La Leyenda de Snowy Mountain

Kurioshity era una niña intrépida, inquieta y, claro, muy curiosa. Nunca paraba demasiado tiempo en un lugar y siempre llegaba tarde a la cena. Le encantaba explorar, investigar y adentrarse en cada recoveco que la tierra le confiara. Por eso, cuando se enteró de la leyenda de Snowy Mountain, no se lo pensó dos veces.

Una mañana temprano, le dijo a su madre que le apetecía acercarse al pueblo para ver la nueva tienda de dulces, sus amigos del colegio le habían contado maravillas de su escaparate. Al mismo tiempo, le insinuó melosa, podría comprarle las cosas que necesitara. Su madre, además de sorprendida, se sintió complacida de que, por una vez, se mostrara cooperativa y la ayudara con los quehaceres domésticos. Le hizo una lista de todo lo que necesitaba, le dio varias monedas y un profundo, largo y apasionado beso en la frente.

—No te entretengas mucho, Kury. Ya sabes que me gusta que estemos todos juntos para la comida —le dijo su madre, a sabiendas de que volvería a llegar tarde.

La pequeña le devolvió el beso con un soplido de la mano, se calzó sus grandes y abrigadas botas, se endosó su cálida chaqueta y se dispuso a iniciar otra de sus maravillosas aventuras.

«Allí voy, Snowy Mountain», se dijo jovial y entusiasmada.

La leyenda de esta montaña databa de antiquísimos años. Se decía que, en realidad, este descomunal promontorio no había existido como tal en un principio, sino que se había formado para encerrar en él a un ser monstruoso que aterraba a toda la región.

¿Podía haber un misterio más encantador para la jovencita Kurioshity?

Tardó bastante en llegar a las faldas de la montaña, pero era tal su ansiedad en conocer sus secretos que se le hizo cortísimo el camino. Cuando puso un pie en ella, este se le hundió en la nieve hasta la pantorrilla. Cogió una gran bola con sus manos, se quitó un guante y hundió un dedo en ella. Le encantó su aspecto sedoso y esponjoso. ¡No estaba fría! ¿Cómo era eso posible? Su curiosidad le llevó a probarla. ¡Sabía a nata con un toque de canela! Esto tenía que ser algo mágico. Su empeño se redobló para alcanzar la cumbre. Tenía que descubrir qué había en su interior.

No le costó demasiado llegar a la cúspide. Un camino, que parecía creado especialmente para ella, le iba señalando las zonas más cómodas y menos peligrosas para ascender. Cuando llegó tan arriba que las nubes le dificultaban ver el suelo, encontró la entrada de una gruta. ¿Iba Kury a pensárselo, dudar o tener miedo en acceder a ella? ¡Por supuesto que no!

En cuanto se adentró en la cueva, el sonido del viento exterior mermó y un expectante silencio se hizo su compañero. Increíblemente, las motas de esa extraña nieve se habían colado hasta el interior de la caverna y ¡brillaban! Como pequeñas luciérnagas blancas iban pincelando de luminiscencia el camino hacia lo más profundo de la montaña.

De forma asombrosa, fue descubriendo la abundante vida que habitaba aquella brecha en la tierra. Setas, de todas las formas y colores; flores, de increíbles aspectos y olores; pequeños roedores, que se escabullían en cuando la veían; incluso alguna mariposa, que revoloteaba frente a su cara intentando averiguar quién era la intrusa. La pequeña no estaba asustada, al contrario, sus ojos se maravillaban ante todo lo que encontraba. Le divertía aquel extraño mundo que de alguna forma se había mantenido oculto de todo, y de todos, durante el tiempo, porque nadie se atrevía a acercarse a aquella montaña.

Cuando ya estaba muy adentro de las entrañas de aquella mole, comenzó a escuchar un tenue siseo. Primero, se detuvo recelosa, ¿podría ser una serpiente? Luego, agudizó sus oídos y comprendió que era demasiado intenso y grave para ser emitido por un pequeño reptil. Si era una serpiente tendría que tener un tamaño impresionante. Como todos imaginaréis, no se amedrentó y siguió adelante para averiguar su origen.

