Tras la Puerta

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta…

¡Pom, Pom, Pom!

El buche de Whisky que paleaba salió de mi boca como si fuera una fuente de jardín, el vaso y el cigarrillo que tenía en las manos hicieron un descenso ralentizado con destino funesto y el corazón me brincaba en el pecho queriéndose ir de paseo él solito.

Congelado en el sofá, pensé que hasta hacía unos segundos había decido disfrutar de mi involuntaria soledad, despreocupándome de mis infructuosas salidas. Cansado de deambular de ciudad en ciudad, transitar de pueblo en pueblo, buscar barrio por barrio, andar calle por calle. ¡No iba a estar cansado! Ni un alma viviente devolvió mis gritos. Me había hecho a la idea de que estaba más solo en el mundo que Laika de viaje espacial, cuando…

¡Pom, Pom, Pom!

Los nuevos golpes me hicieron levantarme apresurado, trastabillar y caer de bruces. Me quedé espatarrado mirando desconcertado la puerta. ¿Estaban llamando de verdad o era mi ansiedad la que me hacía imaginar?

¡Pom, Pom, Pom!

Esta vez los golpes hicieron temblar la madera. ¡Parecían reales! Me levanté, lo más rápido que pude, y me dispuse a abrir la puerta antes de que la echaran abajo sin contemplación.

Miré atónito hacia el pasillo. Fuera no había nadie. ¡Joder con la imaginación! Cerré rápidamente para que no se fuera el calorcito de la habitación.

¡Pom, Pom, Pom!

¡Pero bueno! Esta vez abrí diligente y, al no volver a ver a nadie, miré en ambos sentidos del pasillo.

—Shurra, que estoy aquí abajo.

Menos mal que no tenía el cigarrillo en la boca porque me lo habría tragado del susto. Miré hacia el suelo y vi un perrillo de diminutas dimensiones y cara lastimera y dulzona.

—¿Qué pasa, nunca has visto a un perro? —me dijo ante mi estúpida y pasmada expresión.

—Esto… sí, pero tú… Eres muy…

—¿Te gustan los mordiscos? Porque puedo ser pequeño, pero te aseguro que mis dientes son como los de un Dóberman y te puedo dejar el tobillo como una breva pasada de tiempo.

—No, no, … perdona. Yo no quería …

—Pues, para no querer, te ha faltado un pelo. ¿Así es como tratas a tus vecinos?

—¿Ve… ci… no? —Mi boca se empeñaba en balbucear y me salían las palabras a trompicones.

—Sí, vecino. Esa gente que vive en tu misma edificio, pero en la puerta de al lado. ¿Tú tienes que ser por lo menos licenciado, eh?

—…

—Soy un Teckel de pura raza. Del mismito Brandemburgo. Aunque dicen que mi padre era de Milán. Ya se saben los italianos, son gente de mundo y van por ahí haciendo gala de romanticismo. Mi madre que, a pesar de ser alemana, era muy zalamera…

—Disculpa… estooo…

—¿Qué pasa, no te interesa mi vida? Con tu sonrisita estúpida en la cara pareces muy guay, peo tienes menos sangre que un gato de mármol, ¿sabes?

—Perdona… yo…

—¡Deja, deja! Ya te dejo tranquilo, artista. Solo necesito una cosa y te dejo enfrascado en tu interesantísima y filosófica vida. ¿Tienes sal?

—¿Sal?

—Vaya tela, tío. A ti te echaron de la Universidad porque ensombrecías a tus compañeros, ¿verdad? Sí, sal. Esa cosa blanca, hecha de cristales de sodio y que sirve para darle sabor a las comidas. ¿Capisco? Estoy haciendo unos macarrones a la napolitana para chuparse las patas, pero me he dado cuenta que no tengo sal y, como comprenderás, la pasta sosa no es el mejor manjar para convencer a una Fox Terrier que tengo en el piso que…

Lo dejé con la palabra en el hocico, sin siquiera responderle. Volví adentro de mi apartamento, miré en la cocina y cogí un paquete con restos de sal que tenía por allí. Se lo di y el bonachón, después de darme las gracias, lo atrincó con su boca y se fue tan campante, cimbreando con swing su pequeña colita.

Cerré la puerta, cogí la botella de whisky, dado que ya no disponía de vaso, y recogí el cigarrillo del suelo. Me tiré de nuevo en el sofá, totalmente atónito. Miré el cigarrillo, mal liado y lleno en exceso, y, suspirando, me dije:

¡¡¡Qué pasada, tío!!!

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Historia para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Prosigue el texto que encabeza la entrada.

Apocalipsis Familiar

El ruido en la cocina y los aromas que emergían de ella hacían profetizar un auténtico banquete. Paco terminaba de darle el punto a la comida y Juana salió para poner la mesa para los cuatro. Mientras, la televisión, con ausente audiencia, daba machacona, por enésima vez, las noticias sobre la pandemia y la implantación de las vacunas.

—¿Dónde se habrán metido los niños? ¡María! ¡Leo! ¡A comer! —llamó su madre desde el Salón— ¡Como tenga que subir a buscaros os la vais a ganar!

El padre se acercó a la mesa con una tremenda palangana de plástico llena de pasta.

—Paco de mi vida, ¿así te han enseñado a emplatar los del mastershé ese? —le dijo su mujer abriendo exageradamente los ojos.

—Qué quieres cariño, no he encontrado la olla, ni la cacerola, ni la paellera, ni…

—Tú es que no encuentras nada, querido.

—Pues se habrán escondido, porque he mirado en todos los cajones y…

—¿A que voy yo y lo encuentro?

—Anda, déjate de madradas y vamos a comer. ¿Dónde están los niños?

—¡Yo que sé! Los dejé viendo la tele, pero cuando he salido ya no estaban. Se habrán aburrido y han subido a su cuarto a jugar mientras terminabas. ¡Cómo eres tan lento con la comida!

—Cariño, un buen chef necesita cocinar sin premura y con tempo.

—Tempo es lo que no tenemos. Que se nos va a juntar la comida con la merienda. ¡María! ¡Leo! —volvió a llamar a los niños —. Nada, que no bajan. Seguro que se están haciendo los sordos.

—Bueno, no grites más, que no vas a poder lucirte en el karaoke del finde —soltó Paco con ironía—. Voy a subir yo y decirles que ya está el papeo.

Juan fue a la planta superior y vio que la puerta del cuarto de los niños estaba cerrada.

—Chicos, ¿por qué habéis cerrado la puerta? ¿No recordáis las normas de la casa?

Dentro no se escuchaba ni un suspiro. Juan intentó girar el pomo, pero la puerta no se abría.

—Niiiiñooos, dejaros de juegos que se enfría la comiiidaaaa —repitió el padre golpeando suavemente en la puerta.

—¿Qué pasa? —le asustó la madre a sus espaldas, Inquieta, había subido para ver qué pasaba.

—¡Hija de mi vida! ¡Qué sigilo! Ni que entrenaras con el CSID —respondió él, dando un respingo—. No lo sé, se han encerrado en la habitación.

—Pero bueno. ¡Se la van a cargar!

—A ver, cálmate que seguro que están jugando o nos quieren gastar alguna broma.

—Es que no es momento de bromas, Paco, que la comida es sagrada.

Desesperada, Juana dio varios golpes más fuertes en la puerta.

—Niños, ya estáis castigados por haber cerrado la puerta. Sabéis que eso está prohibido. Como no salgáis ahora mismo el castigo será doble.

—Sí, tú dales buenos incentivos a los chiquillos, que se van a esconder debajo de la cama.

—Paco, que lo dices como si yo fuera un monstruo. Si tú te pusieras más severo con ellos no tendría yo que simular ser un ogro.

—¡Es que te pones tan guapa de ogra, cariño!

—No te doy con la sartén porque no la has encontrado. ¡Niños, voy a contar hasta tres y…!

Dentro se escuchó un alboroto con pequeños grititos y sonido de metal.

—¡Paco! ¡Que a los niños les está pasando algo!

—¡Anda ya! No te pongas histérica, ¿qué les va a estar pasando? —Acercando la boca a la puerta, ronroneó— Marííía, cieliiiito, abre la puerta, mi vida.

—¡No, que seguro que nos queréis comer! —emergió la vocecita de su hija desde el interior.

—¿Pero qué leches dice esta niña? ¡Definitivamente se le ha ido la olla! —exclamó su madre.

—A ver, cariño. Seguro que está de guasa. ¡Cariiiiiii, ábrele a tu papi querido!

—¡¡¡QUE NOOOOO!!! —se escuchó desde dentro una coral de dos vocecitas.

—Paco, que no me gusta el tono de los gritos. ¿Qué está pasando?

—¡Yo que sé cariño! Habrán visto algo en la tele y se han asustado. Ya sabes lo impresionables que son.

—Claro, como tú les dejas ver todo lo que quieren.

—Pero si tengo puesto hasta el pin parental ese.

—María, o abres la puerta ahora mismo o te vas a quedar sin tele, sin internet y sin postre durante tres meses —le gritó la madre a la puerta.

—Tú como negociadora no tienes precio, ¿eh Bruswili?

—Claro, como tú disfrutas con las travesuras de tu hija.

—No te pongas mandona que luego te hacen mimitos y a ti también se te cae la babita.

—El pelo se le va a caer como no abra ya mismito.

—Escúchame, pequeño monstruo. Abre solo un poquito la puerta y verás que somos nosotros. Que como tu madre tire la puerta vas a tener que pagar tú a los carpinteros —siguió bromeando su padre para convencer a la pequeña.

—¡Ofú, Leo! Vamos a tener que abrir, porque si mamá se empeña seguro que la derriba —se escuchó tenuemente la voz de ella en el interior.

Desde fuera, sintieron como el cerrojo se descorría, aunque la puerta seguía cerrada. Dentro se oyeron unas pequeñas pisadas que corrían alejándose de la entrada.

—Espera, cariño —frenó Paco a su mujer—. No vayas a entrar a lo termineitor que te conozco. Son pequeños y si les creamos un trauma nos va a salir todavía más caro la psicóloga. Recuerda lo que nos dijo en la última sesión.

Ante el bufido de su mujer, él empujó suavemente la puerta, entreabriéndola y asomándose levemente al interior. Antes de que ella pudiera acceder a la habituación, él volvió a salir, rápidamente, tapándose la boca.

—¿¡Qué pasa!? —dijo ella alarmada, temiéndose lo peor.

—Nada, nada. Míralo tú misma —le respondió él, aguantándose las carcajadas.

Cuando la madre abrió del todo la puerta pudo comprobar el tremendo berenjenal que habían organizado en la habitación. Los peluches, juguetes, pupitres y todo lo que pudieron acarrear habían sido dispuestos como barricadas para esconderse detrás. Tras los tiestos, estaba Leo con una bol ensaladera puesto en la cabeza, con el cuerpo embutido dentro de una caja de muñecas y en su mano derecha una espumadera. A su lado, en pose defensiva, María aparecía también con la cabeza protegida, en este caso, con una olla. Con varias tapas de cacerolas se había fabricado un peto y empuñaba la escobilla del váter como flamante espada.

—¡¡¡La madre que os parió!!! —exclamó Juana.

—¡Tú misma, cariño! ¿Ves por qué no podía encontrar esos cacharros? —le soltó Paco haciendo una mueca.

—Son nuestras armaduras para defendernos de vosotros —dijo la pequeña.

—Zi, nostas maduras —repitió el peque.

Montaje realizado a partir de las fotos del niño y la niña que propuse en el VadeReto.
He recortado las dos imágenes y las he insertado en la misma fotografía.
Luego, les he incorporado los utensilios mencionados en el texto y usados como armadura y defensa.
Es decir, a la niña: la olla en la cabeza, las dos tapaderas como escudos y la escobilla del WC, como si la tuviera en la mano; al niño, la ensaladera en la cabeza y se ve la parte acucharada de la espumadera, a un lateral.
Montaje realizado a partir de las imágenes:
Niña: Nathanel Love en pixabay.
Niño: Marques Edgar en pixabay.

—¿De nosotros? ¿Pero qué dices, chiquilla? ¡Paco, esta niña está peor que nunca!

