La Casa de la Bruja

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La luna asomando entre negras nubes de tormenta apenas le marcaba el camino. Dos largas horas le había tomado llegar a la entrada del bosque. Todo por su terca manía de no coger el autobús y querer venir andando. Pero, claro, como se iba a meter en el autobús con su mochila XXL, la vara de Anadenanthera Colubrina, dos metros de larga y punta de cuerno de unicornio, y el cuchillo, Rambus Rajonius, que llevaba oculto en la espinillera. Ya se lo había dicho su madre, «con lo fácil que te hubiera resultado estudiar para una oposición y se te ocurre meterte a cazatesoros». Suspiro. «¡Ay! Siempre fuiste un chico muy raro Indalecio Manuel». “Inda, mamá, Inda. Es más cortito y suena más bonito”.

El bosque se presentaba oscuro y tenebroso. Lo contrario hubiera sido un parque de atracciones. Y no se escuchaba ni el sonido del viento. Una calma aterradora y una oscuridad asfixiante. Iba a ser una noche muy angustiosa. No se lo pensó dos veces y se introdujo en la espesura. Porque si se lo llega a pensar está ahora en su casita la mar de tranquilo viendo un episodio de Buffy Cazavampiros.

Rebuscó dentro de su mochila de bolsillo y, después de sacar medio ropero de cachivaches, encontró un trozo de tela con más años que Jordi Hurtado, y la misma calidad de piel. En él estaba dibujado un mapa que señalaba con una X roja, bien grande, su objetivo. Miró el entorno, se orientó y comenzó a caminar.

Andaba con mucho cuidado y delicadeza, no quería que sus pisadas alertaran de su presencia, pero los millones de hojas que habían caído sobre el suelo producían un extraño castañeteo. Tampoco la gravilla ayudaba mucho y por más que intentaba disimular las pisadas, el sonido no cesaba. De hecho, cuando se quedó parado, el sonido siguió sonando. ¡La leche! Eran sus dientes. Tenían más miedo que él. Se sacó del bolsillo un trozo de cuero que usaba para limpiarse las gafas y se lo metió entre los diente. Ahora, ya no sonaba el traqueteo, pero no podía hablar y le costaba respirar. ¡Qué fatiga de viaje!

Después de varias horas de caminata, o eso le pareció por el esfuerzo, se dio cuenta que estaba totalmente desorientado. Lo contrario hubiera sido una grandísima sorpresa. Se perdió hasta el día que fue con su Mary al HIQUEA de la capital.

—He visto exploradores torpes, pero tú te llevas el segundo premio —escuchó un graznido a su espalda.

Del susto se le descolgó la mochila y tropezó con ella, cayendo sobre la alfombra de hojas. Después de luchar con la correa, que se le había enredado en el cuello, y conseguir salir buceando del mar de hojas, divisó en lo alto de una rama a un inmenso cuervo, negro como los tobillos de un carbonero. Sabía que las aves no se podían reír, pero juraría que se estaba cachondeando de él.

—¿Los cuervos pueden hablar? —le preguntó a sabiendas de lo estúpida que era la pregunta si no podía responderle.

—En realidad, no. Tengo aquí detrás una ardilla ventrílocua que me está metiendo la mano por el culo —le espetó el pajarraco con choteo.

«Entre todas las aves nocturnas del bosque me tenía que tocar el humorista agrio». Pensó con angustia.

—Agrio lo será tu puñetero padre, que seguro que dejó preñá a la vaca del chocolate, o fue tu mare la que copuló con el Asno de Buridán.

—¡Anda, además de parlanchín, telépata y malhablado!

—De eso nada, monada. Que nací en la universidad de Cambridge y me empapé de curtura. Pero es que tú haces blasfemar hasta a las monjas de clausura. ¿Creo que andas más perdío que un calcetín en una lavadora?

—Escucha pajarraco…

—Eh, eeh, eeeh, eeeeeh… Maese Cuervo para ti, si no te importa. Que mi padre fue asesor político-militar de Cromwell y mi madre la paloma espiritual de Mandela —adoptó una pose intelectual y prosiguió—. Puedo ayudarte si me das algo a cambio.

