Aventuras de una Noche de Verano

Llego a mi casa y abro la puerta, intentando dejar fuera todos los problemas del día, pero es difícil. Tengo un trabajo duro, intenso, complicado y la gente está en estado permanente de histeria. Cuesta mucho que te devuelvan la sonrisa que tú, de forma honesta y voluntaria, les dedicas. No es obligatoria, pero forma parte de mi manera de ser. Intento contagiar los buenos modos y que la atención no sea más engorrosa de lo que ya de por sí es. Suele surtir efecto con la mayoría, pero algunos se empeñan en seguir ofuscados y malhumorados. No se dan cuenta lo que agota y desgasta esa disputa psicológica. Pero es la ocupación que he decidido ejercer y no me rendiré ante los intransigentes.

Dejo las llaves en la mesita de la entrada y le cierro la puerta a mi otra vida. Me ducho, como algo y me preparo para mi aventura nocturna. Me dirijo hacia mi cuarto secreto y me siento en el sillón desde el que ejerzo el control de viajes. Respiro profundamente varias veces hasta relajarme. Ha llegado mi momento favorito del día. La NOCHE.

Hoy voy a empezar con un viaje en el tiempo.

Busco entre las opciones y me decanto por un año en el pasado. Cierro los ojos brevemente y al abrirlos ya estoy allí.

Deambulo por las solitarias calles, entre miradas escondidas y carteles del Gran Hermano. Siento la opresión del ambiente, el silencio de los sometidos, el control absoluto sobre mis pasos. Mi mente divaga entre tantas prohibiciones e intenta gritar para liberarse.

Fotografía de una calle solitaria iluminada por farolas. Solo se ve una al fondo y la que está oculta en primer plano solo se adivina por la luz que ofrece.
Los árboles en las aceras se ven como sombras y el adoquinado del suelo brilla con las tenues luces.
Predominan los tonos marrones y el negro de las sombras.
Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

Como si hubieran sido capaz de escuchar mis cavilaciones, aparece un grupo uniformado, totalmente de negro, con porras amenazantes e insignias  aun más intimidadoras. Corro por calles desiertas, sin ayuda posible, e intento esconderme en los callejones sombríos y desolados, pero estos policías del pensamiento no pierden mi rastro. Me toma pocos segundos decidirme, esta noche no estoy preparado para esta lucha angustiosa. Cierro el dispositivo y vuelvo a mi habitáculo.

Suspiro varias hasta que mis emociones se apaciguan. Me tomo demasiado en serio estas aventuras. Sin embargo, todavía es muy temprano para acostarme. Necesito probar otra cosa.

Esta vez, deshecho el tiempo y prefiero viajar en el espacio.

Miro los epígrafes que tengo y encuentro uno referente a una isla. Maravilloso, es lo que ahora mismo necesito, un viaje a una isla desierta.

Abro el artilugio, cierro los ojos unos instantes y, cuando la brisa marina me acaricia la cara, los vuelvo a abrir. Estoy rodeado de palmeras, una espesa fronda verde, fresca, aromática, deliciosa. Al fondo diviso el mar que rivaliza en azules con el cielo. Percibo los ruidos de la jungla que no se han visto perturbados por mi presencia. Distingo aves y monos, y algún rugido que me hace pensar que esta isla desierta tiene más vida que mi barrio.

Me alejo de los bramidos para prevenir un encuentro desafortunado y deambulo hacia la playa con la esperanza de darme un baño en las aguas frescas y cristalinas. Sin embargo, cuando me acerco a la orilla, veo salir del agua un ser bello, aunque inquietante. Tiene aspecto humanoide, pero el cuerpo lleno de escamas. Sus ojos son más grandes de lo normal y en los laterales del cuello parece tener agallas.

—Hola —me dice con una voz dulce, delicada y profunda.

—Ho… la —le respondo balbuceando las sílabas.

—¿Tú no eres de por aquí, verdad? —Esta vez me habla mostrando una enorme sonrisa que deja entrever unos grandes y afilados dientes.

