La Terrorífica Hoja en Blanco

Aquí estoy, delante del monitor con las manos apoyadas suavemente sobre el teclado y sin haber podido escribir ni la frase inicial. Bueno, en realidad, he escrito varias y las he borrado. Con rabia y desdén. La hoja en blanco reluce en la pantalla y me hace ver chiribitas de tanto mirarla fijamente. Me han encargado una historia de terror y yo no soy de meter muchos sustos. Me los doy yo al levantarme cada mañana y mirarme al espejo. O al mirar mi cuenta corriente. O al ver los informativos… Pero, ¿escribir terror? ¿Eso cómo se hace?

Me he creado el ambiente ideal. He esperado a la noche y, en mi pequeño estudio, solo la pequeña luz de un flexo ilumina tenuemente las tinieblas de la habitación, que no las de mi mente. Había pensado ponerme algo de música impresionable, pero creo que nada es más terrorífico que el silencio. Aunque, de vez en cuando, creo advertir etéreos ruidos. Serán los muebles quejándose o mis neuronas sollozando.

Hago otro intento de inicio: «Era una noche fúnebre, triste y lastimera que…»

¡Por favor! No puedo ser más vulgar y simplón. ¿Cuántos relatos habrán empezado de esta forma? No puedo…

—¡clac, cloc, clac, cloc!

¡Mierda! El sonido de unas pisadas me ha hecho dar un respingo. No es la primera vez que el eco de la calle se cuela en la casa. Susurros de conversaciones nocturnas, tacones que clavetean sobre el asfalto, ladridos o maullidos de mascotas perdidas… Pero ¿y si esta vez no es en la calle?

Mi ansiedad hace que me levante y lo compruebe. Es una gilipollez, vivo en un segundo piso y aquí no llegaría al balcón ni el spiderman con un cohete. Pero no lo puedo remediar. Salgo del estudio y recorro el pasillo, sin encender las luces. No quiero despertar a nadie con mis tonterías.

Llego al salón y solo la débil luz que atraviesa los cristales me permite vislumbrar las siluetas de los muebles. Eso me hace evitar perder los meñiques de los pies con las patas de la mesa o el sofá. Todo tranquilo. Nadie tampoco en la cocina. ¡Pues claro! ¿Qué esperaba, al tío del antifaz?

Un ligero susurro en el aire me hace girarme hacia el otro pasillo y allí…

—¡¡¡MIERDA Y REMIERDA!!! —grito.

Una inmensa silueta de casi dos metros avanza hacia mí. Solo se atisba su reluciente y blanquísima sonrisa. Cuando pasa por delante de la luz de la ventana puedo ver que es mi hijo, se mueve hecho un zombi, con los ojos abiertos. ¡Otra vez se ha levantado sonámbulo! ¡Lamarequeloparió! Menudo infarto ha estado a punto de pegarme. Lo acompaño a su habitación, sin despertarlo, y lo ayudo a acotarse de nuevo. Parece un muñeco, ni se da cuenta. Cuando cae en la cama, se vuelve y sigue durmiendo como si tal cosa. ¡Angelito!

Regreso a mi estudio, no sin antes haberme bebido un buen vaso de agua para bajar el susto de la garganta, y me llevo otro, por si acaso. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación escucho unos gruñidos guturales bastante aterradores. Pero esta vez no me asustan, sé que son los ronquidos de mi mujer que está en el séptimo sueño del nirvana, ya estoy acostumbrado.

De nuevo me siento ante el ordenador, con la hoja y la mente en blanco. Después de varios minutos estoy tentado de abandonar la tarea e irme a la cama, pero seguro que don insomnio está esperándome impaciente junto a la mesita de noche. Ávido por torturarme una vez más. ¡No! ¡Tengo que insistir hasta que se me ocurra algo!

—¡ji, ji, ji, ji!

Mi medroso corazón pega otro bote con esta sibilina risita. Me vuelvo bastante mosqueado.

—¿Te parece gracioso jugar con el corazón de tu padre y…? —le dijo a la oscuridad quedándome a media bronca.

