La Terrorífica Hoja en Blanco

Aquí estoy, delante del monitor con las manos apoyadas suavemente sobre el teclado y sin haber podido escribir ni la frase inicial. Bueno, en realidad, he escrito varias y las he borrado. Con rabia y desdén. La hoja en blanco reluce en la pantalla y me hace ver chiribitas de tanto mirarla fijamente. Me han encargado una historia de terror y yo no soy de meter muchos sustos. Me los doy yo al levantarme cada mañana y mirarme al espejo. O al mirar mi cuenta corriente. O al ver los informativos… Pero, ¿escribir terror? ¿Eso cómo se hace?

Me he creado el ambiente ideal. He esperado a la noche y, en mi pequeño estudio, solo la pequeña luz de un flexo ilumina tenuemente las tinieblas de la habitación, que no las de mi mente. Había pensado ponerme algo de música impresionable, pero creo que nada es más terrorífico que el silencio. Aunque, de vez en cuando, creo advertir etéreos ruidos. Serán los muebles quejándose o mis neuronas sollozando.

Hago otro intento de inicio: «Era una noche fúnebre, triste y lastimera que…»

¡Por favor! No puedo ser más vulgar y simplón. ¿Cuántos relatos habrán empezado de esta forma? No puedo…

—¡clac, cloc, clac, cloc!

¡Mierda! El sonido de unas pisadas me ha hecho dar un respingo. No es la primera vez que el eco de la calle se cuela en la casa. Susurros de conversaciones nocturnas, tacones que clavetean sobre el asfalto, ladridos o maullidos de mascotas perdidas… Pero ¿y si esta vez no es en la calle?

Mi ansiedad hace que me levante y lo compruebe. Es una gilipollez, vivo en un segundo piso y aquí no llegaría al balcón ni el spiderman con un cohete. Pero no lo puedo remediar. Salgo del estudio y recorro el pasillo, sin encender las luces. No quiero despertar a nadie con mis tonterías.

Llego al salón y solo la débil luz que atraviesa los cristales me permite vislumbrar las siluetas de los muebles. Eso me hace evitar perder los meñiques de los pies con las patas de la mesa o el sofá. Todo tranquilo. Nadie tampoco en la cocina. ¡Pues claro! ¿Qué esperaba, al tío del antifaz?

Un ligero susurro en el aire me hace girarme hacia el otro pasillo y allí…

—¡¡¡MIERDA Y REMIERDA!!! —grito.

Una inmensa silueta de casi dos metros avanza hacia mí. Solo se atisba su reluciente y blanquísima sonrisa. Cuando pasa por delante de la luz de la ventana puedo ver que es mi hijo, se mueve hecho un zombi, con los ojos abiertos. ¡Otra vez se ha levantado sonámbulo! ¡Lamarequeloparió! Menudo infarto ha estado a punto de pegarme. Lo acompaño a su habitación, sin despertarlo, y lo ayudo a acotarse de nuevo. Parece un muñeco, ni se da cuenta. Cuando cae en la cama, se vuelve y sigue durmiendo como si tal cosa. ¡Angelito!

Regreso a mi estudio, no sin antes haberme bebido un buen vaso de agua para bajar el susto de la garganta, y me llevo otro, por si acaso. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación escucho unos gruñidos guturales bastante aterradores. Pero esta vez no me asustan, sé que son los ronquidos de mi mujer que está en el séptimo sueño del nirvana, ya estoy acostumbrado.

De nuevo me siento ante el ordenador, con la hoja y la mente en blanco. Después de varios minutos estoy tentado de abandonar la tarea e irme a la cama, pero seguro que don insomnio está esperándome impaciente junto a la mesita de noche. Ávido por torturarme una vez más. ¡No! ¡Tengo que insistir hasta que se me ocurra algo!

—¡ji, ji, ji, ji!

Mi medroso corazón pega otro bote con esta sibilina risita. Me vuelvo bastante mosqueado.

—¿Te parece gracioso jugar con el corazón de tu padre y…? —le dijo a la oscuridad quedándome a media bronca.

No hay nadie. Agudizo mis oídos, pero solo el silencio me atrona sin contemplación. Es imposible que haya salido huyendo sin hacer ni un solo ruido. Estoy seguro que escucharía sus irrefrenables carcajadas. ¡Joder! Todavía no estamos en el jaloguín para que las musas se cachondeen conmigo. No le hago caso. Son elucubraciones de mi mente alucinada. ¡Toma frase! ¿Cómo podría meterla en el relato?

—¡Ni adrede!

Ha sido mi mente, estoy seguro. Ha sonado como si viniera de detrás, pero ha sido mi mente. Ha sido dentro de mi cabeza. ¡Tiene que serlo! ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir terror de madrugada? Solo a mí. Oscuridad, silencio, atmósfera de terror… ¡¡Sus muertos!!

Me dispongo a cerrar el programa, sin grabar, no hay nada que grabar, cuando caigo en un curioso detalle. ¿Jaloguín? Estamos en octubre… mi hijo no regresa a casa de su destierro universitario hasta Navidades. Mi mujer… Mi mujer está pasando el fin de semana fuera, en un cursillo de yoquejé. Entonces…

Un tremendo escalofrío me recorre desde la nuca hasta las partes bajas. No, las ventanas están cerradas. No ha sido una corriente de aire, de hecho, hace bastante calor aquí. Estoy sudando. Bueno, también es por la sugestión. Porque ¡¡todo es una sugestión!!

No me da tiempo a seguir pensando, un aliento, esta vez cálido y húmedo, me sopla en el cogote. Abro tanto los ojos que se me caerían las lentillas, si las llevara. ¿Estaré soñando?

¡¡¡PAF!!!

¡Qué animal soy! La bofetada me ha dolido más que si me la hubieran dado. No, tampoco es un sueño. Me pica la cara y me quema el cachete. El ligero temblor que me recorre todo el cuerpo me hace gritar:

¡¡¡BASTA!!!

Hago intento de levantarme, pero un peso en el hombro derecho me lo impide. No giro la cabeza. No miro. No quiero ver lo que es. Me repito a mí mismo: «estás muy cansado, son alucinaciones, no hay nadie detrás, es una ilusión por la falta de sueño…»

Algo frío y afilado recorre mi garganta e impide que trague saliva.

— SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCIN…

Relato para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia de Terror.

Ensoñación Innata

Abro los ojos, pero no soy capaz de vislumbrar nada. Por mucho que lo intento, la tenebrosa oscuridad me convierte en un ciego involuntario. ¡No, no puede ser! Me rebelo y me obligo a rechazar esta angustiosa sensación. Agudizo los sentidos para intentar captar algo que me haga salir de esta engañosa alucinación. ¡Quiero captar al menos un sonido! Sin embargo, el silencio se empeña en magnificar mi soledad y acrecentar mi miedo. Intento moverme y mis brazos y piernas se niegan a obedecerme. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Será el tránsito hacia la muerte?

Encierro mi ansiedad y me afano en acompasar mi respiración para no empezar a gritar. Tengo que racionalizar mis sentidos. No puedo dejar que me dominen y que, aunque simulen ausencia, gobiernen cada nervio de mi cuerpo.

Cuanto hasta diez… Dejo un par de segundos tras cada inspiración, profunda e intensa… Aguanto el aire en mis pulmones y dejo que la serenidad inunde cada una de mis células… Exhalo muy despacio, controlando cada gota de aire que abandona mi cuerpo… Lo repito varias veces hasta que noto como me relajo y vuelvo a asumir el control de mi organismo.

