La Leyenda del Otoño

Imagen de  Susann Mielke en Pixabay

Frente a unas imponentes puertas, que circundan un majestuoso y vasto bosque, me dispongo a acometer uno de los trabajos más difíciles de mi versada y dilatada vida. No sé lo que me voy a encontrar cuando las traspase. Puedo descubrir algo maravilloso o la desdicha más grande. Sin embargo, antes debería contaros por qué me encuentro en esta encrucijada y qué me llevó a esta imposible empresa.

Es la Fiesta de la Llegada del Otoño. Como cada año, todo el pueblo se reúne en la plaza mayor para trocar dulces y licores caseros, asar castañas, y, sobre todo, intercambiar historias y vivencias, risas y lágrimas. El Señor de estas tierras se pasea entre ellos. Le gusta escuchar a sus ciudadanos cara a cara. Sin intermediarios, sin barreras, sin obstáculos que le deformen sus verdades. Su autoridad no proviene de su fortaleza, su riqueza o su imposición social, sino que es admirado y respetado por ser una persona culta, inteligente y cercana. No quiere súbditos avasallados por su ignorancia y pleitesía. Quiere gente instruida y con capacidad para tomar sus propias decisiones. Por eso, los dos edificios más grandes, importantes y dotados de su reino son la Escuela y la Biblioteca. Más imponentes que su propio palacio. En la primera, intenta que todos los niños aprendan a ser curiosos y, en la segunda, que todos tengan acceso a la sabiduría de los libros.

Este año, cuando su señoría paseaba entre los ciudadanos comprobando que en la fiesta no faltara nada de lo imprescindible, intercambiando risas, peticiones y consejos, una pequeña que apenas levantaba unos palmos del suelo se ha interpuesto en su camino y sin pensárselo dos veces le ha preguntado:

—Hola Señor, dicen que usted lo sabe todo, ¿puedo hacerle una pregunta?

—¡Vaya! Ya la has hecho, pequeña —le dice, sorprendido y con una gran sonrisa en su cara, poniendo su rodilla en tierra, para colocarse a la altura de la chiquilla—. En realidad, saberlo todo es imposible. Por eso me rodeo de grandes hombres, sabios y cultos, que me asesoran y aclaran todas las dudas que me acontecen —guiñándole un ojo le señala a varios ancianos que siempre le siguen a todas partes y añade—. Así, que si yo no puedo responder a tu pregunta, ellos serán tan amables de hacerlo. Dime, ¿qué inquieta tu pequeña mente?

—Pues… —La niña parece ahora dudar ante la imponente presencia del Señor, pero, viendo el gesto de interés con el que este la está escuchando, se lanza a hablarle—. Esta preciosa fiesta, que usted nos ofrece cada año, se realiza siempre para celebrar la llegada del Otoño. Les he preguntado a todos pero nadie sabe explicármelo.

—¿Explicarte el qué, pequeña?

—¿Quién creó el Otoño?

El Señor se quedó perplejo. Se levantó de sopetón con la cara mostrando una grandísima sorpresa y, girándose hacia los sabios, buscó respuesta en sus caras. Todos mostraron ignorancia y sus ojos expresaron un gran desconcierto. El Señor los miraba uno a uno y estos le devolvían la negación por respuesta. Ante la sorpresa de todos, puso sus brazos en jarras y empezó a reír a carcajadas. Si había algo que le encantara, más que reír, eran los nuevos enigmas. Se giró de nuevo en busca de la niña y, con una voz todavía más dulce y alegre, le dijo:

—Tienes razón, pequeña. Parece que no eres la única que ignora esa respuesta y eso es inadmisible. En cuanto el sol dé por terminada esta fiesta, todos nos pondremos a trabajar buscando solucionar esa maravillosa duda que ha surgido en tu inteligente cabecita.

La niña, con una amplia sonrisa, le dio las gracias, le estampó un beso en la mejilla y salió corriendo para perderse de nuevo entre las gentes.

