Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
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Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.

Un Samhain Accidentado

Por la carretera comarcal 512, un Citroën Berline del 63 casi no toca el asfalto. Lleva tal velocidad que desde su interior no se puede divisar el paisaje. Aunque es de noche, la luna del Samhain alumbra claramente los bordes de la carretera. Al volante va Juanbe Vido, casi no ve la carretera y conduce más por intuición que por certeza. A su lado, su mujer le habla y protesta, aunque él no la escucha:

—Cariño, has bebido demasiado. Ve, al menos, más despacio. ¡Vamos a tener un accidente!

—No te escucha mamá. Nunca te escucha —le dice su hijo desde el asiento trasero.

—Tranquilo cielo, enseguida llegaremos a casa —le responde con cariño su madre.

—No sé si tengo ganas de llegar a casa con él borracho.

Su padre no les hace caso y coge la botella que reposa junto el freno de mano, se la lleva a la boca y suelta brevemente el volante. Solo hace falta ese lapsus para que el coche se descontrole y empiece a culebrear por la calzada. Cuando Juanbe quiere recuperar el control ya no es posible. Todos gritan. El coche se sale de la carretera y, después de arrollar todos los arbustos y setos que se encuentra por delante, se empotra contra un árbol. El estruendo de la chatarra y los cristales estallando resquebrajan el silencio del bosque.

Al cabo de unos pocos segundos, la mujer sale con dificultad, la puerta del copiloto ha desaparecido. Cae al suelo y resopla. Se mira y comprueba que no tiene ni un rasguño. Sin esperar demasiado, se levanta y se dirige a la parte trasera, las puertas están desencajadas y abiertas, pero su hijo sigue dentro. Lo saca, lo deposita sobre el suelo terroso y, después de evaluarlo, comprueba que tampoco tiene ningún rasguño.

—Cariño, despierta. Estamos bien —le susurra cerca del oído al pequeño.

El chico parpadea y sonríe al ver la cara de su madre. Ella le devuelve la sonrisa y ambos se abrazan.

—Vamos, hijo. Tenemos que sacar a tu padre del coche.

—¿Por qué, mamá? Él no nos ayudaría a nosotros.

—Porque nosotros no somos como él, cariño.

Ambos se dirigen a la puerta delantera, aunque no consiguen abrirla. En el interior, el hombre se ha quedado trabado entre el volante y el sillón. Todavía respira, aunque con dificultad, y en su cara se pueden ver manchas de sangre. Tiene que haber chocado contra la luna delantera.

Ninguno de los dos intenta tocarlo, saben que no podrán sacarlo. Se miran y el pequeño, con cara seria y decidida, vuelve a decirle a su madre:

—Dejémoslo ahí, mamá. Es lo que él haría con nosotros.

—Ya te lo he dicho, hijo. Nosotros no somos como él. Tenemos que buscar ayuda.

—¿Pero dónde? Estamos en medio de un bosque.

—Si no comenzamos a caminar no encontraremos nada. Seguro que hay por aquí alguna casa. Cuando la encontremos, pediremos ayuda.

A regañadientes, el chico asiente. Se cogen de la mano y se adentran en el bosque.

Conforme caminan por entre la espesura los pájaros dejan de cantar. Los pequeños animales se esconden de su presencia y los aullidos, de animales más grandes, se escuchan en retirada.

Al cabo de unos minutos, el olor de la chimenea, y algo que se está asando en ella, les llega antes de divisar la casa. Corren siguiendo su olfato y llegan a un claro en dónde consiguen ver la hacienda. Esta, solitaria y casi en ruinas, los recibe en silencio.

—Mamá, me da miedo este sitio.

—Tranquilo cariño, seguro que quién vive ahí puede ayudarnos.

Con más convicción que valentía se dirigen hacia la puerta y, antes de que intenten llamar, esta se abre. Aparece un hombre de aspecto desaliñado, de casi dos metros de altura y bastante de ancho. Se sorprende al verlos, pero les sonríe. Le faltan muchos dientes y su cara les devuelve un gesto adusto y aterrador.

—Vaya, vaya. ¡A quiénes tenemos por aquí! ¿Qué puedo hacer por vosotros? —Su rostro se vuelve más terrorífico, si eso es siquiera posible.

—Disculpe señor, necesitamos ayuda —dice rápidamente la mujer, consiguiendo a duras penas que la voz no le tiemble. El pequeño no tarda en ocultarse detrás de ella.

—¿Ayuda? ¿Qué hacéis solos en este bosque? —ronronea, oteando los alrededores, por si ve aparecer a alguien más.

—Verá, señor. Volvíamos a casa en coche, pero hemos tenido un accidente. Mi marido conducía y se ha salido de la carretera. Ha chocado contra un árbol. Está muy malherido y no podemos sacarlo del coche. Necesita un médico urgente.

—¿Un médico? ¡¿Un médico?! ¡Estáis de suerte! Hace mucho que me retiré, pero un médico nunca deja de ser un médico.

—¡Oh, gracias al cielo! Entonces, ¿va a ayudarnos?

—Desde luego, el Doctor os ayudará. Guiadme hasta el coche.

Los tres se encaminan hasta el lugar del accidente y el hombretón, con sus grandes manazas, logra abrir la puerta sin dificultad. Destraba el cuerpo de Juanbe y lo coge en brazos, como si fuera un niño, llevándolo hasta la casa.

Al llegar a ella, lo deposita brevemente sobre una mesa, en la entrada, y se dirige hacia unas puertas, en el suelo, cerradas con un candado, que parecen acceder hacia un sótano o zulo. Las abre, produciendo un tremebundo chirrido, y vuelve a por el cuerpo del accidentado. Entra en el habitáculo, pero la mujer y el niño se quedan fuera. No se atreven a adentrarse en ese sitio tan oscuro y maloliente.

—Mamá, ¿crees que podrá salvarle la vida? —le dice el pequeño a su madre, mirándola con ojos llorosos.

—Eso espero, cariño.

—Pero no hubiera sido mejor que lo hubiéramos dejado morir. Si se salva volverá a hacernos daño.