Paco, intentaba, sin mucho éxito, aguantarse la risa y, poniendo una seriedad imposible, les dijo a sus hijos:

—A ver, pequeños monstruos, ¿por qué tenéis que defenderos de nosotros? ¿Es que ahora os parecemos muy feos?

—¡PACO!

—Nena, hay que seguirles el juego. Ya sabes lo que dijo la psicóloga. Nada de traumas —se volvió de nuevo hacia los niños y, dulcificando al máximo la voz se dirigió a la pequeña generala—. Dime, cielo, ¿de qué tenéis miedo?

—Porque podéis haberos convertido en shombis.

—En Shovis —repitió el más pequeño.

—¿¡ZOMBIS!? —Gritaron los dos padres a la vez.

—Sí, lo ha dicho la tele.

—Ves, Paco. No se les puede dejar solos delante de ese trasto.

—¿Qué es lo que ha dicho la tele, monstruito de hojalata?

—Que la vacuna tendrá conchacon… conchucan… conchiacuen…

—¿Consecuencias? —terminó Paco.

—¡Eso! Además, me lo contó Satu, que se lo ha dicho su padre. Que todo el que se ponga la vacuna se convertirá en un shombi.

—un Shorvi —recalcó el niño.

—¿Otra vez, el satu y el enterao de su padre! ¡LOS MATO! —gritó la madre.

Paco no podía gritar, las lágrimas ya le caían indolentes por toda la cara y le dolía las mandíbulas de aguantarse la risa. Como pudo se dirigió de nuevo a su hija:

—Monstruito, ¿tu madre y yo tenemos caras de zombis?

—No lo sé. Nunca he visto a ninguno. No sé lo que son. A lo mejor estáis empezando a convertiros.

—Tú sí que estás empezando a hacerme perder la paciencia, María —le espetó la madre.

—Contrólate, Juana, que te sube la tensión. Vale, María. Observa atentamente:

Con rápidos movimientos de pies, su padre hizo dos pasos de baile. Como la cara de María seguía con su gesto adusto y serio, prosiguió. Cruzó las piernas e hizo un giro de 360 grados terminando con los brazos abiertos como esperando los aplausos.

—¿Un zombi sería capaz de hacer esto? —le preguntó a la pequeña.

—No lo sé, pero creo que no —respondió riendo.

—Ahora tú, amorcito —dijo dirigiéndose a su mujer.

—Si pretendes que yo también haga la payasa para convencer a tu hija de que no soy un zombi es que estás borracho.

—¡Venga ya, no seas aguafiestas!

Sin dejarla reaccionar, la cogió por una mano y tirando de ella le hizo acercarse. Le puso la otra mano en la cadera y giraron juntos en un torpe baile que a punto estuvo de terminar con ambos en el suelo. Luego, cogiéndola por los hombros la hizo girar como un trompo, terminando con ella sujeta a escasos centímetros del suelo, en la postura en que terminan las parejas danzarinas de las pelis.

Los dos niños reían a carcajadas y tocaban las palmas.

—Ven, babo, babo. Ota vé, ota vé —gritaba y aplaudía el pequeño Leo.

—¡Sois los papi y mami normales! ¡Bieenn! —confirmaba María.

La madre, como pudo, se incorporó y, dejando al marido sentado en el suelo, les dijo:

—La comida lleva un cuarto de hora en la mesa y tiene que estar más fría que los pies de vuestro padre. Por si no lo sabéis, ha hecho espaguetis.

—¡ESPAGUEEETIS! —gritó la niña.

—¡TEEETIS, TEEETIS! —gritó el pequeño.

Ambos arrojaron sus falsas armas y se despojaron de sus armaduras. Leo le echó los brazos a María, que lo cogió en volandas. Saltaron sobre la inexpugnable barricada, salieron corriendo hacia las escaleras y bajaron hasta el salón para sentarse a la mesa. Mientras, Juana con los brazos en jarra suspiraba y Paco dejaba, por fin, explotar la risa que tanto llevaba aguantando.

—Desde luego, Paco, tu hija, cualquier día, me va a volver loca.

—¡Mi hija! Claro —farfulló Paco—, pero cuando está dormidita la mar de tranquilita, como un peluche, entonces, bien que es “tu hija”, ¿verdad?

Una vez pasada la falsa invasión zombi, los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa. Reían y disfrutaban unos hermosos platos de espaguetis con queso. Cuando llegó la hora del postre, la madre se levantó y les dijo muy serios a sus hijos:

—Os traigo el postre, pero con una condición. Nunca más volváis a encerraros en la habitación y mucho menos cojáis los cacharros de la cocina. Estas cosas son sagradas y no las podéis usar para vuestros juegos.

—Ofú, mamí, es que… —empezó María.

—Ni esque, ni esca. No tenéis que hacerle caso a la tele. Para eso estamos nosotros. Cualquier cosa que os preocupe u os dé miedo, nos lo preguntáis. Además, no les hagáis caso a la gente tonta que se inventa cosas para asustar a los demás. Nadie se va a convertir en zombi. Veréis como la vacuna termina con el virus y dentro de poco podremos decirle adiós a todo esto. ¿De acuerdo?

—¡Vaaaaleee! —dijeron los dos pequeños al mismo tiempo.

—Yo también quiero decir algo —empezó a decir el padre haciendo sonar un cuchillo en un vaso.

—Paco, que te conozco —le dijo su mujer.

Los dos niños miraron a su padre atentos y con media sonrisa. Sabían que él siempre le sacaba la punta guasona a todo.

—Bueno, Juana. Es que no podemos negar una cosa. En el caso de que de verdad ocurriese un apocalipsis zombi, tenemos unos hijos valientes y guerreros que nos defenderán de esos monstruos.

Todos, incluida la madre, rompieron a reír a carcajadas y celebraron la unión familiar con una deliciosa tarta de chocolate.

Este relato forma parte de la propuesta literaria VadeReto (Enero 2021)
En este mismo blog:
Usando las fotografías de los niños debéis crear una historia llena de optimismo y alegría. Divertida, gamberra, mágica…

El TERROR que se Adentra en el Bosque

Fotomontaje hecho con la falsa portada del libro.
En la imagen de la portada se ve a una niña y un niño (ella algo mayor que él) cogidos de la mano.
De espaldas a nosotros, contemplan una especie de casa- cripta, en un bosque oscuro y tenebroso.
Ella porta un violín y él una trompeta.
Todo queda tenuemente iluminado por una farola que está entre la casa y los niños.

Después de leer Hansel y Gretel, Caperucita Roja, Peter Pan, Aladino y otros doscientos cuentos inofensivos, como castigo y en lectura frenética, los hermanos Maja y Rones, haciendo honor a sus nombres, deciden adentrarse en el bosque Mash Ten Hebroso.

Pertrechados con sus armas más terroríficas, un violín y una trompeta (que se lo pregunten a sus vecinos), están decididos a encontrar a la bruja Koxaphea Konpelhos.

Desean ver cumplido su más ansiado sueño. Emigrar a un mundo fantástico-musical, porque aquí ya no hay quién los sopor… entienda.

La bruja es la llave de los doce mundos más uno. Un poco oxidada, pero todavía funcional.

El planeta Runforiulaif les espera, cándidamente acogedor, sin temerse la venida de su peor pesadilla.

¿Podrán convencer a la bruja antes de que esta huya y se recluya en un monasterio budista?

¿Podrán entrar al nuevo mundo sin que este se destruya de puro terror?

¿Será escrita alguna vez esta historia?

Pronto en las pantallas de sus móviles, tablets e incluso en Neshflin.

(Quién dice pronto, dice cuando termine la pandemia y podamos pasear sin mascarillas 🙄)

PD. La portada ha sido creada a partir de la imagen de Angeline01 en pixabay.

En realidad, este libro no existe, al menos todavía, es uno de los retos de Jessica Galera (@Jess_YK82) en su blog Fantepika. En este caso el correspondiente al Desafío Literario Noviembre: Syn Opsis
A partir de la imagen dada como portada de un libro.

Creadle un título y una sinopsis.
Si la inspiración se mantiene escribid también la novela. 😜

Despertar con Angustias

Calor asfixiante, oscuridad opresiva y silencio inquietante. Había despertares mejores.

Por mucho que intentaba abrir los ojos no conseguía ver nada. Se sobresaltó un poco y cogió una bocanada de aire. Se asfixió. Quería respirar, pero el oxígeno se negaba a entrarle por nariz o boca. Se empezó a poner nervioso. Tampoco podía moverse. Un peso inerte le aplastaba contra el colchón. Sudaba como si estuviera en una sauna. ¿Por qué sentía tantísimo calor? Estaban en diciembre, se suponía que ya tenía que taparse con el edredón para no tiritar de frío por la noche.

Pensó un instante. ¿Cuándo, cómo y quién le había llevado a la cama? ¿Lo habían atado y amordazado? ¿Estaba secuestrado? ¿Quién iba a pedir rescate por él? Si no iban a pagar ni un céntimo de euro. Seguro que hasta daban las gracias por quedarse con él o quitarlo de en medio.

Intentó calmarse e intuir dónde estaba. Aguzó sus sentidos y prestó atención al entorno. El silencio no era tan rotundo. Un ligero siseo se insinuaba en la habitación. ¿¡Había alguien vigilándolo!?

No le dio tiempo a entrar en pánico, un bufido fétido le roció toda la cara. Olía a salchichas crudas y a… ¿Queso curado? Algo húmedo, pringoso y muy caliente le rebañó toda la cara y le arrebató las gafas que llevaba puestas. Por fin veía algo. ¿Estaba acostado con las gafas de sol?

Consiguió levantar un poco la cabeza y mirar hacia su pecho. Ahora entendía qué le estaba oprimiendo e impidiendo moverse. El mastodonte de Angustias se había acostado encima de él. ¡Solo 110 kilos de pelos y babas! Era la mascota de su exnovia. Le había puesto así, muy ingeniosa la muchacha, porque decía que le recordaba los sentimientos que él le provocaba.

Imagen de Couleur en pixabay.

¿Pero, por qué le costaba tanto respirar? Consiguió, con mucho esfuerzo, sacar un brazo de debajo del lastre melenudo y tocarse la boca. ¿La mare que lo parió? Se había acostado con la mascarilla puesta.

Los recuerdos de la pasada noche irrumpieron dolorosamente en su cabeza.

El cóctel, de Valeriana, Amapola, Lavanda, Tila, Cerveza y Whisky, no había sido una buena idea.

No es Fácil Ser un Superhéroe

Después de un duro día de batallas siempre me gusta sentarme a pensar sobre mis sufridas aventuras. A veces, creo que no merecen la pena tantas magulladuras, moratones y heridas en el cuerpo, pero, cuando veo la sonrisa en la cara de aquellos a quienes he conseguido ayudar, las ilusiones se me recargan y me empujan a seguir luchando contra los malvados.

No todos piensan así, claro. La gente que me ve por la calle corriendo detrás de un perro malvado, se pone histérica cuando tropiezo con ellos y les tiro lo que llevan en las manos. Son accidentes sin importancia. Un superhéroe no puede evitar ciertas cosas, sobre todo cuando no puede volar. Mis profesores han gastado ya decenas de bolígrafos poniéndome partes y notificaciones. Solo porque en medio de la clase me pongo a gritarles a las malvadas sombras que acechan entre los pupitres. Y mis padres… ¡¡¡Ufff!!! Esto es lo peor. Son los que menos me creen. Quieren ponerme en manos de un psicólogo o un psiquiatra. No sé cuál ha sido su última elección. Dicen que están desesperados, pero es que yo soy así. Soy un superhéroe y no puedo actuar de otra forma.

Hoy la cosa ha sido bastante complicada. Hace unas semanas llegó a clase un alumno nuevo. Un chico que no es de por aquí. Yo creo que incluso es de muy afuera. Tiene aspecto muy distinto a nosotros y habla de una forma muy rara. El color de su piel, sus ojos, su pelo… hasta su risa es distinta. No sé por qué no les gusta a los demás compañeros. A mí me encanta su forma de ser. Sobre todo su amplia, blanca y sincera sonrisa. Porque aunque lo empujen, le den coscorrones, lo tiren al suelo… él siempre responde mostrando ese brillo inocente en su cara. Eso hace que los demás se enfaden todavía más. ¡No sé por qué! No recuerdo su nombre, porque es difícil de pronunciar, pero yo le llamo Robin. Es el compañero perfecto para un superhéroe como yo.

