El Santuario

El cielo parecía haberse confabulado con el ánimo de Alonso Hidalgo, dejando caer tanta agua que le resultaba casi imposible ver dónde ponía sus pies. Su imprudencia al olvidarse de coger el paraguas y guarecido con un insuficiente impermeable, que había tenido tiempos mejores, vaticinaba que un gran constipado se uniría a su ya deprimente estado físico.

Sus pisadas sorteaban con dificultad los inmensos charcos que reflejaban su triste figura, encorvada y taciturna. La misma que hasta hacía unas semanas saludaba a sus vecinos, briosa y enérgica. Antes, cada paso que lo encaminaba a su santuario era firme y animado, a pesar de que el día todavía se estuviera desperezando. Ahora, arrastraba los pies como si lo llevaran a un cadalso o al mismísimo sacrificio. El camino que antes le trasladaba a su mundo secreto, mágico e íntimo, ahora se le volvía tortuoso, absurdo e insulso.

Cuando divisó el letrero se detuvo enfrente del escaparate y lanzó un hondo, extenso y lastimero suspiro. En letras mayúsculas, gruesas y de trazo gótico se leía el título que con tanto orgullo ideó hacía tanto tiempo y que dentro de poco caería en el olvido:

EL SANTUARIO DE LAS VIEJAS HISTORIAS

Había sido su gran ilusión, su deseo, su sueño desde que el primer libro cayó en sus manos y se adentró en aquellos mundos llenos de aventuras y fantasía. Montar una librería. Pero no una cualquiera, siempre quiso convertirse en un Librero de Viejo. Poder darle una nueva vida a los libros desahuciados, abandonados y rotos por el tiempo. Ponerlos al alcance de todos los bolsillos. Contagiar el amor por la lectura y sacar sonrisas en corazones oprimidos por la realidad. Había otra vida para disfrutar y esa estaba dentro de los libros.

Nadie pensó que su tienda fuera a funcionar en aquella solitaria y alejada calle, en un barrio tan humilde que hasta los libros eran un lujo. Pero el carácter afable de Alonso, su sociabilidad, su manera de hablar de los libros y su atención incondicional a sus clientes, le confirió enseguida un lugar significativo dentro de la comunidad. Siempre estaba dispuesto a recomendar lecturas. Hablaba con tal entusiasmo de las historias que contaban sus libros, que pronto pasó de ser considerado, más que un simple librero, un apasionado CuentaCuentos.

Su librería era un rincón muy especial del barrio, había conseguido decorarla y dotarla de una intimidad y un ambiente hogareño que hacía las delicias de todo aquel que traspasaba sus puertas. Tenía los precios más bajos de la ciudad y a pesar de ello, a veces, hasta dejaba que leyeran sus libros sentados en el suelo, sobre todo a los jóvenes. Él decía que era su pequeña aportación, porque de esa forma, aunque mínimamente, conseguía que se alejaran de la miseria y la delincuencia de las calles.

Pero ahora la existencia de su tienda, de su hogar, de su santuario peligraba inevitablemente. Eran pocos los ingresos y muchos los gastos. Además, con las redes sociales pocos leían libros y los pocos que lo hacían preferían la tecnología al papel. Su continuidad estaba avocada al fracaso y el fatal destino estaba claramente decidido.

Dado que siempre había ayudado a sus vecinos en sus problemas, tanto sociales como económicos, en el barrio se habían esforzado por hacer una colecta para ayudarlo, pero era demasiado lo necesario para mantener abierto su negocio. Él les había dedicado lágrimas de agradecimiento, pero les había dejado claro que no aceptaría un dinero que ellos necesitaban mucho más que él.

Después de cambiarse la ropa empapada, secarse y servirse su habitual taza de café, humeante y caliente, se puso detrás de su vetusto y sencillo mostrador. Ni siquiera se dignó a cambiar el letrero que colgaba de la puerta y que anunciaba que estaba todavía cerrado. Se dedicó a hojear de forma mecánica su libro de cuentas. Por muchas virguerías que hiciera no conseguiría cambiar el color de los números. Miraba las hojas, pero no las veía. Su mente andaba perdida entre los recuerdos de los buenos tiempos vividos.

Composición formada por dos fotos: De fondo, unas gafas sobre un libro sobre una mesa; superpuesto, varias fotografías, en blanco y negro, apiladas. Estas últimas se ven muy difuminadas y lo que más destaca son las gafas. La fotografía se muestra con tonalidades oscuras.
Composición a partir de las imágenes de Dariusz Sankowski en Pixabay y Suzy Hazelwood en Pexels

La campanilla de la puerta lo sacó de su ensimismamiento y la taza de café, que ya se mostraba fría, le hizo darse cuenta que había vuelto a perder la noción del tiempo, como le pasaba con asiduidad en los últimos días.

—Buenas, Alonso. Valiente día del libro se ha presentado, ¿eh? —lo saludó su longevo amigo el cartero.

—Buenos no espero que sean, Matías. Hasta el tiempo está triste —respondió el librero, dedicándole una tímida sonrisa que apenas se convirtió en una mueca.

Ambos se miraron y en sus ojos se estableció el diálogo que sus bocas no tenían ganas de pronunciar.

—Tengo este sobre certificado a tu nombre. Parece importante —le dijo Matías, mostrándole un pequeño sobre marrón, increíblemente seco dado el tremendo vendaval del exterior.

Alonso lo cogió y lo observó, más asustado que sorprendido. No recibía habitualmente correspondencia personal y después del aviso de embargo que le llegó hacía ya dos semanas, cada carta era una bomba a punto de explotarle en sus manos.

La sostuvo petrificado y ni siquiera se dio cuenta de que su amigo se había marchado hasta que sonó, de nuevo, la campanilla. Miraba alternativamente la puerta y la misiva, que había comenzado a temblarle de forma inconsciente. No se atrevía a abrirla.

Le costó tragarse el suspiro y respirar profundamente. Cerrando los ojos, se dijo a sí mismo que, después de la librería, ya no le quedaba mucho más que perder. Se encogió de hombros y la abrió.

Sobre el mostrador cayeron una tarjeta, una carta y un cheque. Sus ojos se fueron de forma instintiva hacia éste último y, al ver la cifra que en él aparecía, estuvo a punto de derrumbarse como un árbol centenario sin raíces. La impresión de ver tantos ceros, le hizo imposible descifrar la cantidad escrita. Pero lo que más le impactó fue la tarjeta. Se apoyó en el mostrador y la releyó tantas veces que las palabras bailaban ante sus ojos. No podía dejar de pensar que parecía una cruel e insana broma. Incluso, se dio una sonora bofetada para cerciorarse de que no estaba soñando. Su cuerpo tiritaba y las lágrimas le hacían verla borrosa. Tomó un buche de café y la volvió a leer por enésima vez:

«Espero que este cheque pueda saldar la deuda contraída y que amenaza la subsistencia de su librería. Un santuario como el suyo no puede caer en otras manos y mucho menos ser convertido en cualquier otro establecimiento. En la carta que acompaña esta tarjeta se lo explico todo».

Aquellas 48 palabras conmocionaron al mundo que ya daba por perdido. Creyó ver temblar las estanterías y a los libros sacudiéndose el polvo acumulado en sus lomos. Tardó en darse cuenta que era él el que se estremecía.

Sin llegar a creérselo todavía, con sus manos temblorosas consiguió abrir la carta y desdoblar el folio que contenía. Sus ojos eran incapaces de fijar las letras. Ya no lloraba, pero los nervios y la ansiedad le enturbiaban la visión.

Cogió la carta y su taza de café y se sentó en una silla. Se bebió más de la mitad del líquido frío de un solo trago y consiguió la serenidad suficiente para intentar desvelar las tantísimas preguntas que supuestamente le respondería la carta. Se ajustó las gafas y leyó:

«Buenas sean, don Alonso.

»Quizás no se acuerde usted de mí, hace ya muchos años que visité por primera vez su librería. Quise comprar un libro para mi padre y usted me recomendó uno, tan entusiasta y amable, que me enamoré enseguida de él. Sin embargo, yo no tenía suficiente dinero para comprarlo.

»Usted vio la ilusión en mis ojos y el cariño que quería ponerle a ese regalo y me hizo una propuesta. «llévatelo, si tu padre al leerlo sonríe de satisfacción, vendrás y hablaremos de la forma de pagarlo. En caso contrario, si no se le gusta, me lo devuelves y estaremos en paz».

»Mi padre no sólo sonrió con su lectura, lo disfrutó tanto que se empeño en que yo lo leyera también y desde ese día el mundo de los libros ha sido mi cobijo, mi aprendizaje, mi razón de viajar, de vivir y descubrir el mundo.

»Gracias a los libros soy mejor persona y usted hizo que llegara a convertirme en el hombre que ahora soy.

»Afortunadamente, me he enterado a tiempo del problema que le acusa y tengo el deber y el placer de ayudarlo. Acepte, por favor, mi ofrecimiento. Aunque le parezca mucho no es ni la mínima parte de la riqueza que usted me ha permitido alcanzar.

