No es Fácil Ser un Superhéroe

Después de un duro día de batallas siempre me gusta sentarme a pensar sobre mis sufridas aventuras. A veces, creo que no merecen la pena tantas magulladuras, moratones y heridas en el cuerpo, pero, cuando veo la sonrisa en la cara de aquellos a quienes he conseguido ayudar, las ilusiones se me recargan y me empujan a seguir luchando contra los malvados.

No todos piensan así, claro. La gente que me ve por la calle corriendo detrás de un perro malvado, se pone histérica cuando tropiezo con ellos y les tiro lo que llevan en las manos. Son accidentes sin importancia. Un superhéroe no puede evitar ciertas cosas, sobre todo cuando no puede volar. Mis profesores han gastado ya decenas de bolígrafos poniéndome partes y notificaciones. Solo porque en medio de la clase me pongo a gritarles a las malvadas sombras que acechan entre los pupitres. Y mis padres… ¡¡¡Ufff!!! Esto es lo peor. Son los que menos me creen. Quieren ponerme en manos de un psicólogo o un psiquiatra. No sé cuál ha sido su última elección. Dicen que están desesperados, pero es que yo soy así. Soy un superhéroe y no puedo actuar de otra forma.

Hoy la cosa ha sido bastante complicada. Hace unas semanas llegó a clase un alumno nuevo. Un chico que no es de por aquí. Yo creo que incluso es de muy afuera. Tiene aspecto muy distinto a nosotros y habla de una forma muy rara. El color de su piel, sus ojos, su pelo… hasta su risa es distinta. No sé por qué no les gusta a los demás compañeros. A mí me encanta su forma de ser. Sobre todo su amplia, blanca y sincera sonrisa. Porque aunque lo empujen, le den coscorrones, lo tiren al suelo… él siempre responde mostrando ese brillo inocente en su cara. Eso hace que los demás se enfaden todavía más. ¡No sé por qué! No recuerdo su nombre, porque es difícil de pronunciar, pero yo le llamo Robin. Es el compañero perfecto para un superhéroe como yo.

Hoy hemos tenido que enfrentarnos solos a los matones. Solos. Porque el resto de la clase, como siempre, ha mirado a otra parte, y los profesores, siempre despistados con sus cosas, ni se han dado cuenta de la trifulca. Pero les hemos dado para el pelo. Querían quitarle el bocadillo a una chica muy pequeña y tímida. No lo hemos dudado ni medio pestañeo. Nos hemos lanzado en su defensa e, incluso, hemos conseguido que se manchen la ropa. Nosotros hemos necesitado más tiritas y mercromina, pero que sería de un superhéroe sin heridas para contar.

Robin y yo estamos acostumbrados a batirnos en duelo todos los días para defender a los compis más débiles. Aunque terminemos casi siempre en el despacho del director. Él no entiende de superhéroes y, además, siempre piensa que las peleas las empezamos nosotros. Bueno, en eso tiene razón, pero lo hacemos por una buena causa.

Pero esto no ha sido lo más difícil. Al salir de la escuela hemos visto, en uno de los árboles del jardín, cómo un precioso, colorido y gran pájaro estaba enredado entre sus ramas. Sus graznidos sonaban muy fuertes y como con eco. No entendíamos cómo había podido meterse allí dentro él solo. Tal vez, alguien malvado lo empujó allí y luego se fue corriendo huyendo. La gente malvada es así de malvada. Cuando Robin y yo lo hemos visto, no lo hemos dudado ni un pestañeo. Como él es más grande y fuerte que yo, me ha ayudado a subir al árbol para sacarlo de allí. Ha sido un poco difícil, pero al final lo hemos conseguido. Bueno, lo ha conseguido él. Me ha aupado hasta la rama, yo he podido encaramarme a ella y… Parece que el pobre pájaro estaba muy asustado, porque la ha emprendido a picotazos conmigo. Se ha puesto muy alterado y a punto he estado de tirar un nido con huevos que había cerca. Menos mal que mi súper-agilidad y mi súper-velocidad han evitado que se cayeran del árbol. Los huevos, yo he terminado desplomándome encima de Robin. Sin embargo, el pájaro ha salido volando y gritando. ¡¡¡Misión cumplida!!! Otra colección de tiritas y moratones para presumir de la batalla. Pero eso es lo de menos cuando se hace feliz a un pajarete. Aunque el muy travieso no se ha parado ni a darnos las gracias. Estaría demasiado asustado y loco, porque cuando nos íbamos, hemos visto que se empeñaba en volver al árbol. Bueno, él sabrá. No puedo estar todo el día ayudándolo a él, hay más gentes que necesitan de nuestra ayuda.

