Acerca de JascNet

Docente, devoralibros y creador de historias. Tal vez no llegue a ninguna parte, pero como lo importante es disfrutar del camino, ¡pues ahí estamos!

VadeReto (DICIEMBRE 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Nota.- Con motivo de la Navidad he colocado varios adornos: Bolas de colores en la parte superior izquierda; un ramito de acebo con tres cerecitas, en la parte superior derecha; dos tréboles verdes, uno en la V y otro en la O de "VadeReto" y una guirnalda de flores rojas y blancas debajo del mes y año.
Para terminar, en el centro y encima de todo "FELICES FIESTAS", en letras doradas.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

Llegó el último mes del años y con él nos hacemos amigos inseparables de la mantita y los guantes, el chocolate y el café calentitos, el gimoteo nasal y el quejío gargajoso.

Pero también es la época de mayor disparidad de emociones. Gente alegre porque llegan fiestas entrañables, llenas de amor y felicidad; gente cabreada porque las obligan a vivir en un ambiente de hipocresía y cinismo. Vamos, como la vida misma.

En realidad, los dos tienen y no tienen razón, porque hay de todo. Sin embargo, ¿no es mejor quedarse con las cosas positivas? ¿No es preferible aprovechar estas fiestas, sean o no falsas, para unir a la gente y recuperar afectos? ¿No es más propicio contagiar y generar sonrisas que bufar y mostrar odio hacia todo?

Estamos teniendo unos años bastante desastrosos, incluso sin que nosotros mismos los provoquemos, que ya es algo destacable. ¿Por qué no nos permitimos DESEAR que lleguen buenos tiempos? ¿Es mucho pedir DESEAR que seamos mejoren? ¿Podemos DESEAR que nos llueva felicidad del cielo, en lugar de café Juan Luis?

Bueno, en esta divagación de preguntas, parece que estamos en el imperecedero Saber y Ganar, os acabo de avanzar el tema de este mes.

Diciembre es, por antonomasia, la época del año en que más se tramitan los deseos. DESEO de un próspero Año Nuevo. DESEO de buenos propósitos. DESEO que me toque la lotería. DESEO que se me cumplan todos mis DESEOS. ¡Pórtate, Aladino!

Pues a eso vamos, el VadeReto de este mes girará alrededor de: El DESEO.

No, mentes febriles. No hablo de «esos DESEOS». Aunque, hay formas de escribir elegantes y delicadas sobre el tema sin herir sensibilidades. Ya sabéis que este reto intentan ser para todos los públicos, pero si alguno se atreve a escribir una erótica poética sin que los ofendiditos nos cierren el Acervo, pues adelante. (Ojalá se atreviera mi amiga y admirada Helena 😜, maestra en estas lides).

Concretando, el VadeReto de este mes propone que creéis una historia que gire al rededor del DESEO y, como una lámpara maravillosa, os erijáis en Aladinos de vuestro cuento.

Photocomposición creada a partir de un fondo de un bosque, difuminado con tintes azules; y un primer plano, en la parte inferior, terroso, en dónde aparecen algunas setas pequeñas y blancas.
Por la imagen vuelan mariposas, también azules. Y sobre el suelo hay una tetera, transformación de una lámpara antigua dorada, modelo árabe,  que infusiona y suelta por su boca un humo entre blanco y verde.
Composición creada a partir de la Imagen de fondo de Игорь Левченко en Pixabay;
tetera sacada del baúl de san Gúgel y modificada; humo creado con sudores, lágrimas y la paciencia y cabezonería del que suscribe; y la inestimable ayuda del fotoshó.

Podéis hacer que el DESEO se cumpla o no en el relato; que quede en un limbo imaginativo; que seáis los que lo pidáis o los que lo concedáis; que este sea el mismo corazón de la historia o una simple excusa para contarla.

Como en la mayoría de los retos del Acervo, os dejo a vuestra elección el género, los protagonistas, el escenario, la geografía, la historia y hasta la química. ¡Sed imaginativos!

Citas:

«Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.»

Miguel de Cervantes

«La vida no es significado; la vida es deseo.»

Sir Charles Chaplin

.

Que seáis deseosos, pero no ansiosos, y que las musas os colmen de deseos escritoriles.

Disfrutad de las fiestas con control y moderación, pero que el amor y la felicidad os inunde todos los poros de vuestros cuerpazos. Que como me dijo un camarero, gaditano, castizo y artista: «La vía son tres días y dos y medio ya me han pasao por encima.»

¡FELICES FIESTAS!

Besos Múltiples, Abrazos y ashushones.
😊😉😘😘😘

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de escritura)

  • SU RECUERDO, de Nuria de Espinosa (Entre Luces y Sombras)
    Blog Comentario

El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.

Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
.

Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.

La Cabina de Nemo

Buenos días/tardes/noche sean.

Me complace mostraros el maravilloso regalo que me han hecho en la revista La Cabina de Nemo. Eternamente agradecido a mi mentora y editora, Auxi (M.A. Álvarez), y al director de la publicación, Pako Mulero:

Encabezado de mi relato "Un Cadáver a la Mesa", publicado en la revista.

