Va de Reto (Diciembre 2019)

Buenos días/tardes/noches sean…

Os recuerdo, en primer lugar, que solo por participar en este reto podéis conseguir, totalmente gratis, un libro en papel dedicado por su autor. ¿Cómo? Mediante el sorteo que se celebrará el día 5 de enero de 2020. A él accederán, directamente, todos aquellos que hayan participado en el VadeReto al menos dos veces. Desde Octubre hasta la fecha indicada. Daré la oportunidad al afortunado de elegir entre varios ejemplares y lo pondré en contacto con el autor para que le indique los detalles y se lo mande directamente a su domicilio. Todos los gastos estarán cubiertos. ¿Cuáles serán los libros ofrecidos y sus autores? En esta entrada podréis ver sus portadas y sus sinopsis:

Sorteo VadeReto

Mi más sincero y afectivo agradecimiento a todos los autores que han ofrecido sus libros.

Para aquellos que llegáis por primera vez a este rincón, os comento la forma de incluir vuestro escrito en el reto. Podéis hacerlo de dos formas: La primera, copiando el contenido completo de vuestro relato en el cajetín del comentario que aparece abajo del todo de esta entrada. La segunda forma, si tenéis un blog, web o página dónde publicar dicho relato, podéis poner solo el principio y a continuación el enlace a dicha localización. Podéis ver algunos ejemplos en los retos de meses anteriores.

Dicho esto, vayamos a la propuesta de este mes. Evidentemente, vamos de cabeza hacia la Navidad. Ya habrá alguno que haya comido más polvorones y turrones de los que le permite su salud. Muchos estarán preparando ya sus compulsivas compras para reventar sus tarjetas de crédito. Pues vale, hagamos que nuestra historia ocurra en estas fechas. No tiene por qué ser el típico Cuento de Navidad que inunda las pantallas de nuestros dispositivos, o sí. Vosotros decidís.

En esta ocasión os propongo lo siguiente:

1º) Tenéis que incluir las tres imágenes siguientes en la historia (todas):

Imagen de Alexas Fotos (Pixabay)
Imagen de Devanath (Pixabay)

2º) Yo empiezo el relato, vosotros tenéis que continuarlo:

«Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

»Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

»Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo… »

Estas son las dos únicas condiciones. El género literario, los personajes, la trama, la ubicación, … todo corre a cargo de vuestra libre y loca imaginación.

Siempre doy como longitud orientativa: un mínimo de 100 palabras y un máximo de 500. Sin embargo, estamos en Navidad, regalaos la extensión que os dé la gana.

Avanti con el trineo y tened cuidado con los árboles. Que la imaginación os guíe hacia las chimeneas en dónde dejar vuestros regalos literarios. Afilad vuestras plumas y escribid esas increíbles y maravillosas historias que habitan en vuestras cabezas, pero, sobre todo, no os olvidéis de disfrutar haciéndolo.

Saludos y, JOJOJOoo, ¡¡¡Feliz Año Nuevo!!!

Mi Relato para el VadeReto:

Próximamente

La Maldición de la Casa Ludwig

Se acercaba el fin de año y las telarañas lucían espléndidas en mi oficina. En mi cabeza empezaba a dar vueltas el fantasma del cambio de trabajo. De investigador de lo paranormal a husmeador de parejas con problemas. Esos fueron mis comienzos y me aterraba volver a ellos, pero si no conseguía trabajo pronto, tendría que aprender a vivir como los camaleones. ¡Joder! Tener que volver a perseguir, espiar y fotografiar maridos y esposas de cornudos. Lancé un grandísimo suspiro e hice una súplica a San Philippo Marlowe de todos los Santos. Del susto me caí de la silla al suelo, eso me pasa por adoptar posturas de película. El teléfono empezó a sonar como un descosido. Luchando por quitarme la silla de encima, para llegar hasta el móvil que estaba encima del escritorio, conseguí cogerlo antes de que el llamante se cansara y colgara.

—¿Diiigaaa? —Me temo que mi voz salió sin ningún disimulo.

—¿Se encuentra usted bien? —dijo alguien al otro lado del teléfono.

—Eh, sí, sí. Es que me ha cogido usted haciendo mis ejercicios matinales —mentí descaradamente.

—¿Matinales? ¡Si son las cinco de la tarde! —¡Vaya! Llamaba un tiquismiquis.

—Sí, claro, ya lo sé. Pero como mi trabajo se desarrolla por las noches, esta es mi mañana —le dije sin acritud, pero también con un poco de mosqueo—. ¿Me llama usted para algo más en particular o solo para interesarse por mi rutina cotidiana?

—¡Oh, usted disculpe si le parecí grosero! Pensaba que le había cogido en mal momento. —Esta conversación se estaba poniendo complicada. Tendría que darle un empujón para que soltara la lengua.

—Nada, tranquilo hombre. Estaba de bromas. Dígame usted cuál es el motivo de su amable llamada.

—Bueno… verá… es difícil de explicar… yo… —Por los clavos del ataúd de Drácula. Me estaba empezando a sacar de quicio. Me carcomía la curiosidad. Necesitaba, urgentemente, averiguar si me habían llamado para un trabajo o para venderme una enciclopedia. Ahora, ¡¡¡como me estén llamando para cambiarme de teléfono!!! ¡Es que lo estrangulo con el cable del teléfono! Sí, ya. Es un móvil. Tranquilidad Jeancló, o como diría mi primo del sur ¡karma, musha karma!

—Caballero, hable usted sin tapujos. Estoy acostumbrado a los casos más esotéricos, extraños y extravagantes que se pueda imaginar. ¡Cuénteme! Por favor.

—Vale. Se lo cuento todo ahora mismo. Soy el alcalde de Hartosya

—¿Hartos de usted? —No lo pude evitar. Su lentitud con la exposición de su problema me estaba matando los nervios.

—¿¡Cómo!?

—Nada, nada. Pensaba en voz alta. Por favor, siga usted, que la intriga me corroe.

—Mire, creo que es mejor que venga usted aquí y se lo explique en persona. —¡La madre que lo parió!

—Bueno, no hay ningún problema por mi parte, pero tendrá usted que decirme de qué trabajo se trata. Si de trabajo se trata, claro.

—¡Oh, perdón! Es que estoy muy nervioso. Le quiero hablar sobre la Mansión de los Ludwig. —Algo me implosionó en el cerebro.

—¿Se refiere a los Porfden… Profen… Forpiden…? —le pregunté, tartamudeando, sin terminar de pronunciar correctamente tan complicado apellido. Cuando se juntan más de dos consonantes se me hace un nudo en la lengua.

—Efectivamente, señor, los Ludwig von der Pfordten. —Creí notar un poco de recochineo en el modo de pronunciar “perfectamente” el apellido alemán—. Ya no podemos aguantar más y dicen que es usted la persona adecuada para desentrañar su misterio y darnos, por fin, paz y tranquilidad.

Había escuchado hablar de esa mansión muchas veces y se me hacía la boca agua solo con verme allí dentro, indagando entre sus ruinas. Era una de las casas encantadas más famosas del país. Se habían establecido tantas teorías sobre ella como para llenar varias decenas de libros, pero ninguna se había demostrado. Era el santo grial del mundo paranormal.

—¿Y dice usted que es un trabajo para mí? —le espeté para cerciorarme de que pensaban pagarme. Qué hay mucho listo suelto por ahí pidiendo favores.

—Si usted lo acepta, desde luego señor. Estamos dispuestos a pagar sus altos honorarios para que nos libre de su maldición.

¿Había dicho “altos honorarios”? ¿Quién me había recomendado, mi ángel de la guarda?

—Por supuesto que lo acepto, señor alcalde. Cojo ahora mismo mi equipo y me voy para allá. En unas horas me tendrá usted en su pueblo. En persona, física y espiritualmente. —La última chanza debería habérmela tragado. Creí escuchar un ligero gritito al otro lado del teléfono.

* * * * *

Aquí estoy, en Hartosya… del alcalde, de la mansión y vete tú a saber de cuántas cosas más.

Afortunadamente, el viaje no ha sido accidentado, mi coche es bastante viejo, un Volkswagen Beetle del 90, una auténtica reliquia, pero suele tener la costumbre de dejarme tirado en la carretera o darme algún que otro susto. Es algo más que un coche para mí. Aunque tenga que dejarlo aparcado en la acera para contemplarlo embelesado desde mi ventana, no pienso deshacerme de él nunca. Eso sí, el GPS de mi móvil es muy cachondo y me ha obligado a hacer un viaje turístico por toda la zona, antes de llevarme definitivamente al “maldito” pueblo de los Hartosya, donde me esperaba el locuaz alcalde.

La reunión no ha durado demasiado, el alcalde, junto con dos de sus concejales, me ha recibido muy amablemente y me ha contado sus grandes problemas con la mansión. O como ellos lo llaman “todo lo que tenemos que soportar”. Resumiendo: Aunque la mansión lleva abandonada desde hace decenas de años, a las doce de la noche en punto, las campanas de la capilla empiezan a sonar. Es tanto el escándalo que producen que todo el pueblo se pone de los nervios, por mucho que se lo esperen. Nadie se acerca, ni de día ni de noche, a las inmediaciones del inmueble. Dicen que no es raro ver sombras o caras por los cristales de las ventanas y, a veces, estos acaban reventando. Se escuchan gritos, risas y golpes. Algunos aldeanos no han podido soportarlo y se han marchado del pueblo. Por eso me quieren contratar. El alcalde no desea que su municipio se transforme en un pueblo fantasma.

