La Maldición de la Casa Ludwig

Se acercaba el fin de año y las telarañas lucían espléndidas en mi oficina. En mi cabeza empezaba a dar vueltas el fantasma del cambio de trabajo. De investigador de lo paranormal a husmeador de parejas con problemas. Esos fueron mis comienzos y me aterraba volver a ellos, pero si no conseguía trabajo pronto, tendría que aprender a vivir como los camaleones. ¡Joder! Tener que volver a perseguir, espiar y fotografiar maridos y esposas de cornudos. Lancé un grandísimo suspiro e hice una súplica a San Philippo Marlowe de todos los Santos. Del susto me caí de la silla al suelo, eso me pasa por adoptar posturas de película. El teléfono empezó a sonar como un descosido. Luchando por quitarme la silla de encima, para llegar hasta el móvil que estaba encima del escritorio, conseguí cogerlo antes de que el llamante se cansara y colgara.

—¿Diiigaaa? —Me temo que mi voz salió sin ningún disimulo.

—¿Se encuentra usted bien? —dijo alguien al otro lado del teléfono.

—Eh, sí, sí. Es que me ha cogido usted haciendo mis ejercicios matinales —mentí descaradamente.

—¿Matinales? ¡Si son las cinco de la tarde! —¡Vaya! Llamaba un tiquismiquis.

—Sí, claro, ya lo sé. Pero como mi trabajo se desarrolla por las noches, esta es mi mañana —le dije sin acritud, pero también con un poco de mosqueo—. ¿Me llama usted para algo más en particular o solo para interesarse por mi rutina cotidiana?

—¡Oh, usted disculpe si le parecí grosero! Pensaba que le había cogido en mal momento. —Esta conversación se estaba poniendo complicada. Tendría que darle un empujón para que soltara la lengua.

—Nada, tranquilo hombre. Estaba de bromas. Dígame usted cuál es el motivo de su amable llamada.

—Bueno… verá… es difícil de explicar… yo… —Por los clavos del ataúd de Drácula. Me estaba empezando a sacar de quicio. Me carcomía la curiosidad. Necesitaba, urgentemente, averiguar si me habían llamado para un trabajo o para venderme una enciclopedia. Ahora, ¡¡¡como me estén llamando para cambiarme de teléfono!!! ¡Es que lo estrangulo con el cable del teléfono! Sí, ya. Es un móvil. Tranquilidad Jeancló, o como diría mi primo del sur ¡karma, musha karma!

—Caballero, hable usted sin tapujos. Estoy acostumbrado a los casos más esotéricos, extraños y extravagantes que se pueda imaginar. ¡Cuénteme! Por favor.

—Vale. Se lo cuento todo ahora mismo. Soy el alcalde de Hartosya

—¿Hartos de usted? —No lo pude evitar. Su lentitud con la exposición de su problema me estaba matando los nervios.

—¿¡Cómo!?

—Nada, nada. Pensaba en voz alta. Por favor, siga usted, que la intriga me corroe.

—Mire, creo que es mejor que venga usted aquí y se lo explique en persona. —¡La madre que lo parió!

—Bueno, no hay ningún problema por mi parte, pero tendrá usted que decirme de qué trabajo se trata. Si de trabajo se trata, claro.

—¡Oh, perdón! Es que estoy muy nervioso. Le quiero hablar sobre la Mansión de los Ludwig. —Algo me implosionó en el cerebro.

—¿Se refiere a los Porfden… Profen… Forpiden…? —le pregunté, tartamudeando, sin terminar de pronunciar correctamente tan complicado apellido. Cuando se juntan más de dos consonantes se me hace un nudo en la lengua.

—Efectivamente, señor, los Ludwig von der Pfordten. —Creí notar un poco de recochineo en el modo de pronunciar “perfectamente” el apellido alemán—. Ya no podemos aguantar más y dicen que es usted la persona adecuada para desentrañar su misterio y darnos, por fin, paz y tranquilidad.

Había escuchado hablar de esa mansión muchas veces y se me hacía la boca agua solo con verme allí dentro, indagando entre sus ruinas. Era una de las casas encantadas más famosas del país. Se habían establecido tantas teorías sobre ella como para llenar varias decenas de libros, pero ninguna se había demostrado. Era el santo grial del mundo paranormal.

