Un Espécimen Galáctico

Fotografía desenfocada de un primer plano de un prado. Solo puede verse los tonos verdosos del simulado césped y los reflejos en la lente producidos por la luminosidad.
Imagen de jplenio en Pixabay

La brisa suave y aromática de la pradera me besa los carrillos y mueve mi salvaje melena muy len…ta…men…te. Correteo dando saltitos, cual cervatillo. Mis piernas consiguen mantenerse en el aire, ingrávidas, durante unos segundos, antes de volver a posarse sobre la hierba. La imagen es digna de aparecer en un anuncio navideño de colonia.

Voy persiguiendo a una dulce y preciosa chica que ríe escandalosamente, aunque no consigo escuchar su risa. Ella se gira hacia mí mientras intenta escapar de mi abrazo y tropieza con una raíz perversa, cayendo y rodando por el césped. Yo me paro junto a ella, sereno, lozano, sorprendentemente relajado, cuando debería estar echando la papilla por el esfuerzo de la carrera. ¡Ni siquiera jadeo!

Ella me mira, entre sensual y traviesa, pero su cara cambia a espanto. ¿Se habrá dado cuenta que no soy un príncipe azul, ni siquiera celestón desteñido? No, no me mira a mí, está mirando a través de mí. ¡Qué chica más enrevesada!

Dada la gravedad de su cara, pienso que nos ataca algún monstruito, como los que acabo de matar para salvarla. Me vuelvo, dispuesto a sacar mi espada, aunque no la encuentro. ¡Si es que lo voy perdiendo todo! Pero no me da tiempo a ofuscarme, el motivo del terror es el sol. Su intensidad crece de forma anormal y peligrosa. Parece querer quemarlo todo en un ataque de furia, o de celos. Cierro los ojos, caigo al suelo y comienzo a gritar. Sí, un héroe también puede ponerse histérico.

Todo dura solo unos segundos o eso me lo parece a mí.

Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy tendido bocarriba y la potente claridad sigue lastimándome la vista, pero no quema. Intento incorporarme y choco contra la nada. Una nada bastante sólida. El golpazo ha sonado como si hubieran dado la una en la iglesia de San Drogón y debo tener la frente y la nariz como un guiri el primer día de playa.

Tras unos instantes de confusión, y casi pánico, descubro que estoy dentro de una caja de cristal, o algo similar. ¡Por las barbas de mi abuelo! ¿Estoy muerto y se han puesto de moda los ataúdes transparente? ¡Qué siniestro, aunque ocurrente!

Sin embargo, debe haber habido algún error, porque estoy vivo. ¿Estoy vivo? Me palpo y me pellizco, intentando confirmar mi todavía existencia terrena. Me duele y pienso, ¿seguirán los fantasmas sintiendo el dolor físico? Bueno, al menos soy un espectro ocurrente.

Miro mi entorno y veo que estoy en una especie de habitación de hospital, tan blanca que incomoda. Varias máquinas se conectan a mi ataúd y muestran gráficos muy ilustrativos, pero que no tengo ni idea de qué quieren decir. El silencio es estremecedor y me reconforta, hasta que recuerdo que estoy dentro de una caja, de un cajón, ¡de un féretro! Busco algún botón o resorte que consiga abrirla, pero no lo encuentro. Golpeo la tapa, intento forzarla, la empujo con mi cabeza, la insulto, pero nada. Al final lanzo un desesperado grito:

—¡QUIERO SALIR DE AQUÍ!

Y la caja se abre. ¡Lamarequemeparió! ¿Era así de fácil?

Consigo incorporarme, sentarme y no caerme de frente por el intenso mareo. En ese momento, descubro que tengo cables pinchados en mis brazos. En un alarde de valentía y arrebato me los arranco y luego vuelvo a gritar. ¡Tengo repulsión a la sangre! No me da tiempo a desmayarme, un extraño artefacto metálico con brazos, parecido a un espantapájaros, se acerca y me planta dos tiritas, una en cada brazo. ¡Qué atento! Le hablo y pregunto, pero no me contesta. Tampoco tiene cabeza, cara u orejas. ¿Las necesitará?

Cuando intento ponerme de pie vuelven los mareos. El nivel de aturdimiento y desorientación es tremendo. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Cuándo lo he hecho? ¿Cuánto tiempo me he llevado ahí dentro encerrado? Por el dolor de cabeza y la sensación de malestar debo haber estado en un fiestón con barra libre. ¿Quién me ha traído entonces? Dudo que haya llegado a este sitio por mis propios pies. ¡Necesito encontrar respuestas!

Mi primer paso ocasiona la erupción del Krakatoa, pero no llego a vomitar. El alarmado espantapájaros metálico ha acudido raudo y veloz con un cubo en sus manos. ¡Esto es un mayordomo y no el de Batman! Cuando comprueba que ha sido una falsa alarma, se retira y vuelve con un recipiente lleno de agua. Bueno, tal vez haya que reprogramarlo para que la próxima vez venga con una cerveza.

Consigo dar mis primeros pasos, aunque mis piernas temblequean como un vil imitador de Elvis. Me siento ligero, como si flotara dentro de una gran piscina. Sospecho que si me lanzo hacia delante podría nadar en el aire. ¡Madremía! Todavía debo andar bastante ebrio. Mi traviesa sonrisa, reflejada sutilmente en el cristal de la puerta, me delata. Esta se abre en cuanto me aproximo. Qué detalle, este hotel se merece cinco estrellas en la guía Michelón.

Salgo al pasillo y aparece en frente otra pequeña habitación con aspecto de WC. Desconozco si es esa su función, pero, al verlo, mi apremiante cuerpo me impulsa a entrar en él y usar el receptáculo con apariencia de váter. Espero que sea eso y no un lavabo o una pileta moderna. Por el tiempo que me lleva vaciarme deduzco que, o me he bebido toda la bodega del pub que visité anoche, o esos cables me han hinchado como la rueda de un tractor. ¡Ay, qué delicia!

Cuando sacudo y me vuelvo veo una aparición espeluznante, horripilante, repulsiva, tirando a desagradable, que me hace gritar, esto se está volviendo ya una costumbre. Ella grita también, aunque no la escucho. Doy un paso atrás, ella también. Le saco la lengua, ella también. Me río, ella también. Evidentemente, es un espejo y me hace comprobar que voy totalmente desnudo. ¡En pelota viva! Menos mal que todavía no me he cruzado con nadie. Cojo una especie de cortina, de aspecto metálico, con el suficiente ancho para envolver mi menudito cuerpo. Me vuelvo a mirar en el espejo y quedo complacido. He pasado del monstruo del pantano a Octavio César muy Augusto.

Regreso trastabillando al pasillo y lo recorro, vacío, frío y silencioso, hasta llegar a una sala, desangelada, con solo una mesa en el centro y una silla junto a la pared. Por lo visto, no se esperan visitas. Sobre la mesa hay una gran cesta llena de fruta. ¡Qué original! No me da tiempo ni a acercarme cuando un enorme y aterrador rugido me hace dar un respingo y pensar que me ha seguido el monstruo del sueño. Por suerte, un segundo rugido, esta vez más parecido a un ronroneo, me hace darme cuenta que el causante de los bramidos es mi propio estómago, se ve que le da igual el menú vegetariano.

Cuando cojo la silla para sentarme, educado que es uno, como por arte de birlibirloque aparecen en la mesa varias jarras llenas de líquidos coloridos, algunos espumosos, recipientes llenos de comida y algo que parece frutos secos. Su apariencia no tiene nada que ver con cualquier cosa que antes haya comido, pero cuando la necesidad apremia no hay remilgos que valgan. Así que me lanzo a la mesa y haciendo honor a mi indumentaria me pego una orgía romano-alimenticia que avergonzaría al mismísimo Baco, Saturno o a cualquier de sus primos.

Cuando aún no he llegado a los postres, la pared que queda justo frente a mí se vuelve transparente. Por un momento, me quedo petrificado y con la boca abierta. La comida se me cae de ella, de forma bastante asquerosa. El robot espantapájaros, que ha debido venir tras de mí, se muestra solícito para limpiarla y por poco me asfixia. Esto consigue sacarme del embobamiento y me hace levantarme para observar la ventana desde más cerca.

Lo que veo a través de ella me hace estremecer, sudar, temblar, casi llorar, ¿gritar? Seguro. Ante un fondo profundo y totalmente ausente de luz, una gran concentración de nubes va dejando vislumbrar un planeta rodeado de varias lunas. ¿¡Eso es el espacio!? ¿¡Estoy en una nave espacial!?

Simulando lo que el protagonista ve, he creado un marco que recuadra una imagen espacial con varios planetas, de distinto tamaño, entre nubes blancas y grises.
Todo el montaje tiene tonalidades azules y metálicos. Los típicos de una imagen espacial.
Montaje a partir de la imagen de Willgard Krause en Pixabay;

No puedo creerme que todavía me duren los efectos de los efluvios etílicos o es que de verdad estoy dentro de una escena de StarTrek o StarWars o Stardentrodeunsueño.

Me vuelvo y comienzo a preguntar a la habitación vacía, a gritos, por supuesto:

—¿QUÉ HAGO AQUÍ? ¿DÓNDE ESTOY? ¿CÓMO HE LLEGADO A ESTA NAVE?

Me responde el eco de las paredes y como son bastantes obtusas no me sacan del misterio. Grito más fuerte, pensando que los ocupantes de esta nave podrían ser  bastante duros de oído. Por supuesto obtengo la misma respuesta anterior: el eco de mis alaridos.

Si esto fuera una historia de Asimov, de Bradbury, de Clarke o de cualquiera de esos genios de la Cifi, me habría respondido una voz metálica, egocéntrica y convincente que me calmaría y me situaría en esta trama. Pero no, por lo visto la IA de esta nave se jubiló antes de tiempo o le llego un ERE que me ha dejado a mí más solo que un garbanzo en la sopa de un asilo.

