Solo Puede Quedar Uno

Composición creada con Photoshop donde se ven los retratos de los cuatro personajes protagonistas de la historia.
La composición los presenta en cuatro óvalos sobre fondo negro y todo salpicado de gotas de sangre.
Junto a cada retrato aparece su nombre.
Omito la descripción de cada uno, dado que se hace en el mismo relato.
Créditos de las imágenes:
Sandrina: Pexels en Pixabay
Darío Muratkalenderoglu en Pixabay
Imagen de Mystic Art Design en Pixabay
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Desierto del Cacajari. Un viejo y desastrado motel muere a los pies de una carretera polvorienta. Sus paredes exudan el tiempo y se mantienen erguidas por la rutina. El sol se torna compasivo dando un pequeño descanso del pegajoso y asfixiante bochorno. Cuatro viajeros se guarecen dentro del bar. Cada uno sentado a una mesa. Solos. Aislados en cada esquina del comedor. La barra aparece vacía y la cocina está ya apagada. Nadie atiende al servicio. Quizás estén en el piso superior, donde están los dormitorios o, tal vez, hayan decidido abandonar el café a su suerte. El silencio molesta los oídos. Nadie hace ruido, ni siquiera al comer o beber. No se miran, pero se presienten. El mismo aire es una cortina de angustia e inquietud. El ambiente es espeso e irritante. ¿Qué es lo que genera esa tensión?

Al fondo, casi escondida por la barra, está Sandrina. Piel y pelo morenos. Joven, sensual y de mirada cándida. Tiene delante de ella un plato lleno de patatas fritas y una hamburguesa doble. Intactos. Se le nota hambrienta, sin embargo, solo ha tocado su Coca-Cola light. A través de una pajita va dando sorbitos pequeños y lentos. Mira a los demás de soslayo. Aparenta gran serenidad, pero su interior es un volcán presto a su erupción.

Frente a ella, justo en el ángulo recto con los demás comensales, está Darío. También joven y atractivo. Aunque ligeramente más maduro. Barba y cejas muy marcadas. Indumentaria ligera y cómoda. Lo que más llama su atención es su mirada. Ojos penetrantes y zafíos. Los mantiene bajos, sobre el plato que tiene delante, totalmente vacío. Sabedor de que nadie podría aguantarle la mirada durante mucho tiempo, se concentra en el móvil. De vez en cuando, mira distraídamente por la ventana que tiene a su izquierda. Su calma es totalmente efectista. Sus piernas se mueven espasmódicas y su dedo pulgar cambia constantemente el contenido de la pantalla.

En la esquina contraria se sienta Sophie. La más joven de los cuatro. Pelirroja de media melena, con gesto inocente y sosegado. Se come de forma pausada un ponty de pollo, parapetado entre patatas fritas. Paladea cada una de ellas cogiéndola con los dedos, pero no hace ruidos al masticar. Las absorbe con deleite. Junto a ella, en la silla situada a su izquierda, una guitarra sin funda descansa de pie. Observando toda la sala y a sus ocupantes. Expectante. Le gustaría ser protagonista de la escena, pero se mantiene muda.

En la última mesa, en el vértice de un cuadrado perfecto, equidistante de los demás, se halla Shinná. Está sentado dando totalmente la espalda al resto. Oriental y de avanzada edad. Pelos, bigotes y barba muy largos, níveos y desmarañados. Sus ojos muestran cansancio y debilidad. En su mesa solo hay dos botellas de whisky, una vacía y la otra medio llena, y un vaso del que da, de vez en cuando, pequeños buches. Su indumentaria dista bastante de estar limpia y su aspecto denota descuido y olvido. Casi encorvado, se inclina de forma imposible sobre el vaso, intentando atisbar en el reflejo ambarino de su interior su propia imagen esquiva. De vez en cuando, cierra los ojos. Parece que no los volverá a abrir y caerá en un profundo y alcohólico sueño, pero se aviva y da otro pequeño sorbo.

El sol está a punto de esconderse por el horizonte, como si previese el estallido de la tensión. Las pequeñas lámparas, que adornan el techo del comedor, se empiezan a calentar tenuemente. Los cuatro levantan muy lentamente sus rostros, escrutando a los otros tres. Parece una coreografía infinitamente ensayada. Sus movimientos son síncronos, pero secos y graves.

Darío ha dejado el móvil sobre la mesa y un ligero temblor se ha adueñado de su cuerpo. Coloca las dos manos sobre la superficie e intentan controlar su respiración. Sandrina empieza a olfatear el entorno. Ya no disimula su hambre y empieza a babear ligeramente. Sus dientes, blanquísimos, están cambiando. Sophie permanece inalterable. Sigue comiendo, sin percatarse de los cambios en el ambiente. Shinná por su parte, se ha incorporado, todo lo que su cuerpo extenuado y senil le permite. Se ha girado levemente, encarando a sus compañeros de cena. Su cara muestra una risa perturbada, producto de su mente ebria y fatigada. Sus ojos apenas se mantienen abiertos y aparentan doblegarse para dar con su semblante en el suelo.

Todo ocurre a cámara lenta. El oriental simula dar una cabezada y, en un movimiento incomprensiblemente ágil, se incorpora y con la mano derecha agarra la botella de whisky vacía y la lanza contra Sandrina, que se ha levantado a su vez, aún más veloz, para abalanzarse contra Sophie. Su cara se ha transformado en una bestia, mostrando sus inmensos colmillos y con los ojos llameantes y ensangrentados. De un manotazo hace pedazos la botella y ríe desvergonzada. Cuándo gira su cabeza, para centrarse en Sophie, ve cómo esta ha cogido su guitarra y apuntándole con el mástil, hace sonar una sola de sus cuerdas. Cómo respuesta a la vibrante pulsación, salen del clavijero tres saetas de nogal que impactan sin piedad en el corazón de la vampira.

A Sandrina no le da tiempo ni a mostrar sorpresa. Explosiona convirtiéndose en una nube de carne y sangre. Revienta, literalmente, en el aire. Atravesando la cortina de partículas, se deja ver Darío. Ya no es humano se ha convertido en una grosera y horrenda fiera. El pelo negro, craso y burdo atesta todo su cuerpo. La ropa yace rota en el suelo, imposible de cubrir el ensanche de sus músculos.

Sophie ya está en pie. Agarrando la guitarra por el mástil y enarbolándola a modo de garrote. A Darío solo le da tiempo a dar dos pasos hacia ella. Golpeándolo con la caja le hace reventar la cabeza, llenando todas las mesas adyacentes de trozos de cerebro, piel, dientes, pelos y sangre. La guitarra ni se inmuta. Su cuerpo está hecho de carbino, indeformable e indestructible. Sophie desmonta el mástil de la guitarra y, convertido en una catana de afilada hoja, corta a la bestia de arriba abajo. Su cuerpo, formando ahora una y griega, cae fulminado, como un pesado fardo, esparciendo todavía más sangre.

Totalmente roja, cubierta de las vísceras de lo que fue Darío, Sophie se encara con Shinná. Ambos están de pie, frente a frente. El chino tiene las manos separadas, con las palmas enfrentadas. Entre ellas, un rayo de colores fosforescentes se entrecruza formando una madeja de luces. Ambos se miran, pero no se mueven. La escena parece congelada. Los ojos hablan y las bocas callan.

Shinná no está allí por casualidad. Es un asesino a sueldo que ha cobrado una cantidad obscena por acabar con Sophie, la cazadora de monstruos. En una aberrante asociación, licántropos, vampiros, espectros, ogros, quimeras, incluso leprechauns, se han unido para contratar al assassin y acabar con la temible y afamada asesina de criaturas fantásticas. De forma lenta, pero obstinada, está diezmando las filas de toda la comunidad de engendros.