El sonido se fue haciendo más potente y estruendoso, hasta hacerse reconocible. ¡No se lo podía creer! Parecían… No… ¿¡Eran ronquidos!?

No tardó en comprobarlo. El camino terminó abruptamente abriéndose a una inmensa caverna, tan grande como la propia montaña. Y en su interior estaba el dueño de los ronquidos: un imponente troll que parecía dormitar plácidamente en su aislado cubículo.

Era gigantesco y parecía muy viejo. Tenía unas inmensas barbas blanquísimas y una melena también cana y muy espesa, aunque dejaba ver una pequeña, lisa y sonrosada tonsura que apenas tapaba una diminuta corona. A Kury no le pareció, en absoluto, el monstruo aterrador y horrendo del que hablaba la leyenda. Al contrario, le resultó adorable.

Dibujo, digital y realista.
Desde la salida de un túnel a una caverna, una niña, de espaldas a nosotros, observa a un gigante.
Solo se ve su cabeza, de aspecto muy viejo, con una gran narizota, grandes barbas y pelo blancos y una pequeña corona.
La oscuridad del túnel y la apertura de la caverna, sirven de marco al posible diálogo de los dos personajes.
Imagen de Willgard Krause en Pixabay.

Se sentó en la cornisa, dejando los pies colgando hacia el interior de la caverna. Se regodeó observando al extraño habitante de la montaña sin decidirse a despertarlo. Si lo sacaba súbitamente de su sopor podría no comportarse de una manera tan dulce a su apariencia.

Así se pasó varios minutos donde escrutó con ojos ávidos cada rincón de la gruta, cada detalle de la insólita indumentaria del troll y cada mohín que este hacía en su apacible sueño que, a veces, le causaba alterados espasmos que a Kury le resultaban tremendamente divertidos.

Cuando se cansó de esperar, parecía que aquel dormilón fuera a prolongar su siesta hasta el final de los tiempos, comenzó a idear la forma de despertarlo sin provocarle ningún sobresalto.

Empezó lanzándole pequeños guijarros que iba recogiendo del suelo, pero estos rebotaban en él sin causarle la menor molestia. Uno incluso le pegó en su oronda, bulbosa y gran nariz, pero se rascó con los dedos de una de sus manazas y siguió en su plácido descanso.

Viendo que no tenía nada más a mano para tirarle y que no encontraba otra forma, se decidió por hablarle. Primero en un tono bajo y dulce:

—¡Viejiiitooo con barbiitaaas… despieeertaaaa!

Luego levantando algo la voz:

—¡Dormilón de la caveeernaaa… espabílaateee!

Para, finalmente, desesperada, elevar indebidamente la voz:

—¡¡¡ABRE LOS OJOS!!!

Su voz no debiera haber sonado más fuerte que el soniquete de uno de los muchos grillos que habitaban esas oquedades, pero Kury no contó con el travieso eco que dormitaba junto al troll. Su grito se fue amplificando y retumbando de pared en pared. Golpeo el suelo y el techo y desde allí le dio una tremenda trompada en las fosas nasales al lirón durmiente.

La niña, temerosa de la reacción del gigante, se cobijó dentro de la cueva y vio como el troll se despertaba sobresaltado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —balbuceó totalmente adormilado y asustado.

Su voz no prorrumpió de forma abrupta y tosca, como cabía esperar, e incluso el eco pareció desentenderse de ella y seguir durmiendo sin afectarla. Tu tono era dulce y afable. Sentía más curiosidad que enfado.

Kury siguió escondida unos instantes hasta que, ante la insistencia del troll interpelando al silencio, decidió asomarse tímidamente y presentarse:

—Soy yo —dijo, modulando y azucarando su voz.

—¿Quién? —repitió el troll.

—¡Yo! —Volvió a repetir la pequeña.

—¿Y quién eres Yo? ¡Muéstrate que te vea! —solicitó un poco impaciente el gigante.

Kury fue dejando la invisibilidad que le otorgaba la oscuridad de su escondite y se mostró, tímida y solícita, haciéndole una reverencia.

— Kurioshity de las tierras fértiles, para servirle a usted y a sus barbas.