Os pongo un poco en antecedentes:

La Cabina de Nemo es una publicación de formato físico presentada y reconocida oficialmente en Festivales de Cine Internacionales y nominada en los Premios Literarios Ignotus de la AEFCFT (Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror) en 2019, 2020 y 2021. Habla sobre cine, series, literatura, cómics, manga, videojuegos, música y subcultura. Su propósito principal es la libertad creativa sin condiciones.

Este año la revista ha estado presenta en la 32ª Semana de Cine Fantástico y de Terror de Donostia (San Sebastián) que se celebró entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre.

Su director, creador e impulsor Pako Mulero creó el primer número en agosto de 2017 (en Tebeosfera podéis ver las portadas de los ejemplares anteriores) y este mes se ha editado el número 8, cuya portada es esta:

Portada de la revista "La Cabina de Nemo". En ella se ve a un esqueleto, riendo y vestido de juglar, que toca un laúd o bandurria.
Portada de la revista «La Cabina de Nemo«,
creada por M.A. Álvarez (@auxilili)

Este número es especial por la gran cantidad de material publicado. Como dice en la portada: ¡Es número Doble, casi Triple! Sobrepasando las 200 páginas. En este vídeo su director habla sobre él:

Y en estas fotos podéis ver el Staff y Autores, el prólogo y su índice:

La portada y contraportada de la revista son obra de M.A. Álvarez (Auxi), una maravillosa escritora, ilustradora, diseñadora gráfica y cualquier proyecto que se empeñe en sacar p’alante. También se ha encargado de la maquetación y edición de la publicación completa y dentro podemos encontrar su relato «Pirata por Accidente«. Si entráis en su web, podréis ver su excelente producción literaria, así como algunas de sus ilustraciones: Auxilili’s Art.

El Décimo Paciente es su último libro, de momento, y os puedo asegurar que es un bastinazo (que decimos por mi tierra). Relatos fantásticos, intrigantes y sorprendentes. Para papearse todos los cuentos de una sentada, aunque siempre recomendaré, mucho mejor, dosificarlos y degustarlos como finas delicias del paladar.

Y por fin…

Aquí os presento el preciosisísimo regalo de mi publicación:

Este relato ya lo publiqué en este mismo blog, dentro de la propuesta literaria VadeReto. Sin embargo, se merecía un pulido, ampliación y retoque para su inclusión en la revista. Tranquilos, no me mandéis la factura de vuestro oftalmólogo. En este enlace podéis acceder a la nueva entrada con su versión definitiva: Un Cadáver a la Mesa.
Aunque se lee muchísimo mejor en la misma revista. 😜

Si queréis disfrutar plenamente de ella y adquirir un ejemplar, solo tenéis que poneros en contacto con su director, por facebook, o también, con Auxi, mediante un mensaje privado a su cuenta de Twitter.

Reitero mi agradecimiento y espero que os guste la publicación.

Besos Múltiples, Abrazos y Ashushones.
😊😉😘😘😘

VadeReto (NOVIEMBRE 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Para el reto de este mes, lo he personalizado añadiéndole una sonrisa blanca, estilo smile, con guiño del ojo izquierdo, sobreimpresa en toda la imagen.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

Entramos en el mes de la Pre-Navidad. Aunque en algunos lugares ya se han decidido a poner bombillitas, arbolitos, villanciquitos y demás parafernalia festiva. No entiendo tanta bulla en adelantar las fiestas y agrandar su tiempo. Luego no quieren que estemos saturados al llegar a ellas. Aunque, bueno, mientras sea para que la gente disfrute. Pero no seáis derrochones que luego llegan los llantos en enero. 😜😝

En el VadeReto de este mes vamos a dar un brusco giro literario con respecto al anterior. Ya habéis demostrado de sobra que sois capaces de asustar, poner los vellitos de punta y acelerar el corazón como el bombo de una chirigota. 🥁💓

¿Que tal si dulcificamos un poco el reto?

Fotografía en blanco y negro de un bebé. Se encuentra arropado por una inmensa toalla, aunque solo le tapa sus partes vergonzosas. ;)
Lo más significativo es su preciosa cara sonriente con media lengua fuera. Sus ojitos, semi cerrados por la risa, muestra una inmensa alegría.
Imagen de Pexels en Pixabay

No, tampoco hace falta que os pongáis empalagosos y moñas. O sí, vosotros veréis.

El tema de este VadeReto es la SONRISA.

No, tranquilos amigos dentistas. No empecéis a salivar. ¡No hay por qué enseñar los dientes! 😂😂😂

Os invito a crear un relato positivo, alegre, de bueno humor, con o sin chistes, que contagie una sonrisa al lector.

Pero, vamos a poner una segunda condición: que la historia esté protagonizado por NIÑOS.