Sophie no cobra. Trabaja por puro placer. Desde niña fue educada, entrenada y formada para matar alimañas. Con dieciséis años se quedó huérfana en una escaramuza familiar. Desde entonces trabaja sola y disfruta matando bestias. Ahora se ha cobrado dos piezas más, pero tiene ante sí a otro asesino. Este es aún más despiadado que ella, porque es un cazador de cazadores.

Cuando Shinná empieza a juntar sus manos, para hacer más intenso el rayo lumínico y lanzarlo sobre la chica, esta vuelve a montar la guitarra, rauda y veloz, y la coge en su postura natural. Con un movimiento rápido y controlado, la hace tañer con un gemido frenético, agudo y lacerante. El nipón no llega a abrir los brazos y queda en pose errática. De sus oídos empiezan a surgir hebras sanguinolentas que le recorren toda la barba, tiñéndola de bermeja fachada. Sus ojos también lloran sangre y su respiración se hace ardua y pesada. Sus piernas se rinden al combate y le hacen postrarse ante su rival. Durante unos segundos permanece enhiesto, mirando inane a la chica. Esta enarbola de nuevo la guitarra, pero no es necesario el golpe de gracia. Shinná cae inerte, de frente, impactando contra el suelo. La sangre, que comienza a brotar por todas sus cavidades, va impregnándolo en un lienzo siniestro y granate.

Toda la escena ha durado escasos segundos. Los suficientes para que Sophie aumente su reputación y agrande el número de ceros que tendrán que añadirle al contrato de su próximo cazador. Se acerca a su mesa y se come tres gajos de patatas que le quedaban en el plato.

Cuando llegó allí, de forma nada fortuita, se bajó de su moto y entró a tomarse un refrigerio, sabía perfectamente que solo podría quedar uno vivo. ¿Vivo? La chica ríe a carcajadas mientras se mira en el espejo que hay tras la barra. Allí puede ver su horrendo reflejo. Una amalgama de huesos recubiertos de piel pútrida, oquedades habitadas por larvas, gusanos y tábanos. Todo ello aglutinado de tinieblas y espanto. La cazadora de monstruos hace ya mucho tiempo que dejo de exhalar vida.

Relato publicado para el Reto Literario “Desafío Literario Enero 20: Solo Puede Quedar Uno” de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Cuatro fotos, cuatro personajes, que deberán ir muriendo durante la historia.

Como máximo, solo puede quedar uno.
Elige uno de los objetos escondidos que tendrás que usar como arma: Una Guitarra

La Maldición de la Casa Ludwig

Se acercaba el fin de año y las telarañas lucían espléndidas en mi oficina. En mi cabeza empezaba a dar vueltas el fantasma del cambio de trabajo. De investigador de lo paranormal a husmeador de parejas con problemas. Esos fueron mis comienzos y me aterraba volver a ellos, pero si no conseguía trabajo pronto, tendría que aprender a vivir como los camaleones. ¡Joder! Tener que volver a perseguir, espiar y fotografiar maridos y esposas de cornudos. Lancé un grandísimo suspiro e hice una súplica a San Philippo Marlowe de todos los Santos. Del susto me caí de la silla al suelo, eso me pasa por adoptar posturas de película. El teléfono empezó a sonar como un descosido. Luchando por quitarme la silla de encima, para llegar hasta el móvil que estaba encima del escritorio, conseguí cogerlo antes de que el llamante se cansara y colgara.

—¿Diiigaaa? —Me temo que mi voz salió sin ningún disimulo.

—¿Se encuentra usted bien? —dijo alguien al otro lado del teléfono.

—Eh, sí, sí. Es que me ha cogido usted haciendo mis ejercicios matinales —mentí descaradamente.

—¿Matinales? ¡Si son las cinco de la tarde! —¡Vaya! Llamaba un tiquismiquis.

—Sí, claro, ya lo sé. Pero como mi trabajo se desarrolla por las noches, esta es mi mañana —le dije sin acritud, pero también con un poco de mosqueo—. ¿Me llama usted para algo más en particular o solo para interesarse por mi rutina cotidiana?

—¡Oh, usted disculpe si le parecí grosero! Pensaba que le había cogido en mal momento. —Esta conversación se estaba poniendo complicada. Tendría que darle un empujón para que soltara la lengua.

—Nada, tranquilo hombre. Estaba de bromas. Dígame usted cuál es el motivo de su amable llamada.

—Bueno… verá… es difícil de explicar… yo… —Por los clavos del ataúd de Drácula. Me estaba empezando a sacar de quicio. Me carcomía la curiosidad. Necesitaba, urgentemente, averiguar si me habían llamado para un trabajo o para venderme una enciclopedia. Ahora, ¡¡¡como me estén llamando para cambiarme de teléfono!!! ¡Es que lo estrangulo con el cable del teléfono! Sí, ya. Es un móvil. Tranquilidad Jeancló, o como diría mi primo del sur ¡karma, musha karma!

—Caballero, hable usted sin tapujos. Estoy acostumbrado a los casos más esotéricos, extraños y extravagantes que se pueda imaginar. ¡Cuénteme! Por favor.

—Vale. Se lo cuento todo ahora mismo. Soy el alcalde de Hartosya

—¿Hartos de usted? —No lo pude evitar. Su lentitud con la exposición de su problema me estaba matando los nervios.

—¿¡Cómo!?

—Nada, nada. Pensaba en voz alta. Por favor, siga usted, que la intriga me corroe.

—Mire, creo que es mejor que venga usted aquí y se lo explique en persona. —¡La madre que lo parió!

—Bueno, no hay ningún problema por mi parte, pero tendrá usted que decirme de qué trabajo se trata. Si de trabajo se trata, claro.

—¡Oh, perdón! Es que estoy muy nervioso. Le quiero hablar sobre la Mansión de los Ludwig. —Algo me implosionó en el cerebro.

—¿Se refiere a los Porfden… Profen… Forpiden…? —le pregunté, tartamudeando, sin terminar de pronunciar correctamente tan complicado apellido. Cuando se juntan más de dos consonantes se me hace un nudo en la lengua.

—Efectivamente, señor, los Ludwig von der Pfordten. —Creí notar un poco de recochineo en el modo de pronunciar “perfectamente” el apellido alemán—. Ya no podemos aguantar más y dicen que es usted la persona adecuada para desentrañar su misterio y darnos, por fin, paz y tranquilidad.

Había escuchado hablar de esa mansión muchas veces y se me hacía la boca agua solo con verme allí dentro, indagando entre sus ruinas. Era una de las casas encantadas más famosas del país. Se habían establecido tantas teorías sobre ella como para llenar varias decenas de libros, pero ninguna se había demostrado. Era el santo grial del mundo paranormal.

—¿Y dice usted que es un trabajo para mí? —le espeté para cerciorarme de que pensaban pagarme. Qué hay mucho listo suelto por ahí pidiendo favores.

—Si usted lo acepta, desde luego señor. Estamos dispuestos a pagar sus altos honorarios para que nos libre de su maldición.

¿Había dicho “altos honorarios”? ¿Quién me había recomendado, mi ángel de la guarda?

—Por supuesto que lo acepto, señor alcalde. Cojo ahora mismo mi equipo y me voy para allá. En unas horas me tendrá usted en su pueblo. En persona, física y espiritualmente. —La última chanza debería habérmela tragado. Creí escuchar un ligero gritito al otro lado del teléfono.

* * * * *

Aquí estoy, en Hartosya… del alcalde, de la mansión y vete tú a saber de cuántas cosas más.

Afortunadamente, el viaje no ha sido accidentado, mi coche es bastante viejo, un Volkswagen Beetle del 90, una auténtica reliquia, pero suele tener la costumbre de dejarme tirado en la carretera o darme algún que otro susto. Es algo más que un coche para mí. Aunque tenga que dejarlo aparcado en la acera para contemplarlo embelesado desde mi ventana, no pienso deshacerme de él nunca. Eso sí, el GPS de mi móvil es muy cachondo y me ha obligado a hacer un viaje turístico por toda la zona, antes de llevarme definitivamente al “maldito” pueblo de los Hartosya, donde me esperaba el locuaz alcalde.