—¿Y dice usted que es un trabajo para mí? —le espeté para cerciorarme de que pensaban pagarme. Qué hay mucho listo suelto por ahí pidiendo favores.

—Si usted lo acepta, desde luego señor. Estamos dispuestos a pagar sus altos honorarios para que nos libre de su maldición.

¿Había dicho “altos honorarios”? ¿Quién me había recomendado, mi ángel de la guarda?

—Por supuesto que lo acepto, señor alcalde. Cojo ahora mismo mi equipo y me voy para allá. En unas horas me tendrá usted en su pueblo. En persona, física y espiritualmente. —La última chanza debería habérmela tragado. Creí escuchar un ligero gritito al otro lado del teléfono.

* * * * *

Aquí estoy, en Hartosya… del alcalde, de la mansión y vete tú a saber de cuántas cosas más.

Afortunadamente, el viaje no ha sido accidentado, mi coche es bastante viejo, un Volkswagen Beetle del 90, una auténtica reliquia, pero suele tener la costumbre de dejarme tirado en la carretera o darme algún que otro susto. Es algo más que un coche para mí. Aunque tenga que dejarlo aparcado en la acera para contemplarlo embelesado desde mi ventana, no pienso deshacerme de él nunca. Eso sí, el GPS de mi móvil es muy cachondo y me ha obligado a hacer un viaje turístico por toda la zona, antes de llevarme definitivamente al “maldito” pueblo de los Hartosya, donde me esperaba el locuaz alcalde.

La reunión no ha durado demasiado, el alcalde, junto con dos de sus concejales, me ha recibido muy amablemente y me ha contado sus grandes problemas con la mansión. O como ellos lo llaman “todo lo que tenemos que soportar”. Resumiendo: Aunque la mansión lleva abandonada desde hace decenas de años, a las doce de la noche en punto, las campanas de la capilla empiezan a sonar. Es tanto el escándalo que producen que todo el pueblo se pone de los nervios, por mucho que se lo esperen. Nadie se acerca, ni de día ni de noche, a las inmediaciones del inmueble. Dicen que no es raro ver sombras o caras por los cristales de las ventanas y, a veces, estos acaban reventando. Se escuchan gritos, risas y golpes. Algunos aldeanos no han podido soportarlo y se han marchado del pueblo. Por eso me quieren contratar. El alcalde no desea que su municipio se transforme en un pueblo fantasma.

Según el informe que me han dado: la casa perteneció originariamente a una familia alemana de ascendencia aristocrática, los Ludwig von der Pfordten, conformada por el padre, la madre y sus tres hijos. Se instalaron en la casa en 1889 y todo en torno a ellos fue extraño. De la familia se sabía muy poco. Entre unas cosas y otras, la casa quedó vacía en 1911, apenas doce años después. El servicio estaba compuesto solo por un matrimonio y su hijo, que vivían también en la mansión. Solo contrataban a más personas con motivo de alguna fiesta o celebración. Sin embargo, muy pocas veces recuerda nadie haberlos visto en actitud jocosa y desenfrenada. Sin que nadie se percatara, dado que casi no tenían contacto con la gente del pueblo, dejaron de existir. La casa enmudeció y nadie supo si se mudaron o fallecieron dentro de la misma. De improviso, hace unos tres años, empezaron los altercados antes mencionados. Nadie sabe quién los provoca ni las causas por las que podrían haber vuelto. Parece evidente que tendré que hacer como en las películas o novelas típicas de fantasmas. Me alojaré dentro de la mansión y esperaré a que lleguen las doce de la noche. Luego, ya veremos qué pasa.

* * * * *

Ya estoy dentro de la mansión. No se puede negar que es más antigua que las momias. El pestazo a humedad casi me hace desmayar. Las maderas crujen, pero no a causa de los fantasmas. Es que esta casa se mantiene en pie de puro milagro. Todas las vigas y su estructura están hechas de madera, así que es increíble que las polillas no lo hayan devorado todo y se haya venido abajo. Algo me dice que las avispas, las termitas, las carcomas y los cósidos se están pegando un banquete exquisito, pero prolongado y controlado con su esqueleto. (Sí, durante un tiempo me obsesionó la entomología). Hay tantas habitaciones y, supongo, tantos rincones ocultos en esta casa que es imposible que yo solo pueda revisarlos todos en una noche. Si, por razones que ahora mismo no quiero pensar, tengo que salir huyendo, voy a hacer más kilómetros que el caballo de un tiovivo.