»Gracias por todo. Mantenga abierto ese santuario y siga pregonando las bondades de los libros. Seguro que todavía consigue cambiar muchas vidas.

»Siempre deudor de usted, M. Cervantes».

Por supuesto, la taza terminó estrellada en el suelo, aunque ya casi vacía, y las lágrimas volvieron a inundar los viejos ojos del librero. Él nunca había creído en los milagros. Cada una de las empresas que había acometido las había consumado gracias a muchísimo trabajo, tesón y fe en sus capacidades. “Sudores y lágrimas”. Jamás un dicho fue más real en su vida. Nadie le había regalado nunca nada.

Sin embargo, parece que el espíritu de Cervantes, que cada 23 de abril se manifestaba a través de cada libro y a cada lector, se había apiadado de su imposible dilema.

Pasillo de un librería (o biblioteca) en dónde se muestra, desde la izquierda, una estantería llena de libros, desde el suelo al techo. La imagen está en perspectiva, con el primer plano enfocado y un desenfoque gradual hacia el fondo. Unas bombillas que cuelgan del techo ofrecen la tenue luminosidad de la escena.
Imagen de StockSnap en Pixabay

Miró sus estanterías. Se paseó entre ellas, y se deleitó acariciando los lomos de sus libros. Luego, con una resplandeciente y complaciente sonrisa, se dirigió a la entrada y giró el cartel que avisaba del estado del establecimiento.

No satisfecho con esto, abrió la puerta, salió a la calle y, aunque la lluvia seguía arreciando, gritó con toda la fortaleza y contundencia de que fueron capaces sus pulmones:

¡EL SANTUARIO SEGUIRÁ ABIERTO!


Esta historia fue presentada al Desafío Literario Relato48 y, aunque no fue premiada ni seleccionada para su antología, me proporcionó un interesante aprendizaje y la oportunidad de mostrar mis escritos al mundo editorial.
Me encantaría que en los comentarios, más allá de vuestros halagos, siempre agradecidos, me dierais vuestra opinión de los puntos negativos en la redacción o de la historia.
Una de las cuestiones que más se hecha en falta, ¿verdad, Isra?, es la necesidad de críticas, siempre respetuosas y educadas, que nos ayuden a ver nuestros relatos desde otro punto de vista y con ello mejorar.
Muchas Gracias.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Peter H en Pixabay.

Un Espécimen Galáctico

Fotografía desenfocada de un primer plano de un prado. Solo puede verse los tonos verdosos del simulado césped y los reflejos en la lente producidos por la luminosidad.
Imagen de jplenio en Pixabay

La brisa suave y aromática de la pradera me besa los carrillos y mueve mi salvaje melena muy len…ta…men…te. Correteo dando saltitos, cual cervatillo. Mis piernas consiguen mantenerse en el aire, ingrávidas, durante unos segundos, antes de volver a posarse sobre la hierba. La imagen es digna de aparecer en un anuncio navideño de colonia.

Voy persiguiendo a una dulce y preciosa chica que ríe escandalosamente, aunque no consigo escuchar su risa. Ella se gira hacia mí mientras intenta escapar de mi abrazo y tropieza con una raíz perversa, cayendo y rodando por el césped. Yo me paro junto a ella, sereno, lozano, sorprendentemente relajado, cuando debería estar echando la papilla por el esfuerzo de la carrera. ¡Ni siquiera jadeo!

Ella me mira, entre sensual y traviesa, pero su cara cambia a espanto. ¿Se habrá dado cuenta que no soy un príncipe azul, ni siquiera celestón desteñido? No, no me mira a mí, está mirando a través de mí. ¡Qué chica más enrevesada!

Dada la gravedad de su cara, pienso que nos ataca algún monstruito, como los que acabo de matar para salvarla. Me vuelvo, dispuesto a sacar mi espada, aunque no la encuentro. ¡Si es que lo voy perdiendo todo! Pero no me da tiempo a ofuscarme, el motivo del terror es el sol. Su intensidad crece de forma anormal y peligrosa. Parece querer quemarlo todo en un ataque de furia, o de celos. Cierro los ojos, caigo al suelo y comienzo a gritar. Sí, un héroe también puede ponerse histérico.

Todo dura solo unos segundos o eso me lo parece a mí.

Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy tendido bocarriba y la potente claridad sigue lastimándome la vista, pero no quema. Intento incorporarme y choco contra la nada. Una nada bastante sólida. El golpazo ha sonado como si hubieran dado la una en la iglesia de San Drogón y debo tener la frente y la nariz como un guiri el primer día de playa.

Tras unos instantes de confusión, y casi pánico, descubro que estoy dentro de una caja de cristal, o algo similar. ¡Por las barbas de mi abuelo! ¿Estoy muerto y se han puesto de moda los ataúdes transparente? ¡Qué siniestro, aunque ocurrente!

Sin embargo, debe haber habido algún error, porque estoy vivo. ¿Estoy vivo? Me palpo y me pellizco, intentando confirmar mi todavía existencia terrena. Me duele y pienso, ¿seguirán los fantasmas sintiendo el dolor físico? Bueno, al menos soy un espectro ocurrente.

Miro mi entorno y veo que estoy en una especie de habitación de hospital, tan blanca que incomoda. Varias máquinas se conectan a mi ataúd y muestran gráficos muy ilustrativos, pero que no tengo ni idea de qué quieren decir. El silencio es estremecedor y me reconforta, hasta que recuerdo que estoy dentro de una caja, de un cajón, ¡de un féretro! Busco algún botón o resorte que consiga abrirla, pero no lo encuentro. Golpeo la tapa, intento forzarla, la empujo con mi cabeza, la insulto, pero nada. Al final lanzo un desesperado grito:

—¡QUIERO SALIR DE AQUÍ!

Y la caja se abre. ¡Lamarequemeparió! ¿Era así de fácil?

Consigo incorporarme, sentarme y no caerme de frente por el intenso mareo. En ese momento, descubro que tengo cables pinchados en mis brazos. En un alarde de valentía y arrebato me los arranco y luego vuelvo a gritar. ¡Tengo repulsión a la sangre! No me da tiempo a desmayarme, un extraño artefacto metálico con brazos, parecido a un espantapájaros, se acerca y me planta dos tiritas, una en cada brazo. ¡Qué atento! Le hablo y pregunto, pero no me contesta. Tampoco tiene cabeza, cara u orejas. ¿Las necesitará?

Cuando intento ponerme de pie vuelven los mareos. El nivel de aturdimiento y desorientación es tremendo. ¿Cómo he llegado aquí? ¿Cuándo lo he hecho? ¿Cuánto tiempo me he llevado ahí dentro encerrado? Por el dolor de cabeza y la sensación de malestar debo haber estado en un fiestón con barra libre. ¿Quién me ha traído entonces? Dudo que haya llegado a este sitio por mis propios pies. ¡Necesito encontrar respuestas!

Mi primer paso ocasiona la erupción del Krakatoa, pero no llego a vomitar. El alarmado espantapájaros metálico ha acudido raudo y veloz con un cubo en sus manos. ¡Esto es un mayordomo y no el de Batman! Cuando comprueba que ha sido una falsa alarma, se retira y vuelve con un recipiente lleno de agua. Bueno, tal vez haya que reprogramarlo para que la próxima vez venga con una cerveza.

Consigo dar mis primeros pasos, aunque mis piernas temblequean como un vil imitador de Elvis. Me siento ligero, como si flotara dentro de una gran piscina. Sospecho que si me lanzo hacia delante podría nadar en el aire. ¡Madremía! Todavía debo andar bastante ebrio. Mi traviesa sonrisa, reflejada sutilmente en el cristal de la puerta, me delata. Esta se abre en cuanto me aproximo. Qué detalle, este hotel se merece cinco estrellas en la guía Michelón.

Salgo al pasillo y aparece en frente otra pequeña habitación con aspecto de WC. Desconozco si es esa su función, pero, al verlo, mi apremiante cuerpo me impulsa a entrar en él y usar el receptáculo con apariencia de váter. Espero que sea eso y no un lavabo o una pileta moderna. Por el tiempo que me lleva vaciarme deduzco que, o me he bebido toda la bodega del pub que visité anoche, o esos cables me han hinchado como la rueda de un tractor. ¡Ay, qué delicia!

Cuando sacudo y me vuelvo veo una aparición espeluznante, horripilante, repulsiva, tirando a desagradable, que me hace gritar, esto se está volviendo ya una costumbre. Ella grita también, aunque no la escucho. Doy un paso atrás, ella también. Le saco la lengua, ella también. Me río, ella también. Evidentemente, es un espejo y me hace comprobar que voy totalmente desnudo. ¡En pelota viva! Menos mal que todavía no me he cruzado con nadie. Cojo una especie de cortina, de aspecto metálico, con el suficiente ancho para envolver mi menudito cuerpo. Me vuelvo a mirar en el espejo y quedo complacido. He pasado del monstruo del pantano a Octavio César muy Augusto.

