Con Paciencia No Hay Arrebato

Imagen que muestra la carta y el dado propuesto para el reto.
En el dado aparece una mano y en la fotografía, una señora de pelo blanco que dormita sentada en una silla junto a una mesita con una tetera y una taza. De su cabeza sale algo parecido a un árbol y en cada rama unos cartelitos.
Carta y dado para el reto. Imágen de Lídia.

La abuela Maia tenía el don de la sabiduría y de la paciencia. Cuando la veías dormitar, podías imaginar sus pensamientos germinando y creciendo como las ramas de un árbol. Tenía un truco infalible para calmarnos. Cada vez que nos enfadábamos y la cólera nos hacía perder los estribos, nos ponía en la mano un fósforo, nos miraba, con esos ojos llenos de dulzura e indulgencia, y nos susurraba: «La próxima vez que la ira quiera controlarte, enciende la cerilla, espera y mira cómo se consume». No fallaba, al terminar, ya no nos acordábamos de por qué nos habíamos enfadado.

Maia es diminutivo de Maya. Procede del griego y tiene el significado de “madrina, nodriza, ama”.

Microrrelato para el Reto Literario “Escribir Jugando
de Lídia Castro (@lidiacastro79)
Crea un microrrelato o poesía (máx 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer la imagen del dado: mano/manos
Reto opcional: Que aparezca la palabra: Cerilla.

Mucho Más Que Uno

Imagen metafórica de una pareja. Usando la técnica del "modern art", un hombre y una mujer, desnudos, de cintura para arriba, se encaran.
De sus cabezas salen algo parecido a ramas y mariposas.
Todo con colores muy fuertes.
Muy impactante.

Nos amamos y nos odiamos. Nos buscamos y nos perdemos. Nos estorbamos cuando estamos cerca y nos echamos de menos al alejarnos. Nunca entenderemos que este juego que nos traemos entre manos se llama AMOR. Nunca podremos estar solos, porque somos muchas vidas dentro de nuestra propia y única existencia.

Audio propuesto para la inspiración del reto.
Hugh Laurie – Unchain My Heart (YouTube)

Microrrelato publicado en el Reto “Emociones en 50 Palabras
de Sadire Lleire (@SLleire)

Este reto consiste en escribir, cada mes, un microrrelato o poesía inspirado en la imagen o el sonido propuesto, pero con tan solo 50 palabras.

La Navidad del Señor Elliot

El señor Elliot se ha quedado embobado mirando ese hermoso juguete de porcelana en el que una bailarina gira al son de una hipnótica melodía hasta que, finalmente, hace una reverencia y la cajita se cierra. El viejo se ajusta sus gafas redondas y esboza una sonrisilla desde sus finos labios antes de entrar en aquella vieja tienda de juguetes para llevarse a casa el objeto de su embelesamiento. Después, se sube las solapas de su raído abrigo marrón y regresa a la calle. Llama su atención un coro de niños entonando un bonito villancico al lado de aquel enorme árbol cuyas luces parpadean en el centro de la plaza, dotando al pueblo de una amalgama multicolor que por momentos lo ciegan.

El señor Elliot camina despacio a través de las calles mojadas, donde los copos que empiezan a caer se funden, y no tarda en llegar a la humilde casa en la que lleva viviendo más de cincuenta años. Desde la ventana, atisba ya esas orejillas que lo esperan impaciente. Su fiel Labo, un viejo labrador que lleva con él diez inviernos y al que el frío acobarda. Aquella tarde ha preferido dejarlo en casa y el animal lo recibe con el entusiasta movimiento de su cola mientras él se deshace en carantoñas.

Imagen de Patrycja1670 en Pixabay

Labo regresa al sofá, donde se ahovilla, mientras el señor Elliot se quita los guantes y se frota las manos, tratando de entrar en calor. Después, azuza el fuego de la chimenea y camina hasta la bolsa para sacar el bonito juguete, que coloca sobre la repisa, sonriendo. Su arbolillo trata de emular con osadía y orgullo al que engalana la plaza y aunque sencillo, para él es el más hermoso del mundo, pues fue el que su difunta esposa, Emily, escogió.

