El Día de mi Muerte

Hoy es el día de mi muerte. Me lo repito mentalmente, mientras me hundo en estas frías y cristalinas aguas que se van volviendo oscuras y opacas. Miro hacia arriba, mis últimas burbujas de aire se elevan creando una estela de serenidad, que pasa del azul al verde hasta explotar en la superficie y gritar con el blanco de la espuma. Se va perdiendo la luz del sol que rebota en las pequeñas ondas, producidas por mi zambullida, y conforme me adentro en la oscuridad me digo a mí mismo: ya no hay vuelta atrás.

Lo sabía mucho antes de saltar. En el momento en que tomé la decisión de abandonar este cuerpo. En el justo instante en que me atreví a dar un paso más allá del acantilado. Cuando decidí ir al encuentro de las turquesas aguas. Cuando mis pies dejaron de sentir la firmeza del suelo y creí volar por unos míseros instantes, hasta que la gravedad me impulsó violentamente contra el azul espejo.

Mi mente empieza a hacer la selección de las imágenes que formaron parte de mi vida. Tantas vivencias, tantas experiencias, tantas aventuras y desventuras incapaces de sentir en una sola vida que me hacen perder el sentido mientras embotan mi cabeza. Personas, lugares, sentimientos. Una maravillosa familia que no me llorará, porque hace tiempo que me dejó, pues soy el más longevo. Tal vez haya quien me añore, quien me sueñe o quién me recuerde, pero el tiempo irá difuminando mi actual existencia. Mejor así. Mis amigos no han puesto reparo, saben que necesito morir. Es la única forma de dejar atrás todo lo que soy, lo que hice, en lo que me convertí. Este cuerpo ya no me obedece y se muestra reacio a esforzarse un día más. Ya no hay vuelta atrás.

El agua del mar en un primerísimo plano que muestra sus ondulaciones.
Imagen de Public Co en Pixabay

Mientras su cuerpo se deposita con suavidad en el fondo, una última burbuja expele de su boca y asciende muy lentamente, recorriendo el camino inverso al cuerpo, hasta salir a la superficie, donde huye dejando espuma y pequeñas gotas que saltan y agujerean el cielo espejado en el mar. La perfecta esfera parece absorber una porción de ambos, encerrándolos en su transparente jaula y se pasea bailando y dando vueltas, desconcertada, intentando orientarse en su nueva naturaleza.

Se impulsa hacia el este y regresa, inicia un tímido recorrido hacia el norte y vuelve, desecha el oeste y contempla fijamente el sur. No mira con los ojos, pues no tiene, pero sabe ver sin ellos. Divisa la playa al fondo y, flotando impulsada por la suave brisa, hacia allí se dirige.

Conforme se va acercando a la orilla comienza a vislumbra una pequeña multitud. Parecen celebrar algo. Bailan sobre la arena y cantan felices, pero no distingue las notas de la melodía, ni las palabras que entonan las canciones. Visten de manera informal, con atuendo playero, y llevan adornos festivos. Todo está pintado con tonalidades azules, o eso piensa ella al verlos a través de la capa esférica que la mantiene en vilo.

Aunque su translúcida apariencia se camufla con el azul del cielo, todos notan su presencia. Poco a poco, las caras se van girando y la contemplan con júbilo. Ahora, las palmas, los cánticos, las sonrisas están dirigidas a ella. Algunas caras le parecen conocidas, pero por mucho que lo intenta es incapaz de reconocerlas.

Como en una ensayada coreografía, van creando un pasillo que la orienta y le enseñan el camino. No lo duda, bailotea en el aire al son de los aplausos que no escucha, pero adivina, y se adentra entre el gentío hasta una zona espaciosa donde se encuentra una especie de altar. Sobre él yace un joven, de unos veinte años. Está acostado, bocarriba, y aunque lo aparenta no está muerto, pues su pecho se agita, aunque muy levemente. No ha perdido la lozanía de su piel y su cara se muestra tranquila. Su boca simula una tímida sonrisa.