Regreso trastabillando al pasillo y lo recorro, vacío, frío y silencioso, hasta llegar a una sala, desangelada, con solo una mesa en el centro y una silla junto a la pared. Por lo visto, no se esperan visitas. Sobre la mesa hay una gran cesta llena de fruta. ¡Qué original! No me da tiempo ni a acercarme cuando un enorme y aterrador rugido me hace dar un respingo y pensar que me ha seguido el monstruo del sueño. Por suerte, un segundo rugido, esta vez más parecido a un ronroneo, me hace darme cuenta que el causante de los bramidos es mi propio estómago, se ve que le da igual el menú vegetariano.

Cuando cojo la silla para sentarme, educado que es uno, como por arte de birlibirloque aparecen en la mesa varias jarras llenas de líquidos coloridos, algunos espumosos, recipientes llenos de comida y algo que parece frutos secos. Su apariencia no tiene nada que ver con cualquier cosa que antes haya comido, pero cuando la necesidad apremia no hay remilgos que valgan. Así que me lanzo a la mesa y haciendo honor a mi indumentaria me pego una orgía romano-alimenticia que avergonzaría al mismísimo Baco, Saturno o a cualquier de sus primos.

Cuando aún no he llegado a los postres, la pared que queda justo frente a mí se vuelve transparente. Por un momento, me quedo petrificado y con la boca abierta. La comida se me cae de ella, de forma bastante asquerosa. El robot espantapájaros, que ha debido venir tras de mí, se muestra solícito para limpiarla y por poco me asfixia. Esto consigue sacarme del embobamiento y me hace levantarme para observar la ventana desde más cerca.

Lo que veo a través de ella me hace estremecer, sudar, temblar, casi llorar, ¿gritar? Seguro. Ante un fondo profundo y totalmente ausente de luz, una gran concentración de nubes va dejando vislumbrar un planeta rodeado de varias lunas. ¿¡Eso es el espacio!? ¿¡Estoy en una nave espacial!?

Simulando lo que el protagonista ve, he creado un marco que recuadra una imagen espacial con varios planetas, de distinto tamaño, entre nubes blancas y grises.
Todo el montaje tiene tonalidades azules y metálicos. Los típicos de una imagen espacial.
Montaje a partir de la imagen de Willgard Krause en Pixabay;

No puedo creerme que todavía me duren los efectos de los efluvios etílicos o es que de verdad estoy dentro de una escena de StarTrek o StarWars o Stardentrodeunsueño.

Me vuelvo y comienzo a preguntar a la habitación vacía, a gritos, por supuesto:

—¿QUÉ HAGO AQUÍ? ¿DÓNDE ESTOY? ¿CÓMO HE LLEGADO A ESTA NAVE?

Me responde el eco de las paredes y como son bastantes obtusas no me sacan del misterio. Grito más fuerte, pensando que los ocupantes de esta nave podrían ser  bastante duros de oído. Por supuesto obtengo la misma respuesta anterior: el eco de mis alaridos.

Si esto fuera una historia de Asimov, de Bradbury, de Clarke o de cualquiera de esos genios de la Cifi, me habría respondido una voz metálica, egocéntrica y convincente que me calmaría y me situaría en esta trama. Pero no, por lo visto la IA de esta nave se jubiló antes de tiempo o le llego un ERE que me ha dejado a mí más solo que un garbanzo en la sopa de un asilo.

Una agitación exterior me hace volverme y ver aparecer, a través del cristal, otra nave. La sorpresa me vuelve a abofetear, no ya por la nave en sí, es que en su cabina transparente hay gente saludándome. Puedo ver a unos quince o veinte niños mirándome expectantes y curiosos. ¿Niños? Son criaturas pequeñitas, pero… Uno tiene cuatro ojos, pero no lleva gafas; otro cuatro brazos, y no creo que sea Shiva; a uno, en lugar de piernas, le salen del tronco unos tentáculos parecidos a los de un pulpo; otro no es humanoide, es… parece… creo que… ¡Es asqueroso! Todos disfrutan como si fuera la excursión infantil de algún colegio.

La nave pasa de largo y la sustituye otra, de las mismas características, pero ahora el escaparate está lleno de habitantes mucho más viejos, o eso parecen en comparación con los anteriores. Todos tienen más arrugas que un plato de callos. Uno es todo pelo, muy largo y blanquísimo, no sé si está bocarriba o bocabajo; otro es una inmensa bola flotante con una gorrilla de algún equipo deportivo, no soy capaz de descifrar las letras; otro es una amorfa y asquerosa gelatina que se expande y contrae continuamente; otro… ¡Da igual! ¿¡Qué coño son y de dónde vienen!? ¿Es una excursión del INSERSO marciana?

Uno de los yayos alienígenas, con lo que parece una mano, señala enfáticamente algo que está a mi derecha. Todos los vejestorios atienden sus indicaciones y saltan y gritan exaltados. Otro señala hacia la izquierda, nueva excitación. Empiezo a sospechar que no estoy solo.

Intento escudriñar desde mi aparente balcón qué es lo que están viendo esos bichos¸ pero no soy capaz de ver más allá de lo que tengo enfrente.

—¡QUIERO VER EL EXTERIOR! —Vuelvo a gritar de forma histérica, involuntaria e inquisitiva.

La IA, si existe, es incorpórea y silenciosa, pero solícita. En un acto de auténtica prestidigitación, convierte toda la sala en una inmensa pecera que me hace parecer una mojarra en un acuario. Ya no existen paredes. Puedo divisar todo el universo a mi alrededor. También el techo y el suelo se han vuelto transparentes y grito ante la posibilidad de caerme al vacío. Sí, parezco una cumpleañera histérica, pero nadie me había avisado de este fiestón.

Después de conseguir tranquilizarme, gracias a la botella de lo que parece cerveza y que he apurado de un solo trago, me dedico a investigar con más sosiego la infinitud del exterior. Efectivamente, no estoy solo. En la nave puede que sí, pero no en el exterior, diez, veinte, treinta… ¡Qué digo! Más de cien naves, miles de ellas, se sitúan perfectamente alineadas lateralmente a la mía. En cada nave hay un individuo, unos humanoides, otros cuadrúpedos, otros… cualquiera sabe qué son. Todos colocados como en un inmenso y panorámico expositor de un… ¡¿Zoológico?!

Esta es una disquisición demasiado complicada y agotadora para mí. Espero ser un pichón expuesto en un parque zoológico espacial y no un posible fiambre en el escaparate de un centro de alimentación para consumidores galácticos.

Con los ojos llenos de lágrimas, me doy cuenta de que, con un nuevo truco de magia, todas las viandas que había en la mesa han sido repuestas e incluso han añadido alguna sorpresa más. Sea cual sea el caso en el que me halle, qué menos que me muestre orondo y feliz. Voy a indagar en los manjares que me han dejado y brindaré porque mi persona sea la más bonita de ver y la más desagradable de comer, por si acaso.

¡SALUD!

Relato escrito para el VadeReto de este mes:
Inventa una historia de Ciencia Ficción a partir de la introducción ofrecida.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Willgard Krause en Pixabay

A la Búsqueda del Hogar

Como otra mañana cualquiera, me apetecía salir a pasear sin rumbo fijo. Deseaba disfrutar del espléndido día, del calor del sol y del aire descontaminado, fresco e innato de la naturaleza. Así, sin darme cuenta me vi dentro del bosque. Y, como siempre me solía pasar, los aromas, los sonidos y los colores me hicieron sentirme en un mundo distinto, lleno de bellezas y misterios por explorar.

Seguía sin encontrar mi sitio en el mundo y multitud de preguntas me atormentaban cuestionándome mi destino. No creía que estas excursiones me darían respuestas, pero, al menos, calmarían mi ansiedad y mi desorden mental.

Me dejé embriagar por los gorjeos de los pájaros que, con sus increíbles colores, revoloteaban a mi alrededor; el crujir de la hojarasca, que alfombraba el terreno llenándolo de tonos ocres, cítricos, púrpuras y aceitunados; el correteo de criaturas que, recelosas de mi presencia, acudían prestas a esconderse en las copas y oquedades de los árboles. Era un inmenso silencio roto por pequeños chasquidos y notas musicales que me llenaban de asombro y satisfacción.

No tardé en sentirme desorientado. Me había alejado del sendero y la espesura me hacía notar perdido. Aunque me encontraba a gusto y reconfortado, empezaba a extrañar mi casa. Tal vez fuera a causa de la sed, el hambre o el frío que comenzaba a sentir.

Anduve sin conseguir reencontrar el camino hasta que salí a un claro entre los árboles en cuyo centro reinaba una cabaña, pequeña, humilde y hogareña. El humo que emanaba de su chimenea me fue atrayendo con su rico aroma y conforme me iba acercando, inconscientemente, una dulce melodía me invitaba a escudriñar en su interior.

Una cabaña solitaria en el interior de un bosque. rodeada de árboles. Predominan los tonos verdes, azules y marrones, todos oscuros. En la composición he modificado la imagen para que se vea de noche y con un cielo estrellado.
Imagen modificada a partir de la ofrecida por David Mark en Pixabay.

Me aproximé, lo más prudente y sigiloso que pude, para mirar por la ventana y contemplé la escena más fantástica e increíble que nunca pude soñar.

