Un Linaje de Sangre

Es una noche como otra cualquiera. La luna flota pacientemente en el firmamento. Espléndida, llena y reluciente, desde las alturas ilumina la playa creando una hermosa pintura y esta, coqueta y divertida, contempla su reflejo en las cristalinas aguas que la bañan. Descansa tranquila porque está escoltada por dos castillos que la guardan y forman una pequeña cala que es la admiración y la envidia de toda la costa.

En la orilla izquierda, un arco de rocas permite el acceso como una puerta sin cerrojos hacia un paseo, también de piedras, que lleva hasta el silente castillo de San Sebastián. Unas pocas farolas iluminan tenuemente el suelo y, con las gotas que la humedad de la noche y el batir que las olas dejan sobre él, parece brillar como una alfombra de cristal sobre las aguas.

La fortaleza se adentra imponente en el mar y cortándolo transversalmente hasta quedar mirando de frente a la playa.  Desde allí se mece tranquilo y solitario, flotando entre las olas que durante más de tres siglos han bañado sus piedras. Hace ya mucho que sus habitantes decidieron dejarlo abandonado. Ahora solo las gaviotas pululan por sus callejuelas durante el día hasta que el sol se pone. Son los moradores entre sus muros que custodian los espíritus de los muertos que, hace siglos, cayeron entre sus almenas. Por la noche, cuando las aves se retiran a sus nidos, el silencio se hace dueño del recinto y, solo de vez en cuando desde la ciudad, da la impresión que algún alma incauta y decidida abandona su lecho mortal para recordar sus guardias milicianas. O eso dicen los lugareños que ven sombras deambulando entre ventanucos y torretas.

El otro extremo de la playa también aparece guardado por otro castillo, el de Santa Catalina, pero más pequeño y recogido. De aspecto tímido y apocado, solo se asoma a la orilla sin atreverse a avanzar mar adentro. Permanece al borde de la ciudad sin cordón umbilical que lo una a ella. Ambos castillos no solo delimitan y custodian la pequeña playa, también sirven para enmarcar el precioso paisaje fotográfico.

Sin embargo, toda la quietud y serenidad de la playa se ven alteradas de forma inexplicable. Un ligero temblor hace palpitar la arena. Las piedras parecen tiritar y una ligera bruma comienza a cubrir toda la caleta. Entre la amalgama de niebla y luz creada por las farolas aparecen de manera repentina dos figuras blanquecinas. Uno parece un lobo y el otro un felino. Ambas pieles albinas reflejan la luz de la luna produciendo una representación fantasmal. Silenciosos y con andar sosegado se dirigen hacia la puerta de la caleta donde el arco apenas es visible entre la bruma. Al llegar a él, se sientan y parecen aguardar tranquilamente la llegada de alguien. Impasibles y pétreos, parecen dos esculturas adornando la entrada del camino. Durante unos minutos, hasta la marea parece detenerse. Ha cesado el ligero viento que peinaba la arena y la playa desierta contempla como la luna intenta atisbar lo que pasa allí abajo.

No hay que esperar mucho, como una aparición espectral atravesando la arcada emerge una silueta de mujer. Luce un camisón blanco, etéreo, que ondea delicadamente mecido por la brisa que ha vuelto a soplar. Su apariencia pálida y nívea se acopla perfectamente al ambiente espectral y refulge también ante la luz del satélite. Los animales no se han inmutado y esperan silenciosos a que ella llegue a su altura. Parece despeinada y su pelo rubio le cae suavemente sobre los hombros, enmarcando una faz inocente y tranquila. Parecería que está dormida si no tuviera los ojos abiertos, aunque parecen mirar sin ver. Sus pupilas ambarinas, sin embargo, se mantienen quietas y fijadas sobre el camino. Su andar descalzo es delicado y suave. Parece que no toca el suelo, como si flotara sobre su propia sombra. En su levitar, avanza muy despacio hacia los animales que en ese momento se levantan y la escoltan por el camino.