Según el informe que me han dado: la casa perteneció originariamente a una familia alemana de ascendencia aristocrática, los Ludwig von der Pfordten, conformada por el padre, la madre y sus tres hijos. Se instalaron en la casa en 1889 y todo en torno a ellos fue extraño. De la familia se sabía muy poco. Entre unas cosas y otras, la casa quedó vacía en 1911, apenas doce años después. El servicio estaba compuesto solo por un matrimonio y su hijo, que vivían también en la mansión. Solo contrataban a más personas con motivo de alguna fiesta o celebración. Sin embargo, muy pocas veces recuerda nadie haberlos visto en actitud jocosa y desenfrenada. Sin que nadie se percatara, dado que casi no tenían contacto con la gente del pueblo, dejaron de existir. La casa enmudeció y nadie supo si se mudaron o fallecieron dentro de la misma. De improviso, hace unos tres años, empezaron los altercados antes mencionados. Nadie sabe quién los provoca ni las causas por las que podrían haber vuelto. Parece evidente que tendré que hacer como en las películas o novelas típicas de fantasmas. Me alojaré dentro de la mansión y esperaré a que lleguen las doce de la noche. Luego, ya veremos qué pasa.

* * * * *

Ya estoy dentro de la mansión. No se puede negar que es más antigua que las momias. El pestazo a humedad casi me hace desmayar. Las maderas crujen, pero no a causa de los fantasmas. Es que esta casa se mantiene en pie de puro milagro. Todas las vigas y su estructura están hechas de madera, así que es increíble que las polillas no lo hayan devorado todo y se haya venido abajo. Algo me dice que las avispas, las termitas, las carcomas y los cósidos se están pegando un banquete exquisito, pero prolongado y controlado con su esqueleto. (Sí, durante un tiempo me obsesionó la entomología). Hay tantas habitaciones y, supongo, tantos rincones ocultos en esta casa que es imposible que yo solo pueda revisarlos todos en una noche. Si, por razones que ahora mismo no quiero pensar, tengo que salir huyendo, voy a hacer más kilómetros que el caballo de un tiovivo.

Falta poco para la medianoche. Me he acomodado en uno de los butacones del gran salón, en la planta baja. Con mi mantita y mi linterna de dinamo sin pilas. No quiero que los espíritus me dejen sin batería a traición. Me he traído varios aparatos de mi invención: el Uterizador de Ondas Sibosuidales, capaz de mostrar la presencia de entidades etéreas, pero ondulares; el Cabotizador Hemacratodicos, detector de frecuencias infrasónicas; y un gato de la tienda de animales, no es un invento mío, pero en cuanto detecte cosas anormales se le erizará el pelo y saldrá escopetado. Una maravillosa alarma si todo lo demás falla. Tampoco vengo indefenso, traigo mi mejor invento, la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y alguna sorpresita más. ¡Fantasmitas a mí! Veremos quién es el primero que quiere dialogar conmigo.

Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón…

El susto que me acabo de pegar ha puesto a prueba mi ya deteriorado corazón. Me estoy aficionando a esto de los sobresaltos sorpresivos. No me he dado cuenta y con tanto silencio me he quedado dormido. Esas deben ser las campanas de la capilla. No sé cuántas han sonado ya. Supongo que tienen que ser doce. Le doy a la manivela de la linterna para comprobar que está a tope de carga. El Uterizador de Ondas Sibosuidales parece estar en reposo y el Cabotizador Hemacratodicos tampoco se ve alterado. No parece haber espíritus por aquí ahora mismo. Sin embargo, el cobarde del gato no se ve por ninguna parte. Será mejor que me levante y dé una vuelta por la casa. Me llevo mi escopeta y un par de regalitos. Suelo ser una persona amable y partidaria del diálogo, pero si los fantasma se ponen guasones no estoy dispuesto a quedarme en esta casa in eternum.

El sepulcral silencio crea una atmósfera espeluznante. Ahora mismo no se escuchan ni los crujidos de las maderas. Parece que toda ella duerme profundamente. Todo parece normal. Bueno, todo menos el frío. Aunque llevo puesta mi camiseta thermoblastyl, estoy empezando a temblar y, afortunadamente, todavía no es de miedo. Subo por las escaleras que dan a la entrada de la mansión. Son anchas y de escalones altos. Parece que es de las pocas cosas que aguanta bien el paso del tiempo. Aunque la alfombra que la recubre conoció días mejores. Hace muchos, muchos años, vamos. Hay más polvo que en una fábrica de harina. Los escalones crujen. Espero que no se vayan a partir precisamente ahora. Suenan como quejidos. ¿Estaré pisando a alguien?

El primer piso está totalmente a oscuras. Evidentemente esta casa no conoció la luz eléctrica. Sin embargo, debería entrar algo de claridad por las ventanas. Hoy hay una luna espléndida que ilumina todos los campos. Las puertas de las habitaciones están abiertas de par en par, pero el interior de ellas está en tinieblas. Parecen bocas dispuestas a zamparme de un solo bocado. ¡Ahí, dándome ánimos! La escasa luz de la linterna hace más tenebroso el pasillo que se adentra hacia las entrañas de la casa. Estos son los momentos en los que me pregunto por qué no me he hecho fontanero. Evidentemente, porque inundaría medio barrio.

Por el rabillo del ojo creo haber visto una sombra. Sí, claro, ya sé que está todo lleno de sombras, pero yo me entiendo. Un crujido detrás de mí. Me giro rápidamente, pero no veo nada. Nada de nada, vamos. La jodida linterna se ha apagado. Me lo veía venir. Menos mal que soy perro viejo. Más perro que viejo. Tengo otra en el bolsillo de la chaqueta. Le doy a la manivela… pero… parece que… no funciona tampoco.

—Te vas a cansar mucho, chaval. Usa el mechero. Eso nunca falla.

—¿Quién ha dicho eso? —El repelús me ha recorrido toda la espina dorsal—. ¡Me cago en la leche!

Busco el mechero que siempre llevo encima, aunque nunca fume. No es que quiera hacerle caso al espíritu, pero es buena idea. Después de mirar en los doscientos bolsillos que llevo entre camisa, pantalones y chaqueta encuentro una caja de cerillas. ¿Cuándo he cambiado el mechero por esto? Enciendo apurado una de ellas y busco la voz. Nada. Está jugando conmigo.

—No estoy jugando, chaval. Estoy detrás de ti.

El frío me ha congelado hasta los… Me giro muy despacio con la cerilla en la mano y, efectivamente, está detrás de mí. No me asusto. No debo. Soy un profesional. Sin embargo, la cerilla tiembla descubriéndome vilmente. Por supuesto, se ha apagado. Mientras enciendo otra, apurado y temblando, veo unos ojos enormes, amarillos y fijos en mí. Afortunadamente, soy un profesional, ya lo he dicho, no salgo corriendo. Me he quedado petrificado.

—Tranquilo, chaval. No te voy a hacer nada.

Tranquilo, dice. Su cara de sargento retirado es más seria que la de una suegra. Lleva un gorro militar, tipo ros, y unos bigotes larguísimos, que se le suben en las puntas simulando una sonrisa. Su figura es gruesa, sin llegar a la obesidad. Luce una chaqueta, también militar, con hombreras. Aunque al no llevar galones ni medallas, supongo que no es un oficial. No tengo ni idea. Nunca he sentido pasión por nada relacionado con el ejército. Por supuesto, su figura es casi transparente. Otra cosa no, pero observador soy un rato largo.

Imagen de Devanath en Pixabay

—Buenas noches, caballero —digo intentando controlar mi tartamudeo miedoso—. Creo que usted es don Faustino Eshi… Shide… Shede….

— Faustino Scheidemann, el mismo que vestía y calzaba. ¿Me conocía usted?

—Bueno, en realidad, solo por fotografía. La suya está en el archivo que me han dado.

—¿Archivo? ¿Eso qué es?

—Papeles, documentación, don Shedi… Shadi…

—Puedes llamarme Faustino, chaval. Y ¿Por qué tienes documentación mía?

—En realidad, la documentación es de toda la casa y de sus ocupantes. Usted formó parte del servicio de la misma. También hay información sobre los señores Pof… Fop… Frpogg…

—Pfordten. ¿De todos los Ludwig von der Pfordten?

—En realidad, solo de los que vivían en la casa.

—El señor Brunhilde, su señora Dietlinde y sus gemelos Dieter y Ebba y la pequeña Viktoria. ¡Ah! Una familia excepcional. Sin duda. —Los había pronunciado todos de carrerilla, como si estuviera pasando lista—. Y, si me permite la pregunta, señor. ¿A qué se debe su visita a la casa?

—Pues, verá usted, señor don …, Faustino. Me han contratado para que averigüe por qué siguen ustedes deambulando por aquí y provocando los sustos y sobresaltos de los habitantes del pueblo.

—¡Esos imbéciles! ¿Acaso no saben que el pueblo existe gracias a la generosidad de la familia Ludwig von der Pfordten? —Me estaba empezando a resultar cargante el nombrecito tan largo de la familia—. Fue con su dinero con el que se construyeron todas las casas del pueblo, se les pagó a todos los operarios y se mantuvo a todos los ancestros de los malhablados que hoy en día habitan ahí.

