La Semilla de una Pasión

Fotografía virada al blanco y negro con tonalidades sepia.
En ella se ve, centradas en un primer plano, unas manos, de una persona muy anciana, hojeando un libro.
Nada más y nada menos.
Composición a partir de la imagen de Alexas_Fotos en Pixabay.

Paseando la vista por el paradisíaco parque se ven escenas corrientes de un día soleado y hermoso. Niños jugando a la pelota o correteando entre los árboles; orgullosos paseantes con sus queridas mascotas; atrevidos corredores, que ponen al límite su resistencia; o gente menos entusiasta que prefiere descansar en los bancos o sobre la misma hierba. Algunos entablan conversación, pero otros prefieren aislarse del mundo con sus auriculares. Podríamos estar contemplando una pintura costumbrista de Manet o Brueghel.

Pero, un momento. ¡Hay una nota discordante!

Bajo un frondoso y gigantesco fresno se encuentra una anciana. Está sentada sobre el césped con las manos en su regazo en donde reposa un libro abierto. No solo extraña la facilidad con que lee a esa distancia, para su edad, sino que parece hacerlo musitando cada palabra leída con sus gastados, pero todavía vivaces labios.

Está tan ensimismada en su lectura que no percibe las hojas, que balanceadas por el viento, caen sobre sus hombros. No siente el gélido frescor que la mañana obsequia, antes de que el sol haga arder los pavimentos. Tampoco la perturba de su atenta lectura el ruido ensordecedor de los vehículos que rebumba desde la lejana carretera. Ni siquiera los niños, que juegan cerca de ella, la hacen levantar la vista de las páginas de su libro. Su cuerpo está sentado sobre la hierba, pero parece que su espíritu y su corazón hacen rato que se adentraron entre las palabras escritas y viajan por mundos distantes y fantásticos.

Poco a poco, sin darse cuenta, el murmullo que antes no superaba el siseo de la brisa, ahora escapa de su boca transmitiendo lo que sus ojos van asimilando. Ha pasado de lectora discreta y reservada a expresar en voz alta los pensamientos del autor. Antes leía para su alma, ahora parece hacerlo para que el entorno la escuche.

«Aquella tarde de brumas y llovizna me robó el corazón, la respiración y el sueño. Al amparo de la luz embrujada del Ateneo, sus manos escribieron en mi piel una maldición que habría de perseguirme durante años. Mientras yo la contemplaba embelesado, ella me explicó su historia y cómo había tropezado, también por casualidad, con las páginas de aquel libro. El accidente había tenido lugar en un pueblo de la Provenza… Los pueblos no se miran nunca en el espejo, decía siempre su padre, y menos con una guerra entre las cejas. El hombre era un buen lector de la historia y sabía que el futuro se leía en las calles, las factorías y los cuarteles con más claridad que en la prensa de la mañana… Durante meses les escribió todas las semanas. Al principio lo hacía desde el bufete, luego sin remite y, finalmente, a escondidas, desde una celda en el castillo donde, como a tantos, nadie le vio entrar y de donde nunca volvió a salir…»

Al terminar de leer este texto, se toma un ligero descanso. Quiere que la belleza impregnada en cada palabra se asiente en su mente, digerirla pausada y placenteramente. Lo hace con los ojos cerrados y cuando vuelve a abrirlos recibe una extraordinaria sorpresa, en lugar de ver el fresco y verdoso césped o los inhiestos e impasibles árboles, se encuentra con dos niños que se han sentado delante de ella y le sonríen complacidos de escucharla. Están expectantes y con sus inocentes, pero atrevidas caras, parecen invitarla a que continúe leyéndoles.

Ella los mira inquisitiva, pero no se atreve a hablarles. La escena es demasiado idílica y teme que sus palabras pueden romper el dulce encanto del momento. Así que decide acceder a su muda solicitud y sigue leyendo, aunque ahora eleva un poco más su voz e, incluso, la impregna de más emotividad.

«Hubo un tiempo, de niño, en que quizá por haber crecido rodeado de libros y libreros, decidí que quería ser novelista y llevar una vida de melodrama. La raíz de mi ensoñación literaria, además de esa maravillosa simplicidad con que todo se ve a los cinco años, era una prodigiosa pieza de artesanía y precisión que estaba expuesta en una tienda de plumas estilográficas en la calle de Anselmo Clavé. El objeto de mi devoción, una suntuosa pluma negra ribeteada con sabía Dios cuántas exquisiteces y rúbricas, presidía el escaparate como si se tratase de una de las joyas de la corona… Mi padre decía que aquélla debía de ser, por lo menos, la pluma de un emperador. Yo, secretamente, estaba convencido de que con semejante maravilla se podía escribir cualquier cosa, desde novelas hasta enciclopedias, e incluso cartas cuyo poder tenía que estar por encima de cualquier limitación postal. En mi ingenuidad, creía que lo que yo pudiese escribir con aquella pluma llegaría a todas partes, incluido aquel sitio incomprensible al que mi padre decía que mi madre había ido y del que no volvía nunca…»

De reojo, observa por encima de las páginas la actitud de los niños, estos siguen atentos abstraídos por su Retórica Literaria, pero ya no están solos. Sorprendentemente, su auditorio ha crecido, varios pequeños más se han unido al cuadro. Conforme sigue leyendo ve llegar a más niños que han decidido abandonar por un momento el balón y las correrías y fisgonear lo que los demás están atendiendo tan interesados.

Primero ha sido simple curiosidad, luego sorpresa e interés, finalmente les ha gustado lo que escuchaban. Así, han terminado por sentarse en la hierba y asistir callados y embelesados a lo que cuenta la cautivadora voz de la anciana.

Ella prosigue con su lectura, aunque ahora se la ve conmovida y maravillada con la escena. Ahora lee para ellos, termina cada frase mirándolos y no puede dejar de sonreír ante sus expresiones de interés y fascinación:

«Un manto de nubes chispeando electricidad cabalgaba desde el mar. Hubiera echado a correr para guarecerme del aguacero que se avecinaba, pero las palabras de aquel individuo empezaban a hacer su efecto. Me temblaban las manos y las ideas. Alcé la vista y vi el temporal derramarse como manchas de sangre negra entre las nubes, cegando la luna y tendiendo un manto de tinieblas sobre los tejados y fachadas de la ciudad. Intenté apretar el paso, pero la inquietud me carcomía por dentro y caminaba perseguido por el aguacero con pies y piernas de plomo.
Me cobijé bajo la marquesina de un quiosco de prensa, intentando ordenar mis pensamientos y decidir cómo proceder. Un trueno descargó cerca, rugiendo como un dragón enfilando la bocana del puerto, y sentí el suelo temblar bajo mis pies. El pulso frágil del alumbrado eléctrico que dibujaba fachadas y ventanas se desvaneció unos segundos más tarde. En las aceras encharcadas, las farolas parpadeaban, extinguiéndose como velas al viento. No se veía un alma en las calles y la negrura del apagón se esparció con un aliento fétido que ascendía de los desagües que vertían al alcantarillado.
La noche se hizo opaca e impenetrable, la lluvia una mortaja de vapor. «Por una mujer así, cualquiera pierde el sentido común…».
Eché a correr Ramblas arriba con un solo pensamiento en la cabeza: Clara…».

Pasan intensos minutos, aunque ni niños ni anciana parecen notar el trascurrir del tiempo. A ninguno le importaría seguir disfrutando de aquella improvisada y bellísima reunión durante horas, pero, antes de que los chicos se cansen o sus madres o padres vengan a requerirlos, la mujer decide cerrar el libro y dar así por terminada su lectura, no sin antes culminar en voz alta con una de las citas literarias que más le gustan:

«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma».

Los niños salen del encantamiento y se dispersan, sin atreverse a decir nada. Sin embargo, la expresión de sus caras y sus satisfechas sonrisas son más elocuentes que las palabras. Solo una pequeña, de las primeras en sentarse junto a ella, le grita un divertido gracias al mismo tiempo que sale corriendo.

La mujer recoge sus escasos enseres y se dispone a regresar a su asilo. Tal vez no repare en que ha sembrado una portentosa semilla en las mentes de aquellos niños. Igual no en todos, pero alguno, al llegar a casa, buscará algún libro en un estante e se propondrá imitarla. Las palabras transformadas en historias le cautivarán, se harán fieles devoradores de aventuras y relatos y, de forma inconsciente, le darán las gracias por haberlos iniciado en tan maravillosa experiencia.

