Un Samhain Accidentado

Por la carretera comarcal 512, un Citroën Berline del 63 casi no toca el asfalto. Lleva tal velocidad que desde su interior no se puede divisar el paisaje. Aunque es de noche, la luna del Samhain alumbra claramente los bordes de la carretera. Al volante va Juanbe Vido, casi no ve la carretera y conduce más por intuición que por certeza. A su lado, su mujer le habla y protesta, aunque él no la escucha:

—Cariño, has bebido demasiado. Ve, al menos, más despacio. ¡Vamos a tener un accidente!

—No te escucha mamá. Nunca te escucha —le dice su hijo desde el asiento trasero.

—Tranquilo cielo, enseguida llegaremos a casa —le responde con cariño su madre.

—No sé si tengo ganas de llegar a casa con él borracho.

Su padre no les hace caso y coge la botella que reposa junto el freno de mano, se la lleva a la boca y suelta brevemente el volante. Solo hace falta ese lapsus para que el coche se descontrole y empiece a culebrear por la calzada. Cuando Juanbe quiere recuperar el control ya no es posible. Todos gritan. El coche se sale de la carretera y, después de arrollar todos los arbustos y setos que se encuentra por delante, se empotra contra un árbol. El estruendo de la chatarra y los cristales estallando resquebrajan el silencio del bosque.

Al cabo de unos pocos segundos, la mujer sale con dificultad, la puerta del copiloto ha desaparecido. Cae al suelo y resopla. Se mira y comprueba que no tiene ni un rasguño. Sin esperar demasiado, se levanta y se dirige a la parte trasera, las puertas están desencajadas y abiertas, pero su hijo sigue dentro. Lo saca, lo deposita sobre el suelo terroso y, después de evaluarlo, comprueba que tampoco tiene ningún rasguño.

—Cariño, despierta. Estamos bien —le susurra cerca del oído al pequeño.

El chico parpadea y sonríe al ver la cara de su madre. Ella le devuelve la sonrisa y ambos se abrazan.

—Vamos, hijo. Tenemos que sacar a tu padre del coche.

—¿Por qué, mamá? Él no nos ayudaría a nosotros.

—Porque nosotros no somos como él, cariño.

Ambos se dirigen a la puerta delantera, aunque no consiguen abrirla. En el interior, el hombre se ha quedado trabado entre el volante y el sillón. Todavía respira, aunque con dificultad, y en su cara se pueden ver manchas de sangre. Tiene que haber chocado contra la luna delantera.

Ninguno de los dos intenta tocarlo, saben que no podrán sacarlo. Se miran y el pequeño, con cara seria y decidida, vuelve a decirle a su madre:

—Dejémoslo ahí, mamá. Es lo que él haría con nosotros.

—Ya te lo he dicho, hijo. Nosotros no somos como él. Tenemos que buscar ayuda.

—¿Pero dónde? Estamos en medio de un bosque.

—Si no comenzamos a caminar no encontraremos nada. Seguro que hay por aquí alguna casa. Cuando la encontremos, pediremos ayuda.

A regañadientes, el chico asiente. Se cogen de la mano y se adentran en el bosque.

Conforme caminan por entre la espesura los pájaros dejan de cantar. Los pequeños animales se esconden de su presencia y los aullidos, de animales más grandes, se escuchan en retirada.

Al cabo de unos minutos, el olor de la chimenea, y algo que se está asando en ella, les llega antes de divisar la casa. Corren siguiendo su olfato y llegan a un claro en dónde consiguen ver la hacienda. Esta, solitaria y casi en ruinas, los recibe en silencio.

—Mamá, me da miedo este sitio.

—Tranquilo cariño, seguro que quién vive ahí puede ayudarnos.

Con más convicción que valentía se dirigen hacia la puerta y, antes de que intenten llamar, esta se abre. Aparece un hombre de aspecto desaliñado, de casi dos metros de altura y bastante de ancho. Se sorprende al verlos, pero les sonríe. Le faltan muchos dientes y su cara les devuelve un gesto adusto y aterrador.

—Vaya, vaya. ¡A quiénes tenemos por aquí! ¿Qué puedo hacer por vosotros? —Su rostro se vuelve más terrorífico, si eso es siquiera posible.

—Disculpe señor, necesitamos ayuda —dice rápidamente la mujer, consiguiendo a duras penas que la voz no le tiemble. El pequeño no tarda en ocultarse detrás de ella.