Se asoma a la ventana y se deleita en esa vida sencilla que discurre al otro lado del cristal. La noche de Navidad se acerca y él la pasará solo, como es habitual. A pesar de todo, pocas cosas son capaces de borrarle la sonrisa porque el señor Elliot ha hecho de los recuerdos un sostén para los días tristes y no una carga que lo debiliten.

La nevada arrecia y el señor Elliot acude a la campanilla de su horno, avisándole de que el asado está listo. Se sirve en un plato y le pone su ración a Labo, que ha cambiado su lugar en el sofá por la alfombra que queda frente a la lumbre. El viejo se sienta en su mecedora y mira al perrillo con ojos brillantes.

—Feliz Navidad, Labo.

**************

Un golpe despierta al señor Elliot, que se ha quedado endormiscado en su chimenea, con el plato sobre su regazo. Labo lo mira, con el cuello erguido y expresión inquieta. El hombre se levanta con dificultad, convencido de que han llamado a la puerta y cuando abre…

… el frío se adueña de toda la estancia instalándose cómodamente en el sofá, como si hubiera sido expresamente invitado. El señor Elliot mira hacia fuera, pero solo ve la oscuridad salpicada de motas blancas. Los copos de nieve crean una ligera lluvia blanquecina que, gracias a la inmensa y plena luz lunar de esa noche, parecen cortinas de luces que caen desde el cielo.

Cuando se dispone a mirar fuera, por si se trata de niños traviesos jugando al esconder, Labo lanza dos grandes y profundos ladridos dirigidos hacia la puerta, más concretamente, hacia la parte inferior del portal. El señor Elliot baja la vista y ve con inusitada sorpresa a un nisse, un pequeño y curioso duende. Apenas le llega a la altura de la rodilla, y eso contando con su gorro cónico rojo. Este se sustenta sobre dos grandes y puntiagudas orejas, que eliminan la primera impresión de que se trate de un niño. Podría parecerlo, por cara lampiña sin un solo pelo y unos inmensos y profundos ojos azules. Sin embargo, mirados con fijeza, muestran una extensa vida acumulada. Una chata y rechoncha narizota, junto con una risa traviesa y pícara, dan colofón a la extraña criatura. Debe alimentarse bien, porque su blanca camisa no consigue taparle la barriga. Le queda al aire libre con el ombligo como ojo vigilante y avizor. Lleva unos pantalones rojos, sujetos milagrosamente por tirantes, y unos escarpines del mismo color.

Ante los ladridos de Labo, el duende le hace burlas, moviendo sus manos y sacándole la lengua. El perro le lanza un nuevo ladrido  y el duende le hace una pedorreta que suena tan fuerte que el animal sale asustado y se esconde bajo la mesa camilla.

—¡Pero bueno! —exclama el señor Elliot mostrando en sus ojos la sorpresa por la insólita aparición—. ¿Quién diablos eres tú? ¡Debo estar soñando!

—Puede que sí, puede que no —responde el duende con una voz mucho más aguda y grave de lo que aparenta su tamaño—, pero seguro que diablo no soy.

El señor Elliot se frota los ojos y se pellizca las mejillas, pero la extraña y pequeña criatura sigue allí.

—¿Tienes algo dulce? Me encantan los bastones de fresa. —El duende no espera la invitación y se cuela en el salón. Inspecciona todo con las manos en la espalda y aires de superioridad. Se queda mirando el árbol y dice de forma irónica—. Menudo gigante has colocado aquí, ¿eh?

—Escúchame, loqueseas. No voy a permitir que entres en mi casa para que te burles de mis adornos navideños —intenta el señor Elliot endurecer la voz para expresar su enfado, aunque en realidad le está divirtiendo el extraño personaje.

—Puedes llamarme Enno. Y no tienes que permitirme nada, ya estoy dentro —La risa que suelta es tan estruendosa que el pobre Labo, que había sacado su hocico por debajo de la falda de la mesa, se vuelve a esconder aterrorizado.

