El Cuadro

Montaje a partir de las imágenes de Ractapopulous (Pixabay) y Intographics (Pixabay)

Las calles vestidas de blanco recibían como cada año la Navidad. La gente se mostraba sonriente y se deseaba felicidad. «Todo hipocresía» pensó Marcus mientras llegaba al portal de su casa. Subió en el viciado aire del ascensor y caminó por el angosto y triste pasillo hasta su piso. Cuando fue a abrir la puerta se dio cuenta que en el suelo, apoyado en ella, había un paquete. Era liviano, cuadrado y parecía haber sido envuelto con premura y sin demasiado cuidado. No tenía remite ni dirección. Sin embargo, era el único residente en esa planta, tenía que ser para él. Lo recogió y entró en su apartamento.

Su casa era pequeña, vivía solo y lo tenía amueblado con lo imprescindible. Cuantos menos muebles, menos trastos para limpiar. Un pequeño salón, la cocina y un más pequeño dormitorio con acceso a un cuarto de aseo. Para él era suficiente, no necesitaba más espacio. Aunque no le hubiera venido mal un salón un poco más grande. La pared que enfrentaba a la entrada era su rincón más preciado. Una librería la ocupaba por completo. De tabique a tabique y del suelo hasta el techo. Decenas de libros se agolpaban en sus estantes que amenazaban con romperse y causar un alud de páginas llenas de historias. Era su única posesión y riqueza, aunque dudaba que de ponerlos a la venta consiguiera obtener mucha ganancia en caso de necesidad. Pero era su tesoro.

Dejó el paquete con desdén sobre una mesita y, sin abrirlo, se dirigió a la cocina para prepararse el almuerzo. No le hizo caso hasta la tarde, cuando volvió a topar con él. No era curioso por naturaleza. Además, se encontraba muy cansado y hambriento. Cuando el estómago le mandaba señales no había otra prioridad en su vida que intentar callarlo.

Después de comer, se sentó en el sofá y su feliz estómago le produjo un dulce sopor. Al despertar de una cabezada divisó el paquete. Ahora sí que le urgió la curiosidad ¿Qué era y quién se lo había mandado? No podía ser un regalo de Navidad. Había perdido el contacto con sus pocos amigos y la familia quedaba lejos y olvidada. Tampoco esperaba ningún pedido. Se afanaba en hacer sus compras en el comercio local. Sus principales gastos, además de la comida y las necesidades básicas, los dedicaba en la búsqueda de nuevos libros. Había descubierto una librería muy coqueta no muy lejos de su casa. La Ratonera. Era muy pequeña, pero tenía un ambiente cálido y acogedor. Además, siempre lo trataban con mucha amabilidad y atención. Le encantaba perderse entre sus escasas estanterías. Si buscaba algún libro que no se encontraba en ellas, se afanaban en buscárselo y traérselo. No necesitaba pedirlo por Internet.

Lo más misterioso del paquete era su anonimato. Ninguna señal daba pistas de su procedencia. No sin dificultad, consiguió abrirlo. Era un cuadro. Una pintura al óleo encerrado en un modesto marco. Cinco personas lo contemplaban misteriosamente desde el lienzo. Cuatro hombres y una mujer, que se situaba en el centro. Parecía una instantánea fotográfica que mostrara el ambiente festivo de una reunión. Sonreían y adelantaban sus vasos en un amago de brindis. La chica, morena y guapa, no sonreía. Ladeaba ligeramente la cara hacia el personaje más a la derecha. Un barbudo pelirrojo de prominente barriga. A su lado, un chico rubio de brillante sonrisa parecía reír la gracia que había soltado el amigo. En el otro lado de la escena, un chico de poco pelo y perilla burlesca mostraba cierto aspecto displicente. Pero quién más atrajo su atención fue el último personaje de la izquierda. Se parecía asombrosamente a él. Moreno, bien vestido y con esa media sonrisa que siempre encantaba a las mujeres.

Miró más detenidamente los rostros de los demás personajes de la pintura. Sus rasgos le resultaban vagamente conocidos, pero no podía recordarlos. La escena, sin embargo, no aparecía en su memoria. El pintor lo habría dibujado simulando la fiesta. En la esquina inferior derecha aparecía su firma, aunque era ilegible. Un mero garabato. Desistió de recordar nada. No sabía por qué, pero la escena, los colores, los rostros, cada detalle del cuadro le causaba fascinación. En lugar de deshacerse de él, lo puso en uno de los huecos de la librería y se volvió a olvidar de su existencia.

Dos días más tarde, mientras ojeaba entre páginas web en su ordenador, una noticia captó su atención. Un abogado de gran fama y prestigio había caído delante del metro justo cuando este llegaba a la estación. La teoría más evidente era el suicidio, aunque no se descartaba que algún cliente insatisfecho pudiera haberlo empujado. La fotografía le impactó como un puñetazo. En la imagen se podía ver a un hombre, de la misma edad que él, pelirrojo y con una esplendorosa barba. De forma fulminante, el personaje del cuadro le vino a la mente.

