El Deseo Más Difícil

Sobre un fondo, rojizo anaranjado, con estrellas y luces desenfocadas, aparece una sucesión de cartas de correos. Se muestran de izquierda a derecha, en perspectiva, de la más pequeña a la más grande en primer plano. Formando una pequeña espiral.
Imagenes:
Cartas, de Gerd Altmann en pixabay;
Fondo, Imagen de Monicore en pixabay

Durante esos momentos, en que abre la saca llena de cartas, se ve importante. Se da cuenta que existe, porque creen en él. Bueno, creen los niños y unos pocos adultos, aunque intenten disimularlo. Durante unos pocos días deja de ser invisible.

Sin embargo, su ánimo enseguida decae. Cada año, las cartas se le hacen más difíciles de leer. Los niños están perdiendo toda su inocencia. Ya no piden juguetes sencillos, juegos de mesa para compartir con sus amigos, balones o muñecas, ropas deportivas o disfraces de superhéroes. Ahora, les gusta comportarse como adultos. En sus cartas solicitan, más bien exigen, ropa de marca, viajes a lugares carísimos, juegos de videoconsola violentos e incluso imitaciones perfectas de armas de fuego. Siempre pensó que los niños eran los únicos que podrían cambiar el mundo, pero ahora tiene muchísimas dudas.

Lee todas estas peticiones de pasada, muy rápidamente. Ya se encargarán los duendes mágicos de conseguirles estos regalos caros, o no. Él se interesa más por otros mensajes que escriben al final, como si se hubiesen acordado de añadirlos antes de cerrar la carta.

Suelen ser mensajes esperanzadores. Aunque no sabe si dudar de que lo hagan de corazón o, simplemente, como una forma de reblandecer su corazón, de parecer más dulces e inocentes. O, quizás, para contentar a sus padres y que se engañen pensando en lo buenos que son sus hijos. Pero él se deja convencer, necesita creer que son ciertos.

«Me gustaría que todo el mundo viviera en paz, no aguanto las imágenes de guerra en la tele», dice un chico que antes ha pedido un cañón para jugar en el jardín.

«¿Por qué no haces que al mismo tiempo que llueve agua, también llueva comida? No creo que sea tan complicado. De esa forma, se acabaría con el hambre en el mundo», solicita otro que pide doce tipos distintos de chocolatinas.

«Cuando voy por la calle veo muchos pobres pidiendo por los suelos, ¿no podrían venir los extraterrestres y llevárselos?». Bueno, este último no es, precisamente, un mensaje muy esperanzador.

De esta forma, sigue repasando todas las cartas que los niños le han ido dejando. Hasta que descubre una, algo más abultada, llena de dibujitos de colores, de un pequeño que se ha esforzado en realizar la caligrafía más hermosa del mundo. Al abrir el sobre, e intentar sacar la hoja manuscrita, caen al suelo dos tarjetas de visita y una fotografía. En esta última se ve a un hombre, una mujer y un niño, todos mirando a la cámara, muy sonrientes. Parecen muy felices. Lo deja todo a un lado y se dispone a leer la carta.

Con un simple vistazo, sus ojos se le empañan y su corazón se quiebra. No hay ni una sola petición de juguetes, ni un solo deseo personal o egoísta, ni siquiera un mensaje de paz y amor para el mundo. Solo un par de frases:

«Deseo que mis padres vuelvan a vivir juntos.
Deseo que volvamos a ser una familia normal».

El hombre de las barbas blancas no puede contener las lágrimas, que le emborronan el texto impidiéndole releerlo. Mira hacia el cielo y piensa: «Ojalá yo tuviera el poder de esa magia, pequeño».

Vuelve a meter las tarjetas y la fotografía, junto con el folio, en el sobre y se la guarda en un bolsillo interior, el que se calienta junto a su corazón, y sigue leyendo las demás. Solo unas pocas más llegan a llamar su atención, pero la del pequeño de la foto no deja de palpitarle en el pecho.