Pruebo de nuevo, pero no comienzo esta vez por la vista, sino por los oídos. Me concentro en captar el más mínimo murmullo, susurro, chasquido, crujido… ¡Noto algo! Parece un ligero roce. Cuando soy capaz de concentrar toda mi atención en él lo reconozco: es el viento. Es un brisa tan tenue que no me extraña que antes no la haya percibido. Me dejo abrazar y logro sentir cómo me acaricia la piel. Me produce un pequeño escalofrío que se convierte en alborozo. ¡Estoy vivo!

Con más sosiego, me invito a abrir los ojos sin que me invada el pánico. La vista se me aclara y comienzo a percibir mi entorno, aunque la luz sigue siendo débil y etérea. El amarillo, el verde, el marrón, parpadean ante mí, bosquejándome siluetas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La fragancia, limpia y natural, hacen despertar también mi olfato. No tengo dudas, estoy en un bosque. Ya puedo distinguir los árboles que me rodean. También pequeños arbustos que se florean de preciosos y coloridos brotes, alimentando abejas con sus elixires. Las esencias inundan mi boca, degustando sabores a flores, hierba, hongos, tierra húmeda, savia…

Con un esquizofrénico baile, las mariposas cobran vida ante mis sorprendidos ojos y me regalan una bienvenida coreografiada en el aire. Cuando intento acariciar una, noto que mis extremidades siguen sin querer moverse, permanecen entumecidas. Noto las piernas, pero parecen exánimes masas, encalladas y petrificadas. Sin embargo, me encuentro erguido. Soy incapaz de alcanzar con mis ojos los pies, pero puedo comprobar que me sustentan sin problemas.

Cuando, con empeño, consigo visualizar parte de mis brazos, la alarma y la ansiedad comienzan a adueñarse de nuevo de mi ser. Mi piel es rugosa, dura y de aspecto viejo y pétreo. De color pardo con tonalidades verduzcas. Se prolongan hacia el cielo, pero no terminan en manos sino en… ¡¡¡Hojas!!!

Con violenta erupción, el miedo se convierte en terror y un mudo grito muere en mi garganta mientras una terrible pregunta me explota en la mente:

«¿Soy un árbol que soñó ser una persona,
o soy una persona que está soñando ser un árbol?»

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia relacionada con los Sueños.

Un Cadáver a la Mesa

Imagen de un rincón de un bosque en dónde se ven dos árboles. Uno delante, grande e imponente, con las ramas, también grandes como en un inmenso abanico. El otro árbol tiene las mismas características, pero aparece más pequeño en la perspectiva. Ambos crean una especie de burbuja de aire que engloba la escena y sus troncos, de forma que el verde de las hojas se transforma en marco de la escena y la fotografía.
Imagen de Jplenio en pixabay.

«Al fin llegué a los pies de aquella impresionante y antiquísima deidad. Su anchura me limitaba todo el horizonte y se elevaba de forma tan indefinida que parecía perderse más allá del firmamento.
El silencio era tan intenso que dañaba a los sentidos. Solo mi corazón se empeñaba en querer quebrantarlo. La quietud era tan profunda que ni la más tenue brisa se atrevía a perturbarla.
Con un hondo suspiro hinqué mi rodilla ante ella. Agaché la cabeza y le dediqué la plegaria que desde pequeño me habían inculcado. Deposité mi carga en el suelo y le agradecí su protección y vitalidad para la consecución de mi misión.
Me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que me había encadenado durante tanto tiempo y sentí ganas de salir volando.
Allí quedaron solos, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.
...»

Emprendí el camino de regreso hacia mi cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver luces iluminando sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado del bosque. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, has tardado mucho hoy en buscar la leña —me dijo ella nada más verme.

Como siempre que regresaba, me mostraba la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara toda mi negrura interior. Respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—No le he sentido desde esta mañana. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro que no está afuera contemplando la salida de su querida amiga, la luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¿Qué te pasa? Te noto muy cansado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo esta cenita que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante corazón.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido mucha leña? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Ha dicho la radio que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara o de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, denotaba que la había abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para mañana; las noticias que había escuchado en la radio; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

La veía hablar, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente. Sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Incluso, luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la leyenda. Desenterré sus huesos y los llevé hasta la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

Este mini relato es mi propuesta para el VadeReto de este mes.
El Reto consiste en continuar el texto que aparece al principio, sobre fondo sombreado: «Al fin llegué a los pies…»

Tras la Máscara

Montaje a partir de la Imagen de Willgard Krause en pixabay.

Siempre iba con una máscara cubriendo su aparente fealdad. Nadie había conseguido atisbar sus facciones. Se sentía encarcelado más allá del instrumento que le ocultaba su identidad. Nunca se miró en un espejo, ni siquiera en la superficie de las cristalinas aguas del lago. Era su maldición desde que tenía razón de existencia y lo llevaba con amargura, pero con determinación. Cada cual debía aceptar su destino.

Un día al pasar por la plaza mayor, no se percató y se vio entrometido en una pelea. No participó en ella, pero un mal golpe dirigido a la persona equivocada le rompió la máscara y quedó expuesto a todos. Al verle, salieron corriendo horrorizados. Se sintió la persona más miserable y repugnante del mundo.

Intentó regresar al refugio de su casa. Escondiéndose entre callejones y esquinas. Evitando encararse con nadie. Huyendo de los reflejos como del fuego. Sin embargo, al intentar esquivar a un grupo de viandantes, terminó enfrentado a un escaparate.

Lo que vio no le asustó. No le causó vergüenza. No le pareció siguiera desagradable. Sus facciones eran bellas y proporcionadas. Dulces y hermosas. Sus ojos reflejaban vida y su boca una sonrisa que iluminaba todo su entorno.

En ese momento descubrió que no lo habían enmascarado porque fuera horrible, sino para que no avergonzara con su belleza la fealdad de los demás.

Este minirelato es mi aportación para el reto de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
El correspondiente al Desafío Literario de Enero 2021: Syn Opsis“.

El Cuadro

Montaje a partir de las imágenes de Ractapopulous (Pixabay) y Intographics (Pixabay)

Las calles vestidas de blanco recibían como cada año la Navidad. La gente se mostraba sonriente y se deseaba felicidad. «Todo hipocresía» pensó Marcus mientras llegaba al portal de su casa. Subió en el viciado aire del ascensor y caminó por el angosto y triste pasillo hasta su piso. Cuando fue a abrir la puerta se dio cuenta que en el suelo, apoyado en ella, había un paquete. Era liviano, cuadrado y parecía haber sido envuelto con premura y sin demasiado cuidado. No tenía remite ni dirección. Sin embargo, era el único residente en esa planta, tenía que ser para él. Lo recogió y entró en su apartamento.

Su casa era pequeña, vivía solo y lo tenía amueblado con lo imprescindible. Cuantos menos muebles, menos trastos para limpiar. Un pequeño salón, la cocina y un más pequeño dormitorio con acceso a un cuarto de aseo. Para él era suficiente, no necesitaba más espacio. Aunque no le hubiera venido mal un salón un poco más grande. La pared que enfrentaba a la entrada era su rincón más preciado. Una librería la ocupaba por completo. De tabique a tabique y del suelo hasta el techo. Decenas de libros se agolpaban en sus estantes que amenazaban con romperse y causar un alud de páginas llenas de historias. Era su única posesión y riqueza, aunque dudaba que de ponerlos a la venta consiguiera obtener mucha ganancia en caso de necesidad. Pero era su tesoro.