Salió corriendo y cogió la pintura. Para su sorpresa, la figura que buscaba había desaparecido. ¡No era posible! Ahora, en medio de la fiesta, solo se veía a la chica con los otros tres hombres. Ella ya no miraba al desaparecido pelirrojo, dedicaba su despechada y triste cara hacia el tipo de la perilla. Este, el rubio y el que tanto se parecía a él, mantenían la misma pose. ¿Qué mierda estaba pasando?

Volvió a mirar la fotografía que aparecía en el monitor. Cerró los ojos e intentó visualizar la imagen del cuadro. Tenía memoria fotográfica y en su mente lo veía. El parecido era tremendo. No, no. Su mente le estaba gastando una macabra broma. Desarmó el marco intentando ver algún truco en la pintura, pero solo estaba el lienzo. De hecho, la acuarela parecía estar todavía húmeda.

Volvió a montar el marco y dejó la pintura en la estantería. «Tiene que haber sido una estúpida ilusión óptica» No ha cambiado nada en la pintura. Lo miró en la resaca de la comida y la somnolencia de la siesta y creyó ver lo que no era. ¡No iba a darle más vueltas! Ya tenía bastantes problemas encima para volverse loco con estúpidas suposiciones mágicas.

Intentó olvidarse del cuadro y, unos días después, cuando parecía que lo había conseguido, escuchó a dos mujeres hablando en el supermercado. Un afamado músico había aparecido flotando en las aguas de la Magna Fontana. El dilema entre el suicidio y un desgraciado accidente, era el debate que las hacía hablar con exaltada vehemencia. Este se extendía hasta las redes sociales dónde decenas de teorías causaban el delirio de los “expertos” que daban sus indolentes opiniones. Una idea le hizo estremecerse. ¿Otro posible suicidio? Salió presuroso sin preguntarles nada. Cuando llegó a su casa se abalanzó sobre su portátil y buscó con apremio la noticia. Cuando la encontró, ni siquiera leyó el texto del artículo, se lanzó en busca de la fotografía del músico. Gritó de horror. Era el tipo de la perilla que aparecía en el cuadro.

Un tremendo temblor se adueñó de su cuerpo. Se empapó en un sudor helado que lo hizo tiritar. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Era una pesadilla de la que no podía despertar? Consiguió una calma ínfima y, todavía temblando, se acercó a la estantería. El cuadro le esperaba amenazante. Lo cogió con los ojos cerrados visualizando la imagen en su mente. Estaba seguro de la escena que había pintada. Cuando lo miró estuvo a punto de desmayarse. Solo aparecía la chica, escoltada por el rubio y su representación. El presunto suicida también había desaparecido.

Lanzó el cuadro contra la pared en un arrebato de cólera y terror y se metió en el cuarto de baño. Abrió la ducha, con agua fría, y se metió dentro sin quitarse la ropa. Mientras el chorro helado le iba calando hasta las entrañas empezó a llorar. ¿Qué coño estaba pasando?

Cuando se desahogó, se quitó la ropa y terminó de ducharse con agua caliente. Eso lo relajó un poco y le permitió pensar. ¿El cuadro era algún tipo de sortilegio mágico que le estaba avisando de las futuras muertes de sus integrantes? No quería creerlo, pero algo en su interior le empujaba a admitir esa demente historia de hechicería y magia oscura.

Se vistió y se tomó una taza de chocolate caliente y un donut que lo esperaba paciente en la nevera. La comida siempre le calmaba. Mientras el líquido le iba adormeciendo los nervios, un siniestro pensamiento le derrumbó su placidez. ¿Y si no habían sido suicidios? ¿Y si alguien estaba asesinando a los personajes de la pintura? El cuadro parecía avisarle que el próximo en morir podría ser él. ¿Lo estaría avisando el propio asesino?

Volvió a coger el cuadro e intentó descifrar la cara de los otros dos personajes. Algo le seguía diciendo que los conocía, pero era incapaz de sacarlos de su memoria. Tenía que averiguar quiénes eran.

Con el cuadro en sus manos se dirigió de nuevo hacia el portátil. Le encantaba los juegos de búsqueda en Internet. Este sería el más difícil de su vida. Usando la apariencia física, intentando describir sus facciones, especificando la edad, el tipo de vestimenta, y todo lo que se le ocurrió, se metió en una febril búsqueda que le llevó varias horas. Pero no pudo encontrar nada. Había miles de personas con las mismas características que las que aparecían en la pintura. Cerró el portátil con pesadumbre y, abatido y exhausto, se fue a la cama sin cenar. A medianoche su estómago se lo recordaría.

Aunque pensó que no podría coger el sueño, el extremo cansancio que el estrés le había producido le hizo entrar en un duermevela que lo embutió en una deslavazada pesadilla. Nada en ella tenía sentido, excepto la chica del cuadro. Aparecía y desaparecía sin ninguna razón aparente. Llegó a un nivel de angustia que despertó enredado en la sábana, sudoroso y con el corazón en la boca. Pero ya creía saber de qué conocía a la joven del cuadro.

