Inconsciencia

Imagen de Skeeze  en Pixabay.

Un calor abrasivo inundaba la selva. El humo alcanzaba el cielo presagiando el desastre. Una sirena bramaba acercándose. Hombres llenos de optimismo descendían la esperanza del vehículo. Su auxilio era ínfimo, pero necesario, ineludible, obligatorio. La selva chillaba de dolor e impotencia. Las lágrimas surcaban rostros desesperados. Una niña gritaba con rabia: «¡Nos quemamos!». Y tenía razón. No se quemaba la selva, se quemaba nuestro mañana.

Relato publicado en el Reto “5 Líneas
de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas
que incluya las tres palabras propuestas:
(Hombres, sirena y tenía)

Un Flirteo Muy Buhonito

Imagen de  Gerhard Gellinger  en Pixabay

MaryOwl era un tronquito de chocolate con restos de nata. En una de las ramas del anciano roble dormitaba. JoaoRamowl, de cara difícil de ver pero gesto cariñoso y galante, se le acercó.

—Oh, trocito de carbón mío ¿te vienes a dar una vueltecita por la arboleda?

—¿Es la hora de darle un homenaje a mi estómago o solo quieres importunar el momento de mi viaje espiritual? —con dos inmensos cráteres lunares en la cara lo miró enfurruñada.

JoaoRamowl sintió romperse la noche y tragárselo sin desplumar. Esa mirada era un volcán a punto de erupcionar y la última vez tardó una eternidad en volver a volar y comer.

—En el parque hay un tenderete de semideglutida y aliñada carne selecta —dijo con más miedo que convicción.

—Espero que sin cebolla sean —esta vez apareció una tímida sonrisa en su tez cafeinada.

—La cebolla me la como yo, tiznita de mi corazón.

Y hacia el parque se fueron como hojas de otoño arrancadas por el viento planeando de amor.

Microrrelato publicado en el Reto Literario “¡Un Reto Retó-rico!
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Cuatro fotos para inspirar, diez líneas y tres figuras retóricas para hacer aparecer en su extensión (Metáfora, Eufemismo, Hipérbaton).

El Buscador de Historias

Una de las mayores desdichas con las que se puede tropezar un escritor es la falta de historias que contar. Cuando tu mente se vuelve más blanca que la hoja que llora abandonada sobre el escritorio. Cuando la vida no te susurra al oído cuentos y fantasías. Cuando un paseo por el bosque solo te muestra los árboles y un atardecer te parece un fenómeno cotidiano y aburrido. Cuando el niño que vive en ti crece y se muda porque tu imaginación dejó de alimentarlo.

Como era incapaz de contar historias busqué quién me las contara a mí. Alguien que pudiera abrir mi mente y poner sobre mi pluma el mecanismo de creación que había perdido. Salí a preguntar a mis vecinos, pero unos tenían sus vidas ingresadas en sus móviles viviendo otras vidas y otros contemplaban, plantados delante de aburridos televisores, las disputas, los gritos y las enajenaciones mentales del mundo.

Recordé que los cuentos y fábulas siempre han estado en boca de los ancianos y a ellos acudí para que me contaran sus historias. Sin embargo, éstos dejaron de sentirse narradores desde hacía mucho tiempo. Ya nadie acudía a ellos para que iluminaran sus sueños. Para que sacaran del fondo de sus corazones a los niños que se habían dormido en sus profundidades. Así que los ancianos olvidaron las historias y el mundo se desentendió de escucharlas. Se dedicaron a vivir y a contemplar como pasaba el tiempo que se los llevaría en volandas.

