VadeReto (Septiembre 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Nota.- Para esta ocasión, he añadido un fondo de cielo tormentoso. Azules y violetas se alternan entre las nubes.

Buenos días/tardes/noches sean…

Diciembre es el mes oficial, según el calendario, en el que termina un año para empezar otro. A efectos prácticos, es una de las formas en que medimos las etapas de nuestra vida. Sin embargo, el mes que realmente nos da la sensación de cambio es Septiembre.

Septiembre da finalización a las vacaciones oficiales, las que suelen disfrutar la mayoría de la gente, los que pueden. Pero Septiembre también es el mes del comienzo del curso escolar, para todos los que están en edad de colegio o en etapa de formación. Es el mes del regreso al trabajo. Del fin de las buenas temperaturas, para los que gustan de la “caló”, y del comienzo del frío, o al menos de la sabanita en la cama y la rebequita en la calle.

Septiembre para la mayoría es un mes apático, por no decir antipático, desagradable, desteñido… Vamos que andan locos por que llegue al calendario.

Para otros, sin embargo, entre los que me encuentro, es el mes de las vacaciones tranquilas; del comienzo de nuevos proyectos; del tiempo templado, ni frío ni caló; del descanso antes de la vorágina ante, pre y navideña. Un mes para volar.

¿Volar? ¿Quién ha dicho volar? Pues ya que lo mencionáis…

Vamos a coger un vuelo en el VadeReto de este mes.

Imagen de un avión en vuelo realizada a contraluz. Se ve la silueta del aparato sobre un cielo con tonos amarrillos, predominante, y marrones, nubes. El sol está tapado por la aeronave y ésta apunta hacia arriba.
Imagen de Gerhard G en Pixabay

¿Qué os parece si nos inventamos una historia que se desarrolle en el interior de un avión?

Seguro que a más de uno y una se le ha pasado por la cabeza ya una historia terrorífica de accidentes, secuestros, virus o criaturas malévolas flotando en el aire.

Pero, también tienen cabida las historias románticas, de conocimiento, de cambio, de amistad, de nuevas relaciones, de compartir momentos, de vivir unos minutos u horas en un lugar cerrado y a mucha distancia de la sólida y segura tierra.

Interior de un avión. No se ven detalles enfocados, solo la mirada desde el fondo del pasillo (parte trasera del avión) y la tanda de sillones a cada lado de la imagen.
Imagen de Nick Zigic en Pixabay

Como casi siempre, tenéis libertad para usar el género que más os guste: drama, terror, comedia, thriller… mezcolanzas y mixturas, incluidas. Dejaos llevar por las emociones.

Nunca mejor que en este caso, dejad volar vuestra imaginación y que aparezca la musa entre las nubes y os llene de inspiración.

El Comandante y todos los miembros de la tripulación del Acervo os dan las gracias por elegir este vuelo para vuestra travesía escritoril. Esperamos que el viaje sea de vuestro agrado y que nos hagáis disfrutar de vuestros maravillosos relatos.

Reclinad vuestros sillones, conectaros a una buena música y… ¡DEJAOS LLEVAR!
Besos y achuchones.
😊😉😘😘😘

Aventuras de una Noche de Verano

Llego a mi casa y abro la puerta, intentando dejar fuera todos los problemas del día, pero es difícil. Tengo un trabajo duro, intenso, complicado y la gente está en estado permanente de histeria. Cuesta mucho que te devuelvan la sonrisa que tú, de forma honesta y voluntaria, les dedicas. No es obligatoria, pero forma parte de mi manera de ser. Intento contagiar los buenos modos y que la atención no sea más engorrosa de lo que ya de por sí es. Suele surtir efecto con la mayoría, pero algunos se empeñan en seguir ofuscados y malhumorados. No se dan cuenta lo que agota y desgasta esa disputa psicológica. Pero es la ocupación que he decidido ejercer y no me rendiré ante los intransigentes.

Dejo las llaves en la mesita de la entrada y le cierro la puerta a mi otra vida. Me ducho, como algo y me preparo para mi aventura nocturna. Me dirijo hacia mi cuarto secreto y me siento en el sillón desde el que ejerzo el control de viajes. Respiro profundamente varias veces hasta relajarme. Ha llegado mi momento favorito del día. La NOCHE.

Hoy voy a empezar con un viaje en el tiempo.

Busco entre las opciones y me decanto por un año en el pasado. Cierro los ojos brevemente y al abrirlos ya estoy allí.

Deambulo por las solitarias calles, entre miradas escondidas y carteles del Gran Hermano. Siento la opresión del ambiente, el silencio de los sometidos, el control absoluto sobre mis pasos. Mi mente divaga entre tantas prohibiciones e intenta gritar para liberarse.

Fotografía de una calle solitaria iluminada por farolas. Solo se ve una al fondo y la que está oculta en primer plano solo se adivina por la luz que ofrece.
Los árboles en las aceras se ven como sombras y el adoquinado del suelo brilla con las tenues luces.
Predominan los tonos marrones y el negro de las sombras.
Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

Como si hubieran sido capaz de escuchar mis cavilaciones, aparece un grupo uniformado, totalmente de negro, con porras amenazantes e insignias  aun más intimidadoras. Corro por calles desiertas, sin ayuda posible, e intento esconderme en los callejones sombríos y desolados, pero estos policías del pensamiento no pierden mi rastro. Me toma pocos segundos decidirme, esta noche no estoy preparado para esta lucha angustiosa. Cierro el dispositivo y vuelvo a mi habitáculo.

Suspiro varias hasta que mis emociones se apaciguan. Me tomo demasiado en serio estas aventuras. Sin embargo, todavía es muy temprano para acostarme. Necesito probar otra cosa.

Esta vez, deshecho el tiempo y prefiero viajar en el espacio.

Miro los epígrafes que tengo y encuentro uno referente a una isla. Maravilloso, es lo que ahora mismo necesito, un viaje a una isla desierta.

Abro el artilugio, cierro los ojos unos instantes y, cuando la brisa marina me acaricia la cara, los vuelvo a abrir. Estoy rodeado de palmeras, una espesa fronda verde, fresca, aromática, deliciosa. Al fondo diviso el mar que rivaliza en azules con el cielo. Percibo los ruidos de la jungla que no se han visto perturbados por mi presencia. Distingo aves y monos, y algún rugido que me hace pensar que esta isla desierta tiene más vida que mi barrio.

Me alejo de los bramidos para prevenir un encuentro desafortunado y deambulo hacia la playa con la esperanza de darme un baño en las aguas frescas y cristalinas. Sin embargo, cuando me acerco a la orilla, veo salir del agua un ser bello, aunque inquietante. Tiene aspecto humanoide, pero el cuerpo lleno de escamas. Sus ojos son más grandes de lo normal y en los laterales del cuello parece tener agallas.

—Hola —me dice con una voz dulce, delicada y profunda.

—Ho… la —le respondo balbuceando las sílabas.

—¿Tú no eres de por aquí, verdad? —Esta vez me habla mostrando una enorme sonrisa que deja entrever unos grandes y afilados dientes.

No me lo digo dos veces y salgo corriendo. Vuelvo a entrar en la selva, buscando la protección de la espesura. Esquivo árboles, salto matorrales e intento no caer en ninguna trampa. Cuando mis pulmones parecen estar a punto de reventar, salgo a un espacio abierto dominado por un extenso lago, ocasionado por una preciosa y ensordecedora catarata. Me quedo pasmado ante tanta belleza.

Fotografía de una cascada que cae sobre un lago lleno de enormes piedras, verdes por el musgo que las cubre.
La imagen aparece con el agua difuminada, dándole una apariencia de algodón o nata.
La escena está enmarcada por precipicios también llenos de musgos y pequeños y delgados árboles.
Predomina el verde, del musgo y la hierba, y el blanco del agua.
Imagen de Florian Dittmar en Pixabay

Disfrutando de la escena no me he dado cuenta que estoy rodeado de seres … ¿Humanos? ¿Animales? En realidad son una mezcla de ambos, como la criatura que me encontré en la orilla. Chicas y chicos con cabezas y garras de felinos, osos, aves, monos… El espectáculo es grotesco, pero no se muestran amenazantes, al contrario, me invitan a adentrarme en la laguna y de forma amigable me ofrecen comida y bebida. Algo me impide rechazarlas y me integro en su fiesta.