Se levantó, danto un salto y casi cayéndose por culpa de la sábana. Corrió hacia el salón y buscó enajenado en la estantería. Tiraba los libros al suelo con desprecio sin pensar en lo que los amaba. Al fin, encontró lo que buscaba. En una de las baldas, detrás de los libros, había un tubo de cartón. Dentro estaba la orla de su estancia en la universidad. Aunque no había conseguido terminar sus estudios, se había hecho la fotografía, como todos. La sacó histérico de su contenedor y la desenrolló sobre la mesa. Fue pasando el dedo por cada fotografía hasta que se paró sobre la de una chica. ¡Allí estaba! Joven, morena, atractiva. Sus rasgos eran inconfundibles. ¡Era ella! Debajo de la foto aparecía su nombre completo. Ahora sí lo tendría fácil para encontrarla en Internet.

Se arrojó sobre el portátil y no tardó en encontrarla. Aparecía en varias fotografías, durante una exposición de pintura, junto a algunos de los artistas. Buscó el nombre del salón de exposiciones y luego a los participantes del evento. ¡Bingo! Era nada más y nada menos que la directora del espacio ferial. Apuntó su dirección. Tenía que ponerse en contacto con ella y avisarla del peligro.

Pensó en salir corriendo a la calle y dirigirse hacia allí. Seguro que la encontraba trabajando. Sin embargo, era tal su estado de alteración que la chica en lugar de hacerle caso saldría corriendo asustada. No creía que se acordara de él, de la misma forma que él no la había reconocido en el cuadro. Se paró a pensar y decidió avisarla de otra manera. ¡Ya está! Le escribiría una carta contándoselo todo. Le pondría sus datos y teléfono para podérselo explicar mejor en persona. Pero era de vital importancia que se diera cuenta de la amenaza. ¡Iban a matarla!

Después de emborronar varias hojas, consiguió escribir una explicación verosímil. Debería evitar hablar del cuadro y sus premoniciones, eso le haría pensar que estaba loco —¿lo estaba?— y entonces no creería nada de lo que le intentaba contar. Firmó la carta y llamó a un servicio de mensajería urgente. Era lo más efectivo y rápido. No podía perder más tiempo.

Llegó el mensajero y se llevó la carta. Los instantes siguientes fueron demenciales. Se sentaba en el sofá. Se levantaba e iba a la cocina. Iba al cuarto de baño y se lavaba la cara. Regresaba al salón. Era una polilla encerrada dentro de un bote. Cada vez se alteraba más y sentía que se asfixiaba dentro de la casa. Sin embargo, no quería salir. La chica podía llamarlo por teléfono o irle a visitar. De todas formas, a dónde iba a ir. También él estaba amenazado de muerte. El sitio más seguro era su casa.

Por fin, después de unas horas eternas, escuchó ruidos en el pasillo exterior de la vivienda. Pisadas apresuradas se dirigían hacia su puerta. ¿Sería ella?

Unos monumentales golpes hicieron temblar la puerta.

—¡Policía, abra inmediatamente!

¿La policía? ¿Pero qué…? Claro, la chica había sido capaz de convencerlos de la gravedad de la situación. Después de leer la carta había decidido que era mejor poner el asunto en manos de los profesionales.

Abrió la puerta y la visión le congeló el saludo. El tipo rubio del cuadro, vestido de policía, estaba en la entrada de su casa, junto a dos agentes más de uniforme. Uno de ellos lo estampó contra la pared, le puso las esposas y le leyó sus derechos.

—Pero oigan, esto es un error, yo…

No lo dejaron hablar. Lo llevaron hasta el sofá y lo hicieron sentarse de un empellón.

—Está usted arrestado por acoso e intento de asesinato.

—¿Cómo? Oigan es a mí a quién quieren matar. Yo he intentado…

—¿Reconoce esta carta? —le preguntó el hombre del cuadro mostrándole los papeles que, efectivamente, él había escrito.

—Sí, claro. Era un aviso para la chica.

—¿Un aviso? ¿Querrá decir una amenaza?

—¿Amenaza? ¿Pero qué está diciendo? ¡La quieren matar!

—Es usted muy cínico, pero la carta es su confesión. Quería asustarla e incitarla al suicidio, como a los otros dos tipos. Sus intenciones han quedado claras.

—¿Mis intenciones? ¿Yo quiero salvarla? El cuadro, el cuadro… —gritó, intentando llegar hasta la estantería.

Uno de los agentes lo obligó a sentarse de nuevo, mientras el otro se acercaba a coger el cuadro de la librería. Lo miró con incredulidad y le dijo a su jefe.

—Es igual a los encontrados en las casas de los dos suicidas.

El rubio cogió el cuadro y se lo mostró a Marcus.