Una agitación exterior me hace volverme y ver aparecer, a través del cristal, otra nave. La sorpresa me vuelve a abofetear, no ya por la nave en sí, es que en su cabina transparente hay gente saludándome. Puedo ver a unos quince o veinte niños mirándome expectantes y curiosos. ¿Niños? Son criaturas pequeñitas, pero… Uno tiene cuatro ojos, pero no lleva gafas; otro cuatro brazos, y no creo que sea Shiva; a uno, en lugar de piernas, le salen del tronco unos tentáculos parecidos a los de un pulpo; otro no es humanoide, es… parece… creo que… ¡Es asqueroso! Todos disfrutan como si fuera la excursión infantil de algún colegio.

La nave pasa de largo y la sustituye otra, de las mismas características, pero ahora el escaparate está lleno de habitantes mucho más viejos, o eso parecen en comparación con los anteriores. Todos tienen más arrugas que un plato de callos. Uno es todo pelo, muy largo y blanquísimo, no sé si está bocarriba o bocabajo; otro es una inmensa bola flotante con una gorrilla de algún equipo deportivo, no soy capaz de descifrar las letras; otro es una amorfa y asquerosa gelatina que se expande y contrae continuamente; otro… ¡Da igual! ¿¡Qué coño son y de dónde vienen!? ¿Es una excursión del INSERSO marciana?

Uno de los yayos alienígenas, con lo que parece una mano, señala enfáticamente algo que está a mi derecha. Todos los vejestorios atienden sus indicaciones y saltan y gritan exaltados. Otro señala hacia la izquierda, nueva excitación. Empiezo a sospechar que no estoy solo.

Intento escudriñar desde mi aparente balcón qué es lo que están viendo esos bichos¸ pero no soy capaz de ver más allá de lo que tengo enfrente.

—¡QUIERO VER EL EXTERIOR! —Vuelvo a gritar de forma histérica, involuntaria e inquisitiva.

La IA, si existe, es incorpórea y silenciosa, pero solícita. En un acto de auténtica prestidigitación, convierte toda la sala en una inmensa pecera que me hace parecer una mojarra en un acuario. Ya no existen paredes. Puedo divisar todo el universo a mi alrededor. También el techo y el suelo se han vuelto transparentes y grito ante la posibilidad de caerme al vacío. Sí, parezco una cumpleañera histérica, pero nadie me había avisado de este fiestón.

Después de conseguir tranquilizarme, gracias a la botella de lo que parece cerveza y que he apurado de un solo trago, me dedico a investigar con más sosiego la infinitud del exterior. Efectivamente, no estoy solo. En la nave puede que sí, pero no en el exterior, diez, veinte, treinta… ¡Qué digo! Más de cien naves, miles de ellas, se sitúan perfectamente alineadas lateralmente a la mía. En cada nave hay un individuo, unos humanoides, otros cuadrúpedos, otros… cualquiera sabe qué son. Todos colocados como en un inmenso y panorámico expositor de un… ¡¿Zoológico?!

Esta es una disquisición demasiado complicada y agotadora para mí. Espero ser un pichón expuesto en un parque zoológico espacial y no un posible fiambre en el escaparate de un centro de alimentación para consumidores galácticos.

Con los ojos llenos de lágrimas, me doy cuenta de que, con un nuevo truco de magia, todas las viandas que había en la mesa han sido repuestas e incluso han añadido alguna sorpresa más. Sea cual sea el caso en el que me halle, qué menos que me muestre orondo y feliz. Voy a indagar en los manjares que me han dejado y brindaré porque mi persona sea la más bonita de ver y la más desagradable de comer, por si acaso.

¡SALUD!

Relato escrito para el VadeReto de este mes:
Inventa una historia de Ciencia Ficción a partir de la introducción ofrecida.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Willgard Krause en Pixabay

A la Búsqueda del Hogar

Como otra mañana cualquiera, me apetecía salir a pasear sin rumbo fijo. Deseaba disfrutar del espléndido día, del calor del sol y del aire descontaminado, fresco e innato de la naturaleza. Así, sin darme cuenta me vi dentro del bosque. Y, como siempre me solía pasar, los aromas, los sonidos y los colores me hicieron sentirme en un mundo distinto, lleno de bellezas y misterios por explorar.

Seguía sin encontrar mi sitio en el mundo y multitud de preguntas me atormentaban cuestionándome mi destino. No creía que estas excursiones me darían respuestas, pero, al menos, calmarían mi ansiedad y mi desorden mental.

Me dejé embriagar por los gorjeos de los pájaros que, con sus increíbles colores, revoloteaban a mi alrededor; el crujir de la hojarasca, que alfombraba el terreno llenándolo de tonos ocres, cítricos, púrpuras y aceitunados; el correteo de criaturas que, recelosas de mi presencia, acudían prestas a esconderse en las copas y oquedades de los árboles. Era un inmenso silencio roto por pequeños chasquidos y notas musicales que me llenaban de asombro y satisfacción.

No tardé en sentirme desorientado. Me había alejado del sendero y la espesura me hacía notar perdido. Aunque me encontraba a gusto y reconfortado, empezaba a extrañar mi casa. Tal vez fuera a causa de la sed, el hambre o el frío que comenzaba a sentir.

Anduve sin conseguir reencontrar el camino hasta que salí a un claro entre los árboles en cuyo centro reinaba una cabaña, pequeña, humilde y hogareña. El humo que emanaba de su chimenea me fue atrayendo con su rico aroma y conforme me iba acercando, inconscientemente, una dulce melodía me invitaba a escudriñar en su interior.

Una cabaña solitaria en el interior de un bosque. rodeada de árboles. Predominan los tonos verdes, azules y marrones, todos oscuros. En la composición he modificado la imagen para que se vea de noche y con un cielo estrellado.
Imagen modificada a partir de la ofrecida por David Mark en Pixabay.

Me aproximé, lo más prudente y sigiloso que pude, para mirar por la ventana y contemplé la escena más fantástica e increíble que nunca pude soñar.

En lo que parecía la única habitación de la cabaña, salón, cocina y dormitorio se repartían los espacios para conformar una estancia de apariencia confortable y familiar. A la luz de la ventana, aparecían y desaparecían dos enanos que bailaban desmelenados y desinhibidos. Se acompañaban de una pequeñuela, rubita y de risa escandalosa, que revoloteaba, cual hada angelical, sobre ellos. Los tres se movían al son de la música que parecía interpretar un perro con un acordeón, sentado cómodamente en una silla, acompañado, cerca de él y sobre una mesa, de un gato que zapateaba al mismo tiempo que tocaba un tambor, y de dos ratones, que soplaban en sus instrumentos de vientos. Todos perfectamente sincronizados con la orquestada sintonía.

Pero lo que más me impresionó, a pesar de todo, fue la mujer que estaba junto a la chimenea. Parecía una simple anciana, encorvada y hacendosa, pero cuando volvió su cara hacia las criaturas estuve a punto de caer, escandalosamente, desvelando de esa forma mi disimulado espionaje. Era una mujer muy, muy, muy vieja, tanto, que parecía casi imposible distinguir sus rasgos ante la cantidad de arrugas que le cubrían el rostro. Su aspecto denotaba una imagen misteriosa, al mismo tiempo que causaba escalofríos y recelo. Algo en su persona intimaba y me hizo temer que, sin necesidad de mirarme, pudiera notar mi presencia.

Mientras los danzarines bailaban y los animales tocaban, ella parecía un director de orquesta, moviendo en su mano una larguísima cuchara de palo, que le servía tanto para remover lo que estuviera guisando en una grandísima olla, como para dirigir a los miembros de tan inusitado e inverosímil grupo.

De repente, la criatura voladora dio una cabriola increíble en el aire y terminó enfrentada al cristal de la ventana por dónde yo fisgaba y, claro… ¡Me vio!

Ahora sí que me caí de espaldas y rodé, intentando torpemente levantarme para salir huyendo. Por supuesto, no lo conseguí. Solo logré revolcarme por la hierba para terminar repantingado, frente a la puerta de la cabaña, para contemplar estupefacto como esta se abría.

Tras ella apareció la extraña mujer que había visto por la ventana, pero radicalmente distinta. Había perdido toda su apariencia mística. Ahora era una anciana dulce, con el aspecto más benévolo y entrañable que pudieras desear.

—Hola, ¿te encuentras bien? ¿Te has lastimado? —me preguntó, con su voz cantarina y deleitosa. Como si estar allí, sentado sobre el césped, fuera la cosa más normal del mundo.

Yo no atiné a responder, entre tartamudeos y farfullos. Así que terminé callándome y agachando la cabeza esperando un gran rapapolvo.

—¡Vamos, entra! Dentro de poco se hará de noche y el frío se volverá implacable. Te sentará bien tomar algo caliente. Seguro que te gusta la sopa. Sobre todo la mía —dijo acompañado de un cómplice guiño.

El miedo me impedía moverme, estaba a la espera de que saliera toda la tropa que había visto por la ventana y me molieran a palos por entrometido. Sin embargo, por la puerta salieron tres niños… y el perro.

Los dos chicos tenían la estatura de los enanos, pero sus caras eran lindas e inocentes, como la de unos niños, claro. Y la chica era más pequeña y rubia, como la criatura voladora, aunque ahora ausente de alas, pero con una sonrisa en la cara y dos hoyuelos en los cachetes que la hacían la bebita más dulce y adorable del mundo.

¿El Perro? Bueno, el perro era tal y como lo había visto, pero ahora se movía sobre sus cuatro patas y hacía… pues, lo que hace cualquier perro: mirar de forma amorfa y de lado, olfatear el aire, gruñir y parecer más tonto de lo normal. Suponía que los demás miembros de la troupe estarían dentro y parecerían también normales, lo cual me haría pensar en una alucinación o en un inicio de locura.