—Al Doctor le va a encantar nuestro nuevo invitado —escucho a alguien decir entusiasmado.

—¡Desde luego! Hacía tiempo que no llegaban nuevos especímenes —comenta otro.

En lugar de sentir miedo, me entra una gran somnolencia que me hace relajarme y abandonarme en los brazos de dos preciosas gacelas. No sé que me van a hacer, pero no tengo fuerzas para resistirme. Cierro los ojos…

Algo me hace dar un respingo. Despierto y vuelvo a estar en mi salón. El libro se me ha caído de las manos y me ha hecho regresar a la realidad. Creo que es momento de irme ya a la cama.

¡Qué maravilla poder viajar y vivir mil aventuras sin moverse del sillón de lectura!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia donde la noche sea la protagonista.

Tras la Puerta

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta…

¡Pom, Pom, Pom!

El buche de Whisky que paleaba salió de mi boca como si fuera una fuente de jardín, el vaso y el cigarrillo que tenía en las manos hicieron un descenso ralentizado con destino funesto y el corazón me brincaba en el pecho queriéndose ir de paseo él solito.

Congelado en el sofá, pensé que hasta hacía unos segundos había decido disfrutar de mi involuntaria soledad, despreocupándome de mis infructuosas salidas. Cansado de deambular de ciudad en ciudad, transitar de pueblo en pueblo, buscar barrio por barrio, andar calle por calle. ¡No iba a estar cansado! Ni un alma viviente devolvió mis gritos. Me había hecho a la idea de que estaba más solo en el mundo que Laika de viaje espacial, cuando…

¡Pom, Pom, Pom!

Los nuevos golpes me hicieron levantarme apresurado, trastabillar y caer de bruces. Me quedé espatarrado mirando desconcertado la puerta. ¿Estaban llamando de verdad o era mi ansiedad la que me hacía imaginar?

¡Pom, Pom, Pom!

Esta vez los golpes hicieron temblar la madera. ¡Parecían reales! Me levanté, lo más rápido que pude, y me dispuse a abrir la puerta antes de que la echaran abajo sin contemplación.

Miré atónito hacia el pasillo. Fuera no había nadie. ¡Joder con la imaginación! Cerré rápidamente para que no se fuera el calorcito de la habitación.

¡Pom, Pom, Pom!

¡Pero bueno! Esta vez abrí diligente y, al no volver a ver a nadie, miré en ambos sentidos del pasillo.

—Shurra, que estoy aquí abajo.

Menos mal que no tenía el cigarrillo en la boca porque me lo habría tragado del susto. Miré hacia el suelo y vi un perrillo de diminutas dimensiones y cara lastimera y dulzona.

—¿Qué pasa, nunca has visto a un perro? —me dijo ante mi estúpida y pasmada expresión.

—Esto… sí, pero tú… Eres muy…

—¿Te gustan los mordiscos? Porque puedo ser pequeño, pero te aseguro que mis dientes son como los de un Dóberman y te puedo dejar el tobillo como una breva pasada de tiempo.

—No, no, … perdona. Yo no quería …

—Pues, para no querer, te ha faltado un pelo. ¿Así es como tratas a tus vecinos?

—¿Ve… ci… no? —Mi boca se empeñaba en balbucear y me salían las palabras a trompicones.

—Sí, vecino. Esa gente que vive en tu misma edificio, pero en la puerta de al lado. ¿Tú tienes que ser por lo menos licenciado, eh?

—…

—Soy un Teckel de pura raza. Del mismito Brandemburgo. Aunque dicen que mi padre era de Milán. Ya se saben los italianos, son gente de mundo y van por ahí haciendo gala de romanticismo. Mi madre que, a pesar de ser alemana, era muy zalamera…

—Disculpa… estooo…

—¿Qué pasa, no te interesa mi vida? Con tu sonrisita estúpida en la cara pareces muy guay, peo tienes menos sangre que un gato de mármol, ¿sabes?

—Perdona… yo…

—¡Deja, deja! Ya te dejo tranquilo, artista. Solo necesito una cosa y te dejo enfrascado en tu interesantísima y filosófica vida. ¿Tienes sal?

—¿Sal?

—Vaya tela, tío. A ti te echaron de la Universidad porque ensombrecías a tus compañeros, ¿verdad? Sí, sal. Esa cosa blanca, hecha de cristales de sodio y que sirve para darle sabor a las comidas. ¿Capisco? Estoy haciendo unos macarrones a la napolitana para chuparse las patas, pero me he dado cuenta que no tengo sal y, como comprenderás, la pasta sosa no es el mejor manjar para convencer a una Fox Terrier que tengo en el piso que…

Lo dejé con la palabra en el hocico, sin siquiera responderle. Volví adentro de mi apartamento, miré en la cocina y cogí un paquete con restos de sal que tenía por allí. Se lo di y el bonachón, después de darme las gracias, lo atrincó con su boca y se fue tan campante, cimbreando con swing su pequeña colita.

Cerré la puerta, cogí la botella de whisky, dado que ya no disponía de vaso, y recogí el cigarrillo del suelo. Me tiré de nuevo en el sofá, totalmente atónito. Miré el cigarrillo, mal liado y lleno en exceso, y, suspirando, me dije:

¡¡¡Qué pasada, tío!!!

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Historia para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Prosigue el texto que encabeza la entrada.

VadeReto (Julio 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.

Buenos días/tardes/noches sean…

Ya estamos en pleno verano y, aunque todavía se recomienda la distancia social, será difícil encontrar tranquilidad y lugares sin embotellamientos ni aglomeraciones. Anda la gente muy loca por recuperar los viajes perdidos y si tu pueblo, tu ciudad, es elegido como destino turístico, te vas a rozar más que unos zapatos nuevos.

Dicen que más de uno va a añorar los días de confinamiento, de calles solitarias y escondite tras la máscara. No a todo el mundo le gusta las noches de fiesta, jarana y desenfreno. Algunos preferimos, al salir la luna, degustar un buen libro en nuestro tranquilo rincón favorito, acompañados de buena música y algo que engañe nuestros sibaritas paladares. Nuestras aventuras están entre las páginas y no en las calles.

Andaba yo intentando aislarme de la algazara nocturna de mi barrio, perdiéndome entre cuentos y relatos, cuando me llegó la inspiración para nuestro reto acervolense. Cosas de los hados maléficos, que parecieron responder a mis pensamientos de emigrar a algún lugar desierto y despoblado

Estaba leyendo el cuento “Llamada“, que pertenece al libro “Lo Mejor de Fredric Brown“. Si no conocéis a este autor os lo recomiendo encarecidamente. Así como esta colección de relatos: imaginativos, originales, impactantes, divertidos, con finales increíbles…

Al grano, Acervollano.

La propuesta para el VadeReto de este mes es la siguiente. Primero, leed el siguiente pasaje, que se corresponde, en parte, con el inicio del mencionado cuento:

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta…

Una puerta, blanca, en un pared empapelada en tonos blancos y negros.  Creo que los motivos son ramas ornamentales.
La vista simula un ojo que deja en penumbra el resto de la habitación.
Imagen de Arek Socha en Pixabay

Y ahora… ¡seguid vosotros la historia!

Como siempre, tenéis libertad para extenderos lo que consideréis necesario, así como, en este caso, para elegir el género, los personajes, la situación, los detalles.

Sacadnos de dudas: ¿Qué o quién se esconde tras la puerta?

Tened cuidado al abrirla, pero dejad entrar a la musa difusa que siempre engatusa para que os llene de inspiración vuestra imaginación.

Besos y achuchones múltiples.
😊😉😘😘😘

El Día de mi Muerte

Hoy es el día de mi muerte. Me lo repito mentalmente, mientras me hundo en estas frías y cristalinas aguas que se van volviendo oscuras y opacas. Miro hacia arriba, mis últimas burbujas de aire se elevan creando una estela de serenidad, que pasa del azul al verde hasta explotar en la superficie y gritar con el blanco de la espuma. Se va perdiendo la luz del sol que rebota en las pequeñas ondas, producidas por mi zambullida, y conforme me adentro en la oscuridad me digo a mí mismo: ya no hay vuelta atrás.

