La Casa de la Bruja

Imagen de cocoparisienne en Pixabay

La luna asomando entre negras nubes de tormenta apenas le marcaba el camino. Dos largas horas le había tomado llegar a la entrada del bosque. Todo por su terca manía de no coger el autobús y querer venir andando. Pero, claro, como se iba a meter en el autobús con su mochila XXL, la vara de Anadenanthera Colubrina, dos metros de larga y punta de cuerno de unicornio, y el cuchillo, Rambus Rajonius, que llevaba oculto en la espinillera. Ya se lo había dicho su madre, «con lo fácil que te hubiera resultado estudiar para una oposición y se te ocurre meterte a cazatesoros». Suspiro. «¡Ay! Siempre fuiste un chico muy raro Indalecio Manuel». “Inda, mamá, Inda. Es más cortito y suena más bonito”.

El bosque se presentaba oscuro y tenebroso. Lo contrario hubiera sido un parque de atracciones. Y no se escuchaba ni el sonido del viento. Una calma aterradora y una oscuridad asfixiante. Iba a ser una noche muy angustiosa. No se lo pensó dos veces y se introdujo en la espesura. Porque si se lo llega a pensar está ahora en su casita la mar de tranquilo viendo un episodio de Buffy Cazavampiros.

Rebuscó dentro de su mochila de bolsillo y, después de sacar medio ropero de cachivaches, encontró un trozo de tela con más años que Jordi Hurtado, y la misma calidad de piel. En él estaba dibujado un mapa que señalaba con una X roja, bien grande, su objetivo. Miró el entorno, se orientó y comenzó a caminar.

Andaba con mucho cuidado y delicadeza, no quería que sus pisadas alertaran de su presencia, pero los millones de hojas que habían caído sobre el suelo producían un extraño castañeteo. Tampoco la gravilla ayudaba mucho y por más que intentaba disimular las pisadas, el sonido no cesaba. De hecho, cuando se quedó parado, el sonido siguió sonando. ¡La leche! Eran sus dientes. Tenían más miedo que él. Se sacó del bolsillo un trozo de cuero que usaba para limpiarse las gafas y se lo metió entre los diente. Ahora, ya no sonaba el traqueteo, pero no podía hablar y le costaba respirar. ¡Qué fatiga de viaje!

Después de varias horas de caminata, o eso le pareció por el esfuerzo, se dio cuenta que estaba totalmente desorientado. Lo contrario hubiera sido una grandísima sorpresa. Se perdió hasta el día que fue con su Mary al HIQUEA de la capital.

—He visto exploradores torpes, pero tú te llevas el segundo premio —escuchó un graznido a su espalda.

Del susto se le descolgó la mochila y tropezó con ella, cayendo sobre la alfombra de hojas. Después de luchar con la correa, que se le había enredado en el cuello, y conseguir salir buceando del mar de hojas, divisó en lo alto de una rama a un inmenso cuervo, negro como los tobillos de un carbonero. Sabía que las aves no se podían reír, pero juraría que se estaba cachondeando de él.

—¿Los cuervos pueden hablar? —le preguntó a sabiendas de lo estúpida que era la pregunta si no podía responderle.

—En realidad, no. Tengo aquí detrás una ardilla ventrílocua que me está metiendo la mano por el culo —le espetó el pajarraco con choteo.

«Entre todas las aves nocturnas del bosque me tenía que tocar el humorista agrio». Pensó con angustia.

—Agrio lo será tu puñetero padre, que seguro que dejó preñá a la vaca del chocolate, o fue tu mare la que copuló con el Asno de Buridán.

—¡Anda, además de parlanchín, telépata y malhablado!

—De eso nada, monada. Que nací en la universidad de Cambridge y me empapé de curtura. Pero es que tú haces blasfemar hasta a las monjas de clausura. ¿Creo que andas más perdío que un calcetín en una lavadora?

—Escucha pajarraco…

—Eh, eeh, eeeh, eeeeeh… Maese Cuervo para ti, si no te importa. Que mi padre fue asesor político-militar de Cromwell y mi madre la paloma espiritual de Mandela —adoptó una pose intelectual y prosiguió—. Puedo ayudarte si me das algo a cambio.

—¿Y qué es lo que quieres? ¿Mi alma? ¿Mi futuro hijo? ¿Casarte con mi hermana? …

—¿Pero qué dices, Chalao? Tú ves muchas pelis de sobremesa, ¿no? Lo único que quiero es ese reloj dorado que te asoma del bolsillo del chaleco. Está la cosa mu chunga y necesito llegar a fin de mes.

—¿Pero es de oro del Orinoco y perteneció a mi tatarabuelo?