Nadie sabrá nunca que este acto involuntario de la anciana, prendido por el espíritu de Seshat, ha servido como modelo para sembrar el amor por los libros y su lectura. Puedes poner en las manos de un niño un libro o una espada, de ello dependerá su futuro y tal vez el del mundo.


Notas.- Todos los fragmentos leídos por la anciana están extraídos del libro «La Sombra del Viento» de Carlos Ruiz Zafón.
Seshat es la llamada «Señora de los Libros», diosa de la Escritura y la Historia, protectora de las Bibliotecas en la mitología egipcia.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia que hable de la Lectura, inspírate en la imagen e incluye una de las citas propuestas.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Pexels en Pixabay

El Deseo Más Difícil

Sobre un fondo, rojizo anaranjado, con estrellas y luces desenfocadas, aparece una sucesión de cartas de correos. Se muestran de izquierda a derecha, en perspectiva, de la más pequeña a la más grande en primer plano. Formando una pequeña espiral.
Imagenes:
Cartas, de Gerd Altmann en pixabay;
Fondo, Imagen de Monicore en pixabay

Durante esos momentos, en que abre la saca llena de cartas, se ve importante. Se da cuenta que existe, porque creen en él. Bueno, creen los niños y unos pocos adultos, aunque intenten disimularlo. Durante unos pocos días deja de ser invisible.

Sin embargo, su ánimo enseguida decae. Cada año, las cartas se le hacen más difíciles de leer. Los niños están perdiendo toda su inocencia. Ya no piden juguetes sencillos, juegos de mesa para compartir con sus amigos, balones o muñecas, ropas deportivas o disfraces de superhéroes. Ahora, les gusta comportarse como adultos. En sus cartas solicitan, más bien exigen, ropa de marca, viajes a lugares carísimos, juegos de videoconsola violentos e incluso imitaciones perfectas de armas de fuego. Siempre pensó que los niños eran los únicos que podrían cambiar el mundo, pero ahora tiene muchísimas dudas.

Lee todas estas peticiones de pasada, muy rápidamente. Ya se encargarán los duendes mágicos de conseguirles estos regalos caros, o no. Él se interesa más por otros mensajes que escriben al final, como si se hubiesen acordado de añadirlos antes de cerrar la carta.

Suelen ser mensajes esperanzadores. Aunque no sabe si dudar de que lo hagan de corazón o, simplemente, como una forma de reblandecer su corazón, de parecer más dulces e inocentes. O, quizás, para contentar a sus padres y que se engañen pensando en lo buenos que son sus hijos. Pero él se deja convencer, necesita creer que son ciertos.

«Me gustaría que todo el mundo viviera en paz, no aguanto las imágenes de guerra en la tele», dice un chico que antes ha pedido un cañón para jugar en el jardín.

«¿Por qué no haces que al mismo tiempo que llueve agua, también llueva comida? No creo que sea tan complicado. De esa forma, se acabaría con el hambre en el mundo», solicita otro que pide doce tipos distintos de chocolatinas.

«Cuando voy por la calle veo muchos pobres pidiendo por los suelos, ¿no podrían venir los extraterrestres y llevárselos?». Bueno, este último no es, precisamente, un mensaje muy esperanzador.

De esta forma, sigue repasando todas las cartas que los niños le han ido dejando. Hasta que descubre una, algo más abultada, llena de dibujitos de colores, de un pequeño que se ha esforzado en realizar la caligrafía más hermosa del mundo. Al abrir el sobre, e intentar sacar la hoja manuscrita, caen al suelo dos tarjetas de visita y una fotografía. En esta última se ve a un hombre, una mujer y un niño, todos mirando a la cámara, muy sonrientes. Parecen muy felices. Lo deja todo a un lado y se dispone a leer la carta.

Con un simple vistazo, sus ojos se le empañan y su corazón se quiebra. No hay ni una sola petición de juguetes, ni un solo deseo personal o egoísta, ni siquiera un mensaje de paz y amor para el mundo. Solo un par de frases:

«Deseo que mis padres vuelvan a vivir juntos.
Deseo que volvamos a ser una familia normal».

El hombre de las barbas blancas no puede contener las lágrimas, que le emborronan el texto impidiéndole releerlo. Mira hacia el cielo y piensa: «Ojalá yo tuviera el poder de esa magia, pequeño».

Vuelve a meter las tarjetas y la fotografía, junto con el folio, en el sobre y se la guarda en un bolsillo interior, el que se calienta junto a su corazón, y sigue leyendo las demás. Solo unas pocas más llegan a llamar su atención, pero la del pequeño de la foto no deja de palpitarle en el pecho.

Cuando termina, las deposita todas en un contenedor azul y se dirige hacia una tienda de comestible, donde se compra un bocadillo y una gran botella de whisky, de marca blanca, no ha ganado tanto dinero en su trabajo como para permitirse un respetable homenaje.

Mientras deambula por las calles, entre bocado y sorbo, la imagen del pequeño de la fotografía se va horadando en su pensamiento. Intenta recordar su sonrisa, sin embargo, su mente le devuelve su cara triste. Lo feliz que sería el pequeño si él fuera capaz de conseguir cumplir su deseo. ¡Claro! ¡Es tan sencillo! Se dirige a la dirección que aparece en cada tarjeta, que listo es el chaval, llama a la puerta y les dice: «déjense de tonterías y quiéranse de nuevo». ¡Ya está, así de fácil! Jejeje. Si no le dan una patada en el culo que lo devuelva a la calle, seguro que llaman a la policía. El traje rojo y los pelos y barbas blancos no les convencerán. Tampoco sus hechuras, desdeñosas, descuidadas y achacosas. No, ya tiene bastantes problemas como para pasar la Nochebuena en un calabozo.

Con lo fácil que lo tendrían, hoy en día, si no les empujara el orgullo. Un mensaje de WhatsApp y sin tener que dar la cara. Escribir una disculpa, enviar y listo. Pero ninguno querrá dar el primer paso y, lo más seguro, es que estarán totalmente deseosos de que el otro les llame.

¿Podría mandar él esos mensajes? Sí, claro. Solo tiene que hacer un cursillo exprés de hacker. Decididamente, el whisky es barato, pero peleón.

Sigue paseando por las desiertas y frías calles, aunque más bien va dando bandazos y manteniendo milagrosamente el equilibrio. De vez en cuando, se mira en algún escaparate y se cachondea de su imagen. En las fotografías y dibujos sale con mejor porte. Ahora lleva la chaqueta por fuera del cinturón, el gorro colgando de una oreja y las barbas, bueno las barbas son suyas, de lo contrario ya las habría perdido en alguna esquina.

Cuando se termina la botella, sintiéndose suficientemente caliente por dentro, decide echarse a dormir. Aunque en realidad cae de cabeza entre unas bolsas de basura que le servirán de colchón. Duerme todo lo plácida y profundamente que el alcohol en su sangre le procura, pero la imagen del niño y la posible resolución de su problema, no dejan de errar por sus sueños.

 

El día siguiente, vísperas de la Navidad, amanece algo nublado, pero conforme van avanzando las horas, el sol se permite salir tímidamente para calentar los hogares. Excepto dos de ellos. En uno, un hombre, ha decidido no salir de su bata, se dispone a pasar las Navidades más solitarias de su vida. En el otro, una mujer, acompañada de su hijo, también se encuentra embargada por la tristeza, aunque intenta con todas sus fuerzas que su pequeño no la vea llorar. No sabe que él es demasiado listo para dejarse engañar. Tampoco adivina que tiene una carta mágica que está totalmente seguro de que va a funcionar.

Ambos almuerzan escuetamente, en otras fechas para no atiborrarse antes de la cena, ahora porque en realidad la pena les ha quitado el apetito. Los dos intentan afanarse en tareas que los distraigan de pensar en el otro. Él, cambiando de lugar papeles, libros y cajas que terminarán de nuevo en el sitio original, es incapaz de centrarse en su trabajo. Ella, componiendo los adornos navideños con su hijo, incluyendo el árbol. Aunque ambos, sin necesidad de consulta, han decidido que este año no pondrán la estrella. Esa misión siempre ha estado a cargo del padre.

En un determinado momento, los dos pasan de forma simultánea por la puerta de entrada a sus respectivas casas. Por debajo de ella han introducido un cartón con una ilustración impresa. En realidad es una postal, en donde se puede ver a un horondo y sonriente Santa Claus. En el interior, el mismo texto: «Lo siento, cariño. Quiero pedirte perdón. Creo que en un día como hoy deberíamos darnos otra oportunidad. ¿Por qué no nos vemos los tres para cenar?».