Cuando termina, las deposita todas en un contenedor azul y se dirige hacia una tienda de comestible, donde se compra un bocadillo y una gran botella de whisky, de marca blanca, no ha ganado tanto dinero en su trabajo como para permitirse un respetable homenaje.

Mientras deambula por las calles, entre bocado y sorbo, la imagen del pequeño de la fotografía se va horadando en su pensamiento. Intenta recordar su sonrisa, sin embargo, su mente le devuelve su cara triste. Lo feliz que sería el pequeño si él fuera capaz de conseguir cumplir su deseo. ¡Claro! ¡Es tan sencillo! Se dirige a la dirección que aparece en cada tarjeta, que listo es el chaval, llama a la puerta y les dice: «déjense de tonterías y quiéranse de nuevo». ¡Ya está, así de fácil! Jejeje. Si no le dan una patada en el culo que lo devuelva a la calle, seguro que llaman a la policía. El traje rojo y los pelos y barbas blancos no les convencerán. Tampoco sus hechuras, desdeñosas, descuidadas y achacosas. No, ya tiene bastantes problemas como para pasar la Nochebuena en un calabozo.

Con lo fácil que lo tendrían, hoy en día, si no les empujara el orgullo. Un mensaje de WhatsApp y sin tener que dar la cara. Escribir una disculpa, enviar y listo. Pero ninguno querrá dar el primer paso y, lo más seguro, es que estarán totalmente deseosos de que el otro les llame.

¿Podría mandar él esos mensajes? Sí, claro. Solo tiene que hacer un cursillo exprés de hacker. Decididamente, el whisky es barato, pero peleón.

Sigue paseando por las desiertas y frías calles, aunque más bien va dando bandazos y manteniendo milagrosamente el equilibrio. De vez en cuando, se mira en algún escaparate y se cachondea de su imagen. En las fotografías y dibujos sale con mejor porte. Ahora lleva la chaqueta por fuera del cinturón, el gorro colgando de una oreja y las barbas, bueno las barbas son suyas, de lo contrario ya las habría perdido en alguna esquina.

Cuando se termina la botella, sintiéndose suficientemente caliente por dentro, decide echarse a dormir. Aunque en realidad cae de cabeza entre unas bolsas de basura que le servirán de colchón. Duerme todo lo plácida y profundamente que el alcohol en su sangre le procura, pero la imagen del niño y la posible resolución de su problema, no dejan de errar por sus sueños.

 

El día siguiente, vísperas de la Navidad, amanece algo nublado, pero conforme van avanzando las horas, el sol se permite salir tímidamente para calentar los hogares. Excepto dos de ellos. En uno, un hombre, ha decidido no salir de su bata, se dispone a pasar las Navidades más solitarias de su vida. En el otro, una mujer, acompañada de su hijo, también se encuentra embargada por la tristeza, aunque intenta con todas sus fuerzas que su pequeño no la vea llorar. No sabe que él es demasiado listo para dejarse engañar. Tampoco adivina que tiene una carta mágica que está totalmente seguro de que va a funcionar.

Ambos almuerzan escuetamente, en otras fechas para no atiborrarse antes de la cena, ahora porque en realidad la pena les ha quitado el apetito. Los dos intentan afanarse en tareas que los distraigan de pensar en el otro. Él, cambiando de lugar papeles, libros y cajas que terminarán de nuevo en el sitio original, es incapaz de centrarse en su trabajo. Ella, componiendo los adornos navideños con su hijo, incluyendo el árbol. Aunque ambos, sin necesidad de consulta, han decidido que este año no pondrán la estrella. Esa misión siempre ha estado a cargo del padre.

En un determinado momento, los dos pasan de forma simultánea por la puerta de entrada a sus respectivas casas. Por debajo de ella han introducido un cartón con una ilustración impresa. En realidad es una postal, en donde se puede ver a un horondo y sonriente Santa Claus. En el interior, el mismo texto: «Lo siento, cariño. Quiero pedirte perdón. Creo que en un día como hoy deberíamos darnos otra oportunidad. ¿Por qué no nos vemos los tres para cenar?».

