VadeReto (NOVIEMBRE 2022).-

Descripción del logo: Centrado en el fondo puede verse una calavera humana (derecha) y un reloj antiguo (izquierda). Ambos tienen tonalidades de bronce y se difuminan sobre un fondo negro. En la parte superior aparece el texto "VadeReto", en rojo, con relieve y con trazo blanco bordeándolo. En la zona inferior, una cinta dorada, a modo de banner, con un par de pliegues, lleva grabado encima el mes y año en curso, en rojo, seguida por una pluma de ave, también roja. La imagen queda formando un cuadrado, con los textos centrados horizontalmente.
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Buenos días/tardes/noches sean…

Este mes comienza un poco lúgubre, pero también reflexivo. Por un lado, dejamos atrás el Jaloguín y empezamos con una fiesta más nuestra, El Día de Todos los Santos. Un día para recordar a los que se fueron y que dejaron entrañables huellas en nuestros corazones. Tal vez algo triste, pero que nos recuerda la futilidad de nuestras vidas y lo necesario de celebrar y disfrutar de cada día.

Nuestros hermanos de México celebran la Muerte de otra forma muy distinta y peculiar. Sus catrinas, con sus fiestas, sus bailes, sus sonrisas cadavéricas, nos enseña que hay que tomarse con más entereza y naturalidad el inefable paso al más allá. [De esta fantástica e increíble celebración, Ana podrá contarnos muchas cosas y mejor de lo que yo lo haría].

Fotografía de un desfile en México, en el Día de los Muertos. Se ve a dos personas enfocadas en primer plano, un chico y una chica, y a varios detrás. Llevan pintadas en sus caras las típicas catrinas y portan en sus manos una vela y un ramo de flores amarillas. Visten los trajes típicos de la fiesta. Se supone que es noche cerrada, porque el fondo se ve totalmente negro.
Imagen de Darvin Santos en Pixabay.

Esta se ha transformado en una figura personificada físicamente de distintas formas y caracteres, que ha inspirado a muchos autores para crear a su alrededor infinidad de historias. Como en la película El Séptimo Sello (Ingmar Bergman, 1957), donde aparece sobria, solemne, pero juguetona; en la serie MundoDisco de Terry Pratchett, con su célebre hábito y guadaña, pero con un fino humor negro; personificada como uno de los Eternos en Sandman, de Neil Gaiman, como una chica gótica con muy buen humor; o en el relato Señor Muerte, de Alix E. Harrow, que recomiendo efusivamente, y que podéis leer en la web Cuentos par Algernon, totalmente gratis, traducido por la generosa y talentosa Marcheto.

Así que, como veo que os va gustando este personaje, en el VadeReto de este mes vamos a rendirle culto a…

LA MUERTE

No se trata de continuar con los cuentos de terror que empezamos el mes pasado, aunque si os apetece, adelante. Vosotros elegís libremente el género literario.

Tampoco es necesario usar a la señora de la guadaña como protagonista, pero si no podéis negarle ser la estrella de la fiesta, dádselo todo.

Sin embargo, podéis usarla, simplemente, como una figura alegórica, que flote en la atmósfera de vuestra historia; ser el tema del que hablen los personajes; formar parte del propósito, el objetivo o la intriga de vuestra trama; o como una simple excusa para el desarrollo de nuestros personajes. Es vuestra elección.

En un ambiente lúgubre y sobrecogedor, se ven unas figuras de mármol a la derecha, un árbol en la parte izquierda y en el centro una lápida.
Las figuras son una mujer, con el vestido caído hasta la cintura, mostrando el torso desnudo, y dos figuras, hombre y mujer, que son arrastrados por sus manos, sujetándolos por los pelos.
El árbol, grueso, viejo y robusto, ocupa con su tronco toda la zona izquierda y las ramas van hacia la parte superior y derecha, creando como un falso techo o bóveda.
La lápida está algo inclinada hacia la derecha de la imagen y muestra una calavera con dos huesos cruzados, en la parte superior, y las letras RIP, en la parte inferior.
Toda la imagen tiene tonos oscuros: negros, marrones, grises y azules.
Imagen de Stefan Keller en Pixabay.