Primero se sorprenden, luego sonríen con sus ojos llorosos y después se llevan la postal al corazón.

En el mismo instante, un hombre y una mujer dejan que sus lágrimas los limpien de odio y rencor. Se dejaron convencer de que eran más fuertes que el amor que sienten. A duras penas han entendido la letra, pero les da igual que la caligrafía parezca escrita por un borracho. Es lo que han estado esperando desde hace demasiados días.

Con el corazón lleno de amor y emoción, corretean por toda la casa intentando encontrar sus móviles. Buscan por la cocina, el dormitorio, el salón. ¿A dónde lo lanzaron la última vez que esperaron encontrar un mensaje del otro? Casi al mismo tiempo consiguen encontrarlo, pero no se atreven a llamarse. Tienen mucho recelo del temblor de sus voces.

Simultáneamente, aparece en sus pantallas un mensaje:

«¿Nos vemos?».

Sin saludos ni preámbulos. De hecho, no son conscientes de haberlo escrito. Pero seguidamente aparece otro texto:

«Claro que sí».

Los dos sonríen, ya sin disimulo, y se afanan por escribir rápidamente:

«¿A qué hora te viene bien?», se adelanta él.

«A la de siempre, como todas las Nochebuenas», contesta ella.

«¿Qué te apetece que lleve, vino blanco o tinto?», se atreve él, ya sin mesura.

«¿Por qué no cenamos mejor con champán?», se lanza ella, de perdidos al río, piensa.

«Estaré allí puntual, como siempre», escribe él, añadiendo un emoticono de guiño y otro de sonrisa socarrona.

«¡Te quiero!». Se despiden los dos al mismo tiempo.

Esa noche, el hombre, todavía vestido de rojo, se asoma con cautela a una de las ventanas de la vivienda y sonríe como hace muchísimo tiempo que no se lo permite. Su truco ha dado resultado. Ahora está en manos de ellos que el deseo del pequeño se cumpla plenamente.

Le gustaría ver la cara del chico, pero no quiere demorarse y exponerse a que lo descubran. Tampoco le hace falta, será muy parecida a la que ve reflejada en los cristales de la ventana, aunque mucho más joven.

De esta forma, el hombre, que durante unos días del último mes del año se disfraza con los ropajes de Papa Noel para un Centro Comercial, ha conseguido hacer realidad un deseo. ¡Un precioso deseo! La magia, que su disfraz representa para tantísimos niños, parece haber funcionado.

Aunque sereno, se aleja dando tumbos, su cuerpo ya se ha acostumbrado, pero no hay persona en el mundo, en este instante, que se sienta más feliz que él. Aunque siga sin tener un euro en el bolsillo, un techo en el que cobijarse y la esperanza de un futuro. Pero quién sabe. Tal vez el Milagro de la Navidad exista y el verdadero Santa se acuerde de él.

Un Papa Noel, riendo y bailando (dibujo animado, en la parte izquierda), sobre un fondo azulado del que caen copos de nieve, representados por el símbolo hexagonal. A la derecha un abeto nevado y en la parte inferior todo el suelo blanco, nevado también.
Imagen de JaymzArt en pixabay

Este relato participa en la propuesta literaria VadeReto de este mes,
para este mismo blog:
Crea una historia relacionada con los Deseos.

La Leyenda de Snowy Mountain

Kurioshity era una niña intrépida, inquieta y, claro, muy curiosa. Nunca paraba demasiado tiempo en un lugar y siempre llegaba tarde a la cena. Le encantaba explorar, investigar y adentrarse en cada recoveco que la tierra le confiara. Por eso, cuando se enteró de la leyenda de Snowy Mountain, no se lo pensó dos veces.

Una mañana temprano, le dijo a su madre que le apetecía acercarse al pueblo para ver la nueva tienda de dulces, sus amigos del colegio le habían contado maravillas de su escaparate. Al mismo tiempo, le insinuó melosa, podría comprarle las cosas que necesitara. Su madre, además de sorprendida, se sintió complacida de que, por una vez, se mostrara cooperativa y la ayudara con los quehaceres domésticos. Le hizo una lista de todo lo que necesitaba, le dio varias monedas y un profundo, largo y apasionado beso en la frente.

—No te entretengas mucho, Kury. Ya sabes que me gusta que estemos todos juntos para la comida —le dijo su madre, a sabiendas de que volvería a llegar tarde.

La pequeña le devolvió el beso con un soplido de la mano, se calzó sus grandes y abrigadas botas, se endosó su cálida chaqueta y se dispuso a iniciar otra de sus maravillosas aventuras.

«Allí voy, Snowy Mountain», se dijo jovial y entusiasmada.

La leyenda de esta montaña databa de antiquísimos años. Se decía que, en realidad, este descomunal promontorio no había existido como tal en un principio, sino que se había formado para encerrar en él a un ser monstruoso que aterraba a toda la región.

¿Podía haber un misterio más encantador para la jovencita Kurioshity?

Tardó bastante en llegar a las faldas de la montaña, pero era tal su ansiedad en conocer sus secretos que se le hizo cortísimo el camino. Cuando puso un pie en ella, este se le hundió en la nieve hasta la pantorrilla. Cogió una gran bola con sus manos, se quitó un guante y hundió un dedo en ella. Le encantó su aspecto sedoso y esponjoso. ¡No estaba fría! ¿Cómo era eso posible? Su curiosidad le llevó a probarla. ¡Sabía a nata con un toque de canela! Esto tenía que ser algo mágico. Su empeño se redobló para alcanzar la cumbre. Tenía que descubrir qué había en su interior.

No le costó demasiado llegar a la cúspide. Un camino, que parecía creado especialmente para ella, le iba señalando las zonas más cómodas y menos peligrosas para ascender. Cuando llegó tan arriba que las nubes le dificultaban ver el suelo, encontró la entrada de una gruta. ¿Iba Kury a pensárselo, dudar o tener miedo en acceder a ella? ¡Por supuesto que no!

En cuanto se adentró en la cueva, el sonido del viento exterior mermó y un expectante silencio se hizo su compañero. Increíblemente, las motas de esa extraña nieve se habían colado hasta el interior de la caverna y ¡brillaban! Como pequeñas luciérnagas blancas iban pincelando de luminiscencia el camino hacia lo más profundo de la montaña.

De forma asombrosa, fue descubriendo la abundante vida que habitaba aquella brecha en la tierra. Setas, de todas las formas y colores; flores, de increíbles aspectos y olores; pequeños roedores, que se escabullían en cuando la veían; incluso alguna mariposa, que revoloteaba frente a su cara intentando averiguar quién era la intrusa. La pequeña no estaba asustada, al contrario, sus ojos se maravillaban ante todo lo que encontraba. Le divertía aquel extraño mundo que de alguna forma se había mantenido oculto de todo, y de todos, durante el tiempo, porque nadie se atrevía a acercarse a aquella montaña.

Cuando ya estaba muy adentro de las entrañas de aquella mole, comenzó a escuchar un tenue siseo. Primero, se detuvo recelosa, ¿podría ser una serpiente? Luego, agudizó sus oídos y comprendió que era demasiado intenso y grave para ser emitido por un pequeño reptil. Si era una serpiente tendría que tener un tamaño impresionante. Como todos imaginaréis, no se amedrentó y siguió adelante para averiguar su origen.

El sonido se fue haciendo más potente y estruendoso, hasta hacerse reconocible. ¡No se lo podía creer! Parecían… No… ¿¡Eran ronquidos!?

No tardó en comprobarlo. El camino terminó abruptamente abriéndose a una inmensa caverna, tan grande como la propia montaña. Y en su interior estaba el dueño de los ronquidos: un imponente troll que parecía dormitar plácidamente en su aislado cubículo.

Era gigantesco y parecía muy viejo. Tenía unas inmensas barbas blanquísimas y una melena también cana y muy espesa, aunque dejaba ver una pequeña, lisa y sonrosada tonsura que apenas tapaba una diminuta corona. A Kury no le pareció, en absoluto, el monstruo aterrador y horrendo del que hablaba la leyenda. Al contrario, le resultó adorable.

Dibujo, digital y realista.
Desde la salida de un túnel a una caverna, una niña, de espaldas a nosotros, observa a un gigante.
Solo se ve su cabeza, de aspecto muy viejo, con una gran narizota, grandes barbas y pelo blancos y una pequeña corona.
La oscuridad del túnel y la apertura de la caverna, sirven de marco al posible diálogo de los dos personajes.
Imagen de Willgard Krause en Pixabay.