No me lo digo dos veces y salgo corriendo. Vuelvo a entrar en la selva, buscando la protección de la espesura. Esquivo árboles, salto matorrales e intento no caer en ninguna trampa. Cuando mis pulmones parecen estar a punto de reventar, salgo a un espacio abierto dominado por un extenso lago, ocasionado por una preciosa y ensordecedora catarata. Me quedo pasmado ante tanta belleza.

Fotografía de una cascada que cae sobre un lago lleno de enormes piedras, verdes por el musgo que las cubre.
La imagen aparece con el agua difuminada, dándole una apariencia de algodón o nata.
La escena está enmarcada por precipicios también llenos de musgos y pequeños y delgados árboles.
Predomina el verde, del musgo y la hierba, y el blanco del agua.
Imagen de Florian Dittmar en Pixabay

Disfrutando de la escena no me he dado cuenta que estoy rodeado de seres … ¿Humanos? ¿Animales? En realidad son una mezcla de ambos, como la criatura que me encontré en la orilla. Chicas y chicos con cabezas y garras de felinos, osos, aves, monos… El espectáculo es grotesco, pero no se muestran amenazantes, al contrario, me invitan a adentrarme en la laguna y de forma amigable me ofrecen comida y bebida. Algo me impide rechazarlas y me integro en su fiesta.

—Al Doctor le va a encantar nuestro nuevo invitado —escucho a alguien decir entusiasmado.

—¡Desde luego! Hacía tiempo que no llegaban nuevos especímenes —comenta otro.

En lugar de sentir miedo, me entra una gran somnolencia que me hace relajarme y abandonarme en los brazos de dos preciosas gacelas. No sé que me van a hacer, pero no tengo fuerzas para resistirme. Cierro los ojos…

Algo me hace dar un respingo. Despierto y vuelvo a estar en mi salón. El libro se me ha caído de las manos y me ha hecho regresar a la realidad. Creo que es momento de irme ya a la cama.

¡Qué maravilla poder viajar y vivir mil aventuras sin moverse del sillón de lectura!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia donde la noche sea la protagonista.

Moondreams

Sentada en la cama con los pies en el suelo, Selene pasea su mirada perdida por la habitación. Sus pies descalzos, se balancean rozando levemente el suelo. Intenta que el frío de las baldosas le transmita calma y serenidad. Es su manera de tomar contacto con la tierra. Aunque un par de pisos de distancia la separen de ella y en realidad solo esté pisando una pieza de mármol. Piensa en otro día más. Pero no en el día de la semana, ni siquiera del mes. Piensa en otro día más de la vida. Ese que comienza con la luz del sol y termina con la salida de la luna. Pero… ¿por qué no al revés?

Siempre pensamos que el sol es sinónimo de vida y la oscuridad, que difumina la luna, símbolo de la muerte. La luz del sol es sustento de todos los seres vivos y, por tanto, también lo es para nosotros. Pero, ¿por qué no empieza el día con la salida de la luna? ¿Por qué la noche es el final y no el comienzo?

Mientras su cabeza piensa inconsciente en este dilema, su paciencia se incrementa. Las sombras se van alargando lentamente, camino del crepúsculo. Su mirada contempla la ventana abierta. El cielo se va maquillando con matices amarillos, rojos y naranjas. El aire huele a verde y cantiñea con la vida que revolotea en los árboles. Sin embargo, para Selene el día es solo el tránsito necesario para que renazca la luna. Su luna. En cuanto aparece, se empeñan en mandarla a dormir. Por eso siempre se escapa antes de que salga. Para que nada ni nadie le impida ir a su encuentro.

Lleva horas sentada en la cama, esperando vehemente. Contempla como siguen moviéndose las sombras, en un baile siniestro mostrando el transcurrir del tiempo. Cuando ve que se han alargado tanto que presagian la oscuridad, salta impulsivamente de la cama y se dirige el espejo.

Allí ve a una niña de melena morena y ojos melosos que desafían al tiempo. Su cara es impoluta y solo dos pequeñas arrugas bajo los ojos se atreven a desfigurar una piel fresca e inmaculada. La cría que la mira le muestra la rebeldía propia de la juventud, que se niega a acatar las normas. La que no dejará nunca que le maten sus ilusiones. Le lanza un guiño cómplice y se presta a asearse y vestirse.