Niños jugando:

Fotografía con tonalidades sepia, como en una puesta de sol, que muestra a varios niños jugando, corriendo tras llantas de ruedas. Sus cuerpos se muestran tenuemente, casi en siluetas, pero se puede ver, perfectamente, que están disfrutando mucho.
Imagen de Tri Le en Pixabay

NIños riendo:

Dos chicas se lo están pasando bomba mojando sus manos en una fuente. Como el agua les salpica se retuercen de risa. El agua cae desde arriba y el chorro se deforma al tocar sus manos.
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Niños bailando y cantando:

Una pequeñaja, muy rubia y con cara de traviesa, baila en lo que parece una playa. El entorno está difuminado, así que solo se ven unos troncos apilados en forma de gran fogata o cabaña. La chica lleva un vestido púrpura con adornos y juega con una especie de estola.
Imagen de Zinz25 en Pixabay

O Niños… simplemente… haciendo de Niños:

Tres niños juegan dentro de un lago. Dos de ellos le echan agua al tercero que se sitúa en el centro. El agua aparece congelada en el momento de caer sobre el chico, gracias al momento del disparo fotográfico.
Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay

Aunque también hay Niños disfrazados de ancianos… 😉

Un anciano, de barba blanca, aunque corta, aparece disfrazado de arlequín. Resalta el color rojo de su vestimenta y gorro, con ribetes verdes.
Su pequeña sonrisa y sus ojos me representan al niño interior que está disfrutando.
Imagen de Siggy Nowak en Pixabay

Como siempre, tenéis libertad para elegir el género, la trama, los personajes. Perooooo… Esta vez vamos a intentar evitar los terrores, la sangre, los sustos, los malos rollos y disgustos. Que esta historia nos haga sonréir el corazón.

«El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.»

Pablo Neruda

«Ciertas imágenes de la infancia se quedan grabadas en el álbum de la mente como fotografías, como escenarios a los que, no importa el tiempo que pase, uno siempre vuelve y recuerda.»

Carlos Ruiz Zafón

¡Dejad que vuestros niños interiores se transformen en protagonistas de las aventuras que os gustaría disfrutar!

Besos Múltiples, Abrazos y achuchones.
😊😉😘😘😘

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de escritura):

BLA BLA, de Marlen Larrayoz (Trujaman)
Blog Comentario
BAILAR CON EL VIENTO, de Ana Piera
Blog Comentario
LA CLASE DE CATECISMO, de Nuria de Espinosa (MisLetrasLiterarias)
Blog Comentario
AMIGO ¿IMAGINARIO?, de Lola García (loquevalelapena)
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LA JUSTICIA POR SU MANITA. (Juicio en Tres Actos), de Isra (ElDestrio)
Blog Comentario
CHIQUILLADAS, de Virtudes Torres (Vitolosa)
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DUELO EN EL O.K. (El Otro Korrá), de Jose Antonio Sánchez (JascNet)
Blog
EL NIÑO DE LA SALA DE JUEGOS, de JM Vanjav
Blog Comentario

El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.

Un Samhain Accidentado

Por la carretera comarcal 512, un Citroën Berline del 63 casi no toca el asfalto. Lleva tal velocidad que desde su interior no se puede divisar el paisaje. Aunque es de noche, la luna del Samhain alumbra claramente los bordes de la carretera. Al volante va Juanbe Vido, casi no ve la carretera y conduce más por intuición que por certeza. A su lado, su mujer le habla y protesta, aunque él no la escucha:

—Cariño, has bebido demasiado. Ve, al menos, más despacio. ¡Vamos a tener un accidente!

—No te escucha mamá. Nunca te escucha —le dice su hijo desde el asiento trasero.

—Tranquilo cielo, enseguida llegaremos a casa —le responde con cariño su madre.

—No sé si tengo ganas de llegar a casa con él borracho.

Su padre no les hace caso y coge la botella que reposa junto el freno de mano, se la lleva a la boca y suelta brevemente el volante. Solo hace falta ese lapsus para que el coche se descontrole y empiece a culebrear por la calzada. Cuando Juanbe quiere recuperar el control ya no es posible. Todos gritan. El coche se sale de la carretera y, después de arrollar todos los arbustos y setos que se encuentra por delante, se empotra contra un árbol. El estruendo de la chatarra y los cristales estallando resquebrajan el silencio del bosque.

Al cabo de unos pocos segundos, la mujer sale con dificultad, la puerta del copiloto ha desaparecido. Cae al suelo y resopla. Se mira y comprueba que no tiene ni un rasguño. Sin esperar demasiado, se levanta y se dirige a la parte trasera, las puertas están desencajadas y abiertas, pero su hijo sigue dentro. Lo saca, lo deposita sobre el suelo terroso y, después de evaluarlo, comprueba que tampoco tiene ningún rasguño.

—Cariño, despierta. Estamos bien —le susurra cerca del oído al pequeño.

El chico parpadea y sonríe al ver la cara de su madre. Ella le devuelve la sonrisa y ambos se abrazan.

—Vamos, hijo. Tenemos que sacar a tu padre del coche.

—¿Por qué, mamá? Él no nos ayudaría a nosotros.

—Porque nosotros no somos como él, cariño.

Ambos se dirigen a la puerta delantera, aunque no consiguen abrirla. En el interior, el hombre se ha quedado trabado entre el volante y el sillón. Todavía respira, aunque con dificultad, y en su cara se pueden ver manchas de sangre. Tiene que haber chocado contra la luna delantera.

Ninguno de los dos intenta tocarlo, saben que no podrán sacarlo. Se miran y el pequeño, con cara seria y decidida, vuelve a decirle a su madre:

—Dejémoslo ahí, mamá. Es lo que él haría con nosotros.

