Moondreams

Sentada en la cama con los pies en el suelo, Selene pasea su mirada perdida por la habitación. Sus pies descalzos, se balancean rozando levemente el suelo. Intenta que el frío de las baldosas le transmita calma y serenidad. Es su manera de tomar contacto con la tierra. Aunque un par de pisos de distancia la separen de ella y en realidad solo esté pisando una pieza de mármol. Piensa en otro día más. Pero no en el día de la semana, ni siquiera del mes. Piensa en otro día más de la vida. Ese que comienza con la luz del sol y termina con la salida de la luna. Pero… ¿por qué no al revés?

Siempre pensamos que el sol es sinónimo de vida y la oscuridad, que difumina la luna, símbolo de la muerte. La luz del sol es sustento de todos los seres vivos y, por tanto, también lo es para nosotros. Pero, ¿por qué no empieza el día con la salida de la luna? ¿Por qué la noche es el final y no el comienzo?

Mientras su cabeza piensa inconsciente en este dilema, su paciencia se incrementa. Las sombras se van alargando lentamente, camino del crepúsculo. Su mirada contempla la ventana abierta. El cielo se va maquillando con matices amarillos, rojos y naranjas. El aire huele a verde y cantiñea con la vida que revolotea en los árboles. Sin embargo, para Selene el día es solo el tránsito necesario para que renazca la luna. Su luna. En cuanto aparece, se empeñan en mandarla a dormir. Por eso siempre se escapa antes de que salga. Para que nada ni nadie le impida ir a su encuentro.

Lleva horas sentada en la cama, esperando vehemente. Contempla como siguen moviéndose las sombras, en un baile siniestro mostrando el transcurrir del tiempo. Cuando ve que se han alargado tanto que presagian la oscuridad, salta impulsivamente de la cama y se dirige el espejo.

Allí ve a una niña de melena morena y ojos melosos que desafían al tiempo. Su cara es impoluta y solo dos pequeñas arrugas bajo los ojos se atreven a desfigurar una piel fresca e inmaculada. La cría que la mira le muestra la rebeldía propia de la juventud, que se niega a acatar las normas. La que no dejará nunca que le maten sus ilusiones. Le lanza un guiño cómplice y se presta a asearse y vestirse.

Coge su mochila y mete en ella lo imprescindible: su cepillo y la pasta de dientes; una muda, por si hiciera falta; su camiseta de la suerte, con el texto “El día tiene ojos, la noche tiene oídos”; y una libreta de notas con su lápiz favorito…

Cuando comprueba que no se olvida de nada, se vuelve y busca a su leal compañera:

—Moony, no te entretengas, es hora de irnos.

—Estaba buscando mi cepillo —le responde su fiel amiga, trasteando entre los cajones.

—¡Vamos, tenemos que salir antes de que nos descubran!

—¡Aquí está! ¡Partamos raudas y veloces a la aventura! —le dice su osita de peluche, saltando a su espalda y agarrándose a su mochila.

Decidida, se acerca a la ventana y, dejando caer su pequeño cuerpo hacia fuera, se encarama a la robusta hiedra que está abrazada a la pared. Baja con dificultad, pero sin miedo. En unos segundos salva los dos pisos que la separan del suelo, aunque para su edad, parece que estuviera bajando por un acantilado. Cuando se posa sobre el césped, sale corriendo sin hacer ruido. Sus pisadas son tan pequeñas y livianas que parece que no tocan la hierba. El viento se pelea con su blanca melena, haciéndola revolotear en un baile entusiasta, pero ella, sin dejar de sonreír, le reta en una rápida carrera hacia un pequeño montículo de rocas que la resguardarán de las miradas de la casa. Escondida tras esta pequeña colina se dispone a ver salir su admirada luna.

Un niño/a pequeño/a se asuma a un risco, acompañado de su oso de peluche, para contemplar una enorme y hermosa luna llena. El cielo no está todavía negro. Una neblina de nubes blancas le dan marco a la luna en un cielo azul cobalto.
Imagen de Myriam Zilles en Pixabay

—Es preciosa, ¿Verdad Selene? —le dice su amiga Moony cuando el astro se eleva en el cielo.

—Hoy está plena y más bella que nunca. Sabe que iremos a su encuentro —le responde Selene.

Cuando la luna alcanza su máxima altura, salta fuera de las rocas y comienza a correr hacia el bosque. Sus doloridas y achacosas piernas se resisten. Le cuesta dar siquiera un paso, pero su entusiasmo las impulsa a galopar por el bosque. En un claro, entre los árboles, se encuentra su nave, un pequeño, pero potente cohete, listo para despegar.

Se dirige hacia él y sin pensarlo sube su escalinata hasta la puerta. Esta se abre automáticamente y le saluda:

—¡Buenos tardes, capitana! —resuena argéntea la voz de la IA—. Espero que haya pasado un buen día. ¿Dispuesta para el viaje?

¡¡¡Sí, siempre!!! —grita Selene. Arroja su mochila y se acomoda en el asiento del piloto.

—Despegamos, capitana. ¿Rumbo a la luna?

—¡Claro! ¿Hay un destino mejor?

De forma inmediata, los motores comienzan a rugir y un estremecimiento gradual comienza a hacer temblar toda la nave. Mientras, en el exterior, una gran polvareda los va envolviendo y ocultando de curiosas miradas. Propulsado por una gran nube blanca y azul, el cohete va rasgando el aire y se eleva hacia los cielos. Selene siente la brutal fuerza que la incrusta contra el asiento, pero su inmensa sonrisa no deja de iluminarle la cara.

La astronave abandona la atmósfera y se adentra en el oscuro espacio camino del satélite. Selene puede contemplarla en la inmensa ventana que domina toda la consola. Ve cómo se va haciendo cada vez más grande y su corazón trota desbocado.