Coge su mochila y mete en ella lo imprescindible: su cepillo y la pasta de dientes; una muda, por si hiciera falta; su camiseta de la suerte, con el texto “El día tiene ojos, la noche tiene oídos”; y una libreta de notas con su lápiz favorito…

Cuando comprueba que no se olvida de nada, se vuelve y busca a su leal compañera:

—Moony, no te entretengas, es hora de irnos.

—Estaba buscando mi cepillo —le responde su fiel amiga, trasteando entre los cajones.

—¡Vamos, tenemos que salir antes de que nos descubran!

—¡Aquí está! ¡Partamos raudas y veloces a la aventura! —le dice su osita de peluche, saltando a su espalda y agarrándose a su mochila.

Decidida, se acerca a la ventana y, dejando caer su pequeño cuerpo hacia fuera, se encarama a la robusta hiedra que está abrazada a la pared. Baja con dificultad, pero sin miedo. En unos segundos salva los dos pisos que la separan del suelo, aunque para su edad, parece que estuviera bajando por un acantilado. Cuando se posa sobre el césped, sale corriendo sin hacer ruido. Sus pisadas son tan pequeñas y livianas que parece que no tocan la hierba. El viento se pelea con su blanca melena, haciéndola revolotear en un baile entusiasta, pero ella, sin dejar de sonreír, le reta en una rápida carrera hacia un pequeño montículo de rocas que la resguardarán de las miradas de la casa. Escondida tras esta pequeña colina se dispone a ver salir su admirada luna.

Un niño/a pequeño/a se asuma a un risco, acompañado de su oso de peluche, para contemplar una enorme y hermosa luna llena. El cielo no está todavía negro. Una neblina de nubes blancas le dan marco a la luna en un cielo azul cobalto.
Imagen de Myriam Zilles en Pixabay

—Es preciosa, ¿Verdad Selene? —le dice su amiga Moony cuando el astro se eleva en el cielo.

—Hoy está plena y más bella que nunca. Sabe que iremos a su encuentro —le responde Selene.

Cuando la luna alcanza su máxima altura, salta fuera de las rocas y comienza a correr hacia el bosque. Sus doloridas y achacosas piernas se resisten. Le cuesta dar siquiera un paso, pero su entusiasmo las impulsa a galopar por el bosque. En un claro, entre los árboles, se encuentra su nave, un pequeño, pero potente cohete, listo para despegar.

Se dirige hacia él y sin pensarlo sube su escalinata hasta la puerta. Esta se abre automáticamente y le saluda:

—¡Buenos tardes, capitana! —resuena argéntea la voz de la IA—. Espero que haya pasado un buen día. ¿Dispuesta para el viaje?

¡¡¡Sí, siempre!!! —grita Selene. Arroja su mochila y se acomoda en el asiento del piloto.

—Despegamos, capitana. ¿Rumbo a la luna?

—¡Claro! ¿Hay un destino mejor?

De forma inmediata, los motores comienzan a rugir y un estremecimiento gradual comienza a hacer temblar toda la nave. Mientras, en el exterior, una gran polvareda los va envolviendo y ocultando de curiosas miradas. Propulsado por una gran nube blanca y azul, el cohete va rasgando el aire y se eleva hacia los cielos. Selene siente la brutal fuerza que la incrusta contra el asiento, pero su inmensa sonrisa no deja de iluminarle la cara.

La astronave abandona la atmósfera y se adentra en el oscuro espacio camino del satélite. Selene puede contemplarla en la inmensa ventana que domina toda la consola. Ve cómo se va haciendo cada vez más grande y su corazón trota desbocado.

La distancia se le hace muy corta, para ella han pasado solo unos minutos, y ya está alunizando sobre el regolito que cubre el suelo. En el justo momento que los motores se detienen, salta del asiento y se dirige hacia el traje espacial que se encuentra preparado al fondo de la cabina. Se enfunda en el compacto mono y se coloca el casco.

—¿Lista, capitana? —le reclama la IA.

—¡Lista y dispuesta! —responde Selene.

—Yo me quedo guardando la nave —le dice su amiga, la osa—, disfruta del paseo, pero ten cuidado ahí fuera.

