Ensoñación Innata

Abro los ojos, pero no soy capaz de vislumbrar nada. Por mucho que lo intento, la tenebrosa oscuridad me convierte en un ciego involuntario. ¡No, no puede ser! Me rebelo y me obligo a rechazar esta angustiosa sensación. Agudizo los sentidos para intentar captar algo que me haga salir de esta engañosa alucinación. ¡Quiero captar al menos un sonido! Sin embargo, el silencio se empeña en magnificar mi soledad y acrecentar mi miedo. Intento moverme y mis brazos y piernas se niegan a obedecerme. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Será el tránsito hacia la muerte?

Encierro mi ansiedad y me afano en acompasar mi respiración para no empezar a gritar. Tengo que racionalizar mis sentidos. No puedo dejar que me dominen y que, aunque simulen ausencia, gobiernen cada nervio de mi cuerpo.

Cuanto hasta diez… Dejo un par de segundos tras cada inspiración, profunda e intensa… Aguanto el aire en mis pulmones y dejo que la serenidad inunde cada una de mis células… Exhalo muy despacio, controlando cada gota de aire que abandona mi cuerpo… Lo repito varias veces hasta que noto como me relajo y vuelvo a asumir el control de mi organismo.

Pruebo de nuevo, pero no comienzo esta vez por la vista, sino por los oídos. Me concentro en captar el más mínimo murmullo, susurro, chasquido, crujido… ¡Noto algo! Parece un ligero roce. Cuando soy capaz de concentrar toda mi atención en él lo reconozco: es el viento. Es un brisa tan tenue que no me extraña que antes no la haya percibido. Me dejo abrazar y logro sentir cómo me acaricia la piel. Me produce un pequeño escalofrío que se convierte en alborozo. ¡Estoy vivo!

Con más sosiego, me invito a abrir los ojos sin que me invada el pánico. La vista se me aclara y comienzo a percibir mi entorno, aunque la luz sigue siendo débil y etérea. El amarillo, el verde, el marrón, parpadean ante mí, bosquejándome siluetas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La fragancia, limpia y natural, hacen despertar también mi olfato. No tengo dudas, estoy en un bosque. Ya puedo distinguir los árboles que me rodean. También pequeños arbustos que se florean de preciosos y coloridos brotes, alimentando abejas con sus elixires. Las esencias inundan mi boca, degustando sabores a flores, hierba, hongos, tierra húmeda, savia…

Con un esquizofrénico baile, las mariposas cobran vida ante mis sorprendidos ojos y me regalan una bienvenida coreografiada en el aire. Cuando intento acariciar una, noto que mis extremidades siguen sin querer moverse, permanecen entumecidas. Noto las piernas, pero parecen exánimes masas, encalladas y petrificadas. Sin embargo, me encuentro erguido. Soy incapaz de alcanzar con mis ojos los pies, pero puedo comprobar que me sustentan sin problemas.

Cuando, con empeño, consigo visualizar parte de mis brazos, la alarma y la ansiedad comienzan a adueñarse de nuevo de mi ser. Mi piel es rugosa, dura y de aspecto viejo y pétreo. De color pardo con tonalidades verduzcas. Se prolongan hacia el cielo, pero no terminan en manos sino en… ¡¡¡Hojas!!!

Con violenta erupción, el miedo se convierte en terror y un mudo grito muere en mi garganta mientras una terrible pregunta me explota en la mente:

«¿Soy un árbol que soñó ser una persona,
o soy una persona que está soñando ser un árbol?»

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia relacionada con los Sueños.

La Trastienda del Dragón

Un día como otro cualquiera. Un lunes maldito como cada semana. Mal dormir y peor despertar. Deambulo por las calles sin prestar atención a quién conmigo se cruza, tropezándome con mi destino, pero sin pararme a discutirle. Como casi siempre, termino dentro del bazar chino. Es uno de mis extraños hobbies, encontrar cosas de apariencia inútil o funcionalidad desconocida.

El anciano, de aspecto asiático, que se encuentra tras el mostrador, me saluda y muestra su radiante y perfecta sonrisa. Ya conoce mis debilidades y sabe que, con seguridad, algo atraerá mi atención y saldré con ello en la mano dispuesto a acribillarlo a preguntas. Son demasiadas las veces que nos hemos trabado en esas discusiones. Él ve usos que yo no advierto y yo le discuto que en realidad podría servir para otra cosa. De esta forma, hemos hecho amistad. Aunque, es difícil no hacerse amigo de él. Es tanta su bondad, su paciencia y su sabiduría que enseguida te colma con la sensación de que lo conoces de toda la vida.

Se llama Jun’ichi, pero, sabiendo que todos pronunciarían mal su nombre, él mismo se rebautizó y lo castellanizó. Pero, no se puso Juan, sabía que el diminutivo lo haría más cercano, más simpático, social y familiar. Gracias a mi malsana curiosidad y sabiendo que casi todos los nombres de su país encierran un significado bello y poético, atendió a mis ruegos y me confesó que “Jun” quiere decir Hombre obediente, respetuoso y de buen hacer. La verdad es que su nombre no podría describirlo mejor.

No es solo su nombre el que oculta verdades y misterios. Aunque todo el mundo conoce su tienda como “El Bazar Chino”, él nació en Osaka. Pero ante mi sorpresa, también me confesó:

—¿Te imaginas a un japonés regentando el chino del barrio? Escuchar a la gente decir “Voy a comprar al japonés”. Nanai de la China. Hay que seguir la tradición de los bazares y darle de comer a la mujer y los siete chinitos.

¡Será mentiroso. Si está más soltero que el capitán América!

Mientras me entretengo entre el batiburrillo de artículos de las estanterías, él atiende a sus clientes con el más riguroso y tópico servicio oriental. Le escucho hablar con las clientas marcando frenéticamente su falso acento: «Buenos días, ¿podel yo ayudal? … ¿Una fiamblela sin fondo? … ¿Una cafetela pala no hacel café? … ¿Un alicate que no apliete? … Todo bueno, bonito y balato, pasal al fondo y milal.

No puedo dejar de sonreír por su maravillosa actuación. Es digno de estar nominado a los Óscar. En realidad habla el castellano mejor que yo y, de hecho, hasta es capaz de sacar acento andaluz cuando se siente cómodo y confiado.

Otra de sus muchas cualidades es su adaptabilidad. No solo ha aprendido perfectamente el idioma, también ha abierto su paladar para degustar nuestra rica gastronomía y, por eso, muchas veces nos embarcamos en rutas de tapeo para que vaya descubriendo toda nuestra maravillosa gastronomía.

Después de aburrirme trasteando, y no encontrar nada que atraiga mi atención, me dirijo cansado y taciturno hacia el mostrador. Él me mira y tuerce el gesto. Ya he dicho que lo inunda la sabiduría. Con solo un simple vistazo  ha sido capaz de darse cuenta de mi frustración.

—Hoy no has encontrado nada que te haga rabiar —me dice alargando exageradamente la “r”. Sabedor de que eso me hace sonreír—. ¡Eso es imposible!

—¿Tan imposible como que sepas pronunciar tan bien las erres? —le respondo sarcásticamente.

—¿Qué sería de un vendedor chino sin sus ellles? —me responde soltando una risita sibilina.

—Eres un cuentista de tomo y lomo.

—Es el fino y difícil arte de la venta, muchacho.

—Algún día se te va a escapar una erre y le va a dar un soponcio a una de tus clientas.

—Y aquí estará el tío para socorrerla —dice divertido, mostrando su cara más socarrona.

Calla un par de segundos, me vuelve a mirar, con esos ojos que interrogan sin palabras, y se decide a sonsacarme de mi melancolía.

—¿Qué te pasa? Llevas una cara ideal para alquilar en un velatorio.

—Aburrimiento de la misma vida, Juanito.

— A ti lo que te hace falta es encontrar tu Ikigai  —me dice, como el que me que recomienda una  crema para las manos o cambiar de almohada.

—¿Ya vas a empezar a soltarme pensamientos budistas?

—No es budismo, copón, es una reflexión japonesa y significa encontrar la razón para la vida. Necesitas abrir los ojos y descubrirla. Darle sentido a cada día al levantarte.

—Vaya, ¿y dónde está el manual que me ayude a encontrarlo eso?

—No hay manuales para eso, amigo. La búsqueda es solo interior. Tienes que mirar hacia dentro y descubrirte a ti mismo.

—Uff, Confucio. Entonces la llevamos clara. Mi interior está más oscuro que la covacha de un oso invernal.

—Vaya, hoy tienes un día de algarabía y optimismo desaforado. Vamos a hacer una cosa —mira alternativamente a los monitores que le muestran los pasillos vacíos—. Es casi la hora de almorzar y ahora no hay ningún cliente. Voy a cerrar y a enseñarte algo.

Ya dije que se había adaptado muy bien a nuestras costumbres. Debe ser el único bazar “chino” del mundo que cierra para almorzar y echar una buena siesta.

—Anda, ¿me vas a invitar a unas cañas?

—No, hoy nada de ruta del tapeo. En realidad te voy a enseñar algo que tengo aquí dentro —me dice señalando con la cabeza al fondo de su establecimiento.

—Uy, ¡qué mal suena eso! Pensaba que con la búsqueda en el interior te referías a otra cosa. ¿Ya te has decidido a mostrarme tus perversiones más íntimas? —le suelto con expresión burlona.

—¡Qué animal eres algunas veces!

—¿Algunas, solo?

—Voy a enseñarte algo que no ha visto nadie y que solo guardo para gente muy especial.

—¿Sabes que lo estás poniendo todavía mejor, verdad? Ahora sí que me estoy giñando de verdad.

—Escucha, zoquete. Yo no tengo una mente tan calenturienta como tú. Yo no pienso continuamente en obscenidades como tu desquiciada cabeza.

—¡Venga ya, Juanito! Que he visto las miradas que les echas a algunas de tus clientas.

—A ver, una cosa es admirar y contemplar la belleza que pasea por delante de mis ojos y otra tener ideas obscenas como un mono salvaje.

—¡Claro, claro! Ahora resulta que eres más santo y casto que el monaguillo de Buda.

Mientras sale de detrás del mostrador, mueve la cabeza dándome por perdido. Se dirige a la puerta y la cierra tras poner el letrero de CERRADO. Debe ser el único bazar chino que tenga uno. Luego, me hace una seña para que lo siga y me lleva hasta el fondo de su almacén.

Pasamos de la zona de útiles escolares a la de artículos del hogar y de allí a la de los misterios por resolver. Desde una de las estanterías, una lechuza a tamaño natural me mira inquisitiva. Me hubiera llevado un susto de órdago si no supiera que es un artilugio electrónico, pero tan real que dan ganas de darle de comer un poco de alpiste. Ni me acerco a ella. Sé la historia que hay tras sus tiernos, pero maléficos ojos, y se me pone la carne de gallina. Pero esa es otra historia que contaré algún otro día.

Cuando parecía que íbamos a traspasar la frontera de la provincia, llegamos a la zona de moda y disfraces. Se acerca a un apartado rodeado de cortinas, que hace las funciones de probador, y me indica que entre.

—¿Quieres que me meta en el probador contigo? Hasta aquí hemos llegado, satirón —le digo levantando ostensiblemente los brazos y haciéndome el enfadado y dolido.

—¡¡Por los cuatro brazos de Shiva!! —se hace el desesperado y me muestra el inmenso espejo que está situado al fondo del probador.

No sé si es real o una simple imitación, pero es impresionante. La superficie reflectante está enmarcada en una serie de dibujos y relieves con motivos chinos, o japoneses. Distintos animales, de lo más extraño y mitológico, se distribuyen por el marco dándole un aspecto entre exótico y tenebroso. Dos inmensos Dragones, parecen custodiar el espejo, uno a cada lado.

—Lo siento, Juanito, pero no pienso mirarme en el espejo. Ya sé lo guapo que me he levantado hoy.

Tuerce el gesto, desesperado, y suelta un hondo suspiro. Después de reprenderme con la mirada y poner cara interesante, se acerca al dragón que está a la derecha del marco y aprieta uno de sus ojos. Cuando este se hunde, casi por arte de magia, desaparece el cristal y en su lugar surge un umbral tenebroso, tenuemente iluminado por la luz que entra desde el probador. Solo unos escalones se atreven a insinuar un camino.

Juanito me mira y sonríe, disfrutando al ver como mi boca me llega al ombligo.

—¿Qué? —me suelta y, sin esperar otra burlona respuesta mía, enciende la linterna de su móvil e ilumina las tinieblas—. ¡Bienvenido a mi mundo interior!