La luna contempla la comitiva que avanza como un desfile teatral por la alfombra de piedras. Desde la lejanía solo son tres puntos blancos que se dirigen hacia el Castillo. Aunque puedan parecer una imagen fantasmal y terrorífica desprenden un aura majestuosa, solemne y mágica.

La caminata llega hasta el umbral del castillo y la puerta, que permanecía cerrada desde hacía muchísima décadas, se abre sin producir ni un solo chirrido, y eso que sus goznes de hierro están oxidados por el paso del tiempo. Aunque es una puerta muy pesada, se mueve como si la escasa brisa la empujara. De forma hospitalaria, autoriza a la mujer y los animales para que penetren en su interior y se vuelve a cerrar tras su paso para quedar como si nada la hubiera alterado.

Atravesando las mudas callejuelas del Castillo, la bruma les va abriendo camino hasta la gran plaza que forma el Patio de Armas. Entre la neblina aparece un imponente faro que, como atento y fiel efigie, sirve de vigía en las noches sin luna. A sus pies hay una puerta abierta que solo muestra oscuridad. De ella surge una llamada sin voz. Un murmullo que primero susurra y luego grita, como una bestia agazapada que emergiera para devorarlos. Sin embargo, lo que sale de la oquedad es una miríada de mariposas de todos los tamaños y colores. Ascienden hacia el cielo y vuelven a bajar en una danza desenfrenada que crea una maravillosa coreografía de luz y color que brilla reflejando el fulgor de la luna. Se acercan a la chica y la envuelven en un abrazo alado que la lleva en volandas hasta la sombría entrada y, sin que ella se dé cuenta, penetra en la negrura cayendo irremediablemente en su interior como si la engullera una inmensa garganta.

En ese momento despierta de su ensoñación ante la caída. Sin embargo, no llega a gritar porque en realidad no está cayendo, está flotando. Como si una inmensa mano invisible la sostuviera, llevada con delicadeza y esmero en su palma, va descendiendo pausadamente por la oscuridad del pozo alejándose de la tenue claridad que apenas la ilumina desde arriba. El tiempo parece detenido y la caída eterna. Finalmente, es depositada con suavidad en el suelo desde donde puede atisbar un angosto aunque largo pasillo que serpentea hacia las entrañas de la tierra. Dado que es la única salida posible, se adentra en la galería bajando la ligera pendiente que la hace adentrarse todavía más en las profundidades. Unas misteriosas plantas, arraigadas en el techo de la caverna, dan una escueta, aunque suficiente luz que le permite avanzar entre las tinieblas.

No es una chica temerosa, aunque sí prudente. No sabe lo que le espera al final del pasillo ni siquiera si habrá alguna salida, sin embargo, no tiene miedo. Está hundida en el subsuelo, húmedo y lóbrego, pero lo único que siente es curiosidad. Por eso sigue andando y, de la misma forma que le pasó en el pozo, el tiempo transcurre indeciso. Cuando empieza a intranquilizarse y a dudar de que el camino le lleve a alguna salida, tras un brusco recoveco, aparece una luz más intensa. La galería da fin a su travesía y se abre a una inmensa e imposible cueva que parece sacada de un cuento fantástico.

Trastabillando y deslumbrada por el cambio de luz se dirige hacia el centro de la gruta, contemplando sorprendida y admirada la belleza de las formas de las rocas, las plantas que han echado flores en tan inhóspito lugar, incluso cree ver algún pequeño animal que se escabulle ante su presencia. Más que una siniestra cueva parece el claustro de una catedral con el techo abovedado de brillantes guijarros en lugar de estrellas.

Está tan ensimismada contemplando tal maravilla que tarda en darse cuenta de una sombra en mitad de la caverna. Cuando sus ojos se adaptan, comprueba que la sombra es de una mujer sentada en una de las piedras. Aunque esta no aparenta ninguna amenaza, siente un repentino escalofrío. Está vestida completamente de negro, con una capucha o pañuelo, también negro, que le cubre la cabeza. Está inmóvil y no se la nota ni respirar. La plácida atmósfera que emana a su alrededor invitan a la chica a acercarse a ella en lugar de huir.

