Un Cadáver a la Mesa

Imagen de un rincón de un bosque en dónde se ven dos árboles. Uno delante, grande e imponente, con las ramas, también grandes como en un inmenso abanico. El otro árbol tiene las mismas características, pero aparece más pequeño en la perspectiva. Ambos crean una especie de burbuja de aire que engloba la escena y sus troncos, de forma que el verde de las hojas se transforma en marco de la escena y la fotografía.
Imagen de Jplenio en pixabay.

«Al fin llegué a los pies de aquella impresionante y antiquísima deidad. Su anchura me limitaba todo el horizonte y se elevaba de forma tan indefinida que parecía perderse más allá del firmamento.
El silencio era tan intenso que dañaba a los sentidos. Solo mi corazón se empeñaba en querer quebrantarlo. La quietud era tan profunda que ni la más tenue brisa se atrevía a perturbarla.
Con un hondo suspiro hinqué mi rodilla ante ella. Agaché la cabeza y le dediqué la plegaria que desde pequeño me habían inculcado. Deposité mi carga en el suelo y le agradecí su protección y vitalidad para la consecución de mi misión.
Me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que me había encadenado durante tanto tiempo y sentí ganas de salir volando.
Allí quedaron solos, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.
...»

Emprendí el camino de regreso hacia mi cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver luces iluminando sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado del bosque. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, has tardado mucho hoy en buscar la leña —me dijo ella nada más verme.

Como siempre que regresaba, me mostraba la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara toda mi negrura interior. Respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—No le he sentido desde esta mañana. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro que no está afuera contemplando la salida de su querida amiga, la luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¿Qué te pasa? Te noto muy cansado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo esta cenita que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante corazón.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido mucha leña? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Ha dicho la radio que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara o de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, denotaba que la había abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para mañana; las noticias que había escuchado en la radio; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

La veía hablar, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente. Sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Incluso, luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la leyenda. Desenterré sus huesos y los llevé hasta la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

Este mini relato es mi propuesta para el VadeReto de este mes.
El Reto consiste en continuar el texto que aparece al principio, sobre fondo sombreado: «Al fin llegué a los pies…»

Tras la Máscara

Montaje a partir de la Imagen de Willgard Krause en pixabay.

Siempre iba con una máscara cubriendo su aparente fealdad. Nadie había conseguido atisbar sus facciones. Se sentía encarcelado más allá del instrumento que le ocultaba su identidad. Nunca se miró en un espejo, ni siquiera en la superficie de las cristalinas aguas del lago. Era su maldición desde que tenía razón de existencia y lo llevaba con amargura, pero con determinación. Cada cual debía aceptar su destino.

Un día al pasar por la plaza mayor, no se percató y se vio entrometido en una pelea. No participó en ella, pero un mal golpe dirigido a la persona equivocada le rompió la máscara y quedó expuesto a todos. Al verle, salieron corriendo horrorizados. Se sintió la persona más miserable y repugnante del mundo.

Intentó regresar al refugio de su casa. Escondiéndose entre callejones y esquinas. Evitando encararse con nadie. Huyendo de los reflejos como del fuego. Sin embargo, al intentar esquivar a un grupo de viandantes, terminó enfrentado a un escaparate.

Lo que vio no le asustó. No le causó vergüenza. No le pareció siguiera desagradable. Sus facciones eran bellas y proporcionadas. Dulces y hermosas. Sus ojos reflejaban vida y su boca una sonrisa que iluminaba todo su entorno.

En ese momento descubrió que no lo habían enmascarado porque fuera horrible, sino para que no avergonzara con su belleza la fealdad de los demás.

Este minirelato es mi aportación para el reto de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika.
El correspondiente al Desafío Literario de Enero 2021: Syn Opsis“.

El Cuadro

Montaje a partir de las imágenes de Ractapopulous (Pixabay) y Intographics (Pixabay)

Las calles vestidas de blanco recibían como cada año la Navidad. La gente se mostraba sonriente y se deseaba felicidad. «Todo hipocresía» pensó Marcus mientras llegaba al portal de su casa. Subió en el viciado aire del ascensor y caminó por el angosto y triste pasillo hasta su piso. Cuando fue a abrir la puerta se dio cuenta que en el suelo, apoyado en ella, había un paquete. Era liviano, cuadrado y parecía haber sido envuelto con premura y sin demasiado cuidado. No tenía remite ni dirección. Sin embargo, era el único residente en esa planta, tenía que ser para él. Lo recogió y entró en su apartamento.

Su casa era pequeña, vivía solo y lo tenía amueblado con lo imprescindible. Cuantos menos muebles, menos trastos para limpiar. Un pequeño salón, la cocina y un más pequeño dormitorio con acceso a un cuarto de aseo. Para él era suficiente, no necesitaba más espacio. Aunque no le hubiera venido mal un salón un poco más grande. La pared que enfrentaba a la entrada era su rincón más preciado. Una librería la ocupaba por completo. De tabique a tabique y del suelo hasta el techo. Decenas de libros se agolpaban en sus estantes que amenazaban con romperse y causar un alud de páginas llenas de historias. Era su única posesión y riqueza, aunque dudaba que de ponerlos a la venta consiguiera obtener mucha ganancia en caso de necesidad. Pero era su tesoro.

Dejó el paquete con desdén sobre una mesita y, sin abrirlo, se dirigió a la cocina para prepararse el almuerzo. No le hizo caso hasta la tarde, cuando volvió a topar con él. No era curioso por naturaleza. Además, se encontraba muy cansado y hambriento. Cuando el estómago le mandaba señales no había otra prioridad en su vida que intentar callarlo.

Después de comer, se sentó en el sofá y su feliz estómago le produjo un dulce sopor. Al despertar de una cabezada divisó el paquete. Ahora sí que le urgió la curiosidad ¿Qué era y quién se lo había mandado? No podía ser un regalo de Navidad. Había perdido el contacto con sus pocos amigos y la familia quedaba lejos y olvidada. Tampoco esperaba ningún pedido. Se afanaba en hacer sus compras en el comercio local. Sus principales gastos, además de la comida y las necesidades básicas, los dedicaba en la búsqueda de nuevos libros. Había descubierto una librería muy coqueta no muy lejos de su casa. La Ratonera. Era muy pequeña, pero tenía un ambiente cálido y acogedor. Además, siempre lo trataban con mucha amabilidad y atención. Le encantaba perderse entre sus escasas estanterías. Si buscaba algún libro que no se encontraba en ellas, se afanaban en buscárselo y traérselo. No necesitaba pedirlo por Internet.

Lo más misterioso del paquete era su anonimato. Ninguna señal daba pistas de su procedencia. No sin dificultad, consiguió abrirlo. Era un cuadro. Una pintura al óleo encerrado en un modesto marco. Cinco personas lo contemplaban misteriosamente desde el lienzo. Cuatro hombres y una mujer, que se situaba en el centro. Parecía una instantánea fotográfica que mostrara el ambiente festivo de una reunión. Sonreían y adelantaban sus vasos en un amago de brindis. La chica, morena y guapa, no sonreía. Ladeaba ligeramente la cara hacia el personaje más a la derecha. Un barbudo pelirrojo de prominente barriga. A su lado, un chico rubio de brillante sonrisa parecía reír la gracia que había soltado el amigo. En el otro lado de la escena, un chico de poco pelo y perilla burlesca mostraba cierto aspecto displicente. Pero quién más atrajo su atención fue el último personaje de la izquierda. Se parecía asombrosamente a él. Moreno, bien vestido y con esa media sonrisa que siempre encantaba a las mujeres.

Miró más detenidamente los rostros de los demás personajes de la pintura. Sus rasgos le resultaban vagamente conocidos, pero no podía recordarlos. La escena, sin embargo, no aparecía en su memoria. El pintor lo habría dibujado simulando la fiesta. En la esquina inferior derecha aparecía su firma, aunque era ilegible. Un mero garabato. Desistió de recordar nada. No sabía por qué, pero la escena, los colores, los rostros, cada detalle del cuadro le causaba fascinación. En lugar de deshacerse de él, lo puso en uno de los huecos de la librería y se volvió a olvidar de su existencia.

Dos días más tarde, mientras ojeaba entre páginas web en su ordenador, una noticia captó su atención. Un abogado de gran fama y prestigio había caído delante del metro justo cuando este llegaba a la estación. La teoría más evidente era el suicidio, aunque no se descartaba que algún cliente insatisfecho pudiera haberlo empujado. La fotografía le impactó como un puñetazo. En la imagen se podía ver a un hombre, de la misma edad que él, pelirrojo y con una esplendorosa barba. De forma fulminante, el personaje del cuadro le vino a la mente.

Salió corriendo y cogió la pintura. Para su sorpresa, la figura que buscaba había desaparecido. ¡No era posible! Ahora, en medio de la fiesta, solo se veía a la chica con los otros tres hombres. Ella ya no miraba al desaparecido pelirrojo, dedicaba su despechada y triste cara hacia el tipo de la perilla. Este, el rubio y el que tanto se parecía a él, mantenían la misma pose. ¿Qué mierda estaba pasando?

Volvió a mirar la fotografía que aparecía en el monitor. Cerró los ojos e intentó visualizar la imagen del cuadro. Tenía memoria fotográfica y en su mente lo veía. El parecido era tremendo. No, no. Su mente le estaba gastando una macabra broma. Desarmó el marco intentando ver algún truco en la pintura, pero solo estaba el lienzo. De hecho, la acuarela parecía estar todavía húmeda.

Volvió a montar el marco y dejó la pintura en la estantería. «Tiene que haber sido una estúpida ilusión óptica» No ha cambiado nada en la pintura. Lo miró en la resaca de la comida y la somnolencia de la siesta y creyó ver lo que no era. ¡No iba a darle más vueltas! Ya tenía bastantes problemas encima para volverse loco con estúpidas suposiciones mágicas.

Intentó olvidarse del cuadro y, unos días después, cuando parecía que lo había conseguido, escuchó a dos mujeres hablando en el supermercado. Un afamado músico había aparecido flotando en las aguas de la Magna Fontana. El dilema entre el suicidio y un desgraciado accidente, era el debate que las hacía hablar con exaltada vehemencia. Este se extendía hasta las redes sociales dónde decenas de teorías causaban el delirio de los “expertos” que daban sus indolentes opiniones. Una idea le hizo estremecerse. ¿Otro posible suicidio? Salió presuroso sin preguntarles nada. Cuando llegó a su casa se abalanzó sobre su portátil y buscó con apremio la noticia. Cuando la encontró, ni siquiera leyó el texto del artículo, se lanzó en busca de la fotografía del músico. Gritó de horror. Era el tipo de la perilla que aparecía en el cuadro.

Un tremendo temblor se adueñó de su cuerpo. Se empapó en un sudor helado que lo hizo tiritar. ¿Se estaba volviendo loco? ¿Era una pesadilla de la que no podía despertar? Consiguió una calma ínfima y, todavía temblando, se acercó a la estantería. El cuadro le esperaba amenazante. Lo cogió con los ojos cerrados visualizando la imagen en su mente. Estaba seguro de la escena que había pintada. Cuando lo miró estuvo a punto de desmayarse. Solo aparecía la chica, escoltada por el rubio y su representación. El presunto suicida también había desaparecido.