Hoy hemos tenido que enfrentarnos solos a los matones. Solos. Porque el resto de la clase, como siempre, ha mirado a otra parte, y los profesores, siempre despistados con sus cosas, ni se han dado cuenta de la trifulca. Pero les hemos dado para el pelo. Querían quitarle el bocadillo a una chica muy pequeña y tímida. No lo hemos dudado ni medio pestañeo. Nos hemos lanzado en su defensa e, incluso, hemos conseguido que se manchen la ropa. Nosotros hemos necesitado más tiritas y mercromina, pero que sería de un superhéroe sin heridas para contar.

Robin y yo estamos acostumbrados a batirnos en duelo todos los días para defender a los compis más débiles. Aunque terminemos casi siempre en el despacho del director. Él no entiende de superhéroes y, además, siempre piensa que las peleas las empezamos nosotros. Bueno, en eso tiene razón, pero lo hacemos por una buena causa.

Pero esto no ha sido lo más difícil. Al salir de la escuela hemos visto, en uno de los árboles del jardín, cómo un precioso, colorido y gran pájaro estaba enredado entre sus ramas. Sus graznidos sonaban muy fuertes y como con eco. No entendíamos cómo había podido meterse allí dentro él solo. Tal vez, alguien malvado lo empujó allí y luego se fue corriendo huyendo. La gente malvada es así de malvada. Cuando Robin y yo lo hemos visto, no lo hemos dudado ni un pestañeo. Como él es más grande y fuerte que yo, me ha ayudado a subir al árbol para sacarlo de allí. Ha sido un poco difícil, pero al final lo hemos conseguido. Bueno, lo ha conseguido él. Me ha aupado hasta la rama, yo he podido encaramarme a ella y… Parece que el pobre pájaro estaba muy asustado, porque la ha emprendido a picotazos conmigo. Se ha puesto muy alterado y a punto he estado de tirar un nido con huevos que había cerca. Menos mal que mi súper-agilidad y mi súper-velocidad han evitado que se cayeran del árbol. Los huevos, yo he terminado desplomándome encima de Robin. Sin embargo, el pájaro ha salido volando y gritando. ¡¡¡Misión cumplida!!! Otra colección de tiritas y moratones para presumir de la batalla. Pero eso es lo de menos cuando se hace feliz a un pajarete. Aunque el muy travieso no se ha parado ni a darnos las gracias. Estaría demasiado asustado y loco, porque cuando nos íbamos, hemos visto que se empeñaba en volver al árbol. Bueno, él sabrá. No puedo estar todo el día ayudándolo a él, hay más gentes que necesitan de nuestra ayuda.

Luego, cerca de casa, una mujer mayor. Mayor quiero decir de más edad. Vamos que parecía vieja. Pero no les gustan que las llames así. Mujer mayor les parece menos insultante. Aunque yo no la estaba insultando. Bueno, pues esta mujer vieja estaba tirando de un carro lleno de trastos y parecía que pesaba mucho y le costaba moverlo. Robin y yo no lo hemos pensado ni tres pestañeos. Sí, un poco más que con el pájaro, porque la cara de la vieja mayor no era muy amigable. No hemos hecho caso de sus gritos y la hemos ayudado a subir el carro a la acera. El escalón era demasiado grande y ella estaba atascada intentando empujarlo. Muchos tiestos de los que llevaba en el carro se han caído al suelo. No se han roto, porque ya estaban bastante averiados. De hecho, creo que eran bastante viejos y muy estropeados y sucios. Pero no seré yo el que le diga a esa señora vieja lo que tiene que comprar o no. Cuando la hemos dejado felizmente, encima de la acera, parece que quería abrazarnos, aunque a mí me ha dado cosa, su ropa estaba un poco sucia. Luego se ha puesto a gritar, supongo que de alegría, pero como no tiene dientes no se le entendía muy bien. Además, parecía que quería bajar el carro de la acera, otra vez. A lo mejor es que es muy indecisa. Quizás es que ha visto como lo hemos hecho nosotros y ha querido probarlo por ella misma. ¡No importa! ¡¡¡Otra misión cumplida!!! No, tampoco nos ha dado las gracias, pero un superhéroe no espera gratitud de la gente. Solo nos contentamos con una sonrisa. Aunque la de esta mujer asustaba un poco, al no tener más que un par de dientes.

Pero el trabajo de hoy no había terminado. Por eso digo que ha sido un día muy duro. Al llegar a casa, antes de despedirnos Robin y yo, hemos visto que mamá se había olvidado de sacar unas cajas para que las recogiera el camión de la basura. Eran unas cinco cajas de cartón muy pesadas. Hemos tenido que sudar bastante y sacar nuestra súper-fuerza, pero después de mucho lo hemos conseguido. Justo por los pelos. El camión ha llegado escasos segundos después de que nosotros hubiéramos sacado la última caja. Los empleados de la basura son muy curiosos y no han dudado ni dos pestañeos en mirar lo que había dentro de las cajas. Se han puesto muy contentos al verlo. Creo que estaban muy felices de que les hayamos ayudado.

Robin se ha ido ya a su casa para comer y estudiar. Yo aún tengo que hacer mi reflexión diaria. Me escuecen las heridas y me siento muy cansado. Sin embargo, ya lo dice mi superhéroe favorito: «¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos».

Necesitaré unos minutos más para dejar aquí al superhéroe y entrar en mi casa siendo de nuevo solo un niño. Aunque antes, intentaré calmar a mi mami. Está como loca gritando: ¡¡¡Quién se ha llevado mis cajas de libros!!! Parece que hay ladrones por el barrio. Está muy claro. Este vecindario no sería lo mismo sin un superhéroe como yo.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de la imagen propuesta.

La Gesta de un Héroe Alucinante

Imagen de Sarah Richter en Pixabay

Estaba siendo un día de mierda y la tarde amenazaba con seguir por el mismo camino. Sentado en uno de los bancos del parque, mientras contemplaba cómo las nubes formaban preciosas y curiosas imágenes, mi primo Perrishi llega como un tsunami e interrumpe impunemente mis elucubraciones.

—Manolillo, queashe ahí tan enshimismao. She te van a eshcurrí lash neuronas, tío.

A veces, no sé si su shesheo es porque quiere aparentar buena pronunciación o, simplemente, es muy gilipollas. El hecho es que debería tener preparado un paraguas cada vez que converso con él.

—Aquí estoy, Perrishi, intentando resolver la ecuación del mundo.

—¡Qué dishe, tío! Pa matemática eshtoy yo, ¡anda ya!

Se sienta a mi lado, dándome un tremendo culazo, y me enseña una bolsita llena de hierbas.

—¿No es un poquito temprano para eso, prenda? —le dijo guiñando y con cara de precupación.

Él me responde intentando mostrar cara de villano de peli mala.

—Eshto queshtá viendo, no esh un coshto cualquiera, tío. Esh una cosha nueva que me ha traío el Juantripi. Dishe que te hashe shentí como Shupermán —añade moviendo sus peludas cejas.

—¿Dice? Eso es que todavía no lo has probado, ¿Verdad?

—Esh que ya shabes que no me gusta probá mi materiá. Hay que mantené un límite con el produshto. Uno no puede shé conshumidó de shus mierdas.

—¡Claro, seguro! Quieres mantenerte al límite. ¿No será que quieres que lo pruebe yo antes, para asegurarte de que no te mata? ¿Te crees que soy tu conejillo de indias?

—Avé, Manolillo. No sheas mash tiquishmiquish. Dale solo una calaíta. ¿Qué te va a pashá?

Me estaba empezando a poner perdido a salivazos. Estaba por pedirle que me hablara por señas o escribiéndolo en un papel.

—¿Qué me entren unas diarreas sinfónicas que me hagan llevarme dos días sin salir del váter?

—¡Que shagerao eresh, primo! Ira, yoshtoy asquí pa shocorrerte. Tú le dash una calaíta cortita y shi yo veo que te ponesh morao me pongo a gritá y a llamá a quien haga falta. —¡Ah, bueno! Siendo así, tenía el mayor de los consuelos. ¡Qué elemento!

Como el Perrishi me conoce bien, y sabe que no me puedo resistir a sus mierdas, le hago un gesto de aprobación y le dejo hacer. Además, así evito que siga duchándome.

Se saca un papel del bolsillo, vuelca un poco de la hierba dentro y con una increíble habilidad, producto de sus muchas prácticas, lía el porro con una sola mano. Cierra un ojo, se lo pone delante del otro. Mira la perfección del alineamiento del canuto y me lo pasa.

—Ma queao perfeshto, primo. Anda, tuya esh la pash y la gloria por shiempre —Encima el cabrón se pone litúrgico.

Intento darle una calaíta suave y controlada, pero, como siempre me pasa, estoy a punto de apurar el cigarro de una sola chupada. El humo entra en mis pulmones. Lo dejo deambular por ellos unos segundos y luego, muy despacito, lo voy soltando por nariz y boca al mismo tiempo.

Miro al frente. Levanto la vista al cielo. Observo a mi alrededor y luego al Perrishi.

—¿Qué? —me interroga con impaciencia.

—Yo no noto nada. Creo que te han dado coba, Perrishi.

—¡¡¡Me cago en su putísima mare!!! Le voy a estar dando cates hasta que hable en arameo. —Sí, ha dejado el shesheo. Con el cabreo se le ha olvidado. Será hijodeputa.

—Joder, primo. Siempre te están engañando. ¿Seguro que te habrá cobrado un pastón por esta porquería?

—¡Qué va! Si en realidad se lo he robao, pero me había dicho que era una cosa guapa, guapa. Deja que coja a ese peazo de cabrón. ¡Del Perrishi no se chachondea nadie!

Y diciendo esto, sale bufando y soltando lindezas por su boca. Yo me voy a terminar el cigarro. Tiene buen sabor y es relajante. Además, no tengo más tabaco encima.

Vuelvo a deleitarme mirando el cielo. Durante unos cuantos minutos contemplo cómo las nubes siguen formando curiosas figuras. De pronto, una de ellas se transforma en un inmenso pene. Va creciendo de forma inverosímil y su glande me mira sonriente. Yo intento disimular, buscando conejitos, dragones y florecitas por el cielo. Localizo una que parece una azucena esponjosa, pero que al ver a la enorme verga se transfigura en una impresionante vagina. ¡La mare que me parió!

Desvió la vista del cielo, más turbado de lo normal, y miro al suelo. Una larguísima columna de hormigas realiza su marcial desfile rumbo a alguna parte. Van y vienen, siempre manteniendo la fila, en aparente armonía. En una de estas, todo el batallón se para en seco. Van tropezando unas con otras. Se mosquean y protestan. La que va en cabeza, vaya molondro que gasta la muchacha, se gira y me planta cara.

—¿Se puede saber qué estás mirando? —Yo no respondo. Me he quedado más congelado que la mano de mi suegra—. ¿Te parece divertido contemplarnos trabajar mientras tú estás ahí sentado tocándote los cojones?

Aunque es un ser muy pequeño, puedo escucharla nítidamente. Eso sí, tiene una de esas voces chillonas y machaconas que te taladran el cerebro.

—Disculpe usted, señora…

—¿¡CÓMO QUE SEÑORA!? —Del grito me ha destaponado los dos oídos—. ¡¡¡Te reviento la cabeza de una pedrada!!!¡¡¡Soy Señorita!!! ¡¡¡Mezcla de sapo y borrico!!! —Vaya genio se gasta la señ… hormigonera—. ¡¡¡Deja de mirar como trabajamos y levántate ya del banco, que se te van a poner los huevos cuadrados!!! —Tiene que ser por lo menos generala de siete estrellas la muchacha.

Me quedo sin habla y con más mala cara que un bulldog mojado. La hormigona, igual de cabreada que el Perrishi, reinicia el desfile y se lleva a toda la tropa a su incierto destino. Las pobres van con la lengua fuera por el ritmo frenético que les aplica la jefa.

No me da tiempo a levantar la cabeza cuando empiezo a escuchar gritos. Intento localizar los alaridos y enfoco la vista en el edificio de enfrente. Desde el primer piso, una preciosa rubia grita asomada al balcón. Luce una bata de gasa, vaporosa y casi transparente, que deja ver su fascinante cuerpo embutido en su sexy ropa interior. Grita. Me llama gritando. Grita y me insulta. En realidad, no logro averiguar qué es lo que me estaba diciendo. Cierro los ojos, intentando aguzar la vista, y veo que desde detrás de ella sale un mar de humo. ¿Y si no me está llamando a gritos? ¿Y si en realidad está pidiendo auxilio?

