No es Fácil Ser un Superhéroe

Después de un duro día de batallas siempre me gusta sentarme a pensar sobre mis sufridas aventuras. A veces, creo que no merecen la pena tantas magulladuras, moratones y heridas en el cuerpo, pero, cuando veo la sonrisa en la cara de aquellos a quienes he conseguido ayudar, las ilusiones se me recargan y me empujan a seguir luchando contra los malvados.

No todos piensan así, claro. La gente que me ve por la calle corriendo detrás de un perro malvado, se pone histérica cuando tropiezo con ellos y les tiro lo que llevan en las manos. Son accidentes sin importancia. Un superhéroe no puede evitar ciertas cosas, sobre todo cuando no puede volar. Mis profesores han gastado ya decenas de bolígrafos poniéndome partes y notificaciones. Solo porque en medio de la clase me pongo a gritarles a las malvadas sombras que acechan entre los pupitres. Y mis padres… ¡¡¡Ufff!!! Esto es lo peor. Son los que menos me creen. Quieren ponerme en manos de un psicólogo o un psiquiatra. No sé cuál ha sido su última elección. Dicen que están desesperados, pero es que yo soy así. Soy un superhéroe y no puedo actuar de otra forma.

Hoy la cosa ha sido bastante complicada. Hace unas semanas llegó a clase un alumno nuevo. Un chico que no es de por aquí. Yo creo que incluso es de muy afuera. Tiene aspecto muy distinto a nosotros y habla de una forma muy rara. El color de su piel, sus ojos, su pelo… hasta su risa es distinta. No sé por qué no les gusta a los demás compañeros. A mí me encanta su forma de ser. Sobre todo su amplia, blanca y sincera sonrisa. Porque aunque lo empujen, le den coscorrones, lo tiren al suelo… él siempre responde mostrando ese brillo inocente en su cara. Eso hace que los demás se enfaden todavía más. ¡No sé por qué! No recuerdo su nombre, porque es difícil de pronunciar, pero yo le llamo Robin. Es el compañero perfecto para un superhéroe como yo.

Hoy hemos tenido que enfrentarnos solos a los matones. Solos. Porque el resto de la clase, como siempre, ha mirado a otra parte, y los profesores, siempre despistados con sus cosas, ni se han dado cuenta de la trifulca. Pero les hemos dado para el pelo. Querían quitarle el bocadillo a una chica muy pequeña y tímida. No lo hemos dudado ni medio pestañeo. Nos hemos lanzado en su defensa e, incluso, hemos conseguido que se manchen la ropa. Nosotros hemos necesitado más tiritas y mercromina, pero que sería de un superhéroe sin heridas para contar.

Robin y yo estamos acostumbrados a batirnos en duelo todos los días para defender a los compis más débiles. Aunque terminemos casi siempre en el despacho del director. Él no entiende de superhéroes y, además, siempre piensa que las peleas las empezamos nosotros. Bueno, en eso tiene razón, pero lo hacemos por una buena causa.

Pero esto no ha sido lo más difícil. Al salir de la escuela hemos visto, en uno de los árboles del jardín, cómo un precioso, colorido y gran pájaro estaba enredado entre sus ramas. Sus graznidos sonaban muy fuertes y como con eco. No entendíamos cómo había podido meterse allí dentro él solo. Tal vez, alguien malvado lo empujó allí y luego se fue corriendo huyendo. La gente malvada es así de malvada. Cuando Robin y yo lo hemos visto, no lo hemos dudado ni un pestañeo. Como él es más grande y fuerte que yo, me ha ayudado a subir al árbol para sacarlo de allí. Ha sido un poco difícil, pero al final lo hemos conseguido. Bueno, lo ha conseguido él. Me ha aupado hasta la rama, yo he podido encaramarme a ella y… Parece que el pobre pájaro estaba muy asustado, porque la ha emprendido a picotazos conmigo. Se ha puesto muy alterado y a punto he estado de tirar un nido con huevos que había cerca. Menos mal que mi súper-agilidad y mi súper-velocidad han evitado que se cayeran del árbol. Los huevos, yo he terminado desplomándome encima de Robin. Sin embargo, el pájaro ha salido volando y gritando. ¡¡¡Misión cumplida!!! Otra colección de tiritas y moratones para presumir de la batalla. Pero eso es lo de menos cuando se hace feliz a un pajarete. Aunque el muy travieso no se ha parado ni a darnos las gracias. Estaría demasiado asustado y loco, porque cuando nos íbamos, hemos visto que se empeñaba en volver al árbol. Bueno, él sabrá. No puedo estar todo el día ayudándolo a él, hay más gentes que necesitan de nuestra ayuda.

Luego, cerca de casa, una mujer mayor. Mayor quiero decir de más edad. Vamos que parecía vieja. Pero no les gustan que las llames así. Mujer mayor les parece menos insultante. Aunque yo no la estaba insultando. Bueno, pues esta mujer vieja estaba tirando de un carro lleno de trastos y parecía que pesaba mucho y le costaba moverlo. Robin y yo no lo hemos pensado ni tres pestañeos. Sí, un poco más que con el pájaro, porque la cara de la vieja mayor no era muy amigable. No hemos hecho caso de sus gritos y la hemos ayudado a subir el carro a la acera. El escalón era demasiado grande y ella estaba atascada intentando empujarlo. Muchos tiestos de los que llevaba en el carro se han caído al suelo. No se han roto, porque ya estaban bastante averiados. De hecho, creo que eran bastante viejos y muy estropeados y sucios. Pero no seré yo el que le diga a esa señora vieja lo que tiene que comprar o no. Cuando la hemos dejado felizmente, encima de la acera, parece que quería abrazarnos, aunque a mí me ha dado cosa, su ropa estaba un poco sucia. Luego se ha puesto a gritar, supongo que de alegría, pero como no tiene dientes no se le entendía muy bien. Además, parecía que quería bajar el carro de la acera, otra vez. A lo mejor es que es muy indecisa. Quizás es que ha visto como lo hemos hecho nosotros y ha querido probarlo por ella misma. ¡No importa! ¡¡¡Otra misión cumplida!!! No, tampoco nos ha dado las gracias, pero un superhéroe no espera gratitud de la gente. Solo nos contentamos con una sonrisa. Aunque la de esta mujer asustaba un poco, al no tener más que un par de dientes.

Pero el trabajo de hoy no había terminado. Por eso digo que ha sido un día muy duro. Al llegar a casa, antes de despedirnos Robin y yo, hemos visto que mamá se había olvidado de sacar unas cajas para que las recogiera el camión de la basura. Eran unas cinco cajas de cartón muy pesadas. Hemos tenido que sudar bastante y sacar nuestra súper-fuerza, pero después de mucho lo hemos conseguido. Justo por los pelos. El camión ha llegado escasos segundos después de que nosotros hubiéramos sacado la última caja. Los empleados de la basura son muy curiosos y no han dudado ni dos pestañeos en mirar lo que había dentro de las cajas. Se han puesto muy contentos al verlo. Creo que estaban muy felices de que les hayamos ayudado.

Robin se ha ido ya a su casa para comer y estudiar. Yo aún tengo que hacer mi reflexión diaria. Me escuecen las heridas y me siento muy cansado. Sin embargo, ya lo dice mi superhéroe favorito: «¿Por qué nos caemos? Para aprender a levantarnos».

Necesitaré unos minutos más para dejar aquí al superhéroe y entrar en mi casa siendo de nuevo solo un niño. Aunque antes, intentaré calmar a mi mami. Está como loca gritando: ¡¡¡Quién se ha llevado mis cajas de libros!!! Parece que hay ladrones por el barrio. Está muy claro. Este vecindario no sería lo mismo sin un superhéroe como yo.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de la imagen propuesta.

La Gesta de un Héroe Alucinante

Imagen de Sarah Richter en Pixabay

Estaba siendo un día de mierda y la tarde amenazaba con seguir por el mismo camino. Sentado en uno de los bancos del parque, mientras contemplaba cómo las nubes formaban preciosas y curiosas imágenes, mi primo Perrishi llega como un tsunami e interrumpe impunemente mis elucubraciones.

—Manolillo, queashe ahí tan enshimismao. She te van a eshcurrí lash neuronas, tío.

A veces, no sé si su shesheo es porque quiere aparentar buena pronunciación o, simplemente, es muy gilipollas. El hecho es que debería tener preparado un paraguas cada vez que converso con él.

—Aquí estoy, Perrishi, intentando resolver la ecuación del mundo.

—¡Qué dishe, tío! Pa matemática eshtoy yo, ¡anda ya!

Se sienta a mi lado, dándome un tremendo culazo, y me enseña una bolsita llena de hierbas.

—¿No es un poquito temprano para eso, prenda? —le dijo guiñando y con cara de precupación.

Él me responde intentando mostrar cara de villano de peli mala.

—Eshto queshtá viendo, no esh un coshto cualquiera, tío. Esh una cosha nueva que me ha traío el Juantripi. Dishe que te hashe shentí como Shupermán —añade moviendo sus peludas cejas.

—¿Dice? Eso es que todavía no lo has probado, ¿Verdad?

—Esh que ya shabes que no me gusta probá mi materiá. Hay que mantené un límite con el produshto. Uno no puede shé conshumidó de shus mierdas.

—¡Claro, seguro! Quieres mantenerte al límite. ¿No será que quieres que lo pruebe yo antes, para asegurarte de que no te mata? ¿Te crees que soy tu conejillo de indias?

—Avé, Manolillo. No sheas mash tiquishmiquish. Dale solo una calaíta. ¿Qué te va a pashá?

Me estaba empezando a poner perdido a salivazos. Estaba por pedirle que me hablara por señas o escribiéndolo en un papel.

—¿Qué me entren unas diarreas sinfónicas que me hagan llevarme dos días sin salir del váter?

—¡Que shagerao eresh, primo! Ira, yoshtoy asquí pa shocorrerte. Tú le dash una calaíta cortita y shi yo veo que te ponesh morao me pongo a gritá y a llamá a quien haga falta. —¡Ah, bueno! Siendo así, tenía el mayor de los consuelos. ¡Qué elemento!

Como el Perrishi me conoce bien, y sabe que no me puedo resistir a sus mierdas, le hago un gesto de aprobación y le dejo hacer. Además, así evito que siga duchándome.

Se saca un papel del bolsillo, vuelca un poco de la hierba dentro y con una increíble habilidad, producto de sus muchas prácticas, lía el porro con una sola mano. Cierra un ojo, se lo pone delante del otro. Mira la perfección del alineamiento del canuto y me lo pasa.

—Ma queao perfeshto, primo. Anda, tuya esh la pash y la gloria por shiempre —Encima el cabrón se pone litúrgico.

Intento darle una calaíta suave y controlada, pero, como siempre me pasa, estoy a punto de apurar el cigarro de una sola chupada. El humo entra en mis pulmones. Lo dejo deambular por ellos unos segundos y luego, muy despacito, lo voy soltando por nariz y boca al mismo tiempo.

Miro al frente. Levanto la vista al cielo. Observo a mi alrededor y luego al Perrishi.

—¿Qué? —me interroga con impaciencia.

—Yo no noto nada. Creo que te han dado coba, Perrishi.

—¡¡¡Me cago en su putísima mare!!! Le voy a estar dando cates hasta que hable en arameo. —Sí, ha dejado el shesheo. Con el cabreo se le ha olvidado. Será hijodeputa.

—Joder, primo. Siempre te están engañando. ¿Seguro que te habrá cobrado un pastón por esta porquería?

—¡Qué va! Si en realidad se lo he robao, pero me había dicho que era una cosa guapa, guapa. Deja que coja a ese peazo de cabrón. ¡Del Perrishi no se chachondea nadie!