El duende da pequeñas carreras y tímidos saltos subiéndose por todos los muebles, desafiando su poca atlética apariencia. Toquetea todo lo que encuentra en su camino. El señor Elliot se queda absorto, sin decidirse a salir corriendo detrás de él para recoger lo que va tirando. Cuando Enno llega a la repisa ve la cajita de la muñeca de porcelana y no duda en hacerla bailar. Se queda totalmente embelesado ante el maravilloso juguete. Esta vez, el señor Elliot no lo duda, se acerca diligente y se lo arrebata de las manos ante la posibilidad de que en su torpe travesura lo rompa.

—¡Ey, que no soy un manazas! Tienes ante ti a un artesano profesional y te quedarías embobado viendo mis creaciones artísticas.

—Sí, vale, lo que tú digas, pero ¿puedes explicarme qué diantres haces en mi casa?

—Vale, vale. No te enfurruñes. También soy mensajero y vengo de parte de la Señora Fríolinda.

—¿Frío… linda? ¡No he escuchado ese nombre en mi vida!

—¡Y no me extraña! —ríe Enno—. No es una dama que suela pasear por las calles como cualquier vulgar viandante. Es toda una Señora. Yo diría que una Reina. Hasta una diosa… Pero no se te ocurra decirle que yo la he llamado así —dice bajando la voz y poniéndose un dedo en los labios—. No le gustan los títulos —termina entre susurros.

—¿Una Diosa? ¿Una Reina? Me estás volviendo loco, ¿De quién me estás hablando? ¿Es que me he metido en el loco e increíble sueño de un cuento de hadas?

—¡Que no es un sueño, señoringo! Soy más real que el cuatropatas que está ahí escondido —señala con burla al pobre Labo.

—Sí, claro, claro. Yo tengo que ser entonces un Papá Noel despistado y olvidado de su identidad.

—Mire usted, don peguitas. Me estoy poniendo nerrrrvioso y cuando eso pasa, mi lengua se vuelve rrrevoltosa y rrruidosa y se rrregocija haciéndome rrrabiar sin rrremedio. Le he trrrransmitido el mensaje y me voy. Allá usted con lo que haga.

—¿¡Pero qué mensaje!?

Enno se echa una mano a la frente y resopla…

—Si es que usted me distorrrrsiona la cabeza y no me deja hacer mi trrrrabajo corrrrectamente. —El señor Elliot se mantiene callado esperando, pacientemente, que el duende le diga algo que le haga entender toda esa pantomima—. Es un trrrrabajo sencillo, pero si me interrrrumpe a cada momento yo no …

—Tranquilo, Enno, toma y sosiégate. —El señor Elliot le da un cuenco lleno de gominolas de colores que el duende acepta y le agradece con una enorme sonrisa en su regordeta carita—. Si no te calmas no terminaré de entenderte nunca.

—Gracias —le responde el pequeñín y le hace un gesto de reverencia tocándose la frente con dos dedos. Engulle varias golosinas de un solo bocado y prosigue más calmado—. Cuando el reloj dé las campanadas de la nueva hora, la señora Friolinda le estará esperando con su trineo junto a la puerta de la cerca. Es usted libre de acudir a la cita o no, pero debería hacerlo. La señora es una dama exquisita, dulce y, extremadamente, educada, excepto cuando se enfada. ¡Mensaje transmitido!

Sin esperar ninguna reacción del señor Elliot el duende da un tremendo salto, desde la repisa de la chimenea hasta la puerta, que había quedado abierta todo el tiempo, y sale de nuevo de la casa. Elliot se queda inmóvil y mira con la boca abierta a Labo que, viendo ya su casa libre del travieso diablillo, ha abandonado la protección de la mesa camilla. Llevándose las manos a la cabeza el anciano cierra la puerta y, agitando su nívea cabeza, le dice a su perro:

—Labo, las cosas que pasan en Navidad, no tienen por qué tener explicación, pero esto creo que raya lo inimaginable—. El animal lo mira con la cara ladeada y suelta un par de bufidos. Es su manera de reafirmar lo que acaba de decir su amigo.

