El Príncipe entre la Bruma

Imágenes originales: Casa en la Playa (Kevin Phillips, Pixabay) y Retrato de Anciano (Omer Yousief, Pixabay)

El año comienza a ir cuesta abajo. La pendiente se va haciendo cada vez más abrupta y, como me ocurre siempre, me embarga la tristeza y la nostalgia. Atrás quedaron esas fiestas familiares que aparentaban reunirnos para recuperar sentimientos y recuerdos. Aprovechábamos para pasar unos días juntos y reforzar nuestros lazos afectivos, pero siempre terminábamos sacando de nuestro interior las emociones reprimidas y dábamos gracias por que estas fiestas acabasen. Ahora ya, ni lo intentamos. Yo cojo una mochila, con lo imprescindible y mi portátil lleno de ideas, y me mudo a algún pueblo solitario y tranquilo dónde dar rienda suelta a mi imaginación y aislarme de mi pesadilla mundana.

Esta vez he elegido una casita junto al mar en un pueblecito remoto, añejo y pequeño. En esta aldea vive poca gente y casi todos de avanzada edad. Me han acogido con cariño, pero también con desdén. Cada uno en su casa y ninguno en la de los demás. Todos son felices, o lo aparentan, sin irrumpir en otras vidas. Cuando paseo por sus calles solitarias, no pierdo demasiado tiempo en contemplarlas. Es un lugar muy corriente y con pocos alardes de belleza. Ni siquiera se escuchan los gritos de los niños que emigraron hace tiempo a algún lugar más alegre. Tampoco se escuchan los gruñidos de los animales porque no es un pueblo agrícola. No se ven ni perros ni gatos, y las aves pasan casi de largo al chocar con la melancolía que aquí se asienta. ¿Que por qué he venido a aposentarme a un lugar como este? Creo que es el mejor retiro posible para reordenar mi cabeza y desbloquearla de mi actual situación escritora. No encontraré más paz y tranquilidad en ninguna otra parte. Aunque tal vez haya demasiada.

No suelo pararme a charlar con los pocos que me evitan al pasar y me lanzan tímidos saludos. Tampoco hay comercios o establecimientos donde dedicar mis pocos ratos de ocio. Solo un par de tiendas que hacen las veces de supermercados y que abastecen mínimamente a sus clientes. Una sola vez, cuando decidí entrar en una pequeña librería que también hacía las veces de biblioteca, pude intercambiar unas palabras con varios de sus vecinos. ¡Mejor no haberlo hecho! No sé si quisieron reírse de mí o poner a prueba mi cordura. Me mostraron un libro de un viejo escritor local que contaba una historia que mezclaba fantasía, terror y leyenda: “El Príncipe entre la Bruma”. Mi deformación profesional y mi curiosidad pudieron más que mi recelo. Empecé y terminé el libro esa misma noche. El Príncipe, del que habla el libro, no es más que la muerte engalanada para ofrecerte un viaje sin retorno al más allá. Cada detalle que leía se me iba almacenando de forma involuntaria en mi mente. La terrible sensación de no saber si lo que leía era realidad o ficción me hacía tener horribles pesadillas. El hecho es que, desde aquella noche ando entre la vigilia y la ensoñación. Ya no estoy seguro si las cosas que veo son reales o simple fruto de mi imaginación.

Al llegar la noche, una ligera niebla sale del mar y se va espesando camino del pueblo. Sombras, sonidos e ilusiones crean un ambiente más propicio de un cementerio que de la hermosa ensenada que brilla durante el día. A veces, de forma ocasional y repentina, aparece entre la bruma, paseando por la playa, un viejo que se detiene frente a mi casa. Nunca dice nada. Solo se queda mirándome fijamente durante unos segundos y luego vuelve por dónde ha llegado. No le echaría más cuenta que a otros lugareños si no fuera porque su rostro me recuerda a alguien y, cuando esos ojos tan viejos y estériles me contemplan, parece que la vida se escapase de mí cuerpo para llevársela al hogar de los muertos.