La reunión no ha durado demasiado, el alcalde, junto con dos de sus concejales, me ha recibido muy amablemente y me ha contado sus grandes problemas con la mansión. O como ellos lo llaman “todo lo que tenemos que soportar”. Resumiendo: Aunque la mansión lleva abandonada desde hace decenas de años, a las doce de la noche en punto, las campanas de la capilla empiezan a sonar. Es tanto el escándalo que producen que todo el pueblo se pone de los nervios, por mucho que se lo esperen. Nadie se acerca, ni de día ni de noche, a las inmediaciones del inmueble. Dicen que no es raro ver sombras o caras por los cristales de las ventanas y, a veces, estos acaban reventando. Se escuchan gritos, risas y golpes. Algunos aldeanos no han podido soportarlo y se han marchado del pueblo. Por eso me quieren contratar. El alcalde no desea que su municipio se transforme en un pueblo fantasma.

Según el informe que me han dado: la casa perteneció originariamente a una familia alemana de ascendencia aristocrática, los Ludwig von der Pfordten, conformada por el padre, la madre y sus tres hijos. Se instalaron en la casa en 1889 y todo en torno a ellos fue extraño. De la familia se sabía muy poco. Entre unas cosas y otras, la casa quedó vacía en 1911, apenas doce años después. El servicio estaba compuesto solo por un matrimonio y su hijo, que vivían también en la mansión. Solo contrataban a más personas con motivo de alguna fiesta o celebración. Sin embargo, muy pocas veces recuerda nadie haberlos visto en actitud jocosa y desenfrenada. Sin que nadie se percatara, dado que casi no tenían contacto con la gente del pueblo, dejaron de existir. La casa enmudeció y nadie supo si se mudaron o fallecieron dentro de la misma. De improviso, hace unos tres años, empezaron los altercados antes mencionados. Nadie sabe quién los provoca ni las causas por las que podrían haber vuelto. Parece evidente que tendré que hacer como en las películas o novelas típicas de fantasmas. Me alojaré dentro de la mansión y esperaré a que lleguen las doce de la noche. Luego, ya veremos qué pasa.

* * * * *

Ya estoy dentro de la mansión. No se puede negar que es más antigua que las momias. El pestazo a humedad casi me hace desmayar. Las maderas crujen, pero no a causa de los fantasmas. Es que esta casa se mantiene en pie de puro milagro. Todas las vigas y su estructura están hechas de madera, así que es increíble que las polillas no lo hayan devorado todo y se haya venido abajo. Algo me dice que las avispas, las termitas, las carcomas y los cósidos se están pegando un banquete exquisito, pero prolongado y controlado con su esqueleto. (Sí, durante un tiempo me obsesionó la entomología). Hay tantas habitaciones y, supongo, tantos rincones ocultos en esta casa que es imposible que yo solo pueda revisarlos todos en una noche. Si, por razones que ahora mismo no quiero pensar, tengo que salir huyendo, voy a hacer más kilómetros que el caballo de un tiovivo.

Falta poco para la medianoche. Me he acomodado en uno de los butacones del gran salón, en la planta baja. Con mi mantita y mi linterna de dinamo sin pilas. No quiero que los espíritus me dejen sin batería a traición. Me he traído varios aparatos de mi invención: el Uterizador de Ondas Sibosuidales, capaz de mostrar la presencia de entidades etéreas, pero ondulares; el Cabotizador Hemacratodicos, detector de frecuencias infrasónicas; y un gato de la tienda de animales, no es un invento mío, pero en cuanto detecte cosas anormales se le erizará el pelo y saldrá escopetado. Una maravillosa alarma si todo lo demás falla. Tampoco vengo indefenso, traigo mi mejor invento, la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y alguna sorpresita más. ¡Fantasmitas a mí! Veremos quién es el primero que quiere dialogar conmigo.

Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón…

El susto que me acabo de pegar ha puesto a prueba mi ya deteriorado corazón. Me estoy aficionando a esto de los sobresaltos sorpresivos. No me he dado cuenta y con tanto silencio me he quedado dormido. Esas deben ser las campanas de la capilla. No sé cuántas han sonado ya. Supongo que tienen que ser doce. Le doy a la manivela de la linterna para comprobar que está a tope de carga. El Uterizador de Ondas Sibosuidales parece estar en reposo y el Cabotizador Hemacratodicos tampoco se ve alterado. No parece haber espíritus por aquí ahora mismo. Sin embargo, el cobarde del gato no se ve por ninguna parte. Será mejor que me levante y dé una vuelta por la casa. Me llevo mi escopeta y un par de regalitos. Suelo ser una persona amable y partidaria del diálogo, pero si los fantasma se ponen guasones no estoy dispuesto a quedarme en esta casa in eternum.

El sepulcral silencio crea una atmósfera espeluznante. Ahora mismo no se escuchan ni los crujidos de las maderas. Parece que toda ella duerme profundamente. Todo parece normal. Bueno, todo menos el frío. Aunque llevo puesta mi camiseta thermoblastyl, estoy empezando a temblar y, afortunadamente, todavía no es de miedo. Subo por las escaleras que dan a la entrada de la mansión. Son anchas y de escalones altos. Parece que es de las pocas cosas que aguanta bien el paso del tiempo. Aunque la alfombra que la recubre conoció días mejores. Hace muchos, muchos años, vamos. Hay más polvo que en una fábrica de harina. Los escalones crujen. Espero que no se vayan a partir precisamente ahora. Suenan como quejidos. ¿Estaré pisando a alguien?

El primer piso está totalmente a oscuras. Evidentemente esta casa no conoció la luz eléctrica. Sin embargo, debería entrar algo de claridad por las ventanas. Hoy hay una luna espléndida que ilumina todos los campos. Las puertas de las habitaciones están abiertas de par en par, pero el interior de ellas está en tinieblas. Parecen bocas dispuestas a zamparme de un solo bocado. ¡Ahí, dándome ánimos! La escasa luz de la linterna hace más tenebroso el pasillo que se adentra hacia las entrañas de la casa. Estos son los momentos en los que me pregunto por qué no me he hecho fontanero. Evidentemente, porque inundaría medio barrio.

Por el rabillo del ojo creo haber visto una sombra. Sí, claro, ya sé que está todo lleno de sombras, pero yo me entiendo. Un crujido detrás de mí. Me giro rápidamente, pero no veo nada. Nada de nada, vamos. La jodida linterna se ha apagado. Me lo veía venir. Menos mal que soy perro viejo. Más perro que viejo. Tengo otra en el bolsillo de la chaqueta. Le doy a la manivela… pero… parece que… no funciona tampoco.

—Te vas a cansar mucho, chaval. Usa el mechero. Eso nunca falla.

—¿Quién ha dicho eso? —El repelús me ha recorrido toda la espina dorsal—. ¡Me cago en la leche!

Busco el mechero que siempre llevo encima, aunque nunca fume. No es que quiera hacerle caso al espíritu, pero es buena idea. Después de mirar en los doscientos bolsillos que llevo entre camisa, pantalones y chaqueta encuentro una caja de cerillas. ¿Cuándo he cambiado el mechero por esto? Enciendo apurado una de ellas y busco la voz. Nada. Está jugando conmigo.

—No estoy jugando, chaval. Estoy detrás de ti.

El frío me ha congelado hasta los… Me giro muy despacio con la cerilla en la mano y, efectivamente, está detrás de mí. No me asusto. No debo. Soy un profesional. Sin embargo, la cerilla tiembla descubriéndome vilmente. Por supuesto, se ha apagado. Mientras enciendo otra, apurado y temblando, veo unos ojos enormes, amarillos y fijos en mí. Afortunadamente, soy un profesional, ya lo he dicho, no salgo corriendo. Me he quedado petrificado.

—Tranquilo, chaval. No te voy a hacer nada.