Falta poco para la medianoche. Me he acomodado en uno de los butacones del gran salón, en la planta baja. Con mi mantita y mi linterna de dinamo sin pilas. No quiero que los espíritus me dejen sin batería a traición. Me he traído varios aparatos de mi invención: el Uterizador de Ondas Sibosuidales, capaz de mostrar la presencia de entidades etéreas, pero ondulares; el Cabotizador Hemacratodicos, detector de frecuencias infrasónicas; y un gato de la tienda de animales, no es un invento mío, pero en cuanto detecte cosas anormales se le erizará el pelo y saldrá escopetado. Una maravillosa alarma si todo lo demás falla. Tampoco vengo indefenso, traigo mi mejor invento, la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y alguna sorpresita más. ¡Fantasmitas a mí! Veremos quién es el primero que quiere dialogar conmigo.

Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón… Talán… Tolón…

El susto que me acabo de pegar ha puesto a prueba mi ya deteriorado corazón. Me estoy aficionando a esto de los sobresaltos sorpresivos. No me he dado cuenta y con tanto silencio me he quedado dormido. Esas deben ser las campanas de la capilla. No sé cuántas han sonado ya. Supongo que tienen que ser doce. Le doy a la manivela de la linterna para comprobar que está a tope de carga. El Uterizador de Ondas Sibosuidales parece estar en reposo y el Cabotizador Hemacratodicos tampoco se ve alterado. No parece haber espíritus por aquí ahora mismo. Sin embargo, el cobarde del gato no se ve por ninguna parte. Será mejor que me levante y dé una vuelta por la casa. Me llevo mi escopeta y un par de regalitos. Suelo ser una persona amable y partidaria del diálogo, pero si los fantasma se ponen guasones no estoy dispuesto a quedarme en esta casa in eternum.

El sepulcral silencio crea una atmósfera espeluznante. Ahora mismo no se escuchan ni los crujidos de las maderas. Parece que toda ella duerme profundamente. Todo parece normal. Bueno, todo menos el frío. Aunque llevo puesta mi camiseta thermoblastyl, estoy empezando a temblar y, afortunadamente, todavía no es de miedo. Subo por las escaleras que dan a la entrada de la mansión. Son anchas y de escalones altos. Parece que es de las pocas cosas que aguanta bien el paso del tiempo. Aunque la alfombra que la recubre conoció días mejores. Hace muchos, muchos años, vamos. Hay más polvo que en una fábrica de harina. Los escalones crujen. Espero que no se vayan a partir precisamente ahora. Suenan como quejidos. ¿Estaré pisando a alguien?

El primer piso está totalmente a oscuras. Evidentemente esta casa no conoció la luz eléctrica. Sin embargo, debería entrar algo de claridad por las ventanas. Hoy hay una luna espléndida que ilumina todos los campos. Las puertas de las habitaciones están abiertas de par en par, pero el interior de ellas está en tinieblas. Parecen bocas dispuestas a zamparme de un solo bocado. ¡Ahí, dándome ánimos! La escasa luz de la linterna hace más tenebroso el pasillo que se adentra hacia las entrañas de la casa. Estos son los momentos en los que me pregunto por qué no me he hecho fontanero. Evidentemente, porque inundaría medio barrio.

Por el rabillo del ojo creo haber visto una sombra. Sí, claro, ya sé que está todo lleno de sombras, pero yo me entiendo. Un crujido detrás de mí. Me giro rápidamente, pero no veo nada. Nada de nada, vamos. La jodida linterna se ha apagado. Me lo veía venir. Menos mal que soy perro viejo. Más perro que viejo. Tengo otra en el bolsillo de la chaqueta. Le doy a la manivela… pero… parece que… no funciona tampoco.

—Te vas a cansar mucho, chaval. Usa el mechero. Eso nunca falla.

