Un Gimnasio Interdimensional

Imagen de David Mark (Pixabay).

La sala está llena de espejos y mi imagen se repite indefinidamente en todos las paredes. No puedo evitar mirarme en ellos con deleite y autocomplacencia. Haciendo posturitas típicas de musculitos de gimnasio. Mostrando bíceps, tríceps, abdominales,… Y subiendo y bajando pectorales creyendo que eso vuelve locas a las mujeres, cuando en realidad, resulta un gesto cómico. Llevo cerca de dos horas ejercitándome y no siento fatiga ni cansancio. Parece que esas pastillitas que me vendieron han surtido su efecto. Los músculos hinchados no creo que opinen lo mismo. Cuando se me pasen los efectos me van a entrar ganas de llevarme durmiendo una semana entera.

El gimnasio está completamente vacío. Es tan temprano que ya ha pasado hasta el equipo de limpieza. Me gusta. Prefiero la soledad del atleta que trabaja su cuerpo antes que la multitud aclamando mis hazañas musculosas. Bueno, en realidad lo que prefiero es que nadie me vea haciendo el gamba con las pesas. Sobre todo cuando tengo que buscar las más pequeñas para poder moverlas. No, no soy un adicto a esto del ejercicio. No, no es que esté apuntado al club de los haraganes anónimos. Es que ya hay demasiadas cosas en la vida que te hacen sufrir para buscarte tú, voluntariamente, más aflicciones. Sí, sudar es maravilloso y soltar adrenalina también, pero hay otras formas de hacerlo.

La cosa es que vi una notificación en el periódico: «Gimnasio PonteCachaspuntocom, Todo el mes gratis. Ven a nuestras instalaciones y disfruta del ejercicio de tu cuerpo sin coste alguno. Prepárate para el Verano». Como si en un mes pudiera yo cambiar este cuerpecito que la naturaleza me ha dado. De todas formas, pensé «Pruébalo, total, si es gratis». Ya se sabe que si es gratis aunque den palos.

Así que aquí estoy “ejercitándome”. En realidad, me he llevado más tiempo mirándome en el espejo que haciendo ejercicio. Es que no puedo dejar de intentar imitar las posturas de los musculitos que aparecen en los posters que están pegados por todas partes. No saco ni uno de los músculos que ellos tienen. Seguro que son de mentira o están retocados con el fotoshó.

Tan ensimismado estoy contemplándome en el espejo que no he escuchado un llanto proveniente de un rincón de la sala. Es un quejido lastimero y ronroneante. Parecen los de un cachorro destetado. Sigo solo en el gimnasio así que me asusta un poco el sonido.

—¿Hay alguien ahí? —pregunto con total ingenuidad.

Evidentemente, el cachorro no contesta sino que sigue llorando. Me vuelvo a poner la camiseta y cojo una toalla. No soy extremadamente miedoso, pero no me hace mucha gracia encontrarme con un gato rabioso que me salte encima y me cosa a arañazos. Tampoco voy a abandonar la sala antes de haber terminado todos mis ejercicios, o mis posturitas, y no creo que sea seguro seguir sin hacerle caso a lo que gime, porque puede aparecer cuando tenga encima una barra con 150 kilos de peso. Sí, así, sin escatimar en gramos. Así, que pienso que lo mejor es averiguar qué animal es e intentar echarlo de allí cuanto antes.

—A ver, pequeño gatito. Yo no te voy a hacer daño, ¿vale? Tú tampoco me lo vas a hacer a mí, ¿verdad? Solo quiero sacarte de aquí —le digo inútilmente mientras me dirijo hacia dónde suenan los lamentos. Más para tranquilizarme yo que para que el gato me entienda y conteste.

Parece que el cachorro está escondido dentro de un armario bajo de dos puertas. Me agacho, me quito la toalla del cuello y me la enrollo en el antebrazo izquierdo. Usándolo como escudo me dispongo a abrir una de las puertas. Acerco mi mano derecha al pomo. Lo hago con muchísima precaución y estoy a la expectativa de que, al sentir la claridad, el gato salga espantado hacia fuera. Abro la puerta muy despacio, pero nada sale del armario. Mi corazón se bate con más potencia que una locomotora “Big Boy”. Miro con mucha cautela el interior, pero no se ve nada, aunque se sigue escuchando la llantina. Cuando, bastante nervioso, me dispongo a abrir la otra puerta, un estruendo retumba en la sala. Me caigo de espaldas del susto. El corazón se me va a salir por la boca. Miro horrorizado hacia todas partes hasta que, por fin, veo cómo una de las mancuernas se ha caído del banco dónde la había dejado. Suspiro aliviado ante mi propia torpeza. Ya lo dice uno de los carteles que aparece bien grande en una de las paredes: “Nunca, nunca deje las pesas fuera de su emplazamiento original”. Lo que no añade es que podría habérseme caído en un pie haciéndome bailar la danza de los locos.