Ya hace dos semanas que no aparece y cada noche espío entre las tinieblas con miedo a encontrarlo. Me encuentro muy débil y he perdido hasta la ilusión por escribir. Parece que el tiempo se ha cebado conmigo y los años se han apresurado a tallarme arrugas. Cuando me miro en el espejo no me reconozco. Parece que estuviera contemplando a mi padre.

Esta noche no he podido aguantar más y he salido a buscar al viejo. He paseado por toda la playa sin encontrarlo. Cuando he llegado de vuelta hasta el frontal de mi casa he creído ver a alguien en el porche mirándome con temor. Me he parado unos instantes para observarlo, pero no he podido saludarlo, ni siquiera he conseguido balbucear unas palabras. Solo lo he mirado, fijamente. Me he descubierto intentando espiar en el interior de su alma. En lugar de encaminarme hacia la casa, regreso tras mis pasos y sigo paseando por la playa sin rumbo. Eternamente.

Relato publicado en el Reto Literario “Desafío Secundario Octubre: ‘Juntalibros’
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea un relato a partir del título de los siguientes libros:

El Viejo y el Mar“, “El Príncipe de la Niebla” y “La Biblioteca de los Muertos“.

Compañera de Infortunio

Imagen de  Dean Moriarty en Pixabay

Todo el día vigilante y atenta a lo que venga a molestarle. Arrastrándose, volando, oculto entre las sombras o buscando un descuido. Siempre estoy alerta. Aunque parezca una extraña sé que me quiere. Le costó aceptarme, pero ahora no sabe vivir sin mí. Le cuido cuando come, cuando lee y sobre todo cuando duerme. Solo descanso cuando toca su instrumento. Ese es el momento en el que me tiendo junto a él en el suelo y contemplo mi vida canina. Creo que no es tan perra como la suya.

¿Quieres conocerme? Aquí puedes verme

Relato publicado en el Reto “5 Líneas
de Adella Brac (@adellabrac)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato en 5 líneas
que incluya las tres palabras propuestas:
(Descanso, extraña y suelo.)

La Leyenda del Otoño

Imagen de  Susann Mielke en Pixabay

Frente a unas imponentes puertas, que circundan un majestuoso y vasto bosque, me dispongo a acometer uno de los trabajos más difíciles de mi versada y dilatada vida. No sé lo que me voy a encontrar cuando las traspase. Puedo descubrir algo maravilloso o la desdicha más grande. Sin embargo, antes debería contaros por qué me encuentro en esta encrucijada y qué me llevó a esta imposible empresa.

Es la Fiesta de la Llegada del Otoño. Como cada año, todo el pueblo se reúne en la plaza mayor para trocar dulces y licores caseros, asar castañas, y, sobre todo, intercambiar historias y vivencias, risas y lágrimas. El Señor de estas tierras se pasea entre ellos. Le gusta escuchar a sus ciudadanos cara a cara. Sin intermediarios, sin barreras, sin obstáculos que le deformen sus verdades. Su autoridad no proviene de su fortaleza, su riqueza o su imposición social, sino que es admirado y respetado por ser una persona culta, inteligente y cercana. No quiere súbditos avasallados por su ignorancia y pleitesía. Quiere gente instruida y con capacidad para tomar sus propias decisiones. Por eso, los dos edificios más grandes, importantes y dotados de su reino son la Escuela y la Biblioteca. Más imponentes que su propio palacio. En la primera, intenta que todos los niños aprendan a ser curiosos y, en la segunda, que todos tengan acceso a la sabiduría de los libros.