La puerta se abre y la pasarela se despliega hacia el suelo lunar. La noche se deja agujerear por la miríada de estrellas que intentan iluminar tenuemente el astro.

Selene se asoma al exterior e, inconscientemente, aspira intentando impregnarse del olor de la luna. Por un momento, está a punto de abrirse el casco y sonríe ante su torpeza. No, es una astronauta experimentada y no cometerá ese fallo.

Comienza a descender de la astronave y la poca gravedad la hace flotar. No puede evitarlo. Se pone a saltar y, poco a poco, va ganando altura. Comienza un alegre baile que le hace dar volteretas en el aire, brincando cada vez más alto, cada vez más feliz. Sus risotadas parecen escucharse a través de la escafandra y alterar el silencioso eco de la noche lunar.

Sin darse cuenta se está alejando del cohete y va adentrándose en la soledad de la luna. Cuando sus huesos empiezan a quejarse y la avisan de que es suficiente, consigue calmarse y aterriza de nuevo en el suelo. Desde donde está, no puede divisar la nave. Sin embargo, no está asustada porque la luna es su refugio, su hogar. Tan solo tiene que espera a que aparezcan sus anfitriones.

En pocos instantes, tenues siluetas la invitan a seguirlas. Corre, salta y juega con ellas y, después de una corta caminata, las ve perderse en un inmenso agujero que se adentra en el subsuelo. Como unas fauces, produce un estruendoso temblor que parece querer engullirla. Tres inmensas escaleras comunican la superficie con la negrura interior. Las dos laterales son automáticas, una sube y otra baja. La de en medio mantiene sus escalones estáticos invitándola a descender. Le gustaría bajar por esta última, pero está ya muy cansada. Siempre le han dado miedo las escaleras mecánicas, sobre todo las que bajan hacia la oscuridad, parecen lenguas con vida propia que la llevarán hacia el estómago de una bestia hambrienta.

Una escalera central aparece escoltada por dos escaleras mecánicas (se supone que una de subida y otra de bajada) . El ambiente es oscuro y la iluminación incide principalmente en la escalera no mecánica, dejando las otras dos en penumbra y ocultando todo el entorno.
Imagen de Okan Caliskan en Pixabay

Con un ligero encogimiento de hombros, se deja arrastrar por ella y se adentra en la oscuridad. El silencio es fúnebre y denso. Ni siquiera el movimiento de la escalera es capaz de disiparlo. No le asusta el camino porque está acostumbrada a usarlo. Sin embargo, siempre le embarga una inmensa tristeza. Su aventura está a punto de terminar.

La poca luz que la iba acompañando, termina por abandonarla. Las luces de su traje se activan y espantan las tinieblas. Sabe que se puede quitar el casco, allí abajo puede respirar sin dificultad, pero aún aguanta un poco más. El aire no es fresco, pero tampoco huele a caverna. Huele a limpio, a demasiado limpio. Apesta a alcohol y desinfectante.

Cuando llega al último escalón, la escalera la deposita suavemente en el suelo. Ella avanza un paso más y se quita el casco. Espera unos segundos y, con un afligido suspiro, reanuda el camino hacia la negrura. Conforme sus ojos se van adaptando a la oscuridad divisa una solitaria mesa, brevemente iluminada. Encima hay un libro abierto. Se dirige hacia ella y se sienta en la incómoda silla. Alguien, sin preguntar, le pone por delante cubiertos y un plato lleno de un líquido burbujeante. Selene acerca el libro, lo coloca junto al plato y comienza a leer al mismo tiempo que va tomando pequeños sorbos de su cuchara.

A los pocos minutos, alguien la llama:

—¡Selene! —Se escucha en la oscuridad—.  ¡Selene! —repiten de nuevo.

Ella está ensimismada intentando leer en las páginas del libro, pero no la dejan concentrarse.

—¡Selene! ¿Selene? ¡Contesta! ¿Has terminado con tu sopa?