El día siguiente amaneció frenético. Mientras toda la población se afanaba en recoger los restos de la fiesta, sabios, profesores y hasta brujos y hechiceros, ayudados y empujados por la apasionada curiosidad del Señor, buscaban en todos los libros de la biblioteca la respuesta a la pregunta de la pequeña. Este se mostraba ansioso y nervioso y preguntaba excitado:

—¿Cómo es posible que llevemos tantísimos años celebrando la llegada del Otoño y nadie hasta ahora se haya hecho la pregunta de cómo se originó?

—Señor, el Otoño ha existido desde siempre —se atrevió a decir uno de los sabios—. Es mucho más viejo que nosotros.

—¡El mundo entero es más viejo que nosotros! Pero nada ha existido desde siempre. En alguna parte debe estar escrito su origen.

Durante muchos días e incluso noches, estuvieron leyendo y buscando información. Incluso indagaron en los sótanos donde antiquísimos volúmenes parecían deshacerse en las manos entre polvo y sabiduría. No encontraron absolutamente ninguna referencia. Así que el Señor decidió hacer uso de la última alternativa posible. Yo. El buscador de Enigmas. Cuando la solución no se encuentra dentro del reino hay que buscarla fuera y ese es mi trabajo. Debo recorrer el mundo y no regresar hasta encontrar la respuesta.

Imagen de  Dorota Kudyba en Pixabay

Y por eso me hallo frente a estas monumentales puertas. Mi instinto me dice que no las he encontrado por casualidad. Estaba ya exhausto de buscar en incontables archivos y bibliotecas. Preguntar a innumerables eruditos. Había perdido toda la esperanza de encontrar la solución al enigma. Cuando ya visualizaba la tristeza en el rostro de mi señor al regresar sin respuesta, apareció ante mí un bellísimo e impresionante caballo blanco que llamó inmediatamente mi atención. No cejó en su empeño hasta hacer que lo siguiera. No entendía el por qué, pero, dado que ya no tenía más alternativa, decidí dejarme llevar por una corazonada y comprobar a dónde me llevaría el hermoso animal. Puede que el camino fuera largo, pero no fui consciente de ello. Se me hizo placentero y liviano. Iba como en una ensoñación. Hasta que en mitad del camino y sin ningún indicio aparente, aparecieron estas puertas ante mí, mostrándome un paisaje misterioso y desconocido. Habitado de una abundante y rara naturaleza que me convoca a gritos.

La curiosidad, la necesidad y la oportunidad de saber, me empujan a su interior y voy avanzando entre decenas de árboles que parecen murmurar a mi paso. Castaños, avellanos, arces, abedules, chopos, naranjos… La mezcolanza que muestra la foresta me abruma. Los hay de todas las regiones del mundo. Algunos imposibles para la época del año. Otros totalmente desconocidos para mi amplio conocimiento botánico. Sigo andando totalmente desorientado. Me aturden tal amalgama de colores y olores. Ahora mismo sería incapaz de encontrar la salida para escapar de tanta belleza.

Después de muchas vueltas llego a un claro del bosque en cuyo centro reina un impresionante y antiquísimo roble. Sin poder evitarlo, porque me siento atraído hacia él de forma inexorable, me acerco y me encaro con su tronco, bajo su impresionante copa atestada de hojas rojas. Una impresionante voz, grave y profunda, me hace dar un bote y caerme de espaldas. Asustado, miro alrededor, pero no veo a nadie. Me está tratando de decir algo, pero soy incapaz de descifrar las palabras. Me levanto a trompicones y, sin poder librarme de su atracción, el roble me impele a acercarme a él de nuevo. Esta vez, no me paro a contemplarlo, sino que me acerco a su tronco y pongo mis manos sobre él. Ahora sí que entiendo las palabras. Estallan en mi cabeza y me llevan casi al desmayo. Su volumen se va haciendo más tolerable y voy descifrando su mensaje.