Lanzó el cuadro contra la pared en un arrebato de cólera y terror y se metió en el cuarto de baño. Abrió la ducha, con agua fría, y se metió dentro sin quitarse la ropa. Mientras el chorro helado le iba calando hasta las entrañas empezó a llorar. ¿Qué coño estaba pasando?

Cuando se desahogó, se quitó la ropa y terminó de ducharse con agua caliente. Eso lo relajó un poco y le permitió pensar. ¿El cuadro era algún tipo de sortilegio mágico que le estaba avisando de las futuras muertes de sus integrantes? No quería creerlo, pero algo en su interior le empujaba a admitir esa demente historia de hechicería y magia oscura.

Se vistió y se tomó una taza de chocolate caliente y un donut que lo esperaba paciente en la nevera. La comida siempre le calmaba. Mientras el líquido le iba adormeciendo los nervios, un siniestro pensamiento le derrumbó su placidez. ¿Y si no habían sido suicidios? ¿Y si alguien estaba asesinando a los personajes de la pintura? El cuadro parecía avisarle que el próximo en morir podría ser él. ¿Lo estaría avisando el propio asesino?

Volvió a coger el cuadro e intentó descifrar la cara de los otros dos personajes. Algo le seguía diciendo que los conocía, pero era incapaz de sacarlos de su memoria. Tenía que averiguar quiénes eran.

Con el cuadro en sus manos se dirigió de nuevo hacia el portátil. Le encantaba los juegos de búsqueda en Internet. Este sería el más difícil de su vida. Usando la apariencia física, intentando describir sus facciones, especificando la edad, el tipo de vestimenta, y todo lo que se le ocurrió, se metió en una febril búsqueda que le llevó varias horas. Pero no pudo encontrar nada. Había miles de personas con las mismas características que las que aparecían en la pintura. Cerró el portátil con pesadumbre y, abatido y exhausto, se fue a la cama sin cenar. A medianoche su estómago se lo recordaría.

Aunque pensó que no podría coger el sueño, el extremo cansancio que el estrés le había producido le hizo entrar en un duermevela que lo embutió en una deslavazada pesadilla. Nada en ella tenía sentido, excepto la chica del cuadro. Aparecía y desaparecía sin ninguna razón aparente. Llegó a un nivel de angustia que despertó enredado en la sábana, sudoroso y con el corazón en la boca. Pero ya creía saber de qué conocía a la joven del cuadro.

Se levantó, danto un salto y casi cayéndose por culpa de la sábana. Corrió hacia el salón y buscó enajenado en la estantería. Tiraba los libros al suelo con desprecio sin pensar en lo que los amaba. Al fin, encontró lo que buscaba. En una de las baldas, detrás de los libros, había un tubo de cartón. Dentro estaba la orla de su estancia en la universidad. Aunque no había conseguido terminar sus estudios, se había hecho la fotografía, como todos. La sacó histérico de su contenedor y la desenrolló sobre la mesa. Fue pasando el dedo por cada fotografía hasta que se paró sobre la de una chica. ¡Allí estaba! Joven, morena, atractiva. Sus rasgos eran inconfundibles. ¡Era ella! Debajo de la foto aparecía su nombre completo. Ahora sí lo tendría fácil para encontrarla en Internet.

Se arrojó sobre el portátil y no tardó en encontrarla. Aparecía en varias fotografías, durante una exposición de pintura, junto a algunos de los artistas. Buscó el nombre del salón de exposiciones y luego a los participantes del evento. ¡Bingo! Era nada más y nada menos que la directora del espacio ferial. Apuntó su dirección. Tenía que ponerse en contacto con ella y avisarla del peligro.

Pensó en salir corriendo a la calle y dirigirse hacia allí. Seguro que la encontraba trabajando. Sin embargo, era tal su estado de alteración que la chica en lugar de hacerle caso saldría corriendo asustada. No creía que se acordara de él, de la misma forma que él no la había reconocido en el cuadro. Se paró a pensar y decidió avisarla de otra manera. ¡Ya está! Le escribiría una carta contándoselo todo. Le pondría sus datos y teléfono para podérselo explicar mejor en persona. Pero era de vital importancia que se diera cuenta de la amenaza. ¡Iban a matarla!

Después de emborronar varias hojas, consiguió escribir una explicación verosímil. Debería evitar hablar del cuadro y sus premoniciones, eso le haría pensar que estaba loco —¿lo estaba?— y entonces no creería nada de lo que le intentaba contar. Firmó la carta y llamó a un servicio de mensajería urgente. Era lo más efectivo y rápido. No podía perder más tiempo.

Llegó el mensajero y se llevó la carta. Los instantes siguientes fueron demenciales. Se sentaba en el sofá. Se levantaba e iba a la cocina. Iba al cuarto de baño y se lavaba la cara. Regresaba al salón. Era una polilla encerrada dentro de un bote. Cada vez se alteraba más y sentía que se asfixiaba dentro de la casa. Sin embargo, no quería salir. La chica podía llamarlo por teléfono o irle a visitar. De todas formas, a dónde iba a ir. También él estaba amenazado de muerte. El sitio más seguro era su casa.

Por fin, después de unas horas eternas, escuchó ruidos en el pasillo exterior de la vivienda. Pisadas apresuradas se dirigían hacia su puerta. ¿Sería ella?

Unos monumentales golpes hicieron temblar la puerta.

—¡Policía, abra inmediatamente!

¿La policía? ¿Pero qué…? Claro, la chica había sido capaz de convencerlos de la gravedad de la situación. Después de leer la carta había decidido que era mejor poner el asunto en manos de los profesionales.

Abrió la puerta y la visión le congeló el saludo. El tipo rubio del cuadro, vestido de policía, estaba en la entrada de su casa, junto a dos agentes más de uniforme. Uno de ellos lo estampó contra la pared, le puso las esposas y le leyó sus derechos.

—Pero oigan, esto es un error, yo…

No lo dejaron hablar. Lo llevaron hasta el sofá y lo hicieron sentarse de un empellón.

—Está usted arrestado por acoso e intento de asesinato.

—¿Cómo? Oigan es a mí a quién quieren matar. Yo he intentado…

—¿Reconoce esta carta? —le preguntó el hombre del cuadro mostrándole los papeles que, efectivamente, él había escrito.

—Sí, claro. Era un aviso para la chica.

—¿Un aviso? ¿Querrá decir una amenaza?

—¿Amenaza? ¿Pero qué está diciendo? ¡La quieren matar!

—Es usted muy cínico, pero la carta es su confesión. Quería asustarla e incitarla al suicidio, como a los otros dos tipos. Sus intenciones han quedado claras.

—¿Mis intenciones? ¿Yo quiero salvarla? El cuadro, el cuadro… —gritó, intentando llegar hasta la estantería.

Uno de los agentes lo obligó a sentarse de nuevo, mientras el otro se acercaba a coger el cuadro de la librería. Lo miró con incredulidad y le dijo a su jefe.

—Es igual a los encontrados en las casas de los dos suicidas.

El rubio cogió el cuadro y se lo mostró a Marcus.

—¡¡¡No, no, noooo!!!

En la pintura se veía a su personaje abalanzándose sobre la chica, que gritaba y lloraba llena de pavor.

—Déjenos unos momentos solos —pidió el jefe a sus agentes. Luego, bajando la voz, se dirigió a un abatido y sumiso Marcus.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? Ni de los tipos que mencionas en la carta. ¿Tan efectiva ha sido tu capacidad de olvidar? ¿Quieres hacerme creer que no recuerdas quiénes éramos y lo que le hicimos a esa chica? Se ha convertido en una maravillosa artista y está usando estos cuadros para hacernos recordar nuestra culpabilidad. Afortunadamente, después de leer tu carta, ha llamado a la policía y he podido hacerme yo con el caso. ¡Escúchame bien! Me ha costado mucho llegar a dónde estoy y ese estúpido incidente de juventud no va acabar con todo lo que he conseguido en mi vida. Tú vas a ser el cabeza de turco que cierre de una puta vez este incidente.

Marcus no podía hablar, el nudo que sentía en la garganta le amenazaba con asfixiarlo. Imágenes de aquel día empezaron a explotarle en la cabeza. Ahora recordaba nítidamente lo que había pasado. La vergüenza y el miedo le habían hecho ocultarlo en lo más hondo de su mente.

Se levantó del sofá y se abalanzó sobre el balcón que estaba abierto buscando algún modo de escapar. El tipo rubio lo siguió y consiguió alcanzarlo. Sin embargo, en el forcejeo, los dos terminaron cayendo al vacío. Los ocho pisos de altura les fueron suficientes para recordar cada minuto de su fechoría.

Mientras los agentes corrían horrorizados hacia el exterior, el cuadro volvía a cambiar su aparecía. Ahora aparecía la chica sola, sonriendo con lágrimas en los ojos. Abajo, la firma se hizo clara mostrando su nombre y una dedicatoria:

¡Venganza por Navidad!

Valga este relato como cuento Navideño y como respuesta a la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un cuento de navidad poco típico y que dé miedito.

El TERROR que se Adentra en el Bosque

Fotomontaje hecho con la falsa portada del libro.
En la imagen de la portada se ve a una niña y un niño (ella algo mayor que él) cogidos de la mano.
De espaldas a nosotros, contemplan una especie de casa- cripta, en un bosque oscuro y tenebroso.
Ella porta un violín y él una trompeta.
Todo queda tenuemente iluminado por una farola que está entre la casa y los niños.

Después de leer Hansel y Gretel, Caperucita Roja, Peter Pan, Aladino y otros doscientos cuentos inofensivos, como castigo y en lectura frenética, los hermanos Maja y Rones, haciendo honor a sus nombres, deciden adentrarse en el bosque Mash Ten Hebroso.

Pertrechados con sus armas más terroríficas, un violín y una trompeta (que se lo pregunten a sus vecinos), están decididos a encontrar a la bruja Koxaphea Konpelhos.

Desean ver cumplido su más ansiado sueño. Emigrar a un mundo fantástico-musical, porque aquí ya no hay quién los sopor… entienda.

La bruja es la llave de los doce mundos más uno. Un poco oxidada, pero todavía funcional.

El planeta Runforiulaif les espera, cándidamente acogedor, sin temerse la venida de su peor pesadilla.

¿Podrán convencer a la bruja antes de que esta huya y se recluya en un monasterio budista?

¿Podrán entrar al nuevo mundo sin que este se destruya de puro terror?

¿Será escrita alguna vez esta historia?

Pronto en las pantallas de sus móviles, tablets e incluso en Neshflin.

(Quién dice pronto, dice cuando termine la pandemia y podamos pasear sin mascarillas 🙄)

PD. La portada ha sido creada a partir de la imagen de Angeline01 en pixabay.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Noviembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Creadle un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

El Circo de la Bruma

Montaje realizado para la entrada.
Sobre un fondo de noche estrellada, se ve la carpa de un circo difuminado tras la bruma.
Una chica, con ojos luminosos, sostiene su preciosa cara entre sus manos (a la derecha). Lleva maquillados, tímidamente, ojos y labios como un clown.
Las líneas discontinuas de una carretera se simulan a la izquierda, teniendo como destino una luna llena, también difuminada.
Montaje realizado a partir de las imágenes de Antranias, Victoria_Borodinova, Duncan Miller, FelixMittermeier, (Pixabay)

Dentro solo se percibe soledad, cansancio, apatía, tristeza. Fuera, la oscuridad lo oprime y, esa infinita línea blanca que va saltando de forma constante, hipnotizándolo, le invita a dar una cabezada. Mantener los ojos abiertos es una batalla insufrible. De nuevo una noche de kilómetros de carretera. De nuevo una noche que se aleja de su familia. De nuevo una noche que falta a la promesa más importante de su vida. La promesa que les hizo a sus hijos.