Primero se sorprenden, luego sonríen con sus ojos llorosos y después se llevan la postal al corazón.

En el mismo instante, un hombre y una mujer dejan que sus lágrimas los limpien de odio y rencor. Se dejaron convencer de que eran más fuertes que el amor que sienten. A duras penas han entendido la letra, pero les da igual que la caligrafía parezca escrita por un borracho. Es lo que han estado esperando desde hace demasiados días.

Con el corazón lleno de amor y emoción, corretean por toda la casa intentando encontrar sus móviles. Buscan por la cocina, el dormitorio, el salón. ¿A dónde lo lanzaron la última vez que esperaron encontrar un mensaje del otro? Casi al mismo tiempo consiguen encontrarlo, pero no se atreven a llamarse. Tienen mucho recelo del temblor de sus voces.

Simultáneamente, aparece en sus pantallas un mensaje:

«¿Nos vemos?».

Sin saludos ni preámbulos. De hecho, no son conscientes de haberlo escrito. Pero seguidamente aparece otro texto:

«Claro que sí».

Los dos sonríen, ya sin disimulo, y se afanan por escribir rápidamente:

«¿A qué hora te viene bien?», se adelanta él.

«A la de siempre, como todas las Nochebuenas», contesta ella.

«¿Qué te apetece que lleve, vino blanco o tinto?», se atreve él, ya sin mesura.

«¿Por qué no cenamos mejor con champán?», se lanza ella, de perdidos al río, piensa.

«Estaré allí puntual, como siempre», escribe él, añadiendo un emoticono de guiño y otro de sonrisa socarrona.

«¡Te quiero!». Se despiden los dos al mismo tiempo.

 

Esa noche, el hombre, todavía vestido de rojo, se asoma con cautela a una de las ventanas de la vivienda y sonríe como hace muchísimo tiempo que no se lo permite. Su truco ha dado resultado. Ahora está en manos de ellos que el deseo del pequeño se cumpla plenamente.

Le gustaría ver la cara del chico, pero no quiere demorarse y exponerse a que lo descubran. Tampoco le hace falta, será muy parecida a la que ve reflejada en los cristales de la ventana, aunque mucho más joven.

De esta forma, el hombre, que durante unos días del último mes del año se disfraza con los ropajes de Papa Noel para un Centro Comercial, ha conseguido hacer realidad un deseo. ¡Un precioso deseo! La magia, que su disfraz representa para tantísimos niños, parece haber funcionado.

Aunque sereno, se aleja dando tumbos, su cuerpo ya se ha acostumbrado, pero no hay persona en el mundo, en este instante, que se sienta más feliz que él. Aunque siga sin tener un euro en el bolsillo, un techo en el que cobijarse y la esperanza de un futuro. Pero quién sabe. Tal vez el Milagro de la Navidad exista y el verdadero Santa se acuerde de él.

Un Papa Noel, riendo y bailando (dibujo animado, en la parte izquierda), sobre un fondo azulado del que caen copos de nieve, representados por el símbolo hexagonal. A la derecha un abeto nevado y en la parte inferior todo el suelo blanco, nevado también.
Imagen de JaymzArt en pixabay

Este relato participa en la propuesta literaria VadeReto de este mes,
para este mismo blog:
Crea una historia relacionada con los Deseos.

La Leyenda de Snowy Mountain

Kurioshity era una niña intrépida, inquieta y, claro, muy curiosa. Nunca paraba demasiado tiempo en un lugar y siempre llegaba tarde a la cena. Le encantaba explorar, investigar y adentrarse en cada recoveco que la tierra le confiara. Por eso, cuando se enteró de la leyenda de Snowy Mountain, no se lo pensó dos veces.

Una mañana temprano, le dijo a su madre que le apetecía acercarse al pueblo para ver la nueva tienda de dulces, sus amigos del colegio le habían contado maravillas de su escaparate. Al mismo tiempo, le insinuó melosa, podría comprarle las cosas que necesitara. Su madre, además de sorprendida, se sintió complacida de que, por una vez, se mostrara cooperativa y la ayudara con los quehaceres domésticos. Le hizo una lista de todo lo que necesitaba, le dio varias monedas y un profundo, largo y apasionado beso en la frente.