—Perdona, humano. Hace demasiado tiempo que no hablo con los de tu especie. No quería asustarte, ni embotar tu cabeza. Espero que ahora te encuentres cómodo con nuestra charla.

No puedo asegurarlo, pero el que me habla es el roble. Aunque de fondo creo distinguir miles de voces más. Sin embargo, es la voz principal la que toma el mando y me reclama.

—Llevas mucho tiempo y viaje buscando una respuesta, pero lo has estado haciendo en lugares e individuos erróneos. Ninguno puede responder a tu cuestión, porque la pregunta es tan antigua como los que habitamos este bosque. Hasta nosotros ha llegado la consulta de tu Señor. Conocemos de su honestidad, su generosidad para sus congéneres e incluso para nuestra familia forestal. Como además admiramos su grandísima curiosidad, hemos decidido llamarte para hablarte del Origen del Otoño.

Una calma intensa y purificadora me invade. Todo el miedo y la inquietud me han abandonado. Ya no estoy de pie frente al roble. O quizás mi cuerpo sí, pero mi mente viaja junto al viento y la voz me trasporta por el origen de los tiempos.

—Cuando el mundo todavía no era mundo. Cuando no había todavía animales ni humanos sobre la faz de la tierra, los árboles ya imperaban sobre ella. Solo el clima se atrevía a molestarnos y nuestra vida era eterna y agradable. Sin embargo, cuando la humanidad irrumpió en nuestra historia, arrasando y adueñándose del mundo, la vida de nuestros congéneres quedó en vilo. Los hombres pensaron que nuestra eternidad también era la suya. No valoraban la vida sin la muerte y derrochaban su existencia y la nuestra. Decidimos que había que mostraros la futilidad de la vida y la necesidad de preservarnos. Para eso creamos el Otoño. Los árboles decidimos que debíamos mudar, cambiar nuestra apariencia y dejar morir nuestras hojas. No era una simbología de muerte, sino de renovación. Es un mensaje para que todos entiendan la importancia de la naturaleza. Las estaciones van cambiando al planeta y el Otoño muestra el final de una existencia para generar otra.

Mientras las palabras horadan mi cerebro, mi mente viaja por innumerables imágenes que me muestran las escenas que el roble me cuenta. Sin descanso, este sigue contándome su historia.

—Es también una advertencia. Cuando veáis los árboles desnudos, las hojas agonizando sobre la tierra, cómo el tiempo oxida nuestros colores, os estamos mostrando nuestro futuro, vuestro futuro. El que obtendréis si no respetáis la naturaleza. Somos compañeros simbióticos, pero nuestra existencia es efímera. Desperdiciáis vuestras limitadas vidas en tenues problemas que pasan raudos ante vosotros. No cuidáis vuestro entorno y despreciáis nuestros avisos.

Las imágenes cesan, pero la voz sigue en mi cabeza. Ahora no habla solo el viejo roble, le acompañan las voces de todos los árboles del bosque. Sin embargo, suenan tan nítidas como una sola.

—Parte raudo hasta tu reino y comunícale este mensaje a tu Señor. Todavía estáis a tiempo de salvar el entorno. Demostrad respeto, cuidado y cariño hacia la naturaleza. Si nos cansamos de vuestros desvaríos y desprecios es posible que decidamos quedarnos solos de nuevo en la tierra. Nosotros somos imprescindibles, vosotros no.