Lo sabía mucho antes de saltar. En el momento en que tomé la decisión de abandonar este cuerpo. En el justo instante en que me atreví a dar un paso más allá del acantilado. Cuando decidí ir al encuentro de las turquesas aguas. Cuando mis pies dejaron de sentir la firmeza del suelo y creí volar por unos míseros instantes, hasta que la gravedad me impulsó violentamente contra el azul espejo.

Mi mente empieza a hacer la selección de las imágenes que formaron parte de mi vida. Tantas vivencias, tantas experiencias, tantas aventuras y desventuras incapaces de sentir en una sola vida que me hacen perder el sentido mientras embotan mi cabeza. Personas, lugares, sentimientos. Una maravillosa familia que no me llorará, porque hace tiempo que me dejó, pues soy el más longevo. Tal vez haya quien me añore, quien me sueñe o quién me recuerde, pero el tiempo irá difuminando mi actual existencia. Mejor así. Mis amigos no han puesto reparo, saben que necesito morir. Es la única forma de dejar atrás todo lo que soy, lo que hice, en lo que me convertí. Este cuerpo ya no me obedece y se muestra reacio a esforzarse un día más. Ya no hay vuelta atrás.

El agua del mar en un primerísimo plano que muestra sus ondulaciones.
Imagen de Public Co en Pixabay

Mientras su cuerpo se deposita con suavidad en el fondo, una última burbuja expele de su boca y asciende muy lentamente, recorriendo el camino inverso al cuerpo, hasta salir a la superficie, donde huye dejando espuma y pequeñas gotas que saltan y agujerean el cielo espejado en el mar. La perfecta esfera parece absorber una porción de ambos, encerrándolos en su transparente jaula y se pasea bailando y dando vueltas, desconcertada, intentando orientarse en su nueva naturaleza.

Se impulsa hacia el este y regresa, inicia un tímido recorrido hacia el norte y vuelve, desecha el oeste y contempla fijamente el sur. No mira con los ojos, pues no tiene, pero sabe ver sin ellos. Divisa la playa al fondo y, flotando impulsada por la suave brisa, hacia allí se dirige.

Conforme se va acercando a la orilla comienza a vislumbra una pequeña multitud. Parecen celebrar algo. Bailan sobre la arena y cantan felices, pero no distingue las notas de la melodía, ni las palabras que entonan las canciones. Visten de manera informal, con atuendo playero, y llevan adornos festivos. Todo está pintado con tonalidades azules, o eso piensa ella al verlos a través de la capa esférica que la mantiene en vilo.

Aunque su translúcida apariencia se camufla con el azul del cielo, todos notan su presencia. Poco a poco, las caras se van girando y la contemplan con júbilo. Ahora, las palmas, los cánticos, las sonrisas están dirigidas a ella. Algunas caras le parecen conocidas, pero por mucho que lo intenta es incapaz de reconocerlas.

Como en una ensayada coreografía, van creando un pasillo que la orienta y le enseñan el camino. No lo duda, bailotea en el aire al son de los aplausos que no escucha, pero adivina, y se adentra entre el gentío hasta una zona espaciosa donde se encuentra una especie de altar. Sobre él yace un joven, de unos veinte años. Está acostado, bocarriba, y aunque lo aparenta no está muerto, pues su pecho se agita, aunque muy levemente. No ha perdido la lozanía de su piel y su cara se muestra tranquila. Su boca simula una tímida sonrisa.

La gente se ha arremolinado formando un corro alrededor de ambos. Ahora están totalmente quietos y callados. Expectantes. Durante unos pocos segundos, el silencio se adueña de la escena y la burbuja se mueve incierta y confusa. Se acerca al chico y, sin saber qué hacer, lo mariposea cuan largo es. Le roza las piernas, el pecho, las mejillas. Cuando en su ofuscación comienza a temblar, amenazando con romperse, el muchacho abre la boca intentando coger una última aspiración. Todos se cogen de las manos y levantan los brazos. En ese justo momento, la azulada y transparente esencia comprende.

Cogiendo velocidad, se eleva ligeramente y, comprimiéndose todo lo que puede, se precipita en la boca del chico. El aire contenido en la burbuja le infla el pecho y le hace dar un ligero estremecimiento. Sus brazos y piernas tiemblan tenuemente, para después volver a quedarse rígido. Todos aguantan la respiración, aunados con él en una incierta eternidad.

Al fin, este abre los ojos y comienza a coger bocanadas de aire, angustiado, presuroso. Dos chicas, de aproximadamente su edad, se abalanzan hacia él y lo reconfortan, mientras todos estallan en una algarabía de gritos, cánticos, aplausos y lágrimas de alegría.

Imagen de una puesta de sol en la playa, desde la orilla. Donde se ven las olas rompiendo en la arena.
El cielo crea una ligera simetría horizontal con el mar, pero cambiando las espuma de las olas rompientes por hilachas de nubes.
La foto está manipulada para forzar los azules sobre los demás colores.
Imagen manipulada a partir de la original de David Mark en Pixabay

El proceso siempre es brusco, doloroso, agresivo, enérgico…

Los recuerdos van explosionando dentro de mi cabeza. Como fuegos artificiales, las imágenes que antes parecieron despedirse, regresan impetuosas para llenar los huecos de mi memoria. Son tantas y tan intensas que tardan en recolocarse.

Logro incorporarme con dificultad y contemplo anonadado la ruidosa fiesta. Toda la ceremonia me abruma, me ciega, me ensordece, pero siento una inmensa felicidad.

Con los nuevos ojos voy reconociendo a mis compañeros, que danzan a mi alrededor. Ahora puedo escuchar nítidamente el bullicio, la música, los gritos, las risas… la bienvenida.

Poco a poco, todos se acercan a felicitarme. Me abrazan, me besas, me dan la mano.

La claridad y belleza de tantos colores me hacen lagrimar.

A pesar de haberlo hecho tantas veces, la renovación es desgarradora. Siempre tardo en tomar el control de mi nuevo cuerpo, de mi nueva existencia renacida.

Cuando lo consigo, me levanto y me uno a la fiesta. Soy joven de nuevo y mi cuerpo está lleno de energía, vitalidad, fuerza, intensidad… Tengo una vida entera por llenar.

Muchos la buscan, la desean, la ambicionan, pero no es fácil la inmortalidad.

Este relato sirve como pretexto para la propuesta del VadeReto de este mes:
Crear una historia relacionada con el color Azul.

Ensoñación Innata

Abro los ojos, pero no soy capaz de vislumbrar nada. Por mucho que lo intento, la tenebrosa oscuridad me convierte en un ciego involuntario. ¡No, no puede ser! Me rebelo y me obligo a rechazar esta angustiosa sensación. Agudizo los sentidos para intentar captar algo que me haga salir de esta engañosa alucinación. ¡Quiero captar al menos un sonido! Sin embargo, el silencio se empeña en magnificar mi soledad y acrecentar mi miedo. Intento moverme y mis brazos y piernas se niegan a obedecerme. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Será el tránsito hacia la muerte?

Encierro mi ansiedad y me afano en acompasar mi respiración para no empezar a gritar. Tengo que racionalizar mis sentidos. No puedo dejar que me dominen y que, aunque simulen ausencia, gobiernen cada nervio de mi cuerpo.

Cuanto hasta diez… Dejo un par de segundos tras cada inspiración, profunda e intensa… Aguanto el aire en mis pulmones y dejo que la serenidad inunde cada una de mis células… Exhalo muy despacio, controlando cada gota de aire que abandona mi cuerpo… Lo repito varias veces hasta que noto como me relajo y vuelvo a asumir el control de mi organismo.

Pruebo de nuevo, pero no comienzo esta vez por la vista, sino por los oídos. Me concentro en captar el más mínimo murmullo, susurro, chasquido, crujido… ¡Noto algo! Parece un ligero roce. Cuando soy capaz de concentrar toda mi atención en él lo reconozco: es el viento. Es un brisa tan tenue que no me extraña que antes no la haya percibido. Me dejo abrazar y logro sentir cómo me acaricia la piel. Me produce un pequeño escalofrío que se convierte en alborozo. ¡Estoy vivo!