—Ya te lo he dicho, hijo. Nosotros no somos como él. Tenemos que buscar ayuda.

—¿Pero dónde? Estamos en medio de un bosque.

—Si no comenzamos a caminar no encontraremos nada. Seguro que hay por aquí alguna casa. Cuando la encontremos, pediremos ayuda.

A regañadientes, el chico asiente. Se cogen de la mano y se adentran en el bosque.

Conforme caminan por entre la espesura los pájaros dejan de cantar. Los pequeños animales se esconden de su presencia y los aullidos, de animales más grandes, se escuchan en retirada.

Al cabo de unos minutos, el olor de la chimenea, y algo que se está asando en ella, les llega antes de divisar la casa. Corren siguiendo su olfato y llegan a un claro en dónde consiguen ver la hacienda. Esta, solitaria y casi en ruinas, los recibe en silencio.

—Mamá, me da miedo este sitio.

—Tranquilo cariño, seguro que quién vive ahí puede ayudarnos.

Con más convicción que valentía se dirigen hacia la puerta y, antes de que intenten llamar, esta se abre. Aparece un hombre de aspecto desaliñado, de casi dos metros de altura y bastante de ancho. Se sorprende al verlos, pero les sonríe. Le faltan muchos dientes y su cara les devuelve un gesto adusto y aterrador.

—Vaya, vaya. ¡A quiénes tenemos por aquí! ¿Qué puedo hacer por vosotros? —Su rostro se vuelve más terrorífico, si eso es siquiera posible.

—Disculpe señor, necesitamos ayuda —dice rápidamente la mujer, consiguiendo a duras penas que la voz no le tiemble. El pequeño no tarda en ocultarse detrás de ella.

—¿Ayuda? ¿Qué hacéis solos en este bosque? —ronronea, oteando los alrededores, por si ve aparecer a alguien más.

—Verá, señor. Volvíamos a casa en coche, pero hemos tenido un accidente. Mi marido conducía y se ha salido de la carretera. Ha chocado contra un árbol. Está muy malherido y no podemos sacarlo del coche. Necesita un médico urgente.

—¿Un médico? ¡¿Un médico?! ¡Estáis de suerte! Hace mucho que me retiré, pero un médico nunca deja de ser un médico.

—¡Oh, gracias al cielo! Entonces, ¿va a ayudarnos?

—Desde luego, el Doctor os ayudará. Guiadme hasta el coche.

Los tres se encaminan hasta el lugar del accidente y el hombretón, con sus grandes manazas, logra abrir la puerta sin dificultad. Destraba el cuerpo de Juanbe y lo coge en brazos, como si fuera un niño, llevándolo hasta la casa.

Al llegar a ella, lo deposita brevemente sobre una mesa, en la entrada, y se dirige hacia unas puertas, en el suelo, cerradas con un candado, que parecen acceder hacia un sótano o zulo. Las abre, produciendo un tremebundo chirrido, y vuelve a por el cuerpo del accidentado. Entra en el habitáculo, pero la mujer y el niño se quedan fuera. No se atreven a adentrarse en ese sitio tan oscuro y maloliente.

—Mamá, ¿crees que podrá salvarle la vida? —le dice el pequeño a su madre, mirándola con ojos llorosos.

—Eso espero, cariño.

—Pero no hubiera sido mejor que lo hubiéramos dejado morir. Si se salva volverá a hacernos daño.

—Tranquilo, cariño. Ya te he dicho que nosotros no podemos comportarnos como él. Tenemos que actuar como buenas personas. Estoy segura que ya no nos pegará más.

—¿Crees que después de ayudarlo cambiará?

—Esta vez estoy seguro, hijo mío.

Ya en el interior, Juanbe está sobre una gran camilla, bocarriba, amarrado. El Doctor le ha curado los cortes, arañazos y moratones superficiales y le ha cosido una herida que presentaba en el costado. Parece que tiene más magulladuras que lesiones importantes. De todas formas, no sabe si tiene alguna contusión interna. Despierta trastornado y desorientado.

—¿Dónde estoy? —musita sin ver todavía al médico —. ¿Qué ha pasado?

—¿Qué has tenido muchísima suerte, colega? —le habla su cuidador desde el fondo de la habitación.

—¿Quién… Quién es usted? —pregunta Juanbe sin atinar a ver a su interlocutor, a pesar de intentar contorsionarse buscándolo.

—¿Quién soy? Jejeje. Puedes llamarme, Doctor. Soy el que te acaba de curar, muchacho. Tienes que darles las gracias a tu mujer y a tu hijo. Si ellos no hubieran llegado hasta aquí, pidiendo ayuda, ahora estarías desangrándote en el coche.

—¿Mi… mujer… y mi… hijo?

—Sí, deben estar fuera esperando. Voy a salir un momento para traerlos aquí. Ya verás qué magnífica reunión vamos a formar.

—Pero… es imposible. Ellos no…

A Juanbe no le da tiempo de terminar de farfullar antes de que el hombre salga al exterior. Mientras, intenta soltarse de la camilla sin ninguna fortuna.

—¡Maldita sea! —regresa el médico malhumorado y nervioso—. Han desaparecido. Se han largado. Creo que me tendré que contentar solo contigo, prenda.