—No le falta a usted razón, don Faustino, pero tenga en cuenta que deberían estar ustedes descansando. Han pasado ya más de cien años.

—¡Cómo si pasan quinientos! ¿Qué derecho tienen esos destrozaterrones para querer echar a la familia Ludwig von der Pfordten de su propia casa? —Me estaba dando dolor de cabeza. ¿No se podían haber llamado Gómez Pérez?

—No se enfade usted, caballero. En el fondo, yo solo quiero saber qué es lo que pasó aquí aquel año de 1911, cuando todos los aquí vivientes dejaron de serlo.

—Eso no se lo puedo contar. Tendrá usted que preguntárselo a los propios…

—A la familia, sí, a la familia. —Si vuelve a pronunciar de nuevo el nombrecito completo, fantasma o no, lo mato—. Y ¿dónde los puedo encontrar si no es mucho preguntar?

—Tranquilo. Ellos le encontrarán a usted.

Y con una risa malvada, de película mala, ha desaparecido. Así si avisar y dejándome con la cerilla quemándome los dedos. Que también es curioso el tiempo que ha durado sin apagarse. Cosas de los fenómenos paranormales. Que de normales tienen poco. ¡Ea, se apagó!, por hablar.

He vuelto a quedarme a oscuras y con el alma en vilo. Soy un profesional, no sé si lo he dicho ya, pero cuentan cosas extrañas de esta mansión, como que algunos de los que entraron no salieron. Prefiero pensar que les gustó la compañía de lo que exista aquí dentro.

Acabo de probar las linternas y ahora funcionan las dos. Otra broma del sargento, supongo. Por si las moscas llevo una en cada mano. Parezco el doctor Hesselius montado en un renault Twingo. Me tiemblan las rodillas y empiezo a notar que el frío aumenta. Tengo unas ganas enormes de salir corriendo, pero ya tengo hecha la transferencia del pago y no pienso devolverla ni bajo tortura. Además, soy un profesional. Sí, lo he repetido veinte veces ya, pero si no me doy ánimos yo va a hacerlo el gato que ha salido huyendo. Me dedico a esto, es mi trabajo y lo voy a hacer. Voy a subir al piso superior. Las escaleras son más pequeñas y estrechas. Los escalones crujen como si estuviera pisando cadáveres. ¿Cadáveres? ¿Por qué leches me ha venido esa comparación a la cabeza?

Ya estoy en el segundo piso. Aquí no hay pasillo. Toda la estancia es un salón enorme. Oscuro, por supuesto. Parece una inmensa gruta dispuesta a … No, esta vez no lo voy a decir. Cada vez estoy adentrándome más en las vísceras de esta bestia. Debería irme, ahora que todavía puedo, pero he dicho que soy un profesional y…

—Para ser un profesional das mucha pena. —¿¡Ya!? Ha tardado poco en aparecer el siguiente fantasma.

—Fantasma lo será tu mami, imbécil. —La leche con costra. Son dos voces distintas. Voces jóvenes y de distinto género. ¿Serán los gemelos…?

—¡¡¡Pfordten!!! —Han gritado unidos en una sola voz.

—¿A que no nos coges, imbécil?

Se han empezado a escuchar pisadas corriendo por el piso. Sus risas y gritos alborotan el silencio. Mis vellos se han puesto tan de punta que parecen querer agujerear el jersey.

—¡Parecéis niños pequeños! —dice otra voz de apariencia más joven todavía.

—¿Eres tú, Viktoria? —le pregunto, intentando mantener la calma.

—Para servirle, caballero. No le haga caso a mis hermanos, solo están jugando. —Su voz es dulce y amable. Parece un fantasma agradable, pero en estos casos hay que estar alerta. Luego pueden convertirse en bestias demoníacas.

—Hola, pequeña. ¿Sabes qué pasa aquí? —Intento buscar información cuanto antes. Cuanto antes pueda salir de aquí escopetado.

—¿Pasar? Nada. Estamos jugando el esconder. ¿Quieres unirte a nosotros? —Jeje, para juegos estoy yo ahora mismo.

—¿Sabes dónde están tus padres, pequeña?

—¡Uy! No se le ocurra molestar a papá. Tiene muy mal genio y no aguanta que le interrumpan cuando está leyendo en su despacho. —Maravilloso. Un fantasma malhumorado me espera.

—No te preocupes, pequeña. Vengo solo a hablar con él de un problema que hay con la casa. Dime dónde está el despacho. Hablaré con tu padre y me iré en seguida.

—Vale, al fondo del todo a la derecha. ¡¡¡Y NO VUELVA A LLAMARME PEQUEÑAAA!!! —Con sus últimas palabras, el pantalón se me ha quedado a la altura de las rodillas. No solo ha pegado un grito espeluznante, sino que la pequeña niña se ha convertido en un monstruoso yeti de tres metros de alto. Afortunadamente, con la misma rapidez se ha vuelto a convertir en dulce niña y se ha ido corriendo y riendo. Si salgo de esta, no habrá quien me rompa el corazón.

Imagen de Devanath en Pixabay

Después de subirme los pantalones, hacer varias respiraciones profundas y recoger las linternas del suelo, me dirijo aparentando confianza, solidez y tranquilidad, hacia el supuesto despacho del cabeza de la familia. La puerta está cerrada. Creo que es la primera que me encuentro en este estado. Teniendo en cuenta el aviso de la niña, no quiero irrumpir bruscamente en la estancia. Si ya es un hombre de humor gris, no es buena idea oscurecérselo todavía más. Decido llamar educadamente.

Toc, toc. Llamo con los nudillos sobre la sólida puerta. Espero unos segundos y, viendo que no responde nadie, insisto. Toc, toc.

—Señor Ludwig von der Pof… Frop…Pofo—Se va a poner la mar de contento de que no sepa pronunciar bien su nombre—. Desearía hablar unos instantes con usted sobre los problemas en la cas…

—¿QUIÉN OSA INTERRUMPIRME? —Este no se ha andado con chiquitas. El vozarrón ha taladrado la puerta y mis tímpanos. Creo que lo he cabreado antes, incluso, de empezar a hablar. Suelto inmediatamente las linternas y cojo con las dos manos la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts.

—Disculpe la impertinencia, señor, pero necesito hablar con usted para un asunto…

—¿UN ASUNTO? ¿QUÉ ES TAN IMPORTANTE QUE NO PUEDE ESPERAR A LA MAÑANA? —A la mañana, dice el jodío. En cuanto salga el sol, no va a quedar de él ni el bigote.

—Disculpe, de nuevo, señor … don Ludwig. Es algo urgente, solo voy a entretenerle unos m… —No me ha dejado terminar, otra vez. La puerta se ha abierto de sopetón pegando un golpazo contra la pared. Afortunadamente, estaba lo bastante lejos de ella para que no me haya dejado como Elvis. Como su cadáver y el poster que tengo clavado en la pared de mi oficina.

Del mismo susto, me he quedado mirando perplejo la oscuridad del interior del despacho, pensado que se había abierto sola. Sin embargo, al bajar la mirada contemplo al imponente señor Ludwig von der Prof don Luigui. Imponente es un decir. Resulta que la foto de medio cuerpo, que tengo en el archivo, no es un artilugio artístico. El hombre no llega ni al metro y medio de altura. Qué digo, ni al metro treinta. Es más largo su bigote, afilado y estirado con exageración, que su levita. Me aguanto la risa porque en el fondo no deja de ser un espíritu y puede enfadarse todavía más y convertirse en otro yeti como la hija.

—¿Quién es usted y qué se le antoja, caballero? —Por lo visto, su despacho hacía de potente caja de resonancia, porque he tenido que hacer un esfuerzo enorme para oír su pregunta. Su voz ha sonado más ridícula, apagada y anodina que la de su hija pequeña. Me está costando horrores aguantarme la risa.

—Señor don Ludwig, estoy aquí para ayudarle a descansar —digo intentando empezar con amabilidad el discurso de desahucio.

—¿Ayudarme? ¿Descansar? ¡Yo no he pedido ayuda a nadie! ¡Nunca necesito ayuda para nada! —Me están dando estertores en la barriga. El hombre intenta seguir manteniendo su impostura autoritaria y a mí me parece uno de esos muñecos que salen en las ferias. Que no necesita ayuda, dice. Me lo imagino intentando llegar a los estantes de la biblioteca de su despacho.

—Bueno, caballero, se supone que llevan ustedes más de cien años muertos y ya es hora de que descansen y, sobre todo, dejen descansar al pueblo. —Ya no doy más rodeos. He ido a saco. Si se enfada, tengo el dedo puesto en el gatillo de la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts, que, afortunadamente, he mantenido agarrada durante el susto. Sí, ya sé que digo demasiadas veces “afortunadamente”, pero es que si me abandona la fortuna, no me saca de aquí ni MacGyver e Indiana Jones juntos.

—¿Muertos? ¿Quiénes están muertos? Nosotros estamos muy vivos. —Además de liliputiense este tío es tonto. ¿Puede ser posible que no se haya enterado de nada?

—Mira Luigui, esto me está cansando ya. —Creo que me he envalentonado ante la figura diminuta del susodicho—. Estás más muerto que el abuelo de Matusalem y esta historia está durando ya tanto que no me la van a admitir ni como relato en un blog.