Con más sosiego, me invito a abrir los ojos sin que me invada el pánico. La vista se me aclara y comienzo a percibir mi entorno, aunque la luz sigue siendo débil y etérea. El amarillo, el verde, el marrón, parpadean ante mí, bosquejándome siluetas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La fragancia, limpia y natural, hacen despertar también mi olfato. No tengo dudas, estoy en un bosque. Ya puedo distinguir los árboles que me rodean. También pequeños arbustos que se florean de preciosos y coloridos brotes, alimentando abejas con sus elixires. Las esencias inundan mi boca, degustando sabores a flores, hierba, hongos, tierra húmeda, savia…

Con un esquizofrénico baile, las mariposas cobran vida ante mis sorprendidos ojos y me regalan una bienvenida coreografiada en el aire. Cuando intento acariciar una, noto que mis extremidades siguen sin querer moverse, permanecen entumecidas. Noto las piernas, pero parecen exánimes masas, encalladas y petrificadas. Sin embargo, me encuentro erguido. Soy incapaz de alcanzar con mis ojos los pies, pero puedo comprobar que me sustentan sin problemas.

Cuando, con empeño, consigo visualizar parte de mis brazos, la alarma y la ansiedad comienzan a adueñarse de nuevo de mi ser. Mi piel es rugosa, dura y de aspecto viejo y pétreo. De color pardo con tonalidades verduzcas. Se prolongan hacia el cielo, pero no terminan en manos sino en… ¡¡¡Hojas!!!

Con violenta erupción, el miedo se convierte en terror y un mudo grito muere en mi garganta mientras una terrible pregunta me explota en la mente:

«¿Soy un árbol que soñó ser una persona,
o soy una persona que está soñando ser un árbol?»

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia relacionada con los Sueños.

La Trastienda del Dragón

Un día como otro cualquiera. Un lunes maldito como cada semana. Mal dormir y peor despertar. Deambulo por las calles sin prestar atención a quién conmigo se cruza, tropezándome con mi destino, pero sin pararme a discutirle. Como casi siempre, termino dentro del bazar chino. Es uno de mis extraños hobbies, encontrar cosas de apariencia inútil o funcionalidad desconocida.

El anciano, de aspecto asiático, que se encuentra tras el mostrador, me saluda y muestra su radiante y perfecta sonrisa. Ya conoce mis debilidades y sabe que, con seguridad, algo atraerá mi atención y saldré con ello en la mano dispuesto a acribillarlo a preguntas. Son demasiadas las veces que nos hemos trabado en esas discusiones. Él ve usos que yo no advierto y yo le discuto que en realidad podría servir para otra cosa. De esta forma, hemos hecho amistad. Aunque, es difícil no hacerse amigo de él. Es tanta su bondad, su paciencia y su sabiduría que enseguida te colma con la sensación de que lo conoces de toda la vida.

Se llama Jun’ichi, pero, sabiendo que todos pronunciarían mal su nombre, él mismo se rebautizó y lo castellanizó. Pero, no se puso Juan, sabía que el diminutivo lo haría más cercano, más simpático, social y familiar. Gracias a mi malsana curiosidad y sabiendo que casi todos los nombres de su país encierran un significado bello y poético, atendió a mis ruegos y me confesó que “Jun” quiere decir Hombre obediente, respetuoso y de buen hacer. La verdad es que su nombre no podría describirlo mejor.

No es solo su nombre el que oculta verdades y misterios. Aunque todo el mundo conoce su tienda como “El Bazar Chino”, él nació en Osaka. Pero ante mi sorpresa, también me confesó:

—¿Te imaginas a un japonés regentando el chino del barrio? Escuchar a la gente decir “Voy a comprar al japonés”. Nanai de la China. Hay que seguir la tradición de los bazares y darle de comer a la mujer y los siete chinitos.

¡Será mentiroso. Si está más soltero que el capitán América!

Mientras me entretengo entre el batiburrillo de artículos de las estanterías, él atiende a sus clientes con el más riguroso y tópico servicio oriental. Le escucho hablar con las clientas marcando frenéticamente su falso acento: «Buenos días, ¿podel yo ayudal? … ¿Una fiamblela sin fondo? … ¿Una cafetela pala no hacel café? … ¿Un alicate que no apliete? … Todo bueno, bonito y balato, pasal al fondo y milal.

No puedo dejar de sonreír por su maravillosa actuación. Es digno de estar nominado a los Óscar. En realidad habla el castellano mejor que yo y, de hecho, hasta es capaz de sacar acento andaluz cuando se siente cómodo y confiado.

Otra de sus muchas cualidades es su adaptabilidad. No solo ha aprendido perfectamente el idioma, también ha abierto su paladar para degustar nuestra rica gastronomía y, por eso, muchas veces nos embarcamos en rutas de tapeo para que vaya descubriendo toda nuestra maravillosa gastronomía.

Después de aburrirme trasteando, y no encontrar nada que atraiga mi atención, me dirijo cansado y taciturno hacia el mostrador. Él me mira y tuerce el gesto. Ya he dicho que lo inunda la sabiduría. Con solo un simple vistazo  ha sido capaz de darse cuenta de mi frustración.

—Hoy no has encontrado nada que te haga rabiar —me dice alargando exageradamente la “r”. Sabedor de que eso me hace sonreír—. ¡Eso es imposible!

—¿Tan imposible como que sepas pronunciar tan bien las erres? —le respondo sarcásticamente.

—¿Qué sería de un vendedor chino sin sus ellles? —me responde soltando una risita sibilina.

—Eres un cuentista de tomo y lomo.

—Es el fino y difícil arte de la venta, muchacho.

—Algún día se te va a escapar una erre y le va a dar un soponcio a una de tus clientas.

—Y aquí estará el tío para socorrerla —dice divertido, mostrando su cara más socarrona.

Calla un par de segundos, me vuelve a mirar, con esos ojos que interrogan sin palabras, y se decide a sonsacarme de mi melancolía.

—¿Qué te pasa? Llevas una cara ideal para alquilar en un velatorio.

—Aburrimiento de la misma vida, Juanito.

— A ti lo que te hace falta es encontrar tu Ikigai  —me dice, como el que me que recomienda una  crema para las manos o cambiar de almohada.

—¿Ya vas a empezar a soltarme pensamientos budistas?

—No es budismo, copón, es una reflexión japonesa y significa encontrar la razón para la vida. Necesitas abrir los ojos y descubrirla. Darle sentido a cada día al levantarte.

—Vaya, ¿y dónde está el manual que me ayude a encontrarlo eso?

—No hay manuales para eso, amigo. La búsqueda es solo interior. Tienes que mirar hacia dentro y descubrirte a ti mismo.

—Uff, Confucio. Entonces la llevamos clara. Mi interior está más oscuro que la covacha de un oso invernal.

—Vaya, hoy tienes un día de algarabía y optimismo desaforado. Vamos a hacer una cosa —mira alternativamente a los monitores que le muestran los pasillos vacíos—. Es casi la hora de almorzar y ahora no hay ningún cliente. Voy a cerrar y a enseñarte algo.

Ya dije que se había adaptado muy bien a nuestras costumbres. Debe ser el único bazar “chino” del mundo que cierra para almorzar y echar una buena siesta.

—Anda, ¿me vas a invitar a unas cañas?

—No, hoy nada de ruta del tapeo. En realidad te voy a enseñar algo que tengo aquí dentro —me dice señalando con la cabeza al fondo de su establecimiento.

—Uy, ¡qué mal suena eso! Pensaba que con la búsqueda en el interior te referías a otra cosa. ¿Ya te has decidido a mostrarme tus perversiones más íntimas? —le suelto con expresión burlona.

—¡Qué animal eres algunas veces!

—¿Algunas, solo?

—Voy a enseñarte algo que no ha visto nadie y que solo guardo para gente muy especial.

—¿Sabes que lo estás poniendo todavía mejor, verdad? Ahora sí que me estoy giñando de verdad.