Apenas le da tiempo al señor Elliot de barrer las motas de nieve que han entrado en su sala cuando el reloj comienza su aviso horario: Tan, tan, tan. No se había percatado que estaba ya sumergido en la madrugada.

Aunque la puerta está cerrada, un escalofrío le recorre toda la espalda. No puede evitar  recordar las palabras del duende. Pierde un par de segundos en disimular calma e indiferencia, pero no tarda en acercarse a la ventana para atisbar entre la cortina de nieve si hay alguien en la entrada del jardín. El pulso se le acelera y varias gotas de sudor le calientan la frente. Aunque no divisa quién hay sentado dentro, puede ver, allí delante esperándolo, un inmenso trineo adornado con luces, campanillas, y guirnaldas de colores.

El señor Elliot se gira buscando la complicidad de su compañero, pero este se ha vuelto a meter debajo de la mesa.

—Desde luego, Labo, eres todo un perro guardián. Quédate aquí, todo esto no es más que una casualidad. Seguro que es alguien que se ha perdido y busca una dirección. No te muevas de ahí que regreso en seguida.

El perro saca tímidamente la cabeza por debajo de la tela y sus ojos dicen sin palabras «tranquilo que yo de aquí no me muevo ni aunque sea el mismísimo Papá Noel».

El señor Elliot se enfunda en su abrigo y se pone los guantes. Coge las llaves de la casa y se encamina hacia el exterior. No está seguro de lo que se va a encontrar, pero tampoco se quiere quedar en la casa esperando que, quién esté en el trineo cansado de esperarle, invada también su hogar.

Cuando llega al vehículo, su asombro ya desborda su incredulidad. Una mujer de incierta edad, aunque madura, lo recibe con ojos risueños y dulce sonrisa. Con un gesto le ofrece asiento a su lado y le tiende las riendas del trineo.

—Disculpe señora, no he conducido uno de estos en toda mi vida y tampoco creo que tengamos confianza como para compartir este viaje.

—¡Oh! ¿no me diga que el gamberro de Enno no ha venido a presentarme?

—Bueno… sí… pero… ¿Es usted la señora Friolinda?

—Efectivamente, señor Elliot, y me gustaría que fuera usted tan amable de compartir conmigo un pequeño paseo. No se preocupe por las riendas, en realidad no son necesarias. Mis renos saben perfectamente el camino y no necesitan indicaciones, pero usarlas hará el viaje mucho más divertido.

Cuatro hermosos renos, más blanco que la misma nieve y casi traslúcidos, han aparecido delante del trineo y se encuentran dispuestos para tirar de él. El señor Elliot está tan absorto en la preciosa estampa navideña que no duda en coger las riendas y sentarse al lado de la señora.

—Haga un ligero movimiento con las riendas —le dice la dama guiñándole un ojo—. Es solo una pequeña señal para que empiece el paseo.

A Elliot se le ilumina la cara como a un chiquillo y con ambas manos pega un pequeño, pero brusco tirón. Los renos no se hacen esperar y, con un trote suave y silencioso, tiran del trineo que se desliza suavemente por la nieve. Atraviesa el campo colindante a su casa, cruza el desierto pueblo y se dirige sin pararse hacia la montaña. Los copos de nieve golpean la cara del señor Elliot, pero este está totalmente fascinado con el viaje. Todavía no se ha dado cuenta, pero los esquíes ya no tocan la nieve, el trineo está flotando en el aire. Cuando mira hacia abajo, en lugar de sentir vértigo, su semblante es ya una explosión de felicidad. No puede evitar reír a carcajadas, mientras mira a la señora que también disfruta del paisaje y de su alegría.

El señor Elliot se envalentona y, al mismo tiempo que agita las riendas, grita eufórico:

—¡¡¡Arre, arre!!! Vamos preciosos renos, estamos en Navidad. Subamos todavía más alto, quiero ver el pueblo desde el cielo.

