A la Búsqueda del Hogar

Como otra mañana cualquiera, me apetecía salir a pasear sin rumbo fijo. Deseaba disfrutar del espléndido día, del calor del sol y del aire descontaminado, fresco e innato de la naturaleza. Así, sin darme cuenta me vi dentro del bosque. Y, como siempre me solía pasar, los aromas, los sonidos y los colores me hicieron sentirme en un mundo distinto, lleno de bellezas y misterios por explorar.

Seguía sin encontrar mi sitio en el mundo y multitud de preguntas me atormentaban cuestionándome mi destino. No creía que estas excursiones me darían respuestas, pero, al menos, calmarían mi ansiedad y mi desorden mental.

Me dejé embriagar por los gorjeos de los pájaros que, con sus increíbles colores, revoloteaban a mi alrededor; el crujir de la hojarasca, que alfombraba el terreno llenándolo de tonos ocres, cítricos, púrpuras y aceitunados; el correteo de criaturas que, recelosas de mi presencia, acudían prestas a esconderse en las copas y oquedades de los árboles. Era un inmenso silencio roto por pequeños chasquidos y notas musicales que me llenaban de asombro y satisfacción.

No tardé en sentirme desorientado. Me había alejado del sendero y la espesura me hacía notar perdido. Aunque me encontraba a gusto y reconfortado, empezaba a extrañar mi casa. Tal vez fuera a causa de la sed, el hambre o el frío que comenzaba a sentir.

Anduve sin conseguir reencontrar el camino hasta que salí a un claro entre los árboles en cuyo centro reinaba una cabaña, pequeña, humilde y hogareña. El humo que emanaba de su chimenea me fue atrayendo con su rico aroma y conforme me iba acercando, inconscientemente, una dulce melodía me invitaba a escudriñar en su interior.

Una cabaña solitaria en el interior de un bosque. rodeada de árboles. Predominan los tonos verdes, azules y marrones, todos oscuros. En la composición he modificado la imagen para que se vea de noche y con un cielo estrellado.
Imagen modificada a partir de la ofrecida por David Mark en Pixabay.

Me aproximé, lo más prudente y sigiloso que pude, para mirar por la ventana y contemplé la escena más fantástica e increíble que nunca pude soñar.

En lo que parecía la única habitación de la cabaña, salón, cocina y dormitorio se repartían los espacios para conformar una estancia de apariencia confortable y familiar. A la luz de la ventana, aparecían y desaparecían dos enanos que bailaban desmelenados y desinhibidos. Se acompañaban de una pequeñuela, rubita y de risa escandalosa, que revoloteaba, cual hada angelical, sobre ellos. Los tres se movían al son de la música que parecía interpretar un perro con un acordeón, sentado cómodamente en una silla, acompañado, cerca de él y sobre una mesa, de un gato que zapateaba al mismo tiempo que tocaba un tambor, y de dos ratones, que soplaban en sus instrumentos de vientos. Todos perfectamente sincronizados con la orquestada sintonía.

Pero lo que más me impresionó, a pesar de todo, fue la mujer que estaba junto a la chimenea. Parecía una simple anciana, encorvada y hacendosa, pero cuando volvió su cara hacia las criaturas estuve a punto de caer, escandalosamente, desvelando de esa forma mi disimulado espionaje. Era una mujer muy, muy, muy vieja, tanto, que parecía casi imposible distinguir sus rasgos ante la cantidad de arrugas que le cubrían el rostro. Su aspecto denotaba una imagen misteriosa, al mismo tiempo que causaba escalofríos y recelo. Algo en su persona intimaba y me hizo temer que, sin necesidad de mirarme, pudiera notar mi presencia.

Mientras los danzarines bailaban y los animales tocaban, ella parecía un director de orquesta, moviendo en su mano una larguísima cuchara de palo, que le servía tanto para remover lo que estuviera guisando en una grandísima olla, como para dirigir a los miembros de tan inusitado e inverosímil grupo.

De repente, la criatura voladora dio una cabriola increíble en el aire y terminó enfrentada al cristal de la ventana por dónde yo fisgaba y, claro… ¡Me vio!

Ahora sí que me caí de espaldas y rodé, intentando torpemente levantarme para salir huyendo. Por supuesto, no lo conseguí. Solo logré revolcarme por la hierba para terminar repantingado, frente a la puerta de la cabaña, para contemplar estupefacto como esta se abría.

Tras ella apareció la extraña mujer que había visto por la ventana, pero radicalmente distinta. Había perdido toda su apariencia mística. Ahora era una anciana dulce, con el aspecto más benévolo y entrañable que pudieras desear.

—Hola, ¿te encuentras bien? ¿Te has lastimado? —me preguntó, con su voz cantarina y deleitosa. Como si estar allí, sentado sobre el césped, fuera la cosa más normal del mundo.

Yo no atiné a responder, entre tartamudeos y farfullos. Así que terminé callándome y agachando la cabeza esperando un gran rapapolvo.

—¡Vamos, entra! Dentro de poco se hará de noche y el frío se volverá implacable. Te sentará bien tomar algo caliente. Seguro que te gusta la sopa. Sobre todo la mía —dijo acompañado de un cómplice guiño.

El miedo me impedía moverme, estaba a la espera de que saliera toda la tropa que había visto por la ventana y me molieran a palos por entrometido. Sin embargo, por la puerta salieron tres niños… y el perro.

Los dos chicos tenían la estatura de los enanos, pero sus caras eran lindas e inocentes, como la de unos niños, claro. Y la chica era más pequeña y rubia, como la criatura voladora, aunque ahora ausente de alas, pero con una sonrisa en la cara y dos hoyuelos en los cachetes que la hacían la bebita más dulce y adorable del mundo.

¿El Perro? Bueno, el perro era tal y como lo había visto, pero ahora se movía sobre sus cuatro patas y hacía… pues, lo que hace cualquier perro: mirar de forma amorfa y de lado, olfatear el aire, gruñir y parecer más tonto de lo normal. Suponía que los demás miembros de la troupe estarían dentro y parecerían también normales, lo cual me haría pensar en una alucinación o en un inicio de locura.

Los chicos me ayudaron a levantarme y entre todos, sin oposición por mi parte, me llevaron al interior de la cabaña. El ambiente era acogedor, confortable y lleno de los aromas que salían de la olla y que me hacían gruñir de forma bastante sonora el estómago. La verdad es que tenía bastante hambre.

Después de invitarme a sentarme a la mesa, la amable anciana llenó un bol de humeante sopa y lo colocó delante de mí. Me mostraba remiso a lanzarme sobre ella. Su aspecto no mostraba nada raro, aunque ciertas burbujas que aparecían y explotaban ruidosas me hacían desconfiar. Todos me miraban expectantes, empujándome con sus miradas a degustar la vianda. Un nuevo y espontáneo rugido de mi estómago me ayudó a decidir.

Su sabor era delicioso, especiado, sabroso y con ligeros matices que revoloteaban en mi paladar. Tras la primera cucharada se espantaron mis dudas y apuré en seguida el deleitoso caldo. El calor fue reconfortándome interiormente y me hizo sentir agradecido y satisfecho.

Todos los niños comenzaron a gritar de alegría y reanudaron el baile. La anciana me mostró una radiante y afable sonrisa y me sirvió un segundo plato de sopa que dejó sobre la mesa. Esta vez, me la fui tomando con más mesura.

Poco a poco, el ambiente festivo, las risas y bailes, el conjuntado jolgorio y el hambre saciada me fueron relajando y comprobé, con sorpresa aunque sin temor, que la escena que contemplaba iba cambiando. Los niños se fueron transmutando en los enanos que vi por la ventana, la pequeña rubita desplegó sus diminutas alas y comenzó a revolotear por toda la habitación, y los animales cogieron sus instrumentos y completaron la imagen que antes había creído imaginar.

¿La vieja? Ya no aparentaba ser una anciana bondadosa y entrañable. Su aspecto volvió a mostrar a la viejísima mujer, llena de arrugas y sonrisa siniestra, con más apariencia de hechicera que de abuelita. Sin embargo, no me causó temor. Al contrario, sentí una cercanía familiar que me animó a integrarme definitivamente a la fiesta.

No sé cuánto duró, la imagen que se veía a través de la única ventana iba cambiando. Pasó del somnoliento crepúsculo a una magnífica y tranquila noche estrellada. Se escuchó, tímida y brevemente, lejanos aullidos, tenues aleteos y el ronroneo del viento. Las notas siguieron sonando, acompañadas de palmadas y zapateos, y, sin darme cuenta, llegó el alba para insuflarle vida al bosque. Con este ciclo natural, perdí la noción del tiempo y disfruté alucinado hasta que la música cesó.

Todos empezaron a dar muestras de cansancio y la necesidad de irse a dormir. Me invitaron muy amablemente a que compartiera catre con ellos, sin embargo, sentía la exigencia de volver a casa. A mi casa.

