Tras la Puerta

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta…

¡Pom, Pom, Pom!

El buche de Whisky que paleaba salió de mi boca como si fuera una fuente de jardín, el vaso y el cigarrillo que tenía en las manos hicieron un descenso ralentizado con destino funesto y el corazón me brincaba en el pecho queriéndose ir de paseo él solito.

Congelado en el sofá, pensé que hasta hacía unos segundos había decido disfrutar de mi involuntaria soledad, despreocupándome de mis infructuosas salidas. Cansado de deambular de ciudad en ciudad, transitar de pueblo en pueblo, buscar barrio por barrio, andar calle por calle. ¡No iba a estar cansado! Ni un alma viviente devolvió mis gritos. Me había hecho a la idea de que estaba más solo en el mundo que Laika de viaje espacial, cuando…

¡Pom, Pom, Pom!

Los nuevos golpes me hicieron levantarme apresurado, trastabillar y caer de bruces. Me quedé espatarrado mirando desconcertado la puerta. ¿Estaban llamando de verdad o era mi ansiedad la que me hacía imaginar?

¡Pom, Pom, Pom!

Esta vez los golpes hicieron temblar la madera. ¡Parecían reales! Me levanté, lo más rápido que pude, y me dispuse a abrir la puerta antes de que la echaran abajo sin contemplación.

Miré atónito hacia el pasillo. Fuera no había nadie. ¡Joder con la imaginación! Cerré rápidamente para que no se fuera el calorcito de la habitación.

¡Pom, Pom, Pom!

¡Pero bueno! Esta vez abrí diligente y, al no volver a ver a nadie, miré en ambos sentidos del pasillo.

—Shurra, que estoy aquí abajo.

Menos mal que no tenía el cigarrillo en la boca porque me lo habría tragado del susto. Miré hacia el suelo y vi un perrillo de diminutas dimensiones y cara lastimera y dulzona.

—¿Qué pasa, nunca has visto a un perro? —me dijo ante mi estúpida y pasmada expresión.

—Esto… sí, pero tú… Eres muy…

—¿Te gustan los mordiscos? Porque puedo ser pequeño, pero te aseguro que mis dientes son como los de un Dóberman y te puedo dejar el tobillo como una breva pasada de tiempo.

—No, no, … perdona. Yo no quería …

—Pues, para no querer, te ha faltado un pelo. ¿Así es como tratas a tus vecinos?

—¿Ve… ci… no? —Mi boca se empeñaba en balbucear y me salían las palabras a trompicones.

—Sí, vecino. Esa gente que vive en tu misma edificio, pero en la puerta de al lado. ¿Tú tienes que ser por lo menos licenciado, eh?

—…

—Soy un Teckel de pura raza. Del mismito Brandemburgo. Aunque dicen que mi padre era de Milán. Ya se saben los italianos, son gente de mundo y van por ahí haciendo gala de romanticismo. Mi madre que, a pesar de ser alemana, era muy zalamera…

—Disculpa… estooo…

—¿Qué pasa, no te interesa mi vida? Con tu sonrisita estúpida en la cara pareces muy guay, peo tienes menos sangre que un gato de mármol, ¿sabes?

—Perdona… yo…

—¡Deja, deja! Ya te dejo tranquilo, artista. Solo necesito una cosa y te dejo enfrascado en tu interesantísima y filosófica vida. ¿Tienes sal?

—¿Sal?

—Vaya tela, tío. A ti te echaron de la Universidad porque ensombrecías a tus compañeros, ¿verdad? Sí, sal. Esa cosa blanca, hecha de cristales de sodio y que sirve para darle sabor a las comidas. ¿Capisco? Estoy haciendo unos macarrones a la napolitana para chuparse las patas, pero me he dado cuenta que no tengo sal y, como comprenderás, la pasta sosa no es el mejor manjar para convencer a una Fox Terrier que tengo en el piso que…

Lo dejé con la palabra en el hocico, sin siquiera responderle. Volví adentro de mi apartamento, miré en la cocina y cogí un paquete con restos de sal que tenía por allí. Se lo di y el bonachón, después de darme las gracias, lo atrincó con su boca y se fue tan campante, cimbreando con swing su pequeña colita.

Cerré la puerta, cogí la botella de whisky, dado que ya no disponía de vaso, y recogí el cigarrillo del suelo. Me tiré de nuevo en el sofá, totalmente atónito. Miré el cigarrillo, mal liado y lleno en exceso, y, suspirando, me dije:

¡¡¡Qué pasada, tío!!!

.

Historia para la propuesta literaria VadeReto de este mes:
Prosigue el texto que encabeza la entrada.

8 pensamientos en “Tras la Puerta

  1. Excelente! Un relato apocalíptico con su toque de humor y con un diálogo fantástico entre el sobreviviente y un perro. La soledad extrema nos lleva a la alucinación. Me gustó mucho. Saludos!

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  2. ¡Qué pasada, tío! Sacar una historia así con la idea del apocalipsis es para enmarcar. Aunque puestos a pensar (claro, que pienso después de leerte, antes no, no me hubiera puesto a pensar nada semejante), puestos a pensar, decía, si el mundo se ha ido al garete, todo es posible en el no-mundo: que los perros hablen o que las flores hagan halterofilia o ambas cosas a la vez.
    Lo que podía haber sido una tragedia difícil de digeri se convierte, gracias a tu arte, en una historia divertida y surrealista que es fácil creerse, y con ese humor andaluz que produce carcajadas en serie.
    Me pongo ahora mismo a enseñar a hablar a mi perro (a cocinar, no, que luego se acostumbra y me toca hacer la compra a mí, como si lo viera) 😉
    Un abrazo y a disfrutar de «la caló».

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    • 😂😂😂😂😂😂
      Ya sabes como está el coco del que esto escribe.
      No estoy muy seguro que el perrillo de esta historia hablara de verdad, pero quién sabe. Además, puestos a elegir, creo que preferiría que los perros hablaran, en lugar de ladrar que son bastante escandalosos, y que algunos humanos callaran. Aunque tal vez, terminarían los perros siendo los tertulianos y políticos sustitutivos. (Hay por aquí un reto con un perro que llegó a ser político en la realidad). 🤪🤪🤪
      Yo quise enseñarle a hablar a un pato que tenía de niño y que me trajera las cosas, como veo que hacen algunos perros, pero el tío era un indeciso. Le pedía los zapatos, un libro, la cartera y a todo me respondía lo mismo ¿Cuá? 😅😂
      Gracias por tus palabras, Margarita, y me encanta que te haya gustado y hecho reír.
      Un abrazo de noche, que por aquí se está más fresquito.

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