Tranquilo, dice. Su cara de sargento retirado es más seria que la de una suegra. Lleva un gorro militar, tipo ros, y unos bigotes larguísimos, que se le suben en las puntas simulando una sonrisa. Su figura es gruesa, sin llegar a la obesidad. Luce una chaqueta, también militar, con hombreras. Aunque al no llevar galones ni medallas, supongo que no es un oficial. No tengo ni idea. Nunca he sentido pasión por nada relacionado con el ejército. Por supuesto, su figura es casi transparente. Otra cosa no, pero observador soy un rato largo.

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—Buenas noches, caballero —digo intentando controlar mi tartamudeo miedoso—. Creo que usted es don Faustino Eshi… Shide… Shede….

— Faustino Scheidemann, el mismo que vestía y calzaba. ¿Me conocía usted?

—Bueno, en realidad, solo por fotografía. La suya está en el archivo que me han dado.

—¿Archivo? ¿Eso qué es?

—Papeles, documentación, don Shedi… Shadi…

—Puedes llamarme Faustino, chaval. Y ¿Por qué tienes documentación mía?

—En realidad, la documentación es de toda la casa y de sus ocupantes. Usted formó parte del servicio de la misma. También hay información sobre los señores Pof… Fop… Frpogg…

—Pfordten. ¿De todos los Ludwig von der Pfordten?

—En realidad, solo de los que vivían en la casa.

—El señor Brunhilde, su señora Dietlinde y sus gemelos Dieter y Ebba y la pequeña Viktoria. ¡Ah! Una familia excepcional. Sin duda. —Los había pronunciado todos de carrerilla, como si estuviera pasando lista—. Y, si me permite la pregunta, señor. ¿A qué se debe su visita a la casa?

—Pues, verá usted, señor don …, Faustino. Me han contratado para que averigüe por qué siguen ustedes deambulando por aquí y provocando los sustos y sobresaltos de los habitantes del pueblo.

—¡Esos imbéciles! ¿Acaso no saben que el pueblo existe gracias a la generosidad de la familia Ludwig von der Pfordten? —Me estaba empezando a resultar cargante el nombrecito tan largo de la familia—. Fue con su dinero con el que se construyeron todas las casas del pueblo, se les pagó a todos los operarios y se mantuvo a todos los ancestros de los malhablados que hoy en día habitan ahí.

—No le falta a usted razón, don Faustino, pero tenga en cuenta que deberían estar ustedes descansando. Han pasado ya más de cien años.

—¡Cómo si pasan quinientos! ¿Qué derecho tienen esos destrozaterrones para querer echar a la familia Ludwig von der Pfordten de su propia casa? —Me estaba dando dolor de cabeza. ¿No se podían haber llamado Gómez Pérez?

—No se enfade usted, caballero. En el fondo, yo solo quiero saber qué es lo que pasó aquí aquel año de 1911, cuando todos los aquí vivientes dejaron de serlo.

—Eso no se lo puedo contar. Tendrá usted que preguntárselo a los propios…

—A la familia, sí, a la familia. —Si vuelve a pronunciar de nuevo el nombrecito completo, fantasma o no, lo mato—. Y ¿dónde los puedo encontrar si no es mucho preguntar?

—Tranquilo. Ellos le encontrarán a usted.

Y con una risa malvada, de película mala, ha desaparecido. Así si avisar y dejándome con la cerilla quemándome los dedos. Que también es curioso el tiempo que ha durado sin apagarse. Cosas de los fenómenos paranormales. Que de normales tienen poco. ¡Ea, se apagó!, por hablar.

He vuelto a quedarme a oscuras y con el alma en vilo. Soy un profesional, no sé si lo he dicho ya, pero cuentan cosas extrañas de esta mansión, como que algunos de los que entraron no salieron. Prefiero pensar que les gustó la compañía de lo que exista aquí dentro.

Acabo de probar las linternas y ahora funcionan las dos. Otra broma del sargento, supongo. Por si las moscas llevo una en cada mano. Parezco el doctor Hesselius montado en un renault Twingo. Me tiemblan las rodillas y empiezo a notar que el frío aumenta. Tengo unas ganas enormes de salir corriendo, pero ya tengo hecha la transferencia del pago y no pienso devolverla ni bajo tortura. Además, soy un profesional. Sí, lo he repetido veinte veces ya, pero si no me doy ánimos yo va a hacerlo el gato que ha salido huyendo. Me dedico a esto, es mi trabajo y lo voy a hacer. Voy a subir al piso superior. Las escaleras son más pequeñas y estrechas. Los escalones crujen como si estuviera pisando cadáveres. ¿Cadáveres? ¿Por qué leches me ha venido esa comparación a la cabeza?

Ya estoy en el segundo piso. Aquí no hay pasillo. Toda la estancia es un salón enorme. Oscuro, por supuesto. Parece una inmensa gruta dispuesta a … No, esta vez no lo voy a decir. Cada vez estoy adentrándome más en las vísceras de esta bestia. Debería irme, ahora que todavía puedo, pero he dicho que soy un profesional y…

—Para ser un profesional das mucha pena. —¿¡Ya!? Ha tardado poco en aparecer el siguiente fantasma.

—Fantasma lo será tu mami, imbécil. —La leche con costra. Son dos voces distintas. Voces jóvenes y de distinto género. ¿Serán los gemelos…?

—¡¡¡Pfordten!!! —Han gritado unidos en una sola voz.

—¿A que no nos coges, imbécil?

Se han empezado a escuchar pisadas corriendo por el piso. Sus risas y gritos alborotan el silencio. Mis vellos se han puesto tan de punta que parecen querer agujerear el jersey.

—¡Parecéis niños pequeños! —dice otra voz de apariencia más joven todavía.

—¿Eres tú, Viktoria? —le pregunto, intentando mantener la calma.

—Para servirle, caballero. No le haga caso a mis hermanos, solo están jugando. —Su voz es dulce y amable. Parece un fantasma agradable, pero en estos casos hay que estar alerta. Luego pueden convertirse en bestias demoníacas.

—Hola, pequeña. ¿Sabes qué pasa aquí? —Intento buscar información cuanto antes. Cuanto antes pueda salir de aquí escopetado.

—¿Pasar? Nada. Estamos jugando el esconder. ¿Quieres unirte a nosotros? —Jeje, para juegos estoy yo ahora mismo.

—¿Sabes dónde están tus padres, pequeña?

—¡Uy! No se le ocurra molestar a papá. Tiene muy mal genio y no aguanta que le interrumpan cuando está leyendo en su despacho. —Maravilloso. Un fantasma malhumorado me espera.

—No te preocupes, pequeña. Vengo solo a hablar con él de un problema que hay con la casa. Dime dónde está el despacho. Hablaré con tu padre y me iré en seguida.

—Vale, al fondo del todo a la derecha. ¡¡¡Y NO VUELVA A LLAMARME PEQUEÑAAA!!! —Con sus últimas palabras, el pantalón se me ha quedado a la altura de las rodillas. No solo ha pegado un grito espeluznante, sino que la pequeña niña se ha convertido en un monstruoso yeti de tres metros de alto. Afortunadamente, con la misma rapidez se ha vuelto a convertir en dulce niña y se ha ido corriendo y riendo. Si salgo de esta, no habrá quien me rompa el corazón.

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Después de subirme los pantalones, hacer varias respiraciones profundas y recoger las linternas del suelo, me dirijo aparentando confianza, solidez y tranquilidad, hacia el supuesto despacho del cabeza de la familia. La puerta está cerrada. Creo que es la primera que me encuentro en este estado. Teniendo en cuenta el aviso de la niña, no quiero irrumpir bruscamente en la estancia. Si ya es un hombre de humor gris, no es buena idea oscurecérselo todavía más. Decido llamar educadamente.

Toc, toc. Llamo con los nudillos sobre la sólida puerta. Espero unos segundos y, viendo que no responde nadie, insisto. Toc, toc.