No hay nadie. Agudizo mis oídos, pero solo el silencio me atrona sin contemplación. Es imposible que haya salido huyendo sin hacer ni un solo ruido. Estoy seguro que escucharía sus irrefrenables carcajadas. ¡Joder! Todavía no estamos en el jaloguín para que las musas se cachondeen conmigo. No le hago caso. Son elucubraciones de mi mente alucinada. ¡Toma frase! ¿Cómo podría meterla en el relato?

—¡Ni adrede!

Ha sido mi mente, estoy seguro. Ha sonado como si viniera de detrás, pero ha sido mi mente. Ha sido dentro de mi cabeza. ¡Tiene que serlo! ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir terror de madrugada? Solo a mí. Oscuridad, silencio, atmósfera de terror… ¡¡Sus muertos!!

Me dispongo a cerrar el programa, sin grabar, no hay nada que grabar, cuando caigo en un curioso detalle. ¿Jaloguín? Estamos en octubre… mi hijo no regresa a casa de su destierro universitario hasta Navidades. Mi mujer… Mi mujer está pasando el fin de semana fuera, en un cursillo de yoquejé. Entonces…

Un tremendo escalofrío me recorre desde la nuca hasta las partes bajas. No, las ventanas están cerradas. No ha sido una corriente de aire, de hecho, hace bastante calor aquí. Estoy sudando. Bueno, también es por la sugestión. Porque ¡¡todo es una sugestión!!

No me da tiempo a seguir pensando, un aliento, esta vez cálido y húmedo, me sopla en el cogote. Abro tanto los ojos que se me caerían las lentillas, si las llevara. ¿Estaré soñando?

¡¡¡PAF!!!

¡Qué animal soy! La bofetada me ha dolido más que si me la hubieran dado. No, tampoco es un sueño. Me pica la cara y me quema el cachete. El ligero temblor que me recorre todo el cuerpo me hace gritar:

¡¡¡BASTA!!!

Hago intento de levantarme, pero un peso en el hombro derecho me lo impide. No giro la cabeza. No miro. No quiero ver lo que es. Me repito a mí mismo: «estás muy cansado, son alucinaciones, no hay nadie detrás, es una ilusión por la falta de sueño…»

Algo frío y afilado recorre mi garganta e impide que trague saliva.

— SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCIN…

Relato para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia de Terror.

El Buscador de Historias

Una de las mayores desdichas con las que se puede tropezar un escritor es la falta de historias que contar. Cuando tu mente se vuelve más blanca que la hoja que llora abandonada sobre el escritorio. Cuando la vida no te susurra al oído cuentos y fantasías. Cuando un paseo por el bosque solo te muestra los árboles y un atardecer te parece un fenómeno cotidiano y aburrido. Cuando el niño que vive en ti crece y se muda porque tu imaginación dejó de alimentarlo.

Como era incapaz de contar historias busqué quién me las contara a mí. Alguien que pudiera abrir mi mente y poner sobre mi pluma el mecanismo de creación que había perdido. Salí a preguntar a mis vecinos, pero unos tenían sus vidas ingresadas en sus móviles viviendo otras vidas y otros contemplaban, plantados delante de aburridos televisores, las disputas, los gritos y las enajenaciones mentales del mundo.

Recordé que los cuentos y fábulas siempre han estado en boca de los ancianos y a ellos acudí para que me contaran sus historias. Sin embargo, éstos dejaron de sentirse narradores desde hacía mucho tiempo. Ya nadie acudía a ellos para que iluminaran sus sueños. Para que sacaran del fondo de sus corazones a los niños que se habían dormido en sus profundidades. Así que los ancianos olvidaron las historias y el mundo se desentendió de escucharlas. Se dedicaron a vivir y a contemplar como pasaba el tiempo que se los llevaría en volandas.