Abandoné la cabaña, llevándome sus afectos y bendiciones, y deambulé por el bosque, de nuevo sin rumbo, durante bastante tiempo. No sabía encontrar el camino de regreso, todo me parecía distinto, insólito, nuevo, desconocido. Terminé llegando a un lago en donde quise saciar mi sed y refrescarme de la somnolencia que me empezaba a embargar el cuerpo y el espíritu.

Bebí con fruición y me lavé la cara con la fresca y límpida agua, pero cuando miré la imagen reflejada en su superficie la sorpresa me abofeteó. Vi unos ojos rasgados y profundos sobre una nariz ancha y redonda. Una inmensa perilla me recubría la barbilla y mis puntiagudas orejas sobresalían de una densa y negra melena. Pero lo más sorprendente eran los dos cuernos que predominaban sobre mi frente.

Miré mi figura, contemplativamente, durante unos intensos y largos segundos, asimilando mi apariencia. Me observé desde distintos ángulos, evaluando lo que veía, y… ¡Me gustó!

Me incorporé para contemplar todo mi cuerpo y disfruté de mis patas cabrías. Las huellas con forma de pezuña, que iba dejando sobre la orilla del lago, me hicieron reír. Inicié una pequeña danza, terminando de aceptar mi imagen, saltando y girando, hasta que unas pequeñas risas me hicieron parar y ver a docenas de criaturas que salían, con timidez, de entre el follaje. Me observaban maravillados, aplaudiendo y mostrándome su aprobación.

Vagaba por el mundo buscando, sin saber que era a mí mismo a quién buscaba. Ahora ya sé dónde está mi sitio. ¡Aquí! ¡Este es mi HOGAR!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea un cuento a partir de la imagen de una cabaña solitaria en el interior de un bosque y destaca una palabra en MAYÚSCULAS.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de JPlenio en Pixabay

Lo que se Esconde entre la Niebla

En el día de mi séptimo cumpleaños celebramos una gran fiesta en la casona de mis abuelos. Fue un día maravilloso, disfrutando de los dulces, las risas, los juegos y la alegría de contar con mis amigos. Pero la noche fue todavía más increíble.

Me acosté reventado y me cobijé entre las mantas, deseando que su calor me adormeciera viajando entre felices sueños y esperando que la mañana tardara en llegar, porque necesitaba muchísimas horas de descanso.

Cerré los ojos y, aunque las imágenes del día revoloteaban traviesas e inconexas en mi cabeza, debí caer rápidamente dormido, porque desperté asustado y desorientado en medio de la noche.

Por un instante, creía estar todavía en la fiesta, rodeado de la algarabía estruendosa de la celebración. Sin embargo, el silencio era contundente y la oscuridad de la habitación solo se veía profanada por rendijas de luz que se atrevían a penetrar por entre las cortinas. Supuse que la luna, en su máximo esplendor, batallaba contra las tinieblas de la noche. Su brillante intensidad gritaba invitándome a escudriñar por el balcón.

La curiosidad y la valentía, que me daban mi inocente mocedad, me hizo levantarme y curiosear el exterior y lo que vi, primero me aterró y luego me cautivó. Una inmensa, turbia y blanquecina niebla había creado un impresionante paisaje que me impedía ver más allá de los cristales. Los jirones, de ese extraño humo, bailoteaban en el aire y la luz de la luna, atravesando esas extrañas colgaduras, creaba increíbles coreografías. Una extraña voz, que resonaba en mi cabeza, me impelía a salir fuera.

Como amante de las aventuras y, sin el miedo que da la adultez, abrí las puertas del balcón. Sin los límites del cristal, la vaporosa criatura, que flotaba ingrávida, penetró sin permiso en la habitación. Me sentí efusivamente secuestrado en un abrazo tenebroso, pero increíblemente acogedor. De forma inconsciente, el terror se transformó en curiosidad y el recelo en osadía. Con decisión, atravesé la falsa seguridad de los postigos y me adentré en la niebla. Algo o alguien me insuflaba una extraña valentía que en otras ocasiones siempre eché en falta.

Al principio, el frío me hizo tiritar bajo mi escueto pijama, la humedad me hacía sentir como si me hubiera lanzado a una piscina. Luego, poco a poco, el entusiasmo, la excitación y la temeridad de la aventura fueron calentándome la sangre. Empecé a corretear entre los apenas visibles árboles y descubrí un mundo fabuloso e insólito.

Imágenes ocultas entre la bruma se fueron haciendo nítidas y aparecieron maravillosas criaturas como salidas de cuentos de hadas: un potrillo saltando divertido, blanco como la nieve recién caída, con un cuerno colorido en la frente; un cervatillo, levantándose sobre sus patas traseras, tocaba una hermosa melodía con su flauta; una pandilla de enanos, alborotando con su estruendosamente risa, se daban empujones y caían al suelo en una cómica representación; una bellísima joven, de larguísima melena del mismo color que el agua, nadaba en un pequeño lago y, de vez en cuando, mostraba su escamosa y brillante cola de pez; una miríada de pequeños insectos emitían luces de colores, que al verlos de cerca resultaban ser diminutos seres voladores; un caballo extendía sus enormes alas blancas con intención de elevarse en un vuelo magistral; una espléndida águila se giró para mirarme, mostrando su insólita cabeza de mujer…

Fotomontaje creado sobre un fondo de un bosque verdoso lleno de neblina.
Entre los árboles se pueden ver, difuminados y casi escondidos, un unicornio alado, un par de hadas, una sirena que flota en el aire, un fauno y un enano.
Toda la composición está realizada a partir de las imágenes acreditadas al final de la entrada.
Créditos de las imágenes usadas para el fotomontaje al final de la entrada.

No salía de mi asombro y disfrutaba con cada aparición como si estuviera en una misteriosa y excepcional feria de rarezas fantásticas. Saltaba, bailaba, gritaba, reía con cada criatura. Para mí era una extensión de la fiesta que había disfrutado durante ese extraordinario día.

De repente, en la neblina emergió una gran voz sin boca.

—¡No temas, pequeño! Bienvenido al mundo de Fantasía —me dijo con entonación profunda y grave, pero dulcificando la inflexión de cada sílaba hasta transmitirme una increíble calma—. ¡Déjame que te enseñe!

Era tal la belleza y la fascinación por lo que estaba descubriendo que, en lugar de salir corriendo asustado, asentí complacido y me mostré deseoso de conocer más cosas de ese fantástico mundo. Así, el etéreo cuentacuentos me fue relatando historias en donde todos estos personajes tenían su protagonismo.

En la mañana, mis abuelos me encontraron entre los árboles, acurrucado en el suelo cerca del balcón, arropado entre la hojarasca algodonosa y cálida, plácidamente dormido. Alertados al no encontrarme en la cama, había salido aterrados a buscarme. Al ver que no había sufrido ningún daño, me abrazaron, me besaron y me hicieron prometer que nunca más abandonaría la protección de la casa y el abrigo de la habitación. Por respeto a ellos y a su amor, así lo hice.

Cuando les conté mi aventura nocturna, sonrieron benévolos y me aseguraron que todo había sido un sueño, aunque yo no quise creerlos. Respeté la promesa echa, pero no dejé cada noche de asomarme a los cristales de la imaginación. Deseaba conocer nuevos personajes, nuevas historias, nuevas aventuras. Por la mañana lo transcribía todo, frenética y apasionadamente, en mis cuadernos, creando este fantástico e insólito diario de CuentaCuentos.

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia que se escenifique en la NIEBLA.

Créditos de las imágenes usadas:
– Fondo de la cabecera y del fotomontaje de Darkmoon_Art en Pixabay.
– Hada Alada de Stefan Keller en Pixabay.
– Enano de piedra de Wolfgang Eckert en Pixabay.
– Hada Bailarina de SilviaP_Design en Pixabay.
– Sirena de Dina Dee en Pixabay.
– Unicornio/Pegaso de Elaina Morgan en Pixabay

La Leyenda de Snowy Mountain

Kurioshity era una niña intrépida, inquieta y, claro, muy curiosa. Nunca paraba demasiado tiempo en un lugar y siempre llegaba tarde a la cena. Le encantaba explorar, investigar y adentrarse en cada recoveco que la tierra le confiara. Por eso, cuando se enteró de la leyenda de Snowy Mountain, no se lo pensó dos veces.

Una mañana temprano, le dijo a su madre que le apetecía acercarse al pueblo para ver la nueva tienda de dulces, sus amigos del colegio le habían contado maravillas de su escaparate. Al mismo tiempo, le insinuó melosa, podría comprarle las cosas que necesitara. Su madre, además de sorprendida, se sintió complacida de que, por una vez, se mostrara cooperativa y la ayudara con los quehaceres domésticos. Le hizo una lista de todo lo que necesitaba, le dio varias monedas y un profundo, largo y apasionado beso en la frente.

—No te entretengas mucho, Kury. Ya sabes que me gusta que estemos todos juntos para la comida —le dijo su madre, a sabiendas de que volvería a llegar tarde.