Afortunadamente, un amable librero de viejo me dio esperanzas. Me enseñó un libro muy antiguo. Estaba ajado y sus hojas amenazaban con abandonarlo. Su tacto era rudo y apagado. Era uno de esos libros que no atraían por su portada, sino por el misterio que podía albergar en su interior. Acariciando su tapa, el anciano librero me dijo: «Cuenta esta leyenda, que donde el cielo se desborda existe una mujer, una diosa, una maga, tal vez una bruja. Cuenta que es capaz de crear mundos increíbles y fantásticos. Cuenta que su imaginación ha alimentado la fantasía de miles de soñadores. Cuenta muchas cosas que, quizás, solo sean eso, cuentos, pero de qué están hechos los sueños si no de fábulas». Viendo mi desesperanza se apiadó de mí y me regaló el libro. Me indicó que lo leyera pausadamente y con paciencia porque, tal vez si creía, me indicaría el camino para encontrarla.

Lo leí y releí tantas veces que me aprendí pasajes de memoria. Las indicaciones que se mostraban eran tan imprecisas y burdas que eran imposibles de buscar en ningún mapa. Por mucho que leía, en mi cabeza solo resonaba la frase: «donde el cielo se desborda». Sobre la mujer mencionada por el librero poca información había. Solo se hacía hincapié en que «cuando la encuentres, sabrás que es ella». En el libro aparecía uno de los nombres por los que era conocida, pero que no debía ser pronunciado en voz alta, más que en su presencia. Lo busqué en Internet y en viejas bibliotecas, pero por supuesto no encontré nada. El libro era tan antiguo como la leyenda y cualquier referencia a ambos quedaba fuera del conocimiento. Solo tenía una opción, emprender el camino siguiendo la escasa información del texto con la ilusión y la esperanza de encontrar aquel ser legendario y, acaso, ficticio.

Y aquí me encuentro, avanzando por sendas desconocidas, creo que perdido y solo, muy solo. Tantos años escribiendo sobre aventureros que van en busca de su quimera y ahora soy yo el que se ha convertido en uno de los personajes de mis historias. Voy en busca de una leyenda. Voy en busca de mi salvación. Si no la encuentro tendré que olvidarme de escribir porque sin historias que contar no habrá libro que narrar.

Llevo días soportando un tiempo inclemente. Subiendo y bajando montañas inacabables. Atravesando bosques tenebrosos llenos de crujidos y sombras. Intentando dormir en noches sin estrellas que hacen imposible pensar en el renacimiento del sol. Parece que la dama de la leyenda se empeña en ponerme pruebas imposibles para que llegue hasta ella. Sin embargo, no cejaré en mi empeño. Todo sea por volver a encontrar el camino de la creación, porque escribir es lo que da sentido a mi vida. Si no soy capaz de contar historias tendré que contentarme con vivir las que otros escribieron o morirme en vida, desganado y melancólico.

Después de luchar contra la desesperanza y bordear la huida, mi corazón no puede contener tanta felicidad y mis ojos son incapaces de abarcar tanta belleza. Creo que he llegado a mi destino. Estoy exhausto, pero eufórico.  He sido capaz de completar el viaje y ante mí tengo el más maravilloso espectáculo que nunca podría haber imaginado. Enormes masas de agua surgidas de las nubes caen formando impresionantes cascadas. Se mezclan creando un maremágnum de increíbles colores que crean inverosímiles arcoíris. El ruido es ensordecedor, pero la belleza hipnótica. Miles de aves gritan y revoletean entre las corrientes. Una de ellas me ha mostrado un camino, casi invisible, que sobrevuela los torrentes. Por él me encamino como si flotara sobre las aguas. No diviso el final avanzando entre nubes, pero mi ansiedad y urgencia se sobrepone al miedo. Después de tanto esfuerzo para llegar hasta aquí nada me va a hacer abandonar.

Imagen de EnriqueLopezGarre en Pixabay

El estrecho camino se ha convertido en una indefinida llanura ocultada por la niebla. Recuerdo el texto escrito en el libro que guardo en mi mochila y que a duras penas ha aguantado el farragoso viaje. Evoco y, tímidamente, balbuceo el nombre que en él aparece: «JessiKhaleshi». No tarda en aparecer una sombra entre la bruma. Vuelvo a rememorar el texto: «¿Eres la señora de Fantépica?» le pregunto con impaciencia y temor. «¿La contadora de historias. La creadora de Mundos y fantasías? ¿Mi salvadora?» insisto. Ella sonríe y me responde: «¿Si así lo crees tú?».