Afortunadamente, un amable librero de viejo me dio esperanzas. Me enseñó un libro muy antiguo. Estaba ajado y sus hojas amenazaban con abandonarlo. Su tacto era rudo y apagado. Era uno de esos libros que no atraían por su portada, sino por el misterio que podía albergar en su interior. Acariciando su tapa, el anciano librero me dijo: «Cuenta esta leyenda, que donde el cielo se desborda existe una mujer, una diosa, una maga, tal vez una bruja. Cuenta que es capaz de crear mundos increíbles y fantásticos. Cuenta que su imaginación ha alimentado la fantasía de miles de soñadores. Cuenta muchas cosas que, quizás, solo sean eso, cuentos, pero de qué están hechos los sueños si no de fábulas». Viendo mi desesperanza se apiadó de mí y me regaló el libro. Me indicó que lo leyera pausadamente y con paciencia porque, tal vez si creía, me indicaría el camino para encontrarla.

Lo leí y releí tantas veces que me aprendí pasajes de memoria. Las indicaciones que se mostraban eran tan imprecisas y burdas que eran imposibles de buscar en ningún mapa. Por mucho que leía, en mi cabeza solo resonaba la frase: «donde el cielo se desborda». Sobre la mujer mencionada por el librero poca información había. Solo se hacía hincapié en que «cuando la encuentres, sabrás que es ella». En el libro aparecía uno de los nombres por los que era conocida, pero que no debía ser pronunciado en voz alta, más que en su presencia. Lo busqué en Internet y en viejas bibliotecas, pero por supuesto no encontré nada. El libro era tan antiguo como la leyenda y cualquier referencia a ambos quedaba fuera del conocimiento. Solo tenía una opción, emprender el camino siguiendo la escasa información del texto con la ilusión y la esperanza de encontrar aquel ser legendario y, acaso, ficticio.

Y aquí me encuentro, avanzando por sendas desconocidas, creo que perdido y solo, muy solo. Tantos años escribiendo sobre aventureros que van en busca de su quimera y ahora soy yo el que se ha convertido en uno de los personajes de mis historias. Voy en busca de una leyenda. Voy en busca de mi salvación. Si no la encuentro tendré que olvidarme de escribir porque sin historias que contar no habrá libro que narrar.

Llevo días soportando un tiempo inclemente. Subiendo y bajando montañas inacabables. Atravesando bosques tenebrosos llenos de crujidos y sombras. Intentando dormir en noches sin estrellas que hacen imposible pensar en el renacimiento del sol. Parece que la dama de la leyenda se empeña en ponerme pruebas imposibles para que llegue hasta ella. Sin embargo, no cejaré en mi empeño. Todo sea por volver a encontrar el camino de la creación, porque escribir es lo que da sentido a mi vida. Si no soy capaz de contar historias tendré que contentarme con vivir las que otros escribieron o morirme en vida, desganado y melancólico.

Después de luchar contra la desesperanza y bordear la huida, mi corazón no puede contener tanta felicidad y mis ojos son incapaces de abarcar tanta belleza. Creo que he llegado a mi destino. Estoy exhausto, pero eufórico.  He sido capaz de completar el viaje y ante mí tengo el más maravilloso espectáculo que nunca podría haber imaginado. Enormes masas de agua surgidas de las nubes caen formando impresionantes cascadas. Se mezclan creando un maremágnum de increíbles colores que crean inverosímiles arcoíris. El ruido es ensordecedor, pero la belleza hipnótica. Miles de aves gritan y revoletean entre las corrientes. Una de ellas me ha mostrado un camino, casi invisible, que sobrevuela los torrentes. Por él me encamino como si flotara sobre las aguas. No diviso el final avanzando entre nubes, pero mi ansiedad y urgencia se sobrepone al miedo. Después de tanto esfuerzo para llegar hasta aquí nada me va a hacer abandonar.

Imagen de EnriqueLopezGarre en Pixabay

El estrecho camino se ha convertido en una indefinida llanura ocultada por la niebla. Recuerdo el texto escrito en el libro que guardo en mi mochila y que a duras penas ha aguantado el farragoso viaje. Evoco y, tímidamente, balbuceo el nombre que en él aparece: «JessiKhaleshi». No tarda en aparecer una sombra entre la bruma. Vuelvo a rememorar el texto: «¿Eres la señora de Fantépica?» le pregunto con impaciencia y temor. «¿La contadora de historias. La creadora de Mundos y fantasías? ¿Mi salvadora?» insisto. Ella sonríe y me responde: «¿Si así lo crees tú?».