Levanta muy despacio la cabeza, mira el plato con el líquido frío y luego le sonría a la enfermera. No responde, solo hace un gesto afirmativo con la cabeza. La chica se lleve su plato y la deja de nuevo a solas con su libro. Su mirada deambula por la estancia, va despertando de su ensoñación y ve como los demás ancianos también han terminado su cena y se disponen a regresar a sus habitaciones.

Un rayo de luz incide sobre un libro abierto, aproximadamente por el centro de sus páginas. El entorno es oscuro para resaltar la iluminación sobre el libro.
Imagen de Nitin Arya en Pexels

Finalmente, sus ojos se dirigen a una pequeña ventana que deja entrar los tenues rayos de la luna. Estos la dirigen de nuevo hacia el libro, iluminando sus páginas. Sin embargo, ya no puede seguir leyendo. Mientras sonríe, piensa en lo fácil que es viajar con los libros, pero lo difícil que es permanecer dentro de ellos. Lo cierra, suspira, acaricia su portada y la vuelve a leer: «De la Tierra a la Luna» y regresa a la realidad de su habitación.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de las imágenes propuestas.

Viajar sin Billete

Solíamos jugar en aquel callejón sin preocuparnos de ningún problema, pero una tarde de tormenta, un impresionante rayo sonó tan cerca que nos asustó. Buscando cobijo terminamos dentro de un local. Al principio nos quedamos quietos, con miedo, pero luego iniciamos nuestra particular exploración del lugar. Allí descubrimos aquella máquina. No era un videojuego normal. En la pantalla salía un libro que iba mostrando una increíble historia que te atrapaba sin concesión. Desde aquel día, cambiamos el callejón por la lectura. Nos reuníamos para leer y nunca nos faltaron aventuras que disfrutar. Habíamos descubierto una puerta a la imaginación.

Relato para el Reto Literario «Escribir Jugando«
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: un rayo.
Reto opcional: Que la historia contenga la palabra: lectura.

El Buscador de Historias

Una de las mayores desdichas con las que se puede tropezar un escritor es la falta de historias que contar. Cuando tu mente se vuelve más blanca que la hoja que llora abandonada sobre el escritorio. Cuando la vida no te susurra al oído cuentos y fantasías. Cuando un paseo por el bosque solo te muestra los árboles y un atardecer te parece un fenómeno cotidiano y aburrido. Cuando el niño que vive en ti crece y se muda porque tu imaginación dejó de alimentarlo.

Como era incapaz de contar historias busqué quién me las contara a mí. Alguien que pudiera abrir mi mente y poner sobre mi pluma el mecanismo de creación que había perdido. Salí a preguntar a mis vecinos, pero unos tenían sus vidas ingresadas en sus móviles viviendo otras vidas y otros contemplaban, plantados delante de aburridos televisores, las disputas, los gritos y las enajenaciones mentales del mundo.

Recordé que los cuentos y fábulas siempre han estado en boca de los ancianos y a ellos acudí para que me contaran sus historias. Sin embargo, éstos dejaron de sentirse narradores desde hacía mucho tiempo. Ya nadie acudía a ellos para que iluminaran sus sueños. Para que sacaran del fondo de sus corazones a los niños que se habían dormido en sus profundidades. Así que los ancianos olvidaron las historias y el mundo se desentendió de escucharlas. Se dedicaron a vivir y a contemplar como pasaba el tiempo que se los llevaría en volandas.

Afortunadamente, un amable librero de viejo me dio esperanzas. Me enseñó un libro muy antiguo. Estaba ajado y sus hojas amenazaban con abandonarlo. Su tacto era rudo y apagado. Era uno de esos libros que no atraían por su portada, sino por el misterio que podía albergar en su interior. Acariciando su tapa, el anciano librero me dijo: «Cuenta esta leyenda, que donde el cielo se desborda existe una mujer, una diosa, una maga, tal vez una bruja. Cuenta que es capaz de crear mundos increíbles y fantásticos. Cuenta que su imaginación ha alimentado la fantasía de miles de soñadores. Cuenta muchas cosas que, quizás, solo sean eso, cuentos, pero de qué están hechos los sueños si no de fábulas». Viendo mi desesperanza se apiadó de mí y me regaló el libro. Me indicó que lo leyera pausadamente y con paciencia porque, tal vez si creía, me indicaría el camino para encontrarla.