«Es una reunión importantísima y no puedes faltar a ella», le había dicho su jefe y él, fiel esclavo de la empresa e ingenuo aspirante a un ascenso, se había despedido de su familia y se había vuelto a embarcar en un viaje de negocios hacia el otro confín del estado.

Esta vez ha sido el Halloween. Les había prometido a sus hijos acompañarlos en sus batidas de trato o truco. Pero igual que había pasado en los anteriores, y en otras fiestas, una llamada de teléfono había dado al traste con su promesa. No podía seguir así. Su trabajo era importante. Era el sustento de su familia y la oportunidad de aspirar a una vida más tranquila y cómoda, pero se estaba jugando algo mucho más primordial, el amor de sus hijos y la paciencia de su mujer.

Tan embargado estaba en sus pensamientos que no se había dado cuenta que una espesa niebla se había hecho dueña de la noche. Los faros del coche se reflejaban en esa cortina que le impedía ver con claridad a menos de un par de metros.

Creyendo divisar algo entre la bruma, frena bruscamente. Pone las luces de emergencia y baja la ventanilla. Intenta divisar algo, pero es casi imposible ver nada. Decide bajarse del coche aún a riesgo de ser atropellado. De pronto, unas siluetas apenas se hacen visibles. Con el titilar de los intermitentes se muestran como pequeñas figuras con andares ridículos. No los puede contar, pero está seguro que son muchos y empiezan a rodearle. Cuando uno de ellos se expone a los faros puede ver que es un enano. ¡No! No está seguro. Es un ser pequeño, que parece humano, pero está deforme y desfigurado. Se asemeja a los gnomos de los cuentos que lee su hija. Le tiende una mano y, ante su sorpresa, no tiene miedo. Se la coge y se adentra con él en la niebla. Los demás los envuelven y acompañan en una comitiva tenebrosa.

Sin darse cuenta, se están adentrando en el bosque al que cercenaba la carretera. Extrañas luces parecen señalarle el camino. Se detiene y las mira fijamente, al pasar cerca de ellas, viendo con asombro que son pequeñísimos seres luminiscentes que se mantienen en el aire con sus pequeñas alas. ¿Hadas? Debe haberse quedado dormido y está soñando. Un pinchazo en el trasero le hace continuar andando y pensar que duele demasiado para estar en un sueño.

De vez en cuando, ve unos extraños carteles que se hacen visibles de forma tenue y desaparecen rápidamente.

¿BUSCAS DIVERSIÓN?

¿QUIERES VIVIR EXPERIENCIAS FANTÁSTICAS?

¿TE GUSTARÍA PERTENECER A LA TROUPE MÁS INCREÍBLE NUNCA IMAGINADA?

Y finalmente, antes de salir a un inmenso claro del bosque, las hadas rodean un último cartel consiguiendo iluminarlo plenamente:

EL CIRCO DE LA BRUMA

Se queda embobado ante la belleza del anuncio, pero un nuevo empujón lo hace salir del bosque y contemplar una impresionante carpa llena de colores y un ensordecedor encanto.

La niebla sigue presente, no deja ver claramente nada, pero lo poco que atisba le hace estremecer. Una gran cantidad de figuras han ido apareciendo entre la bruma: Un perro que no ladra, ruge, porque su cabeza es claramente la de un león; una bella dama, vestida de gasas, que tiene grandísimos ojos de búho y manos y cola de rata; un caballo con cuernos de rinoceronte y orejas de elefante; un viejo, con chistera y bastón, del tamaño de una rata; un águila de dos metros de altura con cabeza de serpiente; un avestruz con dos cabezas humanas que no paran de parlotear…

Sin dejar de andar, se va adentrando en el pasillo que le van dejando y que le lleva ante una figura majestuosa que parece esperarle a la puerta del circo. Es una mujer de una belleza asombrosa. Sus ojos centellean con los colores del ópalo. Su mirada le hace olvidar el pavor y lo fascina. Su tez es exquisita y acaramelada. Su figura sinusoidal y sugerente.

—¡Bienvenido seas, desconocido! —Su voz es aterciopelada, dulce y susurrante.

Con el movimiento de las manos lo invita a entrar en la carpa. Su cuerpo se mueve involuntariamente y se adentra en un mundo, tan fantástico, lleno de magia y fantasía, que le hace dudar entre el sueño y la locura. Lo que ve es indescriptible, portentoso, deslumbrante, narcótico. Como un zootropo, las incesante secuencia de imágenes giran vertiginosas a su alrededor. Irrumpen en su cabeza y es incapaz de discernir la alienación que lo está invadiendo. Sin embargo, se siente feliz, reposado, cautivado por tanta belleza.

Ella le escolta y él percibe que van de la mano. Su calidez le genera una seguridad y una complacencia como hacía mucho que no sentía. Quizás, desde que era un niño y se refugiaba entre los brazos de su madre. Cuando la mira, su mente se queda en blanco y solo puede sonreír y seguir disfrutando de la alucinación que le embarga.

No sabe cuánto tiempo ha transcurrido, ni es capaz de reseñar todo lo que ha visto. Se encuentra de nuevo fuera de la carpa y todos, arracimados a su alrededor, parecen esperar algo.

La mujer está frente a él. Le coge las dos manos y le está hablando. Tarda unos segundos en poder volver a la realidad y prestarle atención.

—¡Tienes que elegir! —le está diciendo.

—¿Cómo? —contesta confundido—. No entiendo…

—Tienes que decidir si te quedas con nosotros o te vas. Has de hacer tu propia elección.

Su delicada voz y sus resplandecientes ojos lo tienen totalmente hechizado.

—Has podido vivir lo que significa pertenecer a nuestra familia. Sin embargo, solo tú puedes decidir si quieres formar parte de ella.

Por un instante, se siente aturdido. ¿Familia? ¿Pertenencia? ¡Él tiene la suya! Duda. ¿La tiene?

Inconscientemente, se mete la mano en el bolsillo buscando su pañuelo. Ha comenzado a sudar y temblar. Al sacarlo, su cartera cae al suelo. Abierta de par en par, muestra las fotos de sus hijos, sonrientes, bellos, inocentes. ¿Familia? Se repite a sí mismo. Vuelve a mirar a la mujer y también a todos los que lo rodean. Ya no ve figuras bellas, caras sonrientes, gestos amables.

—¡¡¡NOOO!!! —grita descontrolado y sale corriendo de nuevo hacia el bosque.

En una vorágine de emociones sigue desbocado y no se detiene hasta que sus temblorosas piernas y su punzante corazón lo obligan implacables. Sigue en medio de la niebla y no ve absolutamente nada a su alrededor. Está perdido, abandonado en medio de esa espesura. ¡No! En realidad está perdido en su propia vida.

Unas extrañas luces estroboscópicas llaman su atención. No tiene nada que perder porque cree haberlo perdido todo ya. Se dirige hacia ellas y comienza a escuchar unos murmullos.

—¡Ey! ¡Aquí está!

Unas manos lo cogen de los brazos, lo sacan del bosque y lo devuelven a la carretera. Varios vehículos están detenidos en ella.

—Parece desorientado y estaba deambulando por el bosque —exclama otra voz.

—¡Vamos! Tienes una herida en la frente y pareces conmocionado —le requiere otra.

Aturdido, ve como las luces se corresponden con un coche de policía y una ambulancia. Lo llevan hacia esta última. En un atisbo de lucidez, consigue ver su coche. Está empotrado contra un árbol.

—¡Te ha tocado la lotería del Halloween, amigo! —le susurra la voz amiga—. Ha sido tu día de suerte y parece que te han dado otra oportunidad.

—¿Otra oportunidad? —balbucea.

—¡Desde luego! ¡Menudo airbag debe tener tu coche, amigo! No sé cómo has podido salir de él y alejarte andando.

Cuando mira a los ojos del hombre, cree ver el destello del ópalo.

— El destino te invita a seguir viviendo. Con un poco de suerte, en unas horas estarás en tu casa y podrás disfrutar del Halloween con tu familia —le susurra.

La cara del médico se difumina porque las lágrimas se convierten en turbias cortinas.

Mientras lo acomodan en la camilla y, antes de que cierren la puerta, cree ver siluetas difusas, pequeñas y deformes en la niebla, que le dicen adiós.

La ambulancia arranca y solo piensa en una cosa.

¡Otra Oportunidad! ¡La Oportunidad de cambiar su vida!

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario especial Halloween
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia a partir de los datos del reto.

Abocado a la Muerte

Imagen, en forma de ilustración digital, del interior de una caja de madera. Más larga que ancha. Simulando un ataúd antiguo.
La vista está dirigida desde el interior de uno de sus lados más estrechos. Dónde iría la cabeza o los pies.
Imagen de PIRO4D (Pixabay)

Unos golpes estridentes me sacaron del sueño. La oscuridad era tan espesa que me aplastaba. Intenté levantar mis brazos, pero toparon con una superficie dura, rugosa y cerrada. Tampoco podía moverlos hacia los laterales. El lugar en dónde me encontraba era solo un poco más ancho que yo. Mis piernas tampoco disponían de espacio para moverse y el hormigueo las resucitaba lentamente, con dolor. Al reposar los brazos de nuevo, noté debajo de mí la humedad de la tierra. No obstante, la realidad me implosionó el cerebro. Estaba encerrado en una caja, ¿acaso un ataúd? ¿Ese era mi destino? ¿Ser enterrado vivo?

Mi cuerpo se empezó a bambolear. Me estaban transportando hacia algún lugar indefinido. Lo curioso de todo es que no sentía pánico. Ni siquiera miedo. Podría ser por efecto del tiempo que me había llevado durmiendo. Me encontraba tranquilo y descansado. Tampoco notaba la falta de oxígeno en el exiguo habitáculo. Sin embargo, mi boca empezó a sentirse seca y estrecha, como la caja.

Durante el trayecto, anduve entre la vigila y la ensoñación. Mi cuerpo se mantenía muerto. La mente, en cambio, se desbocaba entre imágenes inconexas y absurdas. El corazón, por otro lado, permanecía en el más tranquilo de los letargos. El estómago tampoco daba señales de actividad, pero la sed me secuestraba el conocimiento.

Cesó el movimiento y noté como depositaban la caja, suavemente, sobre alguna superficie, plana y equilibrada. El silencio seguía siendo burdo e incómodo, colmado por mis desordenados pensamientos. Nuevos ruidos me sacaron del sopor llenando el angosto espacio de mi cautiverio. Esperé angustiado que la tierra empezara a caer sobre el féretro y sepultara mi existencia. Sin embargo, después de una leve calma, tres enérgicos golpes llamaron sin esperar respuesta. Luego, volvió la tétrica paz.

Esperé unos eternos segundos y volví a empujar la tapa. Esta vez cedió fácilmente. Una estrecha fisura, en el lateral, fue dejando entrar una minúscula gota de claridad. Entorné los ojos, ante la mortal visión. Sin embargo, la tenue luz de las antorchas generaba en el entorno una placentera iluminación. Abrí del todo la caja y paladeé la noche.