Me acerco ilusionado y sonriente. Me presento y le explico mi desgracia. Le cuento cómo la desdicha se ha cebado sobre mi pluma y cómo las páginas siguen en blanco después de mirarlas eternamente. Le suplico que me saque de ese foso en el que me encuentro. Y ella, con la voz más dulce y hermosa que mis oídos hayan escuchado, me dice: «Me pides que te cuente historias para tus libros. Que te regale los oídos con bellas fábulas para que las conviertas en grandes aventuras. Que abra las puertas que sellan tu mente. Sin embargo, no soy yo quién puede ayudarte».

Mi cara muestra inefable mi desilusión. Mis ojos se anegan de lágrimas que me ahogan. Mastico mi infortunio pensando que no tiene solución. Ella, al ver mi cara, me mira ladeando la suya y sonriendo añade: «Llevas todo el viaje con los ojos cerrados. Has sido incapaz de ver más allá del camino. No has mirado el mundo que atravesabas.

»No has visto cómo aquel cervatillo ha escapado in extremis del lobo que le perseguía. No has escuchado como aquel leñador talaba árboles para venderles calor a sus vecinos. No te has dado cuenta como miles de hormigas sobrevivieron a las lluvias torrencialmente porque trabajaron con la inteligencia del grupo. No te fijaste cómo hay árboles que crecen dónde ninguna otra planta ha sido capaz de levantar un palmo del suelo. Has deambulado mirando sin ver nada.

»No soy yo la que te puede contar las historias que debes escribir. Es tu propio camino el que te ofrecerá el material necesario para que las crees. Yo solo soy la excusa de tu viaje. Has pensando que te serviría en bandeja las historias, cuando es tu misma odisea la que te las ha contado al oído sin que te hayas dado cuenta. Querías conocer aventuras sin levantarte de la silla en la que escribías. Ahora las has vivido. Ya tienes tus historias.»

Y en ese momento, rememorando esos pasajes, vi al cervatillo convertido en un vistoso paje que llevaba una misiva importantísima para el rey. Gracias a sus gráciles movimientos y a sus veloces piernas pudo escapar del lobo-demonio y avisar de la llegada del peligro. Vi que el hacha que usaba el leñador era de mágico oro, la había encontrado en el fondo del río, y se pasó muchos días decidiendo si venderla o quedársela. Cuando la usó, descubrió que era capaz de hablar con los árboles y, con su permiso y ayuda, encontró los que ya estaban muertos. Así consiguió talar maderos, más grandes y en menos tiempo, sin dañar el bosque. Las hormigas eran en realidad una pequeña colonia de seres venidos del espacio que intentaban sobrevivir en un mundo de gigantes. Sus mentes colmenas les capacitaba para realizar, con increíble destreza, inverosímiles empresas. Y aquel árbol, que se levantaba solitario y resistente al agotamiento del suelo, era alimentado desde sus raíces por los seres más pequeños del universo. Tan inteligentes que nunca se dejaban ver, pero que iban de planeta en planeta impidiendo que estos se convirtieran en yermos paisajes. Creaban señales para que los pobladores se alertaran del destino fatal de su planeta. Vi el mundo que me rodeaba, pero que no había sabido mirar. Abrí los ojos de la imaginación y todas las fábulas aparecieron en mi cabeza.

Gracias magnánima señora por tu sabiduría, tu generosidad y tu paciencia. Me has enseñado a ver el mundo y comprender que las historias siempre han estado dentro de mí. Mi niño interior ha vuelto a sonreír porque tiene mil fábulas con las que alimentar su fantasía. Es él el que las inventa y me las cuenta. Ya no tengo miedo a que se aburra y me abandone. Escribir es crear, pero, sobre todo, observar la vida con la inocencia y el encanto de la imaginación.

Relato publicado en el Reto Literario “Un Agosto de Leyenda’
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
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