Luego, cerca de casa, una mujer mayor. Mayor quiero decir de más edad. Vamos que parecía vieja. Pero no les gustan que las llames así. Mujer mayor les parece menos insultante. Aunque yo no la estaba insultando. Bueno, pues esta mujer vieja estaba tirando de un carro lleno de trastos y parecía que pesaba mucho y le costaba moverlo. Robin y yo no lo hemos pensado ni tres pestañeos. Sí, un poco más que con el pájaro, porque la cara de la vieja mayor no era muy amigable. No hemos hecho caso de sus gritos y la hemos ayudado a subir el carro a la acera. El escalón era demasiado grande y ella estaba atascada intentando empujarlo. Muchos tiestos de los que llevaba en el carro se han caído al suelo. No se han roto, porque ya estaban bastante averiados. De hecho, creo que eran bastante viejos y muy estropeados y sucios. Pero no seré yo el que le diga a esa señora vieja lo que tiene que comprar o no. Cuando la hemos dejado felizmente, encima de la acera, parece que quería abrazarnos, aunque a mí me ha dado cosa, su ropa estaba un poco sucia. Luego se ha puesto a gritar, supongo que de alegría, pero como no tiene dientes no se le entendía muy bien. Además, parecía que quería bajar el carro de la acera, otra vez. A lo mejor es que es muy indecisa. Quizás es que ha visto como lo hemos hecho nosotros y ha querido probarlo por ella misma. ¡No importa! ¡¡¡Otra misión cumplida!!! No, tampoco nos ha dado las gracias, pero un superhéroe no espera gratitud de la gente. Solo nos contentamos con una sonrisa. Aunque la de esta mujer asustaba un poco, al no tener más que un par de dientes.

Pero el trabajo de hoy no había terminado. Por eso digo que ha sido un día muy duro. Al llegar a casa, antes de despedirnos Robin y yo, hemos visto que mamá se había olvidado de sacar unas cajas para que las recogiera el camión de la basura. Eran unas cinco cajas de cartón muy pesadas. Hemos tenido que sudar bastante y sacar nuestra súper-fuerza, pero después de mucho lo hemos conseguido. Justo por los pelos. El camión ha llegado escasos segundos después de que nosotros hubiéramos sacado la última caja. Los empleados de la basura son muy curiosos y no han dudado ni dos pestañeos en mirar lo que había dentro de las cajas. Se han puesto muy contentos al verlo. Creo que estaban muy felices de que les hayamos ayudado.

Robin se ha ido ya a su casa para comer y estudiar. Yo aún tengo que hacer mi reflexión diaria. Me escuecen las heridas y me siento muy cansado. Sin embargo, ya lo dice mi superhéroe favorito: «¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos».

Necesitaré unos minutos más para dejar aquí al superhéroe y entrar en mi casa siendo de nuevo solo un niño. Aunque antes, intentaré calmar a mi mami. Está como loca gritando: ¡¡¡Quién se ha llevado mis cajas de libros!!! Parece que hay ladrones por el barrio. Está muy claro. Este vecindario no sería lo mismo sin un superhéroe como yo.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
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