—¿Ayuda? ¿Qué hacéis solos en este bosque? —ronronea, oteando los alrededores, por si ve aparecer a alguien más.

—Verá, señor. Volvíamos a casa en coche, pero hemos tenido un accidente. Mi marido conducía y se ha salido de la carretera. Ha chocado contra un árbol. Está muy malherido y no podemos sacarlo del coche. Necesita un médico urgente.

—¿Un médico? ¡¿Un médico?! ¡Estáis de suerte! Hace mucho que me retiré, pero un médico nunca deja de ser un médico.

—¡Oh, gracias al cielo! Entonces, ¿va a ayudarnos?

—Desde luego, el Doctor os ayudará. Guiadme hasta el coche.

Los tres se encaminan hasta el lugar del accidente y el hombretón, con sus grandes manazas, logra abrir la puerta sin dificultad. Destraba el cuerpo de Juanbe y lo coge en brazos, como si fuera un niño, llevándolo hasta la casa.

Al llegar a ella, lo deposita brevemente sobre una mesa, en la entrada, y se dirige hacia unas puertas, en el suelo, cerradas con un candado, que parecen acceder hacia un sótano o zulo. Las abre, produciendo un tremebundo chirrido, y vuelve a por el cuerpo del accidentado. Entra en el habitáculo, pero la mujer y el niño se quedan fuera. No se atreven a adentrarse en ese sitio tan oscuro y maloliente.

—Mamá, ¿crees que podrá salvarle la vida? —le dice el pequeño a su madre, mirándola con ojos llorosos.

—Eso espero, cariño.

—Pero no hubiera sido mejor que lo hubiéramos dejado morir. Si se salva volverá a hacernos daño.

—Tranquilo, cariño. Ya te he dicho que nosotros no podemos comportarnos como él. Tenemos que actuar como buenas personas. Estoy segura que ya no nos pegará más.

—¿Crees que después de ayudarlo cambiará?

—Esta vez estoy seguro, hijo mío.

Ya en el interior, Juanbe está sobre una gran camilla, bocarriba, amarrado. El Doctor le ha curado los cortes, arañazos y moratones superficiales y le ha cosido una herida que presentaba en el costado. Parece que tiene más magulladuras que lesiones importantes. De todas formas, no sabe si tiene alguna contusión interna. Despierta trastornado y desorientado.

—¿Dónde estoy? —musita sin ver todavía al médico —. ¿Qué ha pasado?

—¿Qué has tenido muchísima suerte, colega? —le habla su cuidador desde el fondo de la habitación.

—¿Quién… Quién es usted? —pregunta Juanbe sin atinar a ver a su interlocutor, a pesar de intentar contorsionarse buscándolo.

—¿Quién soy? Jejeje. Puedes llamarme, Doctor. Soy el que te acaba de curar, muchacho. Tienes que darles las gracias a tu mujer y a tu hijo. Si ellos no hubieran llegado hasta aquí, pidiendo ayuda, ahora estarías desangrándote en el coche.

—¿Mi… mujer… y mi… hijo?

—Sí, deben estar fuera esperando. Voy a salir un momento para traerlos aquí. Ya verás qué magnífica reunión vamos a formar.

—Pero… es imposible. Ellos no…

A Juanbe no le da tiempo de terminar de farfullar antes de que el hombre salga al exterior. Mientras, intenta soltarse de la camilla sin ninguna fortuna.

—¡Maldita sea! —regresa el médico malhumorado y nervioso—. Han desaparecido. Se han largado. Creo que me tendré que contentar solo contigo, prenda.

—¿Largado? Pero, ellos… ¡Eso es imposible!

—Pues me han privado de una gran fiesta, chico.

Juanbe no entiende nada, pero su vista se está aclarando y consigue ver todas las herramientas que cuelgan de las paredes. Todas tienen una apariencia tenebrosa. Sierras, martillos, tenazas, docenas de cuchillos de todos los tamaños y formas. Además, parecen sucias. Llenas de pintura rojiza o… en realidad… es sangre.

—Escuche, señor. Ya me encuentro mejor, creo que puedo ir andando hasta un hospital.

—¿Andando? ¿Hasta un hospital? —La risa del hombre retumba en cada pared y le hiela el corazón a Juanbe—. ¿Te crees que voy a dejar que te escapes, como tu mujer y tu hijo? Aunque… Quizás regresen más tarde.

—¡¡Ya le he dicho que eso es imposible!! —grita desesperado.