Este año, cuando su señoría paseaba entre los ciudadanos comprobando que en la fiesta no faltara nada de lo imprescindible, intercambiando risas, peticiones y consejos, una pequeña que apenas levantaba unos palmos del suelo se ha interpuesto en su camino y sin pensárselo dos veces le ha preguntado:

—Hola Señor, dicen que usted lo sabe todo, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¡Vaya! Ya la has hecho, pequeña —le dice, sorprendido y con una gran sonrisa en su cara, poniendo su rodilla en tierra, para colocarse a la altura de la chiquilla—. En realidad, saberlo todo es imposible. Por eso me rodeo de grandes hombres, sabios y cultos, que me asesoran y aclaran todas las dudas que me acontecen —guiñándole un ojo le señala a varios ancianos que siempre le siguen a todas partes y añade—. Así, que si yo no puedo responder a tu pregunta, ellos serán tan amables de hacerlo. Dime, ¿qué inquieta tu pequeña mente?

—Pues… —La niña parece ahora dudar ante la imponente presencia del Señor, pero, viendo el gesto de interés con el que este la está escuchando, se lanza a hablarle—. Esta preciosa fiesta, que usted nos ofrece cada año, se realiza siempre para celebrar la llegada del Otoño. Les he preguntado a todos pero nadie sabe explicármelo.

—¿Explicarte el qué, pequeña?

—¿Quién creó el Otoño?

El Señor se quedó perplejo. Se levantó de sopetón con la cara mostrando una grandísima sorpresa y, girándose hacia los sabios, buscó respuesta en sus caras. Todos mostraron ignorancia y sus ojos expresaron un gran desconcierto. El Señor los miraba uno a uno y estos le devolvían la negación por respuesta. Ante la sorpresa de todos, puso sus brazos en jarras y empezó a reír a carcajadas. Si había algo que le encantara, más que reír, eran los nuevos enigmas. Se giró de nuevo en busca de la niña y, con una voz todavía más dulce y alegre, le dijo:

—Tienes razón, pequeña. Parece que no eres la única que ignora esa respuesta y eso es inadmisible. En cuanto el sol dé por terminada esta fiesta, todos nos pondremos a trabajar buscando solucionar esa maravillosa duda que ha surgido en tu inteligente cabecita.

La niña, con una amplia sonrisa, le dio las gracias, le estampó un beso en la mejilla y salió corriendo para perderse de nuevo entre las gentes.

El día siguiente amaneció frenético. Mientras toda la población se afanaba en recoger los restos de la fiesta, sabios, profesores y hasta brujos y hechiceros, ayudados y empujados por la apasionada curiosidad del Señor, buscaban en todos los libros de la biblioteca la respuesta a la pregunta de la pequeña. Este se mostraba ansioso y nervioso y preguntaba excitado:

—¿Cómo es posible que llevemos tantísimos años celebrando la llegada del Otoño y nadie hasta ahora se haya hecho la pregunta de cómo se originó?

—Señor, el Otoño ha existido desde siempre —se atrevió a decir uno de los sabios—. Es mucho más viejo que nosotros.

—¡El mundo entero es más viejo que nosotros! Pero nada ha existido desde siempre. En alguna parte debe estar escrito su origen.

Durante muchos días e incluso noches, estuvieron leyendo y buscando información. Incluso indagaron en los sótanos donde antiquísimos volúmenes parecían deshacerse en las manos entre polvo y sabiduría. No encontraron absolutamente ninguna referencia. Así que el Señor decidió hacer uso de la última alternativa posible. Yo. El buscador de Enigmas. Cuando la solución no se encuentra dentro del reino hay que buscarla fuera y ese es mi trabajo. Debo recorrer el mundo y no regresar hasta encontrar la respuesta.