—¡¡¡No, no, noooo!!!

En la pintura se veía a su personaje abalanzándose sobre la chica, que gritaba y lloraba llena de pavor.

—Déjenos unos momentos solos —pidió el jefe a sus agentes. Luego, bajando la voz, se dirigió a un abatido y sumiso Marcus.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Ni de los tipos que mencionas en la carta. ¿Tan efectiva ha sido tu capacidad de olvidar? ¿Quieres hacerme creer que no recuerdas quiénes éramos y lo que le hicimos a esa chica? Se ha convertido en una maravillosa artista y está usando estos cuadros para hacernos recordar nuestra culpabilidad. Afortunadamente, después de leer tu carta, ha llamado a la policía y he podido hacerme yo con el caso. ¡Escúchame bien! Me ha costado mucho llegar a dónde estoy y ese estúpido incidente de juventud no va acabar con todo lo que he conseguido en mi vida. Tú vas a ser el cabeza de turco que cierre de una puta vez este incidente.

Marcus no podía hablar, el nudo que sentía en la garganta le amenazaba con asfixiarlo. Imágenes de aquel día empezaron a explotarle en la cabeza. Ahora recordaba nítidamente lo que había pasado. La vergüenza y el miedo le habían hecho ocultarlo en lo más hondo de su mente.

Se levantó del sofá y se abalanzó sobre el balcón que estaba abierto buscando algún modo de escapar. El tipo rubio lo siguió y consiguió alcanzarlo. Sin embargo, en el forcejeo, los dos terminaron cayendo al vacío. Los ocho pisos de altura les fueron suficientes para recordar cada minuto de su fechoría.

Mientras los agentes corrían horrorizados hacia el exterior, el cuadro volvía a cambiar su aparecía. Ahora aparecía la chica sola, sonriendo con lágrimas en los ojos. Abajo, la firma se hizo clara mostrando su nombre y una dedicatoria:

¡Venganza por Navidad!

Valga este relato como cuento Navideño y como respuesta a la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un cuento de navidad poco típico y que dé miedito.

La Navidad del Señor Elliot

El señor Elliot se ha quedado embobado mirando ese hermoso juguete de porcelana en el que una bailarina gira al son de una hipnótica melodía hasta que, finalmente, hace una reverencia y la cajita se cierra. El viejo se ajusta sus gafas redondas y esboza una sonrisilla desde sus finos labios antes de entrar en aquella vieja tienda de juguetes para llevarse a casa el objeto de su embelesamiento. Después, se sube las solapas de su raído abrigo marrón y regresa a la calle. Llama su atención un coro de niños entonando un bonito villancico al lado de aquel enorme árbol cuyas luces parpadean en el centro de la plaza, dotando al pueblo de una amalgama multicolor que por momentos lo ciegan.

El señor Elliot camina despacio a través de las calles mojadas, donde los copos que empiezan a caer se funden, y no tarda en llegar a la humilde casa en la que lleva viviendo más de cincuenta años. Desde la ventana, atisba ya esas orejillas que lo esperan impaciente. Su fiel Labo, un viejo labrador que lleva con él diez inviernos y al que el frío acobarda. Aquella tarde ha preferido dejarlo en casa y el animal lo recibe con el entusiasta movimiento de su cola mientras él se deshace en carantoñas.

Imagen de Patrycja1670 en Pixabay

Labo regresa al sofá, donde se ahovilla, mientras el señor Elliot se quita los guantes y se frota las manos, tratando de entrar en calor. Después, azuza el fuego de la chimenea y camina hasta la bolsa para sacar el bonito juguete, que coloca sobre la repisa, sonriendo. Su arbolillo trata de emular con osadía y orgullo al que engalana la plaza y aunque sencillo, para él es el más hermoso del mundo, pues fue el que su difunta esposa, Emily, escogió.

Se asoma a la ventana y se deleita en esa vida sencilla que discurre al otro lado del cristal. La noche de Navidad se acerca y él la pasará solo, como es habitual. A pesar de todo, pocas cosas son capaces de borrarle la sonrisa porque el señor Elliot ha hecho de los recuerdos un sostén para los días tristes y no una carga que lo debiliten.

La nevada arrecia y el señor Elliot acude a la campanilla de su horno, avisándole de que el asado está listo. Se sirve en un plato y le pone su ración a Labo, que ha cambiado su lugar en el sofá por la alfombra que queda frente a la lumbre. El viejo se sienta en su mecedora y mira al perrillo con ojos brillantes.

—Feliz Navidad, Labo.

**************

Un golpe despierta al señor Elliot, que se ha quedado endormiscado en su chimenea, con el plato sobre su regazo. Labo lo mira, con el cuello erguido y expresión inquieta. El hombre se levanta con dificultad, convencido de que han llamado a la puerta y cuando abre…

… el frío se adueña de toda la estancia instalándose cómodamente en el sofá, como si hubiera sido expresamente invitado. El señor Elliot mira hacia fuera, pero solo ve la oscuridad salpicada de motas blancas. Los copos de nieve crean una ligera lluvia blanquecina que, gracias a la inmensa y plena luz lunar de esa noche, parecen cortinas de luces que caen desde el cielo.