—Escucha, zoquete. Yo no tengo una mente tan calenturienta como tú. Yo no pienso continuamente en obscenidades como tu desquiciada cabeza.

—¡Venga ya, Juanito! Que he visto las miradas que les echas a algunas de tus clientas.

—A ver, una cosa es admirar y contemplar la belleza que pasea por delante de mis ojos y otra tener ideas obscenas como un mono salvaje.

—¡Claro, claro! Ahora resulta que eres más santo y casto que el monaguillo de Buda.

Mientras sale de detrás del mostrador, mueve la cabeza dándome por perdido. Se dirige a la puerta y la cierra tras poner el letrero de CERRADO. Debe ser el único bazar chino que tenga uno. Luego, me hace una seña para que lo siga y me lleva hasta el fondo de su almacén.

Pasamos de la zona de útiles escolares a la de artículos del hogar y de allí a la de los misterios por resolver. Desde una de las estanterías, una lechuza a tamaño natural me mira inquisitiva. Me hubiera llevado un susto de órdago si no supiera que es un artilugio electrónico, pero tan real que dan ganas de darle de comer un poco de alpiste. Ni me acerco a ella. Sé la historia que hay tras sus tiernos, pero maléficos ojos, y se me pone la carne de gallina. Pero esa es otra historia que contaré algún otro día.

Cuando parecía que íbamos a traspasar la frontera de la provincia, llegamos a la zona de moda y disfraces. Se acerca a un apartado rodeado de cortinas, que hace las funciones de probador, y me indica que entre.

—¿Quieres que me meta en el probador contigo? Hasta aquí hemos llegado, satirón —le digo levantando ostensiblemente los brazos y haciéndome el enfadado y dolido.

—¡¡Por los cuatro brazos de Shiva!! —se hace el desesperado y me muestra el inmenso espejo que está situado al fondo del probador.

No sé si es real o una simple imitación, pero es impresionante. La superficie reflectante está enmarcada en una serie de dibujos y relieves con motivos chinos, o japoneses. Distintos animales, de lo más extraño y mitológico, se distribuyen por el marco dándole un aspecto entre exótico y tenebroso. Dos inmensos Dragones, parecen custodiar el espejo, uno a cada lado.

—Lo siento, Juanito, pero no pienso mirarme en el espejo. Ya sé lo guapo que me he levantado hoy.

Tuerce el gesto, desesperado, y suelta un hondo suspiro. Después de reprenderme con la mirada y poner cara interesante, se acerca al dragón que está a la derecha del marco y aprieta uno de sus ojos. Cuando este se hunde, casi por arte de magia, desaparece el cristal y en su lugar surge un umbral tenebroso, tenuemente iluminado por la luz que entra desde el probador. Solo unos escalones se atreven a insinuar un camino.

Juanito me mira y sonríe, disfrutando al ver como mi boca me llega al ombligo.

—¿Qué? —me suelta y, sin esperar otra burlona respuesta mía, enciende la linterna de su móvil e ilumina las tinieblas—. ¡Bienvenido a mi mundo interior!

No espera a que me decida a acompañarlo, entra solícito y decidido, y con solo la luz del teléfono comienza a descender los escalones. Me decido y entro. Me pego rápidamente a él para poder divisar dónde piso y no resbalar y caer rodando.

—¿No te llegó el presupuesto para instalar electricidad aquí?

—Joder, tío. Le quitas todo el encanto al misterio y la aventura.

—Aventura la que me voy a pegar yo como resbale y me parta la crisma.

—La cabeza es la que no te vas a partir, de lo dura que la tienes.

Seguimos bajando el corto tramo de escaleras, sin dejar de lanzarnos irónicos e indolentes piropos. Parecemos hermanos.

Llegamos al final y, sin darme tiempo a controlar mi naturaleza cagona, Juanito apaga la linterna y nos quedamos totalmente a oscuras. Las tinieblas son tan intensas que no me veo ni las manos. Cuando estoy a punto de empezar a gritar y pedir auxilio, el graciosete nipón presiona un interruptor, que solo él sabe dónde está, y la habitación se ilumina mostrando un espectáculo digno de una escena de Indiana Jones.

—¡Este es mi Sanctasanctórum! —exclama, abriendo mucho los brazos. Como el maestro de ceremonias de un circo.

 Yo no puedo responderle. Mi boca ha alcanzado esta vez el suelo. La habitación está atestada de tiestos, pero a diferencia de los mostrados arriba, estos parecen formar parte de un tesoro arqueológico.

Antes de que le pregunte, lo adivina y me responde:

—No. Estos efectos no están en venta. Forman parte de la herencia de mi familia. Son mi legado, el sentido de mi existencia. Formo parte de una extensa y añeja estirpe.

Hay estatuas, cofres, cuadros, vasijas, cristalería, lámparas… Algunos brillan, pareciendo que estén hechos de materiales preciosos, pero otros son simplemente antiguos, muy muy antiguos. Están dispuestos sin orden aparente y siento pánico de rozar alguno y que se rompa al caerse. Me muevo al ritmo cobarde de un camaleón mientras él, conocedor de cada espacio libre disponible, anda con soltura, saltando de un objeto a otro. Me los va enseñando y explicando algunos de sus misterios.

—¿Ves como la luz reverbera entre cada hoja de este farol? —me aclara, mientras me enseña una lamparita, bella en su sencillez, pero compleja en su diseño—. Representa el komorebi, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles.

Sin dejarme reposar en su espléndida belleza, nos dirigimos hacia un globo de papel que flota con alguna misteriosa artimaña.

—Esta esfera transmite el ukiyo, el mundo flotante. Nos enseña lo liviana que es nuestra vida y lo ilusa de nuestra preocupación por las cosas efímeras e inestables.

Sigue exultante, mostrándome sus tesoros. Pero, cuando pasamos por delante de un cuadro, este capta toda mi atención. Una bella mujer, ataviada con un amplísimo quimono azul, juguetea con un dragón en lo que parece la orilla del mar.

—Esta es mi bisabuela materna, se llamaba Masumi. Que quiere decir “de gran belleza” y “verdadera pureza”.

Me quedo embelesado, porque en verdad, su atractivo es radiante y cautivador.

Montaje formado por un marco antiguo y una fotografía.
El marco es grueso, dorado y con motivos de conchas o abanicos, ocho en total. Uno en cada esquina y otro en el centro de cada arista.
La fotografía es un dibujo digital que muestra a una chica asiática, vestida de azul claro y vaporoso, junto a un dragón rosa. Parecen estar en la orilla de una playa entre rocas y la espuma marina.
Al fondo se divisa el mar y una especie de isla borrosa.
Una imagen muy fantástica.
Montaje realizado a partir de la Imagen de syaifulptak57 en pixabay.

Cuando le voy a preguntar si el dragón también es pariente suyo, la chica del cuadro gira la cabeza, me encara y me mira fijamente a los ojos. Su enigmático rostro se introduce en mi mente sin permiso ni perdón. La sangre se me congela en las venas y estoy a punto de boquear de asfixia.

—Vamos, ven. Quiero enseñarte esto —me llama mi amigo desde otro rincón, sacándome de mi ensueño. Intento convencerme de que solo ha sido una alucinación. Sacudo mi cabeza y salgo raudo en busca de su voz.

Cuando le doy alcance, lo veo sentado en un butacón antiquísimo, rodeado de tanta belleza, que me siento como Stendhal en su primera visita a Florencia.

—Pero esto es un tesoro inmenso. ¡Eres un asqueroso multimillonario nipón! —le espeto, intentando ser exageradamente desagradable.

—¡Qué va! Todas estas cosas tienen un valor incalculable, pero solo sentimental. Si las intentara vender perdería dinero.

—¿Estás seguro?

—No, pero me da igual. No te he traído aquí para deslumbrarte con mis enseres. En realidad, solo quería enseñarte esto.

En sus manos tiene una caja de madera. Tan sencilla y natural que parece desentonar con todo lo que hay en aquella estancia. La miro, mostrando mi ignorancia y desconcierto. No sé qué quiere que haga.

—¡Cógela!

—¡Tengo miedo!