Imagen de  Dorota Kudyba en Pixabay

Y por eso me hallo frente a estas monumentales puertas. Mi instinto me dice que no las he encontrado por casualidad. Estaba ya exhausto de buscar en incontables archivos y bibliotecas. Preguntar a innumerables eruditos. Había perdido toda la esperanza de encontrar la solución al enigma. Cuando ya visualizaba la tristeza en el rostro de mi señor al regresar sin respuesta, apareció ante mí un bellísimo e impresionante caballo blanco que llamó inmediatamente mi atención. No cejó en su empeño hasta hacer que lo siguiera. No entendía el por qué, pero, dado que ya no tenía más alternativa, decidí dejarme llevar por una corazonada y comprobar a dónde me llevaría el hermoso animal. Puede que el camino fuera largo, pero no fui consciente de ello. Se me hizo placentero y liviano. Iba como en una ensoñación. Hasta que en mitad del camino y sin ningún indicio aparente, aparecieron estas puertas ante mí, mostrándome un paisaje misterioso y desconocido. Habitado de una abundante y rara naturaleza que me convoca a gritos.

La curiosidad, la necesidad y la oportunidad de saber, me empujan a su interior y voy avanzando entre decenas de árboles que parecen murmurar a mi paso. Castaños, avellanos, arces, abedules, chopos, naranjos… La mezcolanza que muestra la foresta me abruma. Los hay de todas las regiones del mundo. Algunos imposibles para la época del año. Otros totalmente desconocidos para mi amplio conocimiento botánico. Sigo andando totalmente desorientado. Me aturden tal amalgama de colores y olores. Ahora mismo sería incapaz de encontrar la salida para escapar de tanta belleza.

Después de muchas vueltas llego a un claro del bosque en cuyo centro reina un impresionante y antiquísimo roble. Sin poder evitarlo, porque me siento atraído hacia él de forma inexorable, me acerco y me encaro con su tronco, bajo su impresionante copa atestada de hojas rojas. Una impresionante voz, grave y profunda, me hace dar un bote y caerme de espaldas. Asustado, miro alrededor, pero no veo a nadie. Me está tratando de decir algo, pero soy incapaz de descifrar las palabras. Me levanto a trompicones y, sin poder librarme de su atracción, el roble me impele a acercarme a él de nuevo. Esta vez, no me paro a contemplarlo, sino que me acerco a su tronco y pongo mis manos sobre él. Ahora sí que entiendo las palabras. Estallan en mi cabeza y me llevan casi al desmayo. Su volumen se va haciendo más tolerable y voy descifrando su mensaje.

—Perdona, humano. Hace demasiado tiempo que no hablo con los de tu especie. No quería asustarte, ni embotar tu cabeza. Espero que ahora te encuentres cómodo con nuestra charla.

No puedo asegurarlo, pero el que me habla es el roble. Aunque de fondo creo distinguir miles de voces más. Sin embargo, es la voz principal la que toma el mando y me reclama.

—Llevas mucho tiempo y viaje buscando una respuesta, pero lo has estado haciendo en lugares e individuos erróneos. Ninguno puede responder a tu cuestión, porque la pregunta es tan antigua como los que habitamos este bosque. Hasta nosotros ha llegado la consulta de tu Señor. Conocemos de su honestidad, su generosidad para sus congéneres e incluso para nuestra familia forestal. Como además admiramos su grandísima curiosidad, hemos decidido llamarte para hablarte del Origen del Otoño.

Una calma intensa y purificadora me invade. Todo el miedo y la inquietud me han abandonado. Ya no estoy de pie frente al roble. O quizás mi cuerpo sí, pero mi mente viaja junto al viento y la voz me trasporta por el origen de los tiempos.

—Cuando el mundo todavía no era mundo. Cuando no había todavía animales ni humanos sobre la faz de la tierra, los árboles ya imperaban sobre ella. Solo el clima se atrevía a molestarnos y nuestra vida era eterna y agradable. Sin embargo, cuando la humanidad irrumpió en nuestra historia, arrasando y adueñándose del mundo, la vida de nuestros congéneres quedó en vilo. Los hombres pensaron que nuestra eternidad también era la suya. No valoraban la vida sin la muerte y derrochaban su existencia y la nuestra. Decidimos que había que mostraros la futilidad de la vida y la necesidad de preservarnos. Para eso creamos el Otoño. Los árboles decidimos que debíamos mudar, cambiar nuestra apariencia y dejar morir nuestras hojas. No era una simbología de muerte, sino de renovación. Es un mensaje para que todos entiendan la importancia de la naturaleza. Las estaciones van cambiando al planeta y el Otoño muestra el final de una existencia para generar otra.