—Sí, claro. Seguro que se lo robaste al abuelo de tu vecino, ¡atontao! ¿Prefieres quedarte perdido en este bosque de por vida? Porque con la habilidad que has demostrado no sales de aquí ni aunque un rayo milagroso se abra en las nubes y te señalen el camino de las baldosas amarillas, Dorothy barbuda. —el pitorreo empezaba a ser desesperante—. Anda, dame el reloj y en un minuto te mostraré el camino. Y decídete rapidito que tengo a una chati esperando en la RavenDisco. —dicho esto se puso a canturrear “You Make me Happy… You Never, Never Make me Blue…” por Marcia Ball.

Con mucho pesar y lágrimas en los ojos, le dio un beso al reloj y se lo acercó al cuervo. De improvisto apareció una ardilla y se lo quitó de las manos.

—Tranquilo, Marco Polo, esta no me mete la mano por allí para hacerme hablar, pero es mi secretaria. La tengo contratada a tiempo parcial a cambio de bellotas —se carcajeó el avechucho.

—¡Joder, cómo están los minijobs! —exclamó el pobre buscador—. ¿Bueno, me vas a indicar el camino?

—Claro, Hernán Cortés, gírate y da tres pasos. Separa aquellos arbustos y detrás está la casa que estás buscando.

—¡Serás hijo de…! —Se mordió la lengua— Tenía ahí mismo mi destino y la que has liado para decírmelo.

—A ver, Francisco Pizarro, soy cuervo pero no tonto. Hay que ganarse la vida y todos los días no se encuentra a un tonto como tú —salió volando lanzando graznidos que Inda creyó identificar como carcajadas.

Suspiró profundamente y se dirigió a su objetivo. Efectivamente, como el maldito pajarraco le había dicho, detrás de los arbustos estaba la casa. ¡La Casa de la Bruja! Podría pasar por cualquier otra vivienda de algún lugareño si no fuera porque estaba pintada en colores malva con matices blancos y grises. Por lo visto se trataba de una bruja muy fashion. Sin embargo, un halo de siniestralidad y de maldad la envolvía. Con solo mirarla daba ganas de salir corriendo y borrarla de tus sueños.

Mientras contemplaba las posibles opciones de acercamiento, un olor nauseabundo, tétrico y repugnante le abofeteo sin piedad. ¿Sería posible que hasta él llegaran los mejunjes que la bruja estuviera preparando? Para su deshonra el aroma llegaba de su espalda, más concretamente de “su espalda”. Sus esfínteres no habían soportado la tensión. Mientras se aseaba rápido y de cualquier manera, creyó escuchar en los aires ¡Cagóoon!

Tenía miedo, mucho miedo, eso estaba claro, pero tenía una determinación y la llevaría a cabo. Su prestigio y su honorabilidad estaban en juego, aunque los hubiera perdido hacía ya mucho tiempo. Se acerco con todo el sigilo y disimulo que pudo y atisbó por una de las ventanas. La casa parecía estar completamente vacía. La edificación solo contaba con una estancia que hacía las funciones de salón, cocina y dormitorio. Todo estaba iluminado por las brasas de la chimenea y un enorme caldero humeaba en ella. Parecía que la bruja había salido con presteza y urgencia, pero podría regresar en cualquier momento. ¡Tenía que darse prisa!

Descartó romper las ventanas, además de escandaloso, parecían ser demasiado seguras, y no quería partir la puerta para que la Bruja se diera cuenta del robo. Además, tampoco era muy ducho con las ganzúas y una vez intentó derribar una con el hombro y se llevó tres semanas ingresado.

Así que pensó en rodear la casa para buscar una entrada más accesible, pero en su patoso andar pisó un parterre de Pethunias Anthunias que lucían espléndidas. ¡Oh, Oh! La Bruja se iba a enfadar bastante. De las flores empezó a subir un polvo fosforescente que le envolvió las piernas, cuando quiso darse cuenta estaba levitando en el aire. Se elevaba sin control y los polvitos mágicos lo llevaban directamente hacia la chimenea.

—¡Qué está encendida! —gritaba gimoteando.

Empezó a revolverse y manotear, intentando mover los brazos como una gaviota borracha y en su pataleo impetuoso logró deshacerse de las partículas que envolvían sus piernas. ¡Craso error! Dejó de levitar. Afortunadamente no había cogido demasiada altura porque aterrizó, cuan largo era, en el patio trasero de la casa. Este estaba lleno de cadáveres de animales y otras inmundicias que prefería no analizar.

De nuevo la pestilencia le aporreó las narices, y esta vez no había sido él. No le dio tiempo a taparse la nariz. Unos crujidos sospechosos lo alertaron que había caído sobre una especie de trampilla. Entre el aterrizaje y su cuerpazo fortachón, que no gordura, esta terminó cediendo, se rompió y cayó con todo su peso, de tío fuerte, en lo que pareció un sótano. El costalazo fue monumental y allí se habría quedado lisiado si no hubiera caído sobre un enorme gato sphynx que amortiguó sus huesos y quedó convertido en la alfombra de una rata para toda la eternidad. Ahora sí que la Bruja se iba a cabrear, y ¡mucho!