—Tranquilo, cariño. Ya te he dicho que nosotros no podemos comportarnos como él. Tenemos que actuar como buenas personas. Estoy segura que ya no nos pegará más.

—¿Crees que después de ayudarlo cambiará?

—Esta vez estoy seguro, hijo mío.

Ya en el interior, Juanbe está sobre una gran camilla, bocarriba, amarrado. El Doctor le ha curado los cortes, arañazos y moratones superficiales y le ha cosido una herida que presentaba en el costado. Parece que tiene más magulladuras que lesiones importantes. De todas formas, no sabe si tiene alguna contusión interna. Despierta trastornado y desorientado.

—¿Dónde estoy? —musita sin ver todavía al médico —. ¿Qué ha pasado?

—¿Qué has tenido muchísima suerte, colega? —le habla su cuidador desde el fondo de la habitación.

—¿Quién… Quién es usted? —pregunta Juanbe sin atinar a ver a su interlocutor, a pesar de intentar contorsionarse buscándolo.

—¿Quién soy? Jejeje. Puedes llamarme, Doctor. Soy el que te acaba de curar, muchacho. Tienes que darles las gracias a tu mujer y a tu hijo. Si ellos no hubieran llegado hasta aquí, pidiendo ayuda, ahora estarías desangrándote en el coche.

—¿Mi… mujer… y mi… hijo?

—Sí, deben estar fuera esperando. Voy a salir un momento para traerlos aquí. Ya verás qué magnífica reunión vamos a formar.

—Pero… es imposible. Ellos no…

A Juanbe no le da tiempo de terminar de farfullar antes de que el hombre salga al exterior. Mientras, intenta soltarse de la camilla sin ninguna fortuna.

—¡Maldita sea! —regresa el médico malhumorado y nervioso—. Han desaparecido. Se han largado. Creo que me tendré que contentar solo contigo, prenda.

—¿Largado? Pero, ellos… ¡Eso es imposible!

—Pues me han privado de una gran fiesta, chico.

Juanbe no entiende nada, pero su vista se está aclarando y consigue ver todas las herramientas que cuelgan de las paredes. Todas tienen una apariencia tenebrosa. Sierras, martillos, tenazas, docenas de cuchillos de todos los tamaños y formas. Además, parecen sucias. Llenas de pintura rojiza o… en realidad… es sangre.

—Escuche, señor. Ya me encuentro mejor, creo que puedo ir andando hasta un hospital.

—¿Andando? ¿Hasta un hospital? —La risa del hombre retumba en cada pared y le hiela el corazón a Juanbe—. ¿Te crees que voy a dejar que te escapes, como tu mujer y tu hijo? Aunque… Quizás regresen más tarde.

—¡¡Ya le he dicho que eso es imposible!! —grita desesperado.

—¿Imposible? ¿Por qué?

—¡¡¡Porque están muertos!!! ¡¡¡Yo los maté!!!

En ese instante, en la cabecera de la camilla aparecen su mujer y su hijo, etéreos y brillantes, uno a cada lado. Ambos sonríen, se miran y asienten con complicidad. Ella le acaricia la frente y le susurra, saboreando cada palabra:

—Tranquilo, amorcito. Ahora sabrás lo que es ser maltratado.

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Nota.- Imagen de la cabecera de J.W Vein en Pixabay.

La Terrorífica Hoja en Blanco

Aquí estoy, delante del monitor con las manos apoyadas suavemente sobre el teclado y sin haber podido escribir ni la frase inicial. Bueno, en realidad, he escrito varias y las he borrado. Con rabia y desdén. La hoja en blanco reluce en la pantalla y me hace ver chiribitas de tanto mirarla fijamente. Me han encargado una historia de terror y yo no soy de meter muchos sustos. Me los doy yo al levantarme cada mañana y mirarme al espejo. O al mirar mi cuenta corriente. O al ver los informativos… Pero, ¿escribir terror? ¿Eso cómo se hace?

Me he creado el ambiente ideal. He esperado a la noche y, en mi pequeño estudio, solo la pequeña luz de un flexo ilumina tenuemente las tinieblas de la habitación, que no las de mi mente. Había pensado ponerme algo de música impresionable, pero creo que nada es más terrorífico que el silencio. Aunque, de vez en cuando, creo advertir etéreos ruidos. Serán los muebles quejándose o mis neuronas sollozando.

Hago otro intento de inicio: «Era una noche fúnebre, triste y lastimera que…»

¡Por favor! No puedo ser más vulgar y simplón. ¿Cuántos relatos habrán empezado de esta forma? No puedo…

—¡clac, cloc, clac, cloc!

¡Mierda! El sonido de unas pisadas me ha hecho dar un respingo. No es la primera vez que el eco de la calle se cuela en la casa. Susurros de conversaciones nocturnas, tacones que clavetean sobre el asfalto, ladridos o maullidos de mascotas perdidas… Pero ¿y si esta vez no es en la calle?

Mi ansiedad hace que me levante y lo compruebe. Es una gilipollez, vivo en un segundo piso y aquí no llegaría al balcón ni el spiderman con un cohete. Pero no lo puedo remediar. Salgo del estudio y recorro el pasillo, sin encender las luces. No quiero despertar a nadie con mis tonterías.

Llego al salón y solo la débil luz que atraviesa los cristales me permite vislumbrar las siluetas de los muebles. Eso me hace evitar perder los meñiques de los pies con las patas de la mesa o el sofá. Todo tranquilo. Nadie tampoco en la cocina. ¡Pues claro! ¿Qué esperaba, al tío del antifaz?

Un ligero susurro en el aire me hace girarme hacia el otro pasillo y allí…

—¡¡¡MIERDA Y REMIERDA!!! —grito.

Una inmensa silueta de casi dos metros avanza hacia mí. Solo se atisba su reluciente y blanquísima sonrisa. Cuando pasa por delante de la luz de la ventana puedo ver que es mi hijo, se mueve hecho un zombi, con los ojos abiertos. ¡Otra vez se ha levantado sonámbulo! ¡Lamarequeloparió! Menudo infarto ha estado a punto de pegarme. Lo acompaño a su habitación, sin despertarlo, y lo ayudo a acotarse de nuevo. Parece un muñeco, ni se da cuenta. Cuando cae en la cama, se vuelve y sigue durmiendo como si tal cosa. ¡Angelito!