Me incorporé y, no sin dificultades, salí del ataúd. Mirando a mi alrededor comprobé que estaba en un mausoleo, desierto y sombrío. De forma súbita y lacerante, los recuerdos invadieron mi cabeza, reorganizando mi memoria y mis vidas. Solo pararon cuando unas voces perturbaron el silente exterior.

Había llegado la hora de alimentarme.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
El protagonista de la historia se despierta en un lugar oscuro, desconocido y, aparentemente, encerrado. Hay que crear un relato que de respuestas a las preguntas que le asaltan.

El Destino de Rhaben Blackwings de Khaitan Southern

Rhaben no destaca por ninguna cualidad en particular. Es una niña como otra cualquiera. Le gusta jugar con sus amigas, pasear, leer e ir al cine de vez en cuando. Una de sus mayores pasiones son los pájaros. Se pasa horas y horas hablando con ellos. En el jardín, en el parque, en el bosque. Sería una afición normal y corriente, si no fuera porque parece que estos la escuchan y, según ella, le contestan.

Tras una inesperada y grandísima tormenta, el carácter de Rhaben ha cambiado. Anda despistada, pensativa e irritable. Habla de extrañas profecías y oscuras leyendas. Sus amigas se han apartado de ella y hasta su familia empieza a preocuparse.

Sus amigos, los pájaros, parecen haber emigrado y están siendo sustituidos por cuervos. Ella se empeña en asegurar que estos le cuentan cosas terribles que pronto se harán realidad. Todos creen que se está volviendo loca.

Solo cuando extraños sucesos empiezan a cambiar la vida cotidiana del pueblo saltarán las alarmas y sus conciudadanos querrán buscar su ayuda. Sin embargo, puede que ya sea demasiado tarde.

¿Podrá Rhaben cambiar la suerte del mundo? ¿Será ella la salvación de la humanidad o su condena?

Tal vez, los cuervos tengan las respuestas correctas.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Secundario de Diciembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Cread un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

Navidad Redimida

«Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

»Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

»Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo… »

… no tendría que andar una gran distancia, pero el peso de mi mochila y la nieve, que me cubría los tobillos, me harían más ardua la travesía. La breve luminosidad de las farolas y la ausencia de luna, escondida entre negras nubes, me envolvía en un ambiente lúgubre y ominoso. En los rincones sombríos de las callejuelas parecían escucharse los gemidos de tenebrosas criaturas. Hasta mi aliento, congelado por el frío, parecía burlarse delante de mí, dibujando borrosas figuras fantasmales. Iba a ser una noche muy divertida.

Después de varios interminables minutos, dónde me creí desorientado, llegué a la monumental puerta. Era totalmente negra y decorada, en sus jambas de piedra, por las figuras de espeluznantes criaturas. En una de sus hojas se había tallado una cabeza, mitad humana, mitad feérica, con la boca abierta. Este era el primero de mis objetivos. Busqué en uno de los bolsillos de mi mochila y saqué dos monedas de aspecto antiquísimo. A pesar del gélido clima, emanaban un cálido tacto que aumentaba al aproximarlas a la puerta. No me lo pensé y, con ellas en la palma de la mano, metí el puño en la boca de la escultural cabeza. Durante unos eternos segundos no ocurrió nada, pero, cuando pensaba que me habían engañado con la legitimidad de las piezas, los ojos del pétreo rostro se abrieron y su boca se cerró atrapándome por la muñeca.

Me sobresaltó aunque no llegué a asustarme, conocía el ritual. No puedo asegurar que algo o alguien me estuviera acariciando la mano desde el interior, pero la sensación era desagradable y sucia. Las figuras que, como centinelas, rodeaban la puerta, parecían cobrar vida. No quise prestarles atención y me acerqué despacio, pero decidido. Saqué un papiro de mi mochila y leí susurrando, a lo que debían ser sus oídos, la siguiente salmodia:

Los ojos de la imagen empezaron a dar vueltas y se quedaron bizcos. Me miraron fijamente durante unos instantes y se volvieron a cerrar adoptando la pose inicial. Su boca se abrió dejando libre mi mano. La saqué inmediatamente y comprobé que las monedas habían desaparecido. Acto seguido, las dos hojas se fueron abriendo, muy lentamente, dejando ver el misterioso interior del recinto.

Un letrero, también tallado en piedra, mostraba el nombre del lugar:

Mis investigaciones habían sido acertadas. Fueron muchos años de búsquedas infructuosas e inacabables, pero ahora estaba en el lugar indicado para la conclusión de mi penosa odisea. Rebusqué en mi mochila y extraje una gruesa y blanca vela y el segundo papiro. Una inoportuna brisa empezó a revolotear a mi alrededor haciendo dificultosa la labor de encender el cirio. Sin embargo, también estaba preparado para esto. Coloqué la vela en la palma de mi mano izquierda y, mojando los dedos de la derecha con saliva, enderecé el pabilo. Coloqué la hoja sobre él, sin tocarlo, y empecé a leer otra estrofa:

Lentamente, la mecha de la vela comenzó a arder iluminando toda la entrada y revelando varios pasillos que penetraban obscenamente en las oscuras entrañas de la necrópolis. El silencio era ensordecedor y mis pisadas lo profanaban violentamente. Las lápidas cubrían por completo las paredes de los corredores, desde el suelo al techo, creando ajedrezados tableros de muerte y reposo. Todas eran negras y, con la escasa luminosidad de la vela, parecían idénticas. Ningún dibujo, ningún grabado, ningún nombre. Se presentaban como una urbe de anónimos finados. Solo unos sencillos números, tímidamente esbozados, identificaban al morador de cada habitáculo. Nunca un lugar podría parecer más pacífico y solitario, sin embargo, al avanzar entre las tumbas, no podía evitar la extraña sensación de que me observaban.

Volví a hacer uso de mi memoria y recordé el itinerario que llegaba hasta el corazón del cementerio. Cogí el pasillo de la izquierda caminando recto hasta la primera bifurcación que giraba a la derecha, para coger luego otra vez a la derecha. Llegaba a una diminuta plazuela donde me esperaba la asombrosa figura de un Makara. La parte superior correspondía a un elefante, con los colmillos de oro; la parte trasera era un delfín, hecho de Peridoto, que iluminado por la vela creaba un arcoíris imposible que llenaba de reflejos verdosos todo el espacio. Un guardián inerte al que debía entregar otra ofrenda. Según la leyenda, debías evitar embaucarte en su belleza, podrías quedarte petrificado contemplándola eternamente. Le coloqué una aguamarina en una de las aletas que asemejaba un cuenco. Esto no activó ninguna puerta secreta ni siquiera modificó la disposición de los pasillos, era simplemente un acto simbólico reclamado por la leyenda. Sin embargo, no quiso obviarlo para evitar posibles sorpresas indeseables. Debía respetar las normas ceremoniales y rendir pleitesía al consagrado lugar.

Sorteé la figura y proseguí el siguiente pasaje formado por dos pasillos que componían una uve invertida. Desemboqué en otra plazuela donde se erigía un Wendigo. Una gigantesca bestia de figura humanoide y cabeza de ciervo. Sus grandes y terroríficos dientes acrecentaban la leyenda del devorador carnívoro. Sin embargo, el mayor peligro era su mirada. Dos impresionantes rubíes, rojo sanguíneo, sustituían a sus ojos. Decían las antiguas historias de los pueblos algonquinos que si te fijabas en ellos quedarías a merced de su voraz apetito. Sus inmensas garras se presentaban en actitud implorante. No lo hice esperar. Hurgué de nuevo en mi mochila y le puse entre sus garras un feto, cuya procedencia nunca desvelaré. Sin mirar, ni de reojo, su semblante, lo dejé a mi derecha y anduve el pasillo final que discurría totalmente recto hasta terminar en un jardín circular, plantado de abundante césped de color rojo y formando una pequeña colina.

Cogí la cuerda y creé con ella un recinto circular cerrado, concéntrico con el mismo borde del jardín. Me adentré en él, coloqué la vela en el centro y puse la mochila abierta sobre el suelo. Metí mis manos en ella y extraje con sumo cuidado el elemento final de mi misión: una dulce, tierna y simpática oveja de peluche ataviada con un sombrero rojo. La puse junto a la vela y me dispuse a iniciar la fase final de mi aventura. Saqué el tercer y último papiro del interior de mi mochila. Me arrodillé, delante de la figura. Realicé varias inspiraciones profundas y canté a dos voces el texto:

Con la culminación de la última nota, la oveja abrió sus ojos y empezó a balar ruidosamente. Me acerqué a ella y la volví a coger en mis brazos. Sin demora ni indecisión cogí mi puñal y se lo clavé en el pecho. Dejó de balitar, pero solo dio un par de gemidos. La volví a depositar rápidamente sobre el césped y me aparté de ella. Un espeso humo comenzó a salir por todos los poros del muñeco para ascender creando formas etéreas. Con un fogonazo, el animal se prendió y una llamarada lo hizo desaparecer haciendo todavía más espesa la humareda. Durante unos segundos las volutas de niebla fueron creando extrañas figuras que danzaron en el aire. Caras horrendas, aparecían y desaparecían con rictus de burla y locura. Surgían brazos y piernas configurando un ser multiforme sin aspecto definido. Danzaba y gritaba, girando en un torbellino de terror. Poco a poco, todos los miembros y caras fueron desapareciendo hasta conformar un solo cuerpo. Una mujer, desnuda y temblorosa, se hizo nítida cuando la niebla desapareció. Tendría unos treinta años, una larga melena morena y hermosas y bellas curvas. Saqué deprisa una capa grande y gruesa de mi mochila y la envolví con ella. Cuando entró en calor, le susurré con ternura:

—Natividad, ya eres libre, ¡miramé!

Abrió sus grandes y bellos ojos negros y me miró con dulzura y gratitud. Me dio en los labios un beso cálido y prolongado y me dijo:

—¡Al fin lo has conseguido! Me has liberado de la maldición. Cinco interminables años dentro de esa estúpida oveja. Has gastado todo tu dinero, tus energías y tus años de vida. ¿Y para qué?

—¿Para qué, mi amor? —Su semblante cambiaba paulatinamente y sus ojos…—. ¡Te has redimido de tus pecados!

—¿¡Mis pecados!? —Ahora sí que sus ojos daban miedo. Se habían vuelto totalmente negros. En lugar de mirarme parecía que me estuviera extrayendo la vida.

—Pero Natividad… Nati… Navidad… ¡Te he salvado!

—¿¡Salvado!? —Todo su cuerpo se estremecía entre espasmos violentos, al mismo tiempo que reía—. Navidad no tiene salvación, ¡idiota!

Su risa era histérica, violenta y estridente. Sus carcajadas resonaban en cada lápida y se multiplicaban propagándose por los pasillos. Su pelo se blanqueaba convirtiéndose en pajizo y andrajoso, alargándose indefinidamente, queriendo alcanzar el suelo. Su piel iba envejeciendo por instantes, adhiriéndose a sus huesos hasta convertirla en un inmundo esqueleto.

—Los pecados me consumieron hace ya mucho tiempo y me hicieron hipócrita, usurera, mustia, despiadada… —Su voz había perdido todo rastro de dulzura. Ahora era un sonido horrible que arañaba las tripas y reventaba los oídos—. Ya no soy la ilusa que arrancaba sonrisas y convertía en felices las desgraciadas vidas de los inocentes. Ahora me dedico a atraer a los insensatos como tú, para convertirlos en despojos humanos que terminarán el año ebrios, sebosos y endeudados de por vida.

