El Santuario

El cielo parecía haberse confabulado con el ánimo de Alonso Hidalgo, dejando caer tanta agua que le resultaba casi imposible ver dónde ponía sus pies. Su imprudencia al olvidarse de coger el paraguas y guarecido con un insuficiente impermeable, que había tenido tiempos mejores, vaticinaba que un gran constipado se uniría a su ya deprimente estado físico.

Sus pisadas sorteaban con dificultad los inmensos charcos que reflejaban su triste figura, encorvada y taciturna. La misma que hasta hacía unas semanas saludaba a sus vecinos, briosa y enérgica. Antes, cada paso que lo encaminaba a su santuario era firme y animado, a pesar de que el día todavía se estuviera desperezando. Ahora, arrastraba los pies como si lo llevaran a un cadalso o al mismísimo sacrificio. El camino que antes le trasladaba a su mundo secreto, mágico e íntimo, ahora se le volvía tortuoso, absurdo e insulso.

Cuando divisó el letrero se detuvo enfrente del escaparate y lanzó un hondo, extenso y lastimero suspiro. En letras mayúsculas, gruesas y de trazo gótico se leía el título que con tanto orgullo ideó hacía tanto tiempo y que dentro de poco caería en el olvido:

EL SANTUARIO DE LAS VIEJAS HISTORIAS

Había sido su gran ilusión, su deseo, su sueño desde que el primer libro cayó en sus manos y se adentró en aquellos mundos llenos de aventuras y fantasía. Montar una librería. Pero no una cualquiera, siempre quiso convertirse en un Librero de Viejo. Poder darle una nueva vida a los libros desahuciados, abandonados y rotos por el tiempo. Ponerlos al alcance de todos los bolsillos. Contagiar el amor por la lectura y sacar sonrisas en corazones oprimidos por la realidad. Había otra vida para disfrutar y esa estaba dentro de los libros.

Nadie pensó que su tienda fuera a funcionar en aquella solitaria y alejada calle, en un barrio tan humilde que hasta los libros eran un lujo. Pero el carácter afable de Alonso, su sociabilidad, su manera de hablar de los libros y su atención incondicional a sus clientes, le confirió enseguida un lugar significativo dentro de la comunidad. Siempre estaba dispuesto a recomendar lecturas. Hablaba con tal entusiasmo de las historias que contaban sus libros, que pronto pasó de ser considerado, más que un simple librero, un apasionado CuentaCuentos.

Su librería era un rincón muy especial del barrio, había conseguido decorarla y dotarla de una intimidad y un ambiente hogareño que hacía las delicias de todo aquel que traspasaba sus puertas. Tenía los precios más bajos de la ciudad y a pesar de ello, a veces, hasta dejaba que leyeran sus libros sentados en el suelo, sobre todo a los jóvenes. Él decía que era su pequeña aportación, porque de esa forma, aunque mínimamente, conseguía que se alejaran de la miseria y la delincuencia de las calles.

Pero ahora la existencia de su tienda, de su hogar, de su santuario peligraba inevitablemente. Eran pocos los ingresos y muchos los gastos. Además, con las redes sociales pocos leían libros y los pocos que lo hacían preferían la tecnología al papel. Su continuidad estaba avocada al fracaso y el fatal destino estaba claramente decidido.

Dado que siempre había ayudado a sus vecinos en sus problemas, tanto sociales como económicos, en el barrio se habían esforzado por hacer una colecta para ayudarlo, pero era demasiado lo necesario para mantener abierto su negocio. Él les había dedicado lágrimas de agradecimiento, pero les había dejado claro que no aceptaría un dinero que ellos necesitaban mucho más que él.

Después de cambiarse la ropa empapada, secarse y servirse su habitual taza de café, humeante y caliente, se puso detrás de su vetusto y sencillo mostrador. Ni siquiera se dignó a cambiar el letrero que colgaba de la puerta y que anunciaba que estaba todavía cerrado. Se dedicó a hojear de forma mecánica su libro de cuentas. Por muchas virguerías que hiciera no conseguiría cambiar el color de los números. Miraba las hojas, pero no las veía. Su mente andaba perdida entre los recuerdos de los buenos tiempos vividos.