Dejó el paquete con desdén sobre una mesita y, sin abrirlo, se dirigió a la cocina para prepararse el almuerzo. No le hizo caso hasta la tarde, cuando volvió a topar con él. No era curioso por naturaleza. Además, se encontraba muy cansado y hambriento. Cuando el estómago le mandaba señales no había otra prioridad en su vida que intentar callarlo.

Después de comer, se sentó en el sofá y su feliz estómago le produjo un dulce sopor. Al despertar de una cabezada divisó el paquete. Ahora sí que le urgió la curiosidad ¿Qué era y quién se lo había mandado? No podía ser un regalo de Navidad. Había perdido el contacto con sus pocos amigos y la familia quedaba lejos y olvidada. Tampoco esperaba ningún pedido. Se afanaba en hacer sus compras en el comercio local. Sus principales gastos, además de la comida y las necesidades básicas, los dedicaba en la búsqueda de nuevos libros. Había descubierto una librería muy coqueta no muy lejos de su casa. La Ratonera. Era muy pequeña, pero tenía un ambiente cálido y acogedor. Además, siempre lo trataban con mucha amabilidad y atención. Le encantaba perderse entre sus escasas estanterías. Si buscaba algún libro que no se encontraba en ellas, se afanaban en buscárselo y traérselo. No necesitaba pedirlo por Internet.

Lo más misterioso del paquete era su anonimato. Ninguna señal daba pistas de su procedencia. No sin dificultad, consiguió abrirlo. Era un cuadro. Una pintura al óleo encerrado en un modesto marco. Cinco personas lo contemplaban misteriosamente desde el lienzo. Cuatro hombres y una mujer, que se situaba en el centro. Parecía una instantánea fotográfica que mostrara el ambiente festivo de una reunión. Sonreían y adelantaban sus vasos en un amago de brindis. La chica, morena y guapa, no sonreía. Ladeaba ligeramente la cara hacia el personaje más a la derecha. Un barbudo pelirrojo de prominente barriga. A su lado, un chico rubio de brillante sonrisa parecía reír la gracia que había soltado el amigo. En el otro lado de la escena, un chico de poco pelo y perilla burlesca mostraba cierto aspecto displicente. Pero quién más atrajo su atención fue el último personaje de la izquierda. Se parecía asombrosamente a él. Moreno, bien vestido y con esa media sonrisa que siempre encantaba a las mujeres.

Miró más detenidamente los rostros de los demás personajes de la pintura. Sus rasgos le resultaban vagamente conocidos, pero no podía recordarlos. La escena, sin embargo, no aparecía en su memoria. El pintor lo habría dibujado simulando la fiesta. En la esquina inferior derecha aparecía su firma, aunque era ilegible. Un mero garabato. Desistió de recordar nada. No sabía por qué, pero la escena, los colores, los rostros, cada detalle del cuadro le causaba fascinación. En lugar de deshacerse de él, lo puso en uno de los huecos de la librería y se volvió a olvidar de su existencia.

Dos días más tarde, mientras ojeaba entre páginas web en su ordenador, una noticia captó su atención. Un abogado de gran fama y prestigio había caído delante del metro justo cuando este llegaba a la estación. La teoría más evidente era el suicidio, aunque no se descartaba que algún cliente insatisfecho pudiera haberlo empujado. La fotografía le impactó como un puñetazo. En la imagen se podía ver a un hombre, de la misma edad que él, pelirrojo y con una esplendorosa barba. De forma fulminante, el personaje del cuadro le vino a la mente.

Salió corriendo y cogió la pintura. Para su sorpresa, la figura que buscaba había desaparecido. ¡No era posible! Ahora, en medio de la fiesta, solo se veía a la chica con los otros tres hombres. Ella ya no miraba al desaparecido pelirrojo, dedicaba su despechada y triste cara hacia el tipo de la perilla. Este, el rubio y el que tanto se parecía a él, mantenían la misma pose. ¿Qué mierda estaba pasando?

Volvió a mirar la fotografía que aparecía en el monitor. Cerró los ojos e intentó visualizar la imagen del cuadro. Tenía memoria fotográfica y en su mente lo veía. El parecido era tremendo. No, no. Su mente le estaba gastando una macabra broma. Desarmó el marco intentando ver algún truco en la pintura, pero solo estaba el lienzo. De hecho, la acuarela parecía estar todavía húmeda.

Volvió a montar el marco y dejó la pintura en la estantería. «Tiene que haber sido una estúpida ilusión óptica» No ha cambiado nada en la pintura. Lo miró en la resaca de la comida y la somnolencia de la siesta y creyó ver lo que no era. ¡No iba a darle más vueltas! Ya tenía bastantes problemas encima para volverse loco con estúpidas suposiciones mágicas.

Intentó olvidarse del cuadro y, unos días después, cuando parecía que lo había conseguido, escuchó a dos mujeres hablando en el supermercado. Un afamado músico había aparecido flotando en las aguas de la Magna Fontana. El dilema entre el suicidio y un desgraciado accidente, era el debate que las hacía hablar con exaltada vehemencia. Este se extendía hasta las redes sociales dónde decenas de teorías causaban el delirio de los “expertos” que daban sus indolentes opiniones. Una idea le hizo estremecerse. ¿Otro posible suicidio? Salió presuroso sin preguntarles nada. Cuando llegó a su casa se abalanzó sobre su portátil y buscó con apremio la noticia. Cuando la encontró, ni siquiera leyó el texto del artículo, se lanzó en busca de la fotografía del músico. Gritó de horror. Era el tipo de la perilla que aparecía en el cuadro.

Un tremendo temblor se adueñó de su cuerpo. Se empapó en un sudor helado que lo hizo tiritar. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Era una pesadilla de la que no podía despertar? Consiguió una calma ínfima y, todavía temblando, se acercó a la estantería. El cuadro le esperaba amenazante. Lo cogió con los ojos cerrados visualizando la imagen en su mente. Estaba seguro de la escena que había pintada. Cuando lo miró estuvo a punto de desmayarse. Solo aparecía la chica, escoltada por el rubio y su representación. El presunto suicida también había desaparecido.

Lanzó el cuadro contra la pared en un arrebato de cólera y terror y se metió en el cuarto de baño. Abrió la ducha, con agua fría, y se metió dentro sin quitarse la ropa. Mientras el chorro helado le iba calando hasta las entrañas empezó a llorar. ¿Qué coño estaba pasando?

Cuando se desahogó, se quitó la ropa y terminó de ducharse con agua caliente. Eso lo relajó un poco y le permitió pensar. ¿El cuadro era algún tipo de sortilegio mágico que le estaba avisando de las futuras muertes de sus integrantes? No quería creerlo, pero algo en su interior le empujaba a admitir esa demente historia de hechicería y magia oscura.

Se vistió y se tomó una taza de chocolate caliente y un donut que lo esperaba paciente en la nevera. La comida siempre le calmaba. Mientras el líquido le iba adormeciendo los nervios, un siniestro pensamiento le derrumbó su placidez. ¿Y si no habían sido suicidios? ¿Y si alguien estaba asesinando a los personajes de la pintura? El cuadro parecía avisarle que el próximo en morir podría ser él. ¿Lo estaría avisando el propio asesino?