Mientras hablaba, las tumbas crujían y las lápidas chirriaban al desplazarse de su sitio. Por los pasillos se oían pisadas que no auguraban agradables visitantes. Las astas del Wendigo se vislumbraban ya entrando en la plazuela y no creo que tardara mucho en aparecer, también, el Makara. Mis días parecían contados. A menos que…

Me abalancé rápidamente hacia mi mochila y busqué dentro. Sí, también tenía prevista esta eventualidad. Podía ser un amante impulsivo e ingenuo, pero no un estúpido mitógrafo. Saqué una enorme campanilla sujeta a una robusta cuerda roja, como las que portan las ovejas al cuello para poder ser localizadas. Sí, era una mochila mágica y guardaba muchas sorpresas.

—¿Sabes? Eres patético —me escupió el ahora decrépito esperpento—. ¿Crees que vas a poder ponerme eso al cuello para convertirme otra vez en oveja?

Lo dicho. A veces es bueno parecer estúpido. Ni pretendía colocársela como collar al escandaloso vejestorio, ni hacerla sonar como una campana cualquiera. La campanilla no tenía badajo. Su sonido no era de este mundo y tampoco necesitaba activarse con ninguna salmodia. Empecé a moverla compulsivamente y, por supuesto, no sonó. Parecía que no sonaba, pero los pilares que soportaban el techo empezaron a vibrar. Grandes grietas comenzaron a amenazar la sostenibilidad de la necrópolis. Las lápidas terminaron por abrirse, cayendo estrepitosamente contra el suelo. Piedra, polvo y huesos se unieron en una mezcolanza imprecisa. El esqueleto gritaba, el Wendigo bramaba y el Kamara… no puedo describir lo que hacía porque me olvidé de ellos y emprendí la huida.

¿Cómo conseguí escapar de aquella debacle? Esa es una historia sin interés que no precisa ser contada. Solo necesitáis saber que logré escapar, no sin algunos daños colaterales y bastantes magulladuras. No logré salvar mi Navidad. Tampoco ella quiso salvarse. Sin embargo, si por algo me caracterizo es por mi tozudez y perseverancia. Por eso me hallo aquí, con un ridículo gorrito, como el que llevaba la oveja, vestido de rojo y gritando ¡jo jo jo!

Aunque no creáis en mí, haced como si así fuera. ¿Qué podéis perder? Puede que seáis cínicos, hipócritas y hasta estúpidos engreídos, pero al menos durante un mes parecéis felices, queréis ser felices y contagiáis esa felicidad. El problema no es de la Navidad. El problema es vuestro, porque cuando llega el nuevo año os olvidáis de ese sentimiento. Creedme, podéis intentar ser felices en cualquier época del año.

No estoy aquí para redimir la Navidad. Estoy aquí para redimiros a vosotros.

Imagen de ArtTower (pixabay)

Relato escrito para el reto VadeReto de diciembre de 2019 de este mismo blog.
Estas son las condiciones propuestas:
– Incluye las tres imágenes dentro de la historia.
– Continúa el relato dónde el reto lo ha dejado.

La Maldición de la Casa Ludwig

Se acercaba el fin de año y las telarañas lucían espléndidas en mi oficina. En mi cabeza empezaba a dar vueltas el fantasma del cambio de trabajo. De investigador de lo paranormal a husmeador de parejas con problemas. Esos fueron mis comienzos y me aterraba volver a ellos, pero si no conseguía trabajo pronto, tendría que aprender a vivir como los camaleones. ¡Joder! Tener que volver a perseguir, espiar y fotografiar maridos y esposas de cornudos. Lancé un grandísimo suspiro e hice una súplica a San Philippo Marlowe de todos los Santos. Del susto me caí de la silla al suelo, eso me pasa por adoptar posturas de película. El teléfono empezó a sonar como un descosido. Luchando por quitarme la silla de encima, para llegar hasta el móvil que estaba encima del escritorio, conseguí cogerlo antes de que el llamante se cansara y colgara.

—¿Diiigaaa? —Me temo que mi voz salió sin ningún disimulo.

—¿Se encuentra usted bien? —dijo alguien al otro lado del teléfono.

—Eh, sí, sí. Es que me ha cogido usted haciendo mis ejercicios matinales —mentí descaradamente.

—¿Matinales? ¡Si son las cinco de la tarde! —¡Vaya! Llamaba un tiquismiquis.

—Sí, claro, ya lo sé. Pero como mi trabajo se desarrolla por las noches, esta es mi mañana —le dije sin acritud, pero también con un poco de mosqueo—. ¿Me llama usted para algo más en particular o solo para interesarse por mi rutina cotidiana?

—¡Oh, usted disculpe si le parecí grosero! Pensaba que le había cogido en mal momento. —Esta conversación se estaba poniendo complicada. Tendría que darle un empujón para que soltara la lengua.

—Nada, tranquilo hombre. Estaba de bromas. Dígame usted cuál es el motivo de su amable llamada.

—Bueno… verá… es difícil de explicar… yo… —Por los clavos del ataúd de Drácula. Me estaba empezando a sacar de quicio. Me carcomía la curiosidad. Necesitaba, urgentemente, averiguar si me habían llamado para un trabajo o para venderme una enciclopedia. Ahora, ¡¡¡como me estén llamando para cambiarme de teléfono!!! ¡Es que lo estrangulo con el cable del teléfono! Sí, ya. Es un móvil. Tranquilidad Jeancló, o como diría mi primo del sur ¡karma, musha karma!

—Caballero, hable usted sin tapujos. Estoy acostumbrado a los casos más esotéricos, extraños y extravagantes que se pueda imaginar. ¡Cuénteme! Por favor.

—Vale. Se lo cuento todo ahora mismo. Soy el alcalde de Hartosya

—¿Hartos de usted? —No lo pude evitar. Su lentitud con la exposición de su problema me estaba matando los nervios.

—¿¡Cómo!?

—Nada, nada. Pensaba en voz alta. Por favor, siga usted, que la intriga me corroe.

—Mire, creo que es mejor que venga usted aquí y se lo explique en persona. —¡La madre que lo parió!

—Bueno, no hay ningún problema por mi parte, pero tendrá usted que decirme de qué trabajo se trata. Si de trabajo se trata, claro.

—¡Oh, perdón! Es que estoy muy nervioso. Le quiero hablar sobre la Mansión de los Ludwig. —Algo me implosionó en el cerebro.

—¿Se refiere a los Porfden… Profen… Forpiden…? —le pregunté, tartamudeando, sin terminar de pronunciar correctamente tan complicado apellido. Cuando se juntan más de dos consonantes se me hace un nudo en la lengua.

—Efectivamente, señor, los Ludwig von der Pfordten. —Creí notar un poco de recochineo en el modo de pronunciar “perfectamente” el apellido alemán—. Ya no podemos aguantar más y dicen que es usted la persona adecuada para desentrañar su misterio y darnos, por fin, paz y tranquilidad.

Había escuchado hablar de esa mansión muchas veces y se me hacía la boca agua solo con verme allí dentro, indagando entre sus ruinas. Era una de las casas encantadas más famosas del país. Se habían establecido tantas teorías sobre ella como para llenar varias decenas de libros, pero ninguna se había demostrado. Era el santo grial del mundo paranormal.

—¿Y dice usted que es un trabajo para mí? —le espeté para cerciorarme de que pensaban pagarme. Qué hay mucho listo suelto por ahí pidiendo favores.

—Si usted lo acepta, desde luego señor. Estamos dispuestos a pagar sus altos honorarios para que nos libre de su maldición.

¿Había dicho “altos honorarios”? ¿Quién me había recomendado, mi ángel de la guarda?

—Por supuesto que lo acepto, señor alcalde. Cojo ahora mismo mi equipo y me voy para allá. En unas horas me tendrá usted en su pueblo. En persona, física y espiritualmente. —La última chanza debería habérmela tragado. Creí escuchar un ligero gritito al otro lado del teléfono.

* * * * *

Aquí estoy, en Hartosya… del alcalde, de la mansión y vete tú a saber de cuántas cosas más.

Afortunadamente, el viaje no ha sido accidentado, mi coche es bastante viejo, un Volkswagen Beetle del 90, una auténtica reliquia, pero suele tener la costumbre de dejarme tirado en la carretera o darme algún que otro susto. Es algo más que un coche para mí. Aunque tenga que dejarlo aparcado en la acera para contemplarlo embelesado desde mi ventana, no pienso deshacerme de él nunca. Eso sí, el GPS de mi móvil es muy cachondo y me ha obligado a hacer un viaje turístico por toda la zona, antes de llevarme definitivamente al “maldito” pueblo de los Hartosya, donde me esperaba el locuaz alcalde.

La reunión no ha durado demasiado, el alcalde, junto con dos de sus concejales, me ha recibido muy amablemente y me ha contado sus grandes problemas con la mansión. O como ellos lo llaman “todo lo que tenemos que soportar”. Resumiendo: Aunque la mansión lleva abandonada desde hace decenas de años, a las doce de la noche en punto, las campanas de la capilla empiezan a sonar. Es tanto el escándalo que producen que todo el pueblo se pone de los nervios, por mucho que se lo esperen. Nadie se acerca, ni de día ni de noche, a las inmediaciones del inmueble. Dicen que no es raro ver sombras o caras por los cristales de las ventanas y, a veces, estos acaban reventando. Se escuchan gritos, risas y golpes. Algunos aldeanos no han podido soportarlo y se han marchado del pueblo. Por eso me quieren contratar. El alcalde no desea que su municipio se transforme en un pueblo fantasma.

Según el informe que me han dado: la casa perteneció originariamente a una familia alemana de ascendencia aristocrática, los Ludwig von der Pfordten, conformada por el padre, la madre y sus tres hijos. Se instalaron en la casa en 1889 y todo en torno a ellos fue extraño. De la familia se sabía muy poco. Entre unas cosas y otras, la casa quedó vacía en 1911, apenas doce años después. El servicio estaba compuesto solo por un matrimonio y su hijo, que vivían también en la mansión. Solo contrataban a más personas con motivo de alguna fiesta o celebración. Sin embargo, muy pocas veces recuerda nadie haberlos visto en actitud jocosa y desenfrenada. Sin que nadie se percatara, dado que casi no tenían contacto con la gente del pueblo, dejaron de existir. La casa enmudeció y nadie supo si se mudaron o fallecieron dentro de la misma. De improviso, hace unos tres años, empezaron los altercados antes mencionados. Nadie sabe quién los provoca ni las causas por las que podrían haber vuelto. Parece evidente que tendré que hacer como en las películas o novelas típicas de fantasmas. Me alojaré dentro de la mansión y esperaré a que lleguen las doce de la noche. Luego, ya veremos qué pasa.

* * * * *

Ya estoy dentro de la mansión. No se puede negar que es más antigua que las momias. El pestazo a humedad casi me hace desmayar. Las maderas crujen, pero no a causa de los fantasmas. Es que esta casa se mantiene en pie de puro milagro. Todas las vigas y su estructura están hechas de madera, así que es increíble que las polillas no lo hayan devorado todo y se haya venido abajo. Algo me dice que las avispas, las termitas, las carcomas y los cósidos se están pegando un banquete exquisito, pero prolongado y controlado con su esqueleto. (Sí, durante un tiempo me obsesionó la entomología). Hay tantas habitaciones y, supongo, tantos rincones ocultos en esta casa que es imposible que yo solo pueda revisarlos todos en una noche. Si, por razones que ahora mismo no quiero pensar, tengo que salir huyendo, voy a hacer más kilómetros que el caballo de un tiovivo.