Intento levantarme del banco, pero en lugar de andar, me alzo del suelo usando mis alas. Sí, me han salido alas. ¡¡¡Qué fueeerteeee!!! Salgo volando y me acerco al balcón de la chica y esta, al verme, me muestra su más dulce y sensual sonrisa.

—Aquí está tu superhéroe. ¿Te llevo a alguna parte preciosa? —le digo mostrando mi cara más seductora.

—Oh, mi arcángel favorito. Has acudido a mi ayuda. —¿Arcángel? ¿Eso qué es? Me han dicho cosas más raras. Yo me siento más bien como un palomo mareado—. Espera, no puedo salir así vestida, déjame unos minutos que me cambie de ropa.

Su casa se está quemando y ella quiere ponerse un look más apropiado para mi película. No me extraña. Sé cómo se comportan las mujeres conmigo. Nerviosas, atolondradas y sobre todo raras, muy raras. No la espero y me dispongo a entrar también en su casa, pero un gorrión despeinado, apoyado en la barandilla, me interpela:

—¿Eres tú mi amante bandido? —Sí, me lo ha dicho cantando e imitando al Bosé. Gorjea y me silba sin recato—. ¿Te apetece un revolcón entre plumas?

Desvío la mirada, sintiendo mi cara arder. No sé si será de la vergüenza o del calor que sale de la habitación. Penetro en ella y el humo me hace casi imposible ver nada. Busco a la chica, pero no la encuentro. La humareda va tomando forma y, al igual que antes las nubes, se va transfigurando en el esbozo de una silueta. Cuando se define, toma el aspecto de una bruja muy vieja y muy fea.

—Eres una preciosa harpía. ¿Te gustaría una noche loca de magia negra? Ya sabes, ¿nigromancia, orgía con los muertos, borrachera de sangre…?

La leche. ¡Qué miedo y asco! Salgo espetado de la habitación antes de que me ponga las zarpas encima. ¡Qué coño pasa! Todo el mundo se quiere enrollar conmigo. ¡Me habré levantado hoy con el bonito subido!

Salgo al pasillo de la casa y busco al motivo de mi heroicidad. No la veo por ninguna parte, pero escucho trastear en el salón. Entro y me la encuentro en el suelo, a cuatro patas, mostrándome su lindo culo enfundado en un lujurioso tanga rojo. Su contoneo me está poniendo como el fogón de un mercancías. No me lo pienso dos veces, me abalanzo hacia ella, la cojo por la cintura y … me la cargo bajo el brazo. No es momento de lujurias desenfrenadas. Lo primero es lo primero, salir de allí antes de que parezca un pinchito braseado.

Intento regresar de nuevo al dormitorio, para salir por el balcón. Sin embargo, la habitación está inaccesible, las llamas deben haber prendido en la cama y no hay forma de escapar por allí.

La chica grita, gime, patalea, me araña. Está claro que ha entrado en pánico. Me muerde una oreja. ¡Hijadeputa, se ha vuelto histérica!

—Si solo quiero salvarte del fuego, chiquilla —le grito para calmarla.

No surte efecto, me gruñe y me muestra los dientes. No le hago caso y enfilo el portón. Lo abro como los vaqueros en las pelis del oeste. La puerta impacta con tanta fuerza contra la pared que descuelgo todos los cuadros y tiro los libros de las estanterías. Da igual, se iban a quemar. Salgo al descansillo y veo como los vecinos abren sus puertas alertados por mi discreta aparición.

—¡Salvaros vosotros que yo ando un poco liado! —les grito—. Que esta chica parece una princesa, pero pesa como un gorrino cebado.

Ella parece sentirse herida en sus sentimientos e intenta arrancarme la oreja de otro bocado.

—Lo siento, cari, es que me estoy poniendo nervioso. Si en el fondo eres etérea como un ángel —Esto se lo digo resoplando, porque en el fondo pesa tela marinera.

—¡Socorro! —grita una vieja que sale de su casa con una escoba y me da con ella en la espalda.

—¡Gracias, señora! —le digo. La buena mujer está intentando apagarme las alas que han prendido a causa del fuego. Es efectivo, pero no veas como duelen los escobazos. La vieja parece frágil, pero tiene la fuerza de un leñador canadiense.

Pienso en bajar en el ascensor, pero recuerdo las pelis de desastres. Hay que salir siempre por las escaleras. Bajo los escalones de dos en dos y, a veces, de cuatro en cuatro. Más por la inercia que por mi agilidad. Veo peligrar mis dientes en un par de ocasiones. Afortunadamente, son solo un par de pisos.

Los vecinos se asoman al pretil de las escaleras y me gritan. Yo les grito, a su vez, que no me esperen. Que salgan del edificio antes de que sea demasiado tarde. Que no creo que pueda salir y volver a entrar para rescatarlos. Además, tendré que consolar a esta linda doncella que se está poniendo de los nervios. No me hacen caso y siguen gritando. Llaman a la policía. ¡Serán estúpidos, tienen que llamar a los bomberos! Allá ellos.

Enfilo el portal y cruzo la calle. Esta vez lo hago corriendo, no volando. Estoy exhausto y me desparramo en el mismo banco en el que estaba antes. ¡No puedo más! Dejo a la chica posada al lado, junto a mí y me espatarro cuán largo soy. Veo como los vecinos se asoman a las ventanas y siguen gritando. Serán necios, en lugar de salir del edificio se ponen a pedir auxilio.

Miro a la chica que acabo de salvar y ella me mira también. Sus ojos son grandes y acuosos. Sus orejas grandes y sedosas. Su nariz húmeda. Su lengua… ¿Me estará mandando señales? Me acerco y me endiña un lengüetazo que me lava la cara y me peina al mismo tiempo. Claro, está prendada de mí por mi acto heroico.

Cuando me voy a acercar a ella para darle un morreo, aparece de nuevo mi primo.

—Manolillo, ¿¡Qué hashe!? —Parece que se le ha pasado el sofoco y ha vuelto a su excelente pronunciación.

—Pues ya ves. Aquí saboreando el momento romántico del día. ¡Mira que amor de criatura!

—¡Coño! ¿¡Te hash vuelto zoofiliaco de eshos!?

—¿Qué dices, primo?

El bocado que me lanza la chica me hace despertar de sopetón. Ahora la veo nítidamente. Es una preciosa… perra, pero… en el más literal de los sentidos. Es una golden retriever de más de treinta kilos. Blanca con tonos canela. Creo que en el fondo se ha encariñado conmigo. Posa una de sus tremendas patas en mi hombro y me lame la oreja.

También veo a los vecinos que ya no piden socorro, en realidad, me están insultando. Asimismo, escucho las sirenas de la policía. Deben venir de camino. Me doy cuenta que el edificio está intacto y que no hay ni rastro de humo o fuego. Miro a mi primo y le digo: —¡Madre mía! Tenías razón, colega. ¡¡¡Qué colocón más bueno!!!

UN HOMBRE  BAJO LOS EFECTOS DEL LSD SALVA AL PERRO DE LOS VECINOS DE UN INCENDIO IMAGINARIO.
Un neoyorquino de 43 años acabó arrestado por allanamiento de morada, aunque sus intenciones eran buenas y su comportamiento fue heróico... dentro de su alucinación.
18-oct-2016

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de una de las noticias propuestas en el reto.

Batalla por la Supervivencia de la Especie

29 de febrero de 3469, 15 horas 35 minutos 18 segundos y 20 milisegundos.
Eso, según el año solar.

Soy demasiado vieja para pelear, pero cuando la necesidad obliga, los años no son más que excusas de una mente realmente decrépita. Hace ya varios meses que luchamos por no sucumbir a la invasión. Éramos un pueblo pacífico, laborioso y tranquilo. Solo nos alterábamos por disputas familiares, sin mayor problema que terminar tomándonos unos refrescantes néctares de zarramo para dirimir nuestras diferencias. Ahora, con ineficaces armas en las manos, batallamos para no caer esclavizadas o perecer en la lucha.

—Capitana, la munición que abía, ya no la ay —me espeta una de mis soldados más elocuentes. El día no hace sino mejorar.

—Tranquila, sargenta. Mientras haya coraje habrá esperanzas. No podemos hundirnos con el primer problema que nos reviente en la cara.

—¿Problema primero, señora? Los víveres son fenecidos, para lavarse agua no ay y el enemigo, con su ostil ostigamiento, está ya tan cerca que… —Por la diosa D’Ondesten, qué difícil es entender a esta zagala.

—¡Soldado!, ¿has venido a informar o a conseguir que me ponga a llorar?

—Lo siento señora. Es que tiempo ace que no comemos. Desde el tiempo en que se podía pasear sin que el tiempo se te hiciera eterno buscando en poco tiempo un sitio seguro dónde no te cogieran sin tiempo a esconderte y te mataran con poco tiempo para… —Por los cuernos de Ordandará que no va a hacer falta una bomba para que me estalle la cabeza.

—¡¡¡Basta!!! Comida no habrá, pero la lengua la tienes tan larga que se podría alimentar con ella a todo el pueblo.

—Perdón, señora, por los nervios me aflijo. ¿Cuál las órdenes son?

—¡Agua, ajo y resina. Yo no he inventado esta guerra!

—Esto… tampoco de eso tenemos, señora.

— No eres más trancasordio porque naciste un martes, si lo llegas a hacer un domingo le dan un premio a tu madre. ¡¡¡Aguantarse, a joderse y resignarse!!! Monstrenca. Vuelve al pelotón y que nadie se entere de que tenemos menos perspectivas de supervivencia que una de tus neuronas en un vendaval.

—Sus órdenes mi Capitona —Esto lo ha dicho con mucha guasa y sarcasmo.

Ha salido corriendo a un pelo de que la deje calva de un guantazo. Me juego mis plumas a que no tarda ni un plis plas en contárselo todo a la tropa. ¿Tropa? ¡Qué ingenua soy! La última vez que las conté no llegaban a diez inocentes piezas de este triste e insignificante ejército.

5 de abril de 3472, 18 horas 0 minutos 0 segundos y 0 milisegundos.

Hemos recibido el impacto de otra bomba temporal. A este paso no llego a cotizar para la jubilación. Todos los relojes del bosque marcan la misma hora, de forma exacta y elocuente. Esto no puede significar nada bueno. ¿Tendré intacta la bilocación?

—Mi capitana, otro problema a abido. —Aquí no le da tiempo a una ni para tener incertidumbre.

—¿Qué pasa ahora Lenguaraz Smarty? —De aquí a unos minutos me sangran todas las orejas.

—Otras dos elementales muertas an sido. Una de vieja y la otra tras engullir un zimbordio de color castrulia. —¿Y no podía haber caído la bomba justito en toda la mollera de la sargenta? Está claro, las diosas nos han abandonado.

—¿Cuántas quedamos, sargenta?

—¿Contándonos yo, usted y la diosa? Pues… —Sí, está contando con los dedos—. Semos cinco y media.

—¡¿Media?!

—Xasto, mi señora capitana. A Dorothy, la última bomba quedarse le a echo sin dos de sus brazos, una pierna, tres orejas y…

—Vale, vale… deja los detalles para el informe de la ambulancia. No le digas nada al resto de elementos, pero creo que de esta no nos salva ya ni un milagro de la Diosa Shastá. Reúne a toda la tropa que les voy a decir unas palabras.

—En realidad, señora, detrás nostra justo están. —La madre que la parió podría haberse dedicado a laborar en lugar de a reproducirse.

—Chicas —les digo mientras intento mantener la compostura y la voz firme y autoritaria. Necesitan aliento y brío. No es el momento de sembrar el pánico. Aunque viendo sus caras, yo diría que no tengo que disimular—. ¡¡¡Ha llegado el momento que todas estábamos esperando. Afilemos nuestras garras, calentemos todas nuestras piernas, brazos y colas, y salgamos a luchar sin miedo a la muerte. La Diosa Veniconmi nos espera con sus treinta y dos extremidades abiertas!!!

