Las Casas No Encantadas

Fotografía de un parque en otoño. En un primer plano, se ven dos bancos de madera, salpicados de hojas. El suelo de todo el parque también está alfombrado de estas mismas hojas, ocres y amarillas. La imagen del parque se va difuminando hacia el fondo (derecha) por efecto del desenfoque.
En la imagen predominan los colores cálidos y pardos otoñales.
Imagen de Pepper Mint en Pixabay.

El sol se desvanece remolón, porque sabe que tiene que despertar al otro lado del planeta, pero todavía quiere regalarle unos rayos cálidos al parque. Este, teñido de tonalidades ocres y amarillas, bosteza de hastío y abandono, mientras el lánguido otoño lo abraza con cariñosa calidez.

Algunas hojas, desprendidas indolentes de alguna rama, bailotean en el aire y describen curiosas piruetas hasta terminar justo a los pies de una mujer que, sentada en un banco, parece estar muy lejos de allí. Ya es la hora de volver a casa, pero demora lo indecible ese momento.

Como el sol ya no es una molestia para sus ojos, se ha quitado las gafas que los escondía y deja que la suave brisa acaricie su maltratada cara. Levanta su cabeza y permite que los últimos destellos solares besen su magullado, cansado y triste rostro. ¡Está tan necesitado de cariño! La quietud del lugar la revitaliza y la calma, al mismo tiempo. Es una sensación tan placentera que su alma parece abandonar su cuerpo y contemplarla desde las alturas.

Sin embargo, un ruido la hace regresar súbitamente. Hay alguien cerca. No le da tiempo a levantarse del banco, cuando una lata de refresco pasa rodando por delante de ella. Detrás viene un pequeñuelo con las manos en los bolsillos, un faldón de la camisa por fuera y la cara oculta bajo su largo flequillo. La barbilla, hundida en el pecho, remarca la velada postura, aunque eso no impide que se escuchen sus suspiros y el intento por reprimir los mocos. ¿Tal vez, también las lágrimas?

Al pasar por delante de la mujer se queda sorprendido e inmóvil. No esperaba encontrar a nadie en «su parque«. Siempre suele estar desierto a estas horas, en donde encuentra lo que él busca. La Soledad.

Por un instante, los dos quedan enfrentados, en silencio, quietos, impasibles. La mujer, sin soltar ni una palabra, con un simple gesto de su cara, le pregunta: «¿Estás bien?». Él se encoge de hombros, respondiendo de esa forma con un «¡qué más da!». Ella lo mira sensible y trastea en su bolso hasta que encuentra un paquete de pañuelos, manido y casi agotado, pero al que aún le quedan un par de consuelos. Se lo acerca al pequeño y esto lo coge con timidez, musitando un imperceptible agradecimiento.

El chico observa el objeto en su mano, pero es reticente a limpiar su desconsuelo. Cuando ella saca una chocolatina de su insondable bolso se le iluminan los ojos. Esta vez, sí se apresura a cogerla, abrirla y darle un buen bocado.

Entendiendo que el permiso está implícito en la invitación, se sienta a su lado. Pero no lo hace en una postura normal. Entre el banco y su trasero, las piernas amortiguan su castigo. Excesivo, para el delito cometido. Pero ya está acostumbrado a un jurado implacable e insensible.

Ahora los dos se miran y sonríen. Algo les dice que tienen sentimientos en común o, tal vez, sería más correcto decir padecimientos. No se hablan, no hace falta. La calma de aquella plazoleta es un bálsamo para sus corazones que también les cura el cuerpo.

De nuevo, la sorpresa espanta al silencio del lugar. Los matorrales se estremecen ante el ímpetu de alguien escondido. Los dos miran con cierto temor. No hay posibilidad de que algún animal salvaje les ronde, porque están en la ciudad. Lejos quedan los bosques, las montañas o cualquier hábitat desafiante. Tampoco temen a los monstruos de la fantasía. Una hace mucho que se dio cuenta de que existen, pero lejos del celuloide o del papel; el otro comprendió hace muy poco que un disfraz, una deformidad o un bramido, dan menos miedo que un cinturón o una hipócrita sonrisa. Pero se está haciendo tarde y la penumbra empieza a cambiar el alegre y bello aspecto del parque por el crepúsculo de las sombras.

