La Piedra Lunar

Relato publicado en el Reto Literario «Lo que ves es lo que Lees«
de Jessica Galera (@Jess_YK82)

Los Huldufólks habían llegado al reino sin que nos diéramos cuenta. Y ahora campaban a sus anchas por toda la región. Eran criaturas traviesas y simpáticas, pero su algarabía y el escándalo de sus chanzas hacían que a la larga trastocaran la vida tranquila de los lugareños. El Konungur se irritaba cada vez que le interrumpían la siesta con sus diabluras y trastadas y de un humor del demonio les gritaba a sus guerreros que limpiaran su reino de esa infesta plaga.

Riddari era uno de sus caballeros más respetados y valerosos. Todos lo veían como símbolo del coraje y la valentía y lo tenían como el héroe a imitar. Y también era el más egocéntrico y narcisista de los paladines del Reino. Partió una mañana temprano, decidido a limpiar el feudo, y no se sabe muy bien cómo, pero consiguió convencer a las traviesas criaturas para que se mudaran al Reino vecino. De esta forma, regresaba cansado y sediento, montando su refinado caballo Hestur. Había atravesado bosques y desiertos y, necesitado de agua para beber y refrescarse, se acercó a un lago.

Al desmontar de su rocín con su flamante gallardía estuvo a punto de pisar un alacrán que tomaba el sol plácida y despistadamente. Los gritos del caballero se oyeron hasta en el espacio. Matar una Banshee de dos metros o a un Lethifold hambriento era una gesta prodigiosa, pero enfrentarse a un escorpión asqueroso y apestoso era otra cosa bien distinta. Acompañando los alaridos empezó a hacer un baile ritual. Bueno, eso parecería a cualquier observador que lo estuviera viendo de lejos. En realidad, en su histérica reacción, saltaba, corría, daba vueltas y convulsionaba en sincopada armonía con sus sonidos guturales.

En una de estas maravillosas volteretas tropezó con el caballo que, asustado a su vez, le propinó una coz en plena barbilla que, de no ser porque llevaba puesto su casco de combate, hubiera encestado con su cabeza sobre un enorme loto que flotaba en la superficie del agua. Lo que no pudo impedir es que el amuleto lunar, que le había robado a uno de los Huldufólk, se desprendiera de su cuello y cayera en el fondo del lago. La piedra blanca, al contacto con el agua, comenzó a brillar como la misma luna que reinaba ya en el cielo. En el fondo su resplandor iluminó a Sirenhya, que reposaba aburrida y medio adormilada en el fondo. Al mismo tiempo escuchó los clamorosos bramidos del caballero. Así que con el amuleto en la mano salió a la superficie para averiguar qué pasaba allí fuera.

Cuando salió del agua, el caballero había desaparecido y en su loca carrera histérica había abandonado al caballo junto a la orilla. Este la miró sorprendido y ella, en su conjunta sorpresa, tardó en darse cuenta que estaba de pie sobre la arena. Tenía piernas, pies y ochos preciosos dedos. Sí, ocho. Parece que el amuleto no era partidario de los meñiques. También su cara había cambiado. Ya no tenía el aspecto de un tritón mitad pez mitad batracio. Ahora era una joven adolescente que, aunque no demasiado atractiva, podía pasar por humana. Con una larga melena negra como el fondo de un pozo que le llegaba hasta el… sí también tenía uno. Regordete y respingón. No estaba mal.

El caballo, despertando de su sorpresa, le dijo buenas tardes y, acto seguido, hincó una de sus rodillas delanteras en tierra, invitando a la chica a que subiera a su grupa. Sirenhya, después de un dubitativo momento de raciocinio, pareció entender su invitación y, usando la rodilla como escalera, subió a la silla de montar. Sin embargo, el equino tuvo que avisarla para que desmontara y volviera a hacerlo de nuevo, pero esta vez de frente. Sería más cómodo y práctico. Bueno, era la primera vez que subía a un caballo, como nueva humana no podía hacerlo todo perfecto.