Lo leí y releí tantas veces que me aprendí pasajes de memoria. Las indicaciones que se mostraban eran tan imprecisas y burdas que eran imposibles de buscar en ningún mapa. Por mucho que leía, en mi cabeza solo resonaba la frase: «donde el cielo se desborda». Sobre la mujer mencionada por el librero poca información había. Solo se hacía hincapié en que «cuando la encuentres, sabrás que es ella». En el libro aparecía uno de los nombres por los que era conocida, pero que no debía ser pronunciado en voz alta, más que en su presencia. Lo busqué en Internet y en viejas bibliotecas, pero por supuesto no encontré nada. El libro era tan antiguo como la leyenda y cualquier referencia a ambos quedaba fuera del conocimiento. Solo tenía una opción, emprender el camino siguiendo la escasa información del texto con la ilusión y la esperanza de encontrar aquel ser legendario y, acaso, ficticio.

Y aquí me encuentro, avanzando por sendas desconocidas, creo que perdido y solo, muy solo. Tantos años escribiendo sobre aventureros que van en busca de su quimera y ahora soy yo el que se ha convertido en uno de los personajes de mis historias. Voy en busca de una leyenda. Voy en busca de mi salvación. Si no la encuentro tendré que olvidarme de escribir porque sin historias que contar no habrá libro que narrar.

Llevo días soportando un tiempo inclemente. Subiendo y bajando montañas inacabables. Atravesando bosques tenebrosos llenos de crujidos y sombras. Intentando dormir en noches sin estrellas que hacen imposible pensar en el renacimiento del sol. Parece que la dama de la leyenda se empeña en ponerme pruebas imposibles para que llegue hasta ella. Sin embargo, no cejaré en mi empeño. Todo sea por volver a encontrar el camino de la creación, porque escribir es lo que da sentido a mi vida. Si no soy capaz de contar historias tendré que contentarme con vivir las que otros escribieron o morirme en vida, desganado y melancólico.

Después de luchar contra la desesperanza y bordear la huida, mi corazón no puede contener tanta felicidad y mis ojos son incapaces de abarcar tanta belleza. Creo que he llegado a mi destino. Estoy exhausto, pero eufórico.  He sido capaz de completar el viaje y ante mí tengo el más maravilloso espectáculo que nunca podría haber imaginado. Enormes masas de agua surgidas de las nubes caen formando impresionantes cascadas. Se mezclan creando un maremágnum de increíbles colores que crean inverosímiles arcoíris. El ruido es ensordecedor, pero la belleza hipnótica. Miles de aves gritan y revoletean entre las corrientes. Una de ellas me ha mostrado un camino, casi invisible, que sobrevuela los torrentes. Por él me encamino como si flotara sobre las aguas. No diviso el final avanzando entre nubes, pero mi ansiedad y urgencia se sobrepone al miedo. Después de tanto esfuerzo para llegar hasta aquí nada me va a hacer abandonar.

Imagen de EnriqueLopezGarre en Pixabay

El estrecho camino se ha convertido en una indefinida llanura ocultada por la niebla. Recuerdo el texto escrito en el libro que guardo en mi mochila y que a duras penas ha aguantado el farragoso viaje. Evoco y, tímidamente, balbuceo el nombre que en él aparece: «JessiKhaleshi». No tarda en aparecer una sombra entre la bruma. Vuelvo a rememorar el texto: «¿Eres la señora de Fantépica?» le pregunto con impaciencia y temor. «¿La contadora de historias. La creadora de Mundos y fantasías? ¿Mi salvadora?» insisto. Ella sonríe y me responde: «¿Si así lo crees tú?».

Me acerco ilusionado y sonriente. Me presento y le explico mi desgracia. Le cuento cómo la desdicha se ha cebado sobre mi pluma y cómo las páginas siguen en blanco después de mirarlas eternamente. Le suplico que me saque de ese foso en el que me encuentro. Y ella, con la voz más dulce y hermosa que mis oídos hayan escuchado, me dice: «Me pides que te cuente historias para tus libros. Que te regale los oídos con bellas fábulas para que las conviertas en grandes aventuras. Que abra las puertas que sellan tu mente. Sin embargo, no soy yo quién puede ayudarte».