Como si los animales lo hubiesen entendido, el trineo empieza a subir lentamente hasta situarse cerca de las nubes. El pueblo se ve como una maqueta de juguete y los pocos trabajadores que se afanaban en la limpieza y cuidado del mismo, parecen figuritas de un belén. Cuando ha dado varias vueltas sobre las casas, se vuelve hacia la señora y con lágrimas en los ojos le dice:

—¿Qué he hecho yo para merecer este regalo?

—Bueno. Es Navidad y, de vez en cuando, me gusta obsequiar a gente muy especial.

—Yo no soy especial —dice el señor Elliot con cara de incredulidad.

—¡Oh, claro que sí! La humildad es una de sus grandes cualidades. Es usted una persona honesta, amable, trabajadora. Siempre tiene un saludo cordial para sus semejantes. Da igual lo enrevesada que se vuelva su vida, la sonrisa no abandona su semblante. Siempre se muestra educado y amistoso y ayuda a todo el que lo necesita. Se merece usted un regalo muy especial.

—¿Usted cree? Solo intento ser fiel a mi carácter y ser una buena persona, como lo fueron mis padres y como lo fue mi Emily. Nunca hubo mejor ejemplo ni modelo a seguir. —Esto último lo dice con tristeza y amargura. Tanto su voz como su rostro tiemblan acentuando su dolor—. Aunque insista en que no me lo merezco, le agradezco de todo corazón este maravilloso viaje que me ha obsequiado.

—El regalo no es el viaje, Elliot —le dice Friolinda con una amplísima sonrisa en la cara y los ojos vidriosos—. Tome —añade dándole un inmenso bastón de caramelo.

El señor Elliot suelta una enorme carcajada.

—Disculpe señora, me gustan los dulces, pero no me puedo permitir comerme todo esto.

Fríolinda está disfrutando con el momento y no puede aguantarse una risa cómplice.

—¿Ve esa nube hacia la que nos aproximamos, Elliot? Apunte con el bastón hacia ella y pida un deseo. El más grande que albergue su corazón.

Esta vez, el señor Elliot no hace ningún comentario. Ya no albergan dudas en su incredulidad. Se gira enfrentando la nube. Levanta el bastón y, cerrando los ojos, busca en el fondo de su alma lo que más ansia. Espera unos segundos y, cuando los vuelve a abrir, el trineo se ha detenido sobre la aparente superficie de la nube. La dama y los renos han desaparecido. Mira a su alrededor buscando desconcertado algo o alguien. No le agradaba haberse quedado solo. De repente, a su izquierda, escucha unas tenues pisadas. Piensa que son de la señora Fríolinda, que regresa de su pequeño paseo fuera del trineo, pero, al girarse, su corazón está a punto de pararse. Se queda fijo, mirando la silueta que se va acercando haciéndose cada vez más nítida. Poco a poco, se va confirmando su primera percepción y reconoce, con nerviosismo, cada uno de los detalles que habían quedado guardados fielmente en su memoria. Su andar, pausado y rítmico; su ligero contoneo de caderas, sinuoso, pero elegante; su amplia figura, oronda y capaz de abarcarte en un cálido y placentero abrazo; y su rostro, regordete, sonrosado, con esos preciosos ojos ambarinos que medio se esconden tras el flequillo de una larga melena que ha perdido ya todo el color de la juventud.

— ¿Emily? —balbucea sacando apenas susurros de sus labios.

—Hola, Elliot, hace mucho que te espero.

—Pero, ¿de verdad eres tú? —Su voz suena como un murmullo sobre la nieve—. ¿Esto es real? —Las lágrimas empiezan a bañarle libremente la cara y, sin esperar respuesta alguna, se baja del trineo y se abalanza hacia su mujer.

Quiere tocarla, pero no se atreve y se queda delante suya, temblando de emoción. Tiene que ser ella la que tome la iniciativa. Le pone una de sus regordetas manos en el cachete y le transmite la más cálida de las caricias. Hacía tanto que no sentía ese contacto. El señor Elliot, le coge la mano entre las suyas y se la besa. Se miran intensamente, unos segundos, enfrentando sus ojos y ampliando lentamente sus sonrisas, y se abrazan como aquella primera vez, que tan lejano parece en el tiempo.