Dicho esto, desenvaino mis uñas telescópicas, preparo mis cabezas de repuesto y me pongo a gritar como una Ullottan, mientras lidero a lo que queda de mi tropa. Bueno, eso espero. Aunque prefiero no mirar hacia atrás y ver que no me sigue nadie.

—¡¡¡NO ME COGERÉIS VIVA, REPUGNANTES HUMANOS!!!


Relato publicado en el Reto Literario “Reto de Lubra: Tiempo” de Jessica Galera (@Jess_YK82)

Datos del Reto:
Crea un relato inspirado en la imagen y que cumpla con los tres Designios de Lubra que tienes que escoger y que, en consonancia, estarán relacionados con esa temática.

Condiciones:
# Primera frase de tu relato: “Soy demasiado viejo/a”
# Menciona el día, la hora, el mes y el año en el que te encuentras (lo más preciso posible).
# El Reloj Negro:
– Escribe la palabra “tiempo” cinco veces en tres líneas, demuestra tus dotes literarias.
– A lo largo del reto has de utilizar estas tres palabras: ZARRAMO,  CASTRULIA y TRANCASORDIO.
– Zámpate tres “H” en palabras que la lleven.

Una Mascarada Menoscabada

La música sonaba atronadora. Violines, violas, cuchelos, piano… intentaban sobrevolar el murmullo y sobrevivir a los gritos de la multitud. Mendelssohn, Brahms, Tchaikovsky, Haendel… ningún clásico se salvaba de rivalizar con las sonoras carcajadas de arlequines, piratas, hadas, animales antropomorfos, montruosas criaturas, sarcolopendras… Todos danzaban, saltaban, corrían y se divertían en el gran salón del castillo de Zima. Como cada año, nadie quería perderse la tradicional Fiesta de Máscaras del conde Leznable. No era el mejor anfitrión que se podría desear para una agradable celebración, pero la comida y la bebida era gratis y este día todo el mundo tenía acceso al castillo. Solo había dos condiciones: ir disfrazado y no estar en la lista de negra del condado. Lo primero fue fácil, mi disfraz de Fred Astaire, el más experto bailarín de todos los tiempos, destacaba entre todos los asistentes. Lo segundo, más fácil todavía. Era la primera vez que pisaba el condado. Solo tuve que hacerme pasar por un vecino difunto. Estaba perfectamente de salud, pero tuvo la desgracia de tener mis mismas características físicas. Ya no tendrá que pagarle impuestos al conde.

Imagen de Sophia Hilmar en Pixabay

Tenía una misión muy clara, aunque imprecisa. Asesinar al jefe de la policía. El muy inepto se había propuesto acabar con la mafia local y la mafia local no estaba muy dispuesta a facilitarle el trabajo. Además, tenían todo el dinero que pudieran necesitar y que mejor forma de emplearlo que contratando al mejor asesino a sueldo del planeta. Bon, Anselmo Estrabón. Para servirles a ustedes. Si tienen dinero para pagarme, por supuesto.

Todo parecía sencillo hasta que conseguí entrar en el castillo y comprobé que hasta los agentes de seguridad iban disfrazados. Teniendo en cuenta que era un sujeto de mediana estatura, rechoncho, patizambo y de edad madura, solo se parecía a la inmensa mayoría de los ricachones del pueblo. ¿Qué iba a hacer? ¿Arrancarles la máscara uno a uno? Preguntarle al oído, ¿es usted el jefe de la policía? No, tenía una forma más sutil de resolver el problema. Gracias a mis grandes dotes detectivescas, había conseguido descubrir la forma en la que se reconocían los agentes encubiertos de la ciudad. Usaban consignas rimadas. Sí, era una forma muy peliculera, pero, por lo visto, tenían hasta un club de poesía montado. No sería yo el que criticara su afición literaria. Así, solo tendría que acercarme a mi objetivo y cantarle la primera parte de la contraseña. Aquel que me contestara adecuadamente se ahorraría esa noche quitarse la purpurina de la cara.

Con mi elegante frac negro, mis botines relucientes, un filardelo corinto y una máscara que me tapaba media cara, me adentré en el salón principal. Empecé a andar, contoneándome, como lo haría el célebre bailarín y, cuándo solo había avanzado unos metros, alguien me llamó:

—¡Eh, tú! El estirado. ¿Qué haces sin bandeja?

Me giré sorprendido, sin entender nada, y me encontré con un armario empotrado de cuatro puertas que también vestía frac y pajarita. Idéntico al mío.

—¿Qué coño haces deambulando por la fiesta como si fueras un invitado?

—Y… ¿Usted es…? —le dije intentando no partirle la boca delante de toda la gente. Mi misión era más importante que mi orgullo.

—¡Dios, otro empanado! ¡El maître, imbécil! El responsable de que no te paguen ni los gastos como no andes rápido para la cocina y te pongas a servir copas!

¿Servir copas? ¿Me había cargado a un camarero para entrar en el castillo? Bueno, no era mal asunto. De esa forma, pasaría todavía más desapercibido y tendría excusas para acercarme a los invitados sin parecer un acosador. Salí titubeante del salón buscando la cocina.

—Por ahí no, ¡atontao! Gira a la izquierda y al final de pasillo. Cada vez mandan a becarios más tontos. —El menda era un tipo grande y fuerte, pero su amabilidad me sugería que podría no llegar al final de la fiesta.

Seguí diligente la indicación del ropero andante y me infiltré en la cocina. Allí faltó poco para que me metieran una bandeja por la boca. Todo el mundo parecía estresado. Unos corrían entre los fogones, gritando, dando órdenes. Otros entraban y salían con platos inmensos llenos de camandreos de todos los colores y otras deliciosas y apetitosas viandas. Alguien me puso una bandeja en las manos, otro empezó a llenarlas con copas de cristal y, un tercero, las colmó de un líquido amarillento, dorado y burbujeante, que supuse era champagne. A duras penas pude salir con ella de la cocina sin que tuvieran que comprar una cristalería nueva.

Con una mano debajo y otra aguantando el borde de la bandeja, penetré de nuevo en el salón. Nada más verme, seis invitados sedientos se lanzaron como depredadores sobre las copas. Intenté mantener el equilibrio, pero el peso de la batea, los arreones de los ansiosos borrachos y mi torpe habilidad como camarero, hicieron que empezara a trastabillar hacia el centro del salón. La gente me dejó espacio y me vi solo, en medio de la pista, mientras todos formaban un corro a mi alrededor. Empecé a emular un patético ballet, cómo si realmente fuera el danzarín actor del que iba disfrazado. Daba vueltas inverosímiles, evitando in extremis que el champagne alimentara la grandísima alfombra. Los asistentes se empeñaban en corear cada uno de mis movimientos. Gritaban jocosos ¡Uuuyyy! y bramaban sarcásticos vítores del tipo: ¡Que le den un par de aros y una pelota! ¡Que le pongan unos patines! ¡Que lo vistan con un tutú!

Mientras, con guasa y sorna, la orquesta había empezado a interpretar Entry of the Gladiators. Yo intentaba recomponer mi prodigioso estilo de baile, cuando una señora de edad indeterminada se abalanzó hacia mí. Sus torpes andares e irregulares hechuras parecían demostrar que estaba muy cercana del doble cero. Se envalentonó y quiso convertirse en mi pareja de baile. Me agarró por la cintura, desde la espalda, y juraría que intentó meterme mano. Sería vieja, pero tenía una fuerza increíble. En el segundo bandazo que me hizo dar, terminó por romper la belleza de la danza. Di un traspié y los dos salimos desequilibrados y a trompicones hacia el gentío. Todos se atropellaron intentando apartarse y haciéndonos un pasillo. Vi como, inexorablemente, nos encaminábamos hacia una gigantesca fuente de carne en salsa, que en ese momento entraba en el salón, portada por cuatro camareros. Perdí de vista la bandeja. Sonaron cristales, gritos, insultos… Por el rabillo del ojo vi llegar al aparador con frac que era el maître. No lo dudé ni un instante. Aproveché que la mitad de los invitados estaba en el suelo, haciendo break dance y patinaje artístico, y me escabullí de la forma más sigilosa y rápida posible. Afortunadamente, no había perdido la máscara. No paré hasta que encontré los aseos y me escondí en uno de los reservados. Allí, logré recuperar la respiración y reordenar mi estratégico plan, ahora ligeramente descompuesto gracias a la nonagenaria Ginger Rogers.

Estaba empezando a pensar que este trabajo se me estaba yendo de las manos, cuando la suerte se dignó a sonreírme. Dos personas entraron en el cuarto de baño con una conversación frenética.

—Búscame a ese engendro del demonio y sírvemelo al punto y sin guarnición —masculló entre dientes el hambriento visitante. Por lo visto el castillo también ocultaba incidentes paranormales.

—Enseguida pongo a los hombres en su búsqueda, Jefe. —¿Jefe? ¿El destino me regalaba a mi víctima en bandeja? Bueno, dada mi habilidad con ella, mejor que sea en una cesta con asas.

—Hazlo con total discreción. No quiero que el conde nos despelleje vivos, aunque después del numerito de ese inútil vestido de camarero, miedo me da el finiquito. —Seguía masticando cada palabra que decía. Por lo visto no le gustó mi coreografía.

—Sin problemas, Jefe. Nadie se dará cuenta ni de que existimos.

Dicho esto, el sonido de la puerta indicó que el subalterno se había marchado del aseo. Era mi oportunidad de terminar el trabajo y largarme de aquel maldito castillo. Busqué en mi fajín interior, mi mochila encubierta, el “Shemicida del Silencio”. Así lo llamaba yo. Era ideal para acallar sujetos deseosos de despedirse del trajín diario. Abrí la puerta del reservado muy lentamente, enrollé cada extremo del cable en una mano y salí dispuesto a culminar mi trabajo.

El destino era un cachondo. Delante de mí, mirándose al espejo con cara de bulldog amargado estaba el armario-ropero. Contemplaba mi reflejo con ojos desorbitados. Solo tenía dos opciones: terminar lo que había empezado o desaparecer como si fuera Houdini. Como lo segundo no lo había practicado convenientemente, me decidí por atacarle.

Sin esperar a que reaccionara me encaramé a su espalda y le pasé el cable por el cuello. Aquel tío tenía más pescuezo que un buey de Aquitania. A duras penas podría cruzar el hilo para estrangularlo. El gigantón se irguió y empezó a sacudirse como un chucho mojado. De nuevo inicié un estrambótico baile con pareja singular. El armatoste quiso enseñarme todos los rincones de los servicios, sobre todo las paredes. Tengo suerte de ser canijo, liviano y moverme con rapidez. De esa forma, pude librarme de terminar empotrado en los azulejos cada vez que los embestía con su espalda. Parecía la coleta de Beyoncé.

Poco a poco, con esfuerzo y perseverancia, conseguí que el cable rodeara todo su cuello, pero ni por esas. La próxima vez me busco un lazo de cáñamo de dos metros. No sé si por efecto de mi mortífera arma o porque le estaba faltando el resuello por el bailoteo, el titán parecía decaer en sus embestidas. En la única oportunidad que tuve, apoyé mis pies sobre uno de los lavabos y lo lancé contra el váter que estaba enfrente. La maniobra resultó y terminamos entrando en él. Bueno, sería más correcto decir que él terminó con la cabeza dentro del váter y yo encima pateándolo para que no se levantara. Aproveché y pulsé la cisterna varias veces. Si no moría estrangulado lo haría ahogado. Al fin, dejó de agitarse. Lo asfixió el agua o algo que había ya en el inodoro. A duras penas tuve tiempo de descansar. Cuando acababa de guardar el cable de nuevo en su habitáculo secreto escuché una voz a mis espaldas.

—¡Uy! ¿Qué le ha pasado al maître? ¿Está indispuesto?

Me giré y por poco me dio un infarto. Detrás de mí estaba Batman. Su aspecto enclenque y penoso me hizo suspirar y recordar que estaba en una fiesta de disfraces. Al final la fortuna no era tan cabrona conmigo. El superhéroe de imitación china tenía mis mismas hechuras. No perderé el tiempo contando como lo noqueé, en realidad, tan solo hizo falta un puñetazo, pero ya tenía un nuevo disfraz. Mirándome en el espejo no pude desdeñar que me quedaba muchísimo mejor que al tipo que yacía en el suelo.