Composición formada por dos fotos: De fondo, unas gafas sobre un libro sobre una mesa; superpuesto, varias fotografías, en blanco y negro, apiladas. Estas últimas se ven muy difuminadas y lo que más destaca son las gafas. La fotografía se muestra con tonalidades oscuras.
Composición a partir de las imágenes de Dariusz Sankowski en Pixabay y Suzy Hazelwood en Pexels

La campanilla de la puerta lo sacó de su ensimismamiento y la taza de café, que ya se mostraba fría, le hizo darse cuenta que había vuelto a perder la noción del tiempo, como le pasaba con asiduidad en los últimos días.

—Buenas, Alonso. Valiente día del libro se ha presentado, ¿eh? —lo saludó su longevo amigo el cartero.

—Buenos no espero que sean, Matías. Hasta el tiempo está triste —respondió el librero, dedicándole una tímida sonrisa que apenas se convirtió en una mueca.

Ambos se miraron y en sus ojos se estableció el diálogo que sus bocas no tenían ganas de pronunciar.

—Tengo este sobre certificado a tu nombre. Parece importante —le dijo Matías, mostrándole un pequeño sobre marrón, increíblemente seco dado el tremendo vendaval del exterior.

Alonso lo cogió y lo observó, más asustado que sorprendido. No recibía habitualmente correspondencia personal y después del aviso de embargo que le llegó hacía ya dos semanas, cada carta era una bomba a punto de explotarle en sus manos.

La sostuvo petrificado y ni siquiera se dio cuenta de que su amigo se había marchado hasta que sonó, de nuevo, la campanilla. Miraba alternativamente la puerta y la misiva, que había comenzado a temblarle de forma inconsciente. No se atrevía a abrirla.

Le costó tragarse el suspiro y respirar profundamente. Cerrando los ojos, se dijo a sí mismo que, después de la librería, ya no le quedaba mucho más que perder. Se encogió de hombros y la abrió.

Sobre el mostrador cayeron una tarjeta, una carta y un cheque. Sus ojos se fueron de forma instintiva hacia éste último y, al ver la cifra que en él aparecía, estuvo a punto de derrumbarse como un árbol centenario sin raíces. La impresión de ver tantos ceros, le hizo imposible descifrar la cantidad escrita. Pero lo que más le impactó fue la tarjeta. Se apoyó en el mostrador y la releyó tantas veces que las palabras bailaban ante sus ojos. No podía dejar de pensar que parecía una cruel e insana broma. Incluso, se dio una sonora bofetada para cerciorarse de que no estaba soñando. Su cuerpo tiritaba y las lágrimas le hacían verla borrosa. Tomó un buche de café y la volvió a leer por enésima vez:

«Espero que este cheque pueda saldar la deuda contraída y que amenaza la subsistencia de su librería. Un santuario como el suyo no puede caer en otras manos y mucho menos ser convertido en cualquier otro establecimiento. En la carta que acompaña esta tarjeta se lo explico todo».

Aquellas 48 palabras conmocionaron al mundo que ya daba por perdido. Creyó ver temblar las estanterías y a los libros sacudiéndose el polvo acumulado en sus lomos. Tardó en darse cuenta que era él el que se estremecía.

Sin llegar a creérselo todavía, con sus manos temblorosas consiguió abrir la carta y desdoblar el folio que contenía. Sus ojos eran incapaces de fijar las letras. Ya no lloraba, pero los nervios y la ansiedad le enturbiaban la visión.

Cogió la carta y su taza de café y se sentó en una silla. Se bebió más de la mitad del líquido frío de un solo trago y consiguió la serenidad suficiente para intentar desvelar las tantísimas preguntas que supuestamente le respondería la carta. Se ajustó las gafas y leyó:

«Buenas sean, don Alonso.

»Quizás no se acuerde usted de mí, hace ya muchos años que visité por primera vez su librería. Quise comprar un libro para mi padre y usted me recomendó uno, tan entusiasta y amable, que me enamoré enseguida de él. Sin embargo, yo no tenía suficiente dinero para comprarlo.

»Usted vio la ilusión en mis ojos y el cariño que quería ponerle a ese regalo y me hizo una propuesta. «llévatelo, si tu padre al leerlo sonríe de satisfacción, vendrás y hablaremos de la forma de pagarlo. En caso contrario, si no se le gusta, me lo devuelves y estaremos en paz».