En lo que parecía la única habitación de la cabaña, salón, cocina y dormitorio se repartían los espacios para conformar una estancia de apariencia confortable y familiar. A la luz de la ventana, aparecían y desaparecían dos enanos que bailaban desmelenados y desinhibidos. Se acompañaban de una pequeñuela, rubita y de risa escandalosa, que revoloteaba, cual hada angelical, sobre ellos. Los tres se movían al son de la música que parecía interpretar un perro con un acordeón, sentado cómodamente en una silla, acompañado, cerca de él y sobre una mesa, de un gato que zapateaba al mismo tiempo que tocaba un tambor, y de dos ratones, que soplaban en sus instrumentos de vientos. Todos perfectamente sincronizados con la orquestada sintonía.

Pero lo que más me impresionó, a pesar de todo, fue la mujer que estaba junto a la chimenea. Parecía una simple anciana, encorvada y hacendosa, pero cuando volvió su cara hacia las criaturas estuve a punto de caer, escandalosamente, desvelando de esa forma mi disimulado espionaje. Era una mujer muy, muy, muy vieja, tanto, que parecía casi imposible distinguir sus rasgos ante la cantidad de arrugas que le cubrían el rostro. Su aspecto denotaba una imagen misteriosa, al mismo tiempo que causaba escalofríos y recelo. Algo en su persona intimaba y me hizo temer que, sin necesidad de mirarme, pudiera notar mi presencia.

Mientras los danzarines bailaban y los animales tocaban, ella parecía un director de orquesta, moviendo en su mano una larguísima cuchara de palo, que le servía tanto para remover lo que estuviera guisando en una grandísima olla, como para dirigir a los miembros de tan inusitado e inverosímil grupo.

De repente, la criatura voladora dio una cabriola increíble en el aire y terminó enfrentada al cristal de la ventana por dónde yo fisgaba y, claro… ¡Me vio!

Ahora sí que me caí de espaldas y rodé, intentando torpemente levantarme para salir huyendo. Por supuesto, no lo conseguí. Solo logré revolcarme por la hierba para terminar repantingado, frente a la puerta de la cabaña, para contemplar estupefacto como esta se abría.

Tras ella apareció la extraña mujer que había visto por la ventana, pero radicalmente distinta. Había perdido toda su apariencia mística. Ahora era una anciana dulce, con el aspecto más benévolo y entrañable que pudieras desear.

—Hola, ¿te encuentras bien? ¿Te has lastimado? —me preguntó, con su voz cantarina y deleitosa. Como si estar allí, sentado sobre el césped, fuera la cosa más normal del mundo.

Yo no atiné a responder, entre tartamudeos y farfullos. Así que terminé callándome y agachando la cabeza esperando un gran rapapolvo.

—¡Vamos, entra! Dentro de poco se hará de noche y el frío se volverá implacable. Te sentará bien tomar algo caliente. Seguro que te gusta la sopa. Sobre todo la mía —dijo acompañado de un cómplice guiño.

El miedo me impedía moverme, estaba a la espera de que saliera toda la tropa que había visto por la ventana y me molieran a palos por entrometido. Sin embargo, por la puerta salieron tres niños… y el perro.

Los dos chicos tenían la estatura de los enanos, pero sus caras eran lindas e inocentes, como la de unos niños, claro. Y la chica era más pequeña y rubia, como la criatura voladora, aunque ahora ausente de alas, pero con una sonrisa en la cara y dos hoyuelos en los cachetes que la hacían la bebita más dulce y adorable del mundo.

¿El Perro? Bueno, el perro era tal y como lo había visto, pero ahora se movía sobre sus cuatro patas y hacía… pues, lo que hace cualquier perro: mirar de forma amorfa y de lado, olfatear el aire, gruñir y parecer más tonto de lo normal. Suponía que los demás miembros de la troupe estarían dentro y parecerían también normales, lo cual me haría pensar en una alucinación o en un inicio de locura.

Los chicos me ayudaron a levantarme y entre todos, sin oposición por mi parte, me llevaron al interior de la cabaña. El ambiente era acogedor, confortable y lleno de los aromas que salían de la olla y que me hacían gruñir de forma bastante sonora el estómago. La verdad es que tenía bastante hambre.

Después de invitarme a sentarme a la mesa, la amable anciana llenó un bol de humeante sopa y lo colocó delante de mí. Me mostraba remiso a lanzarme sobre ella. Su aspecto no mostraba nada raro, aunque ciertas burbujas que aparecían y explotaban ruidosas me hacían desconfiar. Todos me miraban expectantes, empujándome con sus miradas a degustar la vianda. Un nuevo y espontáneo rugido de mi estómago me ayudó a decidir.

Su sabor era delicioso, especiado, sabroso y con ligeros matices que revoloteaban en mi paladar. Tras la primera cucharada se espantaron mis dudas y apuré en seguida el deleitoso caldo. El calor fue reconfortándome interiormente y me hizo sentir agradecido y satisfecho.

Todos los niños comenzaron a gritar de alegría y reanudaron el baile. La anciana me mostró una radiante y afable sonrisa y me sirvió un segundo plato de sopa que dejó sobre la mesa. Esta vez, me la fui tomando con más mesura.

Poco a poco, el ambiente festivo, las risas y bailes, el conjuntado jolgorio y el hambre saciada me fueron relajando y comprobé, con sorpresa aunque sin temor, que la escena que contemplaba iba cambiando. Los niños se fueron transmutando en los enanos que vi por la ventana, la pequeña rubita desplegó sus diminutas alas y comenzó a revolotear por toda la habitación, y los animales cogieron sus instrumentos y completaron la imagen que antes había creído imaginar.

¿La vieja? Ya no aparentaba ser una anciana bondadosa y entrañable. Su aspecto volvió a mostrar a la viejísima mujer, llena de arrugas y sonrisa siniestra, con más apariencia de hechicera que de abuelita. Sin embargo, no me causó temor. Al contrario, sentí una cercanía familiar que me animó a integrarme definitivamente a la fiesta.

No sé cuánto duró, la imagen que se veía a través de la única ventana iba cambiando. Pasó del somnoliento crepúsculo a una magnífica y tranquila noche estrellada. Se escuchó, tímida y brevemente, lejanos aullidos, tenues aleteos y el ronroneo del viento. Las notas siguieron sonando, acompañadas de palmadas y zapateos, y, sin darme cuenta, llegó el alba para insuflarle vida al bosque. Con este ciclo natural, perdí la noción del tiempo y disfruté alucinado hasta que la música cesó.

Todos empezaron a dar muestras de cansancio y la necesidad de irse a dormir. Me invitaron muy amablemente a que compartiera catre con ellos, sin embargo, sentía la exigencia de volver a casa. A mi casa.

Abandoné la cabaña, llevándome sus afectos y bendiciones, y deambulé por el bosque, de nuevo sin rumbo, durante bastante tiempo. No sabía encontrar el camino de regreso, todo me parecía distinto, insólito, nuevo, desconocido. Terminé llegando a un lago en donde quise saciar mi sed y refrescarme de la somnolencia que me empezaba a embargar el cuerpo y el espíritu.

Bebí con fruición y me lavé la cara con la fresca y límpida agua, pero cuando miré la imagen reflejada en su superficie la sorpresa me abofeteó. Vi unos ojos rasgados y profundos sobre una nariz ancha y redonda. Una inmensa perilla me recubría la barbilla y mis puntiagudas orejas sobresalían de una densa y negra melena. Pero lo más sorprendente eran los dos cuernos que predominaban sobre mi frente.

Miré mi figura, contemplativamente, durante unos intensos y largos segundos, asimilando mi apariencia. Me observé desde distintos ángulos, evaluando lo que veía, y… ¡Me gustó!

Me incorporé para contemplar todo mi cuerpo y disfruté de mis patas cabrías. Las huellas con forma de pezuña, que iba dejando sobre la orilla del lago, me hicieron reír. Inicié una pequeña danza, terminando de aceptar mi imagen, saltando y girando, hasta que unas pequeñas risas me hicieron parar y ver a docenas de criaturas que salían, con timidez, de entre el follaje. Me observaban maravillados, aplaudiendo y mostrándome su aprobación.

Vagaba por el mundo buscando, sin saber que era a mí mismo a quién buscaba. Ahora ya sé dónde está mi sitio. ¡Aquí! ¡Este es mi HOGAR!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea un cuento a partir de la imagen de una cabaña solitaria en el interior de un bosque y destaca una palabra en MAYÚSCULAS.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de JPlenio en Pixabay

La Travesía Imposible

Fotografía de una pisadas, de pies descalzos, sobre un suelo liso de arena.
Imagen de chezbeate en Pixabay.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Siempre mirada al frente, sin pensar en el camino por andar. Nunca mirar hacia atrás, lo pasado está pisado.

Las huellas que voy dejando son testigos mudos de mi paso por este desierto de arena. Su sinuosa irregularidad va mostrando mi errático recorrido, pero también, mi empeño por no cejar en el intento.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Hace rato que trastabillo andando, porque ya no tengo suficientes fuerzas para correr. Porque, qué más da, me queda demasiado camino por delante y, como dice el poema, lo importante es llegar.

