Navidad Redimida

«Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

»Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

»Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo… »

… no tendría que andar una gran distancia, pero el peso de mi mochila y la nieve, que me cubría los tobillos, me harían más ardua la travesía. La breve luminosidad de las farolas y la ausencia de luna, escondida entre negras nubes, me envolvía en un ambiente lúgubre y ominoso. En los rincones sombríos de las callejuelas parecían escucharse los gemidos de tenebrosas criaturas. Hasta mi aliento, congelado por el frío, parecía burlarse delante de mí, dibujando borrosas figuras fantasmales. Iba a ser una noche muy divertida.

Después de varios interminables minutos, dónde me creí desorientado, llegué a la monumental puerta. Era totalmente negra y decorada, en sus jambas de piedra, por las figuras de espeluznantes criaturas. En una de sus hojas se había tallado una cabeza, mitad humana, mitad feérica, con la boca abierta. Este era el primero de mis objetivos. Busqué en uno de los bolsillos de mi mochila y saqué dos monedas de aspecto antiquísimo. A pesar del gélido clima, emanaban un cálido tacto que aumentaba al aproximarlas a la puerta. No me lo pensé y, con ellas en la palma de la mano, metí el puño en la boca de la escultural cabeza. Durante unos eternos segundos no ocurrió nada, pero, cuando pensaba que me habían engañado con la legitimidad de las piezas, los ojos del pétreo rostro se abrieron y su boca se cerró atrapándome por la muñeca.

Me sobresaltó aunque no llegué a asustarme, conocía el ritual. No puedo asegurar que algo o alguien me estuviera acariciando la mano desde el interior, pero la sensación era desagradable y sucia. Las figuras que, como centinelas, rodeaban la puerta, parecían cobrar vida. No quise prestarles atención y me acerqué despacio, pero decidido. Saqué un papiro de mi mochila y leí susurrando, a lo que debían ser sus oídos, la siguiente salmodia:

Los ojos de la imagen empezaron a dar vueltas y se quedaron bizcos. Me miraron fijamente durante unos instantes y se volvieron a cerrar adoptando la pose inicial. Su boca se abrió dejando libre mi mano. La saqué inmediatamente y comprobé que las monedas habían desaparecido. Acto seguido, las dos hojas se fueron abriendo, muy lentamente, dejando ver el misterioso interior del recinto.

Un letrero, también tallado en piedra, mostraba el nombre del lugar:

Mis investigaciones habían sido acertadas. Fueron muchos años de búsquedas infructuosas e inacabables, pero ahora estaba en el lugar indicado para la conclusión de mi penosa odisea. Rebusqué en mi mochila y extraje una gruesa y blanca vela y el segundo papiro. Una inoportuna brisa empezó a revolotear a mi alrededor haciendo dificultosa la labor de encender el cirio. Sin embargo, también estaba preparado para esto. Coloqué la vela en la palma de mi mano izquierda y, mojando los dedos de la derecha con saliva, enderecé el pabilo. Coloqué la hoja sobre él, sin tocarlo, y empecé a leer otra estrofa:

Lentamente, la mecha de la vela comenzó a arder iluminando toda la entrada y revelando varios pasillos que penetraban obscenamente en las oscuras entrañas de la necrópolis. El silencio era ensordecedor y mis pisadas lo profanaban violentamente. Las lápidas cubrían por completo las paredes de los corredores, desde el suelo al techo, creando ajedrezados tableros de muerte y reposo. Todas eran negras y, con la escasa luminosidad de la vela, parecían idénticas. Ningún dibujo, ningún grabado, ningún nombre. Se presentaban como una urbe de anónimos finados. Solo unos sencillos números, tímidamente esbozados, identificaban al morador de cada habitáculo. Nunca un lugar podría parecer más pacífico y solitario, sin embargo, al avanzar entre las tumbas, no podía evitar la extraña sensación de que me observaban.