—¿Quién ha dicho eso? —El repelús me ha recorrido toda la espina dorsal—. ¡Me cago en la leche!

Busco el mechero que siempre llevo encima, aunque nunca fume. No es que quiera hacerle caso al espíritu, pero es buena idea. Después de mirar en los doscientos bolsillos que llevo entre camisa, pantalones y chaqueta encuentro una caja de cerillas. ¿Cuándo he cambiado el mechero por esto? Enciendo apurado una de ellas y busco la voz. Nada. Está jugando conmigo.

—No estoy jugando, chaval. Estoy detrás de ti.

El frío me ha congelado hasta los… Me giro muy despacio con la cerilla en la mano y, efectivamente, está detrás de mí. No me asusto. No debo. Soy un profesional. Sin embargo, la cerilla tiembla descubriéndome vilmente. Por supuesto, se ha apagado. Mientras enciendo otra, apurado y temblando, veo unos ojos enormes, amarillos y fijos en mí. Afortunadamente, soy un profesional, ya lo he dicho, no salgo corriendo. Me he quedado petrificado.

—Tranquilo, chaval. No te voy a hacer nada.

Tranquilo, dice. Su cara de sargento retirado es más seria que la de una suegra. Lleva un gorro militar, tipo ros, y unos bigotes larguísimos, que se le suben en las puntas simulando una sonrisa. Su figura es gruesa, sin llegar a la obesidad. Luce una chaqueta, también militar, con hombreras. Aunque al no llevar galones ni medallas, supongo que no es un oficial. No tengo ni idea. Nunca he sentido pasión por nada relacionado con el ejército. Por supuesto, su figura es casi transparente. Otra cosa no, pero observador soy un rato largo.

Imagen de Devanath en Pixabay

—Buenas noches, caballero —digo intentando controlar mi tartamudeo miedoso—. Creo que usted es don Faustino Eshi… Shide… Shede….

— Faustino Scheidemann, el mismo que vestía y calzaba. ¿Me conocía usted?

—Bueno, en realidad, solo por fotografía. La suya está en el archivo que me han dado.

—¿Archivo? ¿Eso qué es?

—Papeles, documentación, don Shedi… Shadi…

—Puedes llamarme Faustino, chaval. Y ¿Por qué tienes documentación mía?

—En realidad, la documentación es de toda la casa y de sus ocupantes. Usted formó parte del servicio de la misma. También hay información sobre los señores Pof… Fop… Frpogg…

—Pfordten. ¿De todos los Ludwig von der Pfordten?

—En realidad, solo de los que vivían en la casa.

—El señor Brunhilde, su señora Dietlinde y sus gemelos Dieter y Ebba y la pequeña Viktoria. ¡Ah! Una familia excepcional. Sin duda. —Los había pronunciado todos de carrerilla, como si estuviera pasando lista—. Y, si me permite la pregunta, señor. ¿A qué se debe su visita a la casa?

—Pues, verá usted, señor don …, Faustino. Me han contratado para que averigüe por qué siguen ustedes deambulando por aquí y provocando los sustos y sobresaltos de los habitantes del pueblo.

—¡Esos imbéciles! ¿Acaso no saben que el pueblo existe gracias a la generosidad de la familia Ludwig von der Pfordten? —Me estaba empezando a resultar cargante el nombrecito tan largo de la familia—. Fue con su dinero con el que se construyeron todas las casas del pueblo, se les pagó a todos los operarios y se mantuvo a todos los ancestros de los malhablados que hoy en día habitan ahí.

—No le falta a usted razón, don Faustino, pero tenga en cuenta que deberían estar ustedes descansando. Han pasado ya más de cien años.

—¡Cómo si pasan quinientos! ¿Qué derecho tienen esos destrozaterrones para querer echar a la familia Ludwig von der Pfordten de su propia casa? —Me estaba dando dolor de cabeza. ¿No se podían haber llamado Gómez Pérez?

—No se enfade usted, caballero. En el fondo, yo solo quiero saber qué es lo que pasó aquí aquel año de 1911, cuando todos los aquí vivientes dejaron de serlo.