Y diciendo esto, sale bufando y soltando lindezas por su boca. Yo me voy a terminar el cigarro. Tiene buen sabor y es relajante. Además, no tengo más tabaco encima.

Vuelvo a deleitarme mirando el cielo. Durante unos cuantos minutos contemplo cómo las nubes siguen formando curiosas figuras. De pronto, una de ellas se transforma en un inmenso pene. Va creciendo de forma inverosímil y su glande me mira sonriente. Yo intento disimular, buscando conejitos, dragones y florecitas por el cielo. Localizo una que parece una azucena esponjosa, pero que al ver a la enorme verga se transfigura en una impresionante vagina. ¡La mare que me parió!

Desvió la vista del cielo, más turbado de lo normal, y miro al suelo. Una larguísima columna de hormigas realiza su marcial desfile rumbo a alguna parte. Van y vienen, siempre manteniendo la fila, en aparente armonía. En una de estas, todo el batallón se para en seco. Van tropezando unas con otras. Se mosquean y protestan. La que va en cabeza, vaya molondro que gasta la muchacha, se gira y me planta cara.

—¿Se puede saber qué estás mirando? —Yo no respondo. Me he quedado más congelado que la mano de mi suegra—. ¿Te parece divertido contemplarnos trabajar mientras tú estás ahí sentado tocándote los cojones?

Aunque es un ser muy pequeño, puedo escucharla nítidamente. Eso sí, tiene una de esas voces chillonas y machaconas que te taladran el cerebro.

—Disculpe usted, señora…

—¿¡CÓMO QUE SEÑORA!? —Del grito me ha destaponado los dos oídos—. ¡¡¡Te reviento la cabeza de una pedrada!!!¡¡¡Soy Señorita!!! ¡¡¡Mezcla de sapo y borrico!!! —Vaya genio se gasta la señ… hormigonera—. ¡¡¡Deja de mirar como trabajamos y levántate ya del banco, que se te van a poner los huevos cuadrados!!! —Tiene que ser por lo menos generala de siete estrellas la muchacha.

Me quedo sin habla y con más mala cara que un bulldog mojado. La hormigona, igual de cabreada que el Perrishi, reinicia el desfile y se lleva a toda la tropa a su incierto destino. Las pobres van con la lengua fuera por el ritmo frenético que les aplica la jefa.

No me da tiempo a levantar la cabeza cuando empiezo a escuchar gritos. Intento localizar los alaridos y enfoco la vista en el edificio de enfrente. Desde el primer piso, una preciosa rubia grita asomada al balcón. Luce una bata de gasa, vaporosa y casi transparente, que deja ver su fascinante cuerpo embutido en su sexy ropa interior. Grita. Me llama gritando. Grita y me insulta. En realidad, no logro averiguar qué es lo que me estaba diciendo. Cierro los ojos, intentando aguzar la vista, y veo que desde detrás de ella sale un mar de humo. ¿Y si no me está llamando a gritos? ¿Y si en realidad está pidiendo auxilio?

Intento levantarme del banco, pero en lugar de andar, me alzo del suelo usando mis alas. Sí, me han salido alas. ¡¡¡Qué fueeerteeee!!! Salgo volando y me acerco al balcón de la chica y esta, al verme, me muestra su más dulce y sensual sonrisa.

—Aquí está tu superhéroe. ¿Te llevo a alguna parte preciosa? —le digo mostrando mi cara más seductora.

—Oh, mi arcángel favorito. Has acudido a mi ayuda. —¿Arcángel? ¿Eso qué es? Me han dicho cosas más raras. Yo me siento más bien como un palomo mareado—. Espera, no puedo salir así vestida, déjame unos minutos que me cambie de ropa.

Su casa se está quemando y ella quiere ponerse un look más apropiado para mi película. No me extraña. Sé cómo se comportan las mujeres conmigo. Nerviosas, atolondradas y sobre todo raras, muy raras. No la espero y me dispongo a entrar también en su casa, pero un gorrión despeinado, apoyado en la barandilla, me interpela:

—¿Eres tú mi amante bandido? —Sí, me lo ha dicho cantando e imitando al Bosé. Gorjea y me silba sin recato—. ¿Te apetece un revolcón entre plumas?

Desvío la mirada, sintiendo mi cara arder. No sé si será de la vergüenza o del calor que sale de la habitación. Penetro en ella y el humo me hace casi imposible ver nada. Busco a la chica, pero no la encuentro. La humareda va tomando forma y, al igual que antes las nubes, se va transfigurando en el esbozo de una silueta. Cuando se define, toma el aspecto de una bruja muy vieja y muy fea.

—Eres una preciosa harpía. ¿Te gustaría una noche loca de magia negra? Ya sabes, ¿nigromancia, orgía con los muertos, borrachera de sangre…?

La leche. ¡Qué miedo y asco! Salgo espetado de la habitación antes de que me ponga las zarpas encima. ¡Qué coño pasa! Todo el mundo se quiere enrollar conmigo. ¡Me habré levantado hoy con el bonito subido!

Salgo al pasillo de la casa y busco al motivo de mi heroicidad. No la veo por ninguna parte, pero escucho trastear en el salón. Entro y me la encuentro en el suelo, a cuatro patas, mostrándome su lindo culo enfundado en un lujurioso tanga rojo. Su contoneo me está poniendo como el fogón de un mercancías. No me lo pienso dos veces, me abalanzo hacia ella, la cojo por la cintura y … me la cargo bajo el brazo. No es momento de lujurias desenfrenadas. Lo primero es lo primero, salir de allí antes de que parezca un pinchito braseado.

Intento regresar de nuevo al dormitorio, para salir por el balcón. Sin embargo, la habitación está inaccesible, las llamas deben haber prendido en la cama y no hay forma de escapar por allí.

La chica grita, gime, patalea, me araña. Está claro que ha entrado en pánico. Me muerde una oreja. ¡Hijadeputa, se ha vuelto histérica!

—Si solo quiero salvarte del fuego, chiquilla —le grito para calmarla.

No surte efecto, me gruñe y me muestra los dientes. No le hago caso y enfilo el portón. Lo abro como los vaqueros en las pelis del oeste. La puerta impacta con tanta fuerza contra la pared que descuelgo todos los cuadros y tiro los libros de las estanterías. Da igual, se iban a quemar. Salgo al descansillo y veo como los vecinos abren sus puertas alertados por mi discreta aparición.

—¡Salvaros vosotros que yo ando un poco liado! —les grito—. Que esta chica parece una princesa, pero pesa como un gorrino cebado.

Ella parece sentirse herida en sus sentimientos e intenta arrancarme la oreja de otro bocado.

—Lo siento, cari, es que me estoy poniendo nervioso. Si en el fondo eres etérea como un ángel —Esto se lo digo resoplando, porque en el fondo pesa tela marinera.

—¡Socorro! —grita una vieja que sale de su casa con una escoba y me da con ella en la espalda.

—¡Gracias, señora! —le digo. La buena mujer está intentando apagarme las alas que han prendido a causa del fuego. Es efectivo, pero no veas como duelen los escobazos. La vieja parece frágil, pero tiene la fuerza de un leñador canadiense.

Pienso en bajar en el ascensor, pero recuerdo las pelis de desastres. Hay que salir siempre por las escaleras. Bajo los escalones de dos en dos y, a veces, de cuatro en cuatro. Más por la inercia que por mi agilidad. Veo peligrar mis dientes en un par de ocasiones. Afortunadamente, son solo un par de pisos.

Los vecinos se asoman al pretil de las escaleras y me gritan. Yo les grito, a su vez, que no me esperen. Que salgan del edificio antes de que sea demasiado tarde. Que no creo que pueda salir y volver a entrar para rescatarlos. Además, tendré que consolar a esta linda doncella que se está poniendo de los nervios. No me hacen caso y siguen gritando. Llaman a la policía. ¡Serán estúpidos, tienen que llamar a los bomberos! Allá ellos.

Enfilo el portal y cruzo la calle. Esta vez lo hago corriendo, no volando. Estoy exhausto y me desparramo en el mismo banco en el que estaba antes. ¡No puedo más! Dejo a la chica posada al lado, junto a mí y me espatarro cuán largo soy. Veo como los vecinos se asoman a las ventanas y siguen gritando. Serán necios, en lugar de salir del edificio se ponen a pedir auxilio.

Miro a la chica que acabo de salvar y ella me mira también. Sus ojos son grandes y acuosos. Sus orejas grandes y sedosas. Su nariz húmeda. Su lengua… ¿Me estará mandando señales? Me acerco y me endiña un lengüetazo que me lava la cara y me peina al mismo tiempo. Claro, está prendada de mí por mi acto heroico.

Cuando me voy a acercar a ella para darle un morreo, aparece de nuevo mi primo.

—Manolillo, ¿¡Qué hashe!? —Parece que se le ha pasado el sofoco y ha vuelto a su excelente pronunciación.

—Pues ya ves. Aquí saboreando el momento romántico del día. ¡Mira que amor de criatura!

—¡Coño! ¿¡Te hash vuelto zoofiliaco de eshos!?

—¿Qué dices, primo?

El bocado que me lanza la chica me hace despertar de sopetón. Ahora la veo nítidamente. Es una preciosa… perra, pero… en el más literal de los sentidos. Es una golden retriever de más de treinta kilos. Blanca con tonos canela. Creo que en el fondo se ha encariñado conmigo. Posa una de sus tremendas patas en mi hombro y me lame la oreja.

También veo a los vecinos que ya no piden socorro, en realidad, me están insultando. Asimismo, escucho las sirenas de la policía. Deben venir de camino. Me doy cuenta que el edificio está intacto y que no hay ni rastro de humo o fuego. Miro a mi primo y le digo: —¡Madre mía! Tenías razón, colega. ¡¡¡Qué colocón más bueno!!!

UN HOMBRE  BAJO LOS EFECTOS DEL LSD SALVA AL PERRO DE LOS VECINOS DE UN INCENDIO IMAGINARIO.
Un neoyorquino de 43 años acabó arrestado por allanamiento de morada, aunque sus intenciones eran buenas y su comportamiento fue heróico... dentro de su alucinación.
18-oct-2016

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato a partir de una de las noticias propuestas en el reto.

Abocado a la Muerte

Imagen, en forma de ilustración digital, del interior de una caja de madera. Más larga que ancha. Simulando un ataúd antiguo.
La vista está dirigida desde el interior de uno de sus lados más estrechos. Dónde iría la cabeza o los pies.
Imagen de PIRO4D (Pixabay)

Unos golpes estridentes me sacaron del sueño. La oscuridad era tan espesa que me aplastaba. Intenté levantar mis brazos, pero toparon con una superficie dura, rugosa y cerrada. Tampoco podía moverlos hacia los laterales. El lugar en dónde me encontraba era solo un poco más ancho que yo. Mis piernas tampoco disponían de espacio para moverse y el hormigueo las resucitaba lentamente, con dolor. Al reposar los brazos de nuevo, noté debajo de mí la humedad de la tierra. No obstante, la realidad me implosionó el cerebro. Estaba encerrado en una caja, ¿acaso un ataúd? ¿Ese era mi destino? ¿Ser enterrado vivo?

Mi cuerpo se empezó a bambolear. Me estaban transportando hacia algún lugar indefinido. Lo curioso de todo es que no sentía pánico. Ni siquiera miedo. Podría ser por efecto del tiempo que me había llevado durmiendo. Me encontraba tranquilo y descansado. Tampoco notaba la falta de oxígeno en el exiguo habitáculo. Sin embargo, mi boca empezó a sentirse seca y estrecha, como la caja.

