Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

Unos jinetes se muestran como siluetas cabalgando en el atardecer. Como fondo una puesta de sol con sus múltiples colores entre el amarillo y el naranja. En el caballo de delante va un chico, con sombre, en el de atrás un chico y una chica.
La imagen se ve en panorámica, más ancha que alta y creando un mezcla entre fotografía y dibujo, gracias al silueteado.
Composición de Imágenes de Rene Rauschenberger en Pixabay (Vaquero Solitario y Pareja de Jinetes)

El viento levantaba pequeñas volutas de polvo, amenazando con enturbiar la visibilidad. El sol nos hacía sudar goterones que nos resbalaban por la cara, embarrándola, haciéndonos parecer que acabáramos de cruzar el desierto de Arizona. El dramático silencio se dejaba romper por la música de Ennio Morricone que, en nuestra mente, sonaba con las notas de «La buena, el malote y el menosguapo«.

Los dos, frente a frente, estábamos decididos a determinar quién tenía razón en aquella disputa. La única opción era un duelo y en esta estábamos. ¿El lugar? Una plazoleta que antiguamente había sido usada como corral, de ovejas, de cabras o de cochinos, cualquiera sabe. ¿Público? Nadie, si exceptuamos a la chica que actuaba como juez y nos miraba, seria y con ojos inquisitivos, sin determinarse por cuál de los dos decantarse. El instante se dilataba para nuestro regocijo, paladeando cada segundo de la escena.

De pronto, la tranquilidad del acogedor ambiente que aderezaba nuestro momento se hizo añicos, como casi siempre. La radio del vecino del bajo comenzó a tronar con sus estridentes notas que hacían llorar a los amantes de la música. El creído melómano, y posiblemente también sordo, se empeñaba en colocarla en el alféizar de la ventana, dejarla encendida e irse al otro extremo de la casa para hacer sus quehaceres. El vecindario estaba encantado de su generosidad para nuestros oídos. ¡Qué maravillosa música! ¿Música? ¿MÚSICA? ¿Esa cosa machacona, desafinada y estruendosa que se empeñaba en taladrarnos el cerebro?

Nos pusimos algodones en nuestros oídos, porque ya veníamos preparados, y nos volvimos a concentrar en nuestro duelo. Me pasé la lengua por los labios resecos y respiré profundamente un par de veces, tosiendo por culpa del polvo. Me aleccioné mentalmente: «¡Al lío!»

En cuanto Lucy soltó el pañuelo reaccionamos los dos, rápidamente. Pero yo fui el primero en desenfundar y realizar tres disparos: «¡Paño, paño, paño!» Él solo necesitó uno: «¡Patapumba!»

Él se mantuvo en pie, vivo. Yo caí de espaldas al suelo, muerto. Y ella, ella aplaudía, siempre aplaudía el final de la escena. Además, con mi mojigata forma de morir, hacía que Lucy mostrara uno de sus rasgos más bonitos, su sonrisa. Esa que yo manipulaba, tercamente, hasta que la convertía en carcajada. Ahí, ahí sí que le ganaba siempre a Billy. Porque ver sonreír esos preciosos ojos azules me hacía el muerto más feliz del mundo.

Me levanté y me sacudí el polvo de la ropa, si mi madre me veía una sola mota me enseñaría la zapatilla y me diría “¡yo me paso el día entre la lavadora y el tendedero, como una esclava, pero a ti te dura limpia la ropa menos tiempo que el estómago vacío!”, y las dos cosas me dolían.

—Estoy cansado, Billy —le dije a mi amigo—. ¿Por qué tengo que ser siempre yo el que acabo muriendo?

—Es fácil —me respondió con su cara de sabiondo y su sonrisa sarcástica—. Porque las pistolas son mías.

—Querrás decir que son de tu padre, ¿no? —le repliqué.

—Vale, pero yo soy el que sabe su escondite secreto y puede cogerlas para nuestros juegos sin que él se dé cuenta —Y ahí llevaba toda la razón.

Éramos niños y, como era natural, nos encantaba jugar a ser adultos. Además, estaba Lucy. Una rubita pizpireta y pecosa que no jugaba a matarse, pero jugaba con nuestros sentimientos.

—Habéis estado muy realistas —musitó con su cantarina y melosa voz.

