VadeReto (OCTUBRE 2022).-

Descripción del logo: El fondo es una composición realizada con una imagen de un bosque otoñal: hojas de colores ocre, parduzcos y amarillos y musgo en la parte inferior. Impreso sobre él, y algo difuminado (centro-izquierda), aparece una calabaza a la que se le ha cincelado ojos y boca al estilo de Halloween. En la parte superior aparece el texto "VadeReto", en rojo, con relieve y con trazo blanco bordeándolo. En la zona inferior, una cinta dorada, a modo de banner, con un par de pliegues, lleva grabado encima el mes en curso del presente año, en rojo, seguida por una pluma de ave, también roja. La imagen queda formando un cuadrado, con los textos centrados horizontalmente.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

¡Atención, pasajeros del Acervo ferroviario! Nos adentramos en los últimos trayectos del año y vamos cuesta abajo y sin frenos hacia el impredecible, inquietante, pero inapelable 2023. Yo, por si acaso, no le voy a pedir ni permiso. Que los anteriores se pasaron los deseos por el triángulo de Bermudas. Mejor hago como el del chiste, ¡Diosita, diosita del destino, que al menos me quede como estoy!

Acabamos de inaugurar el Otoño y los ocres, parduzcos, rojizos, amarillos y demás colores de la estación, embellecen nuestras calles y parques. Para unos es un tiempo depresivo y melancólico; para otros, son días de sosiego, recogimiento, lectura y tazón calentito.

Este es el mes del Terror, porque termina en Jaloguín, aunque algunos dicen que este título le corresponde a noviembre. Para mí, como es el mes en que cumplo años y las velas se caen ya por los bordes del pastel, OCTUBRE es el mes más terrorífico del año.

El miedo es motivador de muchísimas emociones. Cada uno reacciona de una forma diferente. Hay quién disfruta como un niño pisando charcos, ríe y salta de júbilo ante un buen susto. Y, claro, también están quienes te dejan el brazo lleno de hematomas si te atreves a ver una peli de miedo con ellos.

La imaginación toma aquí el timón para llevarnos a vivir increíbles experiencias. Tu mente crea tus propios monstruos y lo que para unos es un payaso que lo hace reír a carcajadas, para otro es el ser más terrorífico que se puede uno encontrar en una esquina, y maldita la gracia que hace.

Por eso son interesantes estas historias. Te permite explorar, como escritor, tus propios miedos y, como lector, experimentar el que otros crean.

¿Otoño? ¿Terror? Parece una combinación interesante, ¿no?

Pues Amo a dahle.

Este mes queremos que en el VadeReto nos contéis historias de…

UN OTOÑO DE MIEDO

Imagen típica otoñal. Un bosque, o un parque, lleno de árboles cuyas hojas se han convertido en preciosos colores ocres, marrones, rojizos...
Desde la parte inferior se abre un camino de tierra que se adentra hacia el centro y tuerce finalmente hacia la izquierda, perdiéndose entre los árboles.
La tonalidad global de la fotografía es la de las hojas, con el contraste del negro de los troncos. Hay luz diurna que permite ver perfectamente todo el conjunto.
Imagen de Valentin en Pixabay

Pero, ¿Qué tal si le ponemos algunas condiciones?

Vamos a intentar alejarnos de las figuras y escenarios clásicos y típicos. El cementerio, los fantasmas, los monstruos hollywoodenses, la oscuridad, la niebla… todos estos son recursos bastante trillados y de fácil inspiración.

¿Os atrevéis a usar escenas cotidianas, personajes corrientes, sucesos nada relevantes… y transformarlos en auténticas historias de terror?

No os olvidéis que debe ocurrir en Otoño.

Aquí van algunas fotografías, por si necesitáis inspiración:

En primer plano, vemos a un anciano sentado, de espaldas a nosotros, en un banco de madera. Está en medio de un campo, sin árboles, bastante solitario. Los tres cuartos del fondo están ocupados por el cielo que muestra la vía láctea, motivo de la contemplación del hombre.
Negro, azul oscuro, salpicado de luces blancas para el cielo; marrones y amarillos para el campo, el banco y la vestimenta del viejo.
Imagen de Pete Linforth en Pixabay
El centro de la imagen es una taza humeante. Café, chocolate o algo parecido, solo se ve la espuma de su superficie. Alguien lo mantiene en sus manos que, sin embargo, no se ven, porque están embutidas en las magnas de un jersey gris claro. Parecen reposar sobre una mesa. De fondo se ve un libro abierto con hojas parduzcas encima, difuminado.
Imagen de Melk Hagelslag en Pixabay
Un hombre asando castañas en la calle. El fondo está casi oscuro y un farol de gas sobre la mesa es la única iluminación de las tareas. El hombre parece mayor, dado su pelo y bigotes canosos, y está afanado con unas pinzas dándole vueltas a las castañas en el recipiente de cocción.
Predominan los tonos negros y marrones, sobresaliendo la luz blanca del farol.
Imagen de Isa KARAKUS en Pixabay
Sobre un suelo, lleno de hojas amarillentas, se ve a un niño que lleva un peluche de Winnie the Pooh, agarrándolo de una pierna.
El niño está de espalda a nosotros y solo se ve la parte inferior de su camisa, unos pantalones tejanos y unas zapatillas de deporte. El oso es entero naranja.
Imagen de Madalin Calita en Pixabay

Citas:

«A mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en una espera de porvenir».


«¡Claras tardes del otoño moguereño! Cuando el aire puro de octubre afila los límpidos sonidos, sube del valle un alborozo idílico de balidos, de rebuznos, de risas de niños, de ladridos y de campanillas…».


«El otoño es un andante melancólico y gracioso que prepara admirablemente el solemne adagio del invierno».


Preparad vuestros mitones, poneos una bebida calentita, arrebujaos junto al fuego y dejad que vuestra musa se acomode en la inspiración otoñal. Que esos sabores y olores a castaña, miel, canela, ponche, calabaza, chocolate, vainilla o jengibre inunde vuestra habitación y os ayude a crear preciosas y sensitivas historias.

Besos Múltiples, Abrazos y ashushones.
😊😉😘😘😘

P.D. Fondo de la Cabecera a partir de una imagen de Peter H en Pixabay.
Composición del fondo del Logo a partir de las imágenes de Petra en Pixabay y de Benjamin Balazs en Pixabay.

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de participación)

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El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.

