Y a ti, ¿te gusta el Halloween?

Vaya día que llevo. Me acaban de saludar en el bar diciéndome: ¡Holaween! Mira qué modernos son los parroquianos. Y luego, por todas partes los niños disfrazados. ¿Acaso estamos en Carnavales? Hasta adultos con la cara pintada. Pero bueno, ¡está todo el mundo aburrido! ¡Jalogüin, Jalogüin! ¿qué coño es jalogüin? Todos los años igual por estas fechas. Si yo no he visto una calabaza redonda y naranja en mi vida. ¡Truco o trato! ¡Truco o trato! ¿Qué es Truco? ¿Qué es Trato? A mi puerta vienen a llamar niños disfrazados de mamarrachos diciendo: Truco o trato, Truco o trato… y llamo a los servicios sociales. Además, que vivo en un octavo.

¡Qué nos gusta apropiarnos de las fiestas extranjeras! Sobre todo de las americanas. Bueno, de las de USA. Que los mexicanos también son americanos y no sacamos aquí a los muertos a bailar por la calles. Bueno, tal vez. No, deja. Mejor no dar ideas. Sí, ya sé que dirán algunos, pues Papa Noel también es americano y nadie se queja. Vale, pero es un hombre entrañable, gordo y bonachón, con barbas blancas, inofensivo y… ¡trae regalos! Pero, a ver ¿a quién le gustaría ir a tirar la basura y encontrarse en plena calle a Michael Jackson con veinte piraos haciendo el baile de Thriller? Sí, vale. Vivo en un barrio que no es precisamente Notting Hill, y suelo encontrarme a gente con peor aspecto. Mira, ¡dejadme en paz! ¡Que no me gusta el jalogüin!

Hoy no tenía ganas de cocinar así que me he pedido una pizza familiar. Menos mal que el repartidor se ha colado sin disfrazar, si no, se va sin propina y rueda la escalera como una calabaza del jalogüin. Me la he zampado sin pestañear. Así como el que lleva dos meses sin comer. Una pizza de cincuenta centímetros de diámetro. Yo mismo me he dicho: ¡Qué barbaridad! Me está entrando un sueño que como me acueste no me levanto ni para dormir. Mejor me voy a sentar en el sofá y voy a ver la tele. Eso sí que da miedo y no las calabazas con caritas raras.

Me pongo a pasar los canales y solo hay historias de miedo. Vampiros, monstruos, asesinos, y zombies, muchos zombies. ¡Cómo si los americanos hubieran inventado eso de ir por la calle pareciendo un muerto! Si solo hay que pasearse un sabadito a las cinco de la mañana por las calles para ver desfilar a la tropa del gintonic recalentado. Esos sí que son The Walking Dead.

Al final he dejado un canal que pone una película con título curioso “Pesadilla antes de Navidad” Mira, un nombre que entiendo y que me representa, porque no veas tú, también, las fiestecitas navideñas. Me he puesto una copita de anís del mono con hielo y un par de deliciosas (polvorones de almendra para el que no los conozca) y vamos a ver de qué va la historia.

¡La leche que mamé! Es una peli de dibujitos animados. Bueno, dibujos o marionetas. No lo sé. ¡Y qué feas son las joías!

Sale un bosque, que sería tenebroso si no fuera porque está pintado. Una voz en off comienza la historia:

Hace mucho más tiempo del que puedas imaginar,
sucedió la historia que vamos a contar.
Tal vez en sueños hayas visto el lugar
en los mundos de las fiestas de nunca acabar.
Quizás te preguntes cómo se empezaron a celebrar.
En caso contrario, deberías empezar.