La gente se ha arremolinado formando un corro alrededor de ambos. Ahora están totalmente quietos y callados. Expectantes. Durante unos pocos segundos, el silencio se adueña de la escena y la burbuja se mueve incierta y confusa. Se acerca al chico y, sin saber qué hacer, lo mariposea cuan largo es. Le roza las piernas, el pecho, las mejillas. Cuando en su ofuscación comienza a temblar, amenazando con romperse, el muchacho abre la boca intentando coger una última aspiración. Todos se cogen de las manos y levantan los brazos. En ese justo momento, la azulada y transparente esencia comprende.

Cogiendo velocidad, se eleva ligeramente y, comprimiéndose todo lo que puede, se precipita en la boca del chico. El aire contenido en la burbuja le infla el pecho y le hace dar un ligero estremecimiento. Sus brazos y piernas tiemblan tenuemente, para después volver a quedarse rígido. Todos aguantan la respiración, aunados con él en una incierta eternidad.

Al fin, este abre los ojos y comienza a coger bocanadas de aire, angustiado, presuroso. Dos chicas, de aproximadamente su edad, se abalanzan hacia él y lo reconfortan, mientras todos estallan en una algarabía de gritos, cánticos, aplausos y lágrimas de alegría.

Imagen de una puesta de sol en la playa, desde la orilla. Donde se ven las olas rompiendo en la arena.
El cielo crea una ligera simetría horizontal con el mar, pero cambiando las espuma de las olas rompientes por hilachas de nubes.
La foto está manipulada para forzar los azules sobre los demás colores.
Imagen manipulada a partir de la original de David Mark en Pixabay

El proceso siempre es brusco, doloroso, agresivo, enérgico…

Los recuerdos van explosionando dentro de mi cabeza. Como fuegos artificiales, las imágenes que antes parecieron despedirse, regresan impetuosas para llenar los huecos de mi memoria. Son tantas y tan intensas que tardan en recolocarse.

Logro incorporarme con dificultad y contemplo anonadado la ruidosa fiesta. Toda la ceremonia me abruma, me ciega, me ensordece, pero siento una inmensa felicidad.

Con los nuevos ojos voy reconociendo a mis compañeros, que danzan a mi alrededor. Ahora puedo escuchar nítidamente el bullicio, la música, los gritos, las risas… la bienvenida.

Poco a poco, todos se acercan a felicitarme. Me abrazan, me besas, me dan la mano.

La claridad y belleza de tantos colores me hacen lagrimar.

A pesar de haberlo hecho tantas veces, la renovación es desgarradora. Siempre tardo en tomar el control de mi nuevo cuerpo, de mi nueva existencia renacida.

Cuando lo consigo, me levanto y me uno a la fiesta. Soy joven de nuevo y mi cuerpo está lleno de energía, vitalidad, fuerza, intensidad… Tengo una vida entera por llenar.

Muchos la buscan, la desean, la ambicionan, pero no es fácil la inmortalidad.

Este relato sirve como pretexto para la propuesta del VadeReto de este mes:
Crear una historia relacionada con el color Azul.

Abocado a la Muerte

Imagen, en forma de ilustración digital, del interior de una caja de madera. Más larga que ancha. Simulando un ataúd antiguo.
La vista está dirigida desde el interior de uno de sus lados más estrechos. Dónde iría la cabeza o los pies.
Imagen de PIRO4D (Pixabay)

Unos golpes estridentes me sacaron del sueño. La oscuridad era tan espesa que me aplastaba. Intenté levantar mis brazos, pero toparon con una superficie dura, rugosa y cerrada. Tampoco podía moverlos hacia los laterales. El lugar en dónde me encontraba era solo un poco más ancho que yo. Mis piernas tampoco disponían de espacio para moverse y el hormigueo las resucitaba lentamente, con dolor. Al reposar los brazos de nuevo, noté debajo de mí la humedad de la tierra. No obstante, la realidad me implosionó el cerebro. Estaba encerrado en una caja, ¿acaso un ataúd? ¿Ese era mi destino? ¿Ser enterrado vivo?