Volvió a coger el cuadro e intentó descifrar la cara de los otros dos personajes. Algo le seguía diciendo que los conocía, pero era incapaz de sacarlos de su memoria. Tenía que averiguar quiénes eran.

Con el cuadro en sus manos se dirigió de nuevo hacia el portátil. Le encantaba los juegos de búsqueda en Internet. Este sería el más difícil de su vida. Usando la apariencia física, intentando describir sus facciones, especificando la edad, el tipo de vestimenta, y todo lo que se le ocurrió, se metió en una febril búsqueda que le llevó varias horas. Pero no pudo encontrar nada. Había miles de personas con las mismas características que las que aparecían en la pintura. Cerró el portátil con pesadumbre y, abatido y exhausto, se fue a la cama sin cenar. A medianoche su estómago se lo recordaría.

Aunque pensó que no podría coger el sueño, el extremo cansancio que el estrés le había producido le hizo entrar en un duermevela que lo embutió en una deslavazada pesadilla. Nada en ella tenía sentido, excepto la chica del cuadro. Aparecía y desaparecía sin ninguna razón aparente. Llegó a un nivel de angustia que despertó enredado en la sábana, sudoroso y con el corazón en la boca. Pero ya creía saber de qué conocía a la joven del cuadro.

Se levantó, danto un salto y casi cayéndose por culpa de la sábana. Corrió hacia el salón y buscó enajenado en la estantería. Tiraba los libros al suelo con desprecio sin pensar en lo que los amaba. Al fin, encontró lo que buscaba. En una de las baldas, detrás de los libros, había un tubo de cartón. Dentro estaba la orla de su estancia en la universidad. Aunque no había conseguido terminar sus estudios, se había hecho la fotografía, como todos. La sacó histérico de su contenedor y la desenrolló sobre la mesa. Fue pasando el dedo por cada fotografía hasta que se paró sobre la de una chica. ¡Allí estaba! Joven, morena, atractiva. Sus rasgos eran inconfundibles. ¡Era ella! Debajo de la foto aparecía su nombre completo. Ahora sí lo tendría fácil para encontrarla en Internet.

Se arrojó sobre el portátil y no tardó en encontrarla. Aparecía en varias fotografías, durante una exposición de pintura, junto a algunos de los artistas. Buscó el nombre del salón de exposiciones y luego a los participantes del evento. ¡Bingo! Era nada más y nada menos que la directora del espacio ferial. Apuntó su dirección. Tenía que ponerse en contacto con ella y avisarla del peligro.

Pensó en salir corriendo a la calle y dirigirse hacia allí. Seguro que la encontraba trabajando. Sin embargo, era tal su estado de alteración que la chica en lugar de hacerle caso saldría corriendo asustada. No creía que se acordara de él, de la misma forma que él no la había reconocido en el cuadro. Se paró a pensar y decidió avisarla de otra manera. ¡Ya está! Le escribiría una carta contándoselo todo. Le pondría sus datos y teléfono para podérselo explicar mejor en persona. Pero era de vital importancia que se diera cuenta de la amenaza. ¡Iban a matarla!

Después de emborronar varias hojas, consiguió escribir una explicación verosímil. Debería evitar hablar del cuadro y sus premoniciones, eso le haría pensar que estaba loco —¿lo estaba?— y entonces no creería nada de lo que le intentaba contar. Firmó la carta y llamó a un servicio de mensajería urgente. Era lo más efectivo y rápido. No podía perder más tiempo.

Llegó el mensajero y se llevó la carta. Los instantes siguientes fueron demenciales. Se sentaba en el sofá. Se levantaba e iba a la cocina. Iba al cuarto de baño y se lavaba la cara. Regresaba al salón. Era una polilla encerrada dentro de un bote. Cada vez se alteraba más y sentía que se asfixiaba dentro de la casa. Sin embargo, no quería salir. La chica podía llamarlo por teléfono o irle a visitar. De todas formas, a dónde iba a ir. También él estaba amenazado de muerte. El sitio más seguro era su casa.

Por fin, después de unas horas eternas, escuchó ruidos en el pasillo exterior de la vivienda. Pisadas apresuradas se dirigían hacia su puerta. ¿Sería ella?

Unos monumentales golpes hicieron temblar la puerta.

—¡Policía, abra inmediatamente!

¿La policía? ¿Pero qué…? Claro, la chica había sido capaz de convencerlos de la gravedad de la situación. Después de leer la carta había decidido que era mejor poner el asunto en manos de los profesionales.

Abrió la puerta y la visión le congeló el saludo. El tipo rubio del cuadro, vestido de policía, estaba en la entrada de su casa, junto a dos agentes más de uniforme. Uno de ellos lo estampó contra la pared, le puso las esposas y le leyó sus derechos.

—Pero oigan, esto es un error, yo…

No lo dejaron hablar. Lo llevaron hasta el sofá y lo hicieron sentarse de un empellón.

—Está usted arrestado por acoso e intento de asesinato.

—¿Cómo? Oigan es a mí a quién quieren matar. Yo he intentado…

—¿Reconoce esta carta? —le preguntó el hombre del cuadro mostrándole los papeles que, efectivamente, él había escrito.

—Sí, claro. Era un aviso para la chica.

—¿Un aviso? ¿Querrá decir una amenaza?

—¿Amenaza? ¿Pero qué está diciendo? ¡La quieren matar!

—Es usted muy cínico, pero la carta es su confesión. Quería asustarla e incitarla al suicidio, como a los otros dos tipos. Sus intenciones han quedado claras.

—¿Mis intenciones? ¿Yo quiero salvarla? El cuadro, el cuadro… —gritó, intentando llegar hasta la estantería.

Uno de los agentes lo obligó a sentarse de nuevo, mientras el otro se acercaba a coger el cuadro de la librería. Lo miró con incredulidad y le dijo a su jefe.

—Es igual a los encontrados en las casas de los dos suicidas.

El rubio cogió el cuadro y se lo mostró a Marcus.

—¡¡¡No, no, noooo!!!

En la pintura se veía a su personaje abalanzándose sobre la chica, que gritaba y lloraba llena de pavor.

—Déjenos unos momentos solos —pidió el jefe a sus agentes. Luego, bajando la voz, se dirigió a un abatido y sumiso Marcus.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Ni de los tipos que mencionas en la carta. ¿Tan efectiva ha sido tu capacidad de olvidar? ¿Quieres hacerme creer que no recuerdas quiénes éramos y lo que le hicimos a esa chica? Se ha convertido en una maravillosa artista y está usando estos cuadros para hacernos recordar nuestra culpabilidad. Afortunadamente, después de leer tu carta, ha llamado a la policía y he podido hacerme yo con el caso. ¡Escúchame bien! Me ha costado mucho llegar a dónde estoy y ese estúpido incidente de juventud no va acabar con todo lo que he conseguido en mi vida. Tú vas a ser el cabeza de turco que cierre de una puta vez este incidente.

Marcus no podía hablar, el nudo que sentía en la garganta le amenazaba con asfixiarlo. Imágenes de aquel día empezaron a explotarle en la cabeza. Ahora recordaba nítidamente lo que había pasado. La vergüenza y el miedo le habían hecho ocultarlo en lo más hondo de su mente.