Volví a hacer uso de mi memoria y recordé el itinerario que llegaba hasta el corazón del cementerio. Cogí el pasillo de la izquierda caminando recto hasta la primera bifurcación que giraba a la derecha, para coger luego otra vez a la derecha. Llegaba a una diminuta plazuela donde me esperaba la asombrosa figura de un Makara. La parte superior correspondía a un elefante, con los colmillos de oro; la parte trasera era un delfín, hecho de Peridoto, que iluminado por la vela creaba un arcoíris imposible que llenaba de reflejos verdosos todo el espacio. Un guardián inerte al que debía entregar otra ofrenda. Según la leyenda, debías evitar embaucarte en su belleza, podrías quedarte petrificado contemplándola eternamente. Le coloqué una aguamarina en una de las aletas que asemejaba un cuenco. Esto no activó ninguna puerta secreta ni siquiera modificó la disposición de los pasillos, era simplemente un acto simbólico reclamado por la leyenda. Sin embargo, no quiso obviarlo para evitar posibles sorpresas indeseables. Debía respetar las normas ceremoniales y rendir pleitesía al consagrado lugar.

Sorteé la figura y proseguí el siguiente pasaje formado por dos pasillos que componían una uve invertida. Desemboqué en otra plazuela donde se erigía un Wendigo. Una gigantesca bestia de figura humanoide y cabeza de ciervo. Sus grandes y terroríficos dientes acrecentaban la leyenda del devorador carnívoro. Sin embargo, el mayor peligro era su mirada. Dos impresionantes rubíes, rojo sanguíneo, sustituían a sus ojos. Decían las antiguas historias de los pueblos algonquinos que si te fijabas en ellos quedarías a merced de su voraz apetito. Sus inmensas garras se presentaban en actitud implorante. No lo hice esperar. Hurgué de nuevo en mi mochila y le puse entre sus garras un feto, cuya procedencia nunca desvelaré. Sin mirar, ni de reojo, su semblante, lo dejé a mi derecha y anduve el pasillo final que discurría totalmente recto hasta terminar en un jardín circular, plantado de abundante césped de color rojo y formando una pequeña colina.

Cogí la cuerda y creé con ella un recinto circular cerrado, concéntrico con el mismo borde del jardín. Me adentré en él, coloqué la vela en el centro y puse la mochila abierta sobre el suelo. Metí mis manos en ella y extraje con sumo cuidado el elemento final de mi misión: una dulce, tierna y simpática oveja de peluche ataviada con un sombrero rojo. La puse junto a la vela y me dispuse a iniciar la fase final de mi aventura. Saqué el tercer y último papiro del interior de mi mochila. Me arrodillé, delante de la figura. Realicé varias inspiraciones profundas y canté a dos voces el texto:

Con la culminación de la última nota, la oveja abrió sus ojos y empezó a balar ruidosamente. Me acerqué a ella y la volví a coger en mis brazos. Sin demora ni indecisión cogí mi puñal y se lo clavé en el pecho. Dejó de balitar, pero solo dio un par de gemidos. La volví a depositar rápidamente sobre el césped y me aparté de ella. Un espeso humo comenzó a salir por todos los poros del muñeco para ascender creando formas etéreas. Con un fogonazo, el animal se prendió y una llamarada lo hizo desaparecer haciendo todavía más espesa la humareda. Durante unos segundos las volutas de niebla fueron creando extrañas figuras que danzaron en el aire. Caras horrendas, aparecían y desaparecían con rictus de burla y locura. Surgían brazos y piernas configurando un ser multiforme sin aspecto definido. Danzaba y gritaba, girando en un torbellino de terror. Poco a poco, todos los miembros y caras fueron desapareciendo hasta conformar un solo cuerpo. Una mujer, desnuda y temblorosa, se hizo nítida cuando la niebla desapareció. Tendría unos treinta años, una larga melena morena y hermosas y bellas curvas. Saqué deprisa una capa grande y gruesa de mi mochila y la envolví con ella. Cuando entró en calor, le susurré con ternura:

—Natividad, ya eres libre, ¡miramé!

Abrió sus grandes y bellos ojos negros y me miró con dulzura y gratitud. Me dio en los labios un beso cálido y prolongado y me dijo:

—¡Al fin lo has conseguido! Me has liberado de la maldición. Cinco interminables años dentro de esa estúpida oveja. Has gastado todo tu dinero, tus energías y tus años de vida. ¿Y para qué?

—¿Para qué, mi amor? —Su semblante cambiaba paulatinamente y sus ojos…—. ¡Te has redimido de tus pecados!

—¿¡Mis pecados!? —Ahora sí que sus ojos daban miedo. Se habían vuelto totalmente negros. En lugar de mirarme parecía que me estuviera extrayendo la vida.