La pequeña le devolvió el beso con un soplido de la mano, se calzó sus grandes y abrigadas botas, se endosó su cálida chaqueta y se dispuso a iniciar otra de sus maravillosas aventuras.

«Allí voy, Snowy Mountain», se dijo jovial y entusiasmada.

La leyenda de esta montaña databa de antiquísimos años. Se decía que, en realidad, este descomunal promontorio no había existido como tal en un principio, sino que se había formado para encerrar en él a un ser monstruoso que aterraba a toda la región.

¿Podía haber un misterio más encantador para la jovencita Kurioshity?

Tardó bastante en llegar a las faldas de la montaña, pero era tal su ansiedad en conocer sus secretos que se le hizo cortísimo el camino. Cuando puso un pie en ella, este se le hundió en la nieve hasta la pantorrilla. Cogió una gran bola con sus manos, se quitó un guante y hundió un dedo en ella. Le encantó su aspecto sedoso y esponjoso. ¡No estaba fría! ¿Cómo era eso posible? Su curiosidad le llevó a probarla. ¡Sabía a nata con un toque de canela! Esto tenía que ser algo mágico. Su empeño se redobló para alcanzar la cumbre. Tenía que descubrir qué había en su interior.

No le costó demasiado llegar a la cúspide. Un camino, que parecía creado especialmente para ella, le iba señalando las zonas más cómodas y menos peligrosas para ascender. Cuando llegó tan arriba que las nubes le dificultaban ver el suelo, encontró la entrada de una gruta. ¿Iba Kury a pensárselo, dudar o tener miedo en acceder a ella? ¡Por supuesto que no!

En cuanto se adentró en la cueva, el sonido del viento exterior mermó y un expectante silencio se hizo su compañero. Increíblemente, las motas de esa extraña nieve se habían colado hasta el interior de la caverna y ¡brillaban! Como pequeñas luciérnagas blancas iban pincelando de luminiscencia el camino hacia lo más profundo de la montaña.

De forma asombrosa, fue descubriendo la abundante vida que habitaba aquella brecha en la tierra. Setas, de todas las formas y colores; flores, de increíbles aspectos y olores; pequeños roedores, que se escabullían en cuando la veían; incluso alguna mariposa, que revoloteaba frente a su cara intentando averiguar quién era la intrusa. La pequeña no estaba asustada, al contrario, sus ojos se maravillaban ante todo lo que encontraba. Le divertía aquel extraño mundo que de alguna forma se había mantenido oculto de todo, y de todos, durante el tiempo, porque nadie se atrevía a acercarse a aquella montaña.

Cuando ya estaba muy adentro de las entrañas de aquella mole, comenzó a escuchar un tenue siseo. Primero, se detuvo recelosa, ¿podría ser una serpiente? Luego, agudizó sus oídos y comprendió que era demasiado intenso y grave para ser emitido por un pequeño reptil. Si era una serpiente tendría que tener un tamaño impresionante. Como todos imaginaréis, no se amedrentó y siguió adelante para averiguar su origen.

El sonido se fue haciendo más potente y estruendoso, hasta hacerse reconocible. ¡No se lo podía creer! Parecían… No… ¿¡Eran ronquidos!?

No tardó en comprobarlo. El camino terminó abruptamente abriéndose a una inmensa caverna, tan grande como la propia montaña. Y en su interior estaba el dueño de los ronquidos: un imponente troll que parecía dormitar plácidamente en su aislado cubículo.

Era gigantesco y parecía muy viejo. Tenía unas inmensas barbas blanquísimas y una melena también cana y muy espesa, aunque dejaba ver una pequeña, lisa y sonrosada tonsura que apenas tapaba una diminuta corona. A Kury no le pareció, en absoluto, el monstruo aterrador y horrendo del que hablaba la leyenda. Al contrario, le resultó adorable.

Dibujo, digital y realista.
Desde la salida de un túnel a una caverna, una niña, de espaldas a nosotros, observa a un gigante.
Solo se ve su cabeza, de aspecto muy viejo, con una gran narizota, grandes barbas y pelo blancos y una pequeña corona.
La oscuridad del túnel y la apertura de la caverna, sirven de marco al posible diálogo de los dos personajes.
Imagen de Willgard Krause en Pixabay.

Se sentó en la cornisa, dejando los pies colgando hacia el interior de la caverna. Se regodeó observando al extraño habitante de la montaña sin decidirse a despertarlo. Si lo sacaba súbitamente de su sopor podría no comportarse de una manera tan dulce a su apariencia.

Así se pasó varios minutos donde escrutó con ojos ávidos cada rincón de la gruta, cada detalle de la insólita indumentaria del troll y cada mohín que este hacía en su apacible sueño que, a veces, le causaba alterados espasmos que a Kury le resultaban tremendamente divertidos.

Cuando se cansó de esperar, parecía que aquel dormilón fuera a prolongar su siesta hasta el final de los tiempos, comenzó a idear la forma de despertarlo sin provocarle ningún sobresalto.

Empezó lanzándole pequeños guijarros que iba recogiendo del suelo, pero estos rebotaban en él sin causarle la menor molestia. Uno incluso le pegó en su oronda, bulbosa y gran nariz, pero se rascó con los dedos de una de sus manazas y siguió en su plácido descanso.

Viendo que no tenía nada más a mano para tirarle y que no encontraba otra forma, se decidió por hablarle. Primero en un tono bajo y dulce:

—¡Viejiiitooo con barbiitaaas… despieeertaaaa!

Luego levantando algo la voz:

—¡Dormilón de la caveeernaaa… espabílaateee!

Para, finalmente, desesperada, elevar indebidamente la voz:

—¡¡¡ABRE LOS OJOS!!!

Su voz no debiera haber sonado más fuerte que el soniquete de uno de los muchos grillos que habitaban esas oquedades, pero Kury no contó con el travieso eco que dormitaba junto al troll. Su grito se fue amplificando y retumbando de pared en pared. Golpeo el suelo y el techo y desde allí le dio una tremenda trompada en las fosas nasales al lirón durmiente.

La niña, temerosa de la reacción del gigante, se cobijó dentro de la cueva y vio como el troll se despertaba sobresaltado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —balbuceó totalmente adormilado y asustado.

Su voz no prorrumpió de forma abrupta y tosca, como cabía esperar, e incluso el eco pareció desentenderse de ella y seguir durmiendo sin afectarla. Tu tono era dulce y afable. Sentía más curiosidad que enfado.

Kury siguió escondida unos instantes hasta que, ante la insistencia del troll interpelando al silencio, decidió asomarse tímidamente y presentarse:

—Soy yo —dijo, modulando y azucarando su voz.

—¿Quién? —repitió el troll.

—¡Yo! —Volvió a repetir la pequeña.

—¿Y quién eres Yo? ¡Muéstrate que te vea! —solicitó un poco impaciente el gigante.

Kury fue dejando la invisibilidad que le otorgaba la oscuridad de su escondite y se mostró, tímida y solícita, haciéndole una reverencia.

— Kurioshity de las tierras fértiles, para servirle a usted y a sus barbas.

El troll mostró primero gran sorpresa y admiración. Luego al ajustar sus ojos y contemplar mejor a la pequeña criatura que se asomaba por la gruta, estalló en unas inmensas y estruendosas carcajadas.

La niña no se sintió ofendida, sino que lo acompañó en sus risas y durante unos segundos parecieron ser dos amigos entrañables que se encontraban después de mucho tiempo.

Cuando el troll consiguió calmarse, se secó las lágrimas, que hacían mucho tiempo que no bañaban su cara, y le preguntó a la pequeña:

—¿Quieres servir a mis barbas?

—Bueno, en realidad era una forma amable de presentarme, pero me encantan esas barbas tan grandes, blancas y brillantes.

—¡Vaya! Muchas gracias. Son casi tan viejas como yo —respondió en tono festivo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocerte —exclamó Kury, sin ningún reparo.

—¿A mí?

—Sí. A ese ser tan monstruoso, horripilante y apestoso que la gente dice vivía aquí —dijo de manera pomposa. Añadiendo sutilmente un guiño que exageró cómicamente, para que el troll pudiese percibirlo bien.

El gigante hizo un mohín y se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pasa con las leyendas, se van desvirtuando y creciendo con la imaginación de la gente. Por desgracia, al ser muy diferente a ellos me han convertido en un monstruo, aunque hace muchísimo años que nadie me visita. En realidad, no creo que viva nadie que me recuerde.

—¿Cómo te llamas?

—Schofengonfeitenweger —dijo, con gran afectación, y su nombre resonó en cada piedra de la caverna con un reverenciado eco.

—Schof… Schofien… Scochofe… —intentó repetir la pequeña con escaso éxito.

El coloso prorrumpió de nuevo en atronadoras carcajadas y la chica rio con él.

—¿Es verdad que te encerraron aquí? —volvió a interrogar la chica sin cejar en sus inquietudes por conocer todos los detalles.

—¿Encerrarme? ¿Quién? ¿Y por qué? Nunca le hice daño a nadie.