La distancia se le hace muy corta, para ella han pasado solo unos minutos, y ya está alunizando sobre el regolito que cubre el suelo. En el justo momento que los motores se detienen, salta del asiento y se dirige hacia el traje espacial que se encuentra preparado al fondo de la cabina. Se enfunda en el compacto mono y se coloca el casco.

—¿Lista, capitana? —le reclama la IA.

—¡Lista y dispuesta! —responde Selene.

—Yo me quedo guardando la nave —le dice su amiga, la osa—, disfruta del paseo, pero ten cuidado ahí fuera.

La puerta se abre y la pasarela se despliega hacia el suelo lunar. La noche se deja agujerear por la miríada de estrellas que intentan iluminar tenuemente el astro.

Selene se asoma al exterior e, inconscientemente, aspira intentando impregnarse del olor de la luna. Por un momento, está a punto de abrirse el casco y sonríe ante su torpeza. No, es una astronauta experimentada y no cometerá ese fallo.

Comienza a descender de la astronave y la poca gravedad la hace flotar. No puede evitarlo. Se pone a saltar y, poco a poco, va ganando altura. Comienza un alegre baile que le hace dar volteretas en el aire, brincando cada vez más alto, cada vez más feliz. Sus risotadas parecen escucharse a través de la escafandra y alterar el silencioso eco de la noche lunar.

Sin darse cuenta se está alejando del cohete y va adentrándose en la soledad de la luna. Cuando sus huesos empiezan a quejarse y la avisan de que es suficiente, consigue calmarse y aterriza de nuevo en el suelo. Desde donde está, no puede divisar la nave. Sin embargo, no está asustada porque la luna es su refugio, su hogar. Tan solo tiene que espera a que aparezcan sus anfitriones.

En pocos instantes, tenues siluetas la invitan a seguirlas. Corre, salta y juega con ellas y, después de una corta caminata, las ve perderse en un inmenso agujero que se adentra en el subsuelo. Como unas fauces, produce un estruendoso temblor que parece querer engullirla. Tres inmensas escaleras comunican la superficie con la negrura interior. Las dos laterales son automáticas, una sube y otra baja. La de en medio mantiene sus escalones estáticos invitándola a descender. Le gustaría bajar por esta última, pero está ya muy cansada. Siempre le han dado miedo las escaleras mecánicas, sobre todo las que bajan hacia la oscuridad, parecen lenguas con vida propia que la llevarán hacia el estómago de una bestia hambrienta.

Una escalera central aparece escoltada por dos escaleras mecánicas (se supone que una de subida y otra de bajada) . El ambiente es oscuro y la iluminación incide principalmente en la escalera no mecánica, dejando las otras dos en penumbra y ocultando todo el entorno.
Imagen de Okan Caliskan en Pixabay

Con un ligero encogimiento de hombros, se deja arrastrar por ella y se adentra en la oscuridad. El silencio es fúnebre y denso. Ni siquiera el movimiento de la escalera es capaz de disiparlo. No le asusta el camino porque está acostumbrada a usarlo. Sin embargo, siempre le embarga una inmensa tristeza. Su aventura está a punto de terminar.

La poca luz que la iba acompañando, termina por abandonarla. Las luces de su traje se activan y espantan las tinieblas. Sabe que se puede quitar el casco, allí abajo puede respirar sin dificultad, pero aún aguanta un poco más. El aire no es fresco, pero tampoco huele a caverna. Huele a limpio, a demasiado limpio. Apesta a alcohol y desinfectante.

Cuando llega al último escalón, la escalera la deposita suavemente en el suelo. Ella avanza un paso más y se quita el casco. Espera unos segundos y, con un afligido suspiro, reanuda el camino hacia la negrura. Conforme sus ojos se van adaptando a la oscuridad divisa una solitaria mesa, brevemente iluminada. Encima hay un libro abierto. Se dirige hacia ella y se sienta en la incómoda silla. Alguien, sin preguntar, le pone por delante cubiertos y un plato lleno de un líquido burbujeante. Selene acerca el libro, lo coloca junto al plato y comienza a leer al mismo tiempo que va tomando pequeños sorbos de su cuchara.

A los pocos minutos, alguien la llama:

—¡Selene! —Se escucha en la oscuridad—.  ¡Selene! —repiten de nuevo.

Ella está ensimismada intentando leer en las páginas del libro, pero no la dejan concentrarse.

—¡Selene! ¿Selene? ¡Contesta! ¿Has terminado con tu sopa?

Levanta muy despacio la cabeza, mira el plato con el líquido frío y luego le sonría a la enfermera. No responde, solo hace un gesto afirmativo con la cabeza. La chica se lleve su plato y la deja de nuevo a solas con su libro. Su mirada deambula por la estancia, va despertando de su ensoñación y ve como los demás ancianos también han terminado su cena y se disponen a regresar a sus habitaciones.

Un rayo de luz incide sobre un libro abierto, aproximadamente por el centro de sus páginas. El entorno es oscuro para resaltar la iluminación sobre el libro.
Imagen de Nitin Arya en Pexels

Finalmente, sus ojos se dirigen a una pequeña ventana que deja entrar los tenues rayos de la luna. Estos la dirigen de nuevo hacia el libro, iluminando sus páginas. Sin embargo, ya no puede seguir leyendo. Mientras sonríe, piensa en lo fácil que es viajar con los libros, pero lo difícil que es permanecer dentro de ellos. Lo cierra, suspira, acaricia su portada y la vuelve a leer: «De la Tierra a la Luna» y regresa a la realidad de su habitación.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de las imágenes propuestas.

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