Los chicos me ayudaron a levantarme y entre todos, sin oposición por mi parte, me llevaron al interior de la cabaña. El ambiente era acogedor, confortable y lleno de los aromas que salían de la olla y que me hacían gruñir de forma bastante sonora el estómago. La verdad es que tenía bastante hambre.

Después de invitarme a sentarme a la mesa, la amable anciana llenó un bol de humeante sopa y lo colocó delante de mí. Me mostraba remiso a lanzarme sobre ella. Su aspecto no mostraba nada raro, aunque ciertas burbujas que aparecían y explotaban ruidosas me hacían desconfiar. Todos me miraban expectantes, empujándome con sus miradas a degustar la vianda. Un nuevo y espontáneo rugido de mi estómago me ayudó a decidir.

Su sabor era delicioso, especiado, sabroso y con ligeros matices que revoloteaban en mi paladar. Tras la primera cucharada se espantaron mis dudas y apuré en seguida el deleitoso caldo. El calor fue reconfortándome interiormente y me hizo sentir agradecido y satisfecho.

Todos los niños comenzaron a gritar de alegría y reanudaron el baile. La anciana me mostró una radiante y afable sonrisa y me sirvió un segundo plato de sopa que dejó sobre la mesa. Esta vez, me la fui tomando con más mesura.

Poco a poco, el ambiente festivo, las risas y bailes, el conjuntado jolgorio y el hambre saciada me fueron relajando y comprobé, con sorpresa aunque sin temor, que la escena que contemplaba iba cambiando. Los niños se fueron transmutando en los enanos que vi por la ventana, la pequeña rubita desplegó sus diminutas alas y comenzó a revolotear por toda la habitación, y los animales cogieron sus instrumentos y completaron la imagen que antes había creído imaginar.

¿La vieja? Ya no aparentaba ser una anciana bondadosa y entrañable. Su aspecto volvió a mostrar a la viejísima mujer, llena de arrugas y sonrisa siniestra, con más apariencia de hechicera que de abuelita. Sin embargo, no me causó temor. Al contrario, sentí una cercanía familiar que me animó a integrarme definitivamente a la fiesta.

No sé cuánto duró, la imagen que se veía a través de la única ventana iba cambiando. Pasó del somnoliento crepúsculo a una magnífica y tranquila noche estrellada. Se escuchó, tímida y brevemente, lejanos aullidos, tenues aleteos y el ronroneo del viento. Las notas siguieron sonando, acompañadas de palmadas y zapateos, y, sin darme cuenta, llegó el alba para insuflarle vida al bosque. Con este ciclo natural, perdí la noción del tiempo y disfruté alucinado hasta que la música cesó.

Todos empezaron a dar muestras de cansancio y la necesidad de irse a dormir. Me invitaron muy amablemente a que compartiera catre con ellos, sin embargo, sentía la exigencia de volver a casa. A mi casa.

Abandoné la cabaña, llevándome sus afectos y bendiciones, y deambulé por el bosque, de nuevo sin rumbo, durante bastante tiempo. No sabía encontrar el camino de regreso, todo me parecía distinto, insólito, nuevo, desconocido. Terminé llegando a un lago en donde quise saciar mi sed y refrescarme de la somnolencia que me empezaba a embargar el cuerpo y el espíritu.

Bebí con fruición y me lavé la cara con la fresca y límpida agua, pero cuando miré la imagen reflejada en su superficie la sorpresa me abofeteó. Vi unos ojos rasgados y profundos sobre una nariz ancha y redonda. Una inmensa perilla me recubría la barbilla y mis puntiagudas orejas sobresalían de una densa y negra melena. Pero lo más sorprendente eran los dos cuernos que predominaban sobre mi frente.

Miré mi figura, contemplativamente, durante unos intensos y largos segundos, asimilando mi apariencia. Me observé desde distintos ángulos, evaluando lo que veía, y… ¡Me gustó!

Me incorporé para contemplar todo mi cuerpo y disfruté de mis patas cabrías. Las huellas con forma de pezuña, que iba dejando sobre la orilla del lago, me hicieron reír. Inicié una pequeña danza, terminando de aceptar mi imagen, saltando y girando, hasta que unas pequeñas risas me hicieron parar y ver a docenas de criaturas que salían, con timidez, de entre el follaje. Me observaban maravillados, aplaudiendo y mostrándome su aprobación.

Vagaba por el mundo buscando, sin saber que era a mí mismo a quién buscaba. Ahora ya sé dónde está mi sitio. ¡Aquí! ¡Este es mi HOGAR!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea un cuento a partir de la imagen de una cabaña solitaria en el interior de un bosque y destaca una palabra en MAYÚSCULAS.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de JPlenio en Pixabay

La Travesía Imposible

Fotografía de una pisadas, de pies descalzos, sobre un suelo liso de arena.
Imagen de chezbeate en Pixabay.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Siempre mirada al frente, sin pensar en el camino por andar. Nunca mirar hacia atrás, lo pasado está pisado.

Las huellas que voy dejando son testigos mudos de mi paso por este desierto de arena. Su sinuosa irregularidad va mostrando mi errático recorrido, pero también, mi empeño por no cejar en el intento.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Hace rato que trastabillo andando, porque ya no tengo suficientes fuerzas para correr. Porque, qué más da, me queda demasiado camino por delante y, como dice el poema, lo importante es llegar.

El sol todavía se está desperezando y sus entumecidos rayos aún no calientan demasiado. Sin embargo, temo que antes de llegar a mi destino se mostrará en toda su magnificencia y cada bocanada necesaria de aire será sustento y dolor.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Intento divisar el horizonte, pero se me hace tan difuso y distante que a punto estoy de llorar. Menos mal que puedo contenerme, porque entre las lágrimas, el sudor y la arena voladiza que se me pega, ardorosamente, a la cara se me habría formado un engrudo que ríase usted de las prótesis de los trolls en el Señor de los Anillos.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Mis andares recuerdan aquellos tiempos de farra nocturna que terminaban subiendo las escaleras de mi casa a cuatro patas, porque el equilibrio se había quedado tirado junto a la barra del tercer pub que había visitado. Luego, hacía virguerías para meter la llave en la cerradura, pero esa es otra historia.

Pie izquierdo, pie derecho, pie derecho, pie izquierdo, mano derecha, mano izquierda, frente, nariz, bocazo en la arena…

Caído de bruces, cuan largo soy, saco la nariz enterrada e intento escupir los granos que se me pegan a la lengua. «¡Ferá fofible!» farfullo. Me miro las zapatillas y confirmó que los cordones se han aliado para abrazarse y provocarme tan estilístico batacazo.

Me pongo de rodillas y me sacudo la arena que ha quedado pegada en la ropa, pero al intentar ponerme de pie y proseguir mi andadura, un monstruo negro, peludo y de inmensas patas salta sobre mí. Caigo volviéndome a revolcar, cual croqueta casera, por la arena. «Fu fufetera fare» balbuceo, volviendo a toser y escupiendo arena como un aspersor, mientras veo como la inmensa mole peluda se aleja trotando.

—¿Qué, un día duro, eh? —Me espeta un tipo que me sobrepasaba corriendo y luciendo un modelito de lo más fashion.

Lleva pantalones cortos, rojo llameante, sobre otros negros, largos y muy ajustados. En la parte superior, un top amarillo deslumbrante, sobre una camiseta de mangas largas verde mareante. Para que no le falte nada, unas gafas de sol que le ocupan casi toda la cara y una gorrilla azul celestón. Es un catálogo pantone en movimiento.

Después de recuperar la ceguera que el sol, en complicidad con el payaso micolor, me ha provocado, logro incorporarme para continuar la odisea. Sin embargo, una bicicleta está a punto de atropellarme y solo me salva el aviso de su bocina, que nada tiene que envidiar al claxon de un tráiler.

Cuando una vieja con su andador también me adelanta, al mismo tiempo que me saca la lengua, pienso en abandonar. «¡¡Ya no puedo más!!». Pero una muchachita, con la ropa tan diminuta y ajustada que no me deja mucho a la imaginación, me hace reconsiderarlo. Al ver sus andares, y su anatomía trasera, me yergo vigorosamente, como si me hubiera tomado cinco litros de Bluecow o Perrorade y me incorporo a su estela.

Eso sí, rezongando por lo bajinis:

«¡¡¡No me vuelvo a levantar temprano para ir a correr por la playa!!!».

Relato escrito para la propuesta del VadeReto de este mes, en este mismo Blog:
Crea la historia que te inspira la fotografía de unas dunas de arena e incluye en el relato la palabra DESIERTO.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Greg Montani en Pixabay

Lo que se Esconde entre la Niebla

En el día de mi séptimo cumpleaños celebramos una gran fiesta en la casona de mis abuelos. Fue un día maravilloso, disfrutando de los dulces, las risas, los juegos y la alegría de contar con mis amigos. Pero la noche fue todavía más increíble.

Me acosté reventado y me cobijé entre las mantas, deseando que su calor me adormeciera viajando entre felices sueños y esperando que la mañana tardara en llegar, porque necesitaba muchísimas horas de descanso.

Cerré los ojos y, aunque las imágenes del día revoloteaban traviesas e inconexas en mi cabeza, debí caer rápidamente dormido, porque desperté asustado y desorientado en medio de la noche.

Por un instante, creía estar todavía en la fiesta, rodeado de la algarabía estruendosa de la celebración. Sin embargo, el silencio era contundente y la oscuridad de la habitación solo se veía profanada por rendijas de luz que se atrevían a penetrar por entre las cortinas. Supuse que la luna, en su máximo esplendor, batallaba contra las tinieblas de la noche. Su brillante intensidad gritaba invitándome a escudriñar por el balcón.