La Liberación del Monstruo

Sobre el fondo de una carta manuscrita, amarillenta por el tiempo, aparece la imagen de una especie de monstruo, levemente difuminada. Lo más significativo de este son sus imponentes hombros desnudos; una perilla blanca y muy larga; y los ojos blancos y relucientes. Su pose es descarada mirándote de frente.
Composición a partir de las imágenes de: Artemtation en Pixabay (Fondo); Kalhh en Pixabay (Monstruo).

Buenos días, no van a ser, inspector Kelly.

Tampoco le diré que deseo que se encuentre bien al recibo de esta misiva, porque sé perfectamente que no es así. Cada una de las cartas que le he mandado ha tenido la misión de minarle la moral, jugar con sus emociones y reírme de su inteligencia.

Siempre fue mi intención dejarlo derrotado tras leerme, porque quería que sintiera como suyo lo que yo siento con cada víctima que dejo en el camino. Quería que supiera lo que siente el Monstruo, como me han apodado los medios, esos que se nutren con mis crímenes cual carroñeros. ¡Qué ironía!

Sin embargo, como comprenderá al terminar de leer, esta vez será distinto, porque esta será la última carta que reciba. Ya no le dejaré más pistas falsas, ni habrá más notas de prensa, ni más burlas a sus fatídicas pesquisas. Por fin podrán dormir tranquilos todos los miembros de su departamento y descansar, sobre todo usted, en paz y sosiego.

Mi captura se ha convertido en su gran obsesión y obligarme a dejar de matar su gran preocupación. En lo primero no lo voy a complacer. En lo segundo, puede estar seguro que así será. Esa es la intención de esta carta.

Siempre hemos estado en lados opuestos del bien y el mal, o eso es lo que usted siempre ha querido creer. Yo me he limitado a limpiar nuestra ciudad de indeseables, corruptos, ladrones y delincuentes. Los mismos que usted y sus amos han estado encubriendo y salvando del castigo. Permitiendo que se mofen de sus víctimas y otorgándoles privilegios para seguir pisoteando a quienes se les antojen.

No, no me malinterprete. De ninguna forma le estoy presentando una excusa. Mi primer instinto nunca fue establecer una misión de justicia allí en dónde ustedes apartaban la vista. No. Mi impulso natural siempre ha sido matar. Así de sencillo. El que las primeras víctimas fueran de tal calaña solo fue cosa del destino y la casualidad. Luego, los medios, la gente y jugar a burlarme de la autoridad, estableció el camino.

Tranquilo, no desespere, ya estoy terminando. Solo necesitaba prolongarme lo necesario para que este comunicado fuera lo suficientemente extenso. Soy consciente de la ansiedad que le creo y de su manía de humedecerse los dedos con saliva para pasar las páginas. Ambas cosas han determinado su destino, nuestra fatalidad.

¿Qué le pasa, empieza a tener dificultad para leer? ¿Comienza a ver borroso? ¿Le falta la respiración? Ya queda muy poco.

Quería matar al Monstruo, pero nunca se ha visto capaz. Se lo puse en bandeja muchas veces. De hecho, se lo mostré continuamente. Incluso, se lo dejé intuir en cada misiva. Pero es verdad ese dicho: No hay peor ciego que el que no quiere ver.

¿Aún no lo entiende? ¿No le dice nada el regusto en su boca? El veneno que ha chupado ya está haciendo su efecto y no tiene vuelta atrás. Al final ha sido sencillo, muerto el Hombre, muerto el Monstruo.

Sé que en el fondo terminará de leer esta carta con una sonrisa en los labios.

Siempre dentro suyo, Inner Freak.

Este relato es mi aportación para el VadeReto de este mes:
Escribe una historia contada a través de una Carta.

P.D.: Cabecera creada con la Imagen de fondo de CocoParisienne en Pixabay.

UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
.

Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.

Un Samhain Accidentado

Por la carretera comarcal 512, un Citroën Berline del 63 casi no toca el asfalto. Lleva tal velocidad que desde su interior no se puede divisar el paisaje. Aunque es de noche, la luna del Samhain alumbra claramente los bordes de la carretera. Al volante va Juanbe Vido, casi no ve la carretera y conduce más por intuición que por certeza. A su lado, su mujer le habla y protesta, aunque él no la escucha:

—Cariño, has bebido demasiado. Ve, al menos, más despacio. ¡Vamos a tener un accidente!

—No te escucha mamá. Nunca te escucha —le dice su hijo desde el asiento trasero.

—Tranquilo cielo, enseguida llegaremos a casa —le responde con cariño su madre.

—No sé si tengo ganas de llegar a casa con él borracho.

Su padre no les hace caso y coge la botella que reposa junto el freno de mano, se la lleva a la boca y suelta brevemente el volante. Solo hace falta ese lapsus para que el coche se descontrole y empiece a culebrear por la calzada. Cuando Juanbe quiere recuperar el control ya no es posible. Todos gritan. El coche se sale de la carretera y, después de arrollar todos los arbustos y setos que se encuentra por delante, se empotra contra un árbol. El estruendo de la chatarra y los cristales estallando resquebrajan el silencio del bosque.

Al cabo de unos pocos segundos, la mujer sale con dificultad, la puerta del copiloto ha desaparecido. Cae al suelo y resopla. Se mira y comprueba que no tiene ni un rasguño. Sin esperar demasiado, se levanta y se dirige a la parte trasera, las puertas están desencajadas y abiertas, pero su hijo sigue dentro. Lo saca, lo deposita sobre el suelo terroso y, después de evaluarlo, comprueba que tampoco tiene ningún rasguño.

—Cariño, despierta. Estamos bien —le susurra cerca del oído al pequeño.

El chico parpadea y sonríe al ver la cara de su madre. Ella le devuelve la sonrisa y ambos se abrazan.

—Vamos, hijo. Tenemos que sacar a tu padre del coche.

—¿Por qué, mamá? Él no nos ayudaría a nosotros.

—Porque nosotros no somos como él, cariño.

Ambos se dirigen a la puerta delantera, aunque no consiguen abrirla. En el interior, el hombre se ha quedado trabado entre el volante y el sillón. Todavía respira, aunque con dificultad, y en su cara se pueden ver manchas de sangre. Tiene que haber chocado contra la luna delantera.

Ninguno de los dos intenta tocarlo, saben que no podrán sacarlo. Se miran y el pequeño, con cara seria y decidida, vuelve a decirle a su madre:

—Dejémoslo ahí, mamá. Es lo que él haría con nosotros.