—¿Entonces qué haces aquí dentro?

—Esa es una gran pregunta —dijo el barbudo soltando un par de risotadas. Se lo pensó un instante y luego prosiguió.

»Esta es mi casa. Soy un troll de las cavernas. Aquí nací y crecí. Desafortunadamente, no fui consciente de que puedo hacerlo de forma desmesurada si no me controlo, pero como me gusta tanto comer, crecí, crecí y me agrandé de tal forma que ya no puedo salir de aquí.

»Sin embargo, en realidad ese no es ningún problema. Los trolls de las cavernas vivimos siempre ocultos y en las profundidades de estas cuevas, solo salimos por curiosidad o para comprobar que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Aunque en mi caso, tengo a mágicos confidentes que me informan y ponen al corriente de todo.

—¿Trabajar? —exclamó la chica muy sorprendida—. ¿Tú también tienes que trabajar? ¿Qué haces?

—Soy el GUARDÍAN de la naturaleza —dijo de forma solemne—. Me encargo de controlar que cuando los hombres la dañan con sus acciones, esta no responda de forma desproporcionada y cruel. Yo la apaciguo y la llevo de nuevo a la paz y la armonía.

—¿Y cómo haces eso?

—Bueno, hay muchas formas de hacerlo: Cantándole una dulce melodía, contándole algún cuento divertido o, simplemente, hablándole de forma dulce y sosegada. La naturaleza es sabia, paciente y comprensiva y yo soy un maravilloso cuentacuentos, cantante y adulador. Al contrario que los hombres, ella enseguida comprende que no hay nada positivo en la venganza y la ira. Con mi consejo y su buen juicio, la naturaleza vuelve a su cauce y no se producen demasiados cataclismos.

—Pues entonces, me parece que, últimamente, no haces muy bien tu trabajo —le espetó la pequeña con descaro e insolencia.

—Bueeeenoooo —respondió el troll afligido y sonrojado—. Es que a veces me quedo dormido profundamente y me cuesta mucho despertarme. En esos instantes todo puede descontrolarse y desmadrarse.

»Antes tenía una amiga que me despertaba cuando veía que dormía demasiado tiempo, pero tuvo que emigrar para buscar pareja y formar una familia. Así que me quedé solo. Como paso tanto tiempo aquí, sin poder salir y aburrido termino cayendo sin remedio en el confortable sueño.

—Ya veo —musitó Kury dubitativa—. ¿Y no has encontrado quién la sustituya, claro?

—Bueno, ya sabes el por qué nadie se atreve a visitarme.

—Estoy pensando…

—¿El qué? —inquirió el troll impetuoso.

—¡Espera, no seas impaciente! Déjame meditar un momento.

Durante unos instantes, que al vehemente gigante le parecieron eternos, la chica se quedó callada y pensativa, tramando, seguramente, alguna de sus increíbles travesuras. El troll empezó a pensar que se había quedado dormida, cuando ella volvió a reaccionar:

—Se me está ocurriendo… Según dices, cuando la tierra se enfada con nosotros responde con tormentas, terremotos, inundaciones, todas esas cosas que nos amenazan y hacer peligrar nuestras vidas. ¿Verdad?

—Exactamente.

—Y tú eres el encargado de calmarla, pero no puedes hacerlo si te quedas dormido.

—Lo has entendido perfectamente.

—Además, sabes cantar y contar maravillosos cuentos y… a mí me encantan las dos cosas.

—¡Mira qué bien!

—¡Ya está!

—¿Quién? ¿El qué? ¿Dónde?

—Yo seré tu despertadora.

—¿¡Cómo!?

—Sí, cuando vea que la tierra se pone traviesa vendré corriendo y comprobaré que estás despierto o, en caso contrario, si has caído como un tronco, te despertaré. A cambio, podré disfrutar de esos momentos que tanto dices que le gustan a la madre naturaleza.

—¿Harías eso?

—¡Claro que sí!

—Entonces… ¿Serás mi nueva amiga? ¿Vendrás también, de vez en cuando, para hacerme compañía y contarme historias?

—A su servicio, señor shofengo… Scochafle… Señor barbitas.

Y ambos volvieron a reír cómplices y amigos.

De esta forma, Kury encontró por fin a alguien con quién nunca se aburría, que siempre la colmaba de nuevas historias y que la hacía disfrutar de maravillosas canciones. Además, durante el tiempo que se encargó del perezoso troll, la naturaleza se mostró agradecida y no se ensañó con los descuidados y maleducados hombres que la maltrataban. Su amistad y compañía fue pasando de generación en generación y el monstruo de la Montaña Nevada nunca más se sintió solo y abandonado. Aunque la leyenda siguió mostrándolo horrible y grotesco. De esa forma, se evitaba que la montaña se convirtiera en un centro turístico y así se respetaba el hogar del GUARDIÁN de la naturaleza.

Relato propuesto para el Desafío Literario BLA BLA BLA, del blog FantEpika, de Jessica Galera (@Jess_YK82):
Crea una historia con diálogo para la imagen y usa el Elemento Oculto
(Elegido el Nº.3): El Guardián

PD. Imagen de la cabecera de Kinkate en Pixabay

UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
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Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.

Ensoñación Innata

Abro los ojos, pero no soy capaz de vislumbrar nada. Por mucho que lo intento, la tenebrosa oscuridad me convierte en un ciego involuntario. ¡No, no puede ser! Me rebelo y me obligo a rechazar esta angustiosa sensación. Agudizo los sentidos para intentar captar algo que me haga salir de esta engañosa alucinación. ¡Quiero captar al menos un sonido! Sin embargo, el silencio se empeña en magnificar mi soledad y acrecentar mi miedo. Intento moverme y mis brazos y piernas se niegan a obedecerme. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Será el tránsito hacia la muerte?

Encierro mi ansiedad y me afano en acompasar mi respiración para no empezar a gritar. Tengo que racionalizar mis sentidos. No puedo dejar que me dominen y que, aunque simulen ausencia, gobiernen cada nervio de mi cuerpo.

Cuanto hasta diez… Dejo un par de segundos tras cada inspiración, profunda e intensa… Aguanto el aire en mis pulmones y dejo que la serenidad inunde cada una de mis células… Exhalo muy despacio, controlando cada gota de aire que abandona mi cuerpo… Lo repito varias veces hasta que noto como me relajo y vuelvo a asumir el control de mi organismo.

Pruebo de nuevo, pero no comienzo esta vez por la vista, sino por los oídos. Me concentro en captar el más mínimo murmullo, susurro, chasquido, crujido… ¡Noto algo! Parece un ligero roce. Cuando soy capaz de concentrar toda mi atención en él lo reconozco: es el viento. Es un brisa tan tenue que no me extraña que antes no la haya percibido. Me dejo abrazar y logro sentir cómo me acaricia la piel. Me produce un pequeño escalofrío que se convierte en alborozo. ¡Estoy vivo!

Con más sosiego, me invito a abrir los ojos sin que me invada el pánico. La vista se me aclara y comienzo a percibir mi entorno, aunque la luz sigue siendo débil y etérea. El amarillo, el verde, el marrón, parpadean ante mí, bosquejándome siluetas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La fragancia, limpia y natural, hacen despertar también mi olfato. No tengo dudas, estoy en un bosque. Ya puedo distinguir los árboles que me rodean. También pequeños arbustos que se florean de preciosos y coloridos brotes, alimentando abejas con sus elixires. Las esencias inundan mi boca, degustando sabores a flores, hierba, hongos, tierra húmeda, savia…

Con un esquizofrénico baile, las mariposas cobran vida ante mis sorprendidos ojos y me regalan una bienvenida coreografiada en el aire. Cuando intento acariciar una, noto que mis extremidades siguen sin querer moverse, permanecen entumecidas. Noto las piernas, pero parecen exánimes masas, encalladas y petrificadas. Sin embargo, me encuentro erguido. Soy incapaz de alcanzar con mis ojos los pies, pero puedo comprobar que me sustentan sin problemas.

Cuando, con empeño, consigo visualizar parte de mis brazos, la alarma y la ansiedad comienzan a adueñarse de nuevo de mi ser. Mi piel es rugosa, dura y de aspecto viejo y pétreo. De color pardo con tonalidades verduzcas. Se prolongan hacia el cielo, pero no terminan en manos sino en… ¡¡¡Hojas!!!

Con violenta erupción, el miedo se convierte en terror y un mudo grito muere en mi garganta mientras una terrible pregunta me explota en la mente:

«¿Soy un árbol que soñó ser una persona,
o soy una persona que está soñando ser un árbol?»

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia relacionada con los Sueños.

La Trastienda del Dragón

Un día como otro cualquiera. Un lunes maldito como cada semana. Mal dormir y peor despertar. Deambulo por las calles sin prestar atención a quién conmigo se cruza, tropezándome con mi destino, pero sin pararme a discutirle. Como casi siempre, termino dentro del bazar chino. Es uno de mis extraños hobbies, encontrar cosas de apariencia inútil o funcionalidad desconocida.