Cuando consiguió levantarse pudo inspeccionar el sótano. Estaba lleno de cachivaches y de polvo, mucho polvo, toneladas de polvo. O allí hacía mucho que no limpiaban o eran restos de gente … fallecida. Prefería no pensar en ello. Con la caída, era posible que se hubiera tragado a varios difuntos.

Empezó a buscar entre todos los trastos lo que codiciaba, pero era imposible encontrar nada en ese berenjenal. Empezó a entrarle un miedo salvaje pensando que la Bruja podría presentarse en cualquier momento. Saltando y trepando, de forma farragosa, consiguió llegar, de manera inverosímil, hasta la puerta y salió corriendo escaleras arriba. Llegó al salón y, cuando se disponía a salir de la casa, vio lo que había venido buscando. Escondido junto a la chimenea había un cofre del tamaño de una caja de zapatos y bellamente ornamentado. Topacios, ópalos, esmeraldas y otras preciadas piedras enriquecían aquel humilde arcón de madera. La suerte parecía sonreírle al final.

Lo cogió con delicadeza y, aunque pesaba bastante, se lo puso bajo el brazo Se giró y vio el portón de la casa abierto de par en par y en ella a la Bruja, con una sonrisa aterradora de oreja a oreja. En su hombro, ¡el cuervo!

—Mamama… —tartamudea temblando de miedo.

—Que no es tu madre, gilipollas —le espeta el inoportuno Cuervo.

—Maaaldita la hora en que se me ocurrió hacerme el héroe. Tututu …

—Míralo, ahora está comunicando —se chotea de nuevo el pájaro.

—Tuuuviste que chivarte, pajarraco del demonio.

—Lo siento Indianajones, pero la Bruja paga mucho mejor que tú.

—Me tienes muy cabreada, ladrón estúpido —escupió la Bruja fulminándolo con la mirada.

—Pues no te digo ná cuando veas tus Pethunias Mágicas y cómo ha hecho adelgazar a Don Algodón —bufó con sarcasmo el plumífero.

—Sí, tú encima caliéntala, Pajarraco.

—El reloj era chapao y con pirita de la mala, Bocachanclas.

—¡¡¡Basta!!! —grita enfurecida la Bruja echando espumas por la boca— Vas a desear no haber nacido.

—¡Señora! ¡Ilustrísima Maldad! ¡Reina de la Noche! ¡Genuina Dama de la Orden de las Brujildas Emocionadas!

—Jojojo. Sa comprao un diccionario en el chino del pueblo. —El cuervo se retuerce de la risa y ya no es capaz de mantener el equilibrio en el hombro de la Bruja.

—Creo que podemos llegar a un acuerdo —continúa el buscador sin prestar atención a las chanzas del pájaro.

—¿Un acuerdo? ¿Qué puedes tener tú que a mí me interese? —le dice la Bruja mostrándole todo el desprecio que siente.

—Previendo que podría darse esta eventualidad, tengo aquí en el bolsillo algo que usted ansía con fervor. Aunque parezca torpe y tonto en el fondo no lo soy.

—jua jua jua, pues lo disimulas pa matarte —el pájaro ya no puede aguar su estabilidad y cae al suelo entre convulsiones por la risa.

—¡Jacoviano, lárgate! —le grita la Bruja al ave—. Ya has hecho tu trabajo. Regresa mañana para cobrar tu recompensa.

El cuervo se marcha ipso facto porque conoce el genio de la Bruja y con ella no se puede permite la menor broma. Sin embargo, mientras vuela, sigue dándole espasmos por el ataque de risa.

—No intentes engañarme, inmundicia, porque conocerás mi cara más aterradora —le susurra maléficamente sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos.

Con las manos temblando, Inda hurga en su mochila y coge una pequeña bolsa envuelto en tela de seda. Cuando se la muestra a la Bruja, esta se mantiene en suspensión sobre la mano sin tocarla. En los ojos de la maléfica se descubre toda la fascinación que el objeto le revela.

—¿Qué es eso tan curioso? ¿Me quieres hacer un regalo? ¿Tal vez una joya?

—¡Exacto! Pero no es una joya cualquiera —Inda hace una pausa dramática para captar la atención de la maléfica. Ella lo mira con impaciencia. Él sabe la codicia y ambición de la mujer por las cosas mágicas o hechizadas.

—Y ¿qué hace que esa joya sea tan especial?

—Pues, en realidad no lo sé. Se la robé al mago Shacaconhejos, pero me aseguraron que era capaz de conseguir cualquier sueño que desearas —La Bruja no puede disimular su asombro.

—¡Ja! Y pretendes que me lo crea tal y como me lo estás contando. Debes de tomarme por una persona más estúpida de lo que tú eres. ¡Cochambre de estercolero! Además, ¿qué me impide desollarte vivo y luego quedarme con ese regalo?