—¿Y qué es lo que quieres? ¿Mi alma? ¿Mi futuro hijo? ¿Casarte con mi hermana? …

—¿Pero qué dices, Chalao? Tú ves muchas pelis de sobremesa, ¿no? Lo único que quiero es ese reloj dorado que te asoma del bolsillo del chaleco. Está la cosa mu chunga y necesito llegar a fin de mes.

—¿Pero es de oro del Orinoco y perteneció a mi tatarabuelo?

—Sí, claro. Seguro que se lo robaste al abuelo de tu vecino, ¡atontao! ¿Prefieres quedarte perdido en este bosque de por vida? Porque con la habilidad que has demostrado no sales de aquí ni aunque un rayo milagroso se abra en las nubes y te señalen el camino de las baldosas amarillas, Dorothy barbuda. —el pitorreo empezaba a ser desesperante—. Anda, dame el reloj y en un minuto te mostraré el camino. Y decídete rapidito que tengo a una chati esperando en la RavenDisco. —dicho esto se puso a canturrear “You Make me Happy… You Never, Never Make me Blue…” por Marcia Ball.

Con mucho pesar y lágrimas en los ojos, le dio un beso al reloj y se lo acercó al cuervo. De improvisto apareció una ardilla y se lo quitó de las manos.

—Tranquilo, Marco Polo, esta no me mete la mano por allí para hacerme hablar, pero es mi secretaria. La tengo contratada a tiempo parcial a cambio de bellotas —se carcajeó el avechucho.

—¡Joder, cómo están los minijobs! —exclamó el pobre buscador—. ¿Bueno, me vas a indicar el camino?

—Claro, Hernán Cortés, gírate y da tres pasos. Separa aquellos arbustos y detrás está la casa que estás buscando.

—¡Serás hijo de…! —Se mordió la lengua— Tenía ahí mismo mi destino y la que has liado para decírmelo.

—A ver, Francisco Pizarro, soy cuervo pero no tonto. Hay que ganarse la vida y todos los días no se encuentra a un tonto como tú —salió volando lanzando graznidos que Inda creyó identificar como carcajadas.

Suspiró profundamente y se dirigió a su objetivo. Efectivamente, como el maldito pajarraco le había dicho, detrás de los arbustos estaba la casa. ¡La Casa de la Bruja! Podría pasar por cualquier otra vivienda de algún lugareño si no fuera porque estaba pintada en colores malva con matices blancos y grises. Por lo visto se trataba de una bruja muy fashion. Sin embargo, un halo de siniestralidad y de maldad la envolvía. Con solo mirarla daba ganas de salir corriendo y borrarla de tus sueños.

Mientras contemplaba las posibles opciones de acercamiento, un olor nauseabundo, tétrico y repugnante le abofeteo sin piedad. ¿Sería posible que hasta él llegaran los mejunjes que la bruja estuviera preparando? Para su deshonra el aroma llegaba de su espalda, más concretamente de “su espalda”. Sus esfínteres no habían soportado la tensión. Mientras se aseaba rápido y de cualquier manera, creyó escuchar en los aires ¡Cagóoon!

Tenía miedo, mucho miedo, eso estaba claro, pero tenía una determinación y la llevaría a cabo. Su prestigio y su honorabilidad estaban en juego, aunque los hubiera perdido hacía ya mucho tiempo. Se acerco con todo el sigilo y disimulo que pudo y atisbó por una de las ventanas. La casa parecía estar completamente vacía. La edificación solo contaba con una estancia que hacía las funciones de salón, cocina y dormitorio. Todo estaba iluminado por las brasas de la chimenea y un enorme caldero humeaba en ella. Parecía que la bruja había salido con presteza y urgencia, pero podría regresar en cualquier momento. ¡Tenía que darse prisa!

Descartó romper las ventanas, además de escandaloso, parecían ser demasiado seguras, y no quería partir la puerta para que la Bruja se diera cuenta del robo. Además, tampoco era muy ducho con las ganzúas y una vez intentó derribar una con el hombro y se llevó tres semanas ingresado.