Vamos a establecer dos condiciones para este VadeReto:

Primera, el escenario ha de ser bastante tétrico. No tiene por qué ser un cementerio, pero tampoco un lugar en donde quedar a hacer un pícnic con los colegas. A menos, que sea para contar cuentos de muertes, claro.

Segunda, dentro de la trama deberá haber algún componente mágico o fantástico. Es decir, una criatura feérica, un acto de magia, algún elemento sobrenatural… Creo que sabéis por dónde voy. Eso sí, tenéis total libertad para crear la historia dentro de ese mundo fantástico o llevar la fantasía a nuestro mundo. Como más os guste.

Imagen fantástica en dónde se ilustra la siguiente escena: De una oquedad en el fondo, a la derecha y llena de luz, ha salido una especie de hada o duende, con sus alitas y vestido blancos. Asiste a un pájaro que yace bocarriba, a la izquierda, y que no sabemos si está muerto o dormido, más parece lo primero. Toda la escena está  fuertemente iluminada, simulando algo mágico, con tonos amarillos y ocres. Da la sensación de que el hada quiere sanar o resucitar al ave.
Imagen de Stefan Keller en Pixabay.

Una cosa más. Muchos me preguntáis si las citas hay que incorporarlas al relato. En principio, no es necesario. Son complementos de la entrada para darle cuerpo e inspiraros, pero si os gusta alguna y os apetece, ¿quién os lo va a impedir?

También podéis usar cualquiera de las fotografías que ilustran esta entrada. Creo que son significativas y pueden ayudaros con la inspiración.

¡Libertad creativa!

Citas:

«La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos».


«No le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda».


«La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente».


Buscaos un rinconcito acogedor, mejor si es siniestro. Encended algunas velas para imponer una atmósfera adecuada. Usad pluma y pergamino (bueno, esto puede ser algo complicado). Dejad que la musa noviembrera se desate y que vuestro talento e imaginación haga el resto.

¡Feliz Halloween! ¡Paz y Meditación para el Día de Todos los Santos! ¡Celebración y Reflexión en el Día de los Muertos!

Besos Múltiples, Abrazos y ashushones.
😊😉😘😘😘

P.D. Fondo de la Cabecera a partir de la imagen de Peter H en Pixabay.
Fondo del Logo a partir de la Imagen de Enrique Meseguer en Pixabay.

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de participación)

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El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.

La Calabaza Rediviva

Especial Halloween 2022

Tres calabazas puestas sobre el suelo. Cada una de ellas tiene creada una cara típica de Halloween. En el suelo se ven hojas caídas y el fondo está desenfocado.
Imagen de Mayur Gadge en Pixabay.

Luigi se las veía muy felices. Después de su separación de Keira, por fin iba a poder celebrar su primer Halloween. Así que ese 31 de octubre, se levantó temprano, con energía, y se fue al mercado. Estaba dispuesto a comprar la calabaza más grande que viera.

Se pateó los casi 5.000 metros cuadrados de la gran superficie buscando a la protagonista de su fiesta. Fue rechazando unas por estar demasiado verdes, otras por ser muy pequeñas y otras porque no veía la forma de dibujarles la cara que tenía en mente.

Cuando parecía que su gozo se caía, definitivamente, a un pozo, vio como reclamo de unos ¿polvorones? —¡Pero si faltaban todavía dos meses para las Navidades!— una inmensa calabaza que, además, ya llevaba pintados dos grandísimos ojos y una boca. ¡Espeluznantes! No tendría ni que complicarse la vida con unas plantillas para poder confeccionar una cara más terrorífica.

El vendedor de la tienda no quería vendérsela. Él quería deshacerse de las cajas de polvorones que, según parecía, llevaban con él más tiempo que el delantal, un trapo ajado y descolorido con el dibujo del Naranjito. Así que entró en una cruenta batalla de regateos que terminó con una caja de hojaldrinas, una de alfajores y dos turrones de chocolate bajo sus brazos y, por supuesto, su grandísima calabaza. ¿Qué cómo consiguió salir de allí con tantos tiestos? ¡Lo siento, no hay foto!