—Señor Ludwig von der Pof… Frop…Pofo—Se va a poner la mar de contento de que no sepa pronunciar bien su nombre—. Desearía hablar unos instantes con usted sobre los problemas en la cas…

—¿QUIÉN OSA INTERRUMPIRME? —Este no se ha andado con chiquitas. El vozarrón ha taladrado la puerta y mis tímpanos. Creo que lo he cabreado antes, incluso, de empezar a hablar. Suelto inmediatamente las linternas y cojo con las dos manos la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts.

—Disculpe la impertinencia, señor, pero necesito hablar con usted para un asunto…

—¿UN ASUNTO? ¿QUÉ ES TAN IMPORTANTE QUE NO PUEDE ESPERAR A LA MAÑANA? —A la mañana, dice el jodío. En cuanto salga el sol, no va a quedar de él ni el bigote.

—Disculpe, de nuevo, señor … don Ludwig. Es algo urgente, solo voy a entretenerle unos m… —No me ha dejado terminar, otra vez. La puerta se ha abierto de sopetón pegando un golpazo contra la pared. Afortunadamente, estaba lo bastante lejos de ella para que no me haya dejado como Elvis. Como su cadáver y el poster que tengo clavado en la pared de mi oficina.

Del mismo susto, me he quedado mirando perplejo la oscuridad del interior del despacho, pensado que se había abierto sola. Sin embargo, al bajar la mirada contemplo al imponente señor Ludwig von der Prof don Luigui. Imponente es un decir. Resulta que la foto de medio cuerpo, que tengo en el archivo, no es un artilugio artístico. El hombre no llega ni al metro y medio de altura. Qué digo, ni al metro treinta. Es más largo su bigote, afilado y estirado con exageración, que su levita. Me aguanto la risa porque en el fondo no deja de ser un espíritu y puede enfadarse todavía más y convertirse en otro yeti como la hija.

—¿Quién es usted y qué se le antoja, caballero? —Por lo visto, su despacho hacía de potente caja de resonancia, porque he tenido que hacer un esfuerzo enorme para oír su pregunta. Su voz ha sonado más ridícula, apagada y anodina que la de su hija pequeña. Me está costando horrores aguantarme la risa.

—Señor don Ludwig, estoy aquí para ayudarle a descansar —digo intentando empezar con amabilidad el discurso de desahucio.

—¿Ayudarme? ¿Descansar? ¡Yo no he pedido ayuda a nadie! ¡Nunca necesito ayuda para nada! —Me están dando estertores en la barriga. El hombre intenta seguir manteniendo su impostura autoritaria y a mí me parece uno de esos muñecos que salen en las ferias. Que no necesita ayuda, dice. Me lo imagino intentando llegar a los estantes de la biblioteca de su despacho.

—Bueno, caballero, se supone que llevan ustedes más de cien años muertos y ya es hora de que descansen y, sobre todo, dejen descansar al pueblo. —Ya no doy más rodeos. He ido a saco. Si se enfada, tengo el dedo puesto en el gatillo de la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts, que, afortunadamente, he mantenido agarrada durante el susto. Sí, ya sé que digo demasiadas veces “afortunadamente”, pero es que si me abandona la fortuna, no me saca de aquí ni MacGyver e Indiana Jones juntos.

—¿Muertos? ¿Quiénes están muertos? Nosotros estamos muy vivos. —Además de liliputiense este tío es tonto. ¿Puede ser posible que no se haya enterado de nada?

—Mira Luigui, esto me está cansando ya. —Creo que me he envalentonado ante la figura diminuta del susodicho—. Estás más muerto que el abuelo de Matusalem y esta historia está durando ya tanto que no me la van a admitir ni como relato en un blog.

Dicho esto, cojo mi pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y voy a darle pasaporte a este enano y a toda su tropa. Hasta los mismos cojones de tanto fantasmita chuleta.

Alzo mi arma, apunto al tío del bigote y cuando voy a apretar el gatillo un viento huracanado me estampa contra la pared. A duras penas puedo respirar del trompazo. Con el ventarrón han reventado las contraventanas del salón y ahora entra en él la luz de la luna devorando toda la oscuridad. La imagen que contemplo hace que se me suelte la barriga. Afortunadamente, sí, afortunadamente es solo una metáfora. Lo contrario me haría muy dificultosa la huida.

En medio del salón ha aparecido la imagen traslúcida, pero totalmente nítida, de una mujer de tres metros de altura. Lleva el pelo recortado y viste un traje totalmente blanco que resplandece con el fulgor lunar. Su cara muestra un semblante de amargada y tétrica existencia. Creo que ya sé quién es el jefe de la troupe. La señora Pof… Frop…Pofo Dietlinde, la mujer del enano. Me parece que no va a ser tan amable como el resto de su familia. Estos, su esposo y sus tres hijos, se acercan a ella y forman un semicírculo frente a mí. Parecen los cuatro fantásticos en pose de poster, solo que son cinco y muchísimo más feos. Como eran pocos, se unen a ellos el sargento y, supuestamente, su esposa e hijo, que hasta ahora se habían mantenido en el anonimato.

Afortunadamente, ¡Qué sí joder, que todavía creo en mi fortuna! Mi sistema de seguridad Acme me ha permitido mantener el arma conmigo. Solo tengo un problema. ¿A cuál de los ocho apunto? Sí, la señora Ludwig parece la más peligrosa, pero es que ahora todos muestran una terrorífica sonrisa con unos enormes dientes. Parecen el hermano feo de spiderman. Miro alrededor rápidamente y veo que todo el salón está decorado con espejos. Todas las paredes reflejan y repiten la imagen de la familia Terroris. Hago un cálculo mental rápido. Calculo ángulos y distancia. Siempre fui bueno para las mates. No me lo pienso dos veces y disparo contra el primer espejo a mi derecha y me dispongo a salir corriendo.

El rayo de la escopeta impacta en el espejo y sale reflejado hacia la superficie del siguiente, en la pared contraria. En segundos, los rayos se han amplificado y multiplicado. Los espíritus dentones se han quedado congelados mirando la escena. Yo aprovecho para salir corriendo, bajando la cabeza, y pasando por debajo de los rayos. Por el camino, voy soltando mis regalos sorpresa: un par de granadas Ghostdesaster. Llego a la escalera y bajo los escalones de tres en tres y casi de cabeza. En el salón estallan los espejos y se oyen los gritos de los fantasmas al ser impactados por los rayos y las granadas. Estallan los cristales de las ventanas. De todas las ventanas. El suelo tiembla como un poseso. Cuando alcanzo el primer piso veo que aquí también ha llegado la luz de la luna. Como no creo que llegue a tiempo para salir por la puerta principal, me precipito hacia la primera habitación que encuentro. La ventana está abierta, de par en par. Las vigas de madera, que sostienen la casa, están reventando con la presión de las sacudidas. No tengo tiempo de pensármelo y me dirijo hacia la ventana,  lanzándome por ella. Prefiero un batacazo de varios metros de altura que quedarme a ver el espectáculo desde dentro. ¡No he dicho que soy afortunado! He caído sobre unos matorrales de siemprevivas que, después de cómo las he dejado, tendrán que cambiar de nombre.

No tengo tiempo de intentar revivirlas. La casa se está desmoronando. No creo que quede ni un cristal sano. Las torretas que circundaban la estructura se han precipitado hacia el suelo. El campanario ha explotado y las campanas han salido volando. Bailan en el aire, sonando estruendosamente, como poseídas por un diablo borracho en Navidad. Los tejados se han hundido hacia el interior y toda la fachada estalla como si estuviera hecha de mazapán. Me parece que me pasé al regular la intensidad de los rayos de la pistola ultrasónicokillerghosts. Corro todo lo rápido que mis doloridas rodillas me permiten, que no es mucho, pero suficiente para escapar de todos los cascotes que llueven por doquier. Cuando me doy cuenta, estoy en medio del pueblo rodeado de toda su gente. Aparece el alcalde, en pijama y con un gorrito para dormir. ¿Todavía se usa eso?