Saltan, bailan, ríen. Parecen volver a tener veinte años. En un impulso, el señor Elliot tira de Emily hacia el trineo y se montan en él. En cuanto están sentados, reaparecen los renos y el señor Elliot agita enérgicamente las riendas, gritando con pasión:

—¡Vamos, fantásticos amigos, crucemos el mundo!

El trineo arranca con violencia y tira al señor Elliot hacia atrás, que cae junto a Emily, que había permanecido sentada. Ambos estallan en carcajadas. Ya sentado sigue manejando las riendas con fogosidad. Los renos parecen responder a sus órdenes y aceleran el trineo que deja tras de sí una impresionante estela de estrellas de todos los colores. Atraviesan nubes. Esquivan las copas de los árboles tocando con la punta de sus dedos las hojas. Cogen entre sus manos nieve de las cimas de las más altas montañas. No se cansan de reír, de cantar y de llorar de emoción por el reencuentro. El viaje parece no tener fin hasta que los dos quedan acurrucados, abrazados y dormidos con su respiración acompasada como si fueron uno solo.

El señor Elliot, aunque dormido, no puede dejar de sonreír. La señora le ha dado el regalo que más ansiaba en su vida. Tiene miedo de despertar. No quiere abrir los ojos. Cuando lo hace, su sueño se torna en pesadilla y su sonrisa se transforma en el más amargo lamento. Está sentado. Solo. En su mecedora. En su casa. ¿Puede haber sido un sueño tan cruel?

Se levanta furioso. Lanza el plato, con los restos del asado, que todavía tiene en sus manos, contra las brasas de la chimenea. Se acerca al pequeño árbol y hace el intento de arrancarlo de su maceta. Sin embargo, no llega a hacerlo. En su lugar, coge la figurita de la bailarina de porcelana y , cuando se dispone a estrellarla contra el suelo, un ladrido de Labo lo para. Se gira y ve como su amigo lo mira fijamente, rogándole que se calme. Las lágrimas le caen por su cara sin consuelo y, lanzando un hondo y lastimero suspiro, vuelve a dejar la figurita en el estante de la chimenea. Piensa que fue bonito mientras duró, pero los sueños de Navidad nunca se cumplen.

Labo vuelve a ladrarle y el señor Elliot le hace un ademán con una mano para que se calle. El animal necesita salir al exterior, cree comprender. Casi sin fuerzas, se pone el abrigo y coge la correa. Busca al animal para ponérsela, pero Labo se ha vuelto a esconder debajo de la mesa. Elliot no tiene ganas de juegos. Se siente tremendamente cansado y cae de rodillas sobre el frío suelo. Se tapa la cara con las manos. Intenta controlar el llanto, sin éxito, pero, siente alivio en esa postura implorante. Siente como su compañero se acerca y con la cabeza le impele a levantarse. Elliot se aparta las manos de la cara y mira a Labo. Este tiene algo en la boca y las lágrimas no le dejan verlo con nitidez. Se limpia los ojos con la palma de las manos y ve como su viejo amigo lleva en la boca el bastón de caramelo que había portado en sus manos durante el sueño. Se lo arrebata de la boca y lo contempla incrédulo. Cree escuchar campanillas en el exterior. Se levanta de sopetón, abre la puerta e irrumpe en el jardín como un tornado.

Allí está el trineo. El señor Elliot ríe a carcajadas y llora al mismo. ¡No ha sido un sueño! ¿O sí? Sin esperar a resolver el dilema se mete en el trineo y se sienta. Inmediatamente, los renos vuelven a aparecer, como en el sueño. Labo se ha quedado en la puerta, sentado, esperando la reacción de su amo. Mirándolo con expectación. El señor Elliot lleva en una mano el bastón y en la otra las riendas. Mira hacia su compañero y mostrando una gran sonrisa, le grita:

—¿A qué esperas viejo amigo? En este viaje te vienes conmigo.