Regreso a mi estudio, no sin antes haberme bebido un buen vaso de agua para bajar el susto de la garganta, y me llevo otro, por si acaso. Al pasar por delante de la puerta de mi habitación escucho unos gruñidos guturales bastante aterradores. Pero esta vez no me asustan, sé que son los ronquidos de mi mujer que está en el séptimo sueño del nirvana, ya estoy acostumbrado.

De nuevo me siento ante el ordenador, con la hoja y la mente en blanco. Después de varios minutos estoy tentado de abandonar la tarea e irme a la cama, pero seguro que don insomnio está esperándome impaciente junto a la mesita de noche. Ávido por torturarme una vez más. ¡No! ¡Tengo que insistir hasta que se me ocurra algo!

—¡ji, ji, ji, ji!

Mi medroso corazón pega otro bote con esta sibilina risita. Me vuelvo bastante mosqueado.

—¿Te parece gracioso jugar con el corazón de tu padre y…? —le dijo a la oscuridad quedándome a media bronca.

No hay nadie. Agudizo mis oídos, pero solo el silencio me atrona sin contemplación. Es imposible que haya salido huyendo sin hacer ni un solo ruido. Estoy seguro que escucharía sus irrefrenables carcajadas. ¡Joder! Todavía no estamos en el jaloguín para que las musas se cachondeen conmigo. No le hago caso. Son elucubraciones de mi mente alucinada. ¡Toma frase! ¿Cómo podría meterla en el relato?

—¡Ni adrede!

Ha sido mi mente, estoy seguro. Ha sonado como si viniera de detrás, pero ha sido mi mente. Ha sido dentro de mi cabeza. ¡Tiene que serlo! ¿A quién se le ocurre ponerse a escribir terror de madrugada? Solo a mí. Oscuridad, silencio, atmósfera de terror… ¡¡Sus muertos!!

Me dispongo a cerrar el programa, sin grabar, no hay nada que grabar, cuando caigo en un curioso detalle. ¿Jaloguín? Estamos en octubre… mi hijo no regresa a casa de su destierro universitario hasta Navidades. Mi mujer… Mi mujer está pasando el fin de semana fuera, en un cursillo de yoquejé. Entonces…

Un tremendo escalofrío me recorre desde la nuca hasta las partes bajas. No, las ventanas están cerradas. No ha sido una corriente de aire, de hecho, hace bastante calor aquí. Estoy sudando. Bueno, también es por la sugestión. Porque ¡¡todo es una sugestión!!

No me da tiempo a seguir pensando, un aliento, esta vez cálido y húmedo, me sopla en el cogote. Abro tanto los ojos que se me caerían las lentillas, si las llevara. ¿Estaré soñando?

¡¡¡PAF!!!

¡Qué animal soy! La bofetada me ha dolido más que si me la hubieran dado. No, tampoco es un sueño. Me pica la cara y me quema el cachete. El ligero temblor que me recorre todo el cuerpo me hace gritar:

¡¡¡BASTA!!!

Hago intento de levantarme, pero un peso en el hombro derecho me lo impide. No giro la cabeza. No miro. No quiero ver lo que es. Me repito a mí mismo: «estás muy cansado, son alucinaciones, no hay nadie detrás, es una ilusión por la falta de sueño…»

Algo frío y afilado recorre mi garganta e impide que trague saliva.

— SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCINACIONES, SON ALUCIN…

Relato para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Crea una historia de Terror.

Mi Primer Viaje

Hoy voy a hacer mi primer viaje. Es normal, tengo solo tres añitos. Cuando mis padres me dieron a elegir, no lo dudé ni un segundo, ¡quiero volar! Tuvimos que esperar al fin de semana y se me hizo más largo que la espera de la merienda. Estoy nerviosa y asustada, ¿Qué se sentirá siendo como un pájaro?

El trayecto en coche es corto, aunque se me ha hecho interminable. El «¿Falta poco papi?» se me ha escapado demasiadas veces. Menos mal que ellos tienen más paciencia que yo. A mami se le han ocurrido un montón de canciones de viajes y al final no me he dado cuenta de que habíamos llegado.

El sitio es muy grande y está lleno de gente. Debido a mi altura no puedo ver nada, por eso le cojo la mano a mi papá y la agarro muy fuerte, me da miedo perderme entre tantas personas. Avanzamos, casi sin espacio, y yo me agarro también a mi mami para que no se pierda ella. ¡Parece que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para viajar hoy mismo!

Por fin salimos a una zona, donde hay menos gente, y el sonido atronador de los altavoces me retumba en los oídos y tengo que tapármelos. Aparece una chica joven, muy simpática y guapa, con pinta de azafata. Me dedica bonitas palabras y su sonrisa me tranquiliza. Habla con mi padre, asiente convencida y me tiende la mano, invitándome a que me agarre a ella. Yo miro a mis padres y ellos me empujan con la mirada a que lo haga, pero no me suelto de mi papi. Él intenta convencerme, dice que tengo que entrar yo sola. ¿Yo sola? Me empiezo a poner muy nerviosa. Él consigue desasirse y la chica me arrastra con ella, con dulzura, pero inflexible. Yo me dejo llevar, aunque estoy tan asustada que no reacciono hasta que lo veo.

¡Allí está el avión!

¡Es precioso! Tiene un color rojo intenso, con las alas amarillas y como un ventilador en la punta. Brilla con la luz del sol y… aunque es grande… no lo parece tanto como cuando lo he visto por la tele.

Llegamos a unas escaleras, pero sus escalones son demasiado altos para mí, así que la chica me coge en brazos y me suelta al subir a la plataforma. Me lleva hasta un asiento y su gran sonrisa se despide con mucha dulzura. Me entra una tristeza involuntaria y mis ojitos se empañan con la aparición de tímidas lágrimas. Quiero ver a mis padres, pero, cuando giro la cabeza intentando buscarlos, se encienden todas las luces deslumbrándome y una música espantosa comienza a berrear dejándome casi ciega y sorda.