—Ya te lo he dicho, hijo. Nosotros no somos como él. Tenemos que buscar ayuda.

—¿Pero dónde? Estamos en medio de un bosque.

—Si no comenzamos a caminar no encontraremos nada. Seguro que hay por aquí alguna casa. Cuando la encontremos, pediremos ayuda.

A regañadientes, el chico asiente. Se cogen de la mano y se adentran en el bosque.

Conforme caminan por entre la espesura los pájaros dejan de cantar. Los pequeños animales se esconden de su presencia y los aullidos, de animales más grandes, se escuchan en retirada.

Al cabo de unos minutos, el olor de la chimenea, y algo que se está asando en ella, les llega antes de divisar la casa. Corren siguiendo su olfato y llegan a un claro en dónde consiguen ver la hacienda. Esta, solitaria y casi en ruinas, los recibe en silencio.

—Mamá, me da miedo este sitio.

—Tranquilo cariño, seguro que quién vive ahí puede ayudarnos.

Con más convicción que valentía se dirigen hacia la puerta y, antes de que intenten llamar, esta se abre. Aparece un hombre de aspecto desaliñado, de casi dos metros de altura y bastante de ancho. Se sorprende al verlos, pero les sonríe. Le faltan muchos dientes y su cara les devuelve un gesto adusto y aterrador.

—Vaya, vaya. ¡A quiénes tenemos por aquí! ¿Qué puedo hacer por vosotros? —Su rostro se vuelve más terrorífico, si eso es siquiera posible.

—Disculpe señor, necesitamos ayuda —dice rápidamente la mujer, consiguiendo a duras penas que la voz no le tiemble. El pequeño no tarda en ocultarse detrás de ella.

—¿Ayuda? ¿Qué hacéis solos en este bosque? —ronronea, oteando los alrededores, por si ve aparecer a alguien más.

—Verá, señor. Volvíamos a casa en coche, pero hemos tenido un accidente. Mi marido conducía y se ha salido de la carretera. Ha chocado contra un árbol. Está muy malherido y no podemos sacarlo del coche. Necesita un médico urgente.

—¿Un médico? ¡¿Un médico?! ¡Estáis de suerte! Hace mucho que me retiré, pero un médico nunca deja de ser un médico.

—¡Oh, gracias al cielo! Entonces, ¿va a ayudarnos?

—Desde luego, el Doctor os ayudará. Guiadme hasta el coche.

Los tres se encaminan hasta el lugar del accidente y el hombretón, con sus grandes manazas, logra abrir la puerta sin dificultad. Destraba el cuerpo de Juanbe y lo coge en brazos, como si fuera un niño, llevándolo hasta la casa.

Al llegar a ella, lo deposita brevemente sobre una mesa, en la entrada, y se dirige hacia unas puertas, en el suelo, cerradas con un candado, que parecen acceder hacia un sótano o zulo. Las abre, produciendo un tremebundo chirrido, y vuelve a por el cuerpo del accidentado. Entra en el habitáculo, pero la mujer y el niño se quedan fuera. No se atreven a adentrarse en ese sitio tan oscuro y maloliente.

—Mamá, ¿crees que podrá salvarle la vida? —le dice el pequeño a su madre, mirándola con ojos llorosos.

—Eso espero, cariño.

—Pero no hubiera sido mejor que lo hubiéramos dejado morir. Si se salva volverá a hacernos daño.

—Tranquilo, cariño. Ya te he dicho que nosotros no podemos comportarnos como él. Tenemos que actuar como buenas personas. Estoy segura que ya no nos pegará más.

—¿Crees que después de ayudarlo cambiará?

—Esta vez estoy seguro, hijo mío.

Ya en el interior, Juanbe está sobre una gran camilla, bocarriba, amarrado. El Doctor le ha curado los cortes, arañazos y moratones superficiales y le ha cosido una herida que presentaba en el costado. Parece que tiene más magulladuras que lesiones importantes. De todas formas, no sabe si tiene alguna contusión interna. Despierta trastornado y desorientado.

—¿Dónde estoy? —musita sin ver todavía al médico —. ¿Qué ha pasado?

—¿Qué has tenido muchísima suerte, colega? —le habla su cuidador desde el fondo de la habitación.

—¿Quién… Quién es usted? —pregunta Juanbe sin atinar a ver a su interlocutor, a pesar de intentar contorsionarse buscándolo.

—¿Quién soy? Jejeje. Puedes llamarme, Doctor. Soy el que te acaba de curar, muchacho. Tienes que darles las gracias a tu mujer y a tu hijo. Si ellos no hubieran llegado hasta aquí, pidiendo ayuda, ahora estarías desangrándote en el coche.

—¿Mi… mujer… y mi… hijo?

—Sí, deben estar fuera esperando. Voy a salir un momento para traerlos aquí. Ya verás qué magnífica reunión vamos a formar.

—Pero… es imposible. Ellos no…

A Juanbe no le da tiempo de terminar de farfullar antes de que el hombre salga al exterior. Mientras, intenta soltarse de la camilla sin ninguna fortuna.

—¡Maldita sea! —regresa el médico malhumorado y nervioso—. Han desaparecido. Se han largado. Creo que me tendré que contentar solo contigo, prenda.

—¿Largado? Pero, ellos… ¡Eso es imposible!

—Pues me han privado de una gran fiesta, chico.

Juanbe no entiende nada, pero su vista se está aclarando y consigue ver todas las herramientas que cuelgan de las paredes. Todas tienen una apariencia tenebrosa. Sierras, martillos, tenazas, docenas de cuchillos de todos los tamaños y formas. Además, parecen sucias. Llenas de pintura rojiza o… en realidad… es sangre.

—Escuche, señor. Ya me encuentro mejor, creo que puedo ir andando hasta un hospital.

—¿Andando? ¿Hasta un hospital? —La risa del hombre retumba en cada pared y le hiela el corazón a Juanbe—. ¿Te crees que voy a dejar que te escapes, como tu mujer y tu hijo? Aunque… Quizás regresen más tarde.

—¡¡Ya le he dicho que eso es imposible!! —grita desesperado.

—¿Imposible? ¿Por qué?

—¡¡¡Porque están muertos!!! ¡¡¡Yo los maté!!!

En ese instante, en la cabecera de la camilla aparecen su mujer y su hijo, etéreos y brillantes, uno a cada lado. Ambos sonríen, se miran y asienten con complicidad. Ella le acaricia la frente y le susurra, saboreando cada palabra:

—Tranquilo, amorcito. Ahora sabrás lo que es ser maltratado.