—Pero Natividad… Nati… Navidad… ¡Te he salvado!

—¿¡Salvado!? —Todo su cuerpo se estremecía entre espasmos violentos, al mismo tiempo que reía—. Navidad no tiene salvación, ¡idiota!

Su risa era histérica, violenta y estridente. Sus carcajadas resonaban en cada lápida y se multiplicaban propagándose por los pasillos. Su pelo se blanqueaba convirtiéndose en pajizo y andrajoso, alargándose indefinidamente, queriendo alcanzar el suelo. Su piel iba envejeciendo por instantes, adhiriéndose a sus huesos hasta convertirla en un inmundo esqueleto.

—Los pecados me consumieron hace ya mucho tiempo y me hicieron hipócrita, usurera, mustia, despiadada… —Su voz había perdido todo rastro de dulzura. Ahora era un sonido horrible que arañaba las tripas y reventaba los oídos—. Ya no soy la ilusa que arrancaba sonrisas y convertía en felices las desgraciadas vidas de los inocentes. Ahora me dedico a atraer a los insensatos como tú, para convertirlos en despojos humanos que terminarán el año ebrios, sebosos y endeudados de por vida.

Mientras hablaba, las tumbas crujían y las lápidas chirriaban al desplazarse de su sitio. Por los pasillos se oían pisadas que no auguraban agradables visitantes. Las astas del Wendigo se vislumbraban ya entrando en la plazuela y no creo que tardara mucho en aparecer, también, el Makara. Mis días parecían contados. A menos que…

Me abalancé rápidamente hacia mi mochila y busqué dentro. Sí, también tenía prevista esta eventualidad. Podía ser un amante impulsivo e ingenuo, pero no un estúpido mitógrafo. Saqué una enorme campanilla sujeta a una robusta cuerda roja, como las que portan las ovejas al cuello para poder ser localizadas. Sí, era una mochila mágica y guardaba muchas sorpresas.

—¿Sabes? Eres patético —me escupió el ahora decrépito esperpento—. ¿Crees que vas a poder ponerme eso al cuello para convertirme otra vez en oveja?

Lo dicho. A veces es bueno parecer estúpido. Ni pretendía colocársela como collar al escandaloso vejestorio, ni hacerla sonar como una campana cualquiera. La campanilla no tenía badajo. Su sonido no era de este mundo y tampoco necesitaba activarse con ninguna salmodia. Empecé a moverla compulsivamente y, por supuesto, no sonó. Parecía que no sonaba, pero los pilares que soportaban el techo empezaron a vibrar. Grandes grietas comenzaron a amenazar la sostenibilidad de la necrópolis. Las lápidas terminaron por abrirse, cayendo estrepitosamente contra el suelo. Piedra, polvo y huesos se unieron en una mezcolanza imprecisa. El esqueleto gritaba, el Wendigo bramaba y el Kamara… no puedo describir lo que hacía porque me olvidé de ellos y emprendí la huida.

¿Cómo conseguí escapar de aquella debacle? Esa es una historia sin interés que no precisa ser contada. Solo necesitáis saber que logré escapar, no sin algunos daños colaterales y bastantes magulladuras. No logré salvar mi Navidad. Tampoco ella quiso salvarse. Sin embargo, si por algo me caracterizo es por mi tozudez y perseverancia. Por eso me hallo aquí, con un ridículo gorrito, como el que llevaba la oveja, vestido de rojo y gritando ¡jo jo jo!

Aunque no creáis en mí, haced como si así fuera. ¿Qué podéis perder? Puede que seáis cínicos, hipócritas y hasta estúpidos engreídos, pero al menos durante un mes parecéis felices, queréis ser felices y contagiáis esa felicidad. El problema no es de la Navidad. El problema es vuestro, porque cuando llega el nuevo año os olvidáis de ese sentimiento. Creedme, podéis intentar ser felices en cualquier época del año.

No estoy aquí para redimir la Navidad. Estoy aquí para redimiros a vosotros.

Imagen de ArtTower (pixabay)

Relato escrito para el reto VadeReto de diciembre de 2019 de este mismo blog.
Estas son las condiciones propuestas:
– Incluye las tres imágenes dentro de la historia.
– Continúa el relato dónde el reto lo ha dejado.

4 comentarios en “Navidad Redimida

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