Mi cuerpo se empezó a bambolear. Me estaban transportando hacia algún lugar indefinido. Lo curioso de todo es que no sentía pánico. Ni siquiera miedo. Podría ser por efecto del tiempo que me había llevado durmiendo. Me encontraba tranquilo y descansado. Tampoco notaba la falta de oxígeno en el exiguo habitáculo. Sin embargo, mi boca empezó a sentirse seca y estrecha, como la caja.

Durante el trayecto, anduve entre la vigila y la ensoñación. Mi cuerpo se mantenía muerto. La mente, en cambio, se desbocaba entre imágenes inconexas y absurdas. El corazón, por otro lado, permanecía en el más tranquilo de los letargos. El estómago tampoco daba señales de actividad, pero la sed me secuestraba el conocimiento.

Cesó el movimiento y noté como depositaban la caja, suavemente, sobre alguna superficie, plana y equilibrada. El silencio seguía siendo burdo e incómodo, colmado por mis desordenados pensamientos. Nuevos ruidos me sacaron del sopor llenando el angosto espacio de mi cautiverio. Esperé angustiado que la tierra empezara a caer sobre el féretro y sepultara mi existencia. Sin embargo, después de una leve calma, tres enérgicos golpes llamaron sin esperar respuesta. Luego, volvió la tétrica paz.

Esperé unos eternos segundos y volví a empujar la tapa. Esta vez cedió fácilmente. Una estrecha fisura, en el lateral, fue dejando entrar una minúscula gota de claridad. Entorné los ojos, ante la mortal visión. Sin embargo, la tenue luz de las antorchas generaba en el entorno una placentera iluminación. Abrí del todo la caja y paladeé la noche.

Me incorporé y, no sin dificultades, salí del ataúd. Mirando a mi alrededor comprobé que estaba en un mausoleo, desierto y sombrío. De forma súbita y lacerante, los recuerdos invadieron mi cabeza, reorganizando mi memoria y mis vidas. Solo pararon cuando unas voces perturbaron el silente exterior.

Había llegado la hora de alimentarme.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
El protagonista de la historia se despierta en un lugar oscuro, desconocido y, aparentemente, encerrado. Hay que crear un relato que de respuestas a las preguntas que le asaltan.

Solo Puede Quedar Uno

Composición creada con Photoshop donde se ven los retratos de los cuatro personajes protagonistas de la historia.
La composición los presenta en cuatro óvalos sobre fondo negro y todo salpicado de gotas de sangre.
Junto a cada retrato aparece su nombre.
Omito la descripción de cada uno, dado que se hace en el mismo relato.
Créditos de las imágenes:
Sandrina: Pexels en Pixabay
Darío Muratkalenderoglu en Pixabay
Imagen de Mystic Art Design en Pixabay
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Desierto del Cacajari. Un viejo y desastrado motel muere a los pies de una carretera polvorienta. Sus paredes exudan el tiempo y se mantienen erguidas por la rutina. El sol se torna compasivo dando un pequeño descanso del pegajoso y asfixiante bochorno. Cuatro viajeros se guarecen dentro del bar. Cada uno sentado a una mesa. Solos. Aislados en cada esquina del comedor. La barra aparece vacía y la cocina está ya apagada. Nadie atiende al servicio. Quizás estén en el piso superior, donde están los dormitorios o, tal vez, hayan decidido abandonar el café a su suerte. El silencio molesta los oídos. Nadie hace ruido, ni siquiera al comer o beber. No se miran, pero se presienten. El mismo aire es una cortina de angustia e inquietud. El ambiente es espeso e irritante. ¿Qué es lo que genera esa tensión?

Al fondo, casi escondida por la barra, está Sandrina. Piel y pelo morenos. Joven, sensual y de mirada cándida. Tiene delante de ella un plato lleno de patatas fritas y una hamburguesa doble. Intactos. Se le nota hambrienta, sin embargo, solo ha tocado su Coca-Cola light. A través de una pajita va dando sorbitos pequeños y lentos. Mira a los demás de soslayo. Aparenta gran serenidad, pero su interior es un volcán presto a su erupción.