Mi cara muestra inefable mi desilusión. Mis ojos se anegan de lágrimas que me ahogan. Mastico mi infortunio pensando que no tiene solución. Ella, al ver mi cara, me mira ladeando la suya y sonriendo añade: «Llevas todo el viaje con los ojos cerrados. Has sido incapaz de ver más allá del camino. No has mirado el mundo que atravesabas.

»No has visto cómo aquel cervatillo ha escapado in extremis del lobo que le perseguía. No has escuchado como aquel leñador talaba árboles para venderles calor a sus vecinos. No te has dado cuenta como miles de hormigas sobrevivieron a las lluvias torrencialmente porque trabajaron con la inteligencia del grupo. No te fijaste cómo hay árboles que crecen dónde ninguna otra planta ha sido capaz de levantar un palmo del suelo. Has deambulado mirando sin ver nada.

»No soy yo la que te puede contar las historias que debes escribir. Es tu propio camino el que te ofrecerá el material necesario para que las crees. Yo solo soy la excusa de tu viaje. Has pensando que te serviría en bandeja las historias, cuando es tu misma odisea la que te las ha contado al oído sin que te hayas dado cuenta. Querías conocer aventuras sin levantarte de la silla en la que escribías. Ahora las has vivido. Ya tienes tus historias.»

Y en ese momento, rememorando esos pasajes, vi al cervatillo convertido en un vistoso paje que llevaba una misiva importantísima para el rey. Gracias a sus gráciles movimientos y a sus veloces piernas pudo escapar del lobo-demonio y avisar de la llegada del peligro. Vi que el hacha que usaba el leñador era de mágico oro, la había encontrado en el fondo del río, y se pasó muchos días decidiendo si venderla o quedársela. Cuando la usó, descubrió que era capaz de hablar con los árboles y, con su permiso y ayuda, encontró los que ya estaban muertos. Así consiguió talar maderos, más grandes y en menos tiempo, sin dañar el bosque. Las hormigas eran en realidad una pequeña colonia de seres venidos del espacio que intentaban sobrevivir en un mundo de gigantes. Sus mentes colmenas les capacitaba para realizar, con increíble destreza, inverosímiles empresas. Y aquel árbol, que se levantaba solitario y resistente al agotamiento del suelo, era alimentado desde sus raíces por los seres más pequeños del universo. Tan inteligentes que nunca se dejaban ver, pero que iban de planeta en planeta impidiendo que estos se convirtieran en yermos paisajes. Creaban señales para que los pobladores se alertaran del destino fatal de su planeta. Vi el mundo que me rodeaba, pero que no había sabido mirar. Abrí los ojos de la imaginación y todas las fábulas aparecieron en mi cabeza.

Gracias magnánima señora por tu sabiduría, tu generosidad y tu paciencia. Me has enseñado a ver el mundo y comprender que las historias siempre han estado dentro de mí. Mi niño interior ha vuelto a sonreír porque tiene mil fábulas con las que alimentar su fantasía. Es él el que las inventa y me las cuenta. Ya no tengo miedo a que se aburra y me abandone. Escribir es crear, pero, sobre todo, observar la vida con la inocencia y el encanto de la imaginación.

Relato publicado en el Reto Literario «Un Agosto de Leyenda’«
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Selecciona una imagen y crea con ella una leyenda.
Cuéntanos su historia y qué te evoca.

Susurros de Piedra, de Karen Holmes

Acabo de terminar el segundo volumen de la serie «Susurros de Piedra» escrita por Karen Holmes y encuadrada dentro del proyecto #Horizonte. Creo que antes de comentar mis impresiones sobre ambos volúmenes, es necesario, para los que no lo conocéis, explicar qué es #Horizonte.

Todos los libros de #Horizonte publicados hasta el momento.
Todos los libros de #Horizonte publicados hasta el momento. Aquí podéis encontrar una breve, pero explícita presentación en su propia página web, ¿Qué es #Horizonte?

