El Cuadro

Montaje a partir de las imágenes de Ractapopulous (Pixabay) y Intographics (Pixabay)

Las calles vestidas de blanco recibían como cada año la Navidad. La gente se mostraba sonriente y se deseaba felicidad. «Todo hipocresía» pensó Marcus mientras llegaba al portal de su casa. Subió en el viciado aire del ascensor y caminó por el angosto y triste pasillo hasta su piso. Cuando fue a abrir la puerta se dio cuenta que en el suelo, apoyado en ella, había un paquete. Era liviano, cuadrado y parecía haber sido envuelto con premura y sin demasiado cuidado. No tenía remite ni dirección. Sin embargo, era el único residente en esa planta, tenía que ser para él. Lo recogió y entró en su apartamento.

Su casa era pequeña, vivía solo y lo tenía amueblado con lo imprescindible. Cuantos menos muebles, menos trastos para limpiar. Un pequeño salón, la cocina y un más pequeño dormitorio con acceso a un cuarto de aseo. Para él era suficiente, no necesitaba más espacio. Aunque no le hubiera venido mal un salón un poco más grande. La pared que enfrentaba a la entrada era su rincón más preciado. Una librería la ocupaba por completo. De tabique a tabique y del suelo hasta el techo. Decenas de libros se agolpaban en sus estantes que amenazaban con romperse y causar un alud de páginas llenas de historias. Era su única posesión y riqueza, aunque dudaba que de ponerlos a la venta consiguiera obtener mucha ganancia en caso de necesidad. Pero era su tesoro.

Dejó el paquete con desdén sobre una mesita y, sin abrirlo, se dirigió a la cocina para prepararse el almuerzo. No le hizo caso hasta la tarde, cuando volvió a topar con él. No era curioso por naturaleza. Además, se encontraba muy cansado y hambriento. Cuando el estómago le mandaba señales no había otra prioridad en su vida que intentar callarlo.

Después de comer, se sentó en el sofá y su feliz estómago le produjo un dulce sopor. Al despertar de una cabezada divisó el paquete. Ahora sí que le urgió la curiosidad ¿Qué era y quién se lo había mandado? No podía ser un regalo de Navidad. Había perdido el contacto con sus pocos amigos y la familia quedaba lejos y olvidada. Tampoco esperaba ningún pedido. Se afanaba en hacer sus compras en el comercio local. Sus principales gastos, además de la comida y las necesidades básicas, los dedicaba en la búsqueda de nuevos libros. Había descubierto una librería muy coqueta no muy lejos de su casa. La Ratonera. Era muy pequeña, pero tenía un ambiente cálido y acogedor. Además, siempre lo trataban con mucha amabilidad y atención. Le encantaba perderse entre sus escasas estanterías. Si buscaba algún libro que no se encontraba en ellas, se afanaban en buscárselo y traérselo. No necesitaba pedirlo por Internet.

Lo más misterioso del paquete era su anonimato. Ninguna señal daba pistas de su procedencia. No sin dificultad, consiguió abrirlo. Era un cuadro. Una pintura al óleo encerrado en un modesto marco. Cinco personas lo contemplaban misteriosamente desde el lienzo. Cuatro hombres y una mujer, que se situaba en el centro. Parecía una instantánea fotográfica que mostrara el ambiente festivo de una reunión. Sonreían y adelantaban sus vasos en un amago de brindis. La chica, morena y guapa, no sonreía. Ladeaba ligeramente la cara hacia el personaje más a la derecha. Un barbudo pelirrojo de prominente barriga. A su lado, un chico rubio de brillante sonrisa parecía reír la gracia que había soltado el amigo. En el otro lado de la escena, un chico de poco pelo y perilla burlesca mostraba cierto aspecto displicente. Pero quién más atrajo su atención fue el último personaje de la izquierda. Se parecía asombrosamente a él. Moreno, bien vestido y con esa media sonrisa que siempre encantaba a las mujeres.

Miró más detenidamente los rostros de los demás personajes de la pintura. Sus rasgos le resultaban vagamente conocidos, pero no podía recordarlos. La escena, sin embargo, no aparecía en su memoria. El pintor lo habría dibujado simulando la fiesta. En la esquina inferior derecha aparecía su firma, aunque era ilegible. Un mero garabato. Desistió de recordar nada. No sabía por qué, pero la escena, los colores, los rostros, cada detalle del cuadro le causaba fascinación. En lugar de deshacerse de él, lo puso en uno de los huecos de la librería y se volvió a olvidar de su existencia.