—Afortunadamente, no. Que yo soy el único que he muerto —Solté de forma espontánea y quejosa, para acto seguido reír los tres a carcajadas.

No sabíamos de la realidad que imitábamos con nuestros juegos. Solo queríamos emular a los pistoleros que veíamos en las películas del oeste de la tele. Era una diversión inocente y sin más razón que la de echarnos unas risas. Hasta aquel fatídico día.

Primero aparecimos Lucy y yo en el corral, pero tuve pocos minutos para conversar con ella a solas. Billy llegó con la sábana que le cogía a su madre, envolviendo los dos revólveres de su padre. Esto solo podía hacerlo cuando se quedaba solo en casa. Normalmente siempre estaban su madre o su padre y él no se atrevía a saquear el escondite de las armas con ellos deambulando por allí. Este día, ellos se habían ido al cine y Billy nos llamó rápidamente para recrear nuestro reiterado duelo.

Desanudamos la sábana y sorteamos las armas, como siempre. Lucy se dispuso a quitarse su pañuelo del cuello para usarlo como señal. Billy y yo nos pusimos espalda contra espalda y contamos los diez pasos reglamentarios. Nos volvimos, enfrentando nuestras caras y poniendo las manos en jarras, como nuestros héroes televisivos. Lucy mantuvo la tensión unos segundos, nos miró alternativamente con su sonrisa socarrona y… soltó el pañuelo.

De nuevo yo fui el más rápido, pero esta vez caí de espaldas antes de que Billy simulara su disparo. Me había tirado el retroceso del arma. El sonido del disparo, más real que en las películas, resonó en toda la plaza para, acto seguido, crearse un silencio sepulcral. Aunque en nuestros oídos, el estallido se fuera diluyendo como el eco que precede a la catástrofe.

Primer plano de un hombre disfrazado de vaquero en dónde solo se ve la mano sujetando el revólver.
Imagen de Pashi en Pixabay

Me levanté todo lo rápido que pude sin haberme repuesto todavía del susto. La pistola humeaba en mi mano e impulsivamente la solté y arrojé al suelo. Menos mal que no estaba cargada con una segunda bala, porque estoy seguro que se habría vuelto a disparar.

Busqué a Billy y lo vi tendido en el suelo, con los brazos tapándose la cara. Lucy se tapaba la boca y no hacía ningún ruido. El disparo nos había ensordecido y la escena parecía congelada en nuestras retinas. Estoy seguro que solo pasaron unos segundos, pero a nosotros se nos antojó una eternidad.

—Pero, ¿qué carajo ha sido eso? —gritó el deslenguado de mi amigo Billy, quebrando el dramático silencio y volviéndonos a la realidad.

—Yo… —Fue lo único que pude musitar. Solo encogía los hombros, de forma compulsiva, y mostraba, con la exagerada apertura de mis ojos y brazos, que estaba igual de sorprendido y asustado.

Billy se miraba y palpaba su cuerpo temiendo, en cualquier momento, mancharse las manos del temido color rojo. No, estaba ileso. Mi puntería había sido igual de mala con el arma vacía que con ella cargada por el puñetero diablo. Bueno, en realidad, cabía asegurar que lo había hecho el padre de Billy para alguna de sus prácticas y luego se había dejado una bala en la recámara.

Los dos miramos simultáneamente a Lucy. No, gracias al cielo. Ella tampoco estaba herida, solo congestionada en un espasmo que no la dejaba llorar, pero que se le pasaría en seguida sin mayores problemas.

Los tres nos miramos, aliviados y sorprendidos. ¿A dónde había ido a parar la bala?

De nuevo fuimos conscientes del miedo que nos envolvió y nuestras miradas parecieron sincronizarse en una sola que se dirigió hacia la ventana del vecino musiquero. Allí yacía la radio, otrora estruendosa, ahora esparciendo sus piezas entre el alféizar y el suelo de la plaza. Los tres comprendimos la razón de tanto silencio.

Miramos el aparato destrozado y nos miramos entre nosotros. Miramos la radio y nos volvimos a mirar y, sin poder evitarlo, expulsamos el susto de nuestros cuerpos con un ataque de risa que nos hico revolcarnos por el suelo, literalmente. Sin importarnos en esta ocasión que nuestras madres no se pusieran tan contentas.