—Eso no se lo puedo contar. Tendrá usted que preguntárselo a los propios…

—A la familia, sí, a la familia. —Si vuelve a pronunciar de nuevo el nombrecito completo, fantasma o no, lo mato—. Y ¿dónde los puedo encontrar si no es mucho preguntar?

—Tranquilo. Ellos le encontrarán a usted.

Y con una risa malvada, de película mala, ha desaparecido. Así si avisar y dejándome con la cerilla quemándome los dedos. Que también es curioso el tiempo que ha durado sin apagarse. Cosas de los fenómenos paranormales. Que de normales tienen poco. ¡Ea, se apagó!, por hablar.

He vuelto a quedarme a oscuras y con el alma en vilo. Soy un profesional, no sé si lo he dicho ya, pero cuentan cosas extrañas de esta mansión, como que algunos de los que entraron no salieron. Prefiero pensar que les gustó la compañía de lo que exista aquí dentro.

Acabo de probar las linternas y ahora funcionan las dos. Otra broma del sargento, supongo. Por si las moscas llevo una en cada mano. Parezco el doctor Hesselius montado en un renault Twingo. Me tiemblan las rodillas y empiezo a notar que el frío aumenta. Tengo unas ganas enormes de salir corriendo, pero ya tengo hecha la transferencia del pago y no pienso devolverla ni bajo tortura. Además, soy un profesional. Sí, lo he repetido veinte veces ya, pero si no me doy ánimos yo va a hacerlo el gato que ha salido huyendo. Me dedico a esto, es mi trabajo y lo voy a hacer. Voy a subir al piso superior. Las escaleras son más pequeñas y estrechas. Los escalones crujen como si estuviera pisando cadáveres. ¿Cadáveres? ¿Por qué leches me ha venido esa comparación a la cabeza?

Ya estoy en el segundo piso. Aquí no hay pasillo. Toda la estancia es un salón enorme. Oscuro, por supuesto. Parece una inmensa gruta dispuesta a … No, esta vez no lo voy a decir. Cada vez estoy adentrándome más en las vísceras de esta bestia. Debería irme, ahora que todavía puedo, pero he dicho que soy un profesional y…

—Para ser un profesional das mucha pena. —¿¡Ya!? Ha tardado poco en aparecer el siguiente fantasma.

—Fantasma lo será tu mami, imbécil. —La leche con costra. Son dos voces distintas. Voces jóvenes y de distinto género. ¿Serán los gemelos…?

—¡¡¡Pfordten!!! —Han gritado unidos en una sola voz.

—¿A que no nos coges, imbécil?

Se han empezado a escuchar pisadas corriendo por el piso. Sus risas y gritos alborotan el silencio. Mis vellos se han puesto tan de punta que parecen querer agujerear el jersey.

—¡Parecéis niños pequeños! —dice otra voz de apariencia más joven todavía.

—¿Eres tú, Viktoria? —le pregunto, intentando mantener la calma.

—Para servirle, caballero. No le haga caso a mis hermanos, solo están jugando. —Su voz es dulce y amable. Parece un fantasma agradable, pero en estos casos hay que estar alerta. Luego pueden convertirse en bestias demoníacas.

—Hola, pequeña. ¿Sabes qué pasa aquí? —Intento buscar información cuanto antes. Cuanto antes pueda salir de aquí escopetado.

—¿Pasar? Nada. Estamos jugando el esconder. ¿Quieres unirte a nosotros? —Jeje, para juegos estoy yo ahora mismo.

—¿Sabes dónde están tus padres, pequeña?

—¡Uy! No se le ocurra molestar a papá. Tiene muy mal genio y no aguanta que le interrumpan cuando está leyendo en su despacho. —Maravilloso. Un fantasma malhumorado me espera.

—No te preocupes, pequeña. Vengo solo a hablar con él de un problema que hay con la casa. Dime dónde está el despacho. Hablaré con tu padre y me iré en seguida.

—Vale, al fondo del todo a la derecha. ¡¡¡Y NO VUELVA A LLAMARME PEQUEÑAAA!!! —Con sus últimas palabras, el pantalón se me ha quedado a la altura de las rodillas. No solo ha pegado un grito espeluznante, sino que la pequeña niña se ha convertido en un monstruoso yeti de tres metros de alto. Afortunadamente, con la misma rapidez se ha vuelto a convertir en dulce niña y se ha ido corriendo y riendo. Si salgo de esta, no habrá quien me rompa el corazón.