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Nota.- Imagen de la cabecera de J.W Vein en Pixabay.

La Terrorífica Hoja en Blanco

Aquí estoy, delante del monitor con las manos apoyadas suavemente sobre el teclado y sin haber podido escribir ni la frase inicial. Bueno, en realidad, he escrito varias y las he borrado. Con rabia y desdén. La hoja en blanco reluce en la pantalla y me hace ver chiribitas de tanto mirarla fijamente. Me han encargado una historia de terror y yo no soy de meter muchos sustos. Me los doy yo al levantarme cada mañana y mirarme al espejo. O al mirar mi cuenta corriente. O al ver los informativos… Pero, ¿escribir terror? ¿Eso cómo se hace?

Me he creado el ambiente ideal. He esperado a la noche y, en mi pequeño estudio, solo la pequeña luz de un flexo ilumina tenuemente las tinieblas de la habitación, que no las de mi mente. Había pensado ponerme algo de música impresionable, pero creo que nada es más terrorífico que el silencio. Aunque, de vez en cuando, creo advertir etéreos ruidos. Serán los muebles quejándose o mis neuronas sollozando.

Hago otro intento de inicio: «Era una noche fúnebre, triste y lastimera que…»

¡Por favor! No puedo ser más vulgar y simplón. ¿Cuántos relatos habrán empezado de esta forma? No puedo…

—¡clac, cloc, clac, cloc!

¡Mierda! El sonido de unas pisadas me ha hecho dar un respingo. No es la primera vez que el eco de la calle se cuela en la casa. Susurros de conversaciones nocturnas, tacones que clavetean sobre el asfalto, ladridos o maullidos de mascotas perdidas… Pero ¿y si esta vez no es en la calle?

Mi ansiedad hace que me levante y lo compruebe. Es una gilipollez, vivo en un segundo piso y aquí no llegaría al balcón ni el spiderman con un cohete. Pero no lo puedo remediar. Salgo del estudio y recorro el pasillo, sin encender las luces. No quiero despertar a nadie con mis tonterías.

Llego al salón y solo la débil luz que atraviesa los cristales me permite vislumbrar las siluetas de los muebles. Eso me hace evitar perder los meñiques de los pies con las patas de la mesa o el sofá. Todo tranquilo. Nadie tampoco en la cocina. ¡Pues claro! ¿Qué esperaba, al tío del antifaz?

Un ligero susurro en el aire me hace girarme hacia el otro pasillo y allí…

—¡¡¡MIERDA Y REMIERDA!!! —grito.

Una inmensa silueta de casi dos metros avanza hacia mí. Solo se atisba su reluciente y blanquísima sonrisa. Cuando pasa por delante de la luz de la ventana puedo ver que es mi hijo, se mueve hecho un zombi, con los ojos abiertos. ¡Otra vez se ha levantado sonámbulo! ¡Lamarequeloparió! Menudo infarto ha estado a punto de pegarme. Lo acompaño a su habitación, sin despertarlo, y lo ayudo a acotarse de nuevo. Parece un muñeco, ni se da cuenta. Cuando cae en la cama, se vuelve y sigue durmiendo como si tal cosa. ¡Angelito!

Regreso a mi estudio, no sin antes haberme bebido un buen vaso de agua para bajar el susto de la garganta, y me llevo otro, por si acaso. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación escucho unos gruñidos guturales bastante aterradores. Pero esta vez no me asustan, sé que son los ronquidos de mi mujer que está en el séptimo sueño del nirvana, ya estoy acostumbrado.

De nuevo me siento ante el ordenador, con la hoja y la mente en blanco. Después de varios minutos estoy tentado de abandonar la tarea e irme a la cama, pero seguro que don insomnio está esperándome impaciente junto a la mesita de noche. Ávido por torturarme una vez más. ¡No! ¡Tengo que insistir hasta que se me ocurra algo!

—¡ji, ji, ji, ji!

Mi medroso corazón pega otro bote con esta sibilina risita. Me vuelvo bastante mosqueado.

—¿Te parece gracioso jugar con el corazón de tu padre y…? —le dijo a la oscuridad quedándome a media bronca.

No hay nadie. Agudizo mis oídos, pero solo el silencio me atrona sin contemplación. Es imposible que haya salido huyendo sin hacer ni un solo ruido. Estoy seguro que escucharía sus irrefrenables carcajadas. ¡Joder! Todavía no estamos en el jaloguín para que las musas se cachondeen conmigo. No le hago caso. Son elucubraciones de mi mente alucinada. ¡Toma frase! ¿Cómo podría meterla en el relato?

—¡Ni adrede!

Ha sido mi mente, estoy seguro. Ha sonado como si viniera de detrás, pero ha sido mi mente. Ha sido dentro de mi cabeza. ¡Tiene que serlo! ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir terror de madrugada? Solo a mí. Oscuridad, silencio, atmósfera de terror… ¡¡Sus muertos!!

Me dispongo a cerrar el programa, sin grabar, no hay nada que grabar, cuando caigo en un curioso detalle. ¿Jaloguín? Estamos en octubre… mi hijo no regresa a casa de su destierro universitario hasta Navidades. Mi mujer… Mi mujer está pasando el fin de semana fuera, en un cursillo de yoquejé. Entonces…

Un tremendo escalofrío me recorre desde la nuca hasta las partes bajas. No, las ventanas están cerradas. No ha sido una corriente de aire, de hecho, hace bastante calor aquí. Estoy sudando. Bueno, también es por la sugestión. Porque ¡¡todo es una sugestión!!

No me da tiempo a seguir pensando, un aliento, esta vez cálido y húmedo, me sopla en el cogote. Abro tanto los ojos que se me caerían las lentillas, si las llevara. ¿Estaré soñando?

¡¡¡PAF!!!

¡Qué animal soy! La bofetada me ha dolido más que si me la hubieran dado. No, tampoco es un sueño. Me pica la cara y me quema el cachete. El ligero temblor que me recorre todo el cuerpo me hace gritar:

¡¡¡BASTA!!!

Hago intento de levantarme, pero un peso en el hombro derecho me lo impide. No giro la cabeza. No miro. No quiero ver lo que es. Me repito a mí mismo: «estás muy cansado, son alucinaciones, no hay nadie detrás, es una ilusión por la falta de sueño…»

Algo frío y afilado recorre mi garganta e impide que trague saliva.

— SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCIN…

Relato para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia de Terror.

Ensoñación Innata

Abro los ojos, pero no soy capaz de vislumbrar nada. Por mucho que lo intento, la tenebrosa oscuridad me convierte en un ciego involuntario. ¡No, no puede ser! Me rebelo y me obligo a rechazar esta angustiosa sensación. Agudizo los sentidos para intentar captar algo que me haga salir de esta engañosa alucinación. ¡Quiero captar al menos un sonido! Sin embargo, el silencio se empeña en magnificar mi soledad y acrecentar mi miedo. Intento moverme y mis brazos y piernas se niegan a obedecerme. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Será el tránsito hacia la muerte?

Encierro mi ansiedad y me afano en acompasar mi respiración para no empezar a gritar. Tengo que racionalizar mis sentidos. No puedo dejar que me dominen y que, aunque simulen ausencia, gobiernen cada nervio de mi cuerpo.

Cuanto hasta diez… Dejo un par de segundos tras cada inspiración, profunda e intensa… Aguanto el aire en mis pulmones y dejo que la serenidad inunde cada una de mis células… Exhalo muy despacio, controlando cada gota de aire que abandona mi cuerpo… Lo repito varias veces hasta que noto como me relajo y vuelvo a asumir el control de mi organismo.

Pruebo de nuevo, pero no comienzo esta vez por la vista, sino por los oídos. Me concentro en captar el más mínimo murmullo, susurro, chasquido, crujido… ¡Noto algo! Parece un ligero roce. Cuando soy capaz de concentrar toda mi atención en él lo reconozco: es el viento. Es un brisa tan tenue que no me extraña que antes no la haya percibido. Me dejo abrazar y logro sentir cómo me acaricia la piel. Me produce un pequeño escalofrío que se convierte en alborozo. ¡Estoy vivo!

Con más sosiego, me invito a abrir los ojos sin que me invada el pánico. La vista se me aclara y comienzo a percibir mi entorno, aunque la luz sigue siendo débil y etérea. El amarillo, el verde, el marrón, parpadean ante mí, bosquejándome siluetas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La fragancia, limpia y natural, hacen despertar también mi olfato. No tengo dudas, estoy en un bosque. Ya puedo distinguir los árboles que me rodean. También pequeños arbustos que se florean de preciosos y coloridos brotes, alimentando abejas con sus elixires. Las esencias inundan mi boca, degustando sabores a flores, hierba, hongos, tierra húmeda, savia…

Con un esquizofrénico baile, las mariposas cobran vida ante mis sorprendidos ojos y me regalan una bienvenida coreografiada en el aire. Cuando intento acariciar una, noto que mis extremidades siguen sin querer moverse, permanecen entumecidas. Noto las piernas, pero parecen exánimes masas, encalladas y petrificadas. Sin embargo, me encuentro erguido. Soy incapaz de alcanzar con mis ojos los pies, pero puedo comprobar que me sustentan sin problemas.

Cuando, con empeño, consigo visualizar parte de mis brazos, la alarma y la ansiedad comienzan a adueñarse de nuevo de mi ser. Mi piel es rugosa, dura y de aspecto viejo y pétreo. De color pardo con tonalidades verduzcas. Se prolongan hacia el cielo, pero no terminan en manos sino en… ¡¡¡Hojas!!!

Con violenta erupción, el miedo se convierte en terror y un mudo grito muere en mi garganta mientras una terrible pregunta me explota en la mente:

«¿Soy un árbol que soñó ser una persona,
o soy una persona que está soñando ser un árbol?»

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia relacionada con los Sueños.

Un Cadáver a la Mesa

Imagen de un rincón de un bosque en dónde se ven dos árboles. Uno delante, grande e imponente, con las ramas, también grandes como en un inmenso abanico. El otro árbol tiene las mismas características, pero aparece más pequeño en la perspectiva. Ambos crean una especie de burbuja de aire que engloba la escena y sus troncos, de forma que el verde de las hojas se transforma en marco de la escena y la fotografía.
Imagen de Jplenio en pixabay.

«Al fin llegué a los pies de aquella impresionante y antiquísima deidad. Su anchura me limitaba todo el horizonte y se elevaba de forma tan indefinida que parecía perderse más allá del firmamento.
El silencio era tan intenso que dañaba a los sentidos. Solo mi corazón se empeñaba en querer quebrantarlo. La quietud era tan profunda que ni la más tenue brisa se atrevía a perturbarla.
Con un hondo suspiro hinqué mi rodilla ante ella. Agaché la cabeza y le dediqué la plegaria que desde pequeño me habían inculcado. Deposité mi carga en el suelo y le agradecí su protección y vitalidad para la consecución de mi misión.
Me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que me había encadenado durante tanto tiempo y sentí ganas de salir volando.
Allí quedaron solos, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.
...»

Emprendí el camino de regreso hacia mi cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver luces iluminando sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado del bosque. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, has tardado mucho hoy en buscar la leña —me dijo ella nada más verme.

Como siempre que regresaba, me mostraba la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara toda mi negrura interior. Respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—No le he sentido desde esta mañana. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro que no está afuera contemplando la salida de su querida amiga, la luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¿Qué te pasa? Te noto muy cansado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo esta cenita que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante corazón.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido mucha leña? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Ha dicho la radio que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara o de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, denotaba que la había abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para mañana; las noticias que había escuchado en la radio; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

La veía hablar, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente. Sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Incluso, luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la leyenda. Desenterré sus huesos y los llevé hasta la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

Este mini relato es mi propuesta para el VadeReto de este mes.
El Reto consiste en continuar el texto que aparece al principio, sobre fondo sombreado: «Al fin llegué a los pies…»

Tras la Máscara

Montaje a partir de la Imagen de Willgard Krause en pixabay.

Siempre iba con una máscara cubriendo su aparente fealdad. Nadie había conseguido atisbar sus facciones. Se sentía encarcelado más allá del instrumento que le ocultaba su identidad. Nunca se miró en un espejo, ni siquiera en la superficie de las cristalinas aguas del lago. Era su maldición desde que tenía razón de existencia y lo llevaba con amargura, pero con determinación. Cada cual debía aceptar su destino.

Un día al pasar por la plaza mayor, no se percató y se vio entrometido en una pelea. No participó en ella, pero un mal golpe dirigido a la persona equivocada le rompió la máscara y quedó expuesto a todos. Al verle, salieron corriendo horrorizados. Se sintió la persona más miserable y repugnante del mundo.