No espera a que me decida a acompañarlo, entra solícito y decidido, y con solo la luz del teléfono comienza a descender los escalones. Me decido y entro. Me pego rápidamente a él para poder divisar dónde piso y no resbalar y caer rodando.

—¿No te llegó el presupuesto para instalar electricidad aquí?

—Joder, tío. Le quitas todo el encanto al misterio y la aventura.

—Aventura la que me voy a pegar yo como resbale y me parta la crisma.

—La cabeza es la que no te vas a partir, de lo dura que la tienes.

Seguimos bajando el corto tramo de escaleras, sin dejar de lanzarnos irónicos e indolentes piropos. Parecemos hermanos.

Llegamos al final y, sin darme tiempo a controlar mi naturaleza cagona, Juanito apaga la linterna y nos quedamos totalmente a oscuras. Las tinieblas son tan intensas que no me veo ni las manos. Cuando estoy a punto de empezar a gritar y pedir auxilio, el graciosete nipón presiona un interruptor, que solo él sabe dónde está, y la habitación se ilumina mostrando un espectáculo digno de una escena de Indiana Jones.

—¡Este es mi Sanctasanctórum! —exclama, abriendo mucho los brazos. Como el maestro de ceremonias de un circo.

 Yo no puedo responderle. Mi boca ha alcanzado esta vez el suelo. La habitación está atestada de tiestos, pero a diferencia de los mostrados arriba, estos parecen formar parte de un tesoro arqueológico.

Antes de que le pregunte, lo adivina y me responde:

—No. Estos efectos no están en venta. Forman parte de la herencia de mi familia. Son mi legado, el sentido de mi existencia. Formo parte de una extensa y añeja estirpe.

Hay estatuas, cofres, cuadros, vasijas, cristalería, lámparas… Algunos brillan, pareciendo que estén hechos de materiales preciosos, pero otros son simplemente antiguos, muy muy antiguos. Están dispuestos sin orden aparente y siento pánico de rozar alguno y que se rompa al caerse. Me muevo al ritmo cobarde de un camaleón mientras él, conocedor de cada espacio libre disponible, anda con soltura, saltando de un objeto a otro. Me los va enseñando y explicando algunos de sus misterios.

—¿Ves como la luz reverbera entre cada hoja de este farol? —me aclara, mientras me enseña una lamparita, bella en su sencillez, pero compleja en su diseño—. Representa el komorebi, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles.

Sin dejarme reposar en su espléndida belleza, nos dirigimos hacia un globo de papel que flota con alguna misteriosa artimaña.

—Esta esfera transmite el ukiyo, el mundo flotante. Nos enseña lo liviana que es nuestra vida y lo ilusa de nuestra preocupación por las cosas efímeras e inestables.

Sigue exultante, mostrándome sus tesoros. Pero, cuando pasamos por delante de un cuadro, este capta toda mi atención. Una bella mujer, ataviada con un amplísimo quimono azul, juguetea con un dragón en lo que parece la orilla del mar.

—Esta es mi bisabuela materna, se llamaba Masumi. Que quiere decir “de gran belleza” y “verdadera pureza”.

Me quedo embelesado, porque en verdad, su atractivo es radiante y cautivador.

Montaje formado por un marco antiguo y una fotografía.
El marco es grueso, dorado y con motivos de conchas o abanicos, ocho en total. Uno en cada esquina y otro en el centro de cada arista.
La fotografía es un dibujo digital que muestra a una chica asiática, vestida de azul claro y vaporoso, junto a un dragón rosa. Parecen estar en la orilla de una playa entre rocas y la espuma marina.
Al fondo se divisa el mar y una especie de isla borrosa.
Una imagen muy fantástica.
Montaje realizado a partir de la Imagen de syaifulptak57 en pixabay.

Cuando le voy a preguntar si el dragón también es pariente suyo, la chica del cuadro gira la cabeza, me encara y me mira fijamente a los ojos. Su enigmático rostro se introduce en mi mente sin permiso ni perdón. La sangre se me congela en las venas y estoy a punto de boquear de asfixia.

—Vamos, ven. Quiero enseñarte esto —me llama mi amigo desde otro rincón, sacándome de mi ensueño. Intento convencerme de que solo ha sido una alucinación. Sacudo mi cabeza y salgo raudo en busca de su voz.

Cuando le doy alcance, lo veo sentado en un butacón antiquísimo, rodeado de tanta belleza, que me siento como Stendhal en su primera visita a Florencia.

—Pero esto es un tesoro inmenso. ¡Eres un asqueroso multimillonario nipón! —le espeto, intentando ser exageradamente desagradable.

—¡Qué va! Todas estas cosas tienen un valor incalculable, pero solo sentimental. Si las intentara vender perdería dinero.

—¿Estás seguro?

—No, pero me da igual. No te he traído aquí para deslumbrarte con mis enseres. En realidad, solo quería enseñarte esto.

En sus manos tiene una caja de madera. Tan sencilla y natural que parece desentonar con todo lo que hay en aquella estancia. La miro, mostrando mi ignorancia y desconcierto. No sé qué quiere que haga.

—¡Cógela!

—¡Tengo miedo!

—¡Tómala, no seas cagón! —Sin darme tiempo a reaccionar me la pone en las manos y la cojo con la misma delicadeza y pánico, que si fuera un huevo del extinto Dodo.

—¿¡Qué hago!? —le pregunto histérico perdido.

—Siéntate aquí —me dice, cediéndome el asiento—. Esta caja te ayudará a descubrir tu ikigai —añade sin más, iniciando una traicionera escapada.

—¿No pretenderás dejarme aquí solo, verdad?

—Solo serán unos minutos. Yo tengo que comprobar una cosa y tú necesitas abrir la caja solo.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué necesidad hay? ¡Vámonos mejor de cerveceo!

—Confía en mí. Gracias a esa caja mi vida cambió y decidí venir aquí.

—¿Y pretendes que yo vaya al Japón a montar un bazar español?

—Cada uno tiene su destino y la caja solo te ayudará a abrir tus chakras.

—¡Yo no quiero que me abra nada! Estoy muy a gusto con los agüeros que ya tengo —exclamo mirando la caja con más miedo que el mayordomo del joker.

El muy cabrito no me da opción, cuando levanto la vista estoy solo. También es ninja por lo visto, porque no me he dado cuenta ni por dónde se ha ido y el miedo me impide levantarme del sillón.

La caja empieza a hacerse muy pesada y parece que vibra. La miro fijamente y noto que me apremia a abrirla. Razono. ¿Qué puede haber dentro que sea peligroso? ¿Una piraña del Amazonas? ¿Un trozo de Uranio procedente de Chernóbil? ¿La calavera de una momia Sokushinbutsu? En realidad la caja es demasiado pequeña para contener cualquiera de esas cosas, pero mi cachonda imaginación se magnificaba con las dosis de pánico.

Cuento hasta tres y, al llegar a doce, la abro. Un impresionante fogonazo inunda toda la instancia y me deja ciego. ¡Eah, otro regalito para mi apasionado optimismo! Al menos me darán trabajo en la ONCE.

Cuando consigo abrir los ojos de nuevo y atisbo a mi alrededor,  sin miedo a que mis córneas se solidifiquen como huevos fritos, comprendo que he sido transportado en el espacio o el tiempo. O las dos cosas. Estoy en un impresionante parque, lleno de cerezos en flor.

—¡Bienvenido al Hanagasumi! —me sobresalta Masumi, la que dice Juanito que fue su bisabuela —. Bienvenido a esta nube de flores —aclara.

Miro a mi alrededor y, efectivamente, parece un paraje idílico lleno de nubes y flores, que flotan en el aire como alegres hadas danzando. ¿Me habré muerto por culpa de la explosión de la cajita y estaré en el paraíso nipón?

La miro y, su belleza es tan pura, dulce y suntuosa, que me quedo embobado contemplándola sin pudor. Ella sonríe y me invita a pasear a su lado.

—Si Jun’ichi te ha invitado a nuestra morada, es porque te tiene en muy buena estima —tras unos segundos de reconocimiento del verdadero nombre de Juanito, asiento totalmente encandilado—. También sabrá de tu necesidad de ayuda.

Mientras habla, las flores revolotean a su alrededor conformando una escena idílica y onírica que, junto a su delicada belleza, me mantienen en un trance confortable y sosegado. Sus palabras son como un mantra que va abriendo mis sentidos, colmándolos de una calma como hacía mucho tiempo que no sentía. Ella sigue hablando y yo me voy empapando de sus palabras.

—…Nosotros hemos llegado a comprender que la vida es Mikkaminumanosakura —antes de que mi cara le muestre mi ignorancia, se apresura a explicarlo—, que significa que el cambio ocurre de forma rápida e intensa, tal como las flores de cerezo que van del punto álgido de su floración a dispersarse en un lapso de tiempo muy corto —acompañándola en un movimiento coreográfico, las flores volátiles se estampan contra el suelo y vuelven a flotar de nuevo—. Mientras estás pensando en lo duro que es tu día, este transcurre y se convierte en el mañana…

Ella me sigue hablando, pero entre mi habitual ligereza de atención y el ensueño en el que me encuentro, solo atisbo frases sueltas.

—…La vida es demasiado corta para estancarnos en los problemas livianos…

Llegamos a lo que parece el final de un camino y el entorno parece tornarse borroso. Poco a poco las nubes se van disipando y las flores van desapareciendo. La imagen de Masumi también se va difuminando y antes de que todo desaparezca consigo escuchar un último consejo:

—Aprende a disfrutar del momento, el mañana siempre está por llegar. Recuerda el Mikkaminumanosakura…

De nuevo una explosión de luz me ciega por unos instantes. Cuando consigo volver a ver con nitidez, compruebo que he regresado al viejo sillón y sigo dentro de la misma habitación, rodeado de los variados y exuberantes enseres de mi amigo. Frente a mí, está Juanito. Su espléndida sonrisa no le cabe en su pequeña cara.

—¿Qué? —me lanza, como el que pregunta si me ha sentado bien el copazo.

—¿Qué de qué? —le respondo yo, más por mi entontamiento que por saber lo que me está preguntando.

—¿Cómo ha sido tu experiencia mística?

—¿Mística? Me has dado un cobazo del treinta y dos. Esta caja contenía unos polvitos alucinógenos que me han metido un colocón de impresión —le dijo a la defensiva.

—Bueno, si eso es lo que crees. Pero, ¿te sientes mejor?

La verdad es que sí. Me siento como si me hubiera quitado de encima una enorme carga. Iniciamos el camino de regreso, entre todas las antigüedades, y me siento más ligero y despreocupado. En lugar de sortear enseres de tanto valor, creo estar paseando por un campo… por ese campo. No sé si lo que he vivido ha sido un sueño, una fantasía o el efecto alucinógeno de lo que contenía la caja. Solo sé que me siento cambiado. Me siento alegre y dispuesto a comerme el mundo. Y unas tapitas a las que voy a invitar a Juanito en cuanto consigamos salir de esta cueva.

En mi cabeza más racional, todo esto no ha podido ser real, pero cuando pasamos por delante del cuadro de Masumi, creo ver como ella me lanza un guiño. A mí o a su biznieto. De todas formas, sus palabras se han quedado incrustadas en mis sentidos. Y la expresión que me ha enseñado y que tan difícil me es de pronunciar sustituirá a partir de ahora a la célebre Carpe Diem. Cada vez que me levante gritaré, o lo intentaré:

¡¡¡Mikkaminumanosakura!!!



NOTA.- Este cuento está escrito con el mayor de mis respectos, admiración y cariño hacia la cultura japonesa. Si algún japonés, o conocedor de esta maravillosa cultura, se aventura a leerme y encuentra imprecisiones, equívocos, errores… me encantará que me lo haga saber y me ayude a comprenderlo mejor y corregirlo. 😊



Este relato es apto como propuesta para el VadeReto de este mes, así como, por casualidades del travieso destino, para el reto Syn-Opsis de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
En ambos casos, el tema del reto es la cultura japonesa, en la Syn-Opsis con la imagen como inspiración.

Tras la Máscara

Montaje a partir de la Imagen de Willgard Krause en pixabay.

Siempre iba con una máscara cubriendo su aparente fealdad. Nadie había conseguido atisbar sus facciones. Se sentía encarcelado más allá del instrumento que le ocultaba su identidad. Nunca se miró en un espejo, ni siquiera en la superficie de las cristalinas aguas del lago. Era su maldición desde que tenía razón de existencia y lo llevaba con amargura, pero con determinación. Cada cual debía aceptar su destino.

