Animado Albedrío

Fotografía de un parque ornamental japonés.  Un riachuelo divide la pantalla desde el centro hacia la derecha y luego hacia abajo y a la izquierda. El verde domina la zona izquierda, los árboles la parte superior y flores de color rosa la zona inferior de la fotografía.
El clima de la imagen contagia serenidad y relax.
Imagen de ADD en Pixabay.

Como cada mañana, se deleitaba con su paseo mañanero. Le encantaba aspirar el aire recién bañado por el sol y contemplar como la vida se iba despertando entre los árboles. Se sentía alegre y enérgica. Solo el hecho de poder salir y disfrutar de la naturaleza le entusiasmaba y llenaba de vigor. Le encantaba saltar, bailar y correr por la hierba. Eso sí, intentando no llamar demasiado la atención.

El dulce gorjeo de los pájaros se veía interrumpido por los madrugadores visitantes del parque. Unos iban a correr y sus resoplidos y pisadas retumbaban en el silencio. Otros sacaban el perro a pasear y protestaban por tener que recoger sus excrementos. Aunque algunos, definitivamente, lo dejaban abandonado con mal disimulo. Pensarían que eran abono para el albero, porque césped quedaba ya poco.

Se encontró una almendra y se la guardó.

De banco en banco, se paraba a contemplar a la gente. Se alegraba de ver a personas mayores con la energía suficiente para marchar joviales por los senderos en sus excursiones diarias. Todavía era temprano para que los niños invadieran el parque y pusieran a prueba su vitalidad. En realidad, no se veía demasiada gente. Aunque, sí había algunas parejas que engañaban sus agendas para compartir un rato entre los árboles. Algunas parecían amanecer ya en plena fogosidad.

Se encontró un anacardo y se lo guardó.

Un chico y una chica estaban sentados juntos en el mismo banco, pero, en lugar de iniciar un tierno y delicado acercamiento, empezaron a discutir. Se alejó de los gritos sin entender por qué estaban de mal humor en lugar de disfrutar del ambiente tan fantástico, tan lleno de vida.

Encontró una nuez y se la guardó.

Se adentró en un parterre lleno de preciosas flores y se dejó cautivar por sus olores y sus colores. Eso sí, de ninguna de las maneras se permitió dañar a ninguna. Ni siquiera molestó a las abejas que zumbaban recolectando el polen y el néctar de los estambres. La naturaleza había que disfrutarla y admirarla, pero nunca molestarla o lastimarla.

Encontró varias semillas más y se las guardó.

Un segundo de distracción y un enorme perro le lanzó un ladrido que le hizo saltar varios metros del susto. Mirándolo de reojo, corrió lo más rápido que pudo y se encaramó a un árbol. Con solo dos saltos consiguió llegar hasta la copa. Desde arribó miró al perrazo y se burló de él. Es lo que tienen estos cuatro-patas barrigones, buena vida, mucho genio, pero poca agilidad.

Decidida a no arriesgarse más, se balanceó de rama y rama y, pasando de árbol en árbol, llegó hasta su casa. Guardó todos los frutos secos, que había encontrado, en su almacén y luego se fue al dormitorio para despertar a sus pequeños retoños. Solo se veían sus enormes y peludas colas que le servían como mantas.

—¡Vamos perezosos, arriba, que ya es de día! —Tocando palmas y dando pellizcos los hizo despertarse.

Después de un fructífero desayuno, todos se asomaron entre las ramas para disfrutar de la jovialidad del parque en primavera.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Escribe un relato que hable sobre la Jovialidad.

La Sabiduría de la Naturaleza

La tristeza los mantuvo ocultos mientras la raza dominante exterminaba sin contemplaciones. Abandonaron su entorno, con asco e ira, y se escondieron a la espera. Cuando los destructores se tuvieron que encerrar por miedo a un enemigo mucho más pequeño, más insignificante, pero más implacable, más temible, la naturaleza les devolvió la alegría y, como una bandada de flechas que atraviesan sin permiso, tomaron posesión de la tierra. Las llamadas bestias y fieras volvieron a dominar el mundo y la naturaleza no se sorprendió. Sabía que estas cuidarían mejor de ella, porque su apariencia era sombría, pero sus corazones límpidos.

Microrrelato para el Reto Literario “Escribir Jugando
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: una flecha/un carcaj
Reto opcional: Que aparezca una de las seis emociones básicas:
sorpresa, asco, miedo, alegría, tristeza o ira.

Este micro ha sido galardonado con la mención especial del Optimvs mensi.

Muchas Gracias, Lídia. 😍😍😍

A Través del Cristal

Fotografía de una preciosa puesta de sol en la playa de La Victoria, Cádiz.
A la izquierda de la foto se puede ver parte de la escalinata de bajada a la playa y a la derecha el sol ocultándose entre las nueves y el horizonte.
Puesta de sol en la playa de La Victoria (Cádiz). Fotografía propia.