Imagen de Devanath en Pixabay

Después de subirme los pantalones, hacer varias respiraciones profundas y recoger las linternas del suelo, me dirijo aparentando confianza, solidez y tranquilidad, hacia el supuesto despacho del cabeza de la familia. La puerta está cerrada. Creo que es la primera que me encuentro en este estado. Teniendo en cuenta el aviso de la niña, no quiero irrumpir bruscamente en la estancia. Si ya es un hombre de humor gris, no es buena idea oscurecérselo todavía más. Decido llamar educadamente.

Toc, toc. Llamo con los nudillos sobre la sólida puerta. Espero unos segundos y, viendo que no responde nadie, insisto. Toc, toc.

—Señor Ludwig von der Pof… Frop…Pofo—Se va a poner la mar de contento de que no sepa pronunciar bien su nombre—. Desearía hablar unos instantes con usted sobre los problemas en la cas…

—¿QUIÉN OSA INTERRUMPIRME? —Este no se ha andado con chiquitas. El vozarrón ha taladrado la puerta y mis tímpanos. Creo que lo he cabreado antes, incluso, de empezar a hablar. Suelto inmediatamente las linternas y cojo con las dos manos la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts.

—Disculpe la impertinencia, señor, pero necesito hablar con usted para un asunto…

—¿UN ASUNTO? ¿QUÉ ES TAN IMPORTANTE QUE NO PUEDE ESPERAR A LA MAÑANA? —A la mañana, dice el jodío. En cuanto salga el sol, no va a quedar de él ni el bigote.

—Disculpe, de nuevo, señor … don Ludwig. Es algo urgente, solo voy a entretenerle unos m… —No me ha dejado terminar, otra vez. La puerta se ha abierto de sopetón pegando un golpazo contra la pared. Afortunadamente, estaba lo bastante lejos de ella para que no me haya dejado como Elvis. Como su cadáver y el poster que tengo clavado en la pared de mi oficina.

Del mismo susto, me he quedado mirando perplejo la oscuridad del interior del despacho, pensado que se había abierto sola. Sin embargo, al bajar la mirada contemplo al imponente señor Ludwig von der Prof don Luigui. Imponente es un decir. Resulta que la foto de medio cuerpo, que tengo en el archivo, no es un artilugio artístico. El hombre no llega ni al metro y medio de altura. Qué digo, ni al metro treinta. Es más largo su bigote, afilado y estirado con exageración, que su levita. Me aguanto la risa porque en el fondo no deja de ser un espíritu y puede enfadarse todavía más y convertirse en otro yeti como la hija.

—¿Quién es usted y qué se le antoja, caballero? —Por lo visto, su despacho hacía de potente caja de resonancia, porque he tenido que hacer un esfuerzo enorme para oír su pregunta. Su voz ha sonado más ridícula, apagada y anodina que la de su hija pequeña. Me está costando horrores aguantarme la risa.

—Señor don Ludwig, estoy aquí para ayudarle a descansar —digo intentando empezar con amabilidad el discurso de desahucio.

—¿Ayudarme? ¿Descansar? ¡Yo no he pedido ayuda a nadie! ¡Nunca necesito ayuda para nada! —Me están dando estertores en la barriga. El hombre intenta seguir manteniendo su impostura autoritaria y a mí me parece uno de esos muñecos que salen en las ferias. Que no necesita ayuda, dice. Me lo imagino intentando llegar a los estantes de la biblioteca de su despacho.

—Bueno, caballero, se supone que llevan ustedes más de cien años muertos y ya es hora de que descansen y, sobre todo, dejen descansar al pueblo. —Ya no doy más rodeos. He ido a saco. Si se enfada, tengo el dedo puesto en el gatillo de la pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts, que, afortunadamente, he mantenido agarrada durante el susto. Sí, ya sé que digo demasiadas veces “afortunadamente”, pero es que si me abandona la fortuna, no me saca de aquí ni MacGyver e Indiana Jones juntos.