—¡Tómala, no seas cagón! —Sin darme tiempo a reaccionar me la pone en las manos y la cojo con la misma delicadeza y pánico, que si fuera un huevo del extinto Dodo.

—¿¡Qué hago!? —le pregunto histérico perdido.

—Siéntate aquí —me dice, cediéndome el asiento—. Esta caja te ayudará a descubrir tu ikigai —añade sin más, iniciando una traicionera escapada.

—¿No pretenderás dejarme aquí solo, verdad?

—Solo serán unos minutos. Yo tengo que comprobar una cosa y tú necesitas abrir la caja solo.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué necesidad hay? ¡Vámonos mejor de cerveceo!

—Confía en mí. Gracias a esa caja mi vida cambió y decidí venir aquí.

—¿Y pretendes que yo vaya al Japón a montar un bazar español?

—Cada uno tiene su destino y la caja solo te ayudará a abrir tus chakras.

—¡Yo no quiero que me abra nada! Estoy muy a gusto con los agüeros que ya tengo —exclamo mirando la caja con más miedo que el mayordomo del joker.

El muy cabrito no me da opción, cuando levanto la vista estoy solo. También es ninja por lo visto, porque no me he dado cuenta ni por dónde se ha ido y el miedo me impide levantarme del sillón.

La caja empieza a hacerse muy pesada y parece que vibra. La miro fijamente y noto que me apremia a abrirla. Razono. ¿Qué puede haber dentro que sea peligroso? ¿Una piraña del Amazonas? ¿Un trozo de Uranio procedente de Chernóbil? ¿La calavera de una momia Sokushinbutsu? En realidad la caja es demasiado pequeña para contener cualquiera de esas cosas, pero mi cachonda imaginación se magnificaba con las dosis de pánico.

Cuento hasta tres y, al llegar a doce, la abro. Un impresionante fogonazo inunda toda la instancia y me deja ciego. ¡Eah, otro regalito para mi apasionado optimismo! Al menos me darán trabajo en la ONCE.

Cuando consigo abrir los ojos de nuevo y atisbo a mi alrededor,  sin miedo a que mis córneas se solidifiquen como huevos fritos, comprendo que he sido transportado en el espacio o el tiempo. O las dos cosas. Estoy en un impresionante parque, lleno de cerezos en flor.

—¡Bienvenido al Hanagasumi! —me sobresalta Masumi, la que dice Juanito que fue su bisabuela —. Bienvenido a esta nube de flores —aclara.

Miro a mi alrededor y, efectivamente, parece un paraje idílico lleno de nubes y flores, que flotan en el aire como alegres hadas danzando. ¿Me habré muerto por culpa de la explosión de la cajita y estaré en el paraíso nipón?

La miro y, su belleza es tan pura, dulce y suntuosa, que me quedo embobado contemplándola sin pudor. Ella sonríe y me invita a pasear a su lado.

—Si Jun’ichi te ha invitado a nuestra morada, es porque te tiene en muy buena estima —tras unos segundos de reconocimiento del verdadero nombre de Juanito, asiento totalmente encandilado—. También sabrá de tu necesidad de ayuda.

Mientras habla, las flores revolotean a su alrededor conformando una escena idílica y onírica que, junto a su delicada belleza, me mantienen en un trance confortable y sosegado. Sus palabras son como un mantra que va abriendo mis sentidos, colmándolos de una calma como hacía mucho tiempo que no sentía. Ella sigue hablando y yo me voy empapando de sus palabras.

—…Nosotros hemos llegado a comprender que la vida es Mikkaminumanosakura —antes de que mi cara le muestre mi ignorancia, se apresura a explicarlo—, que significa que el cambio ocurre de forma rápida e intensa, tal como las flores de cerezo que van del punto álgido de su floración a dispersarse en un lapso de tiempo muy corto —acompañándola en un movimiento coreográfico, las flores volátiles se estampan contra el suelo y vuelven a flotar de nuevo—. Mientras estás pensando en lo duro que es tu día, este transcurre y se convierte en el mañana…

Ella me sigue hablando, pero entre mi habitual ligereza de atención y el ensueño en el que me encuentro, solo atisbo frases sueltas.

—…La vida es demasiado corta para estancarnos en los problemas livianos…

Llegamos a lo que parece el final de un camino y el entorno parece tornarse borroso. Poco a poco las nubes se van disipando y las flores van desapareciendo. La imagen de Masumi también se va difuminando y antes de que todo desaparezca consigo escuchar un último consejo:

—Aprende a disfrutar del momento, el mañana siempre está por llegar. Recuerda el Mikkaminumanosakura…

De nuevo una explosión de luz me ciega por unos instantes. Cuando consigo volver a ver con nitidez, compruebo que he regresado al viejo sillón y sigo dentro de la misma habitación, rodeado de los variados y exuberantes enseres de mi amigo. Frente a mí, está Juanito. Su espléndida sonrisa no le cabe en su pequeña cara.

—¿Qué? —me lanza, como el que pregunta si me ha sentado bien el copazo.

—¿Qué de qué? —le respondo yo, más por mi entontamiento que por saber lo que me está preguntando.

—¿Cómo ha sido tu experiencia mística?

—¿Mística? Me has dado un cobazo del treinta y dos. Esta caja contenía unos polvitos alucinógenos que me han metido un colocón de impresión —le dijo a la defensiva.

—Bueno, si eso es lo que crees. Pero, ¿te sientes mejor?

La verdad es que sí. Me siento como si me hubiera quitado de encima una enorme carga. Iniciamos el camino de regreso, entre todas las antigüedades, y me siento más ligero y despreocupado. En lugar de sortear enseres de tanto valor, creo estar paseando por un campo… por ese campo. No sé si lo que he vivido ha sido un sueño, una fantasía o el efecto alucinógeno de lo que contenía la caja. Solo sé que me siento cambiado. Me siento alegre y dispuesto a comerme el mundo. Y unas tapitas a las que voy a invitar a Juanito en cuanto consigamos salir de esta cueva.

En mi cabeza más racional, todo esto no ha podido ser real, pero cuando pasamos por delante del cuadro de Masumi, creo ver como ella me lanza un guiño. A mí o a su biznieto. De todas formas, sus palabras se han quedado incrustadas en mis sentidos. Y la expresión que me ha enseñado y que tan difícil me es de pronunciar sustituirá a partir de ahora a la célebre Carpe Diem. Cada vez que me levante gritaré, o lo intentaré:

¡¡¡Mikkaminumanosakura!!!



NOTA.- Este cuento está escrito con el mayor de mis respectos, admiración y cariño hacia la cultura japonesa. Si algún japonés, o conocedor de esta maravillosa cultura, se aventura a leerme y encuentra imprecisiones, equívocos, errores… me encantará que me lo haga saber y me ayude a comprenderlo mejor y corregirlo. 😊



Este relato es apto como propuesta para el VadeReto de este mes, así como, por casualidades del travieso destino, para el reto Syn-Opsis de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
En ambos casos, el tema del reto es la cultura japonesa, en la Syn-Opsis con la imagen como inspiración.

Un Cadáver a la Mesa

Imagen de un rincón de un bosque en dónde se ven dos árboles. Uno delante, grande e imponente, con las ramas, también grandes como en un inmenso abanico. El otro árbol tiene las mismas características, pero aparece más pequeño en la perspectiva. Ambos crean una especie de burbuja de aire que engloba la escena y sus troncos, de forma que el verde de las hojas se transforma en marco de la escena y la fotografía.
Imagen de Jplenio en pixabay.

«Al fin llegué a los pies de aquella impresionante y antiquísima deidad. Su anchura me limitaba todo el horizonte y se elevaba de forma tan indefinida que parecía perderse más allá del firmamento.
El silencio era tan intenso que dañaba a los sentidos. Solo mi corazón se empeñaba en querer quebrantarlo. La quietud era tan profunda que ni la más tenue brisa se atrevía a perturbarla.
Con un hondo suspiro hinqué mi rodilla ante ella. Agaché la cabeza y le dediqué la plegaria que desde pequeño me habían inculcado. Deposité mi carga en el suelo y le agradecí su protección y vitalidad para la consecución de mi misión.
Me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que me había encadenado durante tanto tiempo y sentí ganas de salir volando.
Allí quedaron solos, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.
...»