Un día al pasar por la plaza mayor, no se percató y se vio entrometido en una pelea. No participó en ella, pero un mal golpe dirigido a la persona equivocada le rompió la máscara y quedó expuesto a todos. Al verle, salieron corriendo horrorizados. Se sintió la persona más miserable y repugnante del mundo.

Intentó regresar al refugio de su casa. Escondiéndose entre callejones y esquinas. Evitando encararse con nadie. Huyendo de los reflejos como del fuego. Sin embargo, al intentar esquivar a un grupo de viandantes, terminó enfrentado a un escaparate.

Lo que vio no le asustó. No le causó vergüenza. No le pareció siguiera desagradable. Sus facciones eran bellas y proporcionadas. Dulces y hermosas. Sus ojos reflejaban vida y su boca una sonrisa que iluminaba todo su entorno.

En ese momento descubrió que no lo habían enmascarado porque fuera horrible, sino para que no avergonzara con su belleza la fealdad de los demás.

Este minirelato es mi aportación para el reto de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
El correspondiente al Desafío Literario de Enero 2021: Syn Opsis“.

El TERROR que se Adentra en el Bosque

Fotomontaje hecho con la falsa portada del libro.
En la imagen de la portada se ve a una niña y un niño (ella algo mayor que él) cogidos de la mano.
De espaldas a nosotros, contemplan una especie de casa- cripta, en un bosque oscuro y tenebroso.
Ella porta un violín y él una trompeta.
Todo queda tenuemente iluminado por una farola que está entre la casa y los niños.

Después de leer Hansel y Gretel, Caperucita Roja, Peter Pan, Aladino y otros doscientos cuentos inofensivos, como castigo y en lectura frenética, los hermanos Maja y Rones, haciendo honor a sus nombres, deciden adentrarse en el bosque Mash Ten Hebroso.

Pertrechados con sus armas más terroríficas, un violín y una trompeta (que se lo pregunten a sus vecinos), están decididos a encontrar a la bruja Koxaphea Konpelhos.

Desean ver cumplido su más ansiado sueño. Emigrar a un mundo fantástico-musical, porque aquí ya no hay quién los sopor… entienda.

La bruja es la llave de los doce mundos más uno. Un poco oxidada, pero todavía funcional.

El planeta Runforiulaif les espera, cándidamente acogedor, sin temerse la venida de su peor pesadilla.

¿Podrán convencer a la bruja antes de que esta huya y se recluya en un monasterio budista?

¿Podrán entrar al nuevo mundo sin que este se destruya de puro terror?

¿Será escrita alguna vez esta historia?

Pronto en las pantallas de sus móviles, tablets e incluso en Neshflin.

(Quién dice pronto, dice cuando termine la pandemia y podamos pasear sin mascarillas 🙄)

PD. La portada ha sido creada a partir de la imagen de Angeline01 en pixabay.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Noviembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Creadle un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

Solo Puede Quedar Uno

Composición creada con Photoshop donde se ven los retratos de los cuatro personajes protagonistas de la historia.
La composición los presenta en cuatro óvalos sobre fondo negro y todo salpicado de gotas de sangre.
Junto a cada retrato aparece su nombre.
Omito la descripción de cada uno, dado que se hace en el mismo relato.
Créditos de las imágenes:
Sandrina: Pexels en Pixabay
Darío Muratkalenderoglu en Pixabay
Imagen de Mystic Art Design en Pixabay
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Desierto del Cacajari. Un viejo y desastrado motel muere a los pies de una carretera polvorienta. Sus paredes exudan el tiempo y se mantienen erguidas por la rutina. El sol se torna compasivo dando un pequeño descanso del pegajoso y asfixiante bochorno. Cuatro viajeros se guarecen dentro del bar. Cada uno sentado a una mesa. Solos. Aislados en cada esquina del comedor. La barra aparece vacía y la cocina está ya apagada. Nadie atiende al servicio. Quizás estén en el piso superior, donde están los dormitorios o, tal vez, hayan decidido abandonar el café a su suerte. El silencio molesta los oídos. Nadie hace ruido, ni siquiera al comer o beber. No se miran, pero se presienten. El mismo aire es una cortina de angustia e inquietud. El ambiente es espeso e irritante. ¿Qué es lo que genera esa tensión?

Al fondo, casi escondida por la barra, está Sandrina. Piel y pelo morenos. Joven, sensual y de mirada cándida. Tiene delante de ella un plato lleno de patatas fritas y una hamburguesa doble. Intactos. Se le nota hambrienta, sin embargo, solo ha tocado su Coca-Cola light. A través de una pajita va dando sorbitos pequeños y lentos. Mira a los demás de soslayo. Aparenta gran serenidad, pero su interior es un volcán presto a su erupción.

Frente a ella, justo en el ángulo recto con los demás comensales, está Darío. También joven y atractivo. Aunque ligeramente más maduro. Barba y cejas muy marcadas. Indumentaria ligera y cómoda. Lo que más llama su atención es su mirada. Ojos penetrantes y zafíos. Los mantiene bajos, sobre el plato que tiene delante, totalmente vacío. Sabedor de que nadie podría aguantarle la mirada durante mucho tiempo, se concentra en el móvil. De vez en cuando, mira distraídamente por la ventana que tiene a su izquierda. Su calma es totalmente efectista. Sus piernas se mueven espasmódicas y su dedo pulgar cambia constantemente el contenido de la pantalla.

En la esquina contraria se sienta Sophie. La más joven de los cuatro. Pelirroja de media melena, con gesto inocente y sosegado. Se come de forma pausada un ponty de pollo, parapetado entre patatas fritas. Paladea cada una de ellas cogiéndola con los dedos, pero no hace ruidos al masticar. Las absorbe con deleite. Junto a ella, en la silla situada a su izquierda, una guitarra sin funda descansa de pie. Observando toda la sala y a sus ocupantes. Expectante. Le gustaría ser protagonista de la escena, pero se mantiene muda.

En la última mesa, en el vértice de un cuadrado perfecto, equidistante de los demás, se halla Shinná. Está sentado dando totalmente la espalda al resto. Oriental y de avanzada edad. Pelos, bigotes y barba muy largos, níveos y desmarañados. Sus ojos muestran cansancio y debilidad. En su mesa solo hay dos botellas de whisky, una vacía y la otra medio llena, y un vaso del que da, de vez en cuando, pequeños buches. Su indumentaria dista bastante de estar limpia y su aspecto denota descuido y olvido. Casi encorvado, se inclina de forma imposible sobre el vaso, intentando atisbar en el reflejo ambarino de su interior su propia imagen esquiva. De vez en cuando, cierra los ojos. Parece que no los volverá a abrir y caerá en un profundo y alcohólico sueño, pero se aviva y da otro pequeño sorbo.

El sol está a punto de esconderse por el horizonte, como si previese el estallido de la tensión. Las pequeñas lámparas, que adornan el techo del comedor, se empiezan a calentar tenuemente. Los cuatro levantan muy lentamente sus rostros, escrutando a los otros tres. Parece una coreografía infinitamente ensayada. Sus movimientos son síncronos, pero secos y graves.

Darío ha dejado el móvil sobre la mesa y un ligero temblor se ha adueñado de su cuerpo. Coloca las dos manos sobre la superficie e intentan controlar su respiración. Sandrina empieza a olfatear el entorno. Ya no disimula su hambre y empieza a babear ligeramente. Sus dientes, blanquísimos, están cambiando. Sophie permanece inalterable. Sigue comiendo, sin percatarse de los cambios en el ambiente. Shinná por su parte, se ha incorporado, todo lo que su cuerpo extenuado y senil le permite. Se ha girado levemente, encarando a sus compañeros de cena. Su cara muestra una risa perturbada, producto de su mente ebria y fatigada. Sus ojos apenas se mantienen abiertos y aparentan doblegarse para dar con su semblante en el suelo.

Todo ocurre a cámara lenta. El oriental simula dar una cabezada y, en un movimiento incomprensiblemente ágil, se incorpora y con la mano derecha agarra la botella de whisky vacía y la lanza contra Sandrina, que se ha levantado a su vez, aún más veloz, para abalanzarse contra Sophie. Su cara se ha transformado en una bestia, mostrando sus inmensos colmillos y con los ojos llameantes y ensangrentados. De un manotazo hace pedazos la botella y ríe desvergonzada. Cuándo gira su cabeza, para centrarse en Sophie, ve cómo esta ha cogido su guitarra y apuntándole con el mástil, hace sonar una sola de sus cuerdas. Cómo respuesta a la vibrante pulsación, salen del clavijero tres saetas de nogal que impactan sin piedad en el corazón de la vampira.

A Sandrina no le da tiempo ni a mostrar sorpresa. Explosiona convirtiéndose en una nube de carne y sangre. Revienta, literalmente, en el aire. Atravesando la cortina de partículas, se deja ver Darío. Ya no es humano se ha convertido en una grosera y horrenda fiera. El pelo negro, craso y burdo atesta todo su cuerpo. La ropa yace rota en el suelo, imposible de cubrir el ensanche de sus músculos.

Sophie ya está en pie. Agarrando la guitarra por el mástil y enarbolándola a modo de garrote. A Darío solo le da tiempo a dar dos pasos hacia ella. Golpeándolo con la caja le hace reventar la cabeza, llenando todas las mesas adyacentes de trozos de cerebro, piel, dientes, pelos y sangre. La guitarra ni se inmuta. Su cuerpo está hecho de carbino, indeformable e indestructible. Sophie desmonta el mástil de la guitarra y, convertido en una catana de afilada hoja, corta a la bestia de arriba abajo. Su cuerpo, formando ahora una y griega, cae fulminado, como un pesado fardo, esparciendo todavía más sangre.

Totalmente roja, cubierta de las vísceras de lo que fue Darío, Sophie se encara con Shinná. Ambos están de pie, frente a frente. El chino tiene las manos separadas, con las palmas enfrentadas. Entre ellas, un rayo de colores fosforescentes se entrecruza formando una madeja de luces. Ambos se miran, pero no se mueven. La escena parece congelada. Los ojos hablan y las bocas callan.

Shinná no está allí por casualidad. Es un asesino a sueldo que ha cobrado una cantidad obscena por acabar con Sophie, la cazadora de monstruos. En una aberrante asociación, licántropos, vampiros, espectros, ogros, quimeras, incluso leprechauns, se han unido para contratar al assassin y acabar con la temible y afamada asesina de criaturas fantásticas. De forma lenta, pero obstinada, está diezmando las filas de toda la comunidad de engendros.

Sophie no cobra. Trabaja por puro placer. Desde niña fue educada, entrenada y formada para matar alimañas. Con dieciséis años se quedó huérfana en una escaramuza familiar. Desde entonces trabaja sola y disfruta matando bestias. Ahora se ha cobrado dos piezas más, pero tiene ante sí a otro asesino. Este es aún más despiadado que ella, porque es un cazador de cazadores.

Cuando Shinná empieza a juntar sus manos, para hacer más intenso el rayo lumínico y lanzarlo sobre la chica, esta vuelve a montar la guitarra, rauda y veloz, y la coge en su postura natural. Con un movimiento rápido y controlado, la hace tañer con un gemido frenético, agudo y lacerante. El nipón no llega a abrir los brazos y queda en pose errática. De sus oídos empiezan a surgir hebras sanguinolentas que le recorren toda la barba, tiñéndola de bermeja fachada. Sus ojos también lloran sangre y su respiración se hace ardua y pesada. Sus piernas se rinden al combate y le hacen postrarse ante su rival. Durante unos segundos permanece enhiesto, mirando inane a la chica. Esta enarbola de nuevo la guitarra, pero no es necesario el golpe de gracia. Shinná cae inerte, de frente, impactando contra el suelo. La sangre, que comienza a brotar por todas sus cavidades, va impregnándolo en un lienzo siniestro y granate.

Toda la escena ha durado escasos segundos. Los suficientes para que Sophie aumente su reputación y agrande el número de ceros que tendrán que añadirle al contrato de su próximo cazador. Se acerca a su mesa y se come tres gajos de patatas que le quedaban en el plato.

Cuando llegó allí, de forma nada fortuita, se bajó de su moto y entró a tomarse un refrigerio, sabía perfectamente que solo podría quedar uno vivo. ¿Vivo? La chica ríe a carcajadas mientras se mira en el espejo que hay tras la barra. Allí puede ver su horrendo reflejo. Una amalgama de huesos recubiertos de piel pútrida, oquedades habitadas por larvas, gusanos y tábanos. Todo ello aglutinado de tinieblas y espanto. La cazadora de monstruos hace ya mucho tiempo que dejo de exhalar vida.