De esta guisa llego a su casa. No contaremos sus maravillosas habilidades para abrir el portal sobre una sola pierna, aguantando una caja con la barbilla y la otra con una oreja. O como entró en el ascensor y los alfajores decidieron, ellos solitos, hacer puenting desde la caja hasta el suelo usando las cintas de celofán de su envoltura. Tampoco los malabarismos para llegar a su piso, abrir su puerta y derrumbarse, extenuado, cuan largo era, sobre el sofá. Digamos que cruzó su Rubicón y dejó claro rastro de tamaña empresa. Estaba claro que en la próxima junta de vecinos su nombre sería aclamado popularmente. ¡Qué fiesta!

Cuando se recuperó, quitó todo lo que había encima de la mesa camilla, recuerdo de su ex, y puso el calabazón encima. Se dirigió a la cocina y cogió el cuchillo más grande que tenía. Salió con cara de Jack el destripa-cucurbitáceas. Se acercó a la impasible hortaliza y, cuando se disponía a darle el primer cuchillazo, sonó el estentóreo y desmesurado bostezo del Gran Danés; negro como el pensamiento de un político; grande como la factura de la luz; en posición de loto, como un yogui reflexivo. Bueno, en realidad, estaba sentado, aburrido, como un vulgar perro, pero sus patas eran tan largas que se le caían por los lados y, además, dejaba visualizar su inmenso regalo para las perras vecinas. El animal parecía de mármol, siempre impávido y taciturno. No se alteraba ni por los petardos que se escuchaban en la calle. Dejaremos para otra ocasión las proezas de Luigi para sacarlo a la calle a pasear o hacer sus necesidades. Digamos solo, que en comparación, lo de Odiseo con Polifemo fue una ligera disputa familiar.

Obviando a su mascota, nuestro amigo del cuchillo se preparó para su festera misión. De un solo tajo consiguió cortarle la parte superior a la calabaza. A punto estuvo de llevarse por medio dos dedos de la mano con que la sujetaba. Menos mal que todavía estaba dotado de reflejos, porque si no, habría celebrado el Halloween en el ambulatorio de su barrio.

Con más ilusión que esmero, con más ímpetu que prudencia, con más lágrimas que jubileo, consiguió vaciar la obstinada verdura. Una hora y media de escarbar entre pulpa, semillas, unos hilachos que se le enredaban en las manos, tres orugas que se habían instalado de ocupas y el corazón de un gnomo que había hecho raíz con la parte interior del pedúnculo. ¡Por favor, Indiana Jones sufrió menos para entrar y salir del templo maldito!

Pero lo había conseguido. La calabaza estaba totalmente vacía. Si gritabas en su interior salía el eco y te daba dos tortazos, por escandaloso.

Luigi, ufano y satisfecho, se pegó un par de vueltas por el salón emulando a Rocky en su primera película. Hasta que tropezó con Laxio, (sí, así le había puesto la ex, su dueña, al animoso perruno), recogió su rodilla, un codo y dos dientes del suelo y se decidió a proseguir con su faena.

Fue a la cocina y volvió con un cuchillo, igual de afilado, pero más pequeño. Ahora dejaría salir sus dotes artísticas a lo Miguel Ángel, el escultor, no el actor de cine, aunque se le daba cierto parecido.

Dado que la calabaza ya tenía pintados los rasgos de un Jack Esqueleton de lo más terrorífico y guasón, esta vez le costó menos… Tiempo. Porque recordó, tarde, por qué siempre había suspendido sus clases de manualidades en el colegio. Al terminar, el salón parecía la trastienda de La Matanza de Texas, aunque el naranja impresionaba menos que el rojo. Recogió los inconmensurables restos de su inacabable actividad y las dos cajas de tiritas, con sus envoltorios, que había necesitado para enfundar casi todos sus dedos. Sus manos parecían las de un Tutankamón de saldo.

Se separó de la mesa y contempló su obra maestra.

Imagen de una calabaza a la que se le ha creado una cara terrorífica: Ojos y boca con dientes. Aparece iluminada desde dentro. El fondo está difuminado.
Imagen de Michael Bußmann en Pixabay.

