UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

La noche se abatía sobre el inmenso bosque, aún cuando el sol todavía iba en camino hasta su ocaso. Pero las copas de los frondosos árboles creaban un tenebroso cielo que encerraba entre tinieblas mi travesía. A duras penas, la tenue luz de mi colgante me mostraba unos metros de visión. Las ramas se prolongaban interminables, creaban un abrazo inquebrantable dificultando mi escaso avance. Las raíces parecían brotar del suelo y aprisionar mis tobillos, haciéndome trastabillar extenuante. Solo el decidido empeño de mi misión y la letanía que farfullaba, repetida en mis labios, me hacían progresar metro a metro. El ligero y siniestro bulto que portaba parecía aumentar su carga con cada paso que daba y su negro influjo alentaba a los elementos en mi contra.

Cuando ya mi encomienda parecía sucumbir ante el quebranto de mis escasas energías, una ligera brisa hizo levitar las hojas caídas. El aire se volvió susurro al frotarse con las ramas y estas, sumisas cual mandato, dejaron de agarrarse y me mostraron un resquicio que rasgó la oscuridad.

Fotografía de un árbol vista desde su base en un contrapicado. Se puede ver parte de su copa y a través de ella el cielo estrellado.
Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay

A través de él, pude ver un milagroso claro gobernado por un inmenso árbol. Su tronco era inabarcable a la vista, tanto en su anchura, como en su altura, que parecía perderse en el firmamento de la fronda. Los demás árboles lo circundaban creando una galería natural que le rendían pleitesía y le otorgaban majestuosidad. Una tímida y mágica luminiscencia descendía procedente de las hojas, creando un entorno cálido y acogedor que me hizo caer desfallecido, aunque aliviado al comprobar que la leyenda era cierta. Ante mí se encontraba la deidad. Había conseguido llegar a mi destino.

Me otorgué unos segundos de respiro, mientras me deleitaba con la música que entonaban los susurros de las hojas provocados por la tenue brisa del viento. Parecía hallarme en un santuario, donde la fatiga y el esfuerzo fueron reemplazados por una paz y sosiego como nunca antes había sentido.

La ancestral divinidad parecía observarme a través de las oquedades de su tronco, que simulaban ojos y bocas expectantes. La música se transformó en murmullo y creí escuchar la aceptación a mi ofrenda.

Me levanté y me acerqué a sus pies. Hincando una rodilla, deposité mi carga en el suelo y, tras inclinar mi cabeza en señal de respeto, comencé a cavar una fosa con mis propias manos. Deposité el fardo dentro y, antes de cubrirlo para darle sepultura, entoné la plegaria que me habían enseñado, como tributo para la muerte y su descanso.

Lo que el tiempo tuvo que olvidar,
pero la muerte se negó a llevar.
Lo que debiera expirar,
pero rehúsa descansar.

Lo que infringe las leyes de la naturaleza,
ofendiendo a vuestra Deidad.
Que entre tus raíces se extinga definitivamente
y abandone por siempre esta esfera terrenal.

Acoge en tu seno estos restos
y muéstrales el camino al reposo.
Que los Dioses ancestrales los acojan,
dejando paz y sosiego.

Mientras recitaba la salmodia, las hojas titilaban como estrellas en el cielo del santuario. El coro de murmullos parecía corear mis palabras y los árboles, que abovedaban el templo, se cimbreaban acompasados en la liturgia.

Dejé unos minutos que los ecos de la plegaria se repitiesen en susurrantes susurros. Con la cabeza gacha y el corazón encogido, aguardé apesadumbrado la aceptación de mis actos. Si los dioses me castigaban por ellos, lo soportaría de buen grado. Ella se merecía mi posible condena.

Pasados unos instantes, que se me hicieron eternos, un hálito barrió la superficie de la tumba, llevándose cualquier señal sobre la tierra. Entendiendo con ello aprobada mi empresa, realicé un último gesto de  respeto y me fui dejando tras de mí el pesadísimo lastre que nos había estado encadenando.

Con mis energías fortalecidas y sintiéndome rejuvenecido, me dispuse a atravesar de nuevo el combatiente bosque, en busca de su salida. Sin embargo, la espesura se mostró generosa y complacida, abriéndome ahora el camino sin oposición alguna, dejando sutiles rayos crepusculares que me señalaron el camino hacia mi morada. Allí quedaron olvidados, como en un encantamiento, los espíritus ancestrales y su cadáver.