Relato publicado para el Reto Literario “Desafío Literario Enero 20: Solo Puede Quedar Uno” de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Cuatro fotos, cuatro personajes, que deberán ir muriendo durante la historia.

Como máximo, solo puede quedar uno.
Elige uno de los objetos escondidos que tendrás que usar como arma: Una Guitarra

El Destino de Rhaben Blackwings de Khaitan Southern

Rhaben no destaca por ninguna cualidad en particular. Es una niña como otra cualquiera. Le gusta jugar con sus amigas, pasear, leer e ir al cine de vez en cuando. Una de sus mayores pasiones son los pájaros. Se pasa horas y horas hablando con ellos. En el jardín, en el parque, en el bosque. Sería una afición normal y corriente, si no fuera porque parece que estos la escuchan y, según ella, le contestan.

Tras una inesperada y grandísima tormenta, el carácter de Rhaben ha cambiado. Anda despistada, pensativa e irritable. Habla de extrañas profecías y oscuras leyendas. Sus amigas se han apartado de ella y hasta su familia empieza a preocuparse.

Sus amigos, los pájaros, parecen haber emigrado y están siendo sustituidos por cuervos. Ella se empeña en asegurar que estos le cuentan cosas terribles que pronto se harán realidad. Todos creen que se está volviendo loca.

Solo cuando extraños sucesos empiezan a cambiar la vida cotidiana del pueblo saltarán las alarmas y sus conciudadanos querrán buscar su ayuda. Sin embargo, puede que ya sea demasiado tarde.

¿Podrá Rhaben cambiar la suerte del mundo? ¿Será ella la salvación de la humanidad o su condena?

Tal vez, los cuervos tengan las respuestas correctas.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Secundario de Diciembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Cread un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

La Maldición de la Casa Ludwig

Se acercaba el fin de año y las telarañas lucían espléndidas en mi oficina. En mi cabeza empezaba a dar vueltas el fantasma del cambio de trabajo. De investigador de lo paranormal a husmeador de parejas con problemas. Esos fueron mis comienzos y me aterraba volver a ellos, pero si no conseguía trabajo pronto, tendría que aprender a vivir como los camaleones. ¡Joder! Tener que volver a perseguir, espiar y fotografiar maridos y esposas de cornudos. Lancé un grandísimo suspiro e hice una súplica a San Philippo Marlowe de todos los Santos. Del susto me caí de la silla al suelo, eso me pasa por adoptar posturas de película. El teléfono empezó a sonar como un descosido. Luchando por quitarme la silla de encima, para llegar hasta el móvil que estaba encima del escritorio, conseguí cogerlo antes de que el llamante se cansara y colgara.

—¿Diiigaaa? —Me temo que mi voz salió sin ningún disimulo.

—¿Se encuentra usted bien? —dijo alguien al otro lado del teléfono.

—Eh, sí, sí. Es que me ha cogido usted haciendo mis ejercicios matinales —mentí descaradamente.

—¿Matinales? ¡Si son las cinco de la tarde! —¡Vaya! Llamaba un tiquismiquis.

—Sí, claro, ya lo sé. Pero como mi trabajo se desarrolla por las noches, esta es mi mañana —le dije sin acritud, pero también con un poco de mosqueo—. ¿Me llama usted para algo más en particular o solo para interesarse por mi rutina cotidiana?

—¡Oh, usted disculpe si le parecí grosero! Pensaba que le había cogido en mal momento. —Esta conversación se estaba poniendo complicada. Tendría que darle un empujón para que soltara la lengua.

—Nada, tranquilo hombre. Estaba de bromas. Dígame usted cuál es el motivo de su amable llamada.

—Bueno… verá… es difícil de explicar… yo… —Por los clavos del ataúd de Drácula. Me estaba empezando a sacar de quicio. Me carcomía la curiosidad. Necesitaba, urgentemente, averiguar si me habían llamado para un trabajo o para venderme una enciclopedia. Ahora, ¡¡¡como me estén llamando para cambiarme de teléfono!!! ¡Es que lo estrangulo con el cable del teléfono! Sí, ya. Es un móvil. Tranquilidad Jeancló, o como diría mi primo del sur ¡karma, musha karma!

—Caballero, hable usted sin tapujos. Estoy acostumbrado a los casos más esotéricos, extraños y extravagantes que se pueda imaginar. ¡Cuénteme! Por favor.

—Vale. Se lo cuento todo ahora mismo. Soy el alcalde de Hartosya

—¿Hartos de usted? —No lo pude evitar. Su lentitud con la exposición de su problema me estaba matando los nervios.

—¿¡Cómo!?

—Nada, nada. Pensaba en voz alta. Por favor, siga usted, que la intriga me corroe.

—Mire, creo que es mejor que venga usted aquí y se lo explique en persona. —¡La madre que lo parió!

—Bueno, no hay ningún problema por mi parte, pero tendrá usted que decirme de qué trabajo se trata. Si de trabajo se trata, claro.

—¡Oh, perdón! Es que estoy muy nervioso. Le quiero hablar sobre la Mansión de los Ludwig. —Algo me implosionó en el cerebro.

—¿Se refiere a los Porfden… Profen… Forpiden…? —le pregunté, tartamudeando, sin terminar de pronunciar correctamente tan complicado apellido. Cuando se juntan más de dos consonantes se me hace un nudo en la lengua.

—Efectivamente, señor, los Ludwig von der Pfordten. —Creí notar un poco de recochineo en el modo de pronunciar “perfectamente” el apellido alemán—. Ya no podemos aguantar más y dicen que es usted la persona adecuada para desentrañar su misterio y darnos, por fin, paz y tranquilidad.

Había escuchado hablar de esa mansión muchas veces y se me hacía la boca agua solo con verme allí dentro, indagando entre sus ruinas. Era una de las casas encantadas más famosas del país. Se habían establecido tantas teorías sobre ella como para llenar varias decenas de libros, pero ninguna se había demostrado. Era el santo grial del mundo paranormal.

—¿Y dice usted que es un trabajo para mí? —le espeté para cerciorarme de que pensaban pagarme. Qué hay mucho listo suelto por ahí pidiendo favores.

—Si usted lo acepta, desde luego señor. Estamos dispuestos a pagar sus altos honorarios para que nos libre de su maldición.

¿Había dicho “altos honorarios”? ¿Quién me había recomendado, mi ángel de la guarda?

—Por supuesto que lo acepto, señor alcalde. Cojo ahora mismo mi equipo y me voy para allá. En unas horas me tendrá usted en su pueblo. En persona, física y espiritualmente. —La última chanza debería habérmela tragado. Creí escuchar un ligero gritito al otro lado del teléfono.

* * * * *

Aquí estoy, en Hartosya… del alcalde, de la mansión y vete tú a saber de cuántas cosas más.

Afortunadamente, el viaje no ha sido accidentado, mi coche es bastante viejo, un Volkswagen Beetle del 90, una auténtica reliquia, pero suele tener la costumbre de dejarme tirado en la carretera o darme algún que otro susto. Es algo más que un coche para mí. Aunque tenga que dejarlo aparcado en la acera para contemplarlo embelesado desde mi ventana, no pienso deshacerme de él nunca. Eso sí, el GPS de mi móvil es muy cachondo y me ha obligado a hacer un viaje turístico por toda la zona, antes de llevarme definitivamente al “maldito” pueblo de los Hartosya, donde me esperaba el locuaz alcalde.

La reunión no ha durado demasiado, el alcalde, junto con dos de sus concejales, me ha recibido muy amablemente y me ha contado sus grandes problemas con la mansión. O como ellos lo llaman “todo lo que tenemos que soportar”. Resumiendo: Aunque la mansión lleva abandonada desde hace decenas de años, a las doce de la noche en punto, las campanas de la capilla empiezan a sonar. Es tanto el escándalo que producen que todo el pueblo se pone de los nervios, por mucho que se lo esperen. Nadie se acerca, ni de día ni de noche, a las inmediaciones del inmueble. Dicen que no es raro ver sombras o caras por los cristales de las ventanas y, a veces, estos acaban reventando. Se escuchan gritos, risas y golpes. Algunos aldeanos no han podido soportarlo y se han marchado del pueblo. Por eso me quieren contratar. El alcalde no desea que su municipio se transforme en un pueblo fantasma.

Según el informe que me han dado: la casa perteneció originariamente a una familia alemana de ascendencia aristocrática, los Ludwig von der Pfordten, conformada por el padre, la madre y sus tres hijos. Se instalaron en la casa en 1889 y todo en torno a ellos fue extraño. De la familia se sabía muy poco. Entre unas cosas y otras, la casa quedó vacía en 1911, apenas doce años después. El servicio estaba compuesto solo por un matrimonio y su hijo, que vivían también en la mansión. Solo contrataban a más personas con motivo de alguna fiesta o celebración. Sin embargo, muy pocas veces recuerda nadie haberlos visto en actitud jocosa y desenfrenada. Sin que nadie se percatara, dado que casi no tenían contacto con la gente del pueblo, dejaron de existir. La casa enmudeció y nadie supo si se mudaron o fallecieron dentro de la misma. De improviso, hace unos tres años, empezaron los altercados antes mencionados. Nadie sabe quién los provoca ni las causas por las que podrían haber vuelto. Parece evidente que tendré que hacer como en las películas o novelas típicas de fantasmas. Me alojaré dentro de la mansión y esperaré a que lleguen las doce de la noche. Luego, ya veremos qué pasa.

* * * * *

Ya estoy dentro de la mansión. No se puede negar que es más antigua que las momias. El pestazo a humedad casi me hace desmayar. Las maderas crujen, pero no a causa de los fantasmas. Es que esta casa se mantiene en pie de puro milagro. Todas las vigas y su estructura están hechas de madera, así que es increíble que las polillas no lo hayan devorado todo y se haya venido abajo. Algo me dice que las avispas, las termitas, las carcomas y los cósidos se están pegando un banquete exquisito, pero prolongado y controlado con su esqueleto. (Sí, durante un tiempo me obsesionó la entomología). Hay tantas habitaciones y, supongo, tantos rincones ocultos en esta casa que es imposible que yo solo pueda revisarlos todos en una noche. Si, por razones que ahora mismo no quiero pensar, tengo que salir huyendo, voy a hacer más kilómetros que el caballo de un tiovivo.

Falta poco para la medianoche. Me he acomodado en uno de los butacones del gran salón, en la planta baja. Con mi mantita y mi linterna de dinamo sin pilas. No quiero que los espíritus me dejen sin batería a traición. Me he traído varios aparatos de mi invención: el Uterizador de Ondas Sibosuidales, capaz de mostrar la presencia de entidades etéreas, pero ondulares; el Cabotizador Hemacratodicos, detector de frecuencias infrasónicas; y un gato de la tienda de animales, no es un invento mío, pero en cuanto detecte cosas anormales se le erizará el pelo y saldrá escopetado. Una maravillosa alarma si todo lo demás falla. Tampoco vengo indefenso, traigo mi mejor invento, la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y alguna sorpresita más. ¡Fantasmitas a mí! Veremos quién es el primero que quiere dialogar conmigo.

Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón…

El susto que me acabo de pegar ha puesto a prueba mi ya deteriorado corazón. Me estoy aficionando a esto de los sobresaltos sorpresivos. No me he dado cuenta y con tanto silencio me he quedado dormido. Esas deben ser las campanas de la capilla. No sé cuántas han sonado ya. Supongo que tienen que ser doce. Le doy a la manivela de la linterna para comprobar que está a tope de carga. El Uterizador de Ondas Sibosuidales parece estar en reposo y el Cabotizador Hemacratodicos tampoco se ve alterado. No parece haber espíritus por aquí ahora mismo. Sin embargo, el cobarde del gato no se ve por ninguna parte. Será mejor que me levante y dé una vuelta por la casa. Me llevo mi escopeta y un par de regalitos. Suelo ser una persona amable y partidaria del diálogo, pero si los fantasma se ponen guasones no estoy dispuesto a quedarme en esta casa in eternum.

El sepulcral silencio crea una atmósfera espeluznante. Ahora mismo no se escuchan ni los crujidos de las maderas. Parece que toda ella duerme profundamente. Todo parece normal. Bueno, todo menos el frío. Aunque llevo puesta mi camiseta thermoblastyl, estoy empezando a temblar y, afortunadamente, todavía no es de miedo. Subo por las escaleras que dan a la entrada de la mansión. Son anchas y de escalones altos. Parece que es de las pocas cosas que aguanta bien el paso del tiempo. Aunque la alfombra que la recubre conoció días mejores. Hace muchos, muchos años, vamos. Hay más polvo que en una fábrica de harina. Los escalones crujen. Espero que no se vayan a partir precisamente ahora. Suenan como quejidos. ¿Estaré pisando a alguien?