Me acerco ilusionado y sonriente. Me presento y le explico mi desgracia. Le cuento cómo la desdicha se ha cebado sobre mi pluma y cómo las páginas siguen en blanco después de mirarlas eternamente. Le suplico que me saque de ese foso en el que me encuentro. Y ella, con la voz más dulce y hermosa que mis oídos hayan escuchado, me dice: «Me pides que te cuente historias para tus libros. Que te regale los oídos con bellas fábulas para que las conviertas en grandes aventuras. Que abra las puertas que sellan tu mente. Sin embargo, no soy yo quién puede ayudarte».

Mi cara muestra inefable mi desilusión. Mis ojos se anegan de lágrimas que me ahogan. Mastico mi infortunio pensando que no tiene solución. Ella, al ver mi cara, me mira ladeando la suya y sonriendo añade: «Llevas todo el viaje con los ojos cerrados. Has sido incapaz de ver más allá del camino. No has mirado el mundo que atravesabas.

»No has visto cómo aquel cervatillo ha escapado in extremis del lobo que le perseguía. No has escuchado como aquel leñador talaba árboles para venderles calor a sus vecinos. No te has dado cuenta como miles de hormigas sobrevivieron a las lluvias torrencialmente porque trabajaron con la inteligencia del grupo. No te fijaste cómo hay árboles que crecen dónde ninguna otra planta ha sido capaz de levantar un palmo del suelo. Has deambulado mirando sin ver nada.

»No soy yo la que te puede contar las historias que debes escribir. Es tu propio camino el que te ofrecerá el material necesario para que las crees. Yo solo soy la excusa de tu viaje. Has pensando que te serviría en bandeja las historias, cuando es tu misma odisea la que te las ha contado al oído sin que te hayas dado cuenta. Querías conocer aventuras sin levantarte de la silla en la que escribías. Ahora las has vivido. Ya tienes tus historias.»

Y en ese momento, rememorando esos pasajes, vi al cervatillo convertido en un vistoso paje que llevaba una misiva importantísima para el rey. Gracias a sus gráciles movimientos y a sus veloces piernas pudo escapar del lobo-demonio y avisar de la llegada del peligro. Vi que el hacha que usaba el leñador era de mágico oro, la había encontrado en el fondo del río, y se pasó muchos días decidiendo si venderla o quedársela. Cuando la usó, descubrió que era capaz de hablar con los árboles y, con su permiso y ayuda, encontró los que ya estaban muertos. Así consiguió talar maderos, más grandes y en menos tiempo, sin dañar el bosque. Las hormigas eran en realidad una pequeña colonia de seres venidos del espacio que intentaban sobrevivir en un mundo de gigantes. Sus mentes colmenas les capacitaba para realizar, con increíble destreza, inverosímiles empresas. Y aquel árbol, que se levantaba solitario y resistente al agotamiento del suelo, era alimentado desde sus raíces por los seres más pequeños del universo. Tan inteligentes que nunca se dejaban ver, pero que iban de planeta en planeta impidiendo que estos se convirtieran en yermos paisajes. Creaban señales para que los pobladores se alertaran del destino fatal de su planeta. Vi el mundo que me rodeaba, pero que no había sabido mirar. Abrí los ojos de la imaginación y todas las fábulas aparecieron en mi cabeza.

Gracias magnánima señora por tu sabiduría, tu generosidad y tu paciencia. Me has enseñado a ver el mundo y comprender que las historias siempre han estado dentro de mí. Mi niño interior ha vuelto a sonreír porque tiene mil fábulas con las que alimentar su fantasía. Es él el que las inventa y me las cuenta. Ya no tengo miedo a que se aburra y me abandone. Escribir es crear, pero, sobre todo, observar la vida con la inocencia y el encanto de la imaginación.

Relato publicado en el Reto Literario “Un Agosto de Leyenda’
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Selecciona una imagen y crea con ella una leyenda.
Cuéntanos su historia y qué te evoca.