—¿Largado? Pero, ellos… ¡Eso es imposible!

—Pues me han privado de una gran fiesta, chico.

Juanbe no entiende nada, pero su vista se está aclarando y consigue ver todas las herramientas que cuelgan de las paredes. Todas tienen una apariencia tenebrosa. Sierras, martillos, tenazas, docenas de cuchillos de todos los tamaños y formas. Además, parecen sucias. Llenas de pintura rojiza o… en realidad… es sangre.

—Escuche, señor. Ya me encuentro mejor, creo que puedo ir andando hasta un hospital.

—¿Andando? ¿Hasta un hospital? —La risa del hombre retumba en cada pared y le hiela el corazón a Juanbe—. ¿Te crees que voy a dejar que te escapes, como tu mujer y tu hijo? Aunque… Quizás regresen más tarde.

—¡¡Ya le he dicho que eso es imposible!! —grita desesperado.

—¿Imposible? ¿Por qué?

—¡¡¡Porque están muertos!!! ¡¡¡Yo los maté!!!

En ese instante, en la cabecera de la camilla aparecen su mujer y su hijo, etéreos y brillantes, uno a cada lado. Ambos sonríen, se miran y asienten con complicidad. Ella le acaricia la frente y le susurra, saboreando cada palabra:

—Tranquilo, amorcito. Ahora sabrás lo que es ser maltratado.

.

Nota.- Imagen de la cabecera de J.W Vein en Pixabay.

La Terrorífica Hoja en Blanco

Aquí estoy, delante del monitor con las manos apoyadas suavemente sobre el teclado y sin haber podido escribir ni la frase inicial. Bueno, en realidad, he escrito varias y las he borrado. Con rabia y desdén. La hoja en blanco reluce en la pantalla y me hace ver chiribitas de tanto mirarla fijamente. Me han encargado una historia de terror y yo no soy de meter muchos sustos. Me los doy yo al levantarme cada mañana y mirarme al espejo. O al mirar mi cuenta corriente. O al ver los informativos… Pero, ¿escribir terror? ¿Eso cómo se hace?

Me he creado el ambiente ideal. He esperado a la noche y, en mi pequeño estudio, solo la pequeña luz de un flexo ilumina tenuemente las tinieblas de la habitación, que no las de mi mente. Había pensado ponerme algo de música impresionable, pero creo que nada es más terrorífico que el silencio. Aunque, de vez en cuando, creo advertir etéreos ruidos. Serán los muebles quejándose o mis neuronas sollozando.

Hago otro intento de inicio: «Era una noche fúnebre, triste y lastimera que…»

¡Por favor! No puedo ser más vulgar y simplón. ¿Cuántos relatos habrán empezado de esta forma? No puedo…

—¡clac, cloc, clac, cloc!

¡Mierda! El sonido de unas pisadas me ha hecho dar un respingo. No es la primera vez que el eco de la calle se cuela en la casa. Susurros de conversaciones nocturnas, tacones que clavetean sobre el asfalto, ladridos o maullidos de mascotas perdidas… Pero ¿y si esta vez no es en la calle?

Mi ansiedad hace que me levante y lo compruebe. Es una gilipollez, vivo en un segundo piso y aquí no llegaría al balcón ni el spiderman con un cohete. Pero no lo puedo remediar. Salgo del estudio y recorro el pasillo, sin encender las luces. No quiero despertar a nadie con mis tonterías.

Llego al salón y solo la débil luz que atraviesa los cristales me permite vislumbrar las siluetas de los muebles. Eso me hace evitar perder los meñiques de los pies con las patas de la mesa o el sofá. Todo tranquilo. Nadie tampoco en la cocina. ¡Pues claro! ¿Qué esperaba, al tío del antifaz?

Un ligero susurro en el aire me hace girarme hacia el otro pasillo y allí…

—¡¡¡MIERDA Y REMIERDA!!! —grito.

Una inmensa silueta de casi dos metros avanza hacia mí. Solo se atisba su reluciente y blanquísima sonrisa. Cuando pasa por delante de la luz de la ventana puedo ver que es mi hijo, se mueve hecho un zombi, con los ojos abiertos. ¡Otra vez se ha levantado sonámbulo! ¡Lamarequeloparió! Menudo infarto ha estado a punto de pegarme. Lo acompaño a su habitación, sin despertarlo, y lo ayudo a acotarse de nuevo. Parece un muñeco, ni se da cuenta. Cuando cae en la cama, se vuelve y sigue durmiendo como si tal cosa. ¡Angelito!

Regreso a mi estudio, no sin antes haberme bebido un buen vaso de agua para bajar el susto de la garganta, y me llevo otro, por si acaso. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación escucho unos gruñidos guturales bastante aterradores. Pero esta vez no me asustan, sé que son los ronquidos de mi mujer que está en el séptimo sueño del nirvana, ya estoy acostumbrado.

De nuevo me siento ante el ordenador, con la hoja y la mente en blanco. Después de varios minutos estoy tentado de abandonar la tarea e irme a la cama, pero seguro que don insomnio está esperándome impaciente junto a la mesita de noche. Ávido por torturarme una vez más. ¡No! ¡Tengo que insistir hasta que se me ocurra algo!