Mientras las palabras horadan mi cerebro, mi mente viaja por innumerables imágenes que me muestran las escenas que el roble me cuenta. Sin descanso, este sigue contándome su historia.

—Es también una advertencia. Cuando veáis los árboles desnudos, las hojas agonizando sobre la tierra, cómo el tiempo oxida nuestros colores, os estamos mostrando nuestro futuro, vuestro futuro. El que obtendréis si no respetáis la naturaleza. Somos compañeros simbióticos, pero nuestra existencia es efímera. Desperdiciáis vuestras limitadas vidas en tenues problemas que pasan raudos ante vosotros. No cuidáis vuestro entorno y despreciáis nuestros avisos.

Las imágenes cesan, pero la voz sigue en mi cabeza. Ahora no habla solo el viejo roble, le acompañan las voces de todos los árboles del bosque. Sin embargo, suenan tan nítidas como una sola.

—Parte raudo hasta tu reino y comunícale este mensaje a tu Señor. Todavía estáis a tiempo de salvar el entorno. Demostrad respeto, cuidado y cariño hacia la naturaleza. Si nos cansamos de vuestros desvaríos y desprecios es posible que decidamos quedarnos solos de nuevo en la tierra. Nosotros somos imprescindibles, vosotros no.

He despertado de repente del ensueño y me encuentro fuera del bosque. No hay rastro alguno de él ni de sus puertas. Solo está el caballo blanco que pasta a unos metros de mí. Solícitamente me invita a montarlo y, ante mi sorpresa, unas enormes alas aparecen mágicamente de sus costados. ¡Es un precioso e impresionante Pegaso! Me ha llevado de regreso a mi reino en el tiempo que tarda un sueño. Le he trasmitido el mensaje a mi Señor, que ha quedado satisfecho y complacido. Ha sido bendecido por la sabiduría del viejo roble y ha difundido el mensaje entre todos los ciudadanos. Ahora, somos más educados y solícitos con nuestro entorno. Cada vez que cortamos un árbol, sembramos otro. Cuando recogemos sus frutos cultivamos sus semillas para que consigan germinar. Somos selectivos y evitamos malgastar los recursos. Ahora vivimos mejor y somos más felices porque sabemos que estamos rodeados de vida. Una vida que también cuida de nosotros.

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario Octubre: La Leyenda del Otoño
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Siete imágenes para inspirar y una hoja por descubrir.

Entrando al Otoño

Hojas pardas sobre un verde suelo y un ligero frío que te encoge la chaqueta. Atrás quedó el calor de las vacaciones, pero el otoño nos trae aromas a leña, castañas y nostalgia. Parece triste, pero, en realidad, es precioso. Sobre todo cuando llevas el corazón de la mano.

Microrrelato publicado en el Reto “Emociones en 50 Palabras
de Sadire Lleire (@SLleire)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato o poesía inspirado en la imagen o el sonido propuesto, pero con tan solo 50 palabras.

El Corazón Prisionero

Sacando la cabeza por la trampilla pude contemplar una espléndida sala llena de columnas. Cada una contenía una hornacina con un tesoro. Llamó mi atención una jaula con barrotes de oro que iluminaba toda la sala. Me acerque sigilosa y escudriñe dentro. Llorando acurrucada había un hada de alas bellísimas e iridiscentes. Sin dudarlo un momento, viendo sus lágrimas y desconsuelo, la saqué de su prisión y me la llevé. Justo cuando salía del túnel, tras un impresionante estruendo, todo el palacio se vino abajo. Tarde comprendí que el hada era el Pilar que sustentaba, con su magia, la montaña.