»Mi padre no sólo sonrió con su lectura, lo disfrutó tanto que se empeño en que yo lo leyera también y desde ese día el mundo de los libros ha sido mi cobijo, mi aprendizaje, mi razón de viajar, de vivir y descubrir el mundo.

»Gracias a los libros soy mejor persona y usted hizo que llegara a convertirme en el hombre que ahora soy.

»Afortunadamente, me he enterado a tiempo del problema que le acusa y tengo el deber y el placer de ayudarlo. Acepte, por favor, mi ofrecimiento. Aunque le parezca mucho no es ni la mínima parte de la riqueza que usted me ha permitido alcanzar.

»Gracias por todo. Mantenga abierto ese santuario y siga pregonando las bondades de los libros. Seguro que todavía consigue cambiar muchas vidas.

»Siempre deudor de usted, M. Cervantes».

Por supuesto, la taza terminó estrellada en el suelo, aunque ya casi vacía, y las lágrimas volvieron a inundar los viejos ojos del librero. Él nunca había creído en los milagros. Cada una de las empresas que había acometido las había consumado gracias a muchísimo trabajo, tesón y fe en sus capacidades. “Sudores y lágrimas”. Jamás un dicho fue más real en su vida. Nadie le había regalado nunca nada.

Sin embargo, parece que el espíritu de Cervantes, que cada 23 de abril se manifestaba a través de cada libro y a cada lector, se había apiadado de su imposible dilema.

Pasillo de un librería (o biblioteca) en dónde se muestra, desde la izquierda, una estantería llena de libros, desde el suelo al techo. La imagen está en perspectiva, con el primer plano enfocado y un desenfoque gradual hacia el fondo. Unas bombillas que cuelgan del techo ofrecen la tenue luminosidad de la escena.
Imagen de StockSnap en Pixabay

Miró sus estanterías. Se paseó entre ellas, y se deleitó acariciando los lomos de sus libros. Luego, con una resplandeciente y complaciente sonrisa, se dirigió a la entrada y giró el cartel que avisaba del estado del establecimiento.

No satisfecho con esto, abrió la puerta, salió a la calle y, aunque la lluvia seguía arreciando, gritó con toda la fortaleza y contundencia de que fueron capaces sus pulmones:

¡EL SANTUARIO SEGUIRÁ ABIERTO!


Esta historia fue presentada al Desafío Literario Relato48 y, aunque no fue premiada ni seleccionada para su antología, me proporcionó un interesante aprendizaje y la oportunidad de mostrar mis escritos al mundo editorial.
Me encantaría que en los comentarios, más allá de vuestros halagos, siempre agradecidos, me dierais vuestra opinión de los puntos negativos en la redacción o de la historia.
Una de las cuestiones que más se hecha en falta, ¿verdad, Isra?, es la necesidad de críticas, siempre respetuosas y educadas, que nos ayuden a ver nuestros relatos desde otro punto de vista y con ello mejorar.
Muchas Gracias.

P.D.: Cabecera creada a partir de la Imagen de Peter H en Pixabay.

16 comentarios en “El Santuario

  1. Olía a Cervantes desde el principio, llamarse Alonso Hidalgo no podía ser casualidad y luego, al sumergirme en ese empeño tan quijotesco, solo era cuestión de tiempo que apareciera de alguna forma Don Miguel. Esto no es un defecto, sino una gran virtud, primero porque añade cierta tensión al relato y segundo porque este trampantojo distrae y ayuda a ocultar la otra intención.
    Porque el relato es todo un homenaje al arte de leer. Una especie de Cinema Paradiso con historia humana y fondo hasta reivindicativo que concluye con un final feliz, tan fantástico, que resulta más amargo incluso que cualquier otra opción, y estas segundas o terceras intenciones a mi me encantan.
    Luego sigo, tengo unos deberes pendientes…