—Bueno, cómo he dicho antes, no soy tan tonto como parezco —la bruja eleva los ojos al techo con desprecio, suspira y muestra una mueca procaz—. Esta bolsa que envuelve a la piedra también es mágica y está unida a mí de manera inexorable. Solo con pensarlo, desaparecerá sin que puedas hacer nada. Puedes creértelo o no, pero te cambio esta maravilla por lo que está dentro del cofre. No me interesa su valor sino su contenido.

—¿Sabes lo que hay dentro?

—Pues claro, el corazón de mi suegra. Yace en coma desde hace varios meses en su cama, catatónica.

—Ya entiendo. Pretendes clavarle un puñal para acabar definitivamente con ella, ¿no?

—En realidad, es lo contrario. Quiero que salga del coma y vuelva a su vida normal.

—Pero ¿tú eres el yerno más tonto del planeta? ¿O me estás mintiendo descaradamente?

—En absoluto. Mi mujer no se separa de su cama, ni de día ni de noche, y yo quiero que vuelva conmigo y me dé mimitos.

—Pues con más razón no entiendo que quieras reanimarla.

—Es que… Mi suegra hace unas croquetas de puchero que quitan el sentío y mi mujer no sabe como las hace. Y las suyas, pues… no.

—¡Por las barbas del nieto de Belcebú! Eso sí que no. Sus croquetas son sagradas y nunca me perdonaría que se perdiera su receta. Pero me tienes que prometer que me traerás una fiambrera bien llenita todos los meses —Esto último lo expresa con toda la súplica que puede generar su maldad suprema.

—Por supuesto, su magentuza. ¡Faltaría más! Aquí la tendrá. Esto… Entonces… ¿Puedo irme?

—Anda, date prisa antes de que cambie de opinión y te convierta en escarabajo de la patata.

De esta forma, Indalecio Manuel Durán Romero, Inmaduro para los amigos, consiguió salir vivo de la Casa de la Bruja y llevarse su botín. Su suegra salió del coma y le guisó tres lebrillos de croquetas. Su mujer pudo abandonar la habitación y darle mimitos y la Bruja…

Bueno, esa es otra historia que podrá ser contada…

Vale, ¡no! Que esta forma de cerrar el cuento jode mucho. ¿Verdad que sí?

La codiciosa Bruja se creyó la historia de Inda y se dispuso a hacer uso de la piedra mágica. Sin embargo, esta, en realidad, no había pertenecido al mago Shacaconhejos, sino al recaudador de Hacienda del Emir de Mekheoconthó. Cuando metió la mano en la bolsa, una fuerza succionadora la agarro y tiró de ella hacia su interior. Porque era bien conocido que moneda que cogía el Emir no la soltaba ni quemándolo. Así que la Bruja terminó dentro de la bolsa convertida en vil calderilla. Cuando el cuervo llegó al día siguiente no vio ni la recompensa prometida, ni a la bruja, pero sí la bolsa tirada en el suelo. ¿Qué hizo? Pues lo que se espera de un cuervo, la cogió, se la llevó y se la vendió a un buhonero que pagaba bien por las antiguallas.

Y colorín, colorado, el cuervo tiene el culo mojado.

Relato publicado en el Reto Literario de Septiembre “La Casa de la Bruja
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

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Un Linaje de Sangre

Es una noche como otra cualquiera. La luna flota pacientemente en el firmamento. Espléndida, llena y reluciente, desde las alturas ilumina la playa creando una hermosa pintura y esta, coqueta y divertida, contempla su reflejo en las cristalinas aguas que la bañan. Descansa tranquila porque está escoltada por dos castillos que la guardan y forman una pequeña cala que es la admiración y la envidia de toda la costa.

En la orilla izquierda, un arco de rocas permite el acceso como una puerta sin cerrojos hacia un paseo, también de piedras, que lleva hasta el silente castillo de San Sebastián. Unas pocas farolas iluminan tenuemente el suelo y, con las gotas que la humedad de la noche y el batir que las olas dejan sobre él, parece brillar como una alfombra de cristal sobre las aguas.

La fortaleza se adentra imponente en el mar y cortándolo transversalmente hasta quedar mirando de frente a la playa.  Desde allí se mece tranquilo y solitario, flotando entre las olas que durante más de tres siglos han bañado sus piedras. Hace ya mucho que sus habitantes decidieron dejarlo abandonado. Ahora solo las gaviotas pululan por sus callejuelas durante el día hasta que el sol se pone. Son los moradores entre sus muros que custodian los espíritus de los muertos que, hace siglos, cayeron entre sus almenas. Por la noche, cuando las aves se retiran a sus nidos, el silencio se hace dueño del recinto y, solo de vez en cuando desde la ciudad, da la impresión que algún alma incauta y decidida abandona su lecho mortal para recordar sus guardias milicianas. O eso dicen los lugareños que ven sombras deambulando entre ventanucos y torretas.

