El Deseo Más Difícil

Sobre un fondo, rojizo anaranjado, con estrellas y luces desenfocadas, aparece una sucesión de cartas de correos. Se muestran de izquierda a derecha, en perspectiva, de la más pequeña a la más grande en primer plano. Formando una pequeña espiral.
Imagenes:
Cartas, de Gerd Altmann en pixabay;
Fondo, Imagen de Monicore en pixabay

Durante esos momentos, en que abre la saca llena de cartas, se ve importante. Se da cuenta que existe, porque creen en él. Bueno, creen los niños y unos pocos adultos, aunque intenten disimularlo. Durante unos pocos días deja de ser invisible.

Sin embargo, su ánimo enseguida decae. Cada año, las cartas se le hacen más difíciles de leer. Los niños están perdiendo toda su inocencia. Ya no piden juguetes sencillos, juegos de mesa para compartir con sus amigos, balones o muñecas, ropas deportivas o disfraces de superhéroes. Ahora, les gusta comportarse como adultos. En sus cartas solicitan, más bien exigen, ropa de marca, viajes a lugares carísimos, juegos de videoconsola violentos e incluso imitaciones perfectas de armas de fuego. Siempre pensó que los niños eran los únicos que podrían cambiar el mundo, pero ahora tiene muchísimas dudas.

Lee todas estas peticiones de pasada, muy rápidamente. Ya se encargarán los duendes mágicos de conseguirles estos regalos caros, o no. Él se interesa más por otros mensajes que escriben al final, como si se hubiesen acordado de añadirlos antes de cerrar la carta.

Suelen ser mensajes esperanzadores. Aunque no sabe si dudar de que lo hagan de corazón o, simplemente, como una forma de reblandecer su corazón, de parecer más dulces e inocentes. O, quizás, para contentar a sus padres y que se engañen pensando en lo buenos que son sus hijos. Pero él se deja convencer, necesita creer que son ciertos.

«Me gustaría que todo el mundo viviera en paz, no aguanto las imágenes de guerra en la tele», dice un chico que antes ha pedido un cañón para jugar en el jardín.

«¿Por qué no haces que al mismo tiempo que llueve agua, también llueva comida? No creo que sea tan complicado. De esa forma, se acabaría con el hambre en el mundo», solicita otro que pide doce tipos distintos de chocolatinas.

«Cuando voy por la calle veo muchos pobres pidiendo por los suelos, ¿no podrían venir los extraterrestres y llevárselos?». Bueno, este último no es, precisamente, un mensaje muy esperanzador.

De esta forma, sigue repasando todas las cartas que los niños le han ido dejando. Hasta que descubre una, algo más abultada, llena de dibujitos de colores, de un pequeño que se ha esforzado en realizar la caligrafía más hermosa del mundo. Al abrir el sobre, e intentar sacar la hoja manuscrita, caen al suelo dos tarjetas de visita y una fotografía. En esta última se ve a un hombre, una mujer y un niño, todos mirando a la cámara, muy sonrientes. Parecen muy felices. Lo deja todo a un lado y se dispone a leer la carta.

Con un simple vistazo, sus ojos se le empañan y su corazón se quiebra. No hay ni una sola petición de juguetes, ni un solo deseo personal o egoísta, ni siquiera un mensaje de paz y amor para el mundo. Solo un par de frases:

«Deseo que mis padres vuelvan a vivir juntos.
Deseo que volvamos a ser una familia normal».

El hombre de las barbas blancas no puede contener las lágrimas, que le emborronan el texto impidiéndole releerlo. Mira hacia el cielo y piensa: «Ojalá yo tuviera el poder de esa magia, pequeño».

Vuelve a meter las tarjetas y la fotografía, junto con el folio, en el sobre y se la guarda en un bolsillo interior, el que se calienta junto a su corazón, y sigue leyendo las demás. Solo unas pocas más llegan a llamar su atención, pero la del pequeño de la foto no deja de palpitarle en el pecho.

Cuando termina, las deposita todas en un contenedor azul y se dirige hacia una tienda de comestible, donde se compra un bocadillo y una gran botella de whisky, de marca blanca, no ha ganado tanto dinero en su trabajo como para permitirse un respetable homenaje.

Mientras deambula por las calles, entre bocado y sorbo, la imagen del pequeño de la fotografía se va horadando en su pensamiento. Intenta recordar su sonrisa, sin embargo, su mente le devuelve su cara triste. Lo feliz que sería el pequeño si él fuera capaz de conseguir cumplir su deseo. ¡Claro! ¡Es tan sencillo! Se dirige a la dirección que aparece en cada tarjeta, que listo es el chaval, llama a la puerta y les dice: «déjense de tonterías y quiéranse de nuevo». ¡Ya está, así de fácil! Jejeje. Si no le dan una patada en el culo que lo devuelva a la calle, seguro que llaman a la policía. El traje rojo y los pelos y barbas blancos no les convencerán. Tampoco sus hechuras, desdeñosas, descuidadas y achacosas. No, ya tiene bastantes problemas como para pasar la Nochebuena en un calabozo.

Con lo fácil que lo tendrían, hoy en día, si no les empujara el orgullo. Un mensaje de WhatsApp y sin tener que dar la cara. Escribir una disculpa, enviar y listo. Pero ninguno querrá dar el primer paso y, lo más seguro, es que estarán totalmente deseosos de que el otro les llame.

¿Podría mandar él esos mensajes? Sí, claro. Solo tiene que hacer un cursillo exprés de hacker. Decididamente, el whisky es barato, pero peleón.