Estuvimos riéndonos un buen rato, hasta que escuchamos voces de adultos. Billy recogió con presura el revólver que yo había empuñado y el suyo, que también había arrojado al suelo, y salimos como bólidos de aquella plaza para escondernos en un portal y seguir desternillándonos de risa. Con el susto, los nervios y las ganas de guasa, no podíamos dejar de reír.

Éramos niños, éramos muy inocentes, pero aquel día comprendimos la naturaleza de las armas. Por eso nunca más volvimos a simular un duelo, ni siquiera con nuestras manos desnudas, por miedo a que nuestros dedos se disparan.

Jugábamos a otras aventuras menos peligrosas, como el «cogé», el escondite, o a ver quién soltaba el eructo más grande. Hasta que a Billy le regalaron un balón de baloncesto y, aunque los tres éramos unos auténticos retacos, nos aficionamos a este deporte. Así que cambiamos los duelos a pistola por los desafíos de triples a dos manos, los tiros libres a tablero o el célebre 21, que nos llevaba horas y horas jugando, de lo malos que éramos. Pero nos lo pasábamos de muerte, perdón, de fábula.

Tres niños, dos chicos y una chica, saltan de alegría. El fondo es un cielo de atardecer en dónde no se ve el sol. Las nubes, de colores rojizos, aparecen como trazos lineales que generan profundidad en la foto. En la parte inferior, todo se ve negro, aunque se insinúan arboles y casas, pero no se distinguen del resto por la oscuridad.
Los niños aparecen como siluetas y congelados, en la instantánea, en el aire, en el momento del salto.
Imagen de fancycrave1 en Pixabay

Desde aquel día, cada vez que veíamos un duelo en una peli del oeste, nos partíamos de risa, haciendo que nuestros padres nos miraran pensando que estábamos locos. Efectivamente, estábamos locos, pero de alegría. El que pudo ser el día más trágico de nuestras vidas se transformó en una anécdota, increíblemente loca e inverosímil, que nos volvía a hacer reír cada vez que la rememorábamos. Un suceso que nos unió todavía más a los tres, porque seguíamos siendo tres. Con una amistad inquebrantable que fue nuestro mejor regalo de la niñez.

Este relato fue escrito para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
«Crea una historia protagonizada por Niños
que pueda arrancar una Sonrisa en el lector».

18 comentarios en “Duelo en el O.K. (el Otro Korrá)

  1. Pingback: VadeReto (NOVIEMBRE 2021) | Acervo de Letras

    • Bueno, en este caso el precio habría sido demasiado elevado. 😅
      A mí, cada vez que veo un duelo, me viene el recuerdo de la que propongo al inicio del relato. Esta película es muy buena, pero la primera vez que la vi, en familia, nos resultó tan lenta, que empezamos a hacer comentarios chistosos y nos pegamos una buena panzá de reír. Luego con los años, valoré más la realización, aunque ya no me gustan tanto los western.
      Gracias por tus palabras, Nuria.
      Un abrazo preNavideño lleno de purpurina. ☺️🤗

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  2. Muy bonito relato, desde el principio engancha y hace que nos gusten los personajes. Nos vemos reflejados en ellos haciendo alguna travesura infantil. Tambi´en nos da susto pensando en una tragedia como tantas que pasan siempre que hay armas involucradas. Me encantó como resuelves el relato. Una lectura muy agradable. Saludos.

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    • Muchas gracias, Ana.
      La verdad es que no quería contar una tragedia sino, al contrario, una gran travesura que quedara en anécdota e hiciera reír a los personajes. Aunque al vecino sordo no creo que le hiciera mucha gracia. 😝
      Me alegro que te gustara, gracias por tus comentarios.
      Abrazo con turrones de cocholate. ☺️🤗

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  3. ¡Me gustó el relato! Una travesura que, desde luego arrancó mi sonrisa. ¡Y no la empañó ni siquiera la posibilidad de la tragedia! Me divertí imaginando las diferentes teorías que habrían corrido por el barrio, a causa de la muerte de la radio.
    Noticia de portada del periódico del día siguiente: «Peligroso anarquista pone en peligro la vida de Melo Manosordelli: un distinguido miembro de nuestra comunidad, disparando indiscriminadamente y produciendo la rotura de la pequeña radio que le permitía mantenerse en contacto con la realidad de nuestro día a día.»