Durante el trayecto, anduve entre la vigila y la ensoñación. Mi cuerpo se mantenía muerto. La mente, en cambio, se desbocaba entre imágenes inconexas y absurdas. El corazón, por otro lado, permanecía en el más tranquilo de los letargos. El estómago tampoco daba señales de actividad, pero la sed me secuestraba el conocimiento.

Cesó el movimiento y noté como depositaban la caja, suavemente, sobre alguna superficie, plana y equilibrada. El silencio seguía siendo burdo e incómodo, colmado por mis desordenados pensamientos. Nuevos ruidos me sacaron del sopor llenando el angosto espacio de mi cautiverio. Esperé angustiado que la tierra empezara a caer sobre el féretro y sepultara mi existencia. Sin embargo, después de una leve calma, tres enérgicos golpes llamaron sin esperar respuesta. Luego, volvió la tétrica paz.

Esperé unos eternos segundos y volví a empujar la tapa. Esta vez cedió fácilmente. Una estrecha fisura, en el lateral, fue dejando entrar una minúscula gota de claridad. Entorné los ojos, ante la mortal visión. Sin embargo, la tenue luz de las antorchas generaba en el entorno una placentera iluminación. Abrí del todo la caja y paladeé la noche.

Me incorporé y, no sin dificultades, salí del ataúd. Mirando a mi alrededor comprobé que estaba en un mausoleo, desierto y sombrío. De forma súbita y lacerante, los recuerdos invadieron mi cabeza, reorganizando mi memoria y mis vidas. Solo pararon cuando unas voces perturbaron el silente exterior.

Había llegado la hora de alimentarme.

Relato escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
El protagonista de la historia se despierta en un lugar oscuro, desconocido y, aparentemente, encerrado. Hay que crear un relato que de respuestas a las preguntas que le asaltan.

Naturaleza en Extinción

La imagen muestra: un prado, dónde se puede ver un banco vacío junto a un árbol. Delante del banco, separando este del cesped, un camino de ladrillos rectangulares, formando un semicírculo. Unas nubes al fondo y el sol cayendo, completan la escena de una puesta de sol.
Imagen de Gundula Vogel (Pixabay)

Esta mañana me despertó los tenues rayos del sol, cuando aún no calentaban. Salí volando sin siquiera lavarme la cara y realicé todos mis quehaceres. Necesitaba terminar pronto para poder llegar a tiempo a la cita con Beety. Habíamos quedado al atardecer y me quedaba un largo camino por delante.

Piqué de un sitio y de otro sin molestarme mucho en cuidar mi dieta. Sé que cualquier día tendré problemas para sustentar mi orondo cuerpo e incluso, puede que no quepa por la abertura de mi hogar. Bueno, hoy tenía mucha bulla y quería aprovechar el buen tiempo.

Saciadas mis necesidades básicas, volví a salir zumbando y me metí en el metro. Estaba atestado de personas que regresaban de sus trabajos. El ambiente era angustioso e insalubre. Todos llevaban caras serias, tristes, con gestos adustos e irritados. No parecía que sus rumbos fueran demasiado agradables. Yo, sin embargo, ansiaba llegar a mi destino. Se apiñaban incómodos, dando codazos, empujones y, alguno, hasta intentó darme un manotazo.

Cuándo las puertas se abrieron, no esperé a que nadie se me adelantara y me apresuré a salir de allí sin mirar atrás. Enfilé raudo las escaleras que llevaban a la superficie y el aire límpido y virginal me inundó los sentidos. Ya estaba cerca, muy cerca.

Había pasado bastante tiempo desde la última vez que quedé allí con Beety, pero el paisaje no había cambiado. Me dejé caer en el frío hierro del banco azul que dominaba la vista y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. El sol empezaba ya a declinar hacia su ocaso y pintaba el cielo con tonos ocres y las nubes con trazos azules y grises. A mi derecha un árbol, de escasas hojas, intentaba filtrar tímidamente el moribundo sol. De aspecto perenne, pero firme, ejercía de guardián del pequeño parque en el que me encontraba.

Beety llegó enseguida y se colocó a mi lado. Juntos fuimos viendo caer la luz y cambiar el verde del césped por el pardo pálido de la tierra. El camino de grises ladrillos que nos separaba del prado emergía de vida. Una larga fila de hormigas se disponía a llevar sus capturas hacia su agujero. Gusanos, lombrices y babosas festejaban el no haber sido pisadas por los niños que jugaron esa tarde sobre ellos. Varias mariposas danzaron a nuestro alrededor generando bellísimos reflejos de variados colores que la luz filtraba a través de sus alas.

Cuando el sol apenas alumbraba ya y el silencio se adueñaba de todo el paisaje, Beety y yo nos tocamos con nuestras cabezas y nos felicitamos por poder disfrutar un día más del maravilloso paisaje. No sabíamos cuánto duraríamos, según muchos estábamos al borde la extinción. Cuando eso pase, posiblemente el mundo cambie y no será a mejor. Ignorantes y desdeñosos, los humanos no son conscientes de nuestra importancia en el ecosistema. Cuando faltemos dejarán de existir también las plantas, puesto que somos las responsables de su polinización y eso dará comienzo al declive de la naturaleza. Somos pequeños, somos insectos, somos abejas, pero somos necesarios. Somos imprescindibles.

Relato escrito para el reto literario VadeReto de este mismo blog.
Estas son las condiciones de este mes:
Crea un relato que describa la imagen, de forma que todo aquel que no pueda verla en su máximo expresión, sea capaz de disfrutar de todos sus matices.

Navidad Redimida

«Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

»Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

»Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo… »

… no tendría que andar una gran distancia, pero el peso de mi mochila y la nieve, que me cubría los tobillos, me harían más ardua la travesía. La breve luminosidad de las farolas y la ausencia de luna, escondida entre negras nubes, me envolvía en un ambiente lúgubre y ominoso. En los rincones sombríos de las callejuelas parecían escucharse los gemidos de tenebrosas criaturas. Hasta mi aliento, congelado por el frío, parecía burlarse delante de mí, dibujando borrosas figuras fantasmales. Iba a ser una noche muy divertida.

Después de varios interminables minutos, dónde me creí desorientado, llegué a la monumental puerta. Era totalmente negra y decorada, en sus jambas de piedra, por las figuras de espeluznantes criaturas. En una de sus hojas se había tallado una cabeza, mitad humana, mitad feérica, con la boca abierta. Este era el primero de mis objetivos. Busqué en uno de los bolsillos de mi mochila y saqué dos monedas de aspecto antiquísimo. A pesar del gélido clima, emanaban un cálido tacto que aumentaba al aproximarlas a la puerta. No me lo pensé y, con ellas en la palma de la mano, metí el puño en la boca de la escultural cabeza. Durante unos eternos segundos no ocurrió nada, pero, cuando pensaba que me habían engañado con la legitimidad de las piezas, los ojos del pétreo rostro se abrieron y su boca se cerró atrapándome por la muñeca.

Me sobresaltó aunque no llegué a asustarme, conocía el ritual. No puedo asegurar que algo o alguien me estuviera acariciando la mano desde el interior, pero la sensación era desagradable y sucia. Las figuras que, como centinelas, rodeaban la puerta, parecían cobrar vida. No quise prestarles atención y me acerqué despacio, pero decidido. Saqué un papiro de mi mochila y leí susurrando, a lo que debían ser sus oídos, la siguiente salmodia:

Los ojos de la imagen empezaron a dar vueltas y se quedaron bizcos. Me miraron fijamente durante unos instantes y se volvieron a cerrar adoptando la pose inicial. Su boca se abrió dejando libre mi mano. La saqué inmediatamente y comprobé que las monedas habían desaparecido. Acto seguido, las dos hojas se fueron abriendo, muy lentamente, dejando ver el misterioso interior del recinto.

Un letrero, también tallado en piedra, mostraba el nombre del lugar:

Mis investigaciones habían sido acertadas. Fueron muchos años de búsquedas infructuosas e inacabables, pero ahora estaba en el lugar indicado para la conclusión de mi penosa odisea. Rebusqué en mi mochila y extraje una gruesa y blanca vela y el segundo papiro. Una inoportuna brisa empezó a revolotear a mi alrededor haciendo dificultosa la labor de encender el cirio. Sin embargo, también estaba preparado para esto. Coloqué la vela en la palma de mi mano izquierda y, mojando los dedos de la derecha con saliva, enderecé el pabilo. Coloqué la hoja sobre él, sin tocarlo, y empecé a leer otra estrofa:

Lentamente, la mecha de la vela comenzó a arder iluminando toda la entrada y revelando varios pasillos que penetraban obscenamente en las oscuras entrañas de la necrópolis. El silencio era ensordecedor y mis pisadas lo profanaban violentamente. Las lápidas cubrían por completo las paredes de los corredores, desde el suelo al techo, creando ajedrezados tableros de muerte y reposo. Todas eran negras y, con la escasa luminosidad de la vela, parecían idénticas. Ningún dibujo, ningún grabado, ningún nombre. Se presentaban como una urbe de anónimos finados. Solo unos sencillos números, tímidamente esbozados, identificaban al morador de cada habitáculo. Nunca un lugar podría parecer más pacífico y solitario, sin embargo, al avanzar entre las tumbas, no podía evitar la extraña sensación de que me observaban.

Volví a hacer uso de mi memoria y recordé el itinerario que llegaba hasta el corazón del cementerio. Cogí el pasillo de la izquierda caminando recto hasta la primera bifurcación que giraba a la derecha, para coger luego otra vez a la derecha. Llegaba a una diminuta plazuela donde me esperaba la asombrosa figura de un Makara. La parte superior correspondía a un elefante, con los colmillos de oro; la parte trasera era un delfín, hecho de Peridoto, que iluminado por la vela creaba un arcoíris imposible que llenaba de reflejos verdosos todo el espacio. Un guardián inerte al que debía entregar otra ofrenda. Según la leyenda, debías evitar embaucarte en su belleza, podrías quedarte petrificado contemplándola eternamente. Le coloqué una aguamarina en una de las aletas que asemejaba un cuenco. Esto no activó ninguna puerta secreta ni siquiera modificó la disposición de los pasillos, era simplemente un acto simbólico reclamado por la leyenda. Sin embargo, no quiso obviarlo para evitar posibles sorpresas indeseables. Debía respetar las normas ceremoniales y rendir pleitesía al consagrado lugar.

Sorteé la figura y proseguí el siguiente pasaje formado por dos pasillos que componían una uve invertida. Desemboqué en otra plazuela donde se erigía un Wendigo. Una gigantesca bestia de figura humanoide y cabeza de ciervo. Sus grandes y terroríficos dientes acrecentaban la leyenda del devorador carnívoro. Sin embargo, el mayor peligro era su mirada. Dos impresionantes rubíes, rojo sanguíneo, sustituían a sus ojos. Decían las antiguas historias de los pueblos algonquinos que si te fijabas en ellos quedarías a merced de su voraz apetito. Sus inmensas garras se presentaban en actitud implorante. No lo hice esperar. Hurgué de nuevo en mi mochila y le puse entre sus garras un feto, cuya procedencia nunca desvelaré. Sin mirar, ni de reojo, su semblante, lo dejé a mi derecha y anduve el pasillo final que discurría totalmente recto hasta terminar en un jardín circular, plantado de abundante césped de color rojo y formando una pequeña colina.