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    • Ufff, vaya comparativas me has hecho, Isra. 😍😍😍
      La verdad es que, independientemente de lo que deparara el concurso, quedé bastante contento con el relato y lo disfruté. Teniendo en cuenta el estrés del tiempo empleado y que es totalmente inédito y escrito ex profeso para el mismo, estoy bastante satisfecho. Siempre tardo demasiado en escribir y le doy dos mil quinientas volteretas. Aquí no me dejó tiempo y eso lo agradecí.
      Me ha encantado eso de «final amargo». Es una pena que una librería tenga que valerse de donativos para sobrevivir, pero entre la publicación digital y la desidia lectora de las nuevas generaciones les queda un futuro muy negro.
      Espero ansioso la continuación de tus comentarios.
      A propósito, tengo pendiente leer y comentar el tuyo, no se me olvida, pero entre que tengo poco tiempo y que es muy extenso. 🤦🏻‍♂️ Necesito leerlo con pausa y disfrute. Los manjares hay que degustarlos. 😜👌🏼
      Un abrazo 🤗😊👍🏼🍻

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      • … dije que luego seguiría y después ocurrieron mil cosas que me hicieron olvidarlo.
        Da igual. Hablaré de los concursos. Yo he vuelto a cometer la equivocación de participar en uno. Equivocación, porque se que los concursos sacan lo peor de mi mismo, sea cual sea el resultado.
        Con el tiempo me acabo quedando con lo que importa: el esfuerzo que hice, y lo que pude aprender. Sobre el resto, mejor ni opinar, porque, repetitivo que es uno, acabaria mostrando… ¿qué? Pues lo peor de mi mismo.
        Solo un razonamiento puramente estadístico, valido para cualquier concurso y tal vez para la vida misma: si para que una persona alcance un éxito el precio es que muchas otras personas tengan que asumir un fracaso, a mi, personalmente, no me salen las cuentas. El verdadero éxito en esta vida es la suma de cuanto de bueno haces por los demás. Y ahí, amigo mio, eres un verdadero triunfador.
        Abrazos!!

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        • Pues así es, Isra. Cualquier tipo de concurso, hasta las oposiciones laborales, implica que solo uno (o unos pocos) triunfen y muchos queden descartados (prefiero no usar la palabra fracaso).
          Pero hay que tomárselo desde el punto de vista del aprendizaje y el auto-reto. Ni siquiera como una competición.
          Yo tengo el grandísimo defecto, o eso dicen, que no sé competir. Pero no porque me dé la neura y me comporte como un salvaje en una peli de Tarzán, todo lo contrario, me cohíbo de tal forma que me vuelvo más torpe que una foca enhebrando una aguja.
          En realidad solo compito contra mí mismo y, casi siempre, termino perdiendo. 😅😂
          Por eso me parece shungo que cuando te presentas a estas cosas no te hagan una mínima crítica para ayudarte a ver tus errores y aprender de ello. Para mí es lo único negativo que me llevo.
          Por lo demás, es simplemente experimentar, porque ya no hablamos de que se premie la técnica, el método o el dominio de la «profesión», creo que es, simplemente, cuestión de gustos (buenos, malos, reguleros, ellos sabrán).
          En definitiva, como he dicho por ahí arriba, quién te premia es el que te lee y te dice que ha disfrutado con la lectura. No hay más.
          Abrazos y ashushones. 🤗😊👍🏼

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  2. ¡Ay Jose, me emocionó encontrar en palabras que no son mías, la descripción de la librería que siempre pensé que un día, tendría! Desde el letrero y el bello nombre, hasta el carácter entusiasta y afable de Alonso, es que la he disfrutado, caminándola y pasando la mano por los lomos de los viejos ejemplares.
    El día del libro y «Alonso Quijano» ya presagiaban una sorpresa quijotesca. Y la aventura del Señor Cervantes con su benefactor, cumplió la expectativa, dejándome el buen sabor de boca de un trago de buen cognac (lo siento, no me gusta el café). La justicia, a veces, tiene la buena costumbre de hacerse ver por el mundo.
    En cuanto al Desafío literario, me gusta cómo has integrado las 48 palabras. Y lamento que no hayas sido seleccionado, pero la experiencia no te la quita nadie. He escuchado hace un momento el relato ganador «Cristo odiaba a los Beatles» y no me ha gustado. Tal vez esperaba algo mas, pero un final previsible y un personaje «Pequeño Paulsen» poco definido, no me enganchó.
    Pides críticas, lo siento pero no me quedan. Pero te puedo dejar otra copa, por si te apetece acompañar el café. Un abrazo, amigo.