El sol todavía se está desperezando y sus entumecidos rayos aún no calientan demasiado. Sin embargo, temo que antes de llegar a mi destino se mostrará en toda su magnificencia y cada bocanada necesaria de aire será sustento y dolor.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Intento divisar el horizonte, pero se me hace tan difuso y distante que a punto estoy de llorar. Menos mal que puedo contenerme, porque entre las lágrimas, el sudor y la arena voladiza que se me pega, ardorosamente, a la cara se me habría formado un engrudo que ríase usted de las prótesis de los trolls en el Señor de los Anillos.

Pie izquierdo, pie derecho, pie izquierdo, pie derecho…

Mis andares recuerdan aquellos tiempos de farra nocturna que terminaban subiendo las escaleras de mi casa a cuatro patas, porque el equilibrio se había quedado tirado junto a la barra del tercer pub que había visitado. Luego, hacía virguerías para meter la llave en la cerradura, pero esa es otra historia.

Pie izquierdo, pie derecho, pie derecho, pie izquierdo, mano derecha, mano izquierda, frente, nariz, bocazo en la arena…

Caído de bruces, cuan largo soy, saco la nariz enterrada e intento escupir los granos que se me pegan a la lengua. «¡Ferá fofible!» farfullo. Me miro las zapatillas y confirmó que los cordones se han aliado para abrazarse y provocarme tan estilístico batacazo.

Me pongo de rodillas y me sacudo la arena que ha quedado pegada en la ropa, pero al intentar ponerme de pie y proseguir mi andadura, un monstruo negro, peludo y de inmensas patas salta sobre mí. Caigo volviéndome a revolcar, cual croqueta casera, por la arena. «Fu fufetera fare» balbuceo, volviendo a toser y escupiendo arena como un aspersor, mientras veo como la inmensa mole peluda se aleja trotando.

—¿Qué, un día duro, eh? —Me espeta un tipo que me sobrepasaba corriendo y luciendo un modelito de lo más fashion.

Lleva pantalones cortos, rojo llameante, sobre otros negros, largos y muy ajustados. En la parte superior, un top amarillo deslumbrante, sobre una camiseta de mangas largas verde mareante. Para que no le falte nada, unas gafas de sol que le ocupan casi toda la cara y una gorrilla azul celestón. Es un catálogo pantone en movimiento.

Después de recuperar la ceguera que el sol, en complicidad con el payaso micolor, me ha provocado, logro incorporarme para continuar la odisea. Sin embargo, una bicicleta está a punto de atropellarme y solo me salva el aviso de su bocina, que nada tiene que envidiar al claxon de un tráiler.

Cuando una vieja con su andador también me adelanta, al mismo tiempo que me saca la lengua, pienso en abandonar. «¡¡Ya no puedo más!!». Pero una muchachita, con la ropa tan diminuta y ajustada que no me deja mucho a la imaginación, me hace reconsiderarlo. Al ver sus andares, y su anatomía trasera, me yergo vigorosamente, como si me hubiera tomado cinco litros de Bluecow o Perrorade y me incorporo a su estela.

Eso sí, rezongando por lo bajinis:

«¡¡¡No me vuelvo a levantar temprano para ir a correr por la playa!!!».

Relato escrito para la propuesta del VadeReto de este mes, en este mismo Blog:
Crea la historia que te inspira la fotografía de unas dunas de arena e incluye en el relato la palabra DESIERTO.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Greg Montani en Pixabay

Eterna Compañía

Dos manos (de un chico y una chica) enlazadas a través de los dedos índices. En ellos aparece tatuada un ancla.
El fondo está difuminado.
Imagen de Tú Anh en pixabay

Me prometió que nunca me abandonaría,
que pasara lo que pasase
siempre permanecería a mi lado.
Y yo le creí.

Siempre fue una persona extrovertida, seductora, simpática, tierna…
Su compañía era encantadora y agradable.
Y cumplió su promesa.

Sigue conmigo y nunca me siento solo.

Sin embargo,
desde que murió es un fantasma bastante jartible.

Lo que se Esconde entre la Niebla

En el día de mi séptimo cumpleaños celebramos una gran fiesta en la casona de mis abuelos. Fue un día maravilloso, disfrutando de los dulces, las risas, los juegos y la alegría de contar con mis amigos. Pero la noche fue todavía más increíble.

Me acosté reventado y me cobijé entre las mantas, deseando que su calor me adormeciera viajando entre felices sueños y esperando que la mañana tardara en llegar, porque necesitaba muchísimas horas de descanso.

Cerré los ojos y, aunque las imágenes del día revoloteaban traviesas e inconexas en mi cabeza, debí caer rápidamente dormido, porque desperté asustado y desorientado en medio de la noche.

Por un instante, creía estar todavía en la fiesta, rodeado de la algarabía estruendosa de la celebración. Sin embargo, el silencio era contundente y la oscuridad de la habitación solo se veía profanada por rendijas de luz que se atrevían a penetrar por entre las cortinas. Supuse que la luna, en su máximo esplendor, batallaba contra las tinieblas de la noche. Su brillante intensidad gritaba invitándome a escudriñar por el balcón.

La curiosidad y la valentía, que me daban mi inocente mocedad, me hizo levantarme y curiosear el exterior y lo que vi, primero me aterró y luego me cautivó. Una inmensa, turbia y blanquecina niebla había creado un impresionante paisaje que me impedía ver más allá de los cristales. Los jirones, de ese extraño humo, bailoteaban en el aire y la luz de la luna, atravesando esas extrañas colgaduras, creaba increíbles coreografías. Una extraña voz, que resonaba en mi cabeza, me impelía a salir fuera.

Como amante de las aventuras y, sin el miedo que da la adultez, abrí las puertas del balcón. Sin los límites del cristal, la vaporosa criatura, que flotaba ingrávida, penetró sin permiso en la habitación. Me sentí efusivamente secuestrado en un abrazo tenebroso, pero increíblemente acogedor. De forma inconsciente, el terror se transformó en curiosidad y el recelo en osadía. Con decisión, atravesé la falsa seguridad de los postigos y me adentré en la niebla. Algo o alguien me insuflaba una extraña valentía que en otras ocasiones siempre eché en falta.

Al principio, el frío me hizo tiritar bajo mi escueto pijama, la humedad me hacía sentir como si me hubiera lanzado a una piscina. Luego, poco a poco, el entusiasmo, la excitación y la temeridad de la aventura fueron calentándome la sangre. Empecé a corretear entre los apenas visibles árboles y descubrí un mundo fabuloso e insólito.

Imágenes ocultas entre la bruma se fueron haciendo nítidas y aparecieron maravillosas criaturas como salidas de cuentos de hadas: un potrillo saltando divertido, blanco como la nieve recién caída, con un cuerno colorido en la frente; un cervatillo, levantándose sobre sus patas traseras, tocaba una hermosa melodía con su flauta; una pandilla de enanos, alborotando con su estruendosamente risa, se daban empujones y caían al suelo en una cómica representación; una bellísima joven, de larguísima melena del mismo color que el agua, nadaba en un pequeño lago y, de vez en cuando, mostraba su escamosa y brillante cola de pez; una miríada de pequeños insectos emitían luces de colores, que al verlos de cerca resultaban ser diminutos seres voladores; un caballo extendía sus enormes alas blancas con intención de elevarse en un vuelo magistral; una espléndida águila se giró para mirarme, mostrando su insólita cabeza de mujer…

Fotomontaje creado sobre un fondo de un bosque verdoso lleno de neblina.
Entre los árboles se pueden ver, difuminados y casi escondidos, un unicornio alado, un par de hadas, una sirena que flota en el aire, un fauno y un enano.
Toda la composición está realizada a partir de las imágenes acreditadas al final de la entrada.
Créditos de las imágenes usadas para el fotomontaje al final de la entrada.

No salía de mi asombro y disfrutaba con cada aparición como si estuviera en una misteriosa y excepcional feria de rarezas fantásticas. Saltaba, bailaba, gritaba, reía con cada criatura. Para mí era una extensión de la fiesta que había disfrutado durante ese extraordinario día.

De repente, en la neblina emergió una gran voz sin boca.

—¡No temas, pequeño! Bienvenido al mundo de Fantasía —me dijo con entonación profunda y grave, pero dulcificando la inflexión de cada sílaba hasta transmitirme una increíble calma—. ¡Déjame que te enseñe!

Era tal la belleza y la fascinación por lo que estaba descubriendo que, en lugar de salir corriendo asustado, asentí complacido y me mostré deseoso de conocer más cosas de ese fantástico mundo. Así, el etéreo cuentacuentos me fue relatando historias en donde todos estos personajes tenían su protagonismo.

En la mañana, mis abuelos me encontraron entre los árboles, acurrucado en el suelo cerca del balcón, arropado entre la hojarasca algodonosa y cálida, plácidamente dormido. Alertados al no encontrarme en la cama, había salido aterrados a buscarme. Al ver que no había sufrido ningún daño, me abrazaron, me besaron y me hicieron prometer que nunca más abandonaría la protección de la casa y el abrigo de la habitación. Por respeto a ellos y a su amor, así lo hice.