Un Linaje de Sangre

Es una noche como otra cualquiera. La luna flota pacientemente en el firmamento. Espléndida, llena y reluciente, desde las alturas ilumina la playa creando una hermosa pintura y esta, coqueta y divertida, contempla su reflejo en las cristalinas aguas que la bañan. Descansa tranquila porque está escoltada por dos castillos que la guardan y forman una pequeña cala que es la admiración y la envidia de toda la costa.

En la orilla izquierda, un arco de rocas permite el acceso como una puerta sin cerrojos hacia un paseo, también de piedras, que lleva hasta el silente castillo de San Sebastián. Unas pocas farolas iluminan tenuemente el suelo y, con las gotas que la humedad de la noche y el batir que las olas dejan sobre él, parece brillar como una alfombra de cristal sobre las aguas.

La fortaleza se adentra imponente en el mar y cortándolo transversalmente hasta quedar mirando de frente a la playa.  Desde allí se mece tranquilo y solitario, flotando entre las olas que durante más de tres siglos han bañado sus piedras. Hace ya mucho que sus habitantes decidieron dejarlo abandonado. Ahora solo las gaviotas pululan por sus callejuelas durante el día hasta que el sol se pone. Son los moradores entre sus muros que custodian los espíritus de los muertos que, hace siglos, cayeron entre sus almenas. Por la noche, cuando las aves se retiran a sus nidos, el silencio se hace dueño del recinto y, solo de vez en cuando desde la ciudad, da la impresión que algún alma incauta y decidida abandona su lecho mortal para recordar sus guardias milicianas. O eso dicen los lugareños que ven sombras deambulando entre ventanucos y torretas.

El otro extremo de la playa también aparece guardado por otro castillo, el de Santa Catalina, pero más pequeño y recogido. De aspecto tímido y apocado, solo se asoma a la orilla sin atreverse a avanzar mar adentro. Permanece al borde de la ciudad sin cordón umbilical que lo una a ella. Ambos castillos no solo delimitan y custodian la pequeña playa, también sirven para enmarcar el precioso paisaje fotográfico.

Sin embargo, toda la quietud y serenidad de la playa se ven alteradas de forma inexplicable. Un ligero temblor hace palpitar la arena. Las piedras parecen tiritar y una ligera bruma comienza a cubrir toda la caleta. Entre la amalgama de niebla y luz creada por las farolas aparecen de manera repentina dos figuras blanquecinas. Uno parece un lobo y el otro un felino. Ambas pieles albinas reflejan la luz de la luna produciendo una representación fantasmal. Silenciosos y con andar sosegado se dirigen hacia la puerta de la caleta donde el arco apenas es visible entre la bruma. Al llegar a él, se sientan y parecen aguardar tranquilamente la llegada de alguien. Impasibles y pétreos, parecen dos esculturas adornando la entrada del camino. Durante unos minutos, hasta la marea parece detenerse. Ha cesado el ligero viento que peinaba la arena y la playa desierta contempla como la luna intenta atisbar lo que pasa allí abajo.

No hay que esperar mucho, como una aparición espectral atravesando la arcada emerge una silueta de mujer. Luce un camisón blanco, etéreo, que ondea delicadamente mecido por la brisa que ha vuelto a soplar. Su apariencia pálida y nívea se acopla perfectamente al ambiente espectral y refulge también ante la luz del satélite. Los animales no se han inmutado y esperan silenciosos a que ella llegue a su altura. Parece despeinada y su pelo rubio le cae suavemente sobre los hombros, enmarcando una faz inocente y tranquila. Parecería que está dormida si no tuviera los ojos abiertos, aunque parecen mirar sin ver. Sus pupilas ambarinas, sin embargo, se mantienen quietas y fijadas sobre el camino. Su andar descalzo es delicado y suave. Parece que no toca el suelo, como si flotara sobre su propia sombra. En su levitar, avanza muy despacio hacia los animales que en ese momento se levantan y la escoltan por el camino.