El primer piso está totalmente a oscuras. Evidentemente esta casa no conoció la luz eléctrica. Sin embargo, debería entrar algo de claridad por las ventanas. Hoy hay una luna espléndida que ilumina todos los campos. Las puertas de las habitaciones están abiertas de par en par, pero el interior de ellas está en tinieblas. Parecen bocas dispuestas a zamparme de un solo bocado. ¡Ahí, dándome ánimos! La escasa luz de la linterna hace más tenebroso el pasillo que se adentra hacia las entrañas de la casa. Estos son los momentos en los que me pregunto por qué no me he hecho fontanero. Evidentemente, porque inundaría medio barrio.

Por el rabillo del ojo creo haber visto una sombra. Sí, claro, ya sé que está todo lleno de sombras, pero yo me entiendo. Un crujido detrás de mí. Me giro rápidamente, pero no veo nada. Nada de nada, vamos. La jodida linterna se ha apagado. Me lo veía venir. Menos mal que soy perro viejo. Más perro que viejo. Tengo otra en el bolsillo de la chaqueta. Le doy a la manivela… pero… parece que… no funciona tampoco.

—Te vas a cansar mucho, chaval. Usa el mechero. Eso nunca falla.

—¿Quién ha dicho eso? —El repelús me ha recorrido toda la espina dorsal—. ¡Me cago en la leche!

Busco el mechero que siempre llevo encima, aunque nunca fume. No es que quiera hacerle caso al espíritu, pero es buena idea. Después de mirar en los doscientos bolsillos que llevo entre camisa, pantalones y chaqueta encuentro una caja de cerillas. ¿Cuándo he cambiado el mechero por esto? Enciendo apurado una de ellas y busco la voz. Nada. Está jugando conmigo.

—No estoy jugando, chaval. Estoy detrás de ti.

El frío me ha congelado hasta los… Me giro muy despacio con la cerilla en la mano y, efectivamente, está detrás de mí. No me asusto. No debo. Soy un profesional. Sin embargo, la cerilla tiembla descubriéndome vilmente. Por supuesto, se ha apagado. Mientras enciendo otra, apurado y temblando, veo unos ojos enormes, amarillos y fijos en mí. Afortunadamente, soy un profesional, ya lo he dicho, no salgo corriendo. Me he quedado petrificado.

—Tranquilo, chaval. No te voy a hacer nada.

Tranquilo, dice. Su cara de sargento retirado es más seria que la de una suegra. Lleva un gorro militar, tipo ros, y unos bigotes larguísimos, que se le suben en las puntas simulando una sonrisa. Su figura es gruesa, sin llegar a la obesidad. Luce una chaqueta, también militar, con hombreras. Aunque al no llevar galones ni medallas, supongo que no es un oficial. No tengo ni idea. Nunca he sentido pasión por nada relacionado con el ejército. Por supuesto, su figura es casi transparente. Otra cosa no, pero observador soy un rato largo.

Imagen de Devanath en Pixabay

—Buenas noches, caballero —digo intentando controlar mi tartamudeo miedoso—. Creo que usted es don Faustino Eshi… Shide… Shede….

— Faustino Scheidemann, el mismo que vestía y calzaba. ¿Me conocía usted?

—Bueno, en realidad, solo por fotografía. La suya está en el archivo que me han dado.

—¿Archivo? ¿Eso qué es?

—Papeles, documentación, don Shedi… Shadi…

—Puedes llamarme Faustino, chaval. Y ¿Por qué tienes documentación mía?

—En realidad, la documentación es de toda la casa y de sus ocupantes. Usted formó parte del servicio de la misma. También hay información sobre los señores Pof… Fop… Frpogg…

—Pfordten. ¿De todos los Ludwig von der Pfordten?

—En realidad, solo de los que vivían en la casa.

—El señor Brunhilde, su señora Dietlinde y sus gemelos Dieter y Ebba y la pequeña Viktoria. ¡Ah! Una familia excepcional. Sin duda. —Los había pronunciado todos de carrerilla, como si estuviera pasando lista—. Y, si me permite la pregunta, señor. ¿A qué se debe su visita a la casa?

—Pues, verá usted, señor don …, Faustino. Me han contratado para que averigüe por qué siguen ustedes deambulando por aquí y provocando los sustos y sobresaltos de los habitantes del pueblo.

—¡Esos imbéciles! ¿Acaso no saben que el pueblo existe gracias a la generosidad de la familia Ludwig von der Pfordten? —Me estaba empezando a resultar cargante el nombrecito tan largo de la familia—. Fue con su dinero con el que se construyeron todas las casas del pueblo, se les pagó a todos los operarios y se mantuvo a todos los ancestros de los malhablados que hoy en día habitan ahí.

—No le falta a usted razón, don Faustino, pero tenga en cuenta que deberían estar ustedes descansando. Han pasado ya más de cien años.

—¡Cómo si pasan quinientos! ¿Qué derecho tienen esos destrozaterrones para querer echar a la familia Ludwig von der Pfordten de su propia casa? —Me estaba dando dolor de cabeza. ¿No se podían haber llamado Gómez Pérez?

—No se enfade usted, caballero. En el fondo, yo solo quiero saber qué es lo que pasó aquí aquel año de 1911, cuando todos los aquí vivientes dejaron de serlo.

—Eso no se lo puedo contar. Tendrá usted que preguntárselo a los propios…

—A la familia, sí, a la familia. —Si vuelve a pronunciar de nuevo el nombrecito completo, fantasma o no, lo mato—. Y ¿dónde los puedo encontrar si no es mucho preguntar?

—Tranquilo. Ellos le encontrarán a usted.

Y con una risa malvada, de película mala, ha desaparecido. Así si avisar y dejándome con la cerilla quemándome los dedos. Que también es curioso el tiempo que ha durado sin apagarse. Cosas de los fenómenos paranormales. Que de normales tienen poco. ¡Ea, se apagó!, por hablar.

He vuelto a quedarme a oscuras y con el alma en vilo. Soy un profesional, no sé si lo he dicho ya, pero cuentan cosas extrañas de esta mansión, como que algunos de los que entraron no salieron. Prefiero pensar que les gustó la compañía de lo que exista aquí dentro.

Acabo de probar las linternas y ahora funcionan las dos. Otra broma del sargento, supongo. Por si las moscas llevo una en cada mano. Parezco el doctor Hesselius montado en un renault Twingo. Me tiemblan las rodillas y empiezo a notar que el frío aumenta. Tengo unas ganas enormes de salir corriendo, pero ya tengo hecha la transferencia del pago y no pienso devolverla ni bajo tortura. Además, soy un profesional. Sí, lo he repetido veinte veces ya, pero si no me doy ánimos yo va a hacerlo el gato que ha salido huyendo. Me dedico a esto, es mi trabajo y lo voy a hacer. Voy a subir al piso superior. Las escaleras son más pequeñas y estrechas. Los escalones crujen como si estuviera pisando cadáveres. ¿Cadáveres? ¿Por qué leches me ha venido esa comparación a la cabeza?

Ya estoy en el segundo piso. Aquí no hay pasillo. Toda la estancia es un salón enorme. Oscuro, por supuesto. Parece una inmensa gruta dispuesta a … No, esta vez no lo voy a decir. Cada vez estoy adentrándome más en las vísceras de esta bestia. Debería irme, ahora que todavía puedo, pero he dicho que soy un profesional y…

—Para ser un profesional das mucha pena. —¿¡Ya!? Ha tardado poco en aparecer el siguiente fantasma.

—Fantasma lo será tu mami, imbécil. —La leche con costra. Son dos voces distintas. Voces jóvenes y de distinto género. ¿Serán los gemelos…?

—¡¡¡Pfordten!!! —Han gritado unidos en una sola voz.

—¿A que no nos coges, imbécil?

Se han empezado a escuchar pisadas corriendo por el piso. Sus risas y gritos alborotan el silencio. Mis vellos se han puesto tan de punta que parecen querer agujerear el jersey.

—¡Parecéis niños pequeños! —dice otra voz de apariencia más joven todavía.

—¿Eres tú, Viktoria? —le pregunto, intentando mantener la calma.

—Para servirle, caballero. No le haga caso a mis hermanos, solo están jugando. —Su voz es dulce y amable. Parece un fantasma agradable, pero en estos casos hay que estar alerta. Luego pueden convertirse en bestias demoníacas.

—Hola, pequeña. ¿Sabes qué pasa aquí? —Intento buscar información cuanto antes. Cuanto antes pueda salir de aquí escopetado.

—¿Pasar? Nada. Estamos jugando el esconder. ¿Quieres unirte a nosotros? —Jeje, para juegos estoy yo ahora mismo.

—¿Sabes dónde están tus padres, pequeña?

—¡Uy! No se le ocurra molestar a papá. Tiene muy mal genio y no aguanta que le interrumpan cuando está leyendo en su despacho. —Maravilloso. Un fantasma malhumorado me espera.

—No te preocupes, pequeña. Vengo solo a hablar con él de un problema que hay con la casa. Dime dónde está el despacho. Hablaré con tu padre y me iré en seguida.

—Vale, al fondo del todo a la derecha. ¡¡¡Y NO VUELVA A LLAMARME PEQUEÑAAA!!! —Con sus últimas palabras, el pantalón se me ha quedado a la altura de las rodillas. No solo ha pegado un grito espeluznante, sino que la pequeña niña se ha convertido en un monstruoso yeti de tres metros de alto. Afortunadamente, con la misma rapidez se ha vuelto a convertir en dulce niña y se ha ido corriendo y riendo. Si salgo de esta, no habrá quien me rompa el corazón.

Imagen de Devanath en Pixabay

Después de subirme los pantalones, hacer varias respiraciones profundas y recoger las linternas del suelo, me dirijo aparentando confianza, solidez y tranquilidad, hacia el supuesto despacho del cabeza de la familia. La puerta está cerrada. Creo que es la primera que me encuentro en este estado. Teniendo en cuenta el aviso de la niña, no quiero irrumpir bruscamente en la estancia. Si ya es un hombre de humor gris, no es buena idea oscurecérselo todavía más. Decido llamar educadamente.

Toc, toc. Llamo con los nudillos sobre la sólida puerta. Espero unos segundos y, viendo que no responde nadie, insisto. Toc, toc.

—Señor Ludwig von der Pof… Frop…Pofo—Se va a poner la mar de contento de que no sepa pronunciar bien su nombre—. Desearía hablar unos instantes con usted sobre los problemas en la cas…

—¿QUIÉN OSA INTERRUMPIRME? —Este no se ha andado con chiquitas. El vozarrón ha taladrado la puerta y mis tímpanos. Creo que lo he cabreado antes, incluso, de empezar a hablar. Suelto inmediatamente las linternas y cojo con las dos manos la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts.

—Disculpe la impertinencia, señor, pero necesito hablar con usted para un asunto…

—¿UN ASUNTO? ¿QUÉ ES TAN IMPORTANTE QUE NO PUEDE ESPERAR A LA MAÑANA? —A la mañana, dice el jodío. En cuanto salga el sol, no va a quedar de él ni el bigote.

—Disculpe, de nuevo, señor … don Ludwig. Es algo urgente, solo voy a entretenerle unos m… —No me ha dejado terminar, otra vez. La puerta se ha abierto de sopetón pegando un golpazo contra la pared. Afortunadamente, estaba lo bastante lejos de ella para que no me haya dejado como Elvis. Como su cadáver y el poster que tengo clavado en la pared de mi oficina.

Del mismo susto, me he quedado mirando perplejo la oscuridad del interior del despacho, pensado que se había abierto sola. Sin embargo, al bajar la mirada contemplo al imponente señor Ludwig von der Prof don Luigui. Imponente es un decir. Resulta que la foto de medio cuerpo, que tengo en el archivo, no es un artilugio artístico. El hombre no llega ni al metro y medio de altura. Qué digo, ni al metro treinta. Es más largo su bigote, afilado y estirado con exageración, que su levita. Me aguanto la risa porque en el fondo no deja de ser un espíritu y puede enfadarse todavía más y convertirse en otro yeti como la hija.

—¿Quién es usted y qué se le antoja, caballero? —Por lo visto, su despacho hacía de potente caja de resonancia, porque he tenido que hacer un esfuerzo enorme para oír su pregunta. Su voz ha sonado más ridícula, apagada y anodina que la de su hija pequeña. Me está costando horrores aguantarme la risa.

—Señor don Ludwig, estoy aquí para ayudarle a descansar —digo intentando empezar con amabilidad el discurso de desahucio.