Frente a ella, justo en el ángulo recto con los demás comensales, está Darío. También joven y atractivo. Aunque ligeramente más maduro. Barba y cejas muy marcadas. Indumentaria ligera y cómoda. Lo que más llama su atención es su mirada. Ojos penetrantes y zafíos. Los mantiene bajos, sobre el plato que tiene delante, totalmente vacío. Sabedor de que nadie podría aguantarle la mirada durante mucho tiempo, se concentra en el móvil. De vez en cuando, mira distraídamente por la ventana que tiene a su izquierda. Su calma es totalmente efectista. Sus piernas se mueven espasmódicas y su dedo pulgar cambia constantemente el contenido de la pantalla.

En la esquina contraria se sienta Sophie. La más joven de los cuatro. Pelirroja de media melena, con gesto inocente y sosegado. Se come de forma pausada un ponty de pollo, parapetado entre patatas fritas. Paladea cada una de ellas cogiéndola con los dedos, pero no hace ruidos al masticar. Las absorbe con deleite. Junto a ella, en la silla situada a su izquierda, una guitarra sin funda descansa de pie. Observando toda la sala y a sus ocupantes. Expectante. Le gustaría ser protagonista de la escena, pero se mantiene muda.

En la última mesa, en el vértice de un cuadrado perfecto, equidistante de los demás, se halla Shinná. Está sentado dando totalmente la espalda al resto. Oriental y de avanzada edad. Pelos, bigotes y barba muy largos, níveos y desmarañados. Sus ojos muestran cansancio y debilidad. En su mesa solo hay dos botellas de whisky, una vacía y la otra medio llena, y un vaso del que da, de vez en cuando, pequeños buches. Su indumentaria dista bastante de estar limpia y su aspecto denota descuido y olvido. Casi encorvado, se inclina de forma imposible sobre el vaso, intentando atisbar en el reflejo ambarino de su interior su propia imagen esquiva. De vez en cuando, cierra los ojos. Parece que no los volverá a abrir y caerá en un profundo y alcohólico sueño, pero se aviva y da otro pequeño sorbo.

El sol está a punto de esconderse por el horizonte, como si previese el estallido de la tensión. Las pequeñas lámparas, que adornan el techo del comedor, se empiezan a calentar tenuemente. Los cuatro levantan muy lentamente sus rostros, escrutando a los otros tres. Parece una coreografía infinitamente ensayada. Sus movimientos son síncronos, pero secos y graves.

Darío ha dejado el móvil sobre la mesa y un ligero temblor se ha adueñado de su cuerpo. Coloca las dos manos sobre la superficie e intentan controlar su respiración. Sandrina empieza a olfatear el entorno. Ya no disimula su hambre y empieza a babear ligeramente. Sus dientes, blanquísimos, están cambiando. Sophie permanece inalterable. Sigue comiendo, sin percatarse de los cambios en el ambiente. Shinná por su parte, se ha incorporado, todo lo que su cuerpo extenuado y senil le permite. Se ha girado levemente, encarando a sus compañeros de cena. Su cara muestra una risa perturbada, producto de su mente ebria y fatigada. Sus ojos apenas se mantienen abiertos y aparentan doblegarse para dar con su semblante en el suelo.

Todo ocurre a cámara lenta. El oriental simula dar una cabezada y, en un movimiento incomprensiblemente ágil, se incorpora y con la mano derecha agarra la botella de whisky vacía y la lanza contra Sandrina, que se ha levantado a su vez, aún más veloz, para abalanzarse contra Sophie. Su cara se ha transformado en una bestia, mostrando sus inmensos colmillos y con los ojos llameantes y ensangrentados. De un manotazo hace pedazos la botella y ríe desvergonzada. Cuándo gira su cabeza, para centrarse en Sophie, ve cómo esta ha cogido su guitarra y apuntándole con el mástil, hace sonar una sola de sus cuerdas. Cómo respuesta a la vibrante pulsación, salen del clavijero tres saetas de nogal que impactan sin piedad en el corazón de la vampira.

A Sandrina no le da tiempo ni a mostrar sorpresa. Explosiona convirtiéndose en una nube de carne y sangre. Revienta, literalmente, en el aire. Atravesando la cortina de partículas, se deja ver Darío. Ya no es humano se ha convertido en una grosera y horrenda fiera. El pelo negro, craso y burdo atesta todo su cuerpo. La ropa yace rota en el suelo, imposible de cubrir el ensanche de sus músculos.