Emprendí el camino de regreso hacia mi cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver luces iluminando sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado del bosque. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, has tardado mucho hoy en buscar la leña —me dijo ella nada más verme.

Como siempre que regresaba, me mostraba la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara toda mi negrura interior. Respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—No le he sentido desde esta mañana. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro que no está afuera contemplando la salida de su querida amiga, la luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¿Qué te pasa? Te noto muy cansado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo esta cenita que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante corazón.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido mucha leña? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Ha dicho la radio que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara o de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, denotaba que la había abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para mañana; las noticias que había escuchado en la radio; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

La veía hablar, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente. Sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Incluso, luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la leyenda. Desenterré sus huesos y los llevé hasta la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

Este mini relato es mi propuesta para el VadeReto de este mes.
El Reto consiste en continuar el texto que aparece al principio, sobre fondo sombreado: «Al fin llegué a los pies…»

Apocalipsis Familiar

El ruido en la cocina y los aromas que emergían de ella hacían profetizar un auténtico banquete. Paco terminaba de darle el punto a la comida y Juana salió para poner la mesa para los cuatro. Mientras, la televisión, con ausente audiencia, daba machacona, por enésima vez, las noticias sobre la pandemia y la implantación de las vacunas.

—¿Dónde se habrán metido los niños? ¡María! ¡Leo! ¡A comer! —llamó su madre desde el Salón— ¡Como tenga que subir a buscaros os la vais a ganar!

El padre se acercó a la mesa con una tremenda palangana de plástico llena de pasta.

—Paco de mi vida, ¿así te han enseñado a emplatar los del mastershé ese? —le dijo su mujer abriendo exageradamente los ojos.

—Qué quieres cariño, no he encontrado la olla, ni la cacerola, ni la paellera, ni…

—Tú es que no encuentras nada, querido.

—Pues se habrán escondido, porque he mirado en todos los cajones y…

—¿A que voy yo y lo encuentro?

—Anda, déjate de madradas y vamos a comer. ¿Dónde están los niños?

—¡Yo que sé! Los dejé viendo la tele, pero cuando he salido ya no estaban. Se habrán aburrido y han subido a su cuarto a jugar mientras terminabas. ¡Cómo eres tan lento con la comida!

—Cariño, un buen chef necesita cocinar sin premura y con tempo.

—Tempo es lo que no tenemos. Que se nos va a juntar la comida con la merienda. ¡María! ¡Leo! —volvió a llamar a los niños —. Nada, que no bajan. Seguro que se están haciendo los sordos.

—Bueno, no grites más, que no vas a poder lucirte en el karaoke del finde —soltó Paco con ironía—. Voy a subir yo y decirles que ya está el papeo.

Juan fue a la planta superior y vio que la puerta del cuarto de los niños estaba cerrada.

—Chicos, ¿por qué habéis cerrado la puerta? ¿No recordáis las normas de la casa?

Dentro no se escuchaba ni un suspiro. Juan intentó girar el pomo, pero la puerta no se abría.

—Niiiiñooos, dejaros de juegos que se enfría la comiiidaaaa —repitió el padre golpeando suavemente en la puerta.

—¿Qué pasa? —le asustó la madre a sus espaldas, Inquieta, había subido para ver qué pasaba.

—¡Hija de mi vida! ¡Qué sigilo! Ni que entrenaras con el CSID —respondió él, dando un respingo—. No lo sé, se han encerrado en la habitación.

—Pero bueno. ¡Se la van a cargar!

—A ver, cálmate que seguro que están jugando o nos quieren gastar alguna broma.

—Es que no es momento de bromas, Paco, que la comida es sagrada.

Desesperada, Juana dio varios golpes más fuertes en la puerta.

—Niños, ya estáis castigados por haber cerrado la puerta. Sabéis que eso está prohibido. Como no salgáis ahora mismo el castigo será doble.

—Sí, tú dales buenos incentivos a los chiquillos, que se van a esconder debajo de la cama.

—Paco, que lo dices como si yo fuera un monstruo. Si tú te pusieras más severo con ellos no tendría yo que simular ser un ogro.

—¡Es que te pones tan guapa de ogra, cariño!

—No te doy con la sartén porque no la has encontrado. ¡Niños, voy a contar hasta tres y…!

Dentro se escuchó un alboroto con pequeños grititos y sonido de metal.

—¡Paco! ¡Que a los niños les está pasando algo!

—¡Anda ya! No te pongas histérica, ¿qué les va a estar pasando? —Acercando la boca a la puerta, ronroneó— Marííía, cieliiiito, abre la puerta, mi vida.

—¡No, que seguro que nos queréis comer! —emergió la vocecita de su hija desde el interior.

—¿Pero qué leches dice esta niña? ¡Definitivamente se le ha ido la olla! —exclamó su madre.

—A ver, cariño. Seguro que está de guasa. ¡Cariiiiiii, ábrele a tu papi querido!

—¡¡¡QUE NOOOOO!!! —se escuchó desde dentro una coral de dos vocecitas.

—Paco, que no me gusta el tono de los gritos. ¿Qué está pasando?

—¡Yo que sé cariño! Habrán visto algo en la tele y se han asustado. Ya sabes lo impresionables que son.

—Claro, como tú les dejas ver todo lo que quieren.

—Pero si tengo puesto hasta el pin parental ese.

—María, o abres la puerta ahora mismo o te vas a quedar sin tele, sin internet y sin postre durante tres meses —le gritó la madre a la puerta.

—Tú como negociadora no tienes precio, ¿eh Bruswili?

—Claro, como tú disfrutas con las travesuras de tu hija.

—No te pongas mandona que luego te hacen mimitos y a ti también se te cae la babita.

—El pelo se le va a caer como no abra ya mismito.

—Escúchame, pequeño monstruo. Abre solo un poquito la puerta y verás que somos nosotros. Que como tu madre tire la puerta vas a tener que pagar tú a los carpinteros —siguió bromeando su padre para convencer a la pequeña.

—¡Ofú, Leo! Vamos a tener que abrir, porque si mamá se empeña seguro que la derriba —se escuchó tenuemente la voz de ella en el interior.

Desde fuera, sintieron como el cerrojo se descorría, aunque la puerta seguía cerrada. Dentro se oyeron unas pequeñas pisadas que corrían alejándose de la entrada.

—Espera, cariño —frenó Paco a su mujer—. No vayas a entrar a lo termineitor que te conozco. Son pequeños y si les creamos un trauma nos va a salir todavía más caro la psicóloga. Recuerda lo que nos dijo en la última sesión.

Ante el bufido de su mujer, él empujó suavemente la puerta, entreabriéndola y asomándose levemente al interior. Antes de que ella pudiera acceder a la habituación, él volvió a salir, rápidamente, tapándose la boca.

—¿¡Qué pasa!? —dijo ella alarmada, temiéndose lo peor.

—Nada, nada. Míralo tú misma —le respondió él, aguantándose las carcajadas.

Cuando la madre abrió del todo la puerta pudo comprobar el tremendo berenjenal que habían organizado en la habitación. Los peluches, juguetes, pupitres y todo lo que pudieron acarrear habían sido dispuestos como barricadas para esconderse detrás. Tras los tiestos, estaba Leo con una bol ensaladera puesto en la cabeza, con el cuerpo embutido dentro de una caja de muñecas y en su mano derecha una espumadera. A su lado, en pose defensiva, María aparecía también con la cabeza protegida, en este caso, con una olla. Con varias tapas de cacerolas se había fabricado un peto y empuñaba la escobilla del váter como flamante espada.

—¡¡¡La madre que os parió!!! —exclamó Juana.

—¡Tú misma, cariño! ¿Ves por qué no podía encontrar esos cacharros? —le soltó Paco haciendo una mueca.

—Son nuestras armaduras para defendernos de vosotros —dijo la pequeña.

—Zi, nostas maduras —repitió el peque.