Falta poco para la medianoche. Me he acomodado en uno de los butacones del gran salón, en la planta baja. Con mi mantita y mi linterna de dinamo sin pilas. No quiero que los espíritus me dejen sin batería a traición. Me he traído varios aparatos de mi invención: el Uterizador de Ondas Sibosuidales, capaz de mostrar la presencia de entidades etéreas, pero ondulares; el Cabotizador Hemacratodicos, detector de frecuencias infrasónicas; y un gato de la tienda de animales, no es un invento mío, pero en cuanto detecte cosas anormales se le erizará el pelo y saldrá escopetado. Una maravillosa alarma si todo lo demás falla. Tampoco vengo indefenso, traigo mi mejor invento, la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y alguna sorpresita más. ¡Fantasmitas a mí! Veremos quién es el primero que quiere dialogar conmigo.

Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón…

El susto que me acabo de pegar ha puesto a prueba mi ya deteriorado corazón. Me estoy aficionando a esto de los sobresaltos sorpresivos. No me he dado cuenta y con tanto silencio me he quedado dormido. Esas deben ser las campanas de la capilla. No sé cuántas han sonado ya. Supongo que tienen que ser doce. Le doy a la manivela de la linterna para comprobar que está a tope de carga. El Uterizador de Ondas Sibosuidales parece estar en reposo y el Cabotizador Hemacratodicos tampoco se ve alterado. No parece haber espíritus por aquí ahora mismo. Sin embargo, el cobarde del gato no se ve por ninguna parte. Será mejor que me levante y dé una vuelta por la casa. Me llevo mi escopeta y un par de regalitos. Suelo ser una persona amable y partidaria del diálogo, pero si los fantasma se ponen guasones no estoy dispuesto a quedarme en esta casa in eternum.

El sepulcral silencio crea una atmósfera espeluznante. Ahora mismo no se escuchan ni los crujidos de las maderas. Parece que toda ella duerme profundamente. Todo parece normal. Bueno, todo menos el frío. Aunque llevo puesta mi camiseta thermoblastyl, estoy empezando a temblar y, afortunadamente, todavía no es de miedo. Subo por las escaleras que dan a la entrada de la mansión. Son anchas y de escalones altos. Parece que es de las pocas cosas que aguanta bien el paso del tiempo. Aunque la alfombra que la recubre conoció días mejores. Hace muchos, muchos años, vamos. Hay más polvo que en una fábrica de harina. Los escalones crujen. Espero que no se vayan a partir precisamente ahora. Suenan como quejidos. ¿Estaré pisando a alguien?

El primer piso está totalmente a oscuras. Evidentemente esta casa no conoció la luz eléctrica. Sin embargo, debería entrar algo de claridad por las ventanas. Hoy hay una luna espléndida que ilumina todos los campos. Las puertas de las habitaciones están abiertas de par en par, pero el interior de ellas está en tinieblas. Parecen bocas dispuestas a zamparme de un solo bocado. ¡Ahí, dándome ánimos! La escasa luz de la linterna hace más tenebroso el pasillo que se adentra hacia las entrañas de la casa. Estos son los momentos en los que me pregunto por qué no me he hecho fontanero. Evidentemente, porque inundaría medio barrio.

Por el rabillo del ojo creo haber visto una sombra. Sí, claro, ya sé que está todo lleno de sombras, pero yo me entiendo. Un crujido detrás de mí. Me giro rápidamente, pero no veo nada. Nada de nada, vamos. La jodida linterna se ha apagado. Me lo veía venir. Menos mal que soy perro viejo. Más perro que viejo. Tengo otra en el bolsillo de la chaqueta. Le doy a la manivela… pero… parece que… no funciona tampoco.

—Te vas a cansar mucho, chaval. Usa el mechero. Eso nunca falla.

—¿Quién ha dicho eso? —El repelús me ha recorrido toda la espina dorsal—. ¡Me cago en la leche!

Busco el mechero que siempre llevo encima, aunque nunca fume. No es que quiera hacerle caso al espíritu, pero es buena idea. Después de mirar en los doscientos bolsillos que llevo entre camisa, pantalones y chaqueta encuentro una caja de cerillas. ¿Cuándo he cambiado el mechero por esto? Enciendo apurado una de ellas y busco la voz. Nada. Está jugando conmigo.

—No estoy jugando, chaval. Estoy detrás de ti.

El frío me ha congelado hasta los… Me giro muy despacio con la cerilla en la mano y, efectivamente, está detrás de mí. No me asusto. No debo. Soy un profesional. Sin embargo, la cerilla tiembla descubriéndome vilmente. Por supuesto, se ha apagado. Mientras enciendo otra, apurado y temblando, veo unos ojos enormes, amarillos y fijos en mí. Afortunadamente, soy un profesional, ya lo he dicho, no salgo corriendo. Me he quedado petrificado.

—Tranquilo, chaval. No te voy a hacer nada.

Tranquilo, dice. Su cara de sargento retirado es más seria que la de una suegra. Lleva un gorro militar, tipo ros, y unos bigotes larguísimos, que se le suben en las puntas simulando una sonrisa. Su figura es gruesa, sin llegar a la obesidad. Luce una chaqueta, también militar, con hombreras. Aunque al no llevar galones ni medallas, supongo que no es un oficial. No tengo ni idea. Nunca he sentido pasión por nada relacionado con el ejército. Por supuesto, su figura es casi transparente. Otra cosa no, pero observador soy un rato largo.

Imagen de Devanath en Pixabay

—Buenas noches, caballero —digo intentando controlar mi tartamudeo miedoso—. Creo que usted es don Faustino Eshi… Shide… Shede….

— Faustino Scheidemann, el mismo que vestía y calzaba. ¿Me conocía usted?

—Bueno, en realidad, solo por fotografía. La suya está en el archivo que me han dado.

—¿Archivo? ¿Eso qué es?

—Papeles, documentación, don Shedi… Shadi…

—Puedes llamarme Faustino, chaval. Y ¿Por qué tienes documentación mía?

—En realidad, la documentación es de toda la casa y de sus ocupantes. Usted formó parte del servicio de la misma. También hay información sobre los señores Pof… Fop… Frpogg…

—Pfordten. ¿De todos los Ludwig von der Pfordten?

—En realidad, solo de los que vivían en la casa.

—El señor Brunhilde, su señora Dietlinde y sus gemelos Dieter y Ebba y la pequeña Viktoria. ¡Ah! Una familia excepcional. Sin duda. —Los había pronunciado todos de carrerilla, como si estuviera pasando lista—. Y, si me permite la pregunta, señor. ¿A qué se debe su visita a la casa?

—Pues, verá usted, señor don …, Faustino. Me han contratado para que averigüe por qué siguen ustedes deambulando por aquí y provocando los sustos y sobresaltos de los habitantes del pueblo.

—¡Esos imbéciles! ¿Acaso no saben que el pueblo existe gracias a la generosidad de la familia Ludwig von der Pfordten? —Me estaba empezando a resultar cargante el nombrecito tan largo de la familia—. Fue con su dinero con el que se construyeron todas las casas del pueblo, se les pagó a todos los operarios y se mantuvo a todos los ancestros de los malhablados que hoy en día habitan ahí.

—No le falta a usted razón, don Faustino, pero tenga en cuenta que deberían estar ustedes descansando. Han pasado ya más de cien años.

—¡Cómo si pasan quinientos! ¿Qué derecho tienen esos destrozaterrones para querer echar a la familia Ludwig von der Pfordten de su propia casa? —Me estaba dando dolor de cabeza. ¿No se podían haber llamado Gómez Pérez?

—No se enfade usted, caballero. En el fondo, yo solo quiero saber qué es lo que pasó aquí aquel año de 1911, cuando todos los aquí vivientes dejaron de serlo.

—Eso no se lo puedo contar. Tendrá usted que preguntárselo a los propios…

—A la familia, sí, a la familia. —Si vuelve a pronunciar de nuevo el nombrecito completo, fantasma o no, lo mato—. Y ¿dónde los puedo encontrar si no es mucho preguntar?

—Tranquilo. Ellos le encontrarán a usted.

Y con una risa malvada, de película mala, ha desaparecido. Así si avisar y dejándome con la cerilla quemándome los dedos. Que también es curioso el tiempo que ha durado sin apagarse. Cosas de los fenómenos paranormales. Que de normales tienen poco. ¡Ea, se apagó!, por hablar.

He vuelto a quedarme a oscuras y con el alma en vilo. Soy un profesional, no sé si lo he dicho ya, pero cuentan cosas extrañas de esta mansión, como que algunos de los que entraron no salieron. Prefiero pensar que les gustó la compañía de lo que exista aquí dentro.

Acabo de probar las linternas y ahora funcionan las dos. Otra broma del sargento, supongo. Por si las moscas llevo una en cada mano. Parezco el doctor Hesselius montado en un renault Twingo. Me tiemblan las rodillas y empiezo a notar que el frío aumenta. Tengo unas ganas enormes de salir corriendo, pero ya tengo hecha la transferencia del pago y no pienso devolverla ni bajo tortura. Además, soy un profesional. Sí, lo he repetido veinte veces ya, pero si no me doy ánimos yo va a hacerlo el gato que ha salido huyendo. Me dedico a esto, es mi trabajo y lo voy a hacer. Voy a subir al piso superior. Las escaleras son más pequeñas y estrechas. Los escalones crujen como si estuviera pisando cadáveres. ¿Cadáveres? ¿Por qué leches me ha venido esa comparación a la cabeza?

Ya estoy en el segundo piso. Aquí no hay pasillo. Toda la estancia es un salón enorme. Oscuro, por supuesto. Parece una inmensa gruta dispuesta a … No, esta vez no lo voy a decir. Cada vez estoy adentrándome más en las vísceras de esta bestia. Debería irme, ahora que todavía puedo, pero he dicho que soy un profesional y…

—Para ser un profesional das mucha pena. —¿¡Ya!? Ha tardado poco en aparecer el siguiente fantasma.

—Fantasma lo será tu mami, imbécil. —La leche con costra. Son dos voces distintas. Voces jóvenes y de distinto género. ¿Serán los gemelos…?

—¡¡¡Pfordten!!! —Han gritado unidos en una sola voz.

—¿A que no nos coges, imbécil?

Se han empezado a escuchar pisadas corriendo por el piso. Sus risas y gritos alborotan el silencio. Mis vellos se han puesto tan de punta que parecen querer agujerear el jersey.

—¡Parecéis niños pequeños! —dice otra voz de apariencia más joven todavía.

—¿Eres tú, Viktoria? —le pregunto, intentando mantener la calma.

—Para servirle, caballero. No le haga caso a mis hermanos, solo están jugando. —Su voz es dulce y amable. Parece un fantasma agradable, pero en estos casos hay que estar alerta. Luego pueden convertirse en bestias demoníacas.

—Hola, pequeña. ¿Sabes qué pasa aquí? —Intento buscar información cuanto antes. Cuanto antes pueda salir de aquí escopetado.

—¿Pasar? Nada. Estamos jugando el esconder. ¿Quieres unirte a nosotros? —Jeje, para juegos estoy yo ahora mismo.

—¿Sabes dónde están tus padres, pequeña?