—¡Jaaa, Jaa, Ja! —dijo, intentando imitar a su admirado Nicholson.

Ante el desaprobador bufido de Laxio, decidió enmudecer y culminar, de una vez por todas,  con su Jack-o’-Lantern.

Buscó por todas partes una gran vela para que alumbrara desde el interior de la calabaza y se dio cuenta de qué era lo que había olvidado comprar. Decidió pedírsela a la vecina, no le apetecía volver a bajar para comprarla. Además, le daba bastante miedo meterse de nuevo en el ascensor. La solícita vecina se la dio, no sin antes musitar un «pervertido satanista» que lo dejó dudando de sus intenciones.

De nuevo en su salón, colocó la vela en el interior de esa cabeza malévola, la encendió, le puso la tapa y apagó las luces del salón. Había tardado tanto en su obra maestra que se había hecho ya de noche. La imagen era horrorosamente terrorífica. Su maestra de pretecnología seguro que no le daba más de un seis, pero él se sentía de matrícula de honor.

Se fue de nuevo a la cocina, la habitación que más veces se complacía con sus visitas, y regresó con un vaso lleno con dos tacos de hielo y el güisqui que guardaba para las ocasiones especiales. Esta lo era. ¡Se merecía un buen premio!

Acercó una silla a la mesa y se sentó a contemplar con fervor y abundante babeo al nuevo inquilino de su casa. Al menos hasta que empezara a oler. Era lo mejor que había hecho en sus veinticinco años de vida. Bueno, si quitamos aquella vez que consiguió abrirle un tarro de mermelada a su abuela Tula; o el día que consiguió bajar la basura de casa de sus padres sin que su madre tuviera luego que limpiar todas las escaleras; o aquella noche en que había hecho gritar a Keira de un grandísimo org… Aunque… No estaba seguro de por qué gritó. Tal vez fuera porque lo hicieron en el pajar que contenía la aguja. De todas formas, no quería pensar en su ex.

Después de un par de güisquis y demasiado tiempo de contemplación, Luigi pensó que tal vez había sobrevalorado la experiencia halloweeniana. Se estaba quedando medio dormido —¿tal vez por su alocada ingesta?— e iba a abandonar su mística abstracción, cuando alguien dijo:

—¿Estás satisfecho con tu hazaña, Bernini?

Ni que decir tiene que del salto que dio terminó en el suelo, espatarrado y con lo que quedaba de güisqui desparramado sobre su pechera. Miró por todos lados buscando al ocurrente crítico artístico, pero no vio a nadie. Se incorporó muy despacio y encendió las luces. Nada, no había nadie. «Un güisqui demasiado bueno para mí», pensó. Decidió cambiar el líquido ambarino por agua y se pegó un buche que le llegó hasta el alma, por supuesto, yendo a la cocina.

Al regresar, decidió olvidar lo que había pasado. Todo el mundo escuchaba voces. Era algo bien conocido. Su padre las escuchaba, antes de lanzarse con el autobús que conducía por aquella empinada pendiente; su abuelo las escuchaba, antes de navegar contra los escollos de aquel mar embravecido; él las escuchaba, cada vez que intentaba pedirle un aumento de sueldo a su jefe y por eso daba media vuelta. Voces, voces. En todas las cabezas hay voces.

Decidió pasar de su amigo calabazón y se sentó en el sofá a leer un libro.

No pasó mucho tiempo cuando volvió a sonar la misma voz:

—¿Lo que te ha costado crearme y ahora me abandonas, como a un vulgar y zarrapastroso gato callejero?

El libro terminó en lo alto del aparador, del sobresalto, y el corazón tuvo que recogerlo del suelo. Le limpió un poco el polvo, de calabaza, y se lo volvió a incorporar al pecho. ¡Sus muelas! ¡Qué mierdas estaba pasando!

Se enfrentó a la calabaza y, con la voz espesa del güisqui, le espetó:

—¿Tú de qué vas Esqueleton de pacotilla? ¿Te crees una Naranjita parlanchina?

A lo que esta le respondió:

—Yo estaré anaranjado, pero a ti se te ve más pálido que a un caminante de Juego de Tronos.