Se sentó en la cornisa, dejando los pies colgando hacia el interior de la caverna. Se regodeó observando al extraño habitante de la montaña sin decidirse a despertarlo. Si lo sacaba súbitamente de su sopor podría no comportarse de una manera tan dulce a su apariencia.

Así se pasó varios minutos donde escrutó con ojos ávidos cada rincón de la gruta, cada detalle de la insólita indumentaria del troll y cada mohín que este hacía en su apacible sueño que, a veces, le causaba alterados espasmos que a Kury le resultaban tremendamente divertidos.

Cuando se cansó de esperar, parecía que aquel dormilón fuera a prolongar su siesta hasta el final de los tiempos, comenzó a idear la forma de despertarlo sin provocarle ningún sobresalto.

Empezó lanzándole pequeños guijarros que iba recogiendo del suelo, pero estos rebotaban en él sin causarle la menor molestia. Uno incluso le pegó en su oronda, bulbosa y gran nariz, pero se rascó con los dedos de una de sus manazas y siguió en su plácido descanso.

Viendo que no tenía nada más a mano para tirarle y que no encontraba otra forma, se decidió por hablarle. Primero en un tono bajo y dulce:

—¡Viejiiitooo con barbiitaaas… despieeertaaaa!

Luego levantando algo la voz:

—¡Dormilón de la caveeernaaa… espabílaateee!

Para, finalmente, desesperada, elevar indebidamente la voz:

—¡¡¡ABRE LOS OJOS!!!

Su voz no debiera haber sonado más fuerte que el soniquete de uno de los muchos grillos que habitaban esas oquedades, pero Kury no contó con el travieso eco que dormitaba junto al troll. Su grito se fue amplificando y retumbando de pared en pared. Golpeo el suelo y el techo y desde allí le dio una tremenda trompada en las fosas nasales al lirón durmiente.

La niña, temerosa de la reacción del gigante, se cobijó dentro de la cueva y vio como el troll se despertaba sobresaltado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —balbuceó totalmente adormilado y asustado.

Su voz no prorrumpió de forma abrupta y tosca, como cabía esperar, e incluso el eco pareció desentenderse de ella y seguir durmiendo sin afectarla. Tu tono era dulce y afable. Sentía más curiosidad que enfado.

Kury siguió escondida unos instantes hasta que, ante la insistencia del troll interpelando al silencio, decidió asomarse tímidamente y presentarse:

—Soy yo —dijo, modulando y azucarando su voz.

—¿Quién? —repitió el troll.

—¡Yo! —Volvió a repetir la pequeña.

—¿Y quién eres Yo? ¡Muéstrate que te vea! —solicitó un poco impaciente el gigante.

Kury fue dejando la invisibilidad que le otorgaba la oscuridad de su escondite y se mostró, tímida y solícita, haciéndole una reverencia.

— Kurioshity de las tierras fértiles, para servirle a usted y a sus barbas.

El troll mostró primero gran sorpresa y admiración. Luego al ajustar sus ojos y contemplar mejor a la pequeña criatura que se asomaba por la gruta, estalló en unas inmensas y estruendosas carcajadas.

La niña no se sintió ofendida, sino que lo acompañó en sus risas y durante unos segundos parecieron ser dos amigos entrañables que se encontraban después de mucho tiempo.

Cuando el troll consiguió calmarse, se secó las lágrimas, que hacían mucho tiempo que no bañaban su cara, y le preguntó a la pequeña:

—¿Quieres servir a mis barbas?

—Bueno, en realidad era una forma amable de presentarme, pero me encantan esas barbas tan grandes, blancas y brillantes.

—¡Vaya! Muchas gracias. Son casi tan viejas como yo —respondió en tono festivo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocerte —exclamó Kury, sin ningún reparo.

—¿A mí?

—Sí. A ese ser tan monstruoso, horripilante y apestoso que la gente dice vivía aquí —dijo de manera pomposa. Añadiendo sutilmente un guiño que exageró cómicamente, para que el troll pudiese percibirlo bien.

El gigante hizo un mohín y se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pasa con las leyendas, se van desvirtuando y creciendo con la imaginación de la gente. Por desgracia, al ser muy diferente a ellos me han convertido en un monstruo, aunque hace muchísimo años que nadie me visita. En realidad, no creo que viva nadie que me recuerde.

—¿Cómo te llamas?

—Schofengonfeitenweger —dijo, con gran afectación, y su nombre resonó en cada piedra de la caverna con un reverenciado eco.

—Schof… Schofien… Scochofe… —intentó repetir la pequeña con escaso éxito.

El coloso prorrumpió de nuevo en atronadoras carcajadas y la chica rio con él.

—¿Es verdad que te encerraron aquí? —volvió a interrogar la chica sin cejar en sus inquietudes por conocer todos los detalles.

—¿Encerrarme? ¿Quién? ¿Y por qué? Nunca le hice daño a nadie.

—¿Entonces qué haces aquí dentro?

—Esa es una gran pregunta —dijo el barbudo soltando un par de risotadas. Se lo pensó un instante y luego prosiguió.

»Esta es mi casa. Soy un troll de las cavernas. Aquí nací y crecí. Desafortunadamente, no fui consciente de que puedo hacerlo de forma desmesurada si no me controlo, pero como me gusta tanto comer, crecí, crecí y me agrandé de tal forma que ya no puedo salir de aquí.

»Sin embargo, en realidad ese no es ningún problema. Los trolls de las cavernas vivimos siempre ocultos y en las profundidades de estas cuevas, solo salimos por curiosidad o para comprobar que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Aunque en mi caso, tengo a mágicos confidentes que me informan y ponen al corriente de todo.

—¿Trabajar? —exclamó la chica muy sorprendida—. ¿Tú también tienes que trabajar? ¿Qué haces?

—Soy el GUARDÍAN de la naturaleza —dijo de forma solemne—. Me encargo de controlar que cuando los hombres la dañan con sus acciones, esta no responda de forma desproporcionada y cruel. Yo la apaciguo y la llevo de nuevo a la paz y la armonía.

—¿Y cómo haces eso?

—Bueno, hay muchas formas de hacerlo: Cantándole una dulce melodía, contándole algún cuento divertido o, simplemente, hablándole de forma dulce y sosegada. La naturaleza es sabia, paciente y comprensiva y yo soy un maravilloso cuentacuentos, cantante y adulador. Al contrario que los hombres, ella enseguida comprende que no hay nada positivo en la venganza y la ira. Con mi consejo y su buen juicio, la naturaleza vuelve a su cauce y no se producen demasiados cataclismos.

—Pues entonces, me parece que, últimamente, no haces muy bien tu trabajo —le espetó la pequeña con descaro e insolencia.

—Bueeeenoooo —respondió el troll afligido y sonrojado—. Es que a veces me quedo dormido profundamente y me cuesta mucho despertarme. En esos instantes todo puede descontrolarse y desmadrarse.

»Antes tenía una amiga que me despertaba cuando veía que dormía demasiado tiempo, pero tuvo que emigrar para buscar pareja y formar una familia. Así que me quedé solo. Como paso tanto tiempo aquí, sin poder salir y aburrido termino cayendo sin remedio en el confortable sueño.

—Ya veo —musitó Kury dubitativa—. ¿Y no has encontrado quién la sustituya, claro?

—Bueno, ya sabes el por qué nadie se atreve a visitarme.

—Estoy pensando…

—¿El qué? —inquirió el troll impetuoso.

—¡Espera, no seas impaciente! Déjame meditar un momento.

Durante unos instantes, que al vehemente gigante le parecieron eternos, la chica se quedó callada y pensativa, tramando, seguramente, alguna de sus increíbles travesuras. El troll empezó a pensar que se había quedado dormida, cuando ella volvió a reaccionar:

—Se me está ocurriendo… Según dices, cuando la tierra se enfada con nosotros responde con tormentas, terremotos, inundaciones, todas esas cosas que nos amenazan y hacer peligrar nuestras vidas. ¿Verdad?

—Exactamente.

—Y tú eres el encargado de calmarla, pero no puedes hacerlo si te quedas dormido.

—Lo has entendido perfectamente.

—Además, sabes cantar y contar maravillosos cuentos y… a mí me encantan las dos cosas.

—¡Mira qué bien!

—¡Ya está!

—¿Quién? ¿El qué? ¿Dónde?

—Yo seré tu despertadora.

—¿¡Cómo!?