—¿Muertos? ¿Quiénes están muertos? Nosotros estamos muy vivos. —Además de liliputiense este tío es tonto. ¿Puede ser posible que no se haya enterado de nada?

—Mira Luigui, esto me está cansando ya. —Creo que me he envalentonado ante la figura diminuta del susodicho—. Estás más muerto que el abuelo de Matusalem y esta historia está durando ya tanto que no me la van a admitir ni como relato en un blog.

Dicho esto, cojo mi pistola-escopeta ultrasónicokillerghosts y voy a darle pasaporte a este enano y a toda su tropa. Hasta los mismos cojones de tanto fantasmita chuleta.

Alzo mi arma, apunto al tío del bigote y cuando voy a apretar el gatillo un viento huracanado me estampa contra la pared. A duras penas puedo respirar del trompazo. Con el ventarrón han reventado las contraventanas del salón y ahora entra en él la luz de la luna devorando toda la oscuridad. La imagen que contemplo hace que se me suelte la barriga. Afortunadamente, sí, afortunadamente es solo una metáfora. Lo contrario me haría muy dificultosa la huida.

En medio del salón ha aparecido la imagen traslúcida, pero totalmente nítida, de una mujer de tres metros de altura. Lleva el pelo recortado y viste un traje totalmente blanco que resplandece con el fulgor lunar. Su cara muestra un semblante de amargada y tétrica existencia. Creo que ya sé quién es el jefe de la troupe. La señora Pof… Frop…Pofo Dietlinde, la mujer del enano. Me parece que no va a ser tan amable como el resto de su familia. Estos, su esposo y sus tres hijos, se acercan a ella y forman un semicírculo frente a mí. Parecen los cuatro fantásticos en pose de poster, solo que son cinco y muchísimo más feos. Como eran pocos, se unen a ellos el sargento y, supuestamente, su esposa e hijo, que hasta ahora se habían mantenido en el anonimato.

Afortunadamente, ¡Qué sí joder, que todavía creo en mi fortuna! Mi sistema de seguridad Acme me ha permitido mantener el arma conmigo. Solo tengo un problema. ¿A cuál de los ocho apunto? Sí, la señora Ludwig parece la más peligrosa, pero es que ahora todos muestran una terrorífica sonrisa con unos enormes dientes. Parecen el hermano feo de spiderman. Miro alrededor rápidamente y veo que todo el salón está decorado con espejos. Todas las paredes reflejan y repiten la imagen de la familia Terroris. Hago un cálculo mental rápido. Calculo ángulos y distancia. Siempre fui bueno para las mates. No me lo pienso dos veces y disparo contra el primer espejo a mi derecha y me dispongo a salir corriendo.

El rayo de la escopeta impacta en el espejo y sale reflejado hacia la superficie del siguiente, en la pared contraria. En segundos, los rayos se han amplificado y multiplicado. Los espíritus dentones se han quedado congelados mirando la escena. Yo aprovecho para salir corriendo, bajando la cabeza, y pasando por debajo de los rayos. Por el camino, voy soltando mis regalos sorpresa: un par de granadas Ghostdesaster. Llego a la escalera y bajo los escalones de tres en tres y casi de cabeza. En el salón estallan los espejos y se oyen los gritos de los fantasmas al ser impactados por los rayos y las granadas. Estallan los cristales de las ventanas. De todas las ventanas. El suelo tiembla como un poseso. Cuando alcanzo el primer piso veo que aquí también ha llegado la luz de la luna. Como no creo que llegue a tiempo para salir por la puerta principal, me precipito hacia la primera habitación que encuentro. La ventana está abierta, de par en par. Las vigas de madera, que sostienen la casa, están reventando con la presión de las sacudidas. No tengo tiempo de pensármelo y me dirijo hacia la ventana,  lanzándome por ella. Prefiero un batacazo de varios metros de altura que quedarme a ver el espectáculo desde dentro. ¡No he dicho que soy afortunado! He caído sobre unos matorrales de siemprevivas que, después de cómo las he dejado, tendrán que cambiar de nombre.