Cuando les conté mi aventura nocturna, sonrieron benévolos y me aseguraron que todo había sido un sueño, aunque yo no quise creerlos. Respeté la promesa echa, pero no dejé cada noche de asomarme a los cristales de la imaginación. Deseaba conocer nuevos personajes, nuevas historias, nuevas aventuras. Por la mañana lo transcribía todo, frenética y apasionadamente, en mis cuadernos, creando este fantástico e insólito diario de CuentaCuentos.

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia que se escenifique en la NIEBLA.

Créditos de las imágenes usadas:
– Fondo de la cabecera y del fotomontaje de Darkmoon_Art en Pixabay.
– Hada Alada de Stefan Keller en Pixabay.
– Enano de piedra de Wolfgang Eckert en Pixabay.
– Hada Bailarina de SilviaP_Design en Pixabay.
– Sirena de Dina Dee en Pixabay.
– Unicornio/Pegaso de Elaina Morgan en Pixabay

El Deseo Más Difícil

Sobre un fondo, rojizo anaranjado, con estrellas y luces desenfocadas, aparece una sucesión de cartas de correos. Se muestran de izquierda a derecha, en perspectiva, de la más pequeña a la más grande en primer plano. Formando una pequeña espiral.
Imagenes:
Cartas, de Gerd Altmann en pixabay;
Fondo, Imagen de Monicore en pixabay

Durante esos momentos, en que abre la saca llena de cartas, se ve importante. Se da cuenta que existe, porque creen en él. Bueno, creen los niños y unos pocos adultos, aunque intenten disimularlo. Durante unos pocos días deja de ser invisible.

Sin embargo, su ánimo enseguida decae. Cada año, las cartas se le hacen más difíciles de leer. Los niños están perdiendo toda su inocencia. Ya no piden juguetes sencillos, juegos de mesa para compartir con sus amigos, balones o muñecas, ropas deportivas o disfraces de superhéroes. Ahora, les gusta comportarse como adultos. En sus cartas solicitan, más bien exigen, ropa de marca, viajes a lugares carísimos, juegos de videoconsola violentos e incluso imitaciones perfectas de armas de fuego. Siempre pensó que los niños eran los únicos que podrían cambiar el mundo, pero ahora tiene muchísimas dudas.

Lee todas estas peticiones de pasada, muy rápidamente. Ya se encargarán los duendes mágicos de conseguirles estos regalos caros, o no. Él se interesa más por otros mensajes que escriben al final, como si se hubiesen acordado de añadirlos antes de cerrar la carta.

Suelen ser mensajes esperanzadores. Aunque no sabe si dudar de que lo hagan de corazón o, simplemente, como una forma de reblandecer su corazón, de parecer más dulces e inocentes. O, quizás, para contentar a sus padres y que se engañen pensando en lo buenos que son sus hijos. Pero él se deja convencer, necesita creer que son ciertos.

«Me gustaría que todo el mundo viviera en paz, no aguanto las imágenes de guerra en la tele», dice un chico que antes ha pedido un cañón para jugar en el jardín.

«¿Por qué no haces que al mismo tiempo que llueve agua, también llueva comida? No creo que sea tan complicado. De esa forma, se acabaría con el hambre en el mundo», solicita otro que pide doce tipos distintos de chocolatinas.

«Cuando voy por la calle veo muchos pobres pidiendo por los suelos, ¿no podrían venir los extraterrestres y llevárselos?». Bueno, este último no es, precisamente, un mensaje muy esperanzador.

De esta forma, sigue repasando todas las cartas que los niños le han ido dejando. Hasta que descubre una, algo más abultada, llena de dibujitos de colores, de un pequeño que se ha esforzado en realizar la caligrafía más hermosa del mundo. Al abrir el sobre, e intentar sacar la hoja manuscrita, caen al suelo dos tarjetas de visita y una fotografía. En esta última se ve a un hombre, una mujer y un niño, todos mirando a la cámara, muy sonrientes. Parecen muy felices. Lo deja todo a un lado y se dispone a leer la carta.

Con un simple vistazo, sus ojos se le empañan y su corazón se quiebra. No hay ni una sola petición de juguetes, ni un solo deseo personal o egoísta, ni siquiera un mensaje de paz y amor para el mundo. Solo un par de frases:

«Deseo que mis padres vuelvan a vivir juntos.
Deseo que volvamos a ser una familia normal».

El hombre de las barbas blancas no puede contener las lágrimas, que le emborronan el texto impidiéndole releerlo. Mira hacia el cielo y piensa: «Ojalá yo tuviera el poder de esa magia, pequeño».

Vuelve a meter las tarjetas y la fotografía, junto con el folio, en el sobre y se la guarda en un bolsillo interior, el que se calienta junto a su corazón, y sigue leyendo las demás. Solo unas pocas más llegan a llamar su atención, pero la del pequeño de la foto no deja de palpitarle en el pecho.

Cuando termina, las deposita todas en un contenedor azul y se dirige hacia una tienda de comestible, donde se compra un bocadillo y una gran botella de whisky, de marca blanca, no ha ganado tanto dinero en su trabajo como para permitirse un respetable homenaje.

Mientras deambula por las calles, entre bocado y sorbo, la imagen del pequeño de la fotografía se va horadando en su pensamiento. Intenta recordar su sonrisa, sin embargo, su mente le devuelve su cara triste. Lo feliz que sería el pequeño si él fuera capaz de conseguir cumplir su deseo. ¡Claro! ¡Es tan sencillo! Se dirige a la dirección que aparece en cada tarjeta, que listo es el chaval, llama a la puerta y les dice: «déjense de tonterías y quiéranse de nuevo». ¡Ya está, así de fácil! Jejeje. Si no le dan una patada en el culo que lo devuelva a la calle, seguro que llaman a la policía. El traje rojo y los pelos y barbas blancos no les convencerán. Tampoco sus hechuras, desdeñosas, descuidadas y achacosas. No, ya tiene bastantes problemas como para pasar la Nochebuena en un calabozo.

Con lo fácil que lo tendrían, hoy en día, si no les empujara el orgullo. Un mensaje de WhatsApp y sin tener que dar la cara. Escribir una disculpa, enviar y listo. Pero ninguno querrá dar el primer paso y, lo más seguro, es que estarán totalmente deseosos de que el otro les llame.

¿Podría mandar él esos mensajes? Sí, claro. Solo tiene que hacer un cursillo exprés de hacker. Decididamente, el whisky es barato, pero peleón.

Sigue paseando por las desiertas y frías calles, aunque más bien va dando bandazos y manteniendo milagrosamente el equilibrio. De vez en cuando, se mira en algún escaparate y se cachondea de su imagen. En las fotografías y dibujos sale con mejor porte. Ahora lleva la chaqueta por fuera del cinturón, el gorro colgando de una oreja y las barbas, bueno las barbas son suyas, de lo contrario ya las habría perdido en alguna esquina.

Cuando se termina la botella, sintiéndose suficientemente caliente por dentro, decide echarse a dormir. Aunque en realidad cae de cabeza entre unas bolsas de basura que le servirán de colchón. Duerme todo lo plácida y profundamente que el alcohol en su sangre le procura, pero la imagen del niño y la posible resolución de su problema, no dejan de errar por sus sueños.

 

El día siguiente, vísperas de la Navidad, amanece algo nublado, pero conforme van avanzando las horas, el sol se permite salir tímidamente para calentar los hogares. Excepto dos de ellos. En uno, un hombre, ha decidido no salir de su bata, se dispone a pasar las Navidades más solitarias de su vida. En el otro, una mujer, acompañada de su hijo, también se encuentra embargada por la tristeza, aunque intenta con todas sus fuerzas que su pequeño no la vea llorar. No sabe que él es demasiado listo para dejarse engañar. Tampoco adivina que tiene una carta mágica que está totalmente seguro de que va a funcionar.

Ambos almuerzan escuetamente, en otras fechas para no atiborrarse antes de la cena, ahora porque en realidad la pena les ha quitado el apetito. Los dos intentan afanarse en tareas que los distraigan de pensar en el otro. Él, cambiando de lugar papeles, libros y cajas que terminarán de nuevo en el sitio original, es incapaz de centrarse en su trabajo. Ella, componiendo los adornos navideños con su hijo, incluyendo el árbol. Aunque ambos, sin necesidad de consulta, han decidido que este año no pondrán la estrella. Esa misión siempre ha estado a cargo del padre.

En un determinado momento, los dos pasan de forma simultánea por la puerta de entrada a sus respectivas casas. Por debajo de ella han introducido un cartón con una ilustración impresa. En realidad es una postal, en donde se puede ver a un horondo y sonriente Santa Claus. En el interior, el mismo texto: «Lo siento, cariño. Quiero pedirte perdón. Creo que en un día como hoy deberíamos darnos otra oportunidad. ¿Por qué no nos vemos los tres para cenar?».

Primero se sorprenden, luego sonríen con sus ojos llorosos y después se llevan la postal al corazón.

En el mismo instante, un hombre y una mujer dejan que sus lágrimas los limpien de odio y rencor. Se dejaron convencer de que eran más fuertes que el amor que sienten. A duras penas han entendido la letra, pero les da igual que la caligrafía parezca escrita por un borracho. Es lo que han estado esperando desde hace demasiados días.

