoy exhausto y me desparramo en el mismo banco en el que estaba antes. ¡No puedo más! Dejo a la chica posada al lado, junto a mí y me espatarro cuán largo soy. Veo como los vecinos se asoman a las ventanas y siguen gritando. Serán necios, en lugar de salir del edificio se ponen a pedir auxilio.

Miro a la chica que acabo de salvar y ella me mira también. Sus ojos son grandes y acuosos. Sus orejas grandes y sedosas. Su nariz húmeda. Su lengua… ¿Me estará mandando señales? Me acerco y me endiña un lengüetazo que me lava la cara y me peina al mismo tiempo. Claro, está prendada de mí por mi acto heroico.

Cuando me voy a acercar a ella para darle un morreo, aparece de nuevo mi primo.

—Manolillo, ¿¡Qué hashe!? —Parece que se le ha pasado el sofoco y ha vuelto a su excelente pronunciación.

—Pues ya ves. Aquí saboreando el momento romántico del día. ¡Mira que amor de criatura!

—¡Coño! ¿¡Te hash vuelto zoofiliaco de eshos!?

—¿Qué dices, primo?

El bocado que me lanza la chica me hace despertar de sopetón. Ahora la veo nítidamente. Es una preciosa… perra, pero… en el más literal de los sentidos. Es una golden retriever de más de treinta kilos. Blanca con tonos canela. Creo que en el fondo se ha encariñado conmigo. Posa una de sus tremendas patas en mi hombro y me lame la oreja.

También veo a los vecinos que ya no piden socorro, en realidad, me están insultando. Asimismo, escucho las sirenas de la policía. Deben venir de camino. Me doy cuenta que el edificio está intacto y que no hay ni rastro de humo o fuego. Miro a mi primo y le digo: —¡Madre mía! Tenías razón, colega. ¡¡¡Qué colocón más bueno!!!

UN HOMBRE  BAJO LOS EFECTOS DEL LSD SALVA AL PERRO DE LOS VECINOS DE UN INCENDIO IMAGINARIO.
Un neoyorquino de 43 años acabó arrestado por allanamiento de morada, aunque sus intenciones eran buenas y su comportamiento fue heróico... dentro de su alucinación.
18-oct-2016

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de una de las noticias propuestas en el reto.

Esperanza tras la Tempestad

Inmersos en una tormenta inesperada. Nuestros corazones se afligen angustiosos. El futuro es incierto y las emociones acongojan. Sin embargo, siempre hay una luz que muestra el camino de la esperanza. Es el momento de creer en nosotros mismos y mostrar la fortaleza que dudamos tener. Juntos lo conseguiremos.

Microrrelato publicado en el Reto “Emociones en 50 Palabras
de Sadire Lleire (@SLleire)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato o poesía inspirado en la imagen o el sonido propuesto, pero con tan solo 50 palabras.
Este mes, también se propone que la historia tenga lugar durante una tormenta o el inicio de esta.

Este micro ha sido considerado como merecedor del Certificado de Excelencia del reto de este mes:

Galardón otorgado por Sadire Lleire como "Certificado de Excelencia" para este mes de marzo de 2020.

Muchas Gracias, Sadire. 😍😍😍

La Sabiduría de la Naturaleza

La tristeza los mantuvo ocultos mientras la raza dominante exterminaba sin contemplaciones. Abandonaron su entorno, con asco e ira, y se escondieron a la espera. Cuando los destructores se tuvieron que encerrar por miedo a un enemigo mucho más pequeño, más insignificante, pero más implacable, más temible, la naturaleza les devolvió la alegría y, como una bandada de flechas que atraviesan sin permiso, tomaron posesión de la tierra. Las llamadas bestias y fieras volvieron a dominar el mundo y la naturaleza no se sorprendió. Sabía que estas cuidarían mejor de ella, porque su apariencia era sombría, pero sus corazones límpidos.

Microrrelato para el Reto Literario “Escribir Jugando
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: una flecha/un carcaj
Reto opcional: Que aparezca una de las seis emociones básicas:
sorpresa, asco, miedo, alegría, tristeza o ira.

Este micro ha sido galardonado con la mención especial del Optimvs mensi.

Muchas Gracias, Lídia. 😍😍😍