El anciano, de aspecto asiático, que se encuentra tras el mostrador, me saluda y muestra su radiante y perfecta sonrisa. Ya conoce mis debilidades y sabe que, con seguridad, algo atraerá mi atención y saldré con ello en la mano dispuesto a acribillarlo a preguntas. Son demasiadas las veces que nos hemos trabado en esas discusiones. Él ve usos que yo no advierto y yo le discuto que en realidad podría servir para otra cosa. De esta forma, hemos hecho amistad. Aunque, es difícil no hacerse amigo de él. Es tanta su bondad, su paciencia y su sabiduría que enseguida te colma con la sensación de que lo conoces de toda la vida.

Se llama Jun’ichi, pero, sabiendo que todos pronunciarían mal su nombre, él mismo se rebautizó y lo castellanizó. Pero, no se puso Juan, sabía que el diminutivo lo haría más cercano, más simpático, social y familiar. Gracias a mi malsana curiosidad y sabiendo que casi todos los nombres de su país encierran un significado bello y poético, atendió a mis ruegos y me confesó que “Jun” quiere decir Hombre obediente, respetuoso y de buen hacer. La verdad es que su nombre no podría describirlo mejor.

No es solo su nombre el que oculta verdades y misterios. Aunque todo el mundo conoce su tienda como “El Bazar Chino”, él nació en Osaka. Pero ante mi sorpresa, también me confesó:

—¿Te imaginas a un japonés regentando el chino del barrio? Escuchar a la gente decir “Voy a comprar al japonés”. Nanai de la China. Hay que seguir la tradición de los bazares y darle de comer a la mujer y los siete chinitos.

¡Será mentiroso. Si está más soltero que el capitán América!

Mientras me entretengo entre el batiburrillo de artículos de las estanterías, él atiende a sus clientes con el más riguroso y tópico servicio oriental. Le escucho hablar con las clientas marcando frenéticamente su falso acento: «Buenos días, ¿podel yo ayudal? … ¿Una fiamblela sin fondo? … ¿Una cafetela pala no hacel café? … ¿Un alicate que no apliete? … Todo bueno, bonito y balato, pasal al fondo y milal.

No puedo dejar de sonreír por su maravillosa actuación. Es digno de estar nominado a los Óscar. En realidad habla el castellano mejor que yo y, de hecho, hasta es capaz de sacar acento andaluz cuando se siente cómodo y confiado.

Otra de sus muchas cualidades es su adaptabilidad. No solo ha aprendido perfectamente el idioma, también ha abierto su paladar para degustar nuestra rica gastronomía y, por eso, muchas veces nos embarcamos en rutas de tapeo para que vaya descubriendo toda nuestra maravillosa gastronomía.

Después de aburrirme trasteando, y no encontrar nada que atraiga mi atención, me dirijo cansado y taciturno hacia el mostrador. Él me mira y tuerce el gesto. Ya he dicho que lo inunda la sabiduría. Con solo un simple vistazo  ha sido capaz de darse cuenta de mi frustración.

—Hoy no has encontrado nada que te haga rabiar —me dice alargando exageradamente la «r». Sabedor de que eso me hace sonreír—. ¡Eso es imposible!

—¿Tan imposible como que sepas pronunciar tan bien las erres? —le respondo sarcásticamente.

—¿Qué sería de un vendedor chino sin sus ellles? —me responde soltando una risita sibilina.

—Eres un cuentista de tomo y lomo.

—Es el fino y difícil arte de la venta, muchacho.

—Algún día se te va a escapar una erre y le va a dar un soponcio a una de tus clientas.

—Y aquí estará el tío para socorrerla —dice divertido, mostrando su cara más socarrona.

Calla un par de segundos, me vuelve a mirar, con esos ojos que interrogan sin palabras, y se decide a sonsacarme de mi melancolía.

—¿Qué te pasa? Llevas una cara ideal para alquilar en un velatorio.

—Aburrimiento de la misma vida, Juanito.

— A ti lo que te hace falta es encontrar tu Ikigai  —me dice, como el que me que recomienda una  crema para las manos o cambiar de almohada.

—¿Ya vas a empezar a soltarme pensamientos budistas?

—No es budismo, copón, es una reflexión japonesa y significa encontrar la razón para la vida. Necesitas abrir los ojos y descubrirla. Darle sentido a cada día al levantarte.

—Vaya, ¿y dónde está el manual que me ayude a encontrarlo eso?

—No hay manuales para eso, amigo. La búsqueda es solo interior. Tienes que mirar hacia dentro y descubrirte a ti mismo.

—Uff, Confucio. Entonces la llevamos clara. Mi interior está más oscuro que la covacha de un oso invernal.

—Vaya, hoy tienes un día de algarabía y optimismo desaforado. Vamos a hacer una cosa —mira alternativamente a los monitores que le muestran los pasillos vacíos—. Es casi la hora de almorzar y ahora no hay ningún cliente. Voy a cerrar y a enseñarte algo.

Ya dije que se había adaptado muy bien a nuestras costumbres. Debe ser el único bazar “chino” del mundo que cierra para almorzar y echar una buena siesta.

—Anda, ¿me vas a invitar a unas cañas?

—No, hoy nada de ruta del tapeo. En realidad te voy a enseñar algo que tengo aquí dentro —me dice señalando con la cabeza al fondo de su establecimiento.

—Uy, ¡qué mal suena eso! Pensaba que con la búsqueda en el interior te referías a otra cosa. ¿Ya te has decidido a mostrarme tus perversiones más íntimas? —le suelto con expresión burlona.

—¡Qué animal eres algunas veces!

—¿Algunas, solo?

—Voy a enseñarte algo que no ha visto nadie y que solo guardo para gente muy especial.

—¿Sabes que lo estás poniendo todavía mejor, verdad? Ahora sí que me estoy giñando de verdad.

—Escucha, zoquete. Yo no tengo una mente tan calenturienta como tú. Yo no pienso continuamente en obscenidades como tu desquiciada cabeza.

—¡Venga ya, Juanito! Que he visto las miradas que les echas a algunas de tus clientas.

—A ver, una cosa es admirar y contemplar la belleza que pasea por delante de mis ojos y otra tener ideas obscenas como un mono salvaje.

—¡Claro, claro! Ahora resulta que eres más santo y casto que el monaguillo de Buda.

Mientras sale de detrás del mostrador, mueve la cabeza dándome por perdido. Se dirige a la puerta y la cierra tras poner el letrero de CERRADO. Debe ser el único bazar chino que tenga uno. Luego, me hace una seña para que lo siga y me lleva hasta el fondo de su almacén.

Pasamos de la zona de útiles escolares a la de artículos del hogar y de allí a la de los misterios por resolver. Desde una de las estanterías, una lechuza a tamaño natural me mira inquisitiva. Me hubiera llevado un susto de órdago si no supiera que es un artilugio electrónico, pero tan real que dan ganas de darle de comer un poco de alpiste. Ni me acerco a ella. Sé la historia que hay tras sus tiernos, pero maléficos ojos, y se me pone la carne de gallina. Pero esa es otra historia que contaré algún otro día.

Cuando parecía que íbamos a traspasar la frontera de la provincia, llegamos a la zona de moda y disfraces. Se acerca a un apartado rodeado de cortinas, que hace las funciones de probador, y me indica que entre.

—¿Quieres que me meta en el probador contigo? Hasta aquí hemos llegado, satirón —le digo levantando ostensiblemente los brazos y haciéndome el enfadado y dolido.

—¡¡Por los cuatro brazos de Shiva!! —se hace el desesperado y me muestra el inmenso espejo que está situado al fondo del probador.

No sé si es real o una simple imitación, pero es impresionante. La superficie reflectante está enmarcada en una serie de dibujos y relieves con motivos chinos, o japoneses. Distintos animales, de lo más extraño y mitológico, se distribuyen por el marco dándole un aspecto entre exótico y tenebroso. Dos inmensos Dragones, parecen custodiar el espejo, uno a cada lado.

—Lo siento, Juanito, pero no pienso mirarme en el espejo. Ya sé lo guapo que me he levantado hoy.

Tuerce el gesto, desesperado, y suelta un hondo suspiro. Después de reprenderme con la mirada y poner cara interesante, se acerca al dragón que está a la derecha del marco y aprieta uno de sus ojos. Cuando este se hunde, casi por arte de magia, desaparece el cristal y en su lugar surge un umbral tenebroso, tenuemente iluminado por la luz que entra desde el probador. Solo unos escalones se atreven a insinuar un camino.

Juanito me mira y sonríe, disfrutando al ver como mi boca me llega al ombligo.

—¿Qué? —me suelta y, sin esperar otra burlona respuesta mía, enciende la linterna de su móvil e ilumina las tinieblas—. ¡Bienvenido a mi mundo interior!

No espera a que me decida a acompañarlo, entra solícito y decidido, y con solo la luz del teléfono comienza a descender los escalones. Me decido y entro. Me pego rápidamente a él para poder divisar dónde piso y no resbalar y caer rodando.