Intentó regresar al refugio de su casa. Escondiéndose entre callejones y esquinas. Evitando encararse con nadie. Huyendo de los reflejos como del fuego. Sin embargo, al intentar esquivar a un grupo de viandantes, terminó enfrentado a un escaparate.

Lo que vio no le asustó. No le causó vergüenza. No le pareció siguiera desagradable. Sus facciones eran bellas y proporcionadas. Dulces y hermosas. Sus ojos reflejaban vida y su boca una sonrisa que iluminaba todo su entorno.

En ese momento descubrió que no lo habían enmascarado porque fuera horrible, sino para que no avergonzara con su belleza la fealdad de los demás.

Este minirelato es mi aportación para el reto de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
El correspondiente al Desafío Literario de Enero 2021: «Syn Opsis«.

El Cuadro

Montaje a partir de las imágenes de Ractapopulous (Pixabay) y Intographics (Pixabay)

Las calles vestidas de blanco recibían como cada año la Navidad. La gente se mostraba sonriente y se deseaba felicidad. «Todo hipocresía» pensó Marcus mientras llegaba al portal de su casa. Subió en el viciado aire del ascensor y caminó por el angosto y triste pasillo hasta su piso. Cuando fue a abrir la puerta se dio cuenta que en el suelo, apoyado en ella, había un paquete. Era liviano, cuadrado y parecía haber sido envuelto con premura y sin demasiado cuidado. No tenía remite ni dirección. Sin embargo, era el único residente en esa planta, tenía que ser para él. Lo recogió y entró en su apartamento.

Su casa era pequeña, vivía solo y lo tenía amueblado con lo imprescindible. Cuantos menos muebles, menos trastos para limpiar. Un pequeño salón, la cocina y un más pequeño dormitorio con acceso a un cuarto de aseo. Para él era suficiente, no necesitaba más espacio. Aunque no le hubiera venido mal un salón un poco más grande. La pared que enfrentaba a la entrada era su rincón más preciado. Una librería la ocupaba por completo. De tabique a tabique y del suelo hasta el techo. Decenas de libros se agolpaban en sus estantes que amenazaban con romperse y causar un alud de páginas llenas de historias. Era su única posesión y riqueza, aunque dudaba que de ponerlos a la venta consiguiera obtener mucha ganancia en caso de necesidad. Pero era su tesoro.

Dejó el paquete con desdén sobre una mesita y, sin abrirlo, se dirigió a la cocina para prepararse el almuerzo. No le hizo caso hasta la tarde, cuando volvió a topar con él. No era curioso por naturaleza. Además, se encontraba muy cansado y hambriento. Cuando el estómago le mandaba señales no había otra prioridad en su vida que intentar callarlo.

Después de comer, se sentó en el sofá y su feliz estómago le produjo un dulce sopor. Al despertar de una cabezada divisó el paquete. Ahora sí que le urgió la curiosidad ¿Qué era y quién se lo había mandado? No podía ser un regalo de Navidad. Había perdido el contacto con sus pocos amigos y la familia quedaba lejos y olvidada. Tampoco esperaba ningún pedido. Se afanaba en hacer sus compras en el comercio local. Sus principales gastos, además de la comida y las necesidades básicas, los dedicaba en la búsqueda de nuevos libros. Había descubierto una librería muy coqueta no muy lejos de su casa. La Ratonera. Era muy pequeña, pero tenía un ambiente cálido y acogedor. Además, siempre lo trataban con mucha amabilidad y atención. Le encantaba perderse entre sus escasas estanterías. Si buscaba algún libro que no se encontraba en ellas, se afanaban en buscárselo y traérselo. No necesitaba pedirlo por Internet.

Lo más misterioso del paquete era su anonimato. Ninguna señal daba pistas de su procedencia. No sin dificultad, consiguió abrirlo. Era un cuadro. Una pintura al óleo encerrado en un modesto marco. Cinco personas lo contemplaban misteriosamente desde el lienzo. Cuatro hombres y una mujer, que se situaba en el centro. Parecía una instantánea fotográfica que mostrara el ambiente festivo de una reunión. Sonreían y adelantaban sus vasos en un amago de brindis. La chica, morena y guapa, no sonreía. Ladeaba ligeramente la cara hacia el personaje más a la derecha. Un barbudo pelirrojo de prominente barriga. A su lado, un chico rubio de brillante sonrisa parecía reír la gracia que había soltado el amigo. En el otro lado de la escena, un chico de poco pelo y perilla burlesca mostraba cierto aspecto displicente. Pero quién más atrajo su atención fue el último personaje de la izquierda. Se parecía asombrosamente a él. Moreno, bien vestido y con esa media sonrisa que siempre encantaba a las mujeres.

Miró más detenidamente los rostros de los demás personajes de la pintura. Sus rasgos le resultaban vagamente conocidos, pero no podía recordarlos. La escena, sin embargo, no aparecía en su memoria. El pintor lo habría dibujado simulando la fiesta. En la esquina inferior derecha aparecía su firma, aunque era ilegible. Un mero garabato. Desistió de recordar nada. No sabía por qué, pero la escena, los colores, los rostros, cada detalle del cuadro le causaba fascinación. En lugar de deshacerse de él, lo puso en uno de los huecos de la librería y se volvió a olvidar de su existencia.

Dos días más tarde, mientras ojeaba entre páginas web en su ordenador, una noticia captó su atención. Un abogado de gran fama y prestigio había caído delante del metro justo cuando este llegaba a la estación. La teoría más evidente era el suicidio, aunque no se descartaba que algún cliente insatisfecho pudiera haberlo empujado. La fotografía le impactó como un puñetazo. En la imagen se podía ver a un hombre, de la misma edad que él, pelirrojo y con una esplendorosa barba. De forma fulminante, el personaje del cuadro le vino a la mente.

Salió corriendo y cogió la pintura. Para su sorpresa, la figura que buscaba había desaparecido. ¡No era posible! Ahora, en medio de la fiesta, solo se veía a la chica con los otros tres hombres. Ella ya no miraba al desaparecido pelirrojo, dedicaba su despechada y triste cara hacia el tipo de la perilla. Este, el rubio y el que tanto se parecía a él, mantenían la misma pose. ¿Qué mierda estaba pasando?