La curiosidad y la valentía, que me daban mi inocente mocedad, me hizo levantarme y curiosear el exterior y lo que vi, primero me aterró y luego me cautivó. Una inmensa, turbia y blanquecina niebla había creado un impresionante paisaje que me impedía ver más allá de los cristales. Los jirones, de ese extraño humo, bailoteaban en el aire y la luz de la luna, atravesando esas extrañas colgaduras, creaba increíbles coreografías. Una extraña voz, que resonaba en mi cabeza, me impelía a salir fuera.

Como amante de las aventuras y, sin el miedo que da la adultez, abrí las puertas del balcón. Sin los límites del cristal, la vaporosa criatura, que flotaba ingrávida, penetró sin permiso en la habitación. Me sentí efusivamente secuestrado en un abrazo tenebroso, pero increíblemente acogedor. De forma inconsciente, el terror se transformó en curiosidad y el recelo en osadía. Con decisión, atravesé la falsa seguridad de los postigos y me adentré en la niebla. Algo o alguien me insuflaba una extraña valentía que en otras ocasiones siempre eché en falta.

Al principio, el frío me hizo tiritar bajo mi escueto pijama, la humedad me hacía sentir como si me hubiera lanzado a una piscina. Luego, poco a poco, el entusiasmo, la excitación y la temeridad de la aventura fueron calentándome la sangre. Empecé a corretear entre los apenas visibles árboles y descubrí un mundo fabuloso e insólito.

Imágenes ocultas entre la bruma se fueron haciendo nítidas y aparecieron maravillosas criaturas como salidas de cuentos de hadas: un potrillo saltando divertido, blanco como la nieve recién caída, con un cuerno colorido en la frente; un cervatillo, levantándose sobre sus patas traseras, tocaba una hermosa melodía con su flauta; una pandilla de enanos, alborotando con su estruendosamente risa, se daban empujones y caían al suelo en una cómica representación; una bellísima joven, de larguísima melena del mismo color que el agua, nadaba en un pequeño lago y, de vez en cuando, mostraba su escamosa y brillante cola de pez; una miríada de pequeños insectos emitían luces de colores, que al verlos de cerca resultaban ser diminutos seres voladores; un caballo extendía sus enormes alas blancas con intención de elevarse en un vuelo magistral; una espléndida águila se giró para mirarme, mostrando su insólita cabeza de mujer…

Fotomontaje creado sobre un fondo de un bosque verdoso lleno de neblina.
Entre los árboles se pueden ver, difuminados y casi escondidos, un unicornio alado, un par de hadas, una sirena que flota en el aire, un fauno y un enano.
Toda la composición está realizada a partir de las imágenes acreditadas al final de la entrada.
Créditos de las imágenes usadas para el fotomontaje al final de la entrada.

No salía de mi asombro y disfrutaba con cada aparición como si estuviera en una misteriosa y excepcional feria de rarezas fantásticas. Saltaba, bailaba, gritaba, reía con cada criatura. Para mí era una extensión de la fiesta que había disfrutado durante ese extraordinario día.

De repente, en la neblina emergió una gran voz sin boca.

—¡No temas, pequeño! Bienvenido al mundo de Fantasía —me dijo con entonación profunda y grave, pero dulcificando la inflexión de cada sílaba hasta transmitirme una increíble calma—. ¡Déjame que te enseñe!

Era tal la belleza y la fascinación por lo que estaba descubriendo que, en lugar de salir corriendo asustado, asentí complacido y me mostré deseoso de conocer más cosas de ese fantástico mundo. Así, el etéreo cuentacuentos me fue relatando historias en donde todos estos personajes tenían su protagonismo.

En la mañana, mis abuelos me encontraron entre los árboles, acurrucado en el suelo cerca del balcón, arropado entre la hojarasca algodonosa y cálida, plácidamente dormido. Alertados al no encontrarme en la cama, había salido aterrados a buscarme. Al ver que no había sufrido ningún daño, me abrazaron, me besaron y me hicieron prometer que nunca más abandonaría la protección de la casa y el abrigo de la habitación. Por respeto a ellos y a su amor, así lo hice.

Cuando les conté mi aventura nocturna, sonrieron benévolos y me aseguraron que todo había sido un sueño, aunque yo no quise creerlos. Respeté la promesa echa, pero no dejé cada noche de asomarme a los cristales de la imaginación. Deseaba conocer nuevos personajes, nuevas historias, nuevas aventuras. Por la mañana lo transcribía todo, frenética y apasionadamente, en mis cuadernos, creando este fantástico e insólito diario de CuentaCuentos.

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia que se escenifique en la NIEBLA.

Créditos de las imágenes usadas:
– Fondo de la cabecera y del fotomontaje de Darkmoon_Art en Pixabay.
– Hada Alada de Stefan Keller en Pixabay.
– Enano de piedra de Wolfgang Eckert en Pixabay.
– Hada Bailarina de SilviaP_Design en Pixabay.
– Sirena de Dina Dee en Pixabay.
– Unicornio/Pegaso de Elaina Morgan en Pixabay

El Deseo Más Difícil

Sobre un fondo, rojizo anaranjado, con estrellas y luces desenfocadas, aparece una sucesión de cartas de correos. Se muestran de izquierda a derecha, en perspectiva, de la más pequeña a la más grande en primer plano. Formando una pequeña espiral.
Imagenes:
Cartas, de Gerd Altmann en pixabay;
Fondo, Imagen de Monicore en pixabay

Durante esos momentos, en que abre la saca llena de cartas, se ve importante. Se da cuenta que existe, porque creen en él. Bueno, creen los niños y unos pocos adultos, aunque intenten disimularlo. Durante unos pocos días deja de ser invisible.

Sin embargo, su ánimo enseguida decae. Cada año, las cartas se le hacen más difíciles de leer. Los niños están perdiendo toda su inocencia. Ya no piden juguetes sencillos, juegos de mesa para compartir con sus amigos, balones o muñecas, ropas deportivas o disfraces de superhéroes. Ahora, les gusta comportarse como adultos. En sus cartas solicitan, más bien exigen, ropa de marca, viajes a lugares carísimos, juegos de videoconsola violentos e incluso imitaciones perfectas de armas de fuego. Siempre pensó que los niños eran los únicos que podrían cambiar el mundo, pero ahora tiene muchísimas dudas.

Lee todas estas peticiones de pasada, muy rápidamente. Ya se encargarán los duendes mágicos de conseguirles estos regalos caros, o no. Él se interesa más por otros mensajes que escriben al final, como si se hubiesen acordado de añadirlos antes de cerrar la carta.

Suelen ser mensajes esperanzadores. Aunque no sabe si dudar de que lo hagan de corazón o, simplemente, como una forma de reblandecer su corazón, de parecer más dulces e inocentes. O, quizás, para contentar a sus padres y que se engañen pensando en lo buenos que son sus hijos. Pero él se deja convencer, necesita creer que son ciertos.

«Me gustaría que todo el mundo viviera en paz, no aguanto las imágenes de guerra en la tele», dice un chico que antes ha pedido un cañón para jugar en el jardín.

«¿Por qué no haces que al mismo tiempo que llueve agua, también llueva comida? No creo que sea tan complicado. De esa forma, se acabaría con el hambre en el mundo», solicita otro que pide doce tipos distintos de chocolatinas.

«Cuando voy por la calle veo muchos pobres pidiendo por los suelos, ¿no podrían venir los extraterrestres y llevárselos?». Bueno, este último no es, precisamente, un mensaje muy esperanzador.

De esta forma, sigue repasando todas las cartas que los niños le han ido dejando. Hasta que descubre una, algo más abultada, llena de dibujitos de colores, de un pequeño que se ha esforzado en realizar la caligrafía más hermosa del mundo. Al abrir el sobre, e intentar sacar la hoja manuscrita, caen al suelo dos tarjetas de visita y una fotografía. En esta última se ve a un hombre, una mujer y un niño, todos mirando a la cámara, muy sonrientes. Parecen muy felices. Lo deja todo a un lado y se dispone a leer la carta.

Con un simple vistazo, sus ojos se le empañan y su corazón se quiebra. No hay ni una sola petición de juguetes, ni un solo deseo personal o egoísta, ni siquiera un mensaje de paz y amor para el mundo. Solo un par de frases:

«Deseo que mis padres vuelvan a vivir juntos.
Deseo que volvamos a ser una familia normal».

El hombre de las barbas blancas no puede contener las lágrimas, que le emborronan el texto impidiéndole releerlo. Mira hacia el cielo y piensa: «Ojalá yo tuviera el poder de esa magia, pequeño».

Vuelve a meter las tarjetas y la fotografía, junto con el folio, en el sobre y se la guarda en un bolsillo interior, el que se calienta junto a su corazón, y sigue leyendo las demás. Solo unas pocas más llegan a llamar su atención, pero la del pequeño de la foto no deja de palpitarle en el pecho.

Cuando termina, las deposita todas en un contenedor azul y se dirige hacia una tienda de comestible, donde se compra un bocadillo y una gran botella de whisky, de marca blanca, no ha ganado tanto dinero en su trabajo como para permitirse un respetable homenaje.

Mientras deambula por las calles, entre bocado y sorbo, la imagen del pequeño de la fotografía se va horadando en su pensamiento. Intenta recordar su sonrisa, sin embargo, su mente le devuelve su cara triste. Lo feliz que sería el pequeño si él fuera capaz de conseguir cumplir su deseo. ¡Claro! ¡Es tan sencillo! Se dirige a la dirección que aparece en cada tarjeta, que listo es el chaval, llama a la puerta y les dice: «déjense de tonterías y quiéranse de nuevo». ¡Ya está, así de fácil! Jejeje. Si no le dan una patada en el culo que lo devuelva a la calle, seguro que llaman a la policía. El traje rojo y los pelos y barbas blancos no les convencerán. Tampoco sus hechuras, desdeñosas, descuidadas y achacosas. No, ya tiene bastantes problemas como para pasar la Nochebuena en un calabozo.