—Sí, cuando vea que la tierra se pone traviesa vendré corriendo y comprobaré que estás despierto o, en caso contrario, si has caído como un tronco, te despertaré. A cambio, podré disfrutar de esos momentos que tanto dices que le gustan a la madre naturaleza.

—¿Harías eso?

—¡Claro que sí!

—Entonces… ¿Serás mi nueva amiga? ¿Vendrás también, de vez en cuando, para hacerme compañía y contarme historias?

—A su servicio, señor shofengo… Scochafle… Señor barbitas.

Y ambos volvieron a reír cómplices y amigos.

De esta forma, Kury encontró por fin a alguien con quién nunca se aburría, que siempre la colmaba de nuevas historias y que la hacía disfrutar de maravillosas canciones. Además, durante el tiempo que se encargó del perezoso troll, la naturaleza se mostró agradecida y no se ensañó con los descuidados y maleducados hombres que la maltrataban. Su amistad y compañía fue pasando de generación en generación y el monstruo de la Montaña Nevada nunca más se sintió solo y abandonado. Aunque la leyenda siguió mostrándolo horrible y grotesco. De esa forma, se evitaba que la montaña se convirtiera en un centro turístico y así se respetaba el hogar del GUARDIÁN de la naturaleza.

Relato propuesto para el Desafío Literario BLA BLA BLA, del blog FantEpika, de Jessica Galera (@Jess_YK82):
Crea una historia con diálogo para la imagen y usa el Elemento Oculto
(Elegido el Nº.3): El Guardián

PD. Imagen de la cabecera de Kinkate en Pixabay

Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

VadeReto (Noviembre 2021)

Descripción del logo.-
De fondo, una mesa de escritorio, con avíos de escritura: Cuaderno abierto con borrones, una cartera, un cubilete con lápices, un despertador y, destacando, una pluma roja de ave dentro de un tintero. Todo esto queda enmarcado por una corona de laurel dorada. La parte exterior, queda oscurecida. En la parte inferior, aparece en horizontal, una cinta, también dorada, donde aparece escrito el texto "VadeReto" y debajo de éste el mes abreviado y el año, dentro de un rectángulo plateado.
Para el reto de este mes, lo he personalizado añadiéndole una sonrisa blanca, estilo smile, con guiño del ojo izquierdo, sobreimpresa en toda la imagen.
Para ir a los relatos participantes, pulsa AQUÍ.

Buenos días/tardes/noches sean…

Entramos en el mes de la Pre-Navidad. Aunque en algunos lugares ya se han decidido a poner bombillitas, arbolitos, villanciquitos y demás parafernalia festiva. No entiendo tanta bulla en adelantar las fiestas y agrandar su tiempo. Luego no quieren que estemos saturados al llegar a ellas. Aunque, bueno, mientras sea para que la gente disfrute. Pero no seáis derrochones que luego llegan los llantos en enero. 😜😝

En el VadeReto de este mes vamos a dar un brusco giro literario con respecto al anterior. Ya habéis demostrado de sobra que sois capaces de asustar, poner los vellitos de punta y acelerar el corazón como el bombo de una chirigota. 🥁💓

¿Que tal si dulcificamos un poco el reto?

Fotografía en blanco y negro de un bebé. Se encuentra arropado por una inmensa toalla, aunque solo le tapa sus partes vergonzosas. ;)
Lo más significativo es su preciosa cara sonriente con media lengua fuera. Sus ojitos, semi cerrados por la risa, muestra una inmensa alegría.
Imagen de Pexels en Pixabay

No, tampoco hace falta que os pongáis empalagosos y moñas. O sí, vosotros veréis.

El tema de este VadeReto es la SONRISA.

No, tranquilos amigos dentistas. No empecéis a salivar. ¡No hay por qué enseñar los dientes! 😂😂😂

Os invito a crear un relato positivo, alegre, de bueno humor, con o sin chistes, que contagie una sonrisa al lector.

Pero, vamos a poner una segunda condición: que la historia esté protagonizado por NIÑOS.

Niños jugando:

Fotografía con tonalidades sepia, como en una puesta de sol, que muestra a varios niños jugando, corriendo tras llantas de ruedas. Sus cuerpos se muestran tenuemente, casi en siluetas, pero se puede ver, perfectamente, que están disfrutando mucho.
Imagen de Tri Le en Pixabay

NIños riendo:

Dos chicas se lo están pasando bomba mojando sus manos en una fuente. Como el agua les salpica se retuercen de risa. El agua cae desde arriba y el chorro se deforma al tocar sus manos.
Imagen de Free-Photos en Pixabay

Niños bailando y cantando:

Una pequeñaja, muy rubia y con cara de traviesa, baila en lo que parece una playa. El entorno está difuminado, así que solo se ven unos troncos apilados en forma de gran fogata o cabaña. La chica lleva un vestido púrpura con adornos y juega con una especie de estola.
Imagen de Zinz25 en Pixabay

O Niños… simplemente… haciendo de Niños:

Tres niños juegan dentro de un lago. Dos de ellos le echan agua al tercero que se sitúa en el centro. El agua aparece congelada en el momento de caer sobre el chico, gracias al momento del disparo fotográfico.
Imagen de Sasin Tipchai en Pixabay

Aunque también hay Niños disfrazados de ancianos… 😉

Un anciano, de barba blanca, aunque corta, aparece disfrazado de arlequín. Resalta el color rojo de su vestimenta y gorro, con ribetes verdes.
Su pequeña sonrisa y sus ojos me representan al niño interior que está disfrutando.
Imagen de Siggy Nowak en Pixabay

Como siempre, tenéis libertad para elegir el género, la trama, los personajes. Perooooo… Esta vez vamos a intentar evitar los terrores, la sangre, los sustos, los malos rollos y disgustos. Que esta historia nos haga sonréir el corazón.

«El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.»

Pablo Neruda

«Ciertas imágenes de la infancia se quedan grabadas en el álbum de la mente como fotografías, como escenarios a los que, no importa el tiempo que pase, uno siempre vuelve y recuerda.»

Carlos Ruiz Zafón

¡Dejad que vuestros niños interiores se transformen en protagonistas de las aventuras que os gustaría disfrutar!

Besos Múltiples, Abrazos y achuchones.
😊😉😘😘😘

RELATOS PARTICIPANTES:
(por orden de escritura):

BLA BLA, de Marlen Larrayoz (Trujaman)
Blog Comentario
BAILAR CON EL VIENTO, de Ana Piera
Blog Comentario
LA CLASE DE CATECISMO, de Nuria de Espinosa (MisLetrasLiterarias)
Blog Comentario
AMIGO ¿IMAGINARIO?, de Lola García (loquevalelapena)
Blog Comentario
LA JUSTICIA POR SU MANITA. (Juicio en Tres Actos), de Isra (ElDestrio)
Blog Comentario
CHIQUILLADAS, de Virtudes Torres (Vitolosa)
Blog Comentario
DUELO EN EL O.K. (El Otro Korrá), de Jose Antonio Sánchez (JascNet)
Blog
EL NIÑO DE LA SALA DE JUEGOS, de JM Vanjav
Blog Comentario

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El primer enlace corresponde a la publicación en el blog personal (cuando lo haya),
el segundo, al comentario de aviso en esta entrada
para que podáis expresaros, comentar, interpretar o lo que os apetezca sobre el relato.

Mi Primer Viaje

Hoy voy a hacer mi primer viaje. Es normal, tengo solo tres añitos. Cuando mis padres me dieron a elegir, no lo dudé ni un segundo, ¡quiero volar! Tuvimos que esperar al fin de semana y se me hizo más largo que la espera de la merienda. Estoy nerviosa y asustada, ¿Qué se sentirá siendo como un pájaro?

El trayecto en coche es corto, aunque se me ha hecho interminable. El «¿Falta poco papi?» se me ha escapado demasiadas veces. Menos mal que ellos tienen más paciencia que yo. A mami se le han ocurrido un montón de canciones de viajes y al final no me he dado cuenta de que habíamos llegado.

El sitio es muy grande y está lleno de gente. Debido a mi altura no puedo ver nada, por eso le cojo la mano a mi papá y la agarro muy fuerte, me da miedo perderme entre tantas personas. Avanzamos, casi sin espacio, y yo me agarro también a mi mami para que no se pierda ella. ¡Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para viajar hoy mismo!