Cuando llegué de nuevo al salón, no había indicios de mi maravilloso espectáculo vodevil. Tendría que contactar con este servicio de limpieza para mis fiestas veraniegas. La gente seguía bailando, bebiendo y comiendo. Como dijo aquel ilustre emperador: «Mientras haya viandas no habrá malas propagandas». ¿O quizás fue un político? En fin, el escenario estaba dispuesto para que Batman hiciera su triunfal entrada.

Por ventura, nadie se fijó en mí y pude otear el ambiente en busca de mi objetivo. Como dije antes, en este condado se alimentaban bien. Era más difícil encontrar a un canijo que a un camarero con la bandeja llena. Evidentemente, los evité como a la lepra. Ya había tenido suficiente amistad con el servicio por una noche. Me acerqué al primer gordinflón que tenía cerca, disfrazado de papagayo, e improvisé un santo y seña rimado. Sutilmente, le susurré al oído:

Cuando el sol despierta,
el pájaro se inquieta.
Es el momento de volar,
para pareja encontrar.

El interpelado se giró sorpresivo y me dijo con retintín:

—¡Oyoyoyyy! Pues con esas hechuras no vas a encontrar ni a una golondrina ebria, precioso.

Dudaba que esa fuera la respuesta correcta, pero, ante su sinuoso contoneo, decidí hacer una huida elegante. Dejé al guacamayo saludando con una mano y me dispuse a seguir buscando.

Ante mí apareció un gorila. Se golpeaba el pecho como si estuviera en una película de Tarzán.

—Yo serrr monada —me dijo, imitando a un indio sioux con acento teutón. ¿Estaría dándome la contraseña?

—Si quieres, te invito a una limonada —le rimé de forma cantarina.

El tipo se separó dos pasos y me miró de arriba abajo y de abajo arriba. Con la cabeza metida en aquel grandísimo melón simiesco, no sabía si se estaba riendo, llorando o le estaba dando un ataque epiléptico. Estaba claro que lo mío no era la poesía.

Después de varias tentativas más sin ningún éxito. Me propuse hacer uso de mi portentosa psicología detectivesca. Busqué al más rollizo de los comensales. Era un arquetipo muy socorrido, pero suele ser el modelo más fidedigno de jefe. Lo divisé sin dificultad a lo lejos, evidente, y… ¿no podía ser tan simple? Iba vestido del policía que siempre persigue a Charlot. Otra cosa no, pero original, tampoco. Estaba bailando sin gusto y con varias chicas orbitando a su alrededor. Estaba claro que no aceptaría de buen grado que me interpusiera como satélite. Después de pensarlo, se me ocurrió hacer uso de mi disfraz. Me envalentoné y me acerqué simulando algo de embriaguez.

—¡Hostia puta! ¿Pero qué haces tú aquí, pingu? —Para los neófitos en temas superheróicos, el pingüino es uno de los enemigos más antiguos e irritantes de Batman.

La bola vestida de uniforme no pareció entender el chiste y su cara mostraba todo menos amabilidad.

—¿Qué estás diciendo, imbécil? —En esa fiesta, mi persona no había sentido aprecio en ningún momento—. Voy de policía, no de pingüino. —Intenté redirigir la broma para ver si conseguía llevarlo a mi terreno.

—Jajaja Ya lo sé, hombre. Era una broma entre colegas. ¡Ya sabes! —Le guiñé un ojo. Luego me di cuenta que llevaba máscara—. El Pingüino, el enemigo de Batman. Tú… yo… unas birras. Revivir aventuras…

—¿Tú… Batman? Más bien pareces un murciélago borracho con capa. —Su carcajada y el comparativo hirió mis sentimientos, pero lo que más me enervó fue el tonito y su dedo señalándome. Me estaba cabreando bastante su actitud de superioridad y eso me dio otra idea.

—¡Qué gracioso! Pues tú pareces… el hermano gordo de Pavarotti, pero después de haberse comido tres vacas. —Dio resultado. Escupió el champán que había intentado beber y miró a las chicas que, a su vez, lo observaban atónitas. No lo hice dudar. Le saqué la lengua y empecé a correr.

Aquello era demasiado cómico. El policía de películas mudas persiguiendo a un Batman escuálido y paticorto. La gente, por supuesto, se apartó y nos dejó el camino libre para la persecución. Los cabrones de la orquesta no perdieron la ocasión y empezaron a interpretar Yakety Sax. Tenía que llevármelo a algún sitio discreto dónde cargármelo. El problema iba a ser conseguir que me siguiera persiguiendo sin que antes reventara por falta de oxígeno.

Seguía corriendo, pero, de vez en cuando, me volvía y le hacía algún gesto ordinario con mis manos. Entonces, el poli reanudaba la persecución rebotando por los pasillos como una bola de pinball. En algún momento, incluso, cuando parecía que iba a abandonar definitivamente la caza, le mostré mis posaderas. Aquello me estaba divirtiendo una barbaridad.

Batman corriendo, figura de Lego.
Imagen de gregstepien75 en Pixabay

Como suele pasar en estos casos, la comicidad se me fue de las manos y no me di cuenta que estaba saliendo a los jardines del castillo. Allí me esperaban un Thor, con un martillo de goma flácida; un Ironman, con el faro de una bicicleta pegado en el pecho; un Spiderman, que sería imposible de aguantar con telas de arañas, aunque fueran de acero; y otro con un abrigo marrón, una pasada negra en la frente y un palo de fregona en las manos. ¿De qué coño iba disfrazado este tío? Estaba claro que en el condado eran unos frikis del copón, pero los disfraces los traían los chinos.

—¡Aquí no queremos gentuza de la D.C.! —me soltó el tío de la fregona. ¿Decé? ¿Se refería al grupo de rock? ¿O sería el acrónimo de Dementes y Criminales?

—¡Vamos a convertirte en ratita pisada, murciélago canijo! —me gritó el tío con complejo de bicicleta.

—¡Te voy a abrir la cabeza! —dijo de forma original el nota del martillo.

El falso spiderman no dijo nada, creo que se estaba asfixiando dentro del traje de lycra cuatro tallas más pequeño que su oronda barriga.

Los cuatro intentaban rodearme para algún juego que no me estaba empezando a gustar. En esas, llegó el pingüino al jardín. Farfullaba y tenía la cara más roja que la capa de Superman. ¡Leche! ¿Me estaría volviendo friki yo también?

Todos se le quedaron mirando y se olvidaron de mí. Empezaron a llegar más invitados de la fiesta que habían sido atraídos por mi espectacular actuación. Al fin, uno de ellos, exclamó gritando:

—¡Le está dando un infarto!

Acto seguido, el pingüino puso los ojos en blanco, rodó por el suelo, como una peonza, y terminó cayendo muerto. Bueno, no era precisamente el plan que había urdido, pero me venía de maravillas. Objetivo eliminado. Trabajo limpio, discreto y efectivo.

Unos gritaban pidiendo un médico, otros una ambulancia, alguno al doctor Estaño. ¿Qué extraño? Y la gente del servicio gritaba ¡¡¡El condeeee!!! Lo estarían reclamando para que decidiera a quién había que llamar. No me apetecía nada encontrarme con él, así que, decidí que era el momento idóneo para que Batman desapareciera de la escena. Además, necesitaba quitarme ya la lycra y la máscara. Me estaban dando unas ganas tremendas de liarme a ostias con el que se cruzara en mi camino.

Al día siguiente, decidí tomarme la jubilación por anticipado y darme unas maravillosas vacaciones en alguna isla paradisíaca del Caribe. De esas que están más perdidas que una cacerola en el IKEA. Lo habría hecho de sumo gusto de forma voluntaria, pero las noticias que venían en el periódico del condado me impelieron a adelantar los trámites.

La Gaceta del Condado
EL CONDADO SE VISTE DE LUTO POR LA TREMENDA PÉRDIDA
Durante la tradicional Fiesta de Máscaras, que se celebra todos los años en el castillo de Zima, ocurrió un desgraciado accidente. El conde Leznable III, el presuntuoso, falleció de un ataque al corazón. El señor del castillo fue incapaz de soportar la extensa carrera a la que le retó un tipo disfrazado de Batman, que se empeñaba en llamarlo pingüino. En la foto se le ve rodeado de superhéroes. El jefe de la Policía del Condado, German Teca, manifestó a este medio: «A mí no me engañan. Esto es una sucia maniobra de la mafia local para evitar que los empapele. Esta semana tendrán noticias muy jugosas». Les tendremos informados.

NOTA.- Palabras inventadas para el reto:
cuchelos, sarcolopendras, filardelo, camandreos, shemicida


Relato publicado en el Reto Literario “Reto de Lubra: Baile de Máscaras” de Jessica Galera (@Jess_YK82)

Datos del Reto:
Infíltrate en el castillo de Zima, durante la Fiesta de Máscaras, para cumplir una misión. Describe el escenario y los personajes y explica tu objetivo.

Condiciones:
# Alguien cree que eres un sirviente de la mansión. Quizás puedas aprovechar eso o quizás te traiga algún quebradero de cabeza.
# Te ves obligado(a) a recitar un poema: 4 líneas con rima.
La Máscara Negra:
# Durante la fiesta, deberás caerte de forma ridícula.

# Haz aparecer cinco palabras que no existan, inventadas por ti.

Un Gimnasio Interdimensional

Imagen de David Mark (Pixabay).

La sala está llena de espejos y mi imagen se repite indefinidamente en todos las paredes. No puedo evitar mirarme en ellos con deleite y autocomplacencia. Haciendo posturitas típicas de musculitos de gimnasio. Mostrando bíceps, tríceps, abdominales,… Y subiendo y bajando pectorales creyendo que eso vuelve locas a las mujeres, cuando en realidad, resulta un gesto cómico. Llevo cerca de dos horas ejercitándome y no siento fatiga ni cansancio. Parece que esas pastillitas que me vendieron han surtido su efecto. Los músculos hinchados no creo que opinen lo mismo. Cuando se me pasen los efectos me van a entrar ganas de llevarme durmiendo una semana entera.

El gimnasio está completamente vacío. Es tan temprano que ya ha pasado hasta el equipo de limpieza. Me gusta. Prefiero la soledad del atleta que trabaja su cuerpo antes que la multitud aclamando mis hazañas musculosas. Bueno, en realidad lo que prefiero es que nadie me vea haciendo el gamba con las pesas. Sobre todo cuando tengo que buscar las más pequeñas para poder moverlas. No, no soy un adicto a esto del ejercicio. No, no es que esté apuntado al club de los haraganes anónimos. Es que ya hay demasiadas cosas en la vida que te hacen sufrir para buscarte tú, voluntariamente, más aflicciones. Sí, sudar es maravilloso y soltar adrenalina también, pero hay otras formas de hacerlo.

La cosa es que vi una notificación en el periódico: «Gimnasio PonteCachaspuntocom, Todo el mes gratis. Ven a nuestras instalaciones y disfruta del ejercicio de tu cuerpo sin coste alguno. Prepárate para el Verano». Como si en un mes pudiera yo cambiar este cuerpecito que la naturaleza me ha dado. De todas formas, pensé «Pruébalo, total, si es gratis». Ya se sabe que si es gratis aunque den palos.

Así que aquí estoy “ejercitándome”. En realidad, me he llevado más tiempo mirándome en el espejo que haciendo ejercicio. Es que no puedo dejar de intentar imitar las posturas de los musculitos que aparecen en los posters que están pegados por todas partes. No saco ni uno de los músculos que ellos tienen. Seguro que son de mentira o están retocados con el fotoshó.

Tan ensimismado estoy contemplándome en el espejo que no he escuchado un llanto proveniente de un rincón de la sala. Es un quejido lastimero y ronroneante. Parecen los de un cachorro destetado. Sigo solo en el gimnasio así que me asusta un poco el sonido.

—¿Hay alguien ahí? —pregunto con total ingenuidad.

Evidentemente, el cachorro no contesta sino que sigue llorando. Me vuelvo a poner la camiseta y cojo una toalla. No soy extremadamente miedoso, pero no me hace mucha gracia encontrarme con un gato rabioso que me salte encima y me cosa a arañazos. Tampoco voy a abandonar la sala antes de haber terminado todos mis ejercicios, o mis posturitas, y no creo que sea seguro seguir sin hacerle caso a lo que gime, porque puede aparecer cuando tenga encima una barra con 150 kilos de peso. Sí, así, sin escatimar en gramos. Así, que pienso que lo mejor es averiguar qué animal es e intentar echarlo de allí cuanto antes.