—¡Por todos los demonios! —grita escandalizado—. ¿Qué ha hecho usted?

—Bueno, quería que eliminara sus problemas y eso es lo que he hecho. ¡Fácil y limpio! ¿no? Bueno, quizás lo último no tanto. —Finjo inocencia y ternura.

—¡Malnacido! ¡Nos ha dejado sin nuestro monumento histórico-turístico! —Creo que el alcalde no está muy contento con el resultado de mi trabajo y, por las caras de odio que me miran sin sonreír, el resto de los aldeanos tampoco.

Primero con disimulo y luego a toda leche, emprendo la huida hacia mi coche. Como me falle el arranque, al igual que pasa en las películas, de esta no me salva ni… ¡Socorroooo!

Mi coche es una reliquia, pero es más bueno que el batmóvil. Ha arrancado a la primera. Meto marcha y piso el acelerador. No es que el Beetle sea un ferrari, pero al menos corre más que la gente a pie. Además, el polvo ocasionado por el derrumbe de la mansión está llegando al pueblo y los mantiene a todos ocupados intentando respirar. Meto segunda, tercera, cuarta y porque no tengo más marchas. Ni me planteo mirar hacia atrás. Solo lo hago de reojo por el espejo retrovisor. Afortunadamente, ¡díganme que no! Solo veo polvo y piedras rebotando por el camino. No pienso parar hasta llegar a casa.

¡Sí señor!
Trabajo realizado satisfactoriamente,
tengo dinero fresco en mi cuenta corriente
y he escapado sin rasguños, felizmente.

¡Si es que, además, termino hasta con rima! ¿Van a decirme que no soy un profesional? ¿Y de los buenos?

¿The End?

Relato publicado en el Reto Literario:
Desafío Literario Noviembre: La Maldición de la Casa Ludwig
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia que hable sobre la mansión de la fotografía, su maldición, la familia que en ella vivía… Añádele el elemento encontrado en la calabaza y conviértete en el detective que resuelva el caso sobrenatural.

Una Misión para el STELLA

Relato publicado en el Reto Literario “ImagenA
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

En este relato he querido experimentar con algo que llevaba mucho tiempo rondando por mi cabeza. Unir lectura con música. Mis dos grandes pasiones. Así que, por decirlo de alguna forma, esta historia tiene banda sonora. Aunque, por supuesto, podéis leerla sin escucharla. Sin embargo, si elegís endulzaros con las maravillosas piezas que he incluido, tenéis dos opciones: Pulsar sobre cada enlace que encontréis durante el texto, que os llevará a la canción correspondiente en Youtube, o usar la lista de Spotify que os he creado para vuestra comodidad: El Viaje del Stella.

Como siempre, las indicaciones para el Reto las podéis encontrar en el Blog Fantepika de Jessica. Arriba tenéis el enlace. Espero que os guste.

Imagen de Brigitte Werner en Pixabay

Negro sobre negro. Un negro tan oscuro como la piel del Cancerbero. Negro. Así es el uniforme de Alfons Revisuá. Chaqueta y pantalones negros, pero con chaleco rojo borgoña, con los bordes dorados y botones a juego. Una gorra, también negra, completa su uniforme. Solo queda a la vista su cara en la que sobresale un gran mostacho blanco y frondoso que parece llegarle hasta el pecho. Y sus cejas, también grandes y pobladas, tapan unos ojos inteligentes e inquisitivos.

Al ritmo de Take the «A» Train” interpretado por Oscar Peterson, que suena por los altavoces, Alfons recorre el Stella, su tren, como lo lleva haciendo desde hace lustros. Por supuesto, no es suyo, pero lleva trabajando tanto tiempo en él, sirviendo en sus viajes, cuidando de sus vagones y atendiendo a sus visitantes, que lo considera como su casa. En realidad, sólo lo abandona cuando este necesita alguna limpieza o reparación. Con parsimonia, pero sin desdén, saca el reloj del bolsillo de su chaleco, que pende de una larguísima cadena de oro, y lo mira con fijeza, –¡Perfecto! –exclama– Siempre puntual, preciso y eficiente. –Se refiere, tanto a su reloj como al tren. Dos máquinas perfectas.

El Stella no es un tren como otro cualquiera. Funciona con magia electrokinética y se mueve por raíles ilusorios y quiméricos. Está formado por una máquina vieja de vapor, alimentada por trasgos, y cuatro vagones, dos de pasajeros, una cafetería y un almacén de objetos mágicos. Ha partido de la estación de REM, como es habitual, y se adentra por campos de girasoles que se yerguen inhiestos y altaneros. Luce un sol espléndido y generoso, que hace que el rostro de las plantas se vuelva hacia él con deleite. La brisa las invita a una grácil danza donde, todas al mismo ritmo, bailan con el swing de la melodía que sale por las ventanillas del tren.

Este es un viaje muy especial, un representante de cada familia de la magia ha solicitado billete. Y además, una apreciada y deseada joya está protegida dentro del vagón especial que el Stella protege como la mejor y más segura caja fuerte del mundo. Como es sabido que las familias están en guerra por la supremacía del reino de MagicGalerian, todas las alertas están activadas. Lo que menos quiere Alfons son problemas dentro de su tren. Aunque con el genio que se gastan estos visitantes todo es posible.

El tren inicia su tránsito por los Lagos de Escarcha. SuenaYou and the Night and the Music por Eddie Higgins La falsa vía se suspende mágicamente sobre el agua casi helada y pequeños carámbanos y gotas congeladas adornan el paseo como si una alfombra blanca le facilitara el paso al Stella. Este el momento, en el que Alfons inicia su inspección general. Todo debe estar en su sitio y los pasajeros bien acomodados y en sus respectivos compartimentos. Así, que una visita de cortesía se impone adecuadamente.

El primer vagón alberga a los tres primeros representantes mágicos. El revisor se acerca al compartimento 1A y puede sentir el calor antes incluso de abrir su puerta. Los cristales empañados y sudorosos le dan la alerta y decide usar uno de sus guantes para abrirlo. Con solo girar la manilla el golpetazo de calor está a punto de hacerle perder su valioso mostacho. Dentro la sensación es bochornosa y asfixiante. Un humo condensa todo el recinto y dentro, con su vestido rojo púrpura que hace juego con su cardada melena, está Jafira, la representante de los dominadores del fuego. Su faz muestra una mujer bellísima pero de gesto adusto. Con sus brazos cruzados sobre el pecho lo miro con altanería y casi sin sonreír. Alfons la saluda y le da la bienvenida al tren y decididamente, ante la pérdida de la integridad del mostacho, el uniforme y el propio tren, se despide, rápidamente, y vuelve a cerrar el compartimento para seguir con su inspección.

En el compartimento 1B no parece haber nada sorprendente. Todo está tranquilo. En su interior solo hay una preciosa gata blanca Ragdoll que descansa plácidamente sobre un cojín turquesa de Mohair y juguetea con una bola misteriosa de cristal. Cuando Alfons la saluda, el animal se transforma en Shurcata, una enigmática joven rubia de aspecto angelical que le sonríe tímidamente y lo saluda, para inmediatamente volver a transformarse en la deliciosa gata. En realidad es un Nahual, capaz de transformarse en cualquier animal. Con el temor de que la chica pase de gata a pantera, Alfons omite los protocolos y la deja dormir tranquila para avanzar al siguiente visitante.