La luna contempla la comitiva que avanza como un desfile teatral por la alfombra de piedras. Desde la lejanía solo son tres puntos blancos que se dirigen hacia el Castillo. Aunque puedan parecer una imagen fantasmal y terrorífica desprenden un aura majestuosa, solemne y mágica.

La caminata llega hasta el umbral del castillo y la puerta, que permanecía cerrada desde hacía muchísima décadas, se abre sin producir ni un solo chirrido, y eso que sus goznes de hierro están oxidados por el paso del tiempo. Aunque es una puerta muy pesada, se mueve como si la escasa brisa la empujara. De forma hospitalaria, autoriza a la mujer y los animales para que penetren en su interior y se vuelve a cerrar tras su paso para quedar como si nada la hubiera alterado.

Atravesando las mudas callejuelas del Castillo, la bruma les va abriendo camino hasta la gran plaza que forma el Patio de Armas. Entre la neblina aparece un imponente faro que, como atento y fiel efigie, sirve de vigía en las noches sin luna. A sus pies hay una puerta abierta que solo muestra oscuridad. De ella surge una llamada sin voz. Un murmullo que primero susurra y luego grita, como una bestia agazapada que emergiera para devorarlos. Sin embargo, lo que sale de la oquedad es una miríada de mariposas de todos los tamaños y colores. Ascienden hacia el cielo y vuelven a bajar en una danza desenfrenada que crea una maravillosa coreografía de luz y color que brilla reflejando el fulgor de la luna. Se acercan a la chica y la envuelven en un abrazo alado que la lleva en volandas hasta la sombría entrada y, sin que ella se dé cuenta, penetra en la negrura cayendo irremediablemente en su interior como si la engullera una inmensa garganta.

En ese momento despierta de su ensoñación ante la caída. Sin embargo, no llega a gritar porque en realidad no está cayendo, está flotando. Como si una inmensa mano invisible la sostuviera, llevada con delicadeza y esmero en su palma, va descendiendo pausadamente por la oscuridad del pozo alejándose de la tenue claridad que apenas la ilumina desde arriba. El tiempo parece detenido y la caída eterna. Finalmente, es depositada con suavidad en el suelo desde donde puede atisbar un angosto aunque largo pasillo que serpentea hacia las entrañas de la tierra. Dado que es la única salida posible, se adentra en la galería bajando la ligera pendiente que la hace adentrarse todavía más en las profundidades. Unas misteriosas plantas, arraigadas en el techo de la caverna, dan una escueta, aunque suficiente luz que le permite avanzar entre las tinieblas.

No es una chica temerosa, aunque sí prudente. No sabe lo que le espera al final del pasillo ni siquiera si habrá alguna salida, sin embargo, no tiene miedo. Está hundida en el subsuelo, húmedo y lóbrego, pero lo único que siente es curiosidad. Por eso sigue andando y, de la misma forma que le pasó en el pozo, el tiempo transcurre indeciso. Cuando empieza a intranquilizarse y a dudar de que el camino le lleve a alguna salida, tras un brusco recoveco, aparece una luz más intensa. La galería da fin a su travesía y se abre a una inmensa e imposible cueva que parece sacada de un cuento fantástico.

Trastabillando y deslumbrada por el cambio de luz se dirige hacia el centro de la gruta, contemplando sorprendida y admirada la belleza de las formas de las rocas, las plantas que han echado flores en tan inhóspito lugar, incluso cree ver algún pequeño animal que se escabulle ante su presencia. Más que una siniestra cueva parece el claustro de una catedral con el techo abovedado de brillantes guijarros en lugar de estrellas.

Está tan ensimismada contemplando tal maravilla que tarda en darse cuenta de una sombra en mitad de la caverna. Cuando sus ojos se adaptan, comprueba que la sombra es de una mujer sentada en una de las piedras. Aunque esta no aparenta ninguna amenaza, siente un repentino escalofrío. Está vestida completamente de negro, con una capucha o pañuelo, también negro, que le cubre la cabeza. Está inmóvil y no se la nota ni respirar. La plácida atmósfera que emana a su alrededor invitan a la chica a acercarse a ella en lugar de huir.