Dicho esto, cojo mi pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y voy a darle pasaporte a este enano y a toda su tropa. Hasta los mismos cojones de tanto fantasmita chuleta.

Alzo mi arma, apunto al tío del bigote y cuando voy a apretar el gatillo un viento huracanado me estampa contra la pared. A duras penas puedo respirar del trompazo. Con el ventarrón han reventado las contraventanas del salón y ahora entra en él la luz de la luna devorando toda la oscuridad. La imagen que contemplo hace que se me suelte la barriga. Afortunadamente, sí, afortunadamente es solo una metáfora. Lo contrario me haría muy dificultosa la huida.

En medio del salón ha aparecido la imagen traslúcida, pero totalmente nítida, de una mujer de tres metros de altura. Lleva el pelo recortado y viste un traje totalmente blanco que resplandece con el fulgor lunar. Su cara muestra un semblante de amargada y tétrica existencia. Creo que ya sé quién es el jefe de la troupe. La señora Pof… Frop…Pofo Dietlinde, la mujer del enano. Me parece que no va a ser tan amable como el resto de su familia. Estos, su esposo y sus tres hijos, se acercan a ella y forman un semicírculo frente a mí. Parecen los cuatro fantásticos en pose de poster, solo que son cinco y muchísimo más feos. Como eran pocos, se unen a ellos el sargento y, supuestamente, su esposa e hijo, que hasta ahora se habían mantenido en el anonimato.

Afortunadamente, ¡Qué sí joder, que todavía creo en mi fortuna! Mi sistema de seguridad Acme me ha permitido mantener el arma conmigo. Solo tengo un problema. ¿A cuál de los ocho apunto? Sí, la señora Ludwig parece la más peligrosa, pero es que ahora todos muestran una terrorífica sonrisa con unos enormes dientes. Parecen el hermano feo de spiderman. Miro alrededor rápidamente y veo que todo el salón está decorado con espejos. Todas las paredes reflejan y repiten la imagen de la familia Terroris. Hago un cálculo mental rápido. Calculo ángulos y distancia. Siempre fui bueno para las mates. No me lo pienso dos veces y disparo contra el primer espejo a mi derecha y me dispongo a salir corriendo.

El rayo de la escopeta impacta en el espejo y sale reflejado hacia la superficie del siguiente, en la pared contraria. En segundos, los rayos se han amplificado y multiplicado. Los espíritus dentones se han quedado congelados mirando la escena. Yo aprovecho para salir corriendo, bajando la cabeza, y pasando por debajo de los rayos. Por el camino, voy soltando mis regalos sorpresa: un par de granadas Ghostdesaster. Llego a la escalera y bajo los escalones de tres en tres y casi de cabeza. En el salón estallan los espejos y se oyen los gritos de los fantasmas al ser impactados por los rayos y las granadas. Estallan los cristales de las ventanas. De todas las ventanas. El suelo tiembla como un poseso. Cuando alcanzo el primer piso veo que aquí también ha llegado la luz de la luna. Como no creo que llegue a tiempo para salir por la puerta principal, me precipito hacia la primera habitación que encuentro. La ventana está abierta, de par en par. Las vigas de madera, que sostienen la casa, están reventando con la presión de las sacudidas. No tengo tiempo de pensármelo y me dirijo hacia la ventana,  lanzándome por ella. Prefiero un batacazo de varios metros de altura que quedarme a ver el espectáculo desde dentro. ¡No he dicho que soy afortunado! He caído sobre unos matorrales de siemprevivas que, después de cómo las he dejado, tendrán que cambiar de nombre.

No tengo tiempo de intentar revivirlas. La casa se está desmoronando. No creo que quede ni un cristal sano. Las torretas que circundaban la estructura se han precipitado hacia el suelo. El campanario ha explotado y las campanas han salido volando. Bailan en el aire, sonando estruendosamente, como poseídas por un diablo borracho en Navidad. Los tejados se han hundido hacia el interior y toda la fachada estalla como si estuviera hecha de mazapán. Me parece que me pasé al regular la intensidad de los rayos de la pistola ultrasónicokillerghosts. Corro todo lo rápido que mis doloridas rodillas me permiten, que no es mucho, pero suficiente para escapar de todos los cascotes que llueven por doquier. Cuando me doy cuenta, estoy en medio del pueblo rodeado de toda su gente. Aparece el alcalde, en pijama y con un gorrito para dormir. ¿Todavía se usa eso?

—¡Por todos los demonios! —grita escandalizado—. ¿Qué ha hecho usted?

—Bueno, quería que eliminara sus problemas y eso es lo que he hecho. ¡Fácil y limpio! ¿no? Bueno, quizás lo último no tanto. —Finjo inocencia y ternura.

—¡Malnacido! ¡Nos ha dejado sin nuestro monumento histórico-turístico! —Creo que el alcalde no está muy contento con el resultado de mi trabajo y, por las caras de odio que me miran sin sonreír, el resto de los aldeanos tampoco.

Primero con disimulo y luego a toda leche, emprendo la huida hacia mi coche. Como me falle el arranque, al igual que pasa en las películas, de esta no me salva ni… ¡Socorroooo!

Mi coche es una reliquia, pero es más bueno que el batmóvil. Ha arrancado a la primera. Meto marcha y piso el acelerador. No es que el Beetle sea un ferrari, pero al menos corre más que la gente a pie. Además, el polvo ocasionado por el derrumbe de la mansión está llegando al pueblo y los mantiene a todos ocupados intentando respirar. Meto segunda, tercera, cuarta y porque no tengo más marchas. Ni me planteo mirar hacia atrás. Solo lo hago de reojo por el espejo retrovisor. Afortunadamente, ¡díganme que no! Solo veo polvo y piedras rebotando por el camino. No pienso parar hasta llegar a casa.

¡Sí señor!
Trabajo realizado satisfactoriamente,
tengo dinero fresco en mi cuenta corriente
y he escapado sin rasguños, felizmente.

¡Si es que, además, termino hasta con rima! ¿Van a decirme que no soy un profesional? ¿Y de los buenos?

¿The End?

Relato publicado en el Reto Literario:
Desafío Literario Noviembre: La Maldición de la Casa Ludwig
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia que hable sobre la mansión de la fotografía, su maldición, la familia que en ella vivía… Añádele el elemento encontrado en la calabaza y conviértete en el detective que resuelva el caso sobrenatural.

La Razón Estéril de Khaitan Southern

El misterio y lo sobrenatural son habitantes habituales del desierto del Shahagobi. Perderse en él puede ser una terrible aventura y la más tenebrosa maldición. Cuentan las leyendas que muchos se adentraron en ese páramo y nunca más volvieron, pero otros, muy pocos, regresaron para contar historias increíbles, aterradoras y fantásticas. Todos fueron tomados por locos.

La familia Dumma, haciendo caso omiso a las advertencias, intentó adentrarse en el desierto en una estúpida excursión. Apenas consiguieron penetrar en él cuando este los expulsó. Sin embargo, se quedó como rehén con la pequeña Frida. Ahora, sus padres se torturan por su necedad y quieren recuperarla. Solo hay un hombre capaz de adentrarse en esa yerma e inhóspita tierra y traerla de vuelta.

Rufus «Fénec» es un explorador experimentado, valeroso y veterano. Ha vivido decenas de aventuras por todo el mundo, a cuál más peligrosa, y ha regresado para contarlas. Dicen, los que lo han convertido en un personaje legendario, que le ganó una apuesta a la parca y es capaz de ir y volver del mismísimo inframundo. El color de su pelo y su apodo lo hacen hermano del desierto. Ahora tendrá que demostrarlo y traer sana y salva a Frida.

El desierto del Shahagobi es inexpugnable, cruel y sádico. Nunca devuelve a nadie sin transformarlo. ¿Será capaz Rufus de afrontar todas sus pruebas sin perecer en el intento? ¿Logrará rescatar a Frida de sus horribles fauces? ¿Podrá regresar con vida o, simplemente, regresar?

Aquí más pistas:
Frida: Aquella que trae la Paz.
Rufus: Rojizo, Pelirrojo.
Fénec: (Vulpes zerda), Feneco o Zorro del Desierto
Dumma: Estúpido en Sueco.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al segundo desafío de julio: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Cread un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

23 de Noviembre: Día Internacional de la Palabra

Imágenes: Paloma, Gordon Johnson (pixabay); Puesta de Sol, Public Co (pixabay)

El próximo 23 de Noviembre es el Día Internacional de la Palabra y nuestra amiga y colaboradora, Virtudes Torres, como ‘Embajadora‘ de la misma, nos traslada el mensaje que le ha hecho llegar El Museo de la Palabra (@museopalabra). En colaboración con Jessica Galera y Lídia Castro, os lo hago llegar a vosotros y así le damos un significado pleno y bonito al término ‘cadena‘ que, más que esclavizarnos, debería de unirnos en la consecución de una Paz y Libertad verdaderas.