El avión tiembla, se estremece, se mueve… ¡Vamos a despegar!

Todo ocurre demasiado rápido. Primero el avión avanza muy lentamente y luego va cogiendo velocidad poco a poco. El estómago se me encoge y el aire, que me golpea en la cara, seca rápidamente mis lágrimas. ¿Ya ha comenzado mi viaje?

Siento como el corazón me late con más fuerza y mis manos se ponen blancas por la fuerza con que me agarro. Comienzo a oír gritos, risas y algún aplauso. Todas son voces de niños. Yo cierro la boca muy fuerte, no quiero tragarme ninguna mosca. Al mirar por la ventanilla, ¡veo a mis padres! Pero desaparecen rápidamente. Antes de que me dé tiempo a asustarme, aparecen de nuevo. Desaparecen y vuelven a aparecer. Se van y vuelven. ¿Qué misterio es este?

El avión ahora va muy rápido y siento como el aire me mantiene en volandas. Como cuando papi gira conmigo en brazos. ¡Es una sensación maravillosa!

Ahora que mis ojos se han adaptado a la luz del ambiente, miro a mi derecha y veo… ¡¡¡Un caballo con alas!!! Miro hacia atrás y me persigue… ¡Un conejo montado en un globo! A su lado… ¡Un delfín vuela con sus aletas como si fueran alas! Encima de cada uno hay un niño riendo, gritando, disfrutando del viaje. Todos menos uno, más pequeño, que no para de llorar. La risa de todos los demás me contagia y yo también me pongo a reír.

Aunque estoy dentro del avión, levanto los brazos y simulo ser un pájaro y… ¡Vuelo!

—¡Es reconchimegashuli! —grito. No sé lo que significa, pero se lo he escuchado a un compi del cole. Por la expresión de su cara, viendo en su mano una chocolatina, tiene que querer decir lo mismo que yo ahora siento.

Mis padres siguen apareciendo y desapareciendo hasta que una música muy chula nos avisa que el viaje toca a su fin. Poco a poco nos vamos parando y, transcurridos unos segundos, vuelve a aparecer la chica simpática, me coge en brazos y me lleva con mis padres.

—¿Te ha gustado? —me dicen al mismo tiempo los dos. Yo les digo que sí moviendo muy rápido mi cabeza y abro los ojos mucho ante su pregunta—. ¿Quieres dar otra vuelta en el Tiovivo?

—¡Claro que sí! —les respondo—. Pero ahora quiero montarme sobre una paloma.

¡Me encanta volar! ¡Cuándo sea mayor quiero ser pilota!

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Inventa una historia que se desarrolle en el interior de un avión o similiar.

(Imagen de la cabecera de Gerhard G., en pixabay.

Aventuras de una Noche de Verano

Llego a mi casa y abro la puerta, intentando dejar fuera todos los problemas del día, pero es difícil. Tengo un trabajo duro, intenso, complicado y la gente está en estado permanente de histeria. Cuesta mucho que te devuelvan la sonrisa que tú, de forma honesta y voluntaria, les dedicas. No es obligatoria, pero forma parte de mi manera de ser. Intento contagiar los buenos modos y que la atención no sea más engorrosa de lo que ya de por sí es. Suele surtir efecto con la mayoría, pero algunos se empeñan en seguir ofuscados y malhumorados. No se dan cuenta lo que agota y desgasta esa disputa psicológica. Pero es la ocupación que he decidido ejercer y no me rendiré ante los intransigentes.

Dejo las llaves en la mesita de la entrada y le cierro la puerta a mi otra vida. Me ducho, como algo y me preparo para mi aventura nocturna. Me dirijo hacia mi cuarto secreto y me siento en el sillón desde el que ejerzo el control de viajes. Respiro profundamente varias veces hasta relajarme. Ha llegado mi momento favorito del día. La NOCHE.

Hoy voy a empezar con un viaje en el tiempo.

Busco entre las opciones y me decanto por un año en el pasado. Cierro los ojos brevemente y al abrirlos ya estoy allí.

Deambulo por las solitarias calles, entre miradas escondidas y carteles del Gran Hermano. Siento la opresión del ambiente, el silencio de los sometidos, el control absoluto sobre mis pasos. Mi mente divaga entre tantas prohibiciones e intenta gritar para liberarse.

Fotografía de una calle solitaria iluminada por farolas. Solo se ve una al fondo y la que está oculta en primer plano solo se adivina por la luz que ofrece.
Los árboles en las aceras se ven como sombras y el adoquinado del suelo brilla con las tenues luces.
Predominan los tonos marrones y el negro de las sombras.
Imagen de PublicDomainPictures en Pixabay

Como si hubieran sido capaz de escuchar mis cavilaciones, aparece un grupo uniformado, totalmente de negro, con porras amenazantes e insignias  aun más intimidadoras. Corro por calles desiertas, sin ayuda posible, e intento esconderme en los callejones sombríos y desolados, pero estos policías del pensamiento no pierden mi rastro. Me toma pocos segundos decidirme, esta noche no estoy preparado para esta lucha angustiosa. Cierro el dispositivo y vuelvo a mi habitáculo.

Suspiro varias hasta que mis emociones se apaciguan. Me tomo demasiado en serio estas aventuras. Sin embargo, todavía es muy temprano para acostarme. Necesito probar otra cosa.

Esta vez, deshecho el tiempo y prefiero viajar en el espacio.

Miro los epígrafes que tengo y encuentro uno referente a una isla. Maravilloso, es lo que ahora mismo necesito, un viaje a una isla desierta.

Abro el artilugio, cierro los ojos unos instantes y, cuando la brisa marina me acaricia la cara, los vuelvo a abrir. Estoy rodeado de palmeras, una espesa fronda verde, fresca, aromática, deliciosa. Al fondo diviso el mar que rivaliza en azules con el cielo. Percibo los ruidos de la jungla que no se han visto perturbados por mi presencia. Distingo aves y monos, y algún rugido que me hace pensar que esta isla desierta tiene más vida que mi barrio.