—¡ji, ji, ji, ji!

Mi medroso corazón pega otro bote con esta sibilina risita. Me vuelvo bastante mosqueado.

—¿Te parece gracioso jugar con el corazón de tu padre y…? —le dijo a la oscuridad quedándome a media bronca.

No hay nadie. Agudizo mis oídos, pero solo el silencio me atrona sin contemplación. Es imposible que haya salido huyendo sin hacer ni un solo ruido. Estoy seguro que escucharía sus irrefrenables carcajadas. ¡Joder! Todavía no estamos en el jaloguín para que las musas se cachondeen conmigo. No le hago caso. Son elucubraciones de mi mente alucinada. ¡Toma frase! ¿Cómo podría meterla en el relato?

—¡Ni adrede!

Ha sido mi mente, estoy seguro. Ha sonado como si viniera de detrás, pero ha sido mi mente. Ha sido dentro de mi cabeza. ¡Tiene que serlo! ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir terror de madrugada? Solo a mí. Oscuridad, silencio, atmósfera de terror… ¡¡Sus muertos!!

Me dispongo a cerrar el programa, sin grabar, no hay nada que grabar, cuando caigo en un curioso detalle. ¿Jaloguín? Estamos en octubre… mi hijo no regresa a casa de su destierro universitario hasta Navidades. Mi mujer… Mi mujer está pasando el fin de semana fuera, en un cursillo de yoquejé. Entonces…

Un tremendo escalofrío me recorre desde la nuca hasta las partes bajas. No, las ventanas están cerradas. No ha sido una corriente de aire, de hecho, hace bastante calor aquí. Estoy sudando. Bueno, también es por la sugestión. Porque ¡¡todo es una sugestión!!

No me da tiempo a seguir pensando, un aliento, esta vez cálido y húmedo, me sopla en el cogote. Abro tanto los ojos que se me caerían las lentillas, si las llevara. ¿Estaré soñando?

¡¡¡PAF!!!

¡Qué animal soy! La bofetada me ha dolido más que si me la hubieran dado. No, tampoco es un sueño. Me pica la cara y me quema el cachete. El ligero temblor que me recorre todo el cuerpo me hace gritar:

¡¡¡BASTA!!!

Hago intento de levantarme, pero un peso en el hombro derecho me lo impide. No giro la cabeza. No miro. No quiero ver lo que es. Me repito a mí mismo: «estás muy cansado, son alucinaciones, no hay nadie detrás, es una ilusión por la falta de sueño…»

Algo frío y afilado recorre mi garganta e impide que trague saliva.

— SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCIN…

Relato para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia de Terror.

VadeReto (Octubre 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Nota.- En esta ocasión he añadido: una telaraña superpuesta a la imagen; un par de arañas, una sobre la O y otra colgando de la rama izquierda de la corona dorada de laurel; una calabaza sobre la mesa, con los agujeros de los ojos y la boca dentada, iluminada por dentro; y un murciélago que se superpone a la letra V, con la misma forma.
Todo muy Haloweeno. ;)
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

Entramos en el mes del terror.

¿Será porque ya estamos inmersos en el curso?

¿Será porque vamos cuesta abajo a las Navidades y nos da muuuucho «mieo» las comilonas y ver la cartera vacía?

¿Será porque el mes de octubre es el décimo del año y los romanos, listos que eran lo simbolizaban con una «equis», por lo de «qué cruz nos ha caio»?

¿Será porque se adentra en el Jalogüín y ya sabes que ni hay truco ni trato que valga?

¿O será porque es el mes de mi cumpleaños?

¡Cualquiera sabe!

Pero… ¿por qué vamos a rehuir de la tradición?

¿Vamos a montarnos una de TERROR para el VadeReto de este mes?

¿¡Por qué leches estoy haciendo esta entrada con tantos interrogantes!?

De lo dicho al hecho solo hay un pecho, o dos. Se trata de que este mes nos metais mucho susto. Podéis mezclar los géneros, pero el principal será el TERROR TERRORÍFICO EN LA CASA DEL HORROR HORROROSO.

Aquí os voy a dejar algunas imágenes inspiradoras, pero que no tienen por qué ser usadas con obligatoriedad, solo si necesitáis ayuda imaginativa. 😉

Avanti con ellas 👇🏼👇🏼👇🏼

En primer lugar, la típica, tópica, tétrica imagen que hace pegar un triple salto a tu pobre corazón. Luego resulta que es tu niño haciendo gracietas, pero el susto no te lo quita nadie, sobre todo si la ventana es la del vigésimo tercer piso:

Imagen en blanco y negro monstrando una mano a contraluz apoyada sobre un cristal. Vista desde el otro lado.
La silueta portadora del miembro solo se ve muy ténuemente.
Imagen de Free-Photos en Pixabay

No puede faltar para inspiraros la luna, lunita, lunera. Para algunos es una belleza que genera sentimientos de sueños y placer. Para otros es la musa de las pesadillas. Para otros sustituto del crecepelos. Para vosotros…

La luna llena viste entre nubes difusas y rodeada de toda la negrura de la noche.
Imagen de André Féo en Pixabay

¿Quién no ha sentido miedo, o pánico, al encontrarse en carreteras o caminos solitarios, oscuros y… tenebrosos?