En #Horizonte encontraréis varias novelas, escritas por distintos escritores, que transcurren en una misma ciudad y, aunque podemos ver en ella representada cualquiera de las conocidas urbes mundiales: Barcelona, Madrid, Praga, Roma, … yo creo que también os podéis imaginar que estáis en la vuestra. De hecho, si os gusta tanto como a mí, estaríais encantados de vivir en alguno de sus barrios para disfrutar de sus aventuras in situ. Además, los personajes pueden saltar de un libro a otro alternando entre su condición de protagonistas y secundarios. Para mí esta es un de las novedades más curiosas que he encontrado y que me ha encantado. El ambiente podría situarse sobre los años 20 del siglo pasado. Y por si fuera poco, para satisfacer aún más mi paladar, la música que se escucha en sus clubs es el Jazz.

Susurros de Piedra #01

En el caso de Susurros de Piedra, serie formada de momento por las novelas «Topacio y Cicuta» y «Ópalo y Estramonio«, la protagonista es Summer Travers. Una joven que vive con su abuelo y busca a su madre, desaparecida desde hace tiempo. Según Karen Holmes, es una mezcla entre Audrey Hepburn y Verónica Mars. Aunque yo me la imagino más como Morena Baccarin, magnífica en su personaje de la desaparecida serie Firefly y también en las películas de Deadpool.

Pero existen otros personajes que viven en la ciudad e intervienen en las aventuras y que, en algunos momentos, pueden llegar a ser más significativos e importantes que la propia Summer. Este es, para mí, otro de los atractivos de la serie.

La vieja Sofía, una mezcla entre hechicera, bruja, consejera o sanadora. Willow, la amiga íntima de Summer, que corre sus propias aventuras. O la familia Blackburn, madre e hijas, que usan la magia en su propio beneficio y pueden llegar a ser más malas que un dolor de muelas. Y también, Cyril Marble, un maestro de los secretos; Dereck Driscoll, ayudante del fiscal; o la misma Ada James, madre de Summer, que aunque ausente físicamente, es parte esencial en la historia.

Pero además, el escenario cobra vida también como personaje importante de las novelas. Sus barrios y calles: PuenteViejo, la Seda, Nuevo Horizonte, el Ensanche, … cada uno con su propia singularidad y sus peculiares vecinos. Y sus edificaciones, como el Castillo de Lappointte, el Orfanato o el teatro Relish. Cada uno de ellos os cautivará de una forma especial y diferente.

Susurros de Piedra #02

¿Por qué me han resultado tan atractiva estas novelas? Pues, porque la magia y la fantasía se mezclan con la realidad de una ciudad, como dije antes, que puede ser como la nuestra. La trama combina intrigas, aventuras, imaginación, emoción y unos personajes muy cercanos y fascinantes, buenos y malos. También, la posibilidad de ampliar el horizonte de la novela indagando en los personajes secundarios con sus propias aventuras en los otros libros. Y, por supuesto, la forma de escribir de Karen Holmes. Derrocha imaginación, elegancia, dulzura, sensibilidad, … Sin que te des cuenta, te introducirá en sus relatos y te encontrarás viviendo en #horizonte. Y por supuesto, querrás leerte todos los libros del proyecto.

En definitiva, si os gustan las aventuras urbanas con personajes entrañables, un toque de magia y emoción, aventuras con misterios y suspense, bien escritos y de fácil lectura… Ya estáis tardando en buscaros un pisito en #Horizonte.


La Chica Que Soñaba Ser Gato

Relato para el Reto Literario «Escribir Jugando«
de Lídia Castro (@lidiacastro79)

Reto Escribir Jugando de Lídia Castro

Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: un libro.
Reto opcional: Que la historia contenga el número 40

Catherine es una chica muy especial. Le gusta correr por el bosque de Broceliande, volar entre las nubes del Monte Fuji, navegar por Caño Cristales y también viajar hasta la Atlántida, Asgard, Ávalon, Oz o el País de Nunca Jamás. Porque siempre lo hace a través de los libros, donde disfruta de un millar de historias y en todas ellas se ve como protagonista. Pero siempre se imagina como un gato que, libre e independiente, vive al límite. Y no tiene 7 vidas, ¡sino más de 40! Porque cada vez que abre un libro comienza una nueva existencia.