Volvió a mirar la fotografía que aparecía en el monitor. Cerró los ojos e intentó visualizar la imagen del cuadro. Tenía memoria fotográfica y en su mente lo veía. El parecido era tremendo. No, no. Su mente le estaba gastando una macabra broma. Desarmó el marco intentando ver algún truco en la pintura, pero solo estaba el lienzo. De hecho, la acuarela parecía estar todavía húmeda.

Volvió a montar el marco y dejó la pintura en la estantería. «Tiene que haber sido una estúpida ilusión óptica» No ha cambiado nada en la pintura. Lo miró en la resaca de la comida y la somnolencia de la siesta y creyó ver lo que no era. ¡No iba a darle más vueltas! Ya tenía bastantes problemas encima para volverse loco con estúpidas suposiciones mágicas.

Intentó olvidarse del cuadro y, unos días después, cuando parecía que lo había conseguido, escuchó a dos mujeres hablando en el supermercado. Un afamado músico había aparecido flotando en las aguas de la Magna Fontana. El dilema entre el suicidio y un desgraciado accidente, era el debate que las hacía hablar con exaltada vehemencia. Este se extendía hasta las redes sociales dónde decenas de teorías causaban el delirio de los “expertos” que daban sus indolentes opiniones. Una idea le hizo estremecerse. ¿Otro posible suicidio? Salió presuroso sin preguntarles nada. Cuando llegó a su casa se abalanzó sobre su portátil y buscó con apremio la noticia. Cuando la encontró, ni siquiera leyó el texto del artículo, se lanzó en busca de la fotografía del músico. Gritó de horror. Era el tipo de la perilla que aparecía en el cuadro.

Un tremendo temblor se adueñó de su cuerpo. Se empapó en un sudor helado que lo hizo tiritar. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Era una pesadilla de la que no podía despertar? Consiguió una calma ínfima y, todavía temblando, se acercó a la estantería. El cuadro le esperaba amenazante. Lo cogió con los ojos cerrados visualizando la imagen en su mente. Estaba seguro de la escena que había pintada. Cuando lo miró estuvo a punto de desmayarse. Solo aparecía la chica, escoltada por el rubio y su representación. El presunto suicida también había desaparecido.

Lanzó el cuadro contra la pared en un arrebato de cólera y terror y se metió en el cuarto de baño. Abrió la ducha, con agua fría, y se metió dentro sin quitarse la ropa. Mientras el chorro helado le iba calando hasta las entrañas empezó a llorar. ¿Qué coño estaba pasando?

Cuando se desahogó, se quitó la ropa y terminó de ducharse con agua caliente. Eso lo relajó un poco y le permitió pensar. ¿El cuadro era algún tipo de sortilegio mágico que le estaba avisando de las futuras muertes de sus integrantes? No quería creerlo, pero algo en su interior le empujaba a admitir esa demente historia de hechicería y magia oscura.

Se vistió y se tomó una taza de chocolate caliente y un donut que lo esperaba paciente en la nevera. La comida siempre le calmaba. Mientras el líquido le iba adormeciendo los nervios, un siniestro pensamiento le derrumbó su placidez. ¿Y si no habían sido suicidios? ¿Y si alguien estaba asesinando a los personajes de la pintura? El cuadro parecía avisarle que el próximo en morir podría ser él. ¿Lo estaría avisando el propio asesino?

Volvió a coger el cuadro e intentó descifrar la cara de los otros dos personajes. Algo le seguía diciendo que los conocía, pero era incapaz de sacarlos de su memoria. Tenía que averiguar quiénes eran.

Con el cuadro en sus manos se dirigió de nuevo hacia el portátil. Le encantaba los juegos de búsqueda en Internet. Este sería el más difícil de su vida. Usando la apariencia física, intentando describir sus facciones, especificando la edad, el tipo de vestimenta, y todo lo que se le ocurrió, se metió en una febril búsqueda que le llevó varias horas. Pero no pudo encontrar nada. Había miles de personas con las mismas características que las que aparecían en la pintura. Cerró el portátil con pesadumbre y, abatido y exhausto, se fue a la cama sin cenar. A medianoche su estómago se lo recordaría.

Aunque pensó que no podría coger el sueño, el extremo cansancio que el estrés le había producido le hizo entrar en un duermevela que lo embutió en una deslavazada pesadilla. Nada en ella tenía sentido, excepto la chica del cuadro. Aparecía y desaparecía sin ninguna razón aparente. Llegó a un nivel de angustia que despertó enredado en la sábana, sudoroso y con el corazón en la boca. Pero ya creía saber de qué conocía a la joven del cuadro.

Se levantó, danto un salto y casi cayéndose por culpa de la sábana. Corrió hacia el salón y buscó enajenado en la estantería. Tiraba los libros al suelo con desprecio sin pensar en lo que los amaba. Al fin, encontró lo que buscaba. En una de las baldas, detrás de los libros, había un tubo de cartón. Dentro estaba la orla de su estancia en la universidad. Aunque no había conseguido terminar sus estudios, se había hecho la fotografía, como todos. La sacó histérico de su contenedor y la desenrolló sobre la mesa. Fue pasando el dedo por cada fotografía hasta que se paró sobre la de una chica. ¡Allí estaba! Joven, morena, atractiva. Sus rasgos eran inconfundibles. ¡Era ella! Debajo de la foto aparecía su nombre completo. Ahora sí lo tendría fácil para encontrarla en Internet.

Se arrojó sobre el portátil y no tardó en encontrarla. Aparecía en varias fotografías, durante una exposición de pintura, junto a algunos de los artistas. Buscó el nombre del salón de exposiciones y luego a los participantes del evento. ¡Bingo! Era nada más y nada menos que la directora del espacio ferial. Apuntó su dirección. Tenía que ponerse en contacto con ella y avisarla del peligro.

Pensó en salir corriendo a la calle y dirigirse hacia allí. Seguro que la encontraba trabajando. Sin embargo, era tal su estado de alteración que la chica en lugar de hacerle caso saldría corriendo asustada. No creía que se acordara de él, de la misma forma que él no la había reconocido en el cuadro. Se paró a pensar y decidió avisarla de otra manera. ¡Ya está! Le escribiría una carta contándoselo todo. Le pondría sus datos y teléfono para podérselo explicar mejor en persona. Pero era de vital importancia que se diera cuenta de la amenaza. ¡Iban a matarla!

Después de emborronar varias hojas, consiguió escribir una explicación verosímil. Debería evitar hablar del cuadro y sus premoniciones, eso le haría pensar que estaba loco —¿lo estaba?— y entonces no creería nada de lo que le intentaba contar. Firmó la carta y llamó a un servicio de mensajería urgente. Era lo más efectivo y rápido. No podía perder más tiempo.