Cuando voy a quitarla, comienza una canción:

Escuchad niños y niñas de cualquier edad
algo curioso os queremos enseñar.
Venid con nosotros y veréis al fin
Nuestra ciudad de Halloween

Será torpe y malaje mi suerte. Al final es una película, también, sobre el jalogüin. Cojo el mando a distancia y me dispongo a cambiar de canal, o mejor, apagar la televisión. Sin embargo, sigue sonando la canción:

Esto es Halloween
Esto es Halloween

La música es hipnótica y mis manos se paralizan. El dedo no llega a tocar el botón de apagado. Aparecen personajes increíbles. Fantasmas, monstruos de varias cabezas, vampiros, brujas, esqueletos, muchos esqueletos, payasos horrorosos… y el protagonista… Jack creo que se llama. Sigo hipnotizado con la película. Hacía años que no veía una de animación. No puedo apartar la vista de la pantalla. Incluso intento canturrear la canción…

Esto es Halloween
Esto es Halloween
Halloween, Halloween
Halloween, Halloween

Tengo que haber dado una cabezada y de las grandes. De esas que te levantas y, no ha cambiado el año, ha pasado un siglo. Está todo muy oscuro. La tele está apagada. Se habrá activado el automático. Me froto los ojos y las sienes. Estoy totalmente grogui. Lo último que recuerdo es al esqueleto de la película saliendo de una especia de pozo. Intento sentarme en el sofá, pero noto las piernas como si fueran de mármol. Para levantar un brazo le he tenido que pedir permiso al otro. Tengo que ir urgentemente al cuarto de baño, porque la sinnombre no va a ir ella sola. Maldito día, ¡las castas del jalogüin!

«No deberías meterte con mi fiesta». ¿Qué coño ha sido eso? ¿Estoy dormido todavía? Ha sonado como una voz en la oscuridad. Claro… Claro… Ahora viene la tontería de que no sé si estoy despierto o soñando. Mi cabeza cada vez está peor. ¡Anda y que le den por culo! Me levanto, no sin un esfuerzo descomunal y… «Eres muy mal hablado» ¡Otra vez la voz! No, no me van a dar coba. Seguro que es la tele que todavía no se ha terminado la película. Sí, ya. La pantalla está apagada, pero a lo mejor el audio sigue funcionando. ¿Dónde está el mando? La leche, con tanta oscuridad no hay quien encuentre nada. «La película hace horas que terminó». Vamos a ver. Si es una broma, voy a reventar una cabeza. ¡Qué lo sepáis! «¿A quién le hablas? Estoy yo solo». He intentado levantarme de sopetón del sofá y como tengo las piernas dormidas me he comido toda la mesita baja del salón. Cómo no tenía bastante con la pizza, pues postre de madera.

Estoy ahora a cuatro patas. Sigo sin poder levantarme, porque ahora a las piernas dormidas hay que unirle una caraja impresionante producto del cabezazo que le he dado a la mesa. «Si es que no puedes ser más patético». Y la vocecita de los cojones sigue dando por culo. Mira, voy a coger… una pala, no tengo; una pistola, sí claro, me dedico los fines de semana a cazar gurripatos por el parque; un bate de beisbol, sí, y también una gorra de los Boston nosequé, ¿ya he dicho que no me va lo yanqui? Como no coja una sartén de la cocina, pero claro, antes tengo que ser capaz de llegar hasta allí. «Viéndote en esa postura, lo de patético se queda muy corto». No, si al final me va a cabrear de verdad. Ya verás tú. «¿Sabes cuál es tu problema?» Pues claro, titi. Que me he pasado con la comida y luego me he zumbado media botella de anís del mono. Que yo creo que el mono estaba cabreado y ha revuelto todo el anís. Porque vamos he cogido cogorzas más graciosas que esta.