—¿Ayudarme? ¿Descansar? ¡Yo no he pedido ayuda a nadie! ¡Nunca necesito ayuda para nada! —Me están dando estertores en la barriga. El hombre intenta seguir manteniendo su impostura autoritaria y a mí me parece uno de esos muñecos que salen en las ferias. Que no necesita ayuda, dice. Me lo imagino intentando llegar a los estantes de la biblioteca de su despacho.

—Bueno, caballero, se supone que llevan ustedes más de cien años muertos y ya es hora de que descansen y, sobre todo, dejen descansar al pueblo. —Ya no doy más rodeos. He ido a saco. Si se enfada, tengo el dedo puesto en el gatillo de la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts, que, afortunadamente, he mantenido agarrada durante el susto. Sí, ya sé que digo demasiadas veces “afortunadamente”, pero es que si me abandona la fortuna, no me saca de aquí ni MacGyver e Indiana Jones juntos.

—¿Muertos? ¿Quiénes están muertos? Nosotros estamos muy vivos. —Además de liliputiense este tío es tonto. ¿Puede ser posible que no se haya enterado de nada?

—Mira Luigui, esto me está cansando ya. —Creo que me he envalentonado ante la figura diminuta del susodicho—. Estás más muerto que el abuelo de Matusalem y esta historia está durando ya tanto que no me la van a admitir ni como relato en un blog.

Dicho esto, cojo mi pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y voy a darle pasaporte a este enano y a toda su tropa. Hasta los mismos cojones de tanto fantasmita chuleta.

Alzo mi arma, apunto al tío del bigote y cuando voy a apretar el gatillo un viento huracanado me estampa contra la pared. A duras penas puedo respirar del trompazo. Con el ventarrón han reventado las contraventanas del salón y ahora entra en él la luz de la luna devorando toda la oscuridad. La imagen que contemplo hace que se me suelte la barriga. Afortunadamente, sí, afortunadamente es solo una metáfora. Lo contrario me haría muy dificultosa la huida.

En medio del salón ha aparecido la imagen traslúcida, pero totalmente nítida, de una mujer de tres metros de altura. Lleva el pelo recortado y viste un traje totalmente blanco que resplandece con el fulgor lunar. Su cara muestra un semblante de amargada y tétrica existencia. Creo que ya sé quién es el jefe de la troupe. La señora Pof… Frop…Pofo Dietlinde, la mujer del enano. Me parece que no va a ser tan amable como el resto de su familia. Estos, su esposo y sus tres hijos, se acercan a ella y forman un semicírculo frente a mí. Parecen los cuatro fantásticos en pose de poster, solo que son cinco y muchísimo más feos. Como eran pocos, se unen a ellos el sargento y, supuestamente, su esposa e hijo, que hasta ahora se habían mantenido en el anonimato.

Afortunadamente, ¡Qué sí joder, que todavía creo en mi fortuna! Mi sistema de seguridad Acme me ha permitido mantener el arma conmigo. Solo tengo un problema. ¿A cuál de los ocho apunto? Sí, la señora Ludwig parece la más peligrosa, pero es que ahora todos muestran una terrorífica sonrisa con unos enormes dientes. Parecen el hermano feo de spiderman. Miro alrededor rápidamente y veo que todo el salón está decorado con espejos. Todas las paredes reflejan y repiten la imagen de la familia Terroris. Hago un cálculo mental rápido. Calculo ángulos y distancia. Siempre fui bueno para las mates. No me lo pienso dos veces y disparo contra el primer espejo a mi derecha y me dispongo a salir corriendo.

El rayo de la escopeta impacta en el espejo y sale reflejado hacia la superficie del siguiente, en la pared contraria. En segundos, los rayos se han amplificado y multiplicado. Los espíritus dentones se han quedado congelados mirando la escena. Yo aprovecho para salir corriendo, bajando la cabeza, y pasando por debajo de los rayos. Por el camino, voy soltando mis regalos sorpresa: un par de granadas Ghostdesaster. Llego a la escalera y bajo los escalones de tres en tres y casi de cabeza. En el salón estallan los espejos y se oyen los gritos de los fantasmas al ser impactados por los rayos y las granadas. Estallan los cristales de las ventanas. De todas las ventanas. El suelo tiembla como un poseso. Cuando alcanzo el primer piso veo que aquí también ha llegado la luz de la luna. Como no creo que llegue a tiempo para salir por la puerta principal, me precipito hacia la primera habitación que encuentro. La ventana está abierta, de par en par. Las vigas de madera, que sostienen la casa, están reventando con la presión de las sacudidas. No tengo tiempo de pensármelo y me dirijo hacia la ventana,  lanzándome por ella. Prefiero un batacazo de varios metros de altura que quedarme a ver el espectáculo desde dentro. ¡No he dicho que soy afortunado! He caído sobre unos matorrales de siemprevivas que, después de cómo las he dejado, tendrán que cambiar de nombre.

No tengo tiempo de intentar revivirlas. La casa se está desmoronando. No creo que quede ni un cristal sano. Las torretas que circundaban la estructura se han precipitado hacia el suelo. El campanario ha explotado y las campanas han salido volando. Bailan en el aire, sonando estruendosamente, como poseídas por un diablo borracho en Navidad. Los tejados se han hundido hacia el interior y toda la fachada estalla como si estuviera hecha de mazapán. Me parece que me pasé al regular la intensidad de los rayos de la pistola ultrasónicokillerghosts. Corro todo lo rápido que mis doloridas rodillas me permiten, que no es mucho, pero suficiente para escapar de todos los cascotes que llueven por doquier. Cuando me doy cuenta, estoy en medio del pueblo rodeado de toda su gente. Aparece el alcalde, en pijama y con un gorrito para dormir. ¿Todavía se usa eso?

—¡Por todos los demonios! —grita escandalizado—. ¿Qué ha hecho usted?

—Bueno, quería que eliminara sus problemas y eso es lo que he hecho. ¡Fácil y limpio! ¿no? Bueno, quizás lo último no tanto. —Finjo inocencia y ternura.

—¡Malnacido! ¡Nos ha dejado sin nuestro monumento histórico-turístico! —Creo que el alcalde no está muy contento con el resultado de mi trabajo y, por las caras de odio que me miran sin sonreír, el resto de los aldeanos tampoco.

Primero con disimulo y luego a toda leche, emprendo la huida hacia mi coche. Como me falle el arranque, al igual que pasa en las películas, de esta no me salva ni… ¡Socorroooo!

Mi coche es una reliquia, pero es más bueno que el batmóvil. Ha arrancado a la primera. Meto marcha y piso el acelerador. No es que el Beetle sea un ferrari, pero al menos corre más que la gente a pie. Además, el polvo ocasionado por el derrumbe de la mansión está llegando al pueblo y los mantiene a todos ocupados intentando respirar. Meto segunda, tercera, cuarta y porque no tengo más marchas. Ni me planteo mirar hacia atrás. Solo lo hago de reojo por el espejo retrovisor. Afortunadamente, ¡díganme que no! Solo veo polvo y piedras rebotando por el camino. No pienso parar hasta llegar a casa.

¡Sí señor!
Trabajo realizado satisfactoriamente,
tengo dinero fresco en mi cuenta corriente
y he escapado sin rasguños, felizmente.

¡Si es que, además, termino hasta con rima! ¿Van a decirme que no soy un profesional? ¿Y de los buenos?

¿The End?

Relato publicado en el Reto Literario:
Desafío Literario Noviembre: La Maldición de la Casa Ludwig
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia que hable sobre la mansión de la fotografía, su maldición, la familia que en ella vivía… Añádele el elemento encontrado en la calabaza y conviértete en el detective que resuelva el caso sobrenatural.

La Razón Estéril de Khaitan Southern

El misterio y lo sobrenatural son habitantes habituales del desierto del Shahagobi. Perderse en él puede ser una terrible aventura y la más tenebrosa maldición. Cuentan las leyendas que muchos se adentraron en ese páramo y nunca más volvieron, pero otros, muy pocos, regresaron para contar historias increíbles, aterradoras y fantásticas. Todos fueron tomados por locos.

La familia Dumma, haciendo caso omiso a las advertencias, intentó adentrarse en el desierto en una estúpida excursión. Apenas consiguieron penetrar en él cuando este los expulsó. Sin embargo, se quedó como rehén con la pequeña Frida. Ahora, sus padres se torturan por su necedad y quieren recuperarla. Solo hay un hombre capaz de adentrarse en esa yerma e inhóspita tierra y traerla de vuelta.

Rufus «Fénec» es un explorador experimentado, valeroso y veterano. Ha vivido decenas de aventuras por todo el mundo, a cuál más peligrosa, y ha regresado para contarlas. Dicen, los que lo han convertido en un personaje legendario, que le ganó una apuesta a la parca y es capaz de ir y volver del mismísimo inframundo. El color de su pelo y su apodo lo hacen hermano del desierto. Ahora tendrá que demostrarlo y traer sana y salva a Frida.

El desierto del Shahagobi es inexpugnable, cruel y sádico. Nunca devuelve a nadie sin transformarlo. ¿Será capaz Rufus de afrontar todas sus pruebas sin perecer en el intento? ¿Logrará rescatar a Frida de sus horribles fauces? ¿Podrá regresar con vida o, simplemente, regresar?

Aquí más pistas:
Frida: Aquella que trae la Paz.
Rufus: Rojizo, Pelirrojo.
Fénec: (Vulpes zerda), Feneco o Zorro del Desierto
Dumma: Estúpido en Sueco.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al segundo desafío de julio: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Cread un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

Y a ti, ¿te gusta el Halloween?

Vaya día que llevo. Me acaban de saludar en el bar diciéndome: ¡Holaween! Mira qué modernos son los parroquianos. Y luego, por todas partes los niños disfrazados. ¿Acaso estamos en Carnavales? Hasta adultos con la cara pintada. Pero bueno, ¡está todo el mundo aburrido! ¡Jalogüin, Jalogüin! ¿qué coño es jalogüin? Todos los años igual por estas fechas. Si yo no he visto una calabaza redonda y naranja en mi vida. ¡Truco o trato! ¡Truco o trato! ¿Qué es Truco? ¿Qué es Trato? A mi puerta vienen a llamar niños disfrazados de mamarrachos diciendo: Truco o trato, Truco o trato… y llamo a los servicios sociales. Además, que vivo en un octavo.

¡Qué nos gusta apropiarnos de las fiestas extranjeras! Sobre todo de las americanas. Bueno, de las de USA. Que los mexicanos también son americanos y no sacamos aquí a los muertos a bailar por la calles. Bueno, tal vez. No, deja. Mejor no dar ideas. Sí, ya sé que dirán algunos, pues Papa Noel también es americano y nadie se queja. Vale, pero es un hombre entrañable, gordo y bonachón, con barbas blancas, inofensivo y… ¡trae regalos! Pero, a ver ¿a quién le gustaría ir a tirar la basura y encontrarse en plena calle a Michael Jackson con veinte piraos haciendo el baile de Thriller? Sí, vale. Vivo en un barrio que no es precisamente Notting Hill, y suelo encontrarme a gente con peor aspecto. Mira, ¡dejadme en paz! ¡Que no me gusta el jalogüin!

Hoy no tenía ganas de cocinar así que me he pedido una pizza familiar. Menos mal que el repartidor se ha colado sin disfrazar, si no, se va sin propina y rueda la escalera como una calabaza del jalogüin. Me la he zampado sin pestañear. Así como el que lleva dos meses sin comer. Una pizza de cincuenta centímetros de diámetro. Yo mismo me he dicho: ¡Qué barbaridad! Me está entrando un sueño que como me acueste no me levanto ni para dormir. Mejor me voy a sentar en el sofá y voy a ver la tele. Eso sí que da miedo y no las calabazas con caritas raras.

Me pongo a pasar los canales y solo hay historias de miedo. Vampiros, monstruos, asesinos, y zombies, muchos zombies. ¡Cómo si los americanos hubieran inventado eso de ir por la calle pareciendo un muerto! Si solo hay que pasearse un sabadito a las cinco de la mañana por las calles para ver desfilar a la tropa del gintonic recalentado. Esos sí que son The Walking Dead.

Al final he dejado un canal que pone una película con título curioso “Pesadilla antes de Navidad” Mira, un nombre que entiendo y que me representa, porque no veas tú, también, las fiestecitas navideñas. Me he puesto una copita de anís del mono con hielo y un par de deliciosas (polvorones de almendra para el que no los conozca) y vamos a ver de qué va la historia.