Relato para el Reto Literario “Escribir Jugando
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: una jaula.
Reto opcional: Que la historia contenga la palabra: Pilar.
(no tiene por qué usarse como nombre propio)

Reunión de Almas Pernosas

James Morgan III andaba a trompicones entre charcos y barro. Sus pasos le guiaban hacia un impresionante circo que acampaba en los terrenos colindantes al muelle.

—Aguanta un poco, Legina, que llegamos tarde —suplicó sin acortar las zancadas.

— No pugglg… estgglg… cansgglg… —le respondió esta mientras se tragaba sus palabras.

Con una casaca roja, una camisa blanca con encajes y pantalones negros, Morgan se había vestido de gala para su reunión. El día lo merecía. Un tricornio negro con encajes dorados y una inmensa pluma de pavo real coronaba su extensa y voluminosa melena. Y una barba, también blanca, que le llegaba hasta el pecho, le daba el toque final a una impostura nobiliaria. Sin embargo, solo llevaba puesta su larga bota negra de cuero en su pierna derecha. El otro pie calzaba un simple mocasín.

Aunque intentaba moverse lo más rápido que podía, iba dando cojetadas, con más hechuras de mono de feria que de capitán de barco. Parecía que su pierna izquierda quisiera ir en sentido contrario a su avance. Un par de veces, se impulsó tanto con ella que dio un giro de 360 grados creyéndose una bailarina del Bolshói, pero, como no lo era, estuvo a punto de caer cuan largo era en el pastoso barro.

Fotografía de Claudio Kirner en Pixabay.

Cuando consiguió dominar sus andares se adentró en una de las carpas del circo y se dirigió hacia una de las jaulas que se exponían en ella. Dentro, en el centro de esa cárcel y sentada sobre una silla, se adormilaba una mujer. Vestía una larga falda con volantes de espectaculares colores que se ceñía a su cintura y una camisa blanca que resaltaba sus curvas.

—Ya estoy aquí mi amor —la espabiló el hombre desde los barrotes. Ella levantó la cabeza, lo miró y le sonrío—. Cada vez son más difíciles nuestros encuentros.

—Pero tú siempre haces lo imposible para reunirnos —le respondió la mujer ampliando más su sonrisa.

—Ya sabes que mientras haya puerto cerca y mi barco no sea tragado por el Kraken, vendré a nuestro encuentro sin demora.

La mujer se levantó, se acercó al pirata y se elevó lo suficiente la falda para dejar ver su pierna izquierda. Esta era mucho más robusta que la otra y estaba totalmente llena de un espeso, largo y blanco vello. El hombre, a su vez, aguantándose como pudo a los barrotes, se descalzó y se subió la pernera izquierda del pantalón. Su pierna, al contrario que la de la mujer, era sedosa, delgada y totalmente depilada. Encararon sus piernas y estas, al verse frente a frente, comenzaron a emitir grititos de alegría. Mientras sus dedos se entrelazaban, ellos acercaron sus labios ardientes y se dieron un profundo beso.

—No desesperes, cariño, encontraré a esa maldita bruja y te juro, por las barbas de Morgan I, el colérico, que la obligaré a recomponernos.

Y, mientras se fundían en otro intenso beso, la pierna del pirata le decía a la de la mujer:

Con lo bien que estaba yo en ese cuerpo y ahora huelo como un Camembert de doscientos años.

Ambas rieron escandalosamente la chanza y siguieron parloteando y contándose sus curiosas vivencias desde el último encuentro.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.