El último compartimento de este vagón, el 1C, está totalmente vacío. Hay chucherías por todas partes y la maleta aparece totalmente desempacada con la ropa revuelta por el sitio. Ante la sorpresa del revisor se escucha una risita suave e infantil e inmediatamente después un tirón de la chaqueta que le hace dar un sobresalto. Sin darle tiempo a reaccionar, una fuerte patada en la espinilla lo hace cojear y caer sobre el sofá. Alfons reprende un taco y con la connivencia del Stella, alertado de las travesuras, un torrente de aire mágico hace que de la nada aparezca Illania, una niña pelirroja de cara tierna e inmaculada que no disimula sus ganas hacer trastadas. Es una elfa ulegemlig, dominadores de la materia y por tanto controlan la invisibilidad. Alfons se recompone y con voz adusta y autoritaria, reprende a la pequeña. –Señorita, ¿le importaría comportarte como la adulta que no eres y dejar sus diabluras? –La niña le mira con un mohín encogiendo su pequeña y dulce naricita y con una picara y traviesa sonrisa le pide disculpas.

Alfons respira profundamente intentando recomponerse y obtener mesura y tranquilidad. Sabe que forma parte de su trabajo soportar las extravagancias y peculiaridades de sus pasajeros. Son gente excéntrica, pero rica y poderosa y el prestigio del Stella nunca puede verse en compromiso. Como dice una de las placas colocadas en la pared: “El pasajero siempre tiene la razón, incluso cuando no la tenga”. Espirar, inspirar, espirar, inspirar… Stella ayuda e irrumpe “It Don’t Mean A Thing If It Ain’t Got That Swing” con Ella Fitzgerald & Duke Ellington. El pasillo se distensiona y la voz de Ella hace que Alfons empiece a mover pies y manos y se olvide del incidente. Bailando deja el vagón y permanece unos segundos en el acople para contemplar el paisaje. Impresionantes cataratas de agua helada dibujan cortinas que adornan las montañas adyacentes. La blancura del hielo contrasta con el verde de los prados y el marrón de los árboles que, aunque cubiertos de una capa transparente, muestran una amalgama de colores incomparable en todo el paisaje.

Temiendo que el revisor se pierda en la contemplación, el Stella cambia de ritmo y conecta a los audios a Albert Nicholas que interpreta “I Found a New Baby. Alfons despierta de su ensueño y cruza al vagón siguiente y se dirige al primer departamento, el 2A. En este caso, lo que primero le llega como saludo es un olor pútrido y pesado. Por las rendijas de las puertas, como tentáculos invisibles, una hediondez insoportable se le enreda en brazos y piernas y lo lleva en volandas hasta el interior del habitáculo. En su interior se encuentra un monje en posición Padmasana, pero levitando. Flotando literalmente como una pluma y dejándose mecer por el movimiento del tren. En realidad no es ningún monje es, Shegun, uno de los representantes de la Magia Negra. Parece que está meditando, pero en realidad le sientan mal los viajes y siempre tiene unos profundos mareos. Cuando Alfons le saluda dispuesto a presentarle su asistencia, un extraño y, en apariencia salvaje, lobo le gruñe. Es Caomhnóir, el guardián del Draíocht Dubh, templo de la Magia Negra. El revisor no se lo piensa dos veces y, con disimulo y presteza, los deja en su práctica meditación.

Un frío inmenso hace que las ventanillas del compartimento 2B aparezcan totalmente blancas. No se divisa el interior y a Alfons le cuesta un mundo abrirlo. El lugar parece un congelador y, al mirar dentro, su mostacho se convierte en un peine de estalactitas. Todo es tan blanco que hace daño en la vista. Un ser, de género indefinido, está sentado inmóvil y aparentemente inerte. Solo los ojos de un azul intenso y marino muestran su vitalidad. Es Catarsis, señor del frío. Con solo mirarlo le ha hecho sentir placer, miedo, alegría, llanto y después frío, mucho frío, una gelidez extrema. Ante tal combinación de emociones cierra raudo las puertas antes de volverse loco.

Por fin, el sexto y último compartimento del tren, el 2C. Pero, ¡qué sorpresa! ¡Está vacío! Dentro no hay nadie, pero tampoco equipaje. Parece que el último pasajero llegó tarde y perdió el tren. –No me lo puedo creer –exclama Alfons–. ¡Esto es imposible en la historia del Stella! –Pero en ese preciso instante, un remolino ventoso y una ligera explosión hacen que el gorro de Alfons salga disparado hacia el pasillo y en el asiento aparezca, cómodamente sentado, un caballero de levita y alta chistera, ambas inmensamente negras. Su ropa está pulcramente planchada e impoluta, como si acabara de salir del vestidor. –Hola Alfons, disculpa esta teatral llegada. Mi nombre es Efertime. No tenía ganas de esperar en la estación y he preferido montarme en marcha –dice el enigmático caballero, representante de la casa controladora del espacio-tiempo. «Vaya», piensa Alfons, «la guinda del pastel».

Suena “Caravan” con Chris Conz Trio. Nos vamos adentrando en el Abismo de Finnis y el blanco y glacial paisaje se va transformando en oscuro y parduzco, así como el ambiente se torna mortecino y tétrico. Las vías mágicas parecen que floten sobre la bruma que deja ver débilmente un precipicio sin fin. El viento al resbalar sobre las rocas, produce el sonido de una respiración agónica que, como una letanía, te va adormeciendo y atrayendo hacia ellas, como grandísimas fauces. Afortunadamente, la melodía camufla los gritos y gemidos provenientes de lo más profundo. La velocidad aumenta de forma pausada y gradual, el Stella quiere salir rápidamente de estos dominios. Recorriendo acantilados, cuevas y páramos el camino se hace infinito. Es el trayecto más siniestro del recorrido que, sin embargo, se mantiene alejado de los pasajeros. El tren los mantiene aislados de la podredumbre e impiden que ni siquiera miren por sus ventanillas.

Cuando ya todo parece fluir en armonía, como una singladura normal del Stella, suena una alarma. Alfons detecta inmediatamente el lugar del incidente y corre por los pasillos atravesando desenfrenadamente los vagones hasta llegar al sábháilte. Allí ve un precioso cofre con las iniciales DSS (Dheivishing Shanchiron Sharraneon) justo en el centro de la sala, aparentemente íntegro, pero está abierto y muestra su interior vacío. El objeto mágico ha sido robado.

El tren entra en un síncope de velocidad y convulsiones. Las paredes vibran y el convoy parece retorcerse. Al clamor de la ensordecedora señal, los seis pasajeros han acudido para ver la causa. Todos muestran en sus interrogantes caras su mejor máscara. Ante las explicaciones de Alfons, todos se miran y se encogen de hombros. Aparentan ser tan inocentes como una gacela que pasea por la sabana, pero pasan de intentar declarar su inocencia a acusarse mutuamente del delito.

–Has sido tú, mocosa –acusa Jafira a la pequeña Illiana.

–¿Yo? –se defiende la chica– tengo las manos demasiado pequeñas para forzar el baúl y cargar con un objeto tan pesado.

–Y, ¿cómo sabes que es un objeto pesado, si no lo has visto? –la increpa Surcata, que pasa de gata a tigre, de tigre a paloma y si no es por el bastonazo que recibe por parte de Shegun, se recorre todo el árbol de la evolución animal. –Vuelve a intentar hacer eso de nuevo y te mostraré el olor de mi dentífrico. –le grita desde el suelo convirtiéndose en un Smilodon, león dientes de sable.

–A ver, por favor, serenidad –comenta con su frialdad habitual Catarsis–. En primer lugar, por qué querríamos robar algo que no sabíamos ni que existía en este tren. Y, con qué fin íbamos a robarlo.

–No disimules, querido témpano –le replica Jafira–. Sabes tan bien como nosotros qué es lo que se mantenía oculto en ese cofre y la importancia que tiene para cualquiera de nuestras Casas. Tal vez, –dice girando la cabeza– Efertime pueda decirnos dónde está.

–Lo siento, pero yo acabo de llegar. Pueden preguntar al revisor. ¿Verdad, Alfons?

A partir de ese momento, las acusaciones, los gritos y los amagos de usar la fuerza o la magia empiezan a tomar un cariz preocupante. Se descubre claramente, que todos los presentes sabían del rumor de la existencia del objeto y que quien lo posea adquirirá el máximo poder para dominar a todas las demás Casas ganando la guerra.