Luigi empezó a pensar que el güisqui le había sentado fatal o se había quedado dormido y esto no era más que una tremenda y estúpida pesadilla. Se arrió un buen par de bofetadas y, manteniendo a duras penas el tipo, se enfrentó de nuevo a Naranjito.

—No eres más que un producto del alcohol adulterado y de mi intolerancia a la lactosa.

—Anda, date otro par de guantazos que todavía te queda una neurona —le respondió la verdura enardecida.

—¡Pero esto no puede ser posible! ¡Estoy discutiendo con una calabaza vacía! —gritó enajenado.

—¡Qué talento! ¡GUAU! —replicó el falso Jack. A lo que añadió— ¡Uy, se me escapó!

El guau había sonado como un auténtico ladrido. Así que Luigi se vio impulsado a mirar a su perro de mármol. Laxio lo estaba mirando con esos lánguidos ojos que suelen mostrar las mascotas cuando han cometido una travesura. Movió la boca y dijo:

—Se ha descubierto el pastel, ¿no?

—Laxio, ¿eres tú el que estaba hablando?

—Bueno, en mis ratos libros hago un curso de ventriloquía de hortalizas —gruñó.

—Un perro que habla. ¡Esto se me está yendo de las manos!

Cuando apareció un gato, también negrísimo, detrás de él y dijo:

—Estás más pasao que la chaqueta de Indiana Jones, chavalones.

Luigi empezó a escupir espuma por la boca. Estaba a punto de reventar.

—Se le ve a usted en unas condiciones insanas e inapropiadas. Si me lo permite —dijo, en su aparición estelar, una tortuga que acababa de salir de debajo de la mesa camilla.

Esa fue la guinda del pastel. La gota que desbordó la tolerancia de su cordura. Abrió la puerta de la casa, dando alaridos, y se precipitó hacia la calle, bajando por las escaleras, por supuesto.

Desde detrás de una de las cortinas que tapaban las ventanas, apareció una bellísima cotorra, cuyas plumas de colores refulgían a la luz de la luna. Castelar, la parlanchina mascota de Keira.

—Veis colegas como podíamos conseguir ver Pesadilla antes de Navidad en la tele sin la molesta presencia de este inútil —les dijo a sus compañeros animales con la misma voz que había usado para aterrorizar a Luigi.

—¡Guau! —dijo Laxio, el Gran Danés.

—¡Miau! —dijo el gato negro.

—¡! —No dijo la tortuga.

Y los tres se acomodaron en el sofá y disfrutaron del programa peliculero, después de que la cotorra encendiera y pusiera el canal de Terror, por supuesto.

P.D.: Cabecera creada a partir de las imágenes:
Cuervo y Luna de Alexa en Pixabay
Calabaza de Yuri en Pixabay

Las Casas No Encantadas

Fotografía de un parque en otoño. En un primer plano, se ven dos bancos de madera, salpicados de hojas. El suelo de todo el parque también está alfombrado de estas mismas hojas, ocres y amarillas. La imagen del parque se va difuminando hacia el fondo (derecha) por efecto del desenfoque.
En la imagen predominan los colores cálidos y pardos otoñales.
Imagen de Pepper Mint en Pixabay.

El sol se desvanece remolón, porque sabe que tiene que despertar al otro lado del planeta, pero todavía quiere regalarle unos rayos cálidos al parque. Este, teñido de tonalidades ocres y amarillas, bosteza de hastío y abandono, mientras el lánguido otoño lo abraza con cariñosa calidez.

Algunas hojas, desprendidas indolentes de alguna rama, bailotean en el aire y describen curiosas piruetas hasta terminar justo a los pies de una mujer que, sentada en un banco, parece estar muy lejos de allí. Ya es la hora de volver a casa, pero demora lo indecible ese momento.

Como el sol ya no es una molestia para sus ojos, se ha quitado las gafas que los escondía y deja que la suave brisa acaricie su maltratada cara. Levanta su cabeza y permite que los últimos destellos solares besen su magullado, cansado y triste rostro. ¡Está tan necesitado de cariño! La quietud del lugar la revitaliza y la calma, al mismo tiempo. Es una sensación tan placentera que su alma parece abandonar su cuerpo y contemplarla desde las alturas.