Por fin salimos a una zona, donde hay menos gente, y el sonido atronador de los altavoces me retumba en los oídos y tengo que tapármelos. Aparece una chica joven, muy simpática y guapa, con pinta de azafata. Me dedica bonitas palabras y su sonrisa me tranquiliza. Habla con mi padre, asiente convencida y me tiende la mano, invitándome a que me agarre a ella. Yo miro a mis padres y ellos me empujan con la mirada a que lo haga, pero no me suelto de mi papi. Él intenta convencerme, dice que tengo que entrar yo sola. ¿Yo sola? Me empiezo a poner muy nerviosa. Él consigue desasirse y la chica me arrastra con ella, con dulzura, pero inflexible. Yo me dejo llevar, aunque estoy tan asustada que no reacciono hasta que lo veo.

¡Allí está el avión!

¡Es precioso! Tiene un color rojo intenso, con las alas amarillas y como un ventilador en la punta. Brilla con la luz del sol y… aunque es grande… no lo parece tanto como cuando lo he visto por la tele.

Llegamos a unas escaleras, pero sus escalones son demasiado altos para mí, así que la chica me coge en brazos y me suelta al subir a la plataforma. Me lleva hasta un asiento y su gran sonrisa se despide con mucha dulzura. Me entra una tristeza involuntaria y mis ojitos se empañan con la aparición de tímidas lágrimas. Quiero ver a mis padres, pero, cuando giro la cabeza intentando buscarlos, se encienden todas las luces deslumbrándome y una música espantosa comienza a berrear dejándome casi ciega y sorda.

El avión tiembla, se estremece, se mueve… ¡Vamos a despegar!

Todo ocurre demasiado rápido. Primero el avión avanza muy lentamente y luego va cogiendo velocidad poco a poco. El estómago se me encoge y el aire, que me golpea en la cara, seca rápidamente mis lágrimas. ¿Ya ha comenzado mi viaje?

Siento como el corazón me late con más fuerza y mis manos se ponen blancas por la fuerza con que me agarro. Comienzo a oír gritos, risas y algún aplauso. Todas son voces de niños. Yo cierro la boca muy fuerte, no quiero tragarme ninguna mosca. Al mirar por la ventanilla, ¡veo a mis padres! Pero desaparecen rápidamente. Antes de que me dé tiempo a asustarme, aparecen de nuevo. Desaparecen y vuelven a aparecer. Se van y vuelven. ¿Qué misterio es este?

El avión ahora va muy rápido y siento como el aire me mantiene en volandas. Como cuando papi gira conmigo en brazos. ¡Es una sensación maravillosa!

Ahora que mis ojos se han adaptado a la luz del ambiente, miro a mi derecha y veo… ¡¡¡Un caballo con alas!!! Miro hacia atrás y me persigue… ¡Un conejo montado en un globo! A su lado… ¡Un delfín vuela con sus aletas como si fueran alas! Encima de cada uno hay un niño riendo, gritando, disfrutando del viaje. Todos menos uno, más pequeño, que no para de llorar. La risa de todos los demás me contagia y yo también me pongo a reír.

Aunque estoy dentro del avión, levanto los brazos y simulo ser un pájaro y… ¡Vuelo!

—¡Es reconchimegashuli! —grito. No sé lo que significa, pero se lo he escuchado a un compi del cole. Por la expresión de su cara, viendo en su mano una chocolatina, tiene que querer decir lo mismo que yo ahora siento.

Mis padres siguen apareciendo y desapareciendo hasta que una música muy chula nos avisa que el viaje toca a su fin. Poco a poco nos vamos parando y, transcurridos unos segundos, vuelve a aparecer la chica simpática, me coge en brazos y me lleva con mis padres.

—¿Te ha gustado? —me dicen al mismo tiempo los dos. Yo les digo que sí moviendo muy rápido mi cabeza y abro los ojos mucho ante su pregunta—. ¿Quieres dar otra vuelta en el Tiovivo?

—¡Claro que sí! —les respondo—. Pero ahora quiero montarme sobre una paloma.

¡Me encanta volar! ¡Cuándo sea mayor quiero ser pilota!

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Inventa una historia que se desarrolle en el interior de un avión o similiar.

(Imagen de la cabecera de Gerhard G., en pixabay.

Apocalipsis Familiar

El ruido en la cocina y los aromas que emergían de ella hacían profetizar un auténtico banquete. Paco terminaba de darle el punto a la comida y Juana salió para poner la mesa para los cuatro. Mientras, la televisión, con ausente audiencia, daba machacona, por enésima vez, las noticias sobre la pandemia y la implantación de las vacunas.

—¿Dónde se habrán metido los niños? ¡María! ¡Leo! ¡A comer! —llamó su madre desde el Salón— ¡Como tenga que subir a buscaros os la vais a ganar!

El padre se acercó a la mesa con una tremenda palangana de plástico llena de pasta.

—Paco de mi vida, ¿así te han enseñado a emplatar los del mastershé ese? —le dijo su mujer abriendo exageradamente los ojos.

—Qué quieres cariño, no he encontrado la olla, ni la cacerola, ni la paellera, ni…

—Tú es que no encuentras nada, querido.

—Pues se habrán escondido, porque he mirado en todos los cajones y…

—¿A que voy yo y lo encuentro?

—Anda, déjate de madradas y vamos a comer. ¿Dónde están los niños?

—¡Yo que sé! Los dejé viendo la tele, pero cuando he salido ya no estaban. Se habrán aburrido y han subido a su cuarto a jugar mientras terminabas. ¡Cómo eres tan lento con la comida!

—Cariño, un buen chef necesita cocinar sin premura y con tempo.

—Tempo es lo que no tenemos. Que se nos va a juntar la comida con la merienda. ¡María! ¡Leo! —volvió a llamar a los niños —. Nada, que no bajan. Seguro que se están haciendo los sordos.

—Bueno, no grites más, que no vas a poder lucirte en el karaoke del finde —soltó Paco con ironía—. Voy a subir yo y decirles que ya está el papeo.

Juan fue a la planta superior y vio que la puerta del cuarto de los niños estaba cerrada.

—Chicos, ¿por qué habéis cerrado la puerta? ¿No recordáis las normas de la casa?

Dentro no se escuchaba ni un suspiro. Juan intentó girar el pomo, pero la puerta no se abría.

—Niiiiñooos, dejaros de juegos que se enfría la comiiidaaaa —repitió el padre golpeando suavemente en la puerta.

—¿Qué pasa? —le asustó la madre a sus espaldas, Inquieta, había subido para ver qué pasaba.

—¡Hija de mi vida! ¡Qué sigilo! Ni que entrenaras con el CSID —respondió él, dando un respingo—. No lo sé, se han encerrado en la habitación.

—Pero bueno. ¡Se la van a cargar!

—A ver, cálmate que seguro que están jugando o nos quieren gastar alguna broma.

—Es que no es momento de bromas, Paco, que la comida es sagrada.

Desesperada, Juana dio varios golpes más fuertes en la puerta.

—Niños, ya estáis castigados por haber cerrado la puerta. Sabéis que eso está prohibido. Como no salgáis ahora mismo el castigo será doble.

—Sí, tú dales buenos incentivos a los chiquillos, que se van a esconder debajo de la cama.

—Paco, que lo dices como si yo fuera un monstruo. Si tú te pusieras más severo con ellos no tendría yo que simular ser un ogro.

—¡Es que te pones tan guapa de ogra, cariño!

—No te doy con la sartén porque no la has encontrado. ¡Niños, voy a contar hasta tres y…!

Dentro se escuchó un alboroto con pequeños grititos y sonido de metal.

—¡Paco! ¡Que a los niños les está pasando algo!

—¡Anda ya! No te pongas histérica, ¿qué les va a estar pasando? —Acercando la boca a la puerta, ronroneó— Marííía, cieliiiito, abre la puerta, mi vida.

—¡No, que seguro que nos queréis comer! —emergió la vocecita de su hija desde el interior.

—¿Pero qué leches dice esta niña? ¡Definitivamente se le ha ido la olla! —exclamó su madre.

—A ver, cariño. Seguro que está de guasa. ¡Cariiiiiii, ábrele a tu papi querido!

—¡¡¡QUE NOOOOO!!! —se escuchó desde dentro una coral de dos vocecitas.

—Paco, que no me gusta el tono de los gritos. ¿Qué está pasando?

—¡Yo que sé cariño! Habrán visto algo en la tele y se han asustado. Ya sabes lo impresionables que son.

—Claro, como tú les dejas ver todo lo que quieren.

—Pero si tengo puesto hasta el pin parental ese.

