Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
.

Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.

La Cabina de Nemo

Buenos días/tardes/noche sean.

Me complace mostraros el maravilloso regalo que me han hecho en la revista La Cabina de Nemo. Eternamente agradecido a mi mentora y editora, Auxi (M.A. Álvarez), y al director de la publicación, Pako Mulero:

Encabezado de mi relato "Un Cadáver a la Mesa", publicado en la revista.

Os pongo un poco en antecedentes:

La Cabina de Nemo es una publicación de formato físico presentada y reconocida oficialmente en Festivales de Cine Internacionales y nominada en los Premios Literarios Ignotus de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) en 2019, 2020 y 2021. Habla sobre cine, series, literatura, cómics, manga, videojuegos, música y subcultura. Su propósito principal es la libertad creativa sin condiciones.

Este año la revista ha estado presenta en la 32ª Semana de Cine Fantástico y de Terror de Donostia (San Sebastián) que se celebró entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre.

Su director, creador e impulsor Pako Mulero creó el primer número en agosto de 2017 (en Tebeosfera podéis ver las portadas de los ejemplares anteriores) y este mes se ha editado el número 8, cuya portada es esta:

Portada de la revista "La Cabina de Nemo". En ella se ve a un esqueleto, riendo y vestido de juglar, que toca un laúd o bandurria.
Portada de la revista «La Cabina de Nemo«,
creada por M.A. Álvarez (@auxilili)

Este número es especial por la gran cantidad de material publicado. Como dice en la portada: ¡Es número Doble, casi Triple! Sobrepasando las 200 páginas. En este vídeo su director habla sobre él:

Y en estas fotos podéis ver el Staff y Autores, el prólogo y su índice:

La portada y contraportada de la revista son obra de M.A. Álvarez (Auxi), una maravillosa escritora, ilustradora, diseñadora gráfica y cualquier proyecto que se empeñe en sacar p’alante. También se ha encargado de la maquetación y edición de la publicación completa y dentro podemos encontrar su relato «Pirata por Accidente«. Si entráis en su web, podréis ver su excelente producción literaria, así como algunas de sus ilustraciones: Auxilili’s Art.

El Décimo Paciente es su último libro, de momento, y os puedo asegurar que es un bastinazo (que decimos por mi tierra). Relatos fantásticos, intrigantes y sorprendentes. Para papearse todos los cuentos de una sentada, aunque siempre recomendaré, mucho mejor, dosificarlos y degustarlos como finas delicias del paladar.

Y por fin…

Aquí os presento el preciosisísimo regalo de mi publicación:

Este relato ya lo publiqué en este mismo blog, dentro de la propuesta literaria VadeReto. Sin embargo, se merecía un pulido, ampliación y retoque para su inclusión en la revista. Tranquilos, no me mandéis la factura de vuestro oftalmólogo. En este enlace podéis acceder a la nueva entrada con su versión definitiva: Un Cadáver a la Mesa.
Aunque se lee muchísimo mejor en la misma revista. 😜

Si queréis disfrutar plenamente de ella y adquirir un ejemplar, solo tenéis que poneros en contacto con su director, por facebook, o también, con Auxi, mediante un mensaje privado a su cuenta de Twitter.

Reitero mi agradecimiento y espero que os guste la publicación.

Besos Múltiples, Abrazos y Ashushones.
😊😉😘😘😘

VadeReto (Noviembre 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Para el reto de este mes, lo he personalizado añadiéndole una sonrisa blanca, estilo smile, con guiño del ojo izquierdo, sobreimpresa en toda la imagen.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

Entramos en el mes de la Pre-Navidad. Aunque en algunos lugares ya se han decidido a poner bombillitas, arbolitos, villanciquitos y demás parafernalia festiva. No entiendo tanta bulla en adelantar las fiestas y agrandar su tiempo. Luego no quieren que estemos saturados al llegar a ellas. Aunque, bueno, mientras sea para que la gente disfrute. Pero no seáis derrochones que luego llegan los llantos en enero. 😜😝

En el VadeReto de este mes vamos a dar un brusco giro literario con respecto al anterior. Ya habéis demostrado de sobra que sois capaces de asustar, poner los vellitos de punta y acelerar el corazón como el bombo de una chirigota. 🥁💓

¿Que tal si dulcificamos un poco el reto?