Corriendo a gatas, arrastrando las piernas, he llegado hasta la puerta del salón. Ahora solo tengo que agarrarme a la puerta y levantarme. ¡Ya está! Ahora un pasito pa’lante, mar… ¡Pumba! Vaya guarrazo acabo de dar. Otra vez. ¿Se me habrán muerto las piernas con el anís? Tengo que tener la cara como la bandera de japón. De hecho me gotea la nariz. Espero que sea anís y no sangre. Sí, también soy muy hipocondríaco. ¡No se puede ser perfecto! «Si te asusta la sangre, lo vamos a pasar muy bien esta noche». Pero bueno, ¿también me está haciendo una proposición indecente? Esto que es una pesadilla o un sueño sadomaso.

Me mojo un dedo con saliva y me lo paso por las piernas. ¡Qué pasa! Mi abuela lo hacía y funcionaba. Nada. Me mojo dos, tres… me meto la mano entera. Ni que me chupe las piernas directamente, si pudiera llegar, claro. Las piernas se niegan a funcionar. Me intento levantar de nuevo agarrándome a la pared como una salamanquesa. Parezco un sireno, pero sin cola. Me voy agarrando al picaporte de la puerta, a los muebles, a la encimera. Ya he llegado a los cajones. Dentro tiene que haber algún cuchillo de esos que salen en las películas. Yo nunca los uso, me dan miedo. Pero debería estar ahí. ¡La leche! Hoy está el día gracioso. El cajón no se puede abrir. Se habrá quedado algún cubierto mal puesto y ahora hace tope con la madera. «Para qué quieres un cuchillo idiota. ¿Puedes matar a alguien que no tiene cuerpo?» Tú no sé, pero yo ya no tengo ni corazón.  Si querías darme miedo te puedes ir ya tranquilo. De hecho, ya no necesito ir al cuarto de baño.

Con el miedo y los nervios le doy un jalón al cajón y consigo que se habrá. Vuelvo a ir a parar al suelo y los cubiertos, que estaban dentro, salen todos despedidos por el aire. Me tapo la cara que es lo más bonito que tengo. Un tenedor se me clava en el muslo izquierdo. Pego un grito. Es buena señal. La pierna no está muerta. Una cuchara sopera me golpea en la rodilla derecha. Pego otro grito. Mira qué bien, tampoco esta está muerta. El rollo de amasar está dando vueltas en el aire con más peligro que un satélite somalí. Las piernas siguen sin responder del todo, pero parece que los cubiertos han reactivado el riego sanguíneo. Como si fuera un soldado de la segunda guerra mundial, avanzando por debajo de las alambradas, gateo como un poseso fuera del alcance del amasador. Consigo salir de la cocina y vuelvo al salón. Esto es la Historia Interminable pero sin dragón.

La oscuridad sigue siendo tenebrosa. Ya siento el hormigueo en las piernas y como si estuviera bailando el briquidance consigo ponerme de pie. Justo cuando lo consigo, ayudándome por el mueble aparador que a duras penas aguanta mi peso, vuelve a sonar la simpática vocecita: «Cuanto más te resistas más me harás disfrutar». Lo que dije antes, este no quiere matarme, quiere una noche de pasión. Al girarme, para intentar llegar a los dormitorios, veo su cara. Es la misma que salía en la película. Una bola blanca con los rasgos más ridículos y feos que he visto en mi vida. Debería haber gritado, pero se me ha cerrado la garganta. La boca si la tengo abierta y la baba me empieza a caer sobre el pecho. Intento sacar de mi interior a ese guerrero combativo que siempre he creído tener. Debe estar en el interior, pero dentro, muy dentro, porque el muchacho no aparece. Empiezo a dar vueltas por el salón como un canguro en un tío vivo. La imagen es patética y bochornosa. No ando, voy arrastrando las dos piernas, la boca abierta, los brazos por encima de la cabeza. Un zombie se avergonzaría del espectáculo que estoy dando.