Montaje realizado a partir de las fotos del niño y la niña que propuse en el VadeReto.
He recortado las dos imágenes y las he insertado en la misma fotografía.
Luego, les he incorporado los utensilios mencionados en el texto y usados como armadura y defensa.
Es decir, a la niña: la olla en la cabeza, las dos tapaderas como escudos y la escobilla del WC, como si la tuviera en la mano; al niño, la ensaladera en la cabeza y se ve la parte acucharada de la espumadera, a un lateral.
Montaje realizado a partir de las imágenes:
Niña: Nathanel Love en pixabay.
Niño: Marques Edgar en pixabay.

—¿De nosotros? ¿Pero qué dices, chiquilla? ¡Paco, esta niña está peor que nunca!

Paco, intentaba, sin mucho éxito, aguantarse la risa y, poniendo una seriedad imposible, les dijo a sus hijos:

—A ver, pequeños monstruos, ¿por qué tenéis que defenderos de nosotros? ¿Es que ahora os parecemos muy feos?

—¡PACO!

—Nena, hay que seguirles el juego. Ya sabes lo que dijo la psicóloga. Nada de traumas —se volvió de nuevo hacia los niños y, dulcificando al máximo la voz se dirigió a la pequeña generala—. Dime, cielo, ¿de qué tenéis miedo?

—Porque podéis haberos convertido en shombis.

—En Shovis —repitió el más pequeño.

—¿¡ZOMBIS!? —Gritaron los dos padres a la vez.

—Sí, lo ha dicho la tele.

—Ves, Paco. No se les puede dejar solos delante de ese trasto.

—¿Qué es lo que ha dicho la tele, monstruito de hojalata?

—Que la vacuna tendrá conchacon… conchucan… conchiacuen…

—¿Consecuencias? —terminó Paco.

—¡Eso! Además, me lo contó Satu, que se lo ha dicho su padre. Que todo el que se ponga la vacuna se convertirá en un shombi.

—un Shorvi —recalcó el niño.

—¿Otra vez, el satu y el enterao de su padre! ¡LOS MATO! —gritó la madre.

Paco no podía gritar, las lágrimas ya le caían indolentes por toda la cara y le dolía las mandíbulas de aguantarse la risa. Como pudo se dirigió de nuevo a su hija:

—Monstruito, ¿tu madre y yo tenemos caras de zombis?

—No lo sé. Nunca he visto a ninguno. No sé lo que son. A lo mejor estáis empezando a convertiros.

—Tú sí que estás empezando a hacerme perder la paciencia, María —le espetó la madre.

—Contrólate, Juana, que te sube la tensión. Vale, María. Observa atentamente:

Con rápidos movimientos de pies, su padre hizo dos pasos de baile. Como la cara de María seguía con su gesto adusto y serio, prosiguió. Cruzó las piernas e hizo un giro de 360 grados terminando con los brazos abiertos como esperando los aplausos.

—¿Un zombi sería capaz de hacer esto? —le preguntó a la pequeña.

—No lo sé, pero creo que no —respondió riendo.

—Ahora tú, amorcito —dijo dirigiéndose a su mujer.

—Si pretendes que yo también haga la payasa para convencer a tu hija de que no soy un zombi es que estás borracho.

—¡Venga ya, no seas aguafiestas!

Sin dejarla reaccionar, la cogió por una mano y tirando de ella le hizo acercarse. Le puso la otra mano en la cadera y giraron juntos en un torpe baile que a punto estuvo de terminar con ambos en el suelo. Luego, cogiéndola por los hombros la hizo girar como un trompo, terminando con ella sujeta a escasos centímetros del suelo, en la postura en que terminan las parejas danzarinas de las pelis.

Los dos niños reían a carcajadas y tocaban las palmas.

—Ven, babo, babo. Ota vé, ota vé —gritaba y aplaudía el pequeño Leo.

—¡Sois los papi y mami normales! ¡Bieenn! —confirmaba María.

La madre, como pudo, se incorporó y, dejando al marido sentado en el suelo, les dijo:

—La comida lleva un cuarto de hora en la mesa y tiene que estar más fría que los pies de vuestro padre. Por si no lo sabéis, ha hecho espaguetis.

—¡ESPAGUEEETIS! —gritó la niña.

—¡TEEETIS, TEEETIS! —gritó el pequeño.

Ambos arrojaron sus falsas armas y se despojaron de sus armaduras. Leo le echó los brazos a María, que lo cogió en volandas. Saltaron sobre la inexpugnable barricada, salieron corriendo hacia las escaleras y bajaron hasta el salón para sentarse a la mesa. Mientras, Juana con los brazos en jarra suspiraba y Paco dejaba, por fin, explotar la risa que tanto llevaba aguantando.

—Desde luego, Paco, tu hija, cualquier día, me va a volver loca.

—¡Mi hija! Claro —farfulló Paco—, pero cuando está dormidita la mar de tranquilita, como un peluche, entonces, bien que es “tu hija”, ¿verdad?

Una vez pasada la falsa invasión zombi, los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa. Reían y disfrutaban unos hermosos platos de espaguetis con queso. Cuando llegó la hora del postre, la madre se levantó y les dijo muy serios a sus hijos:

—Os traigo el postre, pero con una condición. Nunca más volváis a encerraros en la habitación y mucho menos cojáis los cacharros de la cocina. Estas cosas son sagradas y no las podéis usar para vuestros juegos.

—Ofú, mamí, es que… —empezó María.

—Ni esque, ni esca. No tenéis que hacerle caso a la tele. Para eso estamos nosotros. Cualquier cosa que os preocupe u os dé miedo, nos lo preguntáis. Además, no les hagáis caso a la gente tonta que se inventa cosas para asustar a los demás. Nadie se va a convertir en zombi. Veréis como la vacuna termina con el virus y dentro de poco podremos decirle adiós a todo esto. ¿De acuerdo?

—¡Vaaaaleee! —dijeron los dos pequeños al mismo tiempo.

—Yo también quiero decir algo —empezó a decir el padre haciendo sonar un cuchillo en un vaso.

—Paco, que te conozco —le dijo su mujer.

Los dos niños miraron a su padre atentos y con media sonrisa. Sabían que él siempre le sacaba la punta guasona a todo.

—Bueno, Juana. Es que no podemos negar una cosa. En el caso de que de verdad ocurriese un apocalipsis zombi, tenemos unos hijos valientes y guerreros que nos defenderán de esos monstruos.

Todos, incluida la madre, rompieron a reír a carcajadas y celebraron la unión familiar con una deliciosa tarta de chocolate.

Este relato forma parte de la propuesta literaria VadeReto (Enero 2021)
En este mismo blog:
Usando las fotografías de los niños debéis crear una historia llena de optimismo y alegría. Divertida, gamberra, mágica…

Tras la Máscara

Montaje a partir de la Imagen de Willgard Krause en pixabay.

Siempre iba con una máscara cubriendo su aparente fealdad. Nadie había conseguido atisbar sus facciones. Se sentía encarcelado más allá del instrumento que le ocultaba su identidad. Nunca se miró en un espejo, ni siquiera en la superficie de las cristalinas aguas del lago. Era su maldición desde que tenía razón de existencia y lo llevaba con amargura, pero con determinación. Cada cual debía aceptar su destino.

Un día al pasar por la plaza mayor, no se percató y se vio entrometido en una pelea. No participó en ella, pero un mal golpe dirigido a la persona equivocada le rompió la máscara y quedó expuesto a todos. Al verle, salieron corriendo horrorizados. Se sintió la persona más miserable y repugnante del mundo.

Intentó regresar al refugio de su casa. Escondiéndose entre callejones y esquinas. Evitando encararse con nadie. Huyendo de los reflejos como del fuego. Sin embargo, al intentar esquivar a un grupo de viandantes, terminó enfrentado a un escaparate.

Lo que vio no le asustó. No le causó vergüenza. No le pareció siguiera desagradable. Sus facciones eran bellas y proporcionadas. Dulces y hermosas. Sus ojos reflejaban vida y su boca una sonrisa que iluminaba todo su entorno.

En ese momento descubrió que no lo habían enmascarado porque fuera horrible, sino para que no avergonzara con su belleza la fealdad de los demás.

Este minirelato es mi aportación para el reto de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
El correspondiente al Desafío Literario de Enero 2021: Syn Opsis“.