Fotografía en blanco y negro de un bebé. Se encuentra arropado por una inmensa toalla, aunque solo le tapa sus partes vergonzosas. ;)
Lo más significativo es su preciosa cara sonriente con media lengua fuera. Sus ojitos, semi cerrados por la risa, muestra una inmensa alegría.
Imagen de Pexels en Pixabay

No, tampoco hace falta que os pongáis empalagosos y moñas. O sí, vosotros veréis.

El tema de este VadeReto es la SONRISA.

No, tranquilos amigos dentistas. No empecéis a salivar. ¡No hay por qué enseñar los dientes! 😂😂😂

Os invito a crear un relato positivo, alegre, de bueno humor, con o sin chistes, que contagie una sonrisa al lector.

Pero, vamos a poner una segunda condición: que la historia esté protagonizado por NIÑOS.

Niños jugando:

Fotografía con tonalidades sepia, como en una puesta de sol, que muestra a varios niños jugando, corriendo tras llantas de ruedas. Sus cuerpos se muestran tenuemente, casi en siluetas, pero se puede ver, perfectamente, que están disfrutando mucho.
Imagen de Tri Le en Pixabay

NIños riendo:

Dos chicas se lo están pasando bomba mojando sus manos en una fuente. Como el agua les salpica se retuercen de risa. El agua cae desde arriba y el chorro se deforma al tocar sus manos.
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Niños bailando y cantando:

Una pequeñaja, muy rubia y con cara de traviesa, baila en lo que parece una playa. El entorno está difuminado, así que solo se ven unos troncos apilados en forma de gran fogata o cabaña. La chica lleva un vestido púrpura con adornos y juega con una especie de estola.
Imagen de Zinz25 en Pixabay

O Niños… simplemente… haciendo de Niños:

Tres niños juegan dentro de un lago. Dos de ellos le echan agua al tercero que se sitúa en el centro. El agua aparece congelada en el momento de caer sobre el chico, gracias al momento del disparo fotográfico.
Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay

Aunque también hay Niños disfrazados de ancianos… 😉

Un anciano, de barba blanca, aunque corta, aparece disfrazado de arlequín. Resalta el color rojo de su vestimenta y gorro, con ribetes verdes.
Su pequeña sonrisa y sus ojos me representan al niño interior que está disfrutando.
Imagen de Siggy Nowak en Pixabay

Como siempre, tenéis libertad para elegir el género, la trama, los personajes. Perooooo… Esta vez vamos a intentar evitar los terrores, la sangre, los sustos, los malos rollos y disgustos. Que esta historia nos haga sonréir el corazón.

«El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.»

Pablo Neruda

«Ciertas imágenes de la infancia se quedan grabadas en el álbum de la mente como fotografías, como escenarios a los que, no importa el tiempo que pase, uno siempre vuelve y recuerda.»

Carlos Ruiz Zafón

¡Dejad que vuestros niños interiores se transformen en protagonistas de las aventuras que os gustaría disfrutar!

Besos Múltiples, Abrazos y achuchones.
😊😉😘😘😘

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de escritura):

BLA BLA, de Marlen Larrayoz (Trujaman)
Blog Comentario
BAILAR CON EL VIENTO, de Ana Piera
Blog Comentario
LA CLASE DE CATECISMO, de Nuria de Espinosa (MisLetrasLiterarias)
Blog Comentario
AMIGO ¿IMAGINARIO?, de Lola García (loquevalelapena)
Blog Comentario
LA JUSTICIA POR SU MANITA. (Juicio en Tres Actos), de Isra (ElDestrio)
Blog Comentario
CHIQUILLADAS, de Virtudes Torres (Vitolosa)
Blog Comentario
DUELO EN EL O.K. (El Otro Korrá), de Jose Antonio Sánchez (JascNet)
Blog
EL NIÑO DE LA SALA DE JUEGOS, de JM Vanjav
Blog Comentario

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El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.