Cuando se dispone a mirar fuera, por si se trata de niños traviesos jugando al esconder, Labo lanza dos grandes y profundos ladridos dirigidos hacia la puerta, más concretamente, hacia la parte inferior del portal. El señor Elliot baja la vista y ve con inusitada sorpresa a un nisse, un pequeño y curioso duende. Apenas le llega a la altura de la rodilla, y eso contando con su gorro cónico rojo. Este se sustenta sobre dos grandes y puntiagudas orejas, que eliminan la primera impresión de que se trate de un niño. Podría parecerlo, por cara lampiña sin un solo pelo y unos inmensos y profundos ojos azules. Sin embargo, mirados con fijeza, muestran una extensa vida acumulada. Una chata y rechoncha narizota, junto con una risa traviesa y pícara, dan colofón a la extraña criatura. Debe alimentarse bien, porque su blanca camisa no consigue taparle la barriga. Le queda al aire libre con el ombligo como ojo vigilante y avizor. Lleva unos pantalones rojos, sujetos milagrosamente por tirantes, y unos escarpines del mismo color.

Ante los ladridos de Labo, el duende le hace burlas, moviendo sus manos y sacándole la lengua. El perro le lanza un nuevo ladrido  y el duende le hace una pedorreta que suena tan fuerte que el animal sale asustado y se esconde bajo la mesa camilla.

—¡Pero bueno! —exclama el señor Elliot mostrando en sus ojos la sorpresa por la insólita aparición—. ¿Quién diablos eres tú? ¡Debo estar soñando!

—Puede que sí, puede que no —responde el duende con una voz mucho más aguda y grave de lo que aparenta su tamaño—, pero seguro que diablo no soy.

El señor Elliot se frota los ojos y se pellizca las mejillas, pero la extraña y pequeña criatura sigue allí.

—¿Tienes algo dulce? Me encantan los bastones de fresa. —El duende no espera la invitación y se cuela en el salón. Inspecciona todo con las manos en la espalda y aires de superioridad. Se queda mirando el árbol y dice de forma irónica—. Menudo gigante has colocado aquí, ¿eh?

—Escúchame, loqueseas. No voy a permitir que entres en mi casa para que te burles de mis adornos navideños —intenta el señor Elliot endurecer la voz para expresar su enfado, aunque en realidad le está divirtiendo el extraño personaje.

—Puedes llamarme Enno. Y no tienes que permitirme nada, ya estoy dentro —La risa que suelta es tan estruendosa que el pobre Labo, que había sacado su hocico por debajo de la falda de la mesa, se vuelve a esconder aterrorizado.

El duende da pequeñas carreras y tímidos saltos subiéndose por todos los muebles, desafiando su poca atlética apariencia. Toquetea todo lo que encuentra en su camino. El señor Elliot se queda absorto, sin decidirse a salir corriendo detrás de él para recoger lo que va tirando. Cuando Enno llega a la repisa ve la cajita de la muñeca de porcelana y no duda en hacerla bailar. Se queda totalmente embelesado ante el maravilloso juguete. Esta vez, el señor Elliot no lo duda, se acerca diligente y se lo arrebata de las manos ante la posibilidad de que en su torpe travesura lo rompa.

—¡Ey, que no soy un manazas! Tienes ante ti a un artesano profesional y te quedarías embobado viendo mis creaciones artísticas.

—Sí, vale, lo que tú digas, pero ¿puedes explicarme qué diantres haces en mi casa?

—Vale, vale. No te enfurruñes. También soy mensajero y vengo de parte de la Señora Fríolinda.

—¿Frío… linda? ¡No he escuchado ese nombre en mi vida!

—¡Y no me extraña! —ríe Enno—. No es una dama que suela pasear por las calles como cualquier vulgar viandante. Es toda una Señora. Yo diría que una Reina. Hasta una diosa… Pero no se te ocurra decirle que yo la he llamado así —dice bajando la voz y poniéndose un dedo en los labios—. No le gustan los títulos —termina entre susurros.

—¿Una Diosa? ¿Una Reina? Me estás volviendo loco, ¿De quién me estás hablando? ¿Es que me he metido en el loco e increíble sueño de un cuento de hadas?

—¡Que no es un sueño, señoringo! Soy más real que el cuatropatas que está ahí escondido —señala con burla al pobre Labo.

—Sí, claro, claro. Yo tengo que ser entonces un Papá Noel despistado y olvidado de su identidad.

—Mire usted, don peguitas. Me estoy poniendo nerrrrvioso y cuando eso pasa, mi lengua se vuelve rrrevoltosa y rrruidosa y se rrregocija haciéndome rrrabiar sin rrremedio. Le he trrrransmitido el mensaje y me voy. Allá usted con lo que haga.