Ahora puedo verlo entero. Es como en la peli. Un esqueleto más largo que la escoba de un jugador de la NBA. Con la cabeza como una bola de billar, pero gigante. La boca mal cocida y los ojos grandes, negros y vacíos. Es feo de cojones. «¡Sigues faltándome!» Le juro que ha sido sin querer. Si en el fondo es usted una sílfide. Vamos, en cualquier desfile de modelos se llevaría a la gente de calle. «No quiero halagos ni zarandajas». Lo primero le aseguro que no. Lo segundo no tengo ni idea de lo que es. Pero si es malo, tampoco. «Estoy aquí porque has insultado mi fiesta. Has agraviado a mi persona. Has injuriado mi reino. Has zaherido…» No vea lo que domina usted el lenguaje. Tiene más vocabulario que el Larousse, el Espasa y la RAE juntos. «Voy a castigarte por haber vilipendiado el Halloween». Yo le aseguro que eso no lo he hecho. Vamos, sobre todo, porque no sé lo que significa. Escuche, seamos sensatos. Yo no tengo tanta parla como usted, pero si me escucha, yo le explico… «Ahora es tarde…» ¿señora? «¿Cómo?» Nada, nada. Discúlpeme usted, su señoría. Es que me ha venido una canción a la cabeza. «Vas a pagar por tu felonía» Si se empeña usted en usar palabras tan raras no voy a saber explicarle nada, ¿eh? «Caerá sobre ti todo el peso de la maldición de Halloween». No déjelo. Si yo en el fondo aguantar no aguanto nada. No ha visto lo patético que he sido para levantarme del sofá. Si ya me lo dijo mi madre… «A partir de ahora en estas fechas vendré a hacerte una visita» ¡Uy, qué amable! Pero de verdad, si no hace falta. Si yo estoy muy a gustito viviendo solo. «Si no veo tu casa engalanada con el respeto que mi ciudad se merece…» Le juro que a partir de ahora mi casa va a estar mejor adornada que las de Niuyó.

No sé realmente que pasó a partir de ahí. El bichejo esquelético se enfadó. Se abalanzó hacia mí, intentando alcanzar mi cuello con sus delgados y larguísimos brazos y yo, ya cagado de miedo, literalmente, reculé intentando buscar una salida. Lo que encontré fue la cortina del salón. Intentando escapar del monstruo cadavérico me enredé en la tela y empecé a dar vueltas como la carne de un kebab. Cuanto más esfuerzo hacía por deshacerme de la tela, más me enredaba en ella. En uno de los forcejeos descolgué la barra de la pared y fuimos, barra, cortina y yo a hacer puñetas. Bueno, en realidad caímos contra la mesita del centro. Si ya había aguantado a duras penas mi cabezazo anterior ahora no pudo con el peso de todos nosotros juntos.

Cuando al final pude desembarazarme de la cortina, después de volver a respirar con desesperación, vi que el salón estaba iluminado. Al cargarme la cortina había dejado entrar la luz de la calle. Como estaba engalanada con las luces, que ya servirían hasta navidades, pude ver perfectamente todo el salón. Ya no había nadie. Bueno, excepto yo y el destrozo que había generado, claro. El esqueleto había desaparecido. Ahora sería cuando me entraría la duda. ¿Todo eso me había pasado en realidad o había sido un mal sueño que me había hecho despertar con la histeria y liarme a guantazos con la cortina?

La verdad es que no lo dudé. Primero me fui al cuarto de baño, donde me aseé convenientemente. Luego me puse ropa limpia, unas deportivas y la chaqueta. Cogí la cartera y me fui a la calle. No esperé ni el ascensor. El miedo a que el bichejo aquel apareciera dentro me hizo salir espetado por las escaleras. Salté los escalones de cuatro en cuatro. No sé cómo no me maté en esa huida temeraria. Lo cierto es que llegué a la calle sano y salvo. Bueno, asfixiado y cogiendo aire como un besugo de diez kilos en una pecera de juguete. Sin embargo, no huí, no. Me había costado mucho conseguir una casa como la mía. No diré que salí corriendo, porque ya no tenía ni aire, ni fuerza, pero me dirigí hacia el chino que se encontraba dos calles más allá. De suerte que no cierra ni por defunción y me gasté todo el dinero que tenía en la cartera. Calabazas, banderines, bengalas, brujas, arañas con sus telarañas, muñecos más feos que el mismo chino comiendo limones, … todo lo que me encontré y pude comprar.