El otro extremo de la playa también aparece guardado por otro castillo, el de Santa Catalina, pero más pequeño y recogido. De aspecto tímido y apocado, solo se asoma a la orilla sin atreverse a avanzar mar adentro. Permanece al borde de la ciudad sin cordón umbilical que lo una a ella. Ambos castillos no solo delimitan y custodian la pequeña playa, también sirven para enmarcar el precioso paisaje fotográfico.

Sin embargo, toda la quietud y serenidad de la playa se ven alteradas de forma inexplicable. Un ligero temblor hace palpitar la arena. Las piedras parecen tiritar y una ligera bruma comienza a cubrir toda la caleta. Entre la amalgama de niebla y luz creada por las farolas aparecen de manera repentina dos figuras blanquecinas. Uno parece un lobo y el otro un felino. Ambas pieles albinas reflejan la luz de la luna produciendo una representación fantasmal. Silenciosos y con andar sosegado se dirigen hacia la puerta de la caleta donde el arco apenas es visible entre la bruma. Al llegar a él, se sientan y parecen aguardar tranquilamente la llegada de alguien. Impasibles y pétreos, parecen dos esculturas adornando la entrada del camino. Durante unos minutos, hasta la marea parece detenerse. Ha cesado el ligero viento que peinaba la arena y la playa desierta contempla como la luna intenta atisbar lo que pasa allí abajo.

No hay que esperar mucho, como una aparición espectral atravesando la arcada emerge una silueta de mujer. Luce un camisón blanco, etéreo, que ondea delicadamente mecido por la brisa que ha vuelto a soplar. Su apariencia pálida y nívea se acopla perfectamente al ambiente espectral y refulge también ante la luz del satélite. Los animales no se han inmutado y esperan silenciosos a que ella llegue a su altura. Parece despeinada y su pelo rubio le cae suavemente sobre los hombros, enmarcando una faz inocente y tranquila. Parecería que está dormida si no tuviera los ojos abiertos, aunque parecen mirar sin ver. Sus pupilas ambarinas, sin embargo, se mantienen quietas y fijadas sobre el camino. Su andar descalzo es delicado y suave. Parece que no toca el suelo, como si flotara sobre su propia sombra. En su levitar, avanza muy despacio hacia los animales que en ese momento se levantan y la escoltan por el camino.

La luna contempla la comitiva que avanza como un desfile teatral por la alfombra de piedras. Desde la lejanía solo son tres puntos blancos que se dirigen hacia el Castillo. Aunque puedan parecer una imagen fantasmal y terrorífica desprenden un aura majestuosa, solemne y mágica.

La caminata llega hasta el umbral del castillo y la puerta, que permanecía cerrada desde hacía muchísima décadas, se abre sin producir ni un solo chirrido, y eso que sus goznes de hierro están oxidados por el paso del tiempo. Aunque es una puerta muy pesada, se mueve como si la escasa brisa la empujara. De forma hospitalaria, autoriza a la mujer y los animales para que penetren en su interior y se vuelve a cerrar tras su paso para quedar como si nada la hubiera alterado.

Atravesando las mudas callejuelas del Castillo, la bruma les va abriendo camino hasta la gran plaza que forma el Patio de Armas. Entre la neblina aparece un imponente faro que, como atento y fiel efigie, sirve de vigía en las noches sin luna. A sus pies hay una puerta abierta que solo muestra oscuridad. De ella surge una llamada sin voz. Un murmullo que primero susurra y luego grita, como una bestia agazapada que emergiera para devorarlos. Sin embargo, lo que sale de la oquedad es una miríada de mariposas de todos los tamaños y colores. Ascienden hacia el cielo y vuelven a bajar en una danza desenfrenada que crea una maravillosa coreografía de luz y color que brilla reflejando el fulgor de la luna. Se acercan a la chica y la envuelven en un abrazo alado que la lleva en volandas hasta la sombría entrada y, sin que ella se dé cuenta, penetra en la negrura cayendo irremediablemente en su interior como si la engullera una inmensa garganta.

En ese momento despierta de su ensoñación ante la caída. Sin embargo, no llega a gritar porque en realidad no está cayendo, está flotando. Como si una inmensa mano invisible la sostuviera, llevada con delicadeza y esmero en su palma, va descendiendo pausadamente por la oscuridad del pozo alejándose de la tenue claridad que apenas la ilumina desde arriba. El tiempo parece detenido y la caída eterna. Finalmente, es depositada con suavidad en el suelo desde donde puede atisbar un angosto aunque largo pasillo que serpentea hacia las entrañas de la tierra. Dado que es la única salida posible, se adentra en la galería bajando la ligera pendiente que la hace adentrarse todavía más en las profundidades. Unas misteriosas plantas, arraigadas en el techo de la caverna, dan una escueta, aunque suficiente luz que le permite avanzar entre las tinieblas.