Se levantó del sofá y se abalanzó sobre el balcón que estaba abierto buscando algún modo de escapar. El tipo rubio lo siguió y consiguió alcanzarlo. Sin embargo, en el forcejeo, los dos terminaron cayendo al vacío. Los ocho pisos de altura les fueron suficientes para recordar cada minuto de su fechoría.

Mientras los agentes corrían horrorizados hacia el exterior, el cuadro volvía a cambiar su aparecía. Ahora aparecía la chica sola, sonriendo con lágrimas en los ojos. Abajo, la firma se hizo clara mostrando su nombre y una dedicatoria:

¡Venganza por Navidad!

Valga este relato como cuento Navideño y como respuesta a la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un cuento de navidad poco típico y que dé miedito.

El TERROR que se Adentra en el Bosque

Fotomontaje hecho con la falsa portada del libro.
En la imagen de la portada se ve a una niña y un niño (ella algo mayor que él) cogidos de la mano.
De espaldas a nosotros, contemplan una especie de casa- cripta, en un bosque oscuro y tenebroso.
Ella porta un violín y él una trompeta.
Todo queda tenuemente iluminado por una farola que está entre la casa y los niños.

Después de leer Hansel y Gretel, Caperucita Roja, Peter Pan, Aladino y otros doscientos cuentos inofensivos, como castigo y en lectura frenética, los hermanos Maja y Rones, haciendo honor a sus nombres, deciden adentrarse en el bosque Mash Ten Hebroso.

Pertrechados con sus armas más terroríficas, un violín y una trompeta (que se lo pregunten a sus vecinos), están decididos a encontrar a la bruja Koxaphea Konpelhos.

Desean ver cumplido su más ansiado sueño. Emigrar a un mundo fantástico-musical, porque aquí ya no hay quién los sopor… entienda.

La bruja es la llave de los doce mundos más uno. Un poco oxidada, pero todavía funcional.

El planeta Runforiulaif les espera, cándidamente acogedor, sin temerse la venida de su peor pesadilla.

¿Podrán convencer a la bruja antes de que esta huya y se recluya en un monasterio budista?

¿Podrán entrar al nuevo mundo sin que este se destruya de puro terror?

¿Será escrita alguna vez esta historia?

Pronto en las pantallas de sus móviles, tablets e incluso en Neshflin.

(Quién dice pronto, dice cuando termine la pandemia y podamos pasear sin mascarillas 🙄)

PD. La portada ha sido creada a partir de la imagen de Angeline01 en pixabay.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Noviembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Creadle un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

El Circo de la Bruma

Montaje realizado para la entrada.
Sobre un fondo de noche estrellada, se ve la carpa de un circo difuminado tras la bruma.
Una chica, con ojos luminosos, sostiene su preciosa cara entre sus manos (a la derecha). Lleva maquillados, tímidamente, ojos y labios como un clown.
Las líneas discontinuas de una carretera se simulan a la izquierda, teniendo como destino una luna llena, también difuminada.
Montaje realizado a partir de las imágenes de Antranias, Victoria_Borodinova, Duncan Miller, FelixMittermeier, (Pixabay)

Dentro solo se percibe soledad, cansancio, apatía, tristeza. Fuera, la oscuridad lo oprime y, esa infinita línea blanca que va saltando de forma constante, hipnotizándolo, le invita a dar una cabezada. Mantener los ojos abiertos es una batalla insufrible. De nuevo una noche de kilómetros de carretera. De nuevo una noche que se aleja de su familia. De nuevo una noche que falta a la promesa más importante de su vida. La promesa que les hizo a sus hijos.

«Es una reunión importantísima y no puedes faltar a ella», le había dicho su jefe y él, fiel esclavo de la empresa e ingenuo aspirante a un ascenso, se había despedido de su familia y se había vuelto a embarcar en un viaje de negocios hacia el otro confín del estado.

Esta vez ha sido el Halloween. Les había prometido a sus hijos acompañarlos en sus batidas de trato o truco. Pero igual que había pasado en los anteriores, y en otras fiestas, una llamada de teléfono había dado al traste con su promesa. No podía seguir así. Su trabajo era importante. Era el sustento de su familia y la oportunidad de aspirar a una vida más tranquila y cómoda, pero se estaba jugando algo mucho más primordial, el amor de sus hijos y la paciencia de su mujer.

Tan embargado estaba en sus pensamientos que no se había dado cuenta que una espesa niebla se había hecho dueña de la noche. Los faros del coche se reflejaban en esa cortina que le impedía ver con claridad a menos de un par de metros.

Creyendo divisar algo entre la bruma, frena bruscamente. Pone las luces de emergencia y baja la ventanilla. Intenta divisar algo, pero es casi imposible ver nada. Decide bajarse del coche aún a riesgo de ser atropellado. De pronto, unas siluetas apenas se hacen visibles. Con el titilar de los intermitentes se muestran como pequeñas figuras con andares ridículos. No los puede contar, pero está seguro que son muchos y empiezan a rodearle. Cuando uno de ellos se expone a los faros puede ver que es un enano. ¡No! No está seguro. Es un ser pequeño, que parece humano, pero está deforme y desfigurado. Se asemeja a los gnomos de los cuentos que lee su hija. Le tiende una mano y, ante su sorpresa, no tiene miedo. Se la coge y se adentra con él en la niebla. Los demás los envuelven y acompañan en una comitiva tenebrosa.

Sin darse cuenta, se están adentrando en el bosque al que cercenaba la carretera. Extrañas luces parecen señalarle el camino. Se detiene y las mira fijamente, al pasar cerca de ellas, viendo con asombro que son pequeñísimos seres luminiscentes que se mantienen en el aire con sus pequeñas alas. ¿Hadas? Debe haberse quedado dormido y está soñando. Un pinchazo en el trasero le hace continuar andando y pensar que duele demasiado para estar en un sueño.

De vez en cuando, ve unos extraños carteles que se hacen visibles de forma tenue y desaparecen rápidamente.

¿BUSCAS DIVERSIÓN?

¿QUIERES VIVIR EXPERIENCIAS FANTÁSTICAS?

¿TE GUSTARÍA PERTENECER A LA TROUPE MÁS INCREÍBLE NUNCA IMAGINADA?

Y finalmente, antes de salir a un inmenso claro del bosque, las hadas rodean un último cartel consiguiendo iluminarlo plenamente:

EL CIRCO DE LA BRUMA

Se queda embobado ante la belleza del anuncio, pero un nuevo empujón lo hace salir del bosque y contemplar una impresionante carpa llena de colores y un ensordecedor encanto.

La niebla sigue presente, no deja ver claramente nada, pero lo poco que atisba le hace estremecer. Una gran cantidad de figuras han ido apareciendo entre la bruma: Un perro que no ladra, ruge, porque su cabeza es claramente la de un león; una bella dama, vestida de gasas, que tiene grandísimos ojos de búho y manos y cola de rata; un caballo con cuernos de rinoceronte y orejas de elefante; un viejo, con chistera y bastón, del tamaño de una rata; un águila de dos metros de altura con cabeza de serpiente; un avestruz con dos cabezas humanas que no paran de parlotear…

Sin dejar de andar, se va adentrando en el pasillo que le van dejando y que le lleva ante una figura majestuosa que parece esperarle a la puerta del circo. Es una mujer de una belleza asombrosa. Sus ojos centellean con los colores del ópalo. Su mirada le hace olvidar el pavor y lo fascina. Su tez es exquisita y acaramelada. Su figura sinusoidal y sugerente.