Con todo el utillaje volví a mi casa y la puse bonita, bueno en realidad, fea de cojones, que es lo que se hace en esta fiesta. Puede que fuera solo una pesadilla, pero, a ver, que mal hace celebrar una fiesta extranjera. Qué problema tiene. La gente se disfraza y se lo pasa bien. Total, si es para divertirse. ¿No? Qué manía con criticarlo todo. Eso sí, me hice tres barreños de palomitas en el micro y me vi cinco veces la peli Pesadilla antes de Navidad. Puede que lo hiciera por miedo al esqueleto o simplemente porque me terminó gustando. Qué le vamos a hacer. A ver, si al final todos formamos parte del mismo planeta. Por qué nos vamos a poner tiquismiquis con localismos. Estamos globalizados. ¿A que sí?

12 pensamientos en “Y a ti, ¿te gusta el Halloween?

  1. ¿Sabías que Papa Noel no es americano? Es nórdico (Finlandés, para más señas), pero los de la coca-cola se lo apropiaron y lo dotaron de color rojo, cuando en realidad vestía de verde.
    En fin, que toas las celebraciones son lícitas siempre que no se olvide la propia, eso opino yo. No me importa que la gente se disfrace y coman chuches. Pero a mí que no me falten las castañas, moniatos y panellets 😉
    Buena reflexión con un toque de humor, que viene siendo el toque de la casa jeje. Un abrazo, Jose 🙂

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    • Sí, algo sabia. Pero pasa como el Halloween que tiene sus raíces en los celtas. El problema es que todo se lo acaba atribuyendo los USA y nosotros que nos lo creemos. 😉
      Opino como tú. Que no nos falta lo nuestro, pero si es para pasárselo bien, pues adelante con lo demás. 😅
      Gracias por comentar, Lídia, y me encanta que te haya gustado. 😍😍😍

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  2. Ja, ja, ja… Un relato desternillante. La verdad es que a mí me encantó Pesadilla antes de Navidad, y su banda sonora me ha acompañado en la escritura de varios relatos. En cuanto al fondo de la historia, todas las culturas terminan influyendo unas a otras. ¡Que se lo digan a los romanos o a la Iglesia Católica! Es ley de vida, y pienso que al final es algo que termina enriqueciendo las tradiciones que siempre se adaptaran a cada lugar concreto. Un buen rato de lectura, sí, señor! Saludos

    Le gusta a 2 personas

    • Muchísimas Gracias, David.
      Tienes muchísima razón. Deberíamos entender que el enriquecimiento cultural ya es de por sí suficientemente importante para aceptarnos como diferentes. Me encanta que te hayas divertido con mi relato y, por supuesto, que te hayas pasado por este rincón literario. Indagaré esos relatos de los que hablas. ¿Viste el VadeReto? Es una propuesta literaria curiosa para juntarnos aquí y jugar con las historias. Me encantaría leerte por aquí. 😉👍🏼

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  3. Enhorabuena por regalarnos este magnífico relato. Me lo he pasado de miedo con mucho humor. jajaja.
    En cuanto al jalowin pues eso, parece ser que en un principio era una fiesta celta y cristiana en la víspera de todos los santos; la parafernalia de calabazas y adornos macabros, muertos, zombis, etc eso puede que sí haya venido de los USA. En España como gustan tanto las fiestas pues también nos apuntamos esta.
    Bueno a quien le guste. Yo ese día si es posible ni salgo de casa. Pero esto yo no lo he dicho, no vaya a ser que venga por aquí el Jack ese y me la líe.
    Un abrazo.

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