No es una chica temerosa, aunque sí prudente. No sabe lo que le espera al final del pasillo ni siquiera si habrá alguna salida, sin embargo, no tiene miedo. Está hundida en el subsuelo, húmedo y lóbrego, pero lo único que siente es curiosidad. Por eso sigue andando y, de la misma forma que le pasó en el pozo, el tiempo transcurre indeciso. Cuando empieza a intranquilizarse y a dudar de que el camino le lleve a alguna salida, tras un brusco recoveco, aparece una luz más intensa. La galería da fin a su travesía y se abre a una inmensa e imposible cueva que parece sacada de un cuento fantástico.

Trastabillando y deslumbrada por el cambio de luz se dirige hacia el centro de la gruta, contemplando sorprendida y admirada la belleza de las formas de las rocas, las plantas que han echado flores en tan inhóspito lugar, incluso cree ver algún pequeño animal que se escabulle ante su presencia. Más que una siniestra cueva parece el claustro de una catedral con el techo abovedado de brillantes guijarros en lugar de estrellas.

Está tan ensimismada contemplando tal maravilla que tarda en darse cuenta de una sombra en mitad de la caverna. Cuando sus ojos se adaptan, comprueba que la sombra es de una mujer sentada en una de las piedras. Aunque esta no aparenta ninguna amenaza, siente un repentino escalofrío. Está vestida completamente de negro, con una capucha o pañuelo, también negro, que le cubre la cabeza. Está inmóvil y no se la nota ni respirar. La plácida atmósfera que emana a su alrededor invitan a la chica a acercarse a ella en lugar de huir.

De nuevo, la curiosidad la empuja en su osadía y sin pensarlo se coloca delante para mirarla a la cara. Desde su altura no es capaz de verle el rostro, la mujer tiene la cabeza algo reclinada, así que solo puede mirarle las manos. Son grandes, nudosas y avejentadas. Denotan haber tenido una gran laboriosidad y ser fuertes y resistentes. Acarician un abalorio, en forma de collar, con cuentas de color sanguíneo que maneja de forma mecánica e instintiva. El ligero murmullo que sale de su boca le hace levantar la mirada para encontrarse con su cara. La está mirando impasible y atenta. Efectivamente, es una mujer de avanzada edad. Muy, muy anciana. Las arrugas en su cara apenas dejan ver sus rasgos. Sus ojos, de mirada oscura y penetrante, la hacen ver jovial e inteligente. Son dos pequeñas ventanas que parecen asomarse a todo un mundo. Su boca simula una tenue sonrisa y, acompañada de la dulce mirada, tierna y tranquilizadora, la invita a sentarse junto a ella. Así lo hace la chica y comprueba que han desaparecido su temor y sus dudas. Se siente como si estuviera sentada en un banco del parque en una tarde plácida junta a la Alameda.

—Hola, Diana, me alegro, al fin, de verte —dice la mujer con una voz que aparenta mucha menos edad.

Diana se sobresalta. ¿Cómo sabe esa mujer su nombre y de qué la conoce?

— Sí, te conozco. Sé cómo te llamas y también cuál es tu destino —prosigue la anciana como si le estuviera leyenda el pensamiento—. Hace mucho que preparamos este día y todos esperamos pacientemente tu llegada.

Ahora sí que Diana está totalmente asustada, abriendo desmesuradamente los ojos se lleva las manos a la boca. Habría echado a correr si sus piernas no hubieran abandonado de ante mano su reacción. Su corazón corre desbocado y amenaza con llevarla al desmayo.

—Pero, ¿quién es usted?

—Bueno, eso es complicado de responder. Hay quienes me consideran bruja, otros adivinadora y algunos simplemente la vieja guardiana de la ciudad. Se me conoce por muchos nombres y aunque siempre fui María, la leyenda me bautizó María Moco.

—¿Qué hace aquí abajo sola? Nunca la he visto, ¿por qué dice que me conoce? ¿Quiénes me esperan? —dice mirando a su alrededor intentando vislumbrar quiénes son esos todos de los que habla la mujer.

—No tengas miedo, pequeña, todavía no puedes verlos —continua la mujer respondiendo a las preguntas que no han sido formuladas—. Aún no estás preparada para ver.

Sin que a Diana le dé tiempo a reaccionar, la anciana le pone una de sus manos sobre la frente y empieza a recitar una salmodia que va calmándola y haciéndole entrar en un placentero trance. No entiende sus palabras, pero éstas se van colando en su mente haciéndole ver una imagen llena de nubes y colores. Parece estar en el aire dado que no ve el suelo. Es como si se hubiera convertido en un ave que estuviera surcando el cielo dejándose llevar por los vientos, planeando suavemente entre blanquecinas nubes esponjosas y delicadas.