—¡Bienvenido seas, desconocido! —Su voz es aterciopelada, dulce y susurrante.

Con el movimiento de las manos lo invita a entrar en la carpa. Su cuerpo se mueve involuntariamente y se adentra en un mundo, tan fantástico, lleno de magia y fantasía, que le hace dudar entre el sueño y la locura. Lo que ve es indescriptible, portentoso, deslumbrante, narcótico. Como un zootropo, las incesante secuencia de imágenes giran vertiginosas a su alrededor. Irrumpen en su cabeza y es incapaz de discernir la alienación que lo está invadiendo. Sin embargo, se siente feliz, reposado, cautivado por tanta belleza.

Ella le escolta y él percibe que van de la mano. Su calidez le genera una seguridad y una complacencia como hacía mucho que no sentía. Quizás, desde que era un niño y se refugiaba entre los brazos de su madre. Cuando la mira, su mente se queda en blanco y solo puede sonreír y seguir disfrutando de la alucinación que le embarga.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido, ni es capaz de reseñar todo lo que ha visto. Se encuentra de nuevo fuera de la carpa y todos, arracimados a su alrededor, parecen esperar algo.

La mujer está frente a él. Le coge las dos manos y le está hablando. Tarda unos segundos en poder volver a la realidad y prestarle atención.

—¡Tienes que elegir! —le está diciendo.

—¿Cómo? —contesta confundido—. No entiendo…

—Tienes que decidir si te quedas con nosotros o te vas. Has de hacer tu propia elección.

Su delicada voz y sus resplandecientes ojos lo tienen totalmente hechizado.

—Has podido vivir lo que significa pertenecer a nuestra familia. Sin embargo, solo tú puedes decidir si quieres formar parte de ella.

Por un instante, se siente aturdido. ¿Familia? ¿Pertenencia? ¡Él tiene la suya! Duda. ¿La tiene?

Inconscientemente, se mete la mano en el bolsillo buscando su pañuelo. Ha comenzado a sudar y temblar. Al sacarlo, su cartera cae al suelo. Abierta de par en par, muestra las fotos de sus hijos, sonrientes, bellos, inocentes. ¿Familia? Se repite a sí mismo. Vuelve a mirar a la mujer y también a todos los que lo rodean. Ya no ve figuras bellas, caras sonrientes, gestos amables.

—¡¡¡NOOO!!! —grita descontrolado y sale corriendo de nuevo hacia el bosque.

En una vorágine de emociones sigue desbocado y no se detiene hasta que sus temblorosas piernas y su punzante corazón lo obligan implacables. Sigue en medio de la niebla y no ve absolutamente nada a su alrededor. Está perdido, abandonado en medio de esa espesura. ¡No! En realidad está perdido en su propia vida.

Unas extrañas luces estroboscópicas llaman su atención. No tiene nada que perder porque cree haberlo perdido todo ya. Se dirige hacia ellas y comienza a escuchar unos murmullos.

—¡Ey! ¡Aquí está!

Unas manos lo cogen de los brazos, lo sacan del bosque y lo devuelven a la carretera. Varios vehículos están detenidos en ella.

—Parece desorientado y estaba deambulando por el bosque —exclama otra voz.

—¡Vamos! Tienes una herida en la frente y pareces conmocionado —le requiere otra.

Aturdido, ve como las luces se corresponden con un coche de policía y una ambulancia. Lo llevan hacia esta última. En un atisbo de lucidez, consigue ver su coche. Está empotrado contra un árbol.

—¡Te ha tocado la lotería del Halloween, amigo! —le susurra la voz amiga—. Ha sido tu día de suerte y parece que te han dado otra oportunidad.

—¿Otra oportunidad? —balbucea.

—¡Desde luego! ¡Menudo airbag debe tener tu coche, amigo! No sé cómo has podido salir de él y alejarte andando.

Cuando mira a los ojos del hombre, cree ver el destello del ópalo.

— El destino te invita a seguir viviendo. Con un poco de suerte, en unas horas estarás en tu casa y podrás disfrutar del Halloween con tu familia —le susurra.

La cara del médico se difumina porque las lágrimas se convierten en turbias cortinas.

Mientras lo acomodan en la camilla y, antes de que cierren la puerta, cree ver siluetas difusas, pequeñas y deformes en la niebla, que le dicen adiós.

La ambulancia arranca y solo piensa en una cosa.

¡Otra Oportunidad! ¡La Oportunidad de cambiar su vida!

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario especial Halloween
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia a partir de los datos del reto.

Abocado a la Muerte

Imagen, en forma de ilustración digital, del interior de una caja de madera. Más larga que ancha. Simulando un ataúd antiguo.
La vista está dirigida desde el interior de uno de sus lados más estrechos. Dónde iría la cabeza o los pies.
Imagen de PIRO4D (Pixabay)

Unos golpes estridentes me sacaron del sueño. La oscuridad era tan espesa que me aplastaba. Intenté levantar mis brazos, pero toparon con una superficie dura, rugosa y cerrada. Tampoco podía moverlos hacia los laterales. El lugar en dónde me encontraba era solo un poco más ancho que yo. Mis piernas tampoco disponían de espacio para moverse y el hormigueo las resucitaba lentamente, con dolor. Al reposar los brazos de nuevo, noté debajo de mí la humedad de la tierra. No obstante, la realidad me implosionó el cerebro. Estaba encerrado en una caja, ¿acaso un ataúd? ¿Ese era mi destino? ¿Ser enterrado vivo?

Mi cuerpo se empezó a bambolear. Me estaban transportando hacia algún lugar indefinido. Lo curioso de todo es que no sentía pánico. Ni siquiera miedo. Podría ser por efecto del tiempo que me había llevado durmiendo. Me encontraba tranquilo y descansado. Tampoco notaba la falta de oxígeno en el exiguo habitáculo. Sin embargo, mi boca empezó a sentirse seca y estrecha, como la caja.

Durante el trayecto, anduve entre la vigila y la ensoñación. Mi cuerpo se mantenía muerto. La mente, en cambio, se desbocaba entre imágenes inconexas y absurdas. El corazón, por otro lado, permanecía en el más tranquilo de los letargos. El estómago tampoco daba señales de actividad, pero la sed me secuestraba el conocimiento.

Cesó el movimiento y noté como depositaban la caja, suavemente, sobre alguna superficie, plana y equilibrada. El silencio seguía siendo burdo e incómodo, colmado por mis desordenados pensamientos. Nuevos ruidos me sacaron del sopor llenando el angosto espacio de mi cautiverio. Esperé angustiado que la tierra empezara a caer sobre el féretro y sepultara mi existencia. Sin embargo, después de una leve calma, tres enérgicos golpes llamaron sin esperar respuesta. Luego, volvió la tétrica paz.

Esperé unos eternos segundos y volví a empujar la tapa. Esta vez cedió fácilmente. Una estrecha fisura, en el lateral, fue dejando entrar una minúscula gota de claridad. Entorné los ojos, ante la mortal visión. Sin embargo, la tenue luz de las antorchas generaba en el entorno una placentera iluminación. Abrí del todo la caja y paladeé la noche.