Llegó el mensajero y se llevó la carta. Los instantes siguientes fueron demenciales. Se sentaba en el sofá. Se levantaba e iba a la cocina. Iba al cuarto de baño y se lavaba la cara. Regresaba al salón. Era una polilla encerrada dentro de un bote. Cada vez se alteraba más y sentía que se asfixiaba dentro de la casa. Sin embargo, no quería salir. La chica podía llamarlo por teléfono o irle a visitar. De todas formas, a dónde iba a ir. También él estaba amenazado de muerte. El sitio más seguro era su casa.

Por fin, después de unas horas eternas, escuchó ruidos en el pasillo exterior de la vivienda. Pisadas apresuradas se dirigían hacia su puerta. ¿Sería ella?

Unos monumentales golpes hicieron temblar la puerta.

—¡Policía, abra inmediatamente!

¿La policía? ¿Pero qué…? Claro, la chica había sido capaz de convencerlos de la gravedad de la situación. Después de leer la carta había decidido que era mejor poner el asunto en manos de los profesionales.

Abrió la puerta y la visión le congeló el saludo. El tipo rubio del cuadro, vestido de policía, estaba en la entrada de su casa, junto a dos agentes más de uniforme. Uno de ellos lo estampó contra la pared, le puso las esposas y le leyó sus derechos.

—Pero oigan, esto es un error, yo…

No lo dejaron hablar. Lo llevaron hasta el sofá y lo hicieron sentarse de un empellón.

—Está usted arrestado por acoso e intento de asesinato.

—¿Cómo? Oigan es a mí a quién quieren matar. Yo he intentado…

—¿Reconoce esta carta? —le preguntó el hombre del cuadro mostrándole los papeles que, efectivamente, él había escrito.

—Sí, claro. Era un aviso para la chica.

—¿Un aviso? ¿Querrá decir una amenaza?

—¿Amenaza? ¿Pero qué está diciendo? ¡La quieren matar!

—Es usted muy cínico, pero la carta es su confesión. Quería asustarla e incitarla al suicidio, como a los otros dos tipos. Sus intenciones han quedado claras.

—¿Mis intenciones? ¿Yo quiero salvarla? El cuadro, el cuadro… —gritó, intentando llegar hasta la estantería.

Uno de los agentes lo obligó a sentarse de nuevo, mientras el otro se acercaba a coger el cuadro de la librería. Lo miró con incredulidad y le dijo a su jefe.

—Es igual a los encontrados en las casas de los dos suicidas.

El rubio cogió el cuadro y se lo mostró a Marcus.

—¡¡¡No, no, noooo!!!

En la pintura se veía a su personaje abalanzándose sobre la chica, que gritaba y lloraba llena de pavor.

—Déjenos unos momentos solos —pidió el jefe a sus agentes. Luego, bajando la voz, se dirigió a un abatido y sumiso Marcus.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Ni de los tipos que mencionas en la carta. ¿Tan efectiva ha sido tu capacidad de olvidar? ¿Quieres hacerme creer que no recuerdas quiénes éramos y lo que le hicimos a esa chica? Se ha convertido en una maravillosa artista y está usando estos cuadros para hacernos recordar nuestra culpabilidad. Afortunadamente, después de leer tu carta, ha llamado a la policía y he podido hacerme yo con el caso. ¡Escúchame bien! Me ha costado mucho llegar a dónde estoy y ese estúpido incidente de juventud no va acabar con todo lo que he conseguido en mi vida. Tú vas a ser el cabeza de turco que cierre de una puta vez este incidente.

Marcus no podía hablar, el nudo que sentía en la garganta le amenazaba con asfixiarlo. Imágenes de aquel día empezaron a explotarle en la cabeza. Ahora recordaba nítidamente lo que había pasado. La vergüenza y el miedo le habían hecho ocultarlo en lo más hondo de su mente.

Se levantó del sofá y se abalanzó sobre el balcón que estaba abierto buscando algún modo de escapar. El tipo rubio lo siguió y consiguió alcanzarlo. Sin embargo, en el forcejeo, los dos terminaron cayendo al vacío. Los ocho pisos de altura les fueron suficientes para recordar cada minuto de su fechoría.

Mientras los agentes corrían horrorizados hacia el exterior, el cuadro volvía a cambiar su aparecía. Ahora aparecía la chica sola, sonriendo con lágrimas en los ojos. Abajo, la firma se hizo clara mostrando su nombre y una dedicatoria:

¡Venganza por Navidad!

Valga este relato como cuento Navideño y como respuesta a la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un cuento de navidad poco típico y que dé miedito.

El TERROR que se Adentra en el Bosque

Fotomontaje hecho con la falsa portada del libro.
En la imagen de la portada se ve a una niña y un niño (ella algo mayor que él) cogidos de la mano.
De espaldas a nosotros, contemplan una especie de casa- cripta, en un bosque oscuro y tenebroso.
Ella porta un violín y él una trompeta.
Todo queda tenuemente iluminado por una farola que está entre la casa y los niños.

Después de leer Hansel y Gretel, Caperucita Roja, Peter Pan, Aladino y otros doscientos cuentos inofensivos, como castigo y en lectura frenética, los hermanos Maja y Rones, haciendo honor a sus nombres, deciden adentrarse en el bosque Mash Ten Hebroso.

Pertrechados con sus armas más terroríficas, un violín y una trompeta (que se lo pregunten a sus vecinos), están decididos a encontrar a la bruja Koxaphea Konpelhos.

Desean ver cumplido su más ansiado sueño. Emigrar a un mundo fantástico-musical, porque aquí ya no hay quién los sopor… entienda.

La bruja es la llave de los doce mundos más uno. Un poco oxidada, pero todavía funcional.

El planeta Runforiulaif les espera, cándidamente acogedor, sin temerse la venida de su peor pesadilla.

¿Podrán convencer a la bruja antes de que esta huya y se recluya en un monasterio budista?

¿Podrán entrar al nuevo mundo sin que este se destruya de puro terror?

¿Será escrita alguna vez esta historia?

Pronto en las pantallas de sus móviles, tablets e incluso en Neshflin.

(Quién dice pronto, dice cuando termine la pandemia y podamos pasear sin mascarillas 🙄)

PD. La portada ha sido creada a partir de la imagen de Angeline01 en pixabay.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Noviembre: «Syn Opsis«
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Creadle un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