Llevada por el suave y confortable vuelo, con el aire besándole la cara, va vislumbrando bajo el neblinoso horizonte la presencia de la ciudad. El sol parece acabado de despertar y su tenue luz baña las calles creando una imagen pictórica y bella. Planeando sobre la antiquísima catedral, se desliza por el moderno mercado mientras sus trabajadores preparan sus puestos; desciende hacia la preciosa playa, recorriendo el mismo camino que Diana hiciera hace, minutos, horas, días… El ave se adentra en el Castillo y se zambulle en el pozo. Recorre también el largo túnel y sale a la caverna en dónde se hallan ambas mujeres.

Cuando parece que va a impactar contra su cara, Diana despierta sobresaltada y vuelve a contemplar la caverna en la que se encuentran. Sin embargo, ahora no está vacía. A su alrededor puede ver a hombres, mujeres y niños que la contemplan. Todos la miran con caras amables y felices. Todos muestran una sonrisa siniestra. Todos enseñan sus blancos y largos incisivos. Todos levantan sus manos con las palmas hacia arriba en un gesto de amable reunión. Diana da un respingo cuando siente la mano de la anciana sobre la suya y, al girarse y mirarla, contempla de nuevo su cara sonriente y afable.

—No temas, Diana, son tu familia —le susurra delicadamente.

Esta vez sí que Diana no puede refrenarse y se levanta de sopetón. Empieza a correr sin orientación intentando escapar de la caverna. Busca desesperadamente una salida, pero no la encuentra. Cuando la angustia la embarga un extraño centelleo llama su atención. Son apenas hilos iridiscentes que flotan en el aire. Se mueven entre oscilaciones que se van haciendo más grandes conforme se va acercando. Cuando la envuelven, puede ver que son mariposas como las que la llevaron al pozo. La invitan a seguirlas para llevarla hasta una imposible abertura que hiende la pared.

Sin pensárselo, sale corriendo despavorida sorteando las apariciones que se encuentra a su paso. Su corazón late frenético. Sus pulmones a duras pena consiguen acaparar aire. Sus ojos apenas adivinan el camino. Las mariposas son más rápidas que ella y se pierden al atravesar la grieta. Tocando con sus manos las paredes intenta no tropezar con algún saliente que sobresalga del suelo. Sigue corriendo desbocada, cayendo y levantándose tan rápidamente como puede. Sin contemplar sus rodillas heridas y sus manos embarradas. Mirando desconfiada hacia atrás, por si la siguen, pierde contacto con el suelo porque este ha desaparecido y cae irremediablemente. Esta vez no hay nada que la sustente en el vacío. Siente la gravedad de la caída y empieza a gritar. La negrura la envuelve y el terror le golpea el pecho como una embestida. Cuando impacta contra el suelo no siente dolor. Queda tendida boca arriba con los ojos cerrados y la respiración enloquecida. Desfallecida y lasa. Sin embargo, está viva. O eso cree.

Temiendo encontrarse en el otro mundo abre muy despacio los ojos, pero, gracias a la amanecida luz que entra por una ventana, ve paredes, muebles, cuadros, cosas conocidas. Está sobre una cama. Su cama. Su habitación. Mirando desconcertada cada una de sus pertenencias, su corazón se va sosegando y empieza a serenar su respiración. Piensa incrédula si todo habrá sido un sueño. Más bien, una pesadilla. Se sienta en la cama y, al poner las manos en sus rodillas, las ve manchadas, laceradas y sangrantes. Se contempla las manos, también sucias, llenas de arañazos y con las uñas rotas. Una de ellas está cerrada apretando firmemente algo. Cuando la abre ve en ella el collar de la anciana. No, no ha sido un sueño.

Este relato es un regalo para Diana Buitrago (@DianaBBuitrago). Ella, junto a Jessica Galera, me adoptó como hermano literario y siempre tengo su apoyo, su empuje y su ayuda en este camino tan difícil que he decido emprender.
Diana tuvo el detalle de regalarme su primer libro de la trilogía Canción de Vampiro, Por tu Sangre. Y solo me pidió a cambio un relato. ¡¡¡Solo uno!!!
Los que ya lo hayáis leído sabréis lo maravilloso que es. La escritura de Diana es pura poesía. Su sensibilidad y su imaginación pura delicia.
Los que aun no lo habéis leído, ¡no sé a qué estáis esperando!
Por eso solo espero que esta pequeña historia tenga la suficiente calidad para compensar mínimamente este desigual trato.
Gracias, Diana, por tu confianza en mí, por tu continuo apoyo y por publicarlo en tu web: Salir a la Luna.

Añado aquí algunos enlaces para aquellos que no conozcan los lugares mencionados en el texto. Así como de la misteriosa, aunque real, María Moco:
– Castillo de San Sebastián.
– Castillo de Santa Catalina.
– La leyenda de María Moco.