Sin embargo, un ruido la hace regresar súbitamente. Hay alguien cerca. No le da tiempo a levantarse del banco, cuando una lata de refresco pasa rodando por delante de ella. Detrás viene un pequeñuelo con las manos en los bolsillos, un faldón de la camisa por fuera y la cara oculta bajo su largo flequillo. La barbilla, hundida en el pecho, remarca la velada postura, aunque eso no impide que se escuchen sus suspiros y el intento por reprimir los mocos. ¿Tal vez, también las lágrimas?

Al pasar por delante de la mujer se queda sorprendido e inmóvil. No esperaba encontrar a nadie en «su parque«. Siempre suele estar desierto a estas horas, en donde encuentra lo que él busca. La Soledad.

Por un instante, los dos quedan enfrentados, en silencio, quietos, impasibles. La mujer, sin soltar ni una palabra, con un simple gesto de su cara, le pregunta: «¿Estás bien?». Él se encoge de hombros, respondiendo de esa forma con un «¡qué más da!». Ella lo mira sensible y trastea en su bolso hasta que encuentra un paquete de pañuelos, manido y casi agotado, pero al que aún le quedan un par de consuelos. Se lo acerca al pequeño y esto lo coge con timidez, musitando un imperceptible agradecimiento.

El chico observa el objeto en su mano, pero es reticente a limpiar su desconsuelo. Cuando ella saca una chocolatina de su insondable bolso se le iluminan los ojos. Esta vez, sí se apresura a cogerla, abrirla y darle un buen bocado.

Entendiendo que el permiso está implícito en la invitación, se sienta a su lado. Pero no lo hace en una postura normal. Entre el banco y su trasero, las piernas amortiguan su castigo. Excesivo, para el delito cometido. Pero ya está acostumbrado a un jurado implacable e insensible.

Ahora los dos se miran y sonríen. Algo les dice que tienen sentimientos en común o, tal vez, sería más correcto decir padecimientos. No se hablan, no hace falta. La calma de aquella plazoleta es un bálsamo para sus corazones que también les cura el cuerpo.

De nuevo, la sorpresa espanta al silencio del lugar. Los matorrales se estremecen ante el ímpetu de alguien escondido. Los dos miran con cierto temor. No hay posibilidad de que algún animal salvaje les ronde, porque están en la ciudad. Lejos quedan los bosques, las montañas o cualquier hábitat desafiante. Tampoco temen a los monstruos de la fantasía. Una hace mucho que se dio cuenta de que existen, pero lejos del celuloide o del papel; el otro comprendió hace muy poco que un disfraz, una deformidad o un bramido, dan menos miedo que un cinturón o una hipócrita sonrisa. Pero se está haciendo tarde y la penumbra empieza a cambiar el alegre y bello aspecto del parque por el crepúsculo de las sombras.

Cuando empiezan a preguntarse si es aconsejable quedarse allí sentados, indefensos. Un pequeño, juguetón y bigotudo Schnauzer sale, impetuoso, de la maleza y se planta delante de ellos. Los tres se miran con curiosidad. El animal ladea su cabeza lanzando una pregunta al aire: «¿quiénes sois vosotros?». Otro ladeo: «¿qué hacéis en mis dominios?».

El chico le ofrece lo que resta de su chocolatina. Aún tiene hambre, pero cree que el cachorro le gana en necesidad. El peludo vagabundo da unos pasitos hacia atrás, aunque no se aleja del todo. Ya está escarmentado de las dulces trampas que lo llevan a tortuosos caminos. Le falta media oreja y un trozo del rabo y en el cuerpo se pueden ver algunas cicatrices todavía lacerantes. No, esta vez no lo seducirán con una golosina.

Sin embargo, la mano del chico y los ojos de la mujer le transmiten tantísima confianza, y hace tanto que no prueba algo tan suculento.

Un bufido parece más explícito que un ladrido, pero el chico insiste y la mujer le hace gestos para que coma.

No está seguro de su maltrecho olfato, pero cree oler en la distancia esa delicia. ¡De perdidos al río!, que le dijo una gata. Qué pueden hacerle un par de bastonazos más.