Dos días más tarde, mientras ojeaba entre páginas web en su ordenador, una noticia captó su atención. Un abogado de gran fama y prestigio había caído delante del metro justo cuando este llegaba a la estación. La teoría más evidente era el suicidio, aunque no se descartaba que algún cliente insatisfecho pudiera haberlo empujado. La fotografía le impactó como un puñetazo. En la imagen se podía ver a un hombre, de la misma edad que él, pelirrojo y con una esplendorosa barba. De forma fulminante, el personaje del cuadro le vino a la mente.

Salió corriendo y cogió la pintura. Para su sorpresa, la figura que buscaba había desaparecido. ¡No era posible! Ahora, en medio de la fiesta, solo se veía a la chica con los otros tres hombres. Ella ya no miraba al desaparecido pelirrojo, dedicaba su despechada y triste cara hacia el tipo de la perilla. Este, el rubio y el que tanto se parecía a él, mantenían la misma pose. ¿Qué mierda estaba pasando?

Volvió a mirar la fotografía que aparecía en el monitor. Cerró los ojos e intentó visualizar la imagen del cuadro. Tenía memoria fotográfica y en su mente lo veía. El parecido era tremendo. No, no. Su mente le estaba gastando una macabra broma. Desarmó el marco intentando ver algún truco en la pintura, pero solo estaba el lienzo. De hecho, la acuarela parecía estar todavía húmeda.

Volvió a montar el marco y dejó la pintura en la estantería. «Tiene que haber sido una estúpida ilusión óptica» No ha cambiado nada en la pintura. Lo miró en la resaca de la comida y la somnolencia de la siesta y creyó ver lo que no era. ¡No iba a darle más vueltas! Ya tenía bastantes problemas encima para volverse loco con estúpidas suposiciones mágicas.

Intentó olvidarse del cuadro y, unos días después, cuando parecía que lo había conseguido, escuchó a dos mujeres hablando en el supermercado. Un afamado músico había aparecido flotando en las aguas de la Magna Fontana. El dilema entre el suicidio y un desgraciado accidente, era el debate que las hacía hablar con exaltada vehemencia. Este se extendía hasta las redes sociales dónde decenas de teorías causaban el delirio de los “expertos” que daban sus indolentes opiniones. Una idea le hizo estremecerse. ¿Otro posible suicidio? Salió presuroso sin preguntarles nada. Cuando llegó a su casa se abalanzó sobre su portátil y buscó con apremio la noticia. Cuando la encontró, ni siquiera leyó el texto del artículo, se lanzó en busca de la fotografía del músico. Gritó de horror. Era el tipo de la perilla que aparecía en el cuadro.

Un tremendo temblor se adueñó de su cuerpo. Se empapó en un sudor helado que lo hizo tiritar. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Era una pesadilla de la que no podía despertar? Consiguió una calma ínfima y, todavía temblando, se acercó a la estantería. El cuadro le esperaba amenazante. Lo cogió con los ojos cerrados visualizando la imagen en su mente. Estaba seguro de la escena que había pintada. Cuando lo miró estuvo a punto de desmayarse. Solo aparecía la chica, escoltada por el rubio y su representación. El presunto suicida también había desaparecido.

Lanzó el cuadro contra la pared en un arrebato de cólera y terror y se metió en el cuarto de baño. Abrió la ducha, con agua fría, y se metió dentro sin quitarse la ropa. Mientras el chorro helado le iba calando hasta las entrañas empezó a llorar. ¿Qué coño estaba pasando?

Cuando se desahogó, se quitó la ropa y terminó de ducharse con agua caliente. Eso lo relajó un poco y le permitió pensar. ¿El cuadro era algún tipo de sortilegio mágico que le estaba avisando de las futuras muertes de sus integrantes? No quería creerlo, pero algo en su interior le empujaba a admitir esa demente historia de hechicería y magia oscura.