Sophie ya está en pie. Agarrando la guitarra por el mástil y enarbolándola a modo de garrote. A Darío solo le da tiempo a dar dos pasos hacia ella. Golpeándolo con la caja le hace reventar la cabeza, llenando todas las mesas adyacentes de trozos de cerebro, piel, dientes, pelos y sangre. La guitarra ni se inmuta. Su cuerpo está hecho de carbino, indeformable e indestructible. Sophie desmonta el mástil de la guitarra y, convertido en una catana de afilada hoja, corta a la bestia de arriba abajo. Su cuerpo, formando ahora una y griega, cae fulminado, como un pesado fardo, esparciendo todavía más sangre.

Totalmente roja, cubierta de las vísceras de lo que fue Darío, Sophie se encara con Shinná. Ambos están de pie, frente a frente. El chino tiene las manos separadas, con las palmas enfrentadas. Entre ellas, un rayo de colores fosforescentes se entrecruza formando una madeja de luces. Ambos se miran, pero no se mueven. La escena parece congelada. Los ojos hablan y las bocas callan.

Shinná no está allí por casualidad. Es un asesino a sueldo que ha cobrado una cantidad obscena por acabar con Sophie, la cazadora de monstruos. En una aberrante asociación, licántropos, vampiros, espectros, ogros, quimeras, incluso leprechauns, se han unido para contratar al assassin y acabar con la temible y afamada asesina de criaturas fantásticas. De forma lenta, pero obstinada, está diezmando las filas de toda la comunidad de engendros.

Sophie no cobra. Trabaja por puro placer. Desde niña fue educada, entrenada y formada para matar alimañas. Con dieciséis años se quedó huérfana en una escaramuza familiar. Desde entonces trabaja sola y disfruta matando bestias. Ahora se ha cobrado dos piezas más, pero tiene ante sí a otro asesino. Este es aún más despiadado que ella, porque es un cazador de cazadores.

Cuando Shinná empieza a juntar sus manos, para hacer más intenso el rayo lumínico y lanzarlo sobre la chica, esta vuelve a montar la guitarra, rauda y veloz, y la coge en su postura natural. Con un movimiento rápido y controlado, la hace tañer con un gemido frenético, agudo y lacerante. El nipón no llega a abrir los brazos y queda en pose errática. De sus oídos empiezan a surgir hebras sanguinolentas que le recorren toda la barba, tiñéndola de bermeja fachada. Sus ojos también lloran sangre y su respiración se hace ardua y pesada. Sus piernas se rinden al combate y le hacen postrarse ante su rival. Durante unos segundos permanece enhiesto, mirando inane a la chica. Esta enarbola de nuevo la guitarra, pero no es necesario el golpe de gracia. Shinná cae inerte, de frente, impactando contra el suelo. La sangre, que comienza a brotar por todas sus cavidades, va impregnándolo en un lienzo siniestro y granate.

Toda la escena ha durado escasos segundos. Los suficientes para que Sophie aumente su reputación y agrande el número de ceros que tendrán que añadirle al contrato de su próximo cazador. Se acerca a su mesa y se come tres gajos de patatas que le quedaban en el plato.

Cuando llegó allí, de forma nada fortuita, se bajó de su moto y entró a tomarse un refrigerio, sabía perfectamente que solo podría quedar uno vivo. ¿Vivo? La chica ríe a carcajadas mientras se mira en el espejo que hay tras la barra. Allí puede ver su horrendo reflejo. Una amalgama de huesos recubiertos de piel pútrida, oquedades habitadas por larvas, gusanos y tábanos. Todo ello aglutinado de tinieblas y espanto. La cazadora de monstruos hace ya mucho tiempo que dejo de exhalar vida.

Relato publicado para el Reto Literario “Desafío Literario Enero 20: Solo Puede Quedar Uno” de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Cuatro fotos, cuatro personajes, que deberán ir muriendo durante la historia.

Como máximo, solo puede quedar uno.
Elige uno de los objetos escondidos que tendrás que usar como arma: Una Guitarra