Cogí la cuerda y creé con ella un recinto circular cerrado, concéntrico con el mismo borde del jardín. Me adentré en él, coloqué la vela en el centro y puse la mochila abierta sobre el suelo. Metí mis manos en ella y extraje con sumo cuidado el elemento final de mi misión: una dulce, tierna y simpática oveja de peluche ataviada con un sombrero rojo. La puse junto a la vela y me dispuse a iniciar la fase final de mi aventura. Saqué el tercer y último papiro del interior de mi mochila. Me arrodillé, delante de la figura. Realicé varias inspiraciones profundas y canté a dos voces el texto:

Con la culminación de la última nota, la oveja abrió sus ojos y empezó a balar ruidosamente. Me acerqué a ella y la volví a coger en mis brazos. Sin demora ni indecisión cogí mi puñal y se lo clavé en el pecho. Dejó de balitar, pero solo dio un par de gemidos. La volví a depositar rápidamente sobre el césped y me aparté de ella. Un espeso humo comenzó a salir por todos los poros del muñeco para ascender creando formas etéreas. Con un fogonazo, el animal se prendió y una llamarada lo hizo desaparecer haciendo todavía más espesa la humareda. Durante unos segundos las volutas de niebla fueron creando extrañas figuras que danzaron en el aire. Caras horrendas, aparecían y desaparecían con rictus de burla y locura. Surgían brazos y piernas configurando un ser multiforme sin aspecto definido. Danzaba y gritaba, girando en un torbellino de terror. Poco a poco, todos los miembros y caras fueron desapareciendo hasta conformar un solo cuerpo. Una mujer, desnuda y temblorosa, se hizo nítida cuando la niebla desapareció. Tendría unos treinta años, una larga melena morena y hermosas y bellas curvas. Saqué deprisa una capa grande y gruesa de mi mochila y la envolví con ella. Cuando entró en calor, le susurré con ternura:

—Natividad, ya eres libre, ¡miramé!

Abrió sus grandes y bellos ojos negros y me miró con dulzura y gratitud. Me dio en los labios un beso cálido y prolongado y me dijo:

—¡Al fin lo has conseguido! Me has liberado de la maldición. Cinco interminables años dentro de esa estúpida oveja. Has gastado todo tu dinero, tus energías y tus años de vida. ¿Y para qué?

—¿Para qué, mi amor? —Su semblante cambiaba paulatinamente y sus ojos…—. ¡Te has redimido de tus pecados!

—¿¡Mis pecados!? —Ahora sí que sus ojos daban miedo. Se habían vuelto totalmente negros. En lugar de mirarme parecía que me estuviera extrayendo la vida.

—Pero Natividad… Nati… Navidad… ¡Te he salvado!

—¿¡Salvado!? —Todo su cuerpo se estremecía entre espasmos violentos, al mismo tiempo que reía—. Navidad no tiene salvación, ¡idiota!

Su risa era histérica, violenta y estridente. Sus carcajadas resonaban en cada lápida y se multiplicaban propagándose por los pasillos. Su pelo se blanqueaba convirtiéndose en pajizo y andrajoso, alargándose indefinidamente, queriendo alcanzar el suelo. Su piel iba envejeciendo por instantes, adhiriéndose a sus huesos hasta convertirla en un inmundo esqueleto.

—Los pecados me consumieron hace ya mucho tiempo y me hicieron hipócrita, usurera, mustia, despiadada… —Su voz había perdido todo rastro de dulzura. Ahora era un sonido horrible que arañaba las tripas y reventaba los oídos—. Ya no soy la ilusa que arrancaba sonrisas y convertía en felices las desgraciadas vidas de los inocentes. Ahora me dedico a atraer a los insensatos como tú, para convertirlos en despojos humanos que terminarán el año ebrios, sebosos y endeudados de por vida.

Mientras hablaba, las tumbas crujían y las lápidas chirriaban al desplazarse de su sitio. Por los pasillos se oían pisadas que no auguraban agradables visitantes. Las astas del Wendigo se vislumbraban ya entrando en la plazuela y no creo que tardara mucho en aparecer, también, el Makara. Mis días parecían contados. A menos que…

Me abalancé rápidamente hacia mi mochila y busqué dentro. Sí, también tenía prevista esta eventualidad. Podía ser un amante impulsivo e ingenuo, pero no un estúpido mitógrafo. Saqué una enorme campanilla sujeta a una robusta cuerda roja, como las que portan las ovejas al cuello para poder ser localizadas. Sí, era una mochila mágica y guardaba muchas sorpresas.

—¿Sabes? Eres patético —me escupió el ahora decrépito esperpento—. ¿Crees que vas a poder ponerme eso al cuello para convertirme otra vez en oveja?

Lo dicho. A veces es bueno parecer estúpido. Ni pretendía colocársela como collar al escandaloso vejestorio, ni hacerla sonar como una campana cualquiera. La campanilla no tenía badajo. Su sonido no era de este mundo y tampoco necesitaba activarse con ninguna salmodia. Empecé a moverla compulsivamente y, por supuesto, no sonó. Parecía que no sonaba, pero los pilares que soportaban el techo empezaron a vibrar. Grandes grietas comenzaron a amenazar la sostenibilidad de la necrópolis. Las lápidas terminaron por abrirse, cayendo estrepitosamente contra el suelo. Piedra, polvo y huesos se unieron en una mezcolanza imprecisa. El esqueleto gritaba, el Wendigo bramaba y el Kamara… no puedo describir lo que hacía porque me olvidé de ellos y emprendí la huida.

¿Cómo conseguí escapar de aquella debacle? Esa es una historia sin interés que no precisa ser contada. Solo necesitáis saber que logré escapar, no sin algunos daños colaterales y bastantes magulladuras. No logré salvar mi Navidad. Tampoco ella quiso salvarse. Sin embargo, si por algo me caracterizo es por mi tozudez y perseverancia. Por eso me hallo aquí, con un ridículo gorrito, como el que llevaba la oveja, vestido de rojo y gritando ¡jo jo jo!

Aunque no creáis en mí, haced como si así fuera. ¿Qué podéis perder? Puede que seáis cínicos, hipócritas y hasta estúpidos engreídos, pero al menos durante un mes parecéis felices, queréis ser felices y contagiáis esa felicidad. El problema no es de la Navidad. El problema es vuestro, porque cuando llega el nuevo año os olvidáis de ese sentimiento. Creedme, podéis intentar ser felices en cualquier época del año.

No estoy aquí para redimir la Navidad. Estoy aquí para redimiros a vosotros.

Imagen de ArtTower (pixabay)

Relato escrito para el reto VadeReto de diciembre de 2019 de este mismo blog.
Estas son las condiciones propuestas:
– Incluye las tres imágenes dentro de la historia.
– Continúa el relato dónde el reto lo ha dejado.

Un Gimnasio Interdimensional

Imagen de David Mark (Pixabay).

La sala está llena de espejos y mi imagen se repite indefinidamente en todos las paredes. No puedo evitar mirarme en ellos con deleite y autocomplacencia. Haciendo posturitas típicas de musculitos de gimnasio. Mostrando bíceps, tríceps, abdominales,… Y subiendo y bajando pectorales creyendo que eso vuelve locas a las mujeres, cuando en realidad, resulta un gesto cómico. Llevo cerca de dos horas ejercitándome y no siento fatiga ni cansancio. Parece que esas pastillitas que me vendieron han surtido su efecto. Los músculos hinchados no creo que opinen lo mismo. Cuando se me pasen los efectos me van a entrar ganas de llevarme durmiendo una semana entera.

El gimnasio está completamente vacío. Es tan temprano que ya ha pasado hasta el equipo de limpieza. Me gusta. Prefiero la soledad del atleta que trabaja su cuerpo antes que la multitud aclamando mis hazañas musculosas. Bueno, en realidad lo que prefiero es que nadie me vea haciendo el gamba con las pesas. Sobre todo cuando tengo que buscar las más pequeñas para poder moverlas. No, no soy un adicto a esto del ejercicio. No, no es que esté apuntado al club de los haraganes anónimos. Es que ya hay demasiadas cosas en la vida que te hacen sufrir para buscarte tú, voluntariamente, más aflicciones. Sí, sudar es maravilloso y soltar adrenalina también, pero hay otras formas de hacerlo.

La cosa es que vi una notificación en el periódico: «Gimnasio PonteCachaspuntocom, Todo el mes gratis. Ven a nuestras instalaciones y disfruta del ejercicio de tu cuerpo sin coste alguno. Prepárate para el Verano». Como si en un mes pudiera yo cambiar este cuerpecito que la naturaleza me ha dado. De todas formas, pensé «Pruébalo, total, si es gratis». Ya se sabe que si es gratis aunque den palos.

Así que aquí estoy “ejercitándome”. En realidad, me he llevado más tiempo mirándome en el espejo que haciendo ejercicio. Es que no puedo dejar de intentar imitar las posturas de los musculitos que aparecen en los posters que están pegados por todas partes. No saco ni uno de los músculos que ellos tienen. Seguro que son de mentira o están retocados con el fotoshó.

Tan ensimismado estoy contemplándome en el espejo que no he escuchado un llanto proveniente de un rincón de la sala. Es un quejido lastimero y ronroneante. Parecen los de un cachorro destetado. Sigo solo en el gimnasio así que me asusta un poco el sonido.

—¿Hay alguien ahí? —pregunto con total ingenuidad.

Evidentemente, el cachorro no contesta sino que sigue llorando. Me vuelvo a poner la camiseta y cojo una toalla. No soy extremadamente miedoso, pero no me hace mucha gracia encontrarme con un gato rabioso que me salte encima y me cosa a arañazos. Tampoco voy a abandonar la sala antes de haber terminado todos mis ejercicios, o mis posturitas, y no creo que sea seguro seguir sin hacerle caso a lo que gime, porque puede aparecer cuando tenga encima una barra con 150 kilos de peso. Sí, así, sin escatimar en gramos. Así, que pienso que lo mejor es averiguar qué animal es e intentar echarlo de allí cuanto antes.

—A ver, pequeño gatito. Yo no te voy a hacer daño, ¿vale? Tú tampoco me lo vas a hacer a mí, ¿verdad? Solo quiero sacarte de aquí —le digo inútilmente mientras me dirijo hacia dónde suenan los lamentos. Más para tranquilizarme yo que para que el gato me entienda y conteste.

Parece que el cachorro está escondido dentro de un armario bajo de dos puertas. Me agacho, me quito la toalla del cuello y me la enrollo en el antebrazo izquierdo. Usándolo como escudo me dispongo a abrir una de las puertas. Acerco mi mano derecha al pomo. Lo hago con muchísima precaución y estoy a la expectativa de que, al sentir la claridad, el gato salga espantado hacia fuera. Abro la puerta muy despacio, pero nada sale del armario. Mi corazón se bate con más potencia que una locomotora “Big Boy”. Miro con mucha cautela el interior, pero no se ve nada, aunque se sigue escuchando la llantina. Cuando, bastante nervioso, me dispongo a abrir la otra puerta, un estruendo retumba en la sala. Me caigo de espaldas del susto. El corazón se me va a salir por la boca. Miro horrorizado hacia todas partes hasta que, por fin, veo cómo una de las mancuernas se ha caído del banco dónde la había dejado. Suspiro aliviado ante mi propia torpeza. Ya lo dice uno de los carteles que aparece bien grande en una de las paredes: “Nunca, nunca deje las pesas fuera de su emplazamiento original”. Lo que no añade es que podría habérseme caído en un pie haciéndome bailar la danza de los locos.

Entretenido con la pesa, que rueda por el suelo, no me doy cuenta que la otra puerta se está abriendo. Cuando me giro hacia ella, con la intención de abrirla, me enfrento a una cara. Pequeña, redonda, rechoncha y triste. Pero lo que más atrae mi atención son sus ojos. Totalmente negros. El iris lo ocupa todo. Resulta aterrador. Estos rasgos no pertenecen a ningún gato, sino a un niño. A un recién nacido. Bueno, esa es su apariencia. Sin embargo, es capaz de gatear y salir del armario por sí solo, aunque con alguna dificultad.