El troll mostró primero gran sorpresa y admiración. Luego al ajustar sus ojos y contemplar mejor a la pequeña criatura que se asomaba por la gruta, estalló en unas inmensas y estruendosas carcajadas.

La niña no se sintió ofendida, sino que lo acompañó en sus risas y durante unos segundos parecieron ser dos amigos entrañables que se encontraban después de mucho tiempo.

Cuando el troll consiguió calmarse, se secó las lágrimas, que hacían mucho tiempo que no bañaban su cara, y le preguntó a la pequeña:

—¿Quieres servir a mis barbas?

—Bueno, en realidad era una forma amable de presentarme, pero me encantan esas barbas tan grandes, blancas y brillantes.

—¡Vaya! Muchas gracias. Son casi tan viejas como yo —respondió en tono festivo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocerte —exclamó Kury, sin ningún reparo.

—¿A mí?

—Sí. A ese ser tan monstruoso, horripilante y apestoso que la gente dice vivía aquí —dijo de manera pomposa. Añadiendo sutilmente un guiño que exageró cómicamente, para que el troll pudiese percibirlo bien.

El gigante hizo un mohín y se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pasa con las leyendas, se van desvirtuando y creciendo con la imaginación de la gente. Por desgracia, al ser muy diferente a ellos me han convertido en un monstruo, aunque hace muchísimo años que nadie me visita. En realidad, no creo que viva nadie que me recuerde.

—¿Cómo te llamas?

—Schofengonfeitenweger —dijo, con gran afectación, y su nombre resonó en cada piedra de la caverna con un reverenciado eco.

—Schof… Schofien… Scochofe… —intentó repetir la pequeña con escaso éxito.

El coloso prorrumpió de nuevo en atronadoras carcajadas y la chica rio con él.

—¿Es verdad que te encerraron aquí? —volvió a interrogar la chica sin cejar en sus inquietudes por conocer todos los detalles.

—¿Encerrarme? ¿Quién? ¿Y por qué? Nunca le hice daño a nadie.

—¿Entonces qué haces aquí dentro?

—Esa es una gran pregunta —dijo el barbudo soltando un par de risotadas. Se lo pensó un instante y luego prosiguió.

»Esta es mi casa. Soy un troll de las cavernas. Aquí nací y crecí. Desafortunadamente, no fui consciente de que puedo hacerlo de forma desmesurada si no me controlo, pero como me gusta tanto comer, crecí, crecí y me agrandé de tal forma que ya no puedo salir de aquí.

»Sin embargo, en realidad ese no es ningún problema. Los trolls de las cavernas vivimos siempre ocultos y en las profundidades de estas cuevas, solo salimos por curiosidad o para comprobar que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Aunque en mi caso, tengo a mágicos confidentes que me informan y ponen al corriente de todo.

—¿Trabajar? —exclamó la chica muy sorprendida—. ¿Tú también tienes que trabajar? ¿Qué haces?

—Soy el GUARDÍAN de la naturaleza —dijo de forma solemne—. Me encargo de controlar que cuando los hombres la dañan con sus acciones, esta no responda de forma desproporcionada y cruel. Yo la apaciguo y la llevo de nuevo a la paz y la armonía.

—¿Y cómo haces eso?

—Bueno, hay muchas formas de hacerlo: Cantándole una dulce melodía, contándole algún cuento divertido o, simplemente, hablándole de forma dulce y sosegada. La naturaleza es sabia, paciente y comprensiva y yo soy un maravilloso cuentacuentos, cantante y adulador. Al contrario que los hombres, ella enseguida comprende que no hay nada positivo en la venganza y la ira. Con mi consejo y su buen juicio, la naturaleza vuelve a su cauce y no se producen demasiados cataclismos.

—Pues entonces, me parece que, últimamente, no haces muy bien tu trabajo —le espetó la pequeña con descaro e insolencia.

—Bueeeenoooo —respondió el troll afligido y sonrojado—. Es que a veces me quedo dormido profundamente y me cuesta mucho despertarme. En esos instantes todo puede descontrolarse y desmadrarse.

»Antes tenía una amiga que me despertaba cuando veía que dormía demasiado tiempo, pero tuvo que emigrar para buscar pareja y formar una familia. Así que me quedé solo. Como paso tanto tiempo aquí, sin poder salir y aburrido termino cayendo sin remedio en el confortable sueño.