Lento y titubeante se acerca y lame el dulce. ¡Madremííía que riiicooo! Deja de pensárselo y se lo arrebata al chico de un bocado. Lo saborea unos instantes, encantado, antes de tragárselo.

Ahora los tres sonríen, cada uno a su manera. Parecen tan distintos, pero en el fondo tan parecidos. Tres desgraciados que pensaron que la vida no era un cuento de terror y que averiguaron, muy a su pesar, que las historias son más temibles cuando se sufren en carne propia.

Los tres deberían estar en sus casas. Porque la casa es un símbolo de cobijo, de hogar, de calor, de ¿Protección?

Ellos sentían terror de regresar a ella.

Algunas casas dan pavor, porque dicen que están ENCANTADAS, que albergan espíritus malignos que atormentarán a sus inquilinos. Pero, ¿qué pasa con las casas normales?, ¿Casas que habitan personas también «normales«? ¿Casas que NO están ENCANTADAS con lo que ocurre dentro de ellas?

La noche se cierne sobre el parque y esta sí que les cobija, les mantiene ocultos e indemnes. Se convierte en el hogar que tendría que haber sido su casa. Pero hay casas que conviene abandonar, aunque sea involuntariamente.

Ya no tienen miedo. Ya están a salvo. Ya no tienen que volver a ella.

Relato escrito para la propuesta del VadeReto de este mes:
Crea una historia cotidiana con personajes corrientes, transformándolos en un cuento de terror. Además, debe ocurrir en Otoño.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Valentin en Pixabay.

Entrevista en el Tintero de Oro

Buenos días/tardes/noches sean…

Los amigos del Tintero de Oro y, en especial, M.A. Álvarez me han hecho una simpática e interesante entrevista que podéis leer en su web:

Entrevistamos a JascNet | CUENTOS, RELATOS Y EL VadeReto

En ella hablo de mis inicios en este mundillo de las letras, mis diversas locuras, del Acervo y del VadeReto.

Espero que os guste tanto como a mí.

Ha sido, por supuestísimo, un grandísimo REGALAZO.

Muchísimas gracias. 🤗👍🏼😍😍😍

VadeReto (OCTUBRE 2022).-

Descripción del logo: El fondo es una composición realizada con una imagen de un bosque otoñal: hojas de colores ocre, parduzcos y amarillos y musgo en la parte inferior. Impreso sobre él, y algo difuminado (centro-izquierda), aparece una calabaza a la que se le ha cincelado ojos y boca al estilo de Halloween. En la parte superior aparece el texto "VadeReto", en rojo, con relieve y con trazo blanco bordeándolo. En la zona inferior, una cinta dorada, a modo de banner, con un par de pliegues, lleva grabado encima el mes en curso del presente año, en rojo, seguida por una pluma de ave, también roja. La imagen queda formando un cuadrado, con los textos centrados horizontalmente.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

¡Atención, pasajeros del Acervo ferroviario! Nos adentramos en los últimos trayectos del año y vamos cuesta abajo y sin frenos hacia el impredecible, inquietante, pero inapelable 2023. Yo, por si acaso, no le voy a pedir ni permiso. Que los anteriores se pasaron los deseos por el triángulo de Bermudas. Mejor hago como el del chiste, ¡Diosita, diosita del destino, que al menos me quede como estoy!

Acabamos de inaugurar el Otoño y los ocres, parduzcos, rojizos, amarillos y demás colores de la estación, embellecen nuestras calles y parques. Para unos es un tiempo depresivo y melancólico; para otros, son días de sosiego, recogimiento, lectura y tazón calentito.

Este es el mes del Terror, porque termina en Jaloguín, aunque algunos dicen que este título le corresponde a noviembre. Para mí, como es el mes en que cumplo años y las velas se caen ya por los bordes del pastel, OCTUBRE es el mes más terrorífico del año.

El miedo es motivador de muchísimas emociones. Cada uno reacciona de una forma diferente. Hay quién disfruta como un niño pisando charcos, ríe y salta de júbilo ante un buen susto. Y, claro, también están quienes te dejan el brazo lleno de hematomas si te atreves a ver una peli de miedo con ellos.