Entretenido con la pesa, que rueda por el suelo, no me doy cuenta que la otra puerta se está abriendo. Cuando me giro hacia ella, con la intención de abrirla, me enfrento a una cara. Pequeña, redonda, rechoncha y triste. Pero lo que más atrae mi atención son sus ojos. Totalmente negros. El iris lo ocupa todo. Resulta aterrador. Estos rasgos no pertenecen a ningún gato, sino a un niño. A un recién nacido. Bueno, esa es su apariencia. Sin embargo, es capaz de gatear y salir del armario por sí solo, aunque con alguna dificultad.

Las lámparas fluorescentes del techo empiezan a parpadear. Aunque afortunadamente, no se apagan del todo. Me he vuelto a quedar sentado en el suelo. Totalmente bloqueado. Sin atreverme a mover ni un pelo. Esperaba un gato u otro animal y tengo frente a mí a un niño pequeño que me mira con ojos que parecen salidos desde el mismísimo infierno. Ya no llora, pero emite un sonido ininteligible que parece un gruñido. También se sienta en el suelo, encarado a mí, y se queda mirándome muy fijamente. Ahora siento como la soledad del gimnasio me aprisiona el pecho y la garganta. El bebé no hace nada, solo me mira. Su respiración agitada me contagia. Empiezo a notar cómo me falta oxígeno. La garganta se me cierra y la boca se me reseca. Parece que tengo un trozo de cartón por lengua.

El bebé desvía inesperadamente su vista y la pasea por la sala de pesas. Ve algo que le alerta. Se yergue y sus ojos se abren exageradamente. Lo observo y sigo la dirección de su mirada. Los espejos ya no reflejan el gimnasio, sino el interior de algún recinto. Algunos fluorescentes se apagan y crean un clima de penumbra y terror. Uno de los espejos muestra una imagen fluctuante. Por momentos, cambia del reflejo de la sala al interior de la otra habitación. Parece que esa zona es la que más atrae la atención del bebé. Dejando de llorar gatea hasta alcanzarlo y aguantándose en la luna consigue ponerse de pie y golpear su superficie. Una sombra parece vislumbrarse a través de ella.

Con muchísimo esfuerzo, he conseguido reaccionar y me pongo de pie. En el mismo sitio del que ha salido el bebé. No entiendo nada y estoy empezando a morirme de miedo. Retiro lo que dije antes. Soy un cagón. Intento alejarme del pequeño y de su espejo para salir de la sala. Tropiezo con la mancuerna caída y, en un intento por mantener el equilibrio, derribo un mueble que me encuentro a mi paso. Este cae con estrépito y asusta al niño que comienza de nuevo a berrear. De uno de los cajones ha salido una caja de cartón llena de botes, brochas y otros utensilios de pintura. El pequeño, al verlos, se acerca rápidamente intentado coger un espray de color negro, pero sus manos son tan pequeñas que no consigue más que hacerlo rodar. Levanta su cara y me mira. Me he quedado de nuevo petrificado del mismísimo terror.

Aunque sus ojos siguen siendo terroríficos, el resto de su cara suplica compasión. Me mira alternativamente a mí y al bote. Al principio no lo entiendo, mis neuronas se están pegando entre sí. No logro decodificar ni mi nombre. Cuando consigo calmarme, después de un tremendo resoplido, puedo reaccionar y preguntarle:

—¿Estás intentando decirme algo? —el pequeño parece asentir—. ¿Quieres que yo coja ese bote? —Un ligero parloteo y el correspondiente cabeceo parecen responderme afirmativamente.

Sin esperar mi reacción se acerca de nuevo hacia el espejo fluctuante y se sienta frente a él. Parece esperarme.