¡La leche que mamé! Es una peli de dibujitos animados. Bueno, dibujos o marionetas. No lo sé. ¡Y qué feas son las joías!

Sale un bosque, que sería tenebroso si no fuera porque está pintado. Una voz en off comienza la historia:

Hace mucho más tiempo del que puedas imaginar,
sucedió la historia que vamos a contar.
Tal vez en sueños hayas visto el lugar
en los mundos de las fiestas de nunca acabar.
Quizás te preguntes cómo se empezaron a celebrar.
En caso contrario, deberías empezar.

Cuando voy a quitarla, comienza una canción:

Escuchad niños y niñas de cualquier edad
algo curioso os queremos enseñar.
Venid con nosotros y veréis al fin
Nuestra ciudad de Halloween

Será torpe y malaje mi suerte. Al final es una película, también, sobre el jalogüin. Cojo el mando a distancia y me dispongo a cambiar de canal, o mejor, apagar la televisión. Sin embargo, sigue sonando la canción:

Esto es Halloween
Esto es Halloween

La música es hipnótica y mis manos se paralizan. El dedo no llega a tocar el botón de apagado. Aparecen personajes increíbles. Fantasmas, monstruos de varias cabezas, vampiros, brujas, esqueletos, muchos esqueletos, payasos horrorosos… y el protagonista… Jack creo que se llama. Sigo hipnotizado con la película. Hacía años que no veía una de animación. No puedo apartar la vista de la pantalla. Incluso intento canturrear la canción…

Esto es Halloween
Esto es Halloween
Halloween, Halloween
Halloween, Halloween

Tengo que haber dado una cabezada y de las grandes. De esas que te levantas y, no ha cambiado el año, ha pasado un siglo. Está todo muy oscuro. La tele está apagada. Se habrá activado el automático. Me froto los ojos y las sienes. Estoy totalmente grogui. Lo último que recuerdo es al esqueleto de la película saliendo de una especia de pozo. Intento sentarme en el sofá, pero noto las piernas como si fueran de mármol. Para levantar un brazo le he tenido que pedir permiso al otro. Tengo que ir urgentemente al cuarto de baño, porque la sinnombre no va a ir ella sola. Maldito día, ¡las castas del jalogüin!

«No deberías meterte con mi fiesta». ¿Qué coño ha sido eso? ¿Estoy dormido todavía? Ha sonado como una voz en la oscuridad. Claro… Claro… Ahora viene la tontería de que no sé si estoy despierto o soñando. Mi cabeza cada vez está peor. ¡Anda y que le den por culo! Me levanto, no sin un esfuerzo descomunal y… «Eres muy mal hablado» ¡Otra vez la voz! No, no me van a dar coba. Seguro que es la tele que todavía no se ha terminado la película. Sí, ya. La pantalla está apagada, pero a lo mejor el audio sigue funcionando. ¿Dónde está el mando? La leche, con tanta oscuridad no hay quien encuentre nada. «La película hace horas que terminó». Vamos a ver. Si es una broma, voy a reventar una cabeza. ¡Qué lo sepáis! «¿A quién le hablas? Estoy yo solo». He intentado levantarme de sopetón del sofá y como tengo las piernas dormidas me he comido toda la mesita baja del salón. Cómo no tenía bastante con la pizza, pues postre de madera.

Estoy ahora a cuatro patas. Sigo sin poder levantarme, porque ahora a las piernas dormidas hay que unirle una caraja impresionante producto del cabezazo que le he dado a la mesa. «Si es que no puedes ser más patético». Y la vocecita de los cojones sigue dando por culo. Mira, voy a coger… una pala, no tengo; una pistola, sí claro, me dedico los fines de semana a cazar gurripatos por el parque; un bate de beisbol, sí, y también una gorra de los Boston nosequé, ¿ya he dicho que no me va lo yanqui? Como no coja una sartén de la cocina, pero claro, antes tengo que ser capaz de llegar hasta allí. «Viéndote en esa postura, lo de patético se queda muy corto». No, si al final me va a cabrear de verdad. Ya verás tú. «¿Sabes cuál es tu problema?» Pues claro, titi. Que me he pasado con la comida y luego me he zumbado media botella de anís del mono. Que yo creo que el mono estaba cabreado y ha revuelto todo el anís. Porque vamos he cogido cogorzas más graciosas que esta.

Corriendo a gatas, arrastrando las piernas, he llegado hasta la puerta del salón. Ahora solo tengo que agarrarme a la puerta y levantarme. ¡Ya está! Ahora un pasito pa’lante, mar… ¡Pumba! Vaya guarrazo acabo de dar. Otra vez. ¿Se me habrán muerto las piernas con el anís? Tengo que tener la cara como la bandera de japón. De hecho me gotea la nariz. Espero que sea anís y no sangre. Sí, también soy muy hipocondríaco. ¡No se puede ser perfecto! «Si te asusta la sangre, lo vamos a pasar muy bien esta noche». Pero bueno, ¿también me está haciendo una proposición indecente? Esto que es una pesadilla o un sueño sadomaso.

Me mojo un dedo con saliva y me lo paso por las piernas. ¡Qué pasa! Mi abuela lo hacía y funcionaba. Nada. Me mojo dos, tres… me meto la mano entera. Ni que me chupe las piernas directamente, si pudiera llegar, claro. Las piernas se niegan a funcionar. Me intento levantar de nuevo agarrándome a la pared como una salamanquesa. Parezco un sireno, pero sin cola. Me voy agarrando al picaporte de la puerta, a los muebles, a la encimera. Ya he llegado a los cajones. Dentro tiene que haber algún cuchillo de esos que salen en las películas. Yo nunca los uso, me dan miedo. Pero debería estar ahí. ¡La leche! Hoy está el día gracioso. El cajón no se puede abrir. Se habrá quedado algún cubierto mal puesto y ahora hace tope con la madera. «Para qué quieres un cuchillo idiota. ¿Puedes matar a alguien que no tiene cuerpo?» Tú no sé, pero yo ya no tengo ni corazón.  Si querías darme miedo te puedes ir ya tranquilo. De hecho, ya no necesito ir al cuarto de baño.

Con el miedo y los nervios le doy un jalón al cajón y consigo que se habrá. Vuelvo a ir a parar al suelo y los cubiertos, que estaban dentro, salen todos despedidos por el aire. Me tapo la cara que es lo más bonito que tengo. Un tenedor se me clava en el muslo izquierdo. Pego un grito. Es buena señal. La pierna no está muerta. Una cuchara sopera me golpea en la rodilla derecha. Pego otro grito. Mira qué bien, tampoco esta está muerta. El rollo de amasar está dando vueltas en el aire con más peligro que un satélite somalí. Las piernas siguen sin responder del todo, pero parece que los cubiertos han reactivado el riego sanguíneo. Como si fuera un soldado de la segunda guerra mundial, avanzando por debajo de las alambradas, gateo como un poseso fuera del alcance del amasador. Consigo salir de la cocina y vuelvo al salón. Esto es la Historia Interminable pero sin dragón.

La oscuridad sigue siendo tenebrosa. Ya siento el hormigueo en las piernas y como si estuviera bailando el briquidance consigo ponerme de pie. Justo cuando lo consigo, ayudándome por el mueble aparador que a duras penas aguanta mi peso, vuelve a sonar la simpática vocecita: «Cuanto más te resistas más me harás disfrutar». Lo que dije antes, este no quiere matarme, quiere una noche de pasión. Al girarme, para intentar llegar a los dormitorios, veo su cara. Es la misma que salía en la película. Una bola blanca con los rasgos más ridículos y feos que he visto en mi vida. Debería haber gritado, pero se me ha cerrado la garganta. La boca si la tengo abierta y la baba me empieza a caer sobre el pecho. Intento sacar de mi interior a ese guerrero combativo que siempre he creído tener. Debe estar en el interior, pero dentro, muy dentro, porque el muchacho no aparece. Empiezo a dar vueltas por el salón como un canguro en un tío vivo. La imagen es patética y bochornosa. No ando, voy arrastrando las dos piernas, la boca abierta, los brazos por encima de la cabeza. Un zombie se avergonzaría del espectáculo que estoy dando.

Ahora puedo verlo entero. Es como en la peli. Un esqueleto más largo que la escoba de un jugador de la NBA. Con la cabeza como una bola de billar, pero gigante. La boca mal cocida y los ojos grandes, negros y vacíos. Es feo de cojones. «¡Sigues faltándome!» Le juro que ha sido sin querer. Si en el fondo es usted una sílfide. Vamos, en cualquier desfile de modelos se llevaría a la gente de calle. «No quiero halagos ni zarandajas». Lo primero le aseguro que no. Lo segundo no tengo ni idea de lo que es. Pero si es malo, tampoco. «Estoy aquí porque has insultado mi fiesta. Has agraviado a mi persona. Has injuriado mi reino. Has zaherido…» No vea lo que domina usted el lenguaje. Tiene más vocabulario que el Larousse, el Espasa y la RAE juntos. «Voy a castigarte por haber vilipendiado el Halloween». Yo le aseguro que eso no lo he hecho. Vamos, sobre todo, porque no sé lo que significa. Escuche, seamos sensatos. Yo no tengo tanta parla como usted, pero si me escucha, yo le explico… «Ahora es tarde…» ¿señora? «¿Cómo?» Nada, nada. Discúlpeme usted, su señoría. Es que me ha venido una canción a la cabeza. «Vas a pagar por tu felonía» Si se empeña usted en usar palabras tan raras no voy a saber explicarle nada, ¿eh? «Caerá sobre ti todo el peso de la maldición de Halloween». No déjelo. Si yo en el fondo aguantar no aguanto nada. No ha visto lo patético que he sido para levantarme del sofá. Si ya me lo dijo mi madre… «A partir de ahora en estas fechas vendré a hacerte una visita» ¡Uy, qué amable! Pero de verdad, si no hace falta. Si yo estoy muy a gustito viviendo solo. «Si no veo tu casa engalanada con el respeto que mi ciudad se merece…» Le juro que a partir de ahora mi casa va a estar mejor adornada que las de Niuyó.

No sé realmente que pasó a partir de ahí. El bichejo esquelético se enfadó. Se abalanzó hacia mí, intentando alcanzar mi cuello con sus delgados y larguísimos brazos y yo, ya cagado de miedo, literalmente, reculé intentando buscar una salida. Lo que encontré fue la cortina del salón. Intentando escapar del monstruo cadavérico me enredé en la tela y empecé a dar vueltas como la carne de un kebab. Cuanto más esfuerzo hacía por deshacerme de la tela, más me enredaba en ella. En uno de los forcejeos descolgué la barra de la pared y fuimos, barra, cortina y yo a hacer puñetas. Bueno, en realidad caímos contra la mesita del centro. Si ya había aguantado a duras penas mi cabezazo anterior ahora no pudo con el peso de todos nosotros juntos.

Cuando al final pude desembarazarme de la cortina, después de volver a respirar con desesperación, vi que el salón estaba iluminado. Al cargarme la cortina había dejado entrar la luz de la calle. Como estaba engalanada con las luces, que ya servirían hasta navidades, pude ver perfectamente todo el salón. Ya no había nadie. Bueno, excepto yo y el destrozo que había generado, claro. El esqueleto había desaparecido. Ahora sería cuando me entraría la duda. ¿Todo eso me había pasado en realidad o había sido un mal sueño que me había hecho despertar con la histeria y liarme a guantazos con la cortina?

La verdad es que no lo dudé. Primero me fui al cuarto de baño, donde me aseé convenientemente. Luego me puse ropa limpia, unas deportivas y la chaqueta. Cogí la cartera y me fui a la calle. No esperé ni el ascensor. El miedo a que el bichejo aquel apareciera dentro me hizo salir espetado por las escaleras. Salté los escalones de cuatro en cuatro. No sé cómo no me maté en esa huida temeraria. Lo cierto es que llegué a la calle sano y salvo. Bueno, asfixiado y cogiendo aire como un besugo de diez kilos en una pecera de juguete. Sin embargo, no huí, no. Me había costado mucho conseguir una casa como la mía. No diré que salí corriendo, porque ya no tenía ni aire, ni fuerza, pero me dirigí hacia el chino que se encontraba dos calles más allá. De suerte que no cierra ni por defunción y me gasté todo el dinero que tenía en la cartera. Calabazas, banderines, bengalas, brujas, arañas con sus telarañas, muñecos más feos que el mismo chino comiendo limones, … todo lo que me encontré y pude comprar.