El animal sale corriendo y sin pedir permiso se encarama al trineo sentándose junto al señor Elliot. Este empuña el bastón a modo de regio báculo y le grita a los cuatro renos:

—Adelante mis estimados, ya sabéis cuál es el camino. Ella me está esperando y, esta vez, no pienso abandonar este sueño. ¡¡¡Corred, amigos, corred!!!

El trineo arranca súbitamente y, esta vez, se eleva sin dilación sobre los árboles hasta perderse entre las nubes.

Imagen de Johan L en Pixabay

Relato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario Diciembre
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Hay que continuar la historia comenzada por Jess (texto azul sombreado) y elegir uno de los árboles de Navidad disponible. En mi caso, el elegido contenía la categoría ROMANCE y el elemento, Una mujer que arrastra el frío consigo.

Dos Almas Gemelas

Imagen de ThuyHaBich en Pixabay

Millones de niños en el mundo comienzan su rutina con desgana y tristeza por tener que ir al colegio. Se ven obligados a internarse varias horas en un centro dónde aprenden y dan forma a su futuro. Algunos pueden ir andando, pero otros tienen que coger algún medio de transporte que los deje cerca de la escuela. Para muchos de ellos el viaje es una pesadilla y un quebranto. Preferirían cien veces quedarse en sus casas, con sus familias o jugando.

Yukiko y Miyuki nacieron en una aldea perdida en el sur de China y para ir a la escuela tienen que andar kilómetros por terrenos desolados y hasta peligrosos. Sin embargo, ellas se calzan sus modestas mochilas y una eterna sonrisa en sus caras, porque el viaje hasta la escuela es una auténtica aventura. Entre quince y veinte niños emprenden cada día el inusitado viaje llenos de ilusión y ventura, porque son unos privilegiados a quienes le tiende su mano la sabiduría y, también, porque la otra opción es quedarse a trabajar en los campos de arroz.

Yukiko y Miyuki congeniaron desde los primeros días y sus caras sonrientes contagian e iluminan al grupo. Son dichosas y felices porque se encuentran a diario para estar juntas. Juntas hacen el viaje, juntas aprenden y estudian y juntas pasan los escasos ratos libres que el día les presta.

A veces el clima no es el más propicio para emprender una excursión, pero mientras el tiempo no sea extremadamente duro, no flaquean en su empeño de ir a instruirse. No importa que una ligera lluvia les moje sus ilusiones, que el viento les despeine sus anhelos o que la nieve convierta los campos en un mar lechoso que les dificulte la travesía. Sus ansias de conocimiento son más fuertes que sus lamentos.

Sin embargo, será precisamente la nieve la que una el destino de las dos niñas. En uno de los viajes de vuelta, un imprevisto alud quiso engullir al grupo. Los niños escaparon de milagro corriendo aterrados. ¿Todos? No. Yukiko y Miyuki parecían haber terminado en el vientre de la avalancha. Como no aparecían, ante el peligro de que el gélido ambiente se apoderara de sus débiles cuerpos, el resto del grupo decidió regresar a la aldea. Después de varias horas de angustia, llanto y desesperación, cuando parecía que la fatalidad las había apartado definitivamente de la vida del pueblo, aparecieron en su entrada, abrazadas, andando juntas y dándose calor. Unos dicen que fue un milagro y otros, simplemente, la predestinación. Porque, Yukiko quiere decir “Hija de la Nieve” y Miyuki, “Bella Nieve” y esta fue la que decidió hermanarlas para, a partir de ese día, no separarse nunca.

Juntas continuaron con su aventura diaria camino de la escuela hasta terminarla y juntas se hicieron adultas, se quedaron en la aldea para ayudar a sus miembros y allí envejecieron. Como almas gemelas se declararon amor eterno. El amor que las unió incluso después de la muerte, porque cuenta la leyenda que, cuando tuvieron que irse al Tian, tampoco se separaron y todavía se las ve después de una intensa nevada paseando por la aldea, sonrientes y juntas, siempre juntas.

Relato publicado en el Reto Literario “Julio ‘FantasCalórico’
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Elige una de las imágenes y háblanos del fantasma que en ella aparece.