—¿¡Pero qué mensaje!?

Enno se echa una mano a la frente y resopla…

—Si es que usted me distorrrrsiona la cabeza y no me deja hacer mi trrrrabajo corrrrectamente. —El señor Elliot se mantiene callado esperando, pacientemente, que el duende le diga algo que le haga entender toda esa pantomima—. Es un trrrrabajo sencillo, pero si me interrrrumpe a cada momento yo no …

—Tranquilo, Enno, toma y sosiégate. —El señor Elliot le da un cuenco lleno de gominolas de colores que el duende acepta y le agradece con una enorme sonrisa en su regordeta carita—. Si no te calmas no terminaré de entenderte nunca.

—Gracias —le responde el pequeñín y le hace un gesto de reverencia tocándose la frente con dos dedos. Engulle varias golosinas de un solo bocado y prosigue más calmado—. Cuando el reloj dé las campanadas de la nueva hora, la señora Friolinda le estará esperando con su trineo junto a la puerta de la cerca. Es usted libre de acudir a la cita o no, pero debería hacerlo. La señora es una dama exquisita, dulce y, extremadamente, educada, excepto cuando se enfada. ¡Mensaje transmitido!

Sin esperar ninguna reacción del señor Elliot el duende da un tremendo salto, desde la repisa de la chimenea hasta la puerta, que había quedado abierta todo el tiempo, y sale de nuevo de la casa. Elliot se queda inmóvil y mira con la boca abierta a Labo que, viendo ya su casa libre del travieso diablillo, ha abandonado la protección de la mesa camilla. Llevándose las manos a la cabeza el anciano cierra la puerta y, agitando su nívea cabeza, le dice a su perro:

—Labo, las cosas que pasan en Navidad, no tienen por qué tener explicación, pero esto creo que raya lo inimaginable—. El animal lo mira con la cara ladeada y suelta un par de bufidos. Es su manera de reafirmar lo que acaba de decir su amigo.

Apenas le da tiempo al señor Elliot de barrer las motas de nieve que han entrado en su sala cuando el reloj comienza su aviso horario: Tan, tan, tan. No se había percatado que estaba ya sumergido en la madrugada.

Aunque la puerta está cerrada, un escalofrío le recorre toda la espalda. No puede evitar  recordar las palabras del duende. Pierde un par de segundos en disimular calma e indiferencia, pero no tarda en acercarse a la ventana para atisbar entre la cortina de nieve si hay alguien en la entrada del jardín. El pulso se le acelera y varias gotas de sudor le calientan la frente. Aunque no divisa quién hay sentado dentro, puede ver, allí delante esperándolo, un inmenso trineo adornado con luces, campanillas, y guirnaldas de colores.

El señor Elliot se gira buscando la complicidad de su compañero, pero este se ha vuelto a meter debajo de la mesa.

—Desde luego, Labo, eres todo un perro guardián. Quédate aquí, todo esto no es más que una casualidad. Seguro que es alguien que se ha perdido y busca una dirección. No te muevas de ahí que regreso en seguida.

El perro saca tímidamente la cabeza por debajo de la tela y sus ojos dicen sin palabras «tranquilo que yo de aquí no me muevo ni aunque sea el mismísimo Papá Noel».

El señor Elliot se enfunda en su abrigo y se pone los guantes. Coge las llaves de la casa y se encamina hacia el exterior. No está seguro de lo que se va a encontrar, pero tampoco se quiere quedar en la casa esperando que, quién esté en el trineo cansado de esperarle, invada también su hogar.

Cuando llega al vehículo, su asombro ya desborda su incredulidad. Una mujer de incierta edad, aunque madura, lo recibe con ojos risueños y dulce sonrisa. Con un gesto le ofrece asiento a su lado y le tiende las riendas del trineo.

—Disculpe señora, no he conducido uno de estos en toda mi vida y tampoco creo que tengamos confianza como para compartir este viaje.

—¡Oh! ¿no me diga que el gamberro de Enno no ha venido a presentarme?

—Bueno… sí… pero… ¿Es usted la señora Friolinda?

—Efectivamente, señor Elliot, y me gustaría que fuera usted tan amable de compartir conmigo un pequeño paseo. No se preocupe por las riendas, en realidad no son necesarias. Mis renos saben perfectamente el camino y no necesitan indicaciones, pero usarlas hará el viaje mucho más divertido.

Cuatro hermosos renos, más blanco que la misma nieve y casi traslúcidos, han aparecido delante del trineo y se encuentran dispuestos para tirar de él. El señor Elliot está tan absorto en la preciosa estampa navideña que no duda en coger las riendas y sentarse al lado de la señora.

—Haga un ligero movimiento con las riendas —le dice la dama guiñándole un ojo—. Es solo una pequeña señal para que empiece el paseo.