Os transcribo las palabras enviadas:

[…] os animamos a crear e impulsar las iniciativas que consideréis. Por ejemplo: convocar a las personas que sientan la necesidad de poner la palabra como única herramienta frente a la violencia, y, de este modo contribuir a la convivencia entre religiones y culturas. Pero también podéis subir una fotografía o vídeo o comentario en Facebook, o simplemente, hacer una reunión entre amigos y hacérnoslo saber, ya que todas aquellas propuestas recibidas, serán compartidas con todos vosotros a través de nuestras redes sociales, emails y webs. De esta manera, podremos demostrar que se puede lograr un mundo mejor a través de la palabra. Ese día más que nunca, la palabra debe ser el vínculo de la Humanidad […]

Así, que os animo a crear una frase, un eslogan, un microrrelato… en dónde la palabra se convierta en la forma de combatir la violencia para alcanzar un mundo mejor. También sirven fotos, imágenes o cualquier evento que vayáis a organizar vosotros.

Podéis hacerlo de muchas formas. Escribiéndolos aquí, dentro de los comentarios, o en los blog amigos FantÉpika y El Blog de Lídia. También podéis hacerlo directamente en las cuentas de la Fundación César Egido Serrano-Museo de la Palabra (Twitter, Facebook, Web).

Si queréis ayudar, más todavía, a esta difusión, podéis colaborar trasladando esto a vuestros blogs, para que vuestros seguidores participen también. Dejad, por favor, vuestros enlaces en los comentarios de esta entrada para tenerlos localizados.

Esperamos ansiosos vuestras aportaciones para hacérselas llegar al Museo de la Palabra. Hagamos uso de nuestra mejor herramienta, la escritura, y divirtámonos también con ello. Eso siempre. Es nuestra naturaleza.

¡Afilad vuestras plumas! ¡Llenad vuestros tinteros! ¡Sacad vuestros papiros! y… guardadlo todo que estamos en la edad de la tecnología. Usad el teclado, queridos.

Gracias a todos y, especialmente, a Virtudes, como Embajadora de la Palabra, por la confianza depositada en nosotros.

Aquí algunos ejemplos inspiradores:

Fuente Desconocida.
Mafalda, (Original e Quino)
Fuente Desconocida.

Mi Aportación:

Imagen de Simon Wijers (pixabay)

Viajar sin Billete

Solíamos jugar en aquel callejón sin preocuparnos de ningún problema, pero una tarde de tormenta, un impresionante rayo sonó tan cerca que nos asustó. Buscando cobijo terminamos dentro de un local. Al principio nos quedamos quietos, con miedo, pero luego iniciamos nuestra particular exploración del lugar. Allí descubrimos aquella máquina. No era un videojuego normal. En la pantalla salía un libro que iba mostrando una increíble historia que te atrapaba sin concesión. Desde aquel día, cambiamos el callejón por la lectura. Nos reuníamos para leer y nunca nos faltaron aventuras que disfrutar. Habíamos descubierto una puerta a la imaginación.

Relato para el Reto Literario “Escribir Jugando
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: un rayo.
Reto opcional: Que la historia contenga la palabra: lectura.

La Importancia de los Pequeños

Imagen de O12 (pixabay)

El Rey negro se mostraba vencido. Reina, torres, alfiles y caballos parecían fuera de la partida. La derrota y la humillación se mecían sobre su corona. Hacía días que el juego oscilaba entre los dos antagonistas y todo hacía pensar que las blancas se llevarían la victoria. Sin embargo, tanto se abstraía el Rey en sus figuras que no se daba cuenta en manos de quiénes estaba la victoria. Sus peones. Porque las piezas más insignificantes son, la mayoría de las veces, las más importantes.

Microrrelato publicado en el Reto “5 Líneas
de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas
que incluya las tres palabras propuestas:
(Mecían, días y pensar.)

RECUERDA ESCRIBIR EL EXTRACTO.

Mirando Hacia el Futuro

Una mochila cargada de esperanzas y un corazón repleto de ilusiones. Cada mañana caminar hacia delante dejando atrás las frustraciones. Solo una forma de avanzar, mirando hacia el futuro. Aunque muchos se empeñen en ponerlo cuesta arriba: Plantarle cara con fuerza, plena confianza y total empeño. Mío es el destino.

Microrrelato publicado en el Reto “Emociones en 50 Palabras
de Sadire Lleire (@SLleire)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato o poesía inspirado en la imagen o el sonido propuesto, pero con tan solo 50 palabras.

P.D. Este relato ha tenido el maravilloso honor de recibir el Galardón a mejor micro del mes:

Es para mí un regalo muy especial, porque es mi primer relato premiado y, además, por el precioso significado de este reto: Transmitir Emociones.

Muchísimas Gracias, Sadire.

Un Gimnasio Interdimensional

Imagen de David Mark (Pixabay).

La sala está llena de espejos y mi imagen se repite indefinidamente en todos las paredes. No puedo evitar mirarme en ellos con deleite y autocomplacencia. Haciendo posturitas típicas de musculitos de gimnasio. Mostrando bíceps, tríceps, abdominales,… Y subiendo y bajando pectorales creyendo que eso vuelve locas a las mujeres, cuando en realidad, resulta un gesto cómico. Llevo cerca de dos horas ejercitándome y no siento fatiga ni cansancio. Parece que esas pastillitas que me vendieron han surtido su efecto. Los músculos hinchados no creo que opinen lo mismo. Cuando se me pasen los efectos me van a entrar ganas de llevarme durmiendo una semana entera.

El gimnasio está completamente vacío. Es tan temprano que ya ha pasado hasta el equipo de limpieza. Me gusta. Prefiero la soledad del atleta que trabaja su cuerpo antes que la multitud aclamando mis hazañas musculosas. Bueno, en realidad lo que prefiero es que nadie me vea haciendo el gamba con las pesas. Sobre todo cuando tengo que buscar las más pequeñas para poder moverlas. No, no soy un adicto a esto del ejercicio. No, no es que esté apuntado al club de los haraganes anónimos. Es que ya hay demasiadas cosas en la vida que te hacen sufrir para buscarte tú, voluntariamente, más aflicciones. Sí, sudar es maravilloso y soltar adrenalina también, pero hay otras formas de hacerlo.

La cosa es que vi una notificación en el periódico: «Gimnasio PonteCachaspuntocom, Todo el mes gratis. Ven a nuestras instalaciones y disfruta del ejercicio de tu cuerpo sin coste alguno. Prepárate para el Verano». Como si en un mes pudiera yo cambiar este cuerpecito que la naturaleza me ha dado. De todas formas, pensé «Pruébalo, total, si es gratis». Ya se sabe que si es gratis aunque den palos.

Así que aquí estoy “ejercitándome”. En realidad, me he llevado más tiempo mirándome en el espejo que haciendo ejercicio. Es que no puedo dejar de intentar imitar las posturas de los musculitos que aparecen en los posters que están pegados por todas partes. No saco ni uno de los músculos que ellos tienen. Seguro que son de mentira o están retocados con el fotoshó.

Tan ensimismado estoy contemplándome en el espejo que no he escuchado un llanto proveniente de un rincón de la sala. Es un quejido lastimero y ronroneante. Parecen los de un cachorro destetado. Sigo solo en el gimnasio así que me asusta un poco el sonido.

—¿Hay alguien ahí? —pregunto con total ingenuidad.

Evidentemente, el cachorro no contesta sino que sigue llorando. Me vuelvo a poner la camiseta y cojo una toalla. No soy extremadamente miedoso, pero no me hace mucha gracia encontrarme con un gato rabioso que me salte encima y me cosa a arañazos. Tampoco voy a abandonar la sala antes de haber terminado todos mis ejercicios, o mis posturitas, y no creo que sea seguro seguir sin hacerle caso a lo que gime, porque puede aparecer cuando tenga encima una barra con 150 kilos de peso. Sí, así, sin escatimar en gramos. Así, que pienso que lo mejor es averiguar qué animal es e intentar echarlo de allí cuanto antes.

—A ver, pequeño gatito. Yo no te voy a hacer daño, ¿vale? Tú tampoco me lo vas a hacer a mí, ¿verdad? Solo quiero sacarte de aquí —le digo inútilmente mientras me dirijo hacia dónde suenan los lamentos. Más para tranquilizarme yo que para que el gato me entienda y conteste.

Parece que el cachorro está escondido dentro de un armario bajo de dos puertas. Me agacho, me quito la toalla del cuello y me la enrollo en el antebrazo izquierdo. Usándolo como escudo me dispongo a abrir una de las puertas. Acerco mi mano derecha al pomo. Lo hago con muchísima precaución y estoy a la expectativa de que, al sentir la claridad, el gato salga espantado hacia fuera. Abro la puerta muy despacio, pero nada sale del armario. Mi corazón se bate con más potencia que una locomotora “Big Boy”. Miro con mucha cautela el interior, pero no se ve nada, aunque se sigue escuchando la llantina. Cuando, bastante nervioso, me dispongo a abrir la otra puerta, un estruendo retumba en la sala. Me caigo de espaldas del susto. El corazón se me va a salir por la boca. Miro horrorizado hacia todas partes hasta que, por fin, veo cómo una de las mancuernas se ha caído del banco dónde la había dejado. Suspiro aliviado ante mi propia torpeza. Ya lo dice uno de los carteles que aparece bien grande en una de las paredes: “Nunca, nunca deje las pesas fuera de su emplazamiento original”. Lo que no añade es que podría habérseme caído en un pie haciéndome bailar la danza de los locos.