—¿Imposible? ¿Por qué?

—¡¡¡Porque están muertos!!! ¡¡¡Yo los maté!!!

En ese instante, en la cabecera de la camilla aparecen su mujer y su hijo, etéreos y brillantes, uno a cada lado. Ambos sonríen, se miran y asienten con complicidad. Ella le acaricia la frente y le susurra, saboreando cada palabra:

—Tranquilo, amorcito. Ahora sabrás lo que es ser maltratado.

.

Nota.- Imagen de la cabecera de J.W Vein en Pixabay.

14 comentarios en “Un Samhain Accidentado

    • ☺️ Gracias por tus palabras, Ana.
      La verdad es que este relato me explosionó en la cabeza, en la madrugada del viernes al sábado, y lo escribí casi en trance. Esos momentos en que tienes que escribirlo todo porque te sale a borbotones. El final lo tenía claro y quería llegar a él con un ritmo adecuado. Pocas veces soy capaz de escribir un relato del tirón y este me estuvo la musa dando sartenazos para que lo hiciera. 😅😂
      Feliz de que te haya gustado y haber conseguido el impacto. 😉
      Un abrazo.

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  1. Un acierto narrar en tiempo presente. Es complejo, porque es fácil descuidarse en un verbo (no es el caso) pero le intensidad y un ritmo a la narración. Acierto también la elección de personajes… vaya, no hay ni uno bueno. Ni la madre, ni el hijo, ni el doctor, ni el marido. La elección se queda en decidir quien es el menos malo, pues la venganza siempre equipara maldades. Y es aquí donde el relato suma lecturas interesantes, casi filosóficas. No, no es una mera historia de miedo, hay mas, y ese es el gran mérito. Sumado a lo que te comenta Ana Piera… ¿que quieres que te diga? ¡Hazle una buena oferta a esa musa!
    Enhorabuena, un abrazo!!

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    • Muchas gracias por tu interpretación, Isra.
      Toda la verdad en lo que dices, todos los personajes son malos o actúan mal. Unos de mala condición y otros por caer en el odio de la venganza, aunque sea una venganza «espiritual». 😜
      El tema que hablas de los verbos es una cruz. Ahora estoy más atento y me equivoco menos, pero hasta hace poco metía la gamba cada dos por tres y, lo peor, no lo veía por muchas relecturas que hiciera. Mi beta-especial era la que me iba avisando y, de todas formas, tenía que repasar y repasar.
      También tienes razón en las lecturas filosóficas, hay muchos temas tocados en este relato, aunque no voy a decirlos, al menos de momento. Las dejo para que vosotros los penséis o los digáis, no hay problema. Vuestras interpretaciones hacen mucho más rica la historia. 😉
      Gracias por tus palabras,
      Un abrazo. 👍🏼🎃🥃

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  2. ¡Hola! Vaya personaje este Juanbe… Una historia escalofriante y, al estar narrada en presente, tiene ese toque de guion que lo acerca a una película. Me gusta que, cuando lees el final, la primera escena y sus diálogos cobran todo el sentido. Creo que tiene ese toquecillo de terror clásico, pero a la vez moderno.
    Un abrazo 🙂

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    • Muchas gracias, Auxi.
      La verdad es que he intentando describir muchos detalles que hagan releer la historia para comprobar si de verdad eran inmateriales o no. 😜
      Espero haberlo conseguido, ya me decís.
      Lo que no sé es si alguien se ha dado cuenta del nombre del colega-borrachín: Juanbe Vido. 😝
      Muchas gracias por tus palabras, Auxi.
      Otro abrazo para ti 🤗😘

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      • ¡Hola! Sí, me di cuenta del nombre porque tras mencionarlo, escribes que casi no ve la carretera, conduce por intuición, la mujer le dice que ha bebido demasiado y luego coge una botella. Así que todo cuadra. Y el final invita a volver a leer el relato y lo mejor es que cuando vuelves a leerlo, ahora parece otro diferente (por ejemplo el «nunca te escucha» del principio, tras leer el final, vuelves a leer el relato y la interpretación de esas palabras cambia). Esto es lo que me ha parecido a mí. 🙂

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  3. Tremendo trabajo!! Las descripciones son increíbles y la historia es escalofriante y la prueba de que la realidad está llena de cosas espeluznantes y que nosotros podemos ser los mayores monstruos.
    Me ha encantado de verdad.
    Felicidades por semejante relato😊

    Un abrazo,

    Borja

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