Nuestra vida es efímera y, quizás, por eso queramos inmortalizar escenas para el recuerdo. Contemplando una de las puestas de sol más bonitas del mundo, fui testigo de ese gran error. La sensación de que el pasillo entre la vida y la muerte se estrecha y te asfixia, hasta que la tenue luz de la luna te aleja de la oscuridad, no se puede disfrutar a través de la pantalla del móvil que tienes entre tus manos. No entiendo cómo pueden privarse de sentir este maravilloso espectáculo.

Fotografía de una puesta de sol en la playa de "La Caleta", Cádiz.
El sol se oculta entre las nubes, que tapan la parte superior de la fotografía, y el mar, dónde se balancean varias barcas.
A los lados, el Castillo de San Sebastián, a la izquierda, y el de Santa Catalina, a la derecha.
Puesta de sol en la playa de La Caleta (Cádiz). Fotografía propia.

Microrrelato publicado en el Reto “5 Líneas” de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas: (Manos, entiendo y pasillo.)

Naturaleza en Extinción

La imagen muestra: un prado, dónde se puede ver un banco vacío junto a un árbol. Delante del banco, separando este del cesped, un camino de ladrillos rectangulares, formando un semicírculo. Unas nubes al fondo y el sol cayendo, completan la escena de una puesta de sol.
Imagen de Gundula Vogel (Pixabay)

Esta mañana me despertó los tenues rayos del sol, cuando aún no calentaban. Salí volando sin siquiera lavarme la cara y realicé todos mis quehaceres. Necesitaba terminar pronto para poder llegar a tiempo a la cita con Beety. Habíamos quedado al atardecer y me quedaba un largo camino por delante.

Piqué de un sitio y de otro sin molestarme mucho en cuidar mi dieta. Sé que cualquier día tendré problemas para sustentar mi orondo cuerpo e incluso, puede que no quepa por la abertura de mi hogar. Bueno, hoy tenía mucha bulla y quería aprovechar el buen tiempo.

Saciadas mis necesidades básicas, volví a salir zumbando y me metí en el metro. Estaba atestado de personas que regresaban de sus trabajos. El ambiente era angustioso e insalubre. Todos llevaban caras serias, tristes, con gestos adustos e irritados. No parecía que sus rumbos fueran demasiado agradables. Yo, sin embargo, ansiaba llegar a mi destino. Se apiñaban incómodos, dando codazos, empujones y, alguno, hasta intentó darme un manotazo.

Cuándo las puertas se abrieron, no esperé a que nadie se me adelantara y me apresuré a salir de allí sin mirar atrás. Enfilé raudo las escaleras que llevaban a la superficie y el aire límpido y virginal me inundó los sentidos. Ya estaba cerca, muy cerca.

Había pasado bastante tiempo desde la última vez que quedé allí con Beety, pero el paisaje no había cambiado. Me dejé caer en el frío hierro del banco azul que dominaba la vista y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El sol empezaba ya a declinar hacia su ocaso y pintaba el cielo con tonos ocres y las nubes con trazos azules y grises. A mi derecha un árbol, de escasas hojas, intentaba filtrar tímidamente el moribundo sol. De aspecto perenne, pero firme, ejercía de guardián del pequeño parque en el que me encontraba.

Beety llegó enseguida y se colocó a mi lado. Juntos fuimos viendo caer la luz y cambiar el verde del césped por el pardo pálido de la tierra. El camino de grises ladrillos que nos separaba del prado emergía de vida. Una larga fila de hormigas se disponía a llevar sus capturas hacia su agujero. Gusanos, lombrices y babosas festejaban el no haber sido pisadas por los niños que jugaron esa tarde sobre ellos. Varias mariposas danzaron a nuestro alrededor generando bellísimos reflejos de variados colores que la luz filtraba a través de sus alas.

Cuando el sol apenas alumbraba ya y el silencio se adueñaba de todo el paisaje, Beety y yo nos tocamos con nuestras cabezas y nos felicitamos por poder disfrutar un día más del maravilloso paisaje. No sabíamos cuánto duraríamos, según muchos estábamos al borde la extinción. Cuando eso pase, posiblemente el mundo cambie y no será a mejor. Ignorantes y desdeñosos, los humanos no son conscientes de nuestra importancia en el ecosistema. Cuando faltemos dejarán de existir también las plantas, puesto que somos las responsables de su polinización y eso dará comienzo al declive de la naturaleza. Somos pequeños, somos insectos, somos abejas, pero somos necesarios. Somos imprescindibles.

Relato escrito para el reto literario VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato que describa la imagen, de forma que todo aquel que no pueda verla en su máximo expresión, sea capaz de disfrutar de todos sus matices.