Así que pensó en rodear la casa para buscar una entrada más accesible, pero en su patoso andar pisó un parterre de Pethunias Anthunias que lucían espléndidas. ¡Oh, Oh! La Bruja se iba a enfadar bastante. De las flores empezó a subir un polvo fosforescente que le envolvió las piernas, cuando quiso darse cuenta estaba levitando en el aire. Se elevaba sin control y los polvitos mágicos lo llevaban directamente hacia la chimenea.

—¡Qué está encendida! —gritaba gimoteando.

Empezó a revolverse y manotear, intentando mover los brazos como una gaviota borracha y en su pataleo impetuoso logró deshacerse de las partículas que envolvían sus piernas. ¡Craso error! Dejó de levitar. Afortunadamente no había cogido demasiada altura porque aterrizó, cuan largo era, en el patio trasero de la casa. Este estaba lleno de cadáveres de animales y otras inmundicias que prefería no analizar.

De nuevo la pestilencia le aporreó las narices, y esta vez no había sido él. No le dio tiempo a taparse la nariz. Unos crujidos sospechosos lo alertaron que había caído sobre una especie de trampilla. Entre el aterrizaje y su cuerpazo fortachón, que no gordura, esta terminó cediendo, se rompió y cayó con todo su peso, de tío fuerte, en lo que pareció un sótano. El costalazo fue monumental y allí se habría quedado lisiado si no hubiera caído sobre un enorme gato sphynx que amortiguó sus huesos y quedó convertido en la alfombra de una rata para toda la eternidad. Ahora sí que la Bruja se iba a cabrear, y ¡mucho!

Cuando consiguió levantarse pudo inspeccionar el sótano. Estaba lleno de cachivaches y de polvo, mucho polvo, toneladas de polvo. O allí hacía mucho que no limpiaban o eran restos de gente … fallecida. Prefería no pensar en ello. Con la caída, era posible que se hubiera tragado a varios difuntos.

Empezó a buscar entre todos los trastos lo que codiciaba, pero era imposible encontrar nada en ese berenjenal. Empezó a entrarle un miedo salvaje pensando que la Bruja podría presentarse en cualquier momento. Saltando y trepando, de forma farragosa, consiguió llegar, de manera inverosímil, hasta la puerta y salió corriendo escaleras arriba. Llegó al salón y, cuando se disponía a salir de la casa, vio lo que había venido buscando. Escondido junto a la chimenea había un cofre del tamaño de una caja de zapatos y bellamente ornamentado. Topacios, ópalos, esmeraldas y otras preciadas piedras enriquecían aquel humilde arcón de madera. La suerte parecía sonreírle al final.

Lo cogió con delicadeza y, aunque pesaba bastante, se lo puso bajo el brazo Se giró y vio el portón de la casa abierto de par en par y en ella a la Bruja, con una sonrisa aterradora de oreja a oreja. En su hombro, ¡el cuervo!

—Mamama… —tartamudea temblando de miedo.

—Que no es tu madre, gilipollas —le espeta el inoportuno Cuervo.

—Maaaldita la hora en que se me ocurrió hacerme el héroe. Tututu …

—Míralo, ahora está comunicando —se chotea de nuevo el pájaro.

—Tuuuviste que chivarte, pajarraco del demonio.

—Lo siento Indianajones, pero la Bruja paga mucho mejor que tú.

—Me tienes muy cabreada, ladrón estúpido —escupió la Bruja fulminándolo con la mirada.

—Pues no te digo ná cuando veas tus Pethunias Mágicas y cómo ha hecho adelgazar a Don Algodón —bufó con sarcasmo el plumífero.

—Sí, tú encima caliéntala, Pajarraco.

—El reloj era chapao y con pirita de la mala, Bocachanclas.

—¡¡¡Basta!!! —grita enfurecida la Bruja echando espumas por la boca— Vas a desear no haber nacido.

—¡Señora! ¡Ilustrísima Maldad! ¡Reina de la Noche! ¡Genuina Dama de la Orden de las Brujildas Emocionadas!

—Jojojo. Sa comprao un diccionario en el chino del pueblo. —El cuervo se retuerce de la risa y ya no es capaz de mantener el equilibrio en el hombro de la Bruja.

—Creo que podemos llegar a un acuerdo —continúa el buscador sin prestar atención a las chanzas del pájaro.