Las lámparas fluorescentes del techo empiezan a parpadear. Aunque afortunadamente, no se apagan del todo. Me he vuelto a quedar sentado en el suelo. Totalmente bloqueado. Sin atreverme a mover ni un pelo. Esperaba un gato u otro animal y tengo frente a mí a un niño pequeño que me mira con ojos que parecen salidos desde el mismísimo infierno. Ya no llora, pero emite un sonido ininteligible que parece un gruñido. También se sienta en el suelo, encarado a mí, y se queda mirándome muy fijamente. Ahora siento como la soledad del gimnasio me aprisiona el pecho y la garganta. El bebé no hace nada, solo me mira. Su respiración agitada me contagia. Empiezo a notar cómo me falta oxígeno. La garganta se me cierra y la boca se me reseca. Parece que tengo un trozo de cartón por lengua.

El bebé desvía inesperadamente su vista y la pasea por la sala de pesas. Ve algo que le alerta. Se yergue y sus ojos se abren exageradamente. Lo observo y sigo la dirección de su mirada. Los espejos ya no reflejan el gimnasio, sino el interior de algún recinto. Algunos fluorescentes se apagan y crean un clima de penumbra y terror. Uno de los espejos muestra una imagen fluctuante. Por momentos, cambia del reflejo de la sala al interior de la otra habitación. Parece que esa zona es la que más atrae la atención del bebé. Dejando de llorar gatea hasta alcanzarlo y aguantándose en la luna consigue ponerse de pie y golpear su superficie. Una sombra parece vislumbrarse a través de ella.

Con muchísimo esfuerzo, he conseguido reaccionar y me pongo de pie. En el mismo sitio del que ha salido el bebé. No entiendo nada y estoy empezando a morirme de miedo. Retiro lo que dije antes. Soy un cagón. Intento alejarme del pequeño y de su espejo para salir de la sala. Tropiezo con la mancuerna caída y, en un intento por mantener el equilibrio, derribo un mueble que me encuentro a mi paso. Este cae con estrépito y asusta al niño que comienza de nuevo a berrear. De uno de los cajones ha salido una caja de cartón llena de botes, brochas y otros utensilios de pintura. El pequeño, al verlos, se acerca rápidamente intentado coger un espray de color negro, pero sus manos son tan pequeñas que no consigue más que hacerlo rodar. Levanta su cara y me mira. Me he quedado de nuevo petrificado del mismísimo terror.

Aunque sus ojos siguen siendo terroríficos, el resto de su cara suplica compasión. Me mira alternativamente a mí y al bote. Al principio no lo entiendo, mis neuronas se están pegando entre sí. No logro decodificar ni mi nombre. Cuando consigo calmarme, después de un tremendo resoplido, puedo reaccionar y preguntarle:

—¿Estás intentando decirme algo? —el pequeño parece asentir—. ¿Quieres que yo coja ese bote? —Un ligero parloteo y el correspondiente cabeceo parecen responderme afirmativamente.

Sin esperar mi reacción se acerca de nuevo hacia el espejo fluctuante y se sienta frente a él. Parece esperarme.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con él? —le pregunto estúpidamente con el bote en la mano.

El pequeño se levanta, se acerca al espejo y frota su superficie con sus diminutas manos.

—¿Quieres que pinte el espejo de negro? —vuelvo a preguntar, de forma idiota, ante lo evidente del mensaje.

De nuevo gesticula con su cabeza para indicar afirmación.

—Te juro por lo que más quiero que no entiendo nada, pero si eso hace que te vayas y me dejes tranquilo, pinto todo el gimnasio si hace falta.

Me acerco al espejo y empiezo a pintar su parte más baja. No me da tiempo a continuar hacia arriba porque la superficie se está transformando en una oquedad oscura y profunda. Pego un respingo y doy dos pasos hacia atrás. El bebé no se lo piensa dos veces y se lanza gateando de cabeza al agujero.

La sala de pesas empieza a temblar. Las lámparas del techo estallan en mil cristales que inundan el suelo. Los espejos se vuelven opacos y también estallan. Me echo la toalla, que todavía cuelga de mi brazo, sobre la cabeza para protegerme la cara y salgo corriendo intentando buscar la salida. La habitación al completo parece girar como un tiovivo. Justo en el momento en que atravieso la puerta, la sala entera es engullida por un agujero que aparece justo en su centro. Salgo corriendo hacia el exterior y cuando llego a la acera veo, con espanto, como el edificio entero ha desaparecido. Lanzando maldiciones y jurando no volver a pisar un gimnasio en toda mi vida, huyo corriendo calle abajo intentando alejarme lo más rápido posible de aquel lugar y, por supuesto, dispuesto a olvidarme de todo lo ocurrido. No quiero transformarme en un mono de feria que sea el hazmerreír de las redes sociales. Y mucho menos, convertirme en un meme que inmortalice mi careto lleno de miedo. Decididamente, para mí, esto nunca ha pasado.

Mientras tanto, la escena que se ha desarrollado al otro lado de lo que fueron los espejos es totalmente distinta. En una habitación amplísima con grandes ventanales, por los que entra un vendaval que azota sus cortinas, se encuentra el bebé. Ahora se mantiene perfectamente de pie sobre sus dos piernas. Sus ojos ya no aparentan un manga de terror, pero su cara ha envejecido bastantes años. Su altura sigue siendo pequeña. Sin embargo, ahora su cuerpo representa a un adulto. Frente a él hay una mujer, de mayor altura. Es la sombra que se vislumbró en el espejo. Algo alterada y con los brazos en jarras le espeta al hombrecillo:

—Cronos Manuel, tu manía de jugar con los portales temporales nos va a acarrear cualquier día un gran disgusto. No puedes estar viajando a otros universos sin protección ni acompañantes. Y muchísimo menos dejándote aquí la llave de la puerta.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.
Estas son las condiciones escogidas :
– Escenario: La Sala de un Gimnasio.
– Personaje: Un Bebé Recién nacido.
– Objeto: Artículos de Pintura.

Y a ti, ¿te gusta el Halloween?

Vaya día que llevo. Me acaban de saludar en el bar diciéndome: ¡Holaween! Mira qué modernos son los parroquianos. Y luego, por todas partes los niños disfrazados. ¿Acaso estamos en Carnavales? Hasta adultos con la cara pintada. Pero bueno, ¡está todo el mundo aburrido! ¡Jalogüin, Jalogüin! ¿qué coño es jalogüin? Todos los años igual por estas fechas. Si yo no he visto una calabaza redonda y naranja en mi vida. ¡Truco o trato! ¡Truco o trato! ¿Qué es Truco? ¿Qué es Trato? A mi puerta vienen a llamar niños disfrazados de mamarrachos diciendo: Truco o trato, Truco o trato… y llamo a los servicios sociales. Además, que vivo en un octavo.

¡Qué nos gusta apropiarnos de las fiestas extranjeras! Sobre todo de las americanas. Bueno, de las de USA. Que los mexicanos también son americanos y no sacamos aquí a los muertos a bailar por la calles. Bueno, tal vez. No, deja. Mejor no dar ideas. Sí, ya sé que dirán algunos, pues Papa Noel también es americano y nadie se queja. Vale, pero es un hombre entrañable, gordo y bonachón, con barbas blancas, inofensivo y… ¡trae regalos! Pero, a ver ¿a quién le gustaría ir a tirar la basura y encontrarse en plena calle a Michael Jackson con veinte piraos haciendo el baile de Thriller? Sí, vale. Vivo en un barrio que no es precisamente Notting Hill, y suelo encontrarme a gente con peor aspecto. Mira, ¡dejadme en paz! ¡Que no me gusta el jalogüin!

Hoy no tenía ganas de cocinar así que me he pedido una pizza familiar. Menos mal que el repartidor se ha colado sin disfrazar, si no, se va sin propina y rueda la escalera como una calabaza del jalogüin. Me la he zampado sin pestañear. Así como el que lleva dos meses sin comer. Una pizza de cincuenta centímetros de diámetro. Yo mismo me he dicho: ¡Qué barbaridad! Me está entrando un sueño que como me acueste no me levanto ni para dormir. Mejor me voy a sentar en el sofá y voy a ver la tele. Eso sí que da miedo y no las calabazas con caritas raras.

Me pongo a pasar los canales y solo hay historias de miedo. Vampiros, monstruos, asesinos, y zombies, muchos zombies. ¡Cómo si los americanos hubieran inventado eso de ir por la calle pareciendo un muerto! Si solo hay que pasearse un sabadito a las cinco de la mañana por las calles para ver desfilar a la tropa del gintonic recalentado. Esos sí que son The Walking Dead.

Al final he dejado un canal que pone una película con título curioso “Pesadilla antes de Navidad” Mira, un nombre que entiendo y que me representa, porque no veas tú, también, las fiestecitas navideñas. Me he puesto una copita de anís del mono con hielo y un par de deliciosas (polvorones de almendra para el que no los conozca) y vamos a ver de qué va la historia.

¡La leche que mamé! Es una peli de dibujitos animados. Bueno, dibujos o marionetas. No lo sé. ¡Y qué feas son las joías!

Sale un bosque, que sería tenebroso si no fuera porque está pintado. Una voz en off comienza la historia:

Hace mucho más tiempo del que puedas imaginar,
sucedió la historia que vamos a contar.
Tal vez en sueños hayas visto el lugar
en los mundos de las fiestas de nunca acabar.
Quizás te preguntes cómo se empezaron a celebrar.
En caso contrario, deberías empezar.

Cuando voy a quitarla, comienza una canción:

Escuchad niños y niñas de cualquier edad
algo curioso os queremos enseñar.
Venid con nosotros y veréis al fin
Nuestra ciudad de Halloween

Será torpe y malaje mi suerte. Al final es una película, también, sobre el jalogüin. Cojo el mando a distancia y me dispongo a cambiar de canal, o mejor, apagar la televisión. Sin embargo, sigue sonando la canción:

Esto es Halloween
Esto es Halloween

La música es hipnótica y mis manos se paralizan. El dedo no llega a tocar el botón de apagado. Aparecen personajes increíbles. Fantasmas, monstruos de varias cabezas, vampiros, brujas, esqueletos, muchos esqueletos, payasos horrorosos… y el protagonista… Jack creo que se llama. Sigo hipnotizado con la película. Hacía años que no veía una de animación. No puedo apartar la vista de la pantalla. Incluso intento canturrear la canción…

Esto es Halloween
Esto es Halloween
Halloween, Halloween
Halloween, Halloween

Tengo que haber dado una cabezada y de las grandes. De esas que te levantas y, no ha cambiado el año, ha pasado un siglo. Está todo muy oscuro. La tele está apagada. Se habrá activado el automático. Me froto los ojos y las sienes. Estoy totalmente grogui. Lo último que recuerdo es al esqueleto de la película saliendo de una especia de pozo. Intento sentarme en el sofá, pero noto las piernas como si fueran de mármol. Para levantar un brazo le he tenido que pedir permiso al otro. Tengo que ir urgentemente al cuarto de baño, porque la sinnombre no va a ir ella sola. Maldito día, ¡las castas del jalogüin!

«No deberías meterte con mi fiesta». ¿Qué coño ha sido eso? ¿Estoy dormido todavía? Ha sonado como una voz en la oscuridad. Claro… Claro… Ahora viene la tontería de que no sé si estoy despierto o soñando. Mi cabeza cada vez está peor. ¡Anda y que le den por culo! Me levanto, no sin un esfuerzo descomunal y… «Eres muy mal hablado» ¡Otra vez la voz! No, no me van a dar coba. Seguro que es la tele que todavía no se ha terminado la película. Sí, ya. La pantalla está apagada, pero a lo mejor el audio sigue funcionando. ¿Dónde está el mando? La leche, con tanta oscuridad no hay quien encuentre nada. «La película hace horas que terminó». Vamos a ver. Si es una broma, voy a reventar una cabeza. ¡Qué lo sepáis! «¿A quién le hablas? Estoy yo solo». He intentado levantarme de sopetón del sofá y como tengo las piernas dormidas me he comido toda la mesita baja del salón. Cómo no tenía bastante con la pizza, pues postre de madera.

