Había una Vez…

Delante del fondo de una puesta de sol en Cádiz, estoy yo con David en brazos, pero forzado a una silueta. He manipulado el borde para que se vea espumoso y antiguo.
Fotografía propia tomada hace ya un puñao de años.

Había una vez un niño que se dormía mirando las estrellas y escuchando las historias de trotamundos y exploradores incansables; magos, brujas, hadas y criaturas indomables; aventureros curiosos y temerarios. Todos se enfrentaban a criaturas monstruosas y colosales, empresas y fortalezas que parecían inexpugnables, andanzas imposibles con destinos implacables. Cuando el telón de sus ojos lo hacía viajar a las tierras de la fantasía, soñaba con igualar esas gestas, cruzar el mundo para descubrir gentes y lugares maravillosos y vivir sus propias hazañas, saliendo siempre triunfante de todas sus aventuras. Cuando la mañana se abriera ante él, ya se enfrentaría a la realidad del mundo despierto.

Había una vez un alumno que disfrutaba más aprendiendo que estudiando. Sus porqués siempre iban seguidos de un cómo o de un quién y no se cansaba de preguntarle a la vida, porque sabía que el que pregunta no solo amplía sus conocimientos también se cuestiona su lugar en el mundo y aprende a convivir en él en armonía, tolerancia y alegría.

Había una vez un hijo que comenzó a crecer deprisa, más aprisa de lo que sus padres deseaban, porque el bebé se iba haciendo un hombre y ellos se veían más viejos. Siempre temerosos de que el mundo real fuera más peligroso que su propio mundo fantástico, lo amaban y protegían, pero sin dejar de proporcionarle las fortalezas necesarias para saber afrontar los problemas y superarlos.

Había una vez un pequeño guerrero que comenzó a desafiar sus propias batallas. Combatiendo entre números y letras, teoremas incomprensibles y lecciones complejas y tediosas. Lidiando con enemigos intangibles o insospechados, pero ganando amigos eternos e incondicionales. Bregando con balones indomables y canastas imposibles. Confuso entre la veleidad del triunfo y la triste enseñanza de la derrota. Cuando ganaba sólo sonreía si también veía sonrisas en las caras de sus compañeros, porque para él el triunfo del grupo era mucho más importante que el propio. Su certeza era que el trabajo en favor del equipo siempre era mucho más productivo y placentero.

Había una vez un soñador que con los ojos abiertos se atrevió con las aventuras soñadas. En ellas no había magia ni materias de naturaleza fantástica, sino la ciencia que te hace aprovechar el talento y la inteligencia; no había criaturas fantásticas, aunque sí fantásticas criaturas; no había montañas llenas de ogros, brujas y hechizos encantados, pero sí caminos abruptos que parecían encantados de volverse más escarpados e incluso hizo aparición un monstruo, de tamaño microscópico, que resultó ser mucho más terrorífico que los mismísimos gigantes; no tenía capa, ni escudo, ni espada para defenderse, pero sí corazón, coraje, decisión y fortaleza para combatir todos las adversidades que le surgían y derribar los imposibles muros que se le aparecían en el camino.

Hubo una vez un niño que dejó de serlo para convertirse en un hombre. Apuesto, brillante, sesudo, instruido, cultivado, talentoso… Admirado, respetado y querido por todos, hasta por sus competidores. Sus amigos se convirtieron en familia y su familia en amigos, porque el simple hecho de compartir con él ciertos momentos hace que estos se conviertan en especiales.

Hay ahora un hombre, que una vez fue niño, que es un magnífico FÍSICO, de maravilloso físico. Que tiene el mundo y el futuro por delante para seguir comiéndoselo con papas. Puede que sus padres sean más viejos, porque el tiempo no pasa en balde, pero rejuvenecen y engordan de satisfacción y orgullo contemplando cómo consigue lo que se propone, por muy ardua y costosa que sea la empresa.

Porque el que fue un niño, y ahora es todo un hombre, ha demostrado ser más grande que los héroes con los que soñara. Él mismo se ha convertido en un héroe sin capa, sin necesidad de artificios fantásticos. Capaz de combatir a los monstruos que en la vida real nos asechan. Haciéndolo con fortaleza, pero sin arrogancia; con valentía, pero con prudencia; con simpatía, pero sin perder la dignidad; con autoridad, pero siempre con humildad.

El hombre, que antes fue niño, es el hijo que todo padre quisiera tener; es el yerno que muchas desearían; el alumno que satisface a cualquier profesor; el amigo que desea todo amigo. Pero también el que nunca dejará de ser nuestro niño, mi niño. El que dio y da sentido a mi vida. El motor que hace latir mi corazón y por el que siempre estaré orgulloso de haberme convertido en padre.

¡Felicidades, David Sánchez, licenciado en Física y en la Vida!

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de JCK5D en pixabay