—¿Qué se supone que tengo que hacer con él? —le pregunto estúpidamente con el bote en la mano.

El pequeño se levanta, se acerca al espejo y frota su superficie con sus diminutas manos.

—¿Quieres que pinte el espejo de negro? —vuelvo a preguntar, de forma idiota, ante lo evidente del mensaje.

De nuevo gesticula con su cabeza para indicar afirmación.

—Te juro por lo que más quiero que no entiendo nada, pero si eso hace que te vayas y me dejes tranquilo, pinto todo el gimnasio si hace falta.

Me acerco al espejo y empiezo a pintar su parte más baja. No me da tiempo a continuar hacia arriba porque la superficie se está transformando en una oquedad oscura y profunda. Pego un respingo y doy dos pasos hacia atrás. El bebé no se lo piensa dos veces y se lanza gateando de cabeza al agujero.

La sala de pesas empieza a temblar. Las lámparas del techo estallan en mil cristales que inundan el suelo. Los espejos se vuelven opacos y también estallan. Me echo la toalla, que todavía cuelga de mi brazo, sobre la cabeza para protegerme la cara y salgo corriendo intentando buscar la salida. La habitación al completo parece girar como un tiovivo. Justo en el momento en que atravieso la puerta, la sala entera es engullida por un agujero que aparece justo en su centro. Salgo corriendo hacia el exterior y cuando llego a la acera veo, con espanto, como el edificio entero ha desaparecido. Lanzando maldiciones y jurando no volver a pisar un gimnasio en toda mi vida, huyo corriendo calle abajo intentando alejarme lo más rápido posible de aquel lugar y, por supuesto, dispuesto a olvidarme de todo lo ocurrido. No quiero transformarme en un mono de feria que sea el hazmerreír de las redes sociales. Y mucho menos, convertirme en un meme que inmortalice mi careto lleno de miedo. Decididamente, para mí, esto nunca ha pasado.

Mientras tanto, la escena que se ha desarrollado al otro lado de lo que fueron los espejos es totalmente distinta. En una habitación amplísima con grandes ventanales, por los que entra un vendaval que azota sus cortinas, se encuentra el bebé. Ahora se mantiene perfectamente de pie sobre sus dos piernas. Sus ojos ya no aparentan un manga de terror, pero su cara ha envejecido bastantes años. Su altura sigue siendo pequeña. Sin embargo, ahora su cuerpo representa a un adulto. Frente a él hay una mujer, de mayor altura. Es la sombra que se vislumbró en el espejo. Algo alterada y con los brazos en jarras le espeta al hombrecillo:

—Cronos Manuel, tu manía de jugar con los portales temporales nos va a acarrear cualquier día un gran disgusto. No puedes estar viajando a otros universos sin protección ni acompañantes. Y muchísimo menos dejándote aquí la llave de la puerta.

Relato escrito para el reto Va de Reto de este mismo blog.
Estas son las condiciones escogidas :
– Escenario: La Sala de un Gimnasio.
– Personaje: Un Bebé Recién nacido.
– Objeto: Artículos de Pintura.

6 pensamientos en “Un Gimnasio Interdimensional

  1. Pingback: Va de Reto (Noviembre 2019) | Acervo de Letras

  2. ¡Qué chulo, kahitano! En tu línea de locura y risas. Muy original el viajecito de este peculiar Cronos y buena excua pa no ir al gimnasio jajajajajja! Nah, en serio, me ha gustado mucho! ¡Noragüena! A ver si me inspira tu relato para lanzarme con el mío. ¡Besote!

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    • 😅😅😅 Es que los gimnasios son terroríficos. ¡¡¡Son salas de tortura!!! Muchas horas me pasaba en ellos hace ya algún tiempo. 😉😄
      Ahora prefiero otro tipo de tortura. 😂
      Me alegra que te haya gustado. Sé que da más risa que miedo, pero no lo puedo evitar.
      Muchas gracias por pasarte por aquí siempre.
      😘😘😘

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  3. Pues un poquito de miedito da, eh?.
    Una historia muy original con un buen aporte de suspense que te mantiene expectante hasta el final. Y con una descripción tan detallada del niño, que me pega que durante un tiempo lo voy a ver por los espejos.

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  4. Pingback: Un Gimnasio Interdimensional — Acervo de Letras – Luca Gil Castro

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