Me alejo de los bramidos para prevenir un encuentro desafortunado y deambulo hacia la playa con la esperanza de darme un baño en las aguas frescas y cristalinas. Sin embargo, cuando me acerco a la orilla, veo salir del agua un ser bello, aunque inquietante. Tiene aspecto humanoide, pero el cuerpo lleno de escamas. Sus ojos son más grandes de lo normal y en los laterales del cuello parece tener agallas.

—Hola —me dice con una voz dulce, delicada y profunda.

—Ho… la —le respondo balbuceando las sílabas.

—¿Tú no eres de por aquí, verdad? —Esta vez me habla mostrando una enorme sonrisa que deja entrever unos grandes y afilados dientes.

No me lo digo dos veces y salgo corriendo. Vuelvo a entrar en la selva, buscando la protección de la espesura. Esquivo árboles, salto matorrales e intento no caer en ninguna trampa. Cuando mis pulmones parecen estar a punto de reventar, salgo a un espacio abierto dominado por un extenso lago, ocasionado por una preciosa y ensordecedora catarata. Me quedo pasmado ante tanta belleza.

Fotografía de una cascada que cae sobre un lago lleno de enormes piedras, verdes por el musgo que las cubre.
La imagen aparece con el agua difuminada, dándole una apariencia de algodón o nata.
La escena está enmarcada por precipicios también llenos de musgos y pequeños y delgados árboles.
Predomina el verde, del musgo y la hierba, y el blanco del agua.
Imagen de Florian Dittmar en Pixabay

Disfrutando de la escena no me he dado cuenta que estoy rodeado de seres … ¿Humanos? ¿Animales? En realidad son una mezcla de ambos, como la criatura que me encontré en la orilla. Chicas y chicos con cabezas y garras de felinos, osos, aves, monos… El espectáculo es grotesco, pero no se muestran amenazantes, al contrario, me invitan a adentrarme en la laguna y de forma amigable me ofrecen comida y bebida. Algo me impide rechazarlas y me integro en su fiesta.

—Al Doctor le va a encantar nuestro nuevo invitado —escucho a alguien decir entusiasmado.

—¡Desde luego! Hacía tiempo que no llegaban nuevos especímenes —comenta otro.

En lugar de sentir miedo, me entra una gran somnolencia que me hace relajarme y abandonarme en los brazos de dos preciosas gacelas. No sé que me van a hacer, pero no tengo fuerzas para resistirme. Cierro los ojos…

Algo me hace dar un respingo. Despierto y vuelvo a estar en mi salón. El libro se me ha caído de las manos y me ha hecho regresar a la realidad. Creo que es momento de irme ya a la cama.

¡Qué maravilla poder viajar y vivir mil aventuras sin moverse del sillón de lectura!

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia donde la noche sea la protagonista.

Tras la Puerta

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta…

¡Pom, Pom, Pom!

El buche de Whisky que paleaba salió de mi boca como si fuera una fuente de jardín, el vaso y el cigarrillo que tenía en las manos hicieron un descenso ralentizado con destino funesto y el corazón me brincaba en el pecho queriéndose ir de paseo él solito.

Congelado en el sofá, pensé que hasta hacía unos segundos había decido disfrutar de mi involuntaria soledad, despreocupándome de mis infructuosas salidas. Cansado de deambular de ciudad en ciudad, transitar de pueblo en pueblo, buscar barrio por barrio, andar calle por calle. ¡No iba a estar cansado! Ni un alma viviente devolvió mis gritos. Me había hecho a la idea de que estaba más solo en el mundo que Laika de viaje espacial, cuando…

¡Pom, Pom, Pom!

Los nuevos golpes me hicieron levantarme apresurado, trastabillar y caer de bruces. Me quedé espatarrado mirando desconcertado la puerta. ¿Estaban llamando de verdad o era mi ansiedad la que me hacía imaginar?

¡Pom, Pom, Pom!

Esta vez los golpes hicieron temblar la madera. ¡Parecían reales! Me levanté, lo más rápido que pude, y me dispuse a abrir la puerta antes de que la echaran abajo sin contemplación.

Miré atónito hacia el pasillo. Fuera no había nadie. ¡Joder con la imaginación! Cerré rápidamente para que no se fuera el calorcito de la habitación.

¡Pom, Pom, Pom!

¡Pero bueno! Esta vez abrí diligente y, al no volver a ver a nadie, miré en ambos sentidos del pasillo.

—Shurra, que estoy aquí abajo.

Menos mal que no tenía el cigarrillo en la boca porque me lo habría tragado del susto. Miré hacia el suelo y vi un perrillo de diminutas dimensiones y cara lastimera y dulzona.

—¿Qué pasa, nunca has visto a un perro? —me dijo ante mi estúpida y pasmada expresión.

—Esto… sí, pero tú… Eres muy…

—¿Te gustan los mordiscos? Porque puedo ser pequeño, pero te aseguro que mis dientes son como los de un Dóberman y te puedo dejar el tobillo como una breva pasada de tiempo.

—No, no, … perdona. Yo no quería …

—Pues, para no querer, te ha faltado un pelo. ¿Así es como tratas a tus vecinos?

—¿Ve… ci… no? —Mi boca se empeñaba en balbucear y me salían las palabras a trompicones.

—Sí, vecino. Esa gente que vive en tu misma edificio, pero en la puerta de al lado. ¿Tú tienes que ser por lo menos licenciado, eh?

—…

—Soy un Teckel de pura raza. Del mismito Brandemburgo. Aunque dicen que mi padre era de Milán. Ya se saben los italianos, son gente de mundo y van por ahí haciendo gala de romanticismo. Mi madre que, a pesar de ser alemana, era muy zalamera…

—Disculpa… estooo…

—¿Qué pasa, no te interesa mi vida? Con tu sonrisita estúpida en la cara pareces muy guay, peo tienes menos sangre que un gato de mármol, ¿sabes?