—No te entretengas mucho, Kury. Ya sabes que me gusta que estemos todos juntos para la comida —le dijo su madre, a sabiendas de que volvería a llegar tarde.

La pequeña le devolvió el beso con un soplido de la mano, se calzó sus grandes y abrigadas botas, se endosó su cálida chaqueta y se dispuso a iniciar otra de sus maravillosas aventuras.

«Allí voy, Snowy Mountain», se dijo jovial y entusiasmada.

La leyenda de esta montaña databa de antiquísimos años. Se decía que, en realidad, este descomunal promontorio no había existido como tal en un principio, sino que se había formado para encerrar en él a un ser monstruoso que aterraba a toda la región.

¿Podía haber un misterio más encantador para la jovencita Kurioshity?

Tardó bastante en llegar a las faldas de la montaña, pero era tal su ansiedad en conocer sus secretos que se le hizo cortísimo el camino. Cuando puso un pie en ella, este se le hundió en la nieve hasta la pantorrilla. Cogió una gran bola con sus manos, se quitó un guante y hundió un dedo en ella. Le encantó su aspecto sedoso y esponjoso. ¡No estaba fría! ¿Cómo era eso posible? Su curiosidad le llevó a probarla. ¡Sabía a nata con un toque de canela! Esto tenía que ser algo mágico. Su empeño se redobló para alcanzar la cumbre. Tenía que descubrir qué había en su interior.

No le costó demasiado llegar a la cúspide. Un camino, que parecía creado especialmente para ella, le iba señalando las zonas más cómodas y menos peligrosas para ascender. Cuando llegó tan arriba que las nubes le dificultaban ver el suelo, encontró la entrada de una gruta. ¿Iba Kury a pensárselo, dudar o tener miedo en acceder a ella? ¡Por supuesto que no!

En cuanto se adentró en la cueva, el sonido del viento exterior mermó y un expectante silencio se hizo su compañero. Increíblemente, las motas de esa extraña nieve se habían colado hasta el interior de la caverna y ¡brillaban! Como pequeñas luciérnagas blancas iban pincelando de luminiscencia el camino hacia lo más profundo de la montaña.

De forma asombrosa, fue descubriendo la abundante vida que habitaba aquella brecha en la tierra. Setas, de todas las formas y colores; flores, de increíbles aspectos y olores; pequeños roedores, que se escabullían en cuando la veían; incluso alguna mariposa, que revoloteaba frente a su cara intentando averiguar quién era la intrusa. La pequeña no estaba asustada, al contrario, sus ojos se maravillaban ante todo lo que encontraba. Le divertía aquel extraño mundo que de alguna forma se había mantenido oculto de todo, y de todos, durante el tiempo, porque nadie se atrevía a acercarse a aquella montaña.

Cuando ya estaba muy adentro de las entrañas de aquella mole, comenzó a escuchar un tenue siseo. Primero, se detuvo recelosa, ¿podría ser una serpiente? Luego, agudizó sus oídos y comprendió que era demasiado intenso y grave para ser emitido por un pequeño reptil. Si era una serpiente tendría que tener un tamaño impresionante. Como todos imaginaréis, no se amedrentó y siguió adelante para averiguar su origen.

El sonido se fue haciendo más potente y estruendoso, hasta hacerse reconocible. ¡No se lo podía creer! Parecían… No… ¿¡Eran ronquidos!?

No tardó en comprobarlo. El camino terminó abruptamente abriéndose a una inmensa caverna, tan grande como la propia montaña. Y en su interior estaba el dueño de los ronquidos: un imponente troll que parecía dormitar plácidamente en su aislado cubículo.

Era gigantesco y parecía muy viejo. Tenía unas inmensas barbas blanquísimas y una melena también cana y muy espesa, aunque dejaba ver una pequeña, lisa y sonrosada tonsura que apenas tapaba una diminuta corona. A Kury no le pareció, en absoluto, el monstruo aterrador y horrendo del que hablaba la leyenda. Al contrario, le resultó adorable.

