La Elegida

Relato publicado en el Reto Literario «Lo que ves es lo que Lees«
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

En la aldea de Spádómur nacieron al unísono una niña y una loba, Valín y Ülfar. Crecieron juntas y juntas salieron del pueblo cuando cumplieron la edad del destierro. Iniciaron su viaje sin conocer camino ni destino. Y nunca se han separado porque, humana y animal, están unidas por el mismo hado.

Han atravesado el Pantano de la Hidra, el Bosque de los Ogros, el Desfiladero de las Gorgonas, incluso el Monte del último Titán. Han luchado contra la nieve, el granizo, la tormenta y los vientos huracanados. Y han tenido que protegerse de forajidos, ladrones y criminales. Son cuantiosas las veces que el lobo le ha salvado la vida a Valín, pero también, en muchas ocasiones, ha sido la chica la que ha defendido al animal, que hundido por el cansancio y la fatiga ha estado a punto de claudicar ante la amenaza. Pero siempre han salido victoriosas de la contienda, unidas inexorablemente tanto en la ventura como en la desdicha.

Deambulando, aparentemente, sin rumbo ni dirección y al borde del agotamiento, una mañana, cuando las primeras luces disipaban la bruma, el monte Musteri aparece ante ellas. Valín y Ülfar comprenden que el final del viaje ha llegado. Ante ellas se encuentra su destino. En la cima de la montaña está el templo de Alora, que hoy no es más que una nauseabunda caverna. Nada recuerda al que fue el santuario de la magia. Abandonado y dominado por oscuros hechizos, se encuentra totalmente sepultado por la maleza. Oculto de miradas imprudentes y entre hojarasca, despojos e inmundicia, dentro se refugian los seres más ominosos del reino que, ante la aparición  de la pareja, braman y gimen con desesperación. Parece que vaticinan su destino.

Con las exiguas fuerzas que les quedan, luchan contra las alimañas y consiguen acceder a la cueva. Al entrar en la gran sala hexagonal cuyas paredes parecen perderse en la oscuridad, Valín se arrodilla y se quita el collar que desde pequeña ha llevado puesto. Una gran gema roja con forma de corazón pende de él. Es el amuleto que la ha mantenido protegida de sortilegios y maldiciones. Aunque está extenuada y parece desfallecer, consigue pasarlo alrededor de la cabeza de la loba y juntando ambas frentes entona una salmodia que une su voz con el gemido de Ülfar.

En ese momento, la piedra brilla como nunca lo había hecho y envuelve a la pareja en una esfera de luz escarlata. Los pelos del animal se erizan y la piel de la chica se vuelve cadavérica. La loba se yergue a dos patas y abrazados, uniendo sus corazones, se inicia la metamorfosis. Desde que nació ha estado protegida dentro de la piel del lobezno y ahora es el momento de convertirse en la regeneradora de la magia.

Súbitamente, ya no es loba sino mujer, aunque en su semblante persiste la fiereza del animal. Se sabe henchida del poder de la gema y nadie podrá detenerla en la consecución de su destino. Es la elegida y debe culminar su misión. A sus pies yace su compañera que ha dado su último aliento para transformarla. Ülfar recoge el báculo de madera que siempre ha acompañado a la chica y que descansa junto a su cuerpo y, agarrando la piedra con la otra mano, lo levanta y lanza el aullido más espantoso que nunca se haya oído sobre la faz de Deonnah.

El bramido se transforma en una melodía sinuosa e insistente. Cada vez más fuerte y penetrante, más contundente y vigorosa. Las piedras tiemblan, las telarañas caen, la oscuridad va siendo engullida por la luz. Las alimañas huyen despavoridas. Poco a poco, lo que era una caverna lúgubre, triste y maldita se convierte en el más maravilloso templo que la historia olvidó. La magia inunda cada recoveco, cada grieta, cada piedra. Las paredes parecen bañadas de rubíes, esmeraldas, zafiros, porque son tales su brillo y su color. Por todas partes, relucen troncos, tallos, huesos incrustados en la roca. Hasta las estalactitas parecen recubiertas de metales preciosos. Y todo refulgiendo en una singular y bella sincronía.

Llena de energía y potenciada por la joya, Ülfar se dirige al centro del recinto y clava en el suelo el báculo. Este, como si reviviera de sus orígenes arbóreos, de dónde fue tallado, crece y se convierte en el Árbol de la Vida. De su tronco crecen ramas que se van haciendo grandes, largas y gruesas. Y de ellas van brotando más tallos que germinan en cientos de verdes hojas que, en pocos instantes, llenan la copa del nuevo árbol.

Sin descanso, las hojas empiezan a danzar al compás de un rítmico latido. Se contraen y estiran como el puño de un guerrero y, al abrirse, van dejando volar a miles de hadas luminosas que se filtran por las grietas del techo y recorren cada comarca, cada barrio, cada casa. Son mensajeras que irán difundiendo la noticia de que el templo ha vuelto a la vida. Todos conocerán que la elegida ha ocupado su puesto como Keisari. La magia ha sido instaurada y perdurará mientras su energía sea alimentada por la bondad, el trabajo, la solidaridad y la paz de la gente. ¿O no?

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