Me incorporé y, no sin dificultades, salí del ataúd. Mirando a mi alrededor comprobé que estaba en un mausoleo, desierto y sombrío. De forma súbita y lacerante, los recuerdos invadieron mi cabeza, reorganizando mi memoria y mis vidas. Solo pararon cuando unas voces perturbaron el silente exterior.

Había llegado la hora de alimentarme.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
El protagonista de la historia se despierta en un lugar oscuro, desconocido y, aparentemente, encerrado. Hay que crear un relato que de respuestas a las preguntas que le asaltan.

El Destino de Rhaben Blackwings de Khaitan Southern

Rhaben no destaca por ninguna cualidad en particular. Es una niña como otra cualquiera. Le gusta jugar con sus amigas, pasear, leer e ir al cine de vez en cuando. Una de sus mayores pasiones son los pájaros. Se pasa horas y horas hablando con ellos. En el jardín, en el parque, en el bosque. Sería una afición normal y corriente, si no fuera porque parece que estos la escuchan y, según ella, le contestan.

Tras una inesperada y grandísima tormenta, el carácter de Rhaben ha cambiado. Anda despistada, pensativa e irritable. Habla de extrañas profecías y oscuras leyendas. Sus amigas se han apartado de ella y hasta su familia empieza a preocuparse.

Sus amigos, los pájaros, parecen haber emigrado y están siendo sustituidos por cuervos. Ella se empeña en asegurar que estos le cuentan cosas terribles que pronto se harán realidad. Todos creen que se está volviendo loca.

Solo cuando extraños sucesos empiezan a cambiar la vida cotidiana del pueblo saltarán las alarmas y sus conciudadanos querrán buscar su ayuda. Sin embargo, puede que ya sea demasiado tarde.

¿Podrá Rhaben cambiar la suerte del mundo? ¿Será ella la salvación de la humanidad o su condena?

Tal vez, los cuervos tengan las respuestas correctas.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Secundario de Diciembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Cread un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

Navidad Redimida

«Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

»Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

»Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo… »

… no tendría que andar una gran distancia, pero el peso de mi mochila y la nieve, que me cubría los tobillos, me harían más ardua la travesía. La breve luminosidad de las farolas y la ausencia de luna, escondida entre negras nubes, me envolvía en un ambiente lúgubre y ominoso. En los rincones sombríos de las callejuelas parecían escucharse los gemidos de tenebrosas criaturas. Hasta mi aliento, congelado por el frío, parecía burlarse delante de mí, dibujando borrosas figuras fantasmales. Iba a ser una noche muy divertida.

Después de varios interminables minutos, dónde me creí desorientado, llegué a la monumental puerta. Era totalmente negra y decorada, en sus jambas de piedra, por las figuras de espeluznantes criaturas. En una de sus hojas se había tallado una cabeza, mitad humana, mitad feérica, con la boca abierta. Este era el primero de mis objetivos. Busqué en uno de los bolsillos de mi mochila y saqué dos monedas de aspecto antiquísimo. A pesar del gélido clima, emanaban un cálido tacto que aumentaba al aproximarlas a la puerta. No me lo pensé y, con ellas en la palma de la mano, metí el puño en la boca de la escultural cabeza. Durante unos eternos segundos no ocurrió nada, pero, cuando pensaba que me habían engañado con la legitimidad de las piezas, los ojos del pétreo rostro se abrieron y su boca se cerró atrapándome por la muñeca.

Me sobresaltó aunque no llegué a asustarme, conocía el ritual. No puedo asegurar que algo o alguien me estuviera acariciando la mano desde el interior, pero la sensación era desagradable y sucia. Las figuras que, como centinelas, rodeaban la puerta, parecían cobrar vida. No quise prestarles atención y me acerqué despacio, pero decidido. Saqué un papiro de mi mochila y leí susurrando, a lo que debían ser sus oídos, la siguiente salmodia:

Los ojos de la imagen empezaron a dar vueltas y se quedaron bizcos. Me miraron fijamente durante unos instantes y se volvieron a cerrar adoptando la pose inicial. Su boca se abrió dejando libre mi mano. La saqué inmediatamente y comprobé que las monedas habían desaparecido. Acto seguido, las dos hojas se fueron abriendo, muy lentamente, dejando ver el misterioso interior del recinto.

Un letrero, también tallado en piedra, mostraba el nombre del lugar:

Mis investigaciones habían sido acertadas. Fueron muchos años de búsquedas infructuosas e inacabables, pero ahora estaba en el lugar indicado para la conclusión de mi penosa odisea. Rebusqué en mi mochila y extraje una gruesa y blanca vela y el segundo papiro. Una inoportuna brisa empezó a revolotear a mi alrededor haciendo dificultosa la labor de encender el cirio. Sin embargo, también estaba preparado para esto. Coloqué la vela en la palma de mi mano izquierda y, mojando los dedos de la derecha con saliva, enderecé el pabilo. Coloqué la hoja sobre él, sin tocarlo, y empecé a leer otra estrofa:

Lentamente, la mecha de la vela comenzó a arder iluminando toda la entrada y revelando varios pasillos que penetraban obscenamente en las oscuras entrañas de la necrópolis. El silencio era ensordecedor y mis pisadas lo profanaban violentamente. Las lápidas cubrían por completo las paredes de los corredores, desde el suelo al techo, creando ajedrezados tableros de muerte y reposo. Todas eran negras y, con la escasa luminosidad de la vela, parecían idénticas. Ningún dibujo, ningún grabado, ningún nombre. Se presentaban como una urbe de anónimos finados. Solo unos sencillos números, tímidamente esbozados, identificaban al morador de cada habitáculo. Nunca un lugar podría parecer más pacífico y solitario, sin embargo, al avanzar entre las tumbas, no podía evitar la extraña sensación de que me observaban.

Volví a hacer uso de mi memoria y recordé el itinerario que llegaba hasta el corazón del cementerio. Cogí el pasillo de la izquierda caminando recto hasta la primera bifurcación que giraba a la derecha, para coger luego otra vez a la derecha. Llegaba a una diminuta plazuela donde me esperaba la asombrosa figura de un Makara. La parte superior correspondía a un elefante, con los colmillos de oro; la parte trasera era un delfín, hecho de Peridoto, que iluminado por la vela creaba un arcoíris imposible que llenaba de reflejos verdosos todo el espacio. Un guardián inerte al que debía entregar otra ofrenda. Según la leyenda, debías evitar embaucarte en su belleza, podrías quedarte petrificado contemplándola eternamente. Le coloqué una aguamarina en una de las aletas que asemejaba un cuenco. Esto no activó ninguna puerta secreta ni siquiera modificó la disposición de los pasillos, era simplemente un acto simbólico reclamado por la leyenda. Sin embargo, no quiso obviarlo para evitar posibles sorpresas indeseables. Debía respetar las normas ceremoniales y rendir pleitesía al consagrado lugar.