He despertado de repente del ensueño y me encuentro fuera del bosque. No hay rastro alguno de él ni de sus puertas. Solo está el caballo blanco que pasta a unos metros de mí. Solícitamente me invita a montarlo y, ante mi sorpresa, unas enormes alas aparecen mágicamente de sus costados. ¡Es un precioso e impresionante Pegaso! Me ha llevado de regreso a mi reino en el tiempo que tarda un sueño. Le he trasmitido el mensaje a mi Señor, que ha quedado satisfecho y complacido. Ha sido bendecido por la sabiduría del viejo roble y ha difundido el mensaje entre todos los ciudadanos. Ahora, somos más educados y solícitos con nuestro entorno. Cada vez que cortamos un árbol, sembramos otro. Cuando recogemos sus frutos cultivamos sus semillas para que consigan germinar. Somos selectivos y evitamos malgastar los recursos. Ahora vivimos mejor y somos más felices porque sabemos que estamos rodeados de vida. Una vida que también cuida de nosotros.

Microrrelato publicado en el Reto Literario “Desafío Literario Octubre: La Leyenda del Otoño
de Jessica Galera (@Jess_YK82)
Siete imágenes para inspirar y una hoja por descubrir.

12 pensamientos en “La Leyenda del Otoño

  1. ¡Qué bonito, kahitano! Y qué gran mensaje el del roble. El ciclo de la naturaleza no es más que un reflejo del nuestro propio.El final de las cosas nos rodea en todo y vivimos ajenos a eso. Y sobre todo, como dice el árbol: nosotros somos prescindibles, la naturaleza no.
    ¡GRACIAS POR TRAER ALGO TAN BONITO AL RETO!

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    • Muchas gracias, Sergio.
      La verdad es que aquellas historias que me contaban de niño sembraron mi imaginación y supongo que ahora van saliendo de forma instintiva.
      Los cuentos clásicos no deberían perderse nunca.
      Me encanta que te haya gustado mi relato.
      😉😊👌

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  2. ¡Qué bonito Jose. Dices que te has pasado de extensión, a mí se me ha hecho su lectura muy amena. Quizás así fue el origen del otoño. Tuvo que ser así. Y coincido con Jessica en la frase tan buena que has puesto. 👌🏽👌🏽👌🏽”Nosotros somos imprescindibles, vosotros no”. Para enmarcar.
    Un abrazo.

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    • Muchas gracias, Virtu.
      La verdad es que esa frase la tengo siempre presente.
      Nos creemos tan importantes en el Universo. No nos damos cuenta que el mundo comenzó sin nosotros y puede, perfectamente, seguir también sin nosotros.
      Además, ¡somos tan miserables motas de polvo en el Universo!
      Nos queda tantísimo por aprender y comprender que a lo mejor cuando lo hagamos ya no hay naturaleza que cuidar.
      En fin, hay que seguir teniendo esperanza en las generaciones venideras.
      Gracias por pasarte por aquí a leerme.
      😍😉👍

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  3. Hola, tengo que felicitarte porque has creado una historia preciosa. Me recuerda a los cuentos que leía de peque. además me gusta mucho el mensaje que transmite. Un cuento clásico para aprender desde pequeñín. Gracias por escribirlo y permitir que lo disfrutemos. Un abrazo fuerte. 🙂

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    • Hola Lehna. Me encanta que te guste. La verdad es que, como le decía a Sergio, los cuentos que me contaban o leía de pequeño marcaron el inicio de mi imaginación. De hecho, siempre me decían que estaba en Babia.😏Pensaba que era un lugar lejano y mágico, en dónde mi mente corría mil aventuras. Luego descubrí que estaba mucho más cerca, en León. 😅
      Ojalá las enseñanzas del viejo Roble nos hiciera pensar.
      Un abrazo. 😉 😘

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  4. Uau Jose, que bonito este relato!!!!!!. El tema es mi punto débil, LA NATURALEZA. Tanto me ha gustado que lo he releído. Su lectura me ha resultado muy reconfortante y sobre todo un día lluvioso como hoy.

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  5. Me ha encantado Jose!! Me ha parecido un relato precioso y con mucha enseñanza, en especial para muchas personas que no valoran lo importante que es la naturaleza, que es nuestro pulmón y oxígeno. Como tú bien dices, nuestros bosques son vida, y tenemos que cuidarlo mucho más de lo que hacemos.

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