Visión de un camino o carretera sin asfaltar. Es de noche o la frondosidad de los árboles, que la circundan, no dejan pasar más que una tenue luz con tonalidades grises azuladas.
El aspecto de los árboles es tenebrosos. Todos los troncos parecen idénticos, desnudos y con apariencia humana. Todos apuntando hacia sus copas que apenas se divisan.
Imagen de André Féo en Pixabay

Y por último, aunque no menos terrorífico, una simpática, bonita, atractiva, dulce y maravillosa muñeca que alimente vuestros sueños… o ¡pesadillas! 😝

—¡Yastá! —Que dijo el chinito.
—¡KómoKeyastá! —Que dijo la chinita.

Como he dicho antes, no tenéis por qué usar las fotografías como elementos de vuestra historia, aunque también podéis coger las que os plazca, ¡incluso todas!

No seáis clementes en esta ocasión y ponednos la carne de gallina, los pelos como escarpias, y los de abajo … Que no podamos dormir durante todo el mes. (Suena la risa sarcástica y maliciosa de mi insomnio).

Para poneros en sintonía os digo una frase que he leído hace poco:

«El mundo está lleno de Monstruos,
tanto si crees en ellos como si no,
ten por seguro que vendrán a por ti.»

Mark Russell, «Exit Stage Left»

.

¡Que las musas se conviertan en brujas y os saque la inspiración a escobazos!

Besos Múltiples, Abrazos y achuchones.
😊😉😘😘😘

P.D. Sin ánimo de ser muy puntilloso y solo pare consensuar y respetar la elección del nombre del reto, me gustaría, y os pediría, que lo escribiérais todo seguido «VadeReto«, (no separado como «Va de Reto» o «Vade Reto«).
Sé que es una pamplina, pero pasa como el acento de mi primer nombre, que no existe, pero algunos se empeñan en colocar.
Gracias
😉👍🏼

RELATOS PARTICIPANTES (por orden de escritura):

El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.

Mi Primer Viaje

Hoy voy a hacer mi primer viaje. Es normal, tengo solo tres añitos. Cuando mis padres me dieron a elegir, no lo dudé ni un segundo, ¡quiero volar! Tuvimos que esperar al fin de semana y se me hizo más largo que la espera de la merienda. Estoy nerviosa y asustada, ¿Qué se sentirá siendo como un pájaro?

El trayecto en coche es corto, aunque se me ha hecho interminable. El «¿Falta poco papi?» se me ha escapado demasiadas veces. Menos mal que ellos tienen más paciencia que yo. A mami se le han ocurrido un montón de canciones de viajes y al final no me he dado cuenta de que habíamos llegado.

El sitio es muy grande y está lleno de gente. Debido a mi altura no puedo ver nada, por eso le cojo la mano a mi papá y la agarro muy fuerte, me da miedo perderme entre tantas personas. Avanzamos, casi sin espacio, y yo me agarro también a mi mami para que no se pierda ella. ¡Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para viajar hoy mismo!

Por fin salimos a una zona, donde hay menos gente, y el sonido atronador de los altavoces me retumba en los oídos y tengo que tapármelos. Aparece una chica joven, muy simpática y guapa, con pinta de azafata. Me dedica bonitas palabras y su sonrisa me tranquiliza. Habla con mi padre, asiente convencida y me tiende la mano, invitándome a que me agarre a ella. Yo miro a mis padres y ellos me empujan con la mirada a que lo haga, pero no me suelto de mi papi. Él intenta convencerme, dice que tengo que entrar yo sola. ¿Yo sola? Me empiezo a poner muy nerviosa. Él consigue desasirse y la chica me arrastra con ella, con dulzura, pero inflexible. Yo me dejo llevar, aunque estoy tan asustada que no reacciono hasta que lo veo.

¡Allí está el avión!

¡Es precioso! Tiene un color rojo intenso, con las alas amarillas y como un ventilador en la punta. Brilla con la luz del sol y… aunque es grande… no lo parece tanto como cuando lo he visto por la tele.

Llegamos a unas escaleras, pero sus escalones son demasiado altos para mí, así que la chica me coge en brazos y me suelta al subir a la plataforma. Me lleva hasta un asiento y su gran sonrisa se despide con mucha dulzura. Me entra una tristeza involuntaria y mis ojitos se empañan con la aparición de tímidas lágrimas. Quiero ver a mis padres, pero, cuando giro la cabeza intentando buscarlos, se encienden todas las luces deslumbrándome y una música espantosa comienza a berrear dejándome casi ciega y sorda.

El avión tiembla, se estremece, se mueve… ¡Vamos a despegar!

Todo ocurre demasiado rápido. Primero el avión avanza muy lentamente y luego va cogiendo velocidad poco a poco. El estómago se me encoge y el aire, que me golpea en la cara, seca rápidamente mis lágrimas. ¿Ya ha comenzado mi viaje?

Siento como el corazón me late con más fuerza y mis manos se ponen blancas por la fuerza con que me agarro. Comienzo a oír gritos, risas y algún aplauso. Todas son voces de niños. Yo cierro la boca muy fuerte, no quiero tragarme ninguna mosca. Al mirar por la ventanilla, ¡veo a mis padres! Pero desaparecen rápidamente. Antes de que me dé tiempo a asustarme, aparecen de nuevo. Desaparecen y vuelven a aparecer. Se van y vuelven. ¿Qué misterio es este?