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    • 😂😂😂🤣🤣🤣
      ¿Reportera en tus tiempos libres, eh?
      «distinguido miembro» y «contacto con la realidad». No sé hasta qué punto los vecinos no le dieron las gracias al falso pistolero. 😅😂
      Es un pequeño «homenaje» a cierta vecina que tengo y que me hace escuchar ciertas cosas que me «enloquecen», literalmente. Me obliga a cerrar puertas y ventanas. Es muy considerada, así no cojo frío. 🤦🏻‍♂️😂😁
      Gracias por tus comentarios y me alegro que te gustara y te sacara la sonrisa, es el objetivo de estas locuras escritoriles.
      Un abrazo lleno de espumillón.

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      • No puedo dejar de contarte una anécdota con una vecina, una chica jovencita que me volvía loca con su reguetón. Mi vida era insoportable en las horas en que la cría estaba en su casa. Hablé con su madre, pero sólo conseguí que dejara de saludarme y que me enterara que otros vecinos tenían el mismo problema. Hasta que comencé a hacerle la competencia. Cada vez que el maldito sonido irrumpía en casa, yo ponía música clásica a todo volumen. Y recorrí todos los pisos para explicar al resto de los vecinos mi loca idea. La guerra duró un par de semanas. Un día apareció un policía a pedirme explicaciones y se las di. Al día siguiente, el padre de la niña a pedir disculpas y asegurar que ahí se acababa el reguetón. ¡Medidas drásticas! Te mando un abrazo con un dulce macaron.

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        • Jajaja, ¡¡! maravilloso!!!
          La verdad es que yo también le hago la competencia, aunque con jazz, pero no aspiro a que ningún vecino siga este método. Aquí cada uno va a lo suyo.
          Afortunadamente, en invierno tiene frío y cierra las ventanas. 😜.
          Abrazo con polvorones de canela y bombones. 😉🤗

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  4. Ay, que me temía lo peor, pero no. Contigo hay segundas oportunidades y aprendizajes en las primeras. Contigo están las sonrisas garantizadas. Contigo se disfruta. Contigo se saca tiempo debajo de las piedras si hace falta para leerte, aunque sea un mes después. Porque a ti hay que leerte sin prisas, con ganas. No defraudas.
    Un abrazo

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    • ¡Ay, y tú siempre me dejas sin palabras! 🥺🥲☺️😍
      Con lectoras como tú es más fácil esforzarse y mejorar, aunque cueste mucho escribir.
      Muchísimas gracias por tus palabras y por motivarme a seguir haciéndolo.
      Abrazo lleno de dulces y espíritu navideño. 👍🏼😘😘

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  5. Hola. JA. Te iba a poner un final para el disparo fallido, pero ya te adelantaste tú al liquidar la radio del pelma del vecino 😂😂
    Nosotros si no recuerdo mal, después de tantos años, jugábamos a indios y vaqueros. En alguna ocasión dándonos caza a lazo, improvisado con una cuerda de tendal o lo que fuera, y si alguno no acabó ahogado fue más por suerte que por falta de intentos. 😂😂
    Me alegro que participes dando ejemplo como buen anfitrión. 🍻🍻🍻🍻🖐🏼

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    • Gran verdad, JM.
      En nuestros tiempos hacíamos tantas barbaridades que nos parecían normales, que no sé cómo hemos llegado a encanar. 😅😂
      Y lo de dar ejemplo, mejor de lo que no hay que hacer. ☺️ Que cualquier día le pongo al calendario del mes tres días más para entrar a tiempo. 🤦🏻‍♂️
      Pero bueno, lo importante es escribir y avanzar. 😉
      Feliz Navidad, buen jamón y la cerveza helada. 🤗🍻🍻🍻🍻

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      • Hola, JA. Si que se hacían cosas que ahora ni las imaginaríamos. Es la forma de aprendizaje, como bajar con un cartón por terraplenes para acabar en medio de las ortigas.
        Yo los calendarios no los tengo al día, de hecho tengo el de este año todavía enrollado con la goma elástica en la entrada. esto es literal y podría hasta pasarte foto de ello. 😂😂
        Bueno, espero que nos leamos antes del santo de El Percebe, hasta entonces. 🍻🍻🍻🖐🏼🖐🏼

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