Sigue paseando por las desiertas y frías calles, aunque más bien va dando bandazos y manteniendo milagrosamente el equilibrio. De vez en cuando, se mira en algún escaparate y se cachondea de su imagen. En las fotografías y dibujos sale con mejor porte. Ahora lleva la chaqueta por fuera del cinturón, el gorro colgando de una oreja y las barbas, bueno las barbas son suyas, de lo contrario ya las habría perdido en alguna esquina.

Cuando se termina la botella, sintiéndose suficientemente caliente por dentro, decide echarse a dormir. Aunque en realidad cae de cabeza entre unas bolsas de basura que le servirán de colchón. Duerme todo lo plácida y profundamente que el alcohol en su sangre le procura, pero la imagen del niño y la posible resolución de su problema, no dejan de errar por sus sueños.

 

El día siguiente, vísperas de la Navidad, amanece algo nublado, pero conforme van avanzando las horas, el sol se permite salir tímidamente para calentar los hogares. Excepto dos de ellos. En uno, un hombre, ha decidido no salir de su bata, se dispone a pasar las Navidades más solitarias de su vida. En el otro, una mujer, acompañada de su hijo, también se encuentra embargada por la tristeza, aunque intenta con todas sus fuerzas que su pequeño no la vea llorar. No sabe que él es demasiado listo para dejarse engañar. Tampoco adivina que tiene una carta mágica que está totalmente seguro de que va a funcionar.

Ambos almuerzan escuetamente, en otras fechas para no atiborrarse antes de la cena, ahora porque en realidad la pena les ha quitado el apetito. Los dos intentan afanarse en tareas que los distraigan de pensar en el otro. Él, cambiando de lugar papeles, libros y cajas que terminarán de nuevo en el sitio original, es incapaz de centrarse en su trabajo. Ella, componiendo los adornos navideños con su hijo, incluyendo el árbol. Aunque ambos, sin necesidad de consulta, han decidido que este año no pondrán la estrella. Esa misión siempre ha estado a cargo del padre.

En un determinado momento, los dos pasan de forma simultánea por la puerta de entrada a sus respectivas casas. Por debajo de ella han introducido un cartón con una ilustración impresa. En realidad es una postal, en donde se puede ver a un horondo y sonriente Santa Claus. En el interior, el mismo texto: «Lo siento, cariño. Quiero pedirte perdón. Creo que en un día como hoy deberíamos darnos otra oportunidad. ¿Por qué no nos vemos los tres para cenar?».

Primero se sorprenden, luego sonríen con sus ojos llorosos y después se llevan la postal al corazón.

En el mismo instante, un hombre y una mujer dejan que sus lágrimas los limpien de odio y rencor. Se dejaron convencer de que eran más fuertes que el amor que sienten. A duras penas han entendido la letra, pero les da igual que la caligrafía parezca escrita por un borracho. Es lo que han estado esperando desde hace demasiados días.

Con el corazón lleno de amor y emoción, corretean por toda la casa intentando encontrar sus móviles. Buscan por la cocina, el dormitorio, el salón. ¿A dónde lo lanzaron la última vez que esperaron encontrar un mensaje del otro? Casi al mismo tiempo consiguen encontrarlo, pero no se atreven a llamarse. Tienen mucho recelo del temblor de sus voces.

Simultáneamente, aparece en sus pantallas un mensaje:

«¿Nos vemos?».

Sin saludos ni preámbulos. De hecho, no son conscientes de haberlo escrito. Pero seguidamente aparece otro texto:

«Claro que sí».

Los dos sonríen, ya sin disimulo, y se afanan por escribir rápidamente:

«¿A qué hora te viene bien?», se adelanta él.

«A la de siempre, como todas las Nochebuenas», contesta ella.

«¿Qué te apetece que lleve, vino blanco o tinto?», se atreve él, ya sin mesura.

«¿Por qué no cenamos mejor con champán?», se lanza ella, de perdidos al río, piensa.

«Estaré allí puntual, como siempre», escribe él, añadiendo un emoticono de guiño y otro de sonrisa socarrona.

«¡Te quiero!». Se despiden los dos al mismo tiempo.

Esa noche, el hombre, todavía vestido de rojo, se asoma con cautela a una de las ventanas de la vivienda y sonríe como hace muchísimo tiempo que no se lo permite. Su truco ha dado resultado. Ahora está en manos de ellos que el deseo del pequeño se cumpla plenamente.

Le gustaría ver la cara del chico, pero no quiere demorarse y exponerse a que lo descubran. Tampoco le hace falta, será muy parecida a la que ve reflejada en los cristales de la ventana, aunque mucho más joven.

De esta forma, el hombre, que durante unos días del último mes del año se disfraza con los ropajes de Papa Noel para un Centro Comercial, ha conseguido hacer realidad un deseo. ¡Un precioso deseo! La magia, que su disfraz representa para tantísimos niños, parece haber funcionado.

Aunque sereno, se aleja dando tumbos, su cuerpo ya se ha acostumbrado, pero no hay persona en el mundo, en este instante, que se sienta más feliz que él. Aunque siga sin tener un euro en el bolsillo, un techo en el que cobijarse y la esperanza de un futuro. Pero quién sabe. Tal vez el Milagro de la Navidad exista y el verdadero Santa se acuerde de él.

Un Papa Noel, riendo y bailando (dibujo animado, en la parte izquierda), sobre un fondo azulado del que caen copos de nieve, representados por el símbolo hexagonal. A la derecha un abeto nevado y en la parte inferior todo el suelo blanco, nevado también.
Imagen de JaymzArt en pixabay

Este relato participa en la propuesta literaria VadeReto de este mes,
para este mismo blog:
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