—¿No te llegó el presupuesto para instalar electricidad aquí?

—Joder, tío. Le quitas todo el encanto al misterio y la aventura.

—Aventura la que me voy a pegar yo como resbale y me parta la crisma.

—La cabeza es la que no te vas a partir, de lo dura que la tienes.

Seguimos bajando el corto tramo de escaleras, sin dejar de lanzarnos irónicos e indolentes piropos. Parecemos hermanos.

Llegamos al final y, sin darme tiempo a controlar mi naturaleza cagona, Juanito apaga la linterna y nos quedamos totalmente a oscuras. Las tinieblas son tan intensas que no me veo ni las manos. Cuando estoy a punto de empezar a gritar y pedir auxilio, el graciosete nipón presiona un interruptor, que solo él sabe dónde está, y la habitación se ilumina mostrando un espectáculo digno de una escena de Indiana Jones.

—¡Este es mi Sanctasanctórum! —exclama, abriendo mucho los brazos. Como el maestro de ceremonias de un circo.

 Yo no puedo responderle. Mi boca ha alcanzado esta vez el suelo. La habitación está atestada de tiestos, pero a diferencia de los mostrados arriba, estos parecen formar parte de un tesoro arqueológico.

Antes de que le pregunte, lo adivina y me responde:

—No. Estos efectos no están en venta. Forman parte de la herencia de mi familia. Son mi legado, el sentido de mi existencia. Formo parte de una extensa y añeja estirpe.

Hay estatuas, cofres, cuadros, vasijas, cristalería, lámparas… Algunos brillan, pareciendo que estén hechos de materiales preciosos, pero otros son simplemente antiguos, muy muy antiguos. Están dispuestos sin orden aparente y siento pánico de rozar alguno y que se rompa al caerse. Me muevo al ritmo cobarde de un camaleón mientras él, conocedor de cada espacio libre disponible, anda con soltura, saltando de un objeto a otro. Me los va enseñando y explicando algunos de sus misterios.

—¿Ves como la luz reverbera entre cada hoja de este farol? —me aclara, mientras me enseña una lamparita, bella en su sencillez, pero compleja en su diseño—. Representa el komorebi, la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles.

Sin dejarme reposar en su espléndida belleza, nos dirigimos hacia un globo de papel que flota con alguna misteriosa artimaña.

—Esta esfera transmite el ukiyo, el mundo flotante. Nos enseña lo liviana que es nuestra vida y lo ilusa de nuestra preocupación por las cosas efímeras e inestables.

Sigue exultante, mostrándome sus tesoros. Pero, cuando pasamos por delante de un cuadro, este capta toda mi atención. Una bella mujer, ataviada con un amplísimo quimono azul, juguetea con un dragón en lo que parece la orilla del mar.

—Esta es mi bisabuela materna, se llamaba Masumi. Que quiere decir “de gran belleza” y “verdadera pureza”.

Me quedo embelesado, porque en verdad, su atractivo es radiante y cautivador.

Montaje formado por un marco antiguo y una fotografía.
El marco es grueso, dorado y con motivos de conchas o abanicos, ocho en total. Uno en cada esquina y otro en el centro de cada arista.
La fotografía es un dibujo digital que muestra a una chica asiática, vestida de azul claro y vaporoso, junto a un dragón rosa. Parecen estar en la orilla de una playa entre rocas y la espuma marina.
Al fondo se divisa el mar y una especie de isla borrosa.
Una imagen muy fantástica.
Montaje realizado a partir de la Imagen de syaifulptak57 en pixabay.

Cuando le voy a preguntar si el dragón también es pariente suyo, la chica del cuadro gira la cabeza, me encara y me mira fijamente a los ojos. Su enigmático rostro se introduce en mi mente sin permiso ni perdón. La sangre se me congela en las venas y estoy a punto de boquear de asfixia.

—Vamos, ven. Quiero enseñarte esto —me llama mi amigo desde otro rincón, sacándome de mi ensueño. Intento convencerme de que solo ha sido una alucinación. Sacudo mi cabeza y salgo raudo en busca de su voz.

Cuando le doy alcance, lo veo sentado en un butacón antiquísimo, rodeado de tanta belleza, que me siento como Stendhal en su primera visita a Florencia.

—Pero esto es un tesoro inmenso. ¡Eres un asqueroso multimillonario nipón! —le espeto, intentando ser exageradamente desagradable.

—¡Qué va! Todas estas cosas tienen un valor incalculable, pero solo sentimental. Si las intentara vender perdería dinero.

—¿Estás seguro?

—No, pero me da igual. No te he traído aquí para deslumbrarte con mis enseres. En realidad, solo quería enseñarte esto.

En sus manos tiene una caja de madera. Tan sencilla y natural que parece desentonar con todo lo que hay en aquella estancia. La miro, mostrando mi ignorancia y desconcierto. No sé qué quiere que haga.

—¡Cógela!

—¡Tengo miedo!

—¡Tómala, no seas cagón! —Sin darme tiempo a reaccionar me la pone en las manos y la cojo con la misma delicadeza y pánico, que si fuera un huevo del extinto Dodo.

—¿¡Qué hago!? —le pregunto histérico perdido.

—Siéntate aquí —me dice, cediéndome el asiento—. Esta caja te ayudará a descubrir tu ikigai —añade sin más, iniciando una traicionera escapada.

—¿No pretenderás dejarme aquí solo, verdad?

—Solo serán unos minutos. Yo tengo que comprobar una cosa y tú necesitas abrir la caja solo.

—Pero, ¿por qué? ¿Qué necesidad hay? ¡Vámonos mejor de cerveceo!

—Confía en mí. Gracias a esa caja mi vida cambió y decidí venir aquí.

—¿Y pretendes que yo vaya al Japón a montar un bazar español?

—Cada uno tiene su destino y la caja solo te ayudará a abrir tus chakras.

—¡Yo no quiero que me abra nada! Estoy muy a gusto con los agüeros que ya tengo —exclamo mirando la caja con más miedo que el mayordomo del joker.

El muy cabrito no me da opción, cuando levanto la vista estoy solo. También es ninja por lo visto, porque no me he dado cuenta ni por dónde se ha ido y el miedo me impide levantarme del sillón.

La caja empieza a hacerse muy pesada y parece que vibra. La miro fijamente y noto que me apremia a abrirla. Razono. ¿Qué puede haber dentro que sea peligroso? ¿Una piraña del Amazonas? ¿Un trozo de Uranio procedente de Chernóbil? ¿La calavera de una momia Sokushinbutsu? En realidad la caja es demasiado pequeña para contener cualquiera de esas cosas, pero mi cachonda imaginación se magnificaba con las dosis de pánico.

Cuento hasta tres y, al llegar a doce, la abro. Un impresionante fogonazo inunda toda la instancia y me deja ciego. ¡Eah, otro regalito para mi apasionado optimismo! Al menos me darán trabajo en la ONCE.

Cuando consigo abrir los ojos de nuevo y atisbo a mi alrededor,  sin miedo a que mis córneas se solidifiquen como huevos fritos, comprendo que he sido transportado en el espacio o el tiempo. O las dos cosas. Estoy en un impresionante parque, lleno de cerezos en flor.

—¡Bienvenido al Hanagasumi! —me sobresalta Masumi, la que dice Juanito que fue su bisabuela —. Bienvenido a esta nube de flores —aclara.

Miro a mi alrededor y, efectivamente, parece un paraje idílico lleno de nubes y flores, que flotan en el aire como alegres hadas danzando. ¿Me habré muerto por culpa de la explosión de la cajita y estaré en el paraíso nipón?

La miro y, su belleza es tan pura, dulce y suntuosa, que me quedo embobado contemplándola sin pudor. Ella sonríe y me invita a pasear a su lado.

—Si Jun’ichi te ha invitado a nuestra morada, es porque te tiene en muy buena estima —tras unos segundos de reconocimiento del verdadero nombre de Juanito, asiento totalmente encandilado—. También sabrá de tu necesidad de ayuda.

Mientras habla, las flores revolotean a su alrededor conformando una escena idílica y onírica que, junto a su delicada belleza, me mantienen en un trance confortable y sosegado. Sus palabras son como un mantra que va abriendo mis sentidos, colmándolos de una calma como hacía mucho tiempo que no sentía. Ella sigue hablando y yo me voy empapando de sus palabras.

—…Nosotros hemos llegado a comprender que la vida es Mikkaminumanosakura —antes de que mi cara le muestre mi ignorancia, se apresura a explicarlo—, que significa que el cambio ocurre de forma rápida e intensa, tal como las flores de cerezo que van del punto álgido de su floración a dispersarse en un lapso de tiempo muy corto —acompañándola en un movimiento coreográfico, las flores volátiles se estampan contra el suelo y vuelven a flotar de nuevo—. Mientras estás pensando en lo duro que es tu día, este transcurre y se convierte en el mañana…

Ella me sigue hablando, pero entre mi habitual ligereza de atención y el ensueño en el que me encuentro, solo atisbo frases sueltas.