Dibujo, digital y realista.
Desde la salida de un túnel a una caverna, una niña, de espaldas a nosotros, observa a un gigante.
Solo se ve su cabeza, de aspecto muy viejo, con una gran narizota, grandes barbas y pelo blancos y una pequeña corona.
La oscuridad del túnel y la apertura de la caverna, sirven de marco al posible diálogo de los dos personajes.
Imagen de Willgard Krause en Pixabay.

Se sentó en la cornisa, dejando los pies colgando hacia el interior de la caverna. Se regodeó observando al extraño habitante de la montaña sin decidirse a despertarlo. Si lo sacaba súbitamente de su sopor podría no comportarse de una manera tan dulce a su apariencia.

Así se pasó varios minutos donde escrutó con ojos ávidos cada rincón de la gruta, cada detalle de la insólita indumentaria del troll y cada mohín que este hacía en su apacible sueño que, a veces, le causaba alterados espasmos que a Kury le resultaban tremendamente divertidos.

Cuando se cansó de esperar, parecía que aquel dormilón fuera a prolongar su siesta hasta el final de los tiempos, comenzó a idear la forma de despertarlo sin provocarle ningún sobresalto.

Empezó lanzándole pequeños guijarros que iba recogiendo del suelo, pero estos rebotaban en él sin causarle la menor molestia. Uno incluso le pegó en su oronda, bulbosa y gran nariz, pero se rascó con los dedos de una de sus manazas y siguió en su plácido descanso.

Viendo que no tenía nada más a mano para tirarle y que no encontraba otra forma, se decidió por hablarle. Primero en un tono bajo y dulce:

—¡Viejiiitooo con barbiitaaas… despieeertaaaa!

Luego levantando algo la voz:

—¡Dormilón de la caveeernaaa… espabílaateee!

Para, finalmente, desesperada, elevar indebidamente la voz:

—¡¡¡ABRE LOS OJOS!!!

Su voz no debiera haber sonado más fuerte que el soniquete de uno de los muchos grillos que habitaban esas oquedades, pero Kury no contó con el travieso eco que dormitaba junto al troll. Su grito se fue amplificando y retumbando de pared en pared. Golpeo el suelo y el techo y desde allí le dio una tremenda trompada en las fosas nasales al lirón durmiente.

La niña, temerosa de la reacción del gigante, se cobijó dentro de la cueva y vio como el troll se despertaba sobresaltado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —balbuceó totalmente adormilado y asustado.

Su voz no prorrumpió de forma abrupta y tosca, como cabía esperar, e incluso el eco pareció desentenderse de ella y seguir durmiendo sin afectarla. Tu tono era dulce y afable. Sentía más curiosidad que enfado.

Kury siguió escondida unos instantes hasta que, ante la insistencia del troll interpelando al silencio, decidió asomarse tímidamente y presentarse:

—Soy yo —dijo, modulando y azucarando su voz.

—¿Quién? —repitió el troll.

—¡Yo! —Volvió a repetir la pequeña.

—¿Y quién eres Yo? ¡Muéstrate que te vea! —solicitó un poco impaciente el gigante.

Kury fue dejando la invisibilidad que le otorgaba la oscuridad de su escondite y se mostró, tímida y solícita, haciéndole una reverencia.

— Kurioshity de las tierras fértiles, para servirle a usted y a sus barbas.

El troll mostró primero gran sorpresa y admiración. Luego al ajustar sus ojos y contemplar mejor a la pequeña criatura que se asomaba por la gruta, estalló en unas inmensas y estruendosas carcajadas.

La niña no se sintió ofendida, sino que lo acompañó en sus risas y durante unos segundos parecieron ser dos amigos entrañables que se encontraban después de mucho tiempo.

Cuando el troll consiguió calmarse, se secó las lágrimas, que hacían mucho tiempo que no bañaban su cara, y le preguntó a la pequeña:

—¿Quieres servir a mis barbas?