Con lo fácil que lo tendrían, hoy en día, si no les empujara el orgullo. Un mensaje de WhatsApp y sin tener que dar la cara. Escribir una disculpa, enviar y listo. Pero ninguno querrá dar el primer paso y, lo más seguro, es que estarán totalmente deseosos de que el otro les llame.

¿Podría mandar él esos mensajes? Sí, claro. Solo tiene que hacer un cursillo exprés de hacker. Decididamente, el whisky es barato, pero peleón.

Sigue paseando por las desiertas y frías calles, aunque más bien va dando bandazos y manteniendo milagrosamente el equilibrio. De vez en cuando, se mira en algún escaparate y se cachondea de su imagen. En las fotografías y dibujos sale con mejor porte. Ahora lleva la chaqueta por fuera del cinturón, el gorro colgando de una oreja y las barbas, bueno las barbas son suyas, de lo contrario ya las habría perdido en alguna esquina.

Cuando se termina la botella, sintiéndose suficientemente caliente por dentro, decide echarse a dormir. Aunque en realidad cae de cabeza entre unas bolsas de basura que le servirán de colchón. Duerme todo lo plácida y profundamente que el alcohol en su sangre le procura, pero la imagen del niño y la posible resolución de su problema, no dejan de errar por sus sueños.

 

El día siguiente, vísperas de la Navidad, amanece algo nublado, pero conforme van avanzando las horas, el sol se permite salir tímidamente para calentar los hogares. Excepto dos de ellos. En uno, un hombre, ha decidido no salir de su bata, se dispone a pasar las Navidades más solitarias de su vida. En el otro, una mujer, acompañada de su hijo, también se encuentra embargada por la tristeza, aunque intenta con todas sus fuerzas que su pequeño no la vea llorar. No sabe que él es demasiado listo para dejarse engañar. Tampoco adivina que tiene una carta mágica que está totalmente seguro de que va a funcionar.

Ambos almuerzan escuetamente, en otras fechas para no atiborrarse antes de la cena, ahora porque en realidad la pena les ha quitado el apetito. Los dos intentan afanarse en tareas que los distraigan de pensar en el otro. Él, cambiando de lugar papeles, libros y cajas que terminarán de nuevo en el sitio original, es incapaz de centrarse en su trabajo. Ella, componiendo los adornos navideños con su hijo, incluyendo el árbol. Aunque ambos, sin necesidad de consulta, han decidido que este año no pondrán la estrella. Esa misión siempre ha estado a cargo del padre.

En un determinado momento, los dos pasan de forma simultánea por la puerta de entrada a sus respectivas casas. Por debajo de ella han introducido un cartón con una ilustración impresa. En realidad es una postal, en donde se puede ver a un horondo y sonriente Santa Claus. En el interior, el mismo texto: «Lo siento, cariño. Quiero pedirte perdón. Creo que en un día como hoy deberíamos darnos otra oportunidad. ¿Por qué no nos vemos los tres para cenar?».

Primero se sorprenden, luego sonríen con sus ojos llorosos y después se llevan la postal al corazón.

En el mismo instante, un hombre y una mujer dejan que sus lágrimas los limpien de odio y rencor. Se dejaron convencer de que eran más fuertes que el amor que sienten. A duras penas han entendido la letra, pero les da igual que la caligrafía parezca escrita por un borracho. Es lo que han estado esperando desde hace demasiados días.

Con el corazón lleno de amor y emoción, corretean por toda la casa intentando encontrar sus móviles. Buscan por la cocina, el dormitorio, el salón. ¿A dónde lo lanzaron la última vez que esperaron encontrar un mensaje del otro? Casi al mismo tiempo consiguen encontrarlo, pero no se atreven a llamarse. Tienen mucho recelo del temblor de sus voces.

Simultáneamente, aparece en sus pantallas un mensaje:

«¿Nos vemos?».

Sin saludos ni preámbulos. De hecho, no son conscientes de haberlo escrito. Pero seguidamente aparece otro texto:

«Claro que sí».

Los dos sonríen, ya sin disimulo, y se afanan por escribir rápidamente:

«¿A qué hora te viene bien?», se adelanta él.

«A la de siempre, como todas las Nochebuenas», contesta ella.

«¿Qué te apetece que lleve, vino blanco o tinto?», se atreve él, ya sin mesura.

«¿Por qué no cenamos mejor con champán?», se lanza ella, de perdidos al río, piensa.

«Estaré allí puntual, como siempre», escribe él, añadiendo un emoticono de guiño y otro de sonrisa socarrona.

«¡Te quiero!». Se despiden los dos al mismo tiempo.

Esa noche, el hombre, todavía vestido de rojo, se asoma con cautela a una de las ventanas de la vivienda y sonríe como hace muchísimo tiempo que no se lo permite. Su truco ha dado resultado. Ahora está en manos de ellos que el deseo del pequeño se cumpla plenamente.

Le gustaría ver la cara del chico, pero no quiere demorarse y exponerse a que lo descubran. Tampoco le hace falta, será muy parecida a la que ve reflejada en los cristales de la ventana, aunque mucho más joven.

De esta forma, el hombre, que durante unos días del último mes del año se disfraza con los ropajes de Papa Noel para un Centro Comercial, ha conseguido hacer realidad un deseo. ¡Un precioso deseo! La magia, que su disfraz representa para tantísimos niños, parece haber funcionado.

Aunque sereno, se aleja dando tumbos, su cuerpo ya se ha acostumbrado, pero no hay persona en el mundo, en este instante, que se sienta más feliz que él. Aunque siga sin tener un euro en el bolsillo, un techo en el que cobijarse y la esperanza de un futuro. Pero quién sabe. Tal vez el Milagro de la Navidad exista y el verdadero Santa se acuerde de él.

Un Papa Noel, riendo y bailando (dibujo animado, en la parte izquierda), sobre un fondo azulado del que caen copos de nieve, representados por el símbolo hexagonal. A la derecha un abeto nevado y en la parte inferior todo el suelo blanco, nevado también.
Imagen de JaymzArt en pixabay

Este relato participa en la propuesta literaria VadeReto de este mes,
para este mismo blog:
Crea una historia relacionada con los Deseos.

La Leyenda de Snowy Mountain

Kurioshity era una niña intrépida, inquieta y, claro, muy curiosa. Nunca paraba demasiado tiempo en un lugar y siempre llegaba tarde a la cena. Le encantaba explorar, investigar y adentrarse en cada recoveco que la tierra le confiara. Por eso, cuando se enteró de la leyenda de Snowy Mountain, no se lo pensó dos veces.

Una mañana temprano, le dijo a su madre que le apetecía acercarse al pueblo para ver la nueva tienda de dulces, sus amigos del colegio le habían contado maravillas de su escaparate. Al mismo tiempo, le insinuó melosa, podría comprarle las cosas que necesitara. Su madre, además de sorprendida, se sintió complacida de que, por una vez, se mostrara cooperativa y la ayudara con los quehaceres domésticos. Le hizo una lista de todo lo que necesitaba, le dio varias monedas y un profundo, largo y apasionado beso en la frente.

—No te entretengas mucho, Kury. Ya sabes que me gusta que estemos todos juntos para la comida —le dijo su madre, a sabiendas de que volvería a llegar tarde.

La pequeña le devolvió el beso con un soplido de la mano, se calzó sus grandes y abrigadas botas, se endosó su cálida chaqueta y se dispuso a iniciar otra de sus maravillosas aventuras.

«Allí voy, Snowy Mountain», se dijo jovial y entusiasmada.

La leyenda de esta montaña databa de antiquísimos años. Se decía que, en realidad, este descomunal promontorio no había existido como tal en un principio, sino que se había formado para encerrar en él a un ser monstruoso que aterraba a toda la región.

¿Podía haber un misterio más encantador para la jovencita Kurioshity?

Tardó bastante en llegar a las faldas de la montaña, pero era tal su ansiedad en conocer sus secretos que se le hizo cortísimo el camino. Cuando puso un pie en ella, este se le hundió en la nieve hasta la pantorrilla. Cogió una gran bola con sus manos, se quitó un guante y hundió un dedo en ella. Le encantó su aspecto sedoso y esponjoso. ¡No estaba fría! ¿Cómo era eso posible? Su curiosidad le llevó a probarla. ¡Sabía a nata con un toque de canela! Esto tenía que ser algo mágico. Su empeño se redobló para alcanzar la cumbre. Tenía que descubrir qué había en su interior.

No le costó demasiado llegar a la cúspide. Un camino, que parecía creado especialmente para ella, le iba señalando las zonas más cómodas y menos peligrosas para ascender. Cuando llegó tan arriba que las nubes le dificultaban ver el suelo, encontró la entrada de una gruta. ¿Iba Kury a pensárselo, dudar o tener miedo en acceder a ella? ¡Por supuesto que no!

En cuanto se adentró en la cueva, el sonido del viento exterior mermó y un expectante silencio se hizo su compañero. Increíblemente, las motas de esa extraña nieve se habían colado hasta el interior de la caverna y ¡brillaban! Como pequeñas luciérnagas blancas iban pincelando de luminiscencia el camino hacia lo más profundo de la montaña.

De forma asombrosa, fue descubriendo la abundante vida que habitaba aquella brecha en la tierra. Setas, de todas las formas y colores; flores, de increíbles aspectos y olores; pequeños roedores, que se escabullían en cuando la veían; incluso alguna mariposa, que revoloteaba frente a su cara intentando averiguar quién era la intrusa. La pequeña no estaba asustada, al contrario, sus ojos se maravillaban ante todo lo que encontraba. Le divertía aquel extraño mundo que de alguna forma se había mantenido oculto de todo, y de todos, durante el tiempo, porque nadie se atrevía a acercarse a aquella montaña.