—…La vida es demasiado corta para estancarnos en los problemas livianos…

Llegamos a lo que parece el final de un camino y el entorno parece tornarse borroso. Poco a poco las nubes se van disipando y las flores van desapareciendo. La imagen de Masumi también se va difuminando y antes de que todo desaparezca consigo escuchar un último consejo:

—Aprende a disfrutar del momento, el mañana siempre está por llegar. Recuerda el Mikkaminumanosakura…

De nuevo una explosión de luz me ciega por unos instantes. Cuando consigo volver a ver con nitidez, compruebo que he regresado al viejo sillón y sigo dentro de la misma habitación, rodeado de los variados y exuberantes enseres de mi amigo. Frente a mí, está Juanito. Su espléndida sonrisa no le cabe en su pequeña cara.

—¿Qué? —me lanza, como el que pregunta si me ha sentado bien el copazo.

—¿Qué de qué? —le respondo yo, más por mi entontamiento que por saber lo que me está preguntando.

—¿Cómo ha sido tu experiencia mística?

—¿Mística? Me has dado un cobazo del treinta y dos. Esta caja contenía unos polvitos alucinógenos que me han metido un colocón de impresión —le dijo a la defensiva.

—Bueno, si eso es lo que crees. Pero, ¿te sientes mejor?

La verdad es que sí. Me siento como si me hubiera quitado de encima una enorme carga. Iniciamos el camino de regreso, entre todas las antigüedades, y me siento más ligero y despreocupado. En lugar de sortear enseres de tanto valor, creo estar paseando por un campo… por ese campo. No sé si lo que he vivido ha sido un sueño, una fantasía o el efecto alucinógeno de lo que contenía la caja. Solo sé que me siento cambiado. Me siento alegre y dispuesto a comerme el mundo. Y unas tapitas a las que voy a invitar a Juanito en cuanto consigamos salir de esta cueva.

En mi cabeza más racional, todo esto no ha podido ser real, pero cuando pasamos por delante del cuadro de Masumi, creo ver como ella me lanza un guiño. A mí o a su biznieto. De todas formas, sus palabras se han quedado incrustadas en mis sentidos. Y la expresión que me ha enseñado y que tan difícil me es de pronunciar sustituirá a partir de ahora a la célebre Carpe Diem. Cada vez que me levante gritaré, o lo intentaré:

¡¡¡Mikkaminumanosakura!!!



NOTA.- Este cuento está escrito con el mayor de mis respectos, admiración y cariño hacia la cultura japonesa. Si algún japonés, o conocedor de esta maravillosa cultura, se aventura a leerme y encuentra imprecisiones, equívocos, errores… me encantará que me lo haga saber y me ayude a comprenderlo mejor y corregirlo. 😊



Este relato es apto como propuesta para el VadeReto de este mes, así como, por casualidades del travieso destino, para el reto Syn-Opsis de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
En ambos casos, el tema del reto es la cultura japonesa, en la Syn-Opsis con la imagen como inspiración.

Tras la Máscara

Montaje a partir de la Imagen de Willgard Krause en pixabay.

Siempre iba con una máscara cubriendo su aparente fealdad. Nadie había conseguido atisbar sus facciones. Se sentía encarcelado más allá del instrumento que le ocultaba su identidad. Nunca se miró en un espejo, ni siquiera en la superficie de las cristalinas aguas del lago. Era su maldición desde que tenía razón de existencia y lo llevaba con amargura, pero con determinación. Cada cual debía aceptar su destino.

Un día al pasar por la plaza mayor, no se percató y se vio entrometido en una pelea. No participó en ella, pero un mal golpe dirigido a la persona equivocada le rompió la máscara y quedó expuesto a todos. Al verle, salieron corriendo horrorizados. Se sintió la persona más miserable y repugnante del mundo.

Intentó regresar al refugio de su casa. Escondiéndose entre callejones y esquinas. Evitando encararse con nadie. Huyendo de los reflejos como del fuego. Sin embargo, al intentar esquivar a un grupo de viandantes, terminó enfrentado a un escaparate.

Lo que vio no le asustó. No le causó vergüenza. No le pareció siguiera desagradable. Sus facciones eran bellas y proporcionadas. Dulces y hermosas. Sus ojos reflejaban vida y su boca una sonrisa que iluminaba todo su entorno.

En ese momento descubrió que no lo habían enmascarado porque fuera horrible, sino para que no avergonzara con su belleza la fealdad de los demás.

Este minirelato es mi aportación para el reto de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
El correspondiente al Desafío Literario de Enero 2021: «Syn Opsis«.

El TERROR que se Adentra en el Bosque

Fotomontaje hecho con la falsa portada del libro.
En la imagen de la portada se ve a una niña y un niño (ella algo mayor que él) cogidos de la mano.
De espaldas a nosotros, contemplan una especie de casa- cripta, en un bosque oscuro y tenebroso.
Ella porta un violín y él una trompeta.
Todo queda tenuemente iluminado por una farola que está entre la casa y los niños.

Después de leer Hansel y Gretel, Caperucita Roja, Peter Pan, Aladino y otros doscientos cuentos inofensivos, como castigo y en lectura frenética, los hermanos Maja y Rones, haciendo honor a sus nombres, deciden adentrarse en el bosque Mash Ten Hebroso.

Pertrechados con sus armas más terroríficas, un violín y una trompeta (que se lo pregunten a sus vecinos), están decididos a encontrar a la bruja Koxaphea Konpelhos.

Desean ver cumplido su más ansiado sueño. Emigrar a un mundo fantástico-musical, porque aquí ya no hay quién los sopor… entienda.

La bruja es la llave de los doce mundos más uno. Un poco oxidada, pero todavía funcional.

El planeta Runforiulaif les espera, cándidamente acogedor, sin temerse la venida de su peor pesadilla.

¿Podrán convencer a la bruja antes de que esta huya y se recluya en un monasterio budista?

¿Podrán entrar al nuevo mundo sin que este se destruya de puro terror?

¿Será escrita alguna vez esta historia?

Pronto en las pantallas de sus móviles, tablets e incluso en Neshflin.

(Quién dice pronto, dice cuando termine la pandemia y podamos pasear sin mascarillas 🙄)

PD. La portada ha sido creada a partir de la imagen de Angeline01 en pixabay.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Noviembre: «Syn Opsis«
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Creadle un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

Solo Puede Quedar Uno

Composición creada con Photoshop donde se ven los retratos de los cuatro personajes protagonistas de la historia.
La composición los presenta en cuatro óvalos sobre fondo negro y todo salpicado de gotas de sangre.
Junto a cada retrato aparece su nombre.
Omito la descripción de cada uno, dado que se hace en el mismo relato.
Créditos de las imágenes:
Sandrina: Pexels en Pixabay
Darío Muratkalenderoglu en Pixabay
Imagen de Mystic Art Design en Pixabay
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Desierto del Cacajari. Un viejo y desastrado motel muere a los pies de una carretera polvorienta. Sus paredes exudan el tiempo y se mantienen erguidas por la rutina. El sol se torna compasivo dando un pequeño descanso del pegajoso y asfixiante bochorno. Cuatro viajeros se guarecen dentro del bar. Cada uno sentado a una mesa. Solos. Aislados en cada esquina del comedor. La barra aparece vacía y la cocina está ya apagada. Nadie atiende al servicio. Quizás estén en el piso superior, donde están los dormitorios o, tal vez, hayan decidido abandonar el café a su suerte. El silencio molesta los oídos. Nadie hace ruido, ni siquiera al comer o beber. No se miran, pero se presienten. El mismo aire es una cortina de angustia e inquietud. El ambiente es espeso e irritante. ¿Qué es lo que genera esa tensión?

Al fondo, casi escondida por la barra, está Sandrina. Piel y pelo morenos. Joven, sensual y de mirada cándida. Tiene delante de ella un plato lleno de patatas fritas y una hamburguesa doble. Intactos. Se le nota hambrienta, sin embargo, solo ha tocado su Coca-Cola light. A través de una pajita va dando sorbitos pequeños y lentos. Mira a los demás de soslayo. Aparenta gran serenidad, pero su interior es un volcán presto a su erupción.

Frente a ella, justo en el ángulo recto con los demás comensales, está Darío. También joven y atractivo. Aunque ligeramente más maduro. Barba y cejas muy marcadas. Indumentaria ligera y cómoda. Lo que más llama su atención es su mirada. Ojos penetrantes y zafíos. Los mantiene bajos, sobre el plato que tiene delante, totalmente vacío. Sabedor de que nadie podría aguantarle la mirada durante mucho tiempo, se concentra en el móvil. De vez en cuando, mira distraídamente por la ventana que tiene a su izquierda. Su calma es totalmente efectista. Sus piernas se mueven espasmódicas y su dedo pulgar cambia constantemente el contenido de la pantalla.