Cuando empiezan a preguntarse si es aconsejable quedarse allí sentados, indefensos. Un pequeño, juguetón y bigotudo Schnauzer sale, impetuoso, de la maleza y se planta delante de ellos. Los tres se miran con curiosidad. El animal ladea su cabeza lanzando una pregunta al aire: «¿quiénes sois vosotros?». Otro ladeo: «¿qué hacéis en mis dominios?».

El chico le ofrece lo que resta de su chocolatina. Aún tiene hambre, pero cree que el cachorro le gana en necesidad. El peludo vagabundo da unos pasitos hacia atrás, aunque no se aleja del todo. Ya está escarmentado de las dulces trampas que lo llevan a tortuosos caminos. Le falta media oreja y un trozo del rabo y en el cuerpo se pueden ver algunas cicatrices todavía lacerantes. No, esta vez no lo seducirán con una golosina.

Sin embargo, la mano del chico y los ojos de la mujer le transmiten tantísima confianza, y hace tanto que no prueba algo tan suculento.

Un bufido parece más explícito que un ladrido, pero el chico insiste y la mujer le hace gestos para que coma.

No está seguro de su maltrecho olfato, pero cree oler en la distancia esa delicia. ¡De perdidos al río!, que le dijo una gata. Qué pueden hacerle un par de bastonazos más.

Lento y titubeante se acerca y lame el dulce. ¡Madremííía que riiicooo! Deja de pensárselo y se lo arrebata al chico de un bocado. Lo saborea unos instantes, encantado, antes de tragárselo.

Ahora los tres sonríen, cada uno a su manera. Parecen tan distintos, pero en el fondo tan parecidos. Tres desgraciados que pensaron que la vida no era un cuento de terror y que averiguaron, muy a su pesar, que las historias son más temibles cuando se sufren en carne propia.

Los tres deberían estar en sus casas. Porque la casa es un símbolo de cobijo, de hogar, de calor, de ¿Protección?

Ellos sentían terror de regresar a ella.

Algunas casas dan pavor, porque dicen que están ENCANTADAS, que albergan espíritus malignos que atormentarán a sus inquilinos. Pero, ¿qué pasa con las casas normales?, ¿Casas que habitan personas también «normales«? ¿Casas que NO están ENCANTADAS con lo que ocurre dentro de ellas?

La noche se cierne sobre el parque y esta sí que les cobija, les mantiene ocultos e indemnes. Se convierte en el hogar que tendría que haber sido su casa. Pero hay casas que conviene abandonar, aunque sea involuntariamente.

Ya no tienen miedo. Ya están a salvo. Ya no tienen que volver a ella.

Relato escrito para la propuesta del VadeReto de este mes:
Crea una historia cotidiana con personajes corrientes, transformándolos en un cuento de terror. Además, debe ocurrir en Otoño.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Valentin en Pixabay.

VadeReto (OCTUBRE 2022).-

Descripción del logo: El fondo es una composición realizada con una imagen de un bosque otoñal: hojas de colores ocre, parduzcos y amarillos y musgo en la parte inferior. Impreso sobre él, y algo difuminado (centro-izquierda), aparece una calabaza a la que se le ha cincelado ojos y boca al estilo de Halloween. En la parte superior aparece el texto "VadeReto", en rojo, con relieve y con trazo blanco bordeándolo. En la zona inferior, una cinta dorada, a modo de banner, con un par de pliegues, lleva grabado encima el mes en curso del presente año, en rojo, seguida por una pluma de ave, también roja. La imagen queda formando un cuadrado, con los textos centrados horizontalmente.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

¡Atención, pasajeros del Acervo ferroviario! Nos adentramos en los últimos trayectos del año y vamos cuesta abajo y sin frenos hacia el impredecible, inquietante, pero inapelable 2023. Yo, por si acaso, no le voy a pedir ni permiso. Que los anteriores se pasaron los deseos por el triángulo de Bermudas. Mejor hago como el del chiste, ¡Diosita, diosita del destino, que al menos me quede como estoy!

Acabamos de inaugurar el Otoño y los ocres, parduzcos, rojizos, amarillos y demás colores de la estación, embellecen nuestras calles y parques. Para unos es un tiempo depresivo y melancólico; para otros, son días de sosiego, recogimiento, lectura y tazón calentito.

Este es el mes del Terror, porque termina en Jaloguín, aunque algunos dicen que este título le corresponde a noviembre. Para mí, como es el mes en que cumplo años y las velas se caen ya por los bordes del pastel, OCTUBRE es el mes más terrorífico del año.