Cuando ya estaba muy adentro de las entrañas de aquella mole, comenzó a escuchar un tenue siseo. Primero, se detuvo recelosa, ¿podría ser una serpiente? Luego, agudizó sus oídos y comprendió que era demasiado intenso y grave para ser emitido por un pequeño reptil. Si era una serpiente tendría que tener un tamaño impresionante. Como todos imaginaréis, no se amedrentó y siguió adelante para averiguar su origen.

El sonido se fue haciendo más potente y estruendoso, hasta hacerse reconocible. ¡No se lo podía creer! Parecían… No… ¿¡Eran ronquidos!?

No tardó en comprobarlo. El camino terminó abruptamente abriéndose a una inmensa caverna, tan grande como la propia montaña. Y en su interior estaba el dueño de los ronquidos: un imponente troll que parecía dormitar plácidamente en su aislado cubículo.

Era gigantesco y parecía muy viejo. Tenía unas inmensas barbas blanquísimas y una melena también cana y muy espesa, aunque dejaba ver una pequeña, lisa y sonrosada tonsura que apenas tapaba una diminuta corona. A Kury no le pareció, en absoluto, el monstruo aterrador y horrendo del que hablaba la leyenda. Al contrario, le resultó adorable.

Dibujo, digital y realista.
Desde la salida de un túnel a una caverna, una niña, de espaldas a nosotros, observa a un gigante.
Solo se ve su cabeza, de aspecto muy viejo, con una gran narizota, grandes barbas y pelo blancos y una pequeña corona.
La oscuridad del túnel y la apertura de la caverna, sirven de marco al posible diálogo de los dos personajes.
Imagen de Willgard Krause en Pixabay.

Se sentó en la cornisa, dejando los pies colgando hacia el interior de la caverna. Se regodeó observando al extraño habitante de la montaña sin decidirse a despertarlo. Si lo sacaba súbitamente de su sopor podría no comportarse de una manera tan dulce a su apariencia.

Así se pasó varios minutos donde escrutó con ojos ávidos cada rincón de la gruta, cada detalle de la insólita indumentaria del troll y cada mohín que este hacía en su apacible sueño que, a veces, le causaba alterados espasmos que a Kury le resultaban tremendamente divertidos.

Cuando se cansó de esperar, parecía que aquel dormilón fuera a prolongar su siesta hasta el final de los tiempos, comenzó a idear la forma de despertarlo sin provocarle ningún sobresalto.

Empezó lanzándole pequeños guijarros que iba recogiendo del suelo, pero estos rebotaban en él sin causarle la menor molestia. Uno incluso le pegó en su oronda, bulbosa y gran nariz, pero se rascó con los dedos de una de sus manazas y siguió en su plácido descanso.

Viendo que no tenía nada más a mano para tirarle y que no encontraba otra forma, se decidió por hablarle. Primero en un tono bajo y dulce:

—¡Viejiiitooo con barbiitaaas… despieeertaaaa!

Luego levantando algo la voz:

—¡Dormilón de la caveeernaaa… espabílaateee!

Para, finalmente, desesperada, elevar indebidamente la voz:

—¡¡¡ABRE LOS OJOS!!!

Su voz no debiera haber sonado más fuerte que el soniquete de uno de los muchos grillos que habitaban esas oquedades, pero Kury no contó con el travieso eco que dormitaba junto al troll. Su grito se fue amplificando y retumbando de pared en pared. Golpeo el suelo y el techo y desde allí le dio una tremenda trompada en las fosas nasales al lirón durmiente.

La niña, temerosa de la reacción del gigante, se cobijó dentro de la cueva y vio como el troll se despertaba sobresaltado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —balbuceó totalmente adormilado y asustado.

Su voz no prorrumpió de forma abrupta y tosca, como cabía esperar, e incluso el eco pareció desentenderse de ella y seguir durmiendo sin afectarla. Tu tono era dulce y afable. Sentía más curiosidad que enfado.

Kury siguió escondida unos instantes hasta que, ante la insistencia del troll interpelando al silencio, decidió asomarse tímidamente y presentarse:

—Soy yo —dijo, modulando y azucarando su voz.

—¿Quién? —repitió el troll.

—¡Yo! —Volvió a repetir la pequeña.

—¿Y quién eres Yo? ¡Muéstrate que te vea! —solicitó un poco impaciente el gigante.

Kury fue dejando la invisibilidad que le otorgaba la oscuridad de su escondite y se mostró, tímida y solícita, haciéndole una reverencia.

— Kurioshity de las tierras fértiles, para servirle a usted y a sus barbas.

El troll mostró primero gran sorpresa y admiración. Luego al ajustar sus ojos y contemplar mejor a la pequeña criatura que se asomaba por la gruta, estalló en unas inmensas y estruendosas carcajadas.

La niña no se sintió ofendida, sino que lo acompañó en sus risas y durante unos segundos parecieron ser dos amigos entrañables que se encontraban después de mucho tiempo.

Cuando el troll consiguió calmarse, se secó las lágrimas, que hacían mucho tiempo que no bañaban su cara, y le preguntó a la pequeña:

—¿Quieres servir a mis barbas?

—Bueno, en realidad era una forma amable de presentarme, pero me encantan esas barbas tan grandes, blancas y brillantes.

—¡Vaya! Muchas gracias. Son casi tan viejas como yo —respondió en tono festivo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocerte —exclamó Kury, sin ningún reparo.

—¿A mí?

—Sí. A ese ser tan monstruoso, horripilante y apestoso que la gente dice vivía aquí —dijo de manera pomposa. Añadiendo sutilmente un guiño que exageró cómicamente, para que el troll pudiese percibirlo bien.

El gigante hizo un mohín y se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pasa con las leyendas, se van desvirtuando y creciendo con la imaginación de la gente. Por desgracia, al ser muy diferente a ellos me han convertido en un monstruo, aunque hace muchísimo años que nadie me visita. En realidad, no creo que viva nadie que me recuerde.

—¿Cómo te llamas?

—Schofengonfeitenweger —dijo, con gran afectación, y su nombre resonó en cada piedra de la caverna con un reverenciado eco.

—Schof… Schofien… Scochofe… —intentó repetir la pequeña con escaso éxito.

El coloso prorrumpió de nuevo en atronadoras carcajadas y la chica rio con él.

—¿Es verdad que te encerraron aquí? —volvió a interrogar la chica sin cejar en sus inquietudes por conocer todos los detalles.

—¿Encerrarme? ¿Quién? ¿Y por qué? Nunca le hice daño a nadie.

—¿Entonces qué haces aquí dentro?

—Esa es una gran pregunta —dijo el barbudo soltando un par de risotadas. Se lo pensó un instante y luego prosiguió.

»Esta es mi casa. Soy un troll de las cavernas. Aquí nací y crecí. Desafortunadamente, no fui consciente de que puedo hacerlo de forma desmesurada si no me controlo, pero como me gusta tanto comer, crecí, crecí y me agrandé de tal forma que ya no puedo salir de aquí.

»Sin embargo, en realidad ese no es ningún problema. Los trolls de las cavernas vivimos siempre ocultos y en las profundidades de estas cuevas, solo salimos por curiosidad o para comprobar que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Aunque en mi caso, tengo a mágicos confidentes que me informan y ponen al corriente de todo.

—¿Trabajar? —exclamó la chica muy sorprendida—. ¿Tú también tienes que trabajar? ¿Qué haces?

—Soy el GUARDÍAN de la naturaleza —dijo de forma solemne—. Me encargo de controlar que cuando los hombres la dañan con sus acciones, esta no responda de forma desproporcionada y cruel. Yo la apaciguo y la llevo de nuevo a la paz y la armonía.

—¿Y cómo haces eso?

—Bueno, hay muchas formas de hacerlo: Cantándole una dulce melodía, contándole algún cuento divertido o, simplemente, hablándole de forma dulce y sosegada. La naturaleza es sabia, paciente y comprensiva y yo soy un maravilloso cuentacuentos, cantante y adulador. Al contrario que los hombres, ella enseguida comprende que no hay nada positivo en la venganza y la ira. Con mi consejo y su buen juicio, la naturaleza vuelve a su cauce y no se producen demasiados cataclismos.

—Pues entonces, me parece que, últimamente, no haces muy bien tu trabajo —le espetó la pequeña con descaro e insolencia.

—Bueeeenoooo —respondió el troll afligido y sonrojado—. Es que a veces me quedo dormido profundamente y me cuesta mucho despertarme. En esos instantes todo puede descontrolarse y desmadrarse.

»Antes tenía una amiga que me despertaba cuando veía que dormía demasiado tiempo, pero tuvo que emigrar para buscar pareja y formar una familia. Así que me quedé solo. Como paso tanto tiempo aquí, sin poder salir y aburrido termino cayendo sin remedio en el confortable sueño.

—Ya veo —musitó Kury dubitativa—. ¿Y no has encontrado quién la sustituya, claro?

—Bueno, ya sabes el por qué nadie se atreve a visitarme.

—Estoy pensando…

—¿El qué? —inquirió el troll impetuoso.

—¡Espera, no seas impaciente! Déjame meditar un momento.

Durante unos instantes, que al vehemente gigante le parecieron eternos, la chica se quedó callada y pensativa, tramando, seguramente, alguna de sus increíbles travesuras. El troll empezó a pensar que se había quedado dormida, cuando ella volvió a reaccionar:

—Se me está ocurriendo… Según dices, cuando la tierra se enfada con nosotros responde con tormentas, terremotos, inundaciones, todas esas cosas que nos amenazan y hacer peligrar nuestras vidas. ¿Verdad?