No tengo tiempo de intentar revivirlas. La casa se está desmoronando. No creo que quede ni un cristal sano. Las torretas que circundaban la estructura se han precipitado hacia el suelo. El campanario ha explotado y las campanas han salido volando. Bailan en el aire, sonando estruendosamente, como poseídas por un diablo borracho en Navidad. Los tejados se han hundido hacia el interior y toda la fachada estalla como si estuviera hecha de mazapán. Me parece que me pasé al regular la intensidad de los rayos de la pistola ultrasónicokillerghosts. Corro todo lo rápido que mis doloridas rodillas me permiten, que no es mucho, pero suficiente para escapar de todos los cascotes que llueven por doquier. Cuando me doy cuenta, estoy en medio del pueblo rodeado de toda su gente. Aparece el alcalde, en pijama y con un gorrito para dormir. ¿Todavía se usa eso?

—¡Por todos los demonios! —grita escandalizado—. ¿Qué ha hecho usted?

—Bueno, quería que eliminara sus problemas y eso es lo que he hecho. ¡Fácil y limpio! ¿no? Bueno, quizás lo último no tanto. —Finjo inocencia y ternura.

—¡Malnacido! ¡Nos ha dejado sin nuestro monumento histórico-turístico! —Creo que el alcalde no está muy contento con el resultado de mi trabajo y, por las caras de odio que me miran sin sonreír, el resto de los aldeanos tampoco.

Primero con disimulo y luego a toda leche, emprendo la huida hacia mi coche. Como me falle el arranque, al igual que pasa en las películas, de esta no me salva ni… ¡Socorroooo!

Mi coche es una reliquia, pero es más bueno que el batmóvil. Ha arrancado a la primera. Meto marcha y piso el acelerador. No es que el Beetle sea un ferrari, pero al menos corre más que la gente a pie. Además, el polvo ocasionado por el derrumbe de la mansión está llegando al pueblo y los mantiene a todos ocupados intentando respirar. Meto segunda, tercera, cuarta y porque no tengo más marchas. Ni me planteo mirar hacia atrás. Solo lo hago de reojo por el espejo retrovisor. Afortunadamente, ¡díganme que no! Solo veo polvo y piedras rebotando por el camino. No pienso parar hasta llegar a casa.

¡Sí señor!
Trabajo realizado satisfactoriamente,
tengo dinero fresco en mi cuenta corriente
y he escapado sin rasguños, felizmente.

¡Si es que, además, termino hasta con rima! ¿Van a decirme que no soy un profesional? ¿Y de los buenos?

¿The End?

Relato publicado en el Reto Literario:
Desafío Literario Noviembre: La Maldición de la Casa Ludwig
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Crea una historia que hable sobre la mansión de la fotografía, su maldición, la familia que en ella vivía… Añádele el elemento encontrado en la calabaza y conviértete en el detective que resuelva el caso sobrenatural.

6 pensamientos en “La Maldición de la Casa Ludwig

    • Yaaaaa???
      Qué rápida eres Lehna. 😱😄
      Muchas gracias!!!
      😍 😍 😍
      Por supuesto, vivan los retos que nos ponen a prueba, nos divierten y nos ayuda a seguir aprendido. 😉
      Ahora iré a leer los de los demás. Que no me gusta hacerlo antes para no influenciarme.
      Un abrazo, compi. 😘

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  1. Relatazo. Una buena historia.
    ¿Te has planteado alguna vez tomar varios relatos más o menos de este tipo y hacer un libro?📖📖📔
    Porque este por ejemplo, no se merece quedar ahí para unos pocos, necesita ser leído por más personas.🙌🏼🙌🏼
    Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

  2. jjajajja ¡qué bueno! Con ese humor que te caracteriza, es que te veía ahí con los fantasmas jejejeje. Me ha encantado, Jose, No dejes nunca de escribir porque lo haces muy bien y le pones pasión. ¡¡¡Gracias por escribir, bro!! 😀

    Le gusta a 1 persona

    • Gracias, Sister. 😅😂
      La verdad es que yo también me he visto y me ha dado sustito. 😁
      Menos mal que no he tenido que correr.
      Con tu apoyo y el de las hermanas, nunca creo que lo deje. Me habéis hecho descubrir un mundo muy especial. 😉
      😍 😍 😍 😘😘😘

      Me gusta

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