—Ya veo —musitó Kury dubitativa—. ¿Y no has encontrado quién la sustituya, claro?

—Bueno, ya sabes el por qué nadie se atreve a visitarme.

—Estoy pensando…

—¿El qué? —inquirió el troll impetuoso.

—¡Espera, no seas impaciente! Déjame meditar un momento.

Durante unos instantes, que al vehemente gigante le parecieron eternos, la chica se quedó callada y pensativa, tramando, seguramente, alguna de sus increíbles travesuras. El troll empezó a pensar que se había quedado dormida, cuando ella volvió a reaccionar:

—Se me está ocurriendo… Según dices, cuando la tierra se enfada con nosotros responde con tormentas, terremotos, inundaciones, todas esas cosas que nos amenazan y hacer peligrar nuestras vidas. ¿Verdad?

—Exactamente.

—Y tú eres el encargado de calmarla, pero no puedes hacerlo si te quedas dormido.

—Lo has entendido perfectamente.

—Además, sabes cantar y contar maravillosos cuentos y… a mí me encantan las dos cosas.

—¡Mira qué bien!

—¡Ya está!

—¿Quién? ¿El qué? ¿Dónde?

—Yo seré tu despertadora.

—¿¡Cómo!?

—Sí, cuando vea que la tierra se pone traviesa vendré corriendo y comprobaré que estás despierto o, en caso contrario, si has caído como un tronco, te despertaré. A cambio, podré disfrutar de esos momentos que tanto dices que le gustan a la madre naturaleza.

—¿Harías eso?

—¡Claro que sí!

—Entonces… ¿Serás mi nueva amiga? ¿Vendrás también, de vez en cuando, para hacerme compañía y contarme historias?

—A su servicio, señor shofengo… Scochafle… Señor barbitas.

Y ambos volvieron a reír cómplices y amigos.

De esta forma, Kury encontró por fin a alguien con quién nunca se aburría, que siempre la colmaba de nuevas historias y que la hacía disfrutar de maravillosas canciones. Además, durante el tiempo que se encargó del perezoso troll, la naturaleza se mostró agradecida y no se ensañó con los descuidados y maleducados hombres que la maltrataban. Su amistad y compañía fue pasando de generación en generación y el monstruo de la Montaña Nevada nunca más se sintió solo y abandonado. Aunque la leyenda siguió mostrándolo horrible y grotesco. De esa forma, se evitaba que la montaña se convirtiera en un centro turístico y así se respetaba el hogar del GUARDIÁN de la naturaleza.

Relato propuesto para el Desafío Literario BLA BLA BLA, del blog FantEpika, de Jessica Galera (@Jess_YK82):
Crea una historia con diálogo para la imagen y usa el Elemento Oculto
(Elegido el Nº.3): El Guardián

PD. Imagen de la cabecera de Kinkate en Pixabay

Animado Albedrío

Fotografía de un parque ornamental japonés.  Un riachuelo divide la pantalla desde el centro hacia la derecha y luego hacia abajo y a la izquierda. El verde domina la zona izquierda, los árboles la parte superior y flores de color rosa la zona inferior de la fotografía.
El clima de la imagen contagia serenidad y relax.
Imagen de ADD en Pixabay.

Como cada mañana, se deleitaba con su paseo mañanero. Le encantaba aspirar el aire recién bañado por el sol y contemplar como la vida se iba despertando entre los árboles. Se sentía alegre y enérgica. Solo el hecho de poder salir y disfrutar de la naturaleza le entusiasmaba y llenaba de vigor. Le encantaba saltar, bailar y correr por la hierba. Eso sí, intentando no llamar demasiado la atención.

El dulce gorjeo de los pájaros se veía interrumpido por los madrugadores visitantes del parque. Unos iban a correr y sus resoplidos y pisadas retumbaban en el silencio. Otros sacaban el perro a pasear y protestaban por tener que recoger sus excrementos. Aunque algunos, definitivamente, lo dejaban abandonado con mal disimulo. Pensarían que eran abono para el albero, porque césped quedaba ya poco.

Se encontró una almendra y se la guardó.