Estoy ahora a cuatro patas. Sigo sin poder levantarme, porque ahora a las piernas dormidas hay que unirle una caraja impresionante producto del cabezazo que le he dado a la mesa. «Si es que no puedes ser más patético». Y la vocecita de los cojones sigue dando por culo. Mira, voy a coger… una pala, no tengo; una pistola, sí claro, me dedico los fines de semana a cazar gurripatos por el parque; un bate de beisbol, sí, y también una gorra de los Boston nosequé, ¿ya he dicho que no me va lo yanqui? Como no coja una sartén de la cocina, pero claro, antes tengo que ser capaz de llegar hasta allí. «Viéndote en esa postura, lo de patético se queda muy corto». No, si al final me va a cabrear de verdad. Ya verás tú. «¿Sabes cuál es tu problema?» Pues claro, titi. Que me he pasado con la comida y luego me he zumbado media botella de anís del mono. Que yo creo que el mono estaba cabreado y ha revuelto todo el anís. Porque vamos he cogido cogorzas más graciosas que esta.

Corriendo a gatas, arrastrando las piernas, he llegado hasta la puerta del salón. Ahora solo tengo que agarrarme a la puerta y levantarme. ¡Ya está! Ahora un pasito pa’lante, mar… ¡Pumba! Vaya guarrazo acabo de dar. Otra vez. ¿Se me habrán muerto las piernas con el anís? Tengo que tener la cara como la bandera de japón. De hecho me gotea la nariz. Espero que sea anís y no sangre. Sí, también soy muy hipocondríaco. ¡No se puede ser perfecto! «Si te asusta la sangre, lo vamos a pasar muy bien esta noche». Pero bueno, ¿también me está haciendo una proposición indecente? Esto que es una pesadilla o un sueño sadomaso.

Me mojo un dedo con saliva y me lo paso por las piernas. ¡Qué pasa! Mi abuela lo hacía y funcionaba. Nada. Me mojo dos, tres… me meto la mano entera. Ni que me chupe las piernas directamente, si pudiera llegar, claro. Las piernas se niegan a funcionar. Me intento levantar de nuevo agarrándome a la pared como una salamanquesa. Parezco un sireno, pero sin cola. Me voy agarrando al picaporte de la puerta, a los muebles, a la encimera. Ya he llegado a los cajones. Dentro tiene que haber algún cuchillo de esos que salen en las películas. Yo nunca los uso, me dan miedo. Pero debería estar ahí. ¡La leche! Hoy está el día gracioso. El cajón no se puede abrir. Se habrá quedado algún cubierto mal puesto y ahora hace tope con la madera. «Para qué quieres un cuchillo idiota. ¿Puedes matar a alguien que no tiene cuerpo?» Tú no sé, pero yo ya no tengo ni corazón.  Si querías darme miedo te puedes ir ya tranquilo. De hecho, ya no necesito ir al cuarto de baño.

Con el miedo y los nervios le doy un jalón al cajón y consigo que se habrá. Vuelvo a ir a parar al suelo y los cubiertos, que estaban dentro, salen todos despedidos por el aire. Me tapo la cara que es lo más bonito que tengo. Un tenedor se me clava en el muslo izquierdo. Pego un grito. Es buena señal. La pierna no está muerta. Una cuchara sopera me golpea en la rodilla derecha. Pego otro grito. Mira qué bien, tampoco esta está muerta. El rollo de amasar está dando vueltas en el aire con más peligro que un satélite somalí. Las piernas siguen sin responder del todo, pero parece que los cubiertos han reactivado el riego sanguíneo. Como si fuera un soldado de la segunda guerra mundial, avanzando por debajo de las alambradas, gateo como un poseso fuera del alcance del amasador. Consigo salir de la cocina y vuelvo al salón. Esto es la Historia Interminable pero sin dragón.

La oscuridad sigue siendo tenebrosa. Ya siento el hormigueo en las piernas y como si estuviera bailando el briquidance consigo ponerme de pie. Justo cuando lo consigo, ayudándome por el mueble aparador que a duras penas aguanta mi peso, vuelve a sonar la simpática vocecita: «Cuanto más te resistas más me harás disfrutar». Lo que dije antes, este no quiere matarme, quiere una noche de pasión. Al girarme, para intentar llegar a los dormitorios, veo su cara. Es la misma que salía en la película. Una bola blanca con los rasgos más ridículos y feos que he visto en mi vida. Debería haber gritado, pero se me ha cerrado la garganta. La boca si la tengo abierta y la baba me empieza a caer sobre el pecho. Intento sacar de mi interior a ese guerrero combativo que siempre he creído tener. Debe estar en el interior, pero dentro, muy dentro, porque el muchacho no aparece. Empiezo a dar vueltas por el salón como un canguro en un tío vivo. La imagen es patética y bochornosa. No ando, voy arrastrando las dos piernas, la boca abierta, los brazos por encima de la cabeza. Un zombie se avergonzaría del espectáculo que estoy dando.

Ahora puedo verlo entero. Es como en la peli. Un esqueleto más largo que la escoba de un jugador de la NBA. Con la cabeza como una bola de billar, pero gigante. La boca mal cocida y los ojos grandes, negros y vacíos. Es feo de cojones. «¡Sigues faltándome!» Le juro que ha sido sin querer. Si en el fondo es usted una sílfide. Vamos, en cualquier desfile de modelos se llevaría a la gente de calle. «No quiero halagos ni zarandajas». Lo primero le aseguro que no. Lo segundo no tengo ni idea de lo que es. Pero si es malo, tampoco. «Estoy aquí porque has insultado mi fiesta. Has agraviado a mi persona. Has injuriado mi reino. Has zaherido…» No vea lo que domina usted el lenguaje. Tiene más vocabulario que el Larousse, el Espasa y la RAE juntos. «Voy a castigarte por haber vilipendiado el Halloween». Yo le aseguro que eso no lo he hecho. Vamos, sobre todo, porque no sé lo que significa. Escuche, seamos sensatos. Yo no tengo tanta parla como usted, pero si me escucha, yo le explico… «Ahora es tarde…» ¿señora? «¿Cómo?» Nada, nada. Discúlpeme usted, su señoría. Es que me ha venido una canción a la cabeza. «Vas a pagar por tu felonía» Si se empeña usted en usar palabras tan raras no voy a saber explicarle nada, ¿eh? «Caerá sobre ti todo el peso de la maldición de Halloween». No déjelo. Si yo en el fondo aguantar no aguanto nada. No ha visto lo patético que he sido para levantarme del sofá. Si ya me lo dijo mi madre… «A partir de ahora en estas fechas vendré a hacerte una visita» ¡Uy, qué amable! Pero de verdad, si no hace falta. Si yo estoy muy a gustito viviendo solo. «Si no veo tu casa engalanada con el respeto que mi ciudad se merece…» Le juro que a partir de ahora mi casa va a estar mejor adornada que las de Niuyó.

No sé realmente que pasó a partir de ahí. El bichejo esquelético se enfadó. Se abalanzó hacia mí, intentando alcanzar mi cuello con sus delgados y larguísimos brazos y yo, ya cagado de miedo, literalmente, reculé intentando buscar una salida. Lo que encontré fue la cortina del salón. Intentando escapar del monstruo cadavérico me enredé en la tela y empecé a dar vueltas como la carne de un kebab. Cuanto más esfuerzo hacía por deshacerme de la tela, más me enredaba en ella. En uno de los forcejeos descolgué la barra de la pared y fuimos, barra, cortina y yo a hacer puñetas. Bueno, en realidad caímos contra la mesita del centro. Si ya había aguantado a duras penas mi cabezazo anterior ahora no pudo con el peso de todos nosotros juntos.

Cuando al final pude desembarazarme de la cortina, después de volver a respirar con desesperación, vi que el salón estaba iluminado. Al cargarme la cortina había dejado entrar la luz de la calle. Como estaba engalanada con las luces, que ya servirían hasta navidades, pude ver perfectamente todo el salón. Ya no había nadie. Bueno, excepto yo y el destrozo que había generado, claro. El esqueleto había desaparecido. Ahora sería cuando me entraría la duda. ¿Todo eso me había pasado en realidad o había sido un mal sueño que me había hecho despertar con la histeria y liarme a guantazos con la cortina?

La verdad es que no lo dudé. Primero me fui al cuarto de baño, donde me aseé convenientemente. Luego me puse ropa limpia, unas deportivas y la chaqueta. Cogí la cartera y me fui a la calle. No esperé ni el ascensor. El miedo a que el bichejo aquel apareciera dentro me hizo salir espetado por las escaleras. Salté los escalones de cuatro en cuatro. No sé cómo no me maté en esa huida temeraria. Lo cierto es que llegué a la calle sano y salvo. Bueno, asfixiado y cogiendo aire como un besugo de diez kilos en una pecera de juguete. Sin embargo, no huí, no. Me había costado mucho conseguir una casa como la mía. No diré que salí corriendo, porque ya no tenía ni aire, ni fuerza, pero me dirigí hacia el chino que se encontraba dos calles más allá. De suerte que no cierra ni por defunción y me gasté todo el dinero que tenía en la cartera. Calabazas, banderines, bengalas, brujas, arañas con sus telarañas, muñecos más feos que el mismo chino comiendo limones, … todo lo que me encontré y pude comprar.

Con todo el utillaje volví a mi casa y la puse bonita, bueno en realidad, fea de cojones, que es lo que se hace en esta fiesta. Puede que fuera solo una pesadilla, pero, a ver, que mal hace celebrar una fiesta extranjera. Qué problema tiene. La gente se disfraza y se lo pasa bien. Total, si es para divertirse. ¿No? Qué manía con criticarlo todo. Eso sí, me hice tres barreños de palomitas en el micro y me vi cinco veces la peli Pesadilla antes de Navidad. Puede que lo hiciera por miedo al esqueleto o simplemente porque me terminó gustando. Qué le vamos a hacer. A ver, si al final todos formamos parte del mismo planeta. Por qué nos vamos a poner tiquismiquis con localismos. Estamos globalizados. ¿A que sí?

Reunión de Almas Pernosas

James Morgan III andaba a trompicones entre charcos y barro. Sus pasos le guiaban hacia un impresionante circo que acampaba en los terrenos colindantes al muelle.

—Aguanta un poco, Legina, que llegamos tarde —suplicó sin acortar las zancadas.

— No pugglg… estgglg… cansgglg… —le respondió esta mientras se tragaba sus palabras.

Con una casaca roja, una camisa blanca con encajes y pantalones negros, Morgan se había vestido de gala para su reunión. El día lo merecía. Un tricornio negro con encajes dorados y una inmensa pluma de pavo real coronaba su extensa y voluminosa melena. Y una barba, también blanca, que le llegaba hasta el pecho, le daba el toque final a una impostura nobiliaria. Sin embargo, solo llevaba puesta su larga bota negra de cuero en su pierna derecha. El otro pie calzaba un simple mocasín.

Aunque intentaba moverse lo más rápido que podía, iba dando cojetadas, con más hechuras de mono de feria que de capitán de barco. Parecía que su pierna izquierda quisiera ir en sentido contrario a su avance. Un par de veces, se impulsó tanto con ella que dio un giro de 360 grados creyéndose una bailarina del Bolshói, pero, como no lo era, estuvo a punto de caer cuan largo era en el pastoso barro.