Sorteé la figura y proseguí el siguiente pasaje formado por dos pasillos que componían una uve invertida. Desemboqué en otra plazuela donde se erigía un Wendigo. Una gigantesca bestia de figura humanoide y cabeza de ciervo. Sus grandes y terroríficos dientes acrecentaban la leyenda del devorador carnívoro. Sin embargo, el mayor peligro era su mirada. Dos impresionantes rubíes, rojo sanguíneo, sustituían a sus ojos. Decían las antiguas historias de los pueblos algonquinos que si te fijabas en ellos quedarías a merced de su voraz apetito. Sus inmensas garras se presentaban en actitud implorante. No lo hice esperar. Hurgué de nuevo en mi mochila y le puse entre sus garras un feto, cuya procedencia nunca desvelaré. Sin mirar, ni de reojo, su semblante, lo dejé a mi derecha y anduve el pasillo final que discurría totalmente recto hasta terminar en un jardín circular, plantado de abundante césped de color rojo y formando una pequeña colina.

Cogí la cuerda y creé con ella un recinto circular cerrado, concéntrico con el mismo borde del jardín. Me adentré en él, coloqué la vela en el centro y puse la mochila abierta sobre el suelo. Metí mis manos en ella y extraje con sumo cuidado el elemento final de mi misión: una dulce, tierna y simpática oveja de peluche ataviada con un sombrero rojo. La puse junto a la vela y me dispuse a iniciar la fase final de mi aventura. Saqué el tercer y último papiro del interior de mi mochila. Me arrodillé, delante de la figura. Realicé varias inspiraciones profundas y canté a dos voces el texto:

Con la culminación de la última nota, la oveja abrió sus ojos y empezó a balar ruidosamente. Me acerqué a ella y la volví a coger en mis brazos. Sin demora ni indecisión cogí mi puñal y se lo clavé en el pecho. Dejó de balitar, pero solo dio un par de gemidos. La volví a depositar rápidamente sobre el césped y me aparté de ella. Un espeso humo comenzó a salir por todos los poros del muñeco para ascender creando formas etéreas. Con un fogonazo, el animal se prendió y una llamarada lo hizo desaparecer haciendo todavía más espesa la humareda. Durante unos segundos las volutas de niebla fueron creando extrañas figuras que danzaron en el aire. Caras horrendas, aparecían y desaparecían con rictus de burla y locura. Surgían brazos y piernas configurando un ser multiforme sin aspecto definido. Danzaba y gritaba, girando en un torbellino de terror. Poco a poco, todos los miembros y caras fueron desapareciendo hasta conformar un solo cuerpo. Una mujer, desnuda y temblorosa, se hizo nítida cuando la niebla desapareció. Tendría unos treinta años, una larga melena morena y hermosas y bellas curvas. Saqué deprisa una capa grande y gruesa de mi mochila y la envolví con ella. Cuando entró en calor, le susurré con ternura:

—Natividad, ya eres libre, ¡miramé!

Abrió sus grandes y bellos ojos negros y me miró con dulzura y gratitud. Me dio en los labios un beso cálido y prolongado y me dijo:

—¡Al fin lo has conseguido! Me has liberado de la maldición. Cinco interminables años dentro de esa estúpida oveja. Has gastado todo tu dinero, tus energías y tus años de vida. ¿Y para qué?

—¿Para qué, mi amor? —Su semblante cambiaba paulatinamente y sus ojos…—. ¡Te has redimido de tus pecados!

—¿¡Mis pecados!? —Ahora sí que sus ojos daban miedo. Se habían vuelto totalmente negros. En lugar de mirarme parecía que me estuviera extrayendo la vida.

—Pero Natividad… Nati… Navidad… ¡Te he salvado!

—¿¡Salvado!? —Todo su cuerpo se estremecía entre espasmos violentos, al mismo tiempo que reía—. Navidad no tiene salvación, ¡idiota!

Su risa era histérica, violenta y estridente. Sus carcajadas resonaban en cada lápida y se multiplicaban propagándose por los pasillos. Su pelo se blanqueaba convirtiéndose en pajizo y andrajoso, alargándose indefinidamente, queriendo alcanzar el suelo. Su piel iba envejeciendo por instantes, adhiriéndose a sus huesos hasta convertirla en un inmundo esqueleto.

—Los pecados me consumieron hace ya mucho tiempo y me hicieron hipócrita, usurera, mustia, despiadada… —Su voz había perdido todo rastro de dulzura. Ahora era un sonido horrible que arañaba las tripas y reventaba los oídos—. Ya no soy la ilusa que arrancaba sonrisas y convertía en felices las desgraciadas vidas de los inocentes. Ahora me dedico a atraer a los insensatos como tú, para convertirlos en despojos humanos que terminarán el año ebrios, sebosos y endeudados de por vida.

Mientras hablaba, las tumbas crujían y las lápidas chirriaban al desplazarse de su sitio. Por los pasillos se oían pisadas que no auguraban agradables visitantes. Las astas del Wendigo se vislumbraban ya entrando en la plazuela y no creo que tardara mucho en aparecer, también, el Makara. Mis días parecían contados. A menos que…

Me abalancé rápidamente hacia mi mochila y busqué dentro. Sí, también tenía prevista esta eventualidad. Podía ser un amante impulsivo e ingenuo, pero no un estúpido mitógrafo. Saqué una enorme campanilla sujeta a una robusta cuerda roja, como las que portan las ovejas al cuello para poder ser localizadas. Sí, era una mochila mágica y guardaba muchas sorpresas.

—¿Sabes? Eres patético —me escupió el ahora decrépito esperpento—. ¿Crees que vas a poder ponerme eso al cuello para convertirme otra vez en oveja?

Lo dicho. A veces es bueno parecer estúpido. Ni pretendía colocársela como collar al escandaloso vejestorio, ni hacerla sonar como una campana cualquiera. La campanilla no tenía badajo. Su sonido no era de este mundo y tampoco necesitaba activarse con ninguna salmodia. Empecé a moverla compulsivamente y, por supuesto, no sonó. Parecía que no sonaba, pero los pilares que soportaban el techo empezaron a vibrar. Grandes grietas comenzaron a amenazar la sostenibilidad de la necrópolis. Las lápidas terminaron por abrirse, cayendo estrepitosamente contra el suelo. Piedra, polvo y huesos se unieron en una mezcolanza imprecisa. El esqueleto gritaba, el Wendigo bramaba y el Kamara… no puedo describir lo que hacía porque me olvidé de ellos y emprendí la huida.

¿Cómo conseguí escapar de aquella debacle? Esa es una historia sin interés que no precisa ser contada. Solo necesitáis saber que logré escapar, no sin algunos daños colaterales y bastantes magulladuras. No logré salvar mi Navidad. Tampoco ella quiso salvarse. Sin embargo, si por algo me caracterizo es por mi tozudez y perseverancia. Por eso me hallo aquí, con un ridículo gorrito, como el que llevaba la oveja, vestido de rojo y gritando ¡jo jo jo!

Aunque no creáis en mí, haced como si así fuera. ¿Qué podéis perder? Puede que seáis cínicos, hipócritas y hasta estúpidos engreídos, pero al menos durante un mes parecéis felices, queréis ser felices y contagiáis esa felicidad. El problema no es de la Navidad. El problema es vuestro, porque cuando llega el nuevo año os olvidáis de ese sentimiento. Creedme, podéis intentar ser felices en cualquier época del año.

No estoy aquí para redimir la Navidad. Estoy aquí para redimiros a vosotros.

Imagen de ArtTower (pixabay)

Relato escrito para el reto VadeReto de diciembre de 2019 de este mismo blog.
Estas son las condiciones propuestas:
– Incluye las tres imágenes dentro de la historia.
– Continúa el relato dónde el reto lo ha dejado.