Fotografía de una cabaña rústica y solitaria. Tras ella el cielo nocturno se vista con los colores de una aurora boreal. Y arriba a la derecha la gran bola blanca de la luna muestra su cara iluminada.
Imagen de ELG21 en Pixabay

Abandonada la espesura, emprendí el camino de regreso hacia la cabaña. El día se había ido escabullendo sin que me diera cuenta y solo al ver los sutiles ojos de sus ventanas me apercibí que la oscuridad se había adueñado de la noche. Abrí la puerta e intenté entrar dejando fuera mi desaliento y pesadumbre.

—Hola hombretón, por fin has regresado —me dijo ella nada más verme.

Como siempre, me recibía con la más dulce de las sonrisas. Su belleza se resistía al tiempo y su presencia era la única fuente de calor que conseguía aislar las paredes del imperecedero invierno exterior.

—Ya está la cena, ¿has visto a Jai?

Un tremendo escalofrío hizo estremecer cada hueso de mi cuerpo. Endurecí el gesto para impedir que se mostrara mi negrura interior y respondí con un minúsculo hilo de voz, evitando que su temblor me delatara.

—No.

—Es curioso, llevo sin verlo desde que te fuiste. La humedad de la noche se está transformando en niebla y el frío no es bueno para sus viejos huesos.

Siguió con sus avíos en la cocina y yo, dándole la espalda para ocultarle mi semblante, me dirigí hacia la mesa. Las tres sillas se mantenían fieles a su alrededor y los cubiertos aparecían perfectamente alineados junto a cada uno de los tres platos.

—¿Estás seguro de no haberlo visto fuera, contemplando, como siempre, la salida de su querida luna?

—No —dije de nuevo. Solo los monosílabos se atrevían a escapar de mi garganta.

—¡Madremía! El viaje ha tenido que ser extenuante. Te veo agotado.

Resoplé y, sin volver a responder, me senté en mi sitio, con la mirada baja y fija en el plato aún vacío.

—Verás cómo la cena que he preparado te reconforta.

Me llenó el plato de humeante sopa y sus efluvios me embriagaron, llevándome algo de calor y sosiego a mi lacerante alma.

Ella se sirvió también y se sentó enfrente de mí.

—¿Sabes qué te digo? Tengo demasiada hambre y frío. ¡Hoy no vamos a esperarle! Ya regresará cuando su estómago le demande calor y sus congelados huesos anhelen la calidez de la chimenea.

Sorprendido ante su decidido e inusual arrebato, miré hacia la silla que estaba a mi derecha, completamente vacía y fría. Ella también la miraba, pero parecía no ver nada.

—¿Has conseguido ultimar el negocio? —me preguntó, intentado disimular la inquietud que la atenazaba. Era la primera noche que cenábamos sin su presencia—. Han dicho en el pueblo que se avecina un temporal de nieve. Mañana deberíamos de ir a comprar reservas, por si nos quedamos aislados.

Yo le respondía con simples gestos de mi cara y de mis hombros. Cada palabra que intentaba escapar de mi garganta era atrapada por mi desangelado ánimo.

Ella hablaba sin parar, parecía destilar una nueva frescura, como si la hubiera abandonado una pesada carga. Me contaba lo que había hecho durante el día; sus planes para la semana; las noticias que había escuchado; sus quehaceres con los animales. Yo empecé a relajarme y, sin darme cuenta, comencé a hablar también. Hacía años que no manteníamos una distendida y sencilla conversación. Su presencia siempre flotaba entre ambos y la distraía de mis palabras. Era un impenetrable obstáculo hasta para nuestras miradas.

Primer plano de una chica que mira a la cámara, sonriendo con los ojos mientras bebe de una taza. Su mirada es nítida y jovial. La taza y sus manos están desenfocadas.
Imagen de StockSnap en Pixabay

La veía expresarse, con jovialidad y aplomo. De vez en cuando, miraba levemente hacia su asiento, pero el vacío no la capturaba. Su ausencia parecía no hipnotizar su atención y volvía a su sencilla verborrea. Me miraba candorosamente y sus ojos me mostraban que su felicidad todavía era posible.