—Perdona… yo…

—¡Deja, deja! Ya te dejo tranquilo, artista. Solo necesito una cosa y te dejo enfrascado en tu interesantísima y filosófica vida. ¿Tienes sal?

—¿Sal?

—Vaya tela, tío. A ti te echaron de la Universidad porque ensombrecías a tus compañeros, ¿verdad? Sí, sal. Esa cosa blanca, hecha de cristales de sodio y que sirve para darle sabor a las comidas. ¿Capisco? Estoy haciendo unos macarrones a la napolitana para chuparse las patas, pero me he dado cuenta que no tengo sal y, como comprenderás, la pasta sosa no es el mejor manjar para convencer a una Fox Terrier que tengo en el piso que…

Lo dejé con la palabra en el hocico, sin siquiera responderle. Volví adentro de mi apartamento, miré en la cocina y cogí un paquete con restos de sal que tenía por allí. Se lo di y el bonachón, después de darme las gracias, lo atrincó con su boca y se fue tan campante, cimbreando con swing su pequeña colita.

Cerré la puerta, cogí la botella de whisky, dado que ya no disponía de vaso, y recogí el cigarrillo del suelo. Me tiré de nuevo en el sofá, totalmente atónito. Miré el cigarrillo, mal liado y lleno en exceso, y, suspirando, me dije:

¡¡¡Qué pasada, tío!!!

.

Historia para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Prosigue el texto que encabeza la entrada.

La Espera Incondicional

Estoy en la playa, junto a la orilla, y me acerco tímidamente a las olas que mueren ante mis pies intentando acariciarme. Yo retrocedo con rapidez, no me gusta el agua, nunca me ha gustado. De hecho, odio bañarme, pero por lo visto es un mal necesario.

Cada vez que la espuma retrocede y deja la arena empapada, yo la persigo de puntillas, pero sin pisarla, no llevo zapatos. Me gustaría penetrar en el mar, seguir su rastro, estar cerca de ÉL, pero no lo veo. Me siento demasiado sola y abandonada. Necesito de su compañía, de su presencia, de sus caricias.

Llevo aquí varias horas, jugando con la marea, que traviesa e incansable, me persigue para mojar mis pies. Yo la rehúyo y ella me esquiva. Yo la persigo y ella se escapa. Me distraigo un poco, pero no dejo de mirar hacia el mar, deseando que ÉL aparezca.

Alguna gente se acerca y me habla y, aunque yo no los entiendo, ellos insisten. Intentan tocarme, pero yo los sorteo y salgo corriendo. Será porque les atrae mi pelo rojizo. Los niños juegan a mi alrededor sin darse cuenta que molestan. Salpican arena y agua. Uno me ha mirado mal y me ha amenazado con lanzarme una piedra, pero yo no le he respondido. No quiero que ÉL se enfade, me hizo prometer que nunca volvería a reaccionar con violencia. Los evito, salgo corriendo y me oculto debajo de una barca envarada en la arena. Allí nadie me molesta y puedo mantener mi vista en el mar. El mar por donde ÉL regresará. Porque sé que volverá.

Allí fresquita a la sombra y acostada, se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta. La gente se ha ido de la playa y la luz ha empezado a decaer. Las sombras se han ido alargando hasta que el sol se ha ocultado por completo. Qué sosegado es el entorno de la noche. Nunca he estado fuera tanto tiempo, ni siquiera con ÉL. No le gusta la oscuridad. Dice que en ella se esconden monstruos. Puede que estuviera bromeando, porque ÉL nunca me engañaría.

Ya es noche cerrada, la oscuridad me aterroriza y me mantengo escondida. Esperando. El olor del mar ha cambiado. La brisa trae aromas que me recuerdan al maíz y las verduras cocidas. Solo se escucha el rumor de las olas que parecen entonar una canción de buenas noches. Estoy tan cansada y es tan relajante y placentero que…

.

¡Nooo, me he quedado dormida! El ruido de gente moviendo la barca me ha despertado justo a tiempo de que no me aplasten. «Qué hacías ahí abajo» me han dicho. Pero yo no he contestado, he salido corriendo y he vuelto a la orilla.

La arena está totalmente lisa, el mar se ha ido retirando y ha dejado un lienzo perfecto en dónde mis pequeños pies dejan huellas dibujadas. No se ven más señales, así que deduzco que ÉL no ha salido todavía del mar. Me siento intranquila, ha pasado demasiado tiempo desde que se fue. ¿Se habrá ahogado? No, estoy segura de que volverá.

Mientras veo como la playa cobra vida, me pongo a pensar en el día de ayer.

Cuando nos montamos en el coche me puse muy contenta, hacía tiempo que no salíamos de paseo. Durante el trayecto no paraba de hablarme y, aunque intentaba mostrar normalidad, mis sentidos me transmitían un dejo de tristeza. ¿Le dolería algo? Yo tampoco aguanto el dolor.

Llegamos a la playa y enseguida me bajé del auto. Me encanta salir corriendo y sentir la humedad de la arena en mis pies, el olor salino del ambiente, la brisa marina que acaricia mi cara, me roza las orejas y me remueve el flequillo. Permanecí ensimismada con ese entorno tan fresco y limpio hasta que el golpe brusco, tosco y rotundo de un portazo me despertó. Volví a buscarlo, pero ya no estaba. El pánico invadió mi cuerpo y me sentí abandonada. Pero me animé cuando vi una silueta en la distancia que corría hacia el mar. Salí tras ÉL, nos encanta jugar al pilla-pilla y al escondite, aunque esta vez hizo trampas, sabe que el agua es un lugar prohibido para mí.

¡Otra vez me he vuelto a distraer!

Miro nerviosa al mar, a la arena, a la orilla, a las huellas, a… una sombra. ¡Hay una sombra en la lejanía! Alguien viene nadando. Doy pequeños saltos de ansiedad. Cuando se acerca se yergue y se transforma en una enorme silueta negra que a la tenue luz del naciente sol parece un… ¿monstruo?

En lugar de escapar, el miedo me hace correr, trazando círculos sobre la arena, hasta que mi imaginación me aclara la vista y compruebo que no es un monstruo. ¡Es ÉL! ¡Ha regresado!