—¡Uy! No se le ocurra molestar a papá. Tiene muy mal genio y no aguanta que le interrumpan cuando está leyendo en su despacho. —Maravilloso. Un fantasma malhumorado me espera.

—No te preocupes, pequeña. Vengo solo a hablar con él de un problema que hay con la casa. Dime dónde está el despacho. Hablaré con tu padre y me iré en seguida.

—Vale, al fondo del todo a la derecha. ¡¡¡Y NO VUELVA A LLAMARME PEQUEÑAAA!!! —Con sus últimas palabras, el pantalón se me ha quedado a la altura de las rodillas. No solo ha pegado un grito espeluznante, sino que la pequeña niña se ha convertido en un monstruoso yeti de tres metros de alto. Afortunadamente, con la misma rapidez se ha vuelto a convertir en dulce niña y se ha ido corriendo y riendo. Si salgo de esta, no habrá quien me rompa el corazón.

Imagen de Devanath en Pixabay

Después de subirme los pantalones, hacer varias respiraciones profundas y recoger las linternas del suelo, me dirijo aparentando confianza, solidez y tranquilidad, hacia el supuesto despacho del cabeza de la familia. La puerta está cerrada. Creo que es la primera que me encuentro en este estado. Teniendo en cuenta el aviso de la niña, no quiero irrumpir bruscamente en la estancia. Si ya es un hombre de humor gris, no es buena idea oscurecérselo todavía más. Decido llamar educadamente.

Toc, toc. Llamo con los nudillos sobre la sólida puerta. Espero unos segundos y, viendo que no responde nadie, insisto. Toc, toc.

—Señor Ludwig von der Pof… Frop…Pofo—Se va a poner la mar de contento de que no sepa pronunciar bien su nombre—. Desearía hablar unos instantes con usted sobre los problemas en la cas…

—¿QUIÉN OSA INTERRUMPIRME? —Este no se ha andado con chiquitas. El vozarrón ha taladrado la puerta y mis tímpanos. Creo que lo he cabreado antes, incluso, de empezar a hablar. Suelto inmediatamente las linternas y cojo con las dos manos la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts.

—Disculpe la impertinencia, señor, pero necesito hablar con usted para un asunto…

—¿UN ASUNTO? ¿QUÉ ES TAN IMPORTANTE QUE NO PUEDE ESPERAR A LA MAÑANA? —A la mañana, dice el jodío. En cuanto salga el sol, no va a quedar de él ni el bigote.

—Disculpe, de nuevo, señor … don Ludwig. Es algo urgente, solo voy a entretenerle unos m… —No me ha dejado terminar, otra vez. La puerta se ha abierto de sopetón pegando un golpazo contra la pared. Afortunadamente, estaba lo bastante lejos de ella para que no me haya dejado como Elvis. Como su cadáver y el poster que tengo clavado en la pared de mi oficina.

Del mismo susto, me he quedado mirando perplejo la oscuridad del interior del despacho, pensado que se había abierto sola. Sin embargo, al bajar la mirada contemplo al imponente señor Ludwig von der Prof don Luigui. Imponente es un decir. Resulta que la foto de medio cuerpo, que tengo en el archivo, no es un artilugio artístico. El hombre no llega ni al metro y medio de altura. Qué digo, ni al metro treinta. Es más largo su bigote, afilado y estirado con exageración, que su levita. Me aguanto la risa porque en el fondo no deja de ser un espíritu y puede enfadarse todavía más y convertirse en otro yeti como la hija.

—¿Quién es usted y qué se le antoja, caballero? —Por lo visto, su despacho hacía de potente caja de resonancia, porque he tenido que hacer un esfuerzo enorme para oír su pregunta. Su voz ha sonado más ridícula, apagada y anodina que la de su hija pequeña. Me está costando horrores aguantarme la risa.

—Señor don Ludwig, estoy aquí para ayudarle a descansar —digo intentando empezar con amabilidad el discurso de desahucio.

—¿Ayudarme? ¿Descansar? ¡Yo no he pedido ayuda a nadie! ¡Nunca necesito ayuda para nada! —Me están dando estertores en la barriga. El hombre intenta seguir manteniendo su impostura autoritaria y a mí me parece uno de esos muñecos que salen en las ferias. Que no necesita ayuda, dice. Me lo imagino intentando llegar a los estantes de la biblioteca de su despacho.

—Bueno, caballero, se supone que llevan ustedes más de cien años muertos y ya es hora de que descansen y, sobre todo, dejen descansar al pueblo. —Ya no doy más rodeos. He ido a saco. Si se enfada, tengo el dedo puesto en el gatillo de la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts, que, afortunadamente, he mantenido agarrada durante el susto. Sí, ya sé que digo demasiadas veces “afortunadamente”, pero es que si me abandona la fortuna, no me saca de aquí ni MacGyver e Indiana Jones juntos.

—¿Muertos? ¿Quiénes están muertos? Nosotros estamos muy vivos. —Además de liliputiense este tío es tonto. ¿Puede ser posible que no se haya enterado de nada?

—Mira Luigui, esto me está cansando ya. —Creo que me he envalentonado ante la figura diminuta del susodicho—. Estás más muerto que el abuelo de Matusalem y esta historia está durando ya tanto que no me la van a admitir ni como relato en un blog.

Dicho esto, cojo mi pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y voy a darle pasaporte a este enano y a toda su tropa. Hasta los mismos cojones de tanto fantasmita chuleta.

Alzo mi arma, apunto al tío del bigote y cuando voy a apretar el gatillo un viento huracanado me estampa contra la pared. A duras penas puedo respirar del trompazo. Con el ventarrón han reventado las contraventanas del salón y ahora entra en él la luz de la luna devorando toda la oscuridad. La imagen que contemplo hace que se me suelte la barriga. Afortunadamente, sí, afortunadamente es solo una metáfora. Lo contrario me haría muy dificultosa la huida.

En medio del salón ha aparecido la imagen traslúcida, pero totalmente nítida, de una mujer de tres metros de altura. Lleva el pelo recortado y viste un traje totalmente blanco que resplandece con el fulgor lunar. Su cara muestra un semblante de amargada y tétrica existencia. Creo que ya sé quién es el jefe de la troupe. La señora Pof… Frop…Pofo Dietlinde, la mujer del enano. Me parece que no va a ser tan amable como el resto de su familia. Estos, su esposo y sus tres hijos, se acercan a ella y forman un semicírculo frente a mí. Parecen los cuatro fantásticos en pose de poster, solo que son cinco y muchísimo más feos. Como eran pocos, se unen a ellos el sargento y, supuestamente, su esposa e hijo, que hasta ahora se habían mantenido en el anonimato.

Afortunadamente, ¡Qué sí joder, que todavía creo en mi fortuna! Mi sistema de seguridad Acme me ha permitido mantener el arma conmigo. Solo tengo un problema. ¿A cuál de los ocho apunto? Sí, la señora Ludwig parece la más peligrosa, pero es que ahora todos muestran una terrorífica sonrisa con unos enormes dientes. Parecen el hermano feo de spiderman. Miro alrededor rápidamente y veo que todo el salón está decorado con espejos. Todas las paredes reflejan y repiten la imagen de la familia Terroris. Hago un cálculo mental rápido. Calculo ángulos y distancia. Siempre fui bueno para las mates. No me lo pienso dos veces y disparo contra el primer espejo a mi derecha y me dispongo a salir corriendo.

El rayo de la escopeta impacta en el espejo y sale reflejado hacia la superficie del siguiente, en la pared contraria. En segundos, los rayos se han amplificado y multiplicado. Los espíritus dentones se han quedado congelados mirando la escena. Yo aprovecho para salir corriendo, bajando la cabeza, y pasando por debajo de los rayos. Por el camino, voy soltando mis regalos sorpresa: un par de granadas Ghostdesaster. Llego a la escalera y bajo los escalones de tres en tres y casi de cabeza. En el salón estallan los espejos y se oyen los gritos de los fantasmas al ser impactados por los rayos y las granadas. Estallan los cristales de las ventanas. De todas las ventanas. El suelo tiembla como un poseso. Cuando alcanzo el primer piso veo que aquí también ha llegado la luz de la luna. Como no creo que llegue a tiempo para salir por la puerta principal, me precipito hacia la primera habitación que encuentro. La ventana está abierta, de par en par. Las vigas de madera, que sostienen la casa, están reventando con la presión de las sacudidas. No tengo tiempo de pensármelo y me dirijo hacia la ventana,  lanzándome por ella. Prefiero un batacazo de varios metros de altura que quedarme a ver el espectáculo desde dentro. ¡No he dicho que soy afortunado! He caído sobre unos matorrales de siemprevivas que, después de cómo las he dejado, tendrán que cambiar de nombre.

No tengo tiempo de intentar revivirlas. La casa se está desmoronando. No creo que quede ni un cristal sano. Las torretas que circundaban la estructura se han precipitado hacia el suelo. El campanario ha explotado y las campanas han salido volando. Bailan en el aire, sonando estruendosamente, como poseídas por un diablo borracho en Navidad. Los tejados se han hundido hacia el interior y toda la fachada estalla como si estuviera hecha de mazapán. Me parece que me pasé al regular la intensidad de los rayos de la pistola ultrasónicokillerghosts. Corro todo lo rápido que mis doloridas rodillas me permiten, que no es mucho, pero suficiente para escapar de todos los cascotes que llueven por doquier. Cuando me doy cuenta, estoy en medio del pueblo rodeado de toda su gente. Aparece el alcalde, en pijama y con un gorrito para dormir. ¿Todavía se usa eso?

—¡Por todos los demonios! —grita escandalizado—. ¿Qué ha hecho usted?

—Bueno, quería que eliminara sus problemas y eso es lo que he hecho. ¡Fácil y limpio! ¿no? Bueno, quizás lo último no tanto. —Finjo inocencia y ternura.

—¡Malnacido! ¡Nos ha dejado sin nuestro monumento histórico-turístico! —Creo que el alcalde no está muy contento con el resultado de mi trabajo y, por las caras de odio que me miran sin sonreír, el resto de los aldeanos tampoco.

Primero con disimulo y luego a toda leche, emprendo la huida hacia mi coche. Como me falle el arranque, al igual que pasa en las películas, de esta no me salva ni… ¡Socorroooo!

Mi coche es una reliquia, pero es más bueno que el batmóvil. Ha arrancado a la primera. Meto marcha y piso el acelerador. No es que el Beetle sea un ferrari, pero al menos corre más que la gente a pie. Además, el polvo ocasionado por el derrumbe de la mansión está llegando al pueblo y los mantiene a todos ocupados intentando respirar. Meto segunda, tercera, cuarta y porque no tengo más marchas. Ni me planteo mirar hacia atrás. Solo lo hago de reojo por el espejo retrovisor. Afortunadamente, ¡díganme que no! Solo veo polvo y piedras rebotando por el camino. No pienso parar hasta llegar a casa.

¡Sí señor!
Trabajo realizado satisfactoriamente,
tengo dinero fresco en mi cuenta corriente
y he escapado sin rasguños, felizmente.

¡Si es que, además, termino hasta con rima! ¿Van a decirme que no soy un profesional? ¿Y de los buenos?

¿The End?

Relato publicado en el Reto Literario:
Desafío Literario Noviembre: La Maldición de la Casa Ludwig
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia que hable sobre la mansión de la fotografía, su maldición, la familia que en ella vivía… Añádele el elemento encontrado en la calabaza y conviértete en el detective que resuelva el caso sobrenatural.