De banco en banco, se paraba a contemplar a la gente. Se alegraba de ver a personas mayores con la energía suficiente para marchar joviales por los senderos en sus excursiones diarias. Todavía era temprano para que los niños invadieran el parque y pusieran a prueba su vitalidad. En realidad, no se veía demasiada gente. Aunque, sí había algunas parejas que engañaban sus agendas para compartir un rato entre los árboles. Algunas parecían amanecer ya en plena fogosidad.

Se encontró un anacardo y se lo guardó.

Un chico y una chica estaban sentados juntos en el mismo banco, pero, en lugar de iniciar un tierno y delicado acercamiento, empezaron a discutir. Se alejó de los gritos sin entender por qué estaban de mal humor en lugar de disfrutar del ambiente tan fantástico, tan lleno de vida.

Encontró una nuez y se la guardó.

Se adentró en un parterre lleno de preciosas flores y se dejó cautivar por sus olores y sus colores. Eso sí, de ninguna de las maneras se permitió dañar a ninguna. Ni siquiera molestó a las abejas que zumbaban recolectando el polen y el néctar de los estambres. La naturaleza había que disfrutarla y admirarla, pero nunca molestarla o lastimarla.

Encontró varias semillas más y se las guardó.

Un segundo de distracción y un enorme perro le lanzó un ladrido que le hizo saltar varios metros del susto. Mirándolo de reojo, corrió lo más rápido que pudo y se encaramó a un árbol. Con solo dos saltos consiguió llegar hasta la copa. Desde arribó miró al perrazo y se burló de él. Es lo que tienen estos cuatro-patas barrigones, buena vida, mucho genio, pero poca agilidad.

Decidida a no arriesgarse más, se balanceó de rama y rama y, pasando de árbol en árbol, llegó hasta su casa. Guardó todos los frutos secos, que había encontrado, en su almacén y luego se fue al dormitorio para despertar a sus pequeños retoños. Solo se veían sus enormes y peludas colas que le servían como mantas.

—¡Vamos perezosos, arriba, que ya es de día! —Tocando palmas y dando pellizcos los hizo despertarse.

Después de un fructífero desayuno, todos se asomaron entre las ramas para disfrutar de la jovialidad del parque en primavera.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Escribe un relato que hable sobre la Jovialidad.

La Sabiduría de la Naturaleza

La tristeza los mantuvo ocultos mientras la raza dominante exterminaba sin contemplaciones. Abandonaron su entorno, con asco e ira, y se escondieron a la espera. Cuando los destructores se tuvieron que encerrar por miedo a un enemigo mucho más pequeño, más insignificante, pero más implacable, más temible, la naturaleza les devolvió la alegría y, como una bandada de flechas que atraviesan sin permiso, tomaron posesión de la tierra. Las llamadas bestias y fieras volvieron a dominar el mundo y la naturaleza no se sorprendió. Sabía que estas cuidarían mejor de ella, porque su apariencia era sombría, pero sus corazones límpidos.

Microrrelato para el Reto Literario «Escribir Jugando«
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: una flecha/un carcaj
Reto opcional: Que aparezca una de las seis emociones básicas:
sorpresa, asco, miedo, alegría, tristeza o ira.

Este micro ha sido galardonado con la mención especial del Optimvs mensi.

Muchas Gracias, Lídia. 😍😍😍

A Través del Cristal

Fotografía de una preciosa puesta de sol en la playa de La Victoria, Cádiz.
A la izquierda de la foto se puede ver parte de la escalinata de bajada a la playa y a la derecha el sol ocultándose entre las nueves y el horizonte.
Puesta de sol en la playa de La Victoria (Cádiz). Fotografía propia.

Nuestra vida es efímera y, quizás, por eso queramos inmortalizar escenas para el recuerdo. Contemplando una de las puestas de sol más bonitas del mundo, fui testigo de ese gran error. La sensación de que el pasillo entre la vida y la muerte se estrecha y te asfixia, hasta que la tenue luz de la luna te aleja de la oscuridad, no se puede disfrutar a través de la pantalla del móvil que tienes entre tus manos. No entiendo cómo pueden privarse de sentir este maravilloso espectáculo.