Fotografía de Claudio Kirner en Pixabay.

Cuando consiguió dominar sus andares se adentró en una de las carpas del circo y se dirigió hacia una de las jaulas que se exponían en ella. Dentro, en el centro de esa cárcel y sentada sobre una silla, se adormilaba una mujer. Vestía una larga falda con volantes de espectaculares colores que se ceñía a su cintura y una camisa blanca que resaltaba sus curvas.

—Ya estoy aquí mi amor —la espabiló el hombre desde los barrotes. Ella levantó la cabeza, lo miró y le sonrío—. Cada vez son más difíciles nuestros encuentros.

—Pero tú siempre haces lo imposible para reunirnos —le respondió la mujer ampliando más su sonrisa.

—Ya sabes que mientras haya puerto cerca y mi barco no sea tragado por el Kraken, vendré a nuestro encuentro sin demora.

La mujer se levantó, se acercó al pirata y se elevó lo suficiente la falda para dejar ver su pierna izquierda. Esta era mucho más robusta que la otra y estaba totalmente llena de un espeso, largo y blanco vello. El hombre, a su vez, aguantándose como pudo a los barrotes, se descalzó y se subió la pernera izquierda del pantalón. Su pierna, al contrario que la de la mujer, era sedosa, delgada y totalmente depilada. Encararon sus piernas y estas, al verse frente a frente, comenzaron a emitir grititos de alegría. Mientras sus dedos se entrelazaban, ellos acercaron sus labios ardientes y se dieron un profundo beso.

—No desesperes, cariño, encontraré a esa maldita bruja y te juro, por las barbas de Morgan I, el colérico, que la obligaré a recomponernos.

Y, mientras se fundían en otro intenso beso, la pierna del pirata le decía a la de la mujer:

Con lo bien que estaba yo en ese cuerpo y ahora huelo como un Camembert de doscientos años.

Ambas rieron escandalosamente la chanza y siguieron parloteando y contándose sus curiosas vivencias desde el último encuentro.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.

Esta es la propuesta de este mes:

– Personaje: Un Pirata cojo con una pierna que tiene vida propia.
– Escenario: Un circo itinerante en donde se exhiben monstruos venidos de los más increíbles lugares.
– Incluye la frase: “Con lo bien que estaba yo…”

Un Linaje de Sangre

Es una noche como otra cualquiera. La luna flota pacientemente en el firmamento. Espléndida, llena y reluciente, desde las alturas ilumina la playa creando una hermosa pintura y esta, coqueta y divertida, contempla su reflejo en las cristalinas aguas que la bañan. Descansa tranquila porque está escoltada por dos castillos que la guardan y forman una pequeña cala que es la admiración y la envidia de toda la costa.

En la orilla izquierda, un arco de rocas permite el acceso como una puerta sin cerrojos hacia un paseo, también de piedras, que lleva hasta el silente castillo de San Sebastián. Unas pocas farolas iluminan tenuemente el suelo y, con las gotas que la humedad de la noche y el batir que las olas dejan sobre él, parece brillar como una alfombra de cristal sobre las aguas.

La fortaleza se adentra imponente en el mar y cortándolo transversalmente hasta quedar mirando de frente a la playa.  Desde allí se mece tranquilo y solitario, flotando entre las olas que durante más de tres siglos han bañado sus piedras. Hace ya mucho que sus habitantes decidieron dejarlo abandonado. Ahora solo las gaviotas pululan por sus callejuelas durante el día hasta que el sol se pone. Son los moradores entre sus muros que custodian los espíritus de los muertos que, hace siglos, cayeron entre sus almenas. Por la noche, cuando las aves se retiran a sus nidos, el silencio se hace dueño del recinto y, solo de vez en cuando desde la ciudad, da la impresión que algún alma incauta y decidida abandona su lecho mortal para recordar sus guardias milicianas. O eso dicen los lugareños que ven sombras deambulando entre ventanucos y torretas.

El otro extremo de la playa también aparece guardado por otro castillo, el de Santa Catalina, pero más pequeño y recogido. De aspecto tímido y apocado, solo se asoma a la orilla sin atreverse a avanzar mar adentro. Permanece al borde de la ciudad sin cordón umbilical que lo una a ella. Ambos castillos no solo delimitan y custodian la pequeña playa, también sirven para enmarcar el precioso paisaje fotográfico.

Sin embargo, toda la quietud y serenidad de la playa se ven alteradas de forma inexplicable. Un ligero temblor hace palpitar la arena. Las piedras parecen tiritar y una ligera bruma comienza a cubrir toda la caleta. Entre la amalgama de niebla y luz creada por las farolas aparecen de manera repentina dos figuras blanquecinas. Uno parece un lobo y el otro un felino. Ambas pieles albinas reflejan la luz de la luna produciendo una representación fantasmal. Silenciosos y con andar sosegado se dirigen hacia la puerta de la caleta donde el arco apenas es visible entre la bruma. Al llegar a él, se sientan y parecen aguardar tranquilamente la llegada de alguien. Impasibles y pétreos, parecen dos esculturas adornando la entrada del camino. Durante unos minutos, hasta la marea parece detenerse. Ha cesado el ligero viento que peinaba la arena y la playa desierta contempla como la luna intenta atisbar lo que pasa allí abajo.

No hay que esperar mucho, como una aparición espectral atravesando la arcada emerge una silueta de mujer. Luce un camisón blanco, etéreo, que ondea delicadamente mecido por la brisa que ha vuelto a soplar. Su apariencia pálida y nívea se acopla perfectamente al ambiente espectral y refulge también ante la luz del satélite. Los animales no se han inmutado y esperan silenciosos a que ella llegue a su altura. Parece despeinada y su pelo rubio le cae suavemente sobre los hombros, enmarcando una faz inocente y tranquila. Parecería que está dormida si no tuviera los ojos abiertos, aunque parecen mirar sin ver. Sus pupilas ambarinas, sin embargo, se mantienen quietas y fijadas sobre el camino. Su andar descalzo es delicado y suave. Parece que no toca el suelo, como si flotara sobre su propia sombra. En su levitar, avanza muy despacio hacia los animales que en ese momento se levantan y la escoltan por el camino.

La luna contempla la comitiva que avanza como un desfile teatral por la alfombra de piedras. Desde la lejanía solo son tres puntos blancos que se dirigen hacia el Castillo. Aunque puedan parecer una imagen fantasmal y terrorífica desprenden un aura majestuosa, solemne y mágica.

La caminata llega hasta el umbral del castillo y la puerta, que permanecía cerrada desde hacía muchísima décadas, se abre sin producir ni un solo chirrido, y eso que sus goznes de hierro están oxidados por el paso del tiempo. Aunque es una puerta muy pesada, se mueve como si la escasa brisa la empujara. De forma hospitalaria, autoriza a la mujer y los animales para que penetren en su interior y se vuelve a cerrar tras su paso para quedar como si nada la hubiera alterado.

Atravesando las mudas callejuelas del Castillo, la bruma les va abriendo camino hasta la gran plaza que forma el Patio de Armas. Entre la neblina aparece un imponente faro que, como atento y fiel efigie, sirve de vigía en las noches sin luna. A sus pies hay una puerta abierta que solo muestra oscuridad. De ella surge una llamada sin voz. Un murmullo que primero susurra y luego grita, como una bestia agazapada que emergiera para devorarlos. Sin embargo, lo que sale de la oquedad es una miríada de mariposas de todos los tamaños y colores. Ascienden hacia el cielo y vuelven a bajar en una danza desenfrenada que crea una maravillosa coreografía de luz y color que brilla reflejando el fulgor de la luna. Se acercan a la chica y la envuelven en un abrazo alado que la lleva en volandas hasta la sombría entrada y, sin que ella se dé cuenta, penetra en la negrura cayendo irremediablemente en su interior como si la engullera una inmensa garganta.

En ese momento despierta de su ensoñación ante la caída. Sin embargo, no llega a gritar porque en realidad no está cayendo, está flotando. Como si una inmensa mano invisible la sostuviera, llevada con delicadeza y esmero en su palma, va descendiendo pausadamente por la oscuridad del pozo alejándose de la tenue claridad que apenas la ilumina desde arriba. El tiempo parece detenido y la caída eterna. Finalmente, es depositada con suavidad en el suelo desde donde puede atisbar un angosto aunque largo pasillo que serpentea hacia las entrañas de la tierra. Dado que es la única salida posible, se adentra en la galería bajando la ligera pendiente que la hace adentrarse todavía más en las profundidades. Unas misteriosas plantas, arraigadas en el techo de la caverna, dan una escueta, aunque suficiente luz que le permite avanzar entre las tinieblas.

No es una chica temerosa, aunque sí prudente. No sabe lo que le espera al final del pasillo ni siquiera si habrá alguna salida, sin embargo, no tiene miedo. Está hundida en el subsuelo, húmedo y lóbrego, pero lo único que siente es curiosidad. Por eso sigue andando y, de la misma forma que le pasó en el pozo, el tiempo transcurre indeciso. Cuando empieza a intranquilizarse y a dudar de que el camino le lleve a alguna salida, tras un brusco recoveco, aparece una luz más intensa. La galería da fin a su travesía y se abre a una inmensa e imposible cueva que parece sacada de un cuento fantástico.

Trastabillando y deslumbrada por el cambio de luz se dirige hacia el centro de la gruta, contemplando sorprendida y admirada la belleza de las formas de las rocas, las plantas que han echado flores en tan inhóspito lugar, incluso cree ver algún pequeño animal que se escabulle ante su presencia. Más que una siniestra cueva parece el claustro de una catedral con el techo abovedado de brillantes guijarros en lugar de estrellas.

Está tan ensimismada contemplando tal maravilla que tarda en darse cuenta de una sombra en mitad de la caverna. Cuando sus ojos se adaptan, comprueba que la sombra es de una mujer sentada en una de las piedras. Aunque esta no aparenta ninguna amenaza, siente un repentino escalofrío. Está vestida completamente de negro, con una capucha o pañuelo, también negro, que le cubre la cabeza. Está inmóvil y no se la nota ni respirar. La plácida atmósfera que emana a su alrededor invitan a la chica a acercarse a ella en lugar de huir.

De nuevo, la curiosidad la empuja en su osadía y sin pensarlo se coloca delante para mirarla a la cara. Desde su altura no es capaz de verle el rostro, la mujer tiene la cabeza algo reclinada, así que solo puede mirarle las manos. Son grandes, nudosas y avejentadas. Denotan haber tenido una gran laboriosidad y ser fuertes y resistentes. Acarician un abalorio, en forma de collar, con cuentas de color sanguíneo que maneja de forma mecánica e instintiva. El ligero murmullo que sale de su boca le hace levantar la mirada para encontrarse con su cara. La está mirando impasible y atenta. Efectivamente, es una mujer de avanzada edad. Muy, muy anciana. Las arrugas en su cara apenas dejan ver sus rasgos. Sus ojos, de mirada oscura y penetrante, la hacen ver jovial e inteligente. Son dos pequeñas ventanas que parecen asomarse a todo un mundo. Su boca simula una tenue sonrisa y, acompañada de la dulce mirada, tierna y tranquilizadora, la invita a sentarse junto a ella. Así lo hace la chica y comprueba que han desaparecido su temor y sus dudas. Se siente como si estuviera sentada en un banco del parque en una tarde plácida junta a la Alameda.

—Hola, Diana, me alegro, al fin, de verte —dice la mujer con una voz que aparenta mucha menos edad.

Diana se sobresalta. ¿Cómo sabe esa mujer su nombre y de qué la conoce?