En la esquina contraria se sienta Sophie. La más joven de los cuatro. Pelirroja de media melena, con gesto inocente y sosegado. Se come de forma pausada un ponty de pollo, parapetado entre patatas fritas. Paladea cada una de ellas cogiéndola con los dedos, pero no hace ruidos al masticar. Las absorbe con deleite. Junto a ella, en la silla situada a su izquierda, una guitarra sin funda descansa de pie. Observando toda la sala y a sus ocupantes. Expectante. Le gustaría ser protagonista de la escena, pero se mantiene muda.

En la última mesa, en el vértice de un cuadrado perfecto, equidistante de los demás, se halla Shinná. Está sentado dando totalmente la espalda al resto. Oriental y de avanzada edad. Pelos, bigotes y barba muy largos, níveos y desmarañados. Sus ojos muestran cansancio y debilidad. En su mesa solo hay dos botellas de whisky, una vacía y la otra medio llena, y un vaso del que da, de vez en cuando, pequeños buches. Su indumentaria dista bastante de estar limpia y su aspecto denota descuido y olvido. Casi encorvado, se inclina de forma imposible sobre el vaso, intentando atisbar en el reflejo ambarino de su interior su propia imagen esquiva. De vez en cuando, cierra los ojos. Parece que no los volverá a abrir y caerá en un profundo y alcohólico sueño, pero se aviva y da otro pequeño sorbo.

El sol está a punto de esconderse por el horizonte, como si previese el estallido de la tensión. Las pequeñas lámparas, que adornan el techo del comedor, se empiezan a calentar tenuemente. Los cuatro levantan muy lentamente sus rostros, escrutando a los otros tres. Parece una coreografía infinitamente ensayada. Sus movimientos son síncronos, pero secos y graves.

Darío ha dejado el móvil sobre la mesa y un ligero temblor se ha adueñado de su cuerpo. Coloca las dos manos sobre la superficie e intentan controlar su respiración. Sandrina empieza a olfatear el entorno. Ya no disimula su hambre y empieza a babear ligeramente. Sus dientes, blanquísimos, están cambiando. Sophie permanece inalterable. Sigue comiendo, sin percatarse de los cambios en el ambiente. Shinná por su parte, se ha incorporado, todo lo que su cuerpo extenuado y senil le permite. Se ha girado levemente, encarando a sus compañeros de cena. Su cara muestra una risa perturbada, producto de su mente ebria y fatigada. Sus ojos apenas se mantienen abiertos y aparentan doblegarse para dar con su semblante en el suelo.

Todo ocurre a cámara lenta. El oriental simula dar una cabezada y, en un movimiento incomprensiblemente ágil, se incorpora y con la mano derecha agarra la botella de whisky vacía y la lanza contra Sandrina, que se ha levantado a su vez, aún más veloz, para abalanzarse contra Sophie. Su cara se ha transformado en una bestia, mostrando sus inmensos colmillos y con los ojos llameantes y ensangrentados. De un manotazo hace pedazos la botella y ríe desvergonzada. Cuándo gira su cabeza, para centrarse en Sophie, ve cómo esta ha cogido su guitarra y apuntándole con el mástil, hace sonar una sola de sus cuerdas. Cómo respuesta a la vibrante pulsación, salen del clavijero tres saetas de nogal que impactan sin piedad en el corazón de la vampira.

A Sandrina no le da tiempo ni a mostrar sorpresa. Explosiona convirtiéndose en una nube de carne y sangre. Revienta, literalmente, en el aire. Atravesando la cortina de partículas, se deja ver Darío. Ya no es humano se ha convertido en una grosera y horrenda fiera. El pelo negro, craso y burdo atesta todo su cuerpo. La ropa yace rota en el suelo, imposible de cubrir el ensanche de sus músculos.

Sophie ya está en pie. Agarrando la guitarra por el mástil y enarbolándola a modo de garrote. A Darío solo le da tiempo a dar dos pasos hacia ella. Golpeándolo con la caja le hace reventar la cabeza, llenando todas las mesas adyacentes de trozos de cerebro, piel, dientes, pelos y sangre. La guitarra ni se inmuta. Su cuerpo está hecho de carbino, indeformable e indestructible. Sophie desmonta el mástil de la guitarra y, convertido en una catana de afilada hoja, corta a la bestia de arriba abajo. Su cuerpo, formando ahora una y griega, cae fulminado, como un pesado fardo, esparciendo todavía más sangre.

Totalmente roja, cubierta de las vísceras de lo que fue Darío, Sophie se encara con Shinná. Ambos están de pie, frente a frente. El chino tiene las manos separadas, con las palmas enfrentadas. Entre ellas, un rayo de colores fosforescentes se entrecruza formando una madeja de luces. Ambos se miran, pero no se mueven. La escena parece congelada. Los ojos hablan y las bocas callan.

Shinná no está allí por casualidad. Es un asesino a sueldo que ha cobrado una cantidad obscena por acabar con Sophie, la cazadora de monstruos. En una aberrante asociación, licántropos, vampiros, espectros, ogros, quimeras, incluso leprechauns, se han unido para contratar al assassin y acabar con la temible y afamada asesina de criaturas fantásticas. De forma lenta, pero obstinada, está diezmando las filas de toda la comunidad de engendros.

Sophie no cobra. Trabaja por puro placer. Desde niña fue educada, entrenada y formada para matar alimañas. Con dieciséis años se quedó huérfana en una escaramuza familiar. Desde entonces trabaja sola y disfruta matando bestias. Ahora se ha cobrado dos piezas más, pero tiene ante sí a otro asesino. Este es aún más despiadado que ella, porque es un cazador de cazadores.

Cuando Shinná empieza a juntar sus manos, para hacer más intenso el rayo lumínico y lanzarlo sobre la chica, esta vuelve a montar la guitarra, rauda y veloz, y la coge en su postura natural. Con un movimiento rápido y controlado, la hace tañer con un gemido frenético, agudo y lacerante. El nipón no llega a abrir los brazos y queda en pose errática. De sus oídos empiezan a surgir hebras sanguinolentas que le recorren toda la barba, tiñéndola de bermeja fachada. Sus ojos también lloran sangre y su respiración se hace ardua y pesada. Sus piernas se rinden al combate y le hacen postrarse ante su rival. Durante unos segundos permanece enhiesto, mirando inane a la chica. Esta enarbola de nuevo la guitarra, pero no es necesario el golpe de gracia. Shinná cae inerte, de frente, impactando contra el suelo. La sangre, que comienza a brotar por todas sus cavidades, va impregnándolo en un lienzo siniestro y granate.

Toda la escena ha durado escasos segundos. Los suficientes para que Sophie aumente su reputación y agrande el número de ceros que tendrán que añadirle al contrato de su próximo cazador. Se acerca a su mesa y se come tres gajos de patatas que le quedaban en el plato.

Cuando llegó allí, de forma nada fortuita, se bajó de su moto y entró a tomarse un refrigerio, sabía perfectamente que solo podría quedar uno vivo. ¿Vivo? La chica ríe a carcajadas mientras se mira en el espejo que hay tras la barra. Allí puede ver su horrendo reflejo. Una amalgama de huesos recubiertos de piel pútrida, oquedades habitadas por larvas, gusanos y tábanos. Todo ello aglutinado de tinieblas y espanto. La cazadora de monstruos hace ya mucho tiempo que dejo de exhalar vida.

Relato publicado para el Reto Literario «Desafío Literario Enero 20: Solo Puede Quedar Uno» de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Cuatro fotos, cuatro personajes, que deberán ir muriendo durante la historia.

Como máximo, solo puede quedar uno.
Elige uno de los objetos escondidos que tendrás que usar como arma: Una Guitarra

El Destino de Rhaben Blackwings de Khaitan Southern

Rhaben no destaca por ninguna cualidad en particular. Es una niña como otra cualquiera. Le gusta jugar con sus amigas, pasear, leer e ir al cine de vez en cuando. Una de sus mayores pasiones son los pájaros. Se pasa horas y horas hablando con ellos. En el jardín, en el parque, en el bosque. Sería una afición normal y corriente, si no fuera porque parece que estos la escuchan y, según ella, le contestan.

Tras una inesperada y grandísima tormenta, el carácter de Rhaben ha cambiado. Anda despistada, pensativa e irritable. Habla de extrañas profecías y oscuras leyendas. Sus amigas se han apartado de ella y hasta su familia empieza a preocuparse.

Sus amigos, los pájaros, parecen haber emigrado y están siendo sustituidos por cuervos. Ella se empeña en asegurar que estos le cuentan cosas terribles que pronto se harán realidad. Todos creen que se está volviendo loca.

Solo cuando extraños sucesos empiezan a cambiar la vida cotidiana del pueblo saltarán las alarmas y sus conciudadanos querrán buscar su ayuda. Sin embargo, puede que ya sea demasiado tarde.

¿Podrá Rhaben cambiar la suerte del mundo? ¿Será ella la salvación de la humanidad o su condena?

Tal vez, los cuervos tengan las respuestas correctas.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Secundario de Diciembre: «Syn Opsis«
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Cread un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