El caballo la llevó al trote siguiendo las huellas dejadas por el cardíaco bailarín de su jinete. De esta forma, llegaron al pueblo de Götur. Siendo la hora cuarta, cuando la luna ya reinaba plena en el cielo. Las calles estaban atestadas de gente. Todas las tiendas y comercios ofrecían sus mercancías haciendo pugnas entre sus dueños por ver quién gritaba más fuerte. Cuando llegó a la explanada de la plaza mayor Hestur de repente se quedó quieto. Sirenhya, no sabiendo que hacer, decidió bajarse del caballo. Eso sí, al cuarto intento y evitando estampar su maravilloso… sí, redondo y respingón, en el suelo. Manteniendo una posición digna y erguida se aventuró por las calles de la ciudad.

Después de vagabundear un rato divisó una tienda muy especial que exponía objetos muy raros. Se acercó y contempló las maravillas. El tendero, al verla, quedó deslumbrado por la piedra lunar que portaba en su cuello y que cada vez brillaba con más fuerza. Empezó a hablarle, pero la chica no le entendía. No hablaba demasiado en las profundidades del lago y de todas formas, nunca había escuchado a una criatura gritando como aquella. Como buenamente pudo el comerciante le hizo comprender que quería cambiarle la piedra por una de sus mercancías. La chica no quería desprenderse del amuleto, pero una caja muy especial que la llamaba desde una de las estanterías había atraído su atención. Cuando el hombre vio que la miraba, la cogió y se la acercó. Sirenhya quedó deslumbrada por la superficie labrada y dibujada en la caja. Nunca había ansiado poseer nada y ahora tenía una piedra y le ofrecían una caja. Bueno, hay quien se contenta con menos. El comerciante le insistió y cuando consiguió que la chica cogiera la caja le arrebató el amuleto de su cuello.

Todo ocurrió muy rápido. La chica no sintió nada, pero los restos de su anterior vida desaparecieron. Y esta vez, se convirtió en una preciosa y elegante mujer. Sus facciones dulces y agraciadas se magnificaron con su porte elegante y distinguido. Ya no era una adolescente, pero había ganado en belleza y sus ojos revelaban una inteligencia sobresaliente.

El comerciante por su parte, con el amuleto en la mano, vio como desaparecían sus piernas, pies y dedos y pasaban a convertirse en una estupenda cola de pez. Eso sí, aunque le habían salido pechos y tenía unos preciosos ojos verdes, siguió con su larga y negra barba, que le cubría media cara. Cuando comenzó a gemir y emitir gritos roncos y desagradables, dado que había perdido la capacidad del habla, atrajo la atención de las autoridades de la plaza. Cuando los guardias lo vieron, sorprendidos y escandalizados, decidieron llevárselo al acuario-circo de su alteza real el heiður de la plaza, en donde pasaría el resto de su existencia asombrando y asustando a sus visitantes.

Sirenhya se quedó con el negocio del comerciante y a los pocos años ya poseía casi todas las tiendas de la comarca. Compró el terreno del lago y montó un MegaMercado y un Parque Acuático. Y se hizo inmensamente rica y poderosa.

Hestur, al intentar escapar de unos ladrones que intentaron capturarlo para usarlo como animal de carga, descubrió una nueva habilidad innata y se unió al grupo de danza y baile de animales exóticos del Hámarks Sirkus.Y de esta forma viajó por todo el reino haciendo felices a niños y mayores.

Hay quien dice que todo esto no es más que una leyenda infantil. Sin embargo, otros declaran haber visto al caballero Riddari corriendo por entre las dunas. Y como ya no tiene el amuleto, además de ser perseguido por los alacranes, lagartos y arañas del desierto, también le acompañan demiguises, occamy, clabbert y otras criaturas que creen distinguir algún tipo de baile ritual en los gritos y saltos estrambóticos del hidalgo personaje.

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