— Sí, te conozco. Sé cómo te llamas y también cuál es tu destino —prosigue la anciana como si le estuviera leyenda el pensamiento—. Hace mucho que preparamos este día y todos esperamos pacientemente tu llegada.

Ahora sí que Diana está totalmente asustada, abriendo desmesuradamente los ojos se lleva las manos a la boca. Habría echado a correr si sus piernas no hubieran abandonado de ante mano su reacción. Su corazón corre desbocado y amenaza con llevarla al desmayo.

—Pero, ¿quién es usted?

—Bueno, eso es complicado de responder. Hay quienes me consideran bruja, otros adivinadora y algunos simplemente la vieja guardiana de la ciudad. Se me conoce por muchos nombres y aunque siempre fui María, la leyenda me bautizó María Moco.

—¿Qué hace aquí abajo sola? Nunca la he visto, ¿por qué dice que me conoce? ¿Quiénes me esperan? —dice mirando a su alrededor intentando vislumbrar quiénes son esos todos de los que habla la mujer.

—No tengas miedo, pequeña, todavía no puedes verlos —continua la mujer respondiendo a las preguntas que no han sido formuladas—. Aún no estás preparada para ver.

Sin que a Diana le dé tiempo a reaccionar, la anciana le pone una de sus manos sobre la frente y empieza a recitar una salmodia que va calmándola y haciéndole entrar en un placentero trance. No entiende sus palabras, pero éstas se van colando en su mente haciéndole ver una imagen llena de nubes y colores. Parece estar en el aire dado que no ve el suelo. Es como si se hubiera convertido en un ave que estuviera surcando el cielo dejándose llevar por los vientos, planeando suavemente entre blanquecinas nubes esponjosas y delicadas.

Llevada por el suave y confortable vuelo, con el aire besándole la cara, va vislumbrando bajo el neblinoso horizonte la presencia de la ciudad. El sol parece acabado de despertar y su tenue luz baña las calles creando una imagen pictórica y bella. Planeando sobre la antiquísima catedral, se desliza por el moderno mercado mientras sus trabajadores preparan sus puestos; desciende hacia la preciosa playa, recorriendo el mismo camino que Diana hiciera hace, minutos, horas, días… El ave se adentra en el Castillo y se zambulle en el pozo. Recorre también el largo túnel y sale a la caverna en dónde se hallan ambas mujeres.

Cuando parece que va a impactar contra su cara, Diana despierta sobresaltada y vuelve a contemplar la caverna en la que se encuentran. Sin embargo, ahora no está vacía. A su alrededor puede ver a hombres, mujeres y niños que la contemplan. Todos la miran con caras amables y felices. Todos muestran una sonrisa siniestra. Todos enseñan sus blancos y largos incisivos. Todos levantan sus manos con las palmas hacia arriba en un gesto de amable reunión. Diana da un respingo cuando siente la mano de la anciana sobre la suya y, al girarse y mirarla, contempla de nuevo su cara sonriente y afable.

—No temas, Diana, son tu familia —le susurra delicadamente.

Esta vez sí que Diana no puede refrenarse y se levanta de sopetón. Empieza a correr sin orientación intentando escapar de la caverna. Busca desesperadamente una salida, pero no la encuentra. Cuando la angustia la embarga un extraño centelleo llama su atención. Son apenas hilos iridiscentes que flotan en el aire. Se mueven entre oscilaciones que se van haciendo más grandes conforme se va acercando. Cuando la envuelven, puede ver que son mariposas como las que la llevaron al pozo. La invitan a seguirlas para llevarla hasta una imposible abertura que hiende la pared.

Sin pensárselo, sale corriendo despavorida sorteando las apariciones que se encuentra a su paso. Su corazón late frenético. Sus pulmones a duras pena consiguen acaparar aire. Sus ojos apenas adivinan el camino. Las mariposas son más rápidas que ella y se pierden al atravesar la grieta. Tocando con sus manos las paredes intenta no tropezar con algún saliente que sobresalga del suelo. Sigue corriendo desbocada, cayendo y levantándose tan rápidamente como puede. Sin contemplar sus rodillas heridas y sus manos embarradas. Mirando desconfiada hacia atrás, por si la siguen, pierde contacto con el suelo porque este ha desaparecido y cae irremediablemente. Esta vez no hay nada que la sustente en el vacío. Siente la gravedad de la caída y empieza a gritar. La negrura la envuelve y el terror le golpea el pecho como una embestida. Cuando impacta contra el suelo no siente dolor. Queda tendida boca arriba con los ojos cerrados y la respiración enloquecida. Desfallecida y lasa. Sin embargo, está viva. O eso cree.

Temiendo encontrarse en el otro mundo abre muy despacio los ojos, pero, gracias a la amanecida luz que entra por una ventana, ve paredes, muebles, cuadros, cosas conocidas. Está sobre una cama. Su cama. Su habitación. Mirando desconcertada cada una de sus pertenencias, su corazón se va sosegando y empieza a serenar su respiración. Piensa incrédula si todo habrá sido un sueño. Más bien, una pesadilla. Se sienta en la cama y, al poner las manos en sus rodillas, las ve manchadas, laceradas y sangrantes. Se contempla las manos, también sucias, llenas de arañazos y con las uñas rotas. Una de ellas está cerrada apretando firmemente algo. Cuando la abre ve en ella el collar de la anciana. No, no ha sido un sueño.

Este relato es un regalo para Diana Buitrago (@DianaBBuitrago). Ella, junto a Jessica Galera, me adoptó como hermano literario y siempre tengo su apoyo, su empuje y su ayuda en este camino tan difícil que he decido emprender.
Diana tuvo el detalle de regalarme su primer libro de la trilogía Canción de Vampiro, Por tu Sangre. Y solo me pidió a cambio un relato. ¡¡¡Solo uno!!!
Los que ya lo hayáis leído sabréis lo maravilloso que es. La escritura de Diana es pura poesía. Su sensibilidad y su imaginación pura delicia.
Los que aun no lo habéis leído, ¡no sé a qué estáis esperando!
Por eso solo espero que esta pequeña historia tenga la suficiente calidad para compensar mínimamente este desigual trato.
Gracias, Diana, por tu confianza en mí, por tu continuo apoyo y por publicarlo en tu web: Salir a la Luna.

Añado aquí algunos enlaces para aquellos que no conozcan los lugares mencionados en el texto. Así como de la misteriosa, aunque real, María Moco:
– Castillo de San Sebastián.
– Castillo de Santa Catalina.
– La leyenda de María Moco.

En breve añadiré fotos propias de la playa y su entorno.

MI MUJÉ ES ROnKERA

Mi Primo Venancio, el de la tita Martirio, tiene un problema. Él es un poco rancio el muchacho. Machote él, rústico como el que más, sí vale, basto como un preservativo de esparto. Que le vamo a asé. El hombre no ha salío pa desfilá en la pasarela Cibeles. Pero es que tampoco lo pretende.

Mi Primo, como decía, se casó con una muchacha de bien, guapa ella, fina ella, muy puesta ella. Vamo una señorita de película española de los años 60. La que se lleva más tiempo en el cuarto de baño maquillándose que una Comparsa en despedirse. Pues eso, que durante el día es todo primor, dulsura, coquetería y buenas hechuras. Pero cuando toca la hora de irse a la cama … No pa eso no… Pa dormí…

Ellos se acuestan los dos a la vez pa que ninguno se quede dormío en el sofá viendo la teletonta y luego haya que llamá a los Servicios Sociales  pa llevárselo a la cama. No se acuestan ni mu temprano, ni mu tarde. Pa podé haserlo juntitos.

El pobre de mi primo Venancio tiene el sueño de vidrio, vamo que se le rompe con ná. Que se cuela en la habitación un mosquito enano y a él se le ponen en seguía los ojos como dos huevos fritos. Con la cara más espantá que la nani de la niña del exorcista.

La mujé de mi primo no, ella a los veinticinco segundos de haberse metío en el sobre ya entra en un coma postraumático que no la despierta ni la Tormenta de la Virgen de la Cueva, un  terremoto en HugoShima y dos mil Bubucelas africanas cantando a la vez Asturias Patria Querida. Vamos que la mujé se duerme a gusto y descansa a pierna suerta. Eso está bien. No es un poblema.

El poblema lo tiene mi primo. Porque su mujé es ROnKERA. Que noooo, que no le gusta la música ni el Rock&Roll ese. No. ¡Es Que Ronca! Que de su boquita de piñón dibujada como terciopelo en su dulce carita … sale la sirena del Vapó del Puerto amplificada en Dolby Sorraund entrando en el Muelle un día de Niebla.

QUE-RON-CA. Que se le produce una transformación que vaya a tomar por ichi los Hombres-Lobo de las  películas del Jolibú. QUE-RON-CA Que por el día es una dulce Caperucita Roja, ¡Pero por la Nocheeee!. Por la noche es una mezcla entre bigfoot y un yeti siberiano. QUE-RON-CA Que ella se viste como la Princesa Pocajontas pero duerme como un camionero borracho dentro de un container de paredes de hojalata. QUE-RON-CA Que el otro día se colo un mosquito en la habitación y el pobre reventó del estrés. QUE-RON-CA La semana pasá, el vecino de abajo le dijo una mañana, que hiciera el favó de apagá la campana del extractor de la cocina por las noches. Que ahora con el veranito y las ventanas abiertas se escuchaba to en el patio. Y que buscara una más sencillita. Que eso no era una campana, era la torre de la Catedral tocando a misa de doce un Domingo de Ramos. Pero como si en lugá de congregá a la gente les estuviera formando la bronca. ¡Que la mujé de mi Primo RON-CA!

Ella dice que es un problema de narí y ha ido al médico. Y éste le ha dicho que tiene dentro cuernetes y vegetaciones. ¡¡Vegetaciones!! ¡¡La Selva entera tiene ahí metía!! Pero con rinocerontes, elefantes y leones.

Y claro el pobre de Venancio, (no se si les he dicho que es mi primo), pega más saltos en la cama que uno de los componentes del Circo del Sol. Que cada vez que intenta cerrá los ojos se activa a su lao la alarma de incendios de la Central Nuclear de Masachuse … y se le tienen que habé reventao ya diez o doce neuronas. Porque el pobre duerme menos que un guardia-jurao con huelga japonesa.

¡Y por la mañana! Como se levanta ese mushasho por la mañana. Cuando se va al cuarto de baño y se mira en el espejo ve al hermano de Mick Jagger y cualquier día se mata en defensa propia. Las ojeras le llegan a las rodillas y le sirven pa meté la cartera, el monedero y los dos recambios de gafas pa leer. Sus ojos están más coloraos que un alemán en la playa La Caleta.

Y claro va bajando la escalera de su casa que es un hipopótamo del río Nilo a la hora de la siesta. Abriendo la boca se traga to los mosquitos del rellano. Por eso cuando sale y se cruza con la vieja del quinto, la muyyyy … vieja. Después de darle los buenos días se vuelve por lo bajini y comenta: “Será lacio el tío, con esa cara vinagre que tiene. Que mala hechura gasta el gachó. Sabrá llevao toa la noche de jarana y ahora en el trabajo se quedará dormío”.

Ja, en el trabajo. El pobre es guía en un Museo de Arte y como está tan cansao, cuando se lleva a un grupo de turistas le pega diez vueltas por la misma sala. Estos no saben si es que tienen los cuadros repetíos o es que los artistas andan escasos de inspiración.

El mushasho se quea dormío en toas las esquinas y mientras se acuerda de un anuncio del IKEA que dice: “compre camas separadas, para dormir como le de la gana”. Piensa: Camas separadas… Camas separadas… A casa de mi mare me voy a ir a dormí… pero la siesta, eh?
….