Con el corazón lleno de amor y emoción, corretean por toda la casa intentando encontrar sus móviles. Buscan por la cocina, el dormitorio, el salón. ¿A dónde lo lanzaron la última vez que esperaron encontrar un mensaje del otro? Casi al mismo tiempo consiguen encontrarlo, pero no se atreven a llamarse. Tienen mucho recelo del temblor de sus voces.

Simultáneamente, aparece en sus pantallas un mensaje:

«¿Nos vemos?».

Sin saludos ni preámbulos. De hecho, no son conscientes de haberlo escrito. Pero seguidamente aparece otro texto:

«Claro que sí».

Los dos sonríen, ya sin disimulo, y se afanan por escribir rápidamente:

«¿A qué hora te viene bien?», se adelanta él.

«A la de siempre, como todas las Nochebuenas», contesta ella.

«¿Qué te apetece que lleve, vino blanco o tinto?», se atreve él, ya sin mesura.

«¿Por qué no cenamos mejor con champán?», se lanza ella, de perdidos al río, piensa.

«Estaré allí puntual, como siempre», escribe él, añadiendo un emoticono de guiño y otro de sonrisa socarrona.

«¡Te quiero!». Se despiden los dos al mismo tiempo.

Esa noche, el hombre, todavía vestido de rojo, se asoma con cautela a una de las ventanas de la vivienda y sonríe como hace muchísimo tiempo que no se lo permite. Su truco ha dado resultado. Ahora está en manos de ellos que el deseo del pequeño se cumpla plenamente.

Le gustaría ver la cara del chico, pero no quiere demorarse y exponerse a que lo descubran. Tampoco le hace falta, será muy parecida a la que ve reflejada en los cristales de la ventana, aunque mucho más joven.

De esta forma, el hombre, que durante unos días del último mes del año se disfraza con los ropajes de Papa Noel para un Centro Comercial, ha conseguido hacer realidad un deseo. ¡Un precioso deseo! La magia, que su disfraz representa para tantísimos niños, parece haber funcionado.

Aunque sereno, se aleja dando tumbos, su cuerpo ya se ha acostumbrado, pero no hay persona en el mundo, en este instante, que se sienta más feliz que él. Aunque siga sin tener un euro en el bolsillo, un techo en el que cobijarse y la esperanza de un futuro. Pero quién sabe. Tal vez el Milagro de la Navidad exista y el verdadero Santa se acuerde de él.

Un Papa Noel, riendo y bailando (dibujo animado, en la parte izquierda), sobre un fondo azulado del que caen copos de nieve, representados por el símbolo hexagonal. A la derecha un abeto nevado y en la parte inferior todo el suelo blanco, nevado también.
Imagen de JaymzArt en pixabay

Este relato participa en la propuesta literaria VadeReto de este mes,
para este mismo blog:
Crea una historia relacionada con los Deseos.

La Leyenda de Snowy Mountain

Kurioshity era una niña intrépida, inquieta y, claro, muy curiosa. Nunca paraba demasiado tiempo en un lugar y siempre llegaba tarde a la cena. Le encantaba explorar, investigar y adentrarse en cada recoveco que la tierra le confiara. Por eso, cuando se enteró de la leyenda de Snowy Mountain, no se lo pensó dos veces.

Una mañana temprano, le dijo a su madre que le apetecía acercarse al pueblo para ver la nueva tienda de dulces, sus amigos del colegio le habían contado maravillas de su escaparate. Al mismo tiempo, le insinuó melosa, podría comprarle las cosas que necesitara. Su madre, además de sorprendida, se sintió complacida de que, por una vez, se mostrara cooperativa y la ayudara con los quehaceres domésticos. Le hizo una lista de todo lo que necesitaba, le dio varias monedas y un profundo, largo y apasionado beso en la frente.

—No te entretengas mucho, Kury. Ya sabes que me gusta que estemos todos juntos para la comida —le dijo su madre, a sabiendas de que volvería a llegar tarde.

La pequeña le devolvió el beso con un soplido de la mano, se calzó sus grandes y abrigadas botas, se endosó su cálida chaqueta y se dispuso a iniciar otra de sus maravillosas aventuras.

«Allí voy, Snowy Mountain», se dijo jovial y entusiasmada.

La leyenda de esta montaña databa de antiquísimos años. Se decía que, en realidad, este descomunal promontorio no había existido como tal en un principio, sino que se había formado para encerrar en él a un ser monstruoso que aterraba a toda la región.

¿Podía haber un misterio más encantador para la jovencita Kurioshity?

Tardó bastante en llegar a las faldas de la montaña, pero era tal su ansiedad en conocer sus secretos que se le hizo cortísimo el camino. Cuando puso un pie en ella, este se le hundió en la nieve hasta la pantorrilla. Cogió una gran bola con sus manos, se quitó un guante y hundió un dedo en ella. Le encantó su aspecto sedoso y esponjoso. ¡No estaba fría! ¿Cómo era eso posible? Su curiosidad le llevó a probarla. ¡Sabía a nata con un toque de canela! Esto tenía que ser algo mágico. Su empeño se redobló para alcanzar la cumbre. Tenía que descubrir qué había en su interior.

No le costó demasiado llegar a la cúspide. Un camino, que parecía creado especialmente para ella, le iba señalando las zonas más cómodas y menos peligrosas para ascender. Cuando llegó tan arriba que las nubes le dificultaban ver el suelo, encontró la entrada de una gruta. ¿Iba Kury a pensárselo, dudar o tener miedo en acceder a ella? ¡Por supuesto que no!

En cuanto se adentró en la cueva, el sonido del viento exterior mermó y un expectante silencio se hizo su compañero. Increíblemente, las motas de esa extraña nieve se habían colado hasta el interior de la caverna y ¡brillaban! Como pequeñas luciérnagas blancas iban pincelando de luminiscencia el camino hacia lo más profundo de la montaña.

De forma asombrosa, fue descubriendo la abundante vida que habitaba aquella brecha en la tierra. Setas, de todas las formas y colores; flores, de increíbles aspectos y olores; pequeños roedores, que se escabullían en cuando la veían; incluso alguna mariposa, que revoloteaba frente a su cara intentando averiguar quién era la intrusa. La pequeña no estaba asustada, al contrario, sus ojos se maravillaban ante todo lo que encontraba. Le divertía aquel extraño mundo que de alguna forma se había mantenido oculto de todo, y de todos, durante el tiempo, porque nadie se atrevía a acercarse a aquella montaña.

Cuando ya estaba muy adentro de las entrañas de aquella mole, comenzó a escuchar un tenue siseo. Primero, se detuvo recelosa, ¿podría ser una serpiente? Luego, agudizó sus oídos y comprendió que era demasiado intenso y grave para ser emitido por un pequeño reptil. Si era una serpiente tendría que tener un tamaño impresionante. Como todos imaginaréis, no se amedrentó y siguió adelante para averiguar su origen.

El sonido se fue haciendo más potente y estruendoso, hasta hacerse reconocible. ¡No se lo podía creer! Parecían… No… ¿¡Eran ronquidos!?

No tardó en comprobarlo. El camino terminó abruptamente abriéndose a una inmensa caverna, tan grande como la propia montaña. Y en su interior estaba el dueño de los ronquidos: un imponente troll que parecía dormitar plácidamente en su aislado cubículo.

Era gigantesco y parecía muy viejo. Tenía unas inmensas barbas blanquísimas y una melena también cana y muy espesa, aunque dejaba ver una pequeña, lisa y sonrosada tonsura que apenas tapaba una diminuta corona. A Kury no le pareció, en absoluto, el monstruo aterrador y horrendo del que hablaba la leyenda. Al contrario, le resultó adorable.

Dibujo, digital y realista.
Desde la salida de un túnel a una caverna, una niña, de espaldas a nosotros, observa a un gigante.
Solo se ve su cabeza, de aspecto muy viejo, con una gran narizota, grandes barbas y pelo blancos y una pequeña corona.
La oscuridad del túnel y la apertura de la caverna, sirven de marco al posible diálogo de los dos personajes.
Imagen de Willgard Krause en Pixabay.

Se sentó en la cornisa, dejando los pies colgando hacia el interior de la caverna. Se regodeó observando al extraño habitante de la montaña sin decidirse a despertarlo. Si lo sacaba súbitamente de su sopor podría no comportarse de una manera tan dulce a su apariencia.

Así se pasó varios minutos donde escrutó con ojos ávidos cada rincón de la gruta, cada detalle de la insólita indumentaria del troll y cada mohín que este hacía en su apacible sueño que, a veces, le causaba alterados espasmos que a Kury le resultaban tremendamente divertidos.

Cuando se cansó de esperar, parecía que aquel dormilón fuera a prolongar su siesta hasta el final de los tiempos, comenzó a idear la forma de despertarlo sin provocarle ningún sobresalto.

Empezó lanzándole pequeños guijarros que iba recogiendo del suelo, pero estos rebotaban en él sin causarle la menor molestia. Uno incluso le pegó en su oronda, bulbosa y gran nariz, pero se rascó con los dedos de una de sus manazas y siguió en su plácido descanso.