Sin pensar en la reprimenda que me aguarda, por haber pasado toda la noche esperándolo, sola en esta playa, corro hacia ÉL. Me ve y se acerca. Pone una rodilla en la arena para colocarse a mi altura y me acaricia el pelo. Me está diciendo algo y, aunque no lo entiendo, sé que no está enfadado, porque sus palabras suenan suaves y agradables. Escupe agua por la boca y se le ve cansado, han sido demasiadas horas en el mar.

Se quita la máscara que le tapa la cara y me mira. ¡No es ÉL! El pánico me explota dentro como si me hubiera tragado un petardo. Esta vez sí que escapo corriendo, con el rabo entre las piernas. Literalmente.

«A dónde vas» me dice ÉL. Pero él, no es ÉL. Cuando se acerca le ladro y le enseño los dientes. Esta vez estoy dispuesta a defenderme. Él, que no es ÉL, se encoge de hombros y se marcha. Yo le lanzo un par de ladridos más y vuelvo a la orilla.

Seguiré esperando. Por muchas horas que tarde, por muchos días y noches que se demore, aquí estaré para recibirlo. Porque sé que volverá.

(994 palabras, incluido el título)

El siguiente relato participa en el concurso #elveranodemivida.
Iniciativa organizada por ZendaLibros.
Las condiciones básicas son:
Cuéntanos una historia ambientada en el verano con una extensión mínima de 100 caracteres y máxima de 1.000 palabras.

Registrado en SafeCreative
Safe Creative #2107273923147

El Día de mi Muerte

Hoy es el día de mi muerte. Me lo repito mentalmente, mientras me hundo en estas frías y cristalinas aguas que se van volviendo oscuras y opacas. Miro hacia arriba, mis últimas burbujas de aire se elevan creando una estela de serenidad, que pasa del azul al verde hasta explotar en la superficie y gritar con el blanco de la espuma. Se va perdiendo la luz del sol que rebota en las pequeñas ondas, producidas por mi zambullida, y conforme me adentro en la oscuridad me digo a mí mismo: ya no hay vuelta atrás.

Lo sabía mucho antes de saltar. En el momento en que tomé la decisión de abandonar este cuerpo. En el justo instante en que me atreví a dar un paso más allá del acantilado. Cuando decidí ir al encuentro de las turquesas aguas. Cuando mis pies dejaron de sentir la firmeza del suelo y creí volar por unos míseros instantes, hasta que la gravedad me impulsó violentamente contra el azul espejo.

Mi mente empieza a hacer la selección de las imágenes que formaron parte de mi vida. Tantas vivencias, tantas experiencias, tantas aventuras y desventuras incapaces de sentir en una sola vida que me hacen perder el sentido mientras embotan mi cabeza. Personas, lugares, sentimientos. Una maravillosa familia que no me llorará, porque hace tiempo que me dejó, pues soy el más longevo. Tal vez haya quien me añore, quien me sueñe o quién me recuerde, pero el tiempo irá difuminando mi actual existencia. Mejor así. Mis amigos no han puesto reparo, saben que necesito morir. Es la única forma de dejar atrás todo lo que soy, lo que hice, en lo que me convertí. Este cuerpo ya no me obedece y se muestra reacio a esforzarse un día más. Ya no hay vuelta atrás.

El agua del mar en un primerísimo plano que muestra sus ondulaciones.
Imagen de Public Co en Pixabay

Mientras su cuerpo se deposita con suavidad en el fondo, una última burbuja expele de su boca y asciende muy lentamente, recorriendo el camino inverso al cuerpo, hasta salir a la superficie, donde huye dejando espuma y pequeñas gotas que saltan y agujerean el cielo espejado en el mar. La perfecta esfera parece absorber una porción de ambos, encerrándolos en su transparente jaula y se pasea bailando y dando vueltas, desconcertada, intentando orientarse en su nueva naturaleza.

Se impulsa hacia el este y regresa, inicia un tímido recorrido hacia el norte y vuelve, desecha el oeste y contempla fijamente el sur. No mira con los ojos, pues no tiene, pero sabe ver sin ellos. Divisa la playa al fondo y, flotando impulsada por la suave brisa, hacia allí se dirige.

Conforme se va acercando a la orilla comienza a vislumbra una pequeña multitud. Parecen celebrar algo. Bailan sobre la arena y cantan felices, pero no distingue las notas de la melodía, ni las palabras que entonan las canciones. Visten de manera informal, con atuendo playero, y llevan adornos festivos. Todo está pintado con tonalidades azules, o eso piensa ella al verlos a través de la capa esférica que la mantiene en vilo.

Aunque su translúcida apariencia se camufla con el azul del cielo, todos notan su presencia. Poco a poco, las caras se van girando y la contemplan con júbilo. Ahora, las palmas, los cánticos, las sonrisas están dirigidas a ella. Algunas caras le parecen conocidas, pero por mucho que lo intenta es incapaz de reconocerlas.

Como en una ensayada coreografía, van creando un pasillo que la orienta y le enseñan el camino. No lo duda, bailotea en el aire al son de los aplausos que no escucha, pero adivina, y se adentra entre el gentío hasta una zona espaciosa donde se encuentra una especie de altar. Sobre él yace un joven, de unos veinte años. Está acostado, bocarriba, y aunque lo aparenta no está muerto, pues su pecho se agita, aunque muy levemente. No ha perdido la lozanía de su piel y su cara se muestra tranquila. Su boca simula una tímida sonrisa.

La gente se ha arremolinado formando un corro alrededor de ambos. Ahora están totalmente quietos y callados. Expectantes. Durante unos pocos segundos, el silencio se adueña de la escena y la burbuja se mueve incierta y confusa. Se acerca al chico y, sin saber qué hacer, lo mariposea cuan largo es. Le roza las piernas, el pecho, las mejillas. Cuando en su ofuscación comienza a temblar, amenazando con romperse, el muchacho abre la boca intentando coger una última aspiración. Todos se cogen de las manos y levantan los brazos. En ese justo momento, la azulada y transparente esencia comprende.