En breve añadiré fotos propias de la playa y su entorno.

Conoce a la escritora de relatos Virtudes Torres

Tengo el placer de presentaros a una compañera de relatos que ha tenido a bien mostrarme algunos de sus trabajos. Eso sí, no se os ocurra escucharlos a solas y con poca luz porque dan mucho miedito.

Esta primera historia, fascinante e intrigante, se llama Vértigo” y fue dramatizada en el programa “La Rosa de los Vientos” de la cadena de radio Onda Cero. La narración corre a cargo de Remedios Márquez y la realización de Pepe Menchero. (2013)

Enlace a iVoox.

El segundo relato está realizado en vídeo por la propia Virtudes, que lo ha dramatizado con un arte que te pondrá los vellos de punta. Se denomina Desesperación. Es una historia de terror presentada al concurso ‘La Noche de Ánimas‘ de Interpubli y ‘El Último Peldaño‘, programa de radio de Onda Regional de Murcia (2015).

Enlace original a YouTube

El tercer relato también está realizado en vídeo, pero aunque no aparece Virtudes podemos escuchar su desgarrada y dramática voz escenificando maravillosamente la historia. Esta se llama El Relato y también fue presentada al programa ‘El Último Peldaño‘, de Onda Regional de Murcia. (2016).

Enlace original a YouTube

Espero que os gusten. Podéis encontrar más relatos en el blog Esta Noche te Cuento. Y también, leer sus aportaciones a los Retos Literarios de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog.

ACTUALIZACIÓN

Añado la última aportación que me ha facilitado Virtudes. Se trata de una recopilación de microrrelatos encadenados del blog Esta Noche te Cuento.

10.000 Cuentos Juntos (enlace en issuu)

Aquí os muestro las condiciones pedidas para la creación de los microrrelatos:

Virtudes os invita a descargar la publicación completa para que disfrutéis de todas las historias. Este es el enlace en issuu.

De todas formas, aquí os muestro una captura del relato creado por ella:

Matar a la Bruja

Relato publicado en el Reto Literario “Lo que ves es lo que Lees
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

Matar a la Bruja

Muchas lunas me habían ido señalando el camino pero cuando llegué al lugar, ésta parecía haberse escondido. La oscuridad y la niebla me dieron la bienvenida y aunque el calor de la chimenea entibiaba todo el recinto, mis huesos seguían helados y quejumbrosos.

Cuando sus caras tristes y sus almas desoladas me miran comprenden que soy el que vengo por la recompensa, pero no saben que lo que menos me importa es el dinero. En realidad piensan que soy la próxima víctima. Por eso me invitan a comer y beber, porque presienten que será mi última noche.

Tras recuperar algo de fuerza con la comida y el breve descanso me interno en el bosque. No tengo miedo porque llevo demasiado tiempo buscándola. Y por eso, cuando la veo me horrorizo. Porque esperando encontrar al ser más maléfico y horroroso que acostumbra aparecer en mis pesadillas, mis sorprendidos ojos ven a una hermosa criatura. Llena de belleza y ternura. Con una inmaculada e inocente apariencia.

Ahora entiendo por qué la leyenda dice que es imposible de matar. Y yo mismo me pregunto cómo podré destruir esta maravilla angelical.

Sin embargo, consigo convencerme que es parte de un hechizo. No he atravesado medio mundo para caer ahora rendido a su encanto. Saco de mi interior toda la maldad que he ido acumulando durante mi existencia y también el puñal bendecido que porto como un tesoro en mi pecho.

Ella, la bruja, me mira. Pero no con maldad sino con una bondad y dulzura que me hace estremecer. Me recuerda aquellos tiempos en que éramos solo uno. Cuando veíamos el mundo como una sola alma. Y en ese momento, cuando levanto mi arma para hundirla en su pecho, vislumbro cuál es el final de mi camino.

La bruja ríe y me hace saber que solo yo podía salvarla. La maldad que me envuelve ha sido la llave de su libertad y ahora soy yo el que ocupa su lugar. Me he convertido en la bestia que vendrán a matar los que quieran conseguir fama y dinero.

Reto 5 Líneas – Diciembre 2018

Relato publicado en el Reto “5 Líneas
de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas
que incluya las tres palabras propuestas.

(Cadena, Primera, Casa)

Como cada atardecer, la primera en despertar era la bruma. Recorría las calles del pueblo inspeccionando los rincones. Besando las puertas de cada casa. Deseando buenas noches hasta que el sol la obligara a disolverse en la tierra. Nada cambiaría ese 25 de diciembre porque la rutina se repetía indefinidamente. Como si una cadena la sujetara inexorablemente a FirstHouseChain, el pueblo donde solo vivían piedras porque la otra vida hacía mucho que se había mudado.