Viendo que no tenía nada más a mano para tirarle y que no encontraba otra forma, se decidió por hablarle. Primero en un tono bajo y dulce:

—¡Viejiiitooo con barbiitaaas… despieeertaaaa!

Luego levantando algo la voz:

—¡Dormilón de la caveeernaaa… espabílaateee!

Para, finalmente, desesperada, elevar indebidamente la voz:

—¡¡¡ABRE LOS OJOS!!!

Su voz no debiera haber sonado más fuerte que el soniquete de uno de los muchos grillos que habitaban esas oquedades, pero Kury no contó con el travieso eco que dormitaba junto al troll. Su grito se fue amplificando y retumbando de pared en pared. Golpeo el suelo y el techo y desde allí le dio una tremenda trompada en las fosas nasales al lirón durmiente.

La niña, temerosa de la reacción del gigante, se cobijó dentro de la cueva y vio como el troll se despertaba sobresaltado.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? —balbuceó totalmente adormilado y asustado.

Su voz no prorrumpió de forma abrupta y tosca, como cabía esperar, e incluso el eco pareció desentenderse de ella y seguir durmiendo sin afectarla. Tu tono era dulce y afable. Sentía más curiosidad que enfado.

Kury siguió escondida unos instantes hasta que, ante la insistencia del troll interpelando al silencio, decidió asomarse tímidamente y presentarse:

—Soy yo —dijo, modulando y azucarando su voz.

—¿Quién? —repitió el troll.

—¡Yo! —Volvió a repetir la pequeña.

—¿Y quién eres Yo? ¡Muéstrate que te vea! —solicitó un poco impaciente el gigante.

Kury fue dejando la invisibilidad que le otorgaba la oscuridad de su escondite y se mostró, tímida y solícita, haciéndole una reverencia.

— Kurioshity de las tierras fértiles, para servirle a usted y a sus barbas.

El troll mostró primero gran sorpresa y admiración. Luego al ajustar sus ojos y contemplar mejor a la pequeña criatura que se asomaba por la gruta, estalló en unas inmensas y estruendosas carcajadas.

La niña no se sintió ofendida, sino que lo acompañó en sus risas y durante unos segundos parecieron ser dos amigos entrañables que se encontraban después de mucho tiempo.

Cuando el troll consiguió calmarse, se secó las lágrimas, que hacían mucho tiempo que no bañaban su cara, y le preguntó a la pequeña:

—¿Quieres servir a mis barbas?

—Bueno, en realidad era una forma amable de presentarme, pero me encantan esas barbas tan grandes, blancas y brillantes.

—¡Vaya! Muchas gracias. Son casi tan viejas como yo —respondió en tono festivo—. ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocerte —exclamó Kury, sin ningún reparo.

—¿A mí?

—Sí. A ese ser tan monstruoso, horripilante y apestoso que la gente dice vivía aquí —dijo de manera pomposa. Añadiendo sutilmente un guiño que exageró cómicamente, para que el troll pudiese percibirlo bien.

El gigante hizo un mohín y se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que pasa con las leyendas, se van desvirtuando y creciendo con la imaginación de la gente. Por desgracia, al ser muy diferente a ellos me han convertido en un monstruo, aunque hace muchísimo años que nadie me visita. En realidad, no creo que viva nadie que me recuerde.

—¿Cómo te llamas?

—Schofengonfeitenweger —dijo, con gran afectación, y su nombre resonó en cada piedra de la caverna con un reverenciado eco.

—Schof… Schofien… Scochofe… —intentó repetir la pequeña con escaso éxito.

El coloso prorrumpió de nuevo en atronadoras carcajadas y la chica rio con él.

—¿Es verdad que te encerraron aquí? —volvió a interrogar la chica sin cejar en sus inquietudes por conocer todos los detalles.

—¿Encerrarme? ¿Quién? ¿Y por qué? Nunca le hice daño a nadie.

—¿Entonces qué haces aquí dentro?

—Esa es una gran pregunta —dijo el barbudo soltando un par de risotadas. Se lo pensó un instante y luego prosiguió.

»Esta es mi casa. Soy un troll de las cavernas. Aquí nací y crecí. Desafortunadamente, no fui consciente de que puedo hacerlo de forma desmesurada si no me controlo, pero como me gusta tanto comer, crecí, crecí y me agrandé de tal forma que ya no puedo salir de aquí.

»Sin embargo, en realidad ese no es ningún problema. Los trolls de las cavernas vivimos siempre ocultos y en las profundidades de estas cuevas, solo salimos por curiosidad o para comprobar que estamos haciendo bien nuestro trabajo. Aunque en mi caso, tengo a mágicos confidentes que me informan y ponen al corriente de todo.

—¿Trabajar? —exclamó la chica muy sorprendida—. ¿Tú también tienes que trabajar? ¿Qué haces?

—Soy el GUARDÍAN de la naturaleza —dijo de forma solemne—. Me encargo de controlar que cuando los hombres la dañan con sus acciones, esta no responda de forma desproporcionada y cruel. Yo la apaciguo y la llevo de nuevo a la paz y la armonía.

—¿Y cómo haces eso?

—Bueno, hay muchas formas de hacerlo: Cantándole una dulce melodía, contándole algún cuento divertido o, simplemente, hablándole de forma dulce y sosegada. La naturaleza es sabia, paciente y comprensiva y yo soy un maravilloso cuentacuentos, cantante y adulador. Al contrario que los hombres, ella enseguida comprende que no hay nada positivo en la venganza y la ira. Con mi consejo y su buen juicio, la naturaleza vuelve a su cauce y no se producen demasiados cataclismos.

—Pues entonces, me parece que, últimamente, no haces muy bien tu trabajo —le espetó la pequeña con descaro e insolencia.

—Bueeeenoooo —respondió el troll afligido y sonrojado—. Es que a veces me quedo dormido profundamente y me cuesta mucho despertarme. En esos instantes todo puede descontrolarse y desmadrarse.

»Antes tenía una amiga que me despertaba cuando veía que dormía demasiado tiempo, pero tuvo que emigrar para buscar pareja y formar una familia. Así que me quedé solo. Como paso tanto tiempo aquí, sin poder salir y aburrido termino cayendo sin remedio en el confortable sueño.

—Ya veo —musitó Kury dubitativa—. ¿Y no has encontrado quién la sustituya, claro?

—Bueno, ya sabes el por qué nadie se atreve a visitarme.

—Estoy pensando…

—¿El qué? —inquirió el troll impetuoso.

—¡Espera, no seas impaciente! Déjame meditar un momento.

Durante unos instantes, que al vehemente gigante le parecieron eternos, la chica se quedó callada y pensativa, tramando, seguramente, alguna de sus increíbles travesuras. El troll empezó a pensar que se había quedado dormida, cuando ella volvió a reaccionar:

—Se me está ocurriendo… Según dices, cuando la tierra se enfada con nosotros responde con tormentas, terremotos, inundaciones, todas esas cosas que nos amenazan y hacer peligrar nuestras vidas. ¿Verdad?

—Exactamente.

—Y tú eres el encargado de calmarla, pero no puedes hacerlo si te quedas dormido.

—Lo has entendido perfectamente.

—Además, sabes cantar y contar maravillosos cuentos y… a mí me encantan las dos cosas.

—¡Mira qué bien!

—¡Ya está!

—¿Quién? ¿El qué? ¿Dónde?

—Yo seré tu despertadora.

—¿¡Cómo!?

—Sí, cuando vea que la tierra se pone traviesa vendré corriendo y comprobaré que estás despierto o, en caso contrario, si has caído como un tronco, te despertaré. A cambio, podré disfrutar de esos momentos que tanto dices que le gustan a la madre naturaleza.

—¿Harías eso?

—¡Claro que sí!

—Entonces… ¿Serás mi nueva amiga? ¿Vendrás también, de vez en cuando, para hacerme compañía y contarme historias?

—A su servicio, señor shofengo… Scochafle… Señor barbitas.

Y ambos volvieron a reír cómplices y amigos.

De esta forma, Kury encontró por fin a alguien con quién nunca se aburría, que siempre la colmaba de nuevas historias y que la hacía disfrutar de maravillosas canciones. Además, durante el tiempo que se encargó del perezoso troll, la naturaleza se mostró agradecida y no se ensañó con los descuidados y maleducados hombres que la maltrataban. Su amistad y compañía fue pasando de generación en generación y el monstruo de la Montaña Nevada nunca más se sintió solo y abandonado. Aunque la leyenda siguió mostrándolo horrible y grotesco. De esa forma, se evitaba que la montaña se convirtiera en un centro turístico y así se respetaba el hogar del GUARDIÁN de la naturaleza.

Relato propuesto para el Desafío Literario BLA BLA BLA, del blog FantEpika, de Jessica Galera (@Jess_YK82):
Crea una historia con diálogo para la imagen y usa el Elemento Oculto
(Elegido el Nº.3): El Guardián

PD. Imagen de la cabecera de Kinkate en Pixabay

Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
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Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.