Entretenido con la pesa, que rueda por el suelo, no me doy cuenta que la otra puerta se está abriendo. Cuando me giro hacia ella, con la intención de abrirla, me enfrento a una cara. Pequeña, redonda, rechoncha y triste. Pero lo que más atrae mi atención son sus ojos. Totalmente negros. El iris lo ocupa todo. Resulta aterrador. Estos rasgos no pertenecen a ningún gato, sino a un niño. A un recién nacido. Bueno, esa es su apariencia. Sin embargo, es capaz de gatear y salir del armario por sí solo, aunque con alguna dificultad.

Las lámparas fluorescentes del techo empiezan a parpadear. Aunque afortunadamente, no se apagan del todo. Me he vuelto a quedar sentado en el suelo. Totalmente bloqueado. Sin atreverme a mover ni un pelo. Esperaba un gato u otro animal y tengo frente a mí a un niño pequeño que me mira con ojos que parecen salidos desde el mismísimo infierno. Ya no llora, pero emite un sonido ininteligible que parece un gruñido. También se sienta en el suelo, encarado a mí, y se queda mirándome muy fijamente. Ahora siento como la soledad del gimnasio me aprisiona el pecho y la garganta. El bebé no hace nada, solo me mira. Su respiración agitada me contagia. Empiezo a notar cómo me falta oxígeno. La garganta se me cierra y la boca se me reseca. Parece que tengo un trozo de cartón por lengua.

El bebé desvía inesperadamente su vista y la pasea por la sala de pesas. Ve algo que le alerta. Se yergue y sus ojos se abren exageradamente. Lo observo y sigo la dirección de su mirada. Los espejos ya no reflejan el gimnasio, sino el interior de algún recinto. Algunos fluorescentes se apagan y crean un clima de penumbra y terror. Uno de los espejos muestra una imagen fluctuante. Por momentos, cambia del reflejo de la sala al interior de la otra habitación. Parece que esa zona es la que más atrae la atención del bebé. Dejando de llorar gatea hasta alcanzarlo y aguantándose en la luna consigue ponerse de pie y golpear su superficie. Una sombra parece vislumbrarse a través de ella.

Con muchísimo esfuerzo, he conseguido reaccionar y me pongo de pie. En el mismo sitio del que ha salido el bebé. No entiendo nada y estoy empezando a morirme de miedo. Retiro lo que dije antes. Soy un cagón. Intento alejarme del pequeño y de su espejo para salir de la sala. Tropiezo con la mancuerna caída y, en un intento por mantener el equilibrio, derribo un mueble que me encuentro a mi paso. Este cae con estrépito y asusta al niño que comienza de nuevo a berrear. De uno de los cajones ha salido una caja de cartón llena de botes, brochas y otros utensilios de pintura. El pequeño, al verlos, se acerca rápidamente intentado coger un espray de color negro, pero sus manos son tan pequeñas que no consigue más que hacerlo rodar. Levanta su cara y me mira. Me he quedado de nuevo petrificado del mismísimo terror.

Aunque sus ojos siguen siendo terroríficos, el resto de su cara suplica compasión. Me mira alternativamente a mí y al bote. Al principio no lo entiendo, mis neuronas se están pegando entre sí. No logro decodificar ni mi nombre. Cuando consigo calmarme, después de un tremendo resoplido, puedo reaccionar y preguntarle:

—¿Estás intentando decirme algo? —el pequeño parece asentir—. ¿Quieres que yo coja ese bote? —Un ligero parloteo y el correspondiente cabeceo parecen responderme afirmativamente.

Sin esperar mi reacción se acerca de nuevo hacia el espejo fluctuante y se sienta frente a él. Parece esperarme.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con él? —le pregunto estúpidamente con el bote en la mano.

El pequeño se levanta, se acerca al espejo y frota su superficie con sus diminutas manos.

—¿Quieres que pinte el espejo de negro? —vuelvo a preguntar, de forma idiota, ante lo evidente del mensaje.

De nuevo gesticula con su cabeza para indicar afirmación.

—Te juro por lo que más quiero que no entiendo nada, pero si eso hace que te vayas y me dejes tranquilo, pinto todo el gimnasio si hace falta.

Me acerco al espejo y empiezo a pintar su parte más baja. No me da tiempo a continuar hacia arriba porque la superficie se está transformando en una oquedad oscura y profunda. Pego un respingo y doy dos pasos hacia atrás. El bebé no se lo piensa dos veces y se lanza gateando de cabeza al agujero.

La sala de pesas empieza a temblar. Las lámparas del techo estallan en mil cristales que inundan el suelo. Los espejos se vuelven opacos y también estallan. Me echo la toalla, que todavía cuelga de mi brazo, sobre la cabeza para protegerme la cara y salgo corriendo intentando buscar la salida. La habitación al completo parece girar como un tiovivo. Justo en el momento en que atravieso la puerta, la sala entera es engullida por un agujero que aparece justo en su centro. Salgo corriendo hacia el exterior y cuando llego a la acera veo, con espanto, como el edificio entero ha desaparecido. Lanzando maldiciones y jurando no volver a pisar un gimnasio en toda mi vida, huyo corriendo calle abajo intentando alejarme lo más rápido posible de aquel lugar y, por supuesto, dispuesto a olvidarme de todo lo ocurrido. No quiero transformarme en un mono de feria que sea el hazmerreír de las redes sociales. Y mucho menos, convertirme en un meme que inmortalice mi careto lleno de miedo. Decididamente, para mí, esto nunca ha pasado.

Mientras tanto, la escena que se ha desarrollado al otro lado de lo que fueron los espejos es totalmente distinta. En una habitación amplísima con grandes ventanales, por los que entra un vendaval que azota sus cortinas, se encuentra el bebé. Ahora se mantiene perfectamente de pie sobre sus dos piernas. Sus ojos ya no aparentan un manga de terror, pero su cara ha envejecido bastantes años. Su altura sigue siendo pequeña. Sin embargo, ahora su cuerpo representa a un adulto. Frente a él hay una mujer, de mayor altura. Es la sombra que se vislumbró en el espejo. Algo alterada y con los brazos en jarras le espeta al hombrecillo:

—Cronos Manuel, tu manía de jugar con los portales temporales nos va a acarrear cualquier día un gran disgusto. No puedes estar viajando a otros universos sin protección ni acompañantes. Y muchísimo menos dejándote aquí la llave de la puerta.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.
Estas son las condiciones escogidas :
– Escenario: La Sala de un Gimnasio.
– Personaje: Un Bebé Recién nacido.
– Objeto: Artículos de Pintura.

Va de Reto (Noviembre 2019)

En primer lugar, tengo que agradecer y felicitar a todos los que han participado en el primer VadeReto. Cuando se empieza un nuevo proyecto son muchas las incertidumbres y, sobre todo, la duda de si tendrá o no sentido su existencia. En este caso, no puedo estar más contento. Primero, por el número de participaciones y, segundo, por la calidad de los relatos presentados. Mis más sinceras felicitaciones a todos.

El segundo lugar, quiero agradecer a todos los que de una forma u otra habéis apoyado esta iniciativa y la habéis promocionado. En un proyecto como este, donde se invita a la participación de los demás, es esencial darse a conocer. Sois muchos los que me habéis mencionado en la Redes. Un millón de gracias.

En tercer lugar, antes de atacar definitivamente el reto de este mes, quiero daros una noticia que espero os guste. Dije el mes pasado, que este Reto sería un juego y no un concurso. Es decir, todos los participantes lo harían por amor a la literatura, por jugar con las letras, y no por la consecución de un premio. Por un lado, ni me apetece, ni me veo capacitado, para decidir cuál relato es mejor o más válido que otro. Por otro, no tengo libros publicados que pueda regalar o sortear. Sin embargo, después de pensarlo y hablar con otros autores. He encontrado la forma de premiar vuestra participación en VadeReto.

voy a hacer un sorteo. Este se celebrará el día 5 de enero de 2020. A él accederán todos aquellos que hayan participado en el VadeReto al menos dos veces. Desde Octubre hasta la fecha indicada. ¿Qué voy a sortear? Pues un libro editado en papel. Daré la oportunidad de elegir entre varios ejemplares de distintos autores. Además, pondré en contacto al afortunado con el autor para que éste le dedique dicho ejemplar y se lo mande directamente a su domicilio. Todos los gastos estarán cubiertos. ¿Cuáles serán los libros ofrecidos y sus autores? En esta entrada podréis ver sus portadas y sus sinopsis:

Sorteo VadeReto

Dicho esto, vayamos a la propuesta de este mes.

En primer lugar os presento el material disponible para construir vuestro relato.

Escenarios:

1.- Un jacuzzy o el spa en toda su extensión. (PublicDomainPictures, de Pixabay)
2.- Una cama o la habitación al completo. (Ferenc Keresi, de Pixabay)
3.- Un gimnasio o específicamente alguna de sus máquinas. (David Mark, de Pixabay)
4.- Una piscina de bolas o todo el chiquipark. (PublicDomainPictures, de Pixabay)

Personajes:

1.- Un delicado e inocente bebé. (Pro File, de Pixabay)
2.- Una bondadosa y entrañable anciana. (Free-Photos, de Pixabay)
3.- Una atractiva y dulce chica. (Rondell Melling, de Pixabay)
4.- Un ingenioso empollón de clase. (Doug Sumowski, de Pixabay)

Objetos:

1.- Una apetitosa manzana. (S. Hermann & F. Richter, de Pixabay)
2.- Un imprescindible y venerable libro. (DarkWorkX, de Pixabay)
3.- Un lindo y candoroso cachorro. (Ilona Krijgsman, de Pixabay)
4.- Utensilios de dibujo y pintura. (Bodobe, de Pixabay)

¿Cuál es el relato que tenéis que perpetrar?