Conversamos toda la noche y ni una sola vez torció su preciosa sonrisa. Luego, mirándola mientras dormía, la sentí en paz y libertad. Por fin había escapado a sus cadenas.

Jailergud la controlaba desde que nació. Nada podía hacer sin su consentimiento y ella no sentía libertad para hacerlo sin su consulta. Toleraba mi presencia con desprecio, pero sabía que no podía remediarlo, yo nunca renunciaría a ella y no podía arriesgarse a que ella se rebelara y escapara a su influjo. Hoy, por fin, he conseguido que recobre la libertad que nunca tuvo.

Ahora, una inmensa paz invade también mi alma. Puedo confirmar que no he errado en mi empresa.

¡No, no soy un asesino!

Jailergud murió hace ya siete años y, desde entonces, ella soportaba su influencia como si nunca se hubiera ido. La seguía poseyendo igual que en vida. Así que decidí hacer caso a la quimera. Desenterré sus huesos y se los ofrecí a la divinidad del bosque. Sé que el sortilegio ha funcionado. Hoy, después de tanto tiempo, he conseguido que su fantasma regrese al inframundo y nos deje vivir en paz.

FIN
.

Nota.- Este relato ha sido incluido en la revista «La Cabina de Nemo».
Pulsando en el enlace superior, tenéis la entrada con información sobre la publicación.
La Fotografía para la cabecera ese de Kien Virak en Pixabay.

13 comentarios en “UN CADÁVER A LA MESA (La Cabina de Nemo)

  1. Pingback: La Cabina de Nemo | Acervo de Letras

  2. No había leído este cuento. Me ha encantado, por supuesto que tenía que ser incluido en la revista. Preciosas descripciones, una trama que atrapa, no sé si pasará con todos pero a mí el final me sorprendió pues no era lo que esperaba, fue mejor, porque él no era el asesino. Muy bueno y original. Buena lectura dominguera. Saludos.

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    • Me encanta que te guste. La verdad es que me pareció idóneo para la revista.
      Quise dejar algunos interrogantes sin resolver, como la identidad y género del finado o la relación entre el protagonista y la chica. Ya vosotros les daréis la resolución en vuestra imaginación. 😜
      Gracias por tus comentarios. ☺️🤗

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  3. Pues es curioso, porque yo tenía la impresión de que lo que llevaba en sus brazos y ofrecía a la deidad era el cadáver de un perro. Hasta que no vi las 3 sillas, los platos y cubiertos en la mesa, no reaccioné. En ningún momento pensé en un asesino, sino en alguien que quería evitar el dolor de la pérdida a la persona amada. ¿Quién o qué condiciona nuestra mente? Agradezco el placer de la lectura y a quienes me lo facilitan tan amablemente como tú Jose. Un abrazo.

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    • Hola, Marlen.
      Pues sería otra trama distinta, pero fácilmente adaptable. Los cubiertos, no, pero el plato en la mesa hay quien se lo pone a su mascota. 😜
      También sería un relato más dulce y sentimental.
      Yo, como ves, soy más perverso y enrevesado, y veo fantasmas, tormentos y posesiones. 😂😂😂
      De todas formas, he dejado algunos hilos en el aire para que dejéis volar la imaginación. ¿Quién o qué era el cadáver? ¿Qué relación existe entre el «enterrador» y la chica? ¿Cómo era esa posesión? Y creo que alguna más. Me gusta que no quede todo explicado, que quede un poco de margen para que al leer cada uno cree su propia historia. Lo agradezco mucho también como lector.
      Y como tú dices, es importante indagar en los asuntos de la mente, de nuestra mente. 😉
      Muchas gracias por tus palabras. Es un placer escribir, pero más todavía que te lean. Otro abrazo multiplicado de vuelta. ☺️🤗

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  4. Hola, JA. Esta historia algo me quería sonar, pero me ha gustado el desarrollo de la misma con ese suspense latente a la espera del giro final que ponga todas las piezas en su sitio. Seguro que a la mañana siguiente ella, ya libre del maligno influjo, no pondrá una tercera taza de desayuno en la mesa.
    Saludos 🍻🍻🍻🍻👍

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