—Bueno, en realidad era una forma amable de presentarme, pero me encantan esas barbas tan grandes, blancas y brillantes.

—¡Vaya! Muchas gracias. Son casi tan viejas como yo —respondió en tono festivo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocerte —exclamó Kury, sin ningún reparo.

—¿A mí?

—Sí. A ese ser tan monstruoso, horripilante y apestoso que la gente dice vivía aquí —dijo de manera pomposa. Añadiendo sutilmente un guiño que exageró cómicamente, para que el troll pudiese percibirlo bien.

El gigante hizo un mohín y se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pasa con las leyendas, se van desvirtuando y creciendo con la imaginación de la gente. Por desgracia, al ser muy diferente a ellos me han convertido en un monstruo, aunque hace muchísimo años que nadie me visita. En realidad, no creo que viva nadie que me recuerde.

—¿Cómo te llamas?

—Schofengonfeitenweger —dijo, con gran afectación, y su nombre resonó en cada piedra de la caverna con un reverenciado eco.

—Schof… Schofien… Scochofe… —intentó repetir la pequeña con escaso éxito.

El coloso prorrumpió de nuevo en atronadoras carcajadas y la chica rio con él.

—¿Es verdad que te encerraron aquí? —volvió a interrogar la chica sin cejar en sus inquietudes por conocer todos los detalles.

—¿Encerrarme? ¿Quién? ¿Y por qué? Nunca le hice daño a nadie.

—¿Entonces qué haces aquí dentro?

—Esa es una gran pregunta —dijo el barbudo soltando un par de risotadas. Se lo pensó un instante y luego prosiguió.

»Esta es mi casa. Soy un troll de las cavernas. Aquí nací y crecí. Desafortunadamente, no fui consciente de que puedo hacerlo de forma desmesurada si no me controlo, pero como me gusta tanto comer, crecí, crecí y me agrandé de tal forma que ya no puedo salir de aquí.

»Sin embargo, en realidad ese no es ningún problema. Los trolls de las cavernas vivimos siempre ocultos y en las profundidades de estas cuevas, solo salimos por curiosidad o para comprobar que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Aunque en mi caso, tengo a mágicos confidentes que me informan y ponen al corriente de todo.

—¿Trabajar? —exclamó la chica muy sorprendida—. ¿Tú también tienes que trabajar? ¿Qué haces?

—Soy el GUARDÍAN de la naturaleza —dijo de forma solemne—. Me encargo de controlar que cuando los hombres la dañan con sus acciones, esta no responda de forma desproporcionada y cruel. Yo la apaciguo y la llevo de nuevo a la paz y la armonía.

—¿Y cómo haces eso?

—Bueno, hay muchas formas de hacerlo: Cantándole una dulce melodía, contándole algún cuento divertido o, simplemente, hablándole de forma dulce y sosegada. La naturaleza es sabia, paciente y comprensiva y yo soy un maravilloso cuentacuentos, cantante y adulador. Al contrario que los hombres, ella enseguida comprende que no hay nada positivo en la venganza y la ira. Con mi consejo y su buen juicio, la naturaleza vuelve a su cauce y no se producen demasiados cataclismos.

—Pues entonces, me parece que, últimamente, no haces muy bien tu trabajo —le espetó la pequeña con descaro e insolencia.

—Bueeeenoooo —respondió el troll afligido y sonrojado—. Es que a veces me quedo dormido profundamente y me cuesta mucho despertarme. En esos instantes todo puede descontrolarse y desmadrarse.

»Antes tenía una amiga que me despertaba cuando veía que dormía demasiado tiempo, pero tuvo que emigrar para buscar pareja y formar una familia. Así que me quedé solo. Como paso tanto tiempo aquí, sin poder salir y aburrido termino cayendo sin remedio en el confortable sueño.

—Ya veo —musitó Kury dubitativa—. ¿Y no has encontrado quién la sustituya, claro?

—Bueno, ya sabes el por qué nadie se atreve a visitarme.