La base de la historia es la siguiente: Acabáis de quedaros encerrados dentro del escenario. Podéis contar cómo y por qué o empezar el relato desde ahí. Pensáis que estáis solos. Sin embargo, uno de los personajes aparece escondido con vosotros en ese escenario. Pronto os dáis cuenta que es alguien mucho más terrorífico de lo que aparenta. Buscáis frenéticamente algo que os ayude a salvaros y/o salir de allí. Buscando os encontráis con uno de los objetos.

Dado el mes en el que nos encontramos, podríais englobar la historia dentro del género del terror. Sin embargo, si queréis llevarlo al cómico, al romántico o a cualquier otro, es vuestro relato. Sacadle el máximo partido.

¿Quién dijo miedo? Bueno, en este caso se supone que sí. Divertíos buscando la forma de unir todas las piezas y construir vuestra historia. Las bases son usar solo un elemento de cada bloque. Si creéis que podéis sacarle más jugo usando varios, quién soy yo para limitaros.

Como siempre y solo de manera orientativa. Podéis emplear un mínimo de 100 palabras y un máximo de 500. Sin embargo, podéis extenderos lo que os haga falta.

Vamos mis valientes, vuestra imaginación es vuestro barco y las letras el viento que os llevará hasta buen puerto. Afilad vuestras plumas y escribid esas increíbles y maravillosas historias que habitan en vuestras cabezas.

Saludos y buen provecho.

Mi Relato para el VadeReto: Un Gimnasio Interdimensional

La sala está llena de espejos y mi imagen se repite indefinidamente en todos las paredes. No puedo evitar mirarme en ellos con deleite y autocomplacencia. Haciendo posturitas típicas de musculitos de gimnasio. Mostrando bíceps, tríceps, abdominales,…
Y subiendo y bajando pectorales creyendo que eso vuelve locas a las mujeres, cuando en realidad, resulta un gesto cómico. Llevo cerca de dos horas ejercitándome y no siento fatiga ni cansancio…

Continúa aquí:
https://jascnet.wordpress.com/2019/11/09/un-gimnasio-interdimensional/

Y a ti, ¿te gusta el Halloween?

Vaya día que llevo. Me acaban de saludar en el bar diciéndome: ¡Holaween! Mira qué modernos son los parroquianos. Y luego, por todas partes los niños disfrazados. ¿Acaso estamos en Carnavales? Hasta adultos con la cara pintada. Pero bueno, ¡está todo el mundo aburrido! ¡Jalogüin, Jalogüin! ¿qué coño es jalogüin? Todos los años igual por estas fechas. Si yo no he visto una calabaza redonda y naranja en mi vida. ¡Truco o trato! ¡Truco o trato! ¿Qué es Truco? ¿Qué es Trato? A mi puerta vienen a llamar niños disfrazados de mamarrachos diciendo: Truco o trato, Truco o trato… y llamo a los servicios sociales. Además, que vivo en un octavo.

¡Qué nos gusta apropiarnos de las fiestas extranjeras! Sobre todo de las americanas. Bueno, de las de USA. Que los mexicanos también son americanos y no sacamos aquí a los muertos a bailar por la calles. Bueno, tal vez. No, deja. Mejor no dar ideas. Sí, ya sé que dirán algunos, pues Papa Noel también es americano y nadie se queja. Vale, pero es un hombre entrañable, gordo y bonachón, con barbas blancas, inofensivo y… ¡trae regalos! Pero, a ver ¿a quién le gustaría ir a tirar la basura y encontrarse en plena calle a Michael Jackson con veinte piraos haciendo el baile de Thriller? Sí, vale. Vivo en un barrio que no es precisamente Notting Hill, y suelo encontrarme a gente con peor aspecto. Mira, ¡dejadme en paz! ¡Que no me gusta el jalogüin!

Hoy no tenía ganas de cocinar así que me he pedido una pizza familiar. Menos mal que el repartidor se ha colado sin disfrazar, si no, se va sin propina y rueda la escalera como una calabaza del jalogüin. Me la he zampado sin pestañear. Así como el que lleva dos meses sin comer. Una pizza de cincuenta centímetros de diámetro. Yo mismo me he dicho: ¡Qué barbaridad! Me está entrando un sueño que como me acueste no me levanto ni para dormir. Mejor me voy a sentar en el sofá y voy a ver la tele. Eso sí que da miedo y no las calabazas con caritas raras.

Me pongo a pasar los canales y solo hay historias de miedo. Vampiros, monstruos, asesinos, y zombies, muchos zombies. ¡Cómo si los americanos hubieran inventado eso de ir por la calle pareciendo un muerto! Si solo hay que pasearse un sabadito a las cinco de la mañana por las calles para ver desfilar a la tropa del gintonic recalentado. Esos sí que son The Walking Dead.

Al final he dejado un canal que pone una película con título curioso “Pesadilla antes de Navidad” Mira, un nombre que entiendo y que me representa, porque no veas tú, también, las fiestecitas navideñas. Me he puesto una copita de anís del mono con hielo y un par de deliciosas (polvorones de almendra para el que no los conozca) y vamos a ver de qué va la historia.

¡La leche que mamé! Es una peli de dibujitos animados. Bueno, dibujos o marionetas. No lo sé. ¡Y qué feas son las joías!

Sale un bosque, que sería tenebroso si no fuera porque está pintado. Una voz en off comienza la historia:

Hace mucho más tiempo del que puedas imaginar,
sucedió la historia que vamos a contar.
Tal vez en sueños hayas visto el lugar
en los mundos de las fiestas de nunca acabar.
Quizás te preguntes cómo se empezaron a celebrar.
En caso contrario, deberías empezar.

Cuando voy a quitarla, comienza una canción:

Escuchad niños y niñas de cualquier edad
algo curioso os queremos enseñar.
Venid con nosotros y veréis al fin
Nuestra ciudad de Halloween

Será torpe y malaje mi suerte. Al final es una película, también, sobre el jalogüin. Cojo el mando a distancia y me dispongo a cambiar de canal, o mejor, apagar la televisión. Sin embargo, sigue sonando la canción:

Esto es Halloween
Esto es Halloween

La música es hipnótica y mis manos se paralizan. El dedo no llega a tocar el botón de apagado. Aparecen personajes increíbles. Fantasmas, monstruos de varias cabezas, vampiros, brujas, esqueletos, muchos esqueletos, payasos horrorosos… y el protagonista… Jack creo que se llama. Sigo hipnotizado con la película. Hacía años que no veía una de animación. No puedo apartar la vista de la pantalla. Incluso intento canturrear la canción…

Esto es Halloween
Esto es Halloween
Halloween, Halloween
Halloween, Halloween

Tengo que haber dado una cabezada y de las grandes. De esas que te levantas y, no ha cambiado el año, ha pasado un siglo. Está todo muy oscuro. La tele está apagada. Se habrá activado el automático. Me froto los ojos y las sienes. Estoy totalmente grogui. Lo último que recuerdo es al esqueleto de la película saliendo de una especia de pozo. Intento sentarme en el sofá, pero noto las piernas como si fueran de mármol. Para levantar un brazo le he tenido que pedir permiso al otro. Tengo que ir urgentemente al cuarto de baño, porque la sinnombre no va a ir ella sola. Maldito día, ¡las castas del jalogüin!

«No deberías meterte con mi fiesta». ¿Qué coño ha sido eso? ¿Estoy dormido todavía? Ha sonado como una voz en la oscuridad. Claro… Claro… Ahora viene la tontería de que no sé si estoy despierto o soñando. Mi cabeza cada vez está peor. ¡Anda y que le den por culo! Me levanto, no sin un esfuerzo descomunal y… «Eres muy mal hablado» ¡Otra vez la voz! No, no me van a dar coba. Seguro que es la tele que todavía no se ha terminado la película. Sí, ya. La pantalla está apagada, pero a lo mejor el audio sigue funcionando. ¿Dónde está el mando? La leche, con tanta oscuridad no hay quien encuentre nada. «La película hace horas que terminó». Vamos a ver. Si es una broma, voy a reventar una cabeza. ¡Qué lo sepáis! «¿A quién le hablas? Estoy yo solo». He intentado levantarme de sopetón del sofá y como tengo las piernas dormidas me he comido toda la mesita baja del salón. Cómo no tenía bastante con la pizza, pues postre de madera.

Estoy ahora a cuatro patas. Sigo sin poder levantarme, porque ahora a las piernas dormidas hay que unirle una caraja impresionante producto del cabezazo que le he dado a la mesa. «Si es que no puedes ser más patético». Y la vocecita de los cojones sigue dando por culo. Mira, voy a coger… una pala, no tengo; una pistola, sí claro, me dedico los fines de semana a cazar gurripatos por el parque; un bate de beisbol, sí, y también una gorra de los Boston nosequé, ¿ya he dicho que no me va lo yanqui? Como no coja una sartén de la cocina, pero claro, antes tengo que ser capaz de llegar hasta allí. «Viéndote en esa postura, lo de patético se queda muy corto». No, si al final me va a cabrear de verdad. Ya verás tú. «¿Sabes cuál es tu problema?» Pues claro, titi. Que me he pasado con la comida y luego me he zumbado media botella de anís del mono. Que yo creo que el mono estaba cabreado y ha revuelto todo el anís. Porque vamos he cogido cogorzas más graciosas que esta.