De nuevo, la curiosidad la empuja en su osadía y sin pensarlo se coloca delante para mirarla a la cara. Desde su altura no es capaz de verle el rostro, la mujer tiene la cabeza algo reclinada, así que solo puede mirarle las manos. Son grandes, nudosas y avejentadas. Denotan haber tenido una gran laboriosidad y ser fuertes y resistentes. Acarician un abalorio, en forma de collar, con cuentas de color sanguíneo que maneja de forma mecánica e instintiva. El ligero murmullo que sale de su boca le hace levantar la mirada para encontrarse con su cara. La está mirando impasible y atenta. Efectivamente, es una mujer de avanzada edad. Muy, muy anciana. Las arrugas en su cara apenas dejan ver sus rasgos. Sus ojos, de mirada oscura y penetrante, la hacen ver jovial e inteligente. Son dos pequeñas ventanas que parecen asomarse a todo un mundo. Su boca simula una tenue sonrisa y, acompañada de la dulce mirada, tierna y tranquilizadora, la invita a sentarse junto a ella. Así lo hace la chica y comprueba que han desaparecido su temor y sus dudas. Se siente como si estuviera sentada en un banco del parque en una tarde plácida junta a la Alameda.

—Hola, Diana, me alegro, al fin, de verte —dice la mujer con una voz que aparenta mucha menos edad.

Diana se sobresalta. ¿Cómo sabe esa mujer su nombre y de qué la conoce?

— Sí, te conozco. Sé cómo te llamas y también cuál es tu destino —prosigue la anciana como si le estuviera leyenda el pensamiento—. Hace mucho que preparamos este día y todos esperamos pacientemente tu llegada.

Ahora sí que Diana está totalmente asustada, abriendo desmesuradamente los ojos se lleva las manos a la boca. Habría echado a correr si sus piernas no hubieran abandonado de ante mano su reacción. Su corazón corre desbocado y amenaza con llevarla al desmayo.

—Pero, ¿quién es usted?

—Bueno, eso es complicado de responder. Hay quienes me consideran bruja, otros adivinadora y algunos simplemente la vieja guardiana de la ciudad. Se me conoce por muchos nombres y aunque siempre fui María, la leyenda me bautizó María Moco.

—¿Qué hace aquí abajo sola? Nunca la he visto, ¿por qué dice que me conoce? ¿Quiénes me esperan? —dice mirando a su alrededor intentando vislumbrar quiénes son esos todos de los que habla la mujer.

—No tengas miedo, pequeña, todavía no puedes verlos —continua la mujer respondiendo a las preguntas que no han sido formuladas—. Aún no estás preparada para ver.

Sin que a Diana le dé tiempo a reaccionar, la anciana le pone una de sus manos sobre la frente y empieza a recitar una salmodia que va calmándola y haciéndole entrar en un placentero trance. No entiende sus palabras, pero éstas se van colando en su mente haciéndole ver una imagen llena de nubes y colores. Parece estar en el aire dado que no ve el suelo. Es como si se hubiera convertido en un ave que estuviera surcando el cielo dejándose llevar por los vientos, planeando suavemente entre blanquecinas nubes esponjosas y delicadas.

Llevada por el suave y confortable vuelo, con el aire besándole la cara, va vislumbrando bajo el neblinoso horizonte la presencia de la ciudad. El sol parece acabado de despertar y su tenue luz baña las calles creando una imagen pictórica y bella. Planeando sobre la antiquísima catedral, se desliza por el moderno mercado mientras sus trabajadores preparan sus puestos; desciende hacia la preciosa playa, recorriendo el mismo camino que Diana hiciera hace, minutos, horas, días… El ave se adentra en el Castillo y se zambulle en el pozo. Recorre también el largo túnel y sale a la caverna en dónde se hallan ambas mujeres.