—Exactamente.

—Y tú eres el encargado de calmarla, pero no puedes hacerlo si te quedas dormido.

—Lo has entendido perfectamente.

—Además, sabes cantar y contar maravillosos cuentos y… a mí me encantan las dos cosas.

—¡Mira qué bien!

—¡Ya está!

—¿Quién? ¿El qué? ¿Dónde?

—Yo seré tu despertadora.

—¿¡Cómo!?

—Sí, cuando vea que la tierra se pone traviesa vendré corriendo y comprobaré que estás despierto o, en caso contrario, si has caído como un tronco, te despertaré. A cambio, podré disfrutar de esos momentos que tanto dices que le gustan a la madre naturaleza.

—¿Harías eso?

—¡Claro que sí!

—Entonces… ¿Serás mi nueva amiga? ¿Vendrás también, de vez en cuando, para hacerme compañía y contarme historias?

—A su servicio, señor shofengo… Scochafle… Señor barbitas.

Y ambos volvieron a reír cómplices y amigos.

De esta forma, Kury encontró por fin a alguien con quién nunca se aburría, que siempre la colmaba de nuevas historias y que la hacía disfrutar de maravillosas canciones. Además, durante el tiempo que se encargó del perezoso troll, la naturaleza se mostró agradecida y no se ensañó con los descuidados y maleducados hombres que la maltrataban. Su amistad y compañía fue pasando de generación en generación y el monstruo de la Montaña Nevada nunca más se sintió solo y abandonado. Aunque la leyenda siguió mostrándolo horrible y grotesco. De esa forma, se evitaba que la montaña se convirtiera en un centro turístico y así se respetaba el hogar del GUARDIÁN de la naturaleza.

Relato propuesto para el Desafío Literario BLA BLA BLA, del blog FantEpika, de Jessica Galera (@Jess_YK82):
Crea una historia con diálogo para la imagen y usa el Elemento Oculto
(Elegido el Nº.3): El Guardián

PD. Imagen de la cabecera de Kinkate en Pixabay

Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

La Terrorífica Hoja en Blanco

Aquí estoy, delante del monitor con las manos apoyadas suavemente sobre el teclado y sin haber podido escribir ni la frase inicial. Bueno, en realidad, he escrito varias y las he borrado. Con rabia y desdén. La hoja en blanco reluce en la pantalla y me hace ver chiribitas de tanto mirarla fijamente. Me han encargado una historia de terror y yo no soy de meter muchos sustos. Me los doy yo al levantarme cada mañana y mirarme al espejo. O al mirar mi cuenta corriente. O al ver los informativos… Pero, ¿escribir terror? ¿Eso cómo se hace?

Me he creado el ambiente ideal. He esperado a la noche y, en mi pequeño estudio, solo la pequeña luz de un flexo ilumina tenuemente las tinieblas de la habitación, que no las de mi mente. Había pensado ponerme algo de música impresionable, pero creo que nada es más terrorífico que el silencio. Aunque, de vez en cuando, creo advertir etéreos ruidos. Serán los muebles quejándose o mis neuronas sollozando.

Hago otro intento de inicio: «Era una noche fúnebre, triste y lastimera que…»

¡Por favor! No puedo ser más vulgar y simplón. ¿Cuántos relatos habrán empezado de esta forma? No puedo…

—¡clac, cloc, clac, cloc!

¡Mierda! El sonido de unas pisadas me ha hecho dar un respingo. No es la primera vez que el eco de la calle se cuela en la casa. Susurros de conversaciones nocturnas, tacones que clavetean sobre el asfalto, ladridos o maullidos de mascotas perdidas… Pero ¿y si esta vez no es en la calle?

Mi ansiedad hace que me levante y lo compruebe. Es una gilipollez, vivo en un segundo piso y aquí no llegaría al balcón ni el spiderman con un cohete. Pero no lo puedo remediar. Salgo del estudio y recorro el pasillo, sin encender las luces. No quiero despertar a nadie con mis tonterías.

Llego al salón y solo la débil luz que atraviesa los cristales me permite vislumbrar las siluetas de los muebles. Eso me hace evitar perder los meñiques de los pies con las patas de la mesa o el sofá. Todo tranquilo. Nadie tampoco en la cocina. ¡Pues claro! ¿Qué esperaba, al tío del antifaz?

Un ligero susurro en el aire me hace girarme hacia el otro pasillo y allí…

—¡¡¡MIERDA Y REMIERDA!!! —grito.

Una inmensa silueta de casi dos metros avanza hacia mí. Solo se atisba su reluciente y blanquísima sonrisa. Cuando pasa por delante de la luz de la ventana puedo ver que es mi hijo, se mueve hecho un zombi, con los ojos abiertos. ¡Otra vez se ha levantado sonámbulo! ¡Lamarequeloparió! Menudo infarto ha estado a punto de pegarme. Lo acompaño a su habitación, sin despertarlo, y lo ayudo a acotarse de nuevo. Parece un muñeco, ni se da cuenta. Cuando cae en la cama, se vuelve y sigue durmiendo como si tal cosa. ¡Angelito!

Regreso a mi estudio, no sin antes haberme bebido un buen vaso de agua para bajar el susto de la garganta, y me llevo otro, por si acaso. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación escucho unos gruñidos guturales bastante aterradores. Pero esta vez no me asustan, sé que son los ronquidos de mi mujer que está en el séptimo sueño del nirvana, ya estoy acostumbrado.

De nuevo me siento ante el ordenador, con la hoja y la mente en blanco. Después de varios minutos estoy tentado de abandonar la tarea e irme a la cama, pero seguro que don insomnio está esperándome impaciente junto a la mesita de noche. Ávido por torturarme una vez más. ¡No! ¡Tengo que insistir hasta que se me ocurra algo!

—¡ji, ji, ji, ji!

Mi medroso corazón pega otro bote con esta sibilina risita. Me vuelvo bastante mosqueado.

—¿Te parece gracioso jugar con el corazón de tu padre y…? —le dijo a la oscuridad quedándome a media bronca.

No hay nadie. Agudizo mis oídos, pero solo el silencio me atrona sin contemplación. Es imposible que haya salido huyendo sin hacer ni un solo ruido. Estoy seguro que escucharía sus irrefrenables carcajadas. ¡Joder! Todavía no estamos en el jaloguín para que las musas se cachondeen conmigo. No le hago caso. Son elucubraciones de mi mente alucinada. ¡Toma frase! ¿Cómo podría meterla en el relato?

—¡Ni adrede!

Ha sido mi mente, estoy seguro. Ha sonado como si viniera de detrás, pero ha sido mi mente. Ha sido dentro de mi cabeza. ¡Tiene que serlo! ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir terror de madrugada? Solo a mí. Oscuridad, silencio, atmósfera de terror… ¡¡Sus muertos!!

Me dispongo a cerrar el programa, sin grabar, no hay nada que grabar, cuando caigo en un curioso detalle. ¿Jaloguín? Estamos en octubre… mi hijo no regresa a casa de su destierro universitario hasta Navidades. Mi mujer… Mi mujer está pasando el fin de semana fuera, en un cursillo de yoquejé. Entonces…

Un tremendo escalofrío me recorre desde la nuca hasta las partes bajas. No, las ventanas están cerradas. No ha sido una corriente de aire, de hecho, hace bastante calor aquí. Estoy sudando. Bueno, también es por la sugestión. Porque ¡¡todo es una sugestión!!

No me da tiempo a seguir pensando, un aliento, esta vez cálido y húmedo, me sopla en el cogote. Abro tanto los ojos que se me caerían las lentillas, si las llevara. ¿Estaré soñando?

¡¡¡PAF!!!

¡Qué animal soy! La bofetada me ha dolido más que si me la hubieran dado. No, tampoco es un sueño. Me pica la cara y me quema el cachete. El ligero temblor que me recorre todo el cuerpo me hace gritar:

¡¡¡BASTA!!!

Hago intento de levantarme, pero un peso en el hombro derecho me lo impide. No giro la cabeza. No miro. No quiero ver lo que es. Me repito a mí mismo: «estás muy cansado, son alucinaciones, no hay nadie detrás, es una ilusión por la falta de sueño…»

Algo frío y afilado recorre mi garganta e impide que trague saliva.

— SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCIN…

Relato para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia de Terror.

Mi Primer Viaje

Hoy voy a hacer mi primer viaje. Es normal, tengo solo tres añitos. Cuando mis padres me dieron a elegir, no lo dudé ni un segundo, ¡quiero volar! Tuvimos que esperar al fin de semana y se me hizo más largo que la espera de la merienda. Estoy nerviosa y asustada, ¿Qué se sentirá siendo como un pájaro?

El trayecto en coche es corto, aunque se me ha hecho interminable. El «¿Falta poco papi?» se me ha escapado demasiadas veces. Menos mal que ellos tienen más paciencia que yo. A mami se le han ocurrido un montón de canciones de viajes y al final no me he dado cuenta de que habíamos llegado.

El sitio es muy grande y está lleno de gente. Debido a mi altura no puedo ver nada, por eso le cojo la mano a mi papá y la agarro muy fuerte, me da miedo perderme entre tantas personas. Avanzamos, casi sin espacio, y yo me agarro también a mi mami para que no se pierda ella. ¡Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para viajar hoy mismo!

Por fin salimos a una zona, donde hay menos gente, y el sonido atronador de los altavoces me retumba en los oídos y tengo que tapármelos. Aparece una chica joven, muy simpática y guapa, con pinta de azafata. Me dedica bonitas palabras y su sonrisa me tranquiliza. Habla con mi padre, asiente convencida y me tiende la mano, invitándome a que me agarre a ella. Yo miro a mis padres y ellos me empujan con la mirada a que lo haga, pero no me suelto de mi papi. Él intenta convencerme, dice que tengo que entrar yo sola. ¿Yo sola? Me empiezo a poner muy nerviosa. Él consigue desasirse y la chica me arrastra con ella, con dulzura, pero inflexible. Yo me dejo llevar, aunque estoy tan asustada que no reacciono hasta que lo veo.