—A ver, pequeño gatito. Yo no te voy a hacer daño, ¿vale? Tú tampoco me lo vas a hacer a mí, ¿verdad? Solo quiero sacarte de aquí —le digo inútilmente mientras me dirijo hacia dónde suenan los lamentos. Más para tranquilizarme yo que para que el gato me entienda y conteste.

Parece que el cachorro está escondido dentro de un armario bajo de dos puertas. Me agacho, me quito la toalla del cuello y me la enrollo en el antebrazo izquierdo. Usándolo como escudo me dispongo a abrir una de las puertas. Acerco mi mano derecha al pomo. Lo hago con muchísima precaución y estoy a la expectativa de que, al sentir la claridad, el gato salga espantado hacia fuera. Abro la puerta muy despacio, pero nada sale del armario. Mi corazón se bate con más potencia que una locomotora “Big Boy”. Miro con mucha cautela el interior, pero no se ve nada, aunque se sigue escuchando la llantina. Cuando, bastante nervioso, me dispongo a abrir la otra puerta, un estruendo retumba en la sala. Me caigo de espaldas del susto. El corazón se me va a salir por la boca. Miro horrorizado hacia todas partes hasta que, por fin, veo cómo una de las mancuernas se ha caído del banco dónde la había dejado. Suspiro aliviado ante mi propia torpeza. Ya lo dice uno de los carteles que aparece bien grande en una de las paredes: “Nunca, nunca deje las pesas fuera de su emplazamiento original”. Lo que no añade es que podría habérseme caído en un pie haciéndome bailar la danza de los locos.

Entretenido con la pesa, que rueda por el suelo, no me doy cuenta que la otra puerta se está abriendo. Cuando me giro hacia ella, con la intención de abrirla, me enfrento a una cara. Pequeña, redonda, rechoncha y triste. Pero lo que más atrae mi atención son sus ojos. Totalmente negros. El iris lo ocupa todo. Resulta aterrador. Estos rasgos no pertenecen a ningún gato, sino a un niño. A un recién nacido. Bueno, esa es su apariencia. Sin embargo, es capaz de gatear y salir del armario por sí solo, aunque con alguna dificultad.

Las lámparas fluorescentes del techo empiezan a parpadear. Aunque afortunadamente, no se apagan del todo. Me he vuelto a quedar sentado en el suelo. Totalmente bloqueado. Sin atreverme a mover ni un pelo. Esperaba un gato u otro animal y tengo frente a mí a un niño pequeño que me mira con ojos que parecen salidos desde el mismísimo infierno. Ya no llora, pero emite un sonido ininteligible que parece un gruñido. También se sienta en el suelo, encarado a mí, y se queda mirándome muy fijamente. Ahora siento como la soledad del gimnasio me aprisiona el pecho y la garganta. El bebé no hace nada, solo me mira. Su respiración agitada me contagia. Empiezo a notar cómo me falta oxígeno. La garganta se me cierra y la boca se me reseca. Parece que tengo un trozo de cartón por lengua.

El bebé desvía inesperadamente su vista y la pasea por la sala de pesas. Ve algo que le alerta. Se yergue y sus ojos se abren exageradamente. Lo observo y sigo la dirección de su mirada. Los espejos ya no reflejan el gimnasio, sino el interior de algún recinto. Algunos fluorescentes se apagan y crean un clima de penumbra y terror. Uno de los espejos muestra una imagen fluctuante. Por momentos, cambia del reflejo de la sala al interior de la otra habitación. Parece que esa zona es la que más atrae la atención del bebé. Dejando de llorar gatea hasta alcanzarlo y aguantándose en la luna consigue ponerse de pie y golpear su superficie. Una sombra parece vislumbrarse a través de ella.

Con muchísimo esfuerzo, he conseguido reaccionar y me pongo de pie. En el mismo sitio del que ha salido el bebé. No entiendo nada y estoy empezando a morirme de miedo. Retiro lo que dije antes. Soy un cagón. Intento alejarme del pequeño y de su espejo para salir de la sala. Tropiezo con la mancuerna caída y, en un intento por mantener el equilibrio, derribo un mueble que me encuentro a mi paso. Este cae con estrépito y asusta al niño que comienza de nuevo a berrear. De uno de los cajones ha salido una caja de cartón llena de botes, brochas y otros utensilios de pintura. El pequeño, al verlos, se acerca rápidamente intentado coger un espray de color negro, pero sus manos son tan pequeñas que no consigue más que hacerlo rodar. Levanta su cara y me mira. Me he quedado de nuevo petrificado del mismísimo terror.

Aunque sus ojos siguen siendo terroríficos, el resto de su cara suplica compasión. Me mira alternativamente a mí y al bote. Al principio no lo entiendo, mis neuronas se están pegando entre sí. No logro decodificar ni mi nombre. Cuando consigo calmarme, después de un tremendo resoplido, puedo reaccionar y preguntarle:

—¿Estás intentando decirme algo? —el pequeño parece asentir—. ¿Quieres que yo coja ese bote? —Un ligero parloteo y el correspondiente cabeceo parecen responderme afirmativamente.

Sin esperar mi reacción se acerca de nuevo hacia el espejo fluctuante y se sienta frente a él. Parece esperarme.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con él? —le pregunto estúpidamente con el bote en la mano.

El pequeño se levanta, se acerca al espejo y frota su superficie con sus diminutas manos.

—¿Quieres que pinte el espejo de negro? —vuelvo a preguntar, de forma idiota, ante lo evidente del mensaje.

De nuevo gesticula con su cabeza para indicar afirmación.

—Te juro por lo que más quiero que no entiendo nada, pero si eso hace que te vayas y me dejes tranquilo, pinto todo el gimnasio si hace falta.

Me acerco al espejo y empiezo a pintar su parte más baja. No me da tiempo a continuar hacia arriba porque la superficie se está transformando en una oquedad oscura y profunda. Pego un respingo y doy dos pasos hacia atrás. El bebé no se lo piensa dos veces y se lanza gateando de cabeza al agujero.

La sala de pesas empieza a temblar. Las lámparas del techo estallan en mil cristales que inundan el suelo. Los espejos se vuelven opacos y también estallan. Me echo la toalla, que todavía cuelga de mi brazo, sobre la cabeza para protegerme la cara y salgo corriendo intentando buscar la salida. La habitación al completo parece girar como un tiovivo. Justo en el momento en que atravieso la puerta, la sala entera es engullida por un agujero que aparece justo en su centro. Salgo corriendo hacia el exterior y cuando llego a la acera veo, con espanto, como el edificio entero ha desaparecido. Lanzando maldiciones y jurando no volver a pisar un gimnasio en toda mi vida, huyo corriendo calle abajo intentando alejarme lo más rápido posible de aquel lugar y, por supuesto, dispuesto a olvidarme de todo lo ocurrido. No quiero transformarme en un mono de feria que sea el hazmerreír de las redes sociales. Y mucho menos, convertirme en un meme que inmortalice mi careto lleno de miedo. Decididamente, para mí, esto nunca ha pasado.

Mientras tanto, la escena que se ha desarrollado al otro lado de lo que fueron los espejos es totalmente distinta. En una habitación amplísima con grandes ventanales, por los que entra un vendaval que azota sus cortinas, se encuentra el bebé. Ahora se mantiene perfectamente de pie sobre sus dos piernas. Sus ojos ya no aparentan un manga de terror, pero su cara ha envejecido bastantes años. Su altura sigue siendo pequeña. Sin embargo, ahora su cuerpo representa a un adulto. Frente a él hay una mujer, de mayor altura. Es la sombra que se vislumbró en el espejo. Algo alterada y con los brazos en jarras le espeta al hombrecillo:

—Cronos Manuel, tu manía de jugar con los portales temporales nos va a acarrear cualquier día un gran disgusto. No puedes estar viajando a otros universos sin protección ni acompañantes. Y muchísimo menos dejándote aquí la llave de la puerta.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.
Estas son las condiciones escogidas :
– Escenario: La Sala de un Gimnasio.
– Personaje: Un Bebé Recién nacido.
– Objeto: Artículos de Pintura.

Y a ti, ¿te gusta el Halloween?

Vaya día que llevo. Me acaban de saludar en el bar diciéndome: ¡Holaween! Mira qué modernos son los parroquianos. Y luego, por todas partes los niños disfrazados. ¿Acaso estamos en Carnavales? Hasta adultos con la cara pintada. Pero bueno, ¡está todo el mundo aburrido! ¡Jalogüin, Jalogüin! ¿qué coño es jalogüin? Todos los años igual por estas fechas. Si yo no he visto una calabaza redonda y naranja en mi vida. ¡Truco o trato! ¡Truco o trato! ¿Qué es Truco? ¿Qué es Trato? A mi puerta vienen a llamar niños disfrazados de mamarrachos diciendo: Truco o trato, Truco o trato… y llamo a los servicios sociales. Además, que vivo en un octavo.

¡Qué nos gusta apropiarnos de las fiestas extranjeras! Sobre todo de las americanas. Bueno, de las de USA. Que los mexicanos también son americanos y no sacamos aquí a los muertos a bailar por la calles. Bueno, tal vez. No, deja. Mejor no dar ideas. Sí, ya sé que dirán algunos, pues Papa Noel también es americano y nadie se queja. Vale, pero es un hombre entrañable, gordo y bonachón, con barbas blancas, inofensivo y… ¡trae regalos! Pero, a ver ¿a quién le gustaría ir a tirar la basura y encontrarse en plena calle a Michael Jackson con veinte piraos haciendo el baile de Thriller? Sí, vale. Vivo en un barrio que no es precisamente Notting Hill, y suelo encontrarme a gente con peor aspecto. Mira, ¡dejadme en paz! ¡Que no me gusta el jalogüin!

Hoy no tenía ganas de cocinar así que me he pedido una pizza familiar. Menos mal que el repartidor se ha colado sin disfrazar, si no, se va sin propina y rueda la escalera como una calabaza del jalogüin. Me la he zampado sin pestañear. Así como el que lleva dos meses sin comer. Una pizza de cincuenta centímetros de diámetro. Yo mismo me he dicho: ¡Qué barbaridad! Me está entrando un sueño que como me acueste no me levanto ni para dormir. Mejor me voy a sentar en el sofá y voy a ver la tele. Eso sí que da miedo y no las calabazas con caritas raras.

Me pongo a pasar los canales y solo hay historias de miedo. Vampiros, monstruos, asesinos, y zombies, muchos zombies. ¡Cómo si los americanos hubieran inventado eso de ir por la calle pareciendo un muerto! Si solo hay que pasearse un sabadito a las cinco de la mañana por las calles para ver desfilar a la tropa del gintonic recalentado. Esos sí que son The Walking Dead.

Al final he dejado un canal que pone una película con título curioso “Pesadilla antes de Navidad” Mira, un nombre que entiendo y que me representa, porque no veas tú, también, las fiestecitas navideñas. Me he puesto una copita de anís del mono con hielo y un par de deliciosas (polvorones de almendra para el que no los conozca) y vamos a ver de qué va la historia.

¡La leche que mamé! Es una peli de dibujitos animados. Bueno, dibujos o marionetas. No lo sé. ¡Y qué feas son las joías!

Sale un bosque, que sería tenebroso si no fuera porque está pintado. Una voz en off comienza la historia:

Hace mucho más tiempo del que puedas imaginar,
sucedió la historia que vamos a contar.
Tal vez en sueños hayas visto el lugar
en los mundos de las fiestas de nunca acabar.
Quizás te preguntes cómo se empezaron a celebrar.
En caso contrario, deberías empezar.