—¿Un acuerdo? ¿Qué puedes tener tú que a mí me interese? —le dice la Bruja mostrándole todo el desprecio que siente.

—Previendo que podría darse esta eventualidad, tengo aquí en el bolsillo algo que usted ansía con fervor. Aunque parezca torpe y tonto en el fondo no lo soy.

—jua jua jua, pues lo disimulas pa matarte —el pájaro ya no puede aguar su estabilidad y cae al suelo entre convulsiones por la risa.

—¡Jacoviano, lárgate! —le grita la Bruja al ave—. Ya has hecho tu trabajo. Regresa mañana para cobrar tu recompensa.

El cuervo se marcha ipso facto porque conoce el genio de la Bruja y con ella no se puede permite la menor broma. Sin embargo, mientras vuela, sigue dándole espasmos por el ataque de risa.

—No intentes engañarme, inmundicia, porque conocerás mi cara más aterradora —le susurra maléficamente sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos.

Con las manos temblando, Inda hurga en su mochila y coge una pequeña bolsa envuelto en tela de seda. Cuando se la muestra a la Bruja, esta se mantiene en suspensión sobre la mano sin tocarla. En los ojos de la maléfica se descubre toda la fascinación que el objeto le revela.

—¿Qué es eso tan curioso? ¿Me quieres hacer un regalo? ¿Tal vez una joya?

—¡Exacto! Pero no es una joya cualquiera —Inda hace una pausa dramática para captar la atención de la maléfica. Ella lo mira con impaciencia. Él sabe la codicia y ambición de la mujer por las cosas mágicas o hechizadas.

—Y ¿qué hace que esa joya sea tan especial?

—Pues, en realidad no lo sé. Se la robé al mago Shacaconhejos, pero me aseguraron que era capaz de conseguir cualquier sueño que desearas —La Bruja no puede disimular su asombro.

—¡Ja! Y pretendes que me lo crea tal y como me lo estás contando. Debes de tomarme por una persona más estúpida de lo que tú eres. ¡Cochambre de estercolero! Además, ¿qué me impide desollarte vivo y luego quedarme con ese regalo?

—Bueno, cómo he dicho antes, no soy tan tonto como parezco —la bruja eleva los ojos al techo con desprecio, suspira y muestra una mueca procaz—. Esta bolsa que envuelve a la piedra también es mágica y está unida a mí de manera inexorable. Solo con pensarlo, desaparecerá sin que puedas hacer nada. Puedes creértelo o no, pero te cambio esta maravilla por lo que está dentro del cofre. No me interesa su valor sino su contenido.

—¿Sabes lo que hay dentro?

—Pues claro, el corazón de mi suegra. Yace en coma desde hace varios meses en su cama, catatónica.

—Ya entiendo. Pretendes clavarle un puñal para acabar definitivamente con ella, ¿no?

—En realidad, es lo contrario. Quiero que salga del coma y vuelva a su vida normal.

—Pero ¿tú eres el yerno más tonto del planeta? ¿O me estás mintiendo descaradamente?

—En absoluto. Mi mujer no se separa de su cama, ni de día ni de noche, y yo quiero que vuelva conmigo y me dé mimitos.

—Pues con más razón no entiendo que quieras reanimarla.

—Es que… Mi suegra hace unas croquetas de puchero que quitan el sentío y mi mujer no sabe como las hace. Y las suyas, pues… no.

—¡Por las barbas del nieto de Belcebú! Eso sí que no. Sus croquetas son sagradas y nunca me perdonaría que se perdiera su receta. Pero me tienes que prometer que me traerás una fiambrera bien llenita todos los meses —Esto último lo expresa con toda la súplica que puede generar su maldad suprema.

—Por supuesto, su magentuza. ¡Faltaría más! Aquí la tendrá. Esto… Entonces… ¿Puedo irme?

—Anda, date prisa antes de que cambie de opinión y te convierta en escarabajo de la patata.

De esta forma, Indalecio Manuel Durán Romero, Inmaduro para los amigos, consiguió salir vivo de la Casa de la Bruja y llevarse su botín. Su suegra salió del coma y le guisó tres lebrillos de croquetas. Su mujer pudo abandonar la habitación y darle mimitos y la Bruja…

Bueno, esa es otra historia que podrá ser contada…

Vale, ¡no! Que esta forma de cerrar el cuento jode mucho. ¿Verdad que sí?