De nuevo, la curiosidad la empuja en su osadía y sin pensarlo se coloca delante para mirarla a la cara. Desde su altura no es capaz de verle el rostro, la mujer tiene la cabeza algo reclinada, así que solo puede mirarle las manos. Son grandes, nudosas y avejentadas. Denotan haber tenido una gran laboriosidad y ser fuertes y resistentes. Acarician un abalorio, en forma de collar, con cuentas de color sanguíneo que maneja de forma mecánica e instintiva. El ligero murmullo que sale de su boca le hace levantar la mirada para encontrarse con su cara. La está mirando impasible y atenta. Efectivamente, es una mujer de avanzada edad. Muy, muy anciana. Las arrugas en su cara apenas dejan ver sus rasgos. Sus ojos, de mirada oscura y penetrante, la hacen ver jovial e inteligente. Son dos pequeñas ventanas que parecen asomarse a todo un mundo. Su boca simula una tenue sonrisa y, acompañada de la dulce mirada, tierna y tranquilizadora, la invita a sentarse junto a ella. Así lo hace la chica y comprueba que han desaparecido su temor y sus dudas. Se siente como si estuviera sentada en un banco del parque en una tarde plácida junta a la Alameda.

—Hola, Diana, me alegro, al fin, de verte —dice la mujer con una voz que aparenta mucha menos edad.

Diana se sobresalta. ¿Cómo sabe esa mujer su nombre y de qué la conoce?

— Sí, te conozco. Sé cómo te llamas y también cuál es tu destino —prosigue la anciana como si le estuviera leyenda el pensamiento—. Hace mucho que preparamos este día y todos esperamos pacientemente tu llegada.

Ahora sí que Diana está totalmente asustada, abriendo desmesuradamente los ojos se lleva las manos a la boca. Habría echado a correr si sus piernas no hubieran abandonado de ante mano su reacción. Su corazón corre desbocado y amenaza con llevarla al desmayo.

—Pero, ¿quién es usted?

—Bueno, eso es complicado de responder. Hay quienes me consideran bruja, otros adivinadora y algunos simplemente la vieja guardiana de la ciudad. Se me conoce por muchos nombres y aunque siempre fui María, la leyenda me bautizó María Moco.

—¿Qué hace aquí abajo sola? Nunca la he visto, ¿por qué dice que me conoce? ¿Quiénes me esperan? —dice mirando a su alrededor intentando vislumbrar quiénes son esos todos de los que habla la mujer.

—No tengas miedo, pequeña, todavía no puedes verlos —continua la mujer respondiendo a las preguntas que no han sido formuladas—. Aún no estás preparada para ver.

Sin que a Diana le dé tiempo a reaccionar, la anciana le pone una de sus manos sobre la frente y empieza a recitar una salmodia que va calmándola y haciéndole entrar en un placentero trance. No entiende sus palabras, pero éstas se van colando en su mente haciéndole ver una imagen llena de nubes y colores. Parece estar en el aire dado que no ve el suelo. Es como si se hubiera convertido en un ave que estuviera surcando el cielo dejándose llevar por los vientos, planeando suavemente entre blanquecinas nubes esponjosas y delicadas.

Llevada por el suave y confortable vuelo, con el aire besándole la cara, va vislumbrando bajo el neblinoso horizonte la presencia de la ciudad. El sol parece acabado de despertar y su tenue luz baña las calles creando una imagen pictórica y bella. Planeando sobre la antiquísima catedral, se desliza por el moderno mercado mientras sus trabajadores preparan sus puestos; desciende hacia la preciosa playa, recorriendo el mismo camino que Diana hiciera hace, minutos, horas, días… El ave se adentra en el Castillo y se zambulle en el pozo. Recorre también el largo túnel y sale a la caverna en dónde se hallan ambas mujeres.