La imaginación toma aquí el timón para llevarnos a vivir increíbles experiencias. Tu mente crea tus propios monstruos y lo que para unos es un payaso que lo hace reír a carcajadas, para otro es el ser más terrorífico que se puede uno encontrar en una esquina, y maldita la gracia que hace.

Por eso son interesantes estas historias. Te permite explorar, como escritor, tus propios miedos y, como lector, experimentar el que otros crean.

¿Otoño? ¿Terror? Parece una combinación interesante, ¿no?

Pues Amo a dahle.

Este mes queremos que en el VadeReto nos contéis historias de…

UN OTOÑO DE MIEDO

Imagen típica otoñal. Un bosque, o un parque, lleno de árboles cuyas hojas se han convertido en preciosos colores ocres, marrones, rojizos...
Desde la parte inferior se abre un camino de tierra que se adentra hacia el centro y tuerce finalmente hacia la izquierda, perdiéndose entre los árboles.
La tonalidad global de la fotografía es la de las hojas, con el contraste del negro de los troncos. Hay luz diurna que permite ver perfectamente todo el conjunto.
Imagen de Valentin en Pixabay

Pero, ¿Qué tal si le ponemos algunas condiciones?

Vamos a intentar alejarnos de las figuras y escenarios clásicos y típicos. El cementerio, los fantasmas, los monstruos hollywoodenses, la oscuridad, la niebla… todos estos son recursos bastante trillados y de fácil inspiración.

¿Os atrevéis a usar escenas cotidianas, personajes corrientes, sucesos nada relevantes… y transformarlos en auténticas historias de terror?

No os olvidéis que debe ocurrir en Otoño.

Aquí van algunas fotografías, por si necesitáis inspiración:

En primer plano, vemos a un anciano sentado, de espaldas a nosotros, en un banco de madera. Está en medio de un campo, sin árboles, bastante solitario. Los tres cuartos del fondo están ocupados por el cielo que muestra la vía láctea, motivo de la contemplación del hombre.
Negro, azul oscuro, salpicado de luces blancas para el cielo; marrones y amarillos para el campo, el banco y la vestimenta del viejo.
Imagen de Pete Linforth en Pixabay
El centro de la imagen es una taza humeante. Café, chocolate o algo parecido, solo se ve la espuma de su superficie. Alguien lo mantiene en sus manos que, sin embargo, no se ven, porque están embutidas en las magnas de un jersey gris claro. Parecen reposar sobre una mesa. De fondo se ve un libro abierto con hojas parduzcas encima, difuminado.
Imagen de Melk Hagelslag en Pixabay
Un hombre asando castañas en la calle. El fondo está casi oscuro y un farol de gas sobre la mesa es la única iluminación de las tareas. El hombre parece mayor, dado su pelo y bigotes canosos, y está afanado con unas pinzas dándole vueltas a las castañas en el recipiente de cocción.
Predominan los tonos negros y marrones, sobresaliendo la luz blanca del farol.
Imagen de Isa KARAKUS en Pixabay
Sobre un suelo, lleno de hojas amarillentas, se ve a un niño que lleva un peluche de Winnie the Pooh, agarrándolo de una pierna.
El niño está de espalda a nosotros y solo se ve la parte inferior de su camisa, unos pantalones tejanos y unas zapatillas de deporte. El oso es entero naranja.
Imagen de Madalin Calita en Pixabay

Citas:

«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir».


«¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladridos y de campanillas…».


«El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno».


Preparad vuestros mitones, poneos una bebida calentita, arrebujaos junto al fuego y dejad que vuestra musa se acomode en la inspiración otoñal. Que esos sabores y olores a castaña, miel, canela, ponche, calabaza, chocolate, vainilla o jengibre inunde vuestra habitación y os ayude a crear preciosas y sensitivas historias.

Besos Múltiples, Abrazos y ashushones.
😊😉😘😘😘

P.D. Fondo de la Cabecera a partir de una imagen de Peter H en Pixabay.
Composición del fondo del Logo a partir de las imágenes de Petra en Pixabay y de Benjamin Balazs en Pixabay.

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de participación)

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el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.