La codiciosa Bruja se creyó la historia de Inda y se dispuso a hacer uso de la piedra mágica. Sin embargo, esta, en realidad, no había pertenecido al mago Shacaconhejos, sino al recaudador de Hacienda del Emir de Mekheoconthó. Cuando metió la mano en la bolsa, una fuerza succionadora la agarro y tiró de ella hacia su interior. Porque era bien conocido que moneda que cogía el Emir no la soltaba ni quemándolo. Así que la Bruja terminó dentro de la bolsa convertida en vil calderilla. Cuando el cuervo llegó al día siguiente no vio ni la recompensa prometida, ni a la bruja, pero sí la bolsa tirada en el suelo. ¿Qué hizo? Pues lo que se espera de un cuervo, la cogió, se la llevó y se la vendió a un buhonero que pagaba bien por las antiguallas.

Y colorín, colorado, el cuervo tiene el culo mojado.

Relato publicado en el Reto Literario de Septiembre “La Casa de la Bruja
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

Noche de Juerga

Imagen de Pexels en Pixabay

Derrotar al insomnio, Misión Imposible X:

Clon, clon, clon… Una maldita gota se suicida en la bañera. Bzzz, bzzz, bzzz… Una inesperada noinvitada se pavonea por la habitación. Auuu, auuu, auuu… Un poeta callejero aulla rimas asonantes a su amada. Niiinoooo, niiinoooo, niiinoooo… Bendita hora para ponerse de parto. Glu, glu, glu… Los desagües haciendo gárgaras. Toc, toc, pom, toc, toc, pom… El trípode que vive arriba se prepara para su quinta evacuación de la noche. Ticotí, ticotá… El despertador ultramoderno se ríe en mi cara. Cri, cri, cri… Otro que se ha colado sin invitación. Buaaaa, buaaaa, buaaaa… El mejor despertador para unos padres primerizos. Plic, plic, plic… Ya estamos todos, las nubes se mean en los cristales. Croac, croac, croac… Pero bueno, ¡que vivo en un octavo piso! Grrrrr, grrrrr, grrrrr. Y mi vecina de cama amenaza con tragarse la habitación o empezar un concierto sinfónico.

¡¡¡A tomar por saco!!! ¡Me voy a escribir!

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Extra septiembre: ¡¡¡Brrrrrr!!!
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Tres fotos para inspirar, diez líneas y empieza a lanzar
Onomatopeyas.

La Belleza en la Decadencia

La primera vez que escuché la expresión Wabi-Sabi quiso el destino llevarme hasta una pequeña plazuela. Las paredes desconchadas se engalanaban con flores y las grietas se ocultaban tras cascadas de Wisterias de increíbles colores. Un cerezo decadente proporcionaba, sin embargo, una impresionante Sakura Fubuki, pero lo que más llamaba mi atención era la imagen que imperaba en la fuente encastrada en la plaza.

—¡Es Izanami! —me ilustró una anciana ataviada con un precioso Yukata al verme admirarla. Diosa de Creación y Muerte.

—¡¿Cómo es posible semejante belleza?! —proclamé.

—Haz lo que puedas, lo demás déjaselo al destino —respondió.

Relato para el Reto Literario “Escribir Jugando
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: una fuente.
Reto opcional: Que la historia contenga la palabra: Izanami
(Nombre propio. Diosa de la creación según la mitología japonesa).

Una Fiesta Tardía

Imagen de E Swamy en Pixabay

Andaba taciturna y alicaída cuando descubrí una notificación del grupo. Me hallé muy desconcertada, pero dichosa por el agasajo. Así que me puse mi mejor vestido de gasa, unos stilettos, un cloché y mi abanico de metal. Sin dilación me dirigí hacia el emplazamiento en cuestión. Franqueé la entrada pasando inadvertida. Sin embargo, cuando las luces infrarrojas impactaron en mi etéreo cuerpo todos empezaron a gritar. ¡No es fácil ser fantasma pasada de moda!

Relato publicado en el Reto “5 Líneas
de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas
que incluya las tres palabras propuestas:
(Metal, vestido y grupo.)