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    • 😂😂😂 Brindo contigo, Marlen. 🥃🍸
      La verdad es que hubo un tiempo en que me obsequiaba con un «sol y sombra» (anís con coñá) con el café. Ahora me controlo y solo un güisquito los sábados por la noche.😜
      Yo todavía no he leído el relato ganador, por tiempo y porque no suelo enterarme bien de las historias transformadas en audios. De todas formas, ni quiero ni me gusta entrar en comparativas, porque estos concursos no dejan de ser una selección de gustos. Y para gustos, ahí tienes la televisión «amarillista» 😝😂
      Como he dicho en el «Charlemos de…» de esta semana, el fin principal de cualquier relato es transmitir algo y si a ti este te ha reportado tantas buenas sensaciones ya es un regalazo para mí. Además, de alguna forma, es un modo de crítica.
      No sé por qué, pensaba que el nombre del librero pasaría más desapercibido, pero me alegra que os haya llegado la alusión. A veces, te esfuerzas por dejar miguitas durante el relato y te apena que nadie las recoja. 😊
      Muchas gracias por tus comentarios.
      ¡Osasuna, Marlen! (dice san gugel que esto quiere decir salú en vasco 😨 y yo que pensaba que era un equipo de furbo 🙄😝). Abrashasho 🤗😊👍🏼

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  3. Hola José, pues sinceramente desde el principio me sentí entre los famosos molinos de don quijote. Y aunque luego da la sensación de que va ha haber un cambio en la historia, me alegro al comprobar que no era así.
    Una lástima no entrase en la Antología, pero bueno, a veces cuando participamos en estos certámenes también cuando leemos las selecciones no damos crédito.
    Este mundo es así, en ocasiones son mejores que nos nosotros, y otra veces no se entiende. Pero quién es capaz de asegurar que relatos son mejores? Siempre es contradictorio.
    Huy, que me enrollo, volviendo a tu relato sinceramente me ha gustado mucho desde el principio pues me identificó al famoso hidalgo, después hay un pequeño bajón narrativo ( no de calidad) sino al menos a mí me saca un poco de la referencia del quijote, que no por ello quita calidad al texto qué la tiene y en seguida la retoma.
    Supiste darle un halo de misterio que desvelas con maestría, prestar un libro y devolvértelo con creces cuando ni siquiera esperaba nada a cambio.
    Una buenísima estrategia.

    Sinceramente aplaudo el texto. Buen domingo, un abrazo.

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    • Hola, Nuria.
      Con respecto a la «competición», como le he comentado a Marlen, para mí es solo cuestión de gustos. Hay novelas que son best sellers y aclamadas por millones de lectores que luego lees y piensas que no es para tanto, o incluso no te gustan. Es como con la comida (siempre con esta comparativa 😝) platos carísimos y con más estrellas que un golpazo de filemón, lo pruebas y 😣😖.
      A mí lo que me hubiera gustado, cosa bastante difícil porque eran muchos relatos y generaría mucho trabajo, es que me hubieran hecho algún comentario sobre el relato. Porque eso ayuda a aprender y mejorar.
      A propósito, me ha encantado tu apreciación, es para mí muy valiosa, aunque no termino de ver a qué parte de refieres. ¿Te importaría marcarme ese trozo que comentas? Te lo agradecería.
      Siempre nos da reparo hacer estos comentarios críticos, pero comparto la idea de Isra, son los más necesarios y, cuando lo hacen amigos como tú, te ayudan mucho. 👍🏼
      Muchas gracias por tus palabras, un abrazo. 🤗😊

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  4. ¡Hola Jasc! Tu relato me ha gustado mucho, me recordó un poco el libro de Zafón: El Cementerio de los Libros Olvidados. Tan solo un leve recuerdo, porque tu relato tiene su propio «sabor» y como dice Isra, es todo un homenaje a la lectura y a los libros. Transmites muy bien la angustia, la desolación cuando un sueño o proyecto se encamina al fracaso, pero también la alegría cuando una acción del pasado, como una semilla que se siembra, florece y salva la situación.
    Los concursos y convocatorias, aunque no nos reporten algún reconocimiento, nos ayudan a crecer, explorar y aprender. Me ha gustado sumergirme en tu historia. ¡Enhorabuena!