Se vistió y se tomó una taza de chocolate caliente y un donut que lo esperaba paciente en la nevera. La comida siempre le calmaba. Mientras el líquido le iba adormeciendo los nervios, un siniestro pensamiento le derrumbó su placidez. ¿Y si no habían sido suicidios? ¿Y si alguien estaba asesinando a los personajes de la pintura? El cuadro parecía avisarle que el próximo en morir podría ser él. ¿Lo estaría avisando el propio asesino?

Volvió a coger el cuadro e intentó descifrar la cara de los otros dos personajes. Algo le seguía diciendo que los conocía, pero era incapaz de sacarlos de su memoria. Tenía que averiguar quiénes eran.

Con el cuadro en sus manos se dirigió de nuevo hacia el portátil. Le encantaba los juegos de búsqueda en Internet. Este sería el más difícil de su vida. Usando la apariencia física, intentando describir sus facciones, especificando la edad, el tipo de vestimenta, y todo lo que se le ocurrió, se metió en una febril búsqueda que le llevó varias horas. Pero no pudo encontrar nada. Había miles de personas con las mismas características que las que aparecían en la pintura. Cerró el portátil con pesadumbre y, abatido y exhausto, se fue a la cama sin cenar. A medianoche su estómago se lo recordaría.

Aunque pensó que no podría coger el sueño, el extremo cansancio que el estrés le había producido le hizo entrar en un duermevela que lo embutió en una deslavazada pesadilla. Nada en ella tenía sentido, excepto la chica del cuadro. Aparecía y desaparecía sin ninguna razón aparente. Llegó a un nivel de angustia que despertó enredado en la sábana, sudoroso y con el corazón en la boca. Pero ya creía saber de qué conocía a la joven del cuadro.

Se levantó, danto un salto y casi cayéndose por culpa de la sábana. Corrió hacia el salón y buscó enajenado en la estantería. Tiraba los libros al suelo con desprecio sin pensar en lo que los amaba. Al fin, encontró lo que buscaba. En una de las baldas, detrás de los libros, había un tubo de cartón. Dentro estaba la orla de su estancia en la universidad. Aunque no había conseguido terminar sus estudios, se había hecho la fotografía, como todos. La sacó histérico de su contenedor y la desenrolló sobre la mesa. Fue pasando el dedo por cada fotografía hasta que se paró sobre la de una chica. ¡Allí estaba! Joven, morena, atractiva. Sus rasgos eran inconfundibles. ¡Era ella! Debajo de la foto aparecía su nombre completo. Ahora sí lo tendría fácil para encontrarla en Internet.

Se arrojó sobre el portátil y no tardó en encontrarla. Aparecía en varias fotografías, durante una exposición de pintura, junto a algunos de los artistas. Buscó el nombre del salón de exposiciones y luego a los participantes del evento. ¡Bingo! Era nada más y nada menos que la directora del espacio ferial. Apuntó su dirección. Tenía que ponerse en contacto con ella y avisarla del peligro.

Pensó en salir corriendo a la calle y dirigirse hacia allí. Seguro que la encontraba trabajando. Sin embargo, era tal su estado de alteración que la chica en lugar de hacerle caso saldría corriendo asustada. No creía que se acordara de él, de la misma forma que él no la había reconocido en el cuadro. Se paró a pensar y decidió avisarla de otra manera. ¡Ya está! Le escribiría una carta contándoselo todo. Le pondría sus datos y teléfono para podérselo explicar mejor en persona. Pero era de vital importancia que se diera cuenta de la amenaza. ¡Iban a matarla!

Después de emborronar varias hojas, consiguió escribir una explicación verosímil. Debería evitar hablar del cuadro y sus premoniciones, eso le haría pensar que estaba loco —¿lo estaba?— y entonces no creería nada de lo que le intentaba contar. Firmó la carta y llamó a un servicio de mensajería urgente. Era lo más efectivo y rápido. No podía perder más tiempo.

Llegó el mensajero y se llevó la carta. Los instantes siguientes fueron demenciales. Se sentaba en el sofá. Se levantaba e iba a la cocina. Iba al cuarto de baño y se lavaba la cara. Regresaba al salón. Era una polilla encerrada dentro de un bote. Cada vez se alteraba más y sentía que se asfixiaba dentro de la casa. Sin embargo, no quería salir. La chica podía llamarlo por teléfono o irle a visitar. De todas formas, a dónde iba a ir. También él estaba amenazado de muerte. El sitio más seguro era su casa.