Con todo el utillaje volví a mi casa y la puse bonita, bueno en realidad, fea de cojones, que es lo que se hace en esta fiesta. Puede que fuera solo una pesadilla, pero, a ver, que mal hace celebrar una fiesta extranjera. Qué problema tiene. La gente se disfraza y se lo pasa bien. Total, si es para divertirse. ¿No? Qué manía con criticarlo todo. Eso sí, me hice tres barreños de palomitas en el micro y me vi cinco veces la peli Pesadilla antes de Navidad. Puede que lo hiciera por miedo al esqueleto o simplemente porque me terminó gustando. Qué le vamos a hacer. A ver, si al final todos formamos parte del mismo planeta. Por qué nos vamos a poner tiquismiquis con localismos. Estamos globalizados. ¿A que sí?

La Leyenda del Otoño

Imagen de  Susann Mielke en Pixabay

Frente a unas imponentes puertas, que circundan un majestuoso y vasto bosque, me dispongo a acometer uno de los trabajos más difíciles de mi versada y dilatada vida. No sé lo que me voy a encontrar cuando las traspase. Puedo descubrir algo maravilloso o la desdicha más grande. Sin embargo, antes debería contaros por qué me encuentro en esta encrucijada y qué me llevó a esta imposible empresa.

Es la Fiesta de la Llegada del Otoño. Como cada año, todo el pueblo se reúne en la plaza mayor para trocar dulces y licores caseros, asar castañas, y, sobre todo, intercambiar historias y vivencias, risas y lágrimas. El Señor de estas tierras se pasea entre ellos. Le gusta escuchar a sus ciudadanos cara a cara. Sin intermediarios, sin barreras, sin obstáculos que le deformen sus verdades. Su autoridad no proviene de su fortaleza, su riqueza o su imposición social, sino que es admirado y respetado por ser una persona culta, inteligente y cercana. No quiere súbditos avasallados por su ignorancia y pleitesía. Quiere gente instruida y con capacidad para tomar sus propias decisiones. Por eso, los dos edificios más grandes, importantes y dotados de su reino son la Escuela y la Biblioteca. Más imponentes que su propio palacio. En la primera, intenta que todos los niños aprendan a ser curiosos y, en la segunda, que todos tengan acceso a la sabiduría de los libros.

Este año, cuando su señoría paseaba entre los ciudadanos comprobando que en la fiesta no faltara nada de lo imprescindible, intercambiando risas, peticiones y consejos, una pequeña que apenas levantaba unos palmos del suelo se ha interpuesto en su camino y sin pensárselo dos veces le ha preguntado:

—Hola Señor, dicen que usted lo sabe todo, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¡Vaya! Ya la has hecho, pequeña —le dice, sorprendido y con una gran sonrisa en su cara, poniendo su rodilla en tierra, para colocarse a la altura de la chiquilla—. En realidad, saberlo todo es imposible. Por eso me rodeo de grandes hombres, sabios y cultos, que me asesoran y aclaran todas las dudas que me acontecen —guiñándole un ojo le señala a varios ancianos que siempre le siguen a todas partes y añade—. Así, que si yo no puedo responder a tu pregunta, ellos serán tan amables de hacerlo. Dime, ¿qué inquieta tu pequeña mente?

—Pues… —La niña parece ahora dudar ante la imponente presencia del Señor, pero, viendo el gesto de interés con el que este la está escuchando, se lanza a hablarle—. Esta preciosa fiesta, que usted nos ofrece cada año, se realiza siempre para celebrar la llegada del Otoño. Les he preguntado a todos pero nadie sabe explicármelo.

—¿Explicarte el qué, pequeña?

—¿Quién creó el Otoño?

El Señor se quedó perplejo. Se levantó de sopetón con la cara mostrando una grandísima sorpresa y, girándose hacia los sabios, buscó respuesta en sus caras. Todos mostraron ignorancia y sus ojos expresaron un gran desconcierto. El Señor los miraba uno a uno y estos le devolvían la negación por respuesta. Ante la sorpresa de todos, puso sus brazos en jarras y empezó a reír a carcajadas. Si había algo que le encantara, más que reír, eran los nuevos enigmas. Se giró de nuevo en busca de la niña y, con una voz todavía más dulce y alegre, le dijo:

—Tienes razón, pequeña. Parece que no eres la única que ignora esa respuesta y eso es inadmisible. En cuanto el sol dé por terminada esta fiesta, todos nos pondremos a trabajar buscando solucionar esa maravillosa duda que ha surgido en tu inteligente cabecita.

La niña, con una amplia sonrisa, le dio las gracias, le estampó un beso en la mejilla y salió corriendo para perderse de nuevo entre las gentes.

El día siguiente amaneció frenético. Mientras toda la población se afanaba en recoger los restos de la fiesta, sabios, profesores y hasta brujos y hechiceros, ayudados y empujados por la apasionada curiosidad del Señor, buscaban en todos los libros de la biblioteca la respuesta a la pregunta de la pequeña. Este se mostraba ansioso y nervioso y preguntaba excitado:

—¿Cómo es posible que llevemos tantísimos años celebrando la llegada del Otoño y nadie hasta ahora se haya hecho la pregunta de cómo se originó?

—Señor, el Otoño ha existido desde siempre —se atrevió a decir uno de los sabios—. Es mucho más viejo que nosotros.

—¡El mundo entero es más viejo que nosotros! Pero nada ha existido desde siempre. En alguna parte debe estar escrito su origen.

Durante muchos días e incluso noches, estuvieron leyendo y buscando información. Incluso indagaron en los sótanos donde antiquísimos volúmenes parecían deshacerse en las manos entre polvo y sabiduría. No encontraron absolutamente ninguna referencia. Así que el Señor decidió hacer uso de la última alternativa posible. Yo. El buscador de Enigmas. Cuando la solución no se encuentra dentro del reino hay que buscarla fuera y ese es mi trabajo. Debo recorrer el mundo y no regresar hasta encontrar la respuesta.

Imagen de  Dorota Kudyba en Pixabay

Y por eso me hallo frente a estas monumentales puertas. Mi instinto me dice que no las he encontrado por casualidad. Estaba ya exhausto de buscar en incontables archivos y bibliotecas. Preguntar a innumerables eruditos. Había perdido toda la esperanza de encontrar la solución al enigma. Cuando ya visualizaba la tristeza en el rostro de mi señor al regresar sin respuesta, apareció ante mí un bellísimo e impresionante caballo blanco que llamó inmediatamente mi atención. No cejó en su empeño hasta hacer que lo siguiera. No entendía el por qué, pero, dado que ya no tenía más alternativa, decidí dejarme llevar por una corazonada y comprobar a dónde me llevaría el hermoso animal. Puede que el camino fuera largo, pero no fui consciente de ello. Se me hizo placentero y liviano. Iba como en una ensoñación. Hasta que en mitad del camino y sin ningún indicio aparente, aparecieron estas puertas ante mí, mostrándome un paisaje misterioso y desconocido. Habitado de una abundante y rara naturaleza que me convoca a gritos.

La curiosidad, la necesidad y la oportunidad de saber, me empujan a su interior y voy avanzando entre decenas de árboles que parecen murmurar a mi paso. Castaños, avellanos, arces, abedules, chopos, naranjos… La mezcolanza que muestra la foresta me abruma. Los hay de todas las regiones del mundo. Algunos imposibles para la época del año. Otros totalmente desconocidos para mi amplio conocimiento botánico. Sigo andando totalmente desorientado. Me aturden tal amalgama de colores y olores. Ahora mismo sería incapaz de encontrar la salida para escapar de tanta belleza.

Después de muchas vueltas llego a un claro del bosque en cuyo centro reina un impresionante y antiquísimo roble. Sin poder evitarlo, porque me siento atraído hacia él de forma inexorable, me acerco y me encaro con su tronco, bajo su impresionante copa atestada de hojas rojas. Una impresionante voz, grave y profunda, me hace dar un bote y caerme de espaldas. Asustado, miro alrededor, pero no veo a nadie. Me está tratando de decir algo, pero soy incapaz de descifrar las palabras. Me levanto a trompicones y, sin poder librarme de su atracción, el roble me impele a acercarme a él de nuevo. Esta vez, no me paro a contemplarlo, sino que me acerco a su tronco y pongo mis manos sobre él. Ahora sí que entiendo las palabras. Estallan en mi cabeza y me llevan casi al desmayo. Su volumen se va haciendo más tolerable y voy descifrando su mensaje.

—Perdona, humano. Hace demasiado tiempo que no hablo con los de tu especie. No quería asustarte, ni embotar tu cabeza. Espero que ahora te encuentres cómodo con nuestra charla.

No puedo asegurarlo, pero el que me habla es el roble. Aunque de fondo creo distinguir miles de voces más. Sin embargo, es la voz principal la que toma el mando y me reclama.

—Llevas mucho tiempo y viaje buscando una respuesta, pero lo has estado haciendo en lugares e individuos erróneos. Ninguno puede responder a tu cuestión, porque la pregunta es tan antigua como los que habitamos este bosque. Hasta nosotros ha llegado la consulta de tu Señor. Conocemos de su honestidad, su generosidad para sus congéneres e incluso para nuestra familia forestal. Como además admiramos su grandísima curiosidad, hemos decidido llamarte para hablarte del Origen del Otoño.

Una calma intensa y purificadora me invade. Todo el miedo y la inquietud me han abandonado. Ya no estoy de pie frente al roble. O quizás mi cuerpo sí, pero mi mente viaja junto al viento y la voz me trasporta por el origen de los tiempos.

—Cuando el mundo todavía no era mundo. Cuando no había todavía animales ni humanos sobre la faz de la tierra, los árboles ya imperaban sobre ella. Solo el clima se atrevía a molestarnos y nuestra vida era eterna y agradable. Sin embargo, cuando la humanidad irrumpió en nuestra historia, arrasando y adueñándose del mundo, la vida de nuestros congéneres quedó en vilo. Los hombres pensaron que nuestra eternidad también era la suya. No valoraban la vida sin la muerte y derrochaban su existencia y la nuestra. Decidimos que había que mostraros la futilidad de la vida y la necesidad de preservarnos. Para eso creamos el Otoño. Los árboles decidimos que debíamos mudar, cambiar nuestra apariencia y dejar morir nuestras hojas. No era una simbología de muerte, sino de renovación. Es un mensaje para que todos entiendan la importancia de la naturaleza. Las estaciones van cambiando al planeta y el Otoño muestra el final de una existencia para generar otra.

Mientras las palabras horadan mi cerebro, mi mente viaja por innumerables imágenes que me muestran las escenas que el roble me cuenta. Sin descanso, este sigue contándome su historia.

—Es también una advertencia. Cuando veáis los árboles desnudos, las hojas agonizando sobre la tierra, cómo el tiempo oxida nuestros colores, os estamos mostrando nuestro futuro, vuestro futuro. El que obtendréis si no respetáis la naturaleza. Somos compañeros simbióticos, pero nuestra existencia es efímera. Desperdiciáis vuestras limitadas vidas en tenues problemas que pasan raudos ante vosotros. No cuidáis vuestro entorno y despreciáis nuestros avisos.

Las imágenes cesan, pero la voz sigue en mi cabeza. Ahora no habla solo el viejo roble, le acompañan las voces de todos los árboles del bosque. Sin embargo, suenan tan nítidas como una sola.

—Parte raudo hasta tu reino y comunícale este mensaje a tu Señor. Todavía estáis a tiempo de salvar el entorno. Demostrad respeto, cuidado y cariño hacia la naturaleza. Si nos cansamos de vuestros desvaríos y desprecios es posible que decidamos quedarnos solos de nuevo en la tierra. Nosotros somos imprescindibles, vosotros no.

He despertado de repente del ensueño y me encuentro fuera del bosque. No hay rastro alguno de él ni de sus puertas. Solo está el caballo blanco que pasta a unos metros de mí. Solícitamente me invita a montarlo y, ante mi sorpresa, unas enormes alas aparecen mágicamente de sus costados. ¡Es un precioso e impresionante Pegaso! Me ha llevado de regreso a mi reino en el tiempo que tarda un sueño. Le he trasmitido el mensaje a mi Señor, que ha quedado satisfecho y complacido. Ha sido bendecido por la sabiduría del viejo roble y ha difundido el mensaje entre todos los ciudadanos. Ahora, somos más educados y solícitos con nuestro entorno. Cada vez que cortamos un árbol, sembramos otro. Cuando recogemos sus frutos cultivamos sus semillas para que consigan germinar. Somos selectivos y evitamos malgastar los recursos. Ahora vivimos mejor y somos más felices porque sabemos que estamos rodeados de vida. Una vida que también cuida de nosotros.

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario Octubre: La Leyenda del Otoño
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Siete imágenes para inspirar y una hoja por descubrir.