El avión ahora va muy rápido y siento como el aire me mantiene en volandas. Como cuando papi gira conmigo en brazos. ¡Es una sensación maravillosa!

Ahora que mis ojos se han adaptado a la luz del ambiente, miro a mi derecha y veo… ¡¡¡Un caballo con alas!!! Miro hacia atrás y me persigue… ¡Un conejo montado en un globo! A su lado… ¡Un delfín vuela con sus aletas como si fueran alas! Encima de cada uno hay un niño riendo, gritando, disfrutando del viaje. Todos menos uno, más pequeño, que no para de llorar. La risa de todos los demás me contagia y yo también me pongo a reír.

Aunque estoy dentro del avión, levanto los brazos y simulo ser un pájaro y… ¡Vuelo!

—¡Es reconchimegashuli! —grito. No sé lo que significa, pero se lo he escuchado a un compi del cole. Por la expresión de su cara, viendo en su mano una chocolatina, tiene que querer decir lo mismo que yo ahora siento.

Mis padres siguen apareciendo y desapareciendo hasta que una música muy chula nos avisa que el viaje toca a su fin. Poco a poco nos vamos parando y, transcurridos unos segundos, vuelve a aparecer la chica simpática, me coge en brazos y me lleva con mis padres.

—¿Te ha gustado? —me dicen al mismo tiempo los dos. Yo les digo que sí moviendo muy rápido mi cabeza y abro los ojos mucho ante su pregunta—. ¿Quieres dar otra vuelta en el Tiovivo?

—¡Claro que sí! —les respondo—. Pero ahora quiero montarme sobre una paloma.

¡Me encanta volar! ¡Cuándo sea mayor quiero ser pilota!

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Inventa una historia que se desarrolle en el interior de un avión o similiar.

(Imagen de la cabecera de Gerhard G., en pixabay.

VadeReto (Septiembre 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Nota.- Para esta ocasión, he añadido un fondo de cielo tormentoso. Azules y violetas se alternan entre las nubes.

Buenos días/tardes/noches sean…

Diciembre es el mes oficial, según el calendario, en el que termina un año para empezar otro. A efectos prácticos, es una de las formas en que medimos las etapas de nuestra vida. Sin embargo, el mes que realmente nos da la sensación de cambio es Septiembre.

Septiembre da finalización a las vacaciones oficiales, las que suelen disfrutar la mayoría de la gente, los que pueden. Pero Septiembre también es el mes del comienzo del curso escolar, para todos los que están en edad de colegio o en etapa de formación. Es el mes del regreso al trabajo. Del fin de las buenas temperaturas, para los que gustan de la «caló», y del comienzo del frío, o al menos de la sabanita en la cama y la rebequita en la calle.

Septiembre para la mayoría es un mes apático, por no decir antipático, desagradable, desteñido… Vamos que andan locos por que llegue al calendario.

Para otros, sin embargo, entre los que me encuentro, es el mes de las vacaciones tranquilas; del comienzo de nuevos proyectos; del tiempo templado, ni frío ni caló; del descanso antes de la vorágina ante, pre y navideña. Un mes para volar.

¿Volar? ¿Quién ha dicho volar? Pues ya que lo mencionáis…

Vamos a coger un vuelo en el VadeReto de este mes.

Imagen de un avión en vuelo realizada a contraluz. Se ve la silueta del aparato sobre un cielo con tonos amarrillos, predominante, y marrones, nubes. El sol está tapado por la aeronave y ésta apunta hacia arriba.
Imagen de Gerhard G en Pixabay

¿Qué os parece si nos inventamos una historia que se desarrolle en el interior de un avión?

Seguro que a más de uno y una se le ha pasado por la cabeza ya una historia terrorífica de accidentes, secuestros, virus o criaturas malévolas flotando en el aire.

Pero, también tienen cabida las historias románticas, de conocimiento, de cambio, de amistad, de nuevas relaciones, de compartir momentos, de vivir unos minutos u horas en un lugar cerrado y a mucha distancia de la sólida y segura tierra.

Interior de un avión. No se ven detalles enfocados, solo la mirada desde el fondo del pasillo (parte trasera del avión) y la tanda de sillones a cada lado de la imagen.
Imagen de Nick Zigic en Pixabay

Como casi siempre, tenéis libertad para usar el género que más os guste: drama, terror, comedia, thriller… mezcolanzas y mixturas, incluidas. Dejaos llevar por las emociones.

Nunca mejor que en este caso, dejad volar vuestra imaginación y que aparezca la musa entre las nubes y os llene de inspiración.

El Comandante y todos los miembros de la tripulación del Acervo os dan las gracias por elegir este vuelo para vuestra travesía escritoril. Esperamos que el viaje sea de vuestro agrado y que nos hagáis disfrutar de vuestros maravillosos relatos.

Reclinad vuestros sillones, conectaros a una buena música y… ¡DEJAOS LLEVAR!
Besos y achuchones.
😊😉😘😘😘