Esta es la propuesta de este mes:

– Personaje: Un Pirata cojo con una pierna que tiene vida propia.
– Escenario: Un circo itinerante en donde se exhiben monstruos venidos de los más increíbles lugares.
– Incluye la frase: “Con lo bien que estaba yo…”

Va de Reto (Octubre 2019)

Como podréis comprobar, la mayoría de los relatos que he ido publicando en este blog han salido de las iniciativas que han ofrecido tres maravillosas escritoras con retos muy interesantes: Adella Brac, con su propuesta 5 Líneas; Lídia Castro con su invitación a Escribir Jugando; y Jessica Galera con… lo que a su increíble cabeza se le ocurra ese mes. Son una forma divertida de trabajar nuestra imaginación y, como un juego, mantenernos activos escribiendo. La verdad es que si no fuera por estos retos no habría llegado hasta aquí. Por eso, a petición popular (de dos locos) y con la imprescindible e inestimable ayuda de Jessica, se me ha ocurrido crear mi propio reto. Como decía mi abuela: «¡Ay carallo, Andrés, todo lo que ves lo querés!».

Dada mi manía de darle vueltas a la mollera y querer plantear siempre las cosas de la mejor manera posible, esta propuesta estará en fase de pruebas durante un tiempo. Por eso me encantaría que opinarais y me hagáis llegar vuestras sugerencias para que este reto sea el vuestro.

Dirán los más curiosos, ¿de qué va el título? Pues, es una libre modificación de la expresión latina ¡Vade Retro!, cuyo significado es “apártate” o “retrocede”. Era frecuente en las pelis vintage de exorcismos como ¡Vade Retro, Satánas! Aquí, por supuesto, no vamos a usarla de esa forma, sino para espantar y quitarnos de encima los miedos, vergüenzas y bloqueos al escribir. Sentíos libres de crear lo que más os guste y divertíos. Es solo un juego.

¡Pues vamos a ello! Esto es lo que se me ha ocurrido ofreceros este mes.

Os presento tres personajes:
– Un Pirata cojo con una pierna que tiene vida propia,
– Un Alien con dos cabezas que ha aterrizado en la tierra por error y
– Un perro con trastorno de la personalidad. No sabe ladrar. Dice “miaauuu”

Os muestro tres fotografías como posibles escenarios:

FOTO #01: Un pueblo abandonado que al dar las doce de la noche se convierte en una fiesta funky.

Fotografía de Daniel Nebreda en Pixabay.

Foto #02: Un circo itinerante en donde se exhiben monstruos venidos de los más increíbles lugares.

Fotografía de Claudio Kirner en Pixabay.

FOTO #03: La biblioteca de una universidad dónde se enseñan materias mágicas y los libros tienen vida propia.

Fotografía de Mystic Art Design en Pixabay.

y por último, el inicio de tres frases:
– Si lo sé no vengo…
– Ya me lo dijo mi madre…
– Con lo bien que estaba yo…

El reto consiste en escribir un relato eligiendo uno o varios personajes, darles vida en uno de los escenarios e incluir en él una de las tres frases. ¿Extensión? En principio la que queráis. No seré yo el que os limite, pero, si queréis una orientación, podemos hablar de entre 100 y 500 palabras. ¿Temática? A vuestra elección también. Cuánto más loca e imaginativa más divertida.

Podéis incluirla completa en los comentarios o poner en ellos un enlace a vuestra web.

Siento deciros que no habrá premios (podría regalar alguno de mis libros, pero tendríais que esperar bastante a que los escriba) y tampoco ganador. No me atrevo a ejercer de jurado dado todo lo que tengo todavía por aprender. Sentíos todos galardonados con el primer premio. Con uno muy grande para que se pueda dividir entre todos. ¿Podrá cambiar esto en un futuro? Como decía un tío mío italiano: «Chi lo sa, il destino è una trottola che balla su una mucca».

Espero que os animéis a participar en este juego y que os divirtáis con él.

Sin ánimo de servir de ejemplo, sino para implicarme y jugar también, aquí os muestro mi aportación:

James Morgan III andaba a trompicones entre charcos y barro. Sus pasos le guiaban hacia un impresionante circo que acampaba en los terrenos colindantes al muelle…

Continúa en la siguiente entrada: Reunión de Almas Pernosas