—Estoy pensando…

—¿El qué? —inquirió el troll impetuoso.

—¡Espera, no seas impaciente! Déjame meditar un momento.

Durante unos instantes, que al vehemente gigante le parecieron eternos, la chica se quedó callada y pensativa, tramando, seguramente, alguna de sus increíbles travesuras. El troll empezó a pensar que se había quedado dormida, cuando ella volvió a reaccionar:

—Se me está ocurriendo… Según dices, cuando la tierra se enfada con nosotros responde con tormentas, terremotos, inundaciones, todas esas cosas que nos amenazan y hacer peligrar nuestras vidas. ¿Verdad?

—Exactamente.

—Y tú eres el encargado de calmarla, pero no puedes hacerlo si te quedas dormido.

—Lo has entendido perfectamente.

—Además, sabes cantar y contar maravillosos cuentos y… a mí me encantan las dos cosas.

—¡Mira qué bien!

—¡Ya está!

—¿Quién? ¿El qué? ¿Dónde?

—Yo seré tu despertadora.

—¿¡Cómo!?

—Sí, cuando vea que la tierra se pone traviesa vendré corriendo y comprobaré que estás despierto o, en caso contrario, si has caído como un tronco, te despertaré. A cambio, podré disfrutar de esos momentos que tanto dices que le gustan a la madre naturaleza.

—¿Harías eso?

—¡Claro que sí!

—Entonces… ¿Serás mi nueva amiga? ¿Vendrás también, de vez en cuando, para hacerme compañía y contarme historias?

—A su servicio, señor shofengo… Scochafle… Señor barbitas.

Y ambos volvieron a reír cómplices y amigos.

De esta forma, Kury encontró por fin a alguien con quién nunca se aburría, que siempre la colmaba de nuevas historias y que la hacía disfrutar de maravillosas canciones. Además, durante el tiempo que se encargó del perezoso troll, la naturaleza se mostró agradecida y no se ensañó con los descuidados y maleducados hombres que la maltrataban. Su amistad y compañía fue pasando de generación en generación y el monstruo de la Montaña Nevada nunca más se sintió solo y abandonado. Aunque la leyenda siguió mostrándolo horrible y grotesco. De esa forma, se evitaba que la montaña se convirtiera en un centro turístico y así se respetaba el hogar del GUARDIÁN de la naturaleza.

Relato propuesto para el Desafío Literario BLA BLA BLA, del blog FantEpika, de Jessica Galera (@Jess_YK82):
Crea una historia con diálogo para la imagen y usa el Elemento Oculto
(Elegido el Nº.3): El Guardián

PD. Imagen de la cabecera de Kinkate en Pixabay

VadeReto (DICIEMBRE 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Nota.- Con motivo de la Navidad he colocado varios adornos: Bolas de colores en la parte superior izquierda; un ramito de acebo con tres cerecitas, en la parte superior derecha; dos tréboles verdes, uno en la V y otro en la O de "VadeReto" y una guirnalda de flores rojas y blancas debajo del mes y año.
Para terminar, en el centro y encima de todo "FELICES FIESTAS", en letras doradas.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

Llegó el último mes del años y con él nos hacemos amigos inseparables de la mantita y los guantes, el chocolate y el café calentitos, el gimoteo nasal y el quejío gargajoso.

Pero también es la época de mayor disparidad de emociones. Gente alegre porque llegan fiestas entrañables, llenas de amor y felicidad; gente cabreada porque las obligan a vivir en un ambiente de hipocresía y cinismo. Vamos, como la vida misma.

En realidad, los dos tienen y no tienen razón, porque hay de todo. Sin embargo, ¿no es mejor quedarse con las cosas positivas? ¿No es preferible aprovechar estas fiestas, sean o no falsas, para unir a la gente y recuperar afectos? ¿No es más propicio contagiar y generar sonrisas que bufar y mostrar odio hacia todo?