Cuando parece que va a impactar contra su cara, Diana despierta sobresaltada y vuelve a contemplar la caverna en la que se encuentran. Sin embargo, ahora no está vacía. A su alrededor puede ver a hombres, mujeres y niños que la contemplan. Todos la miran con caras amables y felices. Todos muestran una sonrisa siniestra. Todos enseñan sus blancos y largos incisivos. Todos levantan sus manos con las palmas hacia arriba en un gesto de amable reunión. Diana da un respingo cuando siente la mano de la anciana sobre la suya y, al girarse y mirarla, contempla de nuevo su cara sonriente y afable.

—No temas, Diana, son tu familia —le susurra delicadamente.

Esta vez sí que Diana no puede refrenarse y se levanta de sopetón. Empieza a correr sin orientación intentando escapar de la caverna. Busca desesperadamente una salida, pero no la encuentra. Cuando la angustia la embarga un extraño centelleo llama su atención. Son apenas hilos iridiscentes que flotan en el aire. Se mueven entre oscilaciones que se van haciendo más grandes conforme se va acercando. Cuando la envuelven, puede ver que son mariposas como las que la llevaron al pozo. La invitan a seguirlas para llevarla hasta una imposible abertura que hiende la pared.

Sin pensárselo, sale corriendo despavorida sorteando las apariciones que se encuentra a su paso. Su corazón late frenético. Sus pulmones a duras pena consiguen acaparar aire. Sus ojos apenas adivinan el camino. Las mariposas son más rápidas que ella y se pierden al atravesar la grieta. Tocando con sus manos las paredes intenta no tropezar con algún saliente que sobresalga del suelo. Sigue corriendo desbocada, cayendo y levantándose tan rápidamente como puede. Sin contemplar sus rodillas heridas y sus manos embarradas. Mirando desconfiada hacia atrás, por si la siguen, pierde contacto con el suelo porque este ha desaparecido y cae irremediablemente. Esta vez no hay nada que la sustente en el vacío. Siente la gravedad de la caída y empieza a gritar. La negrura la envuelve y el terror le golpea el pecho como una embestida. Cuando impacta contra el suelo no siente dolor. Queda tendida boca arriba con los ojos cerrados y la respiración enloquecida. Desfallecida y lasa. Sin embargo, está viva. O eso cree.

Temiendo encontrarse en el otro mundo abre muy despacio los ojos, pero, gracias a la amanecida luz que entra por una ventana, ve paredes, muebles, cuadros, cosas conocidas. Está sobre una cama. Su cama. Su habitación. Mirando desconcertada cada una de sus pertenencias, su corazón se va sosegando y empieza a serenar su respiración. Piensa incrédula si todo habrá sido un sueño. Más bien, una pesadilla. Se sienta en la cama y, al poner las manos en sus rodillas, las ve manchadas, laceradas y sangrantes. Se contempla las manos, también sucias, llenas de arañazos y con las uñas rotas. Una de ellas está cerrada apretando firmemente algo. Cuando la abre ve en ella el collar de la anciana. No, no ha sido un sueño.

Este relato es un regalo para Diana Buitrago (@DianaBBuitrago). Ella, junto a Jessica Galera, me adoptó como hermano literario y siempre tengo su apoyo, su empuje y su ayuda en este camino tan difícil que he decido emprender.
Diana tuvo el detalle de regalarme su primer libro de la trilogía Canción de Vampiro, Por tu Sangre. Y solo me pidió a cambio un relato. ¡¡¡Solo uno!!!
Los que ya lo hayáis leído sabréis lo maravilloso que es. La escritura de Diana es pura poesía. Su sensibilidad y su imaginación pura delicia.
Los que aun no lo habéis leído, ¡no sé a qué estáis esperando!
Por eso solo espero que esta pequeña historia tenga la suficiente calidad para compensar mínimamente este desigual trato.
Gracias, Diana, por tu confianza en mí, por tu continuo apoyo y por publicarlo en tu web: Salir a la Luna.

Añado aquí algunos enlaces para aquellos que no conozcan los lugares mencionados en el texto. Así como de la misteriosa, aunque real, María Moco:
– Castillo de San Sebastián.
– Castillo de Santa Catalina.
– La leyenda de María Moco.

En breve añadiré fotos propias de la playa y su entorno.