—María, o abres la puerta ahora mismo o te vas a quedar sin tele, sin internet y sin postre durante tres meses —le gritó la madre a la puerta.

—Tú como negociadora no tienes precio, ¿eh Bruswili?

—Claro, como tú disfrutas con las travesuras de tu hija.

—No te pongas mandona que luego te hacen mimitos y a ti también se te cae la babita.

—El pelo se le va a caer como no abra ya mismito.

—Escúchame, pequeño monstruo. Abre solo un poquito la puerta y verás que somos nosotros. Que como tu madre tire la puerta vas a tener que pagar tú a los carpinteros —siguió bromeando su padre para convencer a la pequeña.

—¡Ofú, Leo! Vamos a tener que abrir, porque si mamá se empeña seguro que la derriba —se escuchó tenuemente la voz de ella en el interior.

Desde fuera, sintieron como el cerrojo se descorría, aunque la puerta seguía cerrada. Dentro se oyeron unas pequeñas pisadas que corrían alejándose de la entrada.

—Espera, cariño —frenó Paco a su mujer—. No vayas a entrar a lo termineitor que te conozco. Son pequeños y si les creamos un trauma nos va a salir todavía más caro la psicóloga. Recuerda lo que nos dijo en la última sesión.

Ante el bufido de su mujer, él empujó suavemente la puerta, entreabriéndola y asomándose levemente al interior. Antes de que ella pudiera acceder a la habituación, él volvió a salir, rápidamente, tapándose la boca.

—¿¡Qué pasa!? —dijo ella alarmada, temiéndose lo peor.

—Nada, nada. Míralo tú misma —le respondió él, aguantándose las carcajadas.

Cuando la madre abrió del todo la puerta pudo comprobar el tremendo berenjenal que habían organizado en la habitación. Los peluches, juguetes, pupitres y todo lo que pudieron acarrear habían sido dispuestos como barricadas para esconderse detrás. Tras los tiestos, estaba Leo con una bol ensaladera puesto en la cabeza, con el cuerpo embutido dentro de una caja de muñecas y en su mano derecha una espumadera. A su lado, en pose defensiva, María aparecía también con la cabeza protegida, en este caso, con una olla. Con varias tapas de cacerolas se había fabricado un peto y empuñaba la escobilla del váter como flamante espada.

—¡¡¡La madre que os parió!!! —exclamó Juana.

—¡Tú misma, cariño! ¿Ves por qué no podía encontrar esos cacharros? —le soltó Paco haciendo una mueca.

—Son nuestras armaduras para defendernos de vosotros —dijo la pequeña.

—Zi, nostas maduras —repitió el peque.

Montaje realizado a partir de las fotos del niño y la niña que propuse en el VadeReto.
He recortado las dos imágenes y las he insertado en la misma fotografía.
Luego, les he incorporado los utensilios mencionados en el texto y usados como armadura y defensa.
Es decir, a la niña: la olla en la cabeza, las dos tapaderas como escudos y la escobilla del WC, como si la tuviera en la mano; al niño, la ensaladera en la cabeza y se ve la parte acucharada de la espumadera, a un lateral.
Montaje realizado a partir de las imágenes:
Niña: Nathanel Love en pixabay.
Niño: Marques Edgar en pixabay.

—¿De nosotros? ¿Pero qué dices, chiquilla? ¡Paco, esta niña está peor que nunca!

Paco, intentaba, sin mucho éxito, aguantarse la risa y, poniendo una seriedad imposible, les dijo a sus hijos:

—A ver, pequeños monstruos, ¿por qué tenéis que defenderos de nosotros? ¿Es que ahora os parecemos muy feos?

—¡PACO!

—Nena, hay que seguirles el juego. Ya sabes lo que dijo la psicóloga. Nada de traumas —se volvió de nuevo hacia los niños y, dulcificando al máximo la voz se dirigió a la pequeña generala—. Dime, cielo, ¿de qué tenéis miedo?

—Porque podéis haberos convertido en shombis.

—En Shovis —repitió el más pequeño.

—¿¡ZOMBIS!? —Gritaron los dos padres a la vez.

—Sí, lo ha dicho la tele.

—Ves, Paco. No se les puede dejar solos delante de ese trasto.

—¿Qué es lo que ha dicho la tele, monstruito de hojalata?

—Que la vacuna tendrá conchacon… conchucan… conchiacuen…

—¿Consecuencias? —terminó Paco.

—¡Eso! Además, me lo contó Satu, que se lo ha dicho su padre. Que todo el que se ponga la vacuna se convertirá en un shombi.

—un Shorvi —recalcó el niño.

—¿Otra vez, el satu y el enterao de su padre! ¡LOS MATO! —gritó la madre.

Paco no podía gritar, las lágrimas ya le caían indolentes por toda la cara y le dolía las mandíbulas de aguantarse la risa. Como pudo se dirigió de nuevo a su hija:

—Monstruito, ¿tu madre y yo tenemos caras de zombis?

—No lo sé. Nunca he visto a ninguno. No sé lo que son. A lo mejor estáis empezando a convertiros.

—Tú sí que estás empezando a hacerme perder la paciencia, María —le espetó la madre.

—Contrólate, Juana, que te sube la tensión. Vale, María. Observa atentamente:

Con rápidos movimientos de pies, su padre hizo dos pasos de baile. Como la cara de María seguía con su gesto adusto y serio, prosiguió. Cruzó las piernas e hizo un giro de 360 grados terminando con los brazos abiertos como esperando los aplausos.

—¿Un zombi sería capaz de hacer esto? —le preguntó a la pequeña.

—No lo sé, pero creo que no —respondió riendo.

—Ahora tú, amorcito —dijo dirigiéndose a su mujer.

—Si pretendes que yo también haga la payasa para convencer a tu hija de que no soy un zombi es que estás borracho.

—¡Venga ya, no seas aguafiestas!

Sin dejarla reaccionar, la cogió por una mano y tirando de ella le hizo acercarse. Le puso la otra mano en la cadera y giraron juntos en un torpe baile que a punto estuvo de terminar con ambos en el suelo. Luego, cogiéndola por los hombros la hizo girar como un trompo, terminando con ella sujeta a escasos centímetros del suelo, en la postura en que terminan las parejas danzarinas de las pelis.

Los dos niños reían a carcajadas y tocaban las palmas.

—Ven, babo, babo. Ota vé, ota vé —gritaba y aplaudía el pequeño Leo.

—¡Sois los papi y mami normales! ¡Bieenn! —confirmaba María.

La madre, como pudo, se incorporó y, dejando al marido sentado en el suelo, les dijo:

—La comida lleva un cuarto de hora en la mesa y tiene que estar más fría que los pies de vuestro padre. Por si no lo sabéis, ha hecho espaguetis.

—¡ESPAGUEEETIS! —gritó la niña.

—¡TEEETIS, TEEETIS! —gritó el pequeño.

Ambos arrojaron sus falsas armas y se despojaron de sus armaduras. Leo le echó los brazos a María, que lo cogió en volandas. Saltaron sobre la inexpugnable barricada, salieron corriendo hacia las escaleras y bajaron hasta el salón para sentarse a la mesa. Mientras, Juana con los brazos en jarra suspiraba y Paco dejaba, por fin, explotar la risa que tanto llevaba aguantando.

—Desde luego, Paco, tu hija, cualquier día, me va a volver loca.

—¡Mi hija! Claro —farfulló Paco—, pero cuando está dormidita la mar de tranquilita, como un peluche, entonces, bien que es “tu hija”, ¿verdad?

Una vez pasada la falsa invasión zombi, los cuatro estaban sentados alrededor de la mesa. Reían y disfrutaban unos hermosos platos de espaguetis con queso. Cuando llegó la hora del postre, la madre se levantó y les dijo muy serios a sus hijos:

—Os traigo el postre, pero con una condición. Nunca más volváis a encerraros en la habitación y mucho menos cojáis los cacharros de la cocina. Estas cosas son sagradas y no las podéis usar para vuestros juegos.

—Ofú, mamí, es que… —empezó María.

—Ni esque, ni esca. No tenéis que hacerle caso a la tele. Para eso estamos nosotros. Cualquier cosa que os preocupe u os dé miedo, nos lo preguntáis. Además, no les hagáis caso a la gente tonta que se inventa cosas para asustar a los demás. Nadie se va a convertir en zombi. Veréis como la vacuna termina con el virus y dentro de poco podremos decirle adiós a todo esto. ¿De acuerdo?

—¡Vaaaaleee! —dijeron los dos pequeños al mismo tiempo.