¡Allí está el avión!

¡Es precioso! Tiene un color rojo intenso, con las alas amarillas y como un ventilador en la punta. Brilla con la luz del sol y… aunque es grande… no lo parece tanto como cuando lo he visto por la tele.

Llegamos a unas escaleras, pero sus escalones son demasiado altos para mí, así que la chica me coge en brazos y me suelta al subir a la plataforma. Me lleva hasta un asiento y su gran sonrisa se despide con mucha dulzura. Me entra una tristeza involuntaria y mis ojitos se empañan con la aparición de tímidas lágrimas. Quiero ver a mis padres, pero, cuando giro la cabeza intentando buscarlos, se encienden todas las luces deslumbrándome y una música espantosa comienza a berrear dejándome casi ciega y sorda.

El avión tiembla, se estremece, se mueve… ¡Vamos a despegar!

Todo ocurre demasiado rápido. Primero el avión avanza muy lentamente y luego va cogiendo velocidad poco a poco. El estómago se me encoge y el aire, que me golpea en la cara, seca rápidamente mis lágrimas. ¿Ya ha comenzado mi viaje?

Siento como el corazón me late con más fuerza y mis manos se ponen blancas por la fuerza con que me agarro. Comienzo a oír gritos, risas y algún aplauso. Todas son voces de niños. Yo cierro la boca muy fuerte, no quiero tragarme ninguna mosca. Al mirar por la ventanilla, ¡veo a mis padres! Pero desaparecen rápidamente. Antes de que me dé tiempo a asustarme, aparecen de nuevo. Desaparecen y vuelven a aparecer. Se van y vuelven. ¿Qué misterio es este?

El avión ahora va muy rápido y siento como el aire me mantiene en volandas. Como cuando papi gira conmigo en brazos. ¡Es una sensación maravillosa!

Ahora que mis ojos se han adaptado a la luz del ambiente, miro a mi derecha y veo… ¡¡¡Un caballo con alas!!! Miro hacia atrás y me persigue… ¡Un conejo montado en un globo! A su lado… ¡Un delfín vuela con sus aletas como si fueran alas! Encima de cada uno hay un niño riendo, gritando, disfrutando del viaje. Todos menos uno, más pequeño, que no para de llorar. La risa de todos los demás me contagia y yo también me pongo a reír.

Aunque estoy dentro del avión, levanto los brazos y simulo ser un pájaro y… ¡Vuelo!

—¡Es reconchimegashuli! —grito. No sé lo que significa, pero se lo he escuchado a un compi del cole. Por la expresión de su cara, viendo en su mano una chocolatina, tiene que querer decir lo mismo que yo ahora siento.

Mis padres siguen apareciendo y desapareciendo hasta que una música muy chula nos avisa que el viaje toca a su fin. Poco a poco nos vamos parando y, transcurridos unos segundos, vuelve a aparecer la chica simpática, me coge en brazos y me lleva con mis padres.

—¿Te ha gustado? —me dicen al mismo tiempo los dos. Yo les digo que sí moviendo muy rápido mi cabeza y abro los ojos mucho ante su pregunta—. ¿Quieres dar otra vuelta en el Tiovivo?

—¡Claro que sí! —les respondo—. Pero ahora quiero montarme sobre una paloma.

¡Me encanta volar! ¡Cuándo sea mayor quiero ser pilota!

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Inventa una historia que se desarrolle en el interior de un avión o similiar.

(Imagen de la cabecera de Gerhard G., en pixabay.

Aventuras de una Noche de Verano

Llego a mi casa y abro la puerta, intentando dejar fuera todos los problemas del día, pero es difícil. Tengo un trabajo duro, intenso, complicado y la gente está en estado permanente de histeria. Cuesta mucho que te devuelvan la sonrisa que tú, de forma honesta y voluntaria, les dedicas. No es obligatoria, pero forma parte de mi manera de ser. Intento contagiar los buenos modos y que la atención no sea más engorrosa de lo que ya de por sí es. Suele surtir efecto con la mayoría, pero algunos se empeñan en seguir ofuscados y malhumorados. No se dan cuenta lo que agota y desgasta esa disputa psicológica. Pero es la ocupación que he decidido ejercer y no me rendiré ante los intransigentes.

Dejo las llaves en la mesita de la entrada y le cierro la puerta a mi otra vida. Me ducho, como algo y me preparo para mi aventura nocturna. Me dirijo hacia mi cuarto secreto y me siento en el sillón desde el que ejerzo el control de viajes. Respiro profundamente varias veces hasta relajarme. Ha llegado mi momento favorito del día. La NOCHE.

Hoy voy a empezar con un viaje en el tiempo.

Busco entre las opciones y me decanto por un año en el pasado. Cierro los ojos brevemente y al abrirlos ya estoy allí.

Deambulo por las solitarias calles, entre miradas escondidas y carteles del Gran Hermano. Siento la opresión del ambiente, el silencio de los sometidos, el control absoluto sobre mis pasos. Mi mente divaga entre tantas prohibiciones e intenta gritar para liberarse.

Fotografía de una calle solitaria iluminada por farolas. Solo se ve una al fondo y la que está oculta en primer plano solo se adivina por la luz que ofrece.
Los árboles en las aceras se ven como sombras y el adoquinado del suelo brilla con las tenues luces.
Predominan los tonos marrones y el negro de las sombras.
Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

Como si hubieran sido capaz de escuchar mis cavilaciones, aparece un grupo uniformado, totalmente de negro, con porras amenazantes e insignias  aun más intimidadoras. Corro por calles desiertas, sin ayuda posible, e intento esconderme en los callejones sombríos y desolados, pero estos policías del pensamiento no pierden mi rastro. Me toma pocos segundos decidirme, esta noche no estoy preparado para esta lucha angustiosa. Cierro el dispositivo y vuelvo a mi habitáculo.

Suspiro varias hasta que mis emociones se apaciguan. Me tomo demasiado en serio estas aventuras. Sin embargo, todavía es muy temprano para acostarme. Necesito probar otra cosa.

Esta vez, deshecho el tiempo y prefiero viajar en el espacio.

Miro los epígrafes que tengo y encuentro uno referente a una isla. Maravilloso, es lo que ahora mismo necesito, un viaje a una isla desierta.

Abro el artilugio, cierro los ojos unos instantes y, cuando la brisa marina me acaricia la cara, los vuelvo a abrir. Estoy rodeado de palmeras, una espesa fronda verde, fresca, aromática, deliciosa. Al fondo diviso el mar que rivaliza en azules con el cielo. Percibo los ruidos de la jungla que no se han visto perturbados por mi presencia. Distingo aves y monos, y algún rugido que me hace pensar que esta isla desierta tiene más vida que mi barrio.

Me alejo de los bramidos para prevenir un encuentro desafortunado y deambulo hacia la playa con la esperanza de darme un baño en las aguas frescas y cristalinas. Sin embargo, cuando me acerco a la orilla, veo salir del agua un ser bello, aunque inquietante. Tiene aspecto humanoide, pero el cuerpo lleno de escamas. Sus ojos son más grandes de lo normal y en los laterales del cuello parece tener agallas.

—Hola —me dice con una voz dulce, delicada y profunda.

—Ho… la —le respondo balbuceando las sílabas.

—¿Tú no eres de por aquí, verdad? —Esta vez me habla mostrando una enorme sonrisa que deja entrever unos grandes y afilados dientes.

No me lo digo dos veces y salgo corriendo. Vuelvo a entrar en la selva, buscando la protección de la espesura. Esquivo árboles, salto matorrales e intento no caer en ninguna trampa. Cuando mis pulmones parecen estar a punto de reventar, salgo a un espacio abierto dominado por un extenso lago, ocasionado por una preciosa y ensordecedora catarata. Me quedo pasmado ante tanta belleza.

Fotografía de una cascada que cae sobre un lago lleno de enormes piedras, verdes por el musgo que las cubre.
La imagen aparece con el agua difuminada, dándole una apariencia de algodón o nata.
La escena está enmarcada por precipicios también llenos de musgos y pequeños y delgados árboles.
Predomina el verde, del musgo y la hierba, y el blanco del agua.
Imagen de Florian Dittmar en Pixabay

Disfrutando de la escena no me he dado cuenta que estoy rodeado de seres … ¿Humanos? ¿Animales? En realidad son una mezcla de ambos, como la criatura que me encontré en la orilla. Chicas y chicos con cabezas y garras de felinos, osos, aves, monos… El espectáculo es grotesco, pero no se muestran amenazantes, al contrario, me invitan a adentrarme en la laguna y de forma amigable me ofrecen comida y bebida. Algo me impide rechazarlas y me integro en su fiesta.

—Al Doctor le va a encantar nuestro nuevo invitado —escucho a alguien decir entusiasmado.

—¡Desde luego! Hacía tiempo que no llegaban nuevos especímenes —comenta otro.

En lugar de sentir miedo, me entra una gran somnolencia que me hace relajarme y abandonarme en los brazos de dos preciosas gacelas. No sé que me van a hacer, pero no tengo fuerzas para resistirme. Cierro los ojos…

Algo me hace dar un respingo. Despierto y vuelvo a estar en mi salón. El libro se me ha caído de las manos y me ha hecho regresar a la realidad. Creo que es momento de irme ya a la cama.

¡Qué maravilla poder viajar y vivir mil aventuras sin moverse del sillón de lectura!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia donde la noche sea la protagonista.