Fotografía de una puesta de sol en la playa de "La Caleta", Cádiz.
El sol se oculta entre las nubes, que tapan la parte superior de la fotografía, y el mar, dónde se balancean varias barcas.
A los lados, el Castillo de San Sebastián, a la izquierda, y el de Santa Catalina, a la derecha.
Puesta de sol en la playa de La Caleta (Cádiz). Fotografía propia.

Microrrelato publicado en el Reto «5 Líneas» de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas que incluya las tres palabras propuestas: (Manos, entiendo y pasillo.)

Naturaleza en Extinción

La imagen muestra: un prado, dónde se puede ver un banco vacío junto a un árbol. Delante del banco, separando este del cesped, un camino de ladrillos rectangulares, formando un semicírculo. Unas nubes al fondo y el sol cayendo, completan la escena de una puesta de sol.
Imagen de Gundula Vogel (Pixabay)

Esta mañana me despertó los tenues rayos del sol, cuando aún no calentaban. Salí volando sin siquiera lavarme la cara y realicé todos mis quehaceres. Necesitaba terminar pronto para poder llegar a tiempo a la cita con Beety. Habíamos quedado al atardecer y me quedaba un largo camino por delante.

Piqué de un sitio y de otro sin molestarme mucho en cuidar mi dieta. Sé que cualquier día tendré problemas para sustentar mi orondo cuerpo e incluso, puede que no quepa por la abertura de mi hogar. Bueno, hoy tenía mucha bulla y quería aprovechar el buen tiempo.

Saciadas mis necesidades básicas, volví a salir zumbando y me metí en el metro. Estaba atestado de personas que regresaban de sus trabajos. El ambiente era angustioso e insalubre. Todos llevaban caras serias, tristes, con gestos adustos e irritados. No parecía que sus rumbos fueran demasiado agradables. Yo, sin embargo, ansiaba llegar a mi destino. Se apiñaban incómodos, dando codazos, empujones y, alguno, hasta intentó darme un manotazo.

Cuándo las puertas se abrieron, no esperé a que nadie se me adelantara y me apresuré a salir de allí sin mirar atrás. Enfilé raudo las escaleras que llevaban a la superficie y el aire límpido y virginal me inundó los sentidos. Ya estaba cerca, muy cerca.

Había pasado bastante tiempo desde la última vez que quedé allí con Beety, pero el paisaje no había cambiado. Me dejé caer en el frío hierro del banco azul que dominaba la vista y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El sol empezaba ya a declinar hacia su ocaso y pintaba el cielo con tonos ocres y las nubes con trazos azules y grises. A mi derecha un árbol, de escasas hojas, intentaba filtrar tímidamente el moribundo sol. De aspecto perenne, pero firme, ejercía de guardián del pequeño parque en el que me encontraba.

Beety llegó enseguida y se colocó a mi lado. Juntos fuimos viendo caer la luz y cambiar el verde del césped por el pardo pálido de la tierra. El camino de grises ladrillos que nos separaba del prado emergía de vida. Una larga fila de hormigas se disponía a llevar sus capturas hacia su agujero. Gusanos, lombrices y babosas festejaban el no haber sido pisadas por los niños que jugaron esa tarde sobre ellos. Varias mariposas danzaron a nuestro alrededor generando bellísimos reflejos de variados colores que la luz filtraba a través de sus alas.

Cuando el sol apenas alumbraba ya y el silencio se adueñaba de todo el paisaje, Beety y yo nos tocamos con nuestras cabezas y nos felicitamos por poder disfrutar un día más del maravilloso paisaje. No sabíamos cuánto duraríamos, según muchos estábamos al borde la extinción. Cuando eso pase, posiblemente el mundo cambie y no será a mejor. Ignorantes y desdeñosos, los humanos no son conscientes de nuestra importancia en el ecosistema. Cuando faltemos dejarán de existir también las plantas, puesto que somos las responsables de su polinización y eso dará comienzo al declive de la naturaleza. Somos pequeños, somos insectos, somos abejas, pero somos necesarios. Somos imprescindibles.

Relato escrito para el reto literario VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato que describa la imagen, de forma que todo aquel que no pueda verla en su máximo expresión, sea capaz de disfrutar de todos sus matices.