—Yo también quiero decir algo —empezó a decir el padre haciendo sonar un cuchillo en un vaso.

—Paco, que te conozco —le dijo su mujer.

Los dos niños miraron a su padre atentos y con media sonrisa. Sabían que él siempre le sacaba la punta guasona a todo.

—Bueno, Juana. Es que no podemos negar una cosa. En el caso de que de verdad ocurriese un apocalipsis zombi, tenemos unos hijos valientes y guerreros que nos defenderán de esos monstruos.

Todos, incluida la madre, rompieron a reír a carcajadas y celebraron la unión familiar con una deliciosa tarta de chocolate.

Este relato forma parte de la propuesta literaria VadeReto (Enero 2021)
En este mismo blog:
Usando las fotografías de los niños debéis crear una historia llena de optimismo y alegría. Divertida, gamberra, mágica…

No es Fácil Ser un Superhéroe

Después de un duro día de batallas siempre me gusta sentarme a pensar sobre mis sufridas aventuras. A veces, creo que no merecen la pena tantas magulladuras, moratones y heridas en el cuerpo, pero, cuando veo la sonrisa en la cara de aquellos a quienes he conseguido ayudar, las ilusiones se me recargan y me empujan a seguir luchando contra los malvados.

No todos piensan así, claro. La gente que me ve por la calle corriendo detrás de un perro malvado, se pone histérica cuando tropiezo con ellos y les tiro lo que llevan en las manos. Son accidentes sin importancia. Un superhéroe no puede evitar ciertas cosas, sobre todo cuando no puede volar. Mis profesores han gastado ya decenas de bolígrafos poniéndome partes y notificaciones. Solo porque en medio de la clase me pongo a gritarles a las malvadas sombras que acechan entre los pupitres. Y mis padres… ¡¡¡Ufff!!! Esto es lo peor. Son los que menos me creen. Quieren ponerme en manos de un psicólogo o un psiquiatra. No sé cuál ha sido su última elección. Dicen que están desesperados, pero es que yo soy así. Soy un superhéroe y no puedo actuar de otra forma.

Hoy la cosa ha sido bastante complicada. Hace unas semanas llegó a clase un alumno nuevo. Un chico que no es de por aquí. Yo creo que incluso es de muy afuera. Tiene aspecto muy distinto a nosotros y habla de una forma muy rara. El color de su piel, sus ojos, su pelo… hasta su risa es distinta. No sé por qué no les gusta a los demás compañeros. A mí me encanta su forma de ser. Sobre todo su amplia, blanca y sincera sonrisa. Porque aunque lo empujen, le den coscorrones, lo tiren al suelo… él siempre responde mostrando ese brillo inocente en su cara. Eso hace que los demás se enfaden todavía más. ¡No sé por qué! No recuerdo su nombre, porque es difícil de pronunciar, pero yo le llamo Robin. Es el compañero perfecto para un superhéroe como yo.

Hoy hemos tenido que enfrentarnos solos a los matones. Solos. Porque el resto de la clase, como siempre, ha mirado a otra parte, y los profesores, siempre despistados con sus cosas, ni se han dado cuenta de la trifulca. Pero les hemos dado para el pelo. Querían quitarle el bocadillo a una chica muy pequeña y tímida. No lo hemos dudado ni medio pestañeo. Nos hemos lanzado en su defensa e, incluso, hemos conseguido que se manchen la ropa. Nosotros hemos necesitado más tiritas y mercromina, pero que sería de un superhéroe sin heridas para contar.

Robin y yo estamos acostumbrados a batirnos en duelo todos los días para defender a los compis más débiles. Aunque terminemos casi siempre en el despacho del director. Él no entiende de superhéroes y, además, siempre piensa que las peleas las empezamos nosotros. Bueno, en eso tiene razón, pero lo hacemos por una buena causa.

Pero esto no ha sido lo más difícil. Al salir de la escuela hemos visto, en uno de los árboles del jardín, cómo un precioso, colorido y gran pájaro estaba enredado entre sus ramas. Sus graznidos sonaban muy fuertes y como con eco. No entendíamos cómo había podido meterse allí dentro él solo. Tal vez, alguien malvado lo empujó allí y luego se fue corriendo huyendo. La gente malvada es así de malvada. Cuando Robin y yo lo hemos visto, no lo hemos dudado ni un pestañeo. Como él es más grande y fuerte que yo, me ha ayudado a subir al árbol para sacarlo de allí. Ha sido un poco difícil, pero al final lo hemos conseguido. Bueno, lo ha conseguido él. Me ha aupado hasta la rama, yo he podido encaramarme a ella y… Parece que el pobre pájaro estaba muy asustado, porque la ha emprendido a picotazos conmigo. Se ha puesto muy alterado y a punto he estado de tirar un nido con huevos que había cerca. Menos mal que mi súper-agilidad y mi súper-velocidad han evitado que se cayeran del árbol. Los huevos, yo he terminado desplomándome encima de Robin. Sin embargo, el pájaro ha salido volando y gritando. ¡¡¡Misión cumplida!!! Otra colección de tiritas y moratones para presumir de la batalla. Pero eso es lo de menos cuando se hace feliz a un pajarete. Aunque el muy travieso no se ha parado ni a darnos las gracias. Estaría demasiado asustado y loco, porque cuando nos íbamos, hemos visto que se empeñaba en volver al árbol. Bueno, él sabrá. No puedo estar todo el día ayudándolo a él, hay más gentes que necesitan de nuestra ayuda.

Luego, cerca de casa, una mujer mayor. Mayor quiero decir de más edad. Vamos que parecía vieja. Pero no les gustan que las llames así. Mujer mayor les parece menos insultante. Aunque yo no la estaba insultando. Bueno, pues esta mujer vieja estaba tirando de un carro lleno de trastos y parecía que pesaba mucho y le costaba moverlo. Robin y yo no lo hemos pensado ni tres pestañeos. Sí, un poco más que con el pájaro, porque la cara de la vieja mayor no era muy amigable. No hemos hecho caso de sus gritos y la hemos ayudado a subir el carro a la acera. El escalón era demasiado grande y ella estaba atascada intentando empujarlo. Muchos tiestos de los que llevaba en el carro se han caído al suelo. No se han roto, porque ya estaban bastante averiados. De hecho, creo que eran bastante viejos y muy estropeados y sucios. Pero no seré yo el que le diga a esa señora vieja lo que tiene que comprar o no. Cuando la hemos dejado felizmente, encima de la acera, parece que quería abrazarnos, aunque a mí me ha dado cosa, su ropa estaba un poco sucia. Luego se ha puesto a gritar, supongo que de alegría, pero como no tiene dientes no se le entendía muy bien. Además, parecía que quería bajar el carro de la acera, otra vez. A lo mejor es que es muy indecisa. Quizás es que ha visto como lo hemos hecho nosotros y ha querido probarlo por ella misma. ¡No importa! ¡¡¡Otra misión cumplida!!! No, tampoco nos ha dado las gracias, pero un superhéroe no espera gratitud de la gente. Solo nos contentamos con una sonrisa. Aunque la de esta mujer asustaba un poco, al no tener más que un par de dientes.

Pero el trabajo de hoy no había terminado. Por eso digo que ha sido un día muy duro. Al llegar a casa, antes de despedirnos Robin y yo, hemos visto que mamá se había olvidado de sacar unas cajas para que las recogiera el camión de la basura. Eran unas cinco cajas de cartón muy pesadas. Hemos tenido que sudar bastante y sacar nuestra súper-fuerza, pero después de mucho lo hemos conseguido. Justo por los pelos. El camión ha llegado escasos segundos después de que nosotros hubiéramos sacado la última caja. Los empleados de la basura son muy curiosos y no han dudado ni dos pestañeos en mirar lo que había dentro de las cajas. Se han puesto muy contentos al verlo. Creo que estaban muy felices de que les hayamos ayudado.

Robin se ha ido ya a su casa para comer y estudiar. Yo aún tengo que hacer mi reflexión diaria. Me escuecen las heridas y me siento muy cansado. Sin embargo, ya lo dice mi superhéroe favorito: «¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos».

Necesitaré unos minutos más para dejar aquí al superhéroe y entrar en mi casa siendo de nuevo solo un niño. Aunque antes, intentaré calmar a mi mami. Está como loca gritando: ¡¡¡Quién se ha llevado mis cajas de libros!!! Parece que hay ladrones por el barrio. Está muy claro. Este vecindario no sería lo mismo sin un superhéroe como yo.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de la imagen propuesta.