Estamos teniendo unos años bastante desastrosos, incluso sin que nosotros mismos los provoquemos, que ya es algo destacable. ¿Por qué no nos permitimos DESEAR que lleguen buenos tiempos? ¿Es mucho pedir DESEAR que seamos mejoren? ¿Podemos DESEAR que nos llueva felicidad del cielo, en lugar de café Juan Luis?

Bueno, en esta divagación de preguntas, parece que estamos en el imperecedero Saber y Ganar, os acabo de avanzar el tema de este mes.

Diciembre es, por antonomasia, la época del año en que más se tramitan los deseos. DESEO de un próspero Año Nuevo. DESEO de buenos propósitos. DESEO que me toque la lotería. DESEO que se me cumplan todos mis DESEOS. ¡Pórtate, Aladino!

Pues a eso vamos, el VadeReto de este mes girará alrededor de: El DESEO.

No, mentes febriles. No hablo de «esos DESEOS». Aunque, hay formas de escribir elegantes y delicadas sobre el tema sin herir sensibilidades. Ya sabéis que este reto intentan ser para todos los públicos, pero si alguno se atreve a escribir una erótica poética sin que los ofendiditos nos cierren el Acervo, pues adelante. (Ojalá se atreviera mi amiga y admirada Helena 😜, maestra en estas lides).

Concretando, el VadeReto de este mes propone que creéis una historia que gire al rededor del DESEO y, como una lámpara maravillosa, os erijáis en Aladinos de vuestro cuento.

Photocomposición creada a partir de un fondo de un bosque, difuminado con tintes azules; y un primer plano, en la parte inferior, terroso, en dónde aparecen algunas setas pequeñas y blancas.
Por la imagen vuelan mariposas, también azules. Y sobre el suelo hay una tetera, transformación de una lámpara antigua dorada, modelo árabe,  que infusiona y suelta por su boca un humo entre blanco y verde.
Composición creada a partir de la Imagen de fondo de Игорь Левченко en Pixabay;
tetera sacada del baúl de san Gúgel y modificada; humo creado con sudores, lágrimas y la paciencia y cabezonería del que suscribe; y la inestimable ayuda del fotoshó.

Podéis hacer que el DESEO se cumpla o no en el relato; que quede en un limbo imaginativo; que seáis los que lo pidáis o los que lo concedáis; que este sea el mismo corazón de la historia o una simple excusa para contarla.

Como en la mayoría de los retos del Acervo, os dejo a vuestra elección el género, los protagonistas, el escenario, la geografía, la historia y hasta la química. ¡Sed imaginativos!

Citas:

«Amor y deseo son dos cosas diferentes; que no todo lo que se ama se desea, ni todo lo que se desea se ama.»

Miguel de Cervantes

«La vida no es significado; la vida es deseo.»

Sir Charles Chaplin

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Que seáis deseosos, pero no ansiosos, y que las musas os colmen de deseos escritoriles.

Disfrutad de las fiestas con control y moderación, pero que el amor y la felicidad os inunde todos los poros de vuestros cuerpazos. Que como me dijo un camarero, gaditano, castizo y artista: «La vía son tres días y dos y medio ya me han pasao por encima.»

¡FELICES FIESTAS!

Besos Múltiples, Abrazos y ashushones.
😊😉😘😘😘

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de escritura)

  • SU RECUERDO, de Nuria de Espinosa (Entre Luces y Sombras)
    Blog – Comentario
  • DESEO, de Ana Piera (Píldoras para Soñar)
    Blog – Comentario
  • TEN CUIDADO CON LO QUE DESEAS, de Marlen Larrayoz (Trujaman)
    Blog Comentario
  • EL REGRESO, de Ana Piera (Píldoras para Soñar)
    Blog – Comentario
  • PALABRAS PARA MÍ MISMA, de Mercè Gil (El Mundo de Beatrice)
    Blog – Comentario
  • EL DESEO MÁS DIFÍCIL, de Jose Antonio Sánchez (JascNet, Acervo de Letras)
    Blog
  • LAS NOCHES DE REYES DE DON NICOLÁS, de JM Vanjav (Hasta en 500 Palabras+)
    BlogComentario

El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.