Un Gimnasio Interdimensional

Imagen de David Mark (Pixabay).

La sala está llena de espejos y mi imagen se repite indefinidamente en todos las paredes. No puedo evitar mirarme en ellos con deleite y autocomplacencia. Haciendo posturitas típicas de musculitos de gimnasio. Mostrando bíceps, tríceps, abdominales,… Y subiendo y bajando pectorales creyendo que eso vuelve locas a las mujeres, cuando en realidad, resulta un gesto cómico. Llevo cerca de dos horas ejercitándome y no siento fatiga ni cansancio. Parece que esas pastillitas que me vendieron han surtido su efecto. Los músculos hinchados no creo que opinen lo mismo. Cuando se me pasen los efectos me van a entrar ganas de llevarme durmiendo una semana entera.

El gimnasio está completamente vacío. Es tan temprano que ya ha pasado hasta el equipo de limpieza. Me gusta. Prefiero la soledad del atleta que trabaja su cuerpo antes que la multitud aclamando mis hazañas musculosas. Bueno, en realidad lo que prefiero es que nadie me vea haciendo el gamba con las pesas. Sobre todo cuando tengo que buscar las más pequeñas para poder moverlas. No, no soy un adicto a esto del ejercicio. No, no es que esté apuntado al club de los haraganes anónimos. Es que ya hay demasiadas cosas en la vida que te hacen sufrir para buscarte tú, voluntariamente, más aflicciones. Sí, sudar es maravilloso y soltar adrenalina también, pero hay otras formas de hacerlo.

La cosa es que vi una notificación en el periódico: «Gimnasio PonteCachaspuntocom, Todo el mes gratis. Ven a nuestras instalaciones y disfruta del ejercicio de tu cuerpo sin coste alguno. Prepárate para el Verano». Como si en un mes pudiera yo cambiar este cuerpecito que la naturaleza me ha dado. De todas formas, pensé «Pruébalo, total, si es gratis». Ya se sabe que si es gratis aunque den palos.

Así que aquí estoy “ejercitándome”. En realidad, me he llevado más tiempo mirándome en el espejo que haciendo ejercicio. Es que no puedo dejar de intentar imitar las posturas de los musculitos que aparecen en los posters que están pegados por todas partes. No saco ni uno de los músculos que ellos tienen. Seguro que son de mentira o están retocados con el fotoshó.

Tan ensimismado estoy contemplándome en el espejo que no he escuchado un llanto proveniente de un rincón de la sala. Es un quejido lastimero y ronroneante. Parecen los de un cachorro destetado. Sigo solo en el gimnasio así que me asusta un poco el sonido.

—¿Hay alguien ahí? —pregunto con total ingenuidad.

Evidentemente, el cachorro no contesta sino que sigue llorando. Me vuelvo a poner la camiseta y cojo una toalla. No soy extremadamente miedoso, pero no me hace mucha gracia encontrarme con un gato rabioso que me salte encima y me cosa a arañazos. Tampoco voy a abandonar la sala antes de haber terminado todos mis ejercicios, o mis posturitas, y no creo que sea seguro seguir sin hacerle caso a lo que gime, porque puede aparecer cuando tenga encima una barra con 150 kilos de peso. Sí, así, sin escatimar en gramos. Así, que pienso que lo mejor es averiguar qué animal es e intentar echarlo de allí cuanto antes.

—A ver, pequeño gatito. Yo no te voy a hacer daño, ¿vale? Tú tampoco me lo vas a hacer a mí, ¿verdad? Solo quiero sacarte de aquí —le digo inútilmente mientras me dirijo hacia dónde suenan los lamentos. Más para tranquilizarme yo que para que el gato me entienda y conteste.

Parece que el cachorro está escondido dentro de un armario bajo de dos puertas. Me agacho, me quito la toalla del cuello y me la enrollo en el antebrazo izquierdo. Usándolo como escudo me dispongo a abrir una de las puertas. Acerco mi mano derecha al pomo. Lo hago con muchísima precaución y estoy a la expectativa de que, al sentir la claridad, el gato salga espantado hacia fuera. Abro la puerta muy despacio, pero nada sale del armario. Mi corazón se bate con más potencia que una locomotora “Big Boy”. Miro con mucha cautela el interior, pero no se ve nada, aunque se sigue escuchando la llantina. Cuando, bastante nervioso, me dispongo a abrir la otra puerta, un estruendo retumba en la sala. Me caigo de espaldas del susto. El corazón se me va a salir por la boca. Miro horrorizado hacia todas partes hasta que, por fin, veo cómo una de las mancuernas se ha caído del banco dónde la había dejado. Suspiro aliviado ante mi propia torpeza. Ya lo dice uno de los carteles que aparece bien grande en una de las paredes: “Nunca, nunca deje las pesas fuera de su emplazamiento original”. Lo que no añade es que podría habérseme caído en un pie haciéndome bailar la danza de los locos.

Entretenido con la pesa, que rueda por el suelo, no me doy cuenta que la otra puerta se está abriendo. Cuando me giro hacia ella, con la intención de abrirla, me enfrento a una cara. Pequeña, redonda, rechoncha y triste. Pero lo que más atrae mi atención son sus ojos. Totalmente negros. El iris lo ocupa todo. Resulta aterrador. Estos rasgos no pertenecen a ningún gato, sino a un niño. A un recién nacido. Bueno, esa es su apariencia. Sin embargo, es capaz de gatear y salir del armario por sí solo, aunque con alguna dificultad.

Las lámparas fluorescentes del techo empiezan a parpadear. Aunque afortunadamente, no se apagan del todo. Me he vuelto a quedar sentado en el suelo. Totalmente bloqueado. Sin atreverme a mover ni un pelo. Esperaba un gato u otro animal y tengo frente a mí a un niño pequeño que me mira con ojos que parecen salidos desde el mismísimo infierno. Ya no llora, pero emite un sonido ininteligible que parece un gruñido. También se sienta en el suelo, encarado a mí, y se queda mirándome muy fijamente. Ahora siento como la soledad del gimnasio me aprisiona el pecho y la garganta. El bebé no hace nada, solo me mira. Su respiración agitada me contagia. Empiezo a notar cómo me falta oxígeno. La garganta se me cierra y la boca se me reseca. Parece que tengo un trozo de cartón por lengua.

El bebé desvía inesperadamente su vista y la pasea por la sala de pesas. Ve algo que le alerta. Se yergue y sus ojos se abren exageradamente. Lo observo y sigo la dirección de su mirada. Los espejos ya no reflejan el gimnasio, sino el interior de algún recinto. Algunos fluorescentes se apagan y crean un clima de penumbra y terror. Uno de los espejos muestra una imagen fluctuante. Por momentos, cambia del reflejo de la sala al interior de la otra habitación. Parece que esa zona es la que más atrae la atención del bebé. Dejando de llorar gatea hasta alcanzarlo y aguantándose en la luna consigue ponerse de pie y golpear su superficie. Una sombra parece vislumbrarse a través de ella.

Con muchísimo esfuerzo, he conseguido reaccionar y me pongo de pie. En el mismo sitio del que ha salido el bebé. No entiendo nada y estoy empezando a morirme de miedo. Retiro lo que dije antes. Soy un cagón. Intento alejarme del pequeño y de su espejo para salir de la sala. Tropiezo con la mancuerna caída y, en un intento por mantener el equilibrio, derribo un mueble que me encuentro a mi paso. Este cae con estrépito y asusta al niño que comienza de nuevo a berrear. De uno de los cajones ha salido una caja de cartón llena de botes, brochas y otros utensilios de pintura. El pequeño, al verlos, se acerca rápidamente intentado coger un espray de color negro, pero sus manos son tan pequeñas que no consigue más que hacerlo rodar. Levanta su cara y me mira. Me he quedado de nuevo petrificado del mismísimo terror.

Aunque sus ojos siguen siendo terroríficos, el resto de su cara suplica compasión. Me mira alternativamente a mí y al bote. Al principio no lo entiendo, mis neuronas se están pegando entre sí. No logro decodificar ni mi nombre. Cuando consigo calmarme, después de un tremendo resoplido, puedo reaccionar y preguntarle:

—¿Estás intentando decirme algo? —el pequeño parece asentir—. ¿Quieres que yo coja ese bote? —Un ligero parloteo y el correspondiente cabeceo parecen responderme afirmativamente.

Sin esperar mi reacción se acerca de nuevo hacia el espejo fluctuante y se sienta frente a él. Parece esperarme.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con él? —le pregunto estúpidamente con el bote en la mano.

El pequeño se levanta, se acerca al espejo y frota su superficie con sus diminutas manos.

—¿Quieres que pinte el espejo de negro? —vuelvo a preguntar, de forma idiota, ante lo evidente del mensaje.

De nuevo gesticula con su cabeza para indicar afirmación.

—Te juro por lo que más quiero que no entiendo nada, pero si eso hace que te vayas y me dejes tranquilo, pinto todo el gimnasio si hace falta.

Me acerco al espejo y empiezo a pintar su parte más baja. No me da tiempo a continuar hacia arriba porque la superficie se está transformando en una oquedad oscura y profunda. Pego un respingo y doy dos pasos hacia atrás. El bebé no se lo piensa dos veces y se lanza gateando de cabeza al agujero.

La sala de pesas empieza a temblar. Las lámparas del techo estallan en mil cristales que inundan el suelo. Los espejos se vuelven opacos y también estallan. Me echo la toalla, que todavía cuelga de mi brazo, sobre la cabeza para protegerme la cara y salgo corriendo intentando buscar la salida. La habitación al completo parece girar como un tiovivo. Justo en el momento en que atravieso la puerta, la sala entera es engullida por un agujero que aparece justo en su centro. Salgo corriendo hacia el exterior y cuando llego a la acera veo, con espanto, como el edificio entero ha desaparecido. Lanzando maldiciones y jurando no volver a pisar un gimnasio en toda mi vida, huyo corriendo calle abajo intentando alejarme lo más rápido posible de aquel lugar y, por supuesto, dispuesto a olvidarme de todo lo ocurrido. No quiero transformarme en un mono de feria que sea el hazmerreír de las redes sociales. Y mucho menos, convertirme en un meme que inmortalice mi careto lleno de miedo. Decididamente, para mí, esto nunca ha pasado.

Mientras tanto, la escena que se ha desarrollado al otro lado de lo que fueron los espejos es totalmente distinta. En una habitación amplísima con grandes ventanales, por los que entra un vendaval que azota sus cortinas, se encuentra el bebé. Ahora se mantiene perfectamente de pie sobre sus dos piernas. Sus ojos ya no aparentan un manga de terror, pero su cara ha envejecido bastantes años. Su altura sigue siendo pequeña. Sin embargo, ahora su cuerpo representa a un adulto. Frente a él hay una mujer, de mayor altura. Es la sombra que se vislumbró en el espejo. Algo alterada y con los brazos en jarras le espeta al hombrecillo:

—Cronos Manuel, tu manía de jugar con los portales temporales nos va a acarrear cualquier día un gran disgusto. No puedes estar viajando a otros universos sin protección ni acompañantes. Y muchísimo menos dejándote aquí la llave de la puerta.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.
Estas son las condiciones escogidas :
– Escenario: La Sala de un Gimnasio.
– Personaje: Un Bebé Recién nacido.
– Objeto: Artículos de Pintura.