Cuando parece que va a impactar contra su cara, Diana despierta sobresaltada y vuelve a contemplar la caverna en la que se encuentran. Sin embargo, ahora no está vacía. A su alrededor puede ver a hombres, mujeres y niños que la contemplan. Todos la miran con caras amables y felices. Todos muestran una sonrisa siniestra. Todos enseñan sus blancos y largos incisivos. Todos levantan sus manos con las palmas hacia arriba en un gesto de amable reunión. Diana da un respingo cuando siente la mano de la anciana sobre la suya y, al girarse y mirarla, contempla de nuevo su cara sonriente y afable.

—No temas, Diana, son tu familia —le susurra delicadamente.

Esta vez sí que Diana no puede refrenarse y se levanta de sopetón. Empieza a correr sin orientación intentando escapar de la caverna. Busca desesperadamente una salida, pero no la encuentra. Cuando la angustia la embarga un extraño centelleo llama su atención. Son apenas hilos iridiscentes que flotan en el aire. Se mueven entre oscilaciones que se van haciendo más grandes conforme se va acercando. Cuando la envuelven, puede ver que son mariposas como las que la llevaron al pozo. La invitan a seguirlas para llevarla hasta una imposible abertura que hiende la pared.

Sin pensárselo, sale corriendo despavorida sorteando las apariciones que se encuentra a su paso. Su corazón late frenético. Sus pulmones a duras pena consiguen acaparar aire. Sus ojos apenas adivinan el camino. Las mariposas son más rápidas que ella y se pierden al atravesar la grieta. Tocando con sus manos las paredes intenta no tropezar con algún saliente que sobresalga del suelo. Sigue corriendo desbocada, cayendo y levantándose tan rápidamente como puede. Sin contemplar sus rodillas heridas y sus manos embarradas. Mirando desconfiada hacia atrás, por si la siguen, pierde contacto con el suelo porque este ha desaparecido y cae irremediablemente. Esta vez no hay nada que la sustente en el vacío. Siente la gravedad de la caída y empieza a gritar. La negrura la envuelve y el terror le golpea el pecho como una embestida. Cuando impacta contra el suelo no siente dolor. Queda tendida boca arriba con los ojos cerrados y la respiración enloquecida. Desfallecida y lasa. Sin embargo, está viva. O eso cree.

Temiendo encontrarse en el otro mundo abre muy despacio los ojos, pero, gracias a la amanecida luz que entra por una ventana, ve paredes, muebles, cuadros, cosas conocidas. Está sobre una cama. Su cama. Su habitación. Mirando desconcertada cada una de sus pertenencias, su corazón se va sosegando y empieza a serenar su respiración. Piensa incrédula si todo habrá sido un sueño. Más bien, una pesadilla. Se sienta en la cama y, al poner las manos en sus rodillas, las ve manchadas, laceradas y sangrantes. Se contempla las manos, también sucias, llenas de arañazos y con las uñas rotas. Una de ellas está cerrada apretando firmemente algo. Cuando la abre ve en ella el collar de la anciana. No, no ha sido un sueño.

Este relato es un regalo para Diana Buitrago (@DianaBBuitrago). Ella, junto a Jessica Galera, me adoptó como hermano literario y siempre tengo su apoyo, su empuje y su ayuda en este camino tan difícil que he decido emprender.
Diana tuvo el detalle de regalarme su primer libro de la trilogía Canción de Vampiro, Por tu Sangre. Y solo me pidió a cambio un relato. ¡¡¡Solo uno!!!
Los que ya lo hayáis leído sabréis lo maravilloso que es. La escritura de Diana es pura poesía. Su sensibilidad y su imaginación pura delicia.
Los que aun no lo habéis leído, ¡no sé a qué estáis esperando!
Por eso solo espero que esta pequeña historia tenga la suficiente calidad para compensar mínimamente este desigual trato.
Gracias, Diana, por tu confianza en mí, por tu continuo apoyo y por publicarlo en tu web: Salir a la Luna.

Añado aquí algunos enlaces para aquellos que no conozcan los lugares mencionados en el texto. Así como de la misteriosa, aunque real, María Moco:
– Castillo de San Sebastián.
– Castillo de Santa Catalina.
– La leyenda de María Moco.

En breve añadiré fotos propias de la playa y su entorno.