A Elliot se le ilumina la cara como a un chiquillo y con ambas manos pega un pequeño, pero brusco tirón. Los renos no se hacen esperar y, con un trote suave y silencioso, tiran del trineo que se desliza suavemente por la nieve. Atraviesa el campo colindante a su casa, cruza el desierto pueblo y se dirige sin pararse hacia la montaña. Los copos de nieve golpean la cara del señor Elliot, pero este está totalmente fascinado con el viaje. Todavía no se ha dado cuenta, pero los esquíes ya no tocan la nieve, el trineo está flotando en el aire. Cuando mira hacia abajo, en lugar de sentir vértigo, su semblante es ya una explosión de felicidad. No puede evitar reír a carcajadas, mientras mira a la señora que también disfruta del paisaje y de su alegría.

El señor Elliot se envalentona y, al mismo tiempo que agita las riendas, grita eufórico:

—¡¡¡Arre, arre!!! Vamos preciosos renos, estamos en Navidad. Subamos todavía más alto, quiero ver el pueblo desde el cielo.

Como si los animales lo hubiesen entendido, el trineo empieza a subir lentamente hasta situarse cerca de las nubes. El pueblo se ve como una maqueta de juguete y los pocos trabajadores que se afanaban en la limpieza y cuidado del mismo, parecen figuritas de un belén. Cuando ha dado varias vueltas sobre las casas, se vuelve hacia la señora y con lágrimas en los ojos le dice:

—¿Qué he hecho yo para merecer este regalo?

—Bueno. Es Navidad y, de vez en cuando, me gusta obsequiar a gente muy especial.

—Yo no soy especial —dice el señor Elliot con cara de incredulidad.

—¡Oh, claro que sí! La humildad es una de sus grandes cualidades. Es usted una persona honesta, amable, trabajadora. Siempre tiene un saludo cordial para sus semejantes. Da igual lo enrevesada que se vuelva su vida, la sonrisa no abandona su semblante. Siempre se muestra educado y amistoso y ayuda a todo el que lo necesita. Se merece usted un regalo muy especial.

—¿Usted cree? Solo intento ser fiel a mi carácter y ser una buena persona, como lo fueron mis padres y como lo fue mi Emily. Nunca hubo mejor ejemplo ni modelo a seguir. —Esto último lo dice con tristeza y amargura. Tanto su voz como su rostro tiemblan acentuando su dolor—. Aunque insista en que no me lo merezco, le agradezco de todo corazón este maravilloso viaje que me ha obsequiado.

—El regalo no es el viaje, Elliot —le dice Friolinda con una amplísima sonrisa en la cara y los ojos vidriosos—. Tome —añade dándole un inmenso bastón de caramelo.

El señor Elliot suelta una enorme carcajada.

—Disculpe señora, me gustan los dulces, pero no me puedo permitir comerme todo esto.

Fríolinda está disfrutando con el momento y no puede aguantarse una risa cómplice.

—¿Ve esa nube hacia la que nos aproximamos, Elliot? Apunte con el bastón hacia ella y pida un deseo. El más grande que albergue su corazón.

Esta vez, el señor Elliot no hace ningún comentario. Ya no albergan dudas en su incredulidad. Se gira enfrentando la nube. Levanta el bastón y, cerrando los ojos, busca en el fondo de su alma lo que más ansia. Espera unos segundos y, cuando los vuelve a abrir, el trineo se ha detenido sobre la aparente superficie de la nube. La dama y los renos han desaparecido. Mira a su alrededor buscando desconcertado algo o alguien. No le agradaba haberse quedado solo. De repente, a su izquierda, escucha unas tenues pisadas. Piensa que son de la señora Fríolinda, que regresa de su pequeño paseo fuera del trineo, pero, al girarse, su corazón está a punto de pararse. Se queda fijo, mirando la silueta que se va acercando haciéndose cada vez más nítida. Poco a poco, se va confirmando su primera percepción y reconoce, con nerviosismo, cada uno de los detalles que habían quedado guardados fielmente en su memoria. Su andar, pausado y rítmico; su ligero contoneo de caderas, sinuoso, pero elegante; su amplia figura, oronda y capaz de abarcarte en un cálido y placentero abrazo; y su rostro, regordete, sonrosado, con esos preciosos ojos ambarinos que medio se esconden tras el flequillo de una larga melena que ha perdido ya todo el color de la juventud.

— ¿Emily? —balbucea sacando apenas susurros de sus labios.

—Hola, Elliot, hace mucho que te espero.

—Pero, ¿de verdad eres tú? —Su voz suena como un murmullo sobre la nieve—. ¿Esto es real? —Las lágrimas empiezan a bañarle libremente la cara y, sin esperar respuesta alguna, se baja del trineo y se abalanza hacia su mujer.

Quiere tocarla, pero no se atreve y se queda delante suya, temblando de emoción. Tiene que ser ella la que tome la iniciativa. Le pone una de sus regordetas manos en el cachete y le transmite la más cálida de las caricias. Hacía tanto que no sentía ese contacto. El señor Elliot, le coge la mano entre las suyas y se la besa. Se miran intensamente, unos segundos, enfrentando sus ojos y ampliando lentamente sus sonrisas, y se abrazan como aquella primera vez, que tan lejano parece en el tiempo.