El miedo es motivador de muchísimas emociones. Cada uno reacciona de una forma diferente. Hay quién disfruta como un niño pisando charcos, ríe y salta de júbilo ante un buen susto. Y, claro, también están quienes te dejan el brazo lleno de hematomas si te atreves a ver una peli de miedo con ellos.

La imaginación toma aquí el timón para llevarnos a vivir increíbles experiencias. Tu mente crea tus propios monstruos y lo que para unos es un payaso que lo hace reír a carcajadas, para otro es el ser más terrorífico que se puede uno encontrar en una esquina, y maldita la gracia que hace.

Por eso son interesantes estas historias. Te permite explorar, como escritor, tus propios miedos y, como lector, experimentar el que otros crean.

¿Otoño? ¿Terror? Parece una combinación interesante, ¿no?

Pues Amo a dahle.

Este mes queremos que en el VadeReto nos contéis historias de…

UN OTOÑO DE MIEDO

Imagen típica otoñal. Un bosque, o un parque, lleno de árboles cuyas hojas se han convertido en preciosos colores ocres, marrones, rojizos...
Desde la parte inferior se abre un camino de tierra que se adentra hacia el centro y tuerce finalmente hacia la izquierda, perdiéndose entre los árboles.
La tonalidad global de la fotografía es la de las hojas, con el contraste del negro de los troncos. Hay luz diurna que permite ver perfectamente todo el conjunto.
Imagen de Valentin en Pixabay

Pero, ¿Qué tal si le ponemos algunas condiciones?

Vamos a intentar alejarnos de las figuras y escenarios clásicos y típicos. El cementerio, los fantasmas, los monstruos hollywoodenses, la oscuridad, la niebla… todos estos son recursos bastante trillados y de fácil inspiración.

¿Os atrevéis a usar escenas cotidianas, personajes corrientes, sucesos nada relevantes… y transformarlos en auténticas historias de terror?

No os olvidéis que debe ocurrir en Otoño.

Aquí van algunas fotografías, por si necesitáis inspiración:

En primer plano, vemos a un anciano sentado, de espaldas a nosotros, en un banco de madera. Está en medio de un campo, sin árboles, bastante solitario. Los tres cuartos del fondo están ocupados por el cielo que muestra la vía láctea, motivo de la contemplación del hombre.
Negro, azul oscuro, salpicado de luces blancas para el cielo; marrones y amarillos para el campo, el banco y la vestimenta del viejo.
Imagen de Pete Linforth en Pixabay
El centro de la imagen es una taza humeante. Café, chocolate o algo parecido, solo se ve la espuma de su superficie. Alguien lo mantiene en sus manos que, sin embargo, no se ven, porque están embutidas en las magnas de un jersey gris claro. Parecen reposar sobre una mesa. De fondo se ve un libro abierto con hojas parduzcas encima, difuminado.
Imagen de Melk Hagelslag en Pixabay
Un hombre asando castañas en la calle. El fondo está casi oscuro y un farol de gas sobre la mesa es la única iluminación de las tareas. El hombre parece mayor, dado su pelo y bigotes canosos, y está afanado con unas pinzas dándole vueltas a las castañas en el recipiente de cocción.
Predominan los tonos negros y marrones, sobresaliendo la luz blanca del farol.
Imagen de Isa KARAKUS en Pixabay
Sobre un suelo, lleno de hojas amarillentas, se ve a un niño que lleva un peluche de Winnie the Pooh, agarrándolo de una pierna.
El niño está de espalda a nosotros y solo se ve la parte inferior de su camisa, unos pantalones tejanos y unas zapatillas de deporte. El oso es entero naranja.
Imagen de Madalin Calita en Pixabay

Citas:

«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir».


«¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladridos y de campanillas…».


«El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno».


Preparad vuestros mitones, poneos una bebida calentita, arrebujaos junto al fuego y dejad que vuestra musa se acomode en la inspiración otoñal. Que esos sabores y olores a castaña, miel, canela, ponche, calabaza, chocolate, vainilla o jengibre inunde vuestra habitación y os ayude a crear preciosas y sensitivas historias.

Besos Múltiples, Abrazos y ashushones.
😊😉😘😘😘

P.D. Fondo de la Cabecera a partir de una imagen de Peter H en Pixabay.
Composición del fondo del Logo a partir de las imágenes de Petra en Pixabay y de Benjamin Balazs en Pixabay.

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de participación)

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El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.