Cuando voy a quitarla, comienza una canción:

Escuchad niños y niñas de cualquier edad
algo curioso os queremos enseñar.
Venid con nosotros y veréis al fin
Nuestra ciudad de Halloween

Será torpe y malaje mi suerte. Al final es una película, también, sobre el jalogüin. Cojo el mando a distancia y me dispongo a cambiar de canal, o mejor, apagar la televisión. Sin embargo, sigue sonando la canción:

Esto es Halloween
Esto es Halloween

La música es hipnótica y mis manos se paralizan. El dedo no llega a tocar el botón de apagado. Aparecen personajes increíbles. Fantasmas, monstruos de varias cabezas, vampiros, brujas, esqueletos, muchos esqueletos, payasos horrorosos… y el protagonista… Jack creo que se llama. Sigo hipnotizado con la película. Hacía años que no veía una de animación. No puedo apartar la vista de la pantalla. Incluso intento canturrear la canción…

Esto es Halloween
Esto es Halloween
Halloween, Halloween
Halloween, Halloween

Tengo que haber dado una cabezada y de las grandes. De esas que te levantas y, no ha cambiado el año, ha pasado un siglo. Está todo muy oscuro. La tele está apagada. Se habrá activado el automático. Me froto los ojos y las sienes. Estoy totalmente grogui. Lo último que recuerdo es al esqueleto de la película saliendo de una especia de pozo. Intento sentarme en el sofá, pero noto las piernas como si fueran de mármol. Para levantar un brazo le he tenido que pedir permiso al otro. Tengo que ir urgentemente al cuarto de baño, porque la sinnombre no va a ir ella sola. Maldito día, ¡las castas del jalogüin!

«No deberías meterte con mi fiesta». ¿Qué coño ha sido eso? ¿Estoy dormido todavía? Ha sonado como una voz en la oscuridad. Claro… Claro… Ahora viene la tontería de que no sé si estoy despierto o soñando. Mi cabeza cada vez está peor. ¡Anda y que le den por culo! Me levanto, no sin un esfuerzo descomunal y… «Eres muy mal hablado» ¡Otra vez la voz! No, no me van a dar coba. Seguro que es la tele que todavía no se ha terminado la película. Sí, ya. La pantalla está apagada, pero a lo mejor el audio sigue funcionando. ¿Dónde está el mando? La leche, con tanta oscuridad no hay quien encuentre nada. «La película hace horas que terminó». Vamos a ver. Si es una broma, voy a reventar una cabeza. ¡Qué lo sepáis! «¿A quién le hablas? Estoy yo solo». He intentado levantarme de sopetón del sofá y como tengo las piernas dormidas me he comido toda la mesita baja del salón. Cómo no tenía bastante con la pizza, pues postre de madera.

Estoy ahora a cuatro patas. Sigo sin poder levantarme, porque ahora a las piernas dormidas hay que unirle una caraja impresionante producto del cabezazo que le he dado a la mesa. «Si es que no puedes ser más patético». Y la vocecita de los cojones sigue dando por culo. Mira, voy a coger… una pala, no tengo; una pistola, sí claro, me dedico los fines de semana a cazar gurripatos por el parque; un bate de beisbol, sí, y también una gorra de los Boston nosequé, ¿ya he dicho que no me va lo yanqui? Como no coja una sartén de la cocina, pero claro, antes tengo que ser capaz de llegar hasta allí. «Viéndote en esa postura, lo de patético se queda muy corto». No, si al final me va a cabrear de verdad. Ya verás tú. «¿Sabes cuál es tu problema?» Pues claro, titi. Que me he pasado con la comida y luego me he zumbado media botella de anís del mono. Que yo creo que el mono estaba cabreado y ha revuelto todo el anís. Porque vamos he cogido cogorzas más graciosas que esta.

Corriendo a gatas, arrastrando las piernas, he llegado hasta la puerta del salón. Ahora solo tengo que agarrarme a la puerta y levantarme. ¡Ya está! Ahora un pasito pa’lante, mar… ¡Pumba! Vaya guarrazo acabo de dar. Otra vez. ¿Se me habrán muerto las piernas con el anís? Tengo que tener la cara como la bandera de japón. De hecho me gotea la nariz. Espero que sea anís y no sangre. Sí, también soy muy hipocondríaco. ¡No se puede ser perfecto! «Si te asusta la sangre, lo vamos a pasar muy bien esta noche». Pero bueno, ¿también me está haciendo una proposición indecente? Esto que es una pesadilla o un sueño sadomaso.

Me mojo un dedo con saliva y me lo paso por las piernas. ¡Qué pasa! Mi abuela lo hacía y funcionaba. Nada. Me mojo dos, tres… me meto la mano entera. Ni que me chupe las piernas directamente, si pudiera llegar, claro. Las piernas se niegan a funcionar. Me intento levantar de nuevo agarrándome a la pared como una salamanquesa. Parezco un sireno, pero sin cola. Me voy agarrando al picaporte de la puerta, a los muebles, a la encimera. Ya he llegado a los cajones. Dentro tiene que haber algún cuchillo de esos que salen en las películas. Yo nunca los uso, me dan miedo. Pero debería estar ahí. ¡La leche! Hoy está el día gracioso. El cajón no se puede abrir. Se habrá quedado algún cubierto mal puesto y ahora hace tope con la madera. «Para qué quieres un cuchillo idiota. ¿Puedes matar a alguien que no tiene cuerpo?» Tú no sé, pero yo ya no tengo ni corazón.  Si querías darme miedo te puedes ir ya tranquilo. De hecho, ya no necesito ir al cuarto de baño.

Con el miedo y los nervios le doy un jalón al cajón y consigo que se habrá. Vuelvo a ir a parar al suelo y los cubiertos, que estaban dentro, salen todos despedidos por el aire. Me tapo la cara que es lo más bonito que tengo. Un tenedor se me clava en el muslo izquierdo. Pego un grito. Es buena señal. La pierna no está muerta. Una cuchara sopera me golpea en la rodilla derecha. Pego otro grito. Mira qué bien, tampoco esta está muerta. El rollo de amasar está dando vueltas en el aire con más peligro que un satélite somalí. Las piernas siguen sin responder del todo, pero parece que los cubiertos han reactivado el riego sanguíneo. Como si fuera un soldado de la segunda guerra mundial, avanzando por debajo de las alambradas, gateo como un poseso fuera del alcance del amasador. Consigo salir de la cocina y vuelvo al salón. Esto es la Historia Interminable pero sin dragón.

La oscuridad sigue siendo tenebrosa. Ya siento el hormigueo en las piernas y como si estuviera bailando el briquidance consigo ponerme de pie. Justo cuando lo consigo, ayudándome por el mueble aparador que a duras penas aguanta mi peso, vuelve a sonar la simpática vocecita: «Cuanto más te resistas más me harás disfrutar». Lo que dije antes, este no quiere matarme, quiere una noche de pasión. Al girarme, para intentar llegar a los dormitorios, veo su cara. Es la misma que salía en la película. Una bola blanca con los rasgos más ridículos y feos que he visto en mi vida. Debería haber gritado, pero se me ha cerrado la garganta. La boca si la tengo abierta y la baba me empieza a caer sobre el pecho. Intento sacar de mi interior a ese guerrero combativo que siempre he creído tener. Debe estar en el interior, pero dentro, muy dentro, porque el muchacho no aparece. Empiezo a dar vueltas por el salón como un canguro en un tío vivo. La imagen es patética y bochornosa. No ando, voy arrastrando las dos piernas, la boca abierta, los brazos por encima de la cabeza. Un zombie se avergonzaría del espectáculo que estoy dando.

Ahora puedo verlo entero. Es como en la peli. Un esqueleto más largo que la escoba de un jugador de la NBA. Con la cabeza como una bola de billar, pero gigante. La boca mal cocida y los ojos grandes, negros y vacíos. Es feo de cojones. «¡Sigues faltándome!» Le juro que ha sido sin querer. Si en el fondo es usted una sílfide. Vamos, en cualquier desfile de modelos se llevaría a la gente de calle. «No quiero halagos ni zarandajas». Lo primero le aseguro que no. Lo segundo no tengo ni idea de lo que es. Pero si es malo, tampoco. «Estoy aquí porque has insultado mi fiesta. Has agraviado a mi persona. Has injuriado mi reino. Has zaherido…» No vea lo que domina usted el lenguaje. Tiene más vocabulario que el Larousse, el Espasa y la RAE juntos. «Voy a castigarte por haber vilipendiado el Halloween». Yo le aseguro que eso no lo he hecho. Vamos, sobre todo, porque no sé lo que significa. Escuche, seamos sensatos. Yo no tengo tanta parla como usted, pero si me escucha, yo le explico… «Ahora es tarde…» ¿señora? «¿Cómo?» Nada, nada. Discúlpeme usted, su señoría. Es que me ha venido una canción a la cabeza. «Vas a pagar por tu felonía» Si se empeña usted en usar palabras tan raras no voy a saber explicarle nada, ¿eh? «Caerá sobre ti todo el peso de la maldición de Halloween». No déjelo. Si yo en el fondo aguantar no aguanto nada. No ha visto lo patético que he sido para levantarme del sofá. Si ya me lo dijo mi madre… «A partir de ahora en estas fechas vendré a hacerte una visita» ¡Uy, qué amable! Pero de verdad, si no hace falta. Si yo estoy muy a gustito viviendo solo. «Si no veo tu casa engalanada con el respeto que mi ciudad se merece…» Le juro que a partir de ahora mi casa va a estar mejor adornada que las de Niuyó.

No sé realmente que pasó a partir de ahí. El bichejo esquelético se enfadó. Se abalanzó hacia mí, intentando alcanzar mi cuello con sus delgados y larguísimos brazos y yo, ya cagado de miedo, literalmente, reculé intentando buscar una salida. Lo que encontré fue la cortina del salón. Intentando escapar del monstruo cadavérico me enredé en la tela y empecé a dar vueltas como la carne de un kebab. Cuanto más esfuerzo hacía por deshacerme de la tela, más me enredaba en ella. En uno de los forcejeos descolgué la barra de la pared y fuimos, barra, cortina y yo a hacer puñetas. Bueno, en realidad caímos contra la mesita del centro. Si ya había aguantado a duras penas mi cabezazo anterior ahora no pudo con el peso de todos nosotros juntos.

Cuando al final pude desembarazarme de la cortina, después de volver a respirar con desesperación, vi que el salón estaba iluminado. Al cargarme la cortina había dejado entrar la luz de la calle. Como estaba engalanada con las luces, que ya servirían hasta navidades, pude ver perfectamente todo el salón. Ya no había nadie. Bueno, excepto yo y el destrozo que había generado, claro. El esqueleto había desaparecido. Ahora sería cuando me entraría la duda. ¿Todo eso me había pasado en realidad o había sido un mal sueño que me había hecho despertar con la histeria y liarme a guantazos con la cortina?

La verdad es que no lo dudé. Primero me fui al cuarto de baño, donde me aseé convenientemente. Luego me puse ropa limpia, unas deportivas y la chaqueta. Cogí la cartera y me fui a la calle. No esperé ni el ascensor. El miedo a que el bichejo aquel apareciera dentro me hizo salir espetado por las escaleras. Salté los escalones de cuatro en cuatro. No sé cómo no me maté en esa huida temeraria. Lo cierto es que llegué a la calle sano y salvo. Bueno, asfixiado y cogiendo aire como un besugo de diez kilos en una pecera de juguete. Sin embargo, no huí, no. Me había costado mucho conseguir una casa como la mía. No diré que salí corriendo, porque ya no tenía ni aire, ni fuerza, pero me dirigí hacia el chino que se encontraba dos calles más allá. De suerte que no cierra ni por defunción y me gasté todo el dinero que tenía en la cartera. Calabazas, banderines, bengalas, brujas, arañas con sus telarañas, muñecos más feos que el mismo chino comiendo limones, … todo lo que me encontré y pude comprar.

Con todo el utillaje volví a mi casa y la puse bonita, bueno en realidad, fea de cojones, que es lo que se hace en esta fiesta. Puede que fuera solo una pesadilla, pero, a ver, que mal hace celebrar una fiesta extranjera. Qué problema tiene. La gente se disfraza y se lo pasa bien. Total, si es para divertirse. ¿No? Qué manía con criticarlo todo. Eso sí, me hice tres barreños de palomitas en el micro y me vi cinco veces la peli Pesadilla antes de Navidad. Puede que lo hiciera por miedo al esqueleto o simplemente porque me terminó gustando. Qué le vamos a hacer. A ver, si al final todos formamos parte del mismo planeta. Por qué nos vamos a poner tiquismiquis con localismos. Estamos globalizados. ¿A que sí?