Saltan, bailan, ríen. Parecen volver a tener veinte años. En un impulso, el señor Elliot tira de Emily hacia el trineo y se montan en él. En cuanto están sentados, reaparecen los renos y el señor Elliot agita enérgicamente las riendas, gritando con pasión:

—¡Vamos, fantásticos amigos, crucemos el mundo!

El trineo arranca con violencia y tira al señor Elliot hacia atrás, que cae junto a Emily, que había permanecido sentada. Ambos estallan en carcajadas. Ya sentado sigue manejando las riendas con fogosidad. Los renos parecen responder a sus órdenes y aceleran el trineo que deja tras de sí una impresionante estela de estrellas de todos los colores. Atraviesan nubes. Esquivan las copas de los árboles tocando con la punta de sus dedos las hojas. Cogen entre sus manos nieve de las cimas de las más altas montañas. No se cansan de reír, de cantar y de llorar de emoción por el reencuentro. El viaje parece no tener fin hasta que los dos quedan acurrucados, abrazados y dormidos con su respiración acompasada como si fueron uno solo.

El señor Elliot, aunque dormido, no puede dejar de sonreír. La señora le ha dado el regalo que más ansiaba en su vida. Tiene miedo de despertar. No quiere abrir los ojos. Cuando lo hace, su sueño se torna en pesadilla y su sonrisa se transforma en el más amargo lamento. Está sentado. Solo. En su mecedora. En su casa. ¿Puede haber sido un sueño tan cruel?

Se levanta furioso. Lanza el plato, con los restos del asado, que todavía tiene en sus manos, contra las brasas de la chimenea. Se acerca al pequeño árbol y hace el intento de arrancarlo de su maceta. Sin embargo, no llega a hacerlo. En su lugar, coge la figurita de la bailarina de porcelana y , cuando se dispone a estrellarla contra el suelo, un ladrido de Labo lo para. Se gira y ve como su amigo lo mira fijamente, rogándole que se calme. Las lágrimas le caen por su cara sin consuelo y, lanzando un hondo y lastimero suspiro, vuelve a dejar la figurita en el estante de la chimenea. Piensa que fue bonito mientras duró, pero los sueños de Navidad nunca se cumplen.

Labo vuelve a ladrarle y el señor Elliot le hace un ademán con una mano para que se calle. El animal necesita salir al exterior, cree comprender. Casi sin fuerzas, se pone el abrigo y coge la correa. Busca al animal para ponérsela, pero Labo se ha vuelto a esconder debajo de la mesa. Elliot no tiene ganas de juegos. Se siente tremendamente cansado y cae de rodillas sobre el frío suelo. Se tapa la cara con las manos. Intenta controlar el llanto, sin éxito, pero, siente alivio en esa postura implorante. Siente como su compañero se acerca y con la cabeza le impele a levantarse. Elliot se aparta las manos de la cara y mira a Labo. Este tiene algo en la boca y las lágrimas no le dejan verlo con nitidez. Se limpia los ojos con la palma de las manos y ve como su viejo amigo lleva en la boca el bastón de caramelo que había portado en sus manos durante el sueño. Se lo arrebata de la boca y lo contempla incrédulo. Cree escuchar campanillas en el exterior. Se levanta de sopetón, abre la puerta e irrumpe en el jardín como un tornado.

Allí está el trineo. El señor Elliot ríe a carcajadas y llora al mismo. ¡No ha sido un sueño! ¿O sí? Sin esperar a resolver el dilema se mete en el trineo y se sienta. Inmediatamente, los renos vuelven a aparecer, como en el sueño. Labo se ha quedado en la puerta, sentado, esperando la reacción de su amo. Mirándolo con expectación. El señor Elliot lleva en una mano el bastón y en la otra las riendas. Mira hacia su compañero y mostrando una gran sonrisa, le grita:

—¿A qué esperas viejo amigo? En este viaje te vienes conmigo.

El animal sale corriendo y sin pedir permiso se encarama al trineo sentándose junto al señor Elliot. Este empuña el bastón a modo de regio báculo y le grita a los cuatro renos:

—Adelante mis estimados, ya sabéis cuál es el camino. Ella me está esperando y, esta vez, no pienso abandonar este sueño. ¡¡¡Corred, amigos, corred!!!

El trineo arranca súbitamente y, esta vez, se eleva sin dilación sobre los árboles hasta perderse entre las nubes.

Imagen de Johan L en Pixabay

Relato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario Diciembre
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Hay que continuar la historia comenzada por Jess (texto azul sombreado) y elegir uno de los árboles de Navidad disponible. En mi caso, el elegido contenía la categoría ROMANCE y el elemento, Una mujer que arrastra el frío consigo.