Corriendo a gatas, arrastrando las piernas, he llegado hasta la puerta del salón. Ahora solo tengo que agarrarme a la puerta y levantarme. ¡Ya está! Ahora un pasito pa’lante, mar… ¡Pumba! Vaya guarrazo acabo de dar. Otra vez. ¿Se me habrán muerto las piernas con el anís? Tengo que tener la cara como la bandera de japón. De hecho me gotea la nariz. Espero que sea anís y no sangre. Sí, también soy muy hipocondríaco. ¡No se puede ser perfecto! «Si te asusta la sangre, lo vamos a pasar muy bien esta noche». Pero bueno, ¿también me está haciendo una proposición indecente? Esto que es una pesadilla o un sueño sadomaso.

Me mojo un dedo con saliva y me lo paso por las piernas. ¡Qué pasa! Mi abuela lo hacía y funcionaba. Nada. Me mojo dos, tres… me meto la mano entera. Ni que me chupe las piernas directamente, si pudiera llegar, claro. Las piernas se niegan a funcionar. Me intento levantar de nuevo agarrándome a la pared como una salamanquesa. Parezco un sireno, pero sin cola. Me voy agarrando al picaporte de la puerta, a los muebles, a la encimera. Ya he llegado a los cajones. Dentro tiene que haber algún cuchillo de esos que salen en las películas. Yo nunca los uso, me dan miedo. Pero debería estar ahí. ¡La leche! Hoy está el día gracioso. El cajón no se puede abrir. Se habrá quedado algún cubierto mal puesto y ahora hace tope con la madera. «Para qué quieres un cuchillo idiota. ¿Puedes matar a alguien que no tiene cuerpo?» Tú no sé, pero yo ya no tengo ni corazón.  Si querías darme miedo te puedes ir ya tranquilo. De hecho, ya no necesito ir al cuarto de baño.

Con el miedo y los nervios le doy un jalón al cajón y consigo que se habrá. Vuelvo a ir a parar al suelo y los cubiertos, que estaban dentro, salen todos despedidos por el aire. Me tapo la cara que es lo más bonito que tengo. Un tenedor se me clava en el muslo izquierdo. Pego un grito. Es buena señal. La pierna no está muerta. Una cuchara sopera me golpea en la rodilla derecha. Pego otro grito. Mira qué bien, tampoco esta está muerta. El rollo de amasar está dando vueltas en el aire con más peligro que un satélite somalí. Las piernas siguen sin responder del todo, pero parece que los cubiertos han reactivado el riego sanguíneo. Como si fuera un soldado de la segunda guerra mundial, avanzando por debajo de las alambradas, gateo como un poseso fuera del alcance del amasador. Consigo salir de la cocina y vuelvo al salón. Esto es la Historia Interminable pero sin dragón.

La oscuridad sigue siendo tenebrosa. Ya siento el hormigueo en las piernas y como si estuviera bailando el briquidance consigo ponerme de pie. Justo cuando lo consigo, ayudándome por el mueble aparador que a duras penas aguanta mi peso, vuelve a sonar la simpática vocecita: «Cuanto más te resistas más me harás disfrutar». Lo que dije antes, este no quiere matarme, quiere una noche de pasión. Al girarme, para intentar llegar a los dormitorios, veo su cara. Es la misma que salía en la película. Una bola blanca con los rasgos más ridículos y feos que he visto en mi vida. Debería haber gritado, pero se me ha cerrado la garganta. La boca si la tengo abierta y la baba me empieza a caer sobre el pecho. Intento sacar de mi interior a ese guerrero combativo que siempre he creído tener. Debe estar en el interior, pero dentro, muy dentro, porque el muchacho no aparece. Empiezo a dar vueltas por el salón como un canguro en un tío vivo. La imagen es patética y bochornosa. No ando, voy arrastrando las dos piernas, la boca abierta, los brazos por encima de la cabeza. Un zombie se avergonzaría del espectáculo que estoy dando.

Ahora puedo verlo entero. Es como en la peli. Un esqueleto más largo que la escoba de un jugador de la NBA. Con la cabeza como una bola de billar, pero gigante. La boca mal cocida y los ojos grandes, negros y vacíos. Es feo de cojones. «¡Sigues faltándome!» Le juro que ha sido sin querer. Si en el fondo es usted una sílfide. Vamos, en cualquier desfile de modelos se llevaría a la gente de calle. «No quiero halagos ni zarandajas». Lo primero le aseguro que no. Lo segundo no tengo ni idea de lo que es. Pero si es malo, tampoco. «Estoy aquí porque has insultado mi fiesta. Has agraviado a mi persona. Has injuriado mi reino. Has zaherido…» No vea lo que domina usted el lenguaje. Tiene más vocabulario que el Larousse, el Espasa y la RAE juntos. «Voy a castigarte por haber vilipendiado el Halloween». Yo le aseguro que eso no lo he hecho. Vamos, sobre todo, porque no sé lo que significa. Escuche, seamos sensatos. Yo no tengo tanta parla como usted, pero si me escucha, yo le explico… «Ahora es tarde…» ¿señora? «¿Cómo?» Nada, nada. Discúlpeme usted, su señoría. Es que me ha venido una canción a la cabeza. «Vas a pagar por tu felonía» Si se empeña usted en usar palabras tan raras no voy a saber explicarle nada, ¿eh? «Caerá sobre ti todo el peso de la maldición de Halloween». No déjelo. Si yo en el fondo aguantar no aguanto nada. No ha visto lo patético que he sido para levantarme del sofá. Si ya me lo dijo mi madre… «A partir de ahora en estas fechas vendré a hacerte una visita» ¡Uy, qué amable! Pero de verdad, si no hace falta. Si yo estoy muy a gustito viviendo solo. «Si no veo tu casa engalanada con el respeto que mi ciudad se merece…» Le juro que a partir de ahora mi casa va a estar mejor adornada que las de Niuyó.

No sé realmente que pasó a partir de ahí. El bichejo esquelético se enfadó. Se abalanzó hacia mí, intentando alcanzar mi cuello con sus delgados y larguísimos brazos y yo, ya cagado de miedo, literalmente, reculé intentando buscar una salida. Lo que encontré fue la cortina del salón. Intentando escapar del monstruo cadavérico me enredé en la tela y empecé a dar vueltas como la carne de un kebab. Cuanto más esfuerzo hacía por deshacerme de la tela, más me enredaba en ella. En uno de los forcejeos descolgué la barra de la pared y fuimos, barra, cortina y yo a hacer puñetas. Bueno, en realidad caímos contra la mesita del centro. Si ya había aguantado a duras penas mi cabezazo anterior ahora no pudo con el peso de todos nosotros juntos.

Cuando al final pude desembarazarme de la cortina, después de volver a respirar con desesperación, vi que el salón estaba iluminado. Al cargarme la cortina había dejado entrar la luz de la calle. Como estaba engalanada con las luces, que ya servirían hasta navidades, pude ver perfectamente todo el salón. Ya no había nadie. Bueno, excepto yo y el destrozo que había generado, claro. El esqueleto había desaparecido. Ahora sería cuando me entraría la duda. ¿Todo eso me había pasado en realidad o había sido un mal sueño que me había hecho despertar con la histeria y liarme a guantazos con la cortina?

La verdad es que no lo dudé. Primero me fui al cuarto de baño, donde me aseé convenientemente. Luego me puse ropa limpia, unas deportivas y la chaqueta. Cogí la cartera y me fui a la calle. No esperé ni el ascensor. El miedo a que el bichejo aquel apareciera dentro me hizo salir espetado por las escaleras. Salté los escalones de cuatro en cuatro. No sé cómo no me maté en esa huida temeraria. Lo cierto es que llegué a la calle sano y salvo. Bueno, asfixiado y cogiendo aire como un besugo de diez kilos en una pecera de juguete. Sin embargo, no huí, no. Me había costado mucho conseguir una casa como la mía. No diré que salí corriendo, porque ya no tenía ni aire, ni fuerza, pero me dirigí hacia el chino que se encontraba dos calles más allá. De suerte que no cierra ni por defunción y me gasté todo el dinero que tenía en la cartera. Calabazas, banderines, bengalas, brujas, arañas con sus telarañas, muñecos más feos que el mismo chino comiendo limones, … todo lo que me encontré y pude comprar.

Con todo el utillaje volví a mi casa y la puse bonita, bueno en realidad, fea de cojones, que es lo que se hace en esta fiesta. Puede que fuera solo una pesadilla, pero, a ver, que mal hace celebrar una fiesta extranjera. Qué problema tiene. La gente se disfraza y se lo pasa bien. Total, si es para divertirse. ¿No? Qué manía con criticarlo todo. Eso sí, me hice tres barreños de palomitas en el micro y me vi cinco veces la peli Pesadilla antes de Navidad. Puede que lo hiciera por miedo al esqueleto o simplemente porque me terminó gustando. Qué le vamos a hacer. A ver, si al final todos formamos parte del mismo planeta. Por qué nos vamos a poner tiquismiquis con localismos. Estamos globalizados. ¿A que sí?