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    • ¡No, por favor, Ana! Esa comparación me queda tan grande que no le llego ni a la uña del deo gordo del pie. 😱😝
      Es evidente que «El Cementerio de los Libros Olvidados» se encuentra incrustado para siempre en mi cabeza y en mi corazón, ese sí es un homenaje impresionante a los libros. Terminé de leer la tetralogía el año pasado y ¡¡¡maremía!!! 🥰🥰🥰🥰🥰
      La verdad es que me identifico totalmente con Alonso, si algunas vez he deseado montar mi propio negocio ha sido una librería (bueno, también un mesón de riqueza alimenticia, pero me iba a arruiná invitando a amigos y familia, y cantado la calidad de los productos 😝).
      Has captado perfectamente el mensaje: «la angustia, la desolación cuando un sueño o proyecto se encamina al fracaso». Te aseguro que la parte en que empieza a leer la carta la lloré mientras escribía. 🤷🏻‍♂️🥺
      Totalmente de acuerdo sobre lo que comentas de los concursos. Yo siempre participo para experimentar, los premios son un regalo añadido y olvidado. Pero echo en falta una crítica objetiva que me ayude a mejorar.
      Muchísimas gracias por tus palabras, Ana. Son preciosas y alentadoras. 😍😍😍
      Un abrazo 🤗😊👍🏼

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  5. Hola José, está historia tiene el perfume de los traperos del tiempo, aquellos que rescatan libros olvidados devolviéndolos a la vida, haciendo que el tiempo discurra por universos paralelos al entrar en su mundo.
    Me gustaría darte algún consejo, de esos que para mí no tengo, y no sé me ocurre que decirte.
    Quizá algo más de tensión en la historia, un malo, un desahucio con antidisturbios, un amanecer de lectores zombis. En fin, algo de eso con lo que llenan las horas de televisión y que por supuesto también influye en esto de la escritura.
    Un abrazo.

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    • 😂😂😂😂 ¡Qué arte, Ángel!
      La verdad es que los gustos están algo «deteriorados», pero bueno, cada uno consume lo que quiere, supongo.
      Y los concursos, ya se sabe. A mí me gusta participar para ponerme yo mismo a prueba, nunca espero premios. Soy bastante pesimista, o realista. El verdadero premio me lo dan los que gustan de leerme y me expresan lo que les he hecho sentir.
      Me ha encantado eso de «traperos del tiempo», da para muchas historias y es un auténtico regalazo como comentario.
      Muchas gracias, Ángel. Un abrazo. 🤗😊👍🏼

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      • Hola José, lo de «traperos del tiempo» no tiene merito ninguno, no recuerdo donde, pero lo he leído en algún sitio, creo que existe un colectivo o algo así con ese nombre.
        Es difícil ser original.
        Un abrazo.

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        • Yo no lo he escuchado nunca, Ángel, y me vale haberlo hecho de tu pluma.
          Tal vez, no exista originalidad, pero sí arte para colocarlo con acierto y comentármelo como regalo.
          Gracias
          😊👍🏼

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  6. Me gusta leer tus entradas cuando tengo tiempo y poco ruido en la cabeza para degustarlas como merecen. La espera vale la pena.
    Y como nos animas a decirte lo que menos nos gusta (es verdad, así se aprende), te señalo la secuencia de adjetivos del principio, párrafos 2 y 3: escribes tres adjetivos en varias ocasiones muy seguidas y me resulta «demasiado», al menos demasiado uniforme. Eso es todo lo que puedo añadir como crítica.
    Un delicioso relato que no ha ganado un concurso, pero sí mi corazón. Un abrazo de los generosos.

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    • Hola, Margarita.
      Llevas toda la razón del mundo y te agradezco la crítica. Es algo que estoy intentando evitar. Por alguna razón abuso de los adjetivos y de tres en tres. Tendré algún TOC de esos.
      Creo que he pasado de jugar con la brevedad de los micros al abuso del relato. Tengo que dar algún pasito atrás.
      Muchas gracias, maestra. Siempre es un tremendo regalo que me ayudes a mejorar. Y ganarte el corazón es ya lo máximo.
      Un abrabeso. 🤗☺️👍🏼

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