En ese momento, el tren entra en el túnel de SNILUA. Y Suena “Boogie Woogie Stomp” de manos de Rob Río. La oscuridad exterior traspasa las paredes del Stella porque este, previendo la contienda, ha apagado todas las luces. Aprovechando la negrura circundante, aparece un destello de fuego que impacta a un lado de Alfons. Afortunadamente, se acuerda de sus años mozos como bailarín del Beaujoyeulx y con una grácil pirueta evita el impacto. Una bola de hielo cruza longitudinalmente todo el vagón e impacta a través de la puerta en la cafetería. Illania, de nuevo invisible, imparte a diestro y siniestro puntapiés y pellizcos. El bastón del señor del tiempo intenta entrar en razón varias cabezas. Un relámpago proveniente de manos negras, por poco se lleva por delante el bigote del revisor –Qué manía con mi mostacho –exclama él mismo sofocado. Caomhnóir, por su parte, es todo apariencia salvaje, lleva demasiado tiempo como portero del templo, por lo que decide no meterse en la trifulca. Así, sin que su señor se dé cuenta vuelve a su compartimento dónde estará a salvo de estos animales. El vagón es un circo, destellos de fuego y escarcha, gritos, estruendos, estrépitos y explosiones amenazan con hacer trizas el Stella.

La salida del túnel muestra un espectáculo dantesco. El Stella ha vuelto a cambiar el ritmo, Jimmy Smith toca “Root Down (and Get It)”.

Las luces han vuelto y todos se están atacando de alguna forma. Hechizos, armas mágicas o sus atrezos y extremidades sirven para atacarse entre sí. Alfons contempla asombrado la degeneración con la que los seis señores de las grandes Casas de la Magia se están atacando sin contemplación ni piedad. En medio de una batalla ¿imprevista?, ha conseguido esquivar los ataques y mantenerse con vida.

Cansado de tanta estupidez, y sacando un vozarrón totalmente discorde con su cuerpo brama. –¡BASTA! ¡PARAD! Sois señores de las casas más importantes de la Magia y os comportáis como viles y estúpidos hechiceros de segunda clase. Es hora de que dejáis vuestros odios e intereses particulares y argumentéis con inteligencia. Lleváis demasiado tiempo luchando con vuestra estupidez y vuestra bravura y habéis comprobado que de esa forma nunca llegaréis a un acuerdo mínimo de convivencia. Es el momento de usar las palabras y buscar el entendimiento.

–¡No! –contesta el de la chistera.– Uno de los aquí presentes ha conseguido robar el tesoro y ahora nos someterá a los demás. Nadie bajará del tren si no es por encima de mi cadáver.

–Y quién nos dice que no fuiste tú el que lo robaste, querido timewalker, esto no es más que una pantomima para que nos matemos entre nosotros y tú puedas regresar a tu casa con el preciado objeto –le reprende el señor de la casa Negra.

–Si hubiera sido yo, ya estaría fuera de este tren y vosotros habríais sido fulminados. –contesta el de la chistera a su vez.

–Sois muy gallitos y machitos –dice con ironía y desprecio Jafira–. Tal vez debería de quemaros a todos con piedra incluida.

Y de esta forma, todos comienzan de nuevo a gritar y amenazarse en un intento de intimidación que pronto se convertirá de nuevo en otra batalla campal.

Alfons se lleva la mano al bolsillo y, levantando el brazo, truena con voz enérgica, profunda y grave.

–Callaos de una vez y terminad la batalla. El objeto lo tengo yo. –Y diciendo esto, abre su mano y muestra una piedra de luz que los deja a todos cegados–. El objeto nunca ha estado en el cofre. Siempre lo he tenido yo. Todo esto no ha sido más que una treta para atraeros al tren y juntaros a todos, aquí y ahora.

El vagón al completo se queda mudo y absorto. Por unos segundos no saben cómo reaccionar. Han sido engañados y embaucados en una empresa inútil.

–Pero ¿Por qué? –exclama la señora gata–. Esto no puede ser una broma porque hemos estado a punto de matarnos. ¿Quién es el imbécil que ha ideado este teatro?

–Porque es la única forma de que se acabe esta guerra innecesaria, inútil y sin final posible. –explica Alfons.

–Y qué se supone que quieres que hagamos. ¿No te parece que eres demasiado enclenque para enfrentarte tú solo a nosotros? ¿Quieres que te matemos a ti primero y luego luchemos, de nuevo, por ese objeto? –dice entre risas la elfo Illania.

Parece que la batalla se va a iniciar de nuevo, pero esta vez con el revisor cómo único objetivo para arrebatarle el preciado objeto.

–¡No hará falta! –Y mostrando, de nuevo, la piedra de luz con rapidez cierra el puño y con una increíble fuerza aplasta el objeto.

Justo en ese momento, a los compases de Bill Evans, “Like Someone in Love”, el Stella inicia el ascenso hacia la montaña dónde comienza el trayecto del Éter. La piedra de luz ve potenciada su poder y fuerza y hace que el tren se eleve como un pájaro de vapor hacia el cielo y todo su contenido entre en ingravidez. El tiempo se ralentiza. Todos sienten una absoluta calma y candidez. Los pasajeros flotan a la deriva como Nymphaeas en un lago en un sinuoso baile sin rozarse. El silencio se apodera de todo. Las mentes, antes embravecidas se vuelven calmas, pero claras. Todos sienten una tranquilidad suprema que les hace sonreír. La piedra de luz, la magia del tren y el éter crean un campo inmersivo que les aligera sus mentes. No son conscientes, pero sus cabezas parecen reordenarse. La cólera y la animadversión se entierran en lo más profundo de sus cerebros. Todos son capaces de ver ahora con otros ojos a los demás. Ahora es más fácil hablar, dialogar, entenderse. Es imposible discutir.

Cuando el tren alcanza el punto más alto de su recorrido, se recupera la gravedad en su interior y los invitados del Stella se posan suavemente sobre el suelo. Sus caras ya no muestran odio ni rencor. Todos tienen ganas de conversar pacíficamente, de intercambiar su sabiduría.

El tren llega a su destino, Fantasto, y parece que todo se ha solucionado. Se ha firmado un tratado de Paz y Respeto que a todos contenta y que además permite que la solidaridad entre ellos mejore las condiciones de vida de cada Casa. Todos bajan del tren con tal parsimonia y felicidad que cualquiera que los vea creerá imposible lo sucedido pocos instantes antes.

El revisor estira su chaleco, recompone la chaqueta y mira con sonrisa y alegría como los seis se despiden en armonía dispuestos a iniciar una nueva etapa de paz y prosperidad.

Un anciano, de pelo blanco y larga coleta, que se apoya en un hermoso cayado, se aproxima al tren. Saluda al revisor y entra en el vagón. –¡Qué tal Alfons, cómo fue la travesía?

–Perfectamente, maese Foxtail, otro viaje de éxito para el Stella. ¡Como siempre!

Alfons ensancha su sonrisa y, dando unas palmaditas en el mamparo del tren, hace sonar su silbato para que se cierren las puertas y el ferrocarril inicie viaje de nuevo. La luna de Amarhis le espera. El Stella se contonea mientras se eleva hacia el cielo a los compases de “Fly Me to the Moon”, interpretado por las gráciles manos de Oscar Peterson.

Reto 5 Líneas – Diciembre 2018

Relato publicado en el Reto “5 Líneas
de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas
que incluya las tres palabras propuestas.

(Cadena, Primera, Casa)

Como cada atardecer, la primera en despertar era la bruma. Recorría las calles del pueblo inspeccionando los rincones. Besando las puertas de cada casa. Deseando buenas noches hasta que el sol la obligara a disolverse en la tierra. Nada cambiaría ese 25 de diciembre porque la rutina se repetía indefinidamente. Como si una cadena la sujetara inexorablemente a FirstHouseChain, el pueblo donde solo vivían piedras porque la otra vida hacía mucho que se había mudado.