Por fin, después de unas horas eternas, escuchó ruidos en el pasillo exterior de la vivienda. Pisadas apresuradas se dirigían hacia su puerta. ¿Sería ella?

Unos monumentales golpes hicieron temblar la puerta.

—¡Policía, abra inmediatamente!

¿La policía? ¿Pero qué…? Claro, la chica había sido capaz de convencerlos de la gravedad de la situación. Después de leer la carta había decidido que era mejor poner el asunto en manos de los profesionales.

Abrió la puerta y la visión le congeló el saludo. El tipo rubio del cuadro, vestido de policía, estaba en la entrada de su casa, junto a dos agentes más de uniforme. Uno de ellos lo estampó contra la pared, le puso las esposas y le leyó sus derechos.

—Pero oigan, esto es un error, yo…

No lo dejaron hablar. Lo llevaron hasta el sofá y lo hicieron sentarse de un empellón.

—Está usted arrestado por acoso e intento de asesinato.

—¿Cómo? Oigan es a mí a quién quieren matar. Yo he intentado…

—¿Reconoce esta carta? —le preguntó el hombre del cuadro mostrándole los papeles que, efectivamente, él había escrito.

—Sí, claro. Era un aviso para la chica.

—¿Un aviso? ¿Querrá decir una amenaza?

—¿Amenaza? ¿Pero qué está diciendo? ¡La quieren matar!

—Es usted muy cínico, pero la carta es su confesión. Quería asustarla e incitarla al suicidio, como a los otros dos tipos. Sus intenciones han quedado claras.

—¿Mis intenciones? ¿Yo quiero salvarla? El cuadro, el cuadro… —gritó, intentando llegar hasta la estantería.

Uno de los agentes lo obligó a sentarse de nuevo, mientras el otro se acercaba a coger el cuadro de la librería. Lo miró con incredulidad y le dijo a su jefe.

—Es igual a los encontrados en las casas de los dos suicidas.

El rubio cogió el cuadro y se lo mostró a Marcus.

—¡¡¡No, no, noooo!!!

En la pintura se veía a su personaje abalanzándose sobre la chica, que gritaba y lloraba llena de pavor.

—Déjenos unos momentos solos —pidió el jefe a sus agentes. Luego, bajando la voz, se dirigió a un abatido y sumiso Marcus.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Ni de los tipos que mencionas en la carta. ¿Tan efectiva ha sido tu capacidad de olvidar? ¿Quieres hacerme creer que no recuerdas quiénes éramos y lo que le hicimos a esa chica? Se ha convertido en una maravillosa artista y está usando estos cuadros para hacernos recordar nuestra culpabilidad. Afortunadamente, después de leer tu carta, ha llamado a la policía y he podido hacerme yo con el caso. ¡Escúchame bien! Me ha costado mucho llegar a dónde estoy y ese estúpido incidente de juventud no va acabar con todo lo que he conseguido en mi vida. Tú vas a ser el cabeza de turco que cierre de una puta vez este incidente.

Marcus no podía hablar, el nudo que sentía en la garganta le amenazaba con asfixiarlo. Imágenes de aquel día empezaron a explotarle en la cabeza. Ahora recordaba nítidamente lo que había pasado. La vergüenza y el miedo le habían hecho ocultarlo en lo más hondo de su mente.

Se levantó del sofá y se abalanzó sobre el balcón que estaba abierto buscando algún modo de escapar. El tipo rubio lo siguió y consiguió alcanzarlo. Sin embargo, en el forcejeo, los dos terminaron cayendo al vacío. Los ocho pisos de altura les fueron suficientes para recordar cada minuto de su fechoría.

Mientras los agentes corrían horrorizados hacia el exterior, el cuadro volvía a cambiar su aparecía. Ahora aparecía la chica sola, sonriendo con lágrimas en los ojos. Abajo, la firma se hizo clara mostrando su nombre y una dedicatoria:

¡Venganza por Navidad!

Valga este relato como cuento Navideño y como respuesta a la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un cuento de navidad poco típico y que dé miedito.