Cogiendo velocidad, se eleva ligeramente y, comprimiéndose todo lo que puede, se precipita en la boca del chico. El aire contenido en la burbuja le infla el pecho y le hace dar un ligero estremecimiento. Sus brazos y piernas tiemblan tenuemente, para después volver a quedarse rígido. Todos aguantan la respiración, aunados con él en una incierta eternidad.

Al fin, este abre los ojos y comienza a coger bocanadas de aire, angustiado, presuroso. Dos chicas, de aproximadamente su edad, se abalanzan hacia él y lo reconfortan, mientras todos estallan en una algarabía de gritos, cánticos, aplausos y lágrimas de alegría.

Imagen de una puesta de sol en la playa, desde la orilla. Donde se ven las olas rompiendo en la arena.
El cielo crea una ligera simetría horizontal con el mar, pero cambiando las espuma de las olas rompientes por hilachas de nubes.
La foto está manipulada para forzar los azules sobre los demás colores.
Imagen manipulada a partir de la original de David Mark en Pixabay

El proceso siempre es brusco, doloroso, agresivo, enérgico…

Los recuerdos van explosionando dentro de mi cabeza. Como fuegos artificiales, las imágenes que antes parecieron despedirse, regresan impetuosas para llenar los huecos de mi memoria. Son tantas y tan intensas que tardan en recolocarse.

Logro incorporarme con dificultad y contemplo anonadado la ruidosa fiesta. Toda la ceremonia me abruma, me ciega, me ensordece, pero siento una inmensa felicidad.

Con los nuevos ojos voy reconociendo a mis compañeros, que danzan a mi alrededor. Ahora puedo escuchar nítidamente el bullicio, la música, los gritos, las risas… la bienvenida.

Poco a poco, todos se acercan a felicitarme. Me abrazan, me besas, me dan la mano.

La claridad y belleza de tantos colores me hacen lagrimar.

A pesar de haberlo hecho tantas veces, la renovación es desgarradora. Siempre tardo en tomar el control de mi nuevo cuerpo, de mi nueva existencia renacida.

Cuando lo consigo, me levanto y me uno a la fiesta. Soy joven de nuevo y mi cuerpo está lleno de energía, vitalidad, fuerza, intensidad… Tengo una vida entera por llenar.

Muchos la buscan, la desean, la ambicionan, pero no es fácil la inmortalidad.

Este relato sirve como pretexto para la propuesta del VadeReto de este mes:
Crear una historia relacionada con el color Azul.

Ensoñación Innata

Abro los ojos, pero no soy capaz de vislumbrar nada. Por mucho que lo intento, la tenebrosa oscuridad me convierte en un ciego involuntario. ¡No, no puede ser! Me rebelo y me obligo a rechazar esta angustiosa sensación. Agudizo los sentidos para intentar captar algo que me haga salir de esta engañosa alucinación. ¡Quiero captar al menos un sonido! Sin embargo, el silencio se empeña en magnificar mi soledad y acrecentar mi miedo. Intento moverme y mis brazos y piernas se niegan a obedecerme. ¿Qué demonios me está pasando? ¿Será el tránsito hacia la muerte?

Encierro mi ansiedad y me afano en acompasar mi respiración para no empezar a gritar. Tengo que racionalizar mis sentidos. No puedo dejar que me dominen y que, aunque simulen ausencia, gobiernen cada nervio de mi cuerpo.

Cuanto hasta diez… Dejo un par de segundos tras cada inspiración, profunda e intensa… Aguanto el aire en mis pulmones y dejo que la serenidad inunde cada una de mis células… Exhalo muy despacio, controlando cada gota de aire que abandona mi cuerpo… Lo repito varias veces hasta que noto como me relajo y vuelvo a asumir el control de mi organismo.

Pruebo de nuevo, pero no comienzo esta vez por la vista, sino por los oídos. Me concentro en captar el más mínimo murmullo, susurro, chasquido, crujido… ¡Noto algo! Parece un ligero roce. Cuando soy capaz de concentrar toda mi atención en él lo reconozco: es el viento. Es un brisa tan tenue que no me extraña que antes no la haya percibido. Me dejo abrazar y logro sentir cómo me acaricia la piel. Me produce un pequeño escalofrío que se convierte en alborozo. ¡Estoy vivo!

Con más sosiego, me invito a abrir los ojos sin que me invada el pánico. La vista se me aclara y comienzo a percibir mi entorno, aunque la luz sigue siendo débil y etérea. El amarillo, el verde, el marrón, parpadean ante mí, bosquejándome siluetas.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

La fragancia, limpia y natural, hacen despertar también mi olfato. No tengo dudas, estoy en un bosque. Ya puedo distinguir los árboles que me rodean. También pequeños arbustos que se florean de preciosos y coloridos brotes, alimentando abejas con sus elixires. Las esencias inundan mi boca, degustando sabores a flores, hierba, hongos, tierra húmeda, savia…

Con un esquizofrénico baile, las mariposas cobran vida ante mis sorprendidos ojos y me regalan una bienvenida coreografiada en el aire. Cuando intento acariciar una, noto que mis extremidades siguen sin querer moverse, permanecen entumecidas. Noto las piernas, pero parecen exánimes masas, encalladas y petrificadas. Sin embargo, me encuentro erguido. Soy incapaz de alcanzar con mis ojos los pies, pero puedo comprobar que me sustentan sin problemas.

Cuando, con empeño, consigo visualizar parte de mis brazos, la alarma y la ansiedad comienzan a adueñarse de nuevo de mi ser. Mi piel es rugosa, dura y de aspecto viejo y pétreo. De color pardo con tonalidades verduzcas. Se prolongan hacia el cielo, pero no terminan en manos sino en… ¡¡¡Hojas!!!

Con violenta erupción, el miedo se convierte en terror y un mudo grito muere en mi garganta mientras una terrible pregunta me explota en la mente:

«¿Soy un árbol que soñó ser una persona,
o soy una persona que está soñando ser un árbol?»